julio 15, 2011

"Discursos sobre la primera década de Tito Livio" Nicolas Maquiavelo (1512 -1517) [2/3]

DISCURSOS SOBRE LA PRIMERA DÉCADA DE TITO LIVIO
(3 volúmenes)
Nicolás Maquiavelo
[1512-1517]

[2/3]
LIBRO SEGUNDO
ÍNDICE DEL LIBRO SEGUNDO:
LIBRO SEGUNDO
PRÓLOGO
Capítulo I
De si fue el valor o la fortuna lo que más contribuyó a agrandar el imperio de los romanos
Capítulo II
Con que pueblos tuvieron los romanos que combatir, y cuan tenazmente defendieron aquéllos su independencia
Capítulo III
Roma se engrandece arruinando a las ciudades vecinas y concediendo fácilmente a los extranjeros la cualidad de ciudadanos romanos
Capítulo IV
Las repúblicas han practicado tres procedimientos para engrandecerse

Capítulo V
Los cambios de religión y de lengua, unidos a los desastres de inundaciones y epidemias, extinguen la memoria de las cosas

Capítulo VI
De cómo hacían la guerra los romanos
Capítulo VII
Cantidad de terreno que daban los romanos a cada colono
Capítulo VIII
Porque motivos se expatrían los pueblos trasladándose a países extranjeros
Capítulo IX
Cuáles son ordinariamente los motivos de guerra entre los poderosos
Capítulo X
El dinero no es el nervio de la guerra, como generalmente se cree
Capítulo XI
No es determinación prudente contraer alianza con un príncipe que tenga más fama que fuerza
Capítulo XII
Si cuando se teme ser atacado vale más llevar la guerra a la tierra enemiga que esperarla en la propia
Capítulo XIII
De cómo se pasa de pequeña a gran fortuna, más bien por la astucia que por la fuerza
Capítulo XIV
Se engañan muchas veces los hombres creyendo que la humildad vence a la soberbia
Capítulo XV
Los estados débiles son siempre indecisos y la lentitud en las resoluciones siempre es perjudicial
Capítulo XVI
Diferencia entre los ejércitos modernos y los antiguos
Capítulo XVII
De cómo debe apreciarse la artillería en los ejércitos de estos tiempos, y de si la opinión que generalmente se tiene de ella es cierta
Capítulo XVIII
De cómo por la autoridad de los romanos y por los ejemplos de la milicia antigua se debe estimar más la infantería que la caballería
Capítulo XIX
Las conquistas hechas por repúblicas mal organizadas, que no toman por modelo a la romana, arruinan, en vez de engrandecer, al conquistador
Capítulo XX
Peligros a que se exponen los príncipes o repúblicas que se valen de tropas auxiliares o mercenarias
Capítulo XXI
El primer pretor que enviaron los romanos fuera de su ciudad, cuatrocientos años después de haber comenzado a guerrear con otros pueblos, fue a Capua
Capítulo XXII
Cuan erróneas son a veces las opiniones de los hombres al juzgar las cosas grandes
Capítulo XXIII
De cómo los romanos cuando tenían que tomar alguna determinación respecto a sus súbditos, evitaban los partidos medios
Capítulo XXIV
Las fortalezas son en general más perjudiciales que útiles
Capítulo XXV
Que es mala determinación aprovechar las discordias entre los habitantes de una ciudad para asaltarla y ocuparla
Capítulo XXVI
Las injurias e improperios engendran odio contra quien las emplea y no los producen utilidad alguna
Capítulo XXVII
Los príncipes y las repúblicas prudentes deben contentarse con vencer, porque muchas veces, por querer más, se pierde todo
Capítulo XXVIII
De lo peligroso que es para una república o un príncipe no castigar las ofensas hechas a los pueblos o a los particulares
Capítulo XXIX
La fortuna ciega el ánimo de los hombres cuando no quiere que éstos se opongan a sus designios
Capítulo XXX
De lo peligroso que es dar crédito a los desterrados
Capítulo XXXI
Diferentes sistemas de los romanos para tomar las plazas fuertes
Capítulo XXXII
Los romanos daban a los generales de sus ejércitos completa libertad para dividir las operaciones militares

PROLOGO
Alaban siempre los hombres, y no siempre con razón, los antiguos tiempos y censuran los presentes, mostrándose tan partidarios de las cosas pasadas que gin sólo celebran lo conocido únicamente por las narraciones de los escritores, sino lo que, al llevar a la vejez, recuerdan haber visto en su juventud. Estas opiniones son muchas veces erróneas, y, en mi concepto, se fundan en varias causas.
En la primera el no conocerse por completo la verdad respecto a los sucesos antiguos, ignorándose las más veces lo que podría infamar aquellos tiempos, mientras lo que los honra y glorifica es referido en términos pomposos y con grandes ampliaciones. La mayoría de los escritores obedecen de tal suerte a la fortuna de los vencedores que, por enaltecer sus victorias, no sólo exageran lo que valerosamente hicieron, sino hasta la resistencia de sus enemigos: de modo que los descendientes de los vencedores y de los vencidos tienen sobrados motivos para maravillarse de aquellos hombres y de aquellos tiempos y se ven obligados a elogiados y a amarlos.
La segunda causa consiste en que el odio en los hombres nace, o de temor o de envidia, y no lo pueden inspirar los sucesos antiguos, que ni tenemos ni envidiamos. Pero lo contrario sucede con lo que se está viendo y manejando sin desconocer pormenor alguno, así los buenos como los desagradables, cosa que obliga a estimar los tiempos actuales muy inferiores a los antiguos, aunque en verdad merezcan los presentes mayor elogio y fama que los pasados.
No me refiero en esto a las obra:, de arte. cuyo valor es tan notorio que el transcurso del tiempo apenas aumenta o disminuye su mérito real y positivo, sino a la vida y costumbres de los hombres, que no ofrecen tan claros testimonies
Repito, pues, que es indudable la costumbre de alabar lo antiguo y censurar lo moderno, sin que en ello se incurra siempre en un error, pues a veces. por el perpetuo movimiento ascendente o descendente de las cosas humanas, resultan los juicios exactos. Se ve, por ejemplo, una ciudad o un estado bien organizados políticamente por un buen legislador; cuyo talento los hace caminar hacia la perfección: en tal caso los que viven en dicho estado y alaban más los tiempos antiguos que los modernos se engañan, causando su error los motivos antes mencionados. Pero los que nacen en el mismo estado cuando ya se encuentra en decadencia y en él predomina el mal, no se equivocan.
Reflexionando yo en la marcha de las cosas, creo que el mundo siempre ha sido igual, con los mismos males y con idénticos bienes. aunque variando los bienes y los mates de pueblo en pueblo. Así se advierte por las noticias que de los antiguos reinos tenernos, los cuales sufrieron cambios por la variación de las costumbres, continuando el mundo lo mismo. La diferencia consistía en que las virtudes existentes al principio en Asiria pasaron a la Media y después a Persia, de donde vinieron a Italia y Roma; y si al imperio romano no siguió ningún otro que fuera duradero y en el que el mundo concentrara las virtudes, en cambio se distribuyen éstas entre muchos pueblos que llegaron a un estado floreciente, como el reino de los franceses, el imperio de los turcos, el de Soldán de Egipto, y hoy día las naciones de Alemania; y antes de todos estos los sarracenos, que realizaron tan grandes cosas y ocuparon tan extenso territorio, después de destruir el imperio romano de Oriente.
En las naciones y pueblos nacidos de las ruinas del imperio romano continuó la antigua virtud, y en parte de ellos aún existe y es digna de las alabanzas que se le tributan. Los que nacen en estos pueblos y prefieren los tiempos pasados a los presentes pueden engañarse. pero quien nace en Italia o Grecia y no llega a ser en Italia ultramontano o en Grecia turco, motivos tiene para quejarse de estos tiempos y preferir los antiguos, porque en los antiguos hay muchas cosas que le maravillan y en los actuales nada le compensa de tan gran miseria, infamia y vituperio; porque ni se practica la religión, ni se cumplen las leyes, ni se observa la ordenanza militar; manchando todas las conciencias los vicios más repugnantes. vicios tanto más detestables cuanto que sobresalen en los que forman los tribunales, o ejercen autoridad, o pretenden ser adorados.
Pero volviendo a nuestro asunto, digo que los hombres se engañan al creer mejores unos tiempos que otros, porque de los antiguos no pueden tener tan perfecto conocimiento como de los presentes. Los ancianos que prefieren los de su juventud a los de su vejez, parece que no debieran equivocarse, porque ambos los conocen bien; y así sería si los hombres conservaran toda su vida el mismo juicio y tuvieran las mismas pasiones; pero variando aquél y éstas, y no el tiempo, no puede parecerles éste lo mismo cuando llegan a tener otros gustos, otros deseos y otras consideraciones en la vejez que en la juventud. Con la edad van perdiendo los hombres las fuerzas y aumentando su prudencia y su juicio, y necesariamente lo que los parecía en la juventud, soportable y bueno, en la ancianidad lo tienen por malo o insufrible; no es, pues, el tiempo lo que cambia, sino el juicio.
Siendo, además, los deseos del hombre insaciables, porque su propia naturaleza le impulsa a quererlo todo mientras sus medios de acción le permiten conseguir pocas cosas, resulta continuo disgusto en el entendimiento humano, desdén por lo poseído y, como consecuencia, maldecir los tiempos presentes, elogiar los pasados y desear los futuros, aunque para ello no tengan motivo alguno razonable.
No sé si debo figurar yo mismo entre los que se equivocan al elogiar tanto en este libro los tiempos de los antiguos romanos y al censurar los nuestros; y ciertamente si no fuesen tan claras como el sol las virtudes que entonces imperaban y los vicios que ahora reinan, sería más parco en mis afirmaciones, temeroso de incurrir en el mismo error que en otros advierto; pero siendo la cosa tan evidente, me atreveré a decir con toda claridad lo que pienso de aquellos y de estos tiempos, para que los jóvenes lectores de mis escritos puedan abominar los actuales y disponerse a imitar los antiguos, si las vicisitudes de la fortuna los dan ocasión a ello; porque es deber de hombre honrado enseñar a los demás el bien que por la malignidad de los tiempos y de su suerte no ha podido realizar. Acaso, siendo muchos los capaces de hacerlo, alguno más amado del cielo pueda ejecutarlo.
Y habiendo hablado en el libro precedente de los actos de los romanos relativos a su régimen interior, discurriremos en éste de lo que hicieron para ensanchar su dominación.
Capítulo I
De si fue el valor o la fortuna lo que más contribuyó a agrandar el imperio de los romanos
Muchos, y entre ellos Plutarco, escritor de grande autoridad, han creído que al pueblo romano favoreció más la fortuna que el valor en la conquista de su vasto imperio, y dicen entre otras razones, que se demuestra por confesión propia de aquel pueblo deber a la fortuna sus victorias, pues a ésta edificó más templos que a ningún otro dios. Parece que el mismo Tito Livio es de esta opinión, pues rara vez hace hablar a algún romano del valor sin que asada la fortuna.
Ni soy de esta opinión ni creo que pueda sostenerse, porque si no ha habido república alguna tan conquistadora como la romana, es porque ninguna fue organizada para conquistar como ella. Al valor de sus ejércitos debió su imperio y a sus propias y peculiares leyes, dadas por su primer legislador, el conservarlo, según probaremos cumplidamente en los capítulos sucesivos.
Dicen aquéllos que si los romanos no tuvieron nunca a la vez dos peligrosas guerras, se debió a la fortuna y no a la habilidad de este pueblo, pues no guerrearon con los latinos sino después de batir a los samnitas; tanto, que la guerra contra aquéllos fue en defensa de éstos; ni combatieron con los toscanos sino después de sojuzgar a los latinos y debilitar y casi extinguir con numerosas derrotas el poder de los samnitas: y si dos de estos pueblos, cuando podían disponer de todas sus fuerzas, se hubiesen aliado contra Roma, fácil es sospechar que habrían destruido la república romana.
Pero fuera por lo que fuese, es positivo que en ningún caso tuvieron a la vez dos poderosas guerras. Acababa una al empezar otra o nacía la nueva cuando estaba a punto de terminar la anterior; lo cual se ve fácilmente en la sucesión de las guerras de entonces, porque, prescindiendo de las hechas antes de que Roma fuera tomada por los galos, se observa que, mientras combatió con los Equus y con los volscos, y mientras estos pueblos fueron poderosos, ningún otro atacó a los romanos. Dominados aquéllos, empezó la guerra contra los samnitas, y aunque antes de su término se revelaron los latinos, cuando la rebelión estalló, los samnitas estaban ya aliados a los romanos y los ayudaron con su ejército para castigar el atrevimiento de los latinos. Vencidos éstos renació la guerra contra Samnio; casi agotadas ya las fuerzas de los samnitas por varias derrotas, empezó la de Etruria, y apenas había acabado cuando se rebelaron de nuevo los samnitas por el desembarco de Pirro en Italia. Rechazado éste y de vuelta en Grecia, empezó la primera guerra púnica; y apenas había concluido, cuando todos los galos de ambos lados de los Alpes atacaron a los romanos, quienes hicieron horrible carnicería en ellos entre Popolonia y Pisa, donde hoy está la torre de San Vicente. Terminada esta guerra, fueron de escasa importancia las que tuvieron durante veinte años, pues sólo combatieron con los ligurianos y con los galos que habían quedado en Lombardía. Así estuvieron hasta que empezó la segunda guerra púnica, que los ocupó en Italia durante dieciséis años. Acabada gloriosamente para Roma, empezó la guerra macedónica. a la cual siguió la sostenida contra Antioco en Asia. y después de vencido éste no quedó en el mundo rey o república que, aliados o separados fueran capaces de contrarrestar el poder de Roma.
Pero antes que en el victorioso resultado, fíjese la atención en el orden de estas guerras y en el modo de proceder en ellas, y se verá que a la fortuna se unen grandísimo valor y no menor prudencia; de suerte que quien investigue las causas de las victorias las encontrará fácilmente, pues es notorio que cuando un príncipe o un pueblo llegan a tan grande reputación de valerosos que los demás pueblos o príncipes vecinos temen atacarle, jamás se verá agredido sino por necesidad ineludible de los agresores, y estará en el caso de elegir por su parte a quién de los vecinos ha de hacer guerra, mientras con industria mantiene a los demás tranquilos; cosa fácil, no sólo por el respeto que su poder infunde, sino también por los recursos que emplee para engañarlos, y adormecerlos. Las potencias más apartadas que no vivan en relaciones con ellos se cuidarán de los sucesos como de cosas lejanas que no los interesan; en este error continuarán hasta que el incendio se los acerque y, cuando los llegue, sólo tendrán para apagarlo las fuerzas propias, insuficientes contra un enemigo que ha llegado a ser poderosísimo.
Prescindiré del hecho de que los samnitas vieran tranquilamente cómo los romanos vencían a los volscos y a los equos y, para no ser prolijo, trataré sólo de los cartagineses, que tenían ya gran poder y fama cuando los romanas combatían con los samnitas y toscanos, pues dominaban en toda el África, en Cerdeña, en Sicilia y en una parte de España. Este poder, y el estar apartados de los límites de la dominación romana, fueron causas de que no pensaran en atacar a los romanos, ni en socorrer a los samnitas y toscanos. Hicieron, pues, lo que generalmente se hace con los pueblos que prosperan: procurarse su amistad y aliarse con ellos, acreciendo su poder, y no advirtieron el error cometido hasta que los romanos, después de someter a todos los pueblos situados entre ellos y los cartagineses, empezaron a combatir la dominación de éstos en Sicilia y en España.
A los galos sucedió lo mismo que a los cartagineses, y lo mismo a Filipo, rey de Macedonia, y a Antíoco. Cada uno de estos creyó, mientras el pueblo romano guerreaba con cualquiera de ellos, que serían vencidos los ejércitos de Roma o que habría siempre tiempo de defenderse de los romanos con la paz o con la guerra. Creo, pues, que la fortuna que en esta parte tuvieron los romanos la hubiese tenido cualquier príncipe que procediera como ellos y mostrara igual valor.
Oportuno sería decir aquí los procedimientos de que se valían los romanos al invadir una nación, si no los hubiéramos referido ya en nuestro tratado El príncipe, donde se habla de ellos ampliamente; diremos sólo con brevedad que en las nuevas comarcas procuraban tener siempre algunos amigos que los sirvieran como escala o puerta para entrar o salir o permanecer en ellas. Así se ve que por medio de los capuanos entraron en Samnio, de los camertinos en la Etruria, de los mamertinos en Sicilia, de los sagutinos en España, de Masinisa en África, de los etolios en Grecia, de Eumenes y otros príncipes en Asia, de los marselleses y de los eduos en la Galia; nunca los faltó apoyo de esta clase que facilitase sus empresas para conquistar pueblos y mantenerlos sujetos a su dominación. Los estados imitadores de esta conducta necesitarán menos de la fortuna que los que no la observen, y para que todo el mundo comprenda cuánto más influyó el valor que la fortuna en las conquistas romanas, hablaremos en el siguiente capítulo de las condiciones de los pueblos con quienes tuvieron que guerrear y de la obstinación con que éstos defendieron su libertad.
Capítulo II
Con que pueblos tuvieron los romanos que combatir, y cuan tenazmente defendieron aquéllos su independencia
Los mayores obstáculos para los romanos al conquistar los pueblos inmediatos a ellos y algunos de las provincias Tejanas, nacían del amor que en aquel tiempo tenían muchos de éstos a su independencia, tan obstinadamente defendida, que era preciso grandísimo valor para sojuzgarlos. Repetidos ejemplos hay de los peligros a que se exponían por .conservar o recuperar su libertad y de las venganzas contra los que les privaban de ella. También enseña la historia los daños que a una ciudad o a un pueblo causa la servidumbre.
Países en donde apenas puede decirse ahora que hay ciudad libre, en los antiguos tiempos estaban ocupados por pueblos libérrimos. En la época a que nos referirnos, Italia, desde los Alpes que dividen ahora Toscana de Lombardía hasta el extremo meridional contenía muchos pueblos libres, como lo eran los etruscos, los romanos, los samnitas y otros varios que habitaban en el resto de la península. No se sabe que tuvieran reyes, excepto los que reinaron en Roma, y Porsena, rey de Etruria, cuya estirpe, que se distinguió, no menciona la historia; pero se sabe bien que, cuando los romanos sitiaron a Veyos, la Etruria era libre, y tanto amaba su libertad y odiaba el nombre de rey que, habiendo nombrado uno los veyenes para su defensa y pidiendo auxilio a los etruscos contra los romanos, aquéllos, después de varias deliberaciones, determinaron negarlo mientras tuvieran rey, por creer que no debía defenderse la patria de los que ya la habían sometido a la voluntad de un señor.
Es cosa fácil comprender de dónde nace la afición de los pueblos a las instituciones libres, porque se ve, por experiencia, que sólo cuando hay libertad aumentan el poder y la riqueza de los ciudadanos. Causa, en efecto, admiración considerar cuánta fue la grandeza de Atenas en el espacio de cien años, después que se libró de la tiranía de Pisistrato, y aún es más maravillosa la de Roma después que abolió la monarquía. La causa de ello tiene fácil explicación. No es el bien particular, sino el bien común lo que engrandece los pueblos, y al bien común únicamente atienden las repúblicas. En ellas sólo se ejecuta lo encaminado al provecho público, aunque perjudique a algunos particulares; pues son tantos los beneficiados que imponen las resoluciones a pesar de la oposición de los pocos a quienes dañan.
Lo contrario sucede en el régimen monárquico. La mayoría de las veces lo que hace el príncipe para si es perjudicial al estado, y lo que hace por el estado es opuesto a su personal interés; de modo que, cuando una tiranía sustituye a un régimen liberal, lo menos malo para el estado es no progresar ni aumentar en poder y riqueza, y las más veces, si no es siempre empieza su decadencia. Y si la suerte hace que aparezca un tirano animoso que por su valor e inteligencia ensancha los límites de sus dominios, no será la utilidad para la república, sino para él; pues no puede enaltecer a ningún ciudadano valeroso y bueno de los que él tiraniza, si quiere librarse de rivalidades inquietantes.
Tampoco los estados que conquista puede someterlos a hacerlos tributarios del que él domina, por no convenirle que éste sea poderoso, sino que las nuevas adquisiciones estén disgregadas y dependientes sólo de su autoridad personal. Sus conquistas son, pues, favorables a él y no a su patria.
Quien quiera demostrar esta opinión con otros infinitos argumentos, lea el tratado de Jenofonte titulado “De la tiranía”.
No es, pues, maravilloso que los antiguos pueblos persiguieran con tanto odio a los tiranos y amaran la libertad, cuyo nombre en tan grande estimación tenían. Así sucedió cuando Hierónimo, nieto del siracusano Hierón, fue muerto en Siracusa. Llegada la noticia de su muerte a su ejército, que acampaba no lejos de dicha ciudad, comenzó éste por amotinarse y acudir a las armas contra los que le mataron; pero al saber que en Siracusa se aclamaba la libertad, seducido por este nombre, se aquietó, depuso su ira contra los tiranicidas, y contribuyó a que se estableciera en aquella ciudad un gobierno liberal.
Tampoco es inaudito que los pueblos se hayan vengado cruelmente de los que los privaban de su libertad. Hay de ello muchos ejemplos; pero sólo referiré uno, ocurrido en Corcira, ciudad de Grecia, durante la guerra del Peloponeso. Los griegos estaban entonces divididos en dos bandos, uno favorable a los atenienses y otro a los espartanos, división que alcanzaba a los vecinos de muchas ciudades, siendo unos partidarios de Esparta y otros de Atenas. En Corcira prevalecieron los nobles y privaron de la libertad al pueblo; pero éste, ayudado por los atenienses, recuperó el poder, prendió a los nobles y los encerró en prisión capaz para todos. De ella los fue sacando, ocho o diez cada vez, con pretexto de desterrarlos a diversas partes; pero en realidad, para hacerles morir con los más crueles tormentos. Sabido esto por los que quedaban, determinaron librarse, si los era posible, de muerte tan ignominiosa, y echando mano a cuanto pudieron encontrar para su defensa, combatieron con los que deseaban penetrar en la prisión, defendiendo la entrada. Acudió el pueblo al ruido de la lucha, destechó la prisión y sepultó en los escombros a los nobles que en ella quedaban.
De esto hubo en Grecia otros muchos ejemplos notables y horribles, demostrándose que los pueblos se vengan con mayor crueldad de los que los privan de su libertad, que de los que quieren quitársela.
Meditando en que consiste que los pueblos antiguos fueran más amantes de la libertad que los actuales, creo procede del mismo motivo que hace ahora a los hombres menos fuertes, cual es la diferencia de educación, fundada en la diferencia de religión. Enseñando la nuestra, la verdad y el verdadero camino, hace que se tengan en poco las honras de este mundo; pero los gentiles, estimándolas y considerándolas como el verdadero bien, aspiraban a ellas con mayor vigor y energía. Esto se advierte en muchas de sus instituciones, singularmente en la magnificencia de sus sacrificios comparada con la humildad de nuestras ceremonias religiosas, en las cuales la pompa, más sencilla que imponente, no tiene nada que sea enérgico o feroz. No escaseaba en la antigüedad el esplendor a las ceremonias; pero añadían a ellas feroces y sangrientos sacrificios, matando infinidad de animales, cuyo terrible espectáculo daba energía y dureza al carácter de los hombres. Además, la religión pagana sólo deificaba a hombres llenos de gloria mundana, como los generales de los ejércitos y los jefes de las repúblicas, y la nuestra ha santificado más a los hombres humildes y contemplativos que a los de enérgica actividad. Además, coloca el supremo bien en la humildad, en la abnegación. en el desprecio de las cosas humanas, mientras la pagana lo ponía en la grandeza del ánimo, en la robustez del cuerpo y en cuanto podía contribuir a hacer los hombres fortísimos. La fortaleza de alma que nuestra religión exige es para sufrir pacientemente los infortunios, no para acometer grandes acciones.
Esta nueva manera de vivir parece que ha hecho más débiles a los pueblos y más fácil convertirlos en presa de los malvados, que con mayor seguridad pueden manejarlos al ver a casi todos los hombres más dispuestos, para alcanzar el paraíso, a sufrir las injurias que a vengarlas. Pero la culpa de que se haya afeminado el mundo y desarmado el cielo, es, sin duda, de la cobardía de los hombres que han interpretado la religión cristiana conforme a la pereza y no a la virtud; pues si consideramos que aquélla permite la gloria y defensa de la patria, deduciremos que quiere que la amemos, que la honremos y que nos preparemos a ser capaces de defenderla.
Estas falsas interpretaciones y la educación que de ellas nace, hacen que no haya ahora tantas repúblicas como antiguamente, ni en el pueblo tanto amor a la libertad como entonces. Creo, sin embargo, que lo que más ha contribuido a este resultado son las conquistas del imperio romano, el cual ahogó con sus armas y su grandeza todas las repúblicas y todas las libertades: y aunque este imperio se arruinó, los pueblos no han podido aún reorganizarse, ni establecer instituciones libres sino en poquísimas comarcas de las que abarcaba.
Sea de ello lo que fuere, los romanos encontraron en pocas partes del mundo una liga de repúblicas armadas y obstinadas en la defensa de su libertad; lo cual prueba que, sin el extraordinario valor de aquel pueblo, no hubiera podido vencerlas. Y para mencionar un ejemplo de esta resistencia, citaré el de los samnitas. Es verdaderamente admirable, y Tito Livio lo confiesa, que este pueblo fuera tan poderoso y valiente que hasta el consulado de Papirio Cursor, hijo del primer Papirio, es decir, durante cuarenta y seis años, resistiera a los romanos a pesar de tantas derrotas, estragos y ruinas como tuvieron en sus tierras, pobladísimas entonces, hoy casi desiertas, y cuyo buen gobierno, unido al valor de sus habitantes, las hacía inconquistables por cualquier otro enemigo que no fuese el valeroso pueblo romano.
Fácil es comprender la causa de la antigua prosperidad y de la actual miseria, pues depende de que entonces había allí un pueblo libre y ahora un pueblo siervo, y los países libres en todas las comarcas ya hemos dicho que hacen grandísimos progresos. La población aumenta porque, no habiendo obstáculo que estorbe los lazos matrimoniales, son los hombres más propensos a casarse y procrean los hijos que creen poder alimentar, en la seguridad de no ser privados de su patrimonio; como también de que nacen ciudadanos libres y no esclavos, y que mediante sus méritos pueden llegar a ser hasta jefes del estado. Las riquezas que proceden de la agricultura y de la industria se multiplican, porque cada cual se aplica a aumentar las suyas, pudiendo gozar de ellas libremente, y conforme crecen las de los particulares aumentan las del estado.
Lo contrario sucede en los países donde impera la servidumbre, tanto más faltos de bienes cuanto más rigurosa es aquélla. De todas las servidumbres, la más pesada es la impuesta por una república; primero por ser la más duradera y no haber esperanza de librarse de ella; después, porque las repúblicas propenden a debilitar y enervar los otros estados para aumentar ellas su poder; cosa que no hace un príncipe conquistador, a menos de ser un bárbaro, destructor de países y de instituciones de gobierno, como son los príncipes orientales, Pero si tiene rectitud y siquiera algunos sentimientos humanos, casi siempre ama por igual todos los pueblos que le están sometidos, dejándoles prosperar y que se rijan por casi todas sus antiguas leyes. De esta suerte, si no aumentan su poder como estados libres, tampoco se arruinan como siervos.
Entiéndase que me refiero a la servidumbre de los pueblos sometidos a un extranjero; no a la impuesta por sus conciudadanos, pues de ésta ya traté anteriormente.
Al que medite en lo dicho no le admirará el poder de los samnitas cuando eran libres, y la debilidad que la servidumbre los produjo. Tito Livio lo demuestra varias veces, especialmente en la guerra contra Aníbal, cuando dice que, maltratados los samnitas por una legión establecida en Nola, enviaron embajadores a Aníbal para pedirle socorro, y en sus discursos dijeron que durante cien años habían combatido con los romanos sin otros recursos que sus propias fuerzas y sus propios generales, afrontando muchas veces las de dos ejércitos consulares y dos cónsules; pero que habían llegado a tanta debilidad, que apenas se podían defender de la pequeña legión romana situada en Nola.
Capítulo III
Roma se engrandece arruinando a las ciudades vecinas y concediendo fácilmente a los extranjeros la cualidad de ciudadanos romanos
Creció Roma con las ruinas de Alba.” [1]
Los que deseen que una ciudad llegue a tener grandes dominios deben procurar por todos los medios hacerla populosa, porque, sin grande abundancia de hombres. jamás aumentará su poder. Esto se consigue de dos modos: por atracción cariñosa, o por la fuerza. Por atracción, ofreciendo camino franco y seguro a los extranjeros que deseen venir a habitar en ella, de suerte que los agrade vivir allí; por fuerza, destruyendo las ciudades inmediatas y obligando a sus vecinos a vivir en la vencedora.
De tal modo se observaron en Roma estos dos principios, que en tiempos de su sexto rey había en dicha ciudad ochenta mil hombres capaces de llevar armas; porque los romanos imitaron a los buenos cultivadores, quienes para que los árboles crezcan y puedan producir y madurar sus frutos les quitan las primeras ramas que echan, a fin de que, retenida la savia en el tronco, salgan después otras más lozanas y fructíferas.
El ejemplo de Esparta y de Atenas demuestra que estos medios para ampliar la dominación son necesarios y buenos. Ambas repúblicas eran belicosas y tenían excelentes leyes; sin embargo, no llegaron a la grandeza de Roma, que parecía más tumultuosa y menos bien regida. No puede explicarse esto sino por las razones ya referidas, pues aumentando Roma su población, pudo poner sobre las armas doscientos ochenta mil hombres, y ni Esparta ni Atenas pasaron nunca de veinte mil cada una.
Esta diferencia no nacía de ser la posición de Roma mejor que la de Esparta y Atenas, sino del distinto modo de proceder. Licurgo, fundador de la república espartana, consideró que nada podía viciar tanto sus leyes como la mezcla con nuevos habitantes, e hizo todo lo posible para impedir a los extranjeros avecindarse allí. Además de prohibirles casarse en Esparta, les negó la posibilidad de adquirir el derecho de ciudadanía y dificultó todas las relaciones que mantienen la comunicación de los hombres entre sí, ordenando que en aquella república se usara moneda de cuero, a fin de impedir que acudieran forasteros por el deseo de vender mercancías o de ejercer alguna industria. Así, pues, aquel estado no podía aumentar el número de habitantes.
Todas nuestras acciones imitan a la naturaleza; no es posible ni natural que un tallo delgado mantenga grueso ramaje, ni que una república pequeña conquiste ciudades y reinos que sean más grandes y poderosos que ella, y si los conquista, le sucede lo que al árbol que tiene las ramas más gruesas que el tronco, que el peso de aquéllas lo agobia y el menor impulso del viento lo derriba. Así sucedió a Esparta; ocupó todas las ciudades de Grecia, y cuando se rebeló Tebas, las demás imitaron su ejemplo y quedó el tronco sin ramas.
No podía suceder esto a Roma, cuyo tronco era tan grueso que sostenía fácilmente todas las ramas, y a tal procedimiento, unido a otros que mencionaremos más adelante, debió Roma su grandeza y su poder; lo cual expresa Tito Livio en pocas palabras, cuando dice: Crescit interea Roma Albæ ruinis.
Capítulo IV
Las repúblicas han practicado tres procedimientos para engrandecerse
Quien lea atentamente la historia antigua observará que las repúblicas han tenido tres modos de engrandecerse. Uno el practicado por los antiguos toscanos, que consistía en formar una liga de varias repúblicas, sin que ninguna de ellas ejerza sobre las otras Autoridad o preeminencia. En tal caso las ciudades conquistadas entran a formar parte de la liga, como en otros tiempos lo practicaban los suizos y en los antiguos lo hacían en Grecia los aqueos y los etolios.
Como los romanos guerrearon bastante con los toscanos, para que se conozca bien la primera forma de engrandecimiento daré noticias detalladas de este pueblo.
Con anterioridad a la dominación romana fueron en Italia los toscano o etruscos poderosísimos por mar y tierra; y aunque no haya historia especial de este pueblo, quedan algunos recuerdos y algunos vestigios de su grandeza. Se sabe que fundaron una colonia en la costa del mar de Arriba [2], llamándola Adria, que llegó a ser famosa para dar nombre al mar que aún llaman los latinos Adriático. Se sabe también que sus ejércitos fueron obedecidos desde el Tíber hasta el pie de los Alpes que limitan al norte la tierra de Italia; pero doscientos años antes de que los romanos tuvieran gran fuerza, habían perdido ya los citados etruscos la dominación del país que hoy se llama Lombardía, ocupado por los galos, quienes a impulso de la necesidad o atraídos por la dulzura de los frutos, y especialmente del vino, bajaron a Italia a las órdenes de su jefe Belloveso, derrotaron y expulsaron a los habitantes y fijaron allí su estancia, edificando muchas ciudades y dándole el nombre de Galia, que conservó hasta que los romanos la conquistaron.
Vivían, pues, los etruscos con instituciones igualitarias, empleando para engrandecerse el primer medio que hemos citado. Constituían una federación de doce ciudades, que eran Chiusi, Veyos, Fiesole, Arezzo, Volterra y otras, las cuales gobernaban toda la comarca sujeta a su dominio. Sus conquistas no traspasaron los límites de Italia ni alcanzaron a gran parte de esta península, por los motivos que después diremos.
El segundo modo consiste en aliarse con otros estados, cuidando de conservar la superioridad del mando, la capitalidad y la iniciativa en las empresas; éste fue el empleado por los romanos.
El tercero en convertir en súbditos, y no en aliados, a los vencidos, como hicieron los espartanos y los atenienses.
De estos tres sistemas de engrandecimiento, el tercero es inútil, y lo fue en las dos citadas repúblicas, las cuales perecieron por haber hecho conquistas que no podían conservar. Porque gobernar por fuerza ciudades sometidas, sobre todo si están acostumbradas a vivir libres, es cosa difícil y de gran trabajo. Sin numeroso ejército no podréis regirlas y gobernarlas; y para tener muchas tropas necesitáis alianzas que aumentan vuestra población. Por no haber hecho Atenas y Esparta ni lo uno ni lo otro, sus procedimientos fueron ineficaces.
Roma, ejemplo del segundo sistema, hizo ambas cosas, y así logró poder tan grande. Por ser el único estado que constantemente siguió estas reglas fue el único en llegar a tanta dominación, pues adquiriendo en toda Italia numerosos aliados que bajo muchos conceptos gozaban iguales derechos que los romanos, y, por otra parte, reservándose, según antes dijimos, la capitalidad y el mando de las empresas, los aliados contribuían, sin saberlo, con su trabajo y con su sangre a sojuzgarse a Roma. Sobre todo, cuando los ejércitos empezaron a salir de Italia conquistando provincias y reinos y sujetando pueblos que, por la costumbre de vivir bajo la dominación de reyes, no se curaban de cambiar de señor; y como los gobernadores eran romanos y los ejércitos que los vencían llamábanse romanos, sélo reconocían por superior a Roma. Los auxiliares que ésta tenía en Italia llegaron a estar, por tal causa, circundados de súbditos romanos y dominados por una poderosísima ciudad cual era Roma. Cuando advirtieron el engaño que vivían ya no fue tiempo de remediarlo; tanta era la autoridad adquirida por Roma en las provincias extranjeras y tan grande ya la fuerza que en su seno acumulaba aquella ciudad populosísima y armadísima. Y aunque los aliados, para vengar tal injuria, se rebelaron contra ella, pronto fueron vencidos, empeorando su condición, porque, de aliados, se convirtieron en súbditos.
Este sistema sólo lo han seguido, según hemos dicho, los romanos, y es el único para una república que quiera ensanchar sus dominios; pues la experiencia demuestra que ninguno es más sensato y seguro.
El primer medio de que hablamos, el de las confederaciones que practicaron los etruscos, los aqueos y los etolios y hoy practican los suizos, es, después del usado por los romanos, el mejor; porque si no facilita el aumento de territorio, resultan de esta dificultad dos bienes: uno no tener frecuentes guerras, y otro poder conservar sin trabajo lo que se adquiere. Impide el engrandecimiento la forma disgregada de estas repúblicas y la falta de capitalidad única, cosas ambas que dificultan los medios de deliberar y resolver. Los que así viven no son deseosos de dominación, porque, debiendo repartir las conquistas entre todos los confederados, el estímulo a realizarlas es menor que en las repúblicas unitarias, las cuales esperan aprovecharlos por completo. Además, gobiernan a aquéllas consejos federales, cuyas resoluciones, por esta forma de poder supremo, no son tan rápidas como las tomadas por los que viven en el corto espacio de una capital.
La experiencia demuestra también que estas federaciones tienen un límite fijo, sin que haya ejemplo de haber sido traspasado. La forman doce o catorce estados a lo más, y cuando a tantos llegan, no procuran aumentarlos por creer que bastan para poder defenderse. unos a otros, y porque no los obliga la necesidad a extender su poder, supuesto que, según hemos dicho, la extensión no les es útil. En efecto; con las conquistas necesitarían hacer una de dos cosas: o aumentar los estados confederados, lo cual sería expuesto a confusión, o convertir en súbditos a los conquistados; y por huir aquella dificultad y no estimar mucho esta ventaja, desdeñan el engrandecimiento.
Al llegar estas federaciones al número de estados que los parece suficiente para vivir en seguridad, se dedican a dos cosas; una es tomar bajo su protección pequeños estados y, por este medio procurarse dinero que fácilmente puede distribuirse en la confederación; otra combatir por cuenta de otros estados, de éste o aquél príncipe que para sus empresas los toma a sueldo, como se ve que hacen ahora los suizos y se lee que hacían las confederaciones antiguas, de lo cual es buen testimonio Tito Livio, cuando dice que parlamentaba Filipo, rey de Macedonia, con Tito Quinto Flaminio, tratando de la paz a presencia de un pretor de los etolios, y al hablar el rey con éste, censuró la avaricia y la infidelidad de los etolios, que no se avergonzaban de militar al servicio de un estado y enviar también tropas a las órdenes de su enemigo; de suerte que muchas veces se veían las banderas de Etolia en dos ejércitos contrarios.
Esto demuestra que tales confederaciones han sido siempre iguales y producido los mismos efectos. Se ve también que sus medios para adquirir súbditos fueron y son débiles y de escaso provecho y que cuando las conquistas superaban los medios de la confederación para conservarlas, estas repúblicas federales perecieron rápidamente.
Si dicho procedimiento para adquirir súbditos es inútil en las repúblicas armadas, lo es mucho más en las desarmadas, como se encuentran en nuestro tiempo las de Italia.
Queda, pues, demostrado que el mejor medio de engrandecimiento fue el adoptado por los romanos, tanto más admirable cuanto que no hay ejemplo de el con anterioridad a Roma, y nadie después de Roma lo ha imitado.
En cuanto a las confederaciones, sólo las de Suiza y Suabia imitan a las antiguas.
Como diremos al final de esta obra, la excelente organización romana, tan buena para los asuntos interiores como para los exteriores, ni la imitamos en nuestros tiempos ni siquiera nos cuidamos de ella, juzgándola unos fabulosa, otros imposible, otros inoportuna e inútil y, viviendo en esta ignorancia, somos presa de cualquiera que quiere dominar nuestra patria.
Aunque el imitar ahora la organización romana parezca difícil, no deben creer los actuales toscanos que lo sea copiar la de los antiguos etruscos; porque si éstos no pudieron formar un imperio semejante al de Roma, adquirieron, sin embargo, en Italia el dominio que sus medios de ejecución los permitían, formando por largo tiempo un estado tranquilo, muy glorioso por su poder y fuerza y muy elogiado por sus costumbres y su religión. Los galos disminuyeron su dominación y su gloria y los romanos la extinguieron después, hasta el punto de que, siendo tan grande el poder de los etruscos hace dos mil años, apenas queda ahora memoria de él. Esto me ha hecho pensar en las causas del olvido, y de ellas trataré en el siguiente capítulo.
Capítulo V
Los cambios de religión y de lengua, unidos a los desastres de inundaciones y epidemias, extinguen la memoria de las cosas
A los filósofos partidarios de que el mundo es eterno, creo se los podría contestar que en tal caso el recuerdo alcanzaría a sucesos ocurridos desde hace más de cinco mil años, si no fuera notorio que la memoria de los tiempos se extingue por diversas causas, procedentes unas de los hombres y otras del cielo. Son las primeras las que originan la variación de creencias religiosas y de lengua, porque cuando aparece una secta nueva, es decir, una nueva religión, su primer cuidado es adquirir crédito extinguiendo la antigua; y si los fundadores de la nueva religión hablan distinto idioma, lo consiguen fácilmente. Se conoce esto examinando los procedimientos de la religión cristiana contra la pagana, pues destruyó todas sus instituciones y todas sus ceremonias, sin dejar memoria de esta antigua teología. Verdad es que no pudo borrar por completo las noticias de los hechos que ejecutaron hombres ilustres del paganismo, pero esto se debe a la necesidad de conservar la lengua, puesto que en ella escribía la nueva ley: de poderla promulgar en nuevo idioma, teniendo en cuenta las otras persecuciones que sufrió el paganismo, no quedaría memoria de los anteriores sucesos.
Léase lo que hacían San Gregorio y los otros propagandistas de la religión cristiana, y se verá con que obstinación perseguían cuanto pudiera recordar la idolatría, quemando las obras de poetas e historiadores, destruyendo las estatuas de los dioses y alterando o arruinando cuanto pudiera ser recuerdo de la antigüedad; de suerte que si a tal persecución hubieran podido añadir el uso de un nuevo idioma en brevísimo tiempo, todo lo antiguo se hubiera olvidado.
Debe creerse que lo hecho por la religión cristiana contra el paganismo lo hicieron también los paganos contra las religiones anteriores a la suya, y como en cinco o seis mil años han ocurrido dos o tres veces estos cambios de religión, no hay memoria de sucesos anteriores a dicho tiempo; los pocos indicios que quedan se tienen por fabulosos, y no se los presta fe, como ha sucedido con la historia de Diodoro Siculo, que da cuenta de sucesos de hace cuarenta o cincuenta mil años, y goza fama, en mi opinión merecida, de mentirosa.
Causas que proceden del cielo destruyen la generación humana y reducen a pocos los habitantes de tal o cual comarca; dichas causas son las epidemias, el hambre y las inundaciones. La última de estas calamidades es la más importante, no sólo por ser la más universal, sino porque los que se libran de ella son montañeses rudos que no tienen noticia alguna de la antigüedad, ni pueden, por tanto, trasmitirla a las nuevas generaciones; y sin con ellos se salva algún hombre instruido, por adquirir nombre y fama, oculta y transforma lo que sabe según le conviene, de modo que sólo queda a los sucesores lo que él ha querido escribir.
No creo que dude nadie de que han existido inundaciones, hambre y epidemias, pues de estas plagas dan cuenta todas las historias. y explican el olvido de tantas cosas de la antigüedad. Parece razonable que tales cosas sucedan, pues la naturaleza obra como los cuerpos de los seres. que, cuando acumulan muchas sustancias superfluas, tienen repetidos movimientos espontáneos para expelerlas y recobrar la normalidad de la vida. Así sucede en este cuerpo mixto de la generación humana, que cuando una comarca está demasiado poblada, de suerte que los habitantes ni pueden vivir, ni salir de ella por estar también pobladísimas las demás, y cuando la astucia y la malignidad humanas han llegado al colmo, resulta indispensable que se aminore la gente por alguna de las tres citadas plagas, para que, quedando pocas personas y abatidas, tengan más medios de vivir y sean mejores.
Fue, pues, la Etruria, según he dicho, una nación poderosa donde la religión y la virtud florecían; con usos y costumbres propios y lengua patria; todo lo cual destruyó de tal modo el poder romano, donde la religión y la virtud florecían: con usos y costumbres propios que sólo ha quedado memoria del nombre.
Capítulo VI
De cómo hacían la guerra los romanos
Hemos dicho lo que hacían los romanos para agrandar su imperio; digamos ahora cómo procedían en la guerra, y se verá en todos sus actos con cuánta prudencia se apartaban de los procedimientos comunes a los demás, para facilitarse el camino de dominar a todos.
Los propósitos de quienes por elección o por ambición hacen la guerra, son conquistar y conservar lo conquistado, procediendo de modo que, en vez de empobrecerse su patria y los países conquistados, aumenten en riqueza. Para ello es necesario que en la conquista y en la conservación de lo conquistado se gaste lo menos posible, teniendo siempre la vista fija en la utilidad pública. Quien quiera hacerlo así, debe imitar lo que practicaban los romanos. Hacían éstos la guerra, como dicen los franceses, corta y en grande, saliendo a campaña con numerosos ejércitos. Cuantas luchas tuvieron con los latinos, los samnitas y los etruscos, las terminaron en brevísimo tiempo. Si se estudian sus guerras desde el principio de Roma hasta el sitio de Veyos, se vera que todas las terminaron en seis, en diez o en veinte días; porque su costumbre era ir con el ejército, inmediatamente que se declaraba la guerra, al encuentro del enemigo y dar la batalla. Alcanzada la victoria, pedía el enemigo, para que no fuera su patria arrasada, condiciones de paz y los romanos les imponían la de cederles terrenos que distribuían entre individuos partidarios suyos, o dedicaban a la fundación de colonias situadas en la frontera enemiga, que venían a ser salvaguardia de la romana. con utilidad de los colonos a quienes se distribuían los campos de Roma, que, sin gastos, aseguraba sus fronteras.
No podía haber procedimiento más seguro, ni más formidable, ni más útil, porque mientras el enemigo estaba tranquilo, aquella guardia fronteriza era bastante; y cuando iba con poderoso ejército a atacar a la colonia, acudían los romanos con numerosas fuerzas, daban la batalla, la ganaban, imponían durísimas condiciones al vencido y se volvían a su ciudad. De esta suerte adquirieron fama entre sus enemigos y aumentaron su poder.
Así procedieron hasta después del sitio de Veyos, en que mudaron de sistema porque, para hacer largas guerras, determinaron pagar a los soldados, cosa antes innecesaria por la corta duración de las campañas. Pero a pesar del sueldo, por la precisión de mantener largas guerras y en países lejanos, donde la lucha duraba mucho tiempo, perseveraron en su primitiva costumbre de acabarlas lo más pronto posible, según lo permitieran el sitio y el tiempo, y de fundar colonias en el país conquistado; porque a sus hábitos de abreviar las guerras se unía la ambición de los cónsules, cuya autoridad sólo duraba un año y, de éste, sólo seis meses podían estar en campaña, deseando terminarla para obtener los honores del triunfo. En la fundación de colonias insistieron por la utilidad y la comodidad grandísima que los resultaba de su establecimiento.
En cuanto al botín, modificaron su conducta, no siendo tan liberales como al principio, o por no parecerles necesario repartirlo entre soldados asalariados o porque, llegando a ser importantísimas las presas, determinaron enriquecer con ellas el tesoro público, para no verse obligados a mantener la guerra a costa de los tributos de los ciudadanos. Con tal procedimiento el erario llegó pronto a estar riquísimo.
Estos dos sistemas, el de emplear el botín en los gastos militares y el de fundar colonias en los países conquistados, hicieron que Roma se enriqueciera con las guerras, las cuales son causa de empobrecimiento para monarquías y repúblicas menos sabias.
Llegó la cosa a términos de creerse que no merecía los honores del triunfo un cónsul que a sus victorias no añadiera gran cantidad de oro, plata u otra clase de botín para el erario público.
Con estos procedimientos y con terminar pronto las campañas, agotar las fuerzas de los enemigos por medio de frecuentes guerras, destruir sus ejércitos, devastar sus territorios y obligarles a hacer tratados ventajosos para Roma, fueron los romanos cada vez más ricos y poderosos.
Capítulo VII
Cantidad de terreno que daban los romanos a cada colono
Muy difícil es saber con certeza la cantidad de terreno que los romanos distribuían a cada colono. Creo diesen más o menos, según el sitio donde fundaban la colonia, y es probable que, de todas suertes y cualquiera que fuese el lugar, la cantidad sería pequeña, primero para poder enviar más hombres, puesto que estaban destinados a la guarda del país, y además porque, viviendo pobremente en Roma, no era razonable que quisieran la abundancia para sus conciudadanos fuera de ella.
Tito Livio dice que cerca de Veyos fundaron una colonia y dieron a cada colono tres yugadas y siete onzas de tierra, que equivalen en nuestra medida… [3]
Además de los motivos ya expresados, para ser parcos en la cantidad de tierra concedida a cada colono, juzgaban que no era la extensión del terreno lo que enriquecía, sino el buen cultivo, y hay que tener en cuenta que en toda colonia había prados y bosques de aprovechamiento común para pastar los ganados y surtirse de leña los colonos, sin lo cual no se fundaba ninguna.
Capítulo VIII
Por que motivos se expatrían los pueblos trasladándose a países extranjeros
Dicho ya el modo de proceder que en la guerra observaban los romanos, y mencionado el ataque de los galos a los etruscos, no me parece ajeno a este asunto distinguir las guerras en dos especies, según el móvil que las origina. Unas las hacen los príncipes o las repúblicas por ambición de ensanchar sus dominios, como fueron las hechas por Alejandro Magno y por los romanos, y las que ordinariamente hace una potencia a otra. Estas guerras son peligrosas, pero no despueblan el país conquistado, porque al vencedor le basta la obediencia de los pueblos; casi siempre los deja vivir conforme a sus leyes y siempre en sus casas y con sus bienes.
La otra clase de guerra la produce la invasión de un pueblo entero que con todas las familias abandona una comarca, impulsado por el hambre o por las agresiones, y va en busca de nuevas tierras, no para dominarlas. como sucede en las guerras antedichas, sino para distribuírselas y poseerlas, matando o expulsando a sus habitantes. Esta guerra es cruelísima y espantosa, y a ella se refiere Salustio al final de la historia de Yugurta, cuando dice que, vencido Yugurta, se conoció el movimiento de los galos que venían a Italia, y añade que el pueblo romano combatía contra los otros enemigos sólo por la dominación; pero contra los galos combatió siempre cada cual por la vida. A un príncipe o a una república que invade un territorio, le basta acabar con los que en él mandan; pero las invasiones de pueblos enteros necesitan matar o ahuyentar a todos los habitantes, para poder vivir con lo que éstos vivían.
Tuvieron los romanos tres de estas peligrosas guerras. Fue la primera cuando tomaron a Roma los galos que, según antes decimos, quitaron la Lombardía a los etruscos y se establecieron en ella. Tito Livio atribuye esta invasión a dos causas: una la ya dicha, de haberles atraído la dulzura de los frutos y del vino de Italia, de que carecían en la Galia: otra, la excesiva población en ésta, donde ya no había medio de alimentar tanta gente, por lo cual juzgaron los gobernantes de aquellas comarcas ser necesario que parte de ella fuese a habitar nuevas tierras y, tomada esta determinación, eligieron los que se expatriaban, por jefes, a Belloveso y Sicoveso, dos reyes de aquellos pueblos. Belloveso vino a Italia, y Sicoveso pasó a España. Aquél ocupó la Lombardía e inició las guerras de los galos contra Roma.
La segunda agresión de aquel pueblo fue después de la primera guerra púnica, y en ella los romanos mataron entre Piombino y Pisa más de doscientos mil galos. La tercera invasión de un pueblo entero fue cuando los teutones y cimbrios bajaron a Italia y, después de vencer varios ejércitos romanos, fueron derrotados por Mario.
De estas tres peligrosísimas guerras salieron victoriosos los romanos, necesitando para ello todo su valor; porque se ve que después, cuando desapareció la virtud romana y perdieron los ejércitos el antiguo esfuerzo, pueblos semejantes a los galos, cuales eran los godos, vándalos y otros bárbaros, destruyeron aquel imperio, ocupando el de occidente.
Salen estos pueblos de sus comarcas, según ya hemos dicho, impulsados por la necesidad, y ésta nace, o del hambre, o de guerras u opresiones en su propio país, hasta el extremo de verse obligados a buscar nuevas tierras. Cuando son en gran número, invaden violentamente el país ajeno, matan a sus habitantes, se apoderan de sus bienes, forman un nuevo reino y cambian el nombre de la comarca, como hizo Moisés e hicieron los pueblos que ocuparon el imperio romano. Este es el origen de los nuevos nombres que hay en Italia y en las otras naciones; nombres que los dieron los invasores, como el de Lombardía a la Galia Cisalpina; el de Francia a la Galia Transalpina, y que se llamó Francia por ser los francos quienes la ocuparon; la Esclavonia, que antes era Iliria, como Hungría Pannonia, Inglaterra Britania, y tantas otras regiones cuyo cambio de nombres sería prolijo enumerar. Moisés también llamó Judea a la parte de Siria que ocupó.
En prueba de lo que antes dije de que a veces algunos pueblos fueron expulsados de su propio país por la guerra, viéndose en la precisión de buscar nuevas tierras, citaré a los maurusios, habitantes de la antigua Siria, quienes al verse amenazados de la invasión del pueblo hebreo, juzgando que no podían rechazarla, creyeron preferible salvarse y abandonar su propio país a perder éste y perderse ellos si intentaban defenderlo; y con sus familias fueron a África, donde se establecieron, expulsando a los habitantes que allí encontraron. De esta suerte los que no habían podido defender su propia patria, ocuparon la ajena. Procopio, el autor de la historia de la guerra hecha por Belisario a los vándalos que se habían apoderado de África, refiere haber leído en columnas elevadas en los parajes que habitaron los maurusios la inscripción siguiente: “Maurusios, que huimos ante el ladrón Jesús, hijo de Nava”; en la que aparece el motivo de su salida de Siria.
Son, pues, peligrosísimos los pueblos que abandonan sus tierras por extrema necesidad, y únicamente se los puede contener con formidable ejército. Pero cuando los emigrantes no son en gran número, el peligro es menor, pues no pudiendo emplear la fuerza, apelan a la astucia para ocupar algún terreno y, ocupado, mantenerse en él como amigos y aliados. Así lo hicieron Eneas, Dido, los marselleses y otros muchos, que sólo por el consentimiento de los habitantes de los países donde llegaron pudieron continuar en ellos, los pueblos que se expatriaron en masa salieron casi todos de la Escitia, comarca fría y pobre, donde los habitantes por ser numerosos y no encontrar medios de subsistencia, se ven precisados a la expatriación por muchas causas, sin ninguna que la impida.
Hace ya quinientos años que por varios motivos cesaron las invasiones de tales hordas. El primero es la gran cantidad de gente que abandonó la Escitia durante la decadencia del imperio romano, pues salieron de allí más de treinta pueblos; el segundo, que en Alemania y Hungría, de donde también salían pueblos invasores, el país está cultivado de tal modo, que pueden vivir en él cómodamente sus habitantes, no viéndose obligados a buscar nuevas tierras; y siendo éstos muy belicosos, sirven de barrera a los escitas, con quienes confinan, los cuales no esperan poder vencer a aquéllos ni atravesar su país. Muchas veces han ocurrido grandes movimientos de tártaros, cuya irrupción contienen húngaros y polacos, y con frecuencia se alaban éstos de que, sin sus ejércitos, Italia y la Iglesia habrían sufrido en repetidas ocasiones la opresión de las hordas de la Tartaria. Respecto a estos pueblos, con lo dicho basta.
Capítulo IX
Cuáles son ordinariamente los motivos de guerra entre los poderosos
El motivo de la guerra entre romanos y samnitas, aliados durante largo tiempo, fue uno de los que comúnmente la producen entre todos los estados poderosos; motivo, hijo unas veces del acaso, y ocasionado otras por el que desea la lucha.
El que dio origen a la de los romanos con los samnitas fue casual, porque el propósito de éstos al atacar a los sedicinos primero y después a los campanianos, sin tener en cuenta lo que opinaran los romanos y samnitas, acudieron a aquéllos en demanda de auxilio, entregándoseles para que los defendieran como cosa propia. De esta suerte los comprometieron en una guerra que en su concepto no podían eludir honrosamente. Porque creían los romanos no deber defender a los campanianos como amigos contra los samnitas, también amigos, pero consideraban vergonzoso no defenderlos como súbditos o protegidos, teniendo en cuenta que, de no tomar tal defensa, alejarían de ellos a cuantos quisieron someterse, a su dominación. Aspirando Roma al poder y a la gloria. y no al goce tranquilo de la paz, no podía negarse a esta guerra.
También fue casual el motivo de la primera guerra contra los cartagineses, que la originó la defensa tomada por los romanos de los habitantes de Mesina en Sicilia. Pera no así el de la segunda, ocurrida poco después, porque el general cartaginés Aníbal atacó a los saguntinos, aliados de Roma en España, no tanto por ofenderlos como por hacer que los romanos tomaran las armas y tener ocasión de combatirlos y pasar a Italia.
Este procedimiento de provocar nuevas guerras lo han empleado siempre las naciones poderosas que tienen algún respeto a la fe de los tratados, porque si quiero guerrear con un príncipe al que me unen tratados de paz respetados algún tiempo, con cualquier motivo o pretexto atacaré a un aliado suyo y, o tomará su defensa, en cuyo caso consigo mi intento guerreando contra él, o le abandonará a su suerte, y entonces pondrá de manifiesto su debilidad o su infidelidad a la obligación de defender a sus protegidos. Cualquiera de ambas cosas le han de acarrear la pérdida de la fama y contribuirán a mi intento.
Debe advertirse, con motivo de la referida determinación de los campanianos a fin de comprometer a los romanos en su apoyo, que el recurso de un pueblo débil para defenderse de cualquier modo del que le ataca es entregarse libremente al que escoge por defensor, como se entregaron los capuanos a los romanos y los florentinos al rey Roberto de Nápoles, que, no queriendo defenderlos como aliados, los defendió como súbditos contra Castruccio de Lucca, que los oprimía con su ejército.
Capítulo X
El dinero no es el nervio de la guerra, como generalmente se cree
Cada cual puede comenzar la guerra cuando guste, pero no acabarla; y los príncipes deben, antes de acometer empresa de esta clase, medir sus fuerzas y arreglarse a ellas, haciéndolo con tal prudencia que no le engañen las ilusiones, como sucederá si sólo se fía del dinero, de los obstáculos del terreno o del afecto de los hombres; pero le falta un buen ejército. Las tres cosas predichas aumentan las fuerzas, pero no las crean. Cada una por sí es nula, y para nada sirve sin el auxilio de un ejército fiel. Faltando éste, todo el dinero es inútil: inútil la fortaleza natural del país, inútil la fe y buena voluntad de los hombres, porque éstos no serán fieles a quien no puede defenderlos. Los montes, los lagos, los parajes inaccesibles, dejan de ser obstáculos cuando no hay quien los defienda, y el dinero, sin ejército, en vez de contener, alienta al enemigo codicioso.
La máxima de que el dinero es el nervio de la guerra la dijo Quinto Curcio a propósito de la guerra entre el macedonio Antípatro y el rey de Esparta, al referir que, por carecer éste de dinero, se vio obligado a dar la batalla y quedó derrotado; y si hubiera podido diferirla algunos días, la noticia llegada a Grecia de la muerte de Alejandro bastara para que, sin necesidad de combatir, quedase vencedor; pero acabándosele el dinero y temiendo que el ejército, por falta de pagas, le abandonara, se vio precisado a aventurar la batalla. Con este motivo afirma Quinto Curcio que el dinero es el nervio de la guerra.
Esta máxima se alega ahora casi diariamente, y la siguen los príncipes que carecen de la prudencia necesaria. Fundándose en ella, creen que los tesoros bastan para su defensa, sin pensar que si con tener dinero se venciera, Darío hubiese vencido a Alejandro, los griegos a los romanos; en nuestros tiempos el duque Carlos el Temerario a los suizos y recientemente no hubieran tropezado los florentinos con tantas dificultades para vencer a Francisco María, sobrino del papa Julio II, en la guerra de Urbino.
Todos los citados fueron vencidos por los que creían que el nervio de la guerra no es el dinero, sino los buenos soldados.
El rey de Lidia, Creso, enseñó al ateniense Solón, entre otras diferentes cosas, su inmenso tesoro, preguntándole que le parecía su poder; a lo que respondió Solón que por aquella riqueza no lo juzgaba muy fuerte, puesto que la guerra se hacia con hierro y no con oro, y alguno con más hierro que él, podía quitarle el oro.
Además, cuando, después de la muerte de Alejandro, una multitud de galos pasó a Grecia y después a Asia, y envió al rey de Macedonia embajadores para ajustar la paz, el rey, por hacer alarde de su poder y asombrarles, los enseño el oro y la plata que tenía, y a su vista los embajadores, que casi habían firmado ya la paz, la rompieron por el deseo de apoderarse de aquellas riquezas, perdiendo el rey lo que para su defensa había acumulado.
Hace pocos años que los venecianos, con su erario lleno de dinero, perdieron casi todos sus estados, sin poder defenderlos.
Sostengo, pues, que no es el oro, como vulgarmente se dice, el nervio de la guerra, sino los buenos soldados, porque el oro no es suficiente para tener bien organizado ejército y éste sí lo es para encontrar oro. Si los romanos hubieran querido hacer la guerra con dinero y no con hierro no los bastaran todos los tesoros del mundo, a juzgar por las grandes empresas que acometieron y por las dificultades interiores que necesitaron vencer; pero haciendo la guerra con hierro, jamás tuvieron carestía de oro. Los que lo tenían, lo llevaban hasta sus campamentos.
Si el rey de Esparta, por falta de dinero tuvo que arriesgarse a librar una batalla, lo sucedido por tal penuria es lo que muchas veces acontece por cualquier otra causa, pues ha ocurrido que por falta de víveres se vea obligado un ejército, entre morir de hambre o batallar, a preferir la lucha, por ser más honroso y prestarse más a los favores de la fortuna. También se ha visto muchas veces que, al saber un general que las fuerzas enemigas iban a recibir socorro, se apresurara a combatir, para no tenerlo que hacer después contra ejército más numeroso y con notoria desventaja (como sucedió a Asdrúbal en la Marea cuando le atacó Claudio Nerón, unido a otro cónsul romano). Igualmente si un general se ve en la precisión de huir o pelear, siempre elige combatir, porque aun cuando le parezca muy dudoso el éxito, puede vencer, y, huyendo, la pérdida es segura.
Son, pues, muchos los motivos que obligan a un general a dar batallas contra su voluntad, y entre ellos alguna vez lo será la falta de dinero; pero no por esto debe considerarse el dinero nervio de la guerra, más que lo son las otras causas que imponen aquella obligación.
Insisto, pues, en que no es el oro el nervio de la guerra, sino los buenos soldados. Muy necesario es el dinero como elemento secundario; pero es una necesidad que los buenos soldados saben satisfacer, porque es tan imposible que dejen de adquirirlo en la guerra, como lo es que el dinero por sí sólo sirva para tener buenos soldados. La historia demuestra en mil ocasiones la verdad de lo que decimos. Aunque Pericles aconsejó a los atenienses hacer la guerra a todo el Peloponeso, mostrando que podían ser victoriosos por su pericia y su dinero, y aunque en esta guerra alcanzaron los atenienses algunas victorias. al fin perdieron la campaña, valiendo más el tacto y los buenos soldados en Esparta que la habilidad y el dinero de Atenas.
Pero en este punto la opinión de Tito Livio es mejor testimonio que la de ningún otro, y cuando examina la cuestión de si, de venir a Italia Alejandro Magno, hubiera vencido a los romanos, dice que para la guerra son necesarias tres cosas: muchos soldados y buenos, generales prudentes y próspera fortuna; y calculando quién entre los romanos y Alejandro prevalecería en tales cosas, hace la deducción sin decir nada del dinero.
Cuando los sidicinos pidieron auxilio a los capuanos contra los samnitas, debieron los de Capua juzgar del poder de aquéllos por su dinero y no por sus soldados, pues habiendo determinado auxiliarles, después de sufrir dos derrotas se vieron obligados a convertirse en tributarios de Roma para poder salvarse.
Capítulo XI
No es determinación prudente contraer alianza con un príncipe que tenga más fama que fuerza
Queriendo Tito Livio mostrar el error de los sidicinos al fiar en el auxilio de los campanianos y el de éstos al creer que podían defenderlos, lo hace con gran exactitud en la siguiente frase: “Los campanianos auxiliaron a los sidicinos más bien con su nombre que con hombres para el ejército.” De donde se deduce que las alianzas que se hacen con príncipes que no pueden prestar fácilmente auxilio por la distancia de los lugares o por falta de medios, a causa de su mala conducta o por otras circunstancias, dan más reputación que utilidad a quien fía en ellas; como ha sucedido en nuestros días a los florentinos cuando en 1479 los atacaron las fuerzas del Papa y del rey de Nápoles, pues siendo aliados del rey de Francia, sacaron de aquella alianza “Más fama que utilidad”; como sucedería a cualquier príncipe que, fiando en el emperador Maximiliano, acometiera alguna empresa, por ser la alianza con este emperador una de las que dan mas fama que utilidad, como se dice en el texto que daba a los sidicinos la de los capuanos.
Se equivocaron, pues, los capuanos al creerse más fuertes de lo que eran, como se equivocan a veces los hombres de escasa prudencia que, no sabiendo ni pudiendo defenderse, pretenden defender a otros. Así sucedió a los tarentinos cuando iba el ejército romano al encuentro del de los samnitas y enviaron embajadores al cónsul de Roma para decirle que deseaban la paz entre aquellos dos pueblos y que estaban dispuestos a declarar la guerra al que de ellos la quebrantara. El cónsul sonrió al oír la petición, y en presencia de los embajadores hizo tocar a ataque, ordenando el avance de sus tropas contra el enemigo y mostrando a los tarentinos con obras, y no con palabras, la respuesta de que eran dignos.
Habiendo hablado en este capítulo de los partidos desacertados que toman los príncipes por defender a otros, trataré en el siguiente de los que toman para la propia defensa.
Capítulo XII
Si cuando se teme ser atacado vale más llevar la guerra a la tierra enemiga que esperarla en la propia
He oído a hombres muy prácticos en el arte de la guerra discutir algunas veces si entre dos príncipes de fuerzas casi iguales, cuando el más poderoso declara la guerra al otro, conviene a éste esperar al enemigo en los límites de su territorio o ir a buscarlo en su país y atacarle en él. Se alegan buenas razones en defensa de ambas cosas.
Los que defienden atacar al enemigo en sus propias tierras citan el consejo que Creso dio a Ciro cuando, al llegar a los confines de los masagetas para guerrear con ellos, su reina Tamires envió a decirle que eligiera entre los dos partidos, o entrar en su reino, donde le esperaría, o que ella fuera a encontrarle. Sometido el caso al consejo, Creso fue el único que opinó ir contra ella, alegando que, si se la vencía lejos de su reino, no se la privaría de éste, por tener tiempo para rehacerse; pero vencida en los límites de su propio territorio, se la podría perseguir en la fuga y, no dejándole tiempo para rehacerse, quitarle su reino. Alegan también el consejo que dio Aníbal a Antioco cuando proyectaba declarar la guerra a los romanos, diciéndole que éstos solamente serían vencidos en Italia, porque sólo allí podían aprovecharse sus enemigos de sus armas, de sus riquezas y de sus aliados; y combatiéndoles fuera de Italia les quedaba siempre libre esta fuente inagotable para suministrarles fuerzas donde las necesitaban, deduciendo que era más fácil quitarles Roma que el imperio, y antes Italia que cualquier otra provincia. Se fundan también en que Agatocles, no pudiendo mantener la guerra en su país contra los cartagineses, la llevó a tierra de éstos y los obligó a pedir la paz; y, finalmente, en que Escipión, para librar a Italia, trasladó la guerra a África.
En favor de la opinión contraria se dice que el mayor mal que se puede causar a un enemigo es sacarle de su tierra, citando el ejemplo de los atenienses que, mientras hicieron la guerra cómodamente en su país, quedaron vencedores; y cuando salieron de él, enviando sus ejércitos a Sicilia, perdieron la libertad. Citase también la fábula poética recordando que Anteo, rey de Libia, atacado por el egipcio Hércules, fue invencible mientras lo esperó dentro de los límites de su reino; pero al apartarse de éste por astucia de Hércules, perdió reino y vida; así se explica la fábula de que Anteo, al tocar la tierra recobraba las fuerzas, porque su madre era la Tierra, y al advertirlo Hércules lo levantó para apartarlo de la tierra. Cítense también ejemplos modernos. Todo el mundo sabe que Fernando, rey de Nápoles, tuvo en su tiempo reputación de habilísimo príncipe. Al saber, dos años antes de su muerte, que el rey de Francia Carlos VIII quería ir a atacarle, hizo grandísimos preparativos de defensa; pero enfermó, y al acercarse el momento de su muerte, entre otros consejos que dio a su hijo Alfonso, fue el de que esperase al enemigo dentro del reino y por nada en el mundo sacara tropas de sus estados, teniéndolas todas dentro de ellos para cuando llegaran los franceses. No siguió Alfonso este consejo, y envió a la Romanía un ejército que perdió sin combatir, como también sus estados.
Las demás razones que por ambas partes se aducen, son que el que ataca procede con más valer que el que espera, e inspira mayor confianza a su ejército. Además, quita comodidad al enemigo para valerse de sus propios recursos, no pudiendo auxiliarle los súbditos que son saqueados; y por tener al enemigo dentro de casa, se ve obligado el príncipe a proceder con más cautela en la petición de servicios y dinero a sus súbditos, de suerte que, como decía Aníbal, se agota la fuente que le permitía mantener la guerra. Además, los soldados cuando están en tierra extranjera necesitan vencer para salvarse, y esta necesidad, como ya hemos dicho muchas veces, los infunde valor.
Por la otra parte se dice que esperando al enemigo son mucho mayores las ventajas, porque, sin perjuicio propio, se le puede dificultar mucho el aprovisionarse y conseguir las demás cosas que un ejército necesita. El mejor conocimiento del país facilita la oposición a sus designios; la facilidad en la concentración permite atacarle en un punto dado con mayores fuerzas, porque él no puede sacar de sus estados todas las suyas; en caso de derrota es fácil rehacerse, no sólo porque, teniendo refugio próximo, los derrotados pueden salvarse, sino también porque los refuerzos no están lejanos, de suerte que cabe arriesgar toda la fuerza y no toda la fortuna, mientras el que sale de su país arriesga toda la fortuna y no toda la fuerza. Algunos, para debilitar más al enemigo lo han dejado internarse no pocas jornadas en su país y apoderarse de bastantes pueblos, a fin de que, obligado a dejar su guarnición en ellos, disminuya su ejército y sea más fácil vencerle.
En mi opinión, conviene distinguir si el país está armado como lo tenían los romanos y como la tienen los suizos, o si está desarmado, como lo tenían los cartagineses y como los tienen el rey de
Francia y los italianos. En este caso conviene que esté el enemigo lejos, porque, consistiendo el principal medio de defensa en el dinero y no en los soldados, si te impiden sacarlo por medio de tributos o en otra forma, estás vencido, y nada lo estorba tanto como el encontrarse el enemigo dentro de casa. Ejemplo de ello fueron los cartagineses, quienes mientras tuvieron su patria segura de invasión enemiga, sacaron de ella todo lo necesario para guerrear con los romanos, y, cuando fue invadida, no pudieron resistir a Agatocles.
Los florentinos no tenían medios de defensa contra Castruccio, señor de Lucca, porque los hacía la guerra en sus estados, y se vieron obligados a entregarse al rey Roberto de Nápoles para que los defendiera. Pero, muerto Castruccio, aquellos mismos florentinos tuvieron ánimo para invadir los estados del ducado de Milán y casi apoderarse de ellos. ¡Tanto valor mostraron en la guerra lejana y tanta cobardía en la inmediata!
Pero si los reinos están armados como lo estaba Roma y lo están los suizos, cuanto más cerca se los ataca es más difícil vencerlos, porque pueden reunir más fuerza para resistir una invasión que para invadir ajenas tierras. La autoridad de Aníbal no me induce a pensar de otro modo; porque sus consejos a Antioco se fundaban en la pasión y en la conveniencia personal. Si los romanos hubieran tenido en las Galias las tres derrotas que los hizo sufrir Aníbal en Italia, sin duda quedaran perdidos, porque los fuera imposible aprovechar los restos de sus ejércitos, como en Italia lo hicieron, ni tuvieran tan fáciles medios de rehacerse, ni en otro país que el suyo hubieran podido resistir al enemigo con las fuerzas que los quedaron. Para invadir una nación enemiga nunca enviaron más de cincuenta mil hombres, y para defender la suya pusieron en armas contra los galos, después de la primera guerra púnica, un millón ochocientos mil. Tampoco hubieran podido derrotarlos en Lombardía como lo hicieron en Toscana, por la dificultad de llevar lejos tanto ejército contra tan gran número de enemigos y combatirles con ventaja. Los cimbrios derrotaron un ejército romano en Alemania; pero cuando llegaron a Italia y los romanos pudieron disponer contra ellos de todas sus fuerzas, los destrozaron.
Fácil es vencer a los suizos fuera de su país, porque sólo pueden sacar de él treinta o cuarenta mil hombres; pero en su tierra, donde pueden reunir cien mil, es dificilísimo.
Afirmo, pues, de nuevo que, cuando un príncipe tiene su pueblo armado y organizado para la guerra, debe esperar en sus estados al enemigo poderoso y no salir a su encuentro; pero si los súbditos están desarmados y desacostumbrados los pueblos a guerrear, debe apartarla de ellos cuanto pueda. De una o de otra manera, según los casos citados, le será más fácil la defensa.
Capítulo XIII
De cómo se pasa de pequeña a gran fortuna, más bien por la astucia que por la fuerza
Considero cosa ciertísima que rara vez o nunca llegan los hombres de escasos medios a elevado rango sin emplear la fuerza o la astucia, a no ser que lo obtengan por herencia o donación. Creo también que en muchas ocasiones la fuerza sola no basta; pero si la astucia, como verá claramente quien lea la vida de Filipo de Macedonia, la del siciliano Agatocles y la de muchos otros que de ínfima o mediana posición llegaron a regir reinos o imperios vastísimos.
Demuestra Jenofonte en la Vida de Ciro la necesidad de engañar, puesto que la primera expedición de éste contra el rey de Armenia es un tejido de fraudes, y con engaños y no con la fuerza se apoderó de su reino. Lo que deduce Jenofonte de estos hechos es, que un príncipe deseoso de realizar acciones memorables, necesita aprender a engañar. También narra cómo engañó de varios modos a Ciajares, rey de los medos, su tío materno, asegurando que, sin estos fraudes, no hubiese podido Ciro llegar a tanta grandeza.
Creo, pues, que jamás persona alguna de humilde estado ha logrado gran poder sólo por medio de la fuerza, empleándola franca e ingenuamente; pero sí sólo con la astucia, como lo hizo Juan Galeazzo para quitar el estado e imperio de Lombardía a su tío, maese Bernabé.
Lo que necesitan hacer los príncipes al comenzar su engrandecimiento también necesitan hacerlo las repúblicas, hasta que llegan a ser tan poderosas que los baste sólo la fuerza. Y como Roma tuvo que practicar a veces por acaso, a veces por designio, todos los recursos para adquirir su poderío, también apeló al engaño. No pudo usarlo mayor al principiar su historia, cuando, según hemos dicho anteriormente, hizo alianzas con los latinos y otros pueblos próximos; pues con el nombre de aliados los convirtió en esclavos suyos. Se valió de sus ejércitos para dominar a los pueblos convecinos y adquirir la fama de potencia conquistadora y, vencidos estos pueblos, llegó a tanta grandeza, que por si sola pudo batir a los demás.
No comprendieron los latinos su estado de servidumbre sino al ver las dos derrotas de los samnitas, que los obligaron a pedir la paz. Estas victorias acrecieron considerablemente la reputación de los romanos entre los príncipes de apartadas comarcas, y por ellas conocieron el nombre de Roma antes que sus armas. También engendraron la envidia y las sospechas de los que veían y sentían su fuerza, entre los cuales estaban los latinos, sino hasta las colonias romanas de Lacio y los campanianos, defendidos poco antes por los romanos, se conjuraron contra Roma.
Emprendieron esta guerra los latinos, como antes hemos dicho que empezaban la mayor parte de las guerras, no atacando directamente a los romanos, sino defendiendo a los sidicinos contra los samnitas que, con permiso de Roma, guerreaban con aquéllos.
Tito Livio prueba la certeza de que los latinos se levantaron por haber conocido la mala fe de los romanos, cuando pone en boca de Annio Setino, pretor latino, estas palabras pronunciadas en el consejo: “Porque si ahora podemos sufrir la servidumbre bajo la apariencia de confederados e iguales, etc.”
Se ve, pues, que los romanos al principio de su engrandecimiento no dejaron de emplear la astucia, recurso siempre necesario para los que, de pequeños, quieren llegar a la grandeza, y menos vituperable cuanto más disimuladamente se emplea, como lo hicieron los romanos.
Capítulo XIV
Se engañan muchas veces los hombres creyendo que la humildad vence a la soberbia
Se ve muchas veces que la humildad, en vez de aprovechar perjudica, sobre todo si se emplea con hombres insolentes que por envidia o cualquiera otra causa os odian. De ello da fe nuestro historiador con motivo de la guerra entre los romanos y los latinos, porque quejándose los samnitas a los romanos de que los latinos los habían atacado, no quisieron los romanos prohibir a éstos aquella guerra por no irritarles, determinación no agradecida que sólo sirvió para aumentar la audacia de los latinos, mostrándola pronto contra los mismos romanos. Así lo atestiguan las frases del pretor latino Annio en el citado discurso, cuando dice: “Tentasteis su paciencia negándoles soldados. ¿Quién duda que los ofendió? Sufrieron, sin embargo, la afrenta. Supieron que preparábamos nuestros ejércitos contra los samnitas, sus aliados, y no se movieron de su ciudad, ¿Qué engendra en ellos tanta modestia si no es el conocimiento de nuestras fuerzas y de las suyas?” Se ve, pues, claramente en esta cita cómo la paciencia de los romanos insolentó a los latinos.
Así, pues, ningún príncipe debe descender de su rango, ni entregar voluntariamente cosa alguna, sino cuando la pueda o se crea que la puede conservar. Si se llega a término de tener que entregar algo, vale más dejar que lo tomen por fuerza que cederlo por temor, porque si lo das por miedo y deseo de evitar la guerra, las más veces no la evitas; que aquel a quien pruebas con la concesión tu cobardía, no se dará por satisfecho y querrá apoderarse de otras cosas, atreviéndose a más cuanto menos te estime. Por otra parte, encontrarás frialdad en tus defensores al creerte débil o cobarde.
Pero si tan pronto como descubras los deseos del adversario preparas tus fuerzas, aunque sean inferiores a las suyas, el mismo enemigo empieza a estimarle, y más aún los príncipes de los estados limítrofes; y al ver tu resolución por la defensa, quizá intente ayudarte alguno que jamás lo hiciera si te entregaras.
Entiéndase esto para el caso de que sólo tengas un enemigo, pues siendo varios, lo más prudente es dar a alguno de ellos parte de lo que posees para ganarlo en tu favor, aunque haya empezado la guerra, y en todo caso para separarle de los demás aliados contra ti.
Capítulo XV
Los estados débiles son siempre indecisos y la lentitud en las resoluciones siempre es perjudicial
En este asunto y al tratar del principio de la guerra entre latinos y romanos, puede advertirse que en toda deliberación conviene tratar inmediatamente del hecho que la provoca y no permanecer en la incertidumbre. Esto es notorio en las discusiones que tuvieron los latinos cuando pensaron separarse de los romanos; quienes sospechando la predisposición que contra ellos reinaba en los pueblos latinos, para asegurarse de ello y ver si podían, sin acudir a las armas, ganarse de nuevo su voluntad, los pidieron enviasen a Roma ocho ciudadanos, porque necesitaban consultar con ellos. Sabido por los latinos que tenían conciencia de cuanto habían hecho en desagrado de Roma, reuniéronse en consejo para determinar quiénes debían ir a Roma y lo que allí habían de decir. Cuando se trataba este punto, dijo Annio: “Mas pertinente es a nuestras cosas determinar lo que hemos de hacer que lo que hemos de decir; fácil será, después de tomada la determinación, acomodar las palabras a los hechos”.
Estas frases son, sin duda, ciertísimas, y todos los príncipes y repúblicas deben tenerlas en cuenta. La ambigüedad y la incertidumbre sobre lo que debe hacerse, no hay palabras que la expliquen; pero tomado un partido y resuelto el ánimo a realizarlo, fácilmente se encuentran frases para explicarlo.
Insisto en esta observación, por haber visto muchas veces los perjuicios de la indecisión en los negocios públicos, con daño y vergüenza de nuestra república, y en los casos dudosos, cuando se necesita energía para resolver, habrá siempre incertidumbre, si los llamados a aconsejar y determinar son hombres débiles.
No es menos nociva la lentitud y tardanza en las resoluciones, sobre todo si se refieren a auxiliar a un aliado, porque le privan del auxilio y dañan al mismo que en ellas incurre. La lentitud en las determinaciones procede, o de flaqueza de ánimo, o de falta de fuerzas, o de perfidia en los encargados de tomarlas, quienes, por deseo de arruinar la patria o de lograr cualquier aspiración personal, en vez de facilitar las determinaciones, las estorban y entretienen de mil modos. Los buenos ciudadanos, aunque vean que en un arrebato popular se toma decisión perniciosa, jamás la impiden, sobre todo tratándose de cosas que no admiten espera.
Muerto Hieran, tirano de Siracusa, cuando la guerra estaba más empeñada entre romanos y cartagineses, discutían los siracusanos si debían aliarse a Roma o a Cartago. Era tan grande el empeño de los dos partidos, que el asunto estaba indeciso, sin tomarse ninguna determinación, hasta que Apolonides, uno de los principales ciudadanos de Siracusa, en un discurso prudentísimo, demostró que no se debía censurar la opinión de los que deseaban la amistad romana, ni la de los que preferían a los cartagineses; pero sí aquella incertidumbre y tardanza en tomar un acuerdo, porque veía en esta indecisión la completa ruina de la república, mientras que, adoptado un partido cualquiera que fuese, cabía esperar algún bien. No podía demostrar mejor Tito Livio los daños de la irresolución.
También lo prueba la guerra de los latinos, porque habiendo pedido éstos a los lavinianos auxilio contra Roma, tardaron tanto en decidirlo, que apenas salidas de su ciudad las tropas auxiliares, llegó la notició de la derrota de los latinos, por la cual su pretor Milonio dijo: “El poco camino andado, nos lo harán pagar caro los romanos”. En efecto; si hubieran determinado a tiempo conceder o negar su auxilio a los latinos, en el primer caso, no se hubiesen atraído la enemistad de Roma; y el segundo, uniendo oportunamente sus fuerzas a las de los latinos, acaso vencieran éstos; pero, con la tardanza, cualquiera que fuese el resultado los perjudicaba, y así sucedió.
De seguir los florentinos esta máxima, no hubieran sufrido de los franceses tanto daño y tantos disgustos durante la expedición de Luis XII, rey de Francia, contra Luis Sforza, duque de Milán. Cuando el rey la proyectaba pidió auxilio a Florencia. Los embajadores de esta república cerca del monarca convinieron con él la neutralidad y que al llegar Luis XII a Italia tomaría bajo su protección la república florentina. Tenía el gobierno de Florencia el plazo de un mes para ratificar el tratado; pero los que imprudentemente favorecían la causa del duque de Milán entretuvieron la ratificación y, cuando Luis XII alcanzó la victoria, no la consintió, por conocer que la necesidad, y no el afecto, los decidía en su favor. Esto costó a los florentinos bastante dinero y estar en peligro de perder su independencia. Lo mismo los ocurrió en otra ocasión por idéntica causa. Tanto más dañosa fue su irresolución, que ni siquiera a Luis Sforza aprovechaba, y, de ser éste vencedor, hubiera probado su enemistad a Florencia de modo más enérgico que lo hizo el rey.
Ya había tratado en otro capítulo de los males que estas vacilaciones causan a las repúblicas; pero presentándose ahora ocasión oportuna, he querido insistir en ello, por ser materia que no deben olvidar repúblicas como la nuestra.
Capítulo XVI
Diferencia entre los ejércitos modernos y los antiguos
La victoria más grande de cuantas alcanzaron los romanos en sus guerras con los demás pueblos fue la obtenida contra los latinos durante el consulado de Torcuato y de Dacio, porque racionalmente debe creerse que, así como por haber perdido la batalla los latinos quedaron en servidumbre, lo mismo sucediera a los romanos de no haberla ganado. Esta es la opinión de Tito Livio, quien dice que los ejércitos eran iguales en todo, en organización, en valor, en número de soldados, en deseo de triunfar; la única diferencia consistió en que los generales romanos fueron más hábiles y heroicos que los latinos.
Ocurrieron durante esta batalla dos sucesos antes nunca vistos y de los que la historia presenta después raros ejemplos. Para que los soldados fueran animosos, obedientes a sus órdenes y arrojados en la lucha, uno de los cónsules se mató y el otro mató a su hijo.
La igualdad que Tito Livio dice había entre ambos ejércitos nacía de haber militado juntos durante largo tiempo, tener la misma organización e iguales armas. Igual era también su manera de preparar las batallas, e iguales los nombres de las divisiones y de los cargos militares. Era, pues, indispensable, por la igualdad de fuerzas y de valor, que ocurriera algo extraordinario para hacer más tenaces a los unos que a los otros, pues, como he dicho otras veces, en la obstinación consiste la victoria, y mientras dura aquélla en el pecho de los combatientes, ningún ejército vuelve la cara. Para que fuese más duradera en el corazón de los romanos que en el de los latinos, hizo, en parte la ocasión y en parte el valor de los cónsules, que Torcuato matase a su hijo y Decio se suicidara.
Al hablar de esta igualdad de fuerzas, explica Tito Livio la organización de los ejércitos romanos y su manera de pelear. No reproduciré sus largas explicaciones, sino sólo aquello que juzgo interesante, y que han descuidado los generales de nuestro tiempo, ocasionado esta negligencia suya muchos desórdenes en los ejércitos y en las batallas.
El texto de Tito Livio explica que el ejército romano se dividía en tres partes principales, que en lengua Toscana podemos denominar tres schiere. [4]
Se llamaba, la primera hastiarios, la segunda príncipes y la tercera triarios. Cada una de ella tenía su caballería correspondiente. En el orden de batalla se colocaban los hastiarios delante, en segunda línea, y precisamente a su espalda, los príncipes, y en tercera, y en igual dirección, los triarios. Ponían la caballería a derecha y a izquierda de cada uno de dichos cuerpos, y estos escuadrones, por su formación y por el sitio que ocupaban, se llamaban alas, pues parecían las dos alas de un cuerpo. Los hastiarios, que eran la primera fila, formaban codo con codo para poder rechazar o resistir el choque del enemigo. La segunda línea, la de los príncipes, que no tenía que combatir en primer término, sino auxiliar a la primera si era batida y rechazada, no tenía formación tan compacta, sino algo más espaciosa y de modo que pudieran recibir en ella, sin desordenarse, a los hastiarios, si, rechazados por el enemigo, necesitaban retirarse. La tercera línea, la de los triarios, tenía la formación aún más abierta, para recibir en ella, en caso necesario, a las dos primeras de príncipes y hastiarios.
Situados así los tres cuerpos, comenzaba la batalla. Si los hastiarios eran rechazados o vencidos, se retiraban a las filas de los príncipes y, formando los dos cuerpos uno solo, reanudaban la lucha. Cuando hastiarios y príncipes unidos eran batidos, todos se refugiaban en la línea abierta de los triarios, cuyos claros cubrían, y los tres cuerpos, convertidos en uno, renovaban la pelea. Vencidos los tres y no pudiendo rehacerse, la batalla estaba perdida. Cuantas veces entraban en lucha los triarios la situación del ejército era peligrosa, y de aquí nació el proverbio “la cosa esta reducida a los triarios” (Res redacta est ad triarios), lo cual significa, jugar la última carta.
Los generales de nuestros tiempos, de igual manera que han abandonado las otras reglas de organización, sin observar nada de la antigua disciplina, prescinden también de este orden de batalla, que no es de poca importancia, porque quien se organiza para poder luchar tres veces durante la acción ha de tener tres veces la fortuna contraria para ser vencido, y el enemigo el valor necesario para tres victorias seguidas.
Pero cuando no se está ordenado ni aun para recibir el primer choque, como sucede a los ejércitos cristianos, fácil es perder la batalla; que cualquier desorden o un mediano valor del enemigo bastan para ello.
Lo que impide a nuestros ejércitos rehacerse tres veces es haber olvidado el modo de concentrarse una línea en otra, porque ahora el orden de batalla es de una de estas dos viciosas formas: o ponen los batallones, uno al lado de otro formando un frente de batalla largo, pero poco profundo, y por tanto de poca resistencia, o cuando se quiere hacer la línea más fuerte se concentran los batallones por el método de los romanos; pero si el primer frente es batido, no estando formada la segunda línea de modo que puedan reunirse en sus intervalos los vencidos, éstos la desorganizan mezclándose unos con otros. Rechazada la primera línea, atropella a la segunda, y si ésta quiere avanzar se lo impide la primera. De tal modo, desordenando la primera a la segunda y la segunda a la tercera, la confusión es tan grande que un pequeño accidente puede causar y causa con frecuencia la pérdida de todo un ejército.
Los ejércitos español y francés en la batalla de Ravena, donde murió monseñor de Foix, que mandaba a los franceses (batalla muy bien dirigida conforme a las ideas modernas), formaron las tropas de uno de los dos citados modos, esto es, los batallones uno al lado del otro, teniendo ambos ejércitos un extenso frente de batalla, pero de líneas sin profundidad.
Esto ocurre siempre que el campo de operaciones es una vasta llanura, como sucedía en Ravena, porque sabiendo los generales el desorden que se produce al retirarse la primera línea sobre la que hay detrás, lo evitan en cuanto es posible, extendiendo la línea de batalla según he dicho. Pero cuando el terreno es angosto, adoptan la formación de varias líneas sin remediar los defectos ya referidos.
Con igual desorden avanza la caballería por país enemigo, o para coger presas o para cualquier otra operación de guerra. En Santo Regolo y en otros puntos donde los florentinos fueron derrotados por los pisanos, durante la guerra que mantuvieron contra Pisa, por su rebelión al llegar a Italia el rey Carlos VIII de Francia, produjo las derrotas la caballería florentina, que, yendo delante, al ser rechazada por el enemigo, atropellaba y desordenaba la infantería de su propio ejército, con lo cual todos huían. Maese Ciriaco del Borgo, antiguo general de la infantería florentina, ha dicho muchas veces delante de mí que nunca fue derrotado más que por la caballería de su ejército.
Los suizos, que son los maestros en la guerra moderna, cuando pelean unidos a los franceses, procuran ponerse a un lado para que la caballería de éstos, si es rechazada, no los atropelle.
Aunque estos principios parezcan de fácil comprensión y facilísima práctica, ninguno de nuestros generales de ahora imita la organización antigua y reforma la moderna. Nuestros ejércitos constan también de tres cuerpos, llamados vanguardia, batalla y retaguardia, pero sólo se sirven de ellos para disponer los alojamientos y en el campo de batalla rara vez acontece, según antes dijimos, que los tres cuerpos, por su colocación, dejen de estar expuestos a igual peligro.
Y porque muchos, para excusar su ignorancia alegan que la violencia de la artillería no permite en estos tiempos practicar la organización antigua, trataré en el siguiente capítulo de esta materia y examinaré si en efecto la artillería impide el uso antiguo de guerrear.
Capítulo XVII
De cómo debe apreciarse la artillería en los ejércitos de estos tiempos, y de si la opinión que generalmente se tiene de ella es cierta
Considerando yo, además de los puntos de que he tratado, cuantas batallas campales (llamadas en nuestro tiempo por los franceses jornadas, y por los italianos hechos de armas) dieron los romanos en diversas épocas, he reflexionado acerca de la opinión generalmente admitida de que, si en aquellos tiempos se usara la artillería, no hubiera sido ni fácil ni posible a los romanos apoderarse de tantas provincias, hacer tributarios tantos pueblos, ni realizar tan admirables conquistas. Dícese también que mediante esta nueva arma de fuego, los hombres no pueden probar su valor como antiguamente, y se añade que ahora es más difícil organizar las fuerzas en el campo de batalla y no se puede emplear el antiguo sistema da concentración; de modo que la guerra se reducirá, andando el tiempo, a combates de artillería.
No es cosa, según creo, fuera de propósito examinar si estas opiniones son ciertas; si la artillería ha aumentado o disminuido la fuerza de los ejércitos, y si quita o da ocasión a los buenos generales para operar valerosamente.
Comenzaré hablando de la primera opinión, la de que los ejércitos romanos no hubieran realizado tantas conquistas si en su tiempo se usara la artillería. Respondo a esto diciendo que la guerra se hace para defenderse o para ofender, y lo primero que se debe examinar es a cuál de estos dos sistemas de guerra, el de la defensa o el de ataque, favorece o perjudica más la artillería.
No es cosa, según creo, fuera de propósito examinar si estas opiniones son ciertas; si la artillería ha aumentado o disminuido la fuerza de los ejércitos, y si quita o da ocasión a los buenos generales para operar valerosamente.
Comenzare hablando de la primera opinión, la de que los ejércitos romanos no hubieran realizado tantas conquistas si en su tiempo se usara la artillería. Respondo a esto diciendo que la guerra se hace para defenderse o para ofender, y lo primero que se debe examinar es a cuál de estos dos sistemas de guerra, el de la defensa o el del ataque, favorece o perjudica más la artillería.
Aunque se ha dicho mucho en pro y en contra, creo que sin comparación perjudica más al que se defiende que al que ataca, y me fundo en que el primero está dentro de una plaza fuerte o en un campo atrincherado. Si está en una plaza, o es pequeña, como lo son casi todas las fortalezas, o es grande. En el primer caso puede considerarse completamente perdido, porque el ímpetu de la artillería es tal, que derriba en pocos días cualquier muro por grueso que sea, y cuando no tiene espacio para retirarse tras de nuevos fosos y parapetos, le es imposible resistir al enemigo, que entra por la brecha, sin que para impedirlo le sirva la artillería, porque es máxima evidente que cuando los hombres atacan en masa y con ímpetu, la artillería no los contiene. Por ello en ninguna defensa de plaza se han podido resistir los asaltos de las tropas ultramontanas. Se rechazan fácilmente los de los italianos, que atacan, no en masa, sino en pequeños destacamentos, llamando a estos combates, con nombre muy propio, escaramuzas. Los que atacan con tanta tibieza y desorden la brecha de un muro artillado van a una muerte cierta, y contra ellos es eficaz la artillería; pero los que acometen en batallones cerrados, cuyas filas una empuja a la otra, se apoderan de la brecha si no lo impiden fosos y parapetos, y toman la plaza, a pesar de la artillería. Mueren algunos, pero nunca tantos que las pérdidas imposibiliten la victoria.
Las muchas fortalezas asaltadas por los ultramontanos en Italia demuestran esta verdad, sobre todo la toma de Brescia porque, sublevada esta plaza contra los franceses, pero quedando la fortaleza a favor de ellos, los venecianos, para rechazar el ataque que desde ella pudiera dirigirse contra la ciudad, pusieron artillería en todas las vías entre la ciudadela y la población, lo mismo de frente que por los flancos, y en todos los parajes oportunos. De tales preparativos no hizo caso alguno monseñor de Foix, y con sus tropas bajó a pie, pasando por entre los cañones y apoderándose de la población, sin que conste que en este ataque sufriera pérdidas considerables.
Resulta, pues, como he dicho, que cuantos se defienden en pequeñas plazas, después de abierta la brecha en las murallas y no tiene espacio para retirarse donde construir nuevos fosos y parapetos, fiando sólo en su artillería, pronto son vencidos.
Si la defensa es de una plaza grande, donde hay facilidad para retirarse, la artillería es, sin embargo, mucho más útil a los sitiados; primero porque para que la de la plaza cause daño a los de fuera es preciso situarla casi al nivel del suelo, pues de lo contrario, construyendo el enemigo poco elevados parapetos, estará seguro de que no han de causarle daño. Obligados los defensores a colocar sus cañones en lo alto de los muros o cualquier otro punto elevado, tropiezan con dos dificultades; una no poder emplear piezas del mismo calibre y alcance que los sitiadores, porque en pequeño espacio no se manejan grandes cañones, y otra que, aun pudiéndolos colocar, no cabe cubrir las baterías con parapetos tan fuertes y seguros como las de los sitiadores, que dueños de ancho terreno, tienen espacio para situarlas donde los convenga. Si éstos poseen bastante artillería gruesa, será imposible a los defensores de la plaza tener baterías altas y las bajas ya he dicho que son casi inútiles.
Las ciudades hay, pues, que defenderlas con los brazos, como se hacía antiguamente, y con artillería pequeña, la cual es de escasa utilidad, porque los inconvenientes de su empleo contrapesan su eficacia, obligando a que los muros sean poco elevados y a colocarla casi en los fosos; y como no se verifica el asalto hasta que están abiertas las brechas o rellenados los fosos, los sitiados tienen ahora muchas más desventajas que antiguamente. Resulta, pues, como he dicho antes, que la artillería es mucho más ventajosa para el que ataca que para quien se defiende.
En el tercer caso, es decir, el de atrincherarse en un campo para no librar batalla sino oportunamente y con ventaja, sostengo que no hay ahora más medios de los que tenían los antiguos para evitar el combate, y a veces, por causa de la artillería, resulta desventaja; porque si el enemigo te flanquea y ocupa mejores posiciones, como puede suceder fácilmente, si se apodera de sitios más elevados, o cuando llega no has terminado tus atrincheramientos ni te has cubierto bien con ellos, inmediatamente y sin que puedas evitarlo, te obliga a salir de ellos y a dar la batalla. Así sucedió a los españoles en la Ravena, donde, situados entre el río Ronco y un parapeto, por no haber elevado éste lo necesario y por tener los franceses alguna ventaja en el terreno, les obligó la artillería de éstos a salir de las trincheras y dar la batalla.
Pero en el caso de que, como sucederá la mayoría de las veces, el sitio elegido para el campo atrincherado sea más levado que los que los rodean, y que el atrincheramiento sea bueno y seguro, de modo que por la posición y los parapetos el enemigo no se atreva a atacar, acudirá a lo mismo que se hacía en este caso antiguamente cuando se situaba un ejército en una posición inatacable, que era enviar partidas a recorrer y arrasar el país, a devastar el de los aliados, a impedir los aprovisionamientos, de modo que por necesidad abandonarás las trincheras y dieran la batalla, en la que, como diré más adelante, no produce la artillería grandes efectos.
Considerando de que manera hacían los romanos la guerra y viendo que casi siempre era ofensiva y no defensiva, se deducirá, por ser lo antedicho cierto, que, teniendo artillería, fueran mayores sus ventajas y hubiesen hecho más rápidamente sus conquistas.
Respecto al segundo argumento, de que los hombres no pueden mostrar ahora su valor personal como antiguamente, a causa de la artillería, digo, que ciertamente los que se expongan al fuego yendo diseminados, corren más peligro que entonces al escalar un muro o atacar sin ir unidos, ni en masa, sino aisladamente. Verdad es también que los generales y jefes del ejército están ahora más expuestos al peligro de morir que antes, pudiéndoles alcanzar la artillería donde se sitúen, aunque, sea en las últimas filas o resguardados por hombres fortísimos. Sin embargo, se observa que ninguno de ambos peligros causa daño extraordinario; porque las plazas bien fortificadas no se escalan, ni contra ellas se intentan débiles asaltos: cuando hay propósito de tomarlas, se las sitia, como se hacía antiguamente. Y en los asaltos tampoco son ahora mayores los peligros que entonces, porque no faltaban a los que antiguamente defendían las plazas, armas arrojadizas, que, si no metían tanto ruido, para el efecto de matar hombres eran como las de ahora.
En cuanto al mayor peligro de muerte de generales y jefes en los veinticuatro años que ha durado la última guerra en Italia, ha habido menos de estas desgracias que en diez años de la antigüedad, porque, excepto el conde Luis de la Mirandola, muerto en Ferrara, cuando hace pocos años invadieron los venecianos este ducado, y el duque de Nemours, que murió en Ceriñola, ningún otro caso hay de muerte de generales por la artillería, pues monseñor de Foix no murió en Ravena a tiros, sino a estacadas y lanzadas. Si los hombres no muestran ahora el mismo valor que en la antigüedad, no es por causa de la artillería, sino por la falta de disciplina y la debilidad de los ejércitos que, careciendo de valor en conjunto, no la pueden mostrar individualmente.
El tercer argumento consiste en que va no se puede combatir cuerpo a cuerpo y que la guerra se convertirá en combates de artillería: contesto a él que es opinión completamente falsa, y por tal la tendrán los que quieran organizar sus ejércitos a la manera antigua; porque a quien quiere tener un buen ejército le conviene, con combates verdaderos o simulados, acostumbrar a sus soldados a acercarse al enemigo y llegar al combate cuerpo a cuerpo y al arma blanca, y debe procurar el fundamento de su fuerza mejor en la infantería que en la caballería, por razones que se dirán después. Cuando la base de un ejército es la infantería organizada como se ha dicho, la artillería llega a ser completamente inútil, porque la infantería, al atacar al enemigo, puede librarse del fuego de los cañones con más facilidad que antiguamente se libraba del ímpetu de los elefantes, de los carros armados de hoces y de otros inusitados medios de ataque que la infantería romana encontró, y contra los cuales siempre tuvo medios de resistencia: con mayor facilidad los hubiera hallado contra éste. La artillería puede ofender menos tiempo que ofendían los elefantes y los carros, que desordenaban las filas con su empuje en lo más empeñado de la lucha, porque aquélla sólo combate al empezar la batalla, y de sus disparos fácilmente se libra la infantería, o resguardándose en las desigualdades del terreno, o echándose en tierra. Ni aun esto es necesario, según demuestra la experiencia, sobre todo para librarse de la artillería gruesa, la cual no se puede apuntar con exactitud, y su tiros, o por altos no te tocan, o por bajos no te alcanzan.
Claro es como la luz que cuando dos ejércitos llegan al combate cuerpo a cuerpo, ni la artillería gruesa, ni la ligera, pueden causar daño, porque si está puesta delante de las tropas, cae en poder de quien ataca; y si detrás, daña primero a los suyos que a los contrarios, y en los flancos no puede evitar ser atacada y caer en manos del enemigo, como en el primer caso.
Esto es indisputable, y lo prueba el ejemplo de los suizos en Novara en 1513. que sin artillería ni caballería acometieron al ejército francés, provisto de cañones y atrincherado, y lo derrotaron, a pesar de la artillería y de las trincheras. Sucedió así porque, además de las razones alegadas, hay la de que la artillería, para maniobrar, necesita defensa de muros, fosos o parapetos, y si le falta esta defensa, cae en poder del enemigo y resulta inútil, como sucede en batallas campales, en que sólo la defienden los hombres. En los flancos no puede emplearse sino como empleaban los antiguos las máquinas de proyectiles arrojadizos, que ponían separadas del grueso de las fuerzas para que combatieran sin desordenar las líneas, y cuantas veces las atacaban la caballería u otras fuerzas, refugiábanse dentro de las legiones. Los que usan la artillería de otro modo no conocen bien esta arma y fían en ella un apoyo que fácilmente puede faltarles.
Si por la artillería vencieron los turcos a los persas y a los egipcios, no fue a causa de su eficacia, sino del espanto que el inusitado estruendo causaba en la caballería enemiga.
Resumiendo lo dicho en este capítulo, afirmo que la artillería es útil en un ejército valeroso como los antiguos, pero ineficaz cuando falta el valor y se lucha contra un ejército esforzado.
Capítulo XVIII
De cómo por la autoridad de los romanos y por los ejemplos de la milicia antigua se debe estimar más la infantería que la caballería
Puede probarse claramente, con muchas razones y no pocos ejemplos que los romanos en todos sus hechos militares estimaron más las tropas de a pie que las de a caballo, fundando en aquéllas el éxito de sus empresas. Entre otros ejemplos, debe citarse el de la batalla que contra los latinos libraron junto al lago Regillo. Empezaba ya a ceder terreno el ejército romano cuando ordenaron los generales que para ayudar a la infantería echase pie a tierra la caballería, y renovado así el combate, alcanzaron la victoria. Demuestra este hecho que los romanos confiaban más en su gente de a pie que en la de a caballo. El mismo recurso emplearon en otras muchas batallas, siendo siempre excelente remedio en los mayores peligros.
No se oponga a esto la opinión de Aníbal, quien viendo en la batalla de Canas que los cónsules ordenaban desmontar a la caballería, burlándose de la orden, dijo: “Preferiría que me los entregaran atados.” Aunque esta opinión sea de un capitán famoso, en punto a autoridad merece más crédito que la de Aníbal la de la república romana y de tantos excelentes capitanes como en ella hubo. Y además del argumento de autoridad, hay otros muy atendibles.
El soldado de infantería camina por muchos sitios que no son practicables para la caballería; a la infantería se la puede obligar a permanecer ordenada, y si se desordena, a restablecer las líneas; mientras es más difícil en la caballería mantener el orden e imposible reorganizada, una vez dispersada. Además, entre los caballos, como entre los hombres, los hay tímidos y animosos. Sucede muchas veces que un hombre cobarde monta un caballo valiente, y un bravo jinete un caballo miedoso y esta disparidad, sea como sea, produce la inutilidad de ambos y la desorganización. La infantería bien formada podrá romper fácilmente a la caballería, y es muy difícil que ésta rompa a aquélla.
Corrobora dicha opinión, además de muchos ejemplos antiguos y modernos, la autoridad de los que dan reglas sobre las instituciones públicas, quienes muestran que al principio se hicieron las guerras sólo con caballería, porque aún no se conocía la organización de la infantería; pero cuando fue inventada, se comprendió inmediatamente cuánto más útil era que aquélla.
No quiere decir esto que la caballería deje de ser útil en un ejército. Se necesita para las descubiertas, para las correrías y presas en país enemigo, para perseguir el ejército que huye y para contrarrestar a la caballería enemiga; pero el fundamento, el nervio del ejército y lo que más debe estimarse es la infantería.
Entre las faltas de los príncipes italianos que han convertido a Italia en sierva de los extranjeros, la mayor es, sin duda, haber hecho poco caso de la infantería, fijando toda su atención en fomentar la caballería. Causa de este desorden ha sido la mala intención de los generales y la ignorancia de los jefes de los estados; porque organizado el ejército italiano, de veinticinco años a esta parte, con aventureros sin patria, sus jefes creyeron que la mejor manera de hacerse necesarios era estar ellos armados y desarmados los príncipes. Estos no pueden pagar de continuo una fuerza numerosa de infantería, ni tienen tampoco súbditos bastantes para organizarla, y un corto número de soldados de a pie los hace poco temibles, por lo cual imaginaron tener caballos. Doscientos o trescientos pagados a un candottiero les daban crédito, y el gasto no era tan grande que los jefes de los estados no pudieran satisfacerlo. Para realizar estos designios fácilmente y para mantener su reputación, difamaron la infantería y ponderaron los servicios de la caballería. Creció tanto este desorden, que ejércitos muy numerosos apenas tenían infantería. Dicha costumbre, unida a otras muchas faltas de organización, debilitan tanto el ejército italiano, que Italia ha sido fácilmente pisoteada por todos los ultramontanos.
El error de preferir la caballería a la infantería lo demuestra más claramente otro ejemplo de los romanos.
Sitiaban éstos a Fora, y salió de la plaza un cuerpo de caballería para atacar a los sitiadores. Les hizo frente el maestre de la caballería romana con sus jinetes, y por acaso en el primer encuentro murieron los jefes de ambas fuerzas, lo que no impidió que continuara el combate entre los dos cuerpos sin generales. A fin de vencer más fácilmente los romanos echaron pie a tierra, obligando así a los jinetes enemigos a hacer lo mismo para poder defenderse, y de este modo alcanzaron aquéllos la victoria.
Este ejemplo de la superioridad de la infantería sobre la caballería no puede ser más convincente, porque en otros casos los cónsules mandaban desmontar a los jinetes romanos para socorrer a la infantería agobiada y necesitada de auxilio; pero en éste echaron pie a tierra, no para socorrer a la infantería, no para combatir con infantería enemiga, sino en combate de caballería contra caballería, juzgando que no podían vencer a caballo y sí a pie.
Sostengo que un cuerpo de infantería bien organizado no puede ser vencido sino con grandísima dificultad, y sólo por otro cuerpo de infantería.
Craso y Marco Antonio se internaron en el país de los partos con poquísima caballería y mucha infantería, teniendo que luchar con la innumerable caballería de sus enemigos. Craso fue muerto con una parte de su ejército, pero Marco Antonio se salvó valerosamente. En esta misma derrota de los romanos se ve la superioridad de la infantería sobre la caballería, porque siendo un país llano, donde las montañas son raras y los ríos rarísimos, alejado del mar y falto de todo, sin embargo, Marco Antonio, a juicio de los mismos partos, se salvó animosamente sin que toda la caballería de los enemigos pudiera desorganizar su ejército. Si Craso murió, quien lea atentamente su expedición verá que más fue engañado que vencido. Nunca, aun en los mayores apuros de su ejército, se atrevieron los partos a atacarle de frente, sino a correr por sus flancos, impidiéndole aprovisionarse y haciéndole promesas no cumplidas. Así le redujeron a la mayor extremidad.
Creería necesario esforzarme más en persuadir al lector de la superioridad de la infantería sobre la caballería, si la historia contemporánea no ofreciera tantos ejemplos que lo demuestran por modo evidente. Ya hemos dicho que nueve mil suizos atacaron en Novara a diez mil caballos y otros tantos infantes y los vencieron porque la caballería no los podía causar daño, y la infantería, compuesta en su mayor parte de gascones y mal organizada, la estimaban en poco. Se vio después a veinte mil suizos acometer más arriba de Milán a Francisco I de Francia, cuyo ejército era de veinte mil caballos, cuarenta mil infantes y cien piezas de artillería. Si no triunfaron, como en Novara, combatieron durante dos días valerosamente y, aunque vencidos, la mitad de ellos se salvaron.
Se atrevió Marco Afilio Régulo a sostener con su infantería el choque, no sólo de la caballería, sino también de los elefantes, y si su atrevimiento fracasó, demuestra, sin embargo, que la fortaleza de su infantería animó a aquel general para intentar tamaña resistencia.
En tiempo de Felipe Visconti, duque de Milán, bajaron a Lombardía unos dieciséis mil suizos. El duque envió contra ellos a su general Carmignuola con unos mil caballos y pocos infantes. Desconociendo éste cómo peleaban los suizos, los atacó con la caballería, esperando derrotarlos a la primera embestida; pero al ver que permanecían inmóviles y que él perdía mucha gente, se retiró. Como Carmignuola era bravísimo general y en circunstancias extraordinarias sabía apelar a recursos también extraordinarios, reforzó su ejército y volvió a buscar a los suizos. Al emprender de nuevo la batalla, hizo desmontar a todos sus hombres de armas y, poniéndoles al frente de su infantería, atacó a los suizos, quienes no pudieron resistir, porque estando los hombres de Carmignuola a pie y armados de todas armas, penetraron fácilmente en las líneas suizas sin recibir lesión alguna y, dentro de ellas, más fácilmente aun las destrozaron, hasta el punto de que si algunos suizos quedaron con vida, fue por la humanidad de Carmignuola.
Creo que son muchos los que conocen la diferencia que existe en la utilidad de la infantería y la caballería; pero vivimos en tiempos tan infaustos, que ni los ejemplos antiguos ni los modernos, ni aun la confesión del error, basta para que los actuales príncipes procuren reformar la milicia y se convenzan de que, para restablecer el crédito de una provincia o de un estado, es necesario apelar a la organización antigua con todo su vigor y disciplina, a fin de que el ejército de a su vez al estado la seguridad y consideración necesarias; pero se apartan de la organización antigua como de otras cosas ya dichas, y de aquí que las conquistas no sean grandeza, sino carga para el estado que las hace, según vamos a demostrar.
Capítulo XIX
Las conquistas hechas por repúblicas mal organizadas, que no toman por modelo a la romana, arruinan, en vez de engrandecer, al conquistador
Las falsas opiniones fundadas en malos ejemplos que corren con crédito en este nuestro corrompido siglo, hacen que los hombres no piensen apartarse de la rutina. ¿Cómo se podría convencer a un italiano de hace treinta años que diez mil infantes pudieron atacar en una llanura a diez mil caballos y otros tantos soldados de infantería, y no sólo combatir con ellos, sino vencerlos, como ocurrió, según hemos dicho, en Novara? Pues aunque la historia esté llena de estos ejemplos no los creerán, y si tuvieran que creerlo dirían que en estos tiempos las tropas van mejor armadas, y que un escuadrón de hombres de armas es capaz de atravesar, no sólo una fuerza de infantería, sino hasta un escollo.
Con estos falsos argumentos vician la opinión pública. No tienen en cuenta que Lúculo con poca infantería derrotó ciento cincuenta mil caballos de Tigranes, y que entre ellos había un cuerpo completamente idéntico a nuestros hombres de armas. Ha sido preciso que los ultramontanos nos demuestren el error.
Viéndose que resulta cierto cuanto dice la historia respecto de la infantería, deberíamos también juzgar verdaderas y útiles las otras instituciones antiguas. Si las repúblicas y los príncipes lo creyeran, cometerían menos errores, serían más fuertes para contrarrestar el ímpetu de quien viniera a atacarlos, no fundarían esperanzas en la huida, y los que tuvieron en sus manos el gobierno de un estado sabrían conducirse mejor, o para engrandecerlo o para conservarlo. Comprenderían que aumentando el número de ciudadanos, procurándose aliados y no súbditos, estableciendo colonias que mantengan en la obediencia los países conquistados, reforzando con las presas del tesoro público, domando al enemigo con invasiones y batallas, y no con asedios de plazas, teniendo ni estado rico y al ciudadano pobre y conservando cuidadosamente la disciplina militar, es como se hacen grandes las repúblicas y extienden su poder. Y si no los agradaban estos medios de engrandecimiento, pensarían que las conquistas por otro camino son ruinosas para las repúblicas, y pondrían freno a toda ambición, arreglando el estado con buenas leyes, buenas costumbres, renunciando a las conquistas y atendiendo sólo a la defensa, para la cual estuviera todo dispuesto, como lo hacen las repúblicas de Alemania, que así han vivido y viven libres a largo tiempo.
Sin embargo, como ya dije otra vez, cuando expliqué la diferencia entre organizarse para conquistar y disponerse para la defensa, es imposible que una república pequeña pueda vivir tranquila y gozar de su libertad; porque si no molesta a los vecinos, será molestada por ellos, y esta molestia le producirá el deseo y la necesidad de conquistar. Y si no halla el enemigo fuera lo hallará en casa, como parece indispensable que ocurra en todas las grandes ciudades.
Si las repúblicas de Alemania viven tranquilas desde hace tiempo, se debe a las condiciones especiales de aquel país que no se encuentran en ningún otro, sin las cuales no podrían gozar de libertad. Estaba la parte de Alemania a que me refiero sujeta al imperio romano, como la Galia y España; pero al llegar la decadencia del imperio y al disminuirse su autoridad en aquellas comarcas, comenzaron las ciudades más poderosas a emanciparse, aprovechando las necesidades o la cobardía de los emperadores, a cambio de un pequeño censo que anualmente los entregaban. De esta suerte, poco a poco todas aquellas ciudades inmediatas al imperio y no sujetas a ningún otro príncipe, fueron libertándose.
Al mismo tiempo que esto ocurría, algunas comunidades sujetas al duque de Austria se rebelaron contra él, entre ellas Friburgo, los suizos y otras semejantes, las cuales, prosperando desde el principio, llegaron poco a poco a tanto engrandecimiento, que, lejos de caer de nuevo bajo el yugo de Austria, inspiran temor a todos sus vecinos. Estos son los llamados suizos.
Está, pues, dividida hoy Alemania entre el emperador, los príncipes, las repúblicas (que se llaman ciudades libres) y los suizos.
El motivo de que entre estados de tan diversa organización no haya guerras, o si las hay no sean duraderas, es la dignidad imperial que, aun cuando sin fuerzas, los inspira gran respeto y mantiene la paz porque en cualquier conflicto el emperador se interpone como mediador, e impide la lucha. La mayor y más larga guerra que tuvieron fue la de los suizos contra el duque de Austria, y aunque hace muchos años que el emperador y el duque de Austria son una misma persona, no le fue posible domar la audacia de los suizos, con quienes no ha habido otro medio de acuerdo que la fuerza.
El resto de Alemania ha prestado escaso auxilio a los emperadores contra los suizos, sea porque las ciudades libres no estén dispuestas a combatir a los que, como ellos, quieren vivir libres, sea porque los príncipes, unos por pobres, no puedan prestarlo, y otros no quieran por envidia al poder imperial.
Pueden vivir las ciudades libres satisfechas con su pequeño dominio, porque a causa de la protección del emperador, no tienen motivos para desearlo mayor; pueden vivir en paz dentro de sus muros, porque el enemigo está cerca y aprovecharía la ocasión de apoderarse de ellas en cualquier perturbación interior. Si Alemania estuviera organizada de otro modo, saldrían estas ciudades de su situación tranquila y procurarían ensanchar sus dominios.
En los demás países las condiciones son distintas, y no es posible seguir igual conducta, siendo preciso que el engrandecimiento se haga, o por alianzas o por los medios que los romanos usaban, y quienes no lo hacen así no procuran por su vida, sino por su muerte y ruina, porque de mil modos y por muchas razones las conquistas son peligrosas. Puede extenderse la dominación sin acrecentar las fuerzas, y engrandecerse sin fortificarse es caminar a segura perdición. No adquieren fuerza los que se empobrecen con la guerra, aunque sean victoriosos, ni aquellos a quienes las conquistas cuestan más que éstas producen, como ha sucedido a los venecianos y a los florentinos, que eran más débiles cuando aquéllos poseían la Lombardía y éstos la Toscana, que cuando los primeros se contentaban con el dominio del mar y los segundos con seis millas de territorio. El mal para ellos fue ambicionar conquistas sin saber realizarlas, y merecen mayor censura porque tenían a la vista los procedimientos de los romanos, que podían imitar, procedimientos que éstos, por falta de ejemplos anteriores, tuvieron que inventar, apelando a su saber y prudencia.
No dejan tampoco de ser perjudiciales las conquistas. aun a las repúblicas mejor organizadas, cuando se adquieren ciudades o comarcas de costumbres voluptuosas que, con el trato, se extienden a los conquistadores. Así sucedió primero a Roma cuando conquistó a Capua y después a Aníbal, cuando se apoderó de ella. Si Capua hubiese estado más lejos de Roma, y, por tanto, la indisciplina y voluptuosidad de los soldados no fuera prontamente corregida, o de haber en Roma gérmenes de corrupción, sin duda alguna la conquista de Capua hubiera sido la ruina de la república romana. El mismo Tito Livio lo atestigua cuando dice: “Ya entonces Capua, foco de todas las voluptuosidades, al menos conveniente para la salud y disciplina militar, había seducido el corazón de los soldados hasta el punto de que perdieran la memoria de la patria.”
Tales ciudades y comarcas se vengan del vencedor sin lucha y sin sangre porque, contagiándole sus malas costumbres, le exponen a ser vencido por el primero que la ataca. Juvenal lo comprendió y expresó perfectamente en sus sátiras cuando dice que en los pechos romanos entraron extrañas costumbres por la conquista de extrañas tierras, y en vez de la continencia y otras excelentes virtudes, “anida en ellas la gula y la lujuria, vengándose así el universo vencido”.
Si, pues, las conquistas estuvieron a punto de ser perniciosas para los romanos en la época en que con tanta prudencia y tanto valor procedían, ¿qué sucederá a los que se apartan de sus procedimientos? ¿Qué ha de sucederles si a sus demás errores, ya mencionados, añaden el de valerse de soldados auxiliares o mercenarios? Los daños que de esto los resulta los mencionaremos en el siguiente capítulo.
Capítulo XX
Peligros a que se exponen los príncipes o repúblicas que se valen de tropas auxiliares o mercenarias
Si no hubiera tratado extensamente en otra obra mía [5] de lo inútil que es la milicia mercenaria y auxiliar y de lo útil que es la propia, me ocuparía de ella ahora con más espacio que voy a hacerlo; pero habiendo sido allí largo, seré aquí breve, y no prescindo de este asunto por encontrar en Tito Livio un elocuente ejemplo del peligro de valerse de tropas auxiliares.
Son éstas las que un príncipe o república envía en vuestro auxilio pagada por él o ella, y mandadas por sus generales. Ateniéndome al texto de Tito Livio diré, que, después que los romanos derrotaron en diversos sitios a los samnitas con los ejércitos que enviaron en auxilio de los capuanos, y quedó Capua libre de la guerra que le hacían aquéllos deseando que volvieran a Roma sus tropas, y a fin de que Capua no fuera de nuevo presa de los samnitas si quedaba desguarnecida, dejaron en aquella comarca dos legiones para que la defendiesen. El ocio en que éstas vivían corrompió sus costumbres hasta el punto de que olvidada la patria y el respeto al senado, proyectaron tomar las armas y apoderarse de aquel país que con su valor habían defendido, pareciéndoles que sus habitantes no eran dignos de poseer lo que no sabían defender. Lo supieron oportunamente los romanos y reprimieron y castigaron aquel intento, como extensamente diremos al hablar de las conjuraciones.
Repito, pues, que de toda clase de tropas, las auxiliares son las más dañosas. El príncipe o república a quien auxilien, ninguna autoridad ejerce sobre ellas, porque continúan dependiendo del que las envía, supuesto que, como antes he dicho, se llaman tropas auxiliares las facilitadas por un príncipe que las paga, al mando de sus generales y con sus banderas, como fue el ejército que los romanos enviaron a Capua. Los soldados de esta clase, cuando son vencedores, ordinariamente roban lo mismo al auxiliado que al vencido, o por perfidia del príncipe de quien dependen o por propio instinto codicioso. Aunque los romanos no tenían intención de faltar a los tratados que con los de Capua habían hecho, tan fácil juzgaron las dos legiones dominar a aquellos habitantes, que la misma facilidad los inspiró la idea de quitarles la ciudad y el estado.
De esto podría presentar muchos ejemplos; pero me basta el citado y el de Regium, a cuyos habitantes privó de la libertad y de la vida una legión que los romanos enviaron para guardarla.
Deben, pues, los príncipes o las repúblicas tomar cualquier determinación como preferible a la de llamar en su defensa soldados auxiliares, sobre todo si tienen que fiar en ellos. Cualquier convenio o capitulación con el enemigo, por dura que sea, resultará mejor que este recurso. Si se lee atentamente la historia antigua y se reflexiona acerca de los sucesos contemporáneos, se vera que para un caso que haya tenido buen fin, infinitos terminan en engaños.
Un príncipe o una república ambiciosos no pueden tener mejor ocasión de apoderarse de una ciudad o de un estado que la de que le pidan un ejército para la defensa. El estado que, no sólo para defenderse, sino para ofender a otro, pide tal auxilio, procura la conquista de lo que no puede conservar y le quitarían fácilmente los mismos auxiliares. Pero la ambición de los hombres es tan grande, que, por lograr la satisfacción de un deseo, no se cuidan de un mal que en breve tiempo ha de resultarles. En este punto, como en los otros que hemos tratado, no los convencen los ejemplos de la antigüedad, porque si los convencieran sabrían que cuanto más liberal seas con los vecinos y menos deseos muestres de quitarles su independencia, más fácilmente se echan en tus brazos, como vamos a demostrar con el ejemplo de los capuanos.
Capítulo XXI
El primer pretor que enviaron los romanos fuera de su ciudad, cuatrocientos años después de haber comenzado a guerrear con otros pueblos, fue a Capua
Ya hemos dicho detalladamente cuan distintos de los procedimientos que ahora se emplean para ensanchar la dominación eran los que usaban los romanos, y como a los pueblos que no destruían los dejaban vivir con arreglo a sus leyes, no sólo a los que convertían en aliados, sino a los que reducían a la condición de súbditos. Ni aun en éstos quedaba señal de la dominación romana, imponiéndoles sólo algunas condiciones, y dejándoles mientras las cumplían, su dignidad y su independencia como nación. Sabido es que observaron este método hasta que salieron de Italia y empezaron las conquistas de reinos y estados fuera de ella.
Evidente ejemplo de lo que decimos es que el primer pretor que enviaron fuera de Roma fue el de Capua, y no por ambición de los romanos, sino porque los capuanos lo pidieron, juzgando necesario tener en la ciudad un magistrado romano para poner fin a sus discordias intestinas y restablecer el orden y la buena armonía. El ejemplo de los capuanos indujo a los antiatas, que sufrían el mismo mal, a pedir a Roma otro pretor, y Tito Livio dice a propósito de estas peticiones y de este nuevo modo de dominar: “Que ya conquistaban, no solo las armas, sino la justicia romana.”
Ya hemos visto cuánto facilitó esto el engrandecimiento de Roma, porque las ciudades acostumbradas a vivir libres y a ser gobernadas por sus habitantes están contentas y tranquilas con una dominación que no ven a diario, y parece reprobarles diariamente su servidumbre. Resulta, además, de este sistema otro bien para el príncipe, cual es que, no dependiendo de sus ministros los magistrados que ejercen la justicia civil y criminal, ninguna sentencia puede originar odiosidad contra él, librándose así de muchos motivos de malquerencia y aun de calumnias.
En prueba de esta verdad podríamos presentar multitud de ejemplos antiguos si no hubiera uno reciente de Italia, pues todo el mundo sabe que habiendo sido ocupada Génova muchas veces por los franceses, siempre el rey, excepto ahora, ha mandado un francés para que en su nombre la gobierne.
Al presente, no por su voluntad, sino por necesidad, ha dejado que se gobierne por sí misma y con gobernador genovés; y quien estudie cual de estos dos procedimientos asegura mejor la dominación del rey y satisface más al pueblo, confesará sin duda que el último de ellos.
Además, tanto mejor se echan en tus brazos los hombres cuanto menos deseo muestras de sujetarlos, y tanto menos temen por su libertad cuanto más suave y humano te muestres con ellos. Esta desinteresada amistad fue causa de que los capuanos pidieran un pretor a Roma, pues si los romanos mostraran el más pequeño deseo de mandarlo, hubiesen excitado instantáneamente los celos de los de Capua, enemistándoles con ellos.
Pero ¿qué necesidad hay de buscar ejemplos en Capua y Roma teniéndolos en Florencia y en Toscana? Todo el mundo sabe cuánto tiempo hace que la ciudad de Pistoya se sometió voluntariamente a la dominación de Florencia. Sabida es también la constante enemistad de los florentinos con los pisanos, luqueses y sieneses. Esta diversidad de afectos no ha nacido de que los de Pistoya no aprecien su libertad como los demás, ni porque se crean inferiores a ellos, sino
por tratarles siempre los florentinos como hermanos y a los otros como enemigos. Esto ha hecho que los de Pistoya acudan de buen grado a formar parte del estado de Florencia, mientras los otros han hecho y hacen toda clase de esfuerzos para no someterse. Si los florentinos, en vez de atemorizar a sus vecinos, hubieran procurado atraérselos por vías legales o prestándoles auxilios, serian, sin duda, actualmente señores de toda Toscana. No quiere decir esto que en mi opinión no se deben emplear la fuerza y las armas; pero conviene que sea en último caso y a falta de otros medios.
Capítulo XXII
Cuan erróneas son a veces las opiniones de los hombres al juzgar las cosas grandes
Los que asisten a asambleas deliberantes han visto y ven cuan falsas son muchas veces las opiniones de los hombres, pues con frecuencia los acuerdos, si no los inspiran y dirigen personas notables, son disparatados; y como los hombres eminentes en las repúblicas corrompidas, sobre todo en épocas tranquilas, por motivos de envidia o de ambición son odiados, se prefiere lo que el error común juzga bueno o lo que proponen hombres más deseosos del favor del público que del bien de la patria. La equivocación resulta evidente en las adversidades y entonces se acude a los que en tiempos de paz son olvidados, según demostraremos oportunamente.
Hay acontecimientos respecto de los cuales con facilidad se engañan los hombres que no tienen consumada experiencia, porque se presentan bajo aspectos capaces de hacer creer lo que no son.
Decimos esto a propósito de lo que aconsejó a los latinos su pretor Numicio, después de derrotarlos los romanos, y por lo que muchos creían ha pocos años, cuando Francisco I vino a conquistar a Milán, que defendían los suizos.
A la muerte de Luis XII sucedió en el trono de Francia Francisco de Angulema, y deseando recobrar para su reino el ducado de Milán, ocupado pocos años antes por los suizos a excitación del papa Julio II, procuraba tener auxiliares en Italia que le facilitaran la empresa. Además de los venecianos, a quienes el rey Luis XII había ganado ya, solicitó la ayuda de los florentinos y del papa León X, que juzgaba de suma importancia para el buen éxito de sus designios, pues había tropas del rey de España en Lombardía y otras fuerzas del emperador en Verona.
No accedió el papa León a los deseos del rey por persuadirle (según se dice) sus consejeros de que le neutralidad le prometía segura victoria, pues a la iglesia no le convenía tener poderosos en Italia, ni a los franceses, ni a los suizos, siendo preciso para devolverle su antigua independencia, librarla de la servidumbre de unos otros.
En la imposibilidad de vencerlos, juntos o separados, convenía que derrotaran los unos a los otros, y que la iglesia, con sus aliados, acometiera después al vencedor. No era posible para esto encontrar mejor ocasión que la de entonces; franceses y suizos estaban frente a frente y, teniendo el Papa sus tropas bien ordenadas, podía acercarlas a la frontera lombarda en las inmediaciones de aquellos ejércitos con excusa de querer guardar su territorio, esperando allí a que se diera la batalla, sangrienta sin duda para ambos ejércitos, porque los dos eran valerosos; batalla que dejaría al vencedor debilitado basta el punto de ser fácil al Papa atacarle y derrotarle, con lo cual lograría para gloria suya el dominio de la Lombardía, siendo entonces árbitro de toda Italia.
Los sucesos demostraron el error de este cálculo, porque, vencidos los suizos en una empeñada batalla, en vez de atreverse las tropas del Papa y de España a atacar al vencedor, se retiraron, librándose de un fracaso sólo por la humanidad o indiferencia del rey de Francia, que no buscó una segunda victoria y se limitó a hacer la paz con la iglesia.
Los motivos de la determinación del Papa, aunque separados parecen ciertos, reunidos no lo son, pues rara vez acontece que el vencedor pierda mucha gente, si la pierde en la lucha, y no en la huida. En el ardor del combate, cuando los soldados pelean cuerpo a cuerpo, son pocos los que caen, porque casi siempre la lucha dura escaso tiempo. Aunque murieran muchos de los vencedores, es tanta la fama que da la victoria y el terror que infunde, que compensan con exceso el daño sufrido por las pérdidas, en la batalla. Si un nuevo ejército, fundado en la creencia de estas pérdidas, fuera a su encuentro, se engañaría, a no ser que tuviera las fuerzas necesarias para atacarle en cualquier tiempo, antes o después de la victoria. En este caso podría, según su valor y fortuna, ser vencedor o vencido; pero el que peleó primero y alcanzó la victoria, tendrá siempre esta ventaja sobre su contrario.
Esto lo demostró la experiencia en el caso de los latinos, por el daño que sufrieron a causa de dar crédito a las excitaciones del pretor Numicio, quien, después de la victoria de los romanos, gritaba por todo el Lacio que entonces era la oportunidad de atacarles. Les suponía debilitados por la batalla que contra aquéllos acababan de ganar, teniendo nombre de vencedores y pérdidas de vencedores y pérdida de vencidos, hasta el punto de que la acometida de un pequeño ejército bastaría para destrozarles. Creyeron a Numicio aquellos pueblos; organizaron un nuevo ejército, que fue inmediatamente derrotado, y sufrieron todos los males que experimentarán siempre los que dan crédito a semejantes opiniones.
Capítulo XXIII
De cómo los romanos cuando tenían que tomar alguna determinación respecto a sus súbditos, evitaban los partidos medios
De tal suerte estaban ya las cosas en el Lacio, que no podían sufrir ni la paz, ni la guerra.” De todas las situaciones desgraciadas, la más infeliz es la de una república o un príncipe reducidos a términos de no poder estar en paz ni en guerra. En este caso se encuentran los que para la paz sufren condiciones demasiado gravosas, y para la guerra se exponen a ser presa de sus aliados o de sus enemigos. A tal extremo se llega, o por los malos consejos, o por las malas determinaciones, o por no calcular bien las propias fuerzas, como antes dijimos; porque la república o el príncipe que las mide bien, con dificultad llega al término en que se encontraron los latinos; quienes no supieron hacer la guerra ni la paz con los romanos cuando debían hacerla, de modo que la enemistad y la amistad de Roma los fue igualmente perjudicial. Los venció y redujo a la mayor extremidad, primero Manlio Torcuato, y después Camilo, que los obligó a entregarse incondicionalmente a los romanos, puso guarnición en todas las ciudades del Lacio, recibió rehenes, y al volver a Roma dijo al senado que todo el Lacio estaba en su poder.
Y porque lo hecho entonces es notable y deben tenerlo en cuenta los príncipes en ocasiones semejantes, referiré las palabras que Tito Livio pone en boca de Camilo, las cuales manifiestan el procedimiento usado por los romanos para ensanchar sus dominios, y muestran que en los asuntos de estado prescindieron de los términos medios y acudieron a los extremos, pues gobernar no es otra cosa que mantener a los súbditos de modo que no puedan ni deban ofender, cosa que se consigue, o sujetándolos de manera que los sea imposible dañarte, o beneficiándolos hasta el punto de que no sea razonable deseen mudar de estado.
Esta distinción aparece clara en lo que propuso Camilo y acordó el senado.
Sus palabras fueron:
Los dioses inmortales os han hecho tan dueños de determinar lo que queráis, que pusieron en vuestras manos la existencia o no existencia del Lacio. Podéis tener paz perpetua con el Lacio, con el rigor o con la clemencia. ¿Queréis ser crueles con los rendidos a vuestra discreción? Podéis acabar con todo el Lacio. ¿Preferís, imitando a vuestros mayores, aumentar las fuerzas de Roma recibiendo a los vencidos en la ciudad? Momento sumamente glorioso tenéis para multiplicar sus habitantes. Seguramente el más firme imperio es el que se obedece de buen grado, y mientras los latinos están sumidos en estupor, conviene apoderarse de ellos, o por temor, o por los beneficios”.
A esta proposición sucedió el acuerdo del senado enteramente conforme con las palabras del Cónsul, y de las ciudades de Lacio que tenían alguna importancia, unas fueron beneficiadas y otras destruidas. A los habitantes de aquéllas les concedieron exenciones y privilegios y el derecho de la ciudadanía, dándoseles toda clase de auxilios. Los de las segundas fueron arrasadas sus tierras, a donde fueron enviadas colonias y, conducidos a Roma, los dispersaron de tal modo, que ni con las armas, ni con los consejos podían causar daño alguno. No emplearon los romanos términos medios, como acabo de manifestar.
Este ejemplo es el que deben imitar los príncipes y el que debieron seguir los florentinos cuando en 1502 se rebeló Arezzo y todo el Val de Chiana, porque, de obrar así, hubiesen asegurado su dominación y aumentado considerablemente la ciudad de Florencia adquiriendo los campos que le faltaban para sustentar a sus habitantes. Pero emplearon los términos medios, perniciosos siempre que se trata de disponer de los hombres: unos aretinos fueron desterrados, otros condenados y a todos se los privó de los cargos y honores que tenían en la ciudad, pero ésta quedó íntegra; y si algún florentino en las deliberaciones aconsejaba destruirla, los que parecían ser más sabios contestaban que su destrucción sería poco honrosa para la república, porque se creería que a Florencia le faltaban fuerzas para dominarla.
Esta razón es más aparente que verdadera: fundándose en ella, no se debía matar a un parricida, a un malvado o a un sedicioso, porque avergonzaría al príncipe mostrar que carecía de fuerza para dominar a un hombre solo. Los que tienen tales opiniones no ven que los hombres aislados o las ciudades enteras cometen a veces hechos punibles contra el estado, y que el príncipe se ve precisado a castigarlos por seguridad propia y para que el castigo sirva de ejemplo. Lo honroso es saber y poder castigar a los culpados, no el poderlos contener a costa de mil peligros. El príncipe que no castiga a quien delinque de manera que no pueda volver a delinquir, es tenido por ignorante o cobarde.
Lo atinada que fue la determinación de los romanos en el caso citado, confírmalo, si necesario fuese, la que tomaron también contra los privernates. En este punto del texto de Tito Livio deben notarse dos cosas: una, lo que antes hemos dicho de que a los súbditos rebeldes se los debe beneficiar o destruir, y la segunda, cuánto agradan a los hombres prudentes y sabios la nobleza del ánimo de los que dicen la verdad ante ellos.
Estaba reunido el senado romano para juzgar a los privernates que se habían rebelado y sometido después por fuerza a la obediencia de Roma. Los habitantes de Privenium enviaron muchos ciudadanos para implorar perdón al senado, y, estando a su presencia, preguntó un senador a uno de ellos: “Qué pena merecían, a su juicio, los privernates.” A lo que contestó el preguntado: “La que merezcan los que se creen dignos de la libertad.” A esto replicó el cónsul: “Si os perdonamos, ¿qué clase de paz esperaremos tener de vosotros?” A lo cual contesto el otro: “Eterna y sincera si las condiciones son buenas, y si malas, pasajera.” Aunque a muchos desagradó esta altivez, la parte mayor y más sabia del senado dijo: “Que era la respuesta de hombre libre y valeroso, y que no podía creer que ni pueblo ni hombre alguno vivieran en condición aflictiva más tiempo que aquel a que la necesidad los obligara, Que no había paz sólida cuando los vencidos no la aceptaban de buen grado, y que no se debía esperar fidelidad de los que fueran tratados como esclavos.” Conforme a estos principios decidió el senado que los privernates fueran ciudadanos romanos, concediéndoles los privilegios correspondientes a esta ciudadanía y diciéndoles: “Los que piensan ante todo en su libertad, dignos son de la confianza de los romanos.” Tanto agradó a los ánimos generosos aquella verdadera y leal respuesta de los privernates, porque cualquier otra hubiese sido falsa y cobarde. Los que no opinan así de los hombres, sobre todo de los acostumbrados a ser libres o creer que lo son, se engañan, y este error los hace tomar partidos malos por sí y no satisfactorios para los que son objeto de ellos; partidos que con frecuencia ocasionan rebeliones y la ruina de los estados.
Volviendo al asunto de que trato en este capítulo, deduzco, de este ejemplo y del relativo a los latinos que cuando se ha de decidir respecto a grandes poblaciones acostumbradas a vivir en libertad conviene, o destruirlas o favorecerlas; cualquiera otra determinación es inútil. Se debe huir sobre todo de términos medios por ser perniciosos como lo fueron a los samnitas cuando redujeron a los romanos a las Horcas Caudinas y, no queriendo seguir la opinión de aquel anciano que los aconsejó dejarlos volver con honor o matarlos, tomaron un término medio; los desarmaron e hicieron pasar por debajo del yugo, permitiéndoles marchar llenos de rabia y de ignominia. Poco tiempo después conocieron a su pesar los samnitas cuan atinado era el consejo del anciano y cuan perniciosa su citada determinación, según explicaremos en sitio oportuno.
Capítulo XXIV
Las fortalezas son en general más perjudiciales que útiles
Parecerá a los sabios de ahora que los romanos obraron mal al no construir fortalezas para asegurarse la posesión de los pueblos del Lacio y de la ciudad de Privernum, siendo axiomático en Florencia y repitiéndolo de continuo nuestros sabios, que Pisa y otras ciudades semejantes deben tener siempre fortalezas. Y en verdad, si los romanos hubiesen sido, como son ahora nuestros políticos, pensaran en edificarlas; pero teniendo otro valor, otro juicio y otro poder, no las construyeron.
Mientras Roma vivió libre y atenida a su leyes y a su excelente régimen, jamás hizo fortalezas para sujetar ciudades o provincias, y sólo conservó alguna de las que encontró construidas. Tal fue la conducta de los romanos en este punto, contraria a la nuestra, y creo oportuno examinar si es bueno construir fortalezas y si éstas son útiles o perjudiciales a quienes las edifican.
Primeramente se debe considerar si las fortalezas se hacen para defenderse de los enemigos o para sujetar a los súbditos. En aquel caso no son necesarias, y en éste perjudiciales. Empezaremos por demostrar lo último.
Cuando un príncipe o república tiene miedo a sus súbditos o teme que se rebelen, es porque se hace odioso a ellos. Este odio nace de su mal comportamiento y el mal proceder de la confianza en su fuerza o de la poca prudencia de los gobernantes. Una de las cosas que engendra la confianza en la fuerza es tener fortalezas, y los malos tratamientos que producen el odio los ocasiona no pocas veces esta confianza de los príncipes o las repúblicas en sus plazas fuertes; en tal concepto son mucho más perjudiciales que útiles, pues en primer lugar, como be dicho antes, permiten a los tiranos ser más audaces y más violentos con los súbditos, y en segundo, no prestan la seguridad que se cree, porque cuanta violencia se emplea para contener a un pueblo es nula excepto en dos casos: cuando se tiene dispuesto siempre un buen ejército para salir a campaña, como lo tenían los romanos, o cuando los súbditos se desordenan y dispersan de suerte que no pueden unirse para ofender. Si los empobreces, “la miseria hace encontrar armas.” Si los desarmas, “el furor proporciona armas.” Si matas a los jefes y continúas oprimiendo a los demás, renacen los jefes como las cabezas de la hidra, y si construyes fortalezas, te serán útiles en tiempo de paz porque te animan a obrar mal; pero en el de guerra inutilísimas, porque atacadas por tus enemigos y por tus súbditos, no es posible que resistan a unos y otros.
Nunca las fortalezas fueron tan inútiles como en nuestros tiempos, por causa de la artillería, cuyo ímpetu hace imposible la defensa de las pequeñas plazas, donde no hay sitio para nuevos repartos, una vez destruidos los muros.
Deseo tratar este asunto detalladamente.
Si quieres tú ¡oh príncipe! con tales fortalezas refrenar al pueblo de tu ciudad; si quieres tú, príncipe o república, sujetar la ciudad conquistada en la guerra, diríjome al príncipe y le digo: la fortaleza para hacerte respetar de tus súbditos no puede ser más inútil, por las razones ya dichas; porque estará más pronto y tendrás menos reparo en oprimirlos, y esta opresión los inducirá a tu ruina y los alentará a realizarla de tal modo, que la fortaleza, motivo del odio, no te podrá defender.
Un príncipe sabio y bueno, para no dejar de serlo ni dar a sus hijos audacia y ocasión de ser malos, no construirá fortalezas, a fin de que funden su poder, no en las fortificaciones, sino en el amor de sus súbditos.
Si el conde Francisco Sforza, que llegó a ser duque de Milán y tenía fama de sabio, hizo en Milán una ciudadela, no fue en esta caso sabio, y los hechos demostraron que tal fortaleza fue para daño, y no para seguridad de sus herederos; porque creyendo que con ella vivían seguros y podían maltratar a sus súbditos, apelaron a toda clase de violencias, llegando a ser tan odiosos que perdieron sus estados cuando los atacó el enemigo. Aquella fortaleza que en la paz los había perjudicado tanto, no los prestó en la guerra utilidad alguna. De no haberla tenido, y sí la más elemental prudencia, hubieran tratado bien a sus súbditos, descubierto más pronto el peligro y retirándose a tiempo, pudiendo después resistir más valerosamente el ímpetu de los franceses con súbditos fieles y sin fortaleza, que con ésta, pero sin el apoyo de los milaneses.
Las fortalezas para nada son útiles, porque se pierden, o por traición de quien las guarda, o por la fuerza de quien las ataca, o por hambre. Si quieres que te sirvan y ayuden a recobrar un estado perdido, donde sólo queden en tu favor las fortalezas, necesitarás un ejército para arrojar del país al que te ha expulsado, con cuyo ejército de todos modos recobrarías el estado aunque no hubiera fortalezas, tanto más fácilmente cuanto más fieles te sean los súbditos, por no haberles maltratado a causa del orgullo que te inspiren las plazas fuertes.
La experiencia demuestra que la ciudadela de Milán no fue de ninguna utilidad, ni a los Sforzas ni a los franceses en la época de sus desventuras, y a todos causó no poco dallo y ruina, porque, confiando en ella, no pensaron en medios más honrosos para conservar el ducado.
Guido Ubaldo, duque de Urbino, hijo de Federico, famoso capitán de su época, fue echado de sus dominios por César Borja, hijo del papa Alejandro VI, y al volver a ellos cuando se lo permitieron los sucesos, mandó arrasar todas las fortalezas que había en su ducado por considerarlas perjudiciales. Amado de sus súbditos, no las necesitaba para imponerles fidelidad, y bien veía la imposibilidad de defenderlas de los enemigos sin tener un ejército en campaña, por lo cual prefirió destruirlas.
El papa Julio II echó a los Bentivoglio de Bolonia y construyó en dicha ciudad una fortaleza. Sirvió ésta al gobernador de la plaza para maltratar al pueblo de tal suerte, que se rebeló y le hizo perder la fortaleza, no aprovechándole para nada, y antes perjudicándole, porque, de no tenerla, se hubiera portado de otro modo.
Nicolás de Castello, padre de los Vitelli, al volver, a su patria, de donde había sido desterrado, hizo derribar inmediatamente dos fortalezas que había construido el pana Sixto IV, pensando que, para conservar sus dominios, valía más el amor del pueblo que las plazas fuertes. Pero el ejemplo más reciente y notable de todos los que prueban la inutilidad de construir fortalezas y la utilidad de arrasarla es el de Génova, ocurrido en nuestros días. Sabido es que en 1507, Génova se rebeló contra el rey Luis XII de Francia, quien acudió allí en persona con todo su ejército para recuperarla, y cuando lo consiguió hizo construir un castillo, el más formidable de los conocidos hasta entonces, porque por su situación y por otras circunstancias era inexpugnable. Situado sobre una colina que se extiende hasta el mar, y que los genoveses llaman Codefa, batía el puerto y gran parte del estado de Génova. Ocurrió después, en 1512, que, expulsados los franceses de Italia, Génova, a pesar de su fortaleza, se sublevó, poniéndose al frente de la sublevación Octavio Fregoso, quien hábilmente, y al cabo de dieciséis meses, se apoderó por hambre del castillo. Algunos creían, y muchos le aconsejaban, que lo conservara para refugio propio en cualquier trance; pero él, como político prudentísimo, reconociendo que no son las fortalezas, sino la voluntad de los hombres lo que mantiene a los príncipes en los estados, lo demolió. Fundando, pues, la dominación, no en el castillo, sino en su valor y prudencia, la ha conservado y conserva todavía; y bastando antes un millar de hombres para cambiar el gobierno de Génova, sus adversarios le han atacado con diez mil, sin poder vencerle.
Todo esto demuestra que el arrasar el castillo no ha perjudicado a Octavio, y el construirlo no sirvió de defensa al rey de Francia, porque cuando pudo venir a Italia con su ejército, recuperó a Génova no fortificada, y cuando le fue imposible acudir con sus tropas, perdió a Génova con la fortaleza. Mucho gastó el rey en construirla y la perdió vergonzosamente, mientras para Octavo fue motivo de gloria conquistarla y de utilidad destruirla.
Pero vengarnos a las repúblicas que construyen fortalezas, no en su patria, sino en los países conquistados. Si para comprender el error no bastan el ejemplo de Francia y Génova, creo que bastará el de Florencia y Pisa. Cuando los florentinos construyeron una ciudadela para dominar a Pisa, desconocieron que una ciudad siempre enemiga de ellos, que había sido libre y que se rebelaba por serlo, no dependería de ellos sino por el procedimiento romano de asociarla al estado o destruirla.
La utilidad de las fortalezas bien se vio cuando bajó a Italia el rey Carlos VIII, a quien se rindieron todas o por traición de sus gobernadores o por miedo de mayor mal. Si no hubieran existido, tampoco los florentinos fundaran en ellas su esperanza de dominar a Pisa, ni el rey se valiera de este motivo para quitarles dicha ciudad. Los medios que emplearon, antes de hacer la ciudadela, para su dominación en Pisa bastarán para conservarla, y sin duda no dieran tan mal resultado como las fortificaciones.
En conclusión, las fortalezas en el interior de la patria y para dominarla son perjudiciales, y para conservar las tierras conquistadas inútiles. Lo afirmo fundándome en la autoridad de los romanos, quienes en las comarcas donde querían mantener por la fuerza su dominio, no las edificaban y destruían las hechas. A los que aleguen contra esta opinión el ejemplo de Taranta en la antigüedad y de Brescia en estos tiempos, ciudades que, sublevadas, pero quedando en poder de los dominadores sus fortalezas, por medio de éstas las recuperaron, responderé que para recobrar a Taranta al cabo de un año fue enviado Fabio Máximo con todo su ejército, quien lo mismo hubiera vencido la sublevación no estando la fortaleza en poder de los romanos, y si por ella atacó Fabio la ciudad, de no haberla, hubiera acometido por cualquier otro punto, con igual resultado. No comprendo la utilidad de una fortaleza cuando para rendir la plaza que domina se necesita un ejército consular y un general como Fabio Máximo. Que los romanos se hubieran apoderado de Taranto, de cualquier otro modo lo prueba el ejemplo de Padua, que no tenía ciudadela y reconquistaron con su ejército.
Respecto a Brescia, diré que rara vez sucede lo que ocurrió en esta rebelión, y fue que la fortaleza quede en poder de los dominadores y tengan éstos un numeroso ejército en las cercanías, como lo estaba el de los franceses. En efecto: encontrábase Gastón de Foix con sus tropas en Bolonia cuando supo la sublevación de Brescia, y sin pérdida de tiempo salió para dicho punto, donde llegó a los tres días, entrando por la ciudadela en la ciudad. Necesitó, pues, la fortaleza de Brescia para ser útil un monseñor de Foix y un ejército francés que, a los tres días de la sublevación, la socorriera.
Este ejemplo, pues, no contrarresta los alegados sobre la inutilidad de las fortificaciones. Muchas plazas fuertes han sido conquistadas y reconquistadas en las guerras de estos tiempos, con igual facilidad que se conquistan y reconquistan las comarcas abiertas, no sólo en Lombardía, sino en la Romaña, en el reino de Nápoles y en toda Italia.
En cuanto a las fortalezas construidas para defenderse de los enemigos exteriores, afirmo que no las necesitan los reinos y repúblicas que tienen buenos ejércitos, y si no los tienen, son aquellas inútiles; porque los buenos ejércitos defienden el país sin necesidad de fortalezas, y éstas, sin buenos ejércitos, no pueden defenderlo.
Prueba dicha afirmación la conducta y la experiencia de los pueblos tenidos por más sabios y más hábiles en la gobernación y en los demás actos de la vida pública, los romanos y los espartanos. Si los romanos no construían fortalezas, los espartanos ni siquiera construían murallas en sus ciudades, porque querían que su única defensa consistiera en el valor de los ciudadanos. Por esto preguntando un ateniense a un espartano si le parecían fuertes los muros de Atenas, respondió: “Sí; si dentro de ellos sólo hay mujeres.”
Un príncipe que cuenta con buenos ejércitos, si en las costas o fronteras de sus estados tiene algunas fortalezas que, mientras reúne sus fuerzas, detengan al enemigo, pueden serle alguna vez convenientes, aunque no necesarias. Pero si el príncipe no tiene buen ejército, las plazas fuertes en las fronteras o en el interior le son perjudiciales e inútiles; perjudiciales porque fácilmente las pierde y el enemigo se vale de ellas; y si fueran inexpugnables para el invasor, éste las deja a su espalda y no sirven para nada; porque los buenos ejércitos cuando no encuentran seria resistencia, entran en país enemigo sin cuidarse de las ciudades y fortalezas que a su espalda dejan. Así lo refiere la historia antigua y así lo hizo Francisco María al invadir recientemente el ducado de Urbino, dejando tras sí diez ciudades enemigas sin hacer caso de ellas.
En resumen: el príncipe que pueda tener buen ejército no necesita edificar fortalezas, y el que no lo tiene tampoco debe construirlas. Lo que le conviene es fortificar la ciudad donde habite y tenerla bien provista y bien dispuestos sus habitantes a resistir el ataque del enemigo, para dar tiempo a un tratado o un auxilio extranjero que le libre de él. Todos los demás medios son costosos en la paz e inútiles en la guerra.
Quienes aprecien bien cuanto he dicho, conocerán que los romanos, sabios en todas las cosas, fueron prudentes en sus determinaciones respecto a los latinos y a los privernates, que sujetaron a su dominación sin necesidad de fortalezas y por medios más hábiles y valerosos.
Capítulo XXV
Que es mala determinación aprovechar las discordias entre los habitantes de una ciudad para asaltarla y ocuparla
Tanta era la desunión entre la nobleza y el pueblo en la república romana, que los veyenses, unidos a los etruscos, pensaron aprovecharla para acabar con Roma y organizando un ejército, invadieron los dominios romanos. Envió el senado contra ellos a Cn. Manlio y a M. Fabio, que llevaron sus tropas adonde estaban los veyenses, quienes, con frases injuriosas vituperaban y ofendían el nombre de Roma, llegando a tanto su temeridad e insolencia, que los romanos, dando al olvido sus disensiones, se unieron, libraron la batalla y los derrotaron.
Este ejemplo prueba cómo se engañan los hombres, según antes dijimos, al tomar una resolución, y cómo creen muchas veces ganar alguna cosa y la pierden. Juzgaron los veyenses que, si atacaban a los romanos desunidos, los vencerían, y su ataque ocasionó que se unieran y los derrotaran. La causa de la desunión en las repúblicas nace muchas veces del ocio que sigue a la paz, y el motivo de la unión del miedo a la guerra. Si los veyenses hubieran sido astutos, pensaran menos en la guerra cuanto mayor fuera la desunión en los romanos, procurando, con las artes de la paz, someterlos. El modo de conseguir esto es inspirar confianza a los parciales de cada bando y ofrecer tu mediación mientras no llegan a las armas. Cuando esto sucede, ayudar algo a la parte más débil para mantener la lucha y que ésta cause la ruina de unos y de otros, sin presentar grandes fuerzas que los hagan sospechar tus propósitos de opresión y tus deseos de llegar a ser su rey. Observando esta conducta conseguirás el fin que ambicionas.
La ciudad de Pistoya, citada en otro capítulo y con otro objeto, se sometió a la república de Florencia por estos medios. Dividida en bandos, los florentinos favorecían alternativamente uno u otro, cuidando de no destruir ninguno, y así la llevaron al extremo de que, cansada de aquella vida de desórdenes, se echó voluntariamente en brazos de Florencia.
Nunca han influido tanto los florentinos en Siena como cuando los han hecho pocos y pequeños favores a cualquiera de sus bandos, pues al querer auxiliarle con grandes fuerzas, todos los sieneses se unían para defender el régimen existente.
Añadiré a los anteriores otro ejemplo. Aprovechando las discordias de los florentinos los declaró varias veces la guerra Felipe Visconti, duque de Milán, y siempre fue vencido, hasta el punto de decir, quejándose de sus fracasos, que las locuras de los florentinos le habían hecho gastar inútilmente dos millones en oro.
En suma: los veyenses y los etruscos se engañaron en sus propósitos, como ya hemos dicho, y en una sola batalla fueron dominados por Roma. De igual suerte se engañará siempre quien por tales vías y en parecidas circunstancias crea poder subyugar un pueblo.
Capítulo XXVI
Las injurias e improperios engendran odio contra quien las emplea y no los producen utilidad alguna
Creo que una de las mejores reglas de prudencia que puedan usar los hombres es la de abstenerse de injurias y amenazas de palabra, porque ninguna de ambas cosas quita fuerza al enemigo. En cambio aquéllas engendran contra ti odio, y éstas le obligan a ser más cauto y a emplear mayor industria en tu ofensa.
Bien se ve esto en el ejemplo de los veyenses, de quienes hemos hablado en el anterior capítulo. No contentos con causar a los romanos los males de la guerra, añadieron a ellos frases injuriosas cuyo uso deben prohibir los jefes prudentes a sus soldados, porque enardecen al enemigo y le excitan a la venganza, sin quitarle, como he dicho, los medios de ofender; de suerte que la injuria es un arma que se vuelve contra quien la emplea.
De esta verdad hubo un ejemplo notable en Asia. Sitiaba el general persa Gabade a Amida, y, cansado de la duración del asedio, determinó no continuarlo y marcharse. Cuando levantaba el campamento, los habitantes de la ciudad acudieron a las murallas ensoberbecidos con la victoria, y no omitieron ninguna clase de injuria, vituperando y acusando de cobardía al enemigo. Irritado Gabade mudó de propósito, y volviendo al asedio por la indignación que le produjeron las ofensas, a los pocos días tomó y saqueó la ciudad.
Esto mismo sucedió a los veyenses, los cuales, como he dicho, no creyendo bastante hacer la guerra a los romanos, los injuriaban de palabra e iban hasta las estacadas de su campamento para insultarles, irritándoles más con las palabras que con las armas: de modo que los soldados que al principio combatían de mala gana, obligaron a los cónsules a dar la batalla y, según referí, sufrieron los veyenses la pena de su imprudente audacia.
Deben, pues, los buenos generales y los buenos gobernadores de las repúblicas prohibir el uso de injurias e improperios, lo mismo entre ciudadanos que entre militares; lo mismo en la población que en el ejército; lo mismo entre sí que contra el enemigo, porque contra el enemigo producen los resultados ya dichos, y entre sí tienen peores consecuencias si no se cuida de reparar inmediatamente sus efectos, como lo hacen siempre las personas sensatas.
Cuando las legiones romanas dejadas en Capua conspiraron contra los capuanos, como en su lugar se dirá, la conjura produjo una sedición que apaciguó Valerio Corvino, y entre las cláusulas del convenio que se hizo fue una la de imponer penas gravísimas a los que se atrevieran a censurar a aquellos soldados por la sedición.
Durante la guerra contra Aníbal fue nombrado Tiberio Grano general de los esclavos, que los romanos, a falta de hombres libres, habían armado, y entre las primeras cosas que ordenó fue castigar con pena capital a quien echase en cara a cualquiera de ellos su estado de esclavitud. Tan dañoso consideraron los romanos vilipendiar a los hombres o acusarles de algo vergonzoso, porque no hay cosa que más enardezca los ánimos, ni cause mayor indignación como las injurias dichas en serio o en burlas: “Porque las burlas crueles, cuando en el fondo tienen algo de verdad, dejan amarga memoria.”
Capítulo XXVII
Los príncipes y las repúblicas prudentes deben contentarse con vencer, porque muchas veces, por querer más, se pierde todo
El usar palabras ofensivas contra el enemigo nace las más veces de la soberbia que la victoria engendra o de la falsa esperanza de vencer, falca esperanza que hace errar a los hombres no sólo en lo que dicen, sino también en lo que hacen, porque al penetrar en su corazón le hace traspasar los justos límites y perder con frecuencia la ocasión de conseguir un bien seguro por ambicionar otro mayor, pero incierto.
Asunto es éste que merece seria consideración, por ser frecuentes los errores de los hombres con daño propio y de su patria, y creo debo tratarlo especialmente con ejemplos antiguos y modernos, porque con razonamientos no podría demostrarlo de un modo evidente.
Cuando Aníbal derrotó a los romanos en Canas, envió comisionados a Cartago para dar cuenta de su victoria y pedir recursos. Se discutió mucho en el senado sobre lo que debía hacerse. Hannón, anciano y prudente ciudadano cartaginés, aconsejó que se aprovechara la victoria hábilmente para ajustar la paz, pues como vencedor, se obtendría con condiciones ventajosas y no esperar a tenerla que pedir como vencido; porque el propósito de los cartagineses era demostrar a Roma que tenían fuerzas y medios para combatirla y, conseguido el triunfo, no se debía aprovechar esta ventaja por la esperanza de otro mayor. Se rechazó el consejo y el senado cartaginés comprendió lo bueno que era cuando pasó la oportunidad de seguirlo.
Había conquistado ya Alejandro todo el Oriente cuando la república de Tiro, célebre en aquellos tiempos y poderosa por tener su capital asentada en islotes como Venecia, viendo la grandeza de Alejandro, le envió embajadores para decirle que querían ser buenos servidores suyos y prestarle la obediencia que deseaba; pero que no recibirían ni a él ni a su ejército en el territorio de la república. Indignado Alejandro porque una ciudad le cerrara las puertas cuando todo el mundo se las había abierto, despidió a los embajadores, rechazando las condiciones, y mandó sitiar a Tiro. Edificada ésta según he dicho, sobre islotes, estaba provista de los víveres y municiones necesarios para la defensa; de modo que, después de cuatro meses de asedio comprendió Alejandro le entretenía aquel sitio más tiempo que sus muchas anteriores conquistas, sin ganar mayor fama, y determinó hacer un convenio con Tiro, concediéndole lo mismo que los embajadores de esta ciudad habían ofrecido antes. Pero enorgullecidos los sitiados, no sólo rehusaron aceptar el ofrecimiento, sino además mataron a los comisionados para hacerlo. La indignación de Alejandro fue tan grande que, apretando el asedio, tomó y arruinó la ciudad y mató o esclavizó a sus habitantes.
Vino en 1512 un ejército español a los dominios florentinos para restablecer a los Médici en Florencia e imponer tributos a la ciudad. Le llamaron algunos florentinos prometiéndole que, al entrar en las tierras de su patria, empuñarían las armas en su favor: llegó a la llanura, y nadie se sublevó. Por carecer de víveres intentaron los españoles un convenio; pero ensoberbecido el pueblo de Florencia no lo aceptó, ocasionando la pérdida de Prato y la ruina del estado.
El mayor error que pueden cometer los príncipes que se ven atacados por fuerzas muy superiores a las suyas desde hace largo tiempo, es, por tanto, negarse a un acuerdo, sobre todo si se lo ofrecen, porque las proposiciones no serán tan duras que no favorezcan de algún modo a quien las acepta, y en tal sentido se interpretan como una victoria suya.
Debió bastar al pueblo de Tiro que Alejandro aceptara las condiciones que primero rehusó, y era para aquél una brillante victoria obligar a tan grande hombre con las armas en la mano a condescender con su deseo. Debió bastar también al pueblo florentino, y también era una victoria, que el ejército español cediera en algunas de sus pretensiones y no realizara todos sus propósitos, que eran tres: cambiar el régimen de gobierno en Florencia, separarla de la alianza francesa y obligar a dar dinero. Con ofrecerle de estas tres cosas las dos últimas, hubiera quedado al pueblo una, la de conservar su forma de gobierno. Teniendo este honor y esta satisfacción, no debió cuidarse de los otros dos propósitos, pues que mantenía su independencia ni aun esperando como segura mayor victoria, exponer a los caprichos de la fortuna sus últimos recursos, cosa que sin extrema necesidad no hace ninguna persona prudente.
Llamado por los cartagineses para socorrer a su patria, partió Aníbal de Italia después de estar en ella dieciséis años victorioso. Encontró a Sifax y a Asdrúbal derrotados, perdido el reino de Numidia, reducido el poder de Cartago a los muros de esta ciudad, y sin más medios de resistencia que el ejército a sus órdenes. Conociendo que era éste el último recurso de su patria, no quiso arriesgarlo inmediatamente y sin intentar antes otros remedios. No se avergonzó de pedir la paz, juzgando que si había salvación para Cartago era en la paz y no en la guerra, y cuando los romanos la negaron dio la batalla, casi cierto de perderla, por si la fortuna le favorecía o, en caso contrario, sucumbir gloriosamente.
Si Aníbal, que era tan valeroso y tenía intacto su ejército, procuró primero la paz que la guerra, cuando vio que de la pérdida de una batalla dependía la libertad de su patria, ¿qué deben hacer los de menor valor y menos experiencia que él? Pero los hombres cometen la falta de no limitar sus esperanzas, y, fundándose en ellas, sin atender a otras condiciones, llegan a la ruina.
Capítulo XXVIII
De lo peligroso que es para una república o un príncipe no castigar las ofensas hechas a los pueblos o a los particulares
Lo que causa indignación a los hombres se conoce fácilmente por lo que sucedió a los romanos cuando enviaron a los tres Fabios de embajadores a los galos que venían a atacar a Etruria y especial. mente a Clusium. Había pedido esta ciudad auxilio a Roma, la cual encargó a sus embajadores dijeran a los galos en nombre del pueblo romano, que se abstuvieran de guerrear contra los etruscos.
Llegaron los Fabios en el momento en que se iba a dar la batalla entre galos y etruscos, y siendo más a propósito para los hechos que para las palabras, se unieron a éstos y pelearon contra aquéllos. Reconocidos por los galos, toda su indignación contra los etruscos la convirtieron contra los romanos, y fue aun mayor porque, habiendo enviado embajadores al senado de Roma para quejarse de esta ofensa, pidiendo que como reparación de ella los entregara a los Fabios, no sólo no se lo dieron, ni los castigaron de ningún otro modo, sino que en las elecciones hechas entonces por los comicios fueron nombrados tribunos con potestad consular. Viendo los galos recompensados a los que merecían castigo, juzgaron que esto se hacía por menosprecio y ofensa a ellos, y llenos de indignación y de ira atacaron a Ruma y la tomaron, excepto el Capitolio. Motivo de esta desdicha de los romanos fue su inobservancia de la justicia, porque, habiendo violado sus embajadores el derecho de gentes (jus gentium) y debiendo ser castigados, fueron premiados.
Los príncipes y las repúblicas deben, pues, procurar que no se cometan tales ofensas, ni contra los pueblos, ni contra los particulares; porque si un hombre es gravemente ofendido por un estado o un individuo y no obtiene la reparación que juzgue necesaria, si es ciudadano de una república, procura vengarse aunque sea a costa de la ruina de su patria, y si súbdito de un príncipe, y tiene alguna altivez, no quedará satisfecho hasta que de algún modo se haya vengado de él, aun a costa de su propia vida.
El mejor y más elocuente ejemplo de esto que digo es el de Filipo de Macedonia, padre de Alejandro. Había en su corte un hermoso y noble joven llamado Pausanias, de quien se enamoró Atalo, uno de los personajes más importantes del reino. Solicitó éste repetidas veces a Pausanias para que accediera a sus deseos y, rechazado siempre por el joven, determinó conseguir por engaño y fuerza lo que de otro modo le era imposible. Al efecto organizó un espléndido banquete al que acudieron Pausanias y muchos otros señores ilustres. Cuando todos habían comido y bebido en abundancia, hizo sujetar a Pausanias, conducirlo a una secreta estancia, y allí, no sólo satisfizo por medio de la violencia su liviandad, sino, para mayor ignominia, hizo que muchos otros de los convidados le atropellaran de igual modo.
De esta gravísima ofensa se quejó muchas veces Pausanias a Filipo, quien, entreteniéndole durante algún tiempo con la esperanza de vengarle, no sólo no lo hizo, sino que dio a Atalo el gobierno de una provincia de Grecia. Viendo Pausanias a su enemigo premiado en vez de castigado, indignase, no tanto contra quien le había injuriado como contra Filipo, que le dejó sin venganza, y en un día solemne, el de las bodas de la hija de Filipo con Alejandro, rey de Epiro, cuando Filipo iba a celebrarlas al templo entre los dos Alejandros, su hijo y su yerno, le asesinó.
Este ejemplo, parecido al de los romanos, demostrará a los gobernantes que a ningún hombre se le debe menospreciar hasta el punto de creer que, por injuriado que sea, no pensará en vengarse a costa de los mayores peligros, aun el de perder la vida.
Capítulo XXIX
La fortuna ciega el ánimo de los hombres cuando no quiere que éstos se opongan a sus designios
Si se considera bien cómo proceden las cosas humanas, se verá que muchas veces ocurren hechos y accidentes que los cielos impiden prever. Habiendo sucedido esto en Roma, donde había tanto valor, tanta religiosidad y tan buenas instituciones, no es maravilla que ocurra con mayor frecuencia en ciudad o estado faltos de tales condiciones.
Prueba esto la omnipotencia del ciclo en las cosas humanas, y Tito Livio procura demostrarlo en largo y elocuente discurso diciendo que, por querer el cielo para algún designio suyo que los romanos conocieran su poder, hizo que los Fabios, enviados como embajadores a los galos, cometieran la falta ya dicha, que ocasionó la guerra contra Roma; determinó después que en esta guerra no hicieran los romanos cosa alguna digna de este gran pueblo, pues primero ordenaron el destierro a Ardea de Camilo, quien era el único remedio a tanto mal; después, cuando los galos estaban ya en marcha contra Roma, los mismos que para contener el ímpetu de los volscos y de otros infinitos enemigos habían nombrado muchas veces un dictador, no le nombraron en esta ocasión; la recluta de los soldados fue escasa y tardía, siendo tan remisos para empuñar las armas, que apenas llegaron a tiempo de encontrar a los galos junto al río Allia, a diez millas de Roma. Allí sentaron los tribunos el campamento sin ninguna de las acostumbradas precauciones, no examinando primero el terreno, no rodeándole de fosos y parapetos, no practicando, pues, nada de lo que aconseja la prudencia divina o humana. Al dar la batalla, las líneas eran de escasa profundidad, de suerte que ni soldados ni capitanes hicieron nada digno de la disciplina romana. No se derramó sangre en la batalla, porque los romanos huyeron al ser atacados, dirigiéndose la mayoría a Veyos y los demás a Roma, donde, sin entrar en sus casas, se refugiaron en el Capitolio. En vista de ello el senado ni pensó en la defensa de Roma ni siquiera mandó cerrar las puertas de la ciudad; unos senadores huyeron y otros se encerraron en el Capitolio. Mejor orden emplearon en la defensa de éste, porque no lo llenaron de gente inútil y acumularon en él cuantos víveres pudieron para resistir el asedio. De la turba inútil, de viejos, mujeres y niños, la mayoría huyó a las poblaciones circunvecinas y el resto quedó en Roma presa de los galos. Así, pues, quien hubiese leído las cosas hechas por aquel pueblo tantos años antes y leyera después lo que sucedió entonces, no podría creer que se trataba del mismo pueblo. La descripción de tales desórdenes la termina Tito Livio, diciendo: “De tal suerte obceca la fortuna los ánimos cuando no quiere que resistan a sus ataques.”
Esta deducción es ciertísima. Los hombres que viven ordinariamente en la mayor prosperidad o en la mayor desventura merecen menos de lo que se cree alabanzas o censuras. La mayoría de las veces se los verá caer en la desgracia o ascender a la mayor fortuna impulsados por una fuerza superior a ellos, que procede del cielo y que los da o quita la ocasión de mostrar su virtud. Cuando la fortuna quiere que se realicen grandes cosas, elige un hombre de tanta inteligencia y tanto valor, que comprenda y aproveche la ocasión que le presenta. De igual manera cuando quiere producir grandes ruinas presenta en primer término hombres que ayuden a realizarlas, y si hubiera alguno capaz de impedirlas, o lo mata o lo priva de los medios de ejecutar bien alguno.
Adviértase muy bien en estos sucesos que la fortuna, para engrandecer a Roma e impulsarla a su venidera gloria, juzgó necesario sufriese este descalabro (que narraremos al principio del siguiente capítulo), pero no quiso arruinarla por completo. Para esto hizo que Camilo fuera desterrado y no muerto, que los galos se apoderaran de Roma, pero no del Capitolio, que los romanos nada hicieran de provecho para defender la ciudad, ni descuidaran nada para defensa del Capitolio, que, para facilitar la ocupación de Roma, la mayoría de los soldados derrotados en el Atila huyeran a Veyos, privando así a Roma de todos los medios de defensa. Al mismo tiempo que arreglaba así las cosas, preparaba lo necesario para recobrar la ciudad, pues al efecto condujo a Veyos un ejército entero y puso a Camilo en Arden, para que las tropas romanas, a las órdenes de un general que ninguna parte había tenido en la vergonzosa derrota de Allia y mantenía incólume su reputación, pudieran hacer frente al enemigo y reconquistar la patria.
Podrían aducirse ejemplos modernos en confirmación de lo expuesto, pero no lo juzgo necesario, bastando el de los romanos. Afirmó una vez más ser absolutamente cierto y estar demostrado en toda la historia que los hombres pueden secundar a la fortuna y no contrarrestarla; pueden tejer sus hilos, pero no romperlos. No deben abandonarse a ella porque, ignorando sus designios y caminando la fortuna por desconocidas y extraviadas sendas, siempre hay motivos de esperanza que sostendrán el ánimo en cualquier adversidad y en las mayores contrariedades de la suerte.
Capítulo XXX
Las repúblicas y los príncipes verdaderamente poderosos no adquieren aliados por dinero, sino con el valor, y la reputación de su fuerza
Estaban los romanos sitiados en el Capitolio, y aunque esperaban el socorro de las tropas reunidas en Veyos y de Camilo, agobiados por el hambre empezaron a negociar con los galos para libertarse mediante una cantidad de oro; pero mientras convenían en ello y se estaba pesando el oro, llegó Camilo con su ejército, cosa hecha por la fortuna, dice Tito Livio, para que los romanos no se vieran rescatados por dinero.
Esto no sólo es de notar en el caso citado, sino en todos los demás de la historia de la república romana, donde se ve que jamás hizo conquistas con dinero, ni la paz por dinero, sino por el valor de sus soldados, lo que creo no haya ocurrido a ninguna otra república.
Una de las señales para conocer el poderío de un estado, es su manera de vivir con sus vecinos. Cuando se arregla de modo que éstos, para conservar su amistad, le pagan tributos, seguramente el estado es poderoso. Si sus vecinos, aun siendo inferiores en fuerza, le sacan dinero, la prueba de su debilidad es evidente.
Léase toda la historia romana, y se verá que los marselleses, los eduos, los de Rodas, el siracusano Hierón, los reyes Eumenes y Masinisa, vecinos todos de los dominios de Roma, para que no los faltase la amistad de esta república, contribuían a sus gastos y a sus necesidades con tributos, sin otra recompensa que su protección.
Lo contrario sucede a los estados débiles. Empezando por el nuestro de Florencia, en los pasados tiempos, cuando era mayor su esplendor, no había potentado en la Romaña a quien no diera pensión, y las daba también a los de Perusa, a los de Castello y a todos sus demás vecinos. De estar la república florentina armada y poderosa, hubiese sucedido lo contrario; pues por acogerse a su protección, todos le hubieran dado dinero, procurando comprar la amistad de Florencia, en vez de venderle la suya.
Y no sólo a los florentinos se los debe censurar esta cobardía, sino también a los venecianos y al rey de Francia, quien, poseyendo un reino tan grande, es tributario de los suizos y del rey de Inglaterra. La causa de ello es tener desarmado al pueblo y preferir el citado rey y las repúblicas mencionadas la presente ventaja de poderlo oprimir y de evitar un peligro más imaginario que real, a hacer cosas encaminadas a la seguridad y felicidad perpetua del estado. Esta política débil produce la paz durante algunos años; pero ocasiona, andando el tiempo, necesidades, daños y ruina irremediables.
Larga tarea seria referir las veces que los florentinos, los venecianos y el rey de Francia han comprado la paz por dinero; en cuántas ocasiones se han sometido a la ignominia que, sólo en una, estuvieron los romanos a punto de sufrir. También sería largo nombrar las plazas y comarcas que florentinos y venecianos han adquirido por dinero; sistema que origina grandes desórdenes, porque lo que se conquista con oro no se sabe defender con hierro.
Observaron los romanos esta política generosa y este modo de vivir mientras fueron libres; pero al caer bajo el dominio de los emperadores, y cuando éstos empezaron a ser malos y a preferir la sombra del sol, comenzaron también a rescatarse por dinero, ora de los partos, ora de los germanos, ora de otros pueblos limítrofes, lo cual fue origen de la ruina del imperio. Este mal procedió de haber desarmado sus pueblos, y engendraba otro mayor, cual es que, cuando el enemigo más avanza en el interior de tus estados, más débil te encuentra; porque quien vive de este modo, maltrata a los súbditos del interior de su imperio para mantener hombres que en las fronteras contengan al enemigo, y a fin de tenerlo más alejado, necesita dar pensiones a los señores y a los pueblos limítrofes. Así las cosas, se hace alguna resistencia en las fronteras; pero si el enemigo las traspasa, no quedan medios de contenerlo. Esta conducta es contraria a toda buena organización, pues lo que se debe tener armado es el corazón, la parte vital, y no las extremidades, que sin éstas se vive, pero la herida en el corazón mata. Los imperios organizados según hemos dicho, arman sus pies y manos y dejan el corazón sin defensa.
Esta viciosa organización se ha visto y se ve hoy día en Florencia, pues cuando cualquier ejército pasa las fronteras y se acerca al corazón de la república, no encuentra ninguna resistencia.
Hace pocos años que los venecianos dieron igual prueba de flaqueza, y se hubiera visto el fin de su ciudad a no estar rodeada por el agua. Esta inexperiencia no es tan frecuente en Francia, por ser aquél un gran reino y haber pocos que le superen en fuerza. Sin embargo, cuando los ingleses en 1513 invadieron a Francia, el temor fue tan general, que lo mismo el rey que los súbditos juzgaban posible la pérdida de la independencia con sólo perder una batalla.
Lo contrario sucedía a los romanos, pues cuanto más se acercaba el enemigo a Roma, tanta mayor era la resistencia que encontraba; y a la llegada de Aníbal a Italia se vio que, después de tres derrotas y de la muerte de tantos capitanes y soldados, no sólo pudieron contenerle, sino vencerle. Tenían bien armado el corazón y se cuidaban poco de las extremidades, porque los fundamentos de su poder era Roma, el pueblo latino, sus aliados soldados que fueron bastantes para conquistar y dominar el mundo. Prueba de esta verdad es la pregunta que hizo el cartaginés Hannón a los enviados de Aníbal después de la derrota de Canas. Ponderaban éstos lo hecho por Aníbal, cuando los preguntó Hannón, si alguno del pueblo romano había venido a pedir la paz y si alguna de las ciudades latinas o de las colonias se había rebelado contra los romanos. Respondieron negativamente, y replicó Hannón: “Pues en tal caso, la guerra está como al comenzarla.”
Demuestran, pues, las consideraciones expuestas cuan diverso es el modo de proceder entre las repúblicas modernas y las antiguas, y esto explica las milagrosas pérdidas y las milagrosas conquistas: porque donde los hombres tienen escaso valor y poca prudencia, muestra la fortuna su poder; y, como ésta es variable, cambian frecuentemente los estados y las repúblicas sometidos a su influencia, y continuarán variando mientras no aparezca alguno tan amante de los preceptos de la antigüedad que domine a la fortuna, quitándole los medios de mostrar su extrema inconstancia.
Capítulo XXXI
De lo peligroso que es dar crédito a los desterrados
Creo oportuno hablar aquí de lo peligroso que es dar crédito a los desterrados de su patria, cosa de que diariamente tienen que ocuparse los que gobiernan estados, y puedo demostrarlo con un ejemplo memorable que trae Tito Livio en su historia, aunque no con este propósito.
Cuando Alejandro Magno entró con su ejército en Asia, Alejandro de Epiro, su tío y cuñado, vino con otro ejército a Italia, llamado por los desterrados de Lucania, quienes le hicieron creer que, mediante ellos, ocuparía toda esta provincia. Confiando en esta promesa llegó a Italia, y los desterrados le mataron, por haberles prometido sus conciudadanos, como premio de esta muerte, levantarles el destierro.
Obsérvese, pues, cuan vana es la fe y las promesas de los que están desterrados de su patria. En cuanto a la fe, no se debe perder de vista que en cualquier ocasión pueden por otros medios que los que tú los des volver a sus casas, y, por tanto, que te abandonarán y se unirán a otros a pesar de sus promesas; y en cuanto a las facilidades que prometen y a las esperanzas que dan, debe tenerse en cuenta que su grandísimo deseo de volver a la patria les hace creer, naturalmente, muchas cosas falsas e inventar muchísimas. Lo que ellos creen y lo que intentan, te infunden esperanzas y realizas un gasto inútil y una empresa ruinosa.
En prueba de ello, basta añadir al ejemplo ya citado de Alejandro de Epiro el del ateniense Temístocles, que, por rebelde, tuvo que acogerse a la corte de Darío en Asia, e hizo a Darío tantas promesas para cuando quisiera atacar a Grecia, que éste decidió emprender la campaña; pero no pudiendo Temístocles cumplirle lo ofrecido, o por vergüenza, o por temor al suplicio, se envenenó. Si un grande hombre como Temístocles cometió este error, calcúlese cuánto se equivocaron los que, sin tener su talento y saber, se dejan arrastrar más fácilmente por la violencia de sus pasiones.
Deben, pues, los príncipes andar con tiento en acometer empresas aconsejadas por desterrados, porque las más veces sólo producen la vergüenza de un fracaso o daños gravísimos.
Como a veces se intenta tomar las plazas fuertes por sorpresa o por inteligencias con los de dentro, creo oportuno hablar de ello en el siguiente capítulo, añadiendo los diferentes modos que usaban los romanos para conquistarlas.
Capítulo XXXII
Diferentes sistemas de los romanos para tomar las plazas fuertes
Dedicados casi constantemente los romanos a la guerra, la hicieron siempre con toda clase de ventajas, tanto respecto a los gastos como a las demás cosas que a la milicia se refieren. Por ello procuraban no sitiar las plazas fortificadas, juzgando que los gastos y las molestias superaban mucho a la utilidad de tomarlas, y preferían apoderarse de ellas por cualquier otro sistema que el del asedio, hasta el punto de que, en tantas guerras durante tantos años, hay poquísimos ejemplos de sitios en regla.
Los dos modos que empleaban para tomar las fortalezas eran el asalto o la capitulación. El primero lo ejecutaban, o empleando sólo la fuerza de las armas, o ésta y la astucia. En el primer caso asaltaban los muros sin romperlos previamente (a lo cual llamaban aggredi urbem corona), porque rodeaban la población con todo el ejército y atacaban a la vez el recinto por todas partes, ocurriendo muchas veces que a! primer asalto se apoderaban de la plaza, aunque fuera fortísima. Así tomó Escipión a Cartagena, en España. Cuando el asalto no era suficiente, procedían a romper los muros con arietes y otras máquinas de guerra, o hacían minas por las cuales entraban en la ciudad (así tomaron la de Veyos), o, por igualarse en altura con los que defendían las murallas, construían torres de madera o terraplenes apoyados en los muros por su parte exterior. Contra el primer medio de ataque, cuando la plaza era asaltada por todos lados, se defendían con sumo peligro los sitiados, y era muy dudoso su triunfo, porque, necesitando tener en toda la muralla bastantes defensores, o no los había para luchar y relevarse unos a otros, o, de haberlos, no eran todos de igual valor para resistir y, forzado un solo punto, se perdían los demás.
Sucedía muchas veces, como he dicho, que esta forma de ataque tenía feliz éxito; pero si eran rechazados en el asalto no lo repetían, por ser peligroso para el ejército, a causa de tener que distribuir sus fuerzas en grande espacio y quedar débil para resistir una salida de los sitiados por un solo punto, además de lo que cansaba y desordenaba las tropas. Solían, pues, intentarlo una sola vez por sorpresa.
El ataque de las máquinas para abrir brecha en las murallas se resistía como ahora, haciendo parapetos interiores, y a las minas se oponían las contraminas impidiendo la entrada del enemigo o por fuerza, o cerrándole el paso en otras formas, una de las cuales era llenar toneles de plumas y pegarles fuego al meterlos en las minas; el humo pestilente hacía imposible entrar por ellas. Cuando el ataque era por medio de torres de madera procuraban incendiarlas y, cuando por terraplenes, rompían el muro por la parte inferior del punto en que éstos se apoyaba, metiendo por el agujero dentro de la plaza la tierra que los de afuera amontonaban, de modo que el terraplén no aumentaba en altura.
Este género de ataque no se puede continuar largo tiempo, siendo preciso, si no tiene éxito pronto o levantar el sitio y buscar otro medio de vencer en la guerra, como hizo Escipión cuando, al llegar a África, atacó a Útica, no pudo tomarla y levantó el sitio para buscar y combatir al ejército cartaginés; o por formalizar el sitio en regla, como hicieron los romanos en Veyos, Capua, Cartagena, Jerusalén y otras plazas que de este modo ocuparon.
Ocurre la toma de las plazas por fuerza y astucia, cuando se tienen inteligencias con algunos de los sitiados. Así se apoderaron los romanos de Palepolí. Muchas veces los romanos y otros pueblos han intentado tomar fortalezas de este modo y pocas lo han conseguido, porque al más leve obstáculo desconcierta lo convenido y los obstáculos se presentan fácilmente, pues la conjura se descubre casi siempre antes de tener efecto, cosa no difícil por la falta de fidelidad entre los conjurados o por la casi imposibilidad de tramarla con un enemigo a quien no se le puede hablar sin justo motivo. Y aunque la conspiración no se descubra al tramarla, ocurren mil contrariedades al ejecutarla; porque el acudir un poco antes o un poco después del momento convenido, o cualquier ruido impensado, como el de los graznidos de los gansos del Capitolio, o un cambio en la forma habitual de vigilancia, o un error o una falta cualquiera, hace abortar la empresa. Añádase a esto la oscuridad de la noche, más temerosa para los que tienen que pelear en las tinieblas que cualquier otro peligro, y si desconocen los soldados las condiciones del sitio por donde han de ir, se confunden, aturden y acobardan por el más pequeño y fortuito accidente, bastando una sombra para ponerles en fuga. Nunca hubo capitán tan experto en esta clase de ataques sigilosos y nocturnos como Arato de Sicione, tan bravo en ellos como pusilánime en los combates en pleno día y campo abierto. Esto debe atribuirse a un talento especial suyo, mejor que a la facilidad de realizar tales empresas, por ser muchas las que se intentan, pocas las que se practican y poquísimas las que tienen buen éxito.
En cuanto a las plazas que se entregan, preciso es distinguir si lo hacen voluntariamente o por fuerza. En el primer caso, si es por alguna necesidad exterior que los obliga a someterse al poder de otro, como lo hizo Capua con los romanos, o por deseo de ser bien gobernadas, induciéndoles a ello el ejemplo del buen gobierno que un príncipe tiene en los pueblos puestos bajo su dirección, como hicieron los de Rodas, los marselleses y tantos otros pueblos que voluntariamente se sometieron a los romanos.
En cuanto a la rendición forzada, o es término de un largo asedio, como yo he dicho, o la producen las continuas correrías, depredaciones y otros daños de que sólo se pueden librar entregándose. De todos los sistemas, éste fue el que con más frecuencia usaron los romanos, empleando cuatrocientos cincuenta años en gastar las fuerzas de sus vecinos con continuas correrías y batallas, y en adquirir sobre ellos, por media de tratados, todas las ventajas posibles,
como ya dijimos. Los demás medios de agresión también los usaron; pero encontrando en ellos algo peligroso o inútil, prefirieron constantemente aquél, porque en los asedios hay pérdida de tiempo y de dinero, en los asaltos duda del éxito y peligro, y en las inteligencias con algunos de los sitiados, incertidumbre. Vieron prácticamente que una batalla ganada los daba en un día un reino, y en tomar por asedio una plaza obstinada en defenderse consumían muchos años.
Capítulo XXXIII
Los romanos daban a los generales de sus ejércitos completa libertad para dividir las operaciones militares
Creo que deben tenerse en cuenta, si se lee con fruto la historia de Tito Livio, las reglas de conducta del pueblo y del senado romano, y entre las muchas cosas dignas de estudio figura la extensión de la autoridad concedida a los cónsules, dictadores y demás generales de sus ejércitos, que era grandísima, no reservándose el senado sino el derecho de declarar la guerra o de confirmar la paz. Todo lo demás quedaba al arbitrio y bajo la potestad del cónsul. Porque acordada por el senado y el pueblo una guerra como, por ejemplo, la de los latinos, todos los detalles de la ejecución correspondían al cónsul, que podía dar una batalla o no darla, sitiar una plaza u otra según lo estimara conveniente.
Prueban esta libertad de acción muchos ejemplos, y especialmente lo ocurrido en una expedición contra los etruscos; porque habiéndoles vencido el cónsul Fabio cerca de Sutrium [6], y determinando después pasar con el ejército la selva Cimina para internarse en la Etruria, ni pidió consejo al senado, ni siquiera le notificó su proyecto, a pesar de que se empeñaba en una campaña incierta y peligrosa. por ser en tierra desconocida. Demuestra la verdad de esto el acuerdo del senado, contrario al proyecto de Fabio, pues al saber la victoria del cónsul, sospechando que quisiera atravesar la citada selva de la Etruria, y creyendo que no debía intentarse tal cosa ni exponerse a aquel peligro le envió dos legados para decirle que no se internara en la Etruria. Llegaron éstos cuando ya habían atravesado la selva y alcanzado la victoria, y los que fueron para impedir la guerra volvieron como mensajeros de las conquistas hechas y de la gloria adquirida.
Bien examinada esta conducta, debe reconocerse que es prudentísima, porque si el senado hubiese querido que el cónsul obrara en la guerra conforme a detalladas y continuas instrucciones suyas, lo hacía más circunspecto y menos activo, por parecerle que la gloria del vencimiento no era de él, sino en participación con el senado, a cuyos consejos se había atenido. Además, el senado se entrometería a aconsejar en asuntos, para él desconocidos, pues aunque en él todos eran peritísimos en la guerra, cuando no se está en el ejército y no se saben los infinitos detalles de momento indispensables para aconsejar bien, se cometen muchos errores. Por esto quisieron que el cónsul obrara por sí y que la gloria fuese exclusivamente suya, juzgando que el deseo de adquirirla sería el mejor aliciente para que obrase bien.
Hago notar esta conducta con el mayor cuidado, porque veo que las repúblicas actuales, como la veneciana y la florentina, se portan de otro modo, y si sus generales, proveedores o comisarios tienen que emplazar una batería, quieren saberlo antes y decidirlo. Sistema tan digno de alabanza como los demás que practican; todos los cuales las han traído a la situación en que ahora se encuentran.
/sigue en…vol. 3
[1] Tito Livio: Décadas de la historia romana.
[2] Mar de Arriba o Superior llamábase el Adriático, en contraposición del mar Inferior que era el Tirreno.
[3] Maquiavelo no puso la equivalencia. (Nota del traductor.)
[4] Llámase en italiano schiera una tropa o número determinado de soldados.
[5] En la titulada “El arte de la guerra”.
[6] Antigua y famosa colonia de los romanos. Era la llave de la Etruria por la parte de Roma. Hoy se llama Sutri.

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