julio 09, 2012

Discurso de Fidel Castro en la Ciudad de Santa Clara (1959)

DISCURSO EN LA CIUDAD DE SANTA CLARA
Fidel Castro
[6 de Enero de 1959]

― Versión taquigráfica de los oficinas del Primer Ministro ―

Pueblo de Santa Clara:
He venido a conversar con ustedes un rato.  Desde que el pueblo manda hay que introducir un nuevo estilo: ya no venimos nosotros a hablarle al pueblo, sino venimos a que el pueblo nos hable a nosotros.  El que tiene que hablar de ahora en adelante, el que tiene que mandar de ahora en adelante, el que tiene que legislar de ahora en adelante, es el pueblo; es el pueblo el que sufre, es el pueblo el que sabe lo que necesita, es el pueblo quien conoce los abusos y los atropellos que se han cometido contra él.
Por algo nuestra Revolución ha triunfado. Ha triunfado porque desde el primer instante el pueblo comprendió que se iba a derrocar la tiranía no para poner otra tiranía, que no se trataba de un cambio de hombres, porque hasta este momento, en los 56 años de casi república, el pueblo no ha gobernado nunca.  Yo no he oído decir otra cosa desde que era niño, no he escuchado de los labios del pueblo otra cosa que esta:  que todos son unos ladrones, que todos son unos sinvergüenzas, que todos roban, que ninguno se acuerda del pueblo, que el capitán tal es un abusador, que el sargento tal le entró a planazos al trabajador y al campesino tal, que el alcalde tal se robó tanto, que el representante tal se robó más cuanto, que el ministro tal puso en el ministerio a su prima, a su tía, a su abuela y a toda su familia ; que el otro ascendió, no porque tuviera capacidad ni mérito, sino porque era “amiguito” particular del ministro, del jefe del ejército, o del Presidente de la república; que Menocal se robó tanto, que Machado se robó más cuanto, que Batista se robó ni se sabe cuanto , y que Estrada Palma —que era honrado— lo primero que hizo fue mandar a buscar a los americanos cuando tuvo problemas aquí .
La gran verdad es una:  los problemas de Cuba no son tan complicados, los problemas de Cuba lo que necesitan es buena voluntad para resolverlos.  El pueblo de Cuba es lo suficientemente inteligente para decirles a los gobernantes lo que tienen que hacer.  Y, antes que nada —porque hay cosas que van antes que otras—, antes que nada, aquí asentar la república sobre bases tan firmes que jamás vuelva a haber una dictadura en nuestro país.
¿En qué ocasión anterior se había presentado esta oportunidad? ¿Cuando se vio en América que un pueblo desarmado como este, un pueblo que no tenía instrucción militar, un pueblo que no tenía un fusil y que tenía delante miles y miles de hombres organizados, con aviones, con tanques, con cañones, con fragatas y cuanto aparato de muerte se ha inventado...?    Y de repente este pueblo inerme, estos hombres y estas mujeres, estos jóvenes campesinos de la Sierra Maestra —guajiros la mayor parte de ellos—, estos estudiantes que abandonaron los libros y vinieron a manejar un fusil que nunca habían usado antes, estos combatientes gallardos de nuestra juventud, una juventud que no había visto más que malos ejemplos, y que es buena de lo buena que es , porque aquí nadie le había enseñado otra cosa que cosas inmorales, y al que no tenía una “botella” le decían bobo, y al que no robaba le decían que estaba perdiendo el tiempo —por no decir otras palabras que se empleaban por ahí— .
Y, sin embargo, esa juventud tiene que tener una calidad humana muy grande para haber realizado la proeza que ha realizado, de pura inspiración propia.  ¿Cómo será la juventud que va a venir después de la Revolución, la que vamos a educar con el buen ejemplo?  
Yo preguntaba que en qué país del mundo —no de América— en qué país del mundo se había visto que un pueblo inerme —como decía— le haya arrebatado a un ejército moderno hasta el último fusil.
Porque todas las armas, todos los cañones, todos los tanques, todos los aviones, todas las fragatas, y todos los fusiles están en estos instantes en manos del pueblo.  Y nosotros no haremos otra cosa que recibir y obedecer órdenes del pueblo.  ¿Por qué no he de creer que el pueblo sea el mejor gobernante, si creí —cuando nadie lo creía— que el pueblo era el mejor guerrero?  Y cuando todo el mundo decía que era una locura, que era un disparate, que nos iban a matar a todos, que pobrecitos nosotros, y hasta rezaban por nosotros porque ya nos consideraban exterminados, yo, sin embargo, creía que ganábamos la guerra.
Y cuando una tarde, después del primer revés, me vi con dos hombres y dos fusiles, y estuve 15 días antes de hacer contacto con mi hermano —que se apareció con otros cuatro hombres y cinco fusiles, y fueron siete en total los fusiles que volvieron a aparecer—, yo estaba tan tranquilo como estoy hoy, porque estaba seguro de que íbamos a ganar la guerra.  Sencillamente por una cosa, por una razón:  ¡porque creía en el pueblo! ; sabía que el pueblo se sumaría, sabía que el pueblo nos prestaría toda la colaboración posible, sabía que miles de jóvenes imitarían nuestro ejemplo, sabía que por cada combatiente que cayera se unirían cien más dispuestos a morir también.
Y esta provincia es testigo excepcional de ello, porque después de Oriente fue en Las Villas donde aparecieron los primeros grupos revolucionarios: del Directorio Revolucionario y del Segundo Frente Nacional del Escambray, y de los auténticos y de todas las organizaciones, porque todo el mundo tiene méritos y hay que reconocérselos; y nadie tiene derecho a negarle el mérito a los demás y a apropiarse del mérito de otros.
Yo sabía que el pueblo nos imitaría, y que el pueblo era invencible.  Y si este pueblo era invencible antes, cuando no había fusiles y no había la unión que hay hoy, ni la experiencia que hay hoy, yo quiero que me digan quién puede vencer hoy al pueblo de Cuba, y si no hay razón sobrada para sentirse optimistas.  Y si el pueblo, sin haber ido a las academias militares, sin haber ido a los campos de tiro a aprender como se maneja un fusil —aunque ahora todo el mundo va a aprender a manejar un fusil aquí; y va a aprender a manejar un fusil todo el mundo aquí, para que el Ejército de la Revolución no tenga 20 000 ni 10 000, sino tenga 6 millones de cubanos dispuestos a defenderla.  ¡Que por algo hemos demostrado que en Cuba hasta las mujeres pelean, y pelean bien y pelean a la altura de los hombres!  
Y yo decía que si el pueblo supo ganar la guerra, que era difícil, ¿por qué no va a saber gobernar ahora? El gobierno es difícil.  ¿Por qué?  Porque no se ha gobernado.  Es inexplicable que se haya gobernado durante tanto tiempo no para el pueblo, sino por encima del pueblo y contra el pueblo; que uno no se explica cómo ha sido posible gobernar durante tanto tiempo fuera del pueblo.
Antes el pueblo solamente en parte se preocupaba de estas cuestiones, su indiferencia por la política.  Antes, político —y mucha gente lo sabe, porque la política se había convertido en una palabra peyorativa; nadie quería que lo llamaran político, casi como nadie quiere que lo llamen hoy chivato, confidente, esbirro o algo de eso— , político quería decir ladrón, político quería decir hombre de poca palabra que lo prometía todo y no daba nada ; político quería decir compadre, porque la política que se hacía era a base de “compadre”; política quería decir “botella”; política quería decir compradera de votos; política quería decir que allí el que tenía 100 000 pesos podía salir, el que no tenía un peso, por muy honrado, por muy capaz que fuera no podía ser nada .
Y, otra cosa, si alguien había sido un gran ladrón, un ministro, que se llevaba 3 o 4 millones de pesos, no tenía que hacer otra que postularse para representante o senador, pues ya no había juez ni tribunal que le hiciera nada ; compraba su acta, y llegaba al Capitolio de representante, se sentaba allí entre sus congéneres —que eran tan parecidos como él en su mayor parte y tan ladrones como él—, y venía un suplicatorio de un juez para arrestarlo, y decían:  “No”.  Eran unos señores que vivían por encima de la ley en una república que se decía igualitaria y democrática y sin privilegios; esos señores tenían el privilegio de robar, de matar, de estafar, de traicionar, de hacer horrores, y no pasaba nada, no los podían juzgar.  ¡Esta era una república igualitaria y democrática donde estaba todo el mundo tan campante!  
Yo creo que eso solo era suficiente como para producir la revolución.  Porque vamos a ser francos aquí todos nosotros, que para eso estamos conversando de igual a igual: ustedes tienen parte de la culpa también, porque aquí venía un pillo y hasta lo aplaudían; caía un candidato descarado, sinvergüenza e incumplidor y sacaba tantos o más cuantos votos, ¿de dónde salían?    ¿Es o no es verdad que había gente que vendían el voto por cinco pesos?  ¿Y el que vende el voto no es tan malo como un chivato o como un esbirro? ¿Y por qué ustedes querían fusilar a los esbirros y se quedan tan campantes con la gente que vende el voto?
Los que corrompieron la política y los que vendían votos y los que compraban votos y los que dejaban que se compraran y vendieran votos, tienen culpa también de que haya venido la dictadura, porque se paró Batista allá en Columbia y dijo que esto era anarquía.  Y la corrupción y el robo y la inmoralidad que había, fue la causa de que incluso cuando se dio el golpe de Estado, mucha gente se quedara indiferente, un golpe de Estado que nos costó tanta sangre.  Pero los politiqueros y los ladrones son también culpables de la sangre que se ha derramado en Cuba.
Y eso, esas cosas que hemos estado viviendo y sufriendo, se tienen que terminar, porque para eso nos hemos sacrificado, se han sacrificado ustedes.  Ahora todo el mundo se interesa por la política, es lógico, porque aquí todo el mundo ha sido insultado por la tiranía.  Al que no le han dado un golpe le han dado una bofetada, al que no lo han insultado le han asesinado un hermano, un hijo, un pariente, un amigo, y al que no se lo han asesinado, se ha pasado siete años temiendo que se lo asesinen cualquier día, temor que ya desapareció por completo en nuestra Patria.
Por eso hoy todo el pueblo está aquí, porque el pueblo está muy interesado en los problemas de Cuba; y está aquí porque sabe que está gobernando ahora, está aquí porque sabe que tiene que decir la última palabra sobre todas las cuestiones.  Y que esta vez si fracasa el gobierno, es porque el pueblo quiere que fracase.  Para saber lo que piensa no hay que hacer unas elecciones todos los días, lo que tiene que haber es un mitin todos los días.  Y yo me atrevo a decirles lo que piensa el pueblo.  Lo que piensa el de aquí es lo mismo que piensa el de La Habana y el de Pinar del Río, porque somos un solo pueblo y todos pensamos igual y tenemos un solo pensamiento, unos con más entusiasmo, otros con menos entusiasmo.  Pero los problemas de una provincia son los problemas de toda la isla.
Y, por lo tanto, esta vez, el gobierno tiene que ser el gobierno del pueblo.  Aquí el que manda de ahora en adelante es el pueblo, y el pueblo tiene que ponerle fin a toda la sinvergüencería.  Y vamos a empezar aquí por los municipios:  se acabaron las “botellas”, los privilegios, los favoritismos , se acabó la bolita, se acabó el juego prohibido , se acabó el sargento que cobra cinco pesos, el capitán que cobra diez y el comandante que cobra veinte pesos por la bolita .
¿Qué hay que hacerle al rebelde que cometiera la indignidad de dejarse sobornar?    Yo creo que el rebelde merecería más castigo que nadie; porque si uno acostumbrado a hacer esas cosas las hiciera, todavía es una inmoralidad pero se concibe mucho mejor que en un hombre que ha luchado y ha cumplido un rol en una etapa tan heroica y tan hermosa de nuestra historia, y que después traicionara esos principios.  Con los rebeldes hay que ser más duros que con nadie para que no se malogren.  Y ustedes tienen que ayudarnos a nosotros a mantener elevada la moral del rebelde y no echar a perder al rebelde.
De la Sierra Maestra vienen conmigo 3 000 guajiros, armados, veteranos de la guerra de liberación, y van para La Habana, y con ellos se va a organizar la división blindada del nuevo ejército de la república, van a tener los tanques y los cañones.  Yo le pregunto al pueblo de Cuba si no estarán en buenas manos esas armas.
A esos hombres hay que educarlos; o sea, quiero decir, sacarles la calidad humana extraordinaria que tienen, de la inteligencia brillante que poseen, del sentimiento puro que alberga cada uno de ellos en sus corazones, y aprovechar el triunfo no para que se envanezcan, no para pensar que ya todo ha terminado, sino para empezar a mejorarse.  Yo les digo a los rebeldes que ninguno de nosotros sabemos nada todavía y que tenemos mucho que aprender.  Porque si ellos hicieron lo que hicieron sin saber nada, ¡cuánto no podrá esperar la patria cuando sepan más de lo que saben hoy!  
Y decía que con los rebeldes tenemos que ser más duros, para que no se malogren.  Los conozco muy bien, porque no en balde tuve una participación muy importante en la moral, en el espíritu caballeroso que se les creó a nuestros combatientes, porque lo que hicimos los primeros, fue lo que hicieron los demás.  Y como siempre se nos vio que a un herido no se le matara en el suelo, porque eso era una cobardía, como siempre se vio que al hombre rendido e indefenso no se le asesinaba, como nunca se escuchó una palabra de ofensa, porque no tiene mérito ofender a un hombre cuando está desarmado —y los que habíamos sufrido esas humillaciones en una estación de policía no podíamos ser capaces de hacerle eso a los demás— , llegó a convertirse en un sentimiento de orgullo y un honor, para cualquier jefe de las fuerzas rebeldes y para cualquier rebelde, hacer tres prisioneros y traerlos vivos allí, y coger los heridos y cuidarlos.  Aquello se convirtió en uno de los orgullos más grandes de nuestros combatientes.  ¡Y esa línea no fue violada en un solo caso durante toda la guerra!
Yo puedo referirme —por ejemplo— a una anécdota.  En cierta ocasión, después de un combate victorioso por nuestra parte, a raíz de la huelga del 9 de abril, fueron hechos prisioneros ocho soldados enemigos heridos —heridos y prisioneros, algunos no estaban heridos.  Un capitán nuestro —que hoy es Comandante.  No, él no es Comandante; fue el Capitán Angelito Valdés, que murió valientemente cuando la última ofensiva; su hermano es Comandante hoy, tan valiente como él y tan combativo como él— ocupó las armas, tomó prisionero a los heridos y a algunos soldados más, porque él había atacado por la retaguardia a la patrulla enemiga que había caído en una emboscada nuestra.  Recoge a los prisioneros heridos y los mete en una camioneta —eso era cerca de Estrada Palma—; de repente se le aparecen dos avionetas dándole vueltas.  Entonces él, como llevaba a los prisioneros, los dejó arriba del camión, y les dijo:  “háganles señas, háganles señas”.  Entonces él hizo como que iba para Estrada Palma, andando a pie los caminos para poderse marchar, y para llevarse a los heridos.  Llegó al Cerro Pelado, a cuatro kilómetros de Estrada Palma.
Se arrimó lo más posible a Estrada Palma, y la avioneta arriba.  Entonces, recogió los fusiles, con otros compañeros más, y se llevó las armas bajo el fuego de la avioneta.
En ese momento, las avionetas lanzaron granadas de mano sobre la camioneta, produciéndole la muerte a casi todos los prisioneros aquellos, a aquellos ocho.
Se corría entonces el rumor —que llegó a mis oídos—, de que el Capitán Núñez Verdecia había dado muerte a aquellos heridos prisioneros, a aquellos prisioneros.  Aquello me produjo a mí un sentimiento de verdadera angustia porque habiéndose portado valiente en el combate, y siendo un compañero estimado por todos nosotros, yo no podía hacer otra cosa que aplicarle el más severo castigo si hubiese violado nuestras normas, y sobre todo el dolor que me producía la posibilidad de que él tuviera la culpa.
Y empecé inmediatamente a investigar lo que había ocurrido, hasta que pude comprobar la verdad totalmente y sin la menor duda.  Pero hubo en aquel hombre unas palabras que valían más que todas las demás pruebas.  Cuando yo lo llamé y le dije: “Capitán Verdecia, he oído decir que lo que ocurrió allí fue que usted, cuando tuvo que abandonar la camioneta, mató a los prisioneros.  El entonces me explicó: “mire, dos hombres tuvimos que cargar los ocho heridos bajo el fuego de los aviones, íbamos delante, me hirieron” —porque lo habían herido—, “¿cree usted que en esas circunstancias yo me podía detener a matar a los prisioneros?  Pero, sobre todo, ¿cómo iba a matar a los prisioneros, si yo venía orgulloso con mi camioneta llena de prisioneros y de armas?” 
Y aquello siempre fue una verdad: el orgullo de los rebeldes era ser caballeros.  ¡Jamás se golpeó un prisionero!; algo más: ¡jamás se golpeó a un chivato!  Y, sin embargo, no hubo necesidad de hacer nada de eso para ganar la guerra.
Esto demuestra que si en medio de una guerra bélica, en medio de una guerra donde nosotros teníamos todas las desventajas, al enemigo, al espía, cuando había que fusilarlo se le fusilaba; pero jamás se le golpeaba, ni se le insultaba.  Si no fue necesario emplear procedimientos malos en medio de la guerra más adversa que haya podido librarse —como fue esta guerra en los primeros tiempos—, ¿qué necesidad puede haber en la paz de levantar la mano?  ¿Qué necesidad puede haber en la paz de torturar a nadie, ni de golpear a nadie, ni de insultar a nadie?  
Por eso yo sé que en el futuro nunca más un ciudadano será vejado por un agente de la fuerza pública, que nunca más un ciudadano será torturado, porque las medidas van a ser muy drásticas con el que haga mal uso de la autoridad; tampoco andar con fusiles por las calles; ahora sí, porque todavía quedan unos confidentes y que hay que mantener el orden hasta el momento de la consolidación de la Revolución.
El pueblo ha tenido que sufrir mucho la insolencia y los atropellos de los hombres armados.  En la calle no tiene que haber un fusil, los fusiles no sirven más que para intimidar a la ciudadanía.  ¿Qué es eso de un guardia rural con un machete, un revólver 45, un fusil, una canana, y todos esos andamiajes, como si estuviera en una guerra, en plena paz?  ¿Para meterle miedo a quién?    ¿Es que acaso para que el pueblo se comporte decentemente y civilizadamente, tiene que vivir bajo el miedo, tiene que andar un tipo con ametralladoras, fusiles y cananas, con la fuerza, como si se tratara de delincuentes o de presidiarios?  Cuando un militar no esté de servicio tiene que dejar el fusil en el cuartel; los fusiles están en los cuarteles.  Y en los cuarteles no van a estar solamente los fusiles de los militares, van a estar los fusiles del pueblo también, porque cuando haya que pelear, el pueblo también va a pelear.
Y hay que darle armas para que se defienda, porque el pueblo ha demostrado que sabe pelear, y sabe pelear mejor que cualquier soldado del mundo.
Tenemos que acabar con todas esas lacras y todos esos vicios, para empezar, porque después tenemos que continuar; esto no es nada más que para empezar.  Pero por lo pronto hay que darle una garantía al pueblo de que, en lo adelante, las armas estarán a su servicio; de que, en lo adelante, nunca más en su vida un ciudadano sin armas va a ser agredido por un ciudadano con armas, porque de ahora en adelante todos somos ciudadanos, nada de civiles y militares.
Y esa es la primera base de la Revolución.  Porque aquí, ¿qué pasó con el machadato?  ¿Que hubo una revolución?  Yo he oído a mucha gente hablar de la revolución, la revolución, pero ¿qué revolución?  ¿Qué pasó?  Pues pasó lo que quiso hacer Cantillo aquí el otro día, si nosotros le hubiésemos dado oportunidad; pasó porque el general Herrera, uno de sus generales, le dijo a Machado que se fuera y puso a un Carlos Manuel de Céspedes allí, un Carlos Manuel de Céspedes que instauró un gobierno allí, descolorido por completo.  Y entonces, ¿qué pasó?  Aquello no era una revolución, duró unos cuantos días nada más, y el 4 de septiembre vienen los soldados, se alzan contra los oficiales, y se quedan con el poder en la mano.  ¿Eso es lo que dicen que es revolución?  No.  Los sargentos se alzaron, apresaron a los oficiales y tomaron ellos el poder.  Tenían los fusiles en la mano, el pueblo no tenía nada; dejaron a algunos que siguieran con su revólver por la calle los primeros días, y después se los fueron quitando uno a uno.  ¿Y qué hicieron?  Que cuando el gobierno revolucionario llevaba tres meses, cuando el gobierno revolucionario empezaba a realizar su tarea, se reunieron sargentos —Pedraza, Batista y compañía—, y quitaron al gobierno revolucionario.  Once años estuvimos soportando a Batista aquí.  Dieron unas elecciones en el año 1944; después de la guerra mundial, hay una corriente de opinión internacional a favor de la democracia y Batista —no es que se vaya— se repliega; deja sus amigos en Columbia y en la Cabaña, esperó a que se desprestigiara un poquito el Poder Civil, y volvió, se instaló en Columbia y empezó a dar órdenes tranquilamente, ¡y se acabó!  Siete años de tiranía, ¡pero por fortuna los últimos!  Porque los hombres que van a tener los fusiles de ahora en adelante no son amigos de nadie.  Y yo empiezo por decir que no tendré más amigos que aquel que cumpla con su deber; que jamás apañaré abusos y sinvergüencerías.
¿Para qué queremos nosotros la fuerza si tenemos el pueblo?    Nadie debe albergar la menor suspicacia por el hecho de que a los revolucionarios, que a un revolucionario, se le haya encargado la tarea de organizar a los Institutos Armados de la República.  A nosotros la fuerza no nos interesará nunca, y les voy a decir por qué, y a mí en particular entre mis compañeros, y quiero aclararles, porque me interesa mucho aclarar mi posición.
Se me ha asignado la jefatura de los tres cuerpos de las Fuerzas Armadas, además del Ejército Rebelde, que era el que yo tenía bajo mi mando.  El propósito es hacer un nuevo ejército de la república, tarea que considero que puedo realizar, por la experiencia que he adquirido en estos dos años de lucha y el conocimiento que tengo de los hombres y el apoyo que tengo de estos combatientes.  La fuerza no me interesa, ni me interesan esas armas con ningún otro fin que servir a la república; y no es que lo diga, lo demuestro.  Les interesa tener el control de los aparatos de fuerza, o de las armas, a aquellos que no tienen pueblos, porque quieren entonces alcanzar el poder por la fuerza.  Quien tenga el pueblo —que es el soberano y es el que elige a los mandatarios de la nación—, no le interesará jamás la fuerza.  Y los que tenemos el pueblo —y lo sabremos mantener porque sabremos ser leales a él— no necesitaremos jamás la fuerza.  Y por otras razones no nos preocupa la fuerza, por la sencilla razón de que nosotros hace dos años y meses teníamos delante toda la fuerza de la dictadura y nosotros no teníamos ninguna; y, sin embargo, sabiendo que teníamos la razón, vencimos aquella fuerza.
Por lo tanto, lo que nos interesa, primero, es la razón; segundo, el pueblo; y en último término la fuerza para ponerla junto a la razón y al pueblo.
En estos instantes observamos uniformes con distintos brazaletes, pertenecen a distintas organizaciones.  Quizás sea un problema que nos preocupe a todos y les interese a todos conocer nuestro criterio y nuestras ideas al respecto.
En primer lugar, todos somos jóvenes, hemos combatido juntos, juntos hemos ganado la guerra, juntos podemos contar con el cariño de todo el pueblo.
Yo le voy a preguntar al pueblo si es que él prefiere brazaletes.  ¿Este pueblo a quien pertenece no es a la república? ¿Qué es lo que considero a este respecto?  Si somos iguales, ¿por qué no nos unimos todos en una sola cosa? ¿Por qué tiene que haber dos mandos, dos capitanías, y un ejército de uno, de uno y de otro? ¿Qué sentido tiene eso, si todos hemos luchado por la misma causa, y perseguimos el mismo propósito?  Yo particularmente eso es lo que pienso, y creo que toda la juventud debe vestir un solo uniforme; nada de brazaletes.  Vamos a organizar —por lo menos a los hombres armados—, vamos a organizarlos dentro del uniforme de la República y de todo el pueblo.  Los civiles —o mejor dicho— los ciudadanos que no tienen armas que se pongan el brazalete.  Yo no traigo ni una insignia, ni el brazalete.  Cuando no tenga una función pública, cuando no tenga una función que pertenezca a la República, me volveré a poner entonces si es necesario la insignia, o la insignia no porque no me la he puesto, ni el brazalete tampoco.  Los ciudadanos que no porten armas están en absoluta libertad de actuar, de hacer política, de organizarse donde estimen conveniente; los ciudadanos que porten armas deben vestir un solo uniforme, que no debe pertenecer a ninguna organización.  Y lo digo consciente de que la organización que yo fundara y a la que pertenezco —o perteneceré cuando cesen las funciones que hoy tengo— es mayoritaria.  Si fuera cuestión de saber quién tiene más, yo diría:  “que todo el mundo tenga su brazalete”.  Pero no se trata de eso.  Aquí todos debemos tener un deber muy sagrado por delante, y es velar por el destino de la república y por el interés de nuestra patria .  Nadie desconfíe de nosotros, porque si nosotros somos traidores, ya el pueblo se encargará de aplicarnos el castigo que merezcamos.  Para eso lo hemos enseñado.  La lección que le hemos enseñado al mundo entero de que aquí no puede haber dictaduras, que aquí no puede haber más régimen que el régimen democrático, el imperio de la ley de la voluntad soberana de la nación, esa lección que le hemos dado al mundo entero debemos ser los primeros en aprenderla nosotros.
Quien tiene fe en el pueblo no puede temer nada, ni dictadores, ni cosas por el estilo, porque el pueblo los saca de ahí, sencillamente, y se acabó.  Lo que sí estaría contra los intereses de la República es que no hubiera hecho nunca nada por la patria, no obedeciendo más órdenes que las de su propia organización.  Eso podría sembrar la anarquía, eso podría degenerar en gangsterismo, y eso fue causa de muchos males en la época de Machado.
La gloria de los revolucionarios, de todos los que han combatido, pertenece al pueblo y pertenece a la historia.  ¡Los muertos que han caído, cualquiera que haya sido su brazalete, pertenecen a la patria y pertenecen a la historia, no pertenecen a nadie!  ¡Los sacrificios que se han hecho pertenecen a la patria y pertenecen a la historia!  
Y yo estoy seguro de que ese es el sentimiento que vibra en los combatientes revolucionarios, en los bravos y gallardos combatientes que bajo un brazalete o bajo otro, combatieron aquí:  en el Escambray, en Cienfuegos, o en Santa Clara, o en Oriente.  Porque aquí vinieron a luchar dos columnas que se mandaron de la Sierra Maestra y ayudaron a los combatientes que estaban aquí en esta provincia, y murieron y pelearon junto con ellos.  ¡Lo que importaba era el triunfo por encima de todo!  Y yo sé que ese es el sentimiento que vibra aquí.
Y si la unión sincera aquí, en definitiva, de todos los elementos revolucionarios no se produce, no será por culpa mía.  Yo tengo nada más que esta seguridad: que trataré de ser todo lo justo que humanamente se pueda ser con los que han luchado, y todo lo considerado y todo lo reconocido que humanamente se pueda ser con los que han luchado.  Si esto no se lograra sería sencillamente por la ambición de algunos y de algunas, por la vanidad de algunos y algunas.  Y quien en esta hora gloriosa de nuestra patria, en esta hora grandiosa de Cuba —la más grande de toda su historia, porque por primera vez este pueblo es realmente libre—, pusiese su vanidad, sus cuestiones personales, por encima de la patria, no tendrá nadie que lo siga.  Quien actúe mal pierde a sus seguidores, quien actúe mal no le seguirá nadie, porque ningún combatiente de estos que han afrontado la muerte más de una vez va a estar dispuesto a seguirlo.
Eso es lo que pienso hoy, pensaré mañana y pensaré siempre; la verdad que estoy dispuesto a decir aquí y en todas partes, discutir aquí y donde sea necesario discutirla, delante del pueblo, que es el que manda .
Y cuando tenga una dificultad vendré a ver al pueblo y cuando tenga un problema vendré a ver al pueblo; y siempre agotaré hasta la saciedad los razonamientos, los argumentos, la persuasión, la diplomacia, ¡jamás la fuerza porque no será necesario nunca más usar la fuerza en nuestra patria!  Cuando tengamos una queja que exponer, vendremos al pueblo y la expondremos; si el que manda es el pueblo, y si el pueblo está dispuesto a actuar, como actuará siempre, con honradez y con justicia, el pueblo será quien diga la última palabra sobre todos nuestros problemas.
Es necesario que en esta provincia, donde lucharon combatientes de muchas organizaciones, estas ideas se expresen con toda claridad para que se conozca nuestro pensamiento.  ¡Nada de bendiciones!  Nosotros estaremos siempre dispuestos a una cosa: sacrificarnos en lo que sea necesario, trabajar por el pueblo.  Cualquiera pensaría que cuando nosotros bajáramos de la Sierra Maestra íbamos a estar encantados, porque se acabarían las lomas, el hambre, y la cosa es al revés:  yo les digo que allá en la Sierra dormíamos mas, comíamos más, y descansábamos más; y que aquí en el llano, yo les digo que aquí nadie duerme, por lo menos los que andan conmigo, pues es un viaje muy largo desde Oriente, en camiones, que no vienen en pullman ni en literas:  ¡parados!, sufriendo sed, pues por su número excesivo es muy difícil adquirir alimentos, y nadie duerme aquí.  Esta mañana, en Sancti Spíritus, a la una y media de la mañana, pues todo el mundo tirado a la calle a las cuatro de la mañana; el pueblo ya no tiene ni hora, ni de día, ni de noche.  ¡Sin que nadie haya dormido, sin que nadie haya dormido un minuto!  Salimos de allá por todos esos caminos, llegamos aquí, nos reunimos con distintos compañeros, hablamos con numerosos vecinos de aquí de este lugar, y volvimos aquí.  Y de aquí salimos, y el domingo llegaremos a La Habana, llegaremos a Pinar del Río, y ¡no duerme nadie aquí!  ¡Estamos dedicados a trabajar!
Hemos aprovechado este viaje, porque es un recorrido planeado no precisamente para dar estos actos; teníamos el recorrido, porque en aquellos momentos fue que comunicamos con el Comandante Ernesto Guevara, que fue el héroe de la batalla de Santa Clara, el líder, el dirigente, el jefe que dirigió la operación, con el apoyo de los demás núcleos que había en la provincia, y que todos pagaron un precio muy elevado de sangre.
Porque se comunicó conmigo, me decía que se dirigía hacia Santa Clara.  Por aquellos momentos estábamos nosotros preparando el ataque a Santiago de Cuba, y yo le respondí que antes de siete días pensaba estar en la provincia con una gran columna motorizada, que pensaba transportar un vehículo.  Posteriormente, se produjeron los acontecimientos del día primero de enero y se le comunicó al compañero Guevara, así como al compañero Camilo Cienfuegos, la orden de avanzar rápidamente.  El me dijo que le quedaban unos 300 soldados cansados, que los podía mantener un mínimo de hombres, y avanzar hacia La Habana.  Era urgente avanzar hacia La Habana y atacar La Habana, mientras nosotros atacábamos Santiago y otras fortalezas.
El recorrido tenía por objeto transportar la columna en apoyo de los compañeros que iban hacia la capital; yo pensaba pasar rápidamente.  Pero en eso se cae, mejor dicho: fue derrocada la tiranía, porque no se cayó: la derrocaron, al dictador y a los que quisieron sustituirlo; en un día se cayeron dos: Batista y Cantillo.
Ese era el objetivo del viaje.  Yo no tenía pensado hacer una marcha triunfal, ni mucho menos; me parece que eso estaría un poco fuera de lugar en este momento.  Yo me he detenido en los pueblos porque me han detenido en los pueblos, el pueblo.  Y no he podido hacer otra cosa que hablar con el pueblo, a pesar de que me parecía que era necesario que estuviésemos en La Habana cuanto antes, y todo el mundo sabía que necesitábamos estar en La Habana cuanto antes; pero ya veníamos en este recorrido, y no podía menos que atender el deseo del pueblo de hablar con nosotros y de saludar a los combatientes del Moncada.
Ese ha sido el origen de estas reuniones.  Pero he querido aprovecharlas —visto de que se reúnen en todos los pueblos gran cantidad de compatriotas, y visto que la prensa se ha interesado mucho por divulgar nuestro pensamiento—, para ir aclarando una serie de ideas fundamentales. No obstante, el cansancio y el exceso de trabajo no nos permite organizar nuestras ideas debidamente; no nos deja siquiera un minuto libre antes de cada comparecencia ante el pueblo.  A través de los distintos actos hemos ido, sobre todo, sembrando en nuestros compatriotas esta idea, porque la Revolución ha triunfado firmemente, porque la victoria del pueblo ha sido total, y que de ahora en adelante el pueblo comprenda lo que ha obtenido; que no se trata de que haya triunfado el movimiento tal o más cual, que el pueblo comprenda porque tiene que darse cuenta de que ha triunfado él.  Y, por lo tanto, no se trata de que me digan a mí o a los demás compañeros que tenemos una gran responsabilidad sobre los hombros, sino soy yo el que le digo al pueblo que tiene una gran responsabilidad sobre los hombros, porque tiene la responsabilidad de gobernar la república.
No se puede dejar confundir, no se puede dejar engañar.  Porque vendrán los demagogos, vendrán los oportunistas y vendrán los descarados a querer confundir al pueblo.  ¿Quieren unir al pueblo?  Lo que tratarán es de dividirlo, lo que tratarán es de engañar.  Y si ustedes castigan a 10, dirán que es muy poco, que había que castigar a 30; y si usted castiga a los 30 dirá que es mucho, que había que castigar a 10, que es un crimen.  Porque siempre habrá razones que exponerle a la gente, de enfrentar sus sentimientos y confundirlo, pero el pueblo tiene que estar muy alerta.  Por fortuna el pueblo tiene un gran sentido crítico y un poder de adivinar quien es demagogo y quien no lo es.  Si yo les preguntara aquí, de ciertos personajes conocidos: ¿fulano de tal qué tal es?  “¡Ese es un sinvergüenza!”  Si preguntara de otra persona, dirían: “ese es un hombre decente, serio, noble, bueno”; porque nos conocemos todos aquí y conocemos los sentimientos de todos.
El pueblo tiene que estar muy alerta, no puede creer que en un día vayamos a resolver todos los problemas, que ustedes y nosotros vayamos a resolver los problemas de Cuba.  Les voy a decir más: vamos a equivocarnos más de una vez, porque nosotros no tenemos que ser infalibles; empieza el pueblo a gobernar y puede equivocarse.
Cuando empezó la guerra nosotros no sabíamos nada de guerra, y tuvimos los primeros reveses, y ni Camilo Cienfuegos ni Ernesto Guevara, ninguno de esos compañeros en aquella época sabía tomar ciudades ni mucho menos, sabía hacer una emboscada chiquitica a los soldados y nos teníamos que conformar con eso .  Pero fueron aprendiendo día a día, mes tras mes, y hoy se les puede mandar a tomar cualquier ciudad, porque son ya verdaderos militares, y hombres capaces de llevar a cabo cualquier objetivo militar.  ¡Aprendieron!
De los ministros jóvenes que están señalados, yo les puedo decir una cosa: están llenos de las más sanas intenciones del mundo.  Ahora, que se pueden equivocar, porque nunca han sido ministros, y nadie nace sabiendo ni aprende las cosas al nacer; se van a equivocar, se los advierto.  Pero sí les aseguro que van a aprender sobre la marcha, y les aseguro que esta generación va a dar formidables gobernantes como ha dado formidables guerreros.  Lo que hay es que darles oportunidad, poner los revolucionarios a trabajar, todo el que quiera.  Y si algo puedo hacer por la gente joven, cualquiera que sea la organización, que me venga a ver.  Porque tenemos que hacer por los revolucionarios lo que sea necesario, y saber, sobre todo, que en este momento pertenecemos al pueblo.
Y pueden tener la seguridad que si en este sentido no se ha avanzado más, no es culpa nuestra; y si culpas hay, que se sepan en el futuro, cuando llegue el momento de que se sepan, porque a esta hora debíamos estar más unidos los revolucionarios, y que no hubiera estas dificultades de si tomó el Capitolio, de si tomó Palacio.  ¿Dificultades por qué?  Y en esta hora, cuando tenemos que estar todos muy unidos, y vuelvo a repetir que culpa nuestra no ha sido ni será, porque con José Antonio Echeverría fui como un hermano; con l me uní en Miami, allí suscribimos el pacto y siento que no esté vivo, porque aquel muchacho era todo espíritu santo, todo amabilidad, todo lo que se merece.  Siento profundamente, siento profundamente que haya muerto, porque aquí hacía mucha falta en esta hora y porque aquí estaría abrazado conmigo el compañero José Antonio Echeverría.
(ALGUIEN LE DICE: “Dígame algo de Hubert Matos; estoy desesperado por saber de él”).  Hubert Matos está en estos momentos transportándose con la Columna 9 hacia Camagüey, donde se le da el mando del Regimiento aquel, ahora Regimiento de la Revolución.
(ALGUIEN DICE: “El y el hermano de Fidel que no sabemos de él).  ¿El hermano de Fidel?  Está en Santiago de Cuba, en el Cuartel Moncada.
Y como sé que hay un desinterés extraordinario en esta juventud, una moral extraordinaria en esta juventud, la juventud revolucionaria se unirá toda como está unido el pueblo, que es lo que hará grande y feliz nuestro destino.  Tan grande es el desinterés de la juventud en esta hora, que les voy a decir una cosa a ustedes: nadie quiere ser ministro; al revés de la política, que todo el mundo está aspirando, que todo el mundo aspira, usted agarra a un compañero de muchos méritos y le dice: “Oigame: el Presidente quiere que usted sea ministro”, y le dice:  “no, no, yo no quiero”.  Llama a la gente para que sea alcalde y nadie quiere ser alcalde, y es increíble, es extraordinario el desinterés de nuestra juventud, que para que un señor sea ministro haya que darle una orden, haya que obligarlo a ser ministro.
Y creo que eso lo dice todo: por poco no hay ni Consejo de Ministros, ¡nadie quería ser ministro!  ¿Alcaldes?  Costaba un trabajo tremendo para encontrarlos; nadie, ningún combatiente quería ser alcalde.  Sin embargo, yo estoy seguro de que si ustedes van allá, a ciertos círculos, de los que no han hecho nada en esta Revolución, y llama a la gente para ser ministros, se le aparecen doscientos.  Porque el que no se sacrifica, el que no se sacrifica ese es el que quiere recoger los frutos.
Y esto para mí ha sido una lección más, porque todos los días se aprende algo nuevo.  Y eso de ver que nadie quiere ser nada aquí, no como en los mítines en la política, que todo el mundo quiere estar en la tribuna para venir a meterle cuatro mentiras al pueblo; y tratándose de un mitin revolucionario, hay que obligar a la gente a que venga a hablar, hay que ir a hablar.  ¿Se puede concebir espíritu más puro y más desinteresado en nuestra juventud, en nuestros revolucionarios?  ¿No es como para tener fe en ellos?  ¿No es como para creer en el destino de nuestra patria después de todo lo que estamos viendo?  ¡Eso es lo que hay!
Quiero, al continuar mi ruta hacia la capital, dejar en mis compatriotas y en mis compañeros de Revolución —cualquiera que sea el brazalete—de esta provincia, la seguridad de que triunfaremos, la seguridad de que los hombres que han hecho esta Revolución están inspirados en las mejores intenciones del mundo, y que serán leales, porque somos leales con los que son leales a nosotros, queremos a los que nos quieren.  Así somos los cubanos, así somos todos, así somos todos nosotros.
Esa confianza y esa fe es nuestra: la que ustedes tienen en nosotros y la que nosotros tenemos en ustedes.  Nosotros seguiremos adelante, pero ustedes quedarán aquí con la seguridad de que siempre tendremos el pensamiento puesto en nuestro pueblo y que ustedes tendrán la confianza y el pensamiento y la fe puesta en sus triunfos.  Hacía tiempo que la fe había muerto en nuestra patria.  Duro tuvimos que luchar para despertarla en el pueblo, porque ya nadie creía en nada ni en nadie.  Y a nosotros nos dejaron esa herencia.  Veníamos a trabajar, queríamos derrotar a la dictadura, íbamos a buscar dinero.  Y a veces pedía uno con la certeza de que aquel a quien le pedía dinero se quedaba pensando que uno era un pillo, que lo que quería era lucrar con la Revolución; porque había habido muchos pillos.
Porque todos no somos iguales.  Y estos revolucionarios no iban a ser como los revolucionarios aquellos de “pacotilla” que tiraron cuatro tiros cuando Machado y se pasaron veinte años diciendo que eran revolucionarios, y que les dieran “botellas” y que les dieran puestos.
Estos revolucionarios de hoy sí que no quieren ni que les paguen nada, porque los dos años que han estado peleando, los seis meses, el año o el año y medio, eso no se lo va a cobrar nadie a la república; nosotros no vamos a cobrar sueldos, ni pensiones, ni cosa que se les parezca.
Aquí no importa que no haya dinero, o que los prófugos de la dictadura se lo hayan llevado casi todo.  Lo que sí hace falta es trabajo, y nosotros estamos dispuestos a trabajar lo que sea necesario sin cobrar nada, como hemos estado peleando hasta ahora.
Esta juventud no defraudará a la patria esta vez; estos revolucionarios, porque lo son de verdad, porque han tenido que luchar muy duramente, no andarán diciendo: “yo soy revolucionario”, sino: “ya el pueblo lo sabrá”.  Y el que se aparezca haciendo alarde de lo que hizo, posiblemente ese no hizo nada, porque el que hizo algo, no hace alarde.  Ni pensará caer en los ministerios como una plaga a pedir “botella”, ni a andar con una pistola al cinto exigiendo cosas.
Y los estudiantes, que tanto han contribuido a la Revolución, no llevarán su fusil allí a la universidad para ponerlo en el pupitre, al lado del profesor para pedirle que le den buena nota; dejarán el fusil en el cuartel o en su casa —en su casa no, en el cuartel que es donde tienen que estar las armas de los revolucionarios—, irán a estudiar allí, ¡a estudiar de verdad!  
Nadie irá a pedir la nota a título de que fue un héroe, porque tiene que ser allí también héroe no solo en el campo de batalla sino también allí, estudiando y actuando en concordancia.  Mientras más grande sea su mérito como combatiente, más obligado está con el pueblo, y más obligado está con su conducta.
Y no aparecerá aquello que apareció cuando Machado, que salieron los pseudorrevolucionarios a pedir que les regalaran las notas y les regalaron los títulos, porque esos les hacen daño a la patria.  Cursos breves, facilidades para que los que perdieron uno o dos años los recuperen, ¡sí, eso es justo!    En seis meses se puede estudiar lo que se aprende en un año, y la mejor prueba es que casi todos los estudiantes estudiaban en dos meses lo que tenían que estudiar en un año y sacaban buena nota.
Pero a estudiar para capacitarse, porque lo que la república necesita no son sacadores de notas, falsos graduados, sino verdaderos graduados y hombres capacitados, porque esta es la hora en que se podrá poner al servicio del país toda la capacidad de nuestro pueblo.
Y los estudiantes tendrán derecho a pedir no que les regalen materia de examen, sino que les busquen buenos textos y buenos profesores.  No habrá más huelgas porque les quiten un capítulo más o menos, porque esas huelgas lo que dan es vergüenza, y no creo que ningún revolucionario esté de acuerdo con eso.  Que si hay una huelga es porque el profesor no viene a clases y les está haciendo perder el tiempo, que si hay una huelga es porque los libros de textos no sirven, que si hay una huelga es por reclamar mejores programas y mejores sistemas de enseñanza.
La reforma del sistema de enseñanza en Cuba es muy necesaria.  Tenemos a toda la juventud estudiando bachillerato, y cuando terminan no se pueden ganar la vida en ninguna parte porque no tienen un título.
Yo he dicho muchas veces que el bachillerato es un kindergarten para mayores a donde los padres mandan a los muchachos porque no quieren que anden por la calle haciendo otra cosa, pero que no se aprende nada allí; allí la cosa es elemental, pero nada útil y nada práctica.  Lo que le hace es perder criminalmente a la juventud cinco años.
Yo considero que hay que reformar completamente los sistemas de enseñanza.  Lo que hay que hacer es una comisión de los cinco o seis mejores pedagogos de Cuba y hacer un estudio cabal de nuestro sistema de enseñanza, y adoptar planes de estudios ajustados a las necesidades de nuestra patria y a las necesidades industriales de un estado moderno, en el siglo XX, y no un método de enseñanza anacrónico por completo.  Eso es lo que deben demandar los estudiantes.
Y ahí tienen un ministro joven, que está precisamente para escuchar todo esto.  Los estudiantes pueden obtener cuantas reformas útiles sean necesarias hacer en nuestro país, con el auxilio de los hombres más capacitados en la materia.  Y creo que esa debe ser una de las tareas inmediatas de los revolucionarios, porque el revolucionario debe cumplir con su deber dondequiera que se encuentre: si es estudiante en la universidad, si es obrero en el taller, si es campesino en el campo, si es profesional frente a su profesión, ¡porque es la hora de que todos cumplamos con el deber! , sobre todo porque nuestro país, nuestro pueblo, necesita superarse.
Aquí hay que lanzar un programa de alfabetización.  Aquí no debe estar nadie, ningún maestro tranquilo mientras haya un ciudadano que no sepa leer ni escribir, porque es una vergüenza.  No puede ser un ciudadano consciente de todos sus derechos, un ciudadano plenamente útil a su patria aquel que no sepa leer ni escribir.  Hay que acabar con el analfabetismo de raíz para que todo el mundo sepa y conozca sus derechos; y sobre todo, porque el que no sabe leer ni escribir, ¿quién es?  El hombre pobre, el hombre humilde, el hombre que más necesita de la Revolución.
Porque los poderosos, los que tienen grandes recursos económicos, esos sí saben, van a las escuelas de aquí, a las escuelas de fuera de aquí, y el infeliz hijo del obrero y del campesino no sabe y es víctima entonces de la explotación y del engaño.
Ahora es cuando la Revolución tiene que empezar, ahora; se acabó la guerra y empieza la tarea conflictiva; ahora es cuando tenemos que lanzar nuestras columnas revolucionarias hacia la toma de todas aquellas posiciones que la Revolución debe trazarse como meta, hacia todos los objetivos en el campo de los obreros, en el campo de los campesinos, en el campo de los trabajadores y en todos los sectores de nuestro país donde hay muchas injusticias por reparar.
Porque lo que en esta hora no se consiga para nuestro pueblo, no se conseguirá jamás; porque lo que en esta hora revolucionaria no se obtenga, cuando todo es pureza, cuando todo es desinterés, no se obtendrá mañana, en que los intereses, las ambiciones y las vanidades comenzarán a asomarse por todas partes.
En esta hora pura de la Revolución es cuando la Revolución debe dar su más extenso paso, es cuando la Revolución debe lograr sus mayores avances.  No quiero decir en un día, lo repito; no quiero decir que ahora mismo, que mañana, que antes de 24 horas, estén resueltos todos los problemas, pero que en esta etapa del Gobierno Provisional es el instante en que la Revolución debe alcanzar sus mayores objetivos, porque ahora —ahora en este momento—, es el momento más propicio para demandar y obtener las principales conquistas que ha estado reclamando nuestra patria.
Y esto se hará automáticamente.  El juego al prohibido esta automáticamente abolido, la “botella” está automáticamente abolida; todo eso.  Las libertades ya están restablecidas, se acabó el terror, se acabó el miedo, hay libertad de prensa, hay derecho de reunión, derecho a todo, a todo en materia de libertades.  Pero ese no es más que el primer paso, vendrán cosas más complicadas.
Ahora tenemos los problemas de la zafra, los problemas de los salarios, los problemas de conseguir trabajo para todo el que esté desempleado, la asistencia a las víctimas de la guerra, la construcción de viviendas a los campesinos, a los obreros, empezando por las que quemaron los esbirros de la tiranía, que las quemaron por centenares en los campos de batalla.  Ahora comenzarán esas etapas, cada una de ellas más compleja que la anterior.
Una serie de cosas se han obtenido radicalmente apenas se derrocó la tiranía; las otras debemos obtenerlas laboriosamente.
Como muchas veces nos volveremos a reunir, porque no será esta la única vez en que espero tener el honor de que me reciban los villaclareños, vendré aquí como a todos los lugares de la isla cuantas veces pueda y estén dispuestos ustedes a escucharme o hablarme.  Yo no andaré con escoltas, ni con cordones a mi alrededor ni mucho menos, yo vendré aquí pase lo que pase cuantas veces sea necesario y me reuniré con el pueblo porque para eso estoy aquí.  Y no me importarán absolutamente nada los riesgos personales, porque si yo por cuidarme no puedo hablar con el pueblo, ¿para qué entonces me metí a ser revolucionario?    Y sobre todo porque tengo la convicción de que aquí nadie es imprescindible, y que la Revolución tiene suficientes valores, que ya pueden los enemigos de la Revolución matar a cuantos líderes revolucionarios quieran, que ya aparecerán cincuenta más.
Y, por lo tanto, aquí lo que hay que hacer es trabajar y cumplir con el deber mientras tengamos energías, mientras tengamos aliento y mientras tengamos vida.  Y yo estaré en perenne contacto con el pueblo, y digo y repito que quien manda es el pueblo, y digo y repito que el Gobierno Revolucionario y nosotros no recibiremos órdenes nada más que del pueblo.
Y que esta vez, compatriotas, los sacrificios no han sido en vano, que nos cabe a esta generación la honra de hacer útil la sangre derramada no solo por los hombres de esta era, sino la sangre derramada por las generaciones anteriores y que, sin embargo, nunca vieron convertidos en realidad sus sueños . 
¡Nuestra generación y nuestro pueblo harán realidad los ideales de todas las generaciones anteriores, los ideales de nuestros mambises, cuyos sacrificios hasta hoy habían sido en balde, porque la patria que teníamos estaba muy lejos de ser la patria que ellos soñaron!  
El tirano ha huido cobardemente, y con la tiranía será arrasado no solo el terror, no solo el crimen, sino que serán erradicados de nuestra patria las causas que los originaron, las inmoralidades y las lacras que hicieron posible la permanencia durante siete años de un régimen tan criminal y oprobioso.
¡Hay que trabajar para hoy y para mañana, para esta generación y para las generaciones venideras!  ¡Hay que sentar sobre bases firmes el futuro grandioso de la patria!
Y nunca, en ninguna ocasión anterior, pudo sentirse un pueblo con más legítimo derecho a tener la fe y la esperanza que tiene hoy, porque lo digo con orgullo —y es lo que dicen todos estos periodistas que vienen de fuera, es lo que dicen cuantos hombres de América nos visitan—, ¡el pueblo de Cuba, con su gesto heroico, le ha dado un ejemplo al mundo entero!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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