agosto 03, 2011

"Tratado del gobierno de los Príncipes" Santo Tomas de Aquino (1265) -2° y última parte-

TRATADO DEL GOBIERNO DE LOS PRÍNCIPES
Santo Tomas de Aquino y otros
[1265]

[2/2]
ÍNDICE 2° PARTE
TERCERA PARTE (Continuación…)
CAPITULO X
Aquí trata el Santo Doctor del dominio del hombre, según su dignidad y grados; y lo primero del dominio del Papa, que como es preferido a cualquiera otro dominio
CAPÍTULO XI
Aquí declara el Santo Doctor en que consiste el dominio Real, y en que se diferencia del Político, y como se distingue de diversas maneras, según diversas razones.
CAPÍTULO XII
Aquí trata el Santo Doctor del dominio imperial, y de dónde tuvo este nombre; y de otros que usan los Emperadores, donde de camino se habla de las Monarquías, y del tiempo que duraron
CAPÍTULO XIII
Aquí trata el Santo Doctor de la Monarquía de Cristo, como es mayor que las otras por tres cosas; y de Octaviano Augusto, como estuvo en lugar de Cristo.

CAPÍTULO XIV
Se mueve una cuestión de la Monarquía de Cristo, del tiempo en que comenzó, y cómo y por qué estuvo oculta; de lo cual se dan dos causas, y en este capítulo se pone la una
CAPÍTULO XV
Se pone la segunda causa por qué nuestro Señor escogió vida desechada y oculta, aunque era verdadero Señor del mundo; y expónense unas palabras del Profeta Isaías dichas de Cristo.
CAPÍTULO XVI
Aquí declara el Santo Doctor por ejemplos de los antiguos Romanos que su República se aumentó por este mismo camino; y después habla de Constantino.
CAPÍTULO XVII
Cómo los Emperadores de Constantinopla después de Constantino fueron obedientes y reverenciaron la Iglesia Romana; lo cual se prueba por cuatro Concilios, a que dichos Príncipes se sometieron.
CAPÍTULO XVIII
De dos Concilios que se celebraron después de los dichos en tiempo de Justiniano y Constantino el más moderno; y por qué causa el Imperio fue trasladado de los Griegos a los Alemanes
CAPÍTULO XIX
Cómo se mudó el modo del Imperio desde el tiempo de Carlo Magno hasta el de Otón Tercero; y la causa de que el Papa tenga plenitud de potestad.
CAPÍTULO XX
Comparación del dominio Imperial con el Real y Político, de qué manera conviene con entrambos.
CAPITULO XXI
Del dominio de los Príncipes que están sujetos a los Emperadores o a los Reyes, y de diversos nombres de ellas, y lo que significan.
CAPÍTULO XXII
De algunos nombres de dignidades singulares que hay en algunas provincias, y cuál es el gobierno de ellas.
LIBRO CUARTO
CAPÍTULO PRIMERO
De la diferencia que hay entre el Principado Real y el Político, y que es de dos maneras
CAPÍTULO II
Aquí se muestra cómo es necesario que haya Ciudades, por la necesidad que el hombre tiene de vivir en compañía, en lo cual consiste principalmente el Principado Político
CAPÍTULO III
Aquí se trata también de que la constitución de las ciudades es necesaria, considerada de parte del alma, así de parte del entendimiento como de parte de la voluntad
CAPITULO IV
De en qué consiste la comunidad de las ciudades, donde de Aristóteles se refiere la opinión de Sócrates y la de Platón, la cual declara aquí el Santo
CAPÍTULO V
De la opinión de Sócrates y Platón, acerca de ocupar las mujeres en las cosas de la guerra
CAPÍTULO VI
Pruébase que no es conveniente que las mujeres traten de la guerra; y responde a los argumentos que prueban lo contrario
CAPÍTULO VII
Refiere otra opinión de los dichos filósofos, en cuanto al Principado, que querían que fuese perpetuo; acerca de lo cual se disputa por entre ambas partes
CAPÍTULO VIII
Aquí se declara ser mejor en el gobierno Político no perpetuar los hombres en el gobierno, y responde a las razones en contrario, adonde también dice que no había en su tiempo dominio en Lombardía que no fuese por vía de tiranía, excepto el Duque de Venecia
CAPITULO IX
Aquí disputa si han de ser las posesiones comunes, porque cierto filósofo llamado Feleas, dijo que se habían de partir igualmente, lo cual es falso, y que así lo sintió Licurgo
CAPÍTULO X
Prosigue tratando de la Policía de Platón y Sócrates, en cuanto a los géneros de los hombres que se requieren en ella, que son cinco, adonde se disputa mucho del número de la gente de guerra
CAPÍTULO XI
Aquí se trata de la policía de Hipódamo Filósofo, el cual es reprendido en cuanto a las diferencias de hombres, porque no ponía en su ciudad sino tres géneros de ellos, y también en cuanto al número del Pueblo
CAPÍTULO XII
Se refiere también las opiniones del mismo Filósofo en cuanto a las posesiones, que quería que se dividiesen en tres partes; y dícese en lo que se puede aprobar esta opinión
CAPÍTULO XIII
Se pone otra opinión del mismo Filósofo acerca de los jueces y asesores del gobierno político, donde se hace una división múltiple y notable acerca de las cosas que los jueces deben hacer
CAPÍTULO XIV
De la policía de los Lacedemonios, la cual se reprende acerca del gobierno de los esclavos y de las mujeres, y en cuanto a la gente de guerra
CAPÍTULO XV
Se reprende a dicha policía en cuanto a las leyes de los hijos y de los jueces; y se agita la cuestión, si los pobres han de ser elegidos para el gobierno político
CAPÍTULO XVI
Continuación del tratamiento de la policía de los Lacedemonios, en cuanto al Rey que elegían, reprobando el modo que en esto tenían, y mostrando los inconvenientes que se seguían de él
CAPÍTULO XVII
Se ponen algunas otras cosas por la misma causa dignas de represión en la policía de los Lacedemonios, que eran materia de disensión en el pueblo
CAPÍTULO XVIII
Aquí se trata del gobierno político de los Cretenses, y de la diferencia entre éste y el de los Lacedemonios, y de los primeros autores de aquel gobierno y de las leyes de Licurgo
CAPÍTULO XIX
Aquí se trata del gobierno Político de los de Calcedonia, cómo fue famoso, y en qué cosas convenían con ellos los Lacedemonios y Cretenses, y en qué se diferenciaban
CAPÍTULO XX
Cómo Aristóteles tratando de la policía de los Calcedonios da un documento para la elección del Príncipe, si ha de ser elegido rico o pobre; y de la manera que el pobre virtuoso debe ser sustentado, y de qué manera tienen coincidencias entre ellos
CAPÍTULO XXI
De la policía de Pitágoras, que él aprendió de los dichos filósofos Minos y Licurgo, y cómo todo su fin fue acostumbrar los hombres a la virtud
CAPÍTULO XXII
De los documentos de Pitágoras, dados debajo de figuras y enigmas, y de dos fidelísimos amigos, sus discípulos
CAPÍTULO XXIII
En qué consiste la verdadera policía de que nace la felicidad política, que es cuando sus partes se corresponden entre sí unas a otras
CAPÍTULO XXIV
Se divide la policía en tres maneras, y se trata cada una de ellas; primero cómo se distingue en artes integrantes, conforme a la opinión de Sócrates y de Platón
CAPÍTULO XXV
Aquí se muestra ser bastantes las partes integrales de la República que Hipódamo y Rómulo señalaron
CAPÍTULO XXVI
Procede tratando de otras partes de la República respecto del gobierno, y se exponen los nombres de diversos oficios
CAPÍTULO XXVII
Aquí se trata de las partes de la República en cuanto a los soldados, y los distingue considerándolos de tres maneras
CAPÍTULO XXVIII
Aquí se trata de los nombres de los Capitanes y del número de las Cohortes, y de los que significa cada uno
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CAPITULO X
Aquí trata el Santo Doctor del dominio del hombre, según su dignidad y grados; y lo primero del dominio del Papa, que como es preferido a cualquiera otro dominio
Divídese pues el dominio en cuatro diferencias, por la causa y razón dicha: porque uno es sacerdotal y real juntamente, y otro es real, en el cual se incluye el imperial y los demás, como abajo trataremos; el tercero es el Político y el cuarto es Económico.
El primero es preferido a los demás por muchas razones, pero la principal se toma de la institución divina, que fue la de Cristo; porque siéndole dada toda potestad, según su humanidad, como parece en San Mateo, cap. 16, la comunicó a su Vicario, cuando dijo: “Yo te digo que tú eres Pedro, y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y todo lo que atares en la tierra será atado en el cielo”. Adonde se ponen cuatro cláusulas que significan el dominio de San Pedro y sus sucesores sobre todos los fieles, y que por ellas el Sumo Pontífice Romano puede ser llamado Cristo, Rey y Sacerdote. Por que si Cristo Nuestro Señor se llama así, como prueba San Agustín en el libro diez y siete de la Ciudad de Dios, no es fuera de razón que se den los mismos nombres a su sucesor, suponiendo las razones que de esto se podrían dar como en cosa que es muy clara.
Pero volviendo a las cláusulas, de las cuales la primera depende de la grandeza del nombre que le fue puesto, la segunda de la fortaleza del dominio, la tercera de la amplitud de él, y la cuarta de la plenitud, la primera de las partes dichas se nos muestra cuando dice: “Yo te digo que tú eres Pedro, y que sobre esta piedra edificare mi Iglesia”, porque en este nombre, según exponen los Doctores sagrados, como San Hilario y San Agustín, señala el Señor la potencia de San Pedro, porque por la piedra que es Cristo, como dice el Apóstol, al cual San Pedro había confesado, fue llamado Pedro, para que según cierta participación adquiriese el nombre y la potestad, y mereciese oír: “Y sobre esta piedra edificare mi Iglesia”, como que todo el dominio de los fieles dependa de San Pedro y de sus sucesores.
La segunda cláusula trae consigo la fortaleza del dominio, lo cual significan las palabras que allí se siguen: “Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. Estas son las cortes de los tiranos y perseguidores de la Iglesia, como los Sagrados Doctores dicen sobre el mismo lugar; que son llamados así porque son causa de todos los pecados dentro de la Iglesia militante, porque a los tales Príncipes acuden todos los hombres malvados, como en la Corte de Federico, Conradino y Manfredo. Pero los tales no prevalecieron contra la Iglesia Romana, antes todos fueron acabados con mala muerte. Porque como se dice en el libro de la Sabiduría en el tercer cap.: “Las naciones inicuas son dignas de ser acabadas”.
Y la amplitud del dominio se muestra cuando el Señor prosigue diciendo: “Y te daré las llaves del cielo”, porque en esto se nos muestra la potencia de San Pedro y sus sucesores, que se extiende a toda la Iglesia, conviene a saber: la Militante y la Triunfante, que se significan por el Reino de los Cielos, y se cierran con las naves de San Pedro. Pero la plenitud del dominio se muestra cuando últimamente dice: “Y todo lo que atares en la tierra, será atado en el cielo; y cualquiera que soltares en la tierra, será suelto en el cielo”; porque como el Sumo Pontífice sea cabeza en el cuerpo místico de todos los fieles de Cristo, y todo el movimiento y sentido en un cuerpo verdadero proceda de la cabeza, así debe ser en la materia en que hablamos, por lo cual es necesario decir que en el Sumo Pontífice está la plenitud de todas las gracias, porque él solo da indulgencia plenaria de todos los pecados, para que le competa lo que decimos del primer Príncipe y Señor, que es que de su plenitud recibimos todo. Lo cual, si se dijere que se ha de referir a sola la espiritual potestad, es cos que no puede ser, porque la corporal y temporal dependen de la espiritual, como las operaciones del cuerpo de la potencia del alma. Así pues como el cuerpo por el alma tiene ser, potencia y operación, como aparece por las palabras del Filósofo y de San Agustín en lo de la inmortalidad del alma, así tiene principio la jurisdicción temporal de la espiritual de San Pedro y sus sucesores.
Y se puede hacer para esto argumento de lo que hayamos escrito en las historias de los Sumos Pontífices, de los Emperadores que se les allanaron en la jurisdicción temporal. Lo primero de Constantino, que se allanó a San Silvestre Papa en el Imperio, y de Carlo Magno, a quien el Papa Adriano hizo Emperador, y lo mismo de Otón primero, que fue creado y hecho Emperador por León, como escriben las historias. Y por la deposición de algunos Príncipes, hecha por autoridad Apostólica, se conoce bastantemente su potestad. Porque lo primero hallamos que Zacarías usó de ella contra el Rey de Francia, porque le depuso del Reino y absolvió a todos los varones del juramento de fidelidad que habían hecho. E Inocencio III quito el Imperio a Otón IV. Y a Federico II le sucedió lo mismo con Honorio, inmediato sucesor de Inocencio; aunque los Sumos Pontífices no metieron la mano en estos casos sino por razón de delito, porque a lo que se endereza su potestad, y la de cualquier Señor, es a aprovechar a su rebaño, de donde es que con razón se llaman pastores a quien toca el desvelarse por el provecho de sus súbditos; porque de otra manera no son legítimos Señores, sino Tiranos, como prueba el Filósofo y lo habemos ya tratado.
Por lo cual el Señor en el Evangelio de San Juan en el cap. 21, usa de una importuna interrogación, preguntando tres veces a su sucesor el bienaventurado San Pedro que, si he amaba, apacentase su rebano. “Pedro, dice, ¿me amas?, apacienta mis ovejas”, como que todo el cuidado pastoral consista en el provecho del rebano. Y así supuesto que se gobierne para utilidad del pueblo, como Cristo procura, el del Papa se aventaja a otro cualquiera dominio, como se muestra en las cosas que habemos dicho. Lo cual se manifestó bastantemente en la primera visión de Nabucodonosor; el cual vio una estatua que tenía la cabeza de oro, el pecho y los brazos de plata, y el vientre y los muslos de metal, las piernas de hierro, y los pies parte de hierro y parte de barro; y estando mirando esta estatua, se derribó una piedra del monte, sin que manos de hombre la tocasen, y derribó toda la estatua, y esta piedra se hizo un monte grande que tomaba toda la tierra. La cual visión, como exponen San Jerónimo y San Agustín, el Profeta Daniel la acomoda a cuatro Monarquías, conviene a saber: a la de los Asirios por la cabeza de oro, a la de los Medos y Persas por los brazos y pechos de plata, y a la de los Griegos por el vientre y los muslos de metal, y lo último a la de los Romanos por las piernas de hierro y los pies parte de hierro y parte de barro. Pero después de éstas dice el Profeta: “Levantara Dios del Cielo un Reino que eternamente no será disipado, y su Reino no será dado a otro pueblo; deshará todos los Reinos, y él durará eternamente”. Lo cual todo referimos a Cristo, y en su lugar a la Iglesia Romana, que trata de apacentar su rebano. Es también de advertir que el modo de la institución divina no se puede mudar; porque Cristo tomó sus Vicarios solo para ministros y repartidores, como el Apóstol escribe en la primera Carta a los Corintios: “Ténganos el hombre, dice, por ministros de Cristo, y repartidores de los misterios divinos”, porque solo Cristo fundó la Iglesia cuyo ministerio cometió a San Pedro y a los demás pastores, y no puede poner nadie otro fundamento, sino el que esta puesto, que es Cristo Jesús. De donde los sacros Doctores atribuyen a Cristo esta potestad, que no la tuvo San Pedro ni sus sucesores, a la cual potestad llaman excelente. Y así la de San Pedro y sus sucesores no se iguala a la de Cristo, sino que del todo es superior; porque pudo Cristo salvar el mundo sin el Bautismo, porque, como dice San Jerónimo sobre San Mateo: “A nadie sanó el cuerpo que no le sanase el alma”. Y esto fue sin Bautismo, lo cual no pudiera hacer San Pedro; y por esto, como se lee en los hechos de los Apóstoles, bautizó a Cornelio Centurión con toda su familia, aunque ya había venido el Espíritu Santo. Pudo también Cristo mudar la forma y la materia de los sacramentos, lo cual no pudo S. Pedro, ni sus sucesores. Esto baste haber dicho al presente, dejando a los Sabios las cosas que se podrían decir más sutiles y más altas; siendo la conclusión de este capítulo que los Vicarios de Cristo, pastores de la Iglesia, deben ser preferidos a todos por las causas dichas.
CAPÍTULO XI
Aquí declara el Santo Doctor en que consiste el dominio real, y en que se diferencia del político, y como se distingue de diversas maneras, según diversas razones.
Ahora se ha de tratar del dominio real, en que habemos de ir con distinción conforme a diversas regiones, y según les fue variamente dado por diferentes hombres.
Y lo primero en la sagrada Escritura las leyes del dominio real se ponen de una manera en el Deuteronomio por Moisés, y de otra por Samuel Profeta, en el primer libro de los Reyes, pero el uno y el otro por diferente camino en persona de Dios ordenan el Rey a la utilidad de sus súbditos, lo cual es propio de los Reyes, como muestra el Filósofo en el octavo de las Éticas. Dice pues Moisés: “Cuando el Rey fuere levantado, no añadirá caballos, ni volverá el pueblo a Egipto ensoberbecido con el número de su caballería; no tendrá muchas mujeres que atraigan a sí su alma, ni inmenso peso de oro y plata”, lo cual como se haya de entender, lo habemos declarado en este libro. “Hará, dice, escribir para sí el Deuteronomio de la ley, y le tendrá consigo, y le leerá todos los días de su vida, para que aprenda a temer al Señor Dios suyo, y a guardar sus palabras y ceremonias”, y también para que pueda encaminar su pueblo, conforme a la ley divina. Por lo cual el Rey Salomón en el principio de su reinado pidió a Dios esta sabiduría, para encaminar su gobierno en utilidad de sus súbditos, como se escribe en el 3 libro de los Reyes. Añade también Moisés en el mismo libro: “Ni se levante su corazón demasiadamente sobre sus hermanos, ni decline a la siniestra, ni a la diestra parte, para que reine largo tiempo él y sus hijos en Israel”. Pero en el primero de los Reyes se ponen las leyes del reinar más para utilidad del Rey, como arriba dijimos en el segundo libro de este tratado, adonde se ponen palabras que en todo pertenecen al estado servil; y con todo eso Samuel, siendo las leyes que refiere totalmente despóticas, dice que son Reales. El Filósofo en el octavo de las Éticas concuerda más con las primeras leyes, porque en este libro señala tres cosas en el Rey, conviene a saber, que es legítimo aquello que atiende principalmente al bien de sus vasallos, que hallamos que es suficiente por sí, y que es más rico que todos, para que no agrave los súbditos. Ítem, aquel es Rey que tiene cuidado de sus vasallos para que procedan bien, como el pastor le tiene de las ovejas. De todo lo cual se conoce que, según este modo de gobierno, el despótico es muy diferente del real, según parece que lo siente el mismo Filósofo en el primero de los Políticos. Además de que el Reino no se hizo por causa del Rey, sino el Rey por causa del Reino, porque Dios quiso que hubiese Reyes que gobernasen y rigiesen los Reinos, y conservasen a cada uno su derecho, y éste es el fin del gobierno; porque si se enderezan a otra cosa, convirtiendo el provecho en sí mismos, no son Reyes, sino Tiranos, contra los cuales dice el Señor por Ezequiel: “¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a si mismos! ¿Por ventura los pastores no apacientan los rebaños? Os bebíais la leche, y os vestíais de la lana, y el animal que estaba grueso, le matabas, y no apacentabais mi rebaño; el que estaba flaco no le reforzasteis; el enfermo no le curasteis; el que tenia algún miembro quebrado, no le consolidasteis; el que andaba apartado, no le redujisteis; y el que se perdía, no le buscabais, sino que con austeridad y con potencia los mandabais”. En las cuales palabras se nos muestra bastantemente la forma del gobierno, reprendiendo lo contrario.
Además de esto el Reino se compone de hombres, como una casa de las paredes, y un cuerpo humano de miembros, como el Filósofo dice en el tercer libro de los Políticos. Y así el fin a que ha de atender el Rey, es a que por Él se conserven los hombres, para que el gobierno tenga prosperidad: y de aquí es, que el bien común de cualquiera señorío tiene participación de la bondad divina, por lo cual el bien común dice el Filósofo en el primero de las Éticas que es lo que todas las cosas apetecen, y que es bien divino, para que así como Dios, que es Rey de Reyes y Señor de Señores, en cuya virtud los Príncipes mandan, como ya habemos dicho, nos rige y gobierna, no por su provecho sino por nuestra salud, también lo hagan de esta manera los Reyes y los demás que son Señores en el mundo. Mas porque ninguno jamás sirvió a su propia costa, y por cierto derecho de naturaleza cada uno debe tener paga de su trabajo, como prueba el Apóstol en la primera Epístola a los Corintios, de aquí viene que a los Príncipes les paguen sus súbditos tributos y rentas de cada año. Por lo cual, como el Apóstol escribiendo a los Romanos probase que todos los dominios eran dados por la mano de Dios, últimamente persuade que se les ha de dar retribución por su trabajo: “por tanto, dice, les pagáis tributos, porque son ministros de Dios, que le sirven en esto”. Y San Agustín en el tratado de las palabras del Señor, sobre este lugar de San Pablo prueba lo mismo. Y así se debe concluir que el Rey legítimo, según la forma dada en el Deuteronomio, debe regir y gobernar de la manera que se ha dicho. Lo cual también nos amonestan los ejemplos, porque a todos los que hicieron lo contrario les sucedió mal. Lo primero a los Reyes Romanos, que por su soberbia y por las violencias que hicieron fueron echados del Reino, como Tarquino el Soberbio con su hijo; y también Acab y Jezabel su mujer perecieron malamente por la violencia de Naboth sobre su viña, como se escribe en el quinto libro de los Reyes, adonde se dice que los perros en la dicha viña lamieron la sangre de sus cuerpos muertos. Pero no lo hizo así el Rey David, según se escribe en el segundo libro de los Reyes, porque, como quisiese levantar altar a Dios, que estaba muy ofendido por la fastuosa numeración del pueblo, compró un pedazo de tierra a Hareuma Jebuseo, y aunque él se la daba de gracia no la quiso aceptar, y le dio por ella, como se escribe en el Paralipómenos, seiscientos siclos de oro de justísimo peso. En lo cual se nos enseña que los Príncipes se deben contentar con sus rentas, y que no pueden agraviar a sus súbditos en sus bienes y haciendas, si no es en dos casos: conviene a saber, por razón de delito y por razón del bien común de su Reino.
En el primer caso puede privar a los suyos de sus gajes por la ingratitud, y a los otros de sus haciendas, a título de hacer justicia, por lo cual fueron constituidos los dominios, como dijimos arriba. Y en los Proverbios se dice que con la justicia se hace firme el trono del Rey. De adonde es que la ley divina manda apedrear los transgresores de los divinos preceptos, y atormentarlos con diversas penas. Lo cual parece que es cosa conveniente, si atendemos a cualquier cosa criada, y principalmente al cuerpo humano, pues por conservar la parte más noble nos quitamos la que lo es menos; porque cortamos una mano por conservar el corazón o el cerebro, en que consiste principalmente la vida del hombre. Lo cual aprueba también la ley Evangélica: “Si un ojo tuyo, dice, o una mano, o un pie lo escandaliza (lo cual entiende San Agustín de los grados de los hombres) quítalo, y apártalo de ti; porque mejor es débil o cojo entrar en la vida eterna, que teniendo dos ojos o dos manos, ser arrojado en el fuego”.
Y también podrá pedir el Rey estos tributos por el bien de la República, como sería la defensa del Reino, o por otra cualquiera causa perteneciente con razón al bien común de su dominio. Y la causa es clara, porque supuesto que vivir los hombres en compañía es natural, como se ha probado, todo lo que fuere necesario a la común conservación de esta vivienda será de derecho natural, cual es en este caso. Y así supuesto el legítimo dominio Real, puede el Rey pedir a sus súbditos lo que se requiere para su bien de ellos. Además de esto, el arte imita la naturaleza en cuanto puede, como enseña el Filósofo en el segundo de los Físicos; y la naturaleza no falta en las cosas necesarias, luego tampoco el arte a de faltar; y entre todas las artes la de bien vivir es la mejor y más grande, como ya dijimos, y prueba Tulio en las cuestiones Tusculanas, por cuanto las demás artes se enderezan a ésta. Y así en las necesidades del Reino que pertenecen a la conservación de esta común vivienda de los hombres, el Rey, que es el artífice y arquitecto de ella, no debe faltar sino suplir todos sus defectos, juntamente con la misma comunidad. Y así se debe concluir que en este caso se deben imponer legítimamente exacciones, tallas, rentas o tributos, de tal manera que no sean mayores de lo que fuere la necesidad. De donde San Agustín en el tratado de las palabras del Señor, exponiendo aquello de San Mateo: “Dad lo que es de César a César”, dice luego: “El precepto de César se ha de cumplir, y lo que el manda se ha de tolerar”. Y después, exponiendo las palabras de San Juan Bautista, que dijo a los soldados: “No tratéis mal a nadie, ni calumniéis, sino contentaos con vuestros estipendios”, dice: “Esto se puede entender de los soldados, de todos los Pretores, y de todos los que gobiernan, porque cualquiera que lleva gajes públicos, si pide más de lo que le toca, por la sentencia de San Juan es condenado como calumniador y hombre que trata mal a los súbditos”. Por estos dos caminos, pues, se puede reducir el principado despótico al real, pero principalmente cuando es por razón de delito, porque por el fue introducida la servidumbre, como dice San Agustín en el libro dieciocho de la Ciudad de Dios; porque aunque en el primer estado hubiese dominio, no fue con todo eso sino por oficio de mirar por los súbditos y encaminarlos, y no por deseo de señorear, ni con intención de sujetarlos a servidumbre, como hemos dicho; y las leyes del dominio real que dio Samuel Profeta al pueblo de Israel fueron dadas en esta consideración, que el dicho pueblo por su ingratitud, porque era de dura cerviz, las merecía oír tales. Porque algunas veces, cuando el pueblo no conoce el beneficio del buen gobierno, conviene que experimente tiranías; porque estas también son instrumento de la divina justicia. Por lo cual algunas islas, como cuentan las historias, siempre con gobernadas por Tiranos, por la malicia del pueblo, que no puede ser regido de otra manera sino con vara de hierro. En estas tales regiones, pues, es necesario a los Reyes el principado despótico, no conforme a la naturaleza del gobierno real, sino por los merecimientos y pertinacia de los súbditos. Y esta es la razón que da San Agustín en el ya dicho libro, y también el Filósofo en el tercero de los Políticos, donde distingue las diferencias del reinar, y muestra que entre algunas naciones bárbaras el gobierno real es totalmente despótico porque de otra manera no podrían ser gobernadas; el cual modo de gobierno principalmente dura en Grecia y entre los Persas, a lo menos en cuanto al gobierno popular. Esto, pues, sea dicho por ahora del dominio real, y por que camino se reduce a él el dominio y principado despótico, y por qué razón se divide del Político, lo cual se mostrara aún más claro en el capítulo del dominio imperial.
CAPÍTULO XII
Aquí trata el Santo Doctor del dominio imperial, y de dónde tuvo este nombre; y de otros que usan los Emperadores, donde de camino se habla de las Monarquías, y del tiempo que duraron
Después de los dichos modos de dominio, parece que viene bien hablar del imperial, porque tiene un medio entre el político y el real, aunque universalmente. Y así en cuanto a esto se debería anteponer al real, aunque hay otra causa por donde se le pospone, de la cual aquí ahora no tratamos; acerca de lo cual se han de decir tres cosas.
La una el nombre, el cual trae origen del supremo dominio fastuoso y soberbiamente, como que este sea el Señor de todos; de donde aquel soberbio Nicanor, siendo rogado de los judíos para que les diese el día de la santificación, que es el sábado, preguntándoles con arrogancia si era poderoso en el Cielo el que había mandado que se guardase aquel día, respondiendo ellos que era Señor poderoso en el Cielo, dijo él: “Y yo que tome las armas con imperio, soy poderoso en la tierra”. Por lo cual después por orden divina fue torpemente preso en la batalla por Judas Macabeo, como se escribe en el libro de los Macabeos, y cortándole la cabeza y la mano derecha, que había levantado contra el Templo, acabo la vida con mala muerte. Otros ciertos nombres que tiene este señorío se tomaron de algunos excelentes varones que hubo en él, por alguna prerrogativas que en ellos se halló, como César de Julio César, según dicen las historias, el cual se llamó así, conforme escribe San Isidoro en el libro noveno de las Etimologías, porque fue sacado del vientre de su madre rompiéndosele después de ella muerta, o porque nació con mucho cabello; y por él los Emperadores siguientes se llamaron así: y Octaviano se llamó el primero Augusto, por haber aumentado la República.
Lo segundo de que aquí tratamos es de la sucesión en este modo de dominio, porque arriba dijimos de las cuatro Monarquías, y podemos añadir la quinta, de que diremos luego. La primera fue de los Asirios, cuya cabeza fue Nino, en tiempo del Patriarca Abraham, la cual duró mil doscientos y cuarenta años, como escribe San Agustín en el libro cuarto de la Ciudad de Dios, hasta Sardanápalo, que por sus obras mujeriles perdió el Principado; y Arbaces le pasó a los Medos y Persas, en el tiempo que gobernaba Procax, Capitán de los Romanos, como escribe el mismo Doctor en el libro dieciocho del ya alegado de la Ciudad de Dios. Esta segunda Monarquía de los Medos duró doscientos treinta y tres años, hasta el tiempo de Alejandro, cuando Darío fue vencido por él, como escribe el mismo Doctor en el duodécimo libro de la Ciudad de Dios. Pero la Monarquía de los Griegos comenzó en Alejandro, y en él se acabó; del cual se dice en el libro de los Macabeos que reino Alejandro doce años, y que murió; pero, aunque los Griegos no tenían el dominio universal, había durado entre ellos el reino de los Mace-dones hasta la muerte de Alejandro, de quien en el dicho libro se hace mención por espacio de cuatrocientos ochenta y cinco años, como San Agustín escribe en el mismo libro duodécimo de la Ciudad de Dios; y en este Reino Alejandro comenzó su dominio, sucediendo a su padre, como lo dicen las historias.
Después de esto comenzó a crecer la Monarquía del Principado Romano; porque en tiempo de Judas Macabeo, que casi inmediatamente floreció después de la muerte de Alejandro, los cuales concurrieron con Tolomeo Lago, en el libro de los Macabeos se escriben muchas cosas de los Romanos, de que consta que su potencia estaba extendida por todas las partes del mundo, siendo gobernados por Cónsules; porque en el tiempo que tenían Reyes las provincias vecinas los ponían en cuidado, y aun entonces tenían poca potencia; y duro el Consulado, o por mejor decir la Monarquía, hasta el tiempo de Julio César, que usurpó el primero el Imperio; pero vivió después poco, porque fue muerto por los Senadores, por haber usado mal del dominio. Después de él sucedió Octaviano, hijo de su hermana, que habiendo tomado venganza de los que mataron a Julio César, y muerto a Antonio, que tenía el señorío de Oriente, vino él a tener sólo la Monarquía de los Romanos, y por su modestia tuvo largo tiempo el Principado, y en el año cuarenta y dos de su gobierno, cumplidas las setenta y seis semanas, según David, y acabándose el dominio del Reino y Sacerdocio en Judea, nació Cristo, que fue verdadero Rey y Sacerdote, y verdadero Monarca; por lo cual después de su resurrección, apareciendo a sus Discípulos, les dijo: “Se me ha dada toda potestad en el cielo en la tierra”; lo cual se ha de referir a la humanidad, según San Agustín y San Jerónimo, porque en cuanto a la divinidad no hay duda de que siempre hubiese tenido esta potestad.
CAPÍTULO XIII
Aquí trata el Santo Doctor de la Monarquía de Cristo, como es mayor que las otras por tres cosas; y de Octaviano Augusto, como estuvo en lugar de Cristo.
Y esta quinta Monarquía, que sucedió a la Romana, en realidad de verdad es excelente sobre todas, por tres cosas: lo primero por la cantidad de los años, pues ha durado más, y dura y durará hasta la renovación del mundo, como parece en la visión de Daniel, según ya queda dicho, y ahora se declarara más; lo segundo, se muestra su excelencia en la utilidad del dominio, porque “en toda la tierra se oyó su sonido y sus palabras en los fines del orbe de la tierra”; porque no hay parte ni rincón en el mundo donde no se adore el nombre de Cristo, porque todas las cosas le sujeto el Padre debajo de sus pies, como dijo el Apóstol en el fin de la primera carta a los Corintios; y en el principio del libro del Profeta Malaquías se habla de este dominio: “Desde donde sale el Sol, dice, hasta el ocaso, es grande mi nombre entre las gentes, y en todo lugar se sacrifica y ofrece a mi nombre ofrenda limpia, porque mi nombre es grande entre las gentes, dice el Señor de los ejércitos”. En las cuales palabras se muestra basta-mente cómo el dominio de Cristo se ordena a la salud del alma y a los bienes espirituales, como ya mostramos, aunque no excluye los temporales, con que se enderecen a los espirituales. De donde es, que aunque Cristo fue adorado de los Magos, y le cantaron gloria los Ángeles, con todo eso quiso estar en lugar humilde, y envuelto en pobres paños, por el cual camino los hombres se atraen mejor a las obras de virtud que con la fuerza de las armas, y esto era lo que procuraba siempre. Y aunque muchas veces usase de su potencia, como verdadero Señor, humildemente vivió.
Y finalmente hizo su sustituto a Augusto César para que en su nacimiento se describiese todo el orbe, como San Lucas escribe, y en esta descripción se pagaba un censo o tributo, como cuentan las historias, en reconocimiento de debida servidumbre, no sin misterio, pues era nacido aquél que era verdadero Señor y Monarca del mundo, cuyas veces tenía Augusto, aunque él no lo entendía, sino por orden de Dios, de la manera que Isaías profetizo. Y así con este instinto, entonces mandó que ninguno del pueblo le llamase Señor. Y el tener Augusto las veces de la Monarquía de Cristo fue por espacio de catorce años, teniendo sujeto todo el orbe de la tierra; porque, como se escribe en los hechos de los Príncipes de los Romanos, tuvo el Principado César Augusto cincuenta y seis años y seis meses; y también Tiberio, que le sucedió, quiso poner a Cristo como a Señor verdadero entre los Dioses, aunque se lo impidió el soberbio y fastuoso senado, que no podía sufrir ningún señorío.
Lo tercero, también se muestra la excelencia de la Monarquía de Cristo sobre las otras cuatro que fueron antes, por la dignidad del que domina, pues es Dios y hombre; según la cual consideración la humana naturaleza en Cristo participa de infinita virtud, y por ella es de mayor fortaleza y virtud sobre la fortaleza y virtud humana; la cual describe Isaías, cuanto al poder temporal de Cristo: “Un pequeñuelo, dice, nos ha nacido, y un hijo nos ha sido dado, y ha sido puesto el Principado sobre sus hombros, y se llamará admirable, consejero, Dios fuerte, padre del siglo venidero, Príncipe de la paz; se multiplicará su imperio, y la paz no tendrá fin”. En las cuales palabras se tocan todas las cosas que se requieren para un verdadero Príncipe, y aun antes pasa las rayas de todos los Señores, como declararemos en el siguiente capítulo, y verá quien reparare en ello. Este Principado o Señorío, pues, es mayor que todos, los aniquila y deshace, porque todos los Reinos le están sujetos; lo cual dijo también el mismo Profeta: “Vivo yo, dice el Señor, porque ante mí se doblarán todas las rodillas”. Y el Apóstol Santiago a los Filipenses: “Por el nombre de Jesús se doblan todas las rodillas de los celestiales, terrenos e infernales”.
Y de esta Monarquía concluye Daniel, habiendo expuesto a Nabucodonosor la visión de su sueño, diciendo: “En aquellos días, esto es, después de las cuatro Monarquías de los Asirios, de los Persas y Medos, de los Griegos y de los Romanos, levantará el Señor del Cielo un Reino que no será disipado eternamente, y éste no se dará a otro pueblo y deshacerá todos estos Reinos, y el durará eternamente.” De la cual eternidad es clara la razón, porque este Principado se junta con el eterno, por ser el Señor de el Dios y hombre.
Y así está cumplido el punto de donde se comenzó, hasta volver a él, porque ya hemos probado que todos los dominios tienen origen de Dios; y habiendo pasado el Principado por las mudanzas de los hombres se termina en éste, como en cosa inmóvil, que no hay adelante más movimiento; y así se ha de concluir por lo dicho, que este dominio no se ha de acabar.
CAPÍTULO XIV
Se mueve una cuestión de la Monarquía de Cristo, del tiempo en que comenzó, y cómo y por qué estuvo oculta; de lo cual se dan dos causas, y en este capítulo se pone la una
Pero se ofrece una cuestión de este Principado del Señor, y es de cuándo comenzó, porque consta que hubo muchos Emperadores después, y él eligió una vida pobre y desechada, por lo cual se dice en el Evangelio de San Mateo: “Las raposas tienen cuevas, y las aves del Cielo nidos, y el hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza”. Y San Juan escribe que habiendo dado de comer a una multitud de gente se escondió porque los pueblos le querían arrebatar y hacerle Rey; y por el mismo S. Juan dice de él: “Mi Reino no es de este mundo”.
Pero a esta cuestión se responde que el Principado de Cristo comenzó en su nacimiento temporal, de lo cual fue argumento el anunciarle y servirle los ángeles aquel día; por lo cual escribe San Lucas, que el Ángel dijo a los pastores: “Os anuncio un grande regocijo, que hoy os ha nacido el Salvador del mundo”. Y también la adoración de los Magos, de la cual dice San Lucas: “Como naciese Jesús en Belén en el tiempo del Rey Herodes, notad que vinieron unos Magos de Oriente a Jerusalén, diciendo: ¿Dónde está el que ha nacido Rey de los Judíos, porque vimos su estrella en Oriente y venimos a adorarle?”. En las cuales cosas bastamente se conoce este Principado, y el tiempo en que comenzó, profetizado y anunciado por Isaías en las palabras de que arriba hicimos mención. Y se ha de advertir que en su infancia apareció aquella virtud y potencia suya, en que se mostraba la excelencia de su dominio más que en la edad crecida, para mostrar que su pobreza y humildad era voluntaria, y no forzosa, la cual él mismo quiso elegir, no usando de su potencia sino en algunos casos, por dos causas que bastan a este propósito. La una es para enseñar a los Príncipes la humildad, por la cual se hace cualquiera más agradable en el gobierno; porque la humildad granjea gracia, conforme aquella sentencia: “La gloria acogerá el espíritu humilde”; y también: “Perfecciona tus obras con mansedumbre, y serás amado sobre la gloria de los hombres”; y en su Canónica dice el bienaventurado Santiago: “Dios resiste a los soberbios; pero a los humildes dales gracia”; y es tanto más necesaria en un Príncipe, cuanto por la eminencia de su estado es mordido de los dientes de la envidia, que no sufre superior. Y considerando esto el Rey David, a Michol, soberbia hija del Rey, que le reprendía diciendo que delante de sus siervos se había descubierto para alabar a Dios y en reverencia de su Arca, que entonces era tenida por una cosa divina, le respondió, como aparece en el segundo libro de los Reyes: “Yo danzaré delante del Señor, que me eligió a mí, y no a tu padre, ni a toda tu casa, y me mandó que fuese guía del pueblo del Señor en Israel: danzaré y me haré más vil de lo que me hice, y seré humilde a mis ojos”. La cual regla quiso Cristo guardar en sí mismo, conforme a la voluntad de su Padre anunciada por el Profeta Zacarías, la cual fue cumplida en Cristo, como escribe el Evangelista San Mateo: “Mira, dice, como tu Rey viene a ti manso, sentado sobre un asna, y el pollino no domado”; por lo cual, si los Príncipes del mundo son alabados por la humildad y pobreza con que se han hecho agradables a sus súbditos y prosperando sus Señoríos, ¿por qué no alabaremos más la perfecta humildad de Cristo? Porque escribe Valerio Máximo en el libro segundo, y San Agustín en el de la Ciudad de Dios, de Codro, Rey de Atenas, que como los del Peloponeso tuviesen guerra con los Atenienses, habiendo consultado el Oráculo de Apolo, les fue dicho por cierto, que aquel ejército vencería, cuyo Rey fuese ofrecido a la muerte; y así el Rey Codro por la salud de su gente se metió en hábito de pobre entre sus enemigos para que le matasen; y siendo él muerto fueron puestos en huida sus enemigos; por lo cual los Atenienses afirmaban que Codro había sido trasladado entre los Dioses. Y Valerio Máximo dice de algunos Cónsules Romanos, como Lucio Valerio, que murió en tanta pobreza, que hubo menester que se pidiese entre sus amigos para enterrarle. Y también Fabricio, Cónsul, es sumamente alabado en esta parte; el cual, como cuenta Valerio Máximo y Vegecio en el libro cuarto de las cosas militares, y como ya arriba se dijo, siendo muy pobre, y ofreciéndole grande suma de oro los Embajadores de los Epirotas, no queriéndolo recibir les dijo: “Contad a los de Epiro, que he querido más mandar a los que poseen tales cosas, que poseerlas yo mismo”, ¿Qué más buscamos? Todos los grandes Príncipes y Monarcas sojuzgaron el mundo con la humildad, y con el fausto de la soberbia perdieron los señoríos, como lo habemos mostrado; por lo cual se escribe en el Eclesiástico: “Cuanto mayor eres, humíllate en todas tus cosas, y hallarás gracia delante de Dios”. Y más, que si la virtud de la humildad se alaba en cualquiera Príncipe, mucho más se debe alabar en nuestro Príncipe Cristo, como en quien estaba constituido en el supremo grado de virtud. Se concluye pues, que la humildad y pobreza de Cristo, aunque era legítimo Señor, fue conforme a razón por la causa referida.
CAPÍTULO XV
Se pone la segunda causa por qué nuestro Señor escogió vida desechada y oculta, aunque era verdadero Señor del mundo; y expónense unas palabras del Profeta Isaías dichas de Cristo.
Hay otra razón también por donde nuestro Señor escogió el estado humilde, aunque era Señor del mundo, que fue para mostrar la diferencia que hay entre su dominio y el de los otros Príncipes; porque aunque fue Señor del mundo temporalmente, con todo eso derechamente ordenó su Principado a la vida espiritual, según aquello que dijo por San Juan: “Yo vine para que tengan vida, y para que la tengan más abundantemente”. Con lo cual se verifica bien aquella palabra suya que dijimos: “Mi Reino no es de este mundo”. Por esto pues vivió humildemente, para atraer a sus fieles a las obras de virtud, para lo cual es el camino más a propósito la humildad y el menosprecio del mundo, como enseñaron los Estoicos y Cínicos, como refieren de ellos San Agustín y Valerio Máximo; y el mismo Séneca, que fue perfecto Estoico, muestra lo que vamos diciendo, en el libro de la providencia de Dios y de la brevedad de la vida, que escribió a Paulino.
Y por esta virtud se hace el hombre digno del reino eterno; que para que esto se consiguiese, fue la principal intención del dominio de Cristo nuestro Señor; de donde es que él mismo por San Lucas dice a sus discípulos, y a los demás que le seguían: “Vosotros sois los que permanecisteis conmigo en mis tentaciones, y yo os dispongo el Reino, como mi Padre me le dispuso a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino”. Así que quiso el Señor que los que le siguiesen vivan humildemente, por la causa ya referida, conforme a lo que dijo por San Mateo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Y a esto enderezó su dominio temporal; de donde es que la vida espiritual de los fieles se llama Reino de los cielos, porque en el vivir es diferente del Reino mundano, y porque se ordena al verdadero Reino eterno y no al dominio temporal solamente; y así, para que en los corazones de los hombres no cayese sospecha que hubiese tomado el Principado para dominar el mundo, que este fuese su fin, como los de los otros Señores, por esto eligió la vida desechada.
Con todo eso era verdadero Señor y Monarca, porque el Principado fue puesto sobre sus hombros, como lo dijo el Profeta: y esto fue muy al propósito anunciado antes en el lugar dicho de Isaías; porque lo primero le propone humilde y desechado, cuando dice: “Un pequeñuelo nos ha nacido”; y después añade a esta pequeñez el poder y excelencia de su dominio, por lo que en el estaba conjunto; “Y se nos ha dado un Hijo”, dice, porque la humanidad junta en Cristo a la divinidad del Hijo, era instrumento suyo de omnipotente virtud. Y por tanto el Profeta, en el mismo lugar, significa su inefable dominio con muchas cláusulas de singular potencia, que cada una se ha de entender distintamente y de por sí, según las expone San Jerónimo como aparece del orden de las mismas cláusulas.
Lo primero pues, cuanto a la seguridad y firmeza del señorío, dice: “Cuyo Principado está sobre sus hombros”, horque lo que se trae sobre ellos se trae con más firmeza; y así de esta manera se lleva cualquiera carga más seguramente.
Lo segundo, cuanto a la novedad del dominio, cuando dice: “Y se llamará admirable”, porque digno es de admiración que sea humilde y pobre, y que sea también Señor del mundo.
Lo tercero, cuanto a la claridad de la sabiduría, que es principalmente necesaria en los Príncipes, porque “¡Ay de la tierra, cuyo Rey es muchacho!”, como se escribe en el Eclesiástico, lo cual sucede cuando el Príncipe no es capaz para nada, sino que gobierna por el consejo de otros, o por mejor decir le gobiernan a él; por lo cual prosigue llamándole “Consejero”.
Lo cuarto, cuanto a la dignidad del señorío, porque es Dios; porque como en él hay un supuesto de una persona en que están unidas la naturaleza humana y la divina, el Principado de Cristo obra en virtud del divino supuesto, y por tanto dice luego “Fuerte”; porque el Principado de Cristo recibe la influencia de la virtud divina, que en él estaba personalmente; de la cual potencia usó Cristo en su pasión, cuando los Judíos, queriéndole matar, le buscaron, que en diciéndoles: “Yo soy”, luego cayeron en tierra, como escribe San Lucas. La cual dignidad excede los fines de la de sus sucesores; porque el Vicario de Cristo no es Dios; y por esto es mayor su potestad que la de su sucesor. Y así Cristo pudo hacer muchas cosas en el orden y gobierno de sus fieles, que no las pudo hacer el bienaventurado San Pedro, ni sus sucesores, como ya mostrarnos.
Y por lo que dice el Profeta que éste era pequeñuelo, añade la sexta condición singular de su Principado, que es la benignidad en el gobierno, porque es padre del siglo venidero; lo cual podemos referir a la plenitud de gracia con la cual los que están llenos de ella llevan fácilmente todo el yugo de la ley. Por la cual razón dice el Apóstol a los Gálatas: “Si sois guiados por el espíritu, no estáis debajo de la ley”. De donde es que estos tales no han menester vara de hierro, para ser gobernados; y esta es cosa singular del Principado de Cristo.
Lo séptimo es, que la tranquilidad del gobierno se saca de la misma razón, cuando dice Príncipe de la paz, que aunque esto no sea en el cuerno es en el alma. Esta ofrece viviendo a sus fieles Cristo, nuestro Rey y Príncipe, y nos la deja en su muerte; “Tendréis, dice, peligro en el mundo, y en mí tendréis paz”; lo cual también es cosa singular en su Principado.
En humildad, pues, y en pobreza fundó su dominio, y en adversidades, trabajos y necesidades, de la manera que la República Romana fue aumentada, no con fausto y pompas de soberbia, como refiere Salustio de sentencia de Catón, y Valerio Máximo lo prueba.
CAPÍTULO XVI
Aquí declara el Santo Doctor por ejemplos de los antiguos Romanos que su República se aumentó por este mismo camino; y después habla de Constantino.
Y por esto permitió nuestro Rey Cristo, Príncipe del mundo, que otros dominasen en su vida, y por algún tiempo después de su muerte, hasta que su Reino estuviese perfecto y ordenado en sus fieles con las obras virtuosas, y laureado con la propia sangre de ellos; porque si Marco Régulo por el celo de su patria fue muerto por los Cartagineses, si Marco Curio se arrojó en la abertura de la tierra por librar a su patria, si Bruto y Torcuato dieron la muerte a sus hijos por conservar la justicia y la disciplina militar, como cuentan las historias, por el buen celo de los cuales la República vino a hacerse grande, siendo antes pequeña; y si Seleuco, siendo Señor entre los Locros, a su hijo que había cometido un adulterio, como refiere Valerio Máximo en el libro 6, le sacó un ojo, y a sí mismo otro, para guardar justicia en el delito que el hijo había cometido, mostrándose con admirable equidad padre misericordioso y justo Legislador; ¿por qué no deben ser más alabados los Cristianos; que se exponen a pasiones y tormentos por el celo de la Fe y por el amor de Dios, y que procuran florecer en diversas virtudes para conseguir el Reino eterno, y para que por sus merecimientos se acreciente el Principado de Cristo?
De esto trata San Agustín casi en todo el libro de la Ciudad de Dios, muy sutil y difusamente, y para mostrarlo hizo el Santo aquel libro. Los cuales sucesos fueron después de la pasión de Cristo, hasta el tiempo del bienaventurado San Silvestre y del Emperador Constantino, en el cual espacio de tiempo infinita multitud de gente por medio de la muerte se dedicó y juntó a Cristo Señor suyo, siguiendo a su Príncipe y Capitán.
Los primeros fueron los guías, los Apóstoles y otros Discípulos de Cristo, y todos sus Vicarios y sucesores de San Pedro; lo cual fue por tiempo de trescientos cincuenta y siete años. Y sobre la sangre y cuerpos de tantos Mártires, y en los merecimientos de sus vidas, se fundó la Iglesia como sobre piedras vivas; inefable fundamento contra el cual, aunque se ensoberbezcan los vientos, las lluvias, u otras cualesquiera tempestades de diversas pasiones o de cualesquiera perturbaciones, no le podrán deshacer ni derribar; y cuando fue tiempo oportuno de que se manifestase al mundo sal Reino compuesto, la virtud de nuestro Príncipe Jesucristo solicitó al Príncipe del mundo Constantino, hiriéndole con enfermedad de lepra, y después curándole sobre todo poder humano; lo cual siendo conocido y experimentado por él, se allanó en el dominio al Vicario de Cristo, el bienaventurado San Silvestre, a quien esto de derecho se debía, por las causas y razones referidas. Y en esta acción de Constantino se juntó al Reino espiritual de Cristo el temporal, quedando el espiritual en su vigor; porque éste por sí debe ser buscado por los fieles de Cristo, y el temporal secundariamente, como cosa que sirve para el espiritual y de otra manera sería ir contra la intención de Cristo.
Entonces se cumplió lo que dice Isaías después de las cláusulas que explicamos: “Se multiplicará su Imperio, y la paz no tendrá fin”. Porque desde entonces se abrieron las Iglesias, y se comenzó a predicar el nombre de Cristo públicamente, lo cual antes no se podía hacer sin peligro de muerte. Y en el mismo año que Constantino fue curado de la lepra, y convertido a la fe, fueron bautizados en las partes comarcanas a Roma más de cien mil hombres, movidos de las virtudes y poder que había mostrado el dicho Vicario de Cristo. Pero se ha de advertir lo que dice el Profeta: “Y la paz no tendrá fin”, porque consta que después de la muerte de Constantino su hijo fue tocado de la herejía Arriana, y que perturbó la Iglesia, y en su tiempo fueron desterrados los solemnes Doctores de ella Hilario y Atanasio, Obispos Pictaviense y Alejandrino, Eusebio Vercelense, y otros muchos Doctores y Clérigos, y también la cabeza de la Iglesia, el Sumo Pontífice Liberio, vaciló en la verdad de la Fe, por la grande persecución de Constantino, como cuentan las historias; y después de él fue Juliano Apóstata, hermano de Galo y primo del mismo Constancio, y éste persiguió por segunda vez a los fieles, en cuyo tiempo padecieron San Juan y San Pablo, hermanos. Donde se verifica la palabra de Dios dicha por el Profeta Isaías, porque se ha de entender de la paz del alma, y no de la del cuerpo. Por lo cual el Señor, cuando en el Evangelio de San Juan ofrece paz a sus Discípulos, de esta paz habla: “mi paz os doy: no os la doy como el mundo os la da”; porque cierto es que aquellas palabras se dijeron a los Discípulos cuando estaba cerca de la pasión, y consta que entonces padecieron persecución. Por lo cual les fue dicho en el mismo tiempo: “Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros”. Esta paz, pues, los fieles escogidos de Cristo no la pueden perder si no quieren. Porque si los Estoicos dicen que los bienes del hombre (que así llaman a las virtudes) siempre están en él, y que no pueden ser quitados a los virtuosos no queriendo ellos, como de Dión Estoico refiere Aulo Gelío en el libro de las Noches Aticas, y San Agustín en el libro de la Ciudad de Dios; ¿por qué no diremos de las almas de los fieles que su paz no tendrá fin, pues están juntos al fin que vive sin fin?
CAPÍTULO XVII
Cómo los Emperadores de Constantinopla después de Constantino fueron obedientes y reverenciaron la Iglesia Romana; lo cual se prueba por cuatro Concilios, a que dichos Príncipes se sometieron.
Después de esto, siendo muerto Juliano en la guerra de los Persas, fue vuelta la paz a la Iglesia por Joviniano, su hermano, varón Católico, aunque reinó poco. Y es de notar que desde entonces hasta el tiempo de Carlo Magno se halla de los Emperadores que casi todos fueron obedientes, y reverenciaron la Iglesia Romana como que ella tuviese el Principado, sin tratar de que fuese respecto del dominio espiritual o del temporal, como lo define el Santo Concilio Niceno; por lo cual Gelasio Papa escribió al Emperador Anastasio, que el Emperador, como se lee en las historias, dependía del juicio del Papa, y no al contrarío. Y según refiere la historia Eclesiástica, se dice haber dicho lo mismo Valentiniano, que sucedió inmediatamente a Joviniano: “Ponednos, dice, tal persona en la silla Pontifical que nosotros que gobernamos el imperio, sinceramente humillemos la cabeza a él, y cuando como hombres pecáramos, recibamos necesariamente sus amonestaciones, como medicina de quien nos cura”.
Y porque esta materia es provechosa, para mostrar la reverencia que han de tener los Príncipes al Vicario de Cristo, trataremos aquí de los Emperadores, hasta los tiempos de Carlos, y más adelante desde los de Carlos hasta Otón Primero; en cuyo tiempo hubo mudanza en el imperio en tres cosas: lo primero en cuanto al modo de elegir; lo segundo, en cuanto al modo de suceder; y lo tercero, en cuanto a señalar el Papa al Emperador.
Y para que se eche de ver habemos de decir aquí algo de los sucesos de los Emperadores, desde el tiempo de Constantino, que fueron sujetos a la Iglesia, fuera de los ya dichos Tiranos; porque, como cuentan las historias, después que Constantino se allanó en el imperio al Vicario de Cristo se mudó con sus Sátrapas y Príncipes a la provincia de Tracia, donde comienza el Asia mayor y se acaba Europa, y allí asentó en una Ciudad que se llamaba Bizancio; la cual él hizo casi igual a Roma, y la llamó de su nombre, como cuentan las historias. En ésta, pues, estuvo la silla imperial hasta el tiempo de Carlos, en cuya persona, habiendo juntado Concilio el Papa Adriano, pasó el imperio de los Griegos a los Alemanes; en que aparece cómo los Emperadores de Constantinopla dependían de los Vicarios de Cristo, que son los sumos Pontífices, conforme a lo que escribió Gelasio Papa al Emperador Anastasio. Por lo cual su imperio en las cosas del gobierno de los fieles se ordena conforme a los mandatos del Sumo Pontífice, para que justamente se puedan llamar sus ejecutores y cooperantes de Dios, para gobernar el pueblo Cristiano. Lo cual se muestra: lo primero, por cuatro Emperadores, que reinaron en este medio tiempo, y fueron presentes a cuatro Concilios, los más solemnes y universales, aprobando sus estatutos, y sujetándose a ellos humildemente.
El primero fue el Niceno, en que se hallaron trescientos dieciocho Obispos, en el tiempo de Constantino; en el cual fue condenado Arrio, Presbítero Alejandrino, como cuentan las historias, el cual afirmaba que el Hijo de Dios era menor que el Padre; donde se dice del dicho Príncipe que hizo todos los gastos de aquel Concilio, como reconociendo por su señor al Vicario de Cristo, cuyas veces tenía todo el Concilio, porque el bienaventurado S. Silvestre estaba ausente de él por causa particular.
El segundo Concilio, pues, fue celebrado en Constantinopla, siendo Papa Ciriaco, y según algunos, Dámaso, estando presente Teodosio el más antiguo, como dicen las historias; y fue de doscientos cincuenta Obispos, en el cual fueron condenadas muchas herejías, pero principalmente la de Macedonio, Obispo de Constantinopla, que negaba ser el Espíritu Santo Dios consustancial con el Padre y con el Hijo. Y este Teodosio tuvo tan grande reverencia a la Iglesia que, como escribe Gelasio al Emperador Anastasio, no se atrevió a entrar en la Iglesia por habérselo prohibido S. Ambrosio, el cual le excomulgó porque había consentido en la muerte de mucha gente en Tesalonia, porque le habían muerto a su juez, como cuenta la historia Tripartita; todo lo cual llevó en paciencia el Católico Príncipe. Y finalmente, después de ser reprendido por el Santo durísimamente, hizo penitencia pública, antes que entrase públicamente en la Iglesia.
El tercer Concilio fue celebrado en Efeso, y hubo en él doscientos Obispos en tiempo de Teodosio el más moderno, hijo de Arcadio, y siendo Papa Celestino I, aunque no estuvo presente, sino en su lugar Cirilo, Obispo de Alejandría, por la confianza que se hacía de Teodosio; el cual fue de tanta honestidad, de tan maduro concejo, y tuvo tanta reverencia al culto divino, que se le permitió tener el imperio en muy tierna edad, según cuentan las historias. Este Concilio fue congregado contra Nestorio, Obispo de Constantinopla, que decía haber en Cristo dos personas y dos supuestos, por donde negaba la verdadera unión de las dos naturalezas.
El cuarto Concilio fue celebrado en Calcedonia, en que hubo seiscientos treinta Obispos en tiempo de León I, estando presente el Príncipe Marciano, del cual se dice en la séptima acción de este Concilio haber hablado de esta manera en reverencia de la Iglesia Romana: “Nosotros, dice, queremos estar presentes a este Santo Concilio a ejemplo del religiosísimo varón Constantino, para confirmar la Fe, y no para ostentación de nuestra potencia; para que hallada la verdad, no dure la discordia entre las gentes atraídas con malas doctrinas”. De donde colijo, que toda la intención de los Príncipes antiguamente se enderezaba a favorecer y aumentar la Fe, y la reverencia y honor de la Iglesia Romana. En este Concilio fue condenado Eutiques con Dióscoro, Obispo de Alejandría, los cuales, así como Nestorio decía que había en Cristo dos naturalezas y personas distintas, ellos decían que estaban mezcladas y confusas.
CAPÍTULO XVIII
De dos Concilios que se celebraron después de los dichos en tiempo de Justiniano y Constantino el más moderno; y por qué causa el Imperio fue trasladado de los Griegos a los Alemanes
Otros muchos Concilios hubo, aunque estos fueron los más principales desde el tiempo de Constantino hasta Carlos; en los cuales los Emperadores se mostraron sujetos y fieles a la Iglesia, y principalmente Justiniano, después del cuarto Concilio, en que se hallaron ciento veinte Obispos, presidiendo el Papa Julio.
Lo cual es manifiesto por leyes que hizo en favor del estado Eclesiástico, y por una carta que envió por todas las partes del mundo, habiéndose celebrado Concilio en Constantinopla; en la cual se sujeta a los institutos de la Iglesia, mandando a los pueblos que la obedezcan en todo; y refiriendo los estatutos de los cuatro Concilios dichos, y confirmándolos, se sujeta a las santas sanciones, o leyes e institutos Eclesiásticos, y principalmente en las materias de usuras y de matrimonio, cosas de que siempre se trata en la vida civil. Este Concilio fue celebrado en Constantinopla contra Teodoro y sus secuaces, los cuales decían que el Verbo divino era una cosa, y Cristo otra, negando también a la bienaventurada Virgen María.
El sexto Concilio también fue celebrado en la dicha Real Ciudad, procurándolo Constantino el más moderno; en el cual se hallaron ciento cincuenta Obispos a ruego de Agato, contra Macario, Obispo de Antioquia, y sus compañeros, que decían que en Cristo no había más que una operación y una voluntad, según la perfidia de Eutiques; en el cual Concilio el dicho Constantino, Príncipe Cristiano que fue ciento cincuenta años después de este hereje, favoreció mucho la Fe destruyendo los herejes Monotelitas, a los cuales habían amparado su padre y su abuelo; y restauró las Iglesias que ellos habían destruido.
Estas cosas hemos dicho para mostrar que los Emperadores de Constantinopla fueron protectores y propugnadores de la Iglesia Romana hasta los tiempos de Carlo Magno. Entonces, pues, viéndose la Iglesia afligida de los Longobardos, y no dándole ayuda el imperio de Constantinopla, porque por ventura no podía, siendo disminuida su potestad, llamó el Pontífice Romano en su ayuda al Rey de los Franceses contra los dichos bárbaros. Lo primero el Papa Estéfano, sucesor de Zacarías, llamó a Pipino contra Austulfo Rey de los Longobardos, y después Adriano y León llamaron a Carlo Margo contra Desiderio, hijo de Austulfo; el cual, deshecho y vencido con su gente, en agradecimiento de tan grande beneficio Adriano, habiendo celebrado en Roma Concilio de ciento cincuenta Obispos y venerables Abades, pasó el imperio de los Griegos a los Alemanes en la persona del magnífico Príncipe Carlos; en la cual acción se muestra bastantemente cómo la potestad del imperio depende del juicio del Papa. Porque mientras los Príncipes de Constantinopla defendieron la Iglesia Romana, como lo hizo Justiniano por medio de Belisario contra los Godos, y Mauricio contra los Longobardos, la Iglesia amparó los dichos Príncipes. Pero después que le faltaron, como en tiempo de Miguel, contemporáneo de Carlos, proveyó de otro Príncipe para su protección.
CAPÍTULO XIX
Cómo se mudó el modo del Imperio desde el tiempo de Carlo Magno hasta el de Otón Tercero; y la causa de que el Papa tenga plenitud de potestad.
Entonces se mudó el modo del imperio, porque en Constantinopla, hasta el tiempo de Carlos, se guardaba el modo de elegir antiguo; porque algunas veces elegían de aquel mismo linaje, y otras de otra parte.
Unas hacía la elección el Príncipe que era, y otras la hacía el ejército; pero, hecho Carlos Emperador, cesó la elección, y lo eran por sucesión de su linaje; de manera que siempre el primogénito era Emperador, lo cual duró hasta la séptima generación. Pero, faltando en tiempo de Ludovico, que no era del linaje de Carlos, y siendo molestada la Iglesia de algunos malos Romanos, fue llamado Otón, Duque de Sajonia, en socorro de la Iglesia, y siendo librada por él de las vejaciones de los Longobardos e impíos Romanos, y de Berengario, Tirano, el dicho Otón fue coronado por Emperador de mano de León Séptimo, de nación Alemán, en cuya casa estuvo el imperio por tres generaciones, y todos se llamaron otones.
Entonces, como dicen las historias, Gregorio Quinto, que también fue Alemán, ordenó la elección del imperio, para que la hiciesen siete Príncipes de Alemania, la cual dura hasta estos tiempos, que ha sido por espacio de doscientos años o cerca de ellos, y durará el tiempo que la Iglesia Romana, que tiene el supremo grado en el Principado, juzgare que importa así a los fieles de Cristo; en el cual caso, como parece por las palabras del Señor arriba alegadas que es por el bien del estado universal de la Iglesia, se ve que el Vicario de Cristo tiene plena potestad, a quien compete la dicha provisión por tres razones: lo primero por lo divino, porque así se ve haberlo querido Cristo por las palabras que hemos dicho, y como también abajo se mostrará; lo segundo por derecho natural, porque supuesto que tiene el primer lugar en el Principado es necesario el llamarle cabeza, de quien en este cuerpo místico procede todo movimiento y todo el sentido; por lo cual tenemos que toda la in-fluencia del gobierno depende de él.
Además de esto, en cualquier comunidad se ha de atender a conservarla, porque esto lo requiere la naturaleza humana, que no puede pasar si no en compañía, y no puede conservarse si no es por uno que primero sea guía de todos los grados de los hombres; y esto es en sus obras primera Jerarquía, que es Cristo, por lo cual es la primera guía el primero que mira por todos, y el primer movedor; y sus veces tiene el Sumo Pontífice.
Y también ya dijimos en el libro primero que el Príncipe es en un Reino, como Dios en todo el mundo, y como el alma en el cuerpo. Consta pues, que todas las operaciones de la naturaleza dependen de Dios, como de quien las gobierna, mueve y conserva, porque por él nos movemos y tenemos ser, como se dice en los hechos de los Apóstoles, y el Profeta Isaías: “Todas nuestras obras obraste en nosotros, Señor”. Y semejantemente se puede decir del alma, porque todas las acciones de la naturaleza en el cuerpo dependen del alma, por tres géneros de causas. Y vemos que Dios en la gobernación y dirección del mundo permite la corrupción de una cosa que tiene ser particular, por la conservación del todo. Y así lo hace la naturaleza, por la conservación del cuerpo humano, por virtud del alma. Lo mismo pues acontece al Príncipe de todo un Reino, que para la conservación del gobierno en los súbditos se amplía su potestad, imponiendo tributos, destruyendo Ciudades y castillos, por conservar todo el Reino. Mucho más, pues, le compete esto al sumo y supremo Príncipe, que es el Papa, para el bien de toda la Cristiandad. Por lo cual el primer Concilio Niceno, estando presente Constantino, le atribuye al Papa la primacía en los primeros Cánones que instituye. Y también los derechos, siguiendo en esto singularmente el dicho Concilio, ensalzan este Principado diciendo: que la sentencia del Papa se debe tener en tanto, como si fuese salida de la boca de Dios. Y Carlo Magno en ellos confiesa lo mismo. Más: que no se puede apelar de su sentencia: y él es el que no tiene superior y el que tiene las veces de Dios en la tierra.
Y esta es la tercera razón por donde se muestra y concluye que el Sumo Pontífice en el caso dicho tiene plenitud de potestad; así que en dos casos se amplía, como se ha mostrado arriba, o por razón de algún delito, o por el bien de toda la Fe. Lo cual nos muestra elegantemente el Profeta Jeremías, a quien en persona del Vicario de Cristo dice Dios: “Advierte, que te constituí sobre todas las gentes y Reinos, para que arranques y destruyas, eches a perder y disipes”, lo cual referimos al hacerse por causa de delitos; donde en los dichos cuatro vocablos entendemos diversos géneros de penas que puede dar a cualquiera fiel o súbdito, como se significa cuando dice, “sobre las gentes”, y a cualquier señor, cuando dice, “sobre los Reinos”. El segundo caso en que se amplía la potestad del Papa le entendemos cuando después dice: “Y para que edifiques y plantes”; lo cual pertenece a la providencia del Vicario de Cristo por el bien de la Iglesia universal.
CAPÍTULO XX
Comparación del dominio imperial con el real y político, y de qué manera tienen coincidencias entre ellos
Después de haber tratado de estas cosas, veremos en lo que se compara el dominio imperial al real y al político, porque mantienen coincidencias entre ellos, como de lo que ya dijimos se colige. Con el político se compara en tres cosas. La primera, considerada la elección; porque así como los Cónsules y Dictadores Romanos, que gobernaban el pueblo políticamente, eran levantados por vía de la elección o del pueblo o del Senado, así acontecía también a los Emperadores que los levantaba el ejército Romano, como a Vespasiano en Palestina, y de la misma manera Focas en una sedición de los soldados fue levantado contra Mauricio Emperador, a quien después mató. Y otras veces eran elegidos los Emperadores por los Senadores, como Trajano y Diocleciano, aunque el uno era de España y el otro de Dalmacia; y también Helio pertinaz fue elegido por los Senadores.
Y también no siempre los elegían de grande y noble linaje, sino de oscuro, como se vio en los dichos Césares Vespasiano y Diocleciano, según las historias cuentan; y lo mismo fue de los Cónsules y Dictadores Romanos, como arriba dijimos de Lucio Valerio y de Fabricio. Y San Agustín refiere en el libro quinto de la Ciudad de Dios de Quinto Cincinato, cómo teniendo sólo cuatro pares de bueyes para labrar la tierra fue hecho dictador mayor.
Y también tiene otra comparación y semejanza el dominio imperial con el político, y es que señorío no pasaba a sus descendientes, sino que luego que aquél moría expiraba el dominio; de lo cual tenemos dos ejemplos, aun en los tiempos modernos; porque fueron elegidos Emperadores Rodulfo, Conde de Ausburgo, y muerto él fue levantado Adolfo, Conde de Anaxon, al cual mató Alberto, hijo de Rodulfo, y de la misma manera fue hecho Emperador. Lo cual es cosa general: si no es que por la bondad de los hijos, o el amor que se tuvo a los padres, los elegían, como se vid en Arcadio y Honorio, hilos de Teodosio el más antiguo, y en Teodosio el más moderno, hijo de Honorio, porque por haber gobernado bien la República y Corte Imperial merecieron que en su linaje perseverase algún tiempo el dominio.
Esto también sucedió en los Romanos, porque aunque cada año se elegían Cónsules, a lo menos en cuanto al Magistrado, como aparece en el primer libro de los Macabeos; con todo eso muchas veces acontecía que pasaba a los descendientes, como aconteció en Fabio Máximo, de quien escribe Valerio Máximo que viendo que había sido Cónsul cinco veces, y su padre, abuelo y bisabuelo y otros mayores suyos otras muchas veces, advirtió al pueblo cuán constantemente pudo que por algún tiempo no ocupasen en estos oficios el linaje de los Fabios, para que no se continuase en una familia sola aquel grande Imperio. Aconteció también algunas veces que se usurpó el dominio por violencia, y no por merecimientos de virtudes, como se dice de Cayo Calígula, malvadísimo hombre, que fue sucesor de Tiberio, en cuyo tiempo padeció Cristo; y lo mismo se verifica de Nerón. Y esto mismo sucedió entre los Cónsules Romanos que por su impiedad, como cuentan las historias, usurparon el dominio, como fueron Sila y Mario, que revolvieron aquella ciudad y el mundo. En las cuales cosas parece la conveniencia del dominio Imperial con el Político.
Y también se muestra la coincidencia que tiene con el Real en tres cosas: la primera, en el modo de gobernar, porque los Emperadores tienen jurisdicción como los Reyes, y por derecho natural se les pagan tributo y servicios corono a ellos, los cuales no pueden aumentar sin pecar mortalmente, como ya dijimos sobre el derecho que en esto tienen los Reyes: todo lo cual no pueden los Cónsules ni los demás gobernadores de ciudades en Italia, que gobiernan con gobierno Político, como se ha dicho. Porque los tributos y servicios se ponen en el erario público: y refiere Salustio cómo reprendió en esto Catón en su plática a los Cónsules Romanos de su tiempo, porque habiendo alabado los antiguos de que habían tenido industria en sus casas, y fuera justo imperio, ánimos libres en los consejos, no dados a lujuria y maldades, prosigue diciendo: “en lugar de lo cual entre nosotros está la lujuria y la avaricia, necesidad en las cosas públicas, y opulencia en las particulares”. La segunda conveniencia entre los Emperadores y los Reyes es la corona, porque se coronan como ellos, y tienen dos coronas, que entrambas las reciben los que son elegidos Emperadores: la una en un lugar, que se llama Monza, junto a Milán, donde están sepultados los Reyes de los Longobardos.
Y esta corona es de hierro, y se dice que es en señal de que el primer Emperador de los Alemanes, Carlo Magno, domó las cervices de los Reyes de los Longobardos y su gente. La segunda corona es de oro, y la recibe en Roma de mano del Pontífice, y entonces le da a besar el pie en señal de su sujeción y fidelidad para con la Iglesia Romana. Esta alteza de dignidad no habla entre los que presidían entre los Romanos porque, como se escribe en el libro de los Macabeos, ninguno traía diadema, ni se vestía de púrpura: y lo uno y lo otro hacen los Emperadores y los Reyes.
La tercera conveniencia, pues, que tienen los Emperadores con los Reyes, y en que se diferencian de los Cónsules y Gobernadores políticos, es la institución de las leyes, y la potestad de arbitrar que tienen sobre los súbditos en los casos que hemos dicho, por lo cual el dominio de los Emperadores y Reyes se llama Majestad, lo cual no pertenece a los Cónsules y Gobernadores políticos, porque no les es dado proceder sino según la forma de las leyes que se les dan, o por el arbitro del pueblo; fuera de lo cual no se pueden extender a juzgar.
Así que habemos, mostrado las calidades del gobierno Imperial, según la diversidad de los tiempos, y cómo se compara con el gobierno Político y con el Real,
CAPITULO XXI
Del dominio de los Príncipes que están sujetos a los Emperadores o a los Reyes, y de diversos nombres de ellas, y lo que significan.
Acabado lo que toca al gobierno Real y al Imperial, diremos ahora de algunos dominios anexos a estos, como son Príncipes, Condes y Duques, Marqueses, Barones, Castellanos, y de otros nombres de dignidad, conforme a las costumbres de las provincias, porque hay otros nombres de dignidades que son sujetos al Rey, de que la sagrada Escritura hace mención (como los Sátrapas, y así está escrito en el libro de Daniel: “Se congregaron los Sátrapas del Rey de Babilonia, los Magistrados y los Jueces”; y en el mismo libro se hace mención de los Optimates del Rey. Y en el primer libro de los Macabeos se ponen cuatro nombres de dignidades, adonde se dice que en la guerra contra Nicanor constituyó Judas en el pueblo Duques, Tribunos, Centuriones, Pentacontarcos y Decuriones. Y en los Hechos de los Romanos llamaban a los que los regían con ciertos nombres singulares, como fueron, después de echados los Reyes, los Cónsules, los Dictadores, Magistrados, Tribunos, Senadores, Patricios y Prefectos. Item Scipiones, Censores y Censorinos, de todos los cuales se ha de tratar debajo de dos títulos: lo primero de los nombres propios a los Emperadores y Reyes, y anejos a su estado, y cual fue su gobierno, y después de los nombres pertenecientes al estado Político.
Los nombres propios, pues, de los que sirven a los Emperadores o Reyes, son Príncipes, esto es: Señores de algunas provincias, como que tengan el primer lugar en ellas después del Emperador o del Rey. Y así, alguna vez señorean a Condes y a Barones, en Alemania y en el Reino de Sicilia, aunque la Escritura sagrada extiende muchas veces este nombre a todo género de dominio, y principalmente al de los nobles, a cuya semejanza una de las órdenes de los Ángeles se llama Principado, porque patrocinan toda una provincia, de donde es que está escrito en el libro de Daniel: “El Príncipe de los Persas me resistió veinte días”. Y José, que era la segunda persona del Rey en Egipto, se llama Príncipe a sí mismo, como se escribe en el Génesis.
El segundo nombre es el de los Condes, del cual usaron los Romanos al principio, después de echados los Reyes, porque según escribe S. Isidoro, en el libro II de las Etimologías, elegían cada año dos Cónsules, que uno administraba las cosas de la guerra, y otro las civiles; y estos dos Cónsules al principio fueron llamados Comités, que quiere decir compañeros, porque andaban juntos por verdadera concordia, por cuyo gobierno fue aumentada la República, como escribe Salustio en la guerra de Yugurta; pero en el discurso del tiempo este nombre se abortó en los que gobernaban entre los Romanos, y fue transferido a un estado de dignidad, sujeta a los Reyes o Emperadores. Y así se llaman Condes, de acompañar, porque su oficio principalmente es acompañar a los Reyes y Emperadores en las guerras, y en lo que a ellas tocare, y en cualquiera cosa que se haya de hacer por la utilidad de todo el Reino.
Los Duques se llamaron así de guiar el pueblo, principalmente en los ejércitos, porque su oficio es encaminar el ejército e ir delante en las batallas. Por lo cual, como los hijos de Israel fuesen acometidos de los Cananeos, se preguntaron unos a otros, según se escribe en el libro de los Reyes: “¿Quién será Duque de la guerra?” Y el nombre propiamente conviene a tal gobierno por las dificultades de él, cuando se está en la guerra. Y así por la excelencia del Señorío muy justamente se llama Duque, que significa guía; por la cual razón Josué, o Jesús Navé, porque peleó en las batallas del Señor, se llamó así, como testifica de él aquel egregio Príncipe Matatías en el primer libro de los Macabeos: “haciendo Jesús lo que le fue mandado, fue hecho Duque del pueblo de Israel”. Y así también dijeron los que tenían cuidado de la ley de los Judíos a Jonatás, muerto Judas Macabeo: “te elegimos por Príncipe y Duque, para que pelees en nuestras guerras”.
Otro nombre de dignidad sujeto a los Emperadores y Reyes es el de Marqués, que se iguala al de Conde, y este nombre se le da por la severidad de la justicia, porque se llama Marqués de Marca o Marco, que es un peso particular de los ricos, por lo cual se significa la recta y rígida justicia. Y esto se muestra bastantemente en los tales Príncipes, porque según se halla comúnmente en las tierras que conocemos, todos los Príncipes que tienen estos nombres están en provincias ásperas. Por lo cual los confines de las regiones, que son lugares montuosos y rígidos, entre algunos se llaman Marcas; y también en las provincias deleitosas, que unas y otras se conservan con el rigor de la justicia.
Hay también otro nombre, que es de los Barones, dichos así por el trabajo, o por ser fuertes en él, como San Isidoro dice en el libro dicho, porque “Bara”, en Griego, es lo mismo que en Latín, “pesado” o “fuerte”, y es propio en los Príncipes el ejercitarse continuamente o en la montería o en la volatería, o en las justas y torneos, como lo han tenido por costumbre los Reyes de Francia desde tiempos antiguos, según escribe Amonio, egregio escritor de historias. La razón de lo cual pone Vegecio en el libro de las cosas de la guerra, porque ellos han de ser los primeros que peleen por los súbditos, y con el acostumbrarse a estas cosas, se hacen atrevidos. Por lo cual añade allí él mismo, que nadie duda de ponerse a aquello, que está confiado que lo sabe hacer bien.
Y porque a todos los Príncipes les pertenece el ejercicio del trabajo, por eso este nombre es común a todos; así Príncipes, como Condes, y los demás que están debajo del gobierno Real.
CAPÍTULO XXII
De algunos nombres de dignidades singulares que hay en algunas provincias, y cuál es el gobierno de ellas.
Hay también otros nombres que se siguen al gobierno Real en algunas tierras y provincias, que tienen cierta significación, como el nombre de los Sátrapas y Optimates entre los Persas y Filisteos. El primero de los cuales significa prontitud en el servir, de adonde se llamaron Sátrapas, como si dijeran muy aparejados; lo cual es oficio de los Príncipes, por la fidelidad que juran a su Señor, o querría decir este nombre muy arrebatadores, lo cual parece que él mismo trae consigo, por ser muy hinchado, como es manifiesto, en la misma sagrada Escritura.
El nombre de los Optimates significa el supremo grado después del Señor, y son dichos así de Óptimo, que es lo más bueno. Los Magistrados se llamaron así por la preeminencia de doctrina y consejo en el gobierno, y así se llaman los mayores de la Corte del Rey de Francia, como tales en estado; porque “Stéron” en Griego, significa en latín “tribunal”, o lugar donde acuden a juicio. Y los jueces tienen este nombre, porque dan su justicia al pueblo. Y Asesores se llaman los que asisten cerca de ellos.
También se llaman Pretores, por tener primer lugar que otros en la Corte.
El nombre de Presidente se halla en la sagrada Escritura, y se llaman así, como dice S. Isidoro, porque presiden a la guarda de algún lugar.
Hay también en las Cortes de los Reyes otros dos nombres de dignidades, de que se hace mención entre los oficiales de la Corte de Salomón en el tercer libro de los Reyes, que eran a Comentariis y Escribas, los cuales se distinguían en sus oficios, porque el uno presidía al escribir las legiones que el Príncipe instituía, que parece ser lo mismo que Magistrado, y el otro tenía a su cargo las cosas que los Reyes respondían, al cual nosotros llamados Canciller.
Además de los cuales nombres hay otros dos que se usan en las partes de Francia, por ventura tomados de la lengua de otras gentes, de donde les podemos sacar la etimología. Estos son Mariscal y Senescal, que propiamente son los que tratan de regir los negocios útiles a la provincia, lo cual parece significan entrambos nombres: porque el “Maris” en lengua Siríaca significa “Señora” o “Señor”, y “Calo” significa “el trabajo”; “Senescal” de “Senex”, que significa el viejo, por la madurez del gobierno, y de “Calo”, que, como se ha dicho, es el trabajo.
Entre los Españoles todos los Príncipes que están sujetos al Rey se llaman Ricos-Hombres, y principalmente en Castilla; la razón de lo cual es que el Rey provee de renta a los Barones, conforme sus merecimientos, o según su voluntad del Rey, y de aquí se llaman Ricos-Hombres; porque a quien el Rey da más rentas, aquél es mayor Señor, porque puede pagar más soldados.
Hay también en la misma provincia unos que se llaman Infantes, y otros Infanzones: los primeros son de linaje Real, hijos o nietos, y se llaman así de no hacer daño al pueblo, porque deben no hacer mal a nadie, sino conservar y favorecer a todos en justicia, y obedecer al Rey como Infantes, lo cual se guarda mal en este tiempo en aquellas partes.
Los Infanzones se llaman así porque deben seguir a los Infantes como a mayores; porque son una gente noble, que tienen más poder que otros hidalgos, y son Señores de algunos castillos y villas, los cuales en algunas partes se llaman castellanos. Y se llaman Infanzones porque pueden dañar menos que los otros Príncipes, por tener menos poder, como los que ha poco que salieron de la niñez, porque si maltratan a sus vasallos, rebélenseles y júntanse a otros Príncipes mayores, y así perderían su Señorío; y tampoco tienen el poder que los Príncipes mayores, como los muchachos respecto de los hombres.
Y esto baste haber dicho a los Príncipes sujetos a los Reyes, y lo que significan sus nombres, y lo que son sus oficios; y de las más dignidades que habernos dejado de decir, trataremos en el siguiente libro, porque por la mayor parte pertenecen al gobierno Político, aunque en algunas cosas sean comunes a los demás gobiernos.
Ahora es bien que veamos cuál sea el que hemos dicho; a lo cual se ha de responder conforme a la sentencia de la sagrada Escritura, porque se dice en el Eclesiástico: “Según es el Juez del pueblo, así son sus ministros; y como es el que rige la ciudad, tales son los que habitan en ella”; porque los tales Señores tienen generalmente el modo del gobierno Real o Imperial, si no es en algunos lugares por la costumbre que se ha usurpado o por tiranía, o por la malicia de los súbditos, porque de otra manera no se pueden sujetar si no es con gobierno tiránico, como dijimos arriba, y acontece en las islas de Cerdeña y Córcega, y en algunas islas de Grecia, y también en Chipre, en las cuales partes dominan los nobles del Principado Despótico o Tiránico. Por lo cual dicen las historias de la isla de Sicilia, que siempre crió Tiranos.
En las partes de Italia deben los Condes y otros Príncipes regir los súbditos con gobierno Político y Civil, si no es que sea por violencia tiránica.
Hállanse también entre ellos, algunos nombres de dignidades dependientes del derecho del imperio, mayores que de soldados ordinarios, como son los Valvasalos y Cátanos, que también se llaman Próceres, y tienen jurisdicción sobre los súbditos, aunque hoy por la potencia de las Ciudades está disminuida y quitada del todo. Valvasallos se llamaban de Valo, porque eran diputados para guardar las puertas del Palacio Real Imperial; a los cuales llamamos porteros. Cátanos se llamaban por la universalidad de las obras en que se ocupaban en las Cortes de los Príncipes, y por la mejoría entre los otros soldados ordinarios; y estos también se llamaron Próceres, como se procedían, yendo delante de otros, porque “Catha”, en Griego, quiere decir “universal”.
Otros muchos nombres hay instituidos a beneplácito de los Príncipes, según diversas lenguas y provincias; pero esto baste al presente reservando lo demás para el gobierno Político, del cual se debe hacer especial tratado, por ser materia tan difusa, donde trataremos de los nombres de las dignidades, según la naturaleza del gobierno, y conforme a las diversas costumbres de las provincias, de la manera que lo dicen los Filósofos historiadores.
LIBRO CUARTO
CAPÍTULO PRIMERO
De la diferencia que hay entre el Principado real y el político, y que es de dos maneras
Los constituirás príncipes sobre toda la tierra, y se acordaran, Señor, de tu nombre.”
Aunque todo dominio o Principado es instituido por Dios, como se ha declarado en el precedente libro, con todo eso es diferente el modo que pone en Cristo la Escritura, del que el Filósofo, y porque acabamos de tratar de la Monarquía de uno solo, como del dominio del Sumo Pontífice, del Real y del Imperial, y de los que son de la misma naturaleza, ahora es razón que se trate del dominio de muchos, que generalmente llamamos político, el cual se nos describe en las dichas palabras de la sagrada Escritura, así en cuanto al modo de dar este dominio, como en el modo de vivir los que le tuvieren.
Porque el modo de darle, es por vía de elección, que se puede hacer de cualesquiera, y no por origen de linaje, como es en los Reyes; lo cual significa aquella palabra de institución: “los constituirás, dice, Príncipes”, y añade: “sobre toda la tierra”; para mostrar que es regla general en todas partes, en el Principado Político, el hacer los Príncipes por vía de elección; y porque han de ser virtuosos, dice: “Se acordarán, Señor, de tu nombre”, conviene a saber, por la consideración de Dios y de sus preceptos, que son a los que gobiernan una derecha regla de lo que han de hacer. Por lo cual se dice en los Proverbios, que el mandamiento del Señor es candela, y su ley luz. Y también Valerio Máximo dice de César, que por la divina providencia eran de él favorecidas las virtudes y castigados los vicios.
En este libro, pues, hemos de tratar este Principado, el cual el Filósofo en el tercer libro de los Políticos, como mostramos al principio, distingue de esta manera:
Que sí el tal gobierno se administra por pocos y virtuosos, se llama Aristocracia, como cuando gobernaban en Roma dos Cónsules o un Dictador, después de echados de ellas los Reyes; pero si se administra por muchos Cónsules, Dictador y Tribunos, según por discurso de tiempo sucedió en la misma Ciudad, que también después fue administrada por Senadores, como las historias cuentan, entonces el tal gobierno se llama Policía, de Polis, que quiere decir muchedumbre o Ciudad; porque este modo de gobierno conviene propiamente a las Ciudades, como vemos por la mayor parte en Italia, y antiguamente fue en Atenas, después de la muerte del Rey Codro, como refiere S. Agustín en el libro de la Ciudad de Dios, porque entonces salieron del gobierno real y eligieron Magistrados, como en Roma: pero de cualquiera de estos modos que sea, se diferencia del gobierno Real o Monarquía, y lo mismo sus opuestos, porque lo que es en los unos, es en los otros; y porque aquellos dos modos de gobierno contienen en sí pluralidad, se pueden llamar entrambos Políticos, por cuanto son diferentes del Real y del Despótico, como lo toca el Filósofo en el primero y tercer libros de los Políticos. Y de esto, como hemos dicho, se ha de tratar aquí.
Y lo primero en que difiere este modo de gobierno del real, imperial o monárquico, en parte se puede conocer en lo que habernos tratado en los primero y tercer libros. Pero ahora añadiremos la diferencia: porque los gobernadores políticos son estrechados con las leyes, y no pueden exceder de ellas en la prosecución de la justicia, lo cual no es así en los Reyes, y en otros Príncipes Monarcas: porque en sus pechos tienen las leyes, para en los casos que se ofrecen; y la voluntad del Rey es tenida por ley, como enseñan los derechos de las gentes: lo cual no se halla escrito de los Gobernadores políticos, porque no se atrevían a hacer cosa fuera de la ley que estaba escrita. De adonde es, que en el primer libro de los Macabeos se escribe que los Romanos habían hecho un Palacio y qué cada día se juntaban en él trescientos veinte hombres, a consultar las cosas que importaban a la República, para poner por obra lo que pareciese que convenía. Por lo cual se muestra que el gobierno de los Romanos, después de echados los Reyes, fue Político hasta la usurpación del imperio, que fue cuando Julio César, habiendo rendido a sus enemigos, muerto Pompeyo y sus hijos y sujeto el mundo, le tomó para sí solo en singular dominio y Monarquía, y convirtió la policía en Principado despótico, o tiránico; porque después de lo dicho, parece que trataba del menosprecio de los Senadores, con lo cual, provocados los mayores de la Ciudad, le dieron la muerte a puñaladas en el Capitolio, siendo autores Bruto y Casio, y mucha parte del Senado.
Y se debe advertir, que aunque era uno en tiempo de los Cónsules el que mandaba cada año, según se escribe en el dicho libro de los Macabeos, y como vemos en nuestras casas en las Ciudades de Italia, con todo eso el dominio dependía de muchos; y por tanto no se llamaba Real, sino Político, como fue en los Jueces del pueblo de Israel, que no gobernaban como Reyes, sino en modo Político, según dijimos al principio.
También se debe considerar que en todas las regiones, sea en Alemania, Sicilia o Francia, las Ciudades viven en modo político, pero debajo todavía de la potencia del Rey o Emperador, a quien con ciertas leyes son obligadas.
Hay también otra diferencia, y es, que a los Gobernadores Políticos muchas veces les toman residencia de si juzgaron bien, o gobernaron conforme a las leyes que se les habían señalado: y si hacen contra ellas, están sujetos a la pena: y así el mismo Samuel, según se escribe en el primer libro de los Reyes, por haber juzgado en este modo de gobierno, se expone a esta sentencia, siendo Saúl levantado por Rey: “Veis aquí, dice, estoy aparejado: hablad de mí delante del Señor, y de su Cristo”, que aquí se entiende por Saúl, “si tomé el buey a alguno, si calumnié a alguno, o si oprimí a alguno, o si recibí dádiva de alguno”. Y lo mismo cuentan las historias de los Cónsules Romanos: y así, siendo acusado Escipión por maliciosos émulos, de que se había cohechado por dineros, se ausentó de la Ciudad; y de tales acusaciones falsas nacieron por discurso de tiempo las guerras civiles.
Esto no tiene lugar en los Reyes y Emperadores, sino es que las tierras algunas veces se les rebelan, si exceden de las leyes del Reino, como sucede muchas veces. Por esta causa en el Oriente suele ser muy de ordinario trazar la muerte a los Señores, como aconteció al Soldán en Egipto, y en Persia y en Asiria a los Príncipes de los Tártaros. Y así, porque los Príncipes muchas veces dan en Tiranos, algunas tierras no tienen por bien, como lo cuenta el Filósofo en su Política, que los Reyes en sus provincias se perpetúen en sus hijos, esto es, que los hijos de los Reyes sucedan en el Reino, sino que muerto uno, elige el pueblo al que halla más adornado de buenas costumbres, como se hizo en algunos Emperadores, y habemos dicho en el precedente libro, y en Egipto se guarda aun en los modernos tiempos; porque se buscan por diversas regiones muchachos hermosos, y principalmente en las partes de Aquilón, porque son de grande estatura, y a propósito para las cosas de la guerra, y éstos, según se dice, los sustentan del erario público, y los ejercitan en las cosas corporales y en las disciplinas de las escuelas, y asisten en servicio del Soldán en las cosas de la guerra y de la paz, y en muriendo él, al que de éstos tienen por mejor eligen por Príncipe, aunque algunas veces se estorba esto por violencia, o por tiranía, o por fausto de ambición.
Hay también otras diferencias en estos modos de gobierno, en cuanto al tiempo que duran y otras circunstancias, de las cuales hace mención el Filósofo en el cuarto libro de sus Políticos: pero bástanos esto y lo que hemos dicho en los segundo y tercer libros.
CAPÍTULO II
Aquí se muestra cómo es necesario que haya ciudades, por la necesidad que el hombre tiene de vivir en compañía, en lo cual consiste principalmente el principado político
Y porque el gobierno político conviene más a las ciudades (según se ha dicho, porque a las provincias parece que les pertenece más el de los Reyes, como se halla por la mayor parte, excepto en Roma, que por Cónsules, Dictadores, Tribunos y Senadores, gobernaba el mundo, conforme parece en el libro de los Macabeos, y en otras Ciudades de Italia, que aunque son cabezas de provincia, todavía se gobiernan con modo Político): por esto trataremos aquí de la institución de las ciudades, y lo primero mostraremos la necesidad que hay de que se instituyan, y en qué consiste su comunidad. Lo segundo, cuáles son sus partes, o de qué géneros de hombres se componen.
La necesidad se muestra, lo primero, considerando las que cada hombre tiene, que le obligan a vivir en comunidad y compañía de otros, porque, como se lee en el capítulo 13 de Job, “el hombre nació de mujer, vive breve tiempo lleno de muchas miserias”, esto es, de muchas necesidades de la vida, en que se manifiesta la miseria. Por lo cual es animal sociable y político, según su naturaleza, como el Filósofo prueba en el primero de los Políticos; y de aquí se concluye que la comunidad de una ciudad es necesaria para las faltas de la vida humana.
Además de esto, la naturaleza provee a los otros animales de ornato y defensa en naciendo, y así por propia virtud estimativa de la naturaleza se guardan de lo que les es contrario, y apetecen lo que les conviene, sin que nadie los encamine ni guíe, siendo en ellos las obras de naturaleza obras de inteligencia, como el Filósofo dice en el segundo libro de los Físicos; pero en el hombre no es de esta manera, sino que tiene necesidad de quien le instruya, para elegir las cosas proporcionadas a su naturaleza; y para enseñarlas, nos dan las amas que nos crían. Y finalmente, los vestidos y coberturas de que se adornan los animales y las plantas, luego en naciendo, y de que el hombre carece, significan su necesidad, que para remediarla es necesario recurrir a donde hay multitud de hombres, que es lo que constituye una ciudad; por lo cual nuestro Señor muestra que en esto los lirios del canino, las aves del cielo y cosas semejantes son de mejor condición que los hombres, poniendo ejemplo de la necesidad en el magnífico Rey Salomón, que tan excesivamente tuvo abundancia de todo: “Mirad, dice, las aves del cielo, que no siembran ni cogen, ni juntan en paneras; considerad los lirios del campo, que no labran ni tejen”; y luego prosigue: “Os digo, que ni el Rey Salomón, con toda su gloria estuvo cubierto como uno de estos”, como que tuviese más necesidad en cuanto a la comida, vestidos y coberturas que las plantas y los animales.
También la ferocidad de los animales, que es dañosa a los hombres después del pecado de Adán, nos muestra esto mismo: porque para estar el hombre más seguro de cualquiera cosa que puede temer, necesaria es la comunidad de los hombres, de que se constituyen las ciudades, para que cada uno viva más seguro. Y por esto se movió Caín a fundar una ciudad, como se escribe en el Génesis, de adonde es que también en el Eclesiástico, se dice: “Que el edificar una ciudad confirma el nombre”, y también demás de las necesidades que los hombres tienen cuando están sanos, hay otras que se padecen en las enfermedades a que cada día están sujetos, y para curarse a sí solo, no basta un hombre, de la manera que entre los animales, cuando tienen alguna enfermedad, con los cuales proveyó la naturaleza, para que se pudiesen curar sin la medicina de los hombres, de que por la estimativa que les fue dada conociesen algunas hierbas con que se curasen, y todo lo demás que conviene a su salud. Y el hombre, porque no conoce estas cosas, tiene necesidad de médicos y de medicinas, y de la ayuda de otros, todo lo cual requiere muchedumbre de hombres, que es lo que hace las ciudades, y así se sigue lo que vamos diciendo.
De más de que son muchos los casos en que los hombres caen por sucesos no pensados, en los cuales siempre hallan quien los socorra, viviendo en compañía; de adonde es, que en el capítulo 4 del Eclesiástico está escrito: “Ay del solo, porque si cayere, no tiene quien le levante, mas si fueren dos, se favorecerán el uno al otro”. De todo lo cual se concluye, que la fundación de las ciudades es necesaria para la comunidad de la muchedumbre de gente, sin lo cual el hombre no puede vivir decentemente. Y esto se dice tanto más de una ciudad que de un castillo o aldea, cuanto en ella para la suficiencia de la vida humana hay más artes y artífices, de lo cual se componen las ciudades; porque San Agustín en el libro de la ciudad de Dios la define así: “Que es una muchedumbre de hombres junta con un cierto vínculo de compañía”. Y es de advertir que arriba en el principio del primer libro probamos que la compañía de los hombres es necesaria y aquí se prueba lo mismo, pero diferentemente en una parte que en otra, porque allí es, en cuanto se ordena al Príncipe, y aquí en cuanto las partes de esta muchedumbre son necesarias las unas a las otras, a cuya causa necesariamente se instituyeron las ciudades y castillos, en cuanto se ordenan al gobierno político.
CAPÍTULO III
Aquí se trata también de que la constitución de las ciudades es necesaria, considerada de parte del alma, así de parte del entendimiento como de parte de la voluntad
No solamente se persuade, y es cierto, de parte del cuerpo (esto es, en cuanto a la virtud sensitiva) que la fundación de las ciudades es necesaria, según naturaleza; sino que también es manifiesto, considerado de parte del alma racional; y tanto más procura compañía el hombre en cuanto es hombre, porque es racional, lo cual le viene del entendimiento.
En la parte racional, pues, se distinguen dos potencias y actos, que son el entendimiento y la voluntad, y en cuanto a la parte intelectiva hay también dos actos: el especulativo y el práctico, de los cuales trata el gobierno político. En el práctico se incluyen las virtudes morales, que se refieren a las obras, y no solamente al saber, según dice el Filósofo en el segundo libro de las Éticas; y estas son la templanza, fortaleza, prudencia y justicia, todas las cuales se enderezan a otros, y así requieren muchedumbre de gente, de que se constituyen las ciudades.
Y aunque estas virtudes no tienen todas por sujeto el entendimiento, porque la fortaleza está en lo irascible y la templanza en lo concupiscible, las que pertenecen a la parte sensitiva participan con todo eso de razón, en cuanto son reguladas por ella; por lo cual la prudencia es quien las guía; porque esta virtud, según el Filósofo en sus Éticas, es una recta razón de las cosas que se han de hacer; de más, que la misma sagrada Escritura endereza a lo mismo las dichas virtudes morales; y así de ellas habla en el libro de la Sabiduría, tratando del mismo libro, el cual enseña la templanza y la sabiduría, la justicia y la virtud, cosas que ningunas hay en la vida de los hombres más útiles; y después prosigue del merecimiento de estas virtudes, diciendo: “Por esta (entiéndese la experiencia de las dichas virtudes), seré claro con el pueblo, y me honrarán los más graves”; y otras muchas cosas, que allí se dicen pertenecientes a la muchedumbre de los hombres.
Y del entendimiento especulativo es manifiesto lo mismo, porque, como quiere Aristóteles en el segundo libro de sus Éticas, el hombre principalmente hace argumento y adquiere ciencia por la doctrina, para la cual tiene necesidad de tiempo y experiencia, todo lo cual mira a la muchedumbre de los hombres, de que se constituyen las ciudades.
Además de esto, dos sentidos son sujetos a disciplina, como dice el Filósofo en el primero de la Metafísica, que son la vista y el oído, y éste a la multitud se ordena, de adonde también se sigue lo que vamos diciendo.
Y también el Filósofo al principio del libro de su Metafísica, dice que es propio del sabio el ordenar las cosas, y el orden requiere multitud, porque, como ya dijimos, dice San Agustín que el orden es una disposición de las cosas iguales y desiguales, que da a cada uno lo que le toca, lo cual no puede ser sino entre muchos.
También es argumento de esto, que la misma habla de los hombres, que manifiesta el corazón, pertenece a la parte intelectiva, como dice el Filósofo, y se endereza a comunicar con otros. Por lo cual se dice en el Eclesiástico: “¿Qué utilidad hay en la sabiduría, y en el tesoro que no vemos?”, y lo mismo se puede decir del escribir, que se le endereza a la muchedumbre, sin lo cual, ni pudiera ser, ni explicarse.
Y considerado de parte de la voluntad, la cual el Filósofo llama potencia racional, se puede probar esto también, porque en ella misma hay dos virtudes que se ordenan a otros, y requieren que haya muchedumbre de hombres. La una es la justicia, la cual respecto de la voluntad define el derecho de las gentes de esta manera: la justicia es una constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo que es suyo, La cual, ahora sea legal, que se llama dominio justo, ahora sea distributiva o conmutativa, todas son partes de la justicia, necesarias grandemente en las ciudades para el gobierno Político, y tanto que no se puede ejecutar sin ellas, como el Filósofo en el libro quinto de las Éticas, ni aun conservarse las mismas Repúblicas. De donde se concluye que la fundación de las ciudades es necesaria respecto de esta virtud.
La segunda que hay en la voluntad, que se refiere a la muchedumbre, es la amistad, que principalmente requiere el vivir muchos juntos, porque a solas no puede haber esta virtud, de la cual dice el Filósofo en el octavo de las Éticas que es grandemente necesaria en la vida humana, porque nadie habrá que elija el vivir sin amigos. Por lo cual el mismo Aristóteles cuenta las utilidades de esta virtud, para probar que es necesaria, pero siempre respecto de la multitud.
Lo primero en los infortunios, porque en ellos se acude a los amigos, los cuales principalmente tienen necesidad de tener los que poseen riquezas, y los que tienen los Principados, como dice el mismo Filósofo. Los mozos tienen amigos, para que los aparten de sus concupiscencias, y los viejos para que les hagan compañía; y por este camino es en todos los géneros de hombres que hay. De todo lo cual se colige que el vivir juntos los hombres es necesario conforme a naturaleza, y por consiguiente lo es la fundación de las ciudades; adonde, si entre todos durare la amistad, y se sustentare la concordia, se causa una cierta armonía y suavidad de alma, como San Agustín en el libro de la ciudad de Dios dice de los altos, humildes y medianos estados, de que se compone una ciudad. Por lo cual el Profeta dice: “Advertid, cuan bueno y cuan fecundo es habitar los hermanos juntos”. Y también el mismo San Agustín pone en el dicho libro dos ciudades, según dos diferentes amores.
Y además de todo lo dicho, hay otra razón para mostrar que es necesario el vivir los hombres juntos, y es el apetito que tienen de comunicar sus obras a otros, de manera que a este apetito le sería molesto hacer ninguna cosa de virtud sin la compañía de otros hombres. De donde es que dice Tulio en el libro de la amistad que la naturaleza ninguna cosa solitaria ama; porque, según pienso, es cierto lo que oí a los pasados, que solía decir Archita Tarentino: Que si alguno subiese al cielo, y viese la naturaleza del mundo, y la hermosura de las estrellas, si fuese sin amigos y compañeros, no le sería suave aquella admiración. Y las mismas riquezas no resplandecen si no se esparcen entre muchos, como dice Boecio. De manera que parece que el hombre tiene necesidad de vivir entre muchos, considerado así por la parte del cuerpo sensitiva, como de parte de la naturaleza racional. Por lo cual naturalmente es necesaria la fundación de las ciudades. De donde es que el Filósofo en el primer libro de los Políticos dice que en todos los hombres hay una natural inclinación a este modo de vivir juntos en las ciudades. Y aunque los que primero las fundaron, según dice la Escritura, fueron hombres malos, como Caín, fratricida, y Nembrot, opresor de los hombres, el cual edificó a Babilonia, y Asur que edificó a Nínive, a quien Nembrot puso en huida, según se escribe en el Génesis; con todo eso se movieron a ello por estas comodidades de los hombres, encaminándolo a la utilidad de su dominio, que para conservarle era necesario que los hombres viviesen juntos.
CAPITULO IV
De en qué consiste la comunidad de las ciudades, donde de Aristóteles se refiere la opinión de Sócrates y la de Platón, la cual declara aquí el Santo
Visto que es necesaria la fundación de las ciudades para que los hombres vivan en comunidad, ahora se ha de procurar saber en qué consiste esta comunidad, acerca de lo cual diversos Filósofos y Sabios constituyeron diversos modos de gobierno Político en esta comunidad, como el Filósofo refiere en su Política; y en el segundo libro de los Políticos pone lo primero la opinión de Sócrates y de Platón, que quisieron que en su República todas las cosas fuesen comunes, así las riquezas como las mujeres y los hijos, movidos del bien de la unión en la comunidad, por la cual la República se aumenta y crece. Y más, que como el bien de suyo sea comunicativo y difusivo, cuanto una cosa es más para todos, tanto más parece que tiene de bondad. Luego el comunicarse las cosas más tiene de virtud y de bondad.
Fuera de esto, el amor es una virtud que causa unión, como dice Dionisio; pues adonde hay mayor causa de unión, allí está más la virtud del amor, que constituye y conserva las ciudades, como dice San Agustín, y como ya hemos dicho. De manera que al ser comunes todas las cosas, así las riquezas como las mujeres y los hijos, tienen en sí causa de mayor bondad.
Estas razones y otras muchas son las que el Filósofo refiere acerca de la opinión de Sócrates y de Platón, que, aunque no son por las mismas palabras, no discuerdan en el sentido.
Y si atendemos a la calidad de los dichos filósofos, que fueron hombres más dados a las virtudes que ninguno de los demás filósofos, porque en solas ellas ponían el bien de los hombres, no parece creíble que ellos quisiesen que en una ciudad fuesen en las cosas comunes de la manera que se lo impone Aristóteles en el libro dicho; porque parece cosa más bestial que humana ser las mujeres comunes en el mezclar sus cuerpos, por lo cual la sagrada Escritura aparta la madre de los hijos, y las hijas del padre, y junta el varón a su mujer, y aparta a uno solo con una sola mujer el matrimonio en el primero precepto del hombre, y así dice en el Génesis: “Por lo cual dejará el hombre a su padre y a su madre, y se juntará a su mujer, y serán dos en una carne”; y no dice que muchos; pero en cuanto a los hijos es imposible, porque en el acto de la generación no concurren dos simientes, sino una sola, de parte del varón; y así los animales conocen los hijos mientras dura el tiempo en que tienen necesidad de que los alimenten, y particularmente se ve en los pollos de las aves antes que puedan volar. Pues que digamos que los dichos filósofos fueron menos compuestos que los animales, es absurdo, porque toda su filosofía la enderezaron a componer y corregir las costumbres, como San Agustín lo dice de Sócrates en el libro octavo de la Ciudad de Dios, en cuya doctrina sucedió felicísimamente Platón, su discípulo, el cual, como fuese el más sabio de todos los de su tiempo, y le buscasen a porfía los mancebos estudiosos, viniendo de Atenas a Egipto, enseñó a los Sacerdotes de aquella gente a observar los varios números de la Geometría, y la razón de las cosas celestiales, y pasando a Italia fue de Archita y de Arión instruido en los preceptos de Pitágoras; y así atribuir tal modo de policía a tales y tan grandes varones, no puede dejar de causar admiración.
Pero aun los mismos comentadores de Aristóteles le atribuyen esto de no haber referido cumplidamente las opiniones de los otros filósofos, principalmente las de Sócrates y Platón, como lo dice Eustracio sobre el primer libro de las Éticas, en lo de la idea de la bondad, y más claramente al fin del primer libro de Cielo, en lo de la generación del mundo.
Y san Agustín en el lib. 9 de la Ciudad de Dios refiere esto mismo de las opiniones de los Estoicos, cerca de las pasiones del alma, diciendo que algunos atribuyen a los Estoicos, cuyo principio fue Sócrates, cosas que no podían caber en hombres sabios, como Aristóteles impone al dicho filósofo en el libro segundo de las Éticas. Y el mismo San Agustín lo refiere por falso en sentencia de Aulo Gelio en sus Noches Áticas.
Pero todas estas cosas se han de entender del afecto y amor por que los dichos filósofos, como hombres virtuosos, lo procuraban con todo cuidado, porque esta virtud se nos encarga para que tratemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, dice el Salvador. Y como los dichos filósofos acostumbraban hablar debajo de ciertas metáforas, queriendo persuadir a los ciudadanos el amor entre sí, como cosa con que las ciudades se aumentan, dijeron que los hijos y las mujeres habían de ser comunes en cuanto era al amarse unos a otros. Mas en cuanto a las haciendas, necesario es que se comuniquen; porque “si alguno viere a su hermano con necesidad y le cerrare sus entrañas, ¿cómo estará en él el amor de Dios”, lo cual fue precepto de los Estoicos, que menospreciaban las riquezas, como de Sócrates refiere San Jerónimo.
Y de esto se saca la respuesta a lo que se opone; porque la unión y el amor tienen sus grados en las cosas inferiores, porque más perfecta es la unión en un cuerpo, que tiene alma, si la virtud de ella se difunde en diversos miembros, para diversas operaciones, unidas en la sustancia de un alma, como se ve tanto en los animales perfectos como en los cuerpos animados, que tienen sólo el sentido del tacto, como son los gusanos y algunos animales que Aristóteles llama en el segundo libro del Alma animales imperfectos.
Por lo cual el Apóstol compara el cuerpo místico, que es la Iglesia, a un verdadero cuerpo natural, en el cual hay diversos miembros, con diversas potencias y virtudes radicadas en un principio, que es el alma; de adonde es que el mismo Apóstol reprueba la otra unión diferente de ésta, en la primera carta a los Corintios, diciendo: “Si todo el cuerpo fuese ojos, ¿dónde estaría el oído?; y si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato?”, como dando a entender que en cualquiera congregación, como principalmente lo es una ciudad, es necesario que haya distintos grados en los ciudadanos, en cuanto a las casas y familias, en cuanto a las artes y oficios; pero todo unido con el vínculo de la compañía, que es el amor que los ciudadanos se han de tener unos a otros, como ya dijimos, y de que también habla el Apóstol; porque escribiendo a los Colosenses, y habiendo contado algunas obras virtuosas a que los ciudadanos están obligados entre sí, dice luego: “Y sobre todas estas cosas, teniendo caridad, que es el vínculo de la perfección y paz de Cristo, alegre vuestros corazones, en la cual fuisteis llamados en un cuerpo”, conviene a saber, distinto en miembros, según los estados de los ciudadanos, y esta diversidad de artes y de oficios, cuanto más se multiplicare en una ciudad, tanto será más famosa, porque hallarán en ella mejor las cosas necesarias para la vida humana; para lo cual es necesaria la fundación de las ciudades, y si por dicha se alegare que entre los Discípulos de Cristo todas las cosas eran comunes, no hace esto ley común, porque su estado excedió todos los otros modos de vivir, y su policía no se ordenaba a tener mujer e hijos, sino a ser ciudadanos del cielo, adonde no se casan, sino que serán como Ángeles de Dios; pero en cuanto a los bienes que tenían, eran comunes, lo cual sólo es de los perfectos, como el Señor en su Evangelio dice: “Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes, y ven a seguirme”. Esto hicieron los Socráticos y Platónicos, como menospreciadores de las cosas temporales, según de Plotino escribe Mercurio Trimegisto, y Macrobio sobre el sueño de Escipión.
Entre los demás ciudadanos de ordinario estado, conviene tener las posesiones divididas, para evitar los litigios, como se escribe de Abraham y de Loth en el Génesis; porque, como hubiese diferencia entre sus pastores sobre el pasto de los ganados, dijo Abraham a Loth: “No haya, te ruego, entre nosotros, pesadumbre, ni entre tus pastores y los míos: hermanos somos, y toda la tierra tienes delante: si quieres tomar a la siniestra parte, yo me tendré a la derecha, y si eligieres la diestra, yo iré por la siniestra”. En lo cual vemos, conviene que tengan partidas las haciendas; con lo cual habernos respondido a las opiniones contrarias.
CAPÍTULO V
De la opinión de Sócrates y Platón, acerca de ocupar las mujeres en las cosas de la guerra
Pero, volviendo al modo de policía de los dichos filósofos, les atribuye otras cosas Aristóteles en el mismo libro que alegamos; porque dice que querían que las mujeres fuesen industriadas para la guerra, para lo cual hace argumento según ellos, de que vemos que entre las aves de rapiña las hembras son más feroces, y que pelean con más eficacia, y que lo mismo es en las bestias, como principalmente se ve en los animales feroces.
Y que además de esto el ejercicio les importaría a las mujeres para la virtud y fortaleza corporal, como se ve en las esclavas y en las mujeres de las aldeas, que son más fuertes y más sanas, porque es propio de la virtud hacer bueno a quien la tiene, y que sus obras lo sean; luego, si con los ejercicios y cosas de la guerra se aumenta la virtud corporal y la fuerza de las mujeres, justamente parece que les compete el ocuparse en ella.
Y también favorece a esta opinión el proporcionarse con esto las calidades primarias, como son el calor y la humedad, la frialdad y la sequedad, las cuales reducidas a un medio fortifican en su virtud el sujeto en que están mezcladas, y así vemos en la leña verde, que consumiéndose la humedad, y reduciéndose a un medio, arde más fuertemente: y lo mismo vemos en las aves de rapiña, que las hembras por razón del movimiento son de más fuerte naturaleza, y de mayores cuerpos. Por tanto, como en las mujeres es mayor la humedad, como también lo es en los muchachos, consúmese con el movimiento y ejercicio, y viene a templarse y recibir más fuerzas. Lo cual se confirma con el Reino de las Amazonas, que fue fortísimo en el Oriente, y sujetaron toda el Asia, que es la tercera parte de la tierra, las cuales tuvieron origen de la Escicia Oriental, como cuentan las historias, y así entre los Escitas, de los cuales descendieron los Tártaros, las mujeres se ocupaban en la guerra, y militaban juntamente con sus maridos.
De todo lo cual, movidos por ventura, aquellos filósofos en el formar su gobierno político, ningún hombre en sus ejércitos. Así que bien se dijeron que las mujeres se habían de ocupar en las cosas de la guerra.
Pero contra esto hay fuertes razones, a las cuales es difícil el responder. La una es de Aristóteles en el segundo libro de los Políticos, porque no es una misma la razón entre los animales y los hombres, porque los animales no se sujetan al dominio económico, y el hombre sólo es el que trata del gobierno de la familia, lo cual no podía ser donde las mujeres se ocupasen en las armas, porque, así como en el gobierno Político son los oficios distintos, así también lo son en el económico, de manera que el padre de familias trata de los negocios de fuera, y las mujeres de las cosas de dentro de casa; para lo cual podemos hacer argumento de la República Romana, que según dicen las historias, tenía dos Cónsules, uno trataba de las cosas de la guerra, y otro gobernaba la República. Y lo mismo se escribe de las Amazonas, en cuyo Reino o Monarquía había dos Reinos o Monarcas, que se distinguían en los oficios, como se ha dicho de los Romanos.
La segunda razón se saca de la ineptitud de los miembros de las mujeres para la pelea; y así el Filósofo pone diferencia en las obras de los animales entre las hembras y los machos, porque los varones tienen las partes superiores más gruesas, los brazos, las manos, los nervios y las venas: de lo cual se causa tener la voz más gruesa. y las caderas y partes circunstantes son en ellos más delgadas, y en las mujeres al contrario, y esto fue para que fuesen más aptas para el acto de la generación, y también los pechos para la crianza de los hijos, lo cual todo es impedimento para haber de pelear; y así se escribe de las Amazonas, cuando niñas se cortaban los pechos derechos, y les estrujaban los izquierdos, para que no las impidiesen en el tirar el arco.
La tercera razón se toma de la disposición del alma, porque dice el Filósofo, tratando de las obras de los animales, que la mujer es varón ocasionado: de adonde es que así como tiene falta en la complexión, la tenga también de razón. Y así por la falta de calor y de complexión, se espantan fácilmente y son temerosas de la muerte. Lo cual se debe huir grandemente en las cosas de la guerra, con que por la mayor parte se suelen vencer las batallas, como Vegecio dice en el libro de las cosas militares. De adonde es que las historias cuentan que Alejandro venció las Amazonas con ciertas astucias y blanduras, más que con fortaleza en el guerrear, cuyo Reino en tiempo del mismo Alejandro era potentísimo.
La cuarta razón es el peligroso comercio de los hombres con las mujeres, porque el acto venéreo corrompe los discursos de prudencia, como el Filósofo dice en el séptimo de las Éticas, que en aquel tiempo es imposible que haya acción del entendimiento, y es cosa con que el ánimo viril se enflaquece; y así cuentan las historias de Julio César, que habiendo de comenzarse la guerra, mandó que todas las delicias fuesen quitadas del Real, y principalmente las mujeres. Y Ciro, Rey de los Persas, no pudiendo vencer a los Lidos, porque eran fortísimos y acostumbrados al trabajo, finalmente con el uso de las mujeres y con las fiestas que entre ellos se instituyeron, enflaqueció su virtud y fortaleza y los vino a sujetar. Y además de esto escribe Vegecio de los antiguos Romanos estas palabras: “Por tanto fueron perfectos en la guerra, porque de ningunos deleites ni delicias se dejaban vencer. ¿Y qué más se puede decir?, que los caballos más fuertes, que en otras ocasiones son audacísimos para acometer, y adivinan la guerra desde lejos, con la presencia de las yeguas se apartan de la batalla; y por esta causa las mismas Amazonas no traían muestra cómo las mujeres deben ser excluidas de las cosas de la guerra.
CAPÍTULO VI
Pruébase que no es conveniente que las mujeres traten de la guerra; y responde a los argumentos que prueban lo contrario
Más, porque el motivo de los dichos filósofos tiene probabilidad, como parece de sus argumentos, se debe dar solución a sus razones, y tratarlas con reverencia.
Y en cuanto al ejemplo que se pone de las aves de rapiña y de algunas bestias, que entre ellas son las hembras más atrevidas y más fuertes para pelear y para tomar la presa, y que será lo mismo en las mujeres, se responde que no es lo mismo en ellas que en las aves y en las bestias. Porque, como se ha dicho, el hombre naturalmente es dispuesto para el modo de vivir civil y canónico, y las obras de las mujeres son más propias del gobierno de la familia en la crianza de los hijos, en guardar la honestidad de su casa, y en la provisión de los mantenimientos, lo cual no podrían hacer si atendiesen a las cosas de la guerra; y por esto la naturaleza formó las mujeres de modo que las quitó la ocasión de tratar de ellas.
Porque, como quiere el Filósofo en el libro de los animales, las mujeres tienen el cuerpo más débil que los hombres, y tienen menos calor; y solamente vemos que tienen más gruesos los miembros que se ordenan al acto de la generación y al traer y criar los hijos, como el vientre y las caderas y los pechos; y todos los demás miembros son en ellas más delicados y débiles que en los hombres, menos nerviosos aquellos en que consiste la fuerza, como son los pies y las piernas, las manos y los brazos; y asimismo los demás, en que se funda la fortaleza, como ya hemos dicho.
Y en cuanto a lo que dicen que la fuerza se aumenta en las mujeres con el ejercicio, es cierto; pero a lo que dicen que por esto les toca el pelear, se puede responder que la fuerza sola no basta para vencer en la guerra, como Vegecio escribe en el libro de las cosas militares, sino que también es menester astucia en el gobernar, de la cual carecen las mujeres. Porque una muchedumbre de gente ruda e indocta siempre está expuesta a la muerte, y por esto la pequeñez del cuerpo de los Romanos prevaleció contra la grandeza de los Alemanes, como en el mismo libro se escribe.
Además de que las mujeres no se deben ocupar en obras con que se aparten de ser virtuosas, lo cual sucedería si se ocupasen en la guerra, por el incentivo de la lujuria que en ellas hay, ya respecto de sí mismas, ya por la conversación de los hombres; y así la naturaleza dio a las mujeres muchas cosas, que les sirviesen de freno, como es la vergüenza, que es lo que principalmente las detiene, como San Jerónimo escribe a Celancia Virgen, y los vestidos largos, los anillos en los dedos, y la sujeción a los hombres. Y así dice la Sagrada Escritura: “Por lo cual estará debajo de la potestad del varón”; y al emplearse en las cosas de la guerra, alcanza libertad. Por lo cual los derechos de las gentes conceden especiales preeminencias de privilegios a los soldados.
Y en cuanto a la tercera objeción del lugar que tiene la fuerza en las cosas de la guerra, si sola la fuerza fuera causa de las victorias, también la naturaleza hubiera dado a las mujeres miembros a propósito para pelear, como a los hombres, lo contrario de lo cual es claro, como se ha probado; y por tanto son naturales en las mujeres las obras pasivas, y no las activas, y el pelear es una suma acción de fortaleza, que si se ejercita loablemente, sola basta para merecer corona. Y así decimos que las mujeres no se han de ocupar en las cosas de la guerra, sino estarse quietas en sus casas teniendo cuidado de las cosas de ellas, como ya queda dicho. Por lo cual Salomón en el fin de los Proverbios alaba la fortaleza de las mujeres, componiendo de ella un cántico particular por las letras del abecedario Hebreo, refiriéndolo todo a las acciones de casa. “¿Quién, dice, hallará una mujer fuerte? No hay precio con que se pague”, como que deba ser muy reverenciada, si tiene lo que él dice adelante, donde pone lo primero el arte de hilar. “Procuró, dice, lana y lino, y lo labró con la traza de sus manos”, queriendo en esto mostrar que éste es su propio oficio. Y así se escribe en los hechos de Carlo Magno, que a sus hijas, a quienes amaba íntimamente, mandó ocupar en el huso y en la rueca, y que fuesen granjeras y hacendosas.
Y más adelante Salomón pone otras obras de las mujeres, que se refieren al cuidado de su casa, como es tenerle de sus hijos, dar lo necesario a los criados, proveer su casa, honrar a los amigos de su marido, y suplirle sus defectos, que son propias obras de la mujer casada, y pertenecientes al bien del matrimonio; como se escribe de Abigail, mujer de Nabal Carmelo, según parece en el primer libro de los Reyes; mas porque este cuidado tiene muchas perturbaciones, como dice el Señor por San Lucas: “Marta, Marta solícita estás, y te turbas en diversas cosas”; porque tales obras son el objeto de la fortaleza, por eso el dicho sabio llama a la mujer, de que habla, fuerte, no por la fortaleza para las obras de la guerra, sino para gobernar con paciencia su familia, según habemos mostrado.
CAPÍTULO VII
Refiere otra opinión de los dichos filósofos, en cuanto al Principado, que querían que fuese perpetuo; acerca de lo cual se disputa por entre ambas partes
Querían también los dichos filósofos, según Aristóteles en el segundo libro de sus Políticos, otra condición en su gobierno, la cual era que hubiese Magistrados para él, según la costumbre de la región Ática, de que fue cabeza Atenas, después de la muerte del Rey Codro, a los cuales Magistrados llamaban los Romanos Senadores.
Estos quisieron aquellos filósofos que fuesen perpetuos, y todos los demás oficiales que gobernasen en su República, cuyo motivo fue la imitación de la naturaleza, según lo dice de ellos Aristóteles; porque vemos en la tierra que sus partes están siempre y producen de una manera, como parece en los minerales, porque los del oro siempre en aquella parte engendran oro, y los de plata, plata. De donde es que en el capítulo veintiocho de Job, se dice: “La plata tiene principio en las venas, y el oro tiene su lugar donde se forma”; y de este principio sacan una conclusión de esta manera: que si el lugar del oro y de la plata nunca se mudan para serlo del plomo o del hierro, ni el del plomo o del hierro para serlo del oro o de la plata, así también debe ser en los Principados, y que sus Príncipes y ministros no se deben mudar para venir después a ser súbditos, y para que los que fueren súbditos vengan a ser Príncipes y ministros, porque el arte imita en cuanto puede a la naturaleza.
También, para probar esto se hace otro argumento: porque, como el Filósofo dice en el principio de su Metafísica, la experiencia hace el arte y la inexperiencia el caso; y Vegecio, en el libro de las cosas militares dice que la ciencia de las cosas de la guerra sustenta el atrevimiento; porque nadie teme el hacer las cosas que sabe que tiene bien aprendidas. De lo cual se arguye que habiendo mudanza de Gobernadores, Príncipes o Magistrados, algunas veces se eligen los que no tienen experiencia, de lo cual suceden muchos yerros en el gobierno. Y finalmente, que estas mudanzas son muy contrarías a él, como se ha dicho en el segundo libro, porque se da ocasión a los súbditos para no obedecer con la esperanza de salir brevemente de la mano del que es Príncipe; y porque también la tienen de venir a alcanzar el mismo Principado; y así el motivo de los dichos filósofos, Sócrates y Platón, parece que conforma con la razón.
Pero los Sabios de la Ciudad y República Romana tuvieron contrario parecer; porque después de haber echado los Reyes instituyeron los Cónsules, y así se escribe en el primer libro de los Macabeos, entre otras cosas dignas de alabanzas de los Romanos, que cometían su Magistrado a un hombre cada año, y que señoreaba toda la tierra que poseían, y que todos obedecían a uno. Y la causa de esto dan las historias, y era para que si alguno siendo Cónsul fuese insolente, no durase mucho en su oficio, y le sucediese otro que fuese más moderado; y esta causa da también el Filósofo en el segundo libro de los Políticos, porque el mudar algunas veces los Principados, Dignidades y Magistrados, y distribuirlos en personas idóneas, es causa de mayor paz en cualquier ciudad y en cualquiera parte adonde el gobierno es Político.
Otra causa se da fundada en un principio del Filósofo en el quinto de las Éticas, adonde dice que el Magistrado descubre quién es el hombre que le tiene, porque acontece algunas veces que la persona que se levanta a alguna dignidad es hombre virtuoso en su estado, y que después que alcanza el del Principado se eleva en soberbia, y tiraniza, como sucedió en Saúl, de quien se dice en el primer libro de los Reyes que cuando fue levantado por Rey no había mejor hombre entre los hijos de Israel , y solos dos años permaneció en su bondad, y después que se hizo Tirano e inobediente a Dios se le dijo por Samuel: “Porque menospreciaste la palabra de Dios, y no obedeciste su voz, el Señor te desecha, para que no seas Rey”.
Además de esto en la naturaleza del hombre hay sus grados en cuanto a las virtudes y gracias, porque unos son dispuestos a ser sujetos, y valen poco para gobernar, y otros son al contrario; y así, conforme a esta opinión, que uno siendo súbdito es bueno, y puesto en el gobierno suele ser mayor, y si se perpetuase en el Principado sería causa de muchos males en la ciudad, por tanto es conveniente el mudar los que gobiernan.
Y, finalmente, en el hombre está asentado el apetito del honor, de manera que dice Valerio Máximo que no hay humildad tal, que no se mueva de su dulzura. De lo cual también se sigue el no sufrir superior; y por tanto dar el principado a uno solo es causa de sediciones entre la gente de una República; y también Aristóteles da esta razón en el segundo libro de los Políticos, adonde se dice que Sócrates siempre quiere que sean unos mismos los que gobiernen, lo cual es causa de sedición para los que no tienen alguna dignidad, porque viéndose carecer de ellas acontece que, siendo hombres varoniles y animosos, procuran con todas veras que haya discordias entre los ciudadanos. Y así Valerio Máximo en el libro décimo refiere de Fabio Máximo, Capitán de los Romanos, de quien hablamos arriba, que como hubiese sido Cónsul muchas veces, y por largo tiempo se hubiese continuado esta dignidad por sucesión en su linaje, procuró con el pueblo que dejase a los Fabios algún tiempo sin darles este honor.
Así que es loable el gobierno Político en que conforme a sus méritos se distribuyen las honras entre todos los ciudadanos, como hicieron los Romanos antiguos, lo cual también alaba más el Filósofo.
CAPÍTULO VIII
Aquí se declara ser mejor en el gobierno político no perpetuar los hombres en el gobierno, y responde a las razones en contrario, adonde también dice que no había en su tiempo dominio en Lombardía que no fuese por vía de tiranía, excepto el Duque de Venecia
Pero lo que dicen de los minerales los dichos filósofos que tienen la opinión contraria, no tiene semejanza o necesidad de argumento, porque los minerales de oro o de plata, o de otro cualquiera metal, reciben de los cuerpos celestiales impresión que se endereza a una cosa sola, por donde como las higueras siempre producen higos, y no otro fruto, porque tienen en sí mismas unos mismos principios, siempre mediante la influencia celestial; así una misma parte de tierra está dispuesta de tal manera que sea mineral de oro, siempre da oro.
Pero no es de esta suerte la voluntad del hombre, que no está sujeta a las estrellas, como prueba Tolomeo en el Centilogio, porque es mudable. Por lo cual el Filósofo en las Éticas, dice: “Que las acciones del hombre son de materia contingente, y que por esto varían de bien a mal, y de mal a bien; y por tanto la perpetuidad del gobierno es peligrosa.” Y en lo que dicen de la experiencia, debe suponerse por su parte que elijan al que es experimentado, que pueda y sepa gobernar y encaminar los ciudadanos a la virtud; pero si por precio o por amor se eligiese uno que no fuese suficiente, entonces ya se corrompería el gobierno Político, porque la forma de la elección la da a Moisés Jetró, su suegro, como se escribe en el Éxodo; el cual hablando de los Príncipes y Asesores del pueblo, dice: “Provee varones poderosos de todo el pueblo, que sean hombres de verdad y aborrezcan la avaricia, y de los tales constituye Tribunos, Centuriones, Quincuagenarios y Decanos que juzguen el pueblo”. Y el Filósofo también en el quinto de las Éticas dice que no permitimos a otro ser Príncipe en cuanto solamente es naturaleza humana, sino a aquel que es perfecto según la razón; porque siendo de otra manera el que alcanza el Principado, se adjudica más de lo que le toca, y se hace Tirano. Y en cuanto a lo que dicen, que tiene menos fuerza el gobierno si el Principado se muda, se debe atender, como tocamos en el segundo libro, que son los hombres diferentes en unas tierras que en otras, en cuanto a la complexión y modo de vivir, como las demás cosas vivientes, según son los climas del cielo, como prueba Tolomeo en el Cuatripartito; porque las plantas, si se mudan de una tierra a otra, se mudan en la naturaleza de la misma tierra y lo mismo los peces y los animales.
Y como es en los demás vivientes, sucede también en los hombres. Porque los Franceses que se han pasado a Sicilia se aplican a la naturaleza de los Sicilianos, lo cual parece porque, como cuentan las historias, tres veces ha sido señoreada esta isla de los Franceses. La primera en tiempo de Carlo Magno. La segunda trescientos años después, en tiempo de Roberto Guiscardo. Y la tercera en nuestros tiempos por el Rey Carlos; y éstos, que han pasado a esta isla, se hicieron a la naturaleza de la tierra. Lo cual supuesto, se ha de entender que el modo de gobierno y señorío se ha de ordenar conforme a la disposición de la gente, como lo dice el mismo Filósofo en sus Políticos, porque algunas provincias son de naturaleza servil, y éstas se deben gobernar con Principado Despótico, incluyendo también en el Despótico el Real. Pero los que son de ánimo varonil por el atrevimiento de sus corazones y por la confianza de sus entendimientos, los tales no pueden ser gobernados sino con gobierno Político, extendiéndolo con nombre general a la Aristocracia; el cual dominio se usa mucho en Italia, por haber sido siempre más difíciles de sujetar por las causas dichas. Por lo cual, si se quisiese reducir al Principado Despótico, no podría ser si no es que los señores tiranizasen. Por lo cual las islas adyacentes a Italia, que tuvieron Reyes, como fueron Sicilia, Cerdeña y Córcega, siempre los tuvieron Tiranos. En las partes de Liguria, Emilia y en Flaminía, que hoy se llama Lombardía, ninguno puede tener Principado perpetuo, si no es por vía tiránica, excepto el Duque de Venecia, que con todo eso tiene un gobierno templado, y así se llevan mejor en estas provincias los Principados que son por tiempo limitado. Y en lo que se dice que esto hace el gobierno Político de menos poder, no es cierto si los que se eligen son idóneos, y si no lo son, como se ha dicho, se desordena este modo de gobierno.
Aristóteles en el cuarto de sus Políticos dice que son idóneos para este Principado, los que son de mediano estado en la ciudad, y que no han de ser los más poderosos, porque fácilmente la tiranizan; ni los de humilde condición, porque luego dan en la democracia o gobierno popular, porque viéndose en alto estado no se acuerdan de lo que eran, y como quien no sabe del gobierno, dan en piélagos de errores, o por tener poco cuidado de los súbditos, o por el presuntuoso atrevimiento de cargar las haciendas ajenas, de adonde el gobierno Político se descompone y se inquieta. Así que se han de elegir a veces unos y a veces otros para regir en el modo de gobierno Político, ahora se llamen Cónsules, ahora Magistrados o con otro cualquiera nombre, como sean idóneos. Además de que en esto no hay peligro, porque juzgan por las leyes que se les dan, a que están atados con juramento. Por lo cual el castigar éstos los súbditos no es materia de escándalo, porque ellos mismos hicieron aquellas leyes; ni tampoco hace de menos poder el dominio si castiga con blandura, conforme al natural de la gente sujeta; porque algunas veces en las tales regiones se conserva mejor el modo del gobierno Político disimulando la culpa, o perdonando la pena, en lo cual parece que tiene lugar la virtud Epiqueya, de que habla el Filósofo en el quinto de las Éticas, la cual disminuye el rigor justo de las leyes. Y en este modo de gobierno también se ha de atender a las reglas de aquel sumo pastor, el bienaventurado San Gregorio, en el Registro y Pastoral, adonde pone el modo de corrección, según el estado y calidades de las personas.
CAPITULO IX
Aquí disputa si han de ser las posesiones comunes, porque cierto filósofo llamado Feleas, dijo que se habían de partir igualmente, lo cual es falso, y que así lo sintió Licurgo
Y porque las opiniones de estos filósofos que referimos trataban de que habían de ser las posesiones comunes, será bien decir de otros que en su gobierno Político trataron de esto mismo. Dos filósofos hubo que, visto que las distinciones se causaban en las ciudades de que unos tenían abundancia y otros necesidad, quisieron en su gobierno político que las posesiones se partiesen igualmente entre sus ciudadanos. El uno de estos fue Feleas Calcedonio, del cual habla el Filósofo en el segundo de los políticos. El otro fue Licurgo, hijo de un Rey de los Espartanos, el cual, como dice Justino, les dio leyes para que siendo iguales las posesiones, no fuese ninguno más poderoso que otro; y el modo que quería tener Feleas en esto le cuenta el Filósofo: y era que esta división se había de hacer cuando se fundase la ciudad teniendo atención a los términos de los campos y al número de los ciudadanos, y no haciéndose entonces, lo juzgaba por dificultoso; y para que esto, después de hecho, se conservase, ordenaba que los matrimonios fuesen de los de mayor estado con los de menor, y con esto se excusaban los pleitos, se evitaban las injurias, y se quitaba la materia de arrogancias y de ensoberbecerse.
Y también les movía de este parecer el ejemplo de otras ciudades; porque adonde hay desigualdad en los bienes temporales, muy de ordinario hay descomposiciones, porque allí hay ocasión de envidias y de allí nace la codicia, que, según dice el Apóstol, es raíz de todos los males; y aun el mismo Licurgo, por esta causa, en las leyes que dio a los Lacedemonios, para que se conservase su gobierno Político, les quitó las riquezas artificiales, vedando que hubiese dinero en los trueques de las cosas, sino que las trocasen unas por otras.
Pero el Filósofo reprueba esta doctrina, mostrando ser imposible igualar las cosas, como estos Filósofos quieren, y que por consiguiente era contra razón.
Lo primero se prueba, considerado de parte de la misma naturaleza humana, porque no siempre las familias se multiplican igualmente; porque acontece que un hombre tiene muchos hijos, y otro ninguno; y que en este caso fueran iguales las posesiones fuera imposible, porque la una familia tuviera mucha necesidad, y la otra mucha abundancia, lo cual es contra la providencia de la naturaleza: porque la familia donde hay más hijos de más importancia es para la firmeza del gobierno Político, por el aumento de ciudadanos, que no aquella donde los hijos faltan, y por cierto derecho natural merece mejor ser proveída de la misma República.
Además de esto, como ya hemos dicho, la naturaleza no falta en las cosas necesarias, y así lo debe hacer el arte del gobierno civil, que faltaría en esto si las posesiones hubiesen de ser iguales, porque los ciudadanos perecieran de necesidad, y de aquí se vendría a acabar la República.
Y no sólo de parte de la naturaleza tiene inconvenientes el ser iguales las posesiones, sino también de parte de los estados y de ellas mismas; porque entre los ciudadanos hay diferencia, como entre los miembros del cuerpo, a que hemos comparado la ciudad que se gobierna en modo Político; y los miembros, así como son diferentes, tienen diferente potencia y operación; porque claro está que el noble tiene obligaciones de gastar más que el que no lo es. De adonde la virtud de la liberalidad se llama en el Príncipe magnificencia, por los grandes gastos. Y esto no podría ser adonde las posesiones fuesen iguales. Por lo cual la misma voz Evangélica nos dice de aquel padre de familia o Rey que se ausentó en peregrinación, de la manera que distribuyó los bienes a sus siervos, pero no fue igualmente, sino que a uno dio cinco talentos, a otro dos, y a otro uno, a cada cual según la propia virtud.
Además de esto era contra el mismo orden natural con que Dios constituyó las cosas criadas en cierta desigualdad en cuanto a la naturaleza y en cuanto a los merecimientos; por donde el querer que haya igualdad en las cosas temporales, como son las posesiones, es destruir el orden de ellas, cual respecto de la desigualdad define San Agustín en el libro de la Ciudad de Dios, como ya habemos tratado, diciendo que es una disposición de cosas iguales y desiguales, la cual da a cada uno lo que le toca. Y así es reprendido Orígenes de haber dicho en el Periarcon que todas las cosas son iguales por naturaleza y que se habían hecho desiguales por defecto propio, esto es, por el pecado.
Ni tampoco por el ser iguales las posesiones se evitaban los litigios, antes se aumentaban, pues en esto se va contra el derecho natural, quitando lo que ha menester al que quizá merecía más. Además de que es contra razón el ser las cosas iguales entre los que se gobiernan en modo Político, supuesto que Dios las hizo todas en número, peso y medida, como se dice en el libro de la Sabiduría. Todo lo cual significa un grado de desigualdad en las cosas que tienen ser, y por consiguiente en las civiles y políticas.
CAPÍTULO X
Prosigue tratando de la policía de Platón y Sócrates, en cuanto a los géneros de los hombres que se requieren en ella, que son cinco, adonde se disputa mucho del número de la gente de guerra
Pero será bien que volvamos al modo de gobierno Político de Sócrates y de Platón, los cuales quisieron que en él hubiese otras cosas de más de las que habemos dicho, porque distinguieron su ciudad en cinco géneros de hombres, que son Príncipes, Consejeros, Gente de guerra, Artífices y Labradores; la cual división se ve ser bien suficiente para la perfección de una ciudad, porque comprende todos los géneros de hombres que pertenecen al gobierno Político. Pero en esto los reprende el Filósofo: lo uno porque señalaban número en la gente de guerra, desproporcionado a las ciudades; porque decían que por lo menos había de haber mil soldados, y a lo más largo cinco mil. Y lo segundo que reprende el Filósofo es que de tal suerte distinguían la gente de guerra de los otros ciudadanos, que querían que de ninguna manera se expusiesen a las cosas de la guerra otros, sino aquellos que estuviesen señalados por soldados. Y cuanto a lo primero, parece que no se puede señalar en esto número determinado, porque no son todas las ciudades de igual potencia y fuerzas; y así se ha de considerar la grandeza de la tierra, para que haya abundancia de pastos y de mantenimientos. Por lo cual dice Aristóteles en el segundo de los Políticos, que si ha de ser muy grande la cantidad de los soldados en una ciudad, convendrá hacerla igual a Babilonia, que era excesiva en multitud de gente, y en la anchura de los campos.
Pero si atendemos al número de mil soldados, como dice la policía de Sócrates y de Platón, según una exposición, concuerda con el gobierno de Rómulo, primer fundador de Roma, de quien tuvo principio este nombre Miles, que es soldado, porque se llama así por estar en el número de mil que eran elegidos para pelear, porque eran entonces mil los guerreadores más expeditos que él había elegido para las batallas contra sus adversarios, como fue primero contra los Sabinos, y después contra los Samnitas. Y así en esto concordaba Rómulo con Sócrates y con Platón, aunque fue mucho tiempo antes que los dichos filósofos. Y por otro camino se llamaron los soldados con este nombre que decimos, como que cada año uno fuese escogido entre mil. Conforme a lo cual, queriendo la Escritura alabar al Santo David por la constancia y fortaleza, dice: “Mi amado es cándido y rubio y escogido entre mil”, porque con esto se significa tener cierta excelencia en el pelear.
Y a estos llama la Escritura en el Génesis siervos apercibidos, porque así se escribe en las cosas de Abraham que siguió los cuatro Reyes con trescientos dieciocho siervos apercibidos, los cuales vencieron los cinco Reyes que habían preso a Loth, sobrino de Abraham, con toda su familia. Donde es cosa creíble que tendría mayor número de gente para pelear, pero que se señalan estos por el valor que tenían para acometer en las batallas.
Y también Gedeón eligió trescientos del Pueblo de Israel para pelear contra los Madianitas, según se dice en el libro de los Jueces, los cuales aprobó por divino mandamiento por más a propósito para la pelea, porque pasando el pueblo ciertas aguas todos bebieron de ellas, poniéndose de rodillas, y éstos sin doblarlas, tomando el agua con las manos, bebieron al modo de perros. Y estos tan escogidos, parece que no se pueden hallar mil en una ciudad, y mucho menos cinco mil. Y así es cierto el parecer de Aristóteles contra Sócrates y contra Platón, si ellos sintieron de esta manera.
Lo segundo que Aristóteles reprueba, es la distinción de la gente de guerra, si es de tal manera que los otros ciudadanos, como son los Consejeros, Artífices y Labradores estuviesen del todo libres de la guerra; porque esto no puede ser, cuando una multitud de enemigos acomete una ciudad o su gente, porque aunque los soldados sean más a propósito para la pelea, porque tienen experiencia, y como decimos de sentencia de Vegecio, ninguno teme el hacer las cosas que sabe que tiene bien aprendidas, con todo eso no podían esperar el ímpetu de una multitud, si no es siendo muchos; y así Judas Macabeo fue vencido por-que con poca gente, habiéndose apartado de él muchos de los suyos, peleó contra Bachides, Capitán del Rey Demetrio, como se ve en el I libro de los Macabeos.
Y de aquí es, que aunque Saúl tenía escogidos tres mil varones para la defensa de su Reino, dos mil que estaban con él, donde tenía su corte o palacio, como en Magmas y en Bethel, y otros mil tenía con Jonatás en su propia casa, como en Gabaa de Benjamín, usó de otros muchos soldados contra la multitud de los enemigos; y así como Naas, Rey de los Amonitas, sitiase con gran multitud de gente a Jaes de Galaad, juntó Saúl trescientos mil hombres de los hijos de Israel, y treinta mil de la Tribu de Judá, para deshacer a sus enemigos, los dichos Amanitas, según se escribe el primer libro de los Reyes.
Pero es de advertir que, como dice Vegecio en el tercer libro de la disciplina militar, según el parecer de los Lacedemonios y Atenienses restringe el número de la gente en los ejércitos a diez mil hombres de a pie y a dos mil de a caballo, a lo más largo veinte mil de a pie y cuatro mil de a caballo, mostrando que la multitud de gente es dañosa, porque se gobierna más dificultosamente, y porque con mayor trabajo es proveída de mantenimientos; y en la misma parte computa en el ejército no sólo los soldados bisoños, sino los que se envían de socorro, los cuales se refieren a los otros ciudadanos que no estaban diputados para la milicia.
Y además de esto, al mismo Vegecio en el libro primero, donde muestra cómo se han de elegir los que han de ser soldados, le parece mejor que se escojan entre los labradores y artífices, porque están acostumbrados al trabajo. Así que no sólo los que están señalados, sino de otro cualquiera género de ciudadanos se han de recibir para la guerra, sean Consejeros, Artífices o Labradores, como la disposición del cuerpo no les haga impedidos para ella, como serían los hombres muy gruesos y pesados para andar, y los que fuesen muy delicados y dados al regalo, y los viejos, a los cuales tenían los Romanos por excusados, y también los hombres a quien la divina ley prohíbe de pelear, éstos es justo que sean excluidos de la pelea, como parece en el Deuteronomio, a los cuales la dicha ley lo prohíbe, instando en ello el pueblo, y aprobándolo con aclamación el Pretor.
En el dicho libro se señalan cuatro géneros de hombres exentos de la guerra, que eran el que hubiese hecho casa nueva, y aún no hubiese vivido en ella, el que hubiese plantado viña o fuese recién casado, porque todas estas tres cosas distraen el ánimo del que pelea, con lo cual se hace de menos atrevimiento; y el cuarto género de hombres eran los que temen demasiadamente la muerte, que la sagrada Escritura llama formidolosos. Vegecio también en el principio del primer libro dice que se han de excluir de la guerra cinco géneros de hombres de entre los artífices, que son los pescadores, los cazadores de aves, los dulciarios, que son los que tratan de cosas de regalo y delicadeza, los que son flojos y fáciles de cansarse, y los que tratan de oficios mujeriles, como tejer y cosas semejantes.
Pero lo que toca al orden de los ejércitos y de los que los rigen y guían, no es para esta ocasión; porque a mí no me es conveniente el enseñar a pelear, ni tratar de los ejércitos de la guerra, sino mostrar sólo la verdadera policía por la cual, si la alcanzamos, nos disponemos a vivir conforme a virtud, y casi participamos de la celestial, que es la Ciudad de Dios, de la cual se dicen cosas gloriosas.
CAPÍTULO XI
Aquí se trata de la policía de Hipódamo Filósofo, el cual es reprendido en cuanto a las diferencias de hombres, porque no ponía en su ciudad sino tres géneros de ellos, y también en cuanto al número del Pueblo
Y aunque el Filósofo en el tercer libro de los Políticos trata de muchos modos de gobierno político, también entre otros, que fuera de los sobredichos escribieron mucho de esta materia, fue uno Hipódamo, Filósofo hijo de Eurifonte, natural de Mileto, de adonde fue Tales, uno de los siete Sabios. Este ordenó su policía de muchos preceptos y para muchas cosas; y lo primero, quiso que hubiese en una ciudad número determinado de hasta diez mil hombres, lo cual tenía por suficiente en ella, cuyo motivo por ventura fue lo que dijimos de los ejércitos, que siendo moderados se gobiernan mejor y pueden ser mejor provistos de mantenimientos.
Y este número de gente lo reducía a tres diferencias, conviene a saber: soldados, artífices y labradores, y en esta división quería que fuesen tan distintos, que ni el soldado pudiese pasar a cultivar la tierra ni a negociaciones, ni el labrador a tratar las armas; y decían que eran bastantes estas diferencias de gente, porque se ordenaban a la conservación de la vida humana; los labradores para los mantenimientos, los artífices para los vestidos, y los soldados para la guarda y seguridad de las haciendas de todos; pero atendiendo a lo que se ha dicho y a lo que adelante se dirá, fácilmente podemos conocer el error de este Filósofo; porque, como dijimos, no se puede en las ciudades señalar número determinado de gente, porque en ellas se aumenta el pueblo, o por la amenidad del sitio, o por la buena fama de la tierra, o por la fecundidad de la gente, y vemos que las ciudades, cuando tienen más abundancia de ella, tanto son de mayor potencia, y juzgadas por más famosas.
Ni por esto se impide el buen gobierno, si por los ministros y los que gobiernan se dispone bien; porque las penas instituidas en las leyes estrechan la malicia de los hombres, y son en las repúblicas como unas ciertas medicinas, según lo dice el Filósofo en el tercer libro de las Éticas. Ni se deben distinguir los géneros de ciudadanos de la manera que dice este Filósofo, sino que, cuando fuere la ocasión, se mezclen estos tres estados de gente, porque los artífices y labradores muchas veces vienen a ser soldados, siendo así que de estos géneros de hombres se sacan por la mayor parte los que lo han de ser, como se ha dicho de autoridad de Vigecio; y lo mismo es de los soldados, porque muchas veces ellos vienen a ser artífices y labradores.
Pero esta división de ciudadanos en tres géneros de hombres no es suficiente, porque deja los hombres de consejo y sabios, que son parte principal de la República, sin los cuales no se puede gobernar convenientemente, como se ve en las historias; y Demóstenes Ateniense dice que estos varones científicos, y cualesquiera viejos expertos, son en la república como los perros en los rebaños de ganado, cuyo cuidado aparta de ellos los lobos; y que así lo hacen los Sabios y Abogados en las ciudades, porque son como perros en los rebaños, para la guarda de todo el pueblo. Conforme a lo cual dice Tulio en el libro de los Oficios que Solón aprovechó más a la república con sus leyes e institutos, que la victoria de Temístocles, porque aquella guerra se había tratado con el consejo del Magistrado y Senado que había instituido el dicho Sabio, que fue uno de los siete. De adonde también en el capítulo dieciséis del Eclesiástico está escrito: “Mejor es la Sabiduría que las armas bélicas”.
Y también Vegecio y Valerio Máximo dicen de Aristóteles, que siendo tan viejo que apenas entre el ocio de las letras conservaba las reliquias de si propio en los ancianos y arrugados miembros, tuvo cuidado de la patria con tanto valor, estando en una cama en Atenas, que pudo salvarla, viéndose casi puesta por el suelo de las armas de los enemigos.
A este propósito en el Eclesiastés, en el capítulo nono, se escribe del hombre sabio otra cosa semejante: “Una ciudad pequeña y que tenía poca gente; vino contra ella un Rey grande; e hizo sus trincheras y defensas con su gente, de manera que la sitió toda alrededor”, como hizo el Rey Filipo de Macedonia sobre Atenas, según cuentan las historias. “Se hallaba en esta ciudad un varón tibio y pobre”, como eran los Filósofos de que hablamos, en los cuales fue propio el despreciar el mundo y elegir como una vida religiosa, según escribe San Jerónimo; y prosiguiendo el mismo libro del Eclesiastés, dice que “este varón libró la ciudad por su sabiduría”.
Y así se concluye por lo dicho que los hombres de consejo no se han de excluir del gobierno Político, ni tampoco los qué han de gobernar, porque son cabeza de los ciudadanos, de la cual depende todo el cuerpo.
CAPÍTULO XII
Se refiere también a las opiniones del mismo Filósofo en cuanto a las posesiones, que quería que se dividiesen en tres partes; y dícese en lo que se puede aprobar esta opinión
Y puso también este Filósofo Hipódamo otras cosas en su gobierno político: una fue el reparto de las posesiones, la cual quería que se hiciese en tres partes: una que fuese diputada para las cosas sagradas, que se dedicaban al culto divino, como hoy son los bienes Eclesiásticos; otra parte de posesiones quería que fuese común para repartirse entre los soldados; y otra, que fuese propia de los labradores; y a los artífices no les señalaba nada, porque de sus oficios podrían vivir suficientemente.
Esta división, aunque en muchas cosas no era bastante, con todo eso en alguna manera era loable, por lo que tocaba a la divina reverencia, lo cual debemos por derecho divino y natural, como fue costumbre entre los antiguos Romanos, entre los cuales tuvo tanto lugar la buena disciplina. Y así se escribe en el Éxodo que toda la tierra de Egipto, por la grande hambre que hubo en tiempo de José, fue reducida a la servidumbre del Rey, fuera de la que era de los Sacerdotes, la cual de tal manera estaba dedicada a Dios que no se podía enajenar, como ahora tampoco se puede hacer de las posesiones de las Iglesias, sino por muy legítimas causas. Y el Filósofo también refiere en su Metafísica que los Egipcios fueron los primeros que se dieron a la Filosofía, y principalmente a la Matemática; de lo cual da por razón que aquellos Sacerdotes eran más desocupados por la abundancia que tenían, conviene a saber, de las cosas que sacaban de las posesiones que gozaban, con que excusaban la solicitud que se suele poner en el buscar la comida. Y aunque la ley de Moisés prohibía a los Sacerdotes el tener posesiones, dándoles las décimas les venía a dar parte en los frutos de las posesiones de todos los ciudadanos. De adonde es que por el Profeta Malaquías está escrito: “Pon aparte el diezmo de todo, para que en mi casa haya comida”. Y de esto, como de obra de perfecta justicia, se alababa aquel Fariseo en el Evangelio de San Lucas, diciendo: “De todo lo que poseo doy el diezmo”, conviene a saber, a los Sacerdotes y Levitas.
Y también era puesto en razón lo que Hipódamo ordenaba cerca de la gente de guerra, que tuvieran paga de los bienes comunes, pues sirven a toda la comunidad de la República. Y así instituyeron los Romanos que del tesoro público se les diese con qué vivir: en razón de lo cual dijo San Juan Bautista a los soldados, como escribe San Lucas: “Contentaos con vuestros estipendios”. Y el Apóstol en la primera carta a los Corintios: “¿Quién, dice, militó jamás a su costa?”.
Pero en lo que era falto este modo de gobierno Político es en cuanto a que a solos los labradores señalaba posesiones propias, si acaso no entendía esto en cuanto a labrarlas; y así se dice que los labradores tienen tierras propias, en cuanto al cultivarlas, y los demás ciudadanos en cuanto al usufructo: porque de otra manera fuera este modo de gobierno Político imperfecto y defectuoso, porque, como dijimos en el segundo libro, las tierras se reputan entre las riquezas naturales, las cuales se llaman así porque el hombre tiene naturalmente necesidad de ellas para vivir, y por la amenidad que tienen para recreación del alma: y así el primer hombre por mandato divino usó de ellas, porque fue colocado en el Paraíso, en que el Señor había puesto diversos géneros de árboles, para que trabajase y le guardase, y se entiende con un trabajo deleitable y sin fatiga, como expone San Agustín en el libro octavo sobre el Génesis a la letra; y de los primeros hijos de Adán, Caín y Abel, cuenta la historia sagrada que la primera arte que aprendieron fue gobernar las riquezas naturales, porque Caín fue hecho labrador, y Abel pastor de ovejas, queriendo mostrar en esto que fueron criadas para las necesidades de la vida, y por esto no era bien que solos los labradores tuviesen tierras, como dice Hipódamo.
Así que para la perfección del gobierno Político se requiere que no sólo los labradores tengan posesiones propias, sino también los otros ciudadanos, si no es en el modo que arriba dijimos. Y tantas mas es menester que tengan, cuanto estuvieren en más alto estado, como hemos dicho de los Reyes; porque de esta manera no faltándoles, no se distraigan de las cosas de la guerra con el mucho cuidado de buscar lo que les es necesario, ni tampoco, codiciando las tierras, por su amenidad se hagan de ánimo delicado, lo cual es de no poco detrimento para la República. Y así el mismo Hipódamo los quería apartar de tener posesiones propias, porque tendiesen sólo a las armas.
CAPÍTULO XIII
Se pone otra opinión del mismo Filósofo acerca de los jueces y asesores del gobierno político, donde se hace una división múltiple y notable acerca de las cosas que los jueces deben hacer
Y porque el Filósofo trata largamente del gobierno político de este Hipódamo, y nosotros hemos dicho de él, trataremos compendiosamente los demás que en esta materia escribió, porque referir todos los modos de gobiernos políticos, teniendo cada ciudad el suyo diferente, sería muy trabajoso de escribir y fastidioso de oír.
Y en lo que insistió mucho Hipódamo, según refiere Aristóteles en el tercer libro de los Políticos, fue en el juzgar.
Lo Primero, cuanto a la acción del juzgar respecto de sí misma; porque todas las cosas que se juzgan las reduce a tres, sobre que pleitean los hombres, conviene a saber, o sobre daño que se ha hecho a sus cosas, o sobre injuria que han recibido en sus personas, y ésta es de dos maneras: u ofensa de palabra, a que llama Aristóteles deshonra, según el dicho filósofo, o sobre lesiones de golpes o de heridas, a lo cual llama el Filósofo muerte, por ser cosas que se enderezan a ella de lo cual se trata largamente en el derecho civil, y también lo llama el Filósofo injustificación, porque se hace contra justicia.
Hacía también Hipódamo distinción de los que habían de juzgar, porque quería que hubiese dos géneros de jueces: el uno era juez ordinario, y el segundo era provocatorio, a quien él llama principal, y a quien se acudía por vía de apelación; y éstos quiso que fuesen elegidos de los más ancianos y graves de la ciudad, para que revocasen lo que estuviese mal juzgado, a los cuales jueces llaman los Toscanos ancianos o primeros, y fueron instituidos para esto. Algunas veces también hay un Síndico constituido para lo mismo, llamado así, como que tiene cuidado del gobierno Político para que no reciba lesión por injusticia, como lo hacen los Ecónomos de comunidades.
Ordenó también Hipódamo en su gobierno Político que en uno y otro tribunal, así en el ordinario como en el principal, se juzgase sin comunicarse los jueces, sino que cada uno aparte escribiese en tablillas o papeles su parecer sobre la sentencia que se había de dar, o que le diesen al que presidía secretamente. La causa de lo cual era, según Aristóteles, evitar que acaso con temor de los ciudadanos, o de las partes, no se apartasen de lo que era justicia, de la manera que ahora lo guardan en su modo de gobierno los Toscanos, echando una haba o moneda en la parte señalada para votar afirmativa o negativamente en las cosas de la república que se tratan, o en absolver o condenar algún ciudadano.
También instituyó Hipódamo en su modo de gobierno Político, algunas leyes llenas de piedad y conformes al derecho natural, acerca de algunos estados de hombres.
Lo primero en cuanto a los sabios, que si alguno de ellos ordenase alguna cosa importante a la ciudad, o a su ejército, le honrasen conforme al mérito de aquella buena obra, como Faraón lo hizo con José, según se escribe en el Génesis. Y lo mismo sucedió a Mardoqueo con Asuero, por las obras que entrambos hicieron, el uno a la provincia, y el otro al Príncipe.
Lo mismo mandó acerca de los soldados, y que los hijos de los que muriesen por la defensa de la patria y por el bien de su ciudad, los sustentasen del tesoro público. En lo cual puso la República Romana todo su esfuerzo, honrando los soldados virtuosos en la vida y en la muerte, como cuentan las historias, y principalmente en los hijos, porque por ser semejanza suya se perpetuaba en ellos la memoria de los padres, para hacer cierto lo que se escribe en el Eclesiástico: “Muerto es, y casi no es muerto, porque dejó otro semejante”; así conviene a saber, en el beneficio recibido por causa del padre.
'También ordenó que todo el pueblo, así los soldados como los artífices y labradores, eligiesen el Príncipe que hubiesen de tener, porque no le querían por sucesión, según lo observan por la mayor parte las ciudades de Italia.
Ordenó más, que el Príncipe tuviese principalmente cuidado de tres cosas, conviene a saber, de las que tocan al común, de los peregrinos y de los huérfanos; huérfanos llama a todos los poco poderosos, y que no pueden conseguir lo que les es debido. Lo cual también manda particularmente la ley divina, por cuanto éstos, como no pueden defenderse, fácilmente son de otros maltratados.
Esto es, pues, lo que del gobierno Político escribió Hipódamo, y aunque el Filósofo en el tercer libro de sus Políticos reprende esta policía en muchas cosas, que se pueden disputar por entrambas partes, como acciones humanas, que son de materia contingente, con todo eso escribe otras muchas loables, que concuerdan con el gobierno Político de los Romanos, como adelante veremos; y por ahora baste lo que se ha dicho de él.
CAPÍTULO XIV
De la policía de los Lacedemonios, la cual se reprende acerca del gobierno de los esclavos y de las mujeres, y en cuanto a la gente de guerra
Ahora pasaremos a tratar de otros modos de gobierno, que refiere el Filósofo en el segundo libro de los Políticos, como el de los Cretenses y el de los Lacedemonios, que eran claros por la fama de las provincias, por su antigüedad y fundadores, y aunque Aristóteles en muchas cosas alaba el gobierno político de los Lacedemonios, con todo eso reprende en él otras muchas.
Lo primero, de la remisión que tenían con los siervos, porque no los trataban como a súbditos, sino como a amigos, con lo cual se hacían demasiados, y se ensoberbecían y levantaban motines contra los Tiranos en los confines de los Lacedemonios, para que se pudiese decir de ellos lo del capítulo veintinueve de los Proverbios. “El que cría a su siervo delicadamente desde su niñez, después le hallará rebelde”. Y en la misma parte se dice: “El siervo no se puede enmendar con palabras, porque entiende lo que dices, y menosprecia el responder”.
Mas a veces no es fuera de razón el tratarlos con blandura, cuando se ha de pelear con los enemigos; y entonces se puede dar libertad a los esclavos, porque suelen ser atrevidos para acometer. De adonde se escribe en el tercer libro de los Reyes que el Rey Acab, por mandato de Dios, con los siervos de los Príncipes de las provincias acometió y puso en huida al Rey de Siria. Y así cuentan las historias de los Romanos, que cuando fueron vencidos en la batalla de Cannas fue tanta la mortandad y estragos que se vieron forzados a llamar a los que estaban desterrados y forajidos, y dar libertad a los esclavos, de la cual gente compusieron un ejército para defensa de la ciudad.
Pues como los Lacedemonios tuviesen inquietos sus confines, por eso llevaban con blandura a sus siervos.
Los confines de los Lacedemonios, como dice el mismo Aristóteles, llegaban a las provincias de Arcadia y de los Nisenos, y a Tesalia, y por otra parte a Acaya y a Tebas, gentes que antiguamente fueron muy varoniles.
Repréndense, pues, los Lacedemonios por la causa referida, si a los populares, a que llamaban siervos, les sufrían sin refrenarles sus errores; pero esto se podía tolerar si sus confines se hallaban muy trabajados de enemigos, como dijimos; porque así se les da atrevimiento para acometer y refrenar la malicia de los enemigos; y por la misma causa daban libertad a las mujeres para andar por todas las partes que querían, con lo cual se hacían lascivas, y así son reprendidos del Filósofo, porque no les quitaban el hacer caminos adonde les parecía, lo cual es para las mujeres un lazo de lujuria, como se vio en Dina, hija de Jacob, que fue forzada de Sichem, hijo del Rey de Emor, porque andaba discurriendo sin guarda por las tierras. De adonde es, que en el capítulo veintidós del Eclesiástico se dice: “Pon guarda a la hija, que no mira por sí; porque si halla ocasión no use mal de su persona”. Y así sucedía en Lacedemonia, que vivían a su gusto por la mucha libertad. Pero Aristóteles excusa a los Lacedemonios por las demasiadas ocasiones de guerra que tenían; por lo cual era forzoso que sus mujeres fuesen a unas partes y a otras, para proveer y gobernar sus familias, lo cual siendo sin esta causa fuera mal gobierno.
Lo tercero que Aristóteles disputa acerca del gobierno Político de los Lacedemonios, es en cuanto a los soldados, si se debían casar o juntar con mujeres, porque con esto se distraen de las cosas de la guerra; siendo así que el ánimo se enflaquece con el acto del deleite carnal, y se hice menos varonil, según se ha dicho, y es sentencia de Platón, como refiere Teofrasto, que a los que tratan de las cosas de la guerra, no les conviene casarse.
Pero Aristóteles reprueba esto en el segundo libro de los Políticos, porque la gente de guerra naturalmente son inclinados a cosas de lujuria. La causa se da en un librillo de problema, traducido de Griego al Latín, dirigido al Emperador Federico, y el Filósofo introduce allí la fábula de Hesíodo Poeta, en que se trata de los amores de Marte y Venus, por donde, si los apartan de las mujeres, darán en otros vicios peores, y así Aristóteles reprueba el parecer de Platón en esto, diciendo que mejor es tratar con las mujeres carnalmente que caer en otros vicios más viles. Por lo cual dice San Agustín que las rameras son en el mundo como la sentina en la nave, y como las secretas en un palacio, que si las quitas de él se vendrá a henchir de hediondez, y lo mismo en la nave, si no hubiese en ella sentina. Quita las rameras del mundo, y se henchirá de sodomía. Y por esta causa dice el mismo San Agustín que la ciudad terrena hizo torpeza lícita el uso de las casas públicas. Y también este vicio de la sodomía, dice el mismo Filósofo en el séptimo libro de las Éticas, que sucede de viciosa naturaleza, y de perversa costumbre. Ni de estas cosas se puede señalar conveniencia, ni disconveniencia; porque no son por sí deleitables, según la humana naturaleza, las cosas por las cuales no puede haber en ellas medio de virtud; y esto concuerda con lo que dice el Apóstol, escribiendo a los Romanos, adonde llama a estos actos pasiones ignominiosas.
Lo cuarto en que Aristóteles reprende el gobierno Político de los Lacedemonios, es en la desigual división de las posesiones; porque había ciudadanos que ocupaban toda una provincia por medio del dinero, como acontece en los logreros, y los otros ciudadanos dejan la tierra y viene a quedar la provincia despoblada.
Y también los tacha en cuanto a las mujeres casadas, porque les concedían las dos partes de la hacienda de los maridos difuntos por razón de la dote, de la manera que en Francia llevan la mitad, y lo restante se distribuía entre los herederos, y en los legados del difunto. Mas, aunque fuese tolerable entre los Lacedemonios el disminuirse las posesiones de los demás ciudadanos, con todo eso no se debía hacer en cuanto a los soldados, porque por ellos se conserva una ciudad en su ser y potencia; y así dice Aristóteles que les sucedió a los Lacedemonios que vinieron a deshacerse y volverse en nada por esta causa, teniendo antes de ordinario diez mil hombres de guerra, que entre los antiguos no era poco.
Estos son aquellos Espartanos de quien se trata en el segundo libro de los Macabeos, que, por ser de ánimos varoniles, los tenían los Judíos y los Romanos por especiales amigos.
CAPÍTULO XV
Se reprende a dicha policía en cuanto a las leyes de los hijos y de los jueces; y se agita la cuestión, si los pobres han de ser elegidos para el gobierno político
Otra cosa también reprende Aristóteles en esta policía, que es acerca de la generación de los hijos, porque habían estatuido para mover los ciudadanos a procurar el aumento de la gente, que el que tuviese tres hijos fuese levantado a alguna dignidad de las cosas públicas, y el que tuviese cuatro no pagase tributo ninguno, lo cual era causa de empobrecerse la ciudad, y así venían a no ser poderosos para hacer guerra a sus enemigos y fue entre ellos causa de disensiones, por donde su poder vino a disminuirse.
Y el ser este estatuto reprensible se funda en razón, porque el tener muchos hijos no es obra de virtud, por la cual se merecen las preeminencias, como por guerrear por la República, que es obra de fortaleza, o el dar buen consejo en las cosas de la ciudad, que pertenece a la prudencia, o el regir los ciudadanos, que pertenece a la justicia, o el conservarse buenamente con ellos, que consiste en la templanza; pero que por tener un hombre muchos hijos merezca premio en la República, esto no es por razón de virtud; porque un hombre vil puede tener natural para engendrar mejor que otros; y así no es por esto digno de honor, porque este sólo se le debe a la virtud, como dice el Filósofo en el primer libro de las Éticas.
En todas las obras, pues, del gobierno Político, fuera de ésta en que hablamos, se debe pesar igualmente entre los ciudadanos la honra y el trabajo, para que se vea lo que se escribe en el primer libro de los Reyes de David, habiendo recobrado de los Arnalequitas los despojos de Sizeleth: “Tendrán, dice, su justa parte, el que fue a la pelea y el que quedó para llevar el bagaje”. Y aunque la ley de Moisés maldice la estéril, como parece en el Éxodo y en el Deuteronomio, y para multiplicar la generación se les permitió tener muchas mujeres, no se les concedió sino en orden a virtud, refiriéndolo al culto divino, como San Agustín dice en el libro de la Ciudad de Dios.
También reprende el Filósofo entre los Lacedemonios otra cosa por donde se destruyó su gobierno Político, que es acerca de la elección de los jueces, porque los elegían pobres, los cuales, forzados de la necesidad, se dejaban corromper de los mayores por dineros, por donde era oprimida la justicia y ejercitada la tiranía; y así el Filósofo, en comparación de este modo de gobierno Político, alaba más la Democracia, porque faltando en la ciudad hombres virtuosos para gobernarla, de los cuales se constituye el Principado que llaman Aristocracia, se gobernaría mejor por los ricos, aunque sean malos, el cual Principado se llama Democracia. Así que no conviene a la República hacer jueces a los pobres y codiciosos. De donde es que cuentan las historias que siendo elegidos por los Cónsules Romanos dos varones que fuesen a gobernar a España, de los cuales uno era muy pobre y el otro muy avariento, porque litigaban sobre cual había de ir, fueron llevados sus nombres al Capitolio, y Escipión Africano fue de parecer que no se enviase ninguno de ellos, diciendo que cada uno destruiría el gobierno Político, y otro cualquiera, porque los tales son para las ciudades como sanguijuelas en el cuerpo humano. De donde es que en los Proverbios se dice: “Dos sanguijuelas son las hijas que están diciendo, trae, trae”. Como que su principal intento sea el sacar dinero.
¿Pero, qué diremos del Cónsul Fabricio, que fue pobrísimo, como escribe Valerio Máximo, y de Lucio Valerio, de quien dijimos que había muerto en suma pobreza? Sobre lo cual es menester hacer distinción de ella; porque es de dos maneras, conviene, a saber, voluntaria y forzosa: voluntaria fue la de Cristo y sus Discípulos, y ésta tuvieron Fabricio y Lucio Valerlo, Cónsules Romanos, los cuales, por gobernar bien la República, menospreciaron las riquezas, porque, como dijimos arriba hablando de él, quiso más Fabricio mandar a los ricos, que enriquecerse a sí mismo.
Esta pobreza no se excluye del gobierno, sino la segunda, que es la forzosa; porque raramente o nunca gobierna bien, ni trata sino de henchir su vacío apetito. La razón de lo cual, y la diferencia de estas dos pobrezas, se puede sacar del fin de cada una de ellas. El fin de la pobreza voluntaria es un bien honesto o de virtud, y el fin de la pobreza necesaria es un bien útil a que está inclinado su apetito, esto es, por cuya causa hace las cosas, como lo dice el Filósofo; y así todo lo que hacen los que tienen esta pobreza, lo hacen a fin de henchir el vientre y la bolsa, pero los que tienen pobreza voluntaria, como quien ha menos-preciado las riquezas, todo lo que hacen lo encaminan a fines virtuosos, y así, cuando gobiernan las ciudades, siempre procuran en ellas el bien de la virtud, el cual es el bien de los hombres, como dice Aristóteles en el primer libro de las Éticas.
Además de esto, la naturaleza ninguna cosa obra en balde, como el mismo Filósofo dice en el primer libro del cielo; y el apetito de los que no tienen riquezas no siendo de su voluntad siempre atiende a alcanzarlas, y si no lo consigue, quedará frustrado de su intento, y por tanto la naturaleza le impele a esto, como la que procura que no haya cosas vacías, las cuales ella no puede sufrir, y por esto es cosa peligrosa para la República que los pobres sean elegidos por Gobernadores o Jueces, como dice el Filósofo, sino cuando la pobreza es de propia voluntad, porque entonces es sin codicia, que es la raíz de todos los males, como escribe el Apóstol, porque para el gobierno es bonísimo el pobre como aquél de que e escribe en el Eclesiástico que se halló un varón pobre y sabio, que libró la ciudad con su sabiduría, conviene a saber no impedido con ninguna codicia.
CAPÍTULO XVI
Continuación del tratamiento de la policía de los Lacedemonios, en cuanto al Rey que elegían, reprobando el modo que en esto tenían, y mostrando los inconvenientes que se seguían de él
Además de lo dicho, aún habemos de tratar del gobierno de los Lacedemonios, porque dicen los historiadores, como Justino Español, grande escritor de cosas antiguas, que tenían Rey en su ciudad, y el mismo Aristóteles lo afirma en el tercero de sus Políticas, y dicen que tenían Rey en su tierra de la manera que los tuvieron los Romanos, y esto lo vemos también en muchas partes de Europa, así en las Orientales como en las Septentrionales, y con todo eso, aunque tienen Rey, cada ciudad tiene sus leyes y modo de gobierno Político, como en Francia, España y Alemania.
Así que los Lacedemonios, los cuales también se llamaron Esparcianos o Espartanos, tuvieron Rey, y entre los que reinaron fue uno Catello, de cuyo gobierno, según el mismo Justino escribe, se encargó Licurgo, siendo él aún niño, como diremos cuando trataremos de la policía de los Cretenses.
Y acerca del gobierno de los Espartanos o Lacedemonios, prosigue el Filósofo reprendiéndoles en muchas cosas. Lo primero, en cuanto al elegir el Rey, porque, en teniendo ocasión, no sufrían que el gobierno fuese perpetuo, ni que lo fuese de por vida, queriendo guardar el modo de los gobernadores políticos, lo cual era en mucho perjuicio del gobierno, porque con esto se enflaquecía la potestad de los ministros, y a los súbditos se les daba ocasión de levantarse para no guardar las leyes, y así no podían hacer Reyes varones perfectos y virtuosos.
Y por esta causa, aunque el Filósofo no lo dice, cuentan las historias que los Lacedemonios eran gente indomable, hasta que el mismo Licurgo los reguló y compuso con la madurez de sus costumbres y con sus preclaras leyes, de las cuales se dirá adelante.
Y de lo que hemos dicho se seguía un inconveniente, que señala el Filósofo, y era, que si enviaban Embajadores a otra ciudad o provincia, como unos eran del bando del Rey y otros fuesen sus enemigos, se conocía su disensión y disconformidad, por donde no eran bien recibidos, y sus embajadas pocas veces conseguían su pretensión. Y se ha de advertir que aunque los Cónsules en Roma eran anuales, como ya dijimos y se señaló la causa, y como lo eran los Magistrados en Atenas, no había de ser de esta manera el Rey, porque antes, si no es perpetuo, es peligrosísimo para los ciudadanos, porque como se ha dicho es diferencia entre el Rey y los gobernadores Políticos que el Político juzga el pueblo sólo por las leyes de su ciudad, pero el Príncipe que es Rey, fuera de las leyes que ya están estatuidas hace otras, cuando el tiempo lo requiere para el mejor fin de su gobierno y para el bien de su gente. Y si el que es Príncipe de esta manera gobierna por tiempo limitado y no es perpetuo, suele precipitarse en el juzgar, o contra los ciudadanos que trataren de mudarle, o con el deseo de conseguir alguna cosa que pretenda o por hacer favor a los que son sus amigos. Lo cual no haría si hubiese de reinar siempre; y para lo primero tenemos ejemplo en aquel que dijo en el Evangelio de San Lucas, exponiendo como suena la letra: “Traedme aquí aquellos enemigos míos, que no quisieron que yo fuese su Rey, y dadles la muerte delante de mí”. Y de esta manera, como cuentan las historias, Herodes hizo matar muchos de los nobles judíos que procuraban quitarle el Reino.
Y para lo segundo, se puede también tornar ejemplo en aquel mal mayordomo en el mismo Evangelio, que se puede extender a cualquier grado de gobierno, porque los tales tienen las veces de sus señores en la tierra. Lo cual es también entre los Príncipes, respecto de Dios; y si temen que les han de ser quitados los oficios, hacen amigos a costa del tesoro público de la República en que gobiernan; en todo lo cual se echa de ver que es grandemente peligroso dar libertad a los que gobiernan por tiempo limitado, para gobernar y hacer justicia por su arbitrio.
Mas si el dominio es perpetuo, el que gobierna tendrá cuidado de sus súbditos como de cosa propia; y cada día continuamente pondrá su solicitud como sobre riquezas suyas naturales y tesoro indeficiente, por lo cual los gobierna como el pastor los rebaños y el hortelano las plantas. Que sienten en sí mismo cualquiera daño que reciben.
CAPÍTULO XVII
Se ponen algunas otras cosas por la misma causa dignas de represión en la policía de los Lacedemonios, que eran materia de disensión en el pueblo
Tenían estos tales señores que gobernaban en Lacedemonia, una costumbre nacida por ventura de la misma causa que tratamos, porque eran Príncipes que no tenían cuidado de la república. Lo primero que hacían en sus solemnidades y ostentaciones era poner exacciones y cargas en el pueblo, de adonde lastimados los pobres movían sediciones. Y así era el más poderoso el gobierno Político, por lo cual alaba más el Filósofo que estas cosas las hicieran a costa del tesoro publico, lo cual dice que fue costumbre y ley en Creta, porque las exacciones y tributos multiplicados en el pueblo, si no es con causa urgente, como es la conservación de la ciudad y provincia, conturban los súbditos, y son entre ellos causa de disensiones.
Y también de la misma causa nacía otro inconveniente, que el Príncipe de la mar, que tenían, se hacía distinto de la misma república, de lo cual se seguía división en las voluntades, y por consiguiente disensión en el gobierno, lo cual no sucediera así siendo el Príncipe perpetuo, porque cualquiera que fuera general de la ciudad le estuviera sujeto. Y hace mención el Filósofo del Príncipe de la mar, porque señoreaban mucho en ella los Lacedemonios. Se concluye también que acaso por la misma causa tenían mal gobierno, en que no elegían para la guerra varones que fuesen fuertes por la virtud de la fortaleza, que es una de las cuatro principales, por la cual los ciudadanos se ofrecen a la muerte, como lo hizo Régulo volviéndose a África, sino que aquellos soldados o Príncipes tenían parte de esta virtud, la cual no alaba el Filósofo en su Política. Porque en el tercero de las Éticas hace distinción de la fortaleza, diciendo que es de dos maneras. La una de ellas es de la que habla aquí, la cual llama militar, que se funda sólo en las fuerzas corporales, y a ésta llama parte de virtud o de fortaleza, porque se requiere algunas veces para la que lo es verdadera. La otra fortaleza es la que por causa de la república se expone a los peligros, y no los huye, ni muda de su propósito por mucho que se aumenten. De la cual dice Séneca en el libro de la Providencia de Dios: “Varones excelentes, iguales en fortaleza, busca para probarlos la fortuna. Experimenta el fuego en Mucio; la pobreza en Fabricio; el destierro en Rutilio, el veneno en Sócrates, y la muerte en Catón”. Y de esta virtud también se trata en el primer libro de los Macabeos, donde hablando Matatías de su hijo, dice: “Judas, que desde su juventud ha sido hombre de muchas fuerzas, será vuestro Príncipe, y tratará de las guerras del pueblo”, el cual por su fortaleza por causa de la república no se rindió a los enemigos, sino que por ella, acabadas las fuerzas del corazón, murió en medio de la batalla.
La primera suerte de fortaleza, de que se ha dicho, es imperfecta, y la segunda es virtud perfectísima, y así elegir para la guerra soldados o Capitanes que no sean fuertes según el segundo modo de fortaleza, no es buen gobierno, porque los que tienen la primera muchas veces se hacen Tiranos o se dejan vencer en los peligros, como hemos dicho. Y por esta misma causa de no ser el Príncipe perpetuo, ni aun de por vida, no había entre los Lacedemonios cosa señalada de común para los gastos de la gente de guerra. De adonde se seguía que los soldados de experiencia no trataban de las guerras del pueblo por la falta de paga, de que no los podía proveer la república, y así ejercitaban la guerra los que no sabían de ella, conviene a saber, los plebeyos inexpertos y codiciosos de dinero.
Y esto reprueba Aristóteles en el mismo libro, porque muchas veces es causa de la ruina del pueblo.
Esto pues, baste haber dicho del gobierno de los Lacedemonios.
CAPÍTULO XVIII
Aquí se trata del gobierno político de los Cretenses, y de la diferencia entre éste y el de los Lacedemonios, y de los primeros autores de aquel gobierno y de las leyes de Licurgo
Trata también Aristóteles en el mismo libro del gobierno político de los Cretenses, el cual dice que fue fundado por Licurgo, hermano de Polibia, Rey de los Lacedemonios, que fue padre de Catello, como refiere Justino; y también por Minos, Rey de la misma isla, los cuales fueron los primeros que dieron leyes en Grecia, y a aprenderlas vino peregrinando Pitágoras, que también las enseñó a los Cretenses, como dice el mismo Justino, el cual hace mención de estos dos filósofos; y aunque los historiadores hablan variamente de Licurgo nosotros seguimos la relación de Justino, porque fue preclarísimo escritor antiguo de historias.
De lo que habemos dicho sucedió por ventura que los Lacedemonios y los Cretenses tuviesen un mismo modo de gobierno político, por lo cual dice el Filósofo que en esto imitaban a los Lacedemonios los Cretenses, como que de ellos hubiesen recibido las leyes; pero, aunque conformaban en muchas cosas, se diferenciaban en los convites y festividades.
Porque lo que en esto se gastaba entre los Cretenses era del tesoro común, que se juntaba de los frutos y ganados que los de la tierra ofrecían en los sacrificios que hacían a sus Dioses, de la manera que tuvieron principio los diezmos.
Se diferenciaban también en cuanto a las mujeres; porque los Lacedemonios cuidaban mucho de multiplicar su sucesión, y los Cretenses no tanto.
Y lo tercero en que se diferenciaban era en la agricultura, porque las tierras de los Lacedemonios las labraban los esclavos, y las de los Cretenses los naturales, los cuales hacían las ofrendas que habemos dicho.
La cuarta diferencia era que entre los Cretenses elegían Cónsules o Sabios, a los cuales llamaban Bosmoim, que significa viejos adornados, y estos no los escogían de entre todos, sino de los mayores de la república, y eran muchos en número. Pero los Lacedemonios de entre toda la gente escogían los que llamaban Eforos, que quiere decir Procuradores de la república, y éstos eran menos; lo cual alaba más Aristóteles, siendo así que se daba menos ocasión de revolverse el pueblo, porque la razón de la disensión que había entre los Cretenses era porque antiguamente tenían Rey, como ya dijimos, y en el tiempo de Aristóteles ya no tenían sino Capitán, y éste le elegían estos sabios que hemos dicho; y porque el pueblo nunca tenía parte en la elección era causa de envidia, y por consiguiente de odio.
Pero los Lacedemonios, aunque tenían Rey por el tiempo que les parecía, era con todo eso elegido por aquellos Sabios que eran escogidos de todos los géneros de gente de la ciudad, y esto parecía conforme a razón, que el Rey fuese elegido por concurso de todos los que se juntaban para el gobierno del pueblo, como hoy comúnmente hacen las ciudades de Italia; porque esta significación trata consigo este nombre de ciudad, la cual, según San Agustín en el primer libro de la Ciudad de Dios, es una muchedumbre de hombres, junta con algún vínculo de compañía, de adonde ciudad se dice como unidad de ciudadanos. Y siendo así que este nombre de ciudad incluye en sí a todos los ciudadanos, parece cosa razonable que para su gobierno sean elegidos de todos los estados de ellos, según lo pidieren los merecimientos de cada uno.
Así que en esto parecía mejor el gobierno Político de los Lacedemonios que el de los Cretenses; y conviniendo estas dichas provincias en muchas cosas, como dice el filósofo, con todo eso se diferenciaban en algunas de la manera que se ha dicho; y esto baste haber tratado del gobierno de los Cretenses, conforme a lo que escribe de ellos Aristóteles.
Pero, porque hace mención de Licurgo, me parece conveniente poner aquí lo que las historias cuentan de sus leyes; porque dice el mismo Justino que este Sabio dio preceptos a los Lacedemonios y Cretenses, y obligó a los Lacedemonios bajo juramento a guardarlos, hasta que volviese de cierta peregrinación que fingía hacer al templo de Apolo para consultarle sobre su bien de ellos. Con esto se fue a Creta, y muriendo allí les dejó los mismos preceptos, y mandó que su cuerpo fuese echado en la mar, para dar eternidad a sus leyes, con lo que primero las había comenzado a enseñar.
Las leyes que enseñó las refiere en compendio Justino. Lo primero quitó el tener ningún género de oro, y permitió al pueblo elegir senadores, y criar los magistrados que quisiese.
Mandó partir los campos igualmente entre todos, para que siendo iguales las haciendas ninguno fuese más poderoso que otro. Mandó que los convites se hiciesen en público, para que los deleites y riquezas de ninguno fuesen ocultos. No permitió que los mancebos se pusiesen más de un vestido cada año, ni que unos anduviesen mas aliñados que otros, ni comiesen con más opulencia. Mandó que no se comprasen las cosas por dinero, sino por recompensa de otras mercaderías; que los mancebos no se criasen por las laxas sino en el campo, para que no ocupasen los primeros años en ocio y deleites, sino en ejercicio y trabajo; que no dejasen de hacer ninguna cosa por causa del sueño, ni volviesen a la ciudad hasta ser ya hombres.
Quiso que las mujeres se casasen sin dote, para que no fuesen escogidas por causa de la hacienda, para que, no mirando a la dote, las tuviesen los hombres más sujetas. Señaló las mayores honras para los ricos ni poderosos, sino para los ancianos, estatuyendo que nunca hubiese en la tierra, lugar más honrado que para la senectud.
Éstas, pues, fueron las leyes de Licurgo, de las cuales el filósofo no habla, y de que sería largo tratar cuáles sean, y así se deja al presente, pero no contradice a lo que hemos dicho que el filósofo dice del mismo Licurgo.
CAPÍTULO XIX
Aquí se trata del gobierno Político de los de Calcedonia, cómo fue famoso, y en qué cosas convenían con ellos los Lacedemonios y Cretenses, y en qué se diferenciaban
Pero ahora trataremos también del gobierno Político que tenían los de Calcedonia, el cual alaba mucho Aristóteles, diciendo que estas tres repúblicas de los Lacedemonios, Cretenses y Calcedonios fueron las más famosas entre los griegos, porque fueron ordenadas más conforme a la virtud.
Es Calcedonia ciudad situada en Tracia, adonde fue celebrado el cuarto Concilio de seiscientos treinta Obispos, en tiempo de León primero, hallándose presente el Príncipe Marciano, lo cual no fue sin grande abundancia de la provincia poder tener provisión para tanta multitud de Prelados.
El gobierno, pues, de esta ciudad, antepone Aristóteles a los demás en el segundo libro de los Políticos, aunque en el que tuvieron las dos ciudades de que hemos hablado le fueron muy semejantes, de la cual bondad y perfección pone Aristóteles tres señales: la primera, que los que gobernaban vivían ordenadamente, y ejercitaban sus oficios con tranquilidad y con estabilidad de costumbres; la segunda, que en el administrar las cosas de la república eran muy concordes, ni hubo entre ellos sedición tal que fuese digna de hacerse mención de ella en las historias, ni de otro ningún modo; y la tercera señal de la bondad de este gobierno saca el Filósofo del quieto dominio que tuvieron, porque entre ellos nunca se levantó ningún señor, ni noble, ni otro poderoso, que usare de tiranía.
Dice más Aristóteles de lo que conformaban los Lacedemonios con los de Calcedonia, pero que éstos tenían más excelente modo. Lo primero en los convites y fiestas, pues en las demostraciones que hacían con personas graves, entre los Lacedemonios, contribuían todos para ellas; pero los de Calcedonia tenían modo más honesto, porque esto se hacía sin oprimir a los pobres.
Lo segundo en que convenían era la elección de los ancianos y del Rey. Pero en esto diferían en que los Lacedemonios elegían de cualesquiera del pueblo los que llamaban Eforos, y eran pocos, y a éstos les tocaba la elección del Rey; pero los de Calcedonia elegían más en número, y de los mejores, a los cuales Aristóteles llama Príncipes, y eran en Calcedonia ciento cuatro, y se les daba este nombre por la virtud de su dominio, porque con ninguna cosa se gobierna mejor que con ella; a éstos mismos llama el Filósofo Genesios, que quiere decir honrados, y su oficio era asistir con el Rey, y elegirle.
Además de esto se diferenciaban los de Calcedonia de los Lacedemonios, porque a éstos que dijimos, no los elegían de todas gentes indiferentemente, sino de los que eran más dignos de ser elegidos, según la virtud, y da la causa de esto Aristóteles, porque los que son de bajas partes levantados al Principado casi siempre son dañosos a la república. Y así alguna vez lo fueron a la de Calcedonia, conforme aquello del Poeta: “Ninguna cosa hay más áspera que un bajo levantado a lugar alto”. De adonde es que en el capítulo 9 del Eclesiastés se dice, como de cosa que es en mucho detrimento del gobierno: “Hay un mal, que vi debajo del sol, y que como por yerro procede de la presencia de los Príncipes, un necio puesto en sublime dignidad, y sentarse los ricos abajo de él; vi esclavos en caballos, y los Príncipes andar a pie como los esclavos”.
Y también no elegían los de Calcedonia siempre a los de un mismo linaje, porque la naturaleza muchas veces falta en el proceso de una generación, pero levantaban a los hombres virtuosos de cualquier género que fuesen, para hacer los Príncipes o Genesios, que, como dijimos, quiere decir honrados viejos.
Y en esto imitaban el modo de gobierno Aristocrático, que es el Principado de pocos y virtuosos, el cual tenían verdaderamente los Calcedonios, porque el Rey con algunos hombres honrados y virtuosos trataba de las cosas que se habían de hacer en la ciudad, sin requerirse el consenso del pueblo, de la manera que se escribe de los Romanos en el primero de los Macabeos, que tenían un consejo de trescientos veinte hombres, que trataban de lo que tocaba a la demás muchedumbre, para poner por obra lo que conviniese.
Y aunque el Rey podía hacer lo mismo con acuerdo de los dichos Genesios, con todo eso algunas veces se pedía su parecer al pueblo sobre algunas cosas que se habían de hacer, el cual podía consentir en ello o denegarlo; así que no se podía hacer nada si el pueblo no venía en ello, después de serle propuesto, y entonces se reducía el estado del gobierno al Principado Democrático, porque esto era en favor de la gente plebeya; y algunas veces se encargaban algunas cosas a pocos, y entonces el Principado se llamaba Oligárquico, porque elegían cinco personas de entre los ricos, a los cuales llama Aristóteles Pentacontarcos, y a éstos les tocaba el elegir aquellos ciento y cuatro honrados, o Genesios, y esto fue principio del gobierno de los Calcedonios, el cual modo observan hoy las ciudades de Italia, y principalmente las de Toscana.
Y estos modos fueron también guardados de los Romanos todo el tiempo que duró el Consulado; porque primero fueron creados los Cónsules, que eran dos, y después el Dictador y el Maestro de la Caballería, como lo cuentan las historias, y a éstos pertenecía todo el gobierno de la ciudad, y así era regida con Principado Aristocrático. Más adelante fueron creados los Tribunos en favor del pueblo, sin los cuales los demás ministros no podían ejercitar el gobierno, y así se juntó al que decimos el Principado Democrático.
Después, con el discurso del tiempo, los Senadores tomaron todo el poder del gobierno, si bien ya habían sido instituidos por Rómulo, porque dividió la ciudad en tres partes, en Senadores. soldados y plebe, y entonces, mientras hubo Reyes en Roma, tuvieron los Senadores el lugar que los ancianos que había en Lacedemonia y se llamaron Eforos, o como en Creta los que se llamaban Cosmos, o los Genesios en Calcedonia, de que ya hemos dicho; y porque los Senadores principalmente eran contenidos en la multitud de la ciudad, por eso entonces el Principado de los Romanos era llamado Político; pero cuando se corrompía este gobierno por la potencia de alguno, como en el tiempo que se levantaron las guerras civiles, entonces se regía con Principado Oligárquico.
Esto se ha dicho para mostrar que el gobierno de los griegos concordaba mucho con el nuestro, aun en los tiempos de Aristóteles.
CAPÍTULO XX
Cómo Aristóteles tratando de la policía de los Calcedonios da un documento para la elección del Príncipe, si ha de ser elegido rico o pobre; y de la manera que el pobre virtuoso debe ser sustentado, y si conviene que uno gobierne cosas diferentes.
Enseña también el mismo Filósofo en el gobierno de los Calcedonios un documento acerca de las elecciones, y es que no se hagan con arte o por suertes, sino que se elijan de los virtuosos, porque acontece que algunas veces cae la suerte sobre algún pobre, el gobierno de los cuales es peligroso, porque, como él mismo dice y arriba mostramos, es imposible que el que tiene necesidad gobierne bien, y que pueda tratar como conviene de los negocios públicos; porque por la necesidad es sediento de las ganancias, y se aparta de la virtud ni puede ser señor de sí, para tener el ánimo quieto, o que, como dice Salustio de los antiguos Romanos, le tenga libre en las cosas en que hubiese de dar consejo.
También enseña otro precepto que dice tenían en su gobierno los de Calcedonia, cuando se ofrecía elegir algún pobre que fuese virtuoso; que para quitarle la ocasión de darse a ganancias ilícitas la República lo proveía de lo necesario. De adonde es que en cualquiera gobierno hay instruidos estipendios del tesoro público, como dice San Agustín, para que dejando de procurar las ganancias no se haga rico el robador, o de los bienes de cada uno que vive debajo de tal gobierno, como son los tributos y rentas que se deben a los señores por cierto derecho natural, como prueba el Apóstol escribiendo a los Romanos en el primer capítulo: “Por tanto, dice, les pagáis tributos, porque son ministros del Señor, que le sirven en esto”. Y en la primera Epístola a los Corintios: “¿Quién milita jamás a su costa?, ¿quién apacienta un rebaño, y no come de la leche?”
Pero de esto nace una cuestión que el mismo Aristóteles toca tratando de este modo de gobierno, que es si los ricos deben ser siempre elegidos para gobernar, porque en esto se da ocasión a que los hombres amen y procuren las riquezas por cualquiera camino que puedan, por cuanto la naturaleza humana siempre apetece el honor, como escribe Valerio Máximo, comparando la oligarquía con la aristocracia, porque según la oligarquía siempre se eligen los ricos; mas conforme a la aristocracia siempre se escoge al virtuoso, porque sea rico o sea pobre, como viva virtuosamente, siempre se debe elegir en la verdadera policía; pero hay menos peligro en los ricos, porque tienen los instrumentos de la vida humana, con que pueden ejercitar sus oficios honestamente, salva la justicia de los súbditos.
Y escribe otras muchas cosas el Filósofo de la policía de los Calcedonios, comparando el un Principado al otro, pero concluye haber dos cosas reprensibles entre ellos. La una, que permitían que un mismo Príncipe gobernase cosas diferentes, lo cual él reprueba, mostrando que era mucho mejor, y cosa más digna, y que conviene más a un Principado, que sean más los que gobiernen cosas diferentes, y que no sea una sólo el que gobierne muchas.
Y la razón de esto se puede sacar de las palabras del Filósofo en la misma parte, porque gobernando cosas diferentes, el acto conveniente a la una es impedido por otro conveniente a otra, donde pone este principio de que saca el argumento, diciendo que una obra es perfeccionada cumplidamente por uno, para lo cual pone dos ejemplos: uno de los que tañen flautas o cítaras y de los que bailan, porque en sus obras se contrarían a sí mismos, y en los instrumentos, porque la flauta o la cítara requieren un hombre inteligente en la música, y manos ágiles y sutiles; pero en el que baila nada de esto requiere, porque basta aunque sea un aldeano con las manos ásperas y escabrosas, de manera que así acontece en los que gobiernan cosas diferentes, que se contrarían unas a otras, como el tañedor de la flauta al que baila.
Otro ejemplo trae de la guerra por mar y de la de tierra, porque no es conveniente que ambas las gobierne una misma persona, porque no son semejantes las acciones en ellas, siendo uno el modo de pelear en el campo y otro el de pelear en las aguas, y diferentes instrumentos requiere la guerra por tierra que por mar, y, por consiguiente, diferentes acciones. De donde se concluye que es inconveniente que un Ministro gobierne cosas diferentes, y que las pueda gobernar bien por las acciones e instrumentos que tienen contrarios.
Además de que la virtud es débil en el agente, porque apenas un hombre basta para gobernarse si mismo; y es cosa dura que quien no sabe moderar su vida sea juez de la aldea, como dice San Gregorio; y así será mucho más dificultoso el tener muchos gobiernos diferentes por las causas referidas.
CAPÍTULO XXI
De la policía de Pitágoras, que él aprendió de los dichos filósofos Minos y Licurgo, y cómo todo su fin fue acostumbrar los hombres a la virtud
Además de estos modos de gobierno, que el Filósofo toca en su Política, se halla otro filósofo, de que el mismo Aristóteles hace mención, y éste fue Pitágoras, que floreció dos edades antes de él y de quien tuvo principio el nombre de filósofo, como escribe Valerio Máximo, porque no se atrevió a llamarse Sabio, y a contarse en el número de los siete que habían sido antes de él, sino que quiso llamarse filósofo, que quiere decir amador de sabiduría.
Éste, como enseña Justino Español, habiendo andado en Egipto aprendiendo los movimientos de las estrellas y el origen del mundo, volvió desde allí a Creta y a Lacedemonia a aprender las leyes de Minos y Licurgo, de las cuales hemos ya tratado, y en que él fundó su gobierno Político.
Pero además de esto escribe de él Justino, que viniendo a Crotona, pueblo entregado a la lujuria, le volvió y redujo a templanza con su autoridad. Alababa cada día la virtud y reprendía los vicios, y recontaba las caídas de las ciudades que a causa de ellos se habían perdido, de manera que persuadió a todos a tratar con tanto cuidado de la templanza, que muchos de ellos parecía imposible que hubiesen caído en el vicio de la lujuria. Y Tulio dice del mismo que con cierta armonía y género de música extinguía en los hombres este vicio; donde cuenta que como Pitágoras supiese que un mancebo Tauromitano estaba loco a la puerta de una ramera, su amiga, mandó que le cantasen en un salterio espondeo, y que con esto le volvió en su juicio.
La doctrina de que viviesen las mujeres apartadas de los varones, y los mancebos de sus padres, la fomentó siempre, como suele suceder, en el entrarse en religión por las encendidas palabras de la predicación, o por las obras y excelente vida del que la enseña. Enseñaba a unos la pudicia y a otros la modestia y el estudio de las letras, y a las matronas que se quitasen los vestidos ricos, y los demás ornamentos de su grandeza, por ser unos ciertos instrumentos de la lujuria, y las persuadía a consagrarlos a Juno, y ponerlos en su templo, afirmándoles que la castidad había de ser su verdadero adorno.
Este, pues, habiendo estado en Crotona veinte años, se pasó a Metaponto, y allí murió, del cual quedó tan grande admiración que de su casa hicieron templo y a él le reverenciaron por Dios. Escribe también San Jerónimo del mismo contra Joviniano, que tuvo una hija tan honesta que no sólo conservó la virginidad, sino que presidía en una compañía de vírgenes, enseñándoles a serlo con su doctrina.
De todo lo cual parece que Pitágoras en el gobierno Político que enseñó, todo su fin y su intención se enderezaba a atraer los hombres a vivir conforme a virtud. Lo cual muestra también Aristóteles en su Política, porque todo el verdadero gobierno político se destruye en apartándose de este fin.
CAPÍTULO XXII
De los documentos de Pitágoras, dados debajo de figuras y enigmas, y de dos fidelísimos amigos, sus discípulos
Pone también San Jerónimo en el lugar que dijimos ciertas leyes de Pitágoras para la conservación de su gobierno, enseñadas, según la costumbre de los antiguos, debajo de ciertas parábolas y paradigmas.
“Se ha de huir, dice, y apartar por todos caminos la flojedad del cuerpo y la impericia del ánimo, la lujuria del vientre, y la sedición de las ciudades, y las discordias de casa, y comúnmente la destemplanza en todas las cosas”.
Y de la doctrina de los Pitagóricos son también estas sentencias: “Que entre los amigos todas las cosas son comunes, y que mí amigo es otro yo”, y en cumplir esto pusieron su mayor cuidado. Y así cuenta Valerio Máximo de dos discípulos de Pitágoras, Damón y Pithias, que se juntaron con tan vehemente amistad que siendo uno de ellos condenado a muerte por Dionisio Tirano, y alcanzando tiempo para ir a su patria a componer sus cosas antes de morir, el otro amigo no dudó de salir por su fiador y ponerse en poder del Tirano. Venido, pues, el día señalado en que había de volver, y no llegando el condenado, condenando todos por necedad tan temeraria fianza, el preso decía que no tenían temor de que faltase la constancia de su amigo; pero en el mismo momento y hora que se había señalado por Dionisio, llegó el que así lo había prometido, y admirado el Tirano del ánimo de entrambos le perdonó el castigo, y deseando unirse a gente tan fiel les rogó que le admitiesen a la compañía de su amistad.
Y escribe San Jerónimo otros documentos o leyes que Pitágoras enseña en su policía, conviene a saber, que se ha de tener gran cuidado con dos tiempos, que son la mañana y la tarde, esto es, de las cosas que hemos hecho, y de las que habemos de hacer; que después de Dios debe ser reverenciada la verdad, porque ella sola hace los hombres cercanos a Dios.
Refiere también San Jerónimo sobre el Eclesiastés, que es de Pitágoras aquella sentencia: “Que los hombres habían de callar por cinco años en las escuelas, y que después de estar eruditos tuviesen licencia para hablar.”
Y se hallan otros documentos y leyes suyas dadas debajo de enigmas, que las cuenta San Jerónimo contra Joviniano. “No pasarás, dice, la balanza” esto es, no excediendo de la justicia; “no escarbes el fuego con el cuchillo”, esto es, al que está enojado y con ira no le fatigues ni enciendas con malas palabras; “de ninguna manera pises la corona”, esto es, que las leyes de las repúblicas deben ser guardadas; “el corazón no se ha de comer”, esto es, que se ha de apartar la tristeza del ánimo; “no andes por el camino público”, esto es, que no se han de seguir los yerros de muchos, “no tengas en casa golondrinas”, esto es, los gorjeros y habladores no los recibas en tu compañía, y otros muchos documentos y cosas semejantes a éstas se hallan de él; porque este filósofo en su modo de gobierno Político enseña más las cosas que se ordenan al gobierno del alma que al del cuerpo; porque bien reguladas aquéllas las del cuerpo se disponen más fácilmente.
Y baste al presente lo que hemos dicho de los diversos modos de gobierno Político; ahora trataremos de la verdadera vida Política, conforme a lo que escribe el Filósofo y otros Sabios.
CAPÍTULO XXIII
En qué consiste la verdadera policía de que nace la felicidad política, que es cuando sus partes se corresponden entre sí unas a otras
Y porque, tratando de gobierno Político, es lo mismo que tratar de una ciudad, el modo de escribir de él depende de la calidad de la ciudad, que según la autoridad de San Agustín ya dicha, es una muchedumbre de hombres junta con algún vínculo de compañía, que viene a ser bienaventurada por la verdadera virtud. Y esta definición no es diversa de la sentencia del Filósofo, que pone la felicidad política en el perfecto gobierno de la República, como se ve en el primero de las Éticas.
Porque la virtud con que rige el gobernador político, es como la del arquitecto, respecto de las otras virtudes que hay en los demás ciudadanos, porque las demás virtudes civiles se ordenan a ella, como el arte de la Caballería y del tirar flechas se ordenan a la militar, y por tanto, por ser virtud suprema, consiste en sus operaciones la felicidad de la república, como lo siente el Filósofo en el libro dicho; porque de esta manera sucede en una verdadera y perfecta policía lo que en un cuerpo bien dispuesto, en que las fuerzas orgánicas están en perfecto vigor. Y si la virtud suprema, que es la razón, dirigiere las demás potencias inferiores, y se movieren a sus mandatos, entonces resulta una cierta suavidad y perfecta delectación de las fuerzas entre sí mismas, a la cual llamamos armonía. De adonde es, que San Agustín, en el tercer libro de la Ciudad de Dios, dice que una república o ciudad bien dispuesta se compara a las voces de los músicos, adonde de diversos sonidos proporcionados entre sí se hace el canto suave y deleitoso a los oídos.
Y esta república propiamente fue en el estado de la inocencia regulada por la virtud de la original justicia, además del acto del conocimiento divino, de lo cual entonces se causaba una felicidad contemplativa, y aun después acá por virtud participada en los varones perfectos, para no querer sino aquello que la regla de la razón manda, y lo que place a Dios.
Y de esta razón se movió el Filósofo a comparar una república o policía a un cuerpo natural orgánico, en el cual hay movimientos dependientes de un movedor o dos, como son el corazón y el cerebro y con todo eso en cualquiera parte del cuerpo hay operaciones propias, que corresponden a los primeros movimientos, y que se ayudan unas a otras. De donde afirma que este cuerpo es animado por beneficio del favor divino, y que por orden de Dios sumamente justa usamos de la razón; lo cual confirma el Apóstol San Pablo en la primera epístola a los Corintios, mostrando que toda la Iglesia es un cuerpo distinto en partes, pero unido con el vínculo de la caridad; así que para el verdadero gobierno Político se requiere que los miembros sean conformes con la cabeza, y que no discuerden entre sí, y que todo sea dispuesto en la ciudad de la manera que decimos.
Además, vemos también que las causas y las cosas causadas, y las que mueven, y las que son movidas, tienen entre sí una debida proporción en cuanto a la influencia, porque las cosas inferiores se mueven según el movimiento superior, y las superiores mueven cuando es conveniente a las inferiores, siendo así que en la naturaleza criada hay este orden de las cosas superiores a las inferiores, y también al contrario, mucho más debe haberla en la naturaleza intelectual, cuanto es más perfecta entre las cosas que tienen ser; y si esta composición causa suavidad contemplándola, mucho mayor la causará puesta por obra. Y de aquí se movieron los Pitagóricos a decir que había melodía en los cuerpos celestiales, como lo dice el Filósofo en el segundo libro del Cielo, por los movimientos ordenados que tienen y que jamás faltan, de adonde procede una suma suavidad, y porque ésta debía haber de ser animada por esto dijeron que gozaban de felicidad; luego el vivir de esta manera políticamente hace la vida perfecta y feliz.
Fuera de esto, como ya dijimos de sentencia de San Agustín, el orden es una disposición de cosas iguales y desiguales, que da a cada uno lo que le toca, por la cual definición damos diferentes grados en una república, así en la ejecución de los oficios como en la sujeción y obediencia de los súbditos, por lo cual entonces es perfecta una congregación de compañeros, cuando cada uno en su estado tiene debida disposición y operación; porque así como un edilicio es durable cuando sus partes están bien situadas, así también acontece en una república que tiene firmeza y perpetuidad cuando cada uno, sea el que gobierna, el ministro o el súbdito, obran debidamente, conforme requieren las acciones de su estado. Y porque allí no hay ninguna repugnancia, por eso consiguientemente habrá suma suavidad y firmeza de estado, lo cual es propio de la felicidad política, como dice el Filósofo.
Estos tales gobernadores de una ciudad o policía, para que conserven en paz el pueblo, nos los describe en el Éxodo Jethró, suegro de Moisés: “Provee, dice, del pueblo varones poderosos, que sean hombres de verdad, que aborrezcan la avaricia, y constituye de ellos Tribunos y Centuriones y Quincuagenarios y Decuriones, que juzguen el pueblo en todo tiempo”, y después añade: “Si eso hicieres, cumplirás el mandato del Señor, y podrás cumplir sus preceptos, y todo este pueblo volverá en paz a sus tierras”; como que de esta manera todas las cosas estuviesen en cierta suavidad del alma y paz del cuerpo. De donde procede la felicidad del hombre, si fueren tales los gobernadores de la república como aquí se ordenaba.
Y tales dice Salustio que fueron los gobernadores Romanos, con lo cual vino a hacerse grande la república que antes era pequeña, porque tuvieron industria en sus casas y fuera justo imperio, ánimo libre en los consejos, y no dados a lujurias y deleites, en las cuales cosas se nos enseñan los actos de un virtuoso gobierno, con que se muestra la perfecta y feliz policía.
CAPÍTULO XXIV
De divide la policía en tres maneras, y se trata cada una de ellas; primero cómo se distingue en artes integrantes, conforme a la opinión de Sócrates y de Platón
Ahora trataremos esencialmente de las partes en que se divide una policía o república, las cuales debernos considerar o respecto del todo de la misma república, a quien corresponden las partes integrales, o respecto del gobierno de ella, en cuanto se ordenan a las cosas de la guerra; porque según esta división le dan diferentes nombres los escritores de las historias, y los autores de las leyes.
Y en cuanto al primer modo de hacer esta división podernos seguir la que hemos tocado, que es de Sócrates y de Platón, los cuales la dividen en cinco partes, conviene a saber: gobernadores, consejeros, soldados, artífices y labradores.
Otra división fue de Rómulo, primer Príncipe de la ciudad de Roma, el cual, según refieren las historias, dividió la multitud de su pueblo en tres partes, que fueron: Senadores, Soldados y pueblo; y la policía de Hipódamo se constituía de tres géneros de hombres: soldados, artífices y labradores, como arriba se ha dicho, de las cuales divisiones cualquiera puede recibirse, y tiene su fundamento.
La primera, que contiene cinco diferencias de hombres, es muy conveniente, porque considerando las fuerzas del alma, respecto de las cuales se consideran nuestras necesidades, y de donde nace la que hay de que se funden y constituyan ciudades, manifiesto es que esta división es suficiente, porque el hombre padece algunas faltas respecto de la parte intelectiva para vivir conforme a virtud. Por lo cual le fue dada la virtud directiva para poder encaminar las cosas que hubiese de hacer, a la cual pone el Filósofo entre las virtudes intelectuales; y por esto se escribe en el Eclesiástico: “Hijo, ninguna cosa hagas sin consejo, y no te arrepentirás después de lo hecho”. Y por tanto en la república, o policía, los Consejeros son la más importante parte, por la cual Plutarco los compara a los ojos, que son entre las partes del cuerpo la más noble.
Tiene también el hombre necesidad de la virtud que refrena la concupiscencia y los afectos que son desordenados, como dice el Filósofo, por lo cual son de él llamados enfermedades en el séptimo libro de las Éticas, y por esto son necesarios los Gobernadores para corregir la malicia de los hombres. Por lo cual también dice el Apóstol que no sin causa traen cuchillo que con ira castiga al malhechor; por la cual razón los Príncipes y Gobernadores instituyeron las leyes, como muestra el Filósofo, y el mismo Apóstol en la Epístola a los Gálatas en el capítulo treinta, diciendo: “La ley fue puesta para los transgresores”, y también dice: “La ley no se puso para el justo”.
Hay también otras necesidades en la vida humana que responden a otras potencias del alma, como los vestidos, los adornos y mantenimientos. Las dos cosas primeras remedian las necesidades de la parte sensitiva del hombre, lo cual es obra del artificio, ya con los edificios, ya con los vestidos y calzados, y con otras cualesquiera cosas y el tacto, o le son de algún provecho a los hombres artificiales que deleitan la vista, el oído, el olfato. Pero, para suplir las faltas de la vida humana en cuanto al mantenimiento, lo cual corresponde a la parte vegetativa, a esto se ordenan los labradores en cuanto al pan, vino, frutas, ganados mayores y menores, y aves, cosas que de derecho están obligados a llevarlas a las ciudades.
Los Soldados son conveniente parte de la república, ordenados contra los que acometen las otras partes de ella, y para que aquellas estén seguras, porque los soldados e instituyen en las repúblicas para que se opongan por su patria contra los enemigos; y así para este fin los obligan con juramento, cuando suben al grado militar, de que no rehusarán la muerte por su república, como se escribe en el Polícrato, donde se trata del juramento que hacen los soldados; así que ellos son necesarios en la república, porque su oficio es asistir al Rey para la ejecución de la justicia, según se dice en el dicho libro; y para que fiel y constantemente peleen por la conservación de la patria, de manera que los soldados son provechosos no sólo a una parte de la república, sino a todas y a cada una singularmente.
De todo lo cual parece claro que Sócrates y Platón dispusieron suficientemente su república, cuanto a las partes de ella.
CAPÍTULO XXV
Aquí se muestra ser bastantes las partes integrales de la República que Hipódamo y Rómulo señalaron
Y también la división que dijimos es tolerable, porque viene a ser lo mismo que la primera, la cual se ha mostrado ser bastante.
Y esto es así porque en la división de Rómulo, cuando se habla de los Senadores, entendemos los Gobernadores Políticos y los Sabios, que tenían cerca de sí Asesores y otros cualesquiera jurisperitos, porque los Príncipes Políticos tienen más Consejeros que los Reales o Imperiales, conforme a lo que se escribe de los Romanos en el primer libro de los Macabeos, que cada día entraban en consejo trescientos veinte de entre todos los demás para tratar de lo que era bien se hiciese.
De lo cual puede ser la razón que el gobierno Político solamente se rige por las leyes, como ya hemos dicho, pero el Real y el Imperial, aunque se gobiernan con leyes, con todo eso en los casos oportunos, y en el tratar cualquiera negocio, el gobierno consiste en el arbitrio del Príncipe, porque lo que a él le place se tiene por ley, como definen los derechos. Y así se concluye que en el dominio Político son más necesarios los Consejeros, los cuales se incluyen en el nombre de Senadores. De adonde San Isidoro en el decimoprimero de las Etimologías dice que Senador se llama de aconsejar y tratar de las cosas, mirando por todos, dañando a ninguno, por lo cual San Agustín en el libro de la Ciudad de Dios cuenta los ancianos entre los Senadores.
Así que comprendemos en el nombre de Senadores los gobernadores, como el mismo San Isidoro enseña en el libro dicho de sentencia de Salustio, el cual dice que los Senadores fueron llamados padres por el diligente cuidado que tenían del gobierno; porque así como los padres a sus hijos, así ellos gobernaban la república; y así parece que en el nombre de los Senadores, que Rómulo hizo distintos de los soldados y del pueblo, comprende también los Gobernadores y Consejeros, de que Sócrates y Platón hablan distintamente.
Y también en el nombre del pueblo podemos entender los artífices y labradores, porque entrambos géneros de gente salen de la plebeya.
Así se ve que la división de la gente de una república, que hicieron estos filósofos, no es discordante de la que Rómulo hizo; pero la división que dijimos del filósofo Hipódamo parece que puede dudarse, porque no hace ninguna mención de Gobernadores y Consejeros, ni se pueden reducir a ninguna de las partes que señala, porque sus actos y naturaleza son del todo diferentes de ellas; pero, si se atiende a lo que hemos dicho del modo que puso en su república, fácilmente se resolverá la cuestión, porque trata de los Jueces y Asesores en la parte que pone su distinción cerca de ellos, de la cual nosotros podemos en-tender los Gobernadores y Consejeros, de los cuales no hace mención, cuando trata de las partes de su república, porque allí sólo pone las que son forzosas para las necesidades de la vida corporal, por lo cual su sentencia, en cuanto a la sustancia, no parece que difiere de la primera, que es de Sócrates y Platón.
Y esto baste haber dicho de las partes de que se constituye una república.
Pero una cosa hemos aun de considerar en ellas, que es de los soldados, porque todos los modos de república hacen mención de esta parte, de lo cual podemos sacar la razón de Vegecio en el primer libro del arte militar, porque todas las provincias y ciudades han sido conservadas en su vigor por los soldados. Y porque la república Romana vino a disminuirse por el desuso de las armas, después de la primera guerra africana, pasando la vida en ocio por espacio de veinte años, con lo cual los Romanos, que en todas partes habían sido vencedores, se hallaron tan sin fuerzas que en la segunda guerra no podían igualarse a Aníbal; y habiendo perdido tantos Cónsules y ejércitos, entonces finalmente alcanzaron victorias cuando pudieron haber vuelto a aprender el ejercicio militar; y después concluye diciendo así: “Siempre se han de elegir y ejercitar los mozos, porque consta que es más útil instruir los propios en las armas, que dar sueldo a los ajenas”.
Necesarios son, pues, los soldados en la república en todo tiempo, lo uno para conservar la paz entre los ciudadanos, y lo otro para evitar los acontecimientos de los enemigos. Y así considerado de cuanto provecho son en la república, se les da el mayor honor entre los ciudadanos, como a más necesarios para la conservación de la república, y por los peligros a que por ella deben exponerse. Por lo cual a solos los soldados victoriosos se daba corona, y de aquí es que en el Polícrato son comparados a las manos, que según Aristóteles en el segundo del Ánima, es el principal miembro de los miembros. Y también los derechos favorecen a los soldados con más amplio privilegio que a los demás ciudadanos en los testamentos y en las donaciones, y en otros cualesquiera negocios; pero principalmente cuando están en los ejércitos y ejercitan su oficio.
CAPÍTULO XXVI
Procede tratando de otras partes de la República respecto del gobierno, y se exponen los nombres de diversos oficios
Y en cuanto a los partes de la república respecto del gobierno, porque los Romanos tuvieron mejor orden en él, y los historiadores ponen los grados de sus ministros después de haber sido Tarquino echado del Reino, trataremos de ellos en particular, como de ejemplar de los demás.
Y lo primero dicen que fueron instituidos los Cónsules, los cuales fueron Bruto, que era el que más había hecho para que Tarquino fuese desterrado, y Tarquino Coriolano, marido de Lucrecia; los cuales se llamaron Cónsules por el mirar por los ciudadanos, o porque todas las cosas las gobernaban con consejo; y se ordenó que se mudasen cada año, según dijimos arriba, para que si alguno fuese insolente se socorriesen con brevedad de otro que fuese más moderado; y quisieron que fuesen dos iguales, porque el uno ad-ministrase las cosas de la paz en la ciudad, y el otro las de la guerra.
Y de allí a algún tiempo, que fue el quinto año después que fueron echados los Reyes, crearon Dictador con ocasión de novedad que se ofreció en la ciudad: porque como un yerno de Tarquino congregase un grande ejército contra la ciudad para vengar la injuria del Rey, instituyeron la nueva dignidad del Dictador, la cual era mayor en la potestad y el imperio que el Consulado, y también era más excelente en cuanto al tiempo, porque de cinco en cinco años expiraba este oficio, y el Consulado cada año. Estos eran llamados del pueblo Maestros, la cual dignidad dicen las historias que tuvo Julio César, y en ellas se refiere que también el mismo año fue instituido el Maestro de la Caballería, el cual obedecía al Dictador.
Y el primer Dictador, según escribe Eutropio, fue Lamio, y el Maestro de la Caballería Espurio Casio.
Y en el sexto año, porque los Cónsules gravaban mucho a los plebeyos, fueron por ellos instituidos los Tribunos, que se llamaron así, según dice San Isidoro en el libro 9 de las Etimologías, porque daban y atribuían al pueblo su derecho. Y este lugar tienen en las ciudades de Italia los ancianos ordenados para tratar de la defensa de la gente plebeya. Pero aquí se ha de advertir que los Senadores fueron siempre, desde que Rómulo los instituyó. Y así dicen las historias que porque los Cónsules y los Senadores trataban pesadamente al pueblo fueron creados los Tribunos, para que le favoreciesen.
Hay también otros nombres de oficios de ministros de la ciudad de Roma, de que las historias hacen mención, pero principalmente San Isidoro, en el libro noveno de las Etimologías, como eran Censores, Patricios, Prefectos, Pretores, Padres Conscriptos, Pro-Cónsules, Ex-Cónsules, Censorinos, Decuriones, Magistrados y Tabeliones, todos los cuales diremos brevemente.
Patricios se llamaban porque así como los padres tienen cuidado de los hijos, le tenían ellos de los ciudadanos y república Romana, como fue la casa de los Fabios, de que dijimos arriba; de manera que ser Patricio no era oficio en la república, sino una cierta reverencia paternal del pueblo para con alguna familia de la ciudad, por el celo de las cosas de la república Romana que tenían a su cargo, por lo cual los derechos de las gentes anteponen el ser Patricios a cualquiera otra eminencia y Principado, como el padre a cualquiera cuidado de los tutores.
Los Prefectos se llamaron así porque presidían en la potestad pretoria; por lo cual los mismos que se llamaban Pretores se llamaban también Prefectos, porque trae consigo este oficio el poder en todas las facciones que se hacían, como el que principalmente ponía por obra, y era ejecutor de la justicia; pero la Escritura sagrada lo atribuye a acciones exteriores, según en el principio del Éxodo se escribe que mandó Faraón a los Prefectos de las obras, y a los cobradores del pueblo, diciéndoles: “De ninguna manera daréis de aquí adelante paja al pueblo para hacer los ladrillos”; y éstos también se llamaban pretores por la prosecución de la justicia.
Padres Conscriptos se llamaban los Senadores por razón del oficio, porque, como refiere el mismo San Isidoro, cuando Rómulo los instituyó hizo de ellos diez partes, y escribió sus nombres en tablas de oro, en presencia del pueblo, y desde allí se llamaron Padres Conscriptos, los cuales también los distinguió en tres órdenes: los primeros se llamaban ilustres; los segundos, expectables; y los terceros, clarísimos; vocablos que sería muy largo el explicarlos.
Pro-Cónsules eran coadjutores de los Cónsules, como dados o añadidos a ellos. Ni usaban del oficio de Cónsules absolutamente, como ni el procurador del de curador o actor, sino que Pro-Cónsul se decía un Asesor que en lugar de los Cónsules juzgaba. Ex-Cónsul se llamaba el que ya no era Cónsul, después de haberlo sido su año, por lo cual era llamado así, como decir que estaba fuera del Consulado pero le quedaban, con todo, eso algunos rastros, o de alguna exención o señal de alguna eminencia, por donde se conocía que había sido Cónsul.
Censorinos se llamaban otros jueces menores, diputados para las acciones del gobierno de los Censores, de que ya habemos dicho, como decir inferiores Censores.
Pero los Decuriones fueron dichos así, porque trataban de todas las cosas de los palacios, que llamaron Curias, como dice San Isidoro, porque en ellos administraban sus oficios. Así es llamado José de Arimatea, noble decurión, varón justo y bueno, que comprando la sábana para Cristo nuestro Señor le dio sepultura costosísima, y dignísima de reverencia.
Del Magistrado hemos dicho bastante en el fin del precedente libro; y ahora diremos del oficio ínfimo en cualquiera gobierno, que era el tabelión, que es notario, dicho así porque traía y tenía a su cargo las tablas en que se escribían las cosas de la república y de personas particulares; y el mismo se llamaba Escribano Público, porque escribía los hechos que se llamaban públicos; y los derechos de las gentes le llaman siervo público.
Nos resta pues decir de un nombre sólo de dignidad, en cuanto al gobierno político, que era el de Escipión, el cual, según la propiedad del vocablo significa el báculo, como que con él se guiasen y sustentasen; del cual usó el padre de Cornelio Escipión, porque de éste dicen las historias que era ciego, y así salía con báculo a la plaza. Y a su semejanza Publio Cornelio su hijo, porque sustentó la república contra Aníbal y Cartago, fue llamado Escipión. Y porque sujetó toda el África a los Romanos fue llamado Escipión Africano; a diferencia de otro Escipión, su sobrino, que sujetó a España y fue llamado Numantino, por haber sujetado y postrado a Numancia. Escribe también San Agustín en el primer libro de la Ciudad de Dios que hubo otro tercero Escipión, que fue llamado Nasica, hermano de Escipión el mayor, el que estorbó que Cartago fuese destruida, afirmando que el permanecer era medicina para los Romanos. Por esto, por la bondad de tan grandes varones, considerado el principio de adonde había comenzado el nombre de los Escipiones, llamaron los Legisladores Escipión a la vara que los Príncipes o Gobernadores traen en la mano, como siempre vencedores, de la manera que lo fue aquel grande Escipión. De adonde cuenta San Isidoro en el decimoséptimo de las Etimologías, que los que triunfaban llevaban togas y mantos de púrpura, y en la mano el escipión o vara y el cetro, a imitación de la victoria de Escipión.
Y esto baste haber dicho por ahora de los nombres de las dignidades, respecto del gobierno.
CAPÍTULO XXVII
Aquí se trata de las partes de la República en cuanto a los soldados, y los distingue considerándolos de tres maneras
Pero también parece conveniente tratar de las partes ordenadas a la guerra, como partes de la república y que le son necesarias, como arriba probamos, las cuales bien dispuestas causan hermosura y decoro, y deleitan. De adonde nace el extenderse grandemente el corazón, y hacer los ánimos atrevidos para acometer las cosas arduas. Por lo cual Salomón en los Cánticos compara un ejército dispuesto para pelear a la hermosura y devoro de la esposa: “Hermosa, dice, eres, y adornada hija de Jerusalén, y terrible como las haces de los ejércitos ordenadas”. Porque lleva tras sí la hermosura, de manera que causando como un éxtasis no teme ni se espanta de acometer cualquiera cosa, como se manifiesta mayormente en los que aman con exceso; y así acontece también en un ejército ordenado, y por esto la llama terrible, atribuyéndolo a la hermosura de la esposa, o al ejército, por la causa referida.
Por lo cual no sin razón trataremos de estas partes de la República, porque importan al ornato del gobierno Político, y porque el hombre en la guerra principalmente tiene necesidad de gobierno, por el dificultoso y terrible acto que ejercita.
Por tanto parece congruente dividir el ejército en los reales en número cierto, señalando a cada uno la guía por quien se ha de regir y disponer para pelear con los enemigos; lo cual podemos tomar de Vegecio en el libro de las cosas militares, donde se divide un ejército en legiones, en el cual dice que basta a cualquier Capitán o Cónsul que sean dos; y cada legión la divide en diez Cohortes, y la primera Cohorte antecedía a las demás en el número y en el merecimiento, porque requería varones singulares en sangre y en la enseñanza de las letras, como refiere el mismo Vegecio; lo cual dice que se hacía para que el campo tuviese más confianza, yendo en la vanguardia varones de tanta importancia, y porque el saber se requiere mayormente en la parte de donde depende el peligro de todo el ejército.
Esta Cohorte llevaba el Águila, principal señal de los ejércitos de los Romanos e insignia de toda la legión, y de ella usaron después los Emperadores. De lo cual se puede dar por razón que, como dice el mismo Vegecio, la disciplina militar de los Romanos formaba sus haces a modo de alas, y porque las Águilas las tienen más fuertes que todas las otras aves; o también se puede decir que se les atribuía por señal el Águila por razón de la preeminencia que tuvieron en el gobierno del mundo, por divino y celestial efecto, el cual deben siempre implorar los Capitanes, como lo hacia Judas Macabeo, que en las batallas pedía el favor y ayuda del cielo, lo cual deben hacer principalmente por el peligro a que se ofrecen, o porque merecen que Dios les dé victoria, porque se exponen a la muerte por el pueblo. De esta Águila dice Ezequiel, hablando de Nabucodonosor, Monarca de Oriente: “Una Águila grande de grandes alas y de grandes miembros vino al Líbano y llevó la médula del Cedro”.
Después de esto trata Vegecio del número de la primera Cohorte, la cual llama Milenaria, porque tenía mil y cincuenta hombres de a pie, y ciento treinta y seis de a caballo; y a las demás las llama Quincuagenarias, porque dice que cada una tenía quinientos cincuenta y cinco hombres de a pie, y setenta y seis de a caballo, de manera que a cada hombre de a caballo le correspondía un cierto número de soldados de a pie.
Pone también en la quinta Cohorte los soldados más fuertes; porque así como la primera llevaba el cuerno derecho, esta quinta llevaba el siniestro. Otras muchas cosas dice Vegecio, las cuales serían muy largas de contar, y como las palabras con que se escriben como desusadas en los modernos tiempos tendrían necesidad de mayor exposición, bastará decir que sí la muchedumbre de un pueblo se dispone por grados y números en cuanto al propio gobierno, mucho más se debe hacer en los ejércitos, adonde es más grande y muy más peligrosa la dificultad del gobierno: lo uno de parte de la obra de que tratan, porque se ordena a lo último de las cosas terribles, que es la muerte, y lo otro de parte de los enemigos que los acometen y molestan. De adonde es, que así como en el Éxodo aconsejó a Moisés Jethró, su suegro, que dividiese las cargas del gobierno en diversos oficios que juzgasen el pueblo, diciendo: “Provee de varones poderosos, que aborrezcan la avaricia, y constituye de ellos Tribunos y Centuriones, Quincuagenarios y Decanos, que juzguen el pueblo”, también de la misma manera Judas Macabeo, siendo molestado de los enemigos, dividió su ejército por los mismos números, haciendo cabezas, como Tribunos, Centuriones, Pentacontarcos y Decuriones, los cuales números son bien proporcionados entre los soldados para dividir un ejército, y así se contienen uno en otro, para que sea más fácil el juntarse cuando lo pide la ocasión de pelear. Y la distinción que señala Vegecio en la disposición del ejército se entiende cuando se ha de dar una batalla campal, aunque él mismo también reduce las Cohortes a Centurias y Decurias, por ciertas causas y razones.
CAPÍTULO XXVIII
Aquí se trata de los nombres de los Capitanes y del número de las Cohortes, y de los que significa cada uno
Mas, pues que se trata de los nombres de los Capitanes, hemos de escribir de ellos, conforme a la denominación que les da la sagrada Escritura, y los describen la república Romana, y los modernos escritores.
Y lo primero de los Tribunos, el cual nombre dice Vegecio que se deriva de Tribu, porque eran cabeza de los soldados que Rómulo había elegido, los cuales tuvieron su principio en las Tribus. San Isidoro en el libro 9 de las Etimologías dice que se llaman así, porque daban y atribuían su derecho al pueblo. De adonde es que en su favor fueron instituidos los Procónsules, y también dicen que se llamaba Tribuno el que era cabeza de mil soldados, a los cuales llaman los Griegos Ciliarcos, como los Centuriones se llamaban así porque gobernaban cien soldados.
De los Quincuagenarios o Pentacontarcos, que es lo mismo, no hace mención Vegecio, pero lo hace la Escritura en los libros alegados, y en el 4 de los Reyes, de aquellos que conforme a su merecimiento abrasó la llama a ruego de Elías; y los Decanos y Decuriones, dichos así porque cada uno tenía cuidado de diez soldados en el ejército, y los pone con ellos juntos Vegecio en una misma tienda y alojamiento.
Pero de los nombres generales de una multitud de gente de guerra dispuesta para la pelea, el uno es ejército, que se llama así por el ejercitar a otros, o por el propio ejercicio, que entrambas cosas son necesarias en él.
Se llaman también Reales, o Castros, dichos así de la castidad, como dice San Isidoro, por cuanto allí se debe castrar la lujuria, porque se quitaban de los ejércitos las delicias, cuando se había de tratar de pelear con los enemigos, según escribe Vegecio. De adonde es, que fueron vencidos de los Madianitas los hijos de Israel, porque se juntaron a sus hijas de ellos, como se escribe en los Números, por lo cual se dice en el Deuteronomio que el Señor andaba por el medio de los Reales de los hijos del pueblo de Israel, para que fuesen santos y no hubiese en ellos cosa fea. O se llamaban Castros por las fortificaciones en los collados y en los valles, y en otras defensas fortísimas de que usaban los Príncipes Romanos cuando acometían a los enemigos, por lo cual admitían a la disciplina militar cavadores, carpinteros y canteros, para tener a mano los artífices necesarios para la seguridad del ejército.
Hay también otro nombre, que significa multitud de soldados, que es legión, dicha así según San Isidoro, porque los soldados se elegían de entre otros por más experimentados.
Hay asimismo otros nombres de las partes de las legiones y del ejército, que las pone Vegecio en el lib. 2. y San Isidoro en el 9, como manípulo, que era el número de doscientos soldados, y se decía así porque a la mañana acometían a los enemigos, o porque traían por insignia un manojo de pajas, o de otra alguna hierba; de los cuales dice Lucano: “Convoca luego los armados manípulos”.
Otros se llaman Velites, dichos así de volar, por su agilidad, porque la república Romana tenía en la milicia de sus legiones ciertos mancebos ágiles, los cuales, cuando se había de acometer, iban a las ancas de los caballos, y apeándose de repente turbaban los enemigos. Y estos tales soldados escribe San Isidoro que fueron muy perjudiciales a Aníbal, porque sus elefantes por la mayor parte fueron muertos por ellos, y como fue aquel Eleazar, de quien se dice en el 1° de los Macabeos que saltando en medio de la legión contra los reales del Rey Antíoco, acometió un elefante armado con lorigas reales, y lo mató.
Otro nombre daban también a una muchedumbre de soldados juntos en orden de pelear, que era Acies, y es lo mismo que haces, y significa filo o corte, derivándose este nombre de la agudeza, porque significa el atrevimiento en acometer a los enemigos. Y así se escribe en el Paralipómenos, de una Tribu del pueblo de Israel, que salía a la batalla ordenadas sus haces, provocando contra los enemigos.
Otro nombre hay también que llamaban Cúneo, como decir que iban juntos en uno, lo cual era una multitud de soldados junta en uno para pelear en la forma de una cuña o triángulo, y era grandemente necesario en las batallas; de lo cual se dice en el Deuteronomio que cada uno preparó sus cúneos para la guerra; y de este nombre por ventura tuvo principio este vocablo Conestable, o Condestable, como que sea cabeza de un cúneo estable, esto es, constante y fuerte.
Tienen fuera de esto los Toscanos primera Cohorte, y que parece que tiene semejanza con la misma de los Romanos, en que se hallaban los soldados más floridos por hacienda, linaje, letras, por señalada virtud y fuerzas, de la cual era superior el Tribuno de más experiencia en las armas, de mayores fuerzas del cuerpo y de más honestas costumbres, y a éste llaman Trapelo, y se decía así por el romper los escuadrones de los enemigos, que esta significación trae consigo este nombre.
Pero de los oficiales de los ejércitos, dice también Vegecio muchas cosas en el segundo libro, mas esto que hemos dicho en compendio baste al presente en cuanto pertenece al tratado del gobierno político en este cuarto libro.
Resta adelante decir del Principado Económico, que es el gobierno de casa, el cual es de los padres de familias, y tiene materia distinta de los demás Principados, y por tanto es cosa conveniente hacer de él escrito aparte, dividiéndolo por libros o tratados, por sus capítulos, como lo requiere la naturaleza del caso, en lo cual tiene el Filósofo el mismo modo; y últimamente de las virtudes que se requieren en las partes de cualquiera gobierno en cualquier género de gente, ahora sean súbditos, gobernadores, Príncipes o sujetos; porque así lo requiere el orden de la doctrina en el arte de vivir, y no que junto y confusamente se trate de todo, como algunos hicieron, porque esto es impedir el entendimiento del que aprende, y contra las reglas de los que enseñan.
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