julio 09, 2012

Discurso de Fidel Castro desde el Balcón de la Sociedad “El Progreso”, de Sancti Spiritus, Las Villas (1959)

DISCURSO DESDE EL BALCON DE LA SOCIEDAD “EL PROGRESO”, DE SANCTI SPIRITUS, LAS VILLAS
Fidel Castro
[6 de Enero de 1959]

― Versión taquigráfica de los oficinas del Primer Ministro ―

Compatriotas de Sancti Espíritus :
No podía ser para mí, esta ciudad de Sancti Spíritus, una ciudad más en nuestro recorrido.
Si las ciudades valen por lo que valen sus hijos, si las ciudades valen por lo que se han sacrificado en bien de la patria, si las ciudades valen por el espíritu y la moral de sus habitantes, por el fervor de sus hijos, por la fe y el entusiasmo con que defienden una idea, Sancti Spíritus no podía ser una ciudad más.  Y si las ciudades se admiran y los pueblos se quieren por lo que han tenido de fe en las horas difíciles, es lógico que hacia esta ciudad, como hacia otras, especialmente en nuestra patria, sintamos nosotros especial cariño.
Y hay algo además que se nota en el espíritu de los pueblos, hay ciudades más entusiastas que otras, y si bien es verdad que es grande el entusiasmo, porque basta para comprenderlo saber que venimos de Oriente, la fe, el entusiasmo, el ardor que se observa entre los espirituanos es realmente incomparable.
No se trata de que se haya reunido una cantidad tan considerable de personas en este instante.  Es posible que nunca antes, en ningún mitin político de los tiempos anteriores —mítines políticos porque este es un mitin revolucionario, pero como antes no había revolución los mítines eran políticos —, se hubiese reunido en número tan considerable la ciudadanía de Sancti Spíritus, en un acto que no convocó nadie, que lo convocó el pueblo, cuando no se sabía a ciencia cierta a que hora pasaría nuestra caravana hacia La Habana y cuando sencillamente no son las 12:00 del día, ni las 3:00 de la tarde, ni las 10:00 de la noche, son las 2:00 de la madrugada , y es, además, un día de frío y parece que de lluvia también .
¿Pero qué le pueden importar a nuestro pueblo las inclemencias de la naturaleza en estos tiempos que ha aprendido a vencerlo todo?  Las noches de frío y de agua impresionaban en otros tiempos la imaginación del pueblo; también impresionaban los tanques, impresionaban los cañones, impresionaban los aviones  —digo que en otros tiempos —, impresionaban los fusiles que portaban en sus manos esos hombres de caras hoscas, que miraban al ciudadano como a un ser inferior al que a cada rato le perdonaban la vida.  Casi, casi había que vivir agradecido de que no lo asesinaran a uno por la calle.
Pero, ¿los chivatos existen? ¿O existían? ¿Dónde están? (EXCLAMACIONES DE: “¡A guindarlos, a guindarlos!”)  No, no, no, a guindarlos no; no, ¿para qué?   Comprendo el deseo del pueblo de ver a los chivatos con la lengua afuera, pero la soga es algo que han usado muchas veces los esbirros de la tiranía. ¡Soga no como hicimos siempre nosotros en la Sierra Maestra: los juzgábamos y los fusilábamos.
En fin de cuenta, el pueblo pide el castigo ejemplar de los esbirros y de los confidentes, no porque el pueblo esté lleno de odio; pide el castigo de sus enemigos y de los enemigos de la patria, no por una sed de sangre o de venganza; pide el castigo como ejemplo, pide el castigo porque tiene su pensamiento puesto en las horas terribles de esos largos siete años de tiranía ; pide el castigo porque no quiere ni puede olvidar a sus muertos ; pide el castigo porque no quiere que nunca más se vuelva a repetir en nuestra patria lo que hemos vivido ; pide el castigo, porque no quiere que la mala semilla germine ; pide el castigo porque nuestro pueblo está lleno de ansias de justicia ; pide el castigo porque en Cuba no ha habido nunca justicia .  Son viejas penas que llevamos dentro; quizás el recuerdo de 1895, donde los voluntarios y los traidores a la patria recibieron el manto protector de la intervención extranjera.  Piensa tal vez en el año 1933, en que los traidores recibieron el manto protector de la dictadura castrense.
Déjennos eso a nosotros y muy particularmente a ese pueblo que estoy seguro de que va a imitar el ejemplo de Cuba muy pronto.
Lo que ocurre hoy —y tal vez a ello se deba la extraordinaria alegría del pueblo, no por nuestros méritos que son muy pocos, porque no es nada haber luchado dos años y un mes, cuando en cada uno de nosotros existía la decisión de luchar 40 si fuera necesario — es que el pueblo comprende que por primera vez, desde la llegada de Cristóbal Colón, hace 400 años aproximadamente, ¡por primera vez va a haber una revolución en Cuba .
El abuso empezó entonces cuando llegaron aquí aquellos antepasados nuestros, se apoderaron de la pacífica isla de Cuba, implantaron su dominio por la fuerza, y desde entonces Cuba ha vivido bajo el imperio de la fuerza ; cuando no han sido las fuerzas opresoras o interventoras de países extraños, han sido las fuerzas opresoras de los traidores de la patria .
¿Cuando hubo democracia aquí? ¿En 1944? ¿Y Pedraza andaba por las calles, y tenía unos latifundios enormes en Santa Clara, y todos los asesinos aquí imperaban por su respeto, y los mismos fusiles y los mismos hombres que habían estado defendiendo la dictadura estaban todavía allí en los cuarteles con sus fusiles en la mano? Y pasó lo que pasó luego, que cuando le dio la gana vino otra vez y dio las órdenes.
Esta vez —y eso es lo que comprende el pueblo al cabo de cuatro siglos—, por primera vez un pueblo manda; por primera vez los hombres que tienen las armas en la mano se inclinan reverentes ante el pueblo de Cuba.
Y créanme que aquí han ocurrido sentimientos realmente singulares.  Es posible que el pueblo lleno de entusiasmo venga a recibir el paso de las columnas y nos reciba a nosotros con la sensación de que la Revolución ha llegado al poder, y que, por lo tanto, los jóvenes revolucionarios están mandando en Cuba.  Y ocurre al revés, la verdad es que yo llego, llegan mis compañeros, y desde que vemos que quien manda aquí es el pueblo nos sentimos llenos de admiración y de emoción de ver a un pueblo mandando.  Y ahora sí que van a ver lo que es un pueblo mandando, porque el pueblo no se puede traicionar a sí mismo.
¿Quién protesta cuando hay algo mal hecho en Cuba? Luego el pueblo no puede hacer cosas mal hechas.
¿Quién protesta cuando hay un crimen? Luego el pueblo no puede permitir el crimen.
¿Quién protesta cuando hay latrocinios y hay desfalcos, y se roban el dinero del pueblo?  Luego el pueblo no puede permitir el desfalco, ni el robo, ni la inmoralidad, ni el privilegio.
¿Quién protesta cuando no hay libertad de prensa? Luego el pueblo no puede permitir la censura.
¿Quién protesta cuando hay elecciones fraudulentas o cuando no hay elecciones?  Luego el pueblo no puede permitir el fraude electoral, ni el secuestro de su propia voluntad.
¿Quién protesta cuando no hay libertad de reunión? Luego el pueblo no puede suprimir la libertad de reunión.
¿Quién protesta cuando hay hambre? Luego el pueblo tiene que ponerle fin al hambre 
¿Quién protesta cuando los artículos tienen un precio abusivo? Luego el pueblo tiene que ponerle fin a la especulación.
¿Quién protesta cuando hay bajos salarios? Luego el pueblo tiene que poner salarios altos.
¿Quién protesta cuando los campesinos no tienen tierra? Luego el pueblo tiene que darles la tierra a los campesinos.
¿Quién protesta cuando no hay calles pavimentadas, ni hay hospitales, ni hay escuelas, ni hay higiene, ni hay salubridad? Luego el pueblo tiene que arreglar las calles, tiene que hacer hospitales, tiene que construir escuelas y tiene que prestar todos los servicios que el pueblo está demandando.
¿Quién protesta cuando los ladrones andan por la calle?  Luego el pueblo tiene que encarcelar a los ladrones.
¿Y qué ha pasado aquí, por qué el pueblo siempre está protestando?    Porque el pueblo nunca ha estado gobernando.  Y ahora lo que ha ocurrido aquí es que el pueblo, no el pueblo que se imaginan los enemigos de la democracia, no el pueblo que se imaginan los tiranos, no, que piensan del pueblo como algo desorganizado, como algo anárquico como algo que no tiene disciplina, que no tiene orientación, que no tiene conciencia.  Eso es lo que piensan ellos...  Podían pensar eso antes, cuando llegaban aquí y se encaramaban en el poder mediante unas elecciones fraudulentas y no pasaba nada; podían pensar eso antes cuando llegaban aquí, tomaban el poder por la fuerza, y se dedicaban a saquear la república como vulgares piratas y no pasaba nada.  Podían pensar eso del pueblo cuando tenían 50 000 hombres sobre las armas y el pueblo no tenía ni un fusil ni un hombre armado; pero ahora, que se encaramaron y los botamos; ahora, cuando el pueblo que no tenía ejército, que no tenía fusiles, que no tenía nada, a la vuelta de dos años se aparece con los tanques, los cañones, los aviones, los fusiles en la mano , un pueblo que no tenía un solo fusil y los tiene hoy todos en la mano, a ese es un pueblo que hay que respetar.
¿Ahora qué pensará el dictador del pueblo de Cuba? ¿Qué pensarán los asesinos que han escapado?  Y que no había noche que no asesinaran media docena de compatriotas; porque cuando pasaban por Columbia y veían tantas trincheras y tantas alambradas y tantas cosas extrañas allí adentro, y tantos fusiles y tanto armamento y tantas microondas y tantos aviones y tantos chivatos, decían: esto es invencible.  Y junto con ellos pensaban los politiqueros, que se dedicaban a combatir la tesis revolucionaria y a decir que aquí la solución eran las elecciones del primero de noviembre.
Eran los mismos que habían dicho que la solución eran las elecciones del primero de noviembre de 1954, y los mismos que iban a decir que la solución era las elecciones del primero de noviembre de 1962. Y así iban a estar los muy pícaros, porque lo único que les preocupaba era ir allí y sentarse en el Senado con una minoría; su botellita, mientras los otros derramaban su sangre.
Horas muy amargas tuvimos que soportar cuando veíamos a los que trataban de confundir y de matarle la fe a nuestro pueblo.  El peor crimen que se pueda cometer contra nadie es matarle la fe; incluso cuando los hombres no tienen otra cosa, mientras conservan la fe, conservan mucho.  Lo terrible es cuando los pueblos han perdido la fe por completo.  Y los que venían a conspirar contra la fe del pueblo y a decirles que nosotros éramos potentes para resistir pero impotentes para vencer; o que aquellos cuatro gatos que estaban en la Sierra Maestra  cómo iban a tomar Columbia, cómo iban a derrotar a Batista que tenía tantas armas y tantos cañones; que nosotros éramos unos románticos pero que los pobrecitos, había que salvarlos, había que darles una lección a la carrera para que se salvaran.  Y luego eran tan descarados que decían que cuando ganaran —cuando ganaran los politiqueros que decían que eran de la oposición— iban a dar una amnistía, como si todo el problema del pueblo de Cuba consistiera en que a nosotros nos perdonaran, nos perdonaran.
Quiero decirles una cosa: de acuerdo con el Código Penal, la ancianidad es un eximente de culpa, y, pasado ya ciertos límites, el Código Penal se abstiene de la aplicación de penas de ninguna índole (DEL PUBLICO LE DICEN ALGO).
¡Ah!, a ese le vamos a exigir cuentas.  Como el pueblo es el que manda, yo creo que el pueblo lo que tiene que hacer es precisamente eso, pedir aquí y demandar aquí todas las cosas.
Y volviendo al hilo de mis palabras, después de estas consideraciones, me vuelvo a preguntar qué dirá ahora el valiente dictador; el hombre que tenía una bala en la pistola y que se fue, lo mismo que entró, con nocturnidad y alevosía, sin que nadie sepa siquiera en este momento por qué caminos anda.  Bueno sería que vieran el mitin que vamos a dar ahora en Columbia con el pueblo.  El acto debe ser en Columbia porque el pueblo ahora es quien tiene los fusiles y es el que manda.
(DEL PUBLICO LE PREGUNTAN: “¿Y Masferrer?”)  No me pregunten por aquel que escapó también, pregúntenme dónde están los sicarios, los esbirros, los asesinos que dejó aquí.  Y les diré que los que no han caído ya deshonrosamente tendrán que afrontar los tribunales revolucionarios.
(DEL PUBLICO LE PREGUNTAN: “¿Y Mirabal?”)  Mirabal, Casillas, Olayón, habrá que preguntárselo al mismísimo diablo (EXCLAMACIONES Y RISAS).
(DEL PUBLICO LE PREGUNTAN: “¿Y Mujal dónde está”?)  ¿Mujal?, hay que tener paciencia.
La verdad es que no sé si todos pensaremos igual, yo tengo mi filosofía: esa gente muerta, pues murieron; esa gente viva sufre más.  Vivos, huyendo, sin patria, perseguidos por el odio del pueblo, el desprecio de la ciudadanía que se les tiene que estar clavando sobre sus conciencias oscurecidas , y, sobre todo, un sufrimiento mayor, el sufrimiento de ver a nuestro pueblo libre .  No podrá haber para los que escaparon de una forma tan deshonrosa peor castigo.
(DEL PUBLICO LE PREGUNTAN: “¿Dónde está Castillo?”) ¿Castillo? ¿Cuál el bolitero o el secretario, o los dos?  (DEL PUBLICO LE CONTESTAN: “¡Cantillo!” Ah, ¿Cantillo?  (DEL PUBLICO LE CONTESTAN: “¡Sí!”) Esperando por el tribunal revolucionario.  Y Morales del Castillo, si es cierto que lo capturaron, esperando también por el tribunal revolucionario.  Y Castillo, uno de los zares del juego, esperando también por los tribunales revolucionarios.
(DEL PUBLICO LE PREGUNTAN: “¿Y Tabernilla?”)  Los Tabernilla, dicen que se robó el retiro del ejército completo, que son como 40 o 42 millones, una cosa por el estilo.  Lo tendrán que devolver, porque para eso lo sabremos exigir dondequiera que estén metidos.
Mas no creo que el pueblo deba sufrir pensando en los que se escaparon.  Está bien que les guarden la deuda cuidadosamente, para cobrársela ahora o dentro de 50 años.  Es bueno que los pueblos no olviden, para que no vuelva nadie más a escribir: Cuba, país de poca memoria.  Lo que vamos a escribir la próxima vez es: Cuba, país de mucha memoria.
¡Que viva el capitán Castillo!, porque ese es un Castillo bueno, ¡que viva el teniente Viciedo y vivan todos los combatientes revolucionarios. ¡Que vivan todos los que han hecho posible la libertad de la patria. Y que viva, por encima de todo, nuestro pueblo heroico y glorioso.
Pero muchos más motivos de orgullo tiene el pueblo de Sancti Spíritus, con sus combatientes, porque no son ni dos ni tres, son muchos, y muchos los oficiales que se han distinguido en esta guerra, y aquí tenemos a nuestro Comandante Félix Duque, de Sancti Spíritus, veterano de incontables combates victoriosos, autor de numerosas proezas, y hay entre ellas una que tendrá que escribirse y que se la voy a contar al pueblo.
Era en los días de la ofensiva contra la Sierra Maestra, aquella temible ofensiva que iba a exterminar hasta el ultimo rebelde y que terminó en Columbia, porque la batalla que comenzó a librarse en los días finales de mayo del año 1958, terminó en Columbia, a los seis meses después, aproximadamente —la batalla que comenzó en la Sierra Maestra—, porque con las armas que se le arrebataron en aquella ofensiva a la dictadura, se armaron las columnas invasoras que llegaron hasta Las Villas.  Después de aquellas proezas singulares e incomparables, que no tienen paralelo en nuestra historia, como fue la travesía de dos columnas, una de 82 hombres y otra de 110 hombres armados contra miles de enemigos, por un terreno completamente llano , dirigidas por los comandantes Ernesto Guevara y Camilo Cienfuegos .
Era en aquellos días de la ofensiva contra la Sierra Maestra, en que nuestras fuerzas, después de la batalla victoriosa de El Jigüe volvieron todas sus armas contra la odiada columna del criminal Sánchez Mosquera, acampado en Santo Domingo.  Cuidaba el entonces capitán Félix Duque una de las entradas contra los posibles refuerzos enemigos; las fuerzas de Mosquera hacían un intento desesperado por escapar, y le envío al capitán Félix Duque una instrucción de que interceptara a la fuerza enemiga por uno de los caminos posibles de retirada, y por donde, efectivamente, iban a cruzar.  Tenía en aquel momento 60 hombres bajo su mando, la orden  —que fue necesario enviar por escrito, pues en aquellos tiempos no teníamos microondas— llegó algo retrasada, con motivo de que el campesino que la portaba hubo de ocultarse de la aviación que durante todo el día trataba de hostigar nuestras líneas, y lo que ocurrió fue lo siguiente:
En las primeras horas de la noche, nuestro capitán Félix Duque sale al frente de su tropa; pero había olvidado algo, a pesar de que no era la primera vez que le ocurría:  que en horas de la noche y por terreno montañoso es muy fácil que la tropa pierda el contacto, que una hilera pierda el contacto en cualquier curva y se divida la columna, y que es necesario en noches oscuras estar constantemente chequeando toda la columna para que no se corte y no se extravíe una parte de la fuerza o toda la fuerza.  Y en el impulso del capitán Duque por cumplir la orden e interceptar al enemigo, avanzó tan rápidamente que se quedó atrás toda la columna y cuando vino a darse cuenta no andaba más que con dos compañeros de los 60 hombres.
Quiero advertirles que está aquí vivo de milagro, pero de milagro de verdad, no de milagro de casualidades de esas.  Porque era nada menos que la tropa más criminal que había pasado por la Sierra Maestra, la tropa de Mosquera.  Cuando se vino a dar cuenta, estaba metido casi casi dentro del campamento enemigo, donde había acampado la tropa enemiga, porque al llegar la noche, en la posición en que se encontraban, acamparon.  No se había dado cuenta de que había ido a parar entre el campamento y las postas enemigas.  Al darse cuenta, regresa a buscar su tropa, y cuando regresa, ha caminado apenas unos 100 o 150 metros con sus dos compañeros, cuando se encuentra unos hombres armados en un altico, y llega Duque y los saluda: “¡¿Qué pasa?!” “¡¿Qué pasa?!”  Y los hombres armados se aproximan también: “¡¿Qué pasó, qué pasó?!”    Era nada menos que un capitán rebelde con dos compañeros más, hablando con una de las postas de Sánchez Mosquera.
Pero lo peor todavía de la temeridad y de la imprudencia del capitán Duque es que en vez de llevar el arma lista, como se lleva en casos como esos, llevaba la ametralladora colgada aquí a la espalda. Y, por supuesto, que el soldado también tenía una ametralladora colgada aquí.  Entonces cuando va él a tratar de quitarse la ametralladora para hacerle frente a la situación, ocurre que los otros se abalanzan sobre él  —eran varios.  Los otros dos compañeros hacen fuego al aire.  Dos soldados tratan de capturarlo porque realmente no podían, en aquel momento —estaban próximos—, hacer otra cosa, y la cuestión es que ruedan por una pendiente hacia abajo, en un combate cuerpo a cuerpo, el capitán Duque y dos soldados enemigos.
Los compañeros —que tienen que retirarse ante la presencia del resto de las fuerzas del campamento— informan inmediatamente lo que había ocurrido.  Cuando llegan hasta mí y me informan lo que acababa de ocurrir, a los pocos minutos de haber ocurrido el incidente, pues entonces una inmensa tristeza, disgusto y dolor se apoderó de todos nosotros, porque en aquellas condiciones, habiendo sido sorprendidos, habiéndose escuchado numerosos disparos, era virtualmente imposible contar con la vida del compañero Duque.
Así transcurrió toda aquella noche, cuando en horas del mediodía siguiente, como una verdadera aparición, como un fantasma, ve todo el mundo que se aproxima, un poco compungido y triste, disgustado por lo que había pasado, entre otras cosas, de no haber podido cumplir con la misión encomendada:  llevar la tropa e interceptar al enemigo.  Porque cuando yo llegué a la posición donde estaba el compañero Duque citado, me encuentro a todos los hombres de él y digo: “¿Y dónde esta Duque?” Me dicen: “no, que se fue solo”.  Regresa —ya les digo, al otro día, como a las 12:00 del día—, golpeado, amoratado, hinchado, el pelo alborotado.  Y todo el mundo se quedó realmente como quien ve levantarse a un muerto.
Para mayor casualidad, por una de las microondas capturadas al enemigo, que interceptaba las comunicaciones, oigo que Ugalde Carrillo desde el avión decía: “¡Pues métele un tiro y mátalo pa’l diablo!”  Y yo decía: bueno, es Duque que lo han hecho prisionero: “¡Métele un tiro!”  Yo no había oído las palabras del que hablaba desde abajo, pero oí la respuesta del de arriba, y deduje que era un prisionero.  Porque creo que hasta algo dijo: “un prisionero, ¡pues mételo un tiro y mátalo!” Y todo aquello nos había hecho perder a nosotros, los compañeros, todas las esperanzas.
¿Qué había pasado?  Habían tratado de apresarlo, él se defendió, rodó por toda una pendiente y ha estado luchando en un arroyo, cuerpo a cuerpo, durante 10 minutos, con dos soldados enemigos, hasta que pudo deshacerse de ellos y salir al campamento de nuevo.  Y gracias a eso lo tenemos aquí.
Ustedes saben que, al revés de los partes del Estado Mayor, nosotros nunca añadimos ni una bala más a la que se ocupa en un combate, y cuanto les he referido se ajusta, rigurosamente y sin exageración de ninguna índole, a la realidad, porque en la guerra suceden cosas realmente increíbles.
(Félix Duque dice: “El que se fajó conmigo esta por ahí y se unió a nosotros).  ¡Ah!, pero ahora dice que el que se fajó con él esta por ahí.  Dice que se unió a la Revolución.
De todas formas, la isla no es tan grande y los protagonistas de esos acontecimientos se vuelven a reunir fácilmente.  Y, al fin y al cabo, el pueblo victorioso tiene que ser, en estos momentos de triunfo, más que nunca, un pueblo de nobles sentimientos y un pueblo caballeroso, que tiene que contribuir a la paz, precisamente, tratando, sin olvidar a los culpables, castigando a los culpables, de comprender que no todos los militares eran criminales, que no todos los militares eran hombres de sentimientos crueles, y que una de nuestras tareas es seleccionar entre los buenos y los malos.
Puedo decirles, por ejemplo, que en la Sierra Maestra murieron más de 20 combatientes de los soldados que se sumaron a la Revolución, y que combatieron con mucho valor; los militares tienen muchos mártires que han caído luchando junto con los revolucionarios. Aquellos hombres acudieron a nuestras filas cuando se les presentaba la oportunidad, que no siempre era fácil para ellos, porque durante largo tiempo nosotros, de hecho, no dominábamos territorio alguno, y era muy difícil hacer contacto con nuestras filas; les era difícil hacer contacto a los propios dirigentes de la organización del 26 de Julio, con mucha más razón a los militares.
Así que nosotros tenemos el propósito de castigar y de expulsar de las filas de las fuerzas armadas a todo el que deshonra el uniforme ; pero abrirles también las puertas en el nuevo ejército de la república a los hombres que hayan estado ostentando funciones militares y no hayan robado, y no hayan asesinado, que hayan sabido respetar al pueblo .
Se hace tarde...  Oye, mandar sí, pero dictadura no; el pueblo manda pero el pueblo no es dictador.
Bueno, ¿y si todos quieren subir, caben aquí?  Luego, ¿si suben unos y otro no, no sería un privilegio? ¿Y no estamos contra los privilegios?  Como ustedes no caben aquí, pero yo quepo allá, voy a bajar a verlos a todos.
(DEL PUBLICO LE PREGUNTAN: “¿Y Raúl?”)  Raúl está en el cuartel Moncada; Gómez Ochoa está en el regimiento de Holguín; Juan Almeida está aquí con la columna blindada y va a ser designado jefe de la división blindada que vamos a organizar con los veteranos de la Sierra Maestra; Camilo Cienfuegos está en Columbia; el comandante Ernesto Guevara está en La Cabaña, y el comandante Efigenio Ameijeiras ha de estar ya a estas horas en la jefatura de la Policía Nacional.
Aquí está el comandante Juan Almeida.
¿Paco Barrera dicen?  Bueno, es que la columna está repartida creo que por toda la provincia, y no es tan fácil encontrar a todas las tropas; ahí viene el pelotón “Mariana Grajales” también en la tropa.
Lo importante ahora es que estén donde estén, cada cual se dedique a cumplir con su deber; lo importante es que el pueblo tenga fe y confianza en esos hombres; lo importante es que esos hombres están hoy y estarán siempre al servicio incondicional del pueblo; que en esos hombres se puede tener la confianza que se tiene en un hijo, en un padre o en un hermano, porque yo, que los conozco bien, sé que son hombres incorruptibles y sé que jamás traicionarán a su pueblo.
Hemos hablado hoy con júbilo de los héroes de la Revolución, de los nombres más destacados, de la alegría de nuestro pueblo.  Faltan por decir algunas cosas y ahí vamos.  La zafra ya se sabe que a fines de mes a más tardar, de acuerdo con nuestros cálculos, habrá comenzado en la mayor parte de los centrales de la isla.  Iba a decirles, precisamente, que el pueblo no se puede dormir sobre los laureles; que el camino que tenemos por delante es un camino largo y duro; que la Revolución en su etapa constructiva no será un paseo; que por delante tenemos muchos intereses creados; que toda obra justa encontrará resistencia; que el enemigo agazapado, el enemigo en fuga, pero con cuantiosos recursos económicos tratará de poner en nuestro camino todos los obstáculos, se asociará con cuantos enemigos de Cuba pueda encontrar y estaremos en la obligación de mantenernos siempre alertas, siempre en guardia; que muchos peligros amenazan a nuestros combatientes, porque ahora ya no es el tiro que se dispara desde una trinchera, es el tiro alevoso y cobarde que se dispara desde una esquina, desde una azotea; que agotará todos los medios por sembrar la muerte entre los dirigentes de la Revolución, lo que no será en definitiva, tan difícil, porque nosotros nunca nos sustraeremos al contacto del pueblo, ni andaremos con escoltas ni haciendo ruido por las calles.  Será ese un deber que afrontaremos, sencillamente, como hemos afrontado todos los demás.
Es importante que el pueblo sepa desde hoy y comprenda que la Revolución no podrá ser tarea de un día, ni de dos, ni de tres; que nuestros males no encontrarán solución de la noche a la mañana; que será preciso trabajar mucho; que al igual que la guerra no se ganó en un día, que al igual que la guerra fue necesario ganarla poco a poco, paso a paso, pero firmemente con un solo propósito, el que concluyese solo con la victoria o con la muerte como reza nuestro lema, la Revolución tendrá que realizarse también paso a paso, poco a poco y sin otra divisa también que la del triunfo.
Vendrán ahora, porque es natural que vengan y es lógico que los esperemos, los demagogos, vendrán los oportunistas, vendrán los que no se sacrificaron a querer medrar a costa del sacrificio de los demás.  Vendrán los demagogos que no hicieron nada en las horas duras de la tiranía a sembrar el descontento, a sembrar la desconfianza, porque quien no tenga méritos solo encontrará el camino táctico para ellos de rebajar a los demás; aquellos que no gocen de la confianza de la nación se dedicarán a restar la confianza del pueblo en sus dirigentes.
Ponía un ejemplo de lo que es el demagogo.  El demagogo es aquel que si, por ejemplo, en estas circunstancias son fusilados en un pueblo 25 confidentes, o en una provincia, o en toda la isla se fusilan 100 esbirros, inmediatamente salen a predicar que la Revolución ha sido traicionada, que hay que matar 10 000, que por ahí no se llega a ninguna parte, que los chivatos andan por la calle.
Vendrá el ambicioso, los que no se preocupan realmente por la patria, los que no estén preocupados más que de sus ambiciones y de su vanidad personal.  Vendrán, incluso, los que dentro de las propias filas revolucionarias deserten del deber, los que se corrompan y, además, todos los obstáculos que una revolución tiene en su camino. Todos los peligros que una revolución tiene en su camino los tendremos que afrontar, tal vez amenazas extranjeras, tal vez agresiones extranjeras; pero frente a todo ello, hay, sin embargo, una inconmovible fe; la fe que nace de dos cosas: de la confianza que tenemos en nosotros mismos y de la confianza que tenemos en nuestro pueblo.
Porque nos sabemos leales, porque nos sabemos honrados, porque sabemos que jamás la tentación penetrará en nuestros corazones, que jamás nuestras manos se mancharán con dinero robado o con la sangre del crimen.  Como sabemos que no vivimos más que para un solo fin, porque sabemos que nuestro destino ha sido este, el de servir a nuestra patria y a nuestro pueblo, porque han sido muy grandes y muy profundas las emociones que hemos vivido, porque cuantas veces nos hemos reunido con el pueblo, hemos recibido ese aliento y ese cariño, que es el cariño que impulsa a los hombres idealistas, que los hace más firmes, que los hace más decididos.
Todos ustedes saben algo del cubano, que por las buenas se obtiene de un cubano mucho, que por las malas jamás se obtendrá nada de un cubano; que a quien lo quiere, quiere; que a quien lo trata con cariño, con cariño trata a quien así lo trata.  Que no devolvemos el bien por mal, que no odiamos a aquellos que simpatizan con nosotros; tal somos los cubanos, tal son ustedes, tal soy yo, tal son mis compañeros, y a ese inmenso cariño, a esas muestras extraordinarias de simpatía, más allá de todos los méritos que podamos tener nosotros, y que vuelvo a repetir que son muy pocos, solo pagaremos con un cariño y con una lealtad igualmente grandes.
De una cosa puede estar seguro el pueblo, cualesquiera que sean las vicisitudes; de una cosa puede estar seguro —sobre todo el pueblo humilde, el que necesita de la Revolución, porque es el que ha sido víctima de la injusticia; el pueblo humilde que es el que más necesita de nosotros, más que los ricos, más que los poderosos, aunque todos hayan recibido los beneficios de la libertad, porque la tiranía era igualmente odiosa para todos los cubanos de todas las clases sociales; pero la Revolución, sobre todo, ha de ser en beneficio de los humildes y de los pobres—, jamás le fallaremos.  Ciegamente pueden creer en los hombres que han hecho esta Revolución, que la continuarán haciendo, porque hay cosas que los hombres de honor, los hombres de sentimientos aprecian más que ninguna otra.
El ladrón es antes que nada un hombre que carece de dignidad y que carece de pudor, un hombre que al pasar por las calles no le importa que sus conciudadanos le digan:  aquel es un ladrón.  No le importa que su hijo oiga o lea que su padre es un ladrón, no le importa que su esposa oiga o lea todos los días que su esposo es un ladrón.  El ladrón, el traidor, el criminal es antes que nada un hombre que carece del más elemental pudor.  Los hombres de pudor prefieren la muerte antes de que se les señale.  Los hombres de pudor prefieren mil veces la muerte antes de que les llamen ladrón, antes de que sus hijos vean que les llaman y les pueden llamar, con razón, ladrón, o criminal, o traidor, o inmoral.
Nosotros, los que hemos tenido el inmenso privilegio de saber lo que es el cariño de un pueblo, nosotros, los que hemos tenido el inmenso honor de vernos aclamados por multitudes delirantes, que tienen fe en nosotros, es lógico comprender que prefiramos mil veces la muerte a venir un día por estas mismas calles y encontrarnos la indiferencia, el olvido o el odio de nuestros conciudadanos.
Duro ha sido luchar contra la falta de fe.  Aquí nadie creía en nada ni en nadie, porque muchas veces nuestro pueblo había sido traicionado; nuestra generación se encontró con una semilla de escepticismo, con una semilla de pesimismo.  Hoy de nuevo ha renacido en el pueblo la fe, de nuevo hay confianza en un grupo de hombres; aquellos que en otros tiempos la traicionaron, aquellos que en otros tiempos gozaron de la simpatía de las multitudes y después se resignaron tranquilamente a vivir en medio del desprecio público, aquellos hombres, aquel tipo de hombre, resulta inconcebible de acuerdo con nuestra manera de pensar.
Nosotros solo queremos una cosa, solo queremos poder siempre comparecer ante el pueblo, poder siempre comparecer ante la multitud, poder hablar con ella, rendirle cuenta de mis actos.
Dicen que las elecciones, por ejemplo, son difíciles, que se necesitan tales y más cuales tramites.  Yo creo que los hombres públicos deben estar en consulta permanente con su pueblo, basta venir aquí y reunirse con 10 000 personas para saber lo que el pueblo quiere.  Y lo que el pueblo quiere aquí es lo mismo que quiere en Camagüey, y lo que el pueblo quiere en Camagüey es lo mismo que quiere en Holguín, en Santiago de Cuba y en el resto de la isla, porque el pueblo es uno solo, y tiene un solo sentimiento y una sola opinión sobre todas las cuestiones.
Cuando nosotros queramos saber lo que quiere el pueblo, basta con venir a hablar con el pueblo.
El pueblo ahora, por ejemplo, se preocupa por la zafra, porque lo dice, porque cuando se habla de que la zafra empieza pronto, todo el mundo se alegra, luego esa es una preocupación del pueblo.  El pueblo se preocupa de que haya justicia, de que los esbirros y los confidentes sean castigados ejemplarmente.
Para saber lo que el pueblo quiere, no hay más que venir a hablar con el pueblo, y esa será siempre nuestra línea de conducta; y el día en que yo no pueda pararme delante del pueblo, el día en que no pueda discutir con el pueblo, ese día para mí habrá terminado toda misión y toda función de carácter público.
Nosotros no empezamos ahora, y solo puedo decirles que empezamos llenos de la intención de cumplir con nuestro deber; que lejos de pensar que todo está hecho, pensamos que todo está por hacer; que lejos de creer que vamos a descansar después de dos años de subir y bajar montañas y de combatir contra un enemigo que tenía todos los recursos, ahora tenemos que trabajar el doble y el triple; porque aquello de que para los revolucionarios no hay más descanso que la tumba es una gran verdad.
El revolucionario no viene al poder a disfrutar del poder, a pasear en Cadillac, a robar, a vivir en casas cómodas, a comer bien.  ¡No!  El revolucionario llega al poder a vivir igual o peor que antes, a ser tan pobre o más pobre que antes, a ser tan sufrido o más sufrido que antes.  El revolucionario no viene al poder a disfrutar de él, sino a ser más esclavo del pueblo, a seguir sacrificándose, en todas las formas posibles, y de eso estamos muy conscientes nosotros.  No nos alegramos de pensar en el privilegio que signifique tener hoy los resortes del poder en manos revolucionarias.  No, nuestro pensamiento vive solo puesto en que hay un deber que cumplir, en que hay un deber muy sagrado con los muertos, porque ellos están ausentes hoy.
Y no se luchó solo para derrocar la tiranía, se luchó para algo más, para sobre las ruinas de la tiranía edificar la nueva patria, que tiene que ser una patria distinta a la que ha sido hasta hoy.
El triunfo de esta Revolución es una reparación moral, no solo para los que han caído en esta lucha.  Pienso con satisfacción que el triunfo de esta Revolución será la realización no solo de los sueños de los hombres de nuestra generación, sino también de los sueños de la generación que se sacrificó en la lucha contra la tiranía de Machado y la realización de los sueños de nuestros libertadores que no están realizados todavía.
Si ha habido traidores en nuestra historia, podemos decir que en cambio también ha habido hombres leales.  Si otros olvidaron a sus muertos, podemos decir que nuestra generación no solo recuerda a sus muertos, sino a los muertos de todas las generaciones cubanas que anteriormente se sacrificaron por algún ideal.
¡Rendimos un tributo y lo seguiremos rindiendo no solo a los caídos de hoy, a los caídos de ayer, a los caldos de nuestras luchas de independencia, porque los mártires de la libertad, los mártires del progreso de su pueblo, los mártires del ideal, son los mismos de una organización que de otra, de una generación que de otra, de hoy como la de ayer, como la de antes de ayer.  Son hombres que han muerto luchando por un sueño, sueño que no se ha realizado, pero sueño que ustedes y nosotros vamos a realizar!  
No será esta la única reunión, aquí volveremos.  No nos iremos a vivir a la capital de la república; viviremos en toda la isla, porque estaremos siempre en todas partes.  Mi casa desde hoy, lo digo, es la casa de cualquier ciudadano, en cualquier pueblo de Cuba donde encuentre alberque, y tan pronto haya cumplido con las obligaciones más inmediatas en la capital de la república volveré.
Volveré primero que nada a la Sierra Maestra, ya no en plan de guerra, sino en plan de paz; ya no a pedirles sacrificios a los campesinos que nos sostuvieron en los días difíciles y que con nosotros soportaron las bombas y la persecución, sino a llevar algo, a hacer algo por ellos, a empezar a cumplir lo mucho que les hemos prometido, más que prometido, porque nosotros no prometemos, hacemos, y queremos hacer más que lo que prometemos. Vamos a empezar a hacer por ellos lo que ellos esperan de nosotros.
Más que deseos de ir a la capital, más que deseos, incluso, de ver a mi propio hijo, deseo ver de nuevo a aquellos campesinos después del triunfo; deseo ver aquellos rostros, aquella alegría inmensa que ha de invadir los corazones de aquellas familias que antes vivían bajo el terror de los geófagos; que apenas tenían derribada una parte del monte y con mil sacrificios habían podido hacer una finquita, venían los mayorales de los geófagos con la guardia rural y los expulsaban despiadadamente y en muchos casos hasta los asesinaban.  Por eso aquellos hombres se adhirieron a nuestra causa incondicionalmente.
Ya desde que las primeras tropas del Ejército Rebelde recorrieron la Sierra, se acabaron los desalojos y se acabaron los abusos de los geófagos con los campesinos.  Vinieron entonces los horrores de las tropas en operaciones, que asesinaron cientos de hombres inocentes y quemaron millares de bohíos.
Aquellos hombres están esperando por nosotros, aquellos hombres que tal vez en estos instantes piensen si volveremos, que tal vez hasta duden, porque siempre ha vivido nuestro campesinado en el temor al engaño, aquellos hombres tendrán la satisfacción de vernos pronto de nuevo en la Sierra Maestra.  Digo en la Sierra Maestra porque por algún lugar hay que empezar, y si por allí se empezó la Revolución, justo es que las reivindicaciones se empiecen por allí, y que las mejoras que se hagan en Oriente sean seguidas por las mejoras que se hagan en Las Villas, porque después de Oriente vino la Revolución a Las Villas; porque entre Las Villas y Oriente hay una estrecha vinculación, y ha existido en toda nuestra Guerra de Independencia y en nuestras luchas por la libertad.  En prenda de ello, el Ejército Rebelde mandó a esta provincia a dos de sus mejores comandantes, que atravesaron los llanos de Camagüey para llegar hasta aquí.
La vinculación entre las necesidades de los campesinos de la Sierra Maestra y las necesidades de los campesinos de Las Villas, es grande; lo que allá se haga es lo que se va a hacer aquí.
A lo primero que voy a tener el gusto de dedicar mi esfuerzo, junto con otras muchas cosas, es a hacer la primera ciudad escolar, con el propósito de que pueda albergar y educar, dentro de los más modernos sistemas de la pedagogía, no 100, ni 500, ni 1 000, sino 20 000 niñas y niños .  En algún latifundio —-que ya tengo pensado, de ciertos geófagos, porque por allá hay muchos— iremos a separar las primeras 300 caballerías que van a ser propiedad de la ciudad escolar.  La vamos a empezar a hacer solo con nuestro esfuerzo, con el trabajo de los reclutas revolucionarios, con el aporte del pueblo ; porque a todo el mundo le voy a pedir ayuda, un poquito a cada cual, para hacer esa primera ciudad, como un homenaje a la primera zona de Cuba donde comenzó la Revolución , y para poder ir haciendo lo mismo en las distintas provincias de Cuba.
No podemos decir que al mismo tiempo vamos a hacer las 10 ciudades escolares que hacen falta y que es un proyecto monumental, donde realmente se va a crear un tipo totalmente nuevo de hombre cubano, porque allí no va a recibir solamente una cultura general, sino que va a aprender a trabajar, va a recibir conocimientos técnicos y prácticos y va a producir lo mismo que va a consumir allí .  Es una de las primeras ideas que pensamos llevar adelante.
Ustedes saben cómo se ha constituido el gobierno, ustedes saben que a cada cual le ha tocado una parte de las funciones.  A nosotros en este momento nos ha correspondido una función muy importante, relacionada con los institutos armados de la república, pero yo no quiero concretarme a eso.  El hecho de haber estado con las armas en la mano combatiendo durante dos años, no ha de ser para privárseme del derecho de hacer otras cosas que no tengan que ver nada con las armas.
Mi problema no puede ser estar revisando tanques, cañones, ametralladoras, aviones y todas esas cosas.  Yo lo tengo que hacer ahora, y lo voy a hacer, porque esas armas son del pueblo y me interesa mucho que el pueblo esté en condiciones de defenderse de cualquier agresión, y tengo que hacerlo como un deber y porque tengo, además, la seguridad de que voy a inculcar en esos institutos armados el mismo espíritu que se inculcó en el Ejército Rebelde, que ha sido un ejército de verdaderos caballeros.
Pero quiero hacer otras cosas.  Yo no intervendré en otros problemas de gobierno, porque para eso esta el gobierno, con plenas facultades para actuar.  Y aquí no andamos con ambiciones ni con pretensiones de hacer creer que somos nosotros los que gobernamos, no señor.  Nos concretaremos a cumplir nuestras obligaciones en donde se nos señale; pero si tengo un especial interés en dedicarme también a ciertas realizaciones de tipo civil, porque vuelvo a repetir que el haber luchado durante dos años contra la tiranía con las armas en la mano, no debe ser para que se me prive del derecho de hacer algo por el pueblo y directamente en contacto con el pueblo.
Y lo primero pienso hacerlo en la Sierra Maestra, lo primero que pienso inmediatamente empezar a realizar, porque yo sé cómo se hacen las cosas.
Para hacer una empresa, por grande y difícil que sea, lo que hay que hacer es empezarla, como empezamos la guerra aquí cuando parecía que era grande y difícil.
Hacer una ciudad escolar para 20 000 niños no puede ser más difícil que derrocar la tiranía de Batista, que parecía bastante difícil.
Voy a empezar por ahí y por tratar de realizar otras muchas cosas en una zona determinada.  Yo no tengo facultades para hacer más, y hasta prefiero empezar haciendo poco, porque se va adquiriendo experiencia.  Todos nosotros somos hombres jóvenes, no nos vamos a creer que sabemos; no sabemos nada, lo que tenemos es que aprender mucho y actuar con buena voluntad.  El pueblo nos perdonará los errores, lo que no nos perdonaría nunca serían las sinvergüencerías, porque esas son las que no perdona el pueblo.
El pueblo sabe que lo que tenemos, por encima de todo, es honradez; que por el camino aprenderemos a hacer las cosas lo mejor posible, a hacer las cosas escuchando las opiniones de los que saben, poniendo siempre el oído al mandato y al sentimiento de nuestro pueblo.
Sí diría que el pueblo sabe, y, sobre todo, el pueblo cubano; el pueblo cubano sabe lo que quiere.  El gobernante que fuese capaz solamente de saber escuchar al pueblo, sería un formidable gobernante.  Consúltese la opinión pública y verá todo aquello que disgusta al pueblo, y al pueblo le disgusta lo que esta mal hecho; y todo aquello que alegra al pueblo, al pueblo lo alegra lo que esta bien hecho, porque tiene un sentido critico muy claro, y, por lo tanto, lo que quiero decirles es que ustedes y nosotros tenemos que seguir aprendiendo cada día, tenemos que seguir ganando experiencia.
No pienso que con la generación nueva en los primeros instantes todo sean aciertos; considero que habrá errores, hay que tenerlo presente, habrá errores.  Y no es lo mismo el error que la mala intención, el error queriendo hacer las cosas y no siempre hacerlas lo mejor posible; pero cada error se rectificará, se tratará de rectificar siempre, y les aseguro que de la misma manera que al principio nuestros oficiales no sabían nada de la guerra y, sin embargo, estaban dispuestos a ganarla —nuestros capitanes pues sabían muy poco: hacer una emboscada, disparar algunos tiros, hostigar al enemigo. No sabia lo mismo el Che, Camilo, Efigenio y Raúl cuando desembarcaron allá que lo que saben hoy; hoy saben lo suficiente para tomar cualquier fortaleza y se puede tener confianza en ellos—, los hombres que hoy empiezan a gobernar no sabrán lo mismo ahora ni tendrán la misma eficacia que tendrán dentro de seis meses, o que tendrán dentro de un año.  Eso lo comprende el pueblo bien, ¿verdad?  A nosotros lo que nos interesa es que el pueblo tenga presente esas cosas.
Les decía que vamos a empezar por nosotros.  Por lo menos, en lo que a mí se refiere, hay una cosa que sé que voy a hacer bien y es la reorganización de todos los institutos armados de la república.  Estoy seguro de que no fracasaré en eso, porque ya tengo experiencia sobre eso, porque he adquirido la psicología de los hombres que tienen las armas en la mano, y qué técnica y qué procedimientos hay que seguir con ellos.
Pero, además, como les dije, quiero hacer otras cosas, y lo que hagamos en la Sierra Maestra servirá de ensayo; si allí cometemos errores haciendo algún plan determinado, esos errores no se cometerán en otros lugares de la isla.  Las enseñanzas que allí adquiramos haciendo primero las carreteras, las hidroeléctricas para la corriente eléctrica para el campesino —pequeñas hidroeléctricas, no hidroeléctricas grandes, porque allí hay muchos ríos que se pueden utilizar con hidroeléctricas pequeñísimas, pero que podrían darle corriente al campesinado allí—, los caminos, la ciudad escolar, las experiencias, las enseñanzas que allí ganemos servirán para ponerlas en práctica aquí, por ejemplo, en la zona de Las Villas, o en el norte de la provincia, o en otros lugares.  Así que, incluso, las mejoras que traigamos aquí —en ese orden, porque naturalmente que el gobierno aportará una serie de mejoras inmediatas para el país—, la experiencia que los revolucionarios vayamos adquiriendo en nuestras primeras obras, servirán para las que después vayamos a realizar en el resto de la isla.
Un solo propósito nos mueve, un solo deseo, un solo impulso: trabajar.  Es una verdadera fiebre que hay de entusiasmo en todos nosotros; tal es que ni dormimos de día, ni dormimos de noche, y creo que ya se nos ha olvidado dormir y se nos han olvidado todas las demás cosas, se lo aseguro.
Y aquí ya se han variado todas las reglas.  Antes los mítines se daban a las 8:00 de la noche, a las 9:00, a las 11:00, ahora los mítines se dan a las 2:00 de la mañana, a las 3:00, son las 3:20 y aquí ni el pueblo ni nosotros descansamos nunca; pero eso es una buena señal.  Eso quiere decir que estamos en pie de guerra.  Eso quiere decir que ustedes y nosotros vamos a triunfar, vamos a triunfar en esta parte difícil que es la parte constructiva de la Revolución; que ustedes y nosotros, porque no descansamos y porque trabajamos las 24 horas del día, vamos a triunfar.  Con ustedes y con los 6 millones de cubanos que están hoy unidos como no han estado nunca, y esos 6 millones de cubanos van a afrontar todos los peligros, esos 6 millones de cubanos van a iniciar una ofensiva creadora que nada la podrá impedir, ni intereses nacionales, ni intereses internacionales, porque ahora somos libres de verdad, y somos libres por nuestra dignidad y por nuestro sacrificio.
Aquí no tenemos que pedirle permiso a nadie para hacer nada, aquí vamos a hacer lo que le convenga a Cuba en todas las circunstancias, y nuestro derecho sabremos defenderlo, porque yo creo en este pueblo como no se pueda creer en ningún otro pueblo.  Creo de tal manera en la dignidad y el honor de nuestro pueblo, que digo que a este pueblo hay que respetarlo, porque quien no respete a este pueblo, quien quiera arrebatarle su libertad, su soberanía o su derecho, tendrá que matar hasta el último hombre, hasta la última mujer y hasta el último niño.  Y porque así pienso de este pueblo, es por lo que reafirmo mi fe en el triunfo, es por lo que estoy seguro del triunfo, tan seguro hoy del triunfo de la Revolución en su tarea constructiva, como estaba tan seguro del triunfo militar del pueblo cuando desembarqué en la playa Las Coloradas.
Soy un hombre de fe.  Hemos triunfado porque creímos en el pueblo. Mientras otros se dedicaron a conquistar militares para dar un golpecito de Estado y que siempre estuviéramos dependiendo de los militares, de que quitaran y pusieran gobiernos, yo jamás fui a buscar a nadie para conspirar.  Fui a buscar al pueblo, me presenté ante los campesinos con unos cuantos fusiles; fui a buscar al pueblo para con el pueblo conquistar su libertad, y, gracias a eso, podemos decir hoy el grito con el que voy a terminar estas palabras y que es el grito que está en el corazón de todos nosotros, ¡qué viva Cuba libre! 
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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