febrero 24, 2012

Mensaje del Jefe de Gobierno Aníbal Ibarra, en el acto de toma de posesión del cargo (2000)

MENSAJE
DEL
JEFE DE GOBIERNO DE LA CIUDAD AUTONOMA DE BUENOS AIRES
Aníbal Ibarra
EN EL ACTO DE TOMA DE POSESION DEL CARGO
EL 6° DE AGOSTO DE 2000

Asumo la misión para la que fui elegido por el pueblo de la Ciudad. Vengo a ejercer apasionadamente el cargo de Jefe de Gobierno.
Antes de exponer el rumbo, quiero compartir una experiencia personal que me ha impulsado desde joven y que ha marcado mi paso por la función pública, tanto cuando fui fiscal como cuando fui legislador. Mi madre, que ya no vive, era argentina; mi padre no. Él es inmigrante. Llegó de joven a Buenos Aires como perseguido político hace medio siglo. Aquí, en esta Ciudad, trabajó y se casó; aquí, en esta Ciudad, tuvo a sus cuatro hijos; aquí estudió, se recibió de abogado y se matriculó. Mi padre es un hombre vigoroso, optimista y recto, que nunca comprendió ni toleró las injusticias. Mi padre es republicano, pero no es español. Mi padre es febrerista. Mi padre es paraguayo.
A él le debo la vocación por la ley y la mirada sobre el mundo, una cierta impaciencia por hacer las cosas -producto, tal vez, de la ansiedad que tiene el desterrado por arraigarse nuevamente- y la convicción de que quien contempla una injusticia debe, por lo menos, intentar cambiarla porque, de lo contrario, termina siendo cómplice del injusto. Me siento orgulloso de ese ejemplo, y espero no traicionarlo. Éste es el compromiso que asumo frente a todos ustedes.
Asumimos el Gobierno de la Ciudad en circunstancias que nos imponen formular un nuevo compromiso con la gente y una nueva perspectiva del futuro. Recibimos el gobierno después de una gestión exitosa. Lo saben los argentinos; lo saben los ciudadanos de Buenos Aires; lo sabemos nosotros. No venimos a reparar ni a restaurar, venimos a abrir un nuevo capítulo en la vida de esta Ciudad.
El ordenamiento de las cuentas públicas, fundamento de cualquier política de progreso social, ha distinguido al gobierno saliente. Gracias a este esfuerzo firme y continuo, nosotros hoy podemos ponernos nuevas metas políticas y asumir nuevos compromisos sociales.
El rescate del Banco Ciudad formó parte distintiva del empeño por recuperar los instrumentos del desarrollo social. Queremos señalar el gran esfuerzo realizado por el gobierno saliente; salvar un banco público es una demostración de verdadera eficiencia. No era el camino más fácil. Era el camino más justo, y ése fue el camino elegido por Fernando de la Rúa y sostenido por Enrique Olivera.
Pero no basta con tener un banco saneado y ordenado; hay que ponerlo al servicio de un proyecto de desarrollo para la Ciudad; hay que ponerlo en línea con las necesidades de los productores nacionales y locales.
No buscamos un perfil de competitividad vinculado, exclusivamente, con la rentabilidad financiera, sino con una estrategia política de desarrollo de la Ciudad: nuevas tecnologías, impulso al turismo y a la construcción, y desarrollo del sur.
La recuperación de los espacios públicos usurpados restauró el principio de igualdad ante la ley. Lo que siempre debió ser de todos, volvió a ser de todos.
La obra pública, una política que parecía extinguida, volvió en forma de programa de inversiones de largo plazo que aún están en proceso de desarrollo y que nosotros vamos a continuar. Ha sido una iniciativa inteligente para alcanzar objetivos múltiples.
La inversión pública en sectores estratégicos de la infraestructura urbana, tales como la red de subterráneos y el sistema hídrico, mejora la calidad de vida de los vecinos, califica y aumenta la competitividad de la ciudad, promueve la inversión privada, dinamiza la economía local y crea empleo.
El trabajo persistente –y aún inconcluso– para terminar con las inundaciones, es un ejemplo del impacto social y económico que produce la inversión pública orientada estratégicamente. El Plan Hídrico está terminando con el drama de aquellos vecinos que debían ser evacuados por inundaciones. Durante décadas, no se había hecho nada en esta materia. Hoy, la amenaza de anegamiento está definitivamente cercada por el avance de las obras de contención de aguas, los entubamientos y los desagües pluviales.
Estas intervenciones del sector público tienen, además, un efecto económico multiplicador. El fin de las inundaciones permite recuperar y poner en valor tierras que están degradadas, dotando al espacio urbano de una homogeneidad que hoy le falta.
La ampliación de la red de subterráneos ha sido una respuesta a gran escala a las necesidades de mejorar el sistema de transporte público de pasajeros. Es también un emprendimiento que permite integrar distintas áreas de la ciudad, promoviendo el desarrollo equilibrado del territorio. Continuaremos con este programa de ampliación e iniciaremos la construcción de la nueva línea “H” que unirá Parque de los Patricios con Once de Septiembre y Retiro.
Nosotros hacemos propio el espíritu de la gestión que concluye. Es nuestra la voluntad de mantener sanas las cuentas y equilibrado el presupuesto. Es nuestra la decisión de defender lo público, ya sea la banca, la escuela, el hospital o el espacio común. Es nuestra la vocación de elegir el camino más justo, aún cuando sea éste el camino más difícil.
Venimos a tomar el testimonio para seguir adelante. Integramos este gobierno con mujeres y varones que siempre han creído en el sentido amplio de la democracia. Queremos vivir en un mundo en el que los derechos civiles, además de garantizar la ciudadanía política, hagan efectiva la ciudadanía social. Queremos vivir en una sociedad en la que haya plena protección de los derechos humanos a través del ejercicio activo de la memoria, la defensa de las víctimas y la lucha contra las discriminaciones.
Esta utopía es nuestra. La justicia, la solidaridad social y la igualdad son valores que sostenemos desde jóvenes. No son patrimonio exclusivo de ninguna formación partidaria. Se trata, más bien, de una ética que une transversalmente a un gran espacio social.
Participamos de una experiencia política con pocos precedentes en la Argentina y en el mundo, que se ha propuesto dar una respuesta colectiva y progresista a desafíos de escala global.
Confiamos en la amplitud de la convocatoria original, y por eso hemos constituido un gobierno de amplia representación política.
Rechazamos las actitudes dogmáticas, sectarias y fundamentalistas. No miramos filiaciones. Sólo pedimos honestidad y compromiso social. Sólo prometemos honestidad y compromiso social.
Venimos con algo más que buenas intenciones. A nuestra utopía, le hemos agregado lo aprendido. Los años vividos señalan la necesidad de la eficacia en la gestión pública. Debemos ser eficaces. Es un mandato popular, es el reclamo de la gente.
No hay gobierno justo sin gobierno eficaz. La sociedad nos juzgará por lo que hagamos. Pero no sólo la sociedad, nosotros mismos debemos medirnos por los resultados. Para lograrlo, no podemos limitarnos a las metas sustantivas. Debemos poner en marcha un nuevo modelo de gestión, cuyos instrumentos se correspondan con las nuevas exigencias sociales.
En los últimos quince años, todo ha cambiado. La economía, las tecnologías, los flujos financieros y comunicacionales y la organización de la producción ya no son los mismos.
Hace veinte años, nadie tenía videocasetera; hace diez años, nadie tenía televisión por cable; hace cinco años, nadie tenía Internet. Hoy, la videocasetera está por caer en desuso y el cable está amenazado por la TV Satelital. Pagamos y cobramos salarios a través de cajeros automáticos; pagamos los boletos de tren a máquinas expendedoras que leen billetes, cuentan monedas y dan vuelto; acumulamos puntos por nuestras compras en supermercados, por medio de tarjetas electrónicas. Éste es otro mundo.
Cambiaron las relaciones sociales. Cambió el trabajo, cambió la pobreza, cambió la urbanización.
Cambió el trabajo. La nueva naturaleza del trabajo, expresada en el crecimiento del sector servicios, en sus exigencias de capacitación y en la destrucción masiva de empleo, está hoy en cuestión y todavía es difícil de determinar cuál será su futuro. Cambió la pobreza. El aumento de la brecha entre ricos y pobres y la aparición de una nueva categoría social, precariamente definida como “nueva pobreza”, es un fenómeno sin fronteras nacionales, pero de una clara localización urbana.
Los nuevos pobres, expulsados recientes de la clase media; los sin techo, cuyo origen social no responde a las categorías de la pobreza tradicional, y los marginados, son todos grupos sociales urbanos.
Cambió la urbanización. La Ciudad de Buenos Aires, como todas las metrópolis, está viviendo un gigantesco proceso de reurbanización promovido por los cambios en el flujo de los capitales.
Grandes inversiones privadas están transformando el espacio urbano y el destino de los barrios. Algunos mejoraron, otros viven bajo la amenaza del deterioro y la degradación. En muchos casos, las diferencias preexistentes se han vuelto más profundas.
Este fenómeno de reurbanización a gran escala, impulsado por las nuevas condiciones del mercado, ha generado desafíos muy difíciles al sector público. La creación de empleo es uno de ellos. La calificación de la educación es otro.
La magnitud de los cambios y el vigor de las fuerzas económicas que intervienen en el proceso, diluyeron la capacidad del Estado hasta provocar la ilusión óptica de que la acción de gobierno no tenía sentido.
La Ciudad, como un organismo vivo, crecía sola. Se construía y se urbanizaba según leyes fijadas por una suerte de código genético del mercado.
En este contexto, el Gobierno sólo podía, si era inteligente, acompañar desde atrás el desarrollo de la criatura, abriéndole el paso cuando pugnaba por ganar una zona prohibida o contemplando perplejo el abandono y el atraso de otros sectores. No es así. No puede ser así. No debe ser así.
Venimos a proponer un nuevo pacto entre sector público y sector privado. La ciudad no puede estar paralizada, pero tampoco puede crecer a cualquier costo. Es mejor que el sector privado se sienta respaldado por el sector público, y que éste defienda a la ciudad. Porque en definitiva, esto es lo que nos va a permitir crecer a todos.
En la ciudad todavía existen indicadores sociales humillantes, producto del desarrollo desigual. Esta ciudad no puede tener, como tiene, barrios en los que la desnutrición infantil alcanza índices del 18 por mil. Es intolerable que en esta ciudad haya chicos y viejos famélicos. Si no somos capaces de resolverlo habremos fracasado.
El desequilibrio urbano, la inseguridad, la marginación de vastas áreas, el destrozo y la invasión del espacio público, el deterioro del transporte y la circulación, las distintas formas de contaminación ambiental, la violencia homicida en el tránsito, la ruptura de las normas de convivencia y el desgarramiento de la trama social, no benefician a nadie; nos empobrecen a todos.
La idea formulada por la llamada “teoría del derrame”, de que el crecimiento económico es una ola imparable que termina convirtiéndose mecánicamente en desarrollo social, no se ha verificado. Al contrario, la falta de desarrollo social termina comprometiendo el crecimiento económico.
El desarrollo desigual es un monstruo que, como aquel que aparecía en El Submarino Amarillo, succiona todo lo que encuentra a su paso, hasta que termina devorándose a sí mismo. Al final no queda nada.
El Gobierno de la Ciudad debe participar del proceso de urbanización. Debe hacerlo seguro, porque tiene la misión de cumplir y hacer cumplir la ley, de proteger el bien común y de promover el bienestar general. Y debe participar, también, porque –lejos de ser un obstáculo, como alguna vez se lo consideró–, es un gran catalizador del desarrollo social y económico. No lo produce, pero lo promueve, lo orienta y lo apura.
Debemos gobernar con una nueva actitud: abandonar los prejuicios y tomar los buenos instrumentos de la gestión privada, para aplicarlos a la administración pública; ser veloces en las respuestas y ágiles en los procedimientos; pensar estratégicamente y descentralizar la ejecución de las políticas; proponernos metas mensurables y cumplirlas; incorporar objetivos de rentabilidad social.
La ciudad no es un problema, es una solución. La vida urbana es mucho más que una reunión azarosa de multitudes. Es un modo de organización social dominante que contiene múltiples posibilidades. En la ciudad está la gente, están los recursos económicos y tecnológicos, está el capital cultural, necesarios para que la vida de todos sea otra, mejor y más digna.
Aquí radica el gran desafío: en disponer de las posibilidades que hoy yacen ocultas y desarticuladas en la trama social de la ciudad, para ordenarlas de tal modo que se potencien en beneficio del conjunto.
Es posible anudar la ética social y la eficacia en la gestión pública. Es posible gobernar con instrumentos modernos y objetivos de bienestar común. Es posible responder a las esperanzas del pueblo y trazar un destino de largo aliento.
La ciudad tiene la capacidad necesaria como para desplegar políticas productivas que trasciendan los clásicos incentivos al desarrollo productivo.
Además de promover la estructura instalada, pondremos en marcha una política destinada a multiplicar la creación de empresas. Trabajaremos para mejorar la competitividad de la ciudad y para mejorar la conectividad de las redes de producción local y nacional. Aprovecharemos el poder de compra del Estado para generar una cadena de valor que potencie la producción propia. En los próximos días, enviaremos a la Legislatura una Ley de Compre Pyme y Compre Nacional, que contribuirá al enorme esfuerzo que está haciendo la Nación para recuperar la producción y el trabajo.
Esta ciudad es un inmenso centro de consumo y de producción de cultura y de riqueza. Queremos ser, hacia toda la Argentina, una Ciudad que irradie crecimiento; queremos ser, hacia toda la Argentina, una Ciudad que defienda el trabajo nacional. No queremos una Ciudad de espaldas a la Argentina; queremos una Ciudad que traccione al país hacia un destino de progreso.
No se trata de asumir posiciones cerradas. Sabemos que la Ciudad recibirá, en los próximos años, inversiones extranjeras significativas en distintas áreas. Ya estamos coordinando con las empresas con las que están aquí y con las que van a llegar un plan de desarrollo de proveedores locales.
Un Estado moderno debe utilizar al máximo su capacidad de articulación para enlazar las decisiones de inversión de las empresas extranjeras con la capacidad de las empresas locales de convertirse en proveedoras de esas inversiones. Esta política también contribuye a potenciar una cadena de valor de producción nacional.
En la actualidad, hay sectores productivos tales como las industrias de la indumentaria y del calzado , que sólo pueden sobrevivir si se revinculan a una nueva trama asociativa y si son, al mismo tiempo, capaces de agregar valor a sus productos.
Nuestro gobierno trabajará para promover la asociatividad productiva entre empresas. En el corto plazo, iniciaremos una experiencia piloto que se convertirá en el caso testigo de la política de articulación de sectores en la ciudad.
Daremos un gigantesco impulso al turismo receptivo, acompañándolo con un plan agresivo de proyección de la Ciudad de Buenos Aires en el mundo. Buenos Aires es nuestro capital; debemos aprovecharlo al máximo.
Tenemos un patrimonio cultural que nos distingue en el mundo. Es un enorme diferencial que queremos potenciar y enriquecer. Vamos a hacer un esfuerzo por calificar y aumentar nuestra infraestructura en materia cultural.
La Legislatura ya ha aprobado dos proyectos que nos permitirán contar en poco tiempo con un centro de convenciones y un estadio deportivo, acordes con la jerarquía de esta ciudad. Estamos trabajando para traer a Buenos Aires en los próximos meses un museo de jerarquía internacional. Seguiremos apoyando la actividad cultural masiva y gratuita, y respaldando nuestra variada oferta cultural. Pero vamos a incorporar un nuevo desafío: la promoción y el fortalecimiento de las industrias culturales.
Esta tarea imprescindible de promover el desarrollo económico y articular los distintos intereses y sectores es una función central del nuevo modelo de gestión.
La consolidación de la seguridad es un objetivo prioritario y urgente. Un ámbito urbano seguro exige una acción integrada de todas las áreas de gobierno. Atacaremos la inseguridad en sus manifestaciones particulares y en sus causas estructurales. A las nuevas formas del delito debemos enfrentarlas con conductas de gestión institucionales y políticas, en todas sus fases: la prevención, la represión, el rescate de grupos sociales en situación de riesgo predelictual y la reinserción social. (Aplausos).
Una política eficaz de seguridad requiere unificar bajo un mismo comando todos los programas y herramientas para disponerlos en una estrategia de prevención que atienda especialmente a las formas de producción y repetición del delito, y al alarmante aumento de sus manifestaciones violentas.
Esta política implica ejercer la facultad de jurisdicción que otorga el mandato constitucional, dotando a la Ciudad de un servicio ordinario de justicia y de una policía de seguridad.
Para lograrlo, iniciaremos una etapa de transición con la firma de un convenio con el Gobierno de la Nación que nos habilite a ejecutar políticas de calidad y control de los resultados de los servicios de seguridad.
Compartiremos con el Jefe de la Policía Federal, la supervisión del sistema de seguridad metropolitana, integrado por las comisarías, el Área de Operaciones Criminales de la Superintendencia de Investigaciones, la seguridad ferroviaria urbana y el Área de Protección Urbana de la Superintendencia de Bomberos.
También compartiremos con el Jefe de la Policía Federal la designación de los superintendentes y directores generales de las áreas involucradas en la seguridad de la Ciudad.
Este convenio de transición será una de las herramientas del Sistema Metropolitano de Seguridad Pública.
Al término de esta transición, la Ciudad Autónoma tendrá su policía metropolitana jerarquizada, con status de fuerza propia, con todos sus recursos y su conducción orientados en forma exclusiva a la demanda territorial de seguridad.
Pero no vamos a quedarnos esperando los tiempos legislativos y políticos que esta solución definitiva requiere.
En dos meses, estaremos poniendo en funcionamiento el Nuevo Plan de Prevención del Delito Urbano, en conjunto con el Ministerio del Interior y el Ministerio de Justicia de la Nación, la Policía Federal, las fiscalías contravencionales y el propio Gobierno de la Ciudad. Orientaremos la intervención policial hacia núcleos de riesgo previamente determinados y planificaremos barrio por barrio la actuación preventiva. El rediseño de la vigilancia incluyendo redes telefónicas que mejoren el vínculo entre la policía y la comunidad permitirá emplear con mayor efectividad los recursos humanos y técnicos. Los vecinos participarán en asambleas mensuales donde se podrá diagnosticar en perímetros chicos, de aproximadamente ochenta manzanas, la situación de la seguridad pública y, al mismo tiempo, controlar la acción y el compromiso de los diferentes actores institucionales involucrados.
Tenemos en claro, por nuestra experiencia en la Fiscalía Pública y por los indicadores sociales de criminalidad, que la seguridad y la paz ciudadanas no se alcanzan sólo con la presencia de una policía jerarquizada en la calle o con la construcción de más cárceles. Debemos crear oportunidades de integración social, de trabajo y de educación para que nuestros jóvenes no salten de la calle a la delincuencia. Queremos ganarle a la calle todos esos chicos sin familia, hijos de desocupados, marginalizados, privados de escolaridad y de objetivos de vida, que se están formando en un contexto anómico y violento.
Una política integral de seguridad debe incluir a la educación y a la promoción social.
La capacidad del sistema educativo de retener a chicos y jóvenes en especial en el nivel medio, que presenta los mayores índices de deserción es un factor clave para obtener resultados duraderos en materia de seguridad pública. (Aplausos)
La educación es el eje articulador de los grandes desafíos políticos que tenemos por delante. Constituye la base de un modelo de desarrollo económico con pleno empleo y equidad social, y también el sostén a largo plazo de una sociedad más segura, democrática y solidaria.
Buenos Aires reúne las condiciones para transformarse en una Ciudad educadora por excelencia. De hecho, en Latinoamérica es la ciudad cuya población posee los niveles educativos más altos. Mas de un millón de sus habitantes participan cotidianamente de sus instituciones educativas.
El gran desafío es elevar la calidad de la educación en todos los niveles, especialmente en la escuela básica y media. Ésta es la revolución educativa que la escuela está necesitando y que los padres reclaman. Ésta es la gran revolución educativa de la que los docentes deben ser protagonistas centrales. Sin ellos formando parte activa y creativa de este proceso, no podemos avanzar.
La Ciudad debe garantizar oportunidades para todos los chicos que quieran concurrir a establecimientos educativos a partir de los tres años.
Debemos alcanzar la universalización del nivel medio. Hoy, más del 85 por ciento de nuestros jóvenes concurren al colegio secundario. En cuatro años, debemos llegar al cien por ciento.
Queremos que todos los alumnos de la Capital terminen el secundario. Queremos tener deserción escolar cero en la Ciudad de Buenos Aires. En cuatro años vamos a estar en ese camino.
Habrá más escuelas públicas de doble escolaridad en la ciudad y más horas de clase para todos los alumnos. El año próximo, comenzaremos con alrededor de veinte escuelas bilingües e iremos aumentando la oferta gradualmente.
Tenemos una visión integral de la educación. Cuando decimos que queremos elevar la calidad de la educación, estamos pensando tanto en la educación de gestión pública como en la de gestión privada. El gobierno trabajará activamente para que la educación de calidad no sea el patrimonio de una minoría, sino el orgullo de todos (Aplausos).
El área sur de la ciudad es nuestra meta y nuestro medio. Hay allí una reserva económica dormida, que debe ser liberada y promovida. Vamos a concentrar nuestro esfuerzo en su desarrollo. Para lograrlo, convocaremos al sector privado. Queremos inversión privada, la necesitamos.
Y no nos quedamos esperando. Ya hemos iniciado, aun antes de asumir, la convocatoria a la iniciativa privada. Salimos al mundo a buscar y traemos proyectos de inversión.
Sabemos que la inversión privada y la inversión pública no necesariamente compiten entre sí. Son complementarias y se requieren mutuamente.
Vamos a romper el círculo vicioso que condena al atraso a un área de desarrollo potencial de la ciudad, como es el sur. Este círculo vicioso consiste en que el sector privado no invierte porque no encuentra la infraestructura y los servicios necesarios, y el sector público no interviene porque se limita a marchar detrás de la inversión privada, la cual, a su vez, no llega, porque no encuentra inversión pública, y así al infinito.
Vamos a intervenir estratégicamente en el sur. Vamos a crear valor. La participación del Estado no consistirá únicamente en asegurarle beneficios al sector privado. Necesitamos asociar el beneficio económico al beneficio social para que –a la inversa de lo que sostiene la teoría del derrame– la rentabilidad social también haga posible la rentabilidad empresaria.
La Corporación del Sur será el instrumento privilegiado de esta política. Hemos creado una nueva herramienta de gestión, con una modalidad mucho más operativa. Una Sociedad del Estado que administrará, por transferencia del Poder Ejecutivo de la Ciudad, un conjunto de inmuebles del dominio privado a través de un fideicomiso. Esta figura jurídica ofrece las garantías de transparencia necesarias para la gestión de bienes inmuebles de dominio privado. Se trata de exigirle al Estado, un tipo de compromiso distinto al tradicional: formas transversales de planificación y ejecución, una distribución distinta del poder, compatibilidad entre las políticas sectoriales de las secretarías y el carácter general de la gestión, nuevas lógicas y nuevos mecanismos. Estamos convencidos de que es imprescindible avanzar en este sentido y de que esto sólo puede ser obra de todo un gobierno.
La Corporación tendrá como objetivo producir beneficios sociales y como fin estratégico, alcanzar el equilibrio económico y territorial de la ciudad. Permitirá dar señales rápidas de reactivación, de revalorización del espacio público, de recuperación del tejido urbano degradado, de integración social de atracción a la inversión privada a partir de la inversión pública.
En el sur está radicada la mayoría de las villas de emergencia de la ciudad.
Quiero comprometerme ante las señoras legisladores y los señores legisladores. Quiero comprometerme ante los vecinos de la ciudad.
Una de las primeras medidas de este Gobierno será el impulso al Programa para la Integración y Transformación de las Villas y Barrios Transitorios, integrado por representantes del Gobierno y de los pobladores, y coordinada por el área de Vivienda. Vamos a acelerar, decididamente el proceso de urbanización de villas de emergencia.
Tenemos la decisión; tenemos los instrumentos; tenemos los recursos.
Para mí, no es un desafío político más; es un problema moral. Vuelvo a la enseñanza de mi padre: quien contempla una injusticia debe intentar cambiarla, porque de lo contrario termina siendo cómplice del injusto.
La Ciudad de Buenos Aires no puede ser cómplice de esta injusticia. (Aplausos).
La revalorización del espacio público será una preocupación permanente y casi obsesiva de nuestra gestión, desde hoy hasta el último día. Las situaciones de desigualdad respecto del cumplimiento de las leyes agravian a la gente. Y un gobierno que hace respetar la ley no está haciendo otra cosa que respetar a la gente.
Mejorar el espacio público es mejorar la calidad de vida humana. Es generar un cambio en todo el tejido productivo de la ciudad, aumentar la competitividad regional y atraer inversiones.
Hoy vivimos en una de las ciudades visualmente más contaminadas y deterioradas.
Aquí tenemos por delante otro desafío: respeto a las normas; estricto cumplimiento de la ley; descontaminación visual y sonora.
Vamos a crear una Autoridad del Espacio Público en la ciudad, y a confeccionar un código de utilización del espacio público que condense la legislación vigente y cubra los vacíos legales. Comenzaremos por una etapa de políticas progresivas y concertadas. Cuando este capítulo de concertación haya concluido seremos implacables en la aplicación de la ley.
El espacio público es el patrimonio común de los vecinos. No puede seguir siendo invadido, privatizado de hecho, o agredido con impunidad.
Ya hemos dado impulso a este nuevo camino. Hemos aprobado en la Legislatura algunas de las herramientas centrales para cumplir con estos objetivos. Ya estamos en marcha, y continuaremos avanzando con el mismo empuje.
No me equivoco si digo que estamos en un siglo de profundas transformaciones para las ciudades. Consideradas alternativamente como la expresión más acabada del orden y el progreso, o como focos productores de caos y conflictos sociales, las ciudades han crecido al calor de las grandes transformaciones, han sido una de las grandes respuestas colectivas de la humanidad a los desafíos planteados por nuevas condiciones económicas, sociales y culturales.
La necesidad de adecuar nuestra ciudad a una economía productora de materias primas para el mercado mundial, fue el motor de las gigantescas transformaciones urbanas y de las grandes obras en la infraestructura de servicios que Buenos Aires vivió en el pasaje del siglo XIX al siglo XX.
Estamos, un siglo más tarde, aprovechando todavía los frutos de aquel impulso. Pero en la entrada del siglo XXI las nuevas transformaciones producidas a escala global vuelven a crear una oportunidad de desarrollo para nuestra ciudad.
De cara al mundo, Buenos Aires puede y debe utilizar su potencial estratégico: su riqueza cultural y urbanística, su infraestructura, la calidad de su gente. De cara al país, Buenos Aires puede y debe ser un motor del crecimiento y la reactivación, un generador solidario de riqueza y un defensor del empleo y la producción nacional.
El año pasado, mientras participaba de una asamblea internacional, el escritor colombiano Gabriel García Márquez nos habló a un grupo de dirigentes de 40 años. Recuerdo que dijo: “No esperen nada del Siglo XXI; es el Siglo XXI el que espera todo de ustedes, y sólo será tan glorioso como sean capaces de imaginarlo”.
Soy consciente de que hay gente para la cual el Siglo XXI no ha traído ninguna novedad. Soy consciente de que hay mucha gente que sufre, que se siente desamparada, que está vencida por la desesperanza o fatigada de creer. Quiero terminar hablándoles a ellos y decirles que, para mí, no habrá ninguna gloria si no ganamos todos.
Muchas gracias. (Aplausos prolongados).
ANIBAL IBARRA

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