junio 08, 2012

Censura de Hipólito Yrigoyen a la coalición con otros partidos (1897)

REVOLUCIÓN Y ABSTENCION
censura la coalición con otros partidos
Hipólito Yrigoyen y otros
[29 de Septiembre de 1897]

Buenos Aires, septiembre 29 de 1897
Al Señor Presidente del Comité Nacional de la Unión Cívica Radical, doctor Bernardo de Irigoyen.
El Comité de la Provincia ha tomado en consideración la nota del Señor Presidente, adjuntando copia de las resoluciones de la Convención Nacional y de ese Comité, referentes a la política sancionada de coalición de nuestro Partido con otras agrupaciones, y pasa a exponer los fundamentos en cuya virtud no le es dable adherirse a esa política.
Sin duda alguna, es éste uno de los momentos más solemne y más grave de la vida de nuestro Partido, puesto que se ha resuelto modificar la ley fundamental de su existencia.
Al abordar tan transcendental cuestión, nuestra palabra es hoy, como el primer día, expresión de convicciones profundas, inspiradas por la razón y arraigadas por la experiencia larga y dolorosa de nuestra accidentada vida política, en la que hemos actuado perseverantemente, impulsados por el anhelo de contribuir, en la medida de nuestras fuerzas, a la regeneración institucional y al engrandecimiento de la República.
El Partido Radical en Buenos Aíres ha demostrado en todas las circunstancias su firme propósito de realizar tan elevados ideales por la revolución, cuando todos los caminos legales estaban cerrados; en los comicios; bajo la intervención, primero y bajo el régimen imperante hasta el presente.
En diversas oportunidades ha hecho la historia de esos esfuerzos en documentos que han alcanzado viva repercusión en el país, porque eran demostración evidente de que su acción no ha tenido un día de calma ni una hora de duda, afrontando con energía y altivez todas las situaciones.
En consecuencia, creemos tener el deber y el derecho de asumir en este caso la actitud definida que es propia de nuestras convicciones y sentimientos.
No son por cierto razones accidentales o de estrecha intransigencia las que nos inducen; es notorio que jamás hemos procedido así, y todos nuestros correligionarios saben que aun en la acción armada, hemos cuidado de la vida de los más modestos servidores del gobierno que derribábamos; y que en medio de las más punibles irregularidades políticas, nunca hemos descendido a la lucha personal.
No son los errores cometidos por la agrupación a que se afiliará nuestro Partido; errores que han motivado la situación presente y que quién sabe cuánto esfuerzo cívico requerirá para conseguir su separación, ni los que pudiera cometer más adelante, siendo como es una agrupación que no profesa ninguna política consistente; no es tampoco su conducta insólita para con nuestro Partido, que no es del caso reseñar ahora; son consideraciones de un orden mucho más elevado y permanente.
Los partidos políticos encuentran su camino erizado de obstáculos. Nacen para derribarlos, acumulan fuerzas, merced a la corrección de sus procederes y a la fe que saben inspirar en la persecución del propósito que los alienta.
Desviar el rumbo a mitad del camino, importa en todo momento renunciar a ideales que el patriotismo ha inspirado y malgastar las fuerzas que a su sombra se abrigaron.
Aunque el éxito niegue sus favores a nobles esfuerzos, no puede decirse que ellos se han malogrado, porque dignifican al país donde se producen e iluminan a las generaciones en los verdaderos senderos cívicos.
La esperanza renace pronto, las fuerzas momentáneamente perturbadas vuelven a condensarse y la acción se inicia de nuevo aleccionada por la experiencia adquirida.
Pero cuando la senda se abandona, el escepticismo cunde en las filas y el pueblo conceptúa quimera imposible de realizar la causa cuya justicia proclamó entusiasmado.
El poder, a pesar de ser uno de los medios más eficaces para hacer práctico un programa, no es el fin a que pueda aspirar un Partido de principios, ni el único resorte que pueda manejar para influir directamente en los destinos del país. El Partido Radical es prueba elocuente de esta afirmación, el despertamiento del espíritu público y los procedimientos democráticos aplicados en su seno, no sólo son beneficios obtenidos, sino advertencias alentadoras, para seguir imperturbable el camino que recorriera con honor, en horas más difíciles y a costa de mayores sacrificios.
Encarrilar dos Partidos que han revelado diversa tendencia y que manifiestan mantener propósitos distintos, es no sólo una transgresión a su fe política, sino también neutralizar dos fuerzas que se rechazan, acercar elementos para producir entre ellos la anarquía, inutilizar la capacidad política de cada uno . y esterilizar sus iniciativas extraviando el criterio público.
La transformación social y política de la República debe comenzar por efectuarse en los partidos, aumentando sus fuerzas con el ejemplo constante de la firmeza indeclinable de su conducta y de su patriotismo abnegado.
Los servicios que no son prestados al país entero no pueden ser ambicionados por colectividades que aspiran a perpetuarse en la gratitud nacional. Sólo los Partidos que no tienen más objetivo que el éxito aplauden a benefactores que los acercan al poder a cota de sus propios ideales.
Cuando se abriga fe en la causa por la que se ha combatido, se salva ante todo, la pureza del principio, en la convicción de que horas propicias le darán la victoria; porque los pueblos que llevan en su seno un porvenir grandioso avanzan siempre en las conquistas de sus verdaderos anhelos.
Y es en nombre de estos anhelos institucionales que en una buena hora suprema nuestro Ejército y nuestra Armada, solidarizados en la causa y en el sentimiento nacional, acudieron a una de las protestas más gloriosas que registra la historia cívica de nuestra patria. Y es también en nombre de esos principios democráticos, que han llegado a constituir en la educación de nuestro país una verdadera aspiración nacional, que surgió y se agigantó el Partido Radical, a medida que su acción inspiraba confianza pública en la rectitud de sus procederes, y cuya inspiración salvó en un momento supremo el decoro argentino comprometido, resistiendo el acuerdo que esterilizó aquel gran sacrificio.
Y bien ¿podemos nosotros tronchar esa obra nacional que pertenece a la historia, a la memoria de los que han caído y a las generaciones presentes y del porvenir? ¡Jamás!, porque ello importaría un atentado a tan sagradas tradiciones y porque estamos plenamente convencidos de que la anormalidad e inestabilidad política de la República, son debidas a la falta de Partidos orgánicos con creencias fundamentales y propósitos definidos, y por lo tanto creemos que no puede esperarse ningún bien público, si para ello ha de requerirse la destrucción del Partido Radical, que es el único que tiene impreso ese carácter.
Por consiguiente, como teoría y moral Política, la solución que se nos presenta es inaceptable.
Cómo política práctica será de resultados contraproducentes.
Clausurados los comicios al sufragio libre en toda la República, pretender reunir la oposición arriando la bandera con que surgiera el Partido Radical, el simulacro de combate que se libraría importaría aceptar un campo de acción que repugna a nuestras instituciones, y sanciona la victoria del mismo adversario a quien se pretende combatir. La contienda en ese terreno significa reconocer la legalidad del triunfo futuro en mengua de las aspiraciones de la opinión que tiene derecho a mantener vivas sus esperanzas en días mejores. Su resultado positivo, entonces, no será otro que llevar el desaliento a las fuerzas vivas de la opinión, que no siendo sino artificial, se presentará ante la República con los caracteres como de un supremo esfuerzo del civismo nacional.
Por otra parte, a la sombra de esa alianza, la Unión Cívica Nacional habrá asegurado, si no aumentado, las mismas posiciones que adquiriera en siete años de vinculación con el Partido que hoy pretende resistir.
El Partido Radical, en tanto habrá defeccionado de su credo, producido el desgarramiento en su seno, y, descalificado para siempre ante la opinión, perderá la fe que en él se depositara.
La República habrá nuevamente caído en el mayor desconcierto y la opinión, sujeta al vaivén de los sucesos, no encontrará una institución política donde pueda acudir en busca de la reacción definitiva.
No podemos, pues, ejecutar una política que consideramos tan contraria a la integridad de nuestro Partido como a la nuestra propia. No nos hemos congregado a ese fin, ni ha sido ésa nuestra misión, ni son ésas las declaraciones hechas y los compromisos contraídos. Cuando iniciamos la organización del Partido, al llamar a los ciudadanos a alistarse para la lucha, muchos encontramos bajo la impresión del desencanto que había producido el acuerdo de 1891. Y por reiteradas ocasiones debimos afirmar que bajo nuestra dirección, en ningún caso experimentarían un nuevo desencanto. Esa es precisamente la razón determinante del Art. 1° inciso 26 de nuestra Carta Orgánica, que dice así: «Exclusión de todo acuerdo o transacción que pueda impedir en el presente o en el futuro la íntegra aplicación de los principios que forman el programa de este Partido».
Durante siete años hemos luchado bajo este concepto, acatando siempre los mandatos de la autoridad nacional del Partido; por ellos fuimos a la Revolución y por ellos nos desarmamos, así como también por ellos hemos asistido a una larga tarea electoral sin tregua, que ya había tomado caracteres depresivos; pero en este caso no podemos cumplir dichos mandatos, porque para nosotros es cuestión de conciencia y por lo tanto desde este momento queda depuesto nuestro cargo.
Al terminar no debemos omitir el sentimiento que nos han causado los actos producidos en el seno de nuestro Partido. En raras ocasiones se han presentado tan alterados los adversarios, como los correligionarios que olvidan quizá que la sana razón hace camino al amparo de tranquila reflexión, y que sólo el error busca éxito en la brusca precipitación.
Saludan al Sr. Presidente con toda consideración:
H. YRIGOYEN. - Marcelo. T. de Alvear. — José de Apellániz. — Tomás A. Le Bretón. — Angel Gallardo. — Eufemio Uballes. — Ángel T. de Alvear. — Leonardo Pereyra. — Eduardo Bullrich. — Julio Moreno. — Francisco Ayerza. — José León Ocampo. — Francisco Wright. — Manuel Rodríguez Ocampo. — José Gregorio Berdier. — Juan Martín de la Serna. — Manuel A. Ocampo. — Manuel Durañona. —Cornelio Baca. — Emiliano Reynoso. — Norberto J. Casco. — Mariano H. Alfonso. — Felipe G. Senillosa. —Manuel de la Fuente.

Fuente: “Ley 12839. Documentos de Hipólito Yrigoyen. Apostolado Cívico – Obra de Gobierno – Defensa ante la Corte”, Talleres Gráficos de la Dirección General de Institutos Penales, Bs. As 1949.-

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