julio 12, 2012

Discurso de Fidel Castro en el acto para la constitución del Comité de Defensa de la Revolución de los Trabajadores de la Construcción (1961)

DISCURSO EN EL ACTO PARA LA CONSTITUCION DEL COMITE DE DEFENSA DE LA REVOLUCION DE LOS TRABAJADORES DE LA CONSTRUCCION, EN EL DISTRITO METROPOLITANO DE OBRAS PUBLICAS
Fidel Castro
[6 de Abril de 1961]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Trabajadores de la construcción:
Nos alegramos mucho de este acto de hoy. Ya era hora de que tuviéramos una reunión como esta; ya era hora de empezar a prestarle atención a este sector obrero, de valorarlo como se merece y de exaltar, tanto delante del país como delante de los obreros de este sector, la importancia del trabajo que realiza.
Los trabajadores de la construcción, en realidad, constituyen un sector donde más se ha tenido que sufrir las consecuencias del desempleo. ¿Por qué? No solamente porque los afectaba directamente, sino también porque todo el que estaba sin empleo venía a buscar empleo en la construcción.
¿Y qué ocurría? Que los que tenían por profesión ese trabajo, los que adquirieron experiencia y conocimiento en la construcción, los que tenían en esa actividad su medio de vida, se veían constantemente bajo la presión y la competencia de la enorme masa de desempleados que había en el país.
No era fácil resolver ese problema. Y en los primeros meses del Gobierno Revolucionario, cuando todavía la Revolución no tenía organización suficiente, cuando todavía los planes económicos en el campo y en la ciudad no habían adquirido el desarrollo de hoy, al encontrarnos en el poder con cientos de miles de hombres sin trabajo, en la ciudad y en el campo, y no teniendo de repente otro medio u otro recurso para resolver ese problema, fue necesario invertir grandes cantidades en la construcción para aliviar el desempleo.
Es decir que la Revolución misma, la propia Revolución no podía, en los primeros meses, hacer nada por aliviar precisamente aquella competencia. Sí les podía garantizar trabajo a los de la construcción, pero tenía que acudir también a ese tipo de actividad para resolver el problema de decenas de miles de hombres que no tenían trabajo. Es decir que un mal crónico en nuestro país, el desempleo, lesionaba grandemente los intereses de los propios obreros de la construcción, que así veían dividida la tarea entre ellos y entre un número incalculable de hombres que no tenían otro medio de vivir y que estaban gravitando sobre ese sector.
Pero no solamente afectaba a los obreros de la construcción el desempleo en sí que existía en el país, había otro mal endémico consecuencia del atraso económico de nuestro país, y que consistía en la constante emigración de los obreros del campo hacia las ciudades. Se producía un movimiento grande del campo hacia la ciudad. En el campo no había trabajo, las tierras estaban sin cultivar; el monocultivo roía como un cáncer la economía de los campesinos; el tiempo muerto los obligaba a permanecer largos meses sin trabajo y, naturalmente, cuando venía el tiempo muerto, a veces sin tiempo muerto, una masa enorme de hombres del campo se dirigía a la ciudad.
¿A la ciudad a qué? En el campo no tenían nada, no tenían tierras, no tenían trabajo; no les permitían sembrar muchas veces ni siquiera en la guardarraya, y entonces iban a la ciudad. ¿Pero la ciudad qué les garantizaba? Tampoco les garantizaba gran cosa; pero les garantizaba la esperanza de encontrar algún empleo en alguna obra, o trabajando por su cuenta, vendiendo billetes o vendiendo cualquier cosa por la calle.
Y era así como las ciudades se iban nutriendo de esas masas sin trabajo del campo, que a su vez afectaba el empleo en la ciudad. De ahí que en muchos pueblos se observaba un crecimiento de los barrios de las afueras de la ciudad, donde comenzaba a aparecer un bohío tras otro.
¿Por qué se iban formando esos barrios prácticamente de indigentes? Era el éxodo del campo hacia la ciudad, y allí se formaban esas enormes masas de desempleados, causa de muchos males y de muchas dificultades, causa, en fin, de que hombres que tal vez habrían podido cursar su vida por un camino útil para su país, terminaban muchas veces en el robo, arrastrados por el hambre; terminaban en la delincuencia, terminaban, en fin, en cualquier cosa. Y no solo padecían ellos esas consecuencias, sino que las padecían sus hijos y las padecían también sus familiares.
Esas masas de niños que pululaban por las ciudades, sin padres, o sin autoridades que se encargaran de ellos, que pedían limosnas y que se dedicaban a esa vida bohemia y terrible en que miles de niños han vivido, todo eso era consecuencia de un solo gran mal: el subdesarrollo económico de nuestro país que generaba esas masas enormes de hombres y mujeres sin trabajo. Y si bien eso afectaba al país en general, no afectaba tanto a un sector obrero de trabajo sistemático todo el año, de trabajo habitual no eventual. Es decir, el obrero de una industria no afectaba al trabajador de la construcción.
La Revolución no podía siquiera plantearse, en los primeros meses, la solución de aquellos problemas. Hoy, afortunadamente, se observa un fenómeno a la inversa: un gran éxodo de la ciudad hacia el campo, y nuevamente aquella masa humana que rodeó a los pueblos de un cordón de bohíos, está regresando a trabajar en las cooperativas y en las granjas del pueblo. Además, ha aumentado extraordinariamente el trabajo en el campo con las construcciones escolares, con las construcciones de viviendas y, en fin, con todas las obras que se están haciendo en la agricultura. Y eso hace que se vaya, por ejemplo, a la zona de San Cristóbal y se encuentren allí 400 obreros de la construcción de La Habana que precisamente fueron a trabajar allá; se encuentran en muchas obras del interior de la república a obreros que habitualmente trabajan en la capital.
Es decir que el desempleo en el campo ha desaparecido virtualmente en muchos sitios, y es extraordinario cómo en tan breves meses se pueda hoy visitar a distintas localidades donde al principio abundaban los hombres cruzados de brazos y sentados en los parques, y se les pregunte: “¿Qué pasa, no hay trabajo?” Y le dicen: “No, falta mano de obra, falta mano de obra en esta zona, falta personal”; y nos hayamos visto obligados, en muchos casos, a buscar recursos de la ciudad, y enviar estudiantes de la tecnológica a realizar en tiempo oportuno una gran siembra de aguacate, o a enviar 500 milicianos con toda urgencia a la zona de Mantua, para abonar allí las 1 000 caballerías de eucalipto que la Revolución ha sembrado en aquella región, mientras llegan de Oriente 1 000 Brigadas Juveniles de Trabajo Revolucionario a realizar aquellas tareas.
Y es extraordinario e impresionante, a la vez que alentador y satisfactorio, comprobar ese hecho, viajar por enormes extensiones, kilómetros y kilómetros, que hace apenas un año estaban llenas de marabú y de manigua, y ver allí cómo hoy brota la riqueza de esas tierras anteriormente perdidas para el trabajo humano y para la economía del país.
Ese es un hecho cierto que nos permite empezar a encauzar por senderos de organización y de seguridad a los trabajadores de la construcción, porque en estos instantes el número de obreros de la construcción excedente es reducidísimo. Esa es precisamente la base que nos permite hacer estos planteamientos que el compañero Ministro de obras Públicas ha hecho en el día de hoy.
Durante la primera etapa de la Revolución se asignaban créditos con el solo objeto de dar empleo, de ayudar a los desempleados, con el solo objeto de aliviar esa situación tanto en la capital como en el interior de la república. Se observa de manera gráfica la disminución de la presión sobre las obras en el interior de la república, y para saber cuál es el grado de empleo en cualquier región de Cuba, basta conocer cuál es el grado de presión de personas que van a solicitar trabajo en determinadas obras. Y en realidad, esa presión ha ido disminuyendo de modo extraordinario.
En aquellos días, aquellas inversiones constituían una solución a un mal que requirió dos años de Revolución para aliviarlo por otros caminos productivos. Y, en realidad, se juntaban dos cosas: por un lado, la idea de que había que gastar para dar trabajo, y, por otro lado, la idea de que Obras Públicas era un departamento donde había que trabajar lo menos posible, y donde en realidad no importaba trabajar.
Veníamos de un mundo en el cual no existía para el obrero ni razón ni incentivo para producir. “¿Qué me importa que esta obra cueste dos veces más?, ¿qué me puede interesar a mi ahorrar 100 000 pesos, si esos 100 000 pesos se los van a robar los contratistas, y si no se los roban los contratistas se los van a robar los políticos, o se los van a robar los generales? ¿Por qué voy a poner 50 ladrillos más o 100 ladrillos más si, en primer lugar, cuando esta obra se acabe, me voy a quedar sin trabajo, y en segundo lugar, lo que yo ahorre aquí va a servir para que ellos compren más Cadillacs y vivan mejor?”
¿Cómo podía exigírsele a un obrero de la construcción que rindiera?, ¿cómo podía exigírsele, con qué moral podía exigírsele?, ¿quién podía exigírselo? Y ocurría, además, otra paradoja todavía más absurda: que cuando no se trataba de una, obra de carácter público, sino de carácter privado, el obrero rendía más. Y aquello servía para que los elementos reaccionarios y conservadores que en los primeros meses de la Revolución el Gobierno se vio en la necesidad de utilizar, aunque no fuese más que para que atravesasen ese período necesario para que ellos mismos se desenmascararan ante el pueblo, ese hecho servía para que aquellos elementos reaccionarios, y entre ellos y en primerísimo lugar ese fatuo, envanecido, y ese farsante que ocupó la dirección de este ministerio en los primeros meses (ABUCHEOS), hoy allá al servicio de sus amos sirviendo los intereses de la contrarrevolución, nosotros recordamos cómo ese hecho de que hubiese una mayor producción en las obras de carácter privado se utilizase como argumento frente a nuestros planteamientos de que había que ir a las obras por administración, frente a nuestra constante insistencia de que un obrero trabajando para la Revolución y un obrero trabajando para el pueblo, lógicamente debía rendir más que trabajando para enriquecer a un particular.
Pero, ¿qué ocurría, tradicionalmente? Que el contratista particular, o que trabajaba para un particular, le exigía a ese obrero; posiblemente el funcionario no le exigía. Y el obrero atendía esas exigencias. ¿Por qué? Porque aquel obrero tenía interés de garantizarse de alguna manera un trabajo permanente para él, y trataba, como único recurso, de hacer méritos frente a aquel contratista, para que cuando aquel contratista fuera a otra obra, lo llevara también a esa obra.
Eso, en realidad, no me lo ha explicado nadie, pero comprendo, meditando sobre ese particular, que esa era la única explicación, o mejor dicho, una de las explicaciones. Porque en las obras públicas existía la inmoralidad, el robo, la“botella”, y el obrero no podía sentir ningún incentivo. Nadie lo apuraba, y aunque lo apuraban, aquel obrero nadie le garantizaba un trabajo permanente. Y en las obras, aunque si bien trabajaba para enriquecer a otro, aquellos señores contratistas trataban de estimular a ese obrero con esa esperanza. Y, además, porque naturalmente el obrero no tenía garantías de tipo social, y podía ser despedido tranquilamente por uno de aquellos contratistas.
Claro, ese hecho, que tiene su explicación en estas razones que estamos dando, servía a los elementos reaccionarios para argumentar a favor del contratista, argumentar a favor de los constructores privados, y contra los constructores públicos. Nosotros no cejamos en insistir y en exhortar para que las obras de carácter público fuesen sustituyendo paulatinamente a las obras de carácter privado, y a los intermediarios contratistas en la construcción.
Pues bien, hemos arribado al momento en que a los obreros de la construcción se les puede hablar. Hemos llegado al momento en que el obrero de la construcción puede comprender perfectamente la coincidencia de sus propios intereses con los intereses públicos.
Era absurdo desde todo punto que una obra le costase al Estado lo que había que pagar en materiales, lo que había que pagar en salarios, más lo que debía ganarse un señor contratista. Era absurdo que una obra del Estado, para el pueblo, una escuela, un hospital, un puente, un camino, una playa pública, el pueblo la tuviese que pagar más cara y el obrero tuviese que trabajar y rendir para que los frutos de ese esfuerzo por rendir más sirviera solo para engrosar los bolsillos de un señor particular.
Y así, una obra presupuestada en 100 000 pesos, el contratista trataba de que los obreros rindieran más, de gastar menos material, y que costara entre salarios y materiales 60 000 o 70 000 pesos, para él obtener un margen de 30 000.
¿Quién no comprende que si la nación, es decir el pueblo, porque el pueblo es quien crea las riquezas, el pueblo es la única fuerza capaz de crear riquezas, el pueblo trabajador, con su esfuerzo, con su energía ... ¿Quién paga, sino el pueblo trabajador?, ¿quién paga, sino la nación, cuando hay que gastar 100 000 pesos en un hospital, en una escuela, o en un camino?, y cuando se pierden 30 000 pesos, ¿quién los pierde, sino el pueblo? Y si esa obra que cuesta 100 00 pesos se puede hacer por 70 000, ¿para qué deben servir esos 30 000 restantes?, ¿para comprarse cuatro máquinas, para comprarse una casa en la playa, para irlo a gastar a París? No, si en esa obra se ahorran 30 000 pesos, ¡deben servir para hacer otra escuela, otro hospital u otra playa!
Eso es tan evidente y es tan lógico, que resulta de todo punto imposible que un hombre honrado no lo comprenda; y si algo caracteriza a los hombres humildes del pueblo es precisamente su honradez.
Era hora en que se pudiera explicar con absoluta claridad a un obrero que el rendimiento en la construcción iba a ir en beneficio propio, que retardar una obra a fin de mantener el empleo más tiempo, por inseguridad en el trabajo, naturalmente que lo perjudicaba a él y perjudicaba a la nación. Lo perjudicaba a él, y si no a él a otros obreros o a él, después que se terminaba más tarde o más temprano, aquella obra, porque se agotarían los créditos, y al pueblo porque con lo que podría haberse construido dos obras para su servicio, se habría construido solamente una obra.
El desnivel en el rendimiento en algunas circunstancias alcanzaba cifras verdaderamente penosas. Y los rendimientos fluctuaban entre un rendimiento normal, la mitad del rendimiento, la tercera parte del rendimiento normal o el doble del rendimiento normal en el trabajo.
Otra de las causas que producían el desaliento entre los obreros de la construcción era la idea de que terminada aquella obra tendría que esperar varios meses para tener trabajo otra vez; y así las obras avanzaban rápido al principio, y después avanzaban con mortal lentitud en la última etapa. El obrero no quería dejar ese taller, porque eso significaba que, finalizado aquel trabajo, él tendría que levantarse una mañana y encontrarse con que no tenía trabajo, regresar a su casa al mediodía y encontrarse con que no tenía el sustento que llevar a su familia.
Si ese problema no desaparecía, era imposible encontrar un estimulo poderoso para aumentar el rendimiento. Habían desaparecido algunas de las razones para no trabajar con el máximo de esfuerzo; había desaparecido, por ejemplo, el contratista intermediario en muchas ocasiones; había desaparecido el robo; ya aquel obrero no se podía sentir desalentado al pensar que lo que él ahorraba poniendo tantos más ladrillos iba a servir para enriquecer a un particular o iba a servir para que los políticos se robaran el fruto de aquel esfuerzo. No, esas causas de desaliento habían desaparecido, pero perduraba otra causa de las varias causas del desaliento; es decir, la inseguridad en el trabajo, la inseguridad de encontrar taller tan pronto concluyera una obra.
Es cierto que se le explicaba al obrero los problemas económicos del país, es cierto que se le explicaba al obrero su deber de rendir más, pero aquel obrero muchas veces, puesto en la disyuntiva de hacer un esfuerzo para rendir más y la idea de estarse dos o tres meses sin trabajo, optaba por situarse del lado de su interés, o del lado de su interés familiar, o su interés personal. Es decir, que hacía falta encontrarle una solución también a ese problema, y la solución a ese problema tampoco se podía encontrar en aquellos meses en que no existía el desarrollo que hoy existe en el campo, ni el aumento de empleo que hay en el país, y en que la construcción era el sector a donde venia a parar todo el que se encontraba sin empleo y donde muchas veces el rendimiento de un obrero veterano en la construcción era disminuido por el rendimiento de aquel que llegaba sin experiencia o que llegaba sin amor a aquel trabajo, que estaba realizando sencillamente porque no tenía otro empleo.
El trabajo de la construcción es un trabajo realmente duro, y es un trabajo para hombres fuertes, es un trabajo para hombres duros. Y ese hombre, pues, debe ser un hombre que se sienta con condiciones, se sienta con energías y se sienta con vocación para realizar ese trabajo. A ese hombre hay que darle seguridad en el trabajo.
Pues bien, hemos llegado al momento en que se puede y se debe contemplar ese propósito. Con lo enumerado anteriormente no se agota el capítulo de problemas en la construcción. El compañero Osmany explicaba otra parte de los males, los que se referían no ya al obrero, sino a aquellas personas encargadas de dirigir y ejecutar las obras.
Naturalmente que, además de los contratistas, además de los robos administrativos, males que habían desaparecido; además de la inseguridad, había otro mal en la construcción de que hablaba el compañero Osmany, el mal de la burocracia. Pues bien, ya estábamos en una época donde no había contratistas, donde no había robos administrativos, donde ya se comenzaba a lograr cierta seguridad en el trabajo, pero todavía quedaban causas de desaliento, ¿cuál desaliento? El desaliento de un obrero que sudaba trabajando desde que llegaba a aquel taller con el pico, con la pala, o con la paleta o con el serrucho, o con lo que fuera, y aquel obrero veía que mientras él se esforzaba trabajando, había cierta gente con mejores ingresos que él, que sin embargo se pasaban todo el día sin hacer nada....
Eran tantos los males, que desaparecían varios y quedaban varios, y ese obrero decía: por qué yo seré el que tenga aquí que trabajar más, por qué este señor será tan afortunado que no tiene que hacer absolutamente nada, cuyo trabajo es tan simple y sencillo que lo podría realizar una jovencita.
Es decir, el desaliento que produce cuando uno está trabajando y ve que hay otro mandando a uno, que no trabaja.... Obedecer siempre es duro, obedecer siempre por lo general no nos gusta a los seres humanos y obedecer es un problema de conciencia, un problema de necesidad social, un problema de orden. Y porque tenemos que vivir trabajando en sociedad, y porque no se concibe esa vida sin un orden y sin una disciplina social. Pero cuando hay que obedecer a aquel a quien consideramos que no tiene moral para mandarnos se nos hace entonces más duro y más amargo. Obedecer cuando hay que obedecer en el trabajo a quienes no se esfuerzan en la misma medida que uno, se nos hace más duro cumplir esa orden.
Ello no quiere decir que si un obrero de la construcción se encuentra con alguien que no tiene moral para mandarlo, y él está trabajando allí y es un obrero consciente, tenga que desobedecer esas órdenes; no hay derecho a desobedecer ni siquiera esa orden, por una razón, porque ese obrero comprende que hay intereses que están por encima de él mismo, hay intereses sociales que están por encima de esas circunstancias amargas; que aquel hombre si bien para él es amargo obedecerlo, por encima de él está el interés social, por encima de él hay intereses mayores y hay cuestiones más importantes; que los males no se remedian desacatando esa orden en ese momento, que los males no se pueden remediar por esa vía y que incluso, a veces es necesario esperar meses y a veces años, y hay males respecto de los cuales hemos tenido que esperar casi medio siglo.
Esos males hay que resolverlos precisamente por ese contacto y esa relación entre la masa del pueblo, entre la masa de los trabajadores y los hombres que dirigen a esos obreros; por el contacto entre los representantes de esos obreros y los hombres que tienen la máxima responsabilidad en el trabajo social: esos males hay que resolverlos por la vía que los estamos resolviendo, por la vía de elevar la conciencia de todos, la conciencia del obrero, la conciencia del funcionario; por la vía en que lo estamos resolviendo, descubriendo donde están las fallas, cuáles son las causas de esas fallas e ir a eliminar los vicios y las razones que obstruyen un mayor rendimiento y un esfuerzo más útil de los trabajadores.
Quiero decir con esto que hay que obedecer, incluso cuando personalmente nos resulte amargo, porque la solución no se puede encontrar por el camino de desobedecer a aquel funcionario, la solución hay que encontrarla por las vías que las estamos encontrando en estos momentos. Esa era otra causa, causa que también será eliminada; mas podemos o estamos en condiciones de eliminar absolutamente todas las causas que han obstaculizado un mayor rendimiento de los trabajadores. Hemos podido eliminar una gran parte de esas causas, pero nosotros no estamos en condiciones de poder repentinamente, en el momento en que lo deseemos, eliminar todas las causas.
Hay otros problemas que ustedes comprenden, la construcción es un problema complejo, que no depende solo del obrero que allí realiza los trabajos más duros, sino que también depende de una dirección técnica. Y aquí, ¿qué ha pasado en nuestro país y por qué? Pues ha pasado que los técnicos eran por lo general personas que se habían alejado mucho del pueblo, personas que se habían alejado mucho de los intereses del pueblo, profesionales universitarios en los cuales el país hizo grandes inversiones, profesionales universitarios que tuvieron el privilegio que no han tenido ustedes, bien en algunos casos excepcionales por esfuerzos personales muy grandes o por lo general como ocurría, porque tenía algunos medios mejores o mayores para estudiar, para llegar a la enseñanza secundaria y de ahí a la universidad, y obtener una carrera, es decir, capacitarse como técnico competente para proyectar y para dirigir una obra determinada, que requería, como lo requiere hoy, la industria, como lo requiere hoy la construcción, conocimientos profundos en muchos órdenes.
Pues bien, aquel profesional universitario, que por razones de procedencia social y además por aquel ascenso que lo iba separando cada vez más en la distancia y en los sentimientos del pueblo, una vez graduado en la universidad utilizaban todos aquellos conocimientos adquiridos en virtud del orden social donde desenvolvía sus actividades, orden social en que el dinero y la riqueza ocupaba el primer lugar en la escala de los valores humanos y sociales, y aquel hombre se dedicaba a trabajar para él, fundamentalmente para sus intereses y en su mente se divorciaba cada vez más su interés del interés social, y armados con aquellos conocimientos y aquellas ventajas que habían recibido en la universidad se dedicaban como profesionales, por lo general, a adquirir fortuna, y así ocurría que muchas veces un médico que se iba a un central azucarero de médico, terminaba en propietario de una finca de 40 o 50 caballerías, y ya no era un médico, es decir, ya no era un profesional dedicado con amor a trabajar por el pueblo y a ganarse un sustento decoroso y a ganarse un sustento que le permitía, incluso, el disfrute de muchos bienes, pero adquiridos prestándole servicios, para lo cual se había preparado en la universidad, sino que se dedicaba a criar ganado, a sembrar caña, en vez de ejercer precisamente su profesión de médico.
De médico se había convertido en un latifundista, o en un mercader, sencillamente. Y en la misma medida en que dejaba de ser médico para ser latifundista, se iba alejando cada vez más del pueblo, y ya no era aquel médico salido de las aulas universitarias para ir a aliviar el dolor de un hombre humilde del pueblo, para ir a salvar una vida, para ir a servir a sus semejantes. Era el interés de un dueño de finca preocupado por obtener mayores ganancias, y que para obtener mayores ganancias debía tratar de pagar lo menos posible.
Y he ahí a un médico matando de hambre a un obrero agrícola, sencillamente porque él como médico podía pensar que aquel hombre necesitaba proteínas, que aquel hombre necesitaba una vivienda higiénica, que aquel hombre necesitaba una alimentación adecuada. Que seis hijos no se alimentan con un salario miserable; que los niños descalzos se enferman de parásitos, que los niños desnutridos padecen toda clase de males.
Pero el médico en aquel momento no pensaba como médico que conoce los males del organismo y conoce las deficiencias que vician la salud de cualquier ser humano, sino que aquel médico se había convertido en latifundista; y como latifundista lo que le importaba no era cuántos litros de leche o cuántos pares de zapatos podía llevar a su casa, sino como latifundista lo que le interesaba qué ganancias le iba a dejar a fin de año aquel cultivo o aquella colonia.
Creo que al afirmar estas cosas sin ánimo de ofender a nadie, no estamos sino diciendo sencillamente una verdad que no podría rebatirse. Y la Revolución es precisamente la hora de la verdad, y la Revolución diciendo verdades ha marchado hacia adelante.
Y lo mismo ocurría con un arquitecto, o con un ingeniero. Su misión era utilizar esos conocimientos para beneficio social; su misión era construir puentes, o construir carreteras o construir viviendas. La nación le había pagado los estudios... muchos dirán que fue su padre, y nosotros diremos que sí, si su padre era un trabajador su padre le pagó sus estudios, pero si su padre era latifundista, no fue su padre, sino que fueron los obreros los que le pagaron los estudios.
Y los obreros, es decir, los hombres que trabajan en el país, del trabajo productivo de esos obreros salían los sueldos que se pagaban a los profesores, salían los recursos con que se sostenían las universidades, y aquel hombre graduado de arquitecto o de ingeniero, le ocurría en muchos casos como al médico, que sus intereses personales lo iban divorciando cada vez más del interés social; su deber como arquitecto era construir viviendas y cuanto más baratas mejor, y cuanto más completas aquellas viviendas, cuanto más sólidas, cuanto más higiénicas, mejor; construir techos donde una familia pudiese vivir decentemente, donde los niños pudiesen tener condiciones de vida higiénicas; su deber como arquitecto era construir para el pueblo y ganarse su sustento, ganarse su vida sirviendo también al pueblo. Ese era su deber como técnico.
¿Pero qué ocurría? Que al estar armado de esos recursos, al tener relaciones con los bancos, el poder disponer por relaciones de tipo familiar o por el prestigio ganado ya como técnico, poder disponer de créditos en los bancos, ocurría que ese arquitecto terminaba en propietario de uno o de varios edificios de apartamentos, y venia a resultar exactamente lo mismo que con el médico. Su deber era hacer casas, como arquitecto su deber era hacer casas para el pueblo, como arquitecto él sabia cuáles eran los tipos de viviendas ideales, como arquitecto él sabía que una casa necesitaba ventilación, como arquitecto él sabía que una familia necesita y desea vivir en una vivienda decorosa y, además, pagar por esa vivienda una parte pequeña de sus ingresos, porque si paga esa vivienda a un alto costo, lo que le va a quedar para ropa, zapato y alimentos de sus hijos es muy poca cosa.
Como arquitecto debía preocuparse cuando iba a un barrio de indigentes, su sensibilidad de hombre culto y de hombre capacitado para construir debía sentirse profundamente herida en presencia de un bohío miserable, o en presencia de un barrio donde no hay calles, donde no hay alcantarillado, donde el agua potable se junta, muchas veces, con el agua impotable, donde la basura y la podredumbre rodean al ser humano; como técnico que aprendió a construir, como hombre cuya profesión era esa, debía sentirse profundamente dolido y triste al ver la situación en que vivían cientos de miles de familias.
¡Ah!, pero como propietario de edificios de apartamentos, su interés era otro muy distinto; como propietario de edificios de apartamentos lo que le importaba a él no era que aquella familia dejara de vivir en un bohío, o en un campo rodeado de podredumbre, lo que le importaba no era que aquella familia pagase una parte módica de sus ingresos, como propietario de edificio de apartamentos lo que le importaba era al final de año obtener las mayores rentas posibles, aunque las familias siguiesen viviendo en los pantanos, o pasando hambre.
Y así los técnicos preparados para servir al país se divorciaban del país, se divorciaban del pueblo, y se dedicaban a trabajar en beneficio de intereses innobles que estaban en contradicción con los intereses del pueblo.
¿Qué tanto de culpa tenían? Al analizar la culpa de esos técnicos, su culpa en realidad es relativa. ¿Y por qué es relativa? Porque en el orden social en que vivían, en la sociedad en que vivían, necesariamente un buen técnico iba a parar a esa situación, porque aquel hombre hacía lo que hacían los demás; aquel hombre se ajustaba a aquel medio de explotación, a aquel medio inhumano, a aquel medio egoísta, en medio del cual había crecido y se había forjado su mente.
El medio social tiene una influencia determinante en la conducta de los hombres, y en aquella sociedad de explotación y de robo, los técnicos terminaban siendo explotadores. De ahí lo difícil que resulta cuando tiene lugar una revolución en el país, y cuando ese país necesita de técnicos, lo difícil que resulta que esas mentalidades se adapten a una situación de justicia, se adapten a una situación donde la explotación esté llamada a desaparecer. De ahí lo difícil que les resulta renunciar a aquellos sueños que albergaron cuando ya prácticamente desde los primeros tiempos de su profesión pensaban en acumular grandes riquezas, organizar grandes fortunas, convirtiéndose de técnicos en propietarios, y de hombres que habían sido capacitados para servir al país en hombres que utilizaban esa capacidad para explotar al país. Esa es, sencillamente, la explicación del porqué hay técnicos que abandonan la Revolución; esa es la explicación del porqué hay técnicos que desertan; esa es la explicación del porqué hay técnicos que trabajan con desgano, y miran con rencor a una revolución que ha puesto sus ojos en los intereses del pueblo, y miran hasta con odio a una revolución que les impide hoy la posibilidad de hacer una fortuna.
¡Qué distinta la actitud del obrero! ¡La vida ha sido hasta hoy tan injusta para los obreros! Pienso en la vida de ustedes, pienso en la procedencia de ustedes; dónde nacieron, qué recursos tuvieron de niños para vestirse, para alimentarse, para estudiar. La vida fue dura con ustedes; la vida, que no fue dura para esos hombres que hoy se marchan del país con sus conocimientos, fue en cambio dura para ustedes, en la niñez, en la juventud.
Ustedes no tuvieron la oportunidad, muchos de ustedes, de ir a un centro de enseñanza técnica, de llegar a la enseñanza secundaria, de llegar a la universidad para ser hoy ingenieros. ¡Yo tengo la seguridad de que una gran parte de ustedes, la inmensa mayoría de ustedes, nació con tanta o más inteligencia que la inteligencia con que pudieron haber nacido muchos de esos señores que después fueron a la universidad!
Miro a algunos obreros, hombres ya maduros, y pienso que ellos también pudieron haber sido magníficos arquitectos y magníficos ingenieros, si hubiesen tenido una escuelita al lado, una familia que les hubiese podido sufragar sus estudios, una beca para poder estudiar en la segunda enseñanza, en la universidad. Ustedes, ¿por qué no son ingenieros?; ustedes, ¿por qué son obreros que trabajan con el pico y la pala, en vez de ingenieros? Porque tuvieron que vivir con mucha estrechez; porque no tuvieron oportunidades para estudiar; porque quizás desde muy jovencitos tuvieron que empezar a trabajar para ayudar a sus hermanos, para ayudar a sus padres. Esa es la pura verdad.
Y durante toda la vida han estado trabajando sin saber de la vida más que del trabajo, del sacrificio, del sudor, del esfuerzo duro que se requiere para picar piedras, para poner ladrillos, para trabajar en una obra de construcción. Toda la vida trabajando y no solo la inseguridad en el trabajo, no solo los salarios miserables, no solo la explotación, no solo los precios elevados artificialmente para engrosar fortunas particulares, sino ¡cuántas otras muchas humillaciones!
¿Cuál era la suerte de un obrero que, sencillamente, por ser obrero no tenía seguridad, no tenía acceso para él ni para sus hijos a una playa? Y si además de un obrero era un obrero negro, por el solo hecho de ser negro sencillamente le impedían también llegar un día a un centro de diversión, a una playa.
Y así, la discriminación injusta que establecía diferencias entre los hombres, por una sencilla cuestión de que unos eran de un color y otros de otro color, diferencia y discriminación estúpida y odiosa. ¡Qué dura ha sido la vida con los obreros, qué injusta ha sido la vida con los obreros! ¡Y qué distinta fue la vida con aquellos que tuvieron la escuela al lado, la oportunidad de estudiar, la oportunidad de tener un título, la oportunidad de convertirse en técnicos competentes! ¡Qué distinto los trató la suerte a ellos que a ustedes! ¡Qué distinto los trató la vida a ellos que a ustedes!
Y, sin embargo, ¡qué distinto comportamiento el de ellos y el de ustedes!, ¡qué distinta actitud para con la patria!, ¡qué distinta actitud para con la Revolución!, ¡y qué distinta actitud para con el trabajo! A ustedes, a los que maltrató la vida; ustedes, para quienes la vida fue dura, son los que hoy no se marchan cobarde ni egoístamente.
¡Ah!, ustedes, a los que la vida fue dura, que no han conocido más que el trabajo y el sufrimiento y la humillación; ustedes sí son leales con la Revolución, porque la Revolución es el acontecimiento social que se basa en una aspiración de justicia, y de justicia precisamente para ustedes
Y lo que es justo para ustedes no es justo para el médico que explotaba al campesino, ni es justo para el arquitecto que explotaba a los inquilinos; lo que es justo para ustedes, los sufridos, lo que es justo para ustedes, los explotados, lo que es esperanza para ustedes, los humillados, no será jamás esperanza para los explotadores y para los humilladores.
Vayan estas palabras para los confusos, vayan estas palabras para los que tienen “telaraña” en el cerebro, y no acaban de comprender el porqué de las revoluciones, no acaban de comprender el porqué de las deserciones y no acaban de comprender el porqué de la distinta actitud entre los privilegiados y los explotados, de la distinta actitud de aquellos a quienes la vida trató bien — ¡demasiado bien!— y aquellos a los que la vida trató duro —¡demasiado duro!—; aquellos cuya vida fue toda una suerte, y aquellos cuya vida fue toda sufrimiento, toda desgracia y toda dolor; el porqué aquellos se rebelan contra la Revolución que quiere hacer mejor la vida de ustedes, la Revolución que quiere llevar a ustedes una esperanza, la Revolución que rinde culto al trabajo, porque es el trabajo lo que crea bienes, es el trabajo lo que crea riquezas.
¡Ah!, y es la Revolución la que brindará iguales oportunidades a todos, iguales oportunidades al hijo del arquitecto, que al hijo del peón de albañil; la Revolución que brindará exactamente las mismas oportunidades al hijo del técnico que al hijo del obrero, con una condición, para uno y para otro: con la única condición de haber nacido con aptitud, vocación e inteligencia para estudiar, porque en el futuro no deberá ser técnico nadie por la sencilla razón de que tenga más recursos que otro, en el futuro deberá serse técnico por la única razón de tener más vocación que otros para ser ingenieros, médicos o arquitectos . Y que ninguna inteligencia se pierda, que ningún hijo de ustedes que tenga vocación para ser el día de mañana un técnico, cuando ser un técnico tenga por función servir a los demás, cuando ser un técnico constituya un verdadero honor, cuando ser un técnico constituya una honra legítima, nacida de una sola causa: la honra que nace de vivir para servir a los demás y no para servirse egoístamente a sí mismo, a costa de los demás.
Y así, los hijos de ustedes tendrán oportunidad de ser también ingenieros, o arquitectos, o médicos, si tienen vocación, si tienen aptitudes, si nacieron dotados de condiciones de inteligencia propias para eso; o serán otra cosa, o tendrán otra profesión, de acuerdo con su vocación, pero lo que la Revolución les garantizará será oportunidad por igual a todos.
Y así, por eso ya se han creado las becas en la universidad, y por eso el año que viene daremos 10 000 becas de enseñanza secundaria. Y cualquier hijo de ustedes, cualquier hijo de ustedes, obreros de la construcción, tendrá derecho, si quiere estudiar secundaria básica o preuniversitaria, a solicitar esa beca, y el Gobierno Revolucionario le concederá la beca, donde tendrán ropa, zapato, comida, alimentación y libros para estudiar.
Y los hijos de cualquiera de ustedes que están en grados de estudiar la secundaria básica o la preuniversitaria, o en la universidad, si los hijos de cualquiera de ustedes ya pasaron el sexto grado y desea dedicarse seriamente al estudio, si es un joven aplicado, yo tengo la seguridad de que cuando en la solicitud se vea que es hijo de un obrero de la construcción, ese joven tendrá todas las posibilidades de recibir una beca . Y quien dice un hijo, dice un hermano, si es hijo de un obrero, dice un sobrino, si es hijo de un obrero.
Eso es lo que la Revolución significa: la verdadera justicia, que permite a los hombres adquirir los conocimientos que sirvan para trabajar en beneficio de los demás y que es la manera más honrada de ganarse el sustento, de ganarse el pan.
¿Todos los ingenieros son contrarrevolucionarios? No, hay arquitectos, ingenieros y médicos revolucionarios, y habrá cada día más médicos, más ingenieros y más arquitectos revolucionarios. Hay arquitectos que no son revolucionarios ni contrarrevolucionarios, son, sencillamente, hombres trabajadores, hombres honrados y, sencillamente, su trabajo es ese, y lo cumplen con toda honradez. Y hay ingenieros, hay médicos y hay arquitectos que son, sencillamente, contrarrevolucionarios. Esas son las realidades.
Hemos tenido los problemas de los que han desertado y una de las tácticas del imperialismo es precisamente ofrecerles mejores sueldos, comprarlos, sencillamente, para que abandonen el país y dejarnos sin técnicos.
Nosotros creemos, sinceramente, que no nos quedaremos sin técnicos, porque hay técnicos revolucionarios en el país; lo que sí creo es que debemos quedarnos con los técnicos honrados, aunque no sean revolucionarios y con los técnicos revolucionarios; pero despojarnos de una vez del miedo de que los técnicos que sean contrarios a la Revolución, que no sientan la Revolución, los técnicos insensibles, los técnicos que no quieren ayudar a la Revolución, se vayan, sencillamente, del país, o hagan lo que les dé la gana. Pero, es decir, que de una vez se acabe aquí el prejuicio, y el complejo, y la mentira, de que comprando técnicos el imperialismo va a obstaculizar la Revolución, porque en realidad ¡aquí hay técnicos revolucionarios y técnicos honrados a los que el imperialismo nunca podrá comprar! .
Y, por lo demás, discutir con ellos abiertamente, y nosotros hemos convocado una reunión con todos los ingenieros y arquitectos del país, para discutir con ellos abiertamente todos los problemas del país y, sencillamente, que se acabe el problema de que si hay algunos que no sienten, que se van y que tienen miedo, para que los que quieran irse, ¡que se vayan!, y los que quieran quedarse, ¡que se queden!
Sinceramente, no sentimos ninguna animadversión por los técnicos por ser técnicos, ni estamos provocando aquí precisamente, o desacreditando a los técnicos, no señor. Estamos situando las cosas tal como son en la realidad, y lo que todos comprendemos, pero decirlo abiertamente y decirlo públicamente.
Nosotros sabemos que con la Revolución seguirá hasta el final, y hasta donde tengan que ir, los técnicos honrados, que no se venden por ningún dinero al imperialismo, los técnicos revolucionarios y la masa obrera, que irán con la Revolución hasta donde sea necesario. ¿Que nos queden veinte técnicos? Pues, ¡que nos queden veinte!; si nos quedan cien, mejor, si nos quedan cincuenta, veinte, o diez, ¡no importa, con los que nos queden nosotros vamos a echar hacia delante!
Ahora vamos a integrarnos de verdad, vamos a integrarnos de verdad, vamos a ser una verdadera fuerza de trabajo, vamos a ser una verdadera fuerza de producción, vamos a impulsar con verdadero entusiasmo la Revolución hacia adelante, para que nosotros los constructores —porque yo tengo que hacer mi trabajito también en la construcción— ; cumplamos nuestro rol y contribuyamos paralelamente como lo están haciendo los demás obreros, porque, ¿cuál es el deber de los constructores?
Hay enormes necesidades en el país de todo tipo de escuelas, de hospitales, de viviendas; ustedes saben las necesidades que hay de viviendas y las viviendas no se pueden hacer de otra manera que trabajando; las viviendas no se pueden lograr de otra manera que construyendo y podremos construir más viviendas cuanto más rindamos, podremos construir más viviendas cuanto más logremos abaratando su costo por la vía de organizar mejor el trabajo, por la vía de organizar mejor la producción y que los que están en este departamento trabajen todos, el que está en la oficina que trabaje allí en la oficina arduamente; si es contador como contador rinda el máximo, pero todo el mundo que esté en un lugar rinda, que su trabajo sea productivo; que desaparezca en este sector todo aquel tipo de trabajo que sea un trabajo improductivo.
Manera de matar el tiempo, no, que desaparezcan todas las formas de matar el tiempo y la manera de salir del paso sin hacer nada...
Es necesario que se comprenda la importancia que tiene el trabajo que realizan los obreros de la construcción, el problema que tiene el país como la Revolución se fortalecerá en la medida en que todos fortalezcamos nuestro espíritu y tengamos conciencia de nuestro deber; como la Revolución se hace cada vez más invencible en la misma medida en que tenga un pueblo más despierto, más firme y más consciente. De esa manera se estrellarán contra la Revolución todas las maniobras del imperialismo; el bloqueo económico con todas sus consecuencias, la agresión económica con todas sus consecuencias, podrían hacer mella en un pueblo desorganizado, vacilante, podrían hacer mella en una revolución que no tomara las medidas necesarias y que se requieran para hacer frente a la agresión imperialista; porque se lucha contra un factor poderoso, pero el cual nosotros podremos vencer perfectamente bien.
Es necesario que el obrero de la construcción comprenda que su deber es construir los caminos, los puentes, los hospitales y las casas, y que si él no lo hiciera, ocurriría lo mismo que si los obreros que están trabajando en una granja del pueblo o en una cooperativa no producen, si ellos no siembran granos, arroz, si ellos no producen carne, huevos, leche, si ellos no producen tejidos, entonces con qué se van a vestir ustedes y con qué leche van a alimentar a sus hijos, con qué carne, con qué vianda. Si ellos en las ocho horas, o por el salario que devengan, producen la mitad de lo que pueden producir, las consecuencias serían que nosotros no podríamos tener el número de obreros que tenemos en la construcción.
Si se hace un gasto en hacer viviendas, es necesario que ese gasto sea tan productivo como el gasto que se hace en los campos cultivando o en las fábricas produciendo porque ellos allá están produciendo los alimentos que ustedes consumen todos los días y ustedes tienen que producir las escuelas que el pueblo necesita, los hospitales que los enfermos necesitan, escuelas y hospitales que van a ser para sus hijos; las casas que el pueblo necesita. Es necesario que todos, dondequiera que estemos situados hagamos un esfuerzo. Aprovechemos esta oportunidad en que el desempleo disminuye para resolver definitivamente el problema de los obreros de la construcción, que sencillamente cerremos el circuito de los obreros de la construcción. Es decir que le pongamos un límite para que ya todos los obreros que están en la construcción tengan un trabajo asegurado.
Vamos a empezar por los obreros de la capital. Hemos estado discutiendo con los compañeros del Ministerio para garantizarles trabajo permanente a los obreros de la construcción, nosotros tenemos que ponernos de acuerdo con el sindicato... y decir: bueno, cierra el capítulo de inscripciones en el sindicato, obrero de la construcción ya no va a ser todo el mundo; puesto que las circunstancias de empleo nos lo permiten, vamos a cerrar el capítulo y decir: obreros de la construcción aquí son 24 000 o 25 000, o los que sean; el excedente en este momento es reducido, incluso a ese excedente le podemos dar trabajo en otro sitio, porque tenemos planes de repoblación forestal, y nosotros hemos pedido que llamen a todos los excedentes que lo deseen para ir a sembrar árboles.
Es decir, nosotros podemos dar empleo permanente a los actuales obreros de la construcción y a ponernos ahí el límite... Nosotros hemos tenido oportunidad de apreciar lo que vale el garantizarle al obrero la seguridad del trabajo. Nosotros hemos tratado con un grupo de obreros, un equipo de trabajadores que ha estado haciendo determinadas obras, obreros de Obras Públicas que han estado construyendo los edificios para albergar estudiantes, al terminar un edificio fueron para otro. A esos obreros se hizo contacto con ellos, se les garantizó el trabajo, precisamente por el interés que demostraron desde el primer momento, y esos obreros han ido aumentando el rendimiento cada vez más.
Y recuerdo que en una ocasión un edificio debía estar terminado a fines de mes, les preguntamos a esos compañeros cuándo terminaban el edificio y dijeron:“El día 28”. Pues bien, el día 28, terminando las últimas horas del día, ellos estaban terminando y entregando el edificio, y sabían que de allí iban directamente a otra obra...
Yo puedo asegurarles que esos obreros están satisfechos y que esos obreros rinden de dos a tres veces más del rendimiento normal en otros talleres.
Uno de esos obreros en ese edificio de Tercera y F, perdió la vida. En homenaje a ese obrero albañil, Lázaro Cuevas, se bautizó a ese edificio para estudiantes con su nombre y se llama Lázaro Cuevas...; inmediatamente se ordenó atender a sus familiares y en realidad que ningún homenaje tan merecido como el de ponerle su nombre; a ese obrero los miles de estudiantes que pasen por ahí, siempre recordarán a aquel obrero humilde de la construcción, que construyendo aquel edificio, para que ellos pudieran estudiar, perdió allí su vida.
Era deber nuestro garantizar otra cosa, la seguridad para los familiares de ese obrero y fue en esa ocasión cuando nosotros pudimos darnos cuenta de una realidad, la realidad de que los obreros de la construcción no estaban garantizados contra los accidentes del trabajo, y de ese hecho, surgiendo de esa experiencia, fue lo que suscitó la iniciativa de establecer una póliza de seguro del Estado para todos los obreros de la construcción.... Y nos enteramos de que los obreros de la construcción tampoco tenían derecho a la maternidad obrera, y creemos que es de imprescindible necesidad incluir a los obreros de la construcción en la legislación que les da derecho a los servicios de la maternidad obrera.
Es necesario que se constituyan equipos de obreros de la construcción, y garantizarles a todos esos equipos trabajo permanente y establecer una comparación entre los rendimientos de los distintos equipos de trabajadores y premios a los obreros que más se esfuercen en el trabajo. Ese grupo de obreros está dirigido por un obrero, un jefe de obras que es un obrero igual que ustedes, el compañero Quintana, que es el que ha estado dirigiendo. Un obrero sencillo, humilde, que no se va a envanecer porque nosotros mencionemos aquí su nombre, pero que ha sido una de las cosas que nos ha dado a nosotros esperanza y confianza, porque aunque fallen algunos técnicos nosotros con los obreros podemos resolver muchos problemas.
Era necesario terminar unas viviendas que estaban semiconstruidas para determinado grupo de técnicos extranjeros a los cuales teníamos el deber de darles casas; eran 25 viviendas y nosotros les preguntamos, les pedimos que fueran a ver aquellas viviendas, y nos dijeran si creían que ellos podían terminar aquellas viviendas; fueron, las inspeccionaron y nos dijeron que las podían terminar perfectamente y además las podían hacer más baratas. Les preguntamos si podían hacer viviendas similares a aquellas en otro sitio, y nos contestaron con toda seguridad que las podían hacer perfectamente bien en otro sitio.
Cualquiera que vaya por allí verá lo que han adelantado estos obreros. En cuestión de unas pocas semanas ya aquellas viviendas están casi terminadas; aquellos obreros se van turnando hasta tres turnos. Es decir, han estado con los tres turnos manteniendo el taller día y noche, y da gusto ver lo que han adelantado, el entusiasmo con que trabajan. Y, en realidad, si nosotros logramos eso en los obreros de la construcción, es posible que nosotros tripliquemos el rendimiento actual, es posible que tripliquemos el rendimiento actual.
¿Qué hace falta? Organizar a esos equipos de obreros; irlos trasladando de una obra a otra, haciendo los planes que permitan mantener esa fuerza trabajando en todas las necesidades que tenemos; hay que lograr a toda costa ese propósito, hay que fomentar las escuelas para operarios y para los técnicos de distintos tipos, y hay que llevar a cabo ese plan que esbozaba el compañero.
Cuando nosotros tengamos un equipo de hombres que dirijan las obras con conciencia, que estén con los obreros, que trabajen junto a ellos, nosotros sabemos que con la misma energía que se gasta hoy... porque es que para estar con un ladrillo en la mano sin acabar de ponerlo, se necesita tanta energía como para poner ladrillos...; y estar con una barreta en la mano sin acabar de golpear con la barreta, se necesita más energía que estar golpeando con la barreta, porque al fin y al cabo cuando uno golpea con la barreta descarga el golpe y se alivia el peso .
Y, sencillamente, hay que ver el trabajo como una honra, hay que ver el trabajo como una actividad digna del hombre, hay que ver el trabajo en los frutos que el trabajo produce, en el bienestar y la riqueza que crea para todo el pueblo, porque hoy se trabaja no para intereses particulares de nadie, hoy se trabaja para el pueblo.
Ahora mismo tenemos el tremendo problema ese de las viviendas. Pero antes de hablar de ese problema quería hacer otra referencia a ese equipo de la construcción... y otra cosa, entre esos obreros hay un obrero que fue exmilitar, fue cabo del ejército, y ese obrero, que se llama Guzmán, es un ejemplo de trabajador allí en la construcción; ese obrero recibió su retiro. Un día hubo una ley hecha por el Gobierno Revolucionario, que fue una ley injusta en cierto aspecto; estableció ciertos límites, porque había personas que devengaban un retiro alto y trabajaban, entre trabajo y retiro devengaban una cantidad muy alta; se puso un límite que fue de 150 pesos.
Aquel día que nosotros visitamos el taller nos dimos cuenta de que aquel obrero era un obrero modelo, que había sido militar, se había retirado; porque después del triunfo de la Revolución como no había tenido ninguna mancha se le dio su retiro, estaba trabajando. Como consecuencia de esa ley él, que devengaba unos ciento sesenta y tanto, 170 pesos, pues como el limite había sido de 150 pesos, resultó que aquel obrero que era modelo de trabajador estaba cobrando su retiro y su trabajo, pasaba un poco de los 150 pesos y se vio privado de esa diferencia. Entonces nos dimos cuenta de que realmente esa ley, en ese aspecto, que había tratado de ser justa por un lado, había sido injusta por otro, y entonces nos hicimos el propósito de elevar, por lo menos, a 200 pesos lo que el obrero puede ganar por su trabajo y el retiro.
Y ese contacto con los trabajadores nos enseña muchas cosas; y este caso de un exmilitar que se integró honradamente y trabajó limpiamente de militar, en la época en que los militares por lo general no trabajaban, en la época en que el militarismo era una profesión y un parasitismo, y, sin embargo, ese hombre que fue militar en aquella época resultó ser después un buen obrero; hay muchos exmilitares que están trabajando en la construcción.
Hemos tenido algunos problemas de que a muchos de aquellos hombres engañados en el pasado, todavía los engañan en el presente y les hacen creer que hay alguna esperanza de triunfo por parte de la contrarrevolución. Eso por un lado, mas por otro lado el hecho de que por haber sido militares haya despertado una gran desconfianza respecto a ellos en el pueblo.
Nosotros pensamos que es necesario que en todos los centros de trabajo donde se conoce a ese tipo de trabajador, y han pasado ya más de dos años del triunfo de la Revolución, y ustedes tienen derecho a saber quiénes de aquellos exmilitares son trabajadores honrados, e ir librando, poco a poco, a esos compañeros de aquel recelo y de aquella desconfianza, y que como ese cabo que fue del ejército, Guzmán, que es un trabajador ejemplar, lo hagamos digno también de nuestra consideración y de nuestro respeto. Como soldado de la tiranía, enemigo; como obrero, amigo, compañero y hermano, porque desde el momento en que se han convertido en obreros, desde el momento en que trabajan de una manera útil y provechosa para nuestro país, son dignos de nuestro respeto.
Los que los embarcaron a ellos, todos aquellos generalotes, se fueron allá y están allá; ellos que no pudieron embarcarse para ningún lado y se dedicaron a trabajar, y comprendieron el valor del trabajo, pues entonces que merezcan una consideración completamente distinta. Los que se confundan, los que se dejan engañar... yo creo que quien haya sido obrero, que de verdad haya conocido el trabajo durante dos años y tiene sensibilidad y tiene calidad humana no traiciona a su clase.
Tan poderosa es la fuerza que el trabajo ejerce sobre los hombres, que cuentan que en Francia, en cierta ocasión, el clero mandó un número de curas a trabajar junto con los obreros, y resultó que una gran parte de aquellos curas se convirtieron en comunistas. De tal manera influyó el medio sobre ellos; señores que se habían hecho curas, no habían tenido quizás, por procedencia de clases, pero cuando tuvieron que trabajar junto con ellos, entonces cambiaron completamente su mentalidad y esos curas adoptaron una posición revolucionaria junto a los obreros. Eso fue de tal manera impresionante para el clero, que variaron la política y dejaron de enviar curas en calidad de trabajadores a los centros de trabajo.
Claro, antes los pocos ricos que había decían que aquel mundo era una maravilla, que cualquiera tenía la misma oportunidad y hablaban de la igualdad de oportunidades para ser parásitos. Y trataban de engatusar a la gente diciéndole: “No, tú puedes ser rico también.” Claro, por lo general era rico él, y era después rico su hijo y su sobrino y toda aquella gente; por lo general lo que ocurría era que el que seguía siendo obrero explotado, el obrero, el hijo del obrero y el sobrino del obrero, porque el sobrino del obrero no iba a ninguna escuela no tenía oportunidad; aquello era una sociedad basada en la explotación y que entre las tantas mentiras que decían era que había igualdad de oportunidades.
En primer lugar, si hubiera de verdad — que no la había nunca igualdad de oportunidades para ser parásitos, ningún hombre honrado debe aspirar a ser parásito. Pero, además, esa era una de las tantas mentiras del imperialismo: ver cómo despertaba en el hombre la codicia de ser rico. ¿Y qué ocurría? Que esos líderes obreros que no tenían una conciencia revolucionaria, que no eran hombres firmes, terminaban como Mujal, comprándose un latifundio de ciento y pico de caballerías ahí al lado de La Habana (EXCLAMACIONES DE: “¡Fuera!”), o terminaban comprándose edificios de apartamentos y con una fortuna.
Es decir que todo era una política de corrupción a los obreros, y empezaban corrompiendo a los líderes. Eso es lo que ofrece el imperialismo: predica la sumisión del obrero; dicen que el mejor régimen del mundo es ese régimen de la gusanera y de los parásitos, en que quieren tener al obrero trabajando para los parásitos, y no un régimen social en que el obrero realmente produzca para su pueblo y que todos trabajemos. Porque, ¿cómo puede haber más bienes? ¿Trabajando una parte o trabajando todos? (EXCLAMACIONES DE: “¡Todos!”) ¿A cómo nos toca más? —esta es una cuestión aritmética bien sencilla. Si trabaja una parte y eso se reparte entre todos, y la mejor tajada se la lleva precisamente el que no trabaja, ¿a cómo le toca al obrero? (EXCLAMACIONES DE: “¡La migaja!”) Si todo el mundo trabaja y todo el mundo produce, ¿a cómo nos toca? (EXCLAMACIONES DE: “¡A más!”) Nos toca mucho más, en primer lugar, porque nos toca parejo; en segundo lugar, porque todos esos que están de vagos viviendo del trabajo de los demás, tienen que producir también de una manera o de otra.
Nadie nació tan privilegiado que haya nacido con el derecho de vivir de holgazán y de vago toda su vida. El único que tiene derecho, en realidad, a que la sociedad lo mantenga es aquel que no pueda trabajar. Esa persona que nació con la desgracia de no poder valerse por sí mismo, bueno, pues ese, el deber de nosotros es a ese compañero, a ese hermano, a ese ser humano, ayudarlo y sostenerlo. Pero, ¿de dónde saca nadie que tenemos la obligación de sostener a los parásitos y de sostener a los holgazanes? Gente muy sana y muy saludable que no produzca ni un alfiler, ¿para qué?, que no siembra ni una mata, porque con lo poco que cuesta sembrar una semilla ... Usted siembra una semilla, de mango, por ejemplo, y al cabo de algunos años ya hay 100 personas que pueden probar un mango de esa mata. Así que el trabajo produce infinitas riquezas.
Eso es lo que está haciendo la Revolución: produciendo infinitas riquezas para el futuro. Y solamente los planes de repoblación forestal que está haciendo la Revolución, si los hubieran hecho hace 30 años, este sería un país riquísimo; y los planes de siembra de frutales, todos los planes que se están desarrollando. Ahora mismo, ustedes saben que uno de los problemas que hay, es el de la madera. Talaron los bosques inmisericordemente y no sembraron ni una mata; de la madera viven cerca de 50 000 obreros. Pues bien, hemos adoptado medidas y parejamente con el plan de repoblación vamos a desarrollar un gran plan de explotación de la madera, de manera que tengamos resuelto, y para dentro de 40 y 50 días o dos meses, estará resuelto definitivamente, con madera nacional, el problema de la madera. Y no ocurrirá que tenga que pararse algún taller por falta de madera.
A través del Departamento de Repoblación Forestal se están organizando los distintos centros de explotación de madera, y esto va parejo con un gran plan de repoblación, y se resolverá este problema. Ya esos bosques de eucaliptos, hay algunos tan gigantescos y tienen extensiones tan amplias de siembra, que el de Mantua tiene 1 000 caballerías. Ya dentro de tres años se podrá echar a funcionar allí una planta para producir celulosa y podremos exportar celulosa, aunque las matas que estamos sembrando ahora no las podemos cortar hasta más adelante.
Por lo menos, ya esos bosques nos producen divisas suficientes para compensar cualquier déficit que tengamos, mientras el país logra recoger los frutos de todos los planes de siembra de árboles maderables que se están haciendo en estos momentos. Así que, sirve para todo el eucalipto.
Y eso es lo que da el trabajo. Que hoy sembramos millones de árboles, y en el futuro habrá una enorme riqueza de árboles maderables, de árboles frutales. Y el trabajo es lo que produce la riqueza mediante el cual puede el pueblo vivir mejor, y puede el pueblo vivir cada vez mejor. Claro que, ¿qué época nos ha tocado a nosotros? ¿La época de recoger los frutos? No. A nosotros nos tocó la época de hacer todo este esfuerzo y de hacer todo este trabajo. Para evitar que nuestro pueblo pueda construirse un futuro, los enemigos de nuestra Revolución, los imperialistas tratan de cercar a nuestro pueblo, de llevarnos a tener que soportar privaciones, a bloquearnos económicamente.
Frente a eso, ¿cuál es nuestra respuesta? Decirles: “¿Vengan otra vez, señores; recobren sus compañías, recobren sus latifundios y maten al guajiro de hambre?” ¡No! Nuestra respuesta no será nunca esa. Les decimos: “Vengan, señores, si quieren venir, y vean lo que les va a pasar aquí si quieren venir.”
La actitud nuestra es, sencillamente, resistir, resistir con la conciencia de que lo que estamos haciendo es lo que efectivamente nos permite un porvenir mejor; con la conciencia de que hemos barrido el país de toda esa lacra, de todos esos parásitos, de todos esos explotadores, de toda esa podredumbre. Hemos barrido las lacras de todos los vicios, de los politiqueros, de los esbirros, de los ladrones, de los botelleros, de los inmorales. Y si por haber barrido toda esa lacra, y continuar barriendo cuanta lacra haya, quieran aquí someternos a todo género de privaciones, que nos sometan, que nosotros vamos a seguir barriendo , porque el verdadero porvenir lo estamos, precisamente, labrando ahora, haciendo lo que ojala hubiera podido hacer otra generación hace 30 años, o hace 20 años. Si otra generación hubiese hecho todo eso, nosotros estaríamos recogiendo los frutos. ¿No lo hicieron? Eso no importa. Nos tocó a nosotros, y nos debemos sentir muy satisfechos de estar haciendo esto. Y sobre todo, muy conscientes de la gran obra que estamos realizando, de lo justa que es esa obra, de los inmorales que son los desertores, los traidores, los vendepatrias, los mercenarios y los contrarrevolucionarios; de que no les asiste ninguna razón a esos señores que se empeñan en entorpecer la tarea de un pueblo, de ese pueblo del cual ustedes forman parte, es decir, del pueblo trabajador, del que le tocó vivir siempre lo peor, el que le tocó el trabajo, el sufrimiento y la desesperanza.
Cuando viene la Revolución a traer esa esperanza de un porvenir mejor, a redimir al pueblo de todas las lacras, de todos los abusos, a abolir todas las discriminaciones injustas, a abolir la explotación sobre nuestro pueblo, y a crear un futuro mejor, ellos se empeñan en que nuestra vida siga siendo la de antes. ¿Y quién quiere vivir en aquella época, cuando andaban los hombres amontonados por las calles, cuando tenían que estar vendiendo su trabajo, y tenían que estar implorando en las puertas de los contratistas y de los políticos inmorales, para que les diera un trabajito en obras Publicas? ¿Quién quiere vivir en aquella época en que a uno, por darle un trabajo, le exigían la cédula y que se inscribiera en aquellos partidos de hombres inmorales, sinvergüenzas, de ladrones y de vendepatrias? ¿Quién quiere vivir en aquella época en que cuando había un acto, se sacaba una lista, venían los listeros, precisamente, a decir: “Bueno, te quito el trabajo porque tú no fuiste a la concentración del otro día allá?” ¿Quién quiere vivir en aquella época en que el obrero era la última rueda del carro, la víctima de todos los abusos y de todas las injusticias, y que tenía que trabajar para estar enriqueciendo a todos esos manganzones? Pues bien, ¡hoy trabajamos para enriquecer al pueblo; y todas esas casonas que se construyeron con dinero del pueblo ahora van a servir para que los hijos de los obreros de la construcción, y de otros sectores, vayan allí a vivir y a estudiar!
Eso es lo que la Revolución está haciendo y continuará haciendo, sin vacilaciones y sin temores, y váyase quien se vaya, y asústese quien se asuste, que aquí está la gran masa del pueblo que ni se asusta ni se acobarda ; la masa del pueblo, que sabe lo que es trabajo, y a nadie le pueden hacer cuento aquí de lo que es trabajo, y a ningún obrero de la construcción, a ningún miliciano, lo que es estar una semana y 15 días o 20 días metido en una trinchera y privándose de todo. Pues bien, señores enemigos de la Revolución, estamos dispuestos a privarnos aquí de todo, y nosotros, los hombres del Gobierno, junto con el pueblo; y cuando haya aquí que privarse de algo, nosotros vamos a ser los primeros que nos vamos a privar de todo aquello que el pueblo no pueda tener, para dar el ejemplo y para marchar junto al pueblo.
Así que tenemos una seguridad y una confianza absoluta, y no nos quitan el sueño todas las intrigas, ni todos los bloqueos, ni todas las amenazas, ni ninguna de esas cosas. Allá ellos, que se cocinen los hígados, que se mueran de rabia, que se enfermen de impotencia, que nosotros estamos aquí tranquilos; y, si quieren sufrir, ¡que sufran!; y, si se quieren morir de las bilis, Mr. Kennedy y compañía, ¡que se mueran de las bilis!; y si quieren venir aquí, bobeando, y soñando en las musarañas, todos aquellos señorones, ¡que vengan!
Pero, ¿ustedes se imaginan a toda aquella gente, ustedes se imaginan a “don ” Miró Cardona desembarcando en este país?, ¿ustedes se imaginan a los Tony Varona?, ¿ustedes se imaginan a todos aquellos manganzones, panzudos, haraganes, que en su vida doblaron el lomo, desembarcando en Cuba? (EXCLAMACIONES DE: “¡Fuera!”)
Esos son los héroes del imperialismo, esos son los señorones, parásitos de toda su vida, descarados; porque los imperialistas, claro, un obrero sufrido, un obrero cubano, un obrero negro, o un obrero blanco, por el hecho de ser obrero, por el hecho de ser un hombre humilde del pueblo, ¡ah!, a ese lo desprecian. Y para nosotros, el héroe verdadero es ese obrero, es ese negro, es ese blanco, con tal de que sea útil a su país.
Estos señorones pretenden regresarnos al pasado y venir a engordar como cerdos, aunque hayan tenido que vender su alma al mismísimo demonio imperialista. ¿Ustedes se imaginan lo que puede esperar este país de esos señores? ¿Puede haber país que progrese con toda aquella plaga de compañías extranjeras, con toda aquella plaga de latifundistas, de propietarios de grandes industrias, que se pasaban el día tirados boca arriba, allá en las playas?, de las playas que eran de su exclusividad, y que se pasaban todo el día paseando entre jardines y entre flores — que, por cierto, están muy bonitos y les van a agradar mucho a los hijos de los obreros, que van a estar becados en esos centros.
Y allí donde vivía un señor de estos, con 10 o más criados, irán cientos de jóvenes del pueblo, que después van a ser maestros y técnicos, y van a contribuir al desarrollo industrial de nuestro país, que son los que van a manejar las grandes industrias y las grandes obras de la Revolución. Y este país está tan curado de inmorales, y de saqueadores, este país que está tan curado de engaños, de inmoralidades, de politiquería y de cuentos de camino, cuando ve que las riquezas se utilizan para crear un porvenir incomparablemente mejor para nuestro pueblo; este país, cuando ha visto que se acaba la explotación, se acaba la humillación de los hombres... Serán tan ingenuos que crean que, después que nos hayamos sentido hombres de verdad, por primera vez en nuestra historia; hombre, sujeto de derecho, no el obrero ese al que le limitaban en todo sentido; hombre, sujeto de derecho, que participa en las cuestiones de su país, que participa en el destino de su país, que participa, con todas sus responsabilidades, en la obra de la Revolución; hombre, sujeto de derecho, que recibe un arma para defender a su patria y defender su causa, porque lo único que tiene que defender es esto, porque hoy no es maltratado, ni es explotado por nadie, y hoy esa misma arma en sus manos demuestra que ese obrero está satisfecho y que la tiene en sus manos para los que quieran devolverlos nuevamente al pasado; hombre sujeto de derecho, y no ese obrero al que por brindarle un trabajo duro de 8 o 10 horas y pagarle un jornal miserable le exigían la cédula para que fuera a votar por un pillo cualquiera de aquellos que saqueaban el tesoro público; esa es la democracia que nos quieren traer aquí, y la democracia que tenemos aquí es esta, en que el pueblo es parte viviente, parte activa y parte dirigente de la Revolución, en que, con los obreros, se reúnen los ministros, con los obreros, se reúne el Gobierno y discute los planes, y les dice la verdad, y buscan soluciones.
Verdadera libertad, verdadero hombre sujeto de derecho, que vota, no una vez cada cuatro años por un pillo cualquiera, sino que todos los días vota, porque todos los días discute y todos los días crea para su beneficio, crea para su pueblo, y todos los días se siente parte activa de la obra que está haciendo, no una pandillita de gente, ni un grupito de gente, sino que está haciendo un pueblo entero. ¿Qué parte del pueblo?; pues, sencillamente, una parte del pueblo: la que quiere trabajar, la que tiene amor por el trabajo, la que quiere producir. ¿Contra quiénes?; contra los imperialistas explotadores que querían que nosotros trabajáramos para ellos y contra la plaga esa de parásitos, absolutamente minoritaria que quería que nosotros trabajáramos para ellos y para los imperialistas.
¡Fuera los imperialistas de aquí! ¡Fuera! (EXCLAMACIONES DE:“¡Fuera!”) ¡Fuera los “misters”, de aquí, que venían con su arrogancia a imponer sus caprichos a nuestro pueblo! (EXCLAMACIONES DE: “¡Fuera!”) ¡Fuera los latifundios extranjeros! (EXCLAMACIONES DE:  “¡Fuera!”) ¡Fuera de aquí los banqueros extranjeros! (EXCLAMACIONES DE: “¡Fuera!”) ¡Fuera los que venían aquí a tratar de amaestramos, para que fuéramos un pueblo de esclavos, al servicio de sus intereses! (EXCLAMACIONES DE: “¡Fuera!”) ¡Y fuera los politiqueros!, ¡fuera los esbirros!, ¡fuera los explotadores! (EXCLAMACIONES DE: “¡Fuera!”) ¡Fuera aquellos que mantenían a los campesinos pasando hambre!, ¡fuera aquellos que explotaban a los obreros y querían hacerlos trabajar para su exclusivo beneficio! (EXCLAMACIONES DE: “¡Fuera!”) ¡Fuera aquellos propietarios de edificios de apartamentos que saqueaban al pueblo! (EXCLAMACIONES DE: “¡Fuera!”) ¡Fuera los especuladores!, ¡fuera los “cotorros” amaestrados por el imperialismo! (EXCLAMACIONES DE: “¡Fuera!”) ¡Fuera los “Pepinillo” Rivero, que escribían al servicio del imperialismo!, ¡fuera los hipócritas, como Carbó!, ¡fuera las plumas mercenarias! (EXCLAMACIONES DE: “¡Fuera!”) ¡Fuera los traidores!, ¡fuera los esbirros!, ¡fuera los criminales de guerra! (EXCLAMACIONES DE: “¡Fuera!”)
Porque, sencillamente, ¡hay que estar viviendo en la luna, o hay que estar a 50 000 leguas de la realidad, o hay que estar demasiado engreído bajo las cobijas del aura tiñosa yanqui, hay que estar demasiado embriagados por el calorcito que el aura brinda a sus polluelos, para creerse que nuestro país puede, ni soñando, ni un año, ni un mes, ni un día, ni un segundo, volver a vivir como vivió en el pasado! ¡Tienen que estar muy engreídos, y muy envanecidos, y muy equivocados, para creerse eso; y tienen que estar subestimando demasiado a nuestro pueblo, y tienen que estar a 10 000 leguas de distancia de la movilización, y del esfuerzo, y de la batalla que les vamos a dar aquí a los que intentan volver a retrotraernos a aquel mundo inmoral, de esclavitud, de discriminación, de explotación, de abuso y de humillación que había en nuestra patria!
Esto que hemos hecho, ¡sabemos cómo defenderlo, tenemos armas con qué defenderlo y tenemos valor y decisión con qué defenderlo! Esto que hemos hecho, y este porvenir que estamos forjando para nuestro pueblo, ¡cuéstenos lo que nos cueste, sean cuales fueren las privaciones, las sabremos llevar adelante, como las saben llevar los pueblos cuando tienen dignidad! ; ¡como las saben llevar los humildes, como las saben llevar los trabajadores, que a los trabajadores no los pueden asustar con las privaciones, porque esta Revolución ha tenido lugar precisamente por todas las privaciones a que sometieron a los trabajadores, por todas las humillaciones a las que sometían al pueblo pobre!
¡Ustedes se pueden asustar, señores imperialistas, señores barrigones al servicio del imperialismo, ustedes se pueden asustar ante cualquier privación! ; ¡de lo que no se asusta un obrero es de ninguna privación, porque toda su vida fue de privación; eso es lo que le tocó en suerte: privaciones! ¡Nació pobre, creció pobre, vivió pobre, trabajando para ustedes!, ¡la pobreza no le asusta, y la privación y el sacrificio tampoco, porque saben que esa privación y ese sacrificio será mañana fruto beneficioso para él, será mañana felicidad para sus hijos!, ¡que la privación de hoy será abundancia de mañana!, ¡que el sacrificio de hoy será la felicidad de mañana!
¡Viva la Revolución!
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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