julio 10, 2012

Discurso de Fidel Castro en el banquete de las Instituciones Económicas, celebrado en el Hotel Habana-Hilton (1959)

DISCURSO EN EL BANQUETE DE LAS INSTITUCIONES ECONOMICAS, CELEBRADO EN EL HOTEL HABANA HILTON
 Fidel Castro
[27 de Agosto de 1959]

― Versión taquigráfica de las oficinas del Primer Ministro ―

Hace varios días habíamos invitado a los maestros a que vinieran a La Habana a efectuar oposiciones con vistas a adquirir varios miles de aulas que se abrirán en nuestros campos. Ya una vez citados a la capital los maestros, supe también que, coincidiendo con el mismo día, las instituciones económicas habían convocado este acto de hoy.
En realidad, al ser invitado para el mismo me hallé en un verdadero dilema, porque es posible que después de siete meses de duro trabajo, en una etapa como esta, que tantas responsabilidades significa para nosotros, no hayamos recuperado todavía la energía de los primeros días que nos permitía asistir a uno, dos y hasta tres actos, y hablar durante horas y horas.
Con esta situación, me vi en este dilema:  no podía dejar esperando a los maestros cuando han venido desde toda la isla y con relación a quienes el gobierno tiene también un alto interés, y no podía dejar de aceptar la invitación de las instituciones económicas en relación con las cuales tiene tan alto interés el Gobierno Revolucionario.  Sin embargo, aun deseando cumplir, me iba a ver en la necesidad de ser breve, de no abordar las cuestiones con la amplitud con que siempre tratamos de hacerlo.  Por eso hemos tratado de buscar fórmulas y una ha sido adelantar mis palabras para responder las hermosas palabras del orador que me precedió, el Presidente de los industriales, y luego pronunciaré, por primera vez a lo mejor en mucho tiempo, un breve discurso.
Ciertamente, no van a hacer falta muchas palabras en esta reunión, por múltiples razones.  Estamos necesitados de estados de ánimo, es decir, aquí no vamos a dejar hablar a las razones, vamos a dejar hablar a los sentimientos, y para mí es verdaderamente fácil el ocupar la tribuna después de las palabras del Presidente de los industriales.  ¿Por qué?  Pues, porque ha hecho una enumeración y, a nuestro entender, ha ido recordando con sinceridad todos aquellos hechos que han ido caracterizando la obra del Gobierno Revolucionario, y, mientras él hablaba, nosotros meditábamos y hasta incluso mencionaba hechos de los cuales acaso si apenas nos acordamos, entre otras razones, porque son hechos tan naturales, que ni siquiera merecen resaltarse.
Ocurre, sin embargo, que la vida pública de nuestro país estaba tan ausente de virtudes que, a pesar de ser el hecho más natural del mundo que los bienes del pueblo y los recursos de la nación se administren con honradez, de tal forma habíamos perdido la esperanza de que alguna vez se implantase un sistema de honradez administrativa en nuestra patria, que viene a resultar cosa lógica el que se resalte que este gobierno practica, por ejemplo, la honradez administrativa cuando, en realidad, si se tiene la responsabilidad con los conciudadanos, si se tiene la responsabilidad con todo el país de regir sus destinos, lo más lógico del mundo es que lo menos que pueden hacer los gobernantes es no robar.
Una cuestión tan sencilla como esta, una cuestión tan elemental, la primera, si cabe, de todas las obligaciones del gobernante, sencillamente no se practicaba en nuestro país, y casi nos habíamos acostumbrado a que los gobernantes se enriquecieran en el poder como la cosa más natural del mundo.
Para empezar bien mal, los hombres que más obligaciones tienen con el país, que son sus gobernantes, los primeros obligados a dar el ejemplo, los primeros obligados a cumplir la ley, vivían por encima de la ley y eran los primeros que no la respetaban ni la cumplían ni daban ejemplos.  Me pregunto, ¿con qué moral un funcionario les puede exigir a los demás que sean honrados si él no lo es?  ¿Con qué moral un funcionario puede enviar a la cárcel a un delincuente, a un simple ladrón, si él empieza por no ser honrado?
Y si cosas como estas se habían convertido en hechos naturales en nuestro país, si cuestiones tan elementales como estas, deberes tan elementales como estos, no se cumplían en Cuba, entonces podemos tener una idea de cómo podía marchar todo lo demás.
En realidad, sobre todo, a medida que uno se adentra en el conocimiento de estos problemas públicos, llega a la conclusión de que desgraciadamente en nuestra patria todo estaba marchando al revés, que en nuestra patria todas las cuestiones se estaban tratando en el sentido exactamente contrario a como debían ser tratadas.
Cuando se decía que este era el país de los viceversas, de la ciguaraya, y, en fin, no se sabe cuantas cosas se decían de nuestro país, se estaba reflejando, desgraciadamente, una verdad; y eso, sobre todo, lo comprendemos cuando llega la hora de rectificar y de enderezar lo que ha marchado torcido durante muchas décadas, puede decirse que desde los inicios de la república.
El Presidente de los industriales hablaba de la generación a la que le había correspondido sacrificarse en la lucha contra la tiranía y, en realidad, el sacrificio mayor que tiene esta generación no es el de la lucha o el de los trabajos que pasó nuestra generación —en definitiva, nuestro pueblo— en la lucha por conquistar sus libertades; el sacrificio más grande que tiene nuestra generación es el de arreglar lo que venía desarreglado desde hace tanto tiempo, el recibir la república en las condiciones en que la recibimos y que ustedes, hombres generosos, representativos de las instituciones económicas, saben mejor que nadie y comprenden mejor que nadie, porque hay una serie de principios que son elementales de la economía que, si no los comprende un hombre de empresa, un hombre de negocios, un productor, no los comprende nadie.  Nadie como ustedes —porque han tenido oportunidad de penetrar más en la entraña de estos problemas—, puede dar testimonio y fe de lo que era nuestra patria, de lo que estábamos obligados a soportar y que, en definitiva, casi todos habíamos aceptado ya como males irremediables.
Desgraciadamente, como nos ha tocado esta tarea amarga y difícil de rectificar —porque si otros hubieran hecho la tarea, no nos habría correspondido a nosotros ese trabajo fatigoso de rectificar la vida pública de nuestro país—, y para rectificar después de tantos años de abandono era necesario lesionar intereses, en cierto sentido ha venido a resultar que al nosotros realizar ese esfuerzo hemos corrido incesantemente el riesgo de no ser comprendidos, porque, precisamente, los sectores reunidos aquí representan en una parte considerable los sacrificios que ha sido necesario hacer para realizar esta tarea rectificadora. Pero insisto en que nadie como los representantes de las corporaciones o de las instituciones económicas, puede haber comprendido mejor la forma en que marchaba nuestra república y los caminos por donde marchaba nuestra república, que nos han obligado no a medicinas fáciles de asimilar, sino que nos han obligado a operar, es decir, a practicar la cirugía, que es mucho más dolorosa que una pastilla cualquiera, para comenzar a marchar por los senderos en que desde hace años debía estar marchando nuestra patria.
En definitiva, a nosotros no se nos puede echar la culpa de los 600 000 o 700 000 cubanos que en su patria no tienen medios de ganarse la vida, que en su patria no encuentran el modo de librar su sustento, que en su patria no encuentran el trabajo a que todo hombre tiene derecho para poder sostenerse, para poder sostener a sus familiares y para poder realizar un fin honesto en esta vida; a nosotros no se nos puede echar la culpa.  Nos reconocerán que no es culpa nuestra, nos vemos en la necesidad de buscarle solución.  Nos reconocerán igualmente que no es culpa nuestra la extraordinaria cantidad de familias campesinas, cuyos padres no trabajan ni dos o tres meses al año y que, sin embargo, no tienen una sola pulgada de tierra donde sembrar una planta para sostener a sus familiares.  Nos reconocerán que no tenemos la culpa de que por cada 10 enfermos en nuestro país haya una sola cama.  Nos reconocerán que no tenemos la culpa de la extraordinaria cantidad de analfabetos, de la extraordinaria cantidad de niños enfermos, de familias llenas de necesidades, cuya vida transcurría en el oscurantismo, en el sufrimiento, en la penuria, en la escasez de las cosas más elementales para vivir.  Nos reconocerán que no tenemos la culpa de los vicios que la politiquería sembró en nuestra patria.  Nos reconocerán que no tenemos la culpa de las prácticas ilegales en todos los órdenes de la vida social y económica que tenían lugar en nuestra patria, desde el juego hasta el contrabando, la droga, la delincuencia y, en fin, el extraordinario cúmulo de problemas que tenía Cuba y que iban desde la falsificación de la historia en las escuelas y la falsificación de las verdades más elementales hasta la ignorancia más extraordinaria de las cuestiones que todo el pueblo debe saber.
Muchas veces nos quejamos de que los problemas no se resuelven o de que las cosas no marchan como deben marchar, como si todo el mundo tuviera un grado elevado de conciencia política, como si todo el mundo tuviera una cultura adecuada para comprender los complejos problemas económicos, políticos y sociales, como si todo el mundo hubiese recibido aquí desde el principio el buen ejemplo, como si todo el mundo hubiese recibido una educación esmerada; y los males en nuestro país iban desde el desconocimiento de la historia real de nuestro país hasta una ausencia total de patriotismo, porque si vamos a decir verdad, aquí se cantaba mucho el himno, aquí se hablaba mucho de patria y aquí se hablaba mucho de Martí y nadie sentía en verdad la patria.
En el colmo de nuestra indiferencia por los problemas de la nación, habíamos llegado a ponerles nombres americanos o franceses a los artículos que producíamos aquí y habíamos arrojado en la desestimación las cosas de Cuba, de tal manera que para que algo interesara a los cubanos, fuese necesario ponerle un nombre extraño, y así, en todos los órdenes y en todos los aspectos de la vida nacional, nosotros habíamos perdido hasta la sensibilidad patriótica.
En estas condiciones nos correspondió esta tarea difícil en un país con todos esos problemas, en una nación económicamente subdesarrollada, plagada de desempleo, de manera tal que, cuando analizamos lo que aquí somos, lo que aquí producimos y lo comparamos con lo que aquí consumimos, resultará que una parte insignificante de la nación es la única que podía o tenía oportunidad de crear algo y de producir, mientras el resto de la nación, como consecuencia de todos estos vicios económicos y políticos, ni siquiera tenía la oportunidad de producir para satisfacer las más elementales necesidades del pueblo; nos encontramos un país donde el saqueo del Tesoro Público y donde el despilfarro de los recursos de la nación había sido tan grande que, en realidad, si la dictadura no cae el primero de enero, con seguridad hubiese caído en marzo, o en abril, o en mayo, sin disparar un solo tiro más, porque no podía sostenerse en el poder ningún gobierno, cuando ya las reservas monetarias de la nación estaban reducidas a 70 millones de pesos.
En esas condiciones y en ese estado, nos vimos obligados a afrontar todas las necesidades de atrás, todas las aspiraciones del pueblo en hospitales, en escuelas, en obras de toda índole, en el peor estado económico de la nación, cuando más pobre eran sus reservas y cuando más bajo era el precio del azúcar.
Viéndonos en la necesidad de satisfacer necesidades que venían desde hacía 30 o 40 años, en un pueblo plagado de hábitos adquiridos durante muchos años, con una serie de malos ejemplos por doquier, nos vimos ante la tarea grande de comenzar prácticamente a hacer lo que debió comenzarse hace 50 años.
Estas verdades servirán para darle una lógica al hecho de que la cura de nuestro país no puede ser una cura de pastillas, sino una cura de bisturí, y que el análisis honesto de todos estos problemas obliga a reconocer que nosotros no actuamos por hostilidad contra ningún grupo social ni contra ningún interés social, que nosotros actuamos ante la realidad y ante la necesidad de rectificar los errores que venían desde muy atrás y de hacer todo aquello que desde hace mucho tiempo debió comenzar a hacerse en nuestra patria, y en ese empeño vamos avanzando.
¿Qué gobierno en Cuba tuvo delante los obstáculos que hemos tenido nosotros? ¿Qué gobierno en Cuba tuvo las zancadillas que se tratan de poner desde el exterior a nuestro Gobierno Revolucionario? ¿Qué gobierno en Cuba ha tenido que resistir, como ha resistido el Gobierno Revolucionario, tantas maniobras en los cortos meses que lleva de existencia, teniendo que atender no solamente los problemas internos, sino los problemas externos derivados, sencillamente, del esfuerzo que estamos haciendo por nuestra patria, por nuestra nación?, porque no hemos hecho otra cosa desde el gobierno que defender lo nuestro, que defender a nuestro pueblo, que defender los intereses de nuestra nación, que es, sencillamente, lo que tantas suspicacias ha producido en el extranjero y lo que tantas “ronchas” ha levantado en ciertos intereses que han vuelto todo su poderío, que han vuelto todos sus medios de difamación contra nuestra Revolución.
¿Qué gobierno en nuestro país ha tenido que enfrentarse a obstáculos tan grandes?  Sin embargo, los vamos salvando, marchamos hacia adelante, si no de una manera perfecta, porque no pretendemos que las cosas nos salgan a la perfección —desearíamos que todas las cosas marcharan a la perfección, pero eso no es más que una aspiración, un deseo; esta obra, como toda obra humana, tiene sus imperfecciones, tiene sus errores—, porque los hombres no somos perfectos y ninguna obra humana está exenta de errores, y sobre todo porque nunca podemos considerarnos satisfechos con lo que hemos hecho...
Así, por ejemplo, aun sabiendo que una de las instituciones enumeradas por el orador que me precedió, el Instituto de Ahorro y Viviendas, está construyendo entre casas y apartamentos 10 000 , que estarán terminados para fines de año, y poder ello numéricamente constituir algo así como una realización verdaderamente revolucionaria, porque rompe todos los records anteriores, yo le decía a la compañera que preside esa institución —y que esperaba, naturalmente, el reconocimiento del esfuerzo que había hecho—, que tenía la impresión de que estábamos todavía en la primera piedra, esto es, que no nos sentimos satisfechos ni mucho menos con lo que se ha hecho.
¡Ojala se hubiese podido hacer más!  ¡Ojala hubiésemos podido contar con los recursos con que en otros tiempos contó nuestra patria! ¡Ojala que, por ejemplo, en vez de 70 millones en las reservas monetarias, hubiésemos encontrado allí 500 millones como había el 10 de marzo, para que entonces en Obras Públicas, en vez de 100 millones de pesos, pudiésemos disponer de 200 millones, para que nuestro programa de industrialización contase con los recursos necesarios para llevarlo adelante con mayor prontitud! ¡Ojala hubiésemos podido hacerlo mejor y llevar adelante estos propósitos con un número mayor de aciertos!
Solo puedo decirles que nunca nos sentimos ni nos sentiremos satisfechos con lo que se haga, porque estamos conscientes de que pasarán muchos años antes de que nuestro pueblo pueda sentirse satisfecho, antes de que hayamos resuelto todos los problemas que nos fueron legando a través de los años, desde el inicio de la república.
Estamos conscientes de que el futuro de nuestra patria solo puede ser fruto de nuestros sacrificios, de que hoy tenemos que ajustarnos a lo que tenemos, a nuestras posibilidades; que hoy tenemos que centrar nuestros esfuerzos en la agricultura, ya que es un campo de la economía donde podemos incrementar con prontitud los recursos de la nación, y que podemos desarrollar el turismo, ya que no requiere esa especial tecnificación que necesita la industria, con las grandes cantidades de capital que requiere la industrialización.
Estamos conscientes, además, de que la industrialización tiene que ser una consecuencia de nuestros ahorros, de los ahorros de la nación, de la idea de que nosotros por todos los medios tenemos que tratar de fomentar lo nuestro y desarrollar lo nuestro para poder disponer del producto de nuestras inversiones en la adquisición de las maquinarias que necesitamos para la industria; pero, sobre todo, hay que tener muy presente que solo con nuestros ahorros podremos estar en la seguridad y en la idea de que el pueblo no puede esperar que otros vengan a cumplir su tarea, de que el pueblo no tiene que esperar que nadie venga a labrar su camino, sino que tenemos que labrarlo nosotros mismos, aunque vayamos más despacio, aunque vayamos lentamente, aunque nos tardemos algunos años más.
El único camino seguro es aquel camino en que se hace el esfuerzo propio, el único camino seguro de nuestro porvenir es el camino que se base en la inversión de los ahorros de la nación.  Esta verdad nos lleva a tres conclusiones: tenemos que acentuar el espíritu patriótico de los cubanos; tenemos que acentuar la campaña de que los cubanos debemos consumir nuestros productos, y tenemos que cumplir fielmente esa consigna de que hablaba esa nota —para nosotros un poco extrañadamente, porque ese era un papel de carácter oficial— de que se consuman productos cubanos, aunque nos cuesten más caro. No quiere decir esto que vaya a abusarse de esa consigna. Quiero decir que, aunque nuestra capacidad técnica no nos permita producir algunos artículos de competencia con otras industrias más desarrolladas, nuestro país debe consumir los productos de nuestra patria, productos que en muchos casos son mejores que muchos extranjeros, como pasa con los jugos de frutas, en que los nuestros son tan envidiables que en ningún país del mundo se producen iguales, sin embargo, ni siquiera los conocemos.
Naturalmente, es ingenuo pensar que un pueblo pueda aspirar a un destino mejor, pueda aspirar a un desarrollo económico, cuando ni siquiera es capaz de comprender la verdad de consumir lo suyo para invertir en el extranjero en lo que podemos adquirir aquí, en lo que podemos producir aquí. Eso es lo que todavía no queríamos decir aquí, como son las maquinarias para la industria, como son las fábricas, porque la maquinaria no se hace con la imaginación. Cuando uno no tiene una industria pesada, tiene que empezar por comprender que es igual a cuando se compra la semilla para desarrollar un cultivo determinado, y, a pesar de que esto es una verdad, no comprendemos la necesidad de que tengamos que comprar jugos de peras, jugos de melocotones, cuando tenemos que comprar maquinarias para desarrollar nuestra economía, porque únicamente a través del desarrollo de nuestras riquezas podemos elevar el estándar de vida de todos, podremos algún día ocupar todos los brazos.
Es ingenuo, igualmente, pensar que el problema se resuelve distribuyendo más pesos y no fabricando más productos, ya que no se puede consumir lo que no se ha producido y las posibilidades de mejorar el estándar mediante una mayor capacidad de consumo tienen un limite en la capacidad de producción del país, porque cuando no se producen allí y en cambio aumenta la capacidad de consumo de una serie de artículos, tenemos que irlos a comprar fuera, y si nos ponemos a comprar arroz, manteca y una serie de artículos en el exterior, que serían la consecuencia de un aumento exagerado de la capacidad de consumo, ¿con qué vamos a comprar las maquinarias que nadie nos va a regalar, sino que tenemos sencillamente que adquirirlas con nuestros ahorros?
Estas son verdades que no debemos culpar al pueblo de que no las conozca. Culpémonos nosotros que nunca nos preocupamos verdaderamente de hacérselas conocer. Culpémonos todos, porque todos tenemos una parte de culpa. Culpémonos porque todos estamos en la obligación de asumir nuestra responsabilidad y, entre ellos, algunos industriales que están muy contentos con que nosotros digamos que consuman productos cubanos, pero que, cuando se trata de adquirir una marca para sus productos, la van a comprar en el extranjero.  Es decir que tenemos que ir levantando parejo todos nosotros en el esfuerzo y en el sacrificio.  No echarles la culpa a los demás, no detenernos en rehuir responsabilidades creyendo que todos los fantasmas se avistan en nuestro horizonte, porque aquí no va a venir ningún caos y los fantasmas no serán más que eso, puros fantasmas.  Lo que hay que hacer es tener muy en cuenta que para el país y para todos nosotros, lo que quiere decir es que ha llegado la hora de buscar, de trabajar y de esforzarnos por mejorar el país, porque a nadie le quepa la menor duda de que en esta ocasión o triunfamos todos o nos hundimos todos.
Bastante hemos comulgado con el error, bastante hemos marchado de la mano de la falta de austeridad para que cometamos el error de no comprender estas verdades. Por eso, cuando tenemos que alguno se empeña en debilitar al Gobierno Revolucionario, cuando tenemos que alguien se empeña en resaltar las facetas escasas de los errores, cuando veo que alguien, por ejemplo, se empeña en destacar que una persona estuvo más horas presa de las que debía estar, o se pone un recurso de habeas corpus en favor de alguien diciendo que es un niño, como si nosotros fuéramos una especie de seres crueles, que sentimos placer en tener a alguien detenido por encima de la ley o en violar la ley, y no se comprenda que no alcanzan los presos ni los jueces en medio de una organización nueva para atender, en cierta circunstancia, todos los casos legales que se presentan y que vienen de atrás, y que no son las intenciones de violar derechos ni la indiferencia ante el derecho, sino causas que son ajenas al deseo de todos nosotros, ya que no hay un solo hombre responsable del gobierno que no tenga un celo esmerado por tratar de que las leyes se cumplan estrictamente y en evitar hasta la más insignificante injusticia.  Cuando veo que algunos se empeñan en destacar aquellas cosas que se escapan a nuestro control, con la voluntad de debilitar nuestra Revolución, me pregunto: ¿A dónde van estos tontos? ¿Qué quieren estos tontos?  ¿Es acaso que no se dan cuenta todavía a estas horas de que todo lo que venga a debilitar la moral de nuestras fuerzas, el prestigio de la Revolución en el pueblo, va contra el país, va contra la nación?
Esta es una realidad tan fuerte que nada ni nadie la podrá destruir, porque el propósito de nuestro pueblo de marchar adelante es tan firme, tan decidido y tan valiente que nada lo arredrará.  ¿Es que acaso se olvidan de que debilitar a la Revolución no es más que conducir al país hacia peligros que todos debemos tratar de evitar, porque la Revolución mantiene el orden, no por la fuerza, sino por la moral; la Revolución conduce al país con sus razones, con sus argumentos, con su persuasión, con sus métodos humanos, porque la Revolución tiene, sobre todo, como arma para marchar adelante, su moral y su prestigio, y que debilitar esa moral y ese prestigio no sería sino un perjuicio de todos?
Cuando aquí el Gobierno Revolucionario no contara con la fuerza formidable de la opinión pública, con esa moral con que allana muchas de las dificultades, ¿qué ha de ser del país?  ¿Acaso se piensa que si triunfaran en esos empeños, en la insidia de debilitar algún día a la Revolución a fuerza de campañas directas e indirectas y cargos de mala intención, van a lograr con eso que hombres tan convencidos como nosotros de que estamos actuando honestamente, desinteresadamente y solo pensando en el beneficio del país, nos vayamos a declarar vencidos?  ¿Acaso no se comprende que para destruir a esta Revolución habría que exterminar virtualmente hasta el último guajiro, hasta el último joven, hasta el último ciudadano; que habría que exterminar —como decía el Presidente de los industriales— hasta el último empresario también?  
Luego, no se concibe verdaderamente los propósitos que se persiguen cuando se trata de debilitar una revolución que marcha adelante porque es justa, porque tiene pueblo, y tiene pueblo, sencillamente, porque es leal con el pueblo; tiene pueblo porque es honesta con el pueblo; tiene pueblo porque se preocupa del pueblo.  Y el pueblo responde al esfuerzo que en su favor se hace, no porque la Revolución sea panacea de todos los males y de todas las penas humanas, porque sean remediados todos los sufrimientos del hombre, ¡no!, sencillamente, porque se esfuerza en remediar lo más posible, en aliviar lo más posible, y porque dentro de las posibilidades con que contamos, que son limitadas, poniendo una gran dosis de buena voluntad y de entusiasmo, tratamos simplemente de servir al pueblo, porque ese es el deber del buen ciudadano, ese es el deber de los buenos gobernantes, ya que nadie, como no sea para servir leal y honestamente al pueblo, debe aspirar al título de hombre público o al título de gobernante .
Que nosotros nos equivoquemos...  Y con esto no quiere decir que esté entonando un mea culpa, no.  Nosotros no tenemos absolutamente nada de qué arrepentirnos, sino que, sencillamente, reconocemos con toda honestidad, porque es imposible que haya obra humana perfecta, que la Revolución tiene que tener sus errores, porque son errores sencillamente; pero que importa —lo dije ya al principio—, porque nosotros nunca hemos venido presumiendo de que éramos unos sabios en cuestiones públicas, ni hombres que lo resolviéramos todo, sino que muchas veces he dicho que el pueblo lo que no perdonaba era la mala intención, que el pueblo lo que no perdonaba era la inmoralidad.
Con esto quiero decir que es lógico que haya discrepancias y divergencias de criterio.  Es lógico, porque cada cual tiene su juicio y si intentamos analizar los problemas, a veces cada uno tiene su solución y cada solución es diferente de la solución de todos los demás.  Por eso hemos visto que no siempre coincidíamos, pero lo que sí debo decirles es que en esta empresa, que es de todos, todos debemos aportar generosamente nuestro esfuerzo.
Resulta lógico que hasta aquí hayamos vivido con bastante egoísmo, porque el egoísmo y la conveniencia personal eran virtualmente la ley moral de nuestra república.  Es lógico que hasta aquí ese signo haya sido el dominante, como debe ser lógico en momentos como este que el criterio puramente egoísta —es decir, el criterio que olvide su posición de sacrificio en beneficio de los demás— debe ir desapareciendo.  En definitiva, la Revolución, que ha llevado esa cuota de sacrificio, ha llevado también una cuota mucho mayor de beneficio a todos los cubanos, por lo menos ese beneficio que hacía mucho tiempo habíamos perdido la esperanza de lograr.  Que el beneficio del país guíe el decoro de los hombres, el imperio de la dignidad del hombre, el imperio de la vergüenza de los hombres.
Entre otras cosas, la Revolución está atendiendo al país y está enraizando en el país la idea de la patria, que era una de nuestras cosas olvidadas en Cuba, al lado del sacrificio que, sin embargo, no ha sido sacrificio que no se pueda soportar.  La Revolución ha traído al país y quiere seguir trayendo al país el mayor número de beneficios, no solo materiales, sino también morales, recordando aquello de que no solo de pan vive el hombre.  Y aquí todos ustedes —ustedes muy particularmente— tienen por delante la oportunidad de trabajar entusiastamente en esta obra, no por egoísmo personal, sería inmoral plantear el esfuerzo por egoísmo personal; no invito al egoísmo personal, invito al patriotismo. Y sabemos que en el hombre de empresa ha sido todo espíritu creador, que en el hombre de empresa ha sido todo el deseo de hacer más, en la mayoría de los casos, que el deseo de ganar.  El espíritu creador de los hombres de empresa es espíritu de sacrificio.
Aquí nos hemos acostumbrado a actuar de una manera, y nosotros nos vemos obligados a actuar en cierta forma de distinta manera, por distinto camino, ante determinadas restricciones; pues bien, eso solo requiere adaptación, y el hombre tiene que estar, y, sobre todo, la inteligencia humana, en un constante proceso de adaptación.  Lo que se requiere es adaptación a la realidad revolucionaria, adaptación a los sacrificios, adaptación a la operación quirúrgica para que la república pueda salvarse, y alegrémonos de ese sacrificio.
Aquí yo me pregunto qué sería de la vida del país...  Y aquí vamos a preguntarle a ese “ilustre patriota” que ha recibido tantos frutos por un librito editado desde la cárcel —y que no está allí, sino por complicidad con la tiranía—, pudiera preguntarle al señor Martínez Sáenz hacia dónde marchaba la república, y preguntarle a quien consideramos uno de los mayores culpables, por qué certificó y promovió el despilfarro criminal de las reservas del país que favoreció la instalación de fábricas simplemente para producirles a algunos paniaguados las comisiones en el campo de la economía, hasta la inversión de 21 millones de pesos en obras como la terminal marítima, creada para obtener los grandes beneficios del aumento del valor de los terrenos; 21 millones de pesos que habrían servido para construir 50 o 60 obras públicas tan necesarias, e inversiones como esas y tantas otras por el estilo que consistían en favorecer a un privilegiado, a un amigo que ponía 30 000 o 40 000 pesos para que el Estado aportase 10, 15 y 20 millones en una carrera desenfrenada de despilfarro que dio al traste con los recursos de la nación.  Fue lo que hizo ese señor que hoy abusa —porque eso es abusar— de la condescendencia, de la generosidad de la Revolución, como abusa el otro pidiendo que se le trasladase para su casa, por presiones, para ir a fijarse como traidores, porque traidores son todos aquellos que colaboraron con la tiranía.
Hacia dónde marchaba nuestro país con su carga cada vez mayor de desempleo, con su aumento más creciente de población, como si toda aquella plaga de criminales, como si toda aquella plaga de parásitos de Batista, de botelleros, de viciosos, de jugadores, que se jugaban en el tapete verde, 10 000, 20 000 y hasta 100 000 pesos en la noche, puedan pensar en ese señor a quien cierto excompañero de andanzas pasadas calificó de funcionario honesto, como si la cuenta de cerca de 400 000 dólares en la caja de seguridad de un banco fuese carta de presentación ni testimonio de honradez de nadie.
Pueden preguntarle a ese señor que está sencillamente en prisión porque debe parecer peligroso.  Bueno es que les preguntemos a los frecuentes hipócritas que quieren tirar la clásica toalla sobre los grandes culpables; bueno es preguntarle al pueblo de los contrarrevolucionarios disfrazados que hay por ahí, bueno es preguntarle hacia dónde marchaba el país, porque no hace falta ser un economista, ser un catedrático, un técnico para sacar una conclusión con aquella plaga de parásitos, de viciosos, de botelleros y de mercenarios, en un país donde las divisas marcaron un declive de cerca de los 500 millones de pesos.  Bueno es preguntarle hacia dónde marchaba ese país, y bueno es que todos nos lo preguntemos y que aceptemos conformes nuestra cuota de sacrificio, ya que también debemos cargar con nuestra cuota de propia culpa o con la cuota de culpa que nos dejaron nuestros antepasados.
Debemos ser honrados con nosotros mismos, comprender que esto es simplemente un proceso de adaptación, que la Revolución no siente hostilidad ni prejuicios contra nadie, que sabemos del espíritu creador de los hombres, del entusiasmo clásico de los cubanos, para invitar ese espíritu creador, para invitar ese espíritu de sacrificio y para invitar el espíritu de patriotismo que en todos se desborda, muy conscientes de que la patria es de todos y todos tenemos obligación de salvarla, y que en esta hora suprema de Cuba, en esta hora gloriosa de Cuba, en esta hora de prestigio mundial de Cuba, debemos tener muy presente la idea de que en esta cruzada nos salvamos todos o nos perdemos todos.
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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