abril 10, 2012

"La Confederación Colombiana" José María Samper (1859)


LA CONFEDERACION COLOMBIANA *
Por: José María Samper
[1859]

I.
Bolívar, sondeando el porvenir con ese golpe de vista profundo, aunque a veces incierto, que es uno de los caracteres del genio, comprendió, desde el momento en que los pueblos Hispanoamericanos hicieron la proclamación solemne de su independencia, que todas las nacionalidades resultantes del movimiento revolucionario debían tomar un solo cuerpo en presencia del mundo civilizado, para organizar su fuerza defensiva y consolidar su posición internacional.
El gran caudillo de la guerra, adivinaba con la intuición de la victoria, los destinos que el porvenir la reservaba al Nuevo Mundo, y presentar al mismo tiempo los peligros que debían amenazar por muchos años a las nuevas Repúblicas, hijas del acaso en apariencia, y fundadas por decirlo así, sobre el suelo ardiente de los campos de batalla.
Pero Bolívar se equivocó del todo en sus previsiones respecto del enemigo cuyos ataques eran de temerse. Él creyó siempre que todos los peligros nos llegarían de Europa, y principalmente de España y jamás pensó que los gérmenes de futuros conflictos se hallarían en el mismo continente: de un lado en la democracia espuria y degenerada de la más antigua de las repúblicas, la de Washington y Jefferson: y del otro en el militarismo y todos los elementos contrarios al espíritu de la República, que se implantaban o dejaban en pié en el momento de asegurar la independencia.
Hay mas, Bolívar, como todos los espíritus eminentemente poéticos, era mas soñador o teórico que hombre de estado, y como todos los genios militares tenia, no obstante su vuelo audaz y su grandeza deslumbradora, un punto de vista exclusivo, el de la GUERRA que lo hacia mirar el porvenir bajo falsos principios. Bolívar fue el gran poeta de la independencia armado de la espada del caudillo y de la elocuencia constante del conquistador. Militar y poeta antes que todo, Bolívar se preocupaba con la defensa y la independencia (es decir, la guerra y la gloria), olvidándose del progreso permanente, de la paz y de la libertad política y civil; prefería lo grande o lo sólido y natural, y olvidaba tal vez que la vida internacional de los estados no es mas que una manera de ser del hombre social, una consecuencia, de pura forma, de la organización y la vida íntima de los pueblos.
De esa apreciación errónea de los hechos o de la fisiología de las sociedades, y de su falta de fe en las doctrinas de la democracia (que para Bolívar eran como para Napoleón ensueños de ideólogos), debía nacer un falso sistema de confederación de la América española, cuya ejecución tenia, forzosamente que fracasar en presencia de obstáculos insuperables.
Bolívar acertaba, con una profunda intuición relativa, al desear la confederación de los estados emancipados;  solo que desconociendo la lógica que preside a los fenómenos de la fisiología social, quería una confederación de pueblos heterogéneos en una grande asociación de destinos políticos, combinación irrealizable, en vez de buscar la confederación de los pueblos por la unidad elemental de sus instituciones, como punto de partida para la alianza de los estados.
Lo esencial no era crear una potencia compuesta de naciones, sino un solo pueblo, dividido,  según sus condiciones geográficas, la hidrografía y la orografía de su territorio, y todos sus intereses de localidades o sus tradiciones íntimas, en diversas entidades con el nombre de Repúblicas.
Bolívar no comprendió la República de Colombia o Hispanoamérica sino apenas la alianza defensiva de los estados fundados sobre el territorio del Nuevo Mundo. Su Confederación puramente artificial y bélica, correspondía al pasado y aun al presente, pero era estéril para el porvenir: y fue por ese vicio radical que el pensamiento quedó reducido a algunas estipulaciones promisorias y sin consecuencia, a pesar del interés apremiante que tenían entonces las nuevas Repúblicas de ponerse a cubierto de cualquier peligro y ganar simpatías, respeto y relaciones en Europa.
Creo que ha llegado el momento de realizar en sus verdaderas condiciones el pensamiento de Bolívar, fruto de la revolución americana. Llevamos casi cuarenta años de prueba laboriosa, debatiéndonos en la más profunda convulsión. El cuerpo social de Colombia, paralizado por las instituciones mortales de la colonia, pero epiléptico no mas porque guardaba su inteligencia, galvanizado luego por la guerra de la independencia, ha encontrado en la democracia, aun incompleta y tormentosa, la fuerza vital que necesitaba para moverse y desarrollarse poderosamente. Si la lucha homérica, maravillosa de independencia nos reveló nuestra fuerza latente y nos inspiró la fe en el porvenir, la vida republicana nos ha infiltrado la plena conciencia del derecho, y nos ha dejado entrever un destino a que podemos llegar a fuerza de voluntad, es decir, de valor, de esperanza, de patriotismo, de lealtad fraternal, de lógica y de perseverancia.
Se ha dicho siempre que la sangre de los pueblos fecunda el árbol de la libertad. Esla hermosa frase, que es un grande y cruel sofisma, tomada en un sentido vulgar, es una gran verdad si se lo considera en toda su filosofía. Sí; la sangre de los pueblos es un riego fecundante para la semilla de la libertad… ¿Por qué? Es porque la sangre no se derrama y prodiga sino en la perpetración de ese gran crimen de los gobiernos que se llama la guerra, y cada insurrección, cada matanza popular que suscitan los ambiciosos fautores de dictaduras, sirve para condenar mas y mas la infame soberanía del sable, y maldecir con mas justicia a los enemigos del derecho humano. La explosión estalla, la sangre corre, las dictaduras se exhiben con su cortejo de ignominia, y la historia recogiendo los hechos, establece luego su fallo solemne de condenación contra el imperio del egoísmo y si monopolio de la violencia y engaito. Es así que sobre las huellas sangrientas y los escombros de los poderes efímeros se encuentra la sombría justificación del progreso fundado en la libertad, que es el reverso de la violencia. La guerra y la tiranía son siempre contraproducentes! Ellas hacen surtir la verdad de entre las nubes de humo que lanza la boca del cañón y de las charcas de sangre, como Minerva de entre los abismos del océano.
Con rarísimas excepciones, las insurrecciones han salido en Colombia desde México hasta Buenos Aires, de los cuarteles o de las sacristías. Las que han surgido del seno mismo de los pueblos han sido la explosión del derecho, contra la violencia, el resultado del antagonismo artificial entre la libertad y la autoridad. Y cada una de esas insurrecciones de cuartel o revoluciones populares —tan mal juzgadas las unas como las otras en el extranjero, ha hecho avanzar (¡extraña paradoja en apariencia!) a las sociedades empeñadas en la lucha. ¿Por qué? —Los hechos. — El tiempo, ese gran justificador de la verdad, han probado que toda estabilidad es imposible, sino reposa en la libertad y la justicia; que no es sólido en el mundo sino lo que es natural, y que solo es natural lo que tiene por base la eterna y providencial armonía del derecho de todos y de cada uno.
Cincuenta años de agitación y de incertidumbre en las formas y los sistemas, persiguiendo siempre el ideal del bienestar, en la guerra como en la paz, bajo las dictaduras como en el régimen civil, han evidenciado que Colombia no puede vivir sino en la República democrática. En el lago de sangre que las revoluciones han abierto y calmado, se ha visto nadar siempre la noción del derecho como una tabla de salvación.
Ha llegado, pues, la época de dar completo desarrollo a los principios fundamentales del derecho público de Colombia, haciendo de nuestro continente lo que lo es indispensable ser: un solo pueblo, dividido en nacionalidades por la conveniencia administrativa de las secciones componentes. ¿Por qué razón habremos de aplazar aun esa grandiosa obra? Pronunciemos nuestro Fiat lux, y nuestra voluntad vencerá todos los obstáculos.
Nuestra raza es una, a pesar de la existencia de pueblos descendientes de la ibérica (ya muy compleja), la africana y las indígenas. Y digo que la raza es una, no porque yo crea en la existencia de ninguna raza pura, en el sentido común que se lo da a esta palabra, pues para mí la sangre y el color de piel no son los elementos etnológicos del hecho humano que se llama raza. Lo que constituye la unidad de una generación, de una familia humana, de una raza completa, es el conjunto de la lengua, la religión, el clima, las tradiciones, el carácter genuino, las tendencias, las instituciones elementales y los intereses comunes. La raza no es una forma física sino moral; y por lo mismo, es en las analogías íntimas que afectan a los pueblos en su vida moral e intelectual, en su literatura, su historia, su legislación, etc., donde deben buscarse esos rasgos de fisonomía que hacen de varios pueblos una gran comunidad.
¿Y cuál es la raza colombiana? Ella no es ni latina, ni germánica, ni griega, ni etiópica, ni azteca, ni chibcha, ni quichua, ni cosa parecida. La marcha de las civilizaciones, confundiendo todas las razas primitivas, las ha hecho desaparecer. ¿Qué cosa es, pues, nuestra familia? Ella pertenece a una etnología enteramente nueva: —es la raza democrática. Es una raza sin pasado, que ha nacido de una revolución continental en el siglo XIX; raza sin nobles y plebeyos, toda de mártires y héroes, toda de ciudadanos hermanos, todo pueblo. Es una raza que, resultando de la fusión de las razas indígenas con las europeas y la etiópica, forma un compuesto creado para la libertad, sin mas título que el derecho, y teniendo por cuna la victoria de todos.
Es una raza que, si tiene por punto de partida la conquista (de que no es responsable) no tiene por mira sino el progreso común y pacífico; y que si ha conservado de la fuente indígena el instinto de la comunidad y de la raza etiópica la resistencia física ha heredado de la extinguida raza latina el heroico y sentimental espiritualismo, y ha sabido apropiarse el espíritu de las instituciones y costumbres de la anglosajona, que reconocen el poder de la individualidad.
El hecho determinante de las razas es la civilización. Y la civilización colombiana es una, la democrática, fundada en la fusión de todas las viejas razas en la idea del derecho. Tal es la obra que debemos conservar y adelantar, y es para ese fin de unificación que conviene crear la «Confederación Colombiana»
II.
Pero ¿cuáles pueden ser los términos de ejecución? He ahí lo que se debe discutir con franqueza, desinterés y lealtad. Yo puedo estar equivocado en los medios que juzgo conducentes al fin, pero debo exponerlos con llaneza para que la prensa de Colombia los discuta hasta ponerse de acuerdo, y se haga fácil la realización. Para ser mas preciso, me permitiré formular en una serie de artículos el plan general que considero posible, conveniente y estable. ¡Helo aquí:
Las Repúblicas denominadas Bolivia, Buenos Aires, Chile, Confederación Argentina, Confederación Granadina, Costa Rica, Ecuador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Paraguay, Perú, San Salvador, Santo Domingo, Uruguay y Venezuela, forman bajo el nombre de «Confederación Colombiana» una asociación de Estados independientes, pero aliados y mancomunados conforme a las bases siguientes :
1°. Queda perpetuamente prohibida la conservación de la esclavitud, o su restablecimiento, bajo cualquiera forma que sea, en el territorio que abrazan los Estados contratantes; y es de su deber aliarse y emplear todos los medios que estén en su poder para perseguir el tráfico de esclavos en los mares respectivos, y oponerse a toda violencia del principio de la libertad del hombre.
2°. Queda suprimido todo derecho que grave, bajo el nombre de tarifa aduanera, la importación o exportación entre los Estados contratantes de los artículos producidos o manufacturados en territorio de cualquiera de ellos y que hayan de ser consumidos en territorio de otro u otros de los Estados contratantes. Se exceptúan los derechos especiales provenientes del simple servicio de los puertos y demás elementos materiales del comercio.
3°. No será necesario en tiempo de paz ningún permiso o pasaporte para viajar o transitar de uno a otro de los Estados confederados.
4°. Es completamente libro para los ciudadanos de los pueblos confederados la navegación de los ríos, lagos, golfos o bahías que pertenecen en todo o en parte a uno o mas de los Estados, sin otras restricciones que las puramente necesarias por interés de política o de conservación y servicio de las obras públicas destinadas a favorecer el comercio y la navegación.
5°. Todo ciudadano de uno de los Estados contratantes goza en el territorio de las demás de los mismos derechos civiles existentes en ellos, por el hecho de pisar el territorio o de tener allí intereses, —y de los derechos políticos por el hecho de pisar también el territorio y declarar ante una autoridad política competente, bajo su palabra de honor, que es su intención residir en el Estado y hacer uso lealmente de tales derechos políticos, aceptando los deberes correlativos.
6°. Queda suprimido en todos los Estados contratantes la pena de muerte, por lo menos respecto a los delitos que hasta hoy han sido calificados de políticos.
7°. No habrá entre los Estados contratantes derecho de extradición ni de internación respecto de ningún individuo que no sea responsable de crímenes atroces; en ningún caso por delitos políticos, de deserción, de imprenta, o por acciones civiles.
8°. Todos los Estados contratantes reconocen la absoluta libertad e irresponsabilidad de la prensa, por lo menos en cuanto no se afecte el honor de los particulares.
9°. Los Estados contratantes reconocen que toda propiedad legalmente constituida en uno de ellos será asegurada en los demás.
10. Los Estados confederados garantizan la plena libertad de religión y de cultos a todos los ciudadanos extranjeros sin distinción de nacionalidad; —y ningún individuo podrá ser gravado con impuestos o contribuciones para el sostenimiento de un culto que no sea el suyo.
11. Queda absolutamente prohibida la guerra entre los Estados contratantes. Todas sus diferencias serán sometidas al fallo de la «Comisión Colombiana de arbitrio y gobierno», según las reglas que se indicarán.
12. Los Estados contratantes convienen en designar como capital de la Confederación la ciudad de Panamá, por ser la más central y mejor situada, y en su defecto la de Lima.
13. La Confederación será representada permanentemente en su capital por una Asamblea denominada «Comisión Colombiana de arbitramento y gobierno», compuesta de Plenipotenciarios nombrados por los gobiernos respectivos, en razón de uno o dos por cada Estado, pero siempre con absoluta igualdad de representación.
14. La Confederación será representada en masa ante los gobiernos extranjeros por Legaciones complejas o de la Confederación, sin perjuicio de las que cada Estado quiera mantener en el país. Además, los Estados contratantes podrán seguir acreditando agentes comerciales o diplomáticos para asuntos especiales que no afecten a la Confederación.
Es de cargo de la «Comisión Colombiana»:
1) Determinar definitivamente los límites territoriales de los Estados contratantes, entro sí, de la manera que consulte mejor la equidad, la estabilidad y evidencia de los límites, el bien común y la armonía, —con vista de los documentos comprobantes y oyendo, si fuere necesario, los informes de comisiones especiales de ingenieros. Los gastos que se hagan en trabajos de esa naturaleza serán de cargo de los Estados de cuyos límites se trate, por mitad; y la delimitación que se haga será perpetua.
2) Redactar y presentar a la sanción definitiva de los Estados contratantes el código del derecho público que la Confederación admitirá para sus propios asuntos y sus relaciones con los demás Estados.
3) Organizar, sostener y dirigir la marina de guerra de la Confederación, que será destinada a la defensa de ella contra toda invasión armada reconocida como injusta por la Comisión misma, y al servicio de las comunicaciones marítimas de los Estados de la Confederación en el Atlántico y en el Pacífico.
4) Resolver como árbitro inapelable toda reclamación, diferencia o disputa que se suscite entre dos o más Estados de la Confederación, previa audiencia detenida y completa los interesados.
5) Negociar con los gobiernos extranjeros que la dirijan proposiciones o reclamaciones sobre asuntos que afecten a los intereses generales de la Confederación; y aprobar, modificar o improbar los convenios de la misma naturaleza que celebren los agentes diplomáticos de la Confederación.
6) Nombrar dichos agentes diplomáticos cerca de los gobiernos extraños a la Confederación (procurando que los nombramientos recaigan con igualdad en ciudadanos de todos los Estados), y darles las instrucciones necesarias, centralizando en su seno la correspondencia diplomática.
7) Comunicar a cada uno de los gobiernos de la Confederación copia auténtica de todas las actas de sus sesiones, con inclusión de los convenios, notas y demás documentos relativos; y mantener el archivo diplomático de la Confederación.
8) Velar en la conservación de la independencia y derechos de los Estados de la Confederación, y en el cumplimiento de los convenios internacionales; y proponer a los gobiernos contratantes cuantas medidas sean conducentes a afianzar la paz, la alianza y la armonía fraternal de los pueblos colombianos.
9) Determinar y distribuir anualmente entre los Estadas confederados el contingente de los gastos comunes a la Confederación, que serán los de marina, ejército (en caso de guerra declarada), relaciones diplomáticas, impresiones, correspondencia y servicio económico de la «Comisión». Dicha determinación se hará conforme a un presupuesto anual previamente sancionado, y según las reglas siguientes:
Se tomarán como términos de una primera proporción: 1. el monto general del presupuesto: 2. el de la población de toda la Confederación; y 3. el de la especial de cada Estado. Como término de otra proporción se tomarán: 1. el monto de presupuesto: 2. el de las rentas de toda la Confederación; y 3. el de las rentas de cada Estado. El término medio resultante del cuarto proporcional de cada Estado relativo a la población y del relativo a su riqueza representada por sus rentas, será la cuota correspondiente a cada uno de los pueblos confederados.
10) Acordar el presupuesto de gastos comunes de la Confederación en cada año civil; fijar de antemano a los nombramientos los sueldos de los agentes empleados dependientes de la misma Comisión, y disponer todo lo necesario para la percepción de las cuotas asignadas a los Estados y la inversión y contabilidad regulares de los fondos.
11) Determinar, según las necesidades de cada circunstancia, la distribución entre el Atlántico y el Pacífico, de la marina de la Confederación.
12) Distribuir año por año entre los Estados confederados, en proporción rigurosa de la población, el contingente de fuerzas de mar permanentes y el de tropas de tierra para el caso en que sea precisa la defensa armada de la Confederación.
13) Trabajar del modo mas asiduo en procurar la creación de canales interoceánicos o vías férreas y telegráficas, cuyo objeto sea la comunicación entre dos o mas de los Estados de la Confederación, sobre la base en todo caso de la libertad de comunicaciones, la inviolabilidad y neutralidad de la vía y la comunidad equitativa de las ventajas resultantes.
14) Acordar el reglamento económico de los trabajos de la misma Comisión; y determinar todas las medidas conducentes a asegurar la eficacia de los convenios y actos de la Confederación.
Será de cargo de cada Estado la dotación suficiente y digna de sus representantes en la «Comisión».
La alianza creada por la Confederación no será en ningún caso agresiva, ni de intervención de ninguna especie en los asuntos domésticos de las naciones extranjeras o de los mismos Estados contratantes. La Confederación no tendrá otros medios de acción que el ejemplo, la propaganda pacífica de sus instituciones, el impulso del progreso común, la diplomacia, las comunicaciones libres y de la fuerza armada, en caso necesario, para repeler toda agresión injusta.
El pabellón de la Confederación será tricolor y llevará tantas estrellas blancas como Estados cuente la Confederación misma.
El tratado de alianza y Confederación será vigente por el término de 30 años, siendo indefinidamente prorrogable de 20 en 20 años para todos los Estados que no manifiesten su resolución de separarse de la liga, un año antes de la expiración de cada término.
Ninguna de las cláusulas de la estipulación será extensiva a otra potencia cualquiera que no pertenezca a la Confederación, pues este pacto tiene el carácter de esencialmente doméstico para Colombia, como una liga de mutuos servicios en comunidad y de defensa para la independencia y la libertad de los pueblos contratantes.
III.
Tal es, en conjunto, la idea que me domina al desear y proponer la «Confederación colombiana». Es sobreentendido que no pretendo en manera alguna sostener que el plan indicado está a cubierto de objeciones, por sus vacíos, sus dificultades de ejecución en algunos puntos y ciertos detalles que faltan y cuya previsión corresponde al hombre de estado, no al mero publicista o investigador de la verdad, cuya misión es iniciar, discutir y propagar. Estoy muy lejos de aspirar a salir de mi círculo, porque no soy ni quiero ser sino un zapador al servicio del progreso, un entusiasta y convencido soñador del bien, un colombiano de ardiente amor a la libertad. Así, ruego a los lectores que se fijen de preferencia en el pensamiento general, y que no consideren mis indicaciones sino como una simple base de discusión como cualquiera otra.
Sin embargo, no terminaré este artículo, aun a riesgo de prolongarlo mucho, sin hacer algunas explicaciones en apoyo del plan que propongo y contestar a varias objeciones que preveo.
¿Hay necesidad de discutir si nos conviene la alianza o la Confederación? Creo que no. Esta es una cuestión resuelta ya por los hechos y la conciencia de los pueblos colombianos. Treinta años de luchas intestinas, de diferencias entre los Estados y de ultrajes y daños sufridos a peligros amontonados de parte de los gobiernos extranjeros, ya de Europa, ya de Norteamérica, ya del Brasil; treinta años repito de dificultades de triple naturaleza, nos han demostrado que la unión por la alianza íntima y sincera de todos nuestros pueblos, es la sola condición de salud para nuestra independencia, nuestra libertad y nuestro progreso pacífico. La discusión no cabe ya sobre este punto.
Pero ¿en qué términos debemos confederarnos? He aquí la verdadera cuestión. ¿Quiénes deben entrar en la alianza? Este es el primer punto importante. Yo no vacilo en sostener que la liga debe comprender forzosamente a México y Centroamérica, pueblos inmediata y seriamente amenazados; que debe abrazar a la aislada República de Santo Domingo, —esa vanguardia o avanzada de la familia democrática de Colombia; y que debe rechazar por ahora, al imperio del Brasil y la República conquistadora de los Estados Unidos. Daré brevemente las razones en que apoyo mi opinión.
¿Les conviene a las Repúblicas de la parte del continente llamada Sudamérica, hacer causa común con las de México y Centroamérica, amenazadas por peligros inminentes, y aceptar por lo mismo las consecuencias de esa mancomunidad azarosa? No creo que halla en Colombia un corazón noble, un espíritu que comprenda las nociones más triviales del honor y del deber, que responda negativamente. Es mas que la conveniencia, es la dignidad, es la historia, es el deber mas santo, es nuestro nombre mismo el que nos impone la alianza con los pueblos mas comprometidos, so pena de ser ante la civilización, ante esa historia misma unos miserables, indignos de nuestra libertad e independencia, de la lengua que hablamos, del territorio que pisamos y de las glorias que hemos conquistado!
Pero si hubiere algún espíritu bastante pequeño para resistir al mandato del deber, nada mas fácil que demostrar la conveniencia. La causa de Colombia es una sola, desde el límite septentrional de México hasta la boca del Orinoco y del Plata. Es la causa de la República democrática, que se opone abiertamente a la esclavitud, al espíritu de intervención y de invasión, al gobierno de las oligarquías o de los pretendidos soberanos, a las distinciones de casta, de religión o de clase, al filibusterismo, al reinado de la violencia por el revolver o el Linch-law, a las agresiones de pueblo a pueblo y al mercantilismo como solo elemento de la política y la moralidad. Y si la causa es una —porque es la del derecho en definitiva, la fuerza defensiva debe serlo también, so pena de sucumbir por debilidad en un egoísmo deshonroso,
Y hay mas; el día que México y Centroamérica queden anexados a la Unión Americana, la ruina de la independencia Colombiana y de los buenos instintos de nuestra civilización generosa, no será sino una cuestión de tiempo. La Confederación Granadina seguirá en pos al abismo; después Venezuela y Ecuador y todos los demás pueblos sucesivamente. Dudar de ese porvenir, una vez fundado el precedente, dado el primer paso, es desconocer la lógica de los hechos humanos o de la marcha de las civilizaciones. La Unión Americana es la Roma de los tiempos modernos, solo que, por una extraña anomalía, es de su seno mismo que salen los bárbaros del Norte. Esa gran potencia, personificación del contraste mas absurdo, se disociará tarde o temprano, porque lleva en su seno el germen de la disolución, y porque la ley misma de la estática social se opone al equilibrio de un coloso monstruosamente conformado. Pero antes de esta catástrofe, que será un gran bien para la democracia, los pueblos colombianos habrán perdido ya su personalidad, sus instintos generosos y hasta su lengua magnífica, si desde ahora no se preparan contra la absorción.
Por lo que hace a la República de Santo Domingo, la conveniencia de hacerla entrar en la Confederación es evidente. Su posición en el mar de las Antillas; su vecindad respecto de un ridículo imperio de imbéciles, parodia grotesca de un imperio de Europa, vecindad que la expone a las influencias monárquicas de Viejo Mundo; su homogeneidad de la lengua de origen, y de forma de gobierno con el resto de los pueblos colombianos, y el aislamiento en que se encuentra, perjudicial para la misma República y para la Colombia de la cual es el puerto avanzado en el Atlántico,—todo eso concurre a indicar la conveniencia de ligar los destinos de los dominicanos a los de todos los colombianos del continente.
¿Podemos entrar en confederado, con el Brasil? Parece que la negativa es obvia. El hecho de ser un Estado constitucional con instituciones políticas y civiles bastante liberales y de ser colombiano, de familia homogénea bajo algunos aspectos, y limítrofe con seis de las repúblicas del continente, y ligado a ellas por ríos comunes y varios intereses, impone el deber de conservar con ese imperio las mejores relaciones posibles de amistad, comercio y navegación. Esto es evidente y está en el interés de todos. Pero de esas buenas relaciones a la Confederación hay y debe haber una gran distancia. Nuestra alianza debe tener por base principal la consagración de ciertos principios de justicia, esencialmente democráticos, como vinculo de unión de los pueblos, —porque la verdadera Confederación no es de los gobiernos, entidades abstractas o convencionales, sino de los pueblos, que son el elemento de la vida política.
Y desde luego, ni el Brasil aceptaría mucho de los principios de la democracia colombiana, reformadora y liberal, ni sería posible la unión en tanto que el Brasil fuese un imperio, con oligarquías, con la esclavitud, con su espíritu disimulado de absorción y con sus pretensiones de intervenir en los negocios domésticos de la Confederación Argentina y Buenos Aires, y del Paraguay y el Uruguay.
Por lo que respecta a los Estados Unidos, ya se comprenderá que es precisamente para defendernos de sus ataques que necesitamos aliarnos íntimamente, así como para ponernos en guardia contra indebidas pretensiones europeas. Y este es el momento de explicar, una vez por todas, como entiendo la cuestión de antagonismo entre los pueblos colombianos y el americano, para que no se crea que me obcecan prevenciones egoístas, ni ideas antiliberales, ni el ridículo sofisma de las razas.
Yo creo que no hay, ni puede haber, ni ha habido en ninguna época de la humanidad eso que se llama el antagonismo de las razas.
Las leyes eternas de la armonía y del progreso han destinado a todas las razas primitivas a concurrir simultáneamente, de un modo o de otro, a la obra universal e interminable de la civilización, a ayudarse unas a otras, conquistar las fuerzas de la naturaleza, y al cabo confundirse en una sola familia compleja —la humanidad. Y no solo las razas pobladoras de la tierra no han nacido para ser antagonistas y destruirse o absorberse mutuamente, sino que, por el transcurso de los tiempos y el movimiento expansivo de las generaciones, las razas primitivas han desaparecido. Yo desafío al mejor etnólogo a que me pruebe con la historia en la mano, que existe en algún punto del globo una raza pura.
Lo que hay en realidad es el antagonismo de civilizaciones, es decir, de principios y medios conducentes al desarrollo de los pueblos; y como la historia demuestra que por punto general ciertas familias, consideradas como razas, han persistido mas o menos en obedecer a estos o los otros principios de civilización, de ahí ha resultado el sofisma de confundir la lucha de las ideas y los intereses, única positiva, con una pretendida lucha de razas que no es mas que una quimera. Así, cuando deseo que los pueblos colombianos se liguen para rechazar toda agresión y principalmente la de los AMERICANOS, que es la más palpable, de ningún modo pretendo el antagonismo de la mentida raza latina de Hispanoamérica contra la no menos mentida raza ANGLOSAJONA de Norteamérica. Yo no creo, lo repito, ni en la existencia de esas razas antiguas en el Nuevo Mundo (ni en comarca alguna), ni menos en el antagonismo de ellas que las pueda conducir a la hostilidad o la incompatibilidad en nuestro continente.
Entonces ¿en qué consiste el antagonismo? Lo explicaré con franqueza, tal como lo comprendo, tal como lo alcanzo a ver en las necesidades de los pueblos, en las instituciones, las costumbres y los intereses presentes y futuros. Comparemos las condiciones de los dos pueblos y hallaremos no solo la clave de la lucha sino el remedio para evitarla y establecer la armonía de todos los pueblos del Nuevo Mundo.
Comparada la población actual de los Estados Unidos, (veinte y seis millones), con la que tenían en 1792 (poco mas de tres millones), y teniendo en cuenta la estadística de su movimiento creciente, se llega a la evidencia de que casi dos terceras partes del pueblo actual de la Unión, proceden de las emigraciones europeas desde fines del siglo pasado, emigraciones que durante muchos años, han llegado hasta las proporciones de lo maravilloso. Por tanto, no vacilo en asentar esta premisa: la gran mayoría de la población americana no representa el desarrollo natural de la familia que sirvió de base a la Unión, dueña de un vasto territorio, sino el derrame incesante y progresivo sobre Norteamérica (o América como la llaman) de los excedentes de población europea, compuestos de las clases mas miserables, mas oprimidas y mas degradadas por las instituciones viciosas de los estados europeos.
Pero en Hispanoamérica (o Colombia) la población es de un origen enteramente distinto. Allí la emigración europea no se ha hecho sentir por causas que no es del caso examinar aquí, y casi la totalidad de la familia colombiana es originaria del suelo, llevando siglos de posesión del territorio que ocupa. Así, nuestra población es esencialmente indígena y sedentaria y todas sus tradiciones provienen de las mismas comarcas que le pertenecen.
Comparando esas dos situaciones tan abiertamente distintas en el norte, el centro y el sur de nuestro continente, se viene a los siguientes resultados.
En América la población, en su gran mayoría, es instintivamente invasora y heterogénea, porque viene de fuera, donde estaba desheredada y corrompida, a buscar la fortuna, la propiedad, el bien, la soberanía, refundiéndose en una grande asociación promiscua los pueblos de mas variadas condiciones. En Colombia, la población, lejos de ser invasora, tiene la posesión secular del territorio, una libertad relativa muy superior a la de Europa, y la homogeneidad que la colonia, la guerra, la independencia y la democracia, lo han impreso sucesivamente. Así, mientras los unos son nómades en cierto modo, y por lo mismo tienden a la expansión, la anexión o la invasión, los otros son sedentarios y se encuentran condenados a la defensiva.
Tal es, sin entrar en pormenores, la base fundamental del antagonismo, aparente pero de una violencia incontestable. Por lo que hace al antagonismo real y profundo, el de las instituciones y de las costumbres correlativas, helo aquí.
Los americanos tienen: el gobierno propio municipal llevado a sus mas amplias consecuencias; el régimen civil; la libertad absoluta de cultos con prescindencia de la autoridad en la religión; la realidad o plenitud del derecho individual; la prensa enteramente libre (mas bien de hecho que legalmente); la instrucción pública inmensamente esparcida: una red maravillosa de vías de comunicación de todas clases; y un espíritu de empresa ida progreso que nunca desfallece, porque tiende a fundar sobre la propiedad la independencia personal.
Pero contra esas ocho virtudes tienen los americanos seis vicios funestísimos, que son: la esclavitud en una inmensa escala; la carencia de buena fe en sus relaciones internacionales: el desprecio mas profundo hacia los hombres de color y las costumbres mas aristocráticas; la práctica salvaje de LYNCH—LAW, o la tendencia de cada cual a hacerse justicia por si mismo; el mercantilismo o espíritu industrial a de especulación llevado hasta el desprecio de toda tendencia espiritual, de la vida humana y de la moral (aunque algunos Estados del Norte no adolecen tanto de esos vicios); y por último, como consecuencia de las inmigraciones y de los intereses vinculados en la esclavitud, el FILIBUSTERISMO, oprobio de la Unión Americana, consentido por la opinión, patrocinado por la prensa y tolerado por los gobernantes y los Congresos como un medio de EXPANSION SEGURA SIN RESPONSABILIDAD ante los gobiernos extranjeros.
¿Y cuáles son las virtudes y los vicios de los COLOMBIANOS? He aquí la lista de aquellas:
Tenemos —el sentimiento espiritualista y generoso; el heroísmo en los combates para defender la independencia o la libertad; la abolición completa de la esclavitud; el hábito de someter todo atentado al juicio de los tribunales o de la opinión, y rara vez a la venganza personal; la dulzura de costumbres; el respeto genial de la propiedad y de la vida, en lo privado; la igualdad en las relaciones de las clases sociales, y en lo general un carácter hospitalario en extremo.
Pero tenemos estos vicios radicales en la generalidad del territorio colombiano: el militarismo, fruto de la guerra de la independencia mal encaminada; el prestigio de los frailes y de casi todo el clero en la política, por causa de la liga entre los gobiernos y la iglesia ; el fanatismo religioso, consecuencia de la autoridad que ha ejercido y ejerce el clero; la carencia de plena libertad de la prensa y de autocracia individual; la centralización casi absoluta en varias de las Repúblicas o en su mayor parte; la falla de comunicaciones, de colonización, de espíritu de asociación y de empresa; el abandono de la instrucción popular.
Como se ve, hay en cada uno de los dos pueblos un conjunto de virtudes y vicios, de elementos felices y de graves obstáculos del bien, de cuya contraposición ha resultado el antagonismo que separa a la AMÉRICA de las sociedades colombianas. ¿Qué deberá hacerse para suprimir ese antagonismo? La contestación es sencilla: sacudir y rechazar vigorosamente todo lo que tenemos de vicioso en nuestras instituciones y costumbres, y apropiarnos o aclimatar en nuestro suelo todo lo que hay de bueno, de grande y fecundo en la organización política, moral y económica de la Unión Americana.
¿Y cuál puede ser la vía segura para llegar a ese resultado? ¿Debemos entregarnos a discreción de los americanos? De ninguna manera. Ellos absorberían completamente nuestras nacionalidades, haciéndonos heredar sus virtudes, pero también sus vicios, sin esperanza de contrapeso y rehabilitación en mucho tiempo. Por tanto, es mejor que comencemos por confederarnos, fundando nuestra alianza en la comunidad de instituciones liberales y del progreso general. De esa manera tendremos la fuerza bastante para desarrollar nuestros propios recursos, implantar las mejoras ajenas, repeler toda violencia extraña, ponernos a cubierto de los vicios del pueblo antagonista, y tratando de igual a igual, anudar mas tarde nuestra suerte a la de los mismos americanos.
Separados y débiles nada podremos hacer: unidos y fuertes, no solo arreglaremos fácilmente nuestras propias diferencias de límites, impulsaremos nuestras empresas de navegación, de inmigración etc., sino que lograremos demarcaciones definitivas del territorio colombiano respecto de los Estados Unidos, el Brasil, las tres Guayanas y otros países limítrofes.
IV.
Pasemos a otras consideraciones.
¿Necesitan los pueblos colombianos de una marina permanente de vapores de guerra? ¿Están en capacidad de sostenerla unidos? No vacilo en responder afirmativamente. Los pueblos de Colombia no deben ni pueden ser agresivos, ni sus intereses los llaman a buscar la vana satisfacción de ser potencias marítimas. La libertad les procurará toda la marina mercante extranjera para el servicio de su comercio. Pero al mismo tiempo, los Estados Colombianos tienen tres grandes intereses a que atender que les imponen la necesidad de crearse una marina modesta pero permanente, a saber: la defensa de su territorio contra los ataques de todo género, las comunicaciones activas de Estado a Estado por medio de los mares, y la vigilancia de sus costas para impedir el contrabando, en tanto que conserven sus Aduanas.
Cada uno de los Estados, aislados, es importante para mantener una marina regular y respetable; pero todos reunidos pueden crearla y sostenerla sin dificultad y con provecho común evidente. Veinte vapores repartidos entre el Atlántico y el Pacífico, algunos de ellos enteramente armados y los demás, susceptibles de serlo en caso necesario, costarían a lo mas en proporciones regulares y decorosas cuatro millones de pesos, suma que invertida paulatinamente en cuatro años, no pesaría mucho sobre el tesoro de las diecisiete Repúblicas confederadas; y los gastos ordinarios que esa marina exige se quedarían constantemente compensados con los productos de la navegación (que reemplazaría la de los paquebotes británicos y americanos en nuestros mares), y con las ventajas que la seguridad, la policía de las costas, los correos, las inmigraciones etc. reportarían los pueblos colombianos en su comercio y sus rentas públicas.
Hay un punto que puede ser materia de objeciones, y es la fijación de la capital de la Confederación. En mi concepto la ciudad de Panamá es la que puede ofrecer; mayores ventajas, tanto por su posición central respecto de Colombia; como por estar situada sobre un istmo que es la llave de todo el continente, y desde el cual se puede dominar el movimiento de todos los pueblos. En caso de ser inaceptable Panamá, por cualquier motivo, las ciudades de Lima o Guayaquil ofrecerán ventajas sobre cualesquiera otras.
Hay un grandioso interés colombiano que requiere según pienso, la mancomunidad de esfuerzos de todos los pueblos de Colombia: tal es la canalización interoceánica del Istmo de Panamá. Dígase lo que se quiera, es una verdad comprobada por la ciencia, que la vía indicada por la naturaleza para un canal interoceánico es la del Darién; y es más incuestionable aunque el interés del comercio universal y especialmente de Colombia está en la vía que corte el Istmo de Panamá de preferencia a cualquiera otra. Si el interés particular de los Estados Unidos (en la parte Sur y del Oeste o California y Oregón), así como de una porción de México y de Centroamérica, puede consistir en la canalización de Nicaragua o en la vía férrea y costosísima de Tehuantepec, el interés de todo el resto de Colombia, de toda la Europa, del comercio con Australia, la China y el Japón, y aun de los Estados septentrionales de la Unión Americana, está fincado en la vía de Panamá.
Pero cualquiera que sea la solución de este problema, lo esencial es penetrarse de que el asunto no es puramente granadino, centroamericano o mexicano, sino que es una cuestión de vida, de movimiento, de fuerza, de civilización para todo el continente colombiano. Aunque la Europa tiene interés en la canalización colombiana, ella puede satisfacer a la mayor parte de sus necesidades actuales con la canalización del Istmo de Suez, que infaliblemente se realizará. Por tanto es el Nuevo Mundo el que tiene un interés mas apremiante en la comunicación de los mares Atlántico y Pacífico, y son los pueblos de ese continente los que deben mancomunar sus esfuerzos, realizar la obra, ponerla bajo su protección fraternal, y aprovecharla en común bajo el principio de una perfecta libertad.
Tales son las condiciones mas generales que apoya el plan de una Confederación de los pueblos colombianos, consideraciones que me veo esforzado a limitar, porque no es mi ánimo emprender desde Paris un estudio detenido, por medio de la prensa, que la distancia haría muy embarazoso para mí, exponiéndome a incurrir en errores.
Pero nadie negará que la necesidad de la Confederación es urgente para las necesidades colombianas, y sobre todo, que ella no es posible, como Bolívar la ideaba en sus ensueños heroicos pero imprevisores, sino que es preciso darle por fundamento la intima comunidad de instituciones, de costumbres y de intereses entre los pueblos. La alianza de los gobiernos es por lo común una mentira, un juego de recíprocos engaños: solo la de los pueblos es estable, porque reposa en el derecho y la libertad.
Aliémonos y seremos libres y fuertes, y el progreso surgirá de todas nuestras comarcas como una fuente inagotable de bienestar y de gloria. Es mediante la Confederación que, pudiendo tratar de igual a igual con las naciones poderosas, aseguraremos la marcha vigorosa de nuestra civilización, fundaremos nuestro crédito; obtendremos el respeto, las simpatías, las emigraciones en masa, los capitales, la lealtad y las consideraciones de la Europa; haremos entrar insensiblemente al Brasil en el movimiento republicano de Colombia; fundaremos relaciones útiles con los Estados Unidos de América, sobre el pié de la igualdad y la justicia; pondremos término a nuestros embarazos y conflictos particulares de pueblo a pueblo, y abriremos en nuestro admirable y opulento territorio ancho cauce a las ondas de ese río fecundante que se llama la civilización, que, llevando en su seno las ideas de las generaciones y el aliento de Dios, ha venido fecundando el mundo, nacido en la región misteriosa del infinito o del Creador, para perderse en la eternidad de la creación o del progreso.

Fuente: Sociedad de la Sociedad Americana de Santiago de Chile, “Union i Confederacion de los pueblos Hispano-Americanos, pág. 344 y sgtes., Imprenta Chilena-1862. Ortografía modernizada.
* Publicada en el Ferrocarril, diario de Santiago de Chile en enero de 1859.

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