febrero 24, 2012

Mensaje del Jefe de Gobierno Jorge Telerman, en el acto de toma de posesión del cargo (2006)

MENSAJE
DEL
JEFE DE GOBIERNO DE LA CIUDAD AUTONOMA DE BUENOS AIRES
Jorge Telerman
EN EL ACTO DE TOMA DE POSESION DE SU CARGO [1]
EL 13 DE MARZO DE 2006

Señor Vicepresidente de la Nación Daniel Scioli; señor Jefe de Gabinete de Ministros, doctor Alberto Fernández; señor Presidente de la Cámara de Diputados, doctor Don Alberto Balestrini; señor Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Doctor Felipe Solá; señor Nuncio Apostólico y Decano del Cuerpo Diplomático, Monseñor Adriano Bernardini; señor Vicepresidente de la Legislatura, Doctor Santiago De Estrada; señor Ministro de la Corte Suprema, Doctor Don Eugenio Zaffaroni; señor ex Jefe de Gobierno, Doctor Don Enrique Olivera; señor jefe integrante del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, señores legisladores; señor General Bendini; señores jefes de las Fuerzas Armadas y de Seguridad; señores representantes de cultos; Fani, Moni, Adrián; mi amada Eva, Catalina, Federico; mis amigos.
No es un curso de honores, sino las consecuencias del dolor que me trajeron aquí frente a ustedes en este día.
Toda generación nace bendecida por las virtudes de sus ancestros y también signadas por sus pecados. Esta gestión de Gobierno, lo sabemos, nace sobre las ruinas de Cromañón; sobre los vicios y los flaquezas de un Estado y una sociedad que lo hicieron posible; sobre el dolor infinito de los familiares y sobrevivientes; inmersos en el eco de la voz de las víctimas que reclaman verdad, justicia y memoria. Esta gestión nace, también, como culminación de un proceso institucional arduo, límite, que nos hizo interrogar durante todo el último año sobre las instituciones, la búsqueda de consensos, las formas de construcción política, las responsabilidades y el necesario control social.
Sería necio y no cumpliría con mi deber de gobernante, si no fuera capaz de comprender las lecciones y los legados de esta tragedia y de este proceso. Vengo a reafirmarlo frente a todos ustedes: he comprendido el mensaje. Hemos transitado todos los años desde la recuperación democrática reconstruyendo nuestras instituciones. Para eso fue menester reafirmar una y otra vez la necesidad de la independencia de los poderes, requisito esencial de la República, y del respeto por los derechos y las garantías ciudadanas. Ahora que ya no dudamos de las virtudes de la independencia de los poderes, al punto que forman parte de nuestras prácticas políticas habituales, tal vez será el momento de ir al encuentro de las virtudes que nos depara la interdependencia de poderes. Una interdependencia de sentido, que lejos de quitar poder a cada uno o de borrar sus precisas y necesarias fronteras, nos fortalece a todos. Donde exista un diálogo fluido entre los integrantes de los tres poderes y de los organismos de control de manera tal que las manifestaciones de alerta sobre problemas estructurales no sean tomadas como un ataque, sino como una señal de colaboración.
No nos sentimos atacados por los que nos marcan errores o nos advierten sobre posibles problemas: los hay; lo entendemos como el alerta del amigo que quiere colaborar en busca del bien común. Vamos a escuchar, vamos a tratar de comprender, pedir ayuda y colaboración cuantas veces sea necesario. No nos defenderemos de los que nos señalan los errores. No vamos a desoír las advertencias y alertas, provengan de quien provengan.
Tras la crisis política y económica de fines de 2001, Buenos Aires retomó, acompañando el crecimiento económico nacional, su senda histórica de progreso y desarrollo. Ello fue posible tanto por las políticas seguidas en el orden local, como por el espectacular ritmo de crecimiento argentino al calor de un nuevo modelo económico y social de equidad que nos marca un rumbo de progreso con justicia social. Ese modelo de crecimiento, esa defensa a ultranza de los derechos humanos, esa búsqueda, esa necesidad de encontrar mecanismos de redistribución del ingreso, que estoy convencido que encarna el Gobierno Nacional del Presidente Néstor Kirchner, así como las principales líneas programáticas, progresistas y desarrollistas del proyecto por el cual fuimos votados y electos hace dos años con Aníbal Ibarra, serán sin duda el eje de nuestra gestión.
Quiero detenerme un segundo para destacar que la notable expansión en obras y servicios de esta Ciudad, en estos últimos años, no hubiera sido posible sin el impulso decidido del sector privado, particularmente, aunque no exclusivamente, en la cultura, en el comercio, en la construcción y en el turismo.
No fue menos importante la infatigable labor de la Red Porteña de Asociaciones Vecinales, tan viva y presente siempre aquí, en nuestra casa, y de las organizaciones gubernamentales que nos hacen una de las ciudades más dinámicas del continente y, por supuesto, la actitud positiva de los trabajadores, de los productores, de los estudiantes, de los artistas, de los deportistas, de los periodistas y de las amas de casa que son la Buenos Aires progresista, educada y emprendedora que enamora a cuantos la visitan o vienen a afincarse.
Las fuerzas de la oposición en nuestra casa del pueblo también ayudaron a fortalecer este tiempo de crecimiento y progreso social presentando iniciativas, votando leyes y acompañando proyectos. Asimismo, el Poder Judicial, que ha sido un defensor enérgico, como todos debemos serlo, de la autonomía de la Ciudad, fijada en su Constitución.
Los organismos de control, cuando acercan permanentemente propuestas y alertas, también mejoran una gestión y cumplen con su rol.
Pero el progreso podría y puede ser mayor; podría asumir un ritmo aún mayor y lograr resultados aún superiores a los ya alcanzados. Para ello, hay una condición: que a la voluntad de progresar, le agreguemos un compromiso metodológico de diálogo y de escucha del otro y de un espíritu de mayor fraternidad democrática, aun en el disenso.
A eso, y sólo a eso, he venido. Vengo a invitarlos a edificar en conjunto un tiempo de paz que nos conduzca a una vida ciudadana más plena. Un tiempo en el que ofrezcamos en sacrificio, si es necesario, nuestras pasiones más egoístas, las que sin dudas todos tenemos, las que hacen al cálculo político electoral, para darle mayor vigor y armonía a esa pasión por Buenos Aires que sé que todos tenemos y que estoy seguro motiva el compromiso de la mayoría de quienes optamos por la política desde hace tanto tiempo.
Seguiremos optando por la política, sin duda la actividad más noble. Gracias maestro y padre Antonio Cafiero por enseñarme esos valores, sin duda la más noble de las actitudes humanas. Me refiero a una mayoría que optó por la política en esta querida Ciudad; ustedes y yo, nosotros, el pueblo de esta Ciudad, más allá de las banderas e ideologías necesarias y pertinentes.
Es cierto que el tiempo de paz se construye desde y con la verdad. Esa verdad tiene diferentes puntos de vista y valores para analizarla en cada uno de los sectores políticos. La paz no se logra silenciando las verdades. Nunca lo propondría. No vengo a proponerles que nos callemos, sino simplemente que nos escuchemos.
También vengo a invitarlos a un gran acuerdo colectivo para construir la Buenos Aires del Bicentenario, ésa de pasado mañana. La Ciudad que encontrará el almanaque de aquí a cuatro años no puede ni debe ser el efecto de la obra de un iluminado; de la obra del sueño de un iluminado la noche anterior; ni el sueño de una elite cerrada o la matemática de un grupo de tecnócratas.
La Ciudad del Bicentenario debe tener la dignidad de que fue sede y motora del primer gobierno patrio. La Ciudad el Bicentenario debe mostrar el esplendor que, al cumplir su primer siglo, la caracterizó respecto del resto de las grandes urbes de su época. Pero también la Ciudad del Bicentenario puede y debe mostrar un sello distintivo de equidad y de justicia social; de democracia avanzada y de calidad de vida que la hagan el modelo de sociedad moderna, pujante y socialmente integrada que todos los argentinos deseamos como utopía alcanzable y realizable para toda nuestra querida Patria.
Ese sueño del bicentenario sólo puede edificarse separando lo esencial de lo secundario y acordando entre todos –política y sociedad, oficialismo y oposición– las metas y caminos para alcanzar eso esencial en que todos estamos de acuerdo, eso que tantas veces hemos llamado políticas de Estado.
Para lo otro, para lo contingente o para los asuntos secundarios o aquellos sobre los que, en definitiva y afortunadamente, tengamos diferencias de fondo, deberemos acordar –y ojalá lo logremos– un método de diálogo a través del cual procesemos democrática y pacíficamente esos disensos.
¿Seremos capaces –me lo pregunto genuinamente– de construir una sociedad donde cada uno de nosotros ceda algo a fin de que todos ganemos mucho? Permitámonos ese sueño colectivo.
Una Buenos Aires del Bicentenario que gane en autonomía, donde unamos no gritos de reclamos sino voces de propuestas maduras y responsables en diálogo fecundo y responsable también con el Gobierno Nacional, el Congreso Nacional, el resto de las provincias, muy particularmente la de Buenos Aires. Justamente, celebro que mi gran amigo y compañero de militancia, Felipe Solá, con quien tenemos tantas cosas en común y queremos hacer muchas otras, esté aquí presente.
Buenos Aires y su área metropolitana tienen que encontrar respuestas conjuntas a sus problemas, por más que exista esa frontera entre la provincia y la ciudad. En realidad, no es verdad que exista tal frontera: son las mismas personas, nuestros mismos hermanos que están allí y acá, quienes tienen los mismos problemas que nosotros. Entonces, la resolución de esos problemas se debe pensar en conjunto, y la pensaremos en conjunto provincia, ciudad y nación.
Tenemos que hacernos fuertes en las virtudes y crecer en la colaboración y el intercambio. No hay brillo ni progreso sustentable para nuestra amada ciudad si ésta no es el espejo del crecimiento y del desarrollo del país todo; fundamentalmente, desde nosotros, de esa región metropolitana, de ese conurbano bonaerense.
Una Buenos Aires que ganando en autonomía empieza a conducir su sistema de seguridad y lo logra con eficacia, con exitosas políticas de prevención y con un respeto a rajatabla de los derechos humanos.
Deseamos y buscamos una Buenos Aires que gane en calidad de vida. Hay un deber del gobernante –y todos lo sabemos– que es el de mejorar la vida de los pueblos. Las porteñas y los porteños debemos vivir mejor, disfrutar más de esta estupenda y maravillosa ciudad y de sus posibilidades.
Tenemos que recuperar la armonía de la ciudad, el deleite, el placer, el goce de pasear por sus lugares, de trabajar, de estudiar, de crear en un ambiente de serenidad, en una ciudad donde tengamos más tiempo para nuestra familia y nuestros amigos, porque podremos recorrerla de punta a punta gracias a la nueva red de subtes, el soterramiento de los ferrocarriles anunciado hace pocos días, la autopista ribereña, el Tren de la Costa, nuevos transportes públicos alternativos y la eliminación de más de un centenar de pasos a nivel ferroviarios contra cuyas barreras físicas nos topamos decenas de veces al día.
Una ciudad donde recuperemos nuestra amistad y nuestro cariño con el río, nuestra pertenencia al río, con toda el área portuaria como parte viva de la ciudad; en donde nos revinculemos, animales urbanos como somos, con la naturaleza, a partir de una decidida ampliación del espacio público; con áreas verdes, donde lamentablemente aún hoy rige la ley del abandono o la invasión, y con una red hidráulica que nos haga olvidar definitivamente el temor a las inundaciones.
Tenemos que recuperar el espacio público, porque es parte esencial de una vida más digna, más equitativa, más democrática y más sencilla; pero también porque es el lugar de encuentro, de nuestros encuentros, el que nos convierte en vecinos y ciudadanos, y en parte de un todo social que tiene una historia y un destino común.
Es en la vereda, en las plazas, en los parques, en las fuentes y en el río donde el Estado se encuentra con el hombre y la mujer con los niños; donde se desarrolla el sentido de la vida comunitaria; donde debe crecer el sentido de la responsabilidad colectiva, de solidaridad y de preservación del bien común.
Debemos recuperar el sentido de propiedad de lo público para entender que es una responsabilidad compartida entre el Estado y los ciudadanos, y también lo es su preservación y mejoramiento.
El Estado debe invertir los recursos necesarios y, sin duda, dinamizar la gestión para garantizar el cuidado y el mantenimiento de los espacios públicos. Tenemos que hacerlo porque es bueno, porque lo queremos, porque es deseable, porque es nuestra obligación; pero, por sobre todo, porque es posible. Porque hay estudios y proyectos racionales que demuestran que la supuesta utopía no lo es tanto, y que depende más de la acción, de la voluntad, también de una gran dosis de audacia y de osadía; mucho más de eso que de otra cosa.
La Ciudad que queremos, sin duda, está mucho más cerca de lo que a veces nos imaginamos; y el ciudadano, sin duda, debe ser corresponsable en su cuidado y en su mantenimiento. Somos nosotros, el pueblo de la Ciudad de Buenos Aires, el Estado y su sociedad civil, todos y cada uno de los porteños, los verdaderos dueños de esta Ciudad. Y eso otorga derechos que, sin duda, debemos exigir y disfrutar, pero también deberes y responsabilidades. Cada derecho lleva en sí mismo un deber. En una sociedad civilizada y democrática, el cumplimiento cabal de nuestros deberes es la garantía de los derechos de los otros.
Tenemos que hacer carne de que somos un todo, y que cada pliegue que con nuestras acciones provoquemos en la vida comunitaria, afecta a otros, a muchos, a pocos o a uno, pero afecta a una hermana o a un hermano. Una sociedad armoniosa es aquella en donde los ciudadanos disfrutan de sus derechos y cumplen responsablemente con sus deberes. No sólo la ausencia de derechos nos deja desolados y a la intemperie; también el incumplimiento de los deberes nos va desangrando nuestra civilidad.
Queremos una Buenos Aires que se acerca al Bicentenario ganando en calidad institucional, con una política ejemplar y transparente, en donde los jóvenes vuelvan a volcarse masivamente al compromiso público; donde nuevos actores se incorporen con sus ideas y sus voluntades y en donde no encuentren lugar, por supuesto, ni la corrupción ni la mentira ni la inescrupulosidad; en donde el Estado se reforme organizándose según las necesidades de la gente y no de los dirigentes; que tenga acceso y ascenso por concursos transparentes, y las funciones ejecutivas estables del Estado, comenzando por las de las áreas de control, no sean un botín político, sino el asiento –como debe ser– de los mejores y más honestos profesionales.
Vamos a buscar los mecanismos para que todas las fuerzas políticas, gobierno y oposición, nos comprometamos a seleccionar en conjunto a los mejores, a los más idóneos, técnica y profesionalmente, para que ejerzan esas tareas de control. No queremos en la Ciudad de Buenos Aires; no necesitamos, no necesita este Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, a agentes del Estado que le den prioridad a la lealtad al Jefe de Gobierno antes que la lealtad a los ciudadanos de la Ciudad de Buenos Aires.
Necesitamos construir una Ciudad en donde modifiquemos las instituciones de representación, para que haya más cercanía entre votantes y mandatarios; en donde las cuentas de los partidos y el financiamiento de la política sean claras y públicas; en donde se rinda cuenta periódicamente, y en donde la sociedad pueda participar, no sólo eligiendo a los representantes sino con opinión, en consultas colectivas sobre diversos temas de relevancia, que son nuestra vida comunitaria, gracias a las oportunidades que hoy, además, nos da el voto electrónico.
Una ciberciudad, una Ciudad cibernética, una Ciudad interconectada y conectada, que sea punta en América latina en accesibilidad popular masiva y libre a Internet y en servicios en red a los ciudadanos, así como en el uso de esas nuevas tecnologías para la redistribución de la riqueza en términos educativos y culturales; en donde seamos orgullosos habitantes de comunas, con servicios y controles eficaces y dotados de vigorosas áreas educativas, hospitalarias, comerciales, de esparcimiento y de aparatos administrativos ágiles, creativos y cercanos al vecino. Lo dijimos muchas veces: comprometámonos en serio –en serio– a avanzar cuanto antes para que las comunas sean una realidad en la Ciudad de Buenos Aires.
Vamos a trabajar para que todos los habitantes de la Ciudad de Buenos Aires puedan ejercer en plenitud su ciudadanía; ciudadanía que no se compone sólo de sus deberes y derechos cívicos, sino también políticos, económicos, culturales y sociales.
La pobreza y la exclusión social –tantas veces lo hemos hablado–, no son un problema de dignidad para algunos, sino para todos. Por supuesto, no son sólo un problema de dignidad para quienes están sumergidos en la iniquidad, en la injusticia, en la marginalidad, sino de dignidad de la sociedad toda, de todos nosotros. Si hay un tres por ciento de excluidos en la Ciudad de Buenos Aires, es un escándalo moral para los no excluidos. Cada pobre en la Ciudad, cada niño en la calle, nos hace indignos y nos avergüenza. Una sociedad no puede vivir, crear, trabajar, educarse, hacer negocios o desarrollarse en medio de semejante escándalo moral. Es por eso que estamos comprometidos en la implementación de políticas universales que garanticen el ingreso, la salud y la educación de todas las porteñas y todos los porteños.
Por eso, también, el Estado no litigará nunca más frente al ciudadano que le reclama un derecho que le está siendo negado. No queremos formar parte de un Estado que se defienda de los ciudadanos, sino que defienda a los ciudadanos.
El Estado, entonces, tiene que estar antes –si es necesario–, promoviendo, poniendo en evidencia, señalando la carencia. Alguien que muchos de nosotros amamos decía: “Donde hay una necesidad, hay un derecho” (Aplausos).
El Estado tiene que estar allí antes; y el Gobierno, entonces, sólo deberá litigar contra los grupos de intereses que impiden que los derechos constitucionales, económicos y sociales se cumplan cabalmente, y que esta Ciudad pueda exhibirse orgullosamente como justa y equitativa: justa, libre y soberana (aplausos); donde la desnutrición y la indigencia sean parte del pasado; donde el acceso a la vivienda para los sectores populares y la clase media sean parte de políticas estables y previsibles, sin colores políticos que, por supuesto, las destiñan; donde la clase media, columna vertebral de nuestra Ciudad, sepa que su Gobierno es motor y no valla para su ascenso social; donde los comerciantes, los productores, los inventores, los actores, los artistas y los creadores se sumen a ese crecimiento y a esa invención con equidad y con compromiso; donde los jóvenes estudien y trabajen, se diviertan y sueñen sus sueños en libertad; donde los derechos humanos rijan siempre y en todo lugar; donde todos nuestros niños puedan ir a escuelas públicas de gestión estatal con doble escolaridad, con segunda lengua, y secundarios con salida laboral; donde el acceso a Internet y las nuevas tecnologías de la información sean parte integrante de toda la estrategia pedagógica; donde se escuche a los padres; donde los padres participen, y las instituciones de la comunidad estén alrededor de cada escuela; donde funcione a pleno un sistema público educativo y plural, garantizando la libertad de enseñanza; donde Buenos Aires multiplique su orgullo por su sistema de salud –que lo tiene-, a partir de una constante actualización de sus equipamientos y jerarquización de sus profesionales, así como de políticas preventivas de punta en la materia y una cooperación efectiva entre el subsistema público y los subsistemas de prepagas, obras sociales –y particularmente el PAMI–; donde se terminen las barreras arquitectónicas –Mónica estaba por allí, tan peleadora para eso–; donde se terminen las barreras arquitectónicas, laborales y culturales para todas las personas con necesidades especiales y se construya la igualdad a partir del pleno y cabal respeto al diferente.
Queremos una Ciudad donde la cultura sea un bien de producción colectiva que se exporte y se redistribuya en la sociedad sin distinción de geografías –desde Lugano y la Villa 1-11-14 hasta Recoleta– ni condiciones sociales o económicas; donde los artistas reciban el apoyo que necesitan para poder ejercer a pleno su libertad de creación; donde el Teatro Colón, nuestro dulce Teatro Colón, nuestro Teatro San Martín y todo nuestro sistema de museos, teatros, salas de espectáculos, galerías, y también las privadas, le den a Buenos Aires ese brillo tan distintivo de ciudad-arte que la caracteriza y la enorgullece, y nos enorgullece.
Queremos una Ciudad que también construya su justicia social a partir del crecimiento sostenido de su economía, con creciente convocatoria a turistas, nuevas inversiones productivas y nuevas oportunidades para emprendedores pequeños y medianos, cooperativas y profesionales, y trabajadores independientes.
Esto lo sé, porque lo hemos hablado muchas veces con todos los que están aquí; con los que hacen a la vida pública y privada en la Ciudad de Buenos Aires: ¿no son acaso, los que acabo de hablar, de decir, la mayoría de estos objetivos, objeto de consensos posibles y deseables en nuestra Ciudad? ¿Estamos dispuestos a exteriorizarlos, a firmarlos, a ejecutarlos en común mientras debatimos todos los demás temas en los que no tenemos acuerdo? ¿Seremos capaces de llegar al Bicentenario construyendo una sociedad y una política un poco mejor de la que en promedio vivimos en los últimos cien años?
No tengo dudas de que sí. Lo sé, porque los conozco; porque los conozco a ustedes; porque conozco a esta ciudad; porque amo a esta ciudad; porque nací y me crié en esta ciudad; porque amo aún los potreros de la canchita Yrigoyen, en donde me ponían de arquero y a pesar de eso perdíamos sistemáticamente… (Risas). Porque la amo y recuerdo los olores reminiscentes del mercado abierto de frutas y verduras de la calle Aranguren; porque amo y recuerdo el kabalat shabat en Hebraica, en mi juventud; porque amo y recuerdo la avenida Corrientes, permanentemente caminada, discutida, soñando en los ’70 con muchos de los que están aquí la transformación de la sociedad en la que seguimos empeñados; las entradas al bar La Paz, donde yo, como otros, caíamos seducidos por la belleza y la alegría de mi amiga Dagmar Hagelin. Por esa ciudad de la que muchos tuvimos que irnos agobiados y abatidos durante la dictadura. Por esa ciudad que sigue encantando con el pasaje Bollini; con esa ciudad de la elegancia de las escalinatas que bajan de la calle Galileo; por esta ciudad en la que nos encontramos en la feria de Mataderos; por esa ciudad que tiene barrios que amo, como La Boca, donde nació mi amor; por esa ciudad que todos amamos, que nos hace disfrutar.
Y porque la amo, porque la amamos, porque la conocemos, porque fuimos a sus escuelas públicas, porque la queremos seguir transformando, nos duele y no nos puede dejar de doler que en esa ciudad glamorosa, que en esa ciudad bella y pujante, haya aún tantos hermanas y hermanos que no viven en condiciones dignas. Ustedes saben que yo lo sé, no porque me lo cuenten; saben que lo sé porque recorro esa ciudad, porque la camino, porque los veo cuando salgo de aquí, veo chicos pidiendo limosna y gente viviendo a la intemperie. Para mí, como para ustedes, es un escándalo que debe terminar, porque amamos esta ciudad.
Parafraseando a alguien a quien yo y muchos de los que estamos aquí admiramos tanto: “Porque la amamos, tenemos que saber que esta ciudad aún no ha sido amada lo suficiente”. No ha sido amada lo suficiente por nosotros. Cuando esos chicos estén en el lugar que tienen que estar, esas familias en su casa, ahí el amor se hará obra.
Todos la recorremos y la conocemos; nos hemos formado en sus instituciones, en mi caso, en la primaria República del Perú. Ojala escuche mi maestro de 6° grado, Alonso, que fue uno de los muchos que me enseñaron esos valores, esos principios, esa necesidad de compromiso que, cuarenta años después, sé que me siguen formando.
Amo a esa ciudad de la que nunca más nadie deberá irse; amo esa ciudad y espero que Dios me ilumine y los hombres, mujeres, colaboradores y todos me acompañen para que le devolvamos el amor que sigue necesitando. Y en lo personal sepan que haga posible, Catalina y Federico, que nunca tengan que decir su apellido bajando la vista.
Quiero decirles que les agradezco, que los necesito y que confío en ustedes. También agradezco a los trabajadores del Estado –tantas veces mal reconocidos y tan injustamente vilipendiados– porque cada día hacen que esta Ciudad funcione, que encienda las luces y los motores que salvan vidas; porque están allí todos y cada uno de los días, cumpliendo infinitas tareas que ya forman parte de nuestro habitual y complejo paisaje y porque quizás por eso mismo, son olvidados. Esta Ciudad –y quienes estamos en ella lo sabemos– colapsaría inmediatamente si por unas horas nuestros trabajadores del Estado de la Ciudad de Buenos Aires olvidaran sus obligaciones.
También agradezco a mis compañeros de la Legislatura, de quienes tanto aprendí y seguiré aprendiendo, señor presidente en ejercicio. Tantas veces castigados por una opinión pública que aseguro que no conoce toda la realidad, la del trabajo responsable y de la apasionada discusión de ideas que ustedes realizan permanentemente. De esa discusión y pasión surgen las normas y leyes que regulan y hacen posible nuestra vida en comunidad. No dudo que lo hacen con auténtica vocación de servicio y de compromiso.
Tengo fe, tengo esperanzas y le pido a Dios que ilumine a todos los hombres y mujeres de este pueblo para que nos ayuden y nos acompañen.
Dije al principio –y lo repito– que somos conscientes de que hemos llegado a este punto como consecuencia de la tragedia de Cromañón. No lo olvidamos; lo recordaremos siempre, todos los días. Sin dudas cada 30 de diciembre será un día de luto para todas nuestras vidas. Esa melancolía también teñirá cada día de nuestra gestión, como no puede ser de otra manera.
Somos parte de un Estado y de una ciudad moderna, culta, cosmopolita, y orgullosa con razón, de sus saberes y lugares, pero que una noche de verano de 2004 sepultó atónita a 194 vidas. Buscaremos comprender las lecciones profundas de la tragedia de Cromañón y transformarla en memoria y en acción, no para buscar culpables, porque no es nuestra tarea, sino de la Justicia. Tampoco por el único afán de encontrar responsabilidades que se seguirán dirimiendo en el libre juego de las instituciones y de las valoraciones sociales. Necesitamos comprender las razones por las que la tragedia fue posible y desentrañar el entramado que la precipitó. Porque sólo entonces, cuando la hayamos entendido y modificado cabalmente, cuando estemos seguros de que nunca más nos sorprenderá una tragedia semejante, sólo entonces habremos transformado esos escombros en nuestros cimientos.
El Bicentenario nos encontrará juntos otra vez en nuestra Plaza de Mayo, donde se dio el primer grito de libertad. Una plaza que cobijó luchas sociales y movimientos libertarios. Pero es una plaza en la que a partir de la masacre de 1955 también albergó llanto, luto, reclamos de verdad y de justicia. Es la plaza de nuestros amigos y hermanos: los 30 mil desaparecidos. Es la plaza de los muertos del 20 de diciembre de 2001, y es la plaza de los chicos de Cromañón. (Aplausos).
A todos ellos –porque un muerto siempre es nuestro muerto– les ruego y les imploro, donde sea que estén, que vigilen atentamente nuestra gestión. Y por ellos les pido un grande y cálido minuto de aplausos.
Muchas gracias. (Aplausos)
JORGE TELERMAN

[1] Reemplaza a Aníbal Ibarra quien en el juicio político llevado en su contra por el incendio de la discoteca “República de Cromagnon”, la Sala acusadora lo destituye e inhabilita el 7 de marzo de 2006.

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