enero 05, 2014

Discurso sobre el Plan Marshall en la Universidad de Harvard (1947)

Discurso sobre el Plan Marshall en la Universidad de Harvard
«Iniciativa europea esencial para la recuperación económica»
George S. Marshall
[5 de Junio de 1947]

Sr. Presidente, 
Dr. Conant, miembros de la Junta de Supervisores, 
Señoras y Señores:
Estoy profundamente agradecido y conmovido por la gran distinción, honor y gran cumplido que me conceden esta mañana las autoridades de Harvard. Me siento abrumado, en realidad, y soy bastante temeroso de mi incapacidad para mantener una índice de audiencia tan alto, como Ud. ha sido lo suficientemente generoso en dispensarme. En estos históricos y hermosos alrededores, este día perfecto, y esta maravillosa Asamblea, es algo tremendamente impresionante para una persona en mi posición.
No necesito decirles, señores, que la situación mundial es muy seria. Eso debe ser algo evidente para todas las personas inteligentes. Creo que una dificultad es que el problema es de una complejidad tan enorme que la misma masa de datos presentados al público, a través de la prensa y la radio, hace que sea excesivamente difícil alcanzar a apreciar la situación con claridad. Mas aún, las personas del país de encuentran distantes de las problemáticas de la tierra y les resulta difícil comprender las dificultades y las consecuentes reacciones de las personas que llevan mucho tiempo sufriendo y los efectos de esas reacciones sobre sus gobiernos en conexión con nuestros esfuerzos para promover la paz en el mundo.
Al considerar lo que se precisa para la rehabilitación de Europa, la pérdida física de vida, la destrucción visible de ciudades, factorías, minas y ferrocarriles, fueron correctamente estimadas, pero se ha hecho obvio en los últimos meses que esta destrucción visible era probablemente menos seria que la dislocación de toda la organización de la economía europea. Durante los últimos diez años, las condiciones han sido sumamente anormales. La preparación febril para la guerra y el mantenimiento aún más febril del esfuerzo de guerra envolvieron todos los aspectos de las economías nacionales. La maquinaria ha caído en mal estado o ya es totalmente obsoleta. Bajo el régimen nazi, arbitrario y destructivo, prácticamente cada empresa existente fue un engranaje de la máquina de guerra alemana. Antiguos vínculos comerciales, instituciones privadas, bancos, compañías de Seguros, y compañías de transporte, desaparecieron por la pérdida del capital, la absorción a través de la nacionalización, o por la simple destrucción. En muchos países, la confianza en la moneda local está severamente golpeada. La ruptura de la estructura de negocios de Europa durante la guerra ha sido total. La recuperación ha sufrido un serio retraso por el hecho de que dos años después del cese de hostilidades no se ha alcanzado un acuerdo de paz entre Alemania y Austria. Pero aún sí se hubiesen encontrado soluciones más ágiles a estos difíciles problemas, la rehabilitación de la estructura económica de Europa evidentemente requerirá mucho más tiempo y esfuerzo de lo previsto.
Hay una fase de este asunto que es interesante y serio a la vez. El agricultor siempre ha producido los productos alimenticios para intercambiarlos con el habitante de la ciudad por las otras necesidades de la vida. Esta división del trabajo es la base de la civilización moderna. En estos momentos, hay la amenaza de que colapse. La ciudad e industrias no están produciendo bienes adecuados para intercambiarlos con el agricultor que produce alimentos. El suministro de materias primas y combustibles es insuficiente. El agricultor y el campesino no pueden encontrar en venta los bienes que desea comprar. Así que la venta de sus productos agrícolas a cambio de dinero que no puede utilizar, le parece una transacción nada provechosa. Por lo tanto, ha retirado muchos campos de cultivo y los esta usando para el pastoreo. Le proporciona más cereales al ganado y obtiene para sí y para su familia un amplio suministro de alimentos, aunque le falten ropa y otros artículos ordinarios de la civilización. 
Mientras tanto, los habitantes de la ciudad sufren recortes de alimentos y combustible, y en algunos lugares se acercan a niveles de hambre. Fuerzan a los gobiernos a usar sus monedas extranjeras y sus créditos para adquirir estas necesidades en el exterior. Este proceso agota los fondos que son urgentemente requeridos para la reconstrucción. Así que está desarrollándose rápidamente una situación muy grave que no presagia ningún bien para el mundo. El sistema moderno de la división del trabajo sobre el que se basa el intercambio de productos corre el riesgo de colapsar.
La verdad de la cuestión es que las necesidades de Europa para los próximos tres o cuatro años en alimentos y otros productos esenciales procedentes del exterior, principalmente de EE. UU.,  son tan superiores a su presente capacidad de pago, que tienen que recibir una ayuda adicional sustancial o enfrentarse con un deterioro económico, social y político de un carácter muy grave.
El remedio consiste en romper el círculo vicioso y restaurar la confianza de los europeos en el futuro económico de sus propios países y de Europa como un todo.  El fabricante y el agricultor a través de amplias zonas deben ser capaces y estar dispuestos a intercambiar sus productos por monedas cuyo valor permanente no está sujeto a discusión.
Dejando a un lado el efecto desmoralizador sobre el ancho mundo y las posibilidades de desórdenes resultantes de la desesperación de la gente afectada, las consecuencias para la economía de los Estados Unidos parecen evidentes a todos. Es lógico que los Estados Unidos haga todo lo que pueda para contribuir al regreso de un estado de salud normal de la economía en el mundo, sin lo cual no puede haber estabilidad política ni una paz garantizada. Nuestra política esta dirigida no en contra de a algún país o doctrina sino en contra del hambre, de la pobreza, la desesperación y el caos.
Su objetivo debe ser la reactivación de una economía operante en el mundo, de forma que permita la aparición de condiciones políticas y sociales en las que puedan existir instituciones libres. Tal ayuda, a mi modo de ver, no debe llevarse a cabo en pedazos a medida que se desarrollen las crisis. Cualquier ayuda que este Gobierno pueda prestar en el futuro debe procurar una cura antes que un simple paliativo.
Cualquier gobierno que esté dispuesto a ayudar en la tarea de la recuperación, encontrará, estoy seguro de ello, plena cooperación por parte del Gobierno de los Estados Unidos. Cualquier gobierno que maniobre para bloquear la recuperación de otros países no puede esperar apoyo de nosotros. Más aún, los gobiernos, partidos políticos o grupos que traten de perpetuar la miseria humana al objeto de aprovecharse de ella políticamente o de otra manera, encontrarán la oposición de los Estados Unidos.
Es ya evidente que, antes de que el Gobierno de los EE. UU. pueda ir mucho más lejos en sus esfuerzos para aliviar la situación y ayudar a situar al mundo entero en su camino hacia la reconstrucción, tiene que haber algún acuerdo entre los países de Europa en cuanto a lo que requiere la situación y a la parte que estos países mismos tomarán en orden a dar el adecuado efecto a cualquier acción que pueda ser emprendida por este Gobierno. No resultaría ni conveniente ni eficaz para este Gobierno intentar montar unilateralmente un programa encaminado a poner a Europa de pie económicamente. Este es el asunto de los europeos. La iniciativa, pienso yo, tiene que venir de Europa. El papel de este país debe consistir en una ayuda amistosa en la elaboración de un programa europeo y un ulterior apoyo a dicho programa en la medida en que pueda ser práctico para nosotros hacerlo. El programa debería ser conjunto; acordado por un buen número, si no todos, los países europeos.
Parte esencial de cualquier acción afortunada por parte de los Estados Unidos es que el pueblo de América comprenda, por su parte, el carácter del problema y los remedios a aplicar. La pasión y el prejuicio político no deberán tener participación alguna. Con previsión, y con la voluntad de nuestro pueblo de enfrentarse con la ingente responsabilidad que la historia ha puesto claramente sobre nuestro país, las dificultades que he subrayado pueden ser superadas, y serán superadas.
Muchas gracias.
GEORGE S. MARSHALL

Nota. Traducción libre: © www.constitucionweb.com. Este discurso pronunciado por el Secretario de Estado norteamericano George C. Marshall, y escrito por Charles Bohlen, tuvo lugar en la Universidad Harvard el 5 de junio de 1947, y dio inicio al programa de ayuda a la reconstrucción europea conocido como el Plan Marshall. Su texto se adecua a su grabación registrada, difiriendo parcialmente con la versión oficial publicada.

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-Versión en ingles-

The Marshall Plan Speech (1947) 

Mr. President, Dr. Conant, members of the Board of Overseers, Ladies and Gentlemen:
I am profoundly grateful, touched by the great distinction and honor and great compliment accorded me by the authorities of Harvard this morning. I am overwhelmed, as a matter of fact, and I am rather fearful of my inability to maintain such a high rating as you've been generous enough to accord to me. In these historic and lovely surroundings, this perfect day, and this very wonderful assembly, it is a tremendously impressive thing to an individual in my position.
But to speak more seriously, I need not tell you that the world situation is very serious. That must be apparent to all intelligent people. I think one difficulty is that the problem is one of such enormous complexity that the very mass of facts presented to the public by press and radio make it exceedingly difficult for the man in the street to reach a clear appraisement of the situation. Furthermore, the people of this country are distant from the troubled areas of the earth, and it is hard for them to comprehend the plight and consequent reactions of the long-suffering peoples of Europe and the effect of those reactions on their governments in connection with our efforts to promote peace in the world.
In considering the requirements for the rehabilitation of Europe, the physical loss of life, the visible destruction of cities, factories, mines, and railroads was correctly estimated, but it has become obvious during recent months that this visible destruction was probably less serious than the dislocation of the entire fabric of European economy. For the past ten years conditions have been highly abnormal. The feverish preparation for war and the more feverish maintenance of the war effort engulfed all aspects of national economies. Machinery has fallen into disrepair or is entirely obsolete. Under the arbitrary and destructive Nazi rule, virtually every possible enterprise was geared into the German war machine. Long-standing commercial ties, private institutions, banks, insurance companies, and shipping companies disappeared through loss of capital, absorption through nationalization, or by simple destruction. In many countries, confidence in the local currency has been severely shaken. The breakdown of the business structure of Europe during the war was complete. Recovery has been seriously retarded by the fact that two years after the close of hostilities a peace settlement with Germany and Austria has not been agreed upon. But even given a more prompt solution of these difficult problems, the rehabilitation of the economic structure of Europe quite evidently will require a much longer time and greater effort than had been foreseen.
There is a phase of this matter which is both interesting and serious. The farmer has always produced the foodstuffs to exchange with the city dweller for the other necessities of life. This division of labor is the basis of modern civilization. At the present time it is threatened with breakdown. The town and city industries are not producing adequate goods to exchange with the food-producing farmer. Raw materials and fuel are in short supply. Machinery, as I have said, is lacking or worn out. The farmer or the peasant cannot find the goods for sale which he desires to purchase. So the sale of his farm produce for money which he cannot use seems to him an unprofitable transaction. He, therefore, has withdrawn many fields from crop cultivation and he's using them for grazing. He feeds more grain to stock and finds for himself and his family an ample supply of food, however short he may be on clothing and the other ordinary gadgets of civilization.
Meanwhile, people in the cities are short of food and fuel, and in some places approaching the starvation levels. So, the governments are forced to use their foreign money and credits to procure these necessities abroad. This process exhausts funds which are urgently needed for reconstruction. Thus, a very serious situation is rapidly developing which bodes no good for the world. The modern system of the division of labor upon which the exchange of products is based is in danger of breaking down. The truth of the matter is that Europe's requirements for the next three or four years of foreign food and other essential products -- principally from America -- are so much greater than her present ability to pay that she must have substantial additional help or face economic, social, and political deterioration of a very grave character.
The remedy seems to lie in breaking the vicious circle and restoring the confidence of the people of Europe in the economic future of their own countries and of Europe as a whole. The manufacturer and the farmer throughout wide areas must be able and willing to exchange their product for currencies, the continuing value of which is not open to question.
Aside from the demoralizing effect on the world at large and the possibilities of disturbances arising as a result of the desperation of the people concerned, the consequences to the economy of the United States should be apparent to all. It is logical that the United States should do whatever it is able to do to assist in the return of normal economic health in the world, without which there can be no political stability and no assured peace. Our policy is directed not against any country or doctrine but against hunger, poverty, desperation, and chaos. Its purpose should be the revival of a working economy in the world so as to permit the emergence of political and social conditions in which free institutions can exist.
Such assistance, I am convinced, must not be on a piecemeal basis, as various crises develop. Any assistance that this Government may render in the future should provide a cure rather than a mere palliative. Any government that is willing to assist in the task of recovery will find full cooperation, I am sure, on the part of the United States Government. Any government which maneuvers to block the recovery of other countries cannot expect help from us. Furthermore, governments, political parties, or groups which seek to perpetuate human misery in order to profit there from politically or otherwise will encounter the opposition of the United States.
It is already evident that before the United States Government can proceed much further in its efforts to alleviate the situation and help start the European world on its way to recovery, there must be some agreement among the countries of Europe as to the requirements of the situation and the part those countries themselves will take in order to give a proper effect to whatever actions might be undertaken by this Government. It would be neither fitting nor efficacious for our Government to undertake to draw up unilaterally a program designed to place Europe on its feet economically. This is the business of the Europeans. The initiative, I think, must come from Europe. The role of this country should consist of friendly aid in the drafting of a European program and of later support of such a program so far as it may be practical for us to do so. The program should be a joint one, agreed to by a number, if not all, European nations.
An essential part of any successful action on the part of the United States is an understanding on the part of the people of America of the character of the problem and the remedies to be applied. Political passion and prejudice should have no part. With foresight, and a willingness on the part of our people to face up to the vast responsibility which history has clearly placed upon our country, the difficulties I have outlined can and will be overcome.
I am sorry that on each occasion I have said something publicly in regard to our international situation, I have been forced by the necessities of the case to enter into rather technical discussions. But, to my mind, it is of vast importance that our people reach some general understanding of what the complications really are, rather than react from a passion or a prejudice or an emotion of the moment.
As I said more formally a moment ago, we are remote from the scene of these troubles. It is virtually impossible at this distance merely by reading, or listening, or even seeing photographs and motion pictures, to grasp at all the real significance of the situation. And yet the whole world of the future hangs on a proper judgment. It hangs, I think, to a large extent on the realization of the American people, of just what are the various dominant factors. What are the reactions of the people? What are the justifications of those reactions? What are the sufferings? What is needed? What can best be done? What must be done?
Thank you very much.

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