enero 19, 2014

Discurso del Dr. D. Francisco José Planes, presidente de la Sociedad Patriótico-Literaria, el 2 de Octubre de 1812

EPOCA PRIMERA
La Revolución de Mayo y la Independencia
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Discurso del Dr. D. Francisco José Planes, presidente de la Sociedad Patriótico-Literaria, el 2 de Octubre de 1812

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La cuestión propuesta para discutir esta noche, se reduce a investigar cuál sea la causa de los males que sufrimos, con el fin único de precavernos en lo futuro. Verdades grandes, pero amargas, tendremos que descubrir, si profundizamos bien esta materia, la más importante que se pudiera tocar. Entro gustoso en su examen, y tanto más, cuanto advierto que de su discusión depende nuestra buena o mala suerte futura.
Mis palabras no respirarán venganza, ni investigaré contra la conducta de aquéllos que cegó la ambición, o el odio al nombre americano. Pero vosotros, que con la indiferencia exterior dejáis profundizar las heridas de la patria, que sofocáis vuestras quejas porque no lleguen a oídos del Gobierno, advertid, que si no tratáis de instruiros con las lecciones que os suministra la experiencia, llegará tiempo en que un suspiro por la libertad de la patria sea un delito, y en el que llorareis en el silencio la muerte de nuestros más tiernos objetos, sin atreveros a llevar en vuestros vestidos sus fúnebres señales. Sí; tales son los efectos de una República dividida, y entregada a un sistema indefinido.
Es, pues, de absoluta necesidad el examinar con prolijidad la causa de nuestras fatalidades. Todos la buscan en la diversidad de opiniones; pero se desea saber cuál es la causa de esta divergencia de opiniones, de que resultan los diversos partidos. Convengo en que toda república dividida no debe esperar bien alguno, y que los Estados que más se dirigen por parcialidades que por leyes justas, deben sufrir algún día todos los males de la anarquía. A mí me parece, señores, que ese origen funesto que buscamos, lo encontraremos en la indefinición de nuestro sistema, y en la incertidumbre en que estamos de lo que, somos, y de lo que seremos. Es, pues, la indefinición de nuestro sistema y la arbitrariedad de nuestros gobiernos, la causa de los males que lamentamos; y para demostrarlo, discurro de esta manera.
Cuando el 25 de Mayo derribamos las autoridades del antiguo sistema, no fue con el fin de sustituir a los antiguos mandatarios, por otros hombres revestidos de una autoridad más amplia, ni quitar a un Virrey que dependía de algunas leyes, para colocar a otros que no conociesen ninguna. Esto hubiera sido imitar la conducta del pueblo romano, que al paso que abominaba hasta el nombre del Rey, creaba cónsules, decenviros, y dictadores con una autoridad despótica e ilimitada. El fin de aquel noble procedimiento no fue otro, que el recuperar la dignidad de hombres libres que la naturaleza nos había concedido, y de que nos había privado un poder arbitrario.
Creamos un gobierno, no para que disfrutase de todos los gajes del mando, sino para que, poniendo todos los medios necesarios, nos condujese al fin suspirado. Un pueblo que recupera su libertad, no puede ser gobernado por aquellas leyes que fueron dictadas por el despotismo: no tuvo otro origen la poca duración de la primer república de los romanos, sino el haberse querido gobernar por las leyes de la monarquía anterior: si ellos forman un rey déspota en un Estado monárquico, claro está que formarán diez o doce en un Estado libre, siendo este mal más insoportable que el primero. Necesitaban, pues, los pueblos, leyes que afianzasen su libertad. Pero a la formación de ellos debía preceder el declarar cuál era la forma de gobierno que se debía adoptar; nadie ignora que las leyes deben tener una estrecha relación con la forma de gobierno de cada país. Estos fueron nuestros votos, cuando creímos sacudir para siempre el yugo opresor de la España. El amor a la libertad obró entonces prodigios de valor, y la misma fortuna olvidada de su inconstancia, acompañaba por todas partes a nuestros ilustres guerreros. Pero este ardor popular empezó a resfriarse, luego que se advirtió que las Juntas eran en realidad el mismo Fernando VII, pues ejercían todo su ilimitado poder; de aquí nacieron las desconfianzas, los celos, y las divisiones; y principalmente cuando nuestros gobiernos empezaron a usar de las mismas trabas contra la opinión que el Gobierno español. La parte sana de la Nación que había creído estar en posesión de sus derechos, y no volver a depender de la Península, empezó a desconfiar de su suerte, cuando advirtió que los gobiernos parecían tener miras de estar eternamente bajo el nombre de Fernando sin depender en la realidad, ni de él, ni del pueblo. ¿A qué este misterio, o más bien, esta monstruosidad de Fernando, y de Provincias Unidas? ¿Qué quiere decir gobierno popular, y mantener la forma de una monarquía?
El sabio Congreso de Caracas, conociendo la magnitud de los males que gravitaban sobre el Estado, y los muchos que le esperaban para lo futuro si permanecía más tiempo en la indefinición de sistema en que, como nosotros, se hallaban envueltos, tomó la medida que ya sabéis, y que ya es tiempo tomemos nosotros.
Ciudadanos: nada nos puede detener de dar este paso majestuoso: el inconveniente que ha habido hasta aquí, ha sido cabalmente, la causa de los males de que queremos librarnos: a nuestros gobiernos les tiene más cuenta depender de un fantasma, que del pueblo.
FRANCISCO JOSE PLANES

Fuente: Neptalí Carranza, Oratoria Argentina, T° I, pág. 87 y sgtes., Sesé y Larrañaga, Editores – 1905. Ortografía modernizada.

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