julio 10, 2012

Discurso de Fidel Castro en el almuerzo ofrecido por los miembros del Directorio Estudiantil 1930, en Río Cristal (1960)

DISCURSO EN EL ALMUERZO OFRECIDO POR LOS MIEMBROS DEL DIRECTORIO ESTUDIANTIL DE 1930, EN RIO CRISTAL
Fidel Castro
[23 de Junio de 1960]

― Versión taquigráfica de las oficinas del Primer Ministro ―

Compañeras y compañeros del Directorio Estudiantil de 1930:
Debo confesarles que para mí y para los compañeros de los que ustedes han querido llamar “la generación nueva”, estos minutos han sido de extraordinaria emoción, por muchas razones; como cubanos, somos todos de ese temperamento emotivo y sensible que se conmueve, cuando se nos tocan ciertas fibras.  Y así fue, por ejemplo, cuando nos entregaron la bandera que llevaba la manifestación del año 1930 y que cubrió el féretro de Rafael Trejo para juntarla, en el Museo de la Revolución, con las banderas de nuestra lucha.
Es preciso tener en cuenta que sobre nosotros influyó grandemente la lucha de la generación del 30; es preciso tener en cuenta que todos nosotros crecimos oyendo hablar de aquella epopeya y que como estudiantes universitarios todos los años nos reuníamos en la escalinata a conmemorar la caída de Rafael Trejo; que en nuestros oídos resonaron muchas veces los nombres de los que cayeron en aquella lucha, desde Mella hasta Guiteras; de que fue siempre para nosotros una fuente de inspiración aquel rol que la juventud del 30 había desempeñado en la lucha por la liberación nacional, en la lucha por la libertad y por los derechos de nuestro pueblo, y que por eso un acto como este, puede decirse que imprevisto, porque en medio de la fatigosa tarea en que nos hemos visto enfrascados desde el triunfo de la Revolución pocas oportunidades hemos tenido como esta, que es como una especie de recordación y como una especie de encuentro con los que habían sido protagonistas de aquella historia que tanto influyó sobre nosotros.  Por eso, esa bandera nos impresionó tan vivamente, y por eso también nos han impresionado las palabras que recordaban los sacrificios de nuestro pueblo, no ya en los últimos años, sino desde aquellos años del 30 y los años anteriores al 30, en que comenzó aquella lucha, continuación a la vez de las luchas de la independencia y que han culminado en esta victoria de nuestro pueblo.
Nosotros hemos dicho muchas veces que nos consideramos los forjadores de esta victoria, hemos repetido en varias ocasiones que el haber llegado a esta etapa actual es el resultado de una lucha que ha durado más de un siglo; que nosotros, en todo caso, hemos sido los afortunados que hemos tenido la oportunidad de ver triunfante, de ver enteramente libre y soberana a nuestra patria, pero que ello no se debió, ni mucho menos, al esfuerzo de nuestra generación. Nosotros hemos recogido los frutos del esfuerzo que han realizado todas las generaciones anteriores, desde aquella que a mediados del siglo pasado comenzó la lucha por un destino propio para nuestra tierra, desde los primeros que comenzaron a sembrar conciencia, desde los primeros que comenzaron a crear un espíritu nacional, a crear una tradición nacional.  Imagino lo que habría sido aquella lucha, cuando realmente los que se preocupaban por tener una patria libre, una nación con destino propio, eran una insignificante minoría y tenían que sacrificarse en medio de la indiferencia. Desde aquellos, desde los primeros que tuvieron que morir ante los pelotones de fusilamiento de España, seguidos por los que iniciaron las primeras luchas de la independencia en el año 1868, por los que después continuaron y culminaron aquella tarea, seguidos por los que en los años de la república —si queremos llamar de algún modo a aquella etapa que siguió al fin de la guerra de independencia y la intervención norteamericana—lucharon y se sacrificaron por culminar la obra que habían tratado de realizar durante un siglo las figuras cimeras y heroicas de nuestro pueblo. Hasta que, al fin, hemos logrado por lo menos un objetivo, hemos logrado el objetivo de conquistar la soberanía plena del país, lo cual no quiere decir que la lucha haya concluido.
Cuando hablamos de la victoria revolucionaria de nuestro pueblo, queremos decir que hemos llegado a una etapa, pero que es necesario seguir luchando; queremos decir que hemos arribado a la etapa por la cual se luchó durante un siglo, la etapa de la soberanía plena, la etapa en que el pueblo de Cuba es realmente dueño de sus destinos, de una manera definitiva.  Porque lo fue en breves períodos, y siempre en situación precaria. Lo fue en el año 1933, durante aquella brillante etapa revolucionaria que fue tan efímera porque no pudo vencer los enormes obstáculos que tenía delante.
Las condiciones en que se desenvolvió aquel proceso eran distintas a las condiciones en que se desenvuelve este proceso, y por eso, la presencia de aquel ejército, que era al fin y al cabo el mismo ejército de Machado, cuyos sargentos y cuyos cabos eran al fin y al cabo los mismos sargentos y los mismos cabos de Machado que, en realidad, no podían apoyar las medidas revolucionarias de aquel gobierno y que, lógicamente, terminarían haciendo lo que hicieron; es decir, derrocando aquel gobierno.  Se creyó el pueblo en aquellos días dueño de su destino, mas, no lo era, porque tenía demasiado cerca el puñal que no tardaron en clavarle.
Después, las etapas constitucionales eran igualmente condiciones adversas para realizar una obra radicalmente revolucionaria, porque perduraban los mismos elementos que, al fin y al cabo, volvieron a repetir la historia del 33. Es decir, aquel ejército que no podía estar al servicio de los intereses del país, el mismo ejército de la época de Machado, el mismo ejército del 33, que era una fuerza tremendamente poderosa, que era, como ha sido en todos los pueblos de América Latina, factor decisivo a lo largo de la vida de este continente; ejército cuyos oficiales tenían instructores norteamericanos y que obligaba a los gobiernos a actuar bajo esa perenne amenaza, y que constituían una fuerza de la que no podía deshacerse la república si no era, como ocurrió en esta ocasión, mediante una guerra revolucionaria.
Es decir que nosotros sabemos muy bien que todas las generaciones que nos precedieron hicieron un esfuerzo extraordinario.  La de 1868, por ejemplo, tuvo que luchar más que nosotros.  Aquella generación tuvo que luchar durante 10 años, para arribar al Pacto del Zanjón; y tuvo que seguir luchando durante 20 años más, para arribar a la Enmienda Platt; y tuvo que seguir luchando, en la república, para ver frustradas sus aspiraciones más caras. Tuvo que luchar heroicamente la generación de ustedes, para ver en definitiva frustrado el esfuerzo. Nuestra generación es la que ha tenido que luchar menos, y es por eso que debe sentirse más responsabilizada y estar decidida a seguir luchando para consolidar lo que hasta aquí hemos logrado. Esta es una creencia sincera por parte nuestra, que impide que nos sintamos envanecidos por los éxitos alcanzados, ya que sería disfrutar el mérito y la gloria que tienen los que hicieron posible el camino que condujo a nuestro país a este minuto.
Y, realmente, en un acto como este nos vienen a la mente muchas cosas; entre otras, las diferencias entre una etapa política y una etapa revolucionaria. Hoy nos hemos sentado todos en la misma mesa, todas las alas del Directorio, el Directorio del 30, y nosotros; y no solo eso, sino que la concurrencia ha sido numerosísima. Está aquí la inmensa mayoría de los componentes de aquel Directorio y a ninguno de nosotros nos ha invadido la menor duda de que estamos sinceramente unidos. Al lado de un hecho como este, palidecen por completo los motivos que en tiempos pasados dividían a los cubanos, palidecen incluso aquellos móviles políticos, porque al calor de las pasiones surgían aquellas profundas divisiones por cuestiones que realmente no eran más que meros accidentes del proceso. Es decir que nos dividían las cuestiones de menor importancia, ninguna de las cuales se pueden comparar con las causas que nos unen ahora.
Es natural que los hombres siempre tengan que luchar, es natural que cuando no unas causas de mayor importancia, otras de menor importancia promuevan disparidades de criterios y divergencias, y esta es la explicación de aquellas luchas que antes nos dividían. Y, además, otra causa: existía la estrategia de dividirnos. Nos dividían una serie de cuestiones que, realmente, no eran nuestras; nos dividían una serie de circunstancias que eran promovidas por intereses ajenos a nosotros; y hoy, sin embargo, nos une una razón muy poderosa; hoy, sin embargo, nos une algo que es vital para todos, decisivo para nuestro pueblo y nuestra patria. Por eso decía que, a pesar de que no han mediado muchas relaciones de tipo personal entre muchos de nosotros y muchos de ustedes, a pesar de que los conocemos o de nombre o por el rol que desempeñaron en la vida de nuestro país, sin embargo, nos hemos sentado familiarmente, por esa razón, por el hecho cierto de que hay una razón muy profunda y muy poderosa que nos une estrechamente a todos.
No puede decirse que la política era una materia sencilla y fácil. Mucho menos puede decirse de una revolución; es posible que no haya nada tan complejo ni tan difícil como una revolución, más compleja todavía mientras más profunda, y más compleja mientras más grandes sean las dificultades a vencer. Puede hacer compleja a una revolución la profundidad de las medidas que se toman y puede hacer compleja a una revolución las dificultades que tenga por delante, porque tanto una causa como la otra pueden promover las dudas, pueden desconcertar los ánimos, pueden desalentar a una parte del pueblo. Una revolución que toma medidas radicales, es lógico que tenga que promover las más diversas opiniones en todas las capas sociales del país; una revolución que tenga por delante dificultades grandes, es lógico que tenga que promover los más variados criterios acerca de la táctica o estrategia a seguir o acerca de las posibilidades de vencer esos obstáculos.
Sin embargo, esta reunión de hoy demuestra cómo a pesar de que se trata de una revolución profunda, y que tenemos por delante obstáculos grandes, sin embargo, aquí se ha sentado la mayoría de los hombres que dirigieron la lucha del año 1930, cómo las ausencias son realmente pocas y cómo el número de los que faltan porque murieron es mucho mayor de los que faltan porque han desertado de aquella lucha.
Han transcurrido 30 años y 30 años son algo en la vida de los hombres, si bien es cierto que en la vida de los pueblos pueda considerarse un tiempo breve, no es un tiempo breve en la vida de las personas.
Treinta años pueden hacer variar muchas opiniones, 30 años pueden hacer entibiar muchos ideales, 30 años pueden adormecer los impulsos más ardorosos de la juventud; 30 años de vida política y revolucionaria tienen que ser necesariamente pródiga en actuaciones. Por eso, el hecho de que aquí están presentes casi todos, el hecho de que a pesar de esos 30 años, que han sido largos, como son todos los años de esfuerzo y de lucha, estén ustedes presentes con nosotros, y está casi completo aquel grupo, en medio de un proceso revolucionario complejo y profundo y teniendo por delante grandes obstáculos, quiere decir mucho. Y  todavía más, si se tiene en cuenta lo espontáneo que ha sido este acto, todavía más si se tiene en cuenta que no lo ha promovido ningún interés, si se tiene en cuenta que no se trata de un acercamiento como los que otras veces hemos visto, de tipo político; si se tiene en cuenta que ha sido algo tan desinteresado y tan natural y espontáneo, tiene todavía mayor importancia.
No estábamos acostumbrados a estas cosas; todos somos arrastrados por las circunstancias y en tiempo pasado los hombres públicos se reunían movidos por intereses políticos, por intereses de partido y, realmente, hoy nos hemos reunido aquí en un acto singular, porque en el fondo de esta reunión solo ha habido un sentimiento, que es el sentimiento de la patria; solo ha habido una actitud, esa actitud decorosa e hidalga de los hombres sensibles, de los hombres que llevan algo dentro, que reaccionan así; es decir, en un momento que es difícil, en un momento de lucha, en un momento en que los cobardes vacilan o los ambiciosos desertan y se pasan a las filas del enemigo, o se venden por oro o se venden por la ingenua ilusión de que algún día los amos extranjeros les pagarán en cargos y honores el precio de traicionar a su patria .
Y ante la vergüenza y el dolor de la traición que pueda cometer cualquier compatriota o cualquier compañero —y nosotros sabemos de esas amarguras, como las saben ustedes—, ante esa vergüenza, se reacciona con vergüenza; ante esa pena, se reacciona con decoro. Cuando no se puede permanecer impasible ante el crimen de otros, la deslealtad de otros, la inmoralidad de otros, se reacciona así, haciendo una reafirmación de fe, llevando a cabo un acto de solidaridad, compensando con creces en el ánimo del pueblo y en el ánimo de los luchadores el desaliento que puedan sembrar los traidores. Comprendemos esto perfectamente, como comprendemos la traición y la madera de los hombres que traicionan.
Si actuasen solo guiados por el sentido común, si no los cegara la torpeza, más que la torpeza, si no los cegara el resentimiento y la maldad, comprenderían lo que cualquier cubano sencillo y del pueblo comprende hoy; sacarían de nuestra historia las conclusiones que hoy están al alcance de cualquier ciudadano, volverían la vista hacia atrás, no solo al pasado reciente, volverían la vista hacia el pasado remoto, llevarían su pensamiento a las primeras luchas de nuestro pueblo, recordarían las grandes ilusiones del pasado y las grandes decepciones, decepciones no porque los cubanos flaqueasen sino porque los cubanos nunca pudieron decidir, porque otras fuerzas que no eran cubanas decidieron por nosotros. Mirarían hacia el pasado, y comprenderían en su conjunto toda nuestra historia, se darían cuenta de la realidad, verían sin dificultad alguna la causa de nuestros infortunios, comprenderían la Enmienda Platt, comprenderían la mediación de Summer Welles, comprenderían el derrocamiento del gobierno revolucionario de 1933, comprenderían el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 y verían claramente las manos y los intereses no cubanos que han decidido nuestros destinos en cada uno de esos minutos; verán, sin confusión y sin que se le nublase la vista, la realidad pasada y presente de nuestra patria, y comprenderían el porqué de nuestras dificultades y hasta, si no los cegara la ambición o la maldad, si no los cegara la pasión innoble —porque hay pasiones nobles y hay pasiones innobles—, comprenderían toda la magnitud y la grandeza del esfuerzo que nuestro pueblo está haciendo en este minuto. Si recordasen lo que ha sido nuestro país, si recordasen lo que ha sido nuestra república, si recordasen lo que han influido sobre nosotros intereses e influencias que no son nuestras, si recordasen cómo se nos educó y cómo se nos manejó, si comprendiesen, además, que esta Revolución ha encarnado aspiraciones demasiado hondas y demasiado largas, que ha encarnado anhelos que vienen de muy atrás, que ha vertebrado el sentimiento y la aspiración de justicia de nuestro pueblo, si comprendieran el fervor con que la apoyan los sectores más numerosos de nuestra patria, si comprendieran la ilusión que ha despertado, el espíritu de sacrificio que ha creado, el heroísmo que ha edificado en nuestro pueblo, si vieran el semillero de virtudes que se ha sembrado de un extremo a otro de la isla, si compararan al cubano de hoy con el cubano de ayer, si compararan al pueblo de hoy con el pueblo de ayer y si fuesen capaces de ver cómo al principio de estas luchas allá en el siglo pasado, la conciencia del país tenía que ser necesariamente muy pequeña, cómo en este momento ha llegado a su máxima dimensión, entonces serían capaces de echar a un lado los pequeños pretextos que les han servido para pretender justificar la deserción y la traición.
Claro que sería tonto pretender que la Revolución no tenga errores; sería absurdo creer que la obra revolucionaria tenga que ser perfecta, todos nos esforzamos por hacerlo lo mejor posible, todos deseamos que sea lo más perfecta posible y todos saben los esfuerzos que hacemos por llevarla adelante con el más generoso espíritu humano, con el más absoluto respeto a la dignidad del hombre y a la libertad de nuestros compatriotas. Sería un error pretender analizar los actos de una revolución a la luz de circunstancias normales, sería un error olvidarse de que una revolución no es un proceso normal, de que una revolución es un proceso anormal y excepcional en la vida de los pueblos; sería un error imaginarse que todo pueda transcurrir y deba transcurrir como transcurren los hechos en una época absolutamente normal.  Y quizás, en parte, pueda conducir a ese error la realidad de que esta Revolución se ha conducido a pesar de ser un acontecimiento excepcional en la vida de nuestro país, con bastante normalidad. Si ustedes, testigos excepcionales de aquellos años del 33, testigos excepcionales de aquella etapa, de los hechos que ocurrieron, de las tremendas divisiones que se promovieron, de los desgarramientos internos que tuvieron lugar en las filas de los que habían luchado contra la tiranía machadista, testigos de los errores que entonces se cometieron, testigos del uso que los intereses enemigos de nuestra patria hicieron de aquellos errores; ustedes, que han de tener frescas en su memoria las ideas y las sensaciones de aquella etapa, pueden comprender mejor que nadie la gran verdad de que la Revolución ha transcurrido con una normalidad que tal vez pocos creyeron.
Ustedes, que han tenido tareas de gobierno en sus manos, que saben lo que son esas obligaciones, que saben cuál es el temperamento impaciente de nuestro pueblo, que saben todas las necesidades de nuestro país, que saben en cifras el número de hombres y mujeres sin trabajo, el número de necesidades de todos los pueblos y ciudades de nuestra patria, de todos los campos, que saben, además, cómo cada cubano en cada rincón de nuestra patria espera por la pronta solución de cada uno de sus problemas, que saben los esfuerzos que fueron necesarios para adoptar algunas medidas nacionales, algunas medidas de beneficio al país, algunas medidas que apoyaran los intereses nacionales frente a los intereses extranjeros, que saben lo que costó, por ejemplo, crear el Banco Nacional, que saben lo que costó crear instituciones de crédito para ayudar a los campesinos, que saben lo difícil que resultó llevar adelante esas medidas solo porque lesionaban determinados intereses, tienen que comprender mejor que nadie lo difícil que es un proceso en el que se han tenido que adoptar tantas medidas revolucionarias, en que ha habido que lesionar tantos intereses, muy poderosos y que ha tenido que enfrentarse a una situación económica y social repleta de necesidades, con los recursos escasos con que se cuentan, lo cual, en una revolución que es como un despertar, en una revolución que es como la ilusión de todos y cada uno, de que el remedio a sus males ha llegado, sin que se comprenda en los primeros momentos que el remedio no llega con el triunfo del primer día sino que el remedio puede llegar solo con el esfuerzo que se empiece a realizar desde ese día; ustedes, repito, tienen que comprender que, sin embargo, se ha ido marchando adelante de una manera extraordinariamente normal.
¿Y quién iba a decir que las medidas que la Revolución ha tomado y la actitud que nuestro pueblo ha adoptado se podían adoptar en nuestro país, sin que se hundiera en el mar el gobierno que tales actitudes promoviera? ¿Quién iba a decir que se pudieran desafiar tan poderosos intereses sin que el gobierno que de tal forma se enfrentara a esos intereses dejara de sucumbir a los pocos meses? ¿Qué fue lo que derrocó al gobierno del año 1933?, ¿no fueron acaso las medidas revolucionarias que entonces se tomaron?, ¿no fueron acaso las medidas a favor de los trabajadores, a favor de la nación y a favor del pueblo? ¿Qué fue lo que promovió aquella intervención de los embajadores norteamericanos, tomando de instrumento al ejército?  Y, sin embargo, hoy se han tomado todas las medidas que aquel gobierno revolucionario no pudo llegar a tomar, se ha llevado adelante el programa no solo de los luchadores de la independencia sino de los luchadores de la república y se le ha añadido la parte que, lógicamente, toda nueva lucha añade a las  aspiraciones anteriores. Se han aplicado sin contemplación las leyes que son de interés para nuestro país, sin preocuparnos qué intereses extranjeros han afectado; se ha llevado adelante el programa que considerábamos justo, sin importarnos las represalias; hemos hecho caso omiso de la agresión que contra nuestro país se pudiera desatar, por defender los intereses del país, y aquí estamos. Y con nosotros el pueblo, y con el pueblo todos los luchadores honrados, con el pueblo todos los patriotas, con el pueblo todos los que llevan algo dentro de sí; con el pueblo todos los que tienen ideales, todos los que tienen historia y no renegarán jamás de su historia; con el pueblo ustedes, con el pueblo las generaciones anteriores a ustedes, con el pueblo las nuevas generaciones.
Porque, si hasta aquí ha sido posible usar ese término, de aquí en adelante no se hablará de la generación del 30 ni de la generación del 60 o del 50; cuando en el futuro se hable de esta obra revolucionaria, se hablará de una sola generación, porque en este minuto histórico se han unido todas las generaciones, en este minuto histórico somos una sola generación en pie de lucha, obligados todos a poner nuestro esfuerzo, obligados todos a hacer lo que esté al alcance de nuestras manos, obligados todos a luchar, porque se está defendiendo lo que ustedes quisieron hacer, se está defendiendo lo que quisieron hacer nuestros mambises, se está defendiendo lo que quiere hacer nuestra juventud.
Si la Revolución fuese destruida todos veríamos frustradas nuestras esperanzas; la Revolución victoriosa significará el triunfo de las esperanzas de todos.  Por eso, cada vez se hablará menos de una generación y de otra, cada vez nos acercaremos más los del 30 y los de ahora, cada vez nos comprenderemos mejor, cada vez nos identificaremos más en un solo propósito.
Ahora ya sabemos que tenemos por delante grandes pruebas, ya sabemos que los acontecimientos se irán precipitando: ¿Podrán culpar al Gobierno Revolucionario de haberse excedido?  No.  Si se recuerda la campaña que se inició contra la Revolución cuando todavía no se había hecho una sola ley revolucionaria, si se recuerda que desde el primer momento comenzaron a hurgar y a acusar a todo el mundo, a imputarle tales y más cuales ideas a todo el mundo, si se recuerda que desde el primer mes, de enero, ya estaban haciendo la campaña contra nuestra Revolución y estaban tratando de aislarla, si se recuerda que antes que las leyes revolucionarias vinieron las campañas contra la Revolución, si se piensa además cuántos intereses poderosos extranjeros hay todavía en nuestro país, si se tiene en cuenta que todavía tenemos una compañía de electricidad norteamericana, si se tiene en cuenta que todavía tenemos una compañía de teléfonos norteamericana, si se tiene en cuenta que hay un número de bancos norteamericanos que hacen negocios aquí, con dinero de los cubanos depositado en esos bancos, si se tiene en cuenta el número de controles de esos colosos azucareros, propiedad de compañías norteamericanas, si se tiene en cuenta las minas norteamericanas, las compañías que están extrayendo el níquel de nuestro país, las concesiones que tienen aquí, los negocios que tienen aquí; si se tiene en cuenta que a pesar de que el Gobierno Revolucionario y el pueblo de Cuba no tienen miedo y no han vacilado, ¡ni vacilarán ante las circunstancias que tenga que afrontar!, y si a pesar de eso, todavía esos intereses están ahí, todavía no los hemos nacionalizado o no los hemos confiscado; si se tiene en cuenta que ahí están los poderosísimos trusts del petróleo con sus refinerías, que han tenido la osadía de lanzar un reto a la Revolución, imponiéndonos el tipo de operaciones que les permita a ellos más lucro y pretendiendo que el Gobierno Revolucionario renuncie a la posibilidad de ahorrarse más de 20 millones de dólares todos los años en el combustible; si se tiene en cuenta que aquí campean por su respeto, si se tiene en cuenta que la embajada norteamericana tiene un personal superior a 300 personas en nuestro país, si se tiene en cuenta que los agentes del FBI han estado realizando actividades contra la seguridad y la estabilidad del Estado cubano en nuestra propia tierra; si se tiene en cuenta que, incluso, han estado conspirando abiertamente algunos de ellos; si se tiene en cuenta que aquí no les ponemos restricciones a los turistas norteamericanos y que, lejos de ello, nos hemos esforzado en traer el mayor número de turistas a nuestro país, ¡a pesar de que entre turista y turista venga algún espía o algún agente contrarrevolucionario del Departamento de Estado!  ; si se tiene en cuenta que les hemos continuado comprando cientos de millones de dólares en maquinarias y mercancías; si se tiene en cuenta que jamás hemos perturbado ni dificultado en absoluto el abastecimiento de las materias primas, tanto minerales como alimentos o vegetales que necesitan para su consumo, o para su industria; si se tiene en cuenta que lejos de producirse un descenso en la producción nacional y una catástrofe en la producción azucarera, a pesar de la guerra, a pesar de los puentes y los caminos destruidos, a pesar del retraso que produjeron el año pasado 5 800 000 toneladas y este año 5 700 000, dejando en los campos 800 millones de arrobas de caña; si se tiene en cuenta la gran verdad de que toda la producción agrícola ha aumentado, satisfaciéndose nuestras obligaciones internacionales, vendiendo todavía más azúcar, como hemos vendido este año, más azúcar que en los años anteriores; si se tienen en cuenta esas verdades, se comprende que la Revolución no se ha excedido.
Porque, cualquiera diría, a juzgar por las campañas que se han hecho contra nuestra Revolución, a juzgar por la represalia injustificada o injustificable que se está fraguando en el Congreso de Estados Unidos, si se tiene en cuenta esa amenaza de reducción de nuestra cuota, que más que amenaza es ya virtualmente una realidad en el ánimo de los congresistas norteamericanos, por la tensa campaña del ejecutivo de ese país, cualquiera diría que nosotros desde el primer día les confiscamos aquí a los monopolios norteamericanos todas sus propiedades; ¡y resulta que ahí están los monopolios, no solamente en sus manos sino, además, promoviendo hacer aquí y continuar haciendo lo que habían estado haciendo siempre y lo que han hecho y hacen todavía en muchos pueblos del mundo:  pretendiendo imponer su ley, pretendiendo intervenir en los asuntos de nuestro país! Cualquiera diría que nosotros, al llegar al poder, no les dejamos a los norteamericanos una sola propiedad; cualquiera diría que el Gobierno Revolucionario se había excedido. Y, sin embargo, el Gobierno Revolucionario ha dado pruebas de su actuar firme y cauteloso, ha dado pruebas de que sabe actuar dentro de las posibilidades y las necesidades reales, de que no da pasos provocadores, de que ha tratado de marchar adelante con éxito, adoptando las medidas que las circunstancias requerían.
Pero de la misma forma en que hemos sabido tener cautela, en que hemos sabido actuar con los pies sobre la tierra, de que hemos querido llevar adelante el proceso sin errores y sin excesos, debemos declarar que no nos quedaremos impasibles ante las agresiones económicas. De la misma manera que están ahí todos esos intereses norteamericanos, de la misma manera que están ahí todas esas minas y todos esos centrales y todos esos bancos y todas esas compañías, de la misma manera que hoy están ahí, como prueba irrefutable de que la Revolución no ha actuado con excesos ni ha actuado con desorbitaciones, de la misma manera que están ahí como una prueba a favor de nuestra Revolución y una amenaza y una prueba, contra los que amenazan con agresiones económicas, que nosotros sabremos soportar todos los planes que se fraguan; nosotros sabremos afrontar todas las reducciones de cuotas, como ya hemos venido afrontando otra serie de medidas: que nosotros, además, tenemos confianza en que por ese camino no lograrán destruir la Revolución, ni con el plan de dejarnos sin combustible, ni con la supresión de los créditos, ni con las reducciones de las cuotas, pero que de la misma manera que están ahí esas compañías y esos intereses norteamericanos, porque nosotros hemos querido conducir a la Revolución sin excesos, sin errores y sin desorbitaciones, de la misma manera que están hoy ahí, puede ser que en el futuro no estén ahí , como prueba irrefutable de que no nos vamos a poner de rodillas ante las agresiones y ante las amenazas; como prueba irrefutable de que, de la misma manera en que hemos sabido actuar con serenidad y sin excesos, sabremos responder también con serenidad ante las agresiones ; que ellos pueden continuar por ese camino, el camino de poner en manos del gobierno de un país extranjero la seguridad económica de nuestra patria, en manos de un mandatario extranjero la ruina de nuestra economía, forma artera, amañada, hipócrita y farisaica de actuar, porque ni siquiera se concreta a decir “le quitamos tanto”, ni siquiera se concreta a decir “le quitamos todo”, sino que va a algo peor, “le quitamos lo que queramos, una parte o todo, en el momento en que nos de la real gana”. Es decir, “le ponemos el puñal en el pecho”, como una especie de conminación a rendirnos y como quien verdaderamente espera que la Revolución se rinda.
Esa no fue nunca la palabra de la Revolución Cubana, ese no fue nunca el lenguaje de la Revolución Cubana. Cuando la Revolución Cubana adoptaba una medida, la adoptaba por razones económicas y sociales fundadas, por necesidades perentorias, y no teníamos que andar con hipocresías. Cuando aprobamos la Ley de Reforma Agraria, no anduvimos con rodeos ni con pretextos; cuando rebajamos las tarifas eléctricas o las tarifas telefónicas, no estábamos persiguiendo lesionar la economía de Estados Unidos, porque la economía de Estados Unidos, es decir, la economía del pueblo norteamericano, no es ni será nunca la economía de los monopolios de unos cuantos norteamericanos.
Nosotros nunca adoptamos una medida tendiente a lesionar la economía del otro país, y cuando dijimos que queríamos producir artículos alimenticios que estábamos importando, era porque realmente los podíamos producir, dando empleo a los que están sin trabajo en nuestra tierra.  Nunca adoptamos una medida agresiva contra nadie y todas nuestras leyes revolucionarias perseguían solo el interés de nuestro pueblo.
Sin embargo, no es esa la medida que actualmente está a punto de culminar en el Congreso de Estados Unidos. Y mal pueden disfrazar con la risible razón de que va a disminuir la producción azucarera de Cuba, esa agresión económica que viola las cartas internacionales que rigen la conducta o deben regir la conducta de las naciones de América Latina. No, se trata de una agresión concebida en esos términos de amenaza, de una agresión concebida en esos términos de puñal en el pecho. Agresión absurda, agresión que pretende agredir nuestra economía, sin olvidarse, mejor dicho, olvidándose de los cientos de millones de dólares que los intereses norteamericanos poseen en Cuba.
Es decir que adoptan allá una ley contra nuestra economía y quizás pretendan que nosotros permanezcamos impasibles, y que sigan permaneciendo aquí las compañías eléctricas, las compañías telefónicas, las minas, los bancos, los centrales azucareros y todas las industrias norteamericanas que hay en Cuba. Y actúan como si se hubieran olvidado de eso; actúan como si presumieran que la Revolución se va a plegar. Y, desde luego, que el haber podido explotar los recursos naturales de nuestro país, los servicios públicos, y negociar con el dinero de nuestro pueblo, ha tenido para sus usufructuarios algunas ventajas, pero que en circunstancias como estas implican también algunas desventajas.
Ellos podrán decir que en su congreso adoptan las leyes que estimen pertinentes, para que tengan vigencia en el territorio donde tienen jurisdicción, y nosotros podemos decir también que tenemos derecho a aprobar, en nuestro país, las leyes que estimemos pertinentes en el territorio de nuestra jurisdicción.
Luego, ahí estamos enfrentados a las luchas de los meses venideros. Ahí está la actitud de las compañías petroleras; ahí está la actitud de las compañías mineras, que se niegan a pagar el impuesto del 25%; ahí está la actitud del Congreso norteamericano, llevando a vías de hecho la agresión económica de nuestro país.  Ello quiere decir que estamos enfrentados a duras pruebas, quiere decir que en los meses venideros estamos enfrentados a momentos trascendentales en la vida de nuestro país; ello quiere decir que los acontecimientos se van precipitando; ello quiere decir que se acercan meses, y tal vez años, de prueba. Porque, sin que quepa la menor duda, nuestro camino es un solo camino: un camino de dignidad, un camino de patriotismo, de decoro nacional, de defensa de nuestra soberanía, de defensa de nuestros intereses, de defensa de nuestras libertades. Ese es el único camino.
Ese camino lo emprendieron nuestros antecesores hace más de un siglo y ese es nuestro camino.  Ese es el camino de todas las generaciones, ese es el camino histórico de nuestro pueblo, que no ha luchado en balde durante tantos y tantos años, ese es el camino de nuestro pueblo, cuya cosecha de virtudes patrióticas no fue casualidad, sino producto de la siembra de muchos brazos cubanos, producto de la siembra de muchos años de sacrificio y de heroísmo. Esas virtudes con las cuales nuestro pueblo puede afrontar resuelto cualquier situación, ese sentido patriótico, esa conciencia cívica, esa madurez política, esa inteligencia revolucionaria que abre las mentes de todos nuestros ciudadanos a las grandes verdades, que une a todo el pueblo, que junta y estrecha firmemente a todos los hijos de esta tierra en pro de una gran aspiración común, ese camino no lo abandonaremos.  Y la alternativa es que abandonen ese camino de agresión los que no tienen razón.  Mas, si poseídos en su poderío decadente, su poderío grande aún, pero frágil, como lo demuestra el despertar de los pueblos de todo el mundo, como lo demuestra Japón, como lo demostró Corea del Sur, como lo demostró Panamá, como lo demostró Turquía, y como lo demuestra Cuba, si confiados en que los pueblos han tenido que ceder a la agresión y a la fuerza, continúan por ese camino, nosotros no seremos los que renunciemos a nuestra razón, a nuestra aspiración y a nuestra justicia.  Para nosotros la soberanía es algo sin lo cual no podemos concebir a la nación, sin lo cual no podemos conciliar nuestros sentimientos, sin lo cual no podemos conciliar la vida; para nosotros la soberanía es, en este minuto, el todo de la patria, y no renunciaremos a ello.
Más, no solo no renunciamos, sino que además estamos seguros, absolutamente seguros de que ni siquiera será la alternativa entre la victoria y la derrota.  Nosotros estamos seguros de que las agresiones fracasarán, de que fracasarán las agresiones económicas. Y si después de las agresiones económicas vinieran las agresiones militares, fracasarán también, porque no es de ninguna manera posible, de ninguna manera posible, dominar y avasallar a un pueblo tan enteramente dispuesto a la lucha, como está nuestro pueblo. No es posible destruir una revolución, y que nosotros recordemos, ninguna revolución ha sido destruida, ninguna verdadera revolución ha sido destruida. Y todos los intentos de destruir revoluciones verdaderas han fracasado en la historia de la humanidad, tienen raíces en las realidades humanas, en el progreso de la humanidad, y son leyes inviolables del acontecer humano.  Tratar de destruir una revolución es como tratar de destruir una ley de la naturaleza, y la historia lo demuestra.
Y la nuestra, como revolución verdadera, como revolución que por ser verdadera tiene un eco grande y amplio en todos los pueblos hermanos de este continente, y en todos los pueblos subdesarrollados del mundo, y un eco de admiración en toda la faz de la Tierra, es una revolución indestructible.  Y es bueno que sepamos que, al tener que afrontar las vicisitudes que tenemos por delante, no estamos actuando contra la historia sino a favor de la historia, no estamos actuando contra las leyes de la humanidad sino a favor de las leyes de la humanidad, no estamos llevando adelante el capricho de nadie sino que estamos marchando junto a los acontecimientos inevitables del progreso de la humanidad; que marchamos en favor del progreso, frente a los que marchan contra el progreso, y que esta es una consecuencia natural de la Revolución, como la Revolución fue una consecuencia natural de la injusticia, la esclavización, la colonización, el sometimiento y la explotación de nuestra patria. Y que, por tanto, no depende del capricho de hombres, ni de nosotros ni de ustedes.
Ustedes saben lo que son las revoluciones, ustedes saben que las revoluciones no las determinan la voluntad de los hombres, porque ustedes tuvieron en 1930 y en 1933 la misma voluntad que nosotros. Ustedes tuvieron los mismos deseos que nosotros y, sin embargo, la voluntad de ustedes no fue lo que determinó los acontecimientos, sino las condiciones en que ustedes lucharon fueron las que determinaron los acontecimientos, por encima de la voluntad de ustedes. Si fuese la voluntad de los hombres la que decide, ustedes habrían resuelto ya estos problemas antes que nosotros.
Si esta es la oportunidad en que se van a decidir cuestiones fundamentales para la vida económica y social de nuestra patria, no es por la voluntad de nosotros, sino porque las actuales circunstancias y condiciones lo deciden. Ustedes fueron los que guiaron al pueblo en aquella etapa, ustedes no eran políticos conformistas, sino revolucionarios que intentaron grandes transformaciones políticas y sociales. Ustedes trataron de hacerlo. De no haber mediado aquellas circunstancias, habrían tenido que afrontar, en el mismo grado, los problemas que nosotros tenemos que afrontar ahora. Ustedes afrontaron la injerencia extranjera, que antes tenía poderoso baluarte en el interior del país, que antes pudo manejar un ejército, y que hoy no puede manejarlo. Ustedes se vieron impedidos de realizar, en aquel momento, la obra de liberación nacional que se está realizando en este momento. Ustedes habrían hecho exactamente igual que nosotros; si no hacían igual que nosotros no eran revolucionarios, si por ahorrarse problemas no hacían igual que nosotros, no eran revolucionarios; si ustedes hubiesen actuado con el criterio conservador de los partidos tradicionales, no habrían sido derrocados en el año 1933.
En el año 1933 provoca el derrocamiento el espíritu revolucionario de los dirigentes de aquella revolución, porque no quisieron adaptarse a los dictados de Summer Welles, porque no quisieron adaptarse a los manejos de la embajada americana.  Si en aquella entrevista de que hablaba el doctor Carlos Prío hubiesen aceptado la línea norteamericana, el gobierno habría sido reconocido y no se habría producido el derrocamiento, porque los intereses del Departamento de Estado norteamericano siempre han preferido, dentro de las revoluciones, no aquellos elementos más desprestigiados, siempre han preferido a aquellos elementos que, no tan desprestigiados, puedan servir de instrumento dócil a sus manejos.
Y así, ahora ellos antes que a los propios esbirros, de los cuales, naturalmente, están dispuestos a echar mano en un momento u otro, prefieren a esos elementos que desertan de las filas de la Revolución, prefieren a esos elementos, porque consideran que son instrumentos más fáciles, o no más fáciles, instrumentos más propicios a sus propósitos. Prefieren no al esbirro descaracterizado, sino prefieren el traidor a la Revolución, para utilizarlo como pretexto de gente que quiere una revolución, pero no tan revolucionaria , de gente que quiere hacer las cosas, pero sin pelearse con los monopolios norteamericanos, porque cualquiera comprende perfectamente bien que la Revolución no habría tenido problemas si no lesiona los intereses de los monopolios. Mas si la Revolución no lesiona los intereses de los monopolios, no sería revolución, ni habría sido revolución la de ustedes si Guiteras no interviene la compañía de electricidad. Por eso quieren manejar a los traidores, con el pretexto de la “moderación”, con las acusaciones de “extremistas” contra la Revolución, quieren manejar esos instrumentos, siempre los han preferido. Y si el Directorio del año 1930 se hubiese plegado a los dictados de Summer Welles, habrían preferido siempre al Directorio como gobierno del país, antes que a los partidos más desacreditados de la política tradicional; cuando no pudieron contar con el Directorio, acudieron entonces a la dictadura militar y a la política tradicional, porque esa es la invariable táctica del Departamento de Estado norteamericano, es la invariable táctica hipócrita y farisaica, es la táctica de Carea, donde cuando ven que el títere no puede ya sostenerse en el poder, entonces le piden que renuncie para que, en vez de producirse una revolución profunda, se produzca un simple cambio; fue la táctica que trataron de emplear el 1ro de Enero, en aquel gobierno anodino, con aquel grupo de señores que, del brazo de un general, tuvieron la osadía de intentar instalarse en palacio, como si no hubiese corrido una sola gota de sangre revolucionaria, como si no hubiesen caído 20 000 muertos .
Y por eso ustedes habrían tenido entonces los mismos problemas que nosotros tenemos hoy, habrían tenido las mismas dificultades. Y estos hechos son tan evidentes que no se les puede tratar de buscar justificación en meros accidentes, no se les puede tratar de buscar justificación en el caso de una finca intervenida sin inventario, no se les puede tratar de buscar justificación en un camión ocupado, no se les puede tratar de buscar justificación en las eternas acusaciones del comunismo, porque para más claridad ahí está, a la vista de todos, el hecho insólito de que los senadores republicanos hayan acusado de comunistas al grupo de representantes norteamericanos que se oponía a la reducción de la cuota azucarera cubana.
No se puede venir a justificar con pretextos divisionistas, porque con ese cuento, y con esa historia, y con esa táctica, no van a venir a destruirnos, tratan de dividir al pueblo en Cuba y tratan de dividir al pueblo en América Latina, pintar con distintos colores y distintos matices a los simpatizantes de la Revolución, aquí y fuera de aquí, para debilitarla; esa es una táctica más.  Fallada la táctica del ejército profesional, fallada la táctica del golpe de Estado de última hora, ensayan las demás tácticas, las tácticas divisionistas y andan hurgando para buscar pretextos en cómo piensa fulano y cómo piensa mengano, y naturalmente que ninguno repara o trata de buscar si hay un esbirro, si hay un batistiano, si hay un traidor en las filas de la Revolución; y si hay un comunista en una cooperativa o hay un comunista que combatió en el ejército, inmediatamente empiezan a hurgar y a presentarlo como prueba de que la Revolución es comunista, y con esas tácticas, con esos pretextos, lo que han estado tratando es de dividir, lo que han estado tratando es de debilitar.
Y lo único que hay que preguntarse en esta hora es ¿qué es lo que se está discutiendo aquí? Si se está especulando sobre filosofía política, si se está discutiendo si el marido es más radical que la mujer, si el doctor Escalante es comunista y su mujer es católica; si se están discutiendo cuestiones de radicalismo político, de creencias filosóficas, o se están discutiendo cuestiones que son esenciales para la vida de la nación, cuestiones que son vitales para todos los cubanos, para el católico, como para el comunista, como para el moderado, como para el menos radical o el más radical. Es decir que se está decidiendo el destino de la patria toda, la soberanía, que quiere decir, la existencia de la nación.
Y esos pretextos no pueden ser válidos para explicar hechos que han ocurrido a lo largo de toda nuestra historia, para explicar estas realidades de cómo actúa la política extranjera.
La realidad es que estamos defendiendo un interés de todos, porque, desde luego, aquí, si algún día pudieran ocupar nuestro territorio fuerzas mercenarias extranjeras, llamarían a los mercenarios, llamarían a los Ventura, a los Masferrer, a los criminales de guerra, y entonces no le estarían preguntando a nadie de qué partido era, no le estarían preguntando a nadie si era más radical o menos radical, le estarían preguntando si luchó contra la invasión extranjera, si luchó contra los monopolios extranjeros, le estarían preguntando si respaldaron al Gobierno Revolucionario. Y, entonces, el asesinato y el crimen vendrían por igual como fue por igual la lucha revolucionaria, como asesinaron por igual a Mario Fortuny o a José María Pérez, uno auténtico y el otro comunista; como asesinaron a los maestros católicos, al maestro católico de Matanzas o a los jóvenes católicos junto al Pan de Guajaibón; como asesinaron al doctor Pelayo Cuervo, ortodoxo, y como asesinaron hombres y mujeres de todos los partidos y de todas las militancias políticas.  Y en aquel momento, a nadie se le hubiera ocurrido ir a ver a un policía para decirle: “Mire, este es católico, lléveselo preso”, o: “Mire, este es comunista, lléveselo preso.” A nadie se le ocurriría semejante cosa.  Y estoy seguro de que si a un combatiente herido lo venía a ayudar cualquier compañero, estoy seguro de que no le preguntaba cómo pensaba políticamente, si era católico o si no era católico, si era comunista o no era comunista, si era auténtico o no era auténtico, si era ortodoxo o no era ortodoxo.
Esos no han sido más que pretextos para debilitar a la Revolución, cuando la Revolución tiene por delante las grandes tareas de librar económicamente al país, de defender su territorio y su soberanía, de desarrollar su economía. Esas son las tareas que tenemos todos, ese es nuestro camino y ese es el camino que sabremos defender. Más que las calumnias miserables de los detractores, más que ese farsante ambicioso, cuyo nombre no vale la pena ni mencionar, que aquí la Revolución situó en cargo destacado, que recibió todos los honores y que ahora, desertor de su patria, desertor de su generación, se va allá a Washington a decir a los del Pentágono que oyó un día cuando se estaba hablando de un plan de Cuba y China para atacar simultáneamente la base de Caimanera y la isla de Formosa; solo a un malvado de esos que supera en vileza y en maldad lo que se había podido suponer de ellos, es capaz de dejarse arrebatar de tal forma por la ambición, el resentimiento y la frustración, para hacer afirmaciones de esa índole, que a la vista de todos son las cosas más fantásticas que se le puedan imaginar a nadie, con el único propósito de buscar el apoyo extranjero a fin de satisfacer sus ambiciones personales.
Más que esas cosas amargas, naturalmente, pero perfectamente explicables, más que esas voces miserables, pesan sobre nuestro ánimo otros hechos, otros sentimientos y otras anécdotas, porque ¡al lado o frente a cada malvado hay siempre una multitud de hombres virtuosos, frente a cada cobarde hay muchos héroes, frente a cada traidor hay muchos hombres leales, y frente a cada bajeza hay mucha nobleza y mucha grandeza!  Por eso, en el ánimo de nosotros lo que pesan son esos hilos de sentimientos patrióticos, de alegría grande, y de profundo orgullo, que unen a millones de corazones cubanos; esa felicidad que nosotros sabemos que ha invadido a muchos pechos, esa satisfacción espiritual que nuestro pueblo puede hoy ostentar y que en determinadas circunstancias se han expresado, como se ha expresado hoy en una madre venerable, la madre de Rafael Trejo, cuando al saludarnos cariñosamente, nos dijo que ya podía morir tranquila; o la señora doña Regla Socarrás, mambisa heroica de nuestras luchas por la independencia, madre de carácter y entereza singular, patriota invariable, que al irla a visitar, pocos Díaz antes de morir en el hospital, nos dijo también:  “Ya puedo morir tranquila.”
Al lado de los ambiciosos, que por bastardas y mezquinas apetencias venden su honor, venden su dignidad y tratan de vender a la nación entera, para ver si un día los colocan en un cargo, como si los hombres fuesen felices en los cargos, como si los cargos, como tales cargos, valiesen una sola gota de sangre o un solo átomo de honor, como si los cargos, cuando se desempeñan con espíritu de servicio al país, no fuesen lugares de verdadero sacrificio; al lado de esos hombres, que por cosas miserables truecan los más sagrados sentimientos humanos, truecan lo más noble que el ser humano puede tener, al lado de esas voces de traidores, para nosotros pesan infinitamente más esas voces de personas que han tenido una larga vida de honra y de decoro, una larga vida de decencia y de nobleza, de dolor y de lucha, y que ya de retirada, ya cuando miran serenamente el futuro inevitable de cada ser humano, tienen ese valor, esa entereza y esa serenidad, cuando ven que se han cumplido las aspiraciones de toda su vida, cuando en sus pechos nobles, puros y desinteresados son capaces de hacer un juicio justo, nos dicen:  “Ya podemos morir tranquilas.”
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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