junio 08, 2012

Mensaje al Congreso del Presidente, H. Yrigoyen, vetando la ley de intervención a la Provincia de San Luis (1921)

Mensaje al Congreso, vetando la Ley de Intervención a la Provincia de San Luis
Hipólito Yrigoyen
[15 de Octubre de 1921]

Buenos Aires, octubre 15 de 1921.
Al Honorable Congreso de la Nación:
El P. E., ha tomado en consideración el proyecto de ley declarando intervenida la Provincia de San Luis y por los esclarecimientos que se harán en este mensaje, ha resuelto hacer uso de las facultades que le confieren los arts. 69 y 72 de la Constitución Nacional, observando la sanción de V. H. lo que ella dispone en la primera parte del Art. 2° que «el interventor federal que designe el P. E. convocará al pueblo de la provincia a elecciones dentro de treinta días, a contar desde que esta ley de intervención entre en vigencia».
Ninguna observación puede hacerse respecto a las finalidades de la ley, dada la situación de anormalidad institucional en que se encuentra ese Estado, ni tampoco al establecer V. H., que las funciones conferidas por las leyes provinciales vigentes a la junta electoral serán desempeñadas por la junta de la ley nacional de elecciones, lo que comprueba que V. H., ha reconocido expresamente el acierto del Poder Ejecutivo, en casos análogos.
Pero sí objeta el enunciado referente a la imposición de término para la convocatoria a elecciones por ser contrario a todo razonamiento legal e improcedente en su determinación.
La Constitución Nacional al conferir al P. E. la facultad de expedir las instrucciones y reglamentos que sean necesarios para la ejecución de las leyes (Arts. 86 Inc. 2°), ha demarcado en forma precisa, hasta dónde llegan las atribuciones de los poderes legislativo y ejecutivo, fijando un límite que no es posible salvar, sin introducir desorientaciones y perturbaciones en el desenvolvimiento armónico del gobierno.
En reiterados mensajes ha sostenido el P. E., esta doctrina, que es la verdadera interpretación del principio básico de la división de los poderes y no hay, por lo tanto, necesidad de reproducir en esta ocasión los irrefutables raciocinios que lo fundamentan. Pero debo, sí, agregar, que tratándose de cumplimentar el ejercicio del sufragio para constituir poderes de gobierno a base de justicia institucional y de probidad democrática, menos habrá de consentir en la menor sombra sobre los inmaculados prestigios con que llevo a cabo la misión histórica que me confiara la Nación.
Por eso no puedo dejar pasar en silencio, la nueva irreverencia que implica esa imposición en el proyecto de ley, más que todo, por su sentido deliberativo y por los juicios que indujeron su sanción, que provocan en mi espíritu una repulsa a que no puedo substraerme.
V. H., me pone en el caso de tener que replicarle con todo el fervor de la justicia que me asiste, que las ilustres eficiencias que han venido, por fin, a asegurar las libertades y garantías, el derecho público representativo y la restauración de sus preceptos constitucionales, llevan la savia de mi vida toda, por el poder de mis concepciones y la integridad para sustentarlas con los más absolutos renunciamientos, sin lo cual las conculcaciones y las transgresiones habrían perdurado con todos los desdoros y desmedros consiguientes, y la mayoría contingente conglomerada que ha llegado a inferirme esa irreverencia, no habría tenido entrada legítima en el Congreso Argentino.
Si he vivido, como nada es más evidente, declinando todos los poderes oficiales que siempre tuve ofrecidos, y desechado todos los halagos y comodidades que de igual modo estuvieron siempre en mis manos, para juzgar mi existencia por entero en cuanto he podido, tenido y valido por la dignidad pública y por el honor de la patria, nada hay más absurdo que la suposición de cualquier actitud o modalidad contraria a esa fe sagrada y a esa decisión absoluta para mantenerla.
No hay disparidades en el orden de las idealidades superiores y desde luego, los que saben imponer prodigiosas reparaciones, saben lógicamente realizar gobiernos ejemplares. Y si hemos sido suficientemente magnánimos para no castigar, nos sentimos poderosamente inflexibles para no dejar de transformar el régimen imperante que fue vencido por la más formidable de las cruzadas regeneradoras.
Porque siempre fui símbolo de las proposiciones planteadas, es que he tenido toda la autoridad para, desde el llano, sin artificio alguno, sin el menor aparato ni ostentación, derribar y vencer a la montaña de las más formidables conjuraciones.
Así como desde las gradas de la opinión he contribuido a levantar, constituir y culminar un grandioso fundamento de moral política, desde las esferas del gobierno no hago sino aplicar exactamente sus efectividades. Y así como nadie exteriorizó conceptos más vastos, ni integridades más absolutas, tampoco nadie asumirá actitudes más austeras para la reivindicación de todos los atributos y valores fundamentales.
¿Qué valdría sino la suma ingente de tan abnegados sacrificios consumados a la luz de los severos interrogantes de la patria; qué valdría haberse tallado al cincel de todos los holocaustos, alcanzando tan altas ejecutorias, si ellas no habrían de terminar en grandiosos pedestales nacionales?
Sólo en un ambiente de inauditas perversiones se puede llegar a la blasfemia de imaginar que desde la altura en que estuve siempre colocado haya de caer en las sombrías prevalencias que son descrédito, desacierto y ruina, porque todo lo que se posa sobre lo inestable y movedizo del imperio del abuso, es fatal que se derrumbe, ya que tales situaciones no fundan ni consolidan potencias estables de acción fecunda en ninguno de los órdenes de la vida.
He llegado al Gobierno a cumplir un fundamento sociológico de tales proyecciones, como todo lo que comprende el concepto de la justicia humana en la vida pública y ¿qué interés puedo tener en que se prolonguen las intervenciones sino el de los bienes consagrados en la restauración y reconstrucción de las bases primordiales de la nacionalidad?
La historia está llena de experiencias demostrativas por las cuales cuantas veces se han comprometido los mandatos supremos de los pueblos con vanas apariencias o con simuladas actitudes, han fracasado las más legítimas esperanzas y se han malogrado las más justas y esforzadas contiendas.
Además ¡cómo no ha de requerir tiempo razonado, por la propia lógica de los sucesos, una tarea que debe extinguir todas las subversiones que arraigaron, sin reato alguno, los fenómenos de las descomposiciones públicas y que constantemente pugnan por reaparecer!
Medidas de gobierno que enseñar y virtudes en su aplicación que demuestren, afirmando la entereza de los postulados sostenidos, deben ser los emblemas de las reparaciones para que ellas esparzan y difundan todos los beneficios que se prometieron y la historia los registre entre los fastos más fulgurantes en la consecutiva irradiación de la patria.
Todas las actividades políticas tendrán así, como ha sucedido desde el primer día de la nueva vida nacional, garantizados los amplios escenarios electorales y podrán libremente actuar con la rectitud y el decoro que reclaman las impositivas y justas exigencias de la cultura y la civilización argentinas.
Por ello debemos mantener el verdadero carácter de los acontecimientos, avanzando derechamente a sus fines, conservando en su mayor grado el espíritu y las ideas que los determinaron sin prejuicios tendenciosos algunos, sino como consecuencia de una solidaria unidad nacional. Ellos fueron sugeridos por los más altruistas móviles patrióticos que impusieron la exterminación de una época nefanda y deben ser realizados con la mayor elevación de miras, sin aminoramientos que contrastarían con la severa rigidez del pensamiento germinador y darían la apariencia reveladora de declinaciones.
La labor debe realizarse posponiendo los intereses particulares a los sagrados de los pueblos, desmontando el artificial mecanismo de las absorciones y de los predominios, para franquear la amplia ruta que ha de llevarlos a resolver los problemas de cuya solución lógica y armónica depende el cumplimiento de sus destinos.
Cada vez es más imperioso hacer del ejercicio cívico, una religión política, un fuero inmune, al abrigo de toda contaminación, hasta dejar bien cimentadas las prerrogativas inalienables e imprescriptibles de la nacionalidad.
Por eso es indispensable fijar como condición irreductible que la moral política es la base de todos los progresos y de todas sus formas eficientes, restableciendo el poder siempre vivificante de sus principios.
Cuando se abarcan en una condensación tan poderosa las solemnes expectativas de la Nación, los que tenemos puestos en ella los fervores más altos de la vida, no podemos menos que pensar sino en soluciones acordes con los imperiosos deberes que impone, abrigando el convencimiento de que las tendencias más perniciosas y sacrificadoras de la República no podrán substraerse al resplandor intenso que esparce la actitud del Gobierno, incitando a meditar sobre el grandioso problema de las reivindicaciones históricas.
Sé bien que no soy un gobernante de orden común, porque en ese carácter no habría habido poder humano que me hiciera asumir el cargo. Soy un mandatario supremo de la Nación para cumplir las más justas y legítimas aspiraciones del pueblo argentino.
No hay, pues, mayor profanación a la majestad de una obra sublime y eminente, que la de pretender envolver en desconceptos propios de los causantes de todos los males de la República, a los que consiguieron extinguirlos con la más profunda fe en el alma y con total desprendimiento de los beneficios de la vida positiva.
Pero cualesquiera que sean las maquinaciones y las malevolencias no conseguirán desvirtuar la esencialidad de sus calidades. Sé bien que he venido a cumplir un destino admirablemente conquistado: la reintegración de la nacionalidad sobre sus bases fundamentales. No obedezco a tendencias, ni intereses encontrados, porque no tengo más ensueño que la Nación, como síntesis del bien de todos. Tal es la tarea que realizo desde el gobierno, perfectamente idéntica a la que sostuve desde la opinión.
El país, que ha reafirmado con expresiones tan acentuadas la alta investidura que ejerzo, me, robustece en ella por sus consecutivas demostraciones. Así, patrióticamente confortado, proseguiré la obra hasta terminarla, abriendo en todas partes donde los poderes no hayan sido legítimamente renovados, escenarios completamente libres para que las representaciones públicas sean la expresión genuina de su verdadero significado.
En tal virtud, el Poder Ejecutivo, procederá a organizar los poderes Legislativo y Ejecutivo de San Luis tan pronto como la provincia se encuentre en condiciones electorales, en la seguridad de saber interpretar con acierto los anhelos del sentimiento nacional, presidiendo comicios honorables que sean la fiel expresión de su voluntad soberana.
H. YRIGOYEN

Fuente: “Ley 12839. Documentos de Hipólito Yrigoyen. Apostolado Cívico – Obra de Gobierno – Defensa ante la Corte”, Talleres Gráficos de la Dirección General de Institutos Penales, Bs. As 1949.-

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