junio 08, 2012

Admonición de H. Yrigoyen al Dr. Emilio Giménez Zapiola (1918)

Admonición al Dr. Emilio Giménez Zapiola
Hipólito Yrigoyen
[15 de Julio de 1918]

Buenos Aires, julio 15 de 1918.
Señor Dr. Emilio Giménez Zapiola:
SALTA
Esperaba la anunciada ampliación de sus desafueros, para asumir la actitud que según ello correspondiera, cuando me llega su telegrama anunciándome que parte para esta Capital abandonando el gobierno de esa provincia.
Si no fuera que no puedo, ni debo dejar subsistentes las insidiosas afirmaciones con que intenta cohonestar sus extravíos, reveladores de la inquietud de su conciencia, habría guardado completo silencio, cubriéndolo con todo el desdén propio de la inmutabilidad de mi respeto.
Es completamente inexacto que yo haya consentido en forma alguna la enorme lesión que usted infirió a los principios de la reparación en el avasallamiento de los preceptos que garantizan la independencia del Poder Judicial y las inconcebibles herejías jurídicas en que usted incurriera al querer explicarlas satisfactoriamente. Así como —Dios mediante— no habría habido poder humano que me hiciera desistir de la reorganización de todos los gobiernos ilegítimos, detentadores de la soberanía de los pueblos, así tampoco en la reconstitución de los gobiernos toleraré el menor menoscabo de sus bases constitutivas.
Por eso fue que desde el primer momento en que me llegó la noticia de su resolución le hice saber la desagradable impresión que ella me causaba, pidiéndole el envío de todos los antecedentes para formar mi juicio definitivo, en cuya remisión hubo que insistir, porque usted la retardaba, a percibido sin duda de su temeridad y buscando desvanecerla por la acción del tiempo. Esto quedará plenamente comprobado en los documentos oficiales, con los mismos testimonios escritos por usted y sus secretarios, así como las requisitorias del Señor Ministro del Interior, quedando de manifiesto que intencionadamente usted ha querido hacerme solidario de lo que sabía bien y de la manera más acabada y terminante que no había aceptado; pues para asumir todas las responsabilidades que he afrontado en la realización de la obra que estoy culminando, he debido siempre tener la seguridad de mi razón y la tranquilidad de mi conciencia.
Conozco todas las instituciones políticas que rigen a la humanidad; sus orígenes y en su desenvolvimiento. A su estudio, a sus enseñanzas y a la probidad de sus aplicaciones dediqué mis fervores y bien sé, por nuestra propia y dolorosa experiencia, toda la extensión de los males que sus conculcaciones producen y la insólita anomalía que implica su consentimiento, por los que tienen en sus manos los medios de repararlos y que para ello, le fueron otorgados.
No obstante esto, en el conflicto entre los imperativos de mi deber y la afectuosa estima que tenía por usted, yo mismo traté de atenuar el carácter de las comunicaciones que se proyectaban dirigirle, en forma de resolución, desconociendo y dejando sin efecto sus decretos referentes al Poder Judicial y acordando el plazo requerido para la depuración del padrón; yo mismo, digo, me esmeré en atenuar el sentido y la forma de esa resolución, expresándole tan sólo las consideraciones de ella, a fin de que usted, en un leal gesto, reconociera su error y lo modificara; generosidades de mi espíritu que usted no ha sabido comprender ni valorar.
En cuanto a los móviles que usted me atribuye como determinantes de mis actitudes, su osadía se confundirá con todas las difamaciones que sé estrellan contra la más nítida y pura probidad de que haya mención en los anales de la vida pública.
La Nación sabe que he consagrado mi vida a un pensamiento de reparación histórica que juzgué indispensable para restaurarla en la plenitud de sus fueros y prerrogativas, y sin cuya función, la magnitud de todo orden de los menoscabos sufridos, no tan sólo la habría descalificado indefinidamente, sino que también la hubiera malogrado en la verdadera estabilidad de sus destinos. Sabe la Nación, también, que esa consagración la modelé en una definición de moral política, originaria en sus concepciones ideológicas y de sus caracteres irreductibles, que constituyeron mis ensueños de argentino y de hombre, en virtud de los cuales me he jugado, asumiendo sin reserva alguna, todas las responsabilidades inherentes, entregándome intacto y total cuanto la Divina Providencia nos ha impreso en el alma y toda la irradiación de mi espíritu en la efectividad de sus actividades. No tengo prejuicios ni prevenciones para nada ni contra nadie, porque son extraños a mis sentimientos y la sublimidad de la culminante misión que realizo.
Por eso todos los agravios que recibo, los he mirado siempre como lógicos de la posición que los sucesos me señalaron y, en su profunda caracterización, he tenido el poder de conjurar todas las decisiones nacionales y de vencer tan poderosas resistencias. Así como defendía ayer los sagrados atributos de la Nación, los resguardo hoy elevando la representación pública al más alto magisterio político y señalando las funciones superiores que corresponde desenvolver conforme con los fundamentos de la reparación impuesta por el pueblo argentino y dando todas las satisfacciones públicas a las exigencias de sus mandatos.
Yo alcanzaré el supremo ideal para fijarlo con caracteres indelebles en las páginas de la historia, como la culminación de un destino en las infinitas fases de la existencia de la patria. Le imprimiré a la obra todo el signo del honor nacional, cuya luminosa imagen llevo bien grabada en mi pensamiento.
Ahora, y como una justísima vibración de mi alma serena, permítame tener un acento de protesta y decirle «Que ha de haberse equivocado usted conmigo, si mi vida es de una unilateralidad absoluta, tallada al cincel de los más nobles holocaustos y las más austeras idealidades». ¡Hay existencias a cuyo través fulguran todas las calidades y condiciones de una época, y esa es la mía!
Es usted el que se ha descubierto, tan pronto como tuvo un escenario de visibles exteriorizaciones, y como sé de los dictados del fuero interno, estoy seguro que habrá de vivir arrepentido de sus desplantes. Si no fuera tan magnánimo le diría que bien lo merece, por su inversión al concepto superior del cometido histórico que le había encomendado y por su ingratitud a una consagración amistosa de selectas delicadezas que le dio a usted la figuración pública que ha tenido, y que hoy, no siendo ya necesaria, pretende desautorizar. No lo conseguirá jamás, ni usted ni nadie, porque en todo y para todo me sobran integridades.
Dios lo guarde.
H. YRIGOYEN

Fuente: “Ley 12839. Documentos de Hipólito Yrigoyen. Apostolado Cívico – Obra de Gobierno – Defensa ante la Corte”, Talleres Gráficos de la Dirección General de Institutos Penales, Bs. As 1949.-

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