noviembre 08, 2010

"La hora de las izquierdas" Manuel Ugarte (1931)

LA HORA DE LAS IZQUIERDAS [1]
Manuel Baldomero Ugarte
[6 de Septiembre de 1931]

LAS RESPONSABILIDADES
Para que pudiera tener algún sentido el intento de "levantar al país" habría que empezar por hacer más gobierno, emprendiendo de una vez la obra de reconstrucción nacional.
Por encima de las responsabilidades pequeñas, hay responsabilidades generales que alcanzan a los hombres y a los partidos que han gobernado desde principios de este siglo. La crisis no es obra de una presidencia, ni de dos, ni de tres. Viene de más lejos y de más hondo, como fruto de un sistema empírico, cuyos resultados tenían que estallar, pese a la ubérrima vitalidad argentina.
Después de la independencia nuestra organización económica siguió siendo colonial, colonial de este o de aquel país, pero siempre orientada hacia el mar. Nadie previo las consecuencias de los abandonos. Nadie trazó un plan de explotación conjunta. Tomando las apariencias por realidades, se consideró como nuestra, la riqueza que los extraños movilizaban dentro del territorio argentino. Por el camino de las concesiones hemos ido llegando así a un punto en que cuanto enuncia prosperidad se halla regulado o servido por organismos que absorben desde fuera el beneficio principal. Cada movimiento de nuestra vida suele ser un diezmo pagado a otras colectividades. Nuestros mismos productos básicos se hallan presionados por industrias de transformación o por acaparadores. Si a esto añadimos el desgaste de los seguros, los bancos, los transportes, ¿cabe preguntarse qué nos deja la riqueza que se va? Cuando subimos a un tranvía, entramos a un cine, cablegrafiamos, oímos un disco, descolgamos el teléfono o nos embarcamos para Europa, pagamos al extranjero contribuciones más elevadas que las que nos impone nuestro propio Estado. El ausentismo absorbe las mejores rentas. Los empréstitos, que nunca se emplearon en valorizar el territorio, nos doblan bajo influencias asfixiantes. Ningún hombre de negocios daría a una empresa privada la organización que se ha impuesto a nuestra patria. Y una Patria es, después de todo, en las circunstancias actuales, una razón social que prospera o declina, no sólo según la capacidad de los gerentes sino según los fundamentos de la empresa misma, frente a los cuales puede resultar inoperante hasta la inteligencia si existe, de esos gerentes.
No defiendo al régimen derrocado." Pero todo esto no es obra de un hombre ni de un partido, es obra de una oligarquía, es obra de una clase dirigente que no siempre supo dirigir. Y es contra ese desorden que tendremos que reaccionar si queremos salvarnos.
Los grupos que se han mantenido en las alturas no hicieron más que ajustarse al estado de cosas o servirse de él. Nadie discute la necesidad del capital extranjero, ni su virtud creadora. A él tendrán que atenerse aún, durante algún tiempo, cuantos intenten gobernar. El error ha sido convertir el expediente en sistema y aceptar como definitiva una etapa transitoria en la ascensión del país. El error ha sido falsear en su aplicación la intención inicial de los préstamos. El error ha sido confundir a la nación con un grupo prepotente, dadivoso para los de afuera y hosco para los de adentro.
La nación no puede estar enferma de un sentimentalismo democrático que apenas empieza a despuntar. Está enferma de favoritismo, de latifundismo, de inmovilidad. Sufre las consecuencias de las direcciones falsas. Porque es la prosperidad del conjunto, el auge de la entidad completa, lo que debemos perseguir. Para que una patria prospere, hay que organizarla en beneficio de todos sus hijos, democratizándola, no ya electoralmente sino económicamente, porque no existe interés más sagrado que el de la mayoría, ni más clase preeminente que la capacidad.
EL PROBLEMA
El problema actual no es el de mantener jerarquías en desuso, sino el de asentar a la colectividad sobre sólidas bases de estructura democrática y de finalidad nacional, para dar nacimiento a una entidad solidaria y responsable en todos sus componentes y para corregir, dentro de la ideología del siglo, todos los errores que retardaron la evolución.
Se impone, ante todo, un inventario, un arqueo, de riquezas nacionales. De las que fueron enajenadas, para saber en qué condiciones lo fueron, medir las posibilidades de rescate y hacer que pesen lo menos posible sobre el equilibrio del país. De las que aún pertenecen a la colectividad, para explotarlas racionalmente, según métodos modernos que les permitan dar su rendimiento máximo. Y con las riquezas habrá que inventariar las rentas, las oportunidades ofrecidas, el haber nacional en su presente y en sus desarrollos, enfrentándolo con nuestras deudas y compromisos, para establecer, al fin, un plan de acción largo plazo que nos permita acercamos gradualmente a la emancipación integral.
Pobre colectividad sería la nuestra si todo su anhelo se limitase a seguir pidiendo sangre y oro a los extraños, en vez de sacar de la propia entraña, de su gente y de sus recursos, los desarrollos del porvenir. Hay que acabar con la política primaria de los que creen dirigir el tren que los lleva, para empezar a hacer la política de las realidades, con procedimientos adecuados a la situación, por enérgicos que ellos puedan parecer al principio.
Es el Estado el que tiene que coordinar la producción, la riqueza y el trabajo, esgrimiendo a la nación en su eficacia global para equilibrar y defender la vida colectiva en la etapa de loca competencia que es como el sobresalto agónico de la concepción que se va. Sólo un gobierno que pueda hablar realmente en nombre del pueblo tendrá fuerza para intentar esta obra. Sólo él estará interesado en realizarla también. Sólo él sentirá la energía suficiente para remover intereses poderosos, porque su esperanza misma se hallará ligada a la elevación del conjunto dado que no hay reforma social sin un plan nacional que la soporte.
LA ARGENTINA NUEVA
Desconocen la gravedad de la hora los que se inclinan a plantear el problema entre radicales y conservadores, es decir, en el terreno prescripto de la vieja política criolla. A fuerza de condenar al grupo que cayó, se diría que están empeñados en transformarlo en símbolo de todas las libertades. No es posible obligar, sin embargo, a la Argentina a pronunciarse en favor del partido conservador por miedo al partido radical o en favor del partido radical por odio al partido conservador. Ni el ayer, ni el hoy inmediatos pueden convertirse en realidad de mañana. Están demasiado cerca los recuerdos. Si todos tienen presente que el levantamiento del 6 de septiembre se hizo contra un presidente radical, nadie ha olvidado que el partido conservador cayó hace quince años a causa de la corrupción el fraude y el favoritismo. Si las resistencias crispadas hacen difícil una nueva presidencia del sector irigoyenista, un gobierno conservador sólo es posible en forma de dictadura. No hemos de optar entre dos soluciones de guerra civil.
El general Uriburu no puede olvidar que en política nunca se hace lo que se quiere, ya está bien cuando se hace lo que se puede hacer. Pese a sus inclinaciones, sólo estará hoy al diapasón del momento un gobierno de izquierdas. Los más grandes sectores de opinión, los más coherentes, no se plegaron nunca al régimen del Sr. Yrigoyen ni se sumaron tampoco al bando que actualmente domina. Acrecidos por los acontecimientos, esos sectores representan masas electorales cuantiosas a las cuales acompaña, de cerca o de lejos, la parte más preparada y viviente de la nación.
Mi alejamiento del partido socialista desde hace largos años favorece la justa apreciación del significado que tiene la corriente avanzada dentro de la vida argentina. Ni milito en el grupo, ni he aceptado de él jamás cargo o delegación. Hasta he llegado a disentir alguna vez. Pero la episódica discrepancia no atenuó nunca mi admiración por la obra del Dr. Justo, a quien debemos el soplo renovador más importante que ha pasado sobre nuestro país después de la independencia. Tampoco me impide reconocer que entre los grupos avanzados se hallan hoy los hombres más probos y las mejores capacidades desde el punto de vista técnico. No me refiero, sin embargo, a la posibilidad actual de un gobierno de partido. Hablo, indeterminadamente, de todas las facciones de izquierda, involucrando a sus simpatizantes y afines, hablo de la tendencia avanzada en general, sin límite y sin exclusión. Sólo el fraccionamiento del izquierdismo, sin designación de grupo, hizo posible la situación en que nos hallamos, porque en elecciones libres, en la capital, por lo menos, la Argentina reúne las tres cuartas partes de la masa electoral.
No se han de comprender los momentos después que han pasado. Hay que comprenderlos cuando están en gestación, para preceder y regular su florecimiento. Nuestra patria ha sobrepasado las fórmulas en que aún se halla encerrada. Estamos en presencia de una armazón que se cae a pedazos a fuerza de no corresponder al desarrollo actual. Lejos de retardar la inevitable evolución, hay que cumplirla con. el menor desgaste de fuerzas. Esta falta de conexión entre la vida nueva y la política vieja de los que se creen gobernantes porque han predominado momentáneamente sobre sus competidores, es lo que ha sido interpretado por algunos como signo de confusión democrática. En realidad, lo que hay, es una espera nerviosa de lo que debe venir. Las masas innumerables que en la capital siempre se animaron con el pensamiento moderno y las provincias laboriosas, cuyas aspiraciones de vitalidad local fueron sofocadas a menudo por un federalismo ilusorio, presienten el ritmo acelerado que les permitirá afrontar los problemas con un criterio superior.
Claro está que es difícil llevar bruscamente al gobierno el pensamiento final de los partidos.
Pero cabe marcar resueltamente una tendencia, cabe poner desde hoya la nación al día, sacándola del estancamiento institucional en que la sumieron los gobiernos sin programa. La Argentina, que debía estar a la cabeza, es, desde este punto de vista, uno de los países más atrasados del continente, puesto que el divorcio, el voto de la mujer, la separación de la Iglesia y el Estado, las reformas anodinas que han sido aplicadas desde hace varias décadas por otros pueblos y que figuran en la nueva constitución española, pasan aún entre nosotros por experiencias imprudentes. La situación subalterna se refleja en la política internacional dentro de la cual no se sabe aún cual es nuestro pensamiento. Una cancillería que se respeta no debe, desde luego, decir en este orden de ideas adonde va, pero debe saberlo. Y entre nosotros no se ha pensado siquiera en el derrotero diplomático que conviene adoptar. Es hora de que surja un gobierno para el cual no exista idea que le asuste, ni problema que le sobrepase, ni doctrina que se crea autorizado a perseguir.
REFORMAS
Es un error pensar que para realizar algunas reformas sean necesarios muchos años. La evolución es lenta cuando siguen en el gobierno los interesados en mantener un estado de cosas, pero se acelera considerablemente cuando acceden al poder hombres inclinados a transformar lo que existe. En poco tiempo se puede cambiar la fisonomía de un país. No es indispensable siquiera modificar la constitución. Pero si se modifica la nuestra, ha de ser en el sentido de hacerla más amplia quitándole disposiciones anacrónicas como la que estipula que el Presidente debe pertenecer a un culto religioso determinado.
Limitar las atribuciones del Poder Ejecutivo, ampliar las del parlamento, nacionalizar las riquezas del subsuelo o los saltos de agua, asegurar la autonomía de la Universidad y del Poder Judicial, son disposiciones que no pueden levantar resistencias. El programa mínimo socialista puede ser sobrepasado en breve tiempo con ayuda de métodos que flexibilicen la clásica lentitud de los resortes oficiales, de los cuales hay que extirpar cuanto sea parasitario.
Un gobierno que, aunque no emane directamente de un partido, adopte una ideología avanzada y se halle apoyado desde la Cámara, desde los ministerios "o desde la plaza pública por los militantes de extrema izquierda, haría anclar, al fin, entre nosotros, la idea de colectividad, ya que hasta ahora sólo ha predominado la idea de casta o la de individuo. La Argentina no es sólo Buenos Aires o el grupo que impera en Buenos Aires, sino los territorios enormes que se extienden hasta las fronteras. Tienen que desarrollarse paralelamente todos, para que la nación se levante. Lejos de perseguir y despojar al nativo por el hecho de ser indio, urge incorporarlo con derechos iguales a la colectividad. En todo caso, los problemas han de examinarse con criterio nacional, entendiendo que todas las regiones como todos los habitantes tienen valor equivalente y responsabilidad proporcionada a su capacidad. Es lo que obliga a hacer sentir desde el principio con más energía la acción fiscal sobre los que más poseen, mediante una tabla simplificada y lógica. La propiedad debe evolucionar como todo evoluciona en el mundo. Al fraccionar la tierra, se aumentará la riqueza común, porque la ganadería y la agricultura sólo prosperarán realmente cuando se hallen en manos de los que las sirven y no de los que desde lejos las usufructúan. Así se iniciará una transformación inspirada en verdades nuevas, afirmando por encima de los derechos individuales, el derecho de la colectividad.
HACIA EL PORVENIR
El símbolo del gobierno no puede ser un sillón, sino una locomotora. No se nombra a los mandatarios para descansar sino para poner en marcha la vida del Estado. Un presidente no ha de ser hayal fin más que un trabajador con muchas responsabilidades, porque en una colectividad bien organizada nadie tiene derecho a permanecer ocioso y en cualquier zona que se mueva un ciudadano siempre será un obrero en el taller de la nación.
Los parsimoniosos "estadistas" que confunden el equilibrio con la inmovilidad han hecho su época. Pese a quien pese, nuestra vida ti ene que tomar un sentido moderno, acabando con la superstición de los hombres surgidos eternamente de un núcleo estático, que desconoce los nuevos vientos del mundo y sólo llevan a las alturas, el fasto y la vanidad.
Si, contra la evidente voluntad de las mayorías, se pretende imponer el 8 de noviembre una fórmula conservadora.' aunque venga escudada en simulacros de legalidad, aunque sea resultado de una de esas confusas coaliciones que despistan al principio a la opinión pública, se abrirá en la Argentina una era de agitaciones y revueltas. Frente a la inminencia de una consulta sin garantías constitucionales, sin libertad de prensa o de palabra, que nos obligaría a sancionar una elección ya hecha o a optar entre dos personalidades misteriosamente ungidas, de acuerdo con el visto bueno de un grupo que para mantenerse en el poder no tiene más autoridad que la que él mismo se atribuye, hay que levantar nombres nuevos que sean la negación de las viejas rémoras, candidatos que encamen la protesta contra la oligarquía, contra el latifundismo y contra la tendencia opresora, nombres de extrema izquierda que sinteticen la voz de la calle y la opinión general.
La reacción de las masas debe traducirse en una candidatura de combate que traiga propósitos y métodos nuevos, rompiendo, una vez por todas, con la superstición de los personajes consulares. A ellos debemos, precisamente, el estado actual. Son los políticos solemnes y vacíos, sin preparación y sin programa, los que han comprometido la suerte del país. Expertos en argucias de comité, pero ajenos a toda noción sociológica y a toda vida universal, confundieron a menudo la dirección del Estado con el auge politiquero.
No tenemos otros gobernantes, se oye decir. Si no los tenemos, será porque no se les ha permitido manifestarse, porque no fueron nunca auspiciados por las fuerzas que acaparan la dirección. Levantémoslos nosotros. La Argentina debe empezar a vivir como un gran país. Hemos llegado, en la navegación histórica al lugar en que se dividen las aguas. Hay realidades que tienen que traducirse en la política. Mayorías incontenibles están reclamando una equidad social que se ha de resolver con leyes y no con cargas de policía. Nadie se opone a que exista un partido conservador y a que luche por sus intereses, siempre que lo haga en las justas electorales, a cara descubierta y sin envolverse en los pliegues de la bandera nacional, sobre la cual no tienen ninguna exclusividad, porque pertenece a todos los argentinos. Pero que se deje también la más amplia libertad de acción a la tendencia nueva, en todos sus matices, hasta los más extremos. La masa electoral irá por el camino de las izquierdas hasta donde las derechas la quieran empujar.
No faltará, desde luego, quien diga que así ponemos en peligro la estabilidad de la nación. Muchos la confunden con el estado de cosas que les favorece. Pero quien se separó de un partido ante la simple sospecha de renunciamientos que no se confirmaron después, quien por no perjudicar a su tierra no ha querido defenderse de las injusticias que le hirieron, no hablaría nunca de soluciones susceptibles de disminuir el conglomerado nacional. Al agitar ideas, lo defendemos, por el contrario, en sus desarrollos; porque la mejor manera de servir a la patria consiste en empujarla hacia el porvenir.
La crisis argentina ha llegado al punto más peligroso y exige una solución clara y rápida. Lejos de insistir sobre lo que ayer se hizo mal, urge pensar en lo que conviene hacer bien ahora. Hay que juzgar las cosas desde el punto de vista de los intereses supremos. Los acontecimientos no dependen de los hombres y es vano pretender cerrarles el paso con habilidades o sofismas. Ha sonado la hora de la izquierda y hay que romper fundamentalmente con muchas cosas. Toda solución vacilante que se enlace directa o indirectamente con lo que debemos dar por muerto, resultará contraria a lo que se persigue. Vivimos el momento más grave de nuestra historia. El país está cansado de marcar el paso. La Dictadura que hoy cumple un año de vida no tardará en caer, de una manera u otra. Pero nuestro problema no es un problema de hombres, es un problema de ideas. O retrogradamos hacia el pasado o nos lanzamos resueltamente hacia el porvenir. Del camino que se elija resultará el bien o el mal que nos espera.
MANUEL UGARTE

[1] Fechado en Niza, el 6 de septiembre de 1931. Publicado parla revista Monde, en París.

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