julio 14, 2012

Discurso de Fidel Castro en el homenaje a los mártires caídos en Playa Giron y en conmemoración de la victoria (1962)

DISCURSO EN EL ACTO HOMENAJE A LOS MARTIRES CAIDOS EN PLAYA GIRON Y CONMEMORACION DE LA VICTORIA CONTRA LA INVASION PERPETRADA HACE UN AÑO POR PLAYA GIRON Y PLAYA LARGA, CELEBRADO EN EL TEATRO “CHAPLIN”
Fidel Castro
[19 de Abril de 1962]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Compañeros y compañeras:
Hace un año, un día como hoy, se disipaba el humo de los últimos disparos de la batalla de Playa Girón.
Los que lanzaron aquel ataque se imaginaron que aquello sería el fin de la Revolución; pensaron que tal vez un año después, un día como hoy, no volveríamos a estar aquí juntos; pensaron que la Revolución, que todo lo que es y significa la Revolución, podía ser destruido; pensaron que otra vez nuestra patria volvería al pasado, aunque ello fuera mediante la destrucción total de nuestro país.
Para medir el grado de criminalidad de aquel ataque hay que tener en cuenta qué es lo que pensaba nuestro enemigo. A los invasores, a las fuerzas que reclutaron y entrenaron, naturalmente que les hicieron creer cosas tan insensatas como que los recibirían con los brazos abiertos. Y era menester semejante fantasía para poder reclutar a la gente que reclutaron, hacerles creer que nuestro pueblo los recibiría con los brazos abiertos.
Claro que para creer semejante cosa hay que vivir en un mundo muy distinto del mundo de las realidades. Hacerle creer a nadie que un pueblo recibiría con los brazos abiertos a sus explotadores, que nuestras masas campesinas y obreras, que nuestro pueblo que hacía apenas dos años había salido de aquella sangrienta tiranía que regó de cadáveres de jóvenes, que regó de cadáveres de hombres humildes del pueblo el suelo de la patria, que nuestras masas recibirían con los brazos abiertos a aquella horda en que se mezclaba lo peor, en que se mezclaba el señorito millonario con el esbirro y con el lumpen, hacerle creer a cualquiera que nuestro pueblo sería capaz de recibirlos con los brazos abiertos, es vivir en un mundo de fantasías.
Pero lo que hay que pensar no es en lo que creyeron o le hicieron creer a los mercenarios invasores, lo que hay que pensar es en lo que creían los que los mandaron a invadir a nuestro suelo. Y aquellos sabían, aquellos sí sabían — y lo sabían demasiado bien— que nuestro pueblo no recibiría a nadie con los brazos abiertos, que nuestro pueblo no recibiría aquella invasión criminal con los brazos abiertos.
El enemigo sabía demasiado bien que el pueblo no apoyaría a los contrarrevolucionarios. Y de ahí su estrategia. La estrategia que preparó la maquinaria militar yanqui no era estrategia de los que creían que el pueblo se sumaría a la contrarrevolución, sino todo lo contrario, la estrategia de quienes sabían que el pueblo estaba con la Revolución.
Por eso condicionaron sus planes de guerra a esa realidad que ellos conocían, y de ahí que intentaran apoderarse de un espacio del territorio nacional. Porque no escogieron un campo abierto de batalla, escogieron una zona del territorio nacional de difícil acceso, adonde se podía llegar solo por tres caminos que precisamente había construido la Revolución; tres caminos, cada uno de los cuales era un paso de las Termópilas, es decir, una vía estrecha de varios kilómetros, a cuyos lados existen intransitables pantanos y cenagales; caminos que desde el punto de vista militar resultan muy fáciles de defender y muy difíciles de tomar; sitio donde existía además un aeropuerto que les permitiría las comunicaciones aéreas con el exterior, y una bahía profunda que les permitiría recibir por mar cuantos suministros fuesen necesarios.
Y las fuerzas que lanzaron eran más que suficientes para defender esos caminos, sobraban para defender esos caminos, porque son tan estrechos que resulta virtualmente imposible desplegar en su defensa fuerzas mayores. Desde el punto de vista táctico, en el estudio del terreno, en la selección del lugar apropiado, trabajaron bien los estrategas del Pentágono.
Y aquella estrategia se dirigía precisamente al apoderamiento de un pedazo del territorio nacional donde poder constituir un gobierno de contrarrevolucionarios, recibir ya un apoyo más abierto, si es que no era suficientemente abierto el apoyo que ya les prestaban, e iniciar contra nuestro país una guerra de desgaste.
A todas las medidas de agresión económica que han tomado contra nuestra patria, a la supresión total del comercio, a la privación completa de nuestro mercado azucarero, al embargo de todas las exportaciones posibles, a aquellas medidas de estrangulamiento económico, pensaban añadir una guerra de desgaste contra nuestro país. Tener en el propio territorio nacional base de operaciones para sus fuerzas aéreas, convertir aquello en un bastión del imperialismo, reforzarlo con cuantos soldados mercenarios pudieran reclutar en el mundo, y apoyarlos con todos los recursos del imperio: los recursos económicos y militares.
Basta comprender esto para darse cuenta de lo que habría significado para nuestro país semejante guerra, lo que habría significado para nuestro pueblo tener que trabajar bajo el incesante bombardeo de aviones enemigos, tener que transitar por todo el territorio nacional, transportar nuestros productos a lo largo y ancho de la isla, y una isla larga y estrecha para tener una idea de la dimensión de los daños materiales, pero, sobre todo, de la dimensión de los daños humanos, de las vidas que semejante guerra habría impuesto a nuestro país.
Y para ocupar una porción del territorio donde solo puede llegarse por tres caminos tan estrechos, 1 400 hombres eran más que suficientes; 1 400 hombres que, además, traían detrás toda una escuadra de abastecimientos, y más atrás la escuadra yanqui; que traían numerosos bombardeadores perfectamente abastecidos de bombas y de repuestos, con bases perfectamente organizadas en el extranjero, y más atrás los portaviones de la armada de Estados Unidos.
Por eso les decía que para medir la dimensión del crimen que intentó contra nuestro pueblo el imperialismo yanqui, hay que tener en cuenta cuáles eran sus planes. ¡Y cuánto destrozo, cuánta sangre y cuántas vidas habría costado a nuestra patria semejantes planes! Porque no era de suponer, ni mucho menos, que la Revolución sucumbiera simplemente; no era de suponer, ni mucho menos, que los revolucionarios se rindieran, sencillamente; no era de suponer, que sus objetivos de destruir a la Revolución hubiesen sido alcanzados, porque lo que es de suponer, lo que todo el pueblo sabe, lo que cualquiera comprende, es que nuestro pueblo habría resistido la agresión a cualquier precio.
Pero el precio habría sido un precio alto, el precio habría sido un precio extraordinariamente alto.
Mas, los que hicieron esos planes no se detuvieron por ello; a los que hicieron esos planes no les preocupó en absoluto cuánto luto y cuánto dolor habrían sembrado en nuestra patria; no les detuvo la violación de las más elementales leyes internacionales; no les detuvo la violación de los más elementales principios del derecho humano; no les detuvo la menor consideración a la opinión de todo el continente; no les detuvo absolutamente nada. Solo una cosa los detuvo, solo una realidad los detuvo, ¡y esa realidad fue nuestro pueblo!, ¡ese muro que se encontraron fueron nuestros combatientes!
Y lo que no pudo impedir el derecho internacional, lo que no pudieron impedir los organismos internacionales, el crimen que ninguna institución jurídica, que ningún organismo regional o mundial pudo impedir, lo impidieron nuestros bravos soldados de la patria.
¿Dónde estuvo el error de los que tan meticulosamente habían realizado aquellos planes? ¿Dónde se equivocaron? Se equivocaron al medir a nuestro pueblo; se equivocaron al medir la moral de nuestro pueblo, el valor de nuestro pueblo y la fuerza de una Revolución. Esa fuerza, esa moral, ese valor, fue lo que ellos resultaron incapaces de medir, y entre otras cosas porque no puede medirse, porque el valor de un pueblo que defiende su tierra, la moral y la fuerza de una Revolución que defiende la justicia de su causa, no puede medirse. Y por eso los agresores frente a todas las revoluciones verdaderas han fracasado, porque han sido incapaces de medir la fuerza de las revoluciones.
Ellos creían que por el simple hecho de que una mañana cualquiera, de manera imprevista, aparecieran sobre nuestro país escuadrillas de aviones de bombardeo, el ataque sorpresivo, el lanzamiento de bombas de metralla y de “rockets”; creían que el estampido de las bombas bastaría para sembrar el pánico en el pueblo, para sembrar el terror en la nación y el miedo en nuestros combatientes.
Ellos contaban con el factor sorpresa, y en sus cálculos tenían por seguro que aquel ataque cobarde, aquel ataque criminal, una mañana cualquiera, un sábado al amanecer, desmoralizaría al pueblo, desmoralizaría a la Revolución, y, además, dejaría completamente destruidos nuestros pocos, viejos y maltratados aviones de guerra. Para contar con una absoluta superioridad aérea, para contar con un dominio total del aire, contaron, entre otras cosas, con que no quedaría un solo avión en pie. Y así, sembrado el terror en el pueblo, la desmoralización entre las fuerzas armadas, ni un solo avión en pie, podrían enseñorearse con sus aviones sobre el campo de batalla.
Y ahí comenzó su primer gran error, error de cálculo y error militar. Ni los bombardeos intimidaron al pueblo, ni desmoralizaron a nadie, ni acobardaron a nadie, sino que llenaron de ira, de indignación a todos nuestros ciudadanos, y, además, no destruyeron siquiera más que una ínfima parte de nuestros pocos, viejos y maltratados aviones.
Los del Pentágono piensan y creen que los demás no piensan; los del Pentágono se creen superinteligentes, y se imaginan que los demás son superimbéciles; los del Pentágono se creían poseedores de toda la sabiduría; creían, además, que el impacto de su fuerza amedrentaría a los revolucionarios. Los del Pentágono no se detuvieron siquiera a pensar un minuto que la Revolución de nuestro pueblo se hizo de la nada, surgió de muy poca cosa, y se acostumbró a combatir contra efectivos superiores, contra la superioridad numérica y la superioridad en armas de los enemigos.
Pero ellos, que hicieron sus planes, creían que todo se habría de cumplir exactamente como lo habían pensado. ¡Y resultó que todo se cumplió exactamente lo contrario de lo que lo habían pensado! Los aviones estaban absolutamente dispersos —nuestros aviones—, absolutamente dispersos; los campos perfectamente protegidos con armas antiaéreas; y el ataque sorpresivo, cobarde y criminal no sirvió sino para destruir algunos pocos de aquellos aviones. Pero a pesar de que eran pocos, viejos y maltratados aviones, teníamos todavía menos pilotos que pocos, viejos y maltratados aviones; y a pesar de los aviones que destruyeron, todavía sobraban aviones para los pilotos que teníamos. Y el ataque cobarde, criminal y traicionero, no sirvió más que como una advertencia, como la advertencia del inminente ataque; no sirvió más que para que dispusiésemos de 48 horas a fin de movilizarnos y prepararnos para la agresión que estaba a la vista. Porque aquel ataque, a todas luces, indicaba la inminencia de la agresión.
Y así ocurrió. Las fuerzas de desembarco se venían aproximando y el día 17, desde las primeras horas de la madrugada, comenzaron a ocupar posiciones en el territorio que habían escogido. Habían organizado sus planes, traían las armas de nuevos contingentes que desembarcarían después, la comida día por día y hora por hora calculada con esa meticulosidad con que trabajan en el Pentágono, las fuerzas de paracaidistas listas para arrojarlas al amanecer sobre los puntos estratégicos, y el supuesto dominio del aire. Se encontraron, en primer lugar, la más decidida resistencia de los pocos milicianos que en aquellos parajes se encontraban, pero que al grito de “ríndete”, respondieron “¡Patria o Muerte!”, y abrieron fuego. 
Y esta fue, esta fue tal vez la primera sorpresa que se llevaron los invasores: la entereza de aquellos hombres que solos absolutamente, sin más armas que sus rifles de infantería, iniciaron allí mismo la resistencia y advirtieron y comunicaron la presencia del enemigo en aquel sitio. La segunda sorpresa fue al amanecer, cuando ellos tranquilamente, como si se tratara de una excursión, estaban todavía desembarcando su material de guerra y sus flamantes, y bien uniformados de “gusanos de seda” (RISAS), soldados de su “famosa” fuerza expedicionaria, y de repente se aparecieron por el cielo nuestros pocos, viejos y maltratados aviones, ¡pero cargados de bombas, de rockets y de balas!, que para mayor ironía eran las bombas, los rockets, las balas y los aviones que el imperialismo le había dado a Batista para que ya luchara una vez contra nosotros .
Y esa fue, sin duda, la segunda gran sorpresa, el segundo gran fallo de los planes imperialistas, de los sabios del Pentágono, que no calcularon que a aquella hora tan temprana de la mañana cayera sobre su escuadra invasora, tan recio aguacero de bombas y de balas.
Eran viejos, pocos y maltratados aviones, pero llevaban dentro hombres que habían dicho ¡Patria o Muerte! también, que llevaban en el alma la decisión de morir o vencer. Y los aviones enemigos se encontraron con que no eran los dueños de los cielos; se encontraron la tenaz y heroica resistencia de nuestros aviadores que concentraron su esfuerzo —como era lógico— principalmente sobre los barcos enemigos.
Mientras tanto, nuestras escasas fuerzas resistían firmemente. Y otra cosa con lo que tal vez no calculó el Pentágono, y fue que rápidamente, en refuerzo del batallón heroico de la ciudad de Cienfuegos , llegaron, constituidos en batallón de combate, los alumnos de la Escuela de Responsables de Milicias de Matanzas . De donde resultó que los planes del imperialismo habían salido perfectos: llegaron exactamente a la hora planeada, comenzaron a desembarcar a la hora planeada, lanzaron sus paracaidistas sobre los puntos estratégicos a la hora planeada; todo perfecto, excepto que al mediodía la mitad de sus barcos estaban hundidos y la carretera del Central Australia a Playa Larga estaba firmemente en nuestras manos.
Ese día fue muy poca la protección aérea que pudo recibir nuestra infantería de nuestros pocos, viejos y destartalados aviones, dedicados a atacar lo más importante en ese momento, que eran los barcos enemigos. Pero, a pesar de todo, avanzaron, y bajo el fuego aéreo del enemigo ocuparon sus posiciones. Y entonces empezaba la batalla en serio.
Los sabios del Pentágono sabían, seguramente, que nosotros habíamos recibido una cantidad de tanques, una cantidad de antiaéreas y una cantidad de cañones, pero calcularon, calcularon que nosotros no estaríamos en condiciones —para esa fecha— de utilizar esos tanques, esos cañones y esas antiaéreas. En lo que se equivocaron, una vez más, fue en no imaginarse siquiera la serenidad con que nuestras fuerzas armadas prepararon los artilleros de esas armas y los tripulantes de esos tanques. Ellos se imaginaron que todos esos cañones y tanques, por falta material de tiempo para la instrucción, estarían almacenados el día del ataque. Y eso estaba también en los cálculos de los inteligentes sabios del Pentágono. Ellos no podían comprender que las revoluciones hacen cosas realmente increíbles en épocas normales; que un pueblo revolucionario es capaz de prepararse mucho más rápidamente, en una época, que un pueblo en estado de normalidad o de opresión, o de explotación.
Y efectivamente, miles y miles de humildes obreros, jóvenes, fueron reclutados voluntariamente y puestos a aprender con toda urgencia el manejo de aquellas armas. Y lo que no pudieron calcular los enemigos era que el día del ataque todas esas armas estaban listas para el combate y listas para vencer también. Y por eso, lo que les ocurrió la primera mitad del día 17 no era más que el comienzo, no era más que la prueba. Desde entonces comenzó la batalla, pero aquella batalla tuvo una característica y fue que no se interrumpió un solo minuto. Cuando después de todo un día de combate los invasores creyeron que había llegado la hora de tener tal vez algún descanso, fue cuando aparecieron en escena las baterías de los obuses del 122 y los tanques. Si creían que habría tregua, se encontraron con que nuestros artilleros y nuestros tanquistas no esperaron el amanecer y desde la madrugada del día 18, sin tregua ni descanso, comenzaron a atacar las posiciones enemigas. Y cuando al amanecer los aviones que el día anterior habían estado hostigando a nuestra infantería en aquella carretera sin poder recibir protección aérea nuestra, cuando al amanecer volvieron aquellos aviones se encontraron con 54 piezas de artillería antiaérea disparando sobre ellos.
Y ya nuestros batallones avanzaban por todos los caminos y vericuetos en el interior del territorio que trató de ocupar el enemigo y el ataque se lanzaba por los otros dos puntos de entrada a aquel territorio donde ellos se habían atrincherado.
Fueron, pues, sorpresas sobre sorpresas, errores de cálculo sobre errores de cálculo y todo se desenvolvía tan rápidamente que el enemigo no tuvo siquiera tiempo de reflexionar, de reaccionar ni de reponerse. No me refiero al enemigo que estaba allí, que no tuvo tiempo ni de “pegar los ojos”, nos referimos al enemigo principal, que estaba “allá”. No hubo tiempo ni de que el Pentágono se reuniera a discutir, porque mucho antes de la convocatoria y del tiempo que por lo general estos señores se toman para discutir, ya no había cabeza de playa en Playa Girón, porque el día 19 avanzando desde todas direcciones nuestras fuerzas acorralaron y desalojaron al enemigo.
Allí no cupo siquiera la historia de Dunkerque. Para los flamantes invasores no hubo siquiera Dunkerque, porque precisamente, para que no hubiera Dunkerque, no se les dio tregua ni descanso un solo minuto. Y no había barco ni cosa parecida que se atreviera a aparecerse por allí a rescatarlos . E inmediatamente nuestros tanques y nuestra artillería tomaron posesión rápidamente de las costas y esperaron: qué pasaba.
Durante los tres días de combate portaaviones yanquis estuvieron en las cercanías de nuestras costas y sus aviones más de una vez volaban rasantes sobre nuestro territorio, tratando de intimidar, y alguna que otra vez hasta incluso abrieron fuego.
No es que nuestras fuerzas fueran allí solo dispuestas a combatir a aquella fuerza de mercenarios, es que fueron dispuestas a combatir lo que viniera detrás de ellos, porque inmediatamente la histeria se apoderó de los gobernantes yanquis. Tan fulminante y sorpresiva derrota era algo que no cabía siquiera en la imaginación de los imperialistas, en el orgullo de los imperialistas, en la soberbia de los imperialistas que comenzaron inmediatamente a lanzar amenazas, a advertir que ellos estarían dispuestos a actuar unilateralmente en el caso de Cuba, y fue necesario movilizar rápidamente las tropas que estaban en aquella zona hacia la capital, puesto que el grueso de las fuerzas eran procedentes de la capital, sustituirlas por otras fuerzas para culminar la captura de todos los invasores y atrincherarse en la capital, en espera de lo que pasara.
La gloria no está solo para nuestros combatientes en la bravura y en el heroísmo con que combatieron y aplastaron a la vanguardia enemiga, sino en la disposición de enfrentarse a las tropas regulares del imperialismo si osaban invadir nuestro suelo.
No fuimos nosotros los que inventamos aquel ataque, fueron ellos los que lo inventaron, luego no fuimos nosotros culpables de la derrota que sufrieron, ¡fueron ellos que nos atacaron, los únicos culpables de su humillante derrota!
La importancia que desde el punto de vista militar tuvo la batalla en aquel territorio de Playa Larga y Playa Girón, de todo el territorio de la Ciénaga de Zapata, estriba en que la “cabeza de puente” fue destruida rápidamente y que por lo tanto el enemigo no pudo proseguir sus planes. El enemigo no pudo llevar adelante su estrategia, el enemigo no pudo desembarcar el grueso de sus fuerzas. En eso estriba fundamentalmente, en que el plan fue aniquilado desde el momento mismo en que no pudieron establecer la cabeza de playa, desde el momento mismo en que no pudieron posesionarse de un pedazo de nuestro territorio. Todos los demás planes quedaron en el aire; puesto que la fuerza que enviaron a cumplir los primeros objetivos fue fulminantemente aniquilada.
Claro que no solo fue una gran victoria de nuestro pueblo, sino que, además, nuestras fuerzas se comportaron con una serenidad, y con un pulso que pocas veces se ha visto en la historia de ninguna guerra, puesto que ardía la sangre de nuestros soldados, puesto que la más profunda indignación se albergaba en sus pechos, y sin embargo, tuvieron serenidad y tuvieron pulso.
¿Dónde estaba, o dónde podía estar el mérito de aquellos invasores? No eran los expedicionarios del Granma; no eran los 82 hombres en un barquito de 60 pies, sin comida, perdidos en el Golfo de México, en el Mar Caribe, sin bases de aprovisionamiento, sin fuerzas aéreas, sin escuadras, sin armada yanqui detrás, sin portaaviones, sin submarinos, sin acorazados. No era la fuerza revolucionaria; los revolucionarios no suelen tener ayuda de nadie cuando hacen sus revoluciones, cuando inician sus luchas; la escasez más espantosa los suele acompañar; la persecución, la falta de medios, de armas, de medios de transporte, de protección de cualquier tipo, que se lanzan con los escasísimos recursos de que disponen a la lucha contra todo un ejército.
Cuando se cree en las masas, cuando se tiene fe en la causa, porque la causa es verdaderamente justa, entonces no se traen tanques ni aviones de bombardeo, ni morteros pesados, ni “bazookas”; entonces no hay escuadras detrás; escuadras detrás, armadas detrás solo podían tener los ahijados de los millonarios yanquis, los representantes del poder de la esclavitud y del dinero, los representantes de la fortuna y del privilegio.
Cuando los que vinimos a luchar contra el privilegio y contra los poderosos del dinero y de la explotación iniciamos nuestra lucha, no teníamos detrás más que la estela que dejaba nuestra pequeña embarcación. Y esa es la diferencia, la infinita diferencia entre las dos causas que se enfrentaban. La nuestra llegó, se enfrentó a todas las vicisitudes y triunfó; la revolución del pueblo, la revolución de los humildes, se hizo poder; la contrarrevolución de los poderosos, de los ricos, de los explotadores, cuando vino a recuperar sus privilegios, tenían detrás los tesoros de los grandes monopolios, las infinitas sumas de millones de un imperio, su escuadra, sus aviones, sus campos de entrenamiento, sus bases de operaciones aéreas, sus fuerzas aéreas, los gobiernos títeres ayudándolos; todo era fácil.
Las armas salían de los arsenales yanquis; los alimentos salían de los almacenes yanquis, las ropas, los equipos de campaña, los alimentos, las raciones de guerra salían de los “stocks” del ejército yanqui. Y las expediciones se preparaban en multitud de bases, desde la Isla Vieques, en el hermano país oprimido de Puerto Rico, pasando por el territorio de Estados Unidos, y luego en Guatemala, en Nicaragua; todo el poder de los millonarios detrás de ellos; todos los millones de los poderosos explotadores detrás de ellos. Esa era la causa que ellos representaban.
Y por eso la expedición del barco pequeño y solitario que enarbolaba una causa justa, la causa de los humildes, triunfó, combatió durante 25 meses, y se hizo poder, mientras la causa de los explotadores, de los privilegiados, de los millonarios, de los poderosos, fracasó, ¡y no pudo sostenerse, siquiera, 72 horas!
Y eso es lo que en la logística yanqui, en la logística del Pentágono, en sus planes estratégicos, no consideran, no toman en cuenta, y por eso fallan todos sus planes, y por eso fracasan sus planes terroristas, y por eso sus bandas contrarrevolucionarias fueron también aniquiladas, a pesar de las armas que les llegaban por aire y por mar.
Tomaron venganza contra nuestros maestros, contra nuestros brigadistas alfabetizadores, contra nuestros alfabetizadores populares; y así, así, primero asesinaron al maestro voluntario Conrado Benítez, después asesinaron al alfabetizador popular, el obrero Delfín Sen, y después, junto a un padre de familia, campesino, asesinaron al brigadista Manuel Ascunce . Solo el odio ciego, bajo y ruin de los explotadores, de las contrarrevoluciones de los explotadores, de los imperialistas, pueden concebir semejantes actos; actos que creían permanecerían impunes, y, sin embargo, ¿qué ha ocurrido en el transcurso de este año?, ¿qué ha ocurrido en el transcurso de estos 12 meses, desde el triunfo aplastante de Playa Girón? ¡Que el asesino de Delfín Sen fue capturado y fusilado con toda su pandilla!, ¡que el jefe pandillero que asesinó al brigadista Manuel Ascunce fue capturado y fusilado!
Y, por último, como una coincidencia simbólica, el mismo día, o al día siguiente de conmemorarse la primera acción del mes de abril del año pasado, fue cercado y muerto cuando trató de escapar el asesino del maestro voluntario Conrado Benítez.
Es decir que, en los emblemas de los agentes del imperialismo, de los asesinos a sueldo del imperialismo, bien pudieran inscribir esta frase: “¡No escaparás, no escaparás!” ¡No escaparás a la justicia del pueblo! Asesinos, asesinos de maestros, asesinos de alfabetizadores populares, asesinos de brigadistas adolescentes, ¡no escaparán! ; asesinos de obreros, como aquellos que al perpetrar el criminal sabotaje contra “El Encanto” dio lugar a que muriera abrasada entre las llamas aquella ejemplar trabajadora, Fe del Valle ... no escapó tampoco a la justicia del pueblo; asesinos de obreros, asesinos de campesinos, asesinos de maestros, de alfabetizadores, de brigadistas, no podrán escapar de la justicia del pueblo, como no escaparon tampoco en su día los criminales que, en las montañas durante la guerra, y en las ciudades, privaron de la vida a miles de jóvenes.
¡No escaparon! Ni los pequeños ni los grandes criminales escapan ni escaparán, ni los que organizan estas bandas de asesinos tampoco escaparán al veredicto de la historia, que no será un simple veredicto de palabra, sino el veredicto que marca inexorable el destino de los explotadores de todo el mundo, como un reloj que le dice: “tus días están contados, el fin de tu sistema explotador se acerca”.
Ese reloj, que se siente en el palpitar de los pueblos explotados y que les marca su destino inexorable, no son simples frases. No hay más que ver el panorama del mundo, pero, sobre todo, ver el panorama de América. La Revolución Cubana sigue en pie y es cada día más fuerte; la Revolución Cubana, al año del artero y cobarde ataque, conmemora hoy el primer aniversario de aquella victoria, pero lo seguirá conmemorando además por todos los tiempos venideros.
La obra revolucionaria continúa adelante. Casi un millón de cubanos aprendieron a leer y a escribir a partir de entonces. Nuestra campaña de alfabetización pudo llevarse adelante, sin que pudieran impedirla ni con sus invasiones ni con sus crímenes espantosos; no pudieron impedir que esos cientos de miles de compatriotas nuestros, a quienes la sociedad les había negado, aquella sociedad de explotación y de vicio les había negado la oportunidad de aprender siquiera el abecedario, pudieran recibir la enseñanza, pudieran aprender.
Nuestros planes en todos los órdenes, pero fundamentalmente nuestros planes educacionales en los cuales se cifra la gran esperanza del porvenir, pudieron seguir adelante. Y regresaron victoriosas las legiones de jóvenes que se lanzaron a través de los campos y de las montañas a enseñar, y que hoy integran legiones de estudiantes entusiastas dedicados por entero a formarse, para forjar el mañana de la patria.
No pudieron siquiera impedir nuestros planes, nuestro avance en todos los órdenes. Y la Revolución por eso se consolida y se hace fuerte, es fuerte con el pueblo y junto al pueblo. Porque la Revolución es eso, el pueblo.
Y no puede decir lo mismo el gobierno en cuyo territorio se organizó la expedición y se entrenó a los mercenarios; no puede decir lo mismo el tirano que gobierna a Guatemala, porque si él también puede conmemorar el aniversario de esta derrota, con seguridad que no conmemorará el segundo aniversario de su derrota, porque se está cayendo, porque su situación es insostenible, porque lo “barre” el pueblo. No lo salva ya ni la sombra de Kennedy. No pueden decir lo mismo otros gobiernos que se prestaron a las agresiones contra nuestro país.
La democracia proletaria, el gobierno proletario se hace cada vez más fuerte en nuestra patria, mas no puede decir lo mismo esa seudodemocracia llamada “democracia representativa”, y que no es más que la dictadura feroz de las oligarquías explotadoras contra los pueblos; no puede decir lo mismo, al año de la derrota imperialista de Girón, el gobierno tambaleante de Rómulo Betancourt.
Y se puede casi preguntar si conmemorará, acaso, el segundo aniversario de la derrota imperialista de Girón, porque hay uno, hay uno, que no pudo siquiera conmemorar el primer aniversario de la derrota imperialista, el gobierno seudodemócrata, es decir, la “democracia representativa” de la Argentina, porque allí no fue ni siquiera el pueblo, fueron los “gorilas” los que lo liquidaron; pero que en la misma medida en que hacen retroceder todavía un paso más atrás el sistema político argentino, acercan al pueblo argentino a la hora de la Revolución.
El gobierno proletario, la revolución proletaria, sigue adelante; las “democracias representativas” de Ydígoras, de Betancourt y comparsa, se tambalean y se caen; sacudidas unas veces por el pueblo, y sacudidas otras veces por los factores más reaccionarios del imperialismo.
Y por lo que se ve, mientras la Revolución Cubana no pudo ni podrá ser destruida con todas las agresiones económicas y militares, y sin que el imperialismo nos de un solo centavo, sus “democracias representativas”, aunque el imperialismo les de lo que les de — ¡y en realidad les da bien poco!— se caen.
¿Qué sería si los agredieran como el imperialismo agrede a la Revolución proletaria? ¿Qué sería si esos regímenes tuvieran que resistir el cerco y el embargo, el bloqueo, que el imperialismo le ha puesto a la Revolución proletaria? ¿Qué sería, cuánto durarían, si apuntándolos el imperialismo, con todo lo que puede apuntalarlos, se caen? Mientras tratando de destruirnos con todos los medios que dispone el imperialismo para destruir un gobierno, lejos de caerse es más fuerte nuestra Revolución.
¿Y que perspectiva le ofrecían a nuestra patria? ¿Qué solución le ofrecían a nuestro país? La solución que le dieron a Guatemala, la solución que le dieron a nuestro hermano pueblo guatemalteco, con la invasión y la consiguiente contrarrevolución de Castillo Armas. Han pasado siete años de aquel acto piratesco —siete, u ocho, o nueve, de aquel acto piratesco— en que al igual que trataron de hacer en Playa Girón, lanzaron a una horda de mercenarios desde los territorios limítrofes, también con la ayuda y la complicidad, como en este caso, de los gobiernos títeres, y también con apoyo de aviones de bombardeo, y se apoderaron del gobierno de aquel país, instauraron el peor régimen de reacción, les arrebataron las tierras a los campesinos.
¿Y que hay en Guatemala al cabo de ocho años? ¿Qué solución le dieron? La sangre que corre hoy en el hermano pueblo, las decenas y los cientos de jóvenes estudiantes y obreros asesinados por los esbirros de la tiranía proimperialista; los campesinos perdieron sus tierras, los obreros perdieron sus derechos. Y al cabo de ocho años de aquella invasión mercenaria y traidora, que logró sus objetivos, corre la sangre a raudales del pueblo guatemalteco. Sangre obrera, sangre campesina y sangre de estudiantes se derrama al cabo de ocho años; al cabo de ocho años la feroz represión, la feroz tiranía y el pueblo luchando de nuevo por romper sus cadenas.
Eso es lo que querían depararnos a nosotros: nuevos Machado, nuevos Batista, nuevos Ventura, nuevos Chaviano, nuevos Cowley, nuevas “Pascuas Sangrientas”, nuevos rosarios de cadáveres de jóvenes asesinados, de nuevo el hambre, el desempleo, la discriminación, la explotación inhumana, el trabajo esclavo de los campesinos, la opresión despiadada de las masas trabajadoras. Eso es lo que nos deparaban sobre un río de sangre, porque, ¿cómo habrían podido de nuevo apoderarse de nuestra patria, sino sobre un río de sangre, sobre un mar de sangre, sobre montañas de cadáveres, sobre las cenizas del territorio nacional? Y eso es lo que nos deparaban.
Y por eso creían que los iban a recibir con los brazos abiertos, como si los esclavos libertados añorasen el látigo y el yugo de sus amos de ayer.
La Revolución no tendrá dentro de ocho años, ni tendrá nunca más, nunca más nuestros obreros, nuestros campesinos, nuestros estudiantes, tendrán que caer balaceados por sus explotadores, por los ejércitos mercenarios, de los oligarcas explotadores, los amos de las riquezas, de las tierras, de las industrias; nunca más tendrán que caer bajo las balas homicidas de los ejércitos que organiza y arma el imperialismo; nunca más, porque para siempre son y serán los dueños de su destino, de su riqueza. Porque cada vez serán más los hombres y las mujeres que trabajen, en la misma medida en que se desarrolle nuestra riqueza; cada vez será más un pueblo de trabajadores y un pueblo de estudiantes.
Lo que el imperialismo ofrece son esas escenas de la Universidad de Guatemala, donde caen inermes los jóvenes asesinados por la “porra”. Y lo que la Revolución ofrece es ese espectáculo que vemos todos los días, que cualquier ciudadano puede ver todos los días, de muchedumbres de jovencitos y jovencitas con sus uniformes de becados, con sus libros bajo los brazos, dirigiéndose llenos de entusiasmo, hacia las escuelas, hacia las secundarias, los preuniversitarios, los centros tecnológicos y las universidades.
¡Qué distinto panorama el que brinda la Revolución proletaria y el que brinda el imperialismo! Dentro de 15 años, por ejemplo — y 15 años transcurren velozmente en la vida de cualquier pueblo— solamente de los planes de becados saldrán 100 000 técnicos universitarios, sin contar los que surgirán de las universidades sin necesidad de becas del Gobierno Revolucionario; nuestros técnicos se contarán por cientos de miles. ¡Qué gran futuro, que extraordinario porvenir!
Si se piensa que solo preparando al pueblo, y que lo importante es preparar al pueblo, porque nuestro país tiene riquezas naturales suficientes para llegar a desarrollar una gran industria, una extraordinaria economía, si los recursos naturales los tenemos ahí, ¿qué nos falta? Nos faltan los recursos humanos, y los recursos humanos los estamos creando. Nos faltan las maquinarias, las fábricas, y las fábricas las estamos instalando. No nos faltarán los recursos financieros, no nos falta una naturaleza magnífica; nos faltaban los recursos humanos, y como tenemos la materia prima de un gran pueblo, los recursos humanos que necesitemos los tendremos, y, sobre todo, en la misma medida en que llevemos adelante los planes de estudio, de capacitación técnica de toda la clase obrera, de formación de cientos de miles de técnicos, nuestro país tendrá, sin duda alguna, un futuro extraordinario, porque tiene todo lo que necesita para garantizar ese futuro.
Nuestros problemas presentes no engañan a nadie, no pueden confundir a nadie. Cuando combatíamos a las fuerzas del imperialismo, no pensábamos que venían a destruirnos el presente; pensábamos, sobre todo, que nos querían destruir el porvenir. Porque el presente nuestro no podía ser otra cosa que lo que nos dejaron, no podía ser otra cosa que una economía pobre, subdesarrollada, una industria atrasada, la dependencia absoluta de un solo mercado; no podíamos tener otro presente que el que nos dejaron. Lo que hemos hecho es repartir mejor lo que teníamos, distribuir mejor lo que nos quedó.
La tiranía nos dejó sin reservas. Virtualmente había gastado cientos de millones de reservas en los siete años de despilfarro y de sangre que nos impuso. No podíamos hacer otra cosa que aprovechar mejor lo que teníamos y distribuir mejor lo que teníamos. Claro está que nuestra economía dependía de un solo mercado: la desgracia de depender del mercado yanqui, que todas nuestras piezas de repuesto, todas nuestras fábricas eran de marca yanqui en su mayoría, que de allí tenía que venir la materia prima, las piezas de repuesto, que nuestra economía estaba completamente moldeada a esa dependencia de un solo mercado, y que el imperialismo se valió de todas esas ventajas para hacernos todo el daño posible, para tratar de estrangular nuestra economía, para tratar de hacernos perecer por hambre, para crearnos todos los obstáculos imaginables, para poner a nuestro pueblo ante una dura prueba.
Claro está que nos habían dejado muy poco, y lo poco que nos dejaron virtualmente dependiente de la voluntad de nuestros explotadores yanquis, lo único que podíamos hacer era aprovechar mejor lo poco que teníamos y distribuir mejor lo que nos habían dejado. Pero de manera que no se acostara un solo niño con hambre, que no faltara un bocado en ningún hogar cubano; dar trabajo, dar empleo, proporcionar un ingreso a toda la familia, arreglárnoslas con lo poco que nos habían dejado y comenzar a preparar el futuro.
Y esa es nuestra gran tarea: el futuro. Los imperialistas tratan de engañar a los pueblos de América, y pretenden atribuir a las medidas revolucionarias las consecuencias del bloqueo y de la agresión económica. Y ellos no dicen que nos han creado problemas con sus agresiones y sus bloqueos, sino que los problemas son consecuencias de las leyes revolucionarias. Y con ese engaño tratan de confundir a los pueblos. Pero ya veremos a la vuelta del tiempo, ya veremos a la vuelta de los años, ya veremos cuando empiecen a nacer y empecemos a cosechar los frutos del trabajo de hoy; ya veremos cuando nuestra patria se vaya llenando de fábricas, cuando el nivel técnico de nuestros trabajadores se haya elevado considerablemente, cuando los técnicos se puedan contar por cientos de miles, cuando la productividad de nuestro trabajo se multiplique; ya veremos con cuanto orgullo pensaremos, incluso, en los sacrificios de hoy, para que podamos decir: “no fue un triunfo sin esfuerzo, no fue un triunfo sin sacrificios, y tenemos derecho a este porvenir”; y el día de mañana podremos decir: “tenemos derecho a estos frutos porque supimos ganárnoslos, porque no fuimos un pueblo que pensara en pan para hoy y hambre para mañana” . Aquí, desde luego, había quienes no pasaban nunca hambre, pero había muchos que sí pasaban hambre. Y a esos, lo que el régimen capitalista les ofrecía era “hambre para hoy más hambre para mañana” .
¡La Revolución socialista ofrece pan para hoy y más pan para mañana!
Y eso nos lleva de la mano a la idea de que el trabajo es lo más importante en esta Revolución, que la función del trabajador es la más sagrada función en esta Revolución, y que el trabajador, ser trabajador es el título más honroso en esta sociedad ; porque es el trabajador el que crea las riquezas, el pan de todos; y porque nuestra sociedad tiene que ser cada vez más una sociedad de trabajadores, una sociedad de productores, una sociedad donde cada vez haya menos parasitismo, menos parásitos.
Porque los parásitos de las sociedades explotadoras, los parásitos de la burguesía, de las burguesías y de su cohorte de servidores, se nutren del sudor de los trabajadores. Y basta tener un poco de sentido común para comprender que habrá mucho más bienes, mucho más producto, en aquel pueblo donde sean más a producir y menos los parásitos, menos a holgazanear, que aquel donde son cada vez más a holgazanear y menos a producir.
Esto nos indica que la gran tarea de nuestro pueblo es producir. Nosotros sabemos, en el día de hoy, porque existía en ocasiones anteriores la costumbre de conceder desde el mediodía del jueves, con motivo de las tradiciones de la Semana Santa, y se acordó este año que fuese el viernes, en consideración al principio de la necesidad de trabajar y de producir, aunque, claro está, hubo una deficiencia en la tramitación, no fue con el debido tiempo para informar oportunamente y con tiempo anticipado a todos los obreros y empleados. Hubo alguna queja en ese sentido. Sin embargo, ¿caben quejas en un día como hoy? Hoy, incluso, ¿cómo hemos nosotros honrado la victoria y los que hicieron posible la victoria? ¡Trabajando!, ¡trabajando!
La Revolución ha traído nuevas fechas: el 1º de enero, que por ser ya tradicionalmente de fiesta se transfiere al día 2; el 26 de julio, son nuevos días feriados; hay un mes de vacaciones. Ese derecho por ley se va a ampliar a todos los empleados del Estado.
Por eso, cuando las necesidades de la lucha nos obligan a perder un día, una gran concentración, tenemos que tratar de que sea un domingo y si la efectuamos entre semana, trabajar el sábado o el domingo, porque lo más sagrado, la responsabilidad más importante, el deber más primordial de cada ciudadano es producir, porque el pueblo necesita muchos bienes, necesita vestirse, necesita calzarse, se sienta a la mesa todos los días, necesita muchas cosas, necesita medicinas, necesita viviendas. Pero para poderse sentar a la mesa, para poder satisfacer todas esas necesidades, el pueblo tiene que producir. Porque los bienes no caen como “maná” del cielo, los bienes tiene que conquistarlos el hombre, luchando con el medio, luchando con la naturaleza, trabajando.
A los explotadores, a los capitalistas, los bienes sí les caían del cielo, del trabajo de los obreros. Pero en una sociedad llamada a eliminar toda explotación del hombre por el hombre, no habrá explotadores, no habrá nadie que reciba los bienes por una especie de derecho divino del sudor de los demás; y todos serán productores; y esos bienes tenemos que producirlos y tenemos que producirlos trabajando. Por eso el trabajo hay que dignificarlo, elevar la productividad del trabajo. ¿Cómo se eleva la productividad del trabajo?
Con nuevas técnicas, con nuevas máquinas. ¿Cómo se adquieren nuevas técnicas y nuevas máquinas? ¡Produciendo, trabajando, haciendo rentables todas las industrias, todas las empresas, porque de ahí, solo de ahí, del trabajo, puede provenir la satisfacción de todas nuestras necesidades, de nuestras necesidades de invertir para tener nuevas máquinas, nuevas fábricas, que aumenten la productividad del trabajo; para preparar nuevos técnicos, para satisfacer las necesidades del pueblo!
Y por eso, cada vez más, como pueblo trabajador tenemos que poner nuestro pensamiento en el trabajo, en la bondad del trabajo y en el principio de que los bienes que deseamos, de que los bienes que necesitamos solo nosotros podemos producirlos, solo de nuestro trabajo pueden provenir. Y con ese espíritu afrontar la tarea, en los campos, en las ciudades, en todos los frentes, con ese sentido del deber, con ese pensamiento puesto en el pueblo, en sus necesidades, en la satisfacción de sus necesidades; en la población que crece, en la población que necesita el fruto de ese trabajo.
Y he querido en el día de hoy detenerme en este pensamiento, porque es así como nosotros — pensando en el futuro— hemos de analizar y hemos de conmemorar estos hechos históricos.
Es así como nosotros tenemos que ser leales a los que cayeron; es así como nosotros tenemos que rendir tributo a nuestros muertos.
Así, hoy, en este acto se junta el pueblo, se juntan los representantes de nuestras heroicas unidades de combate, nuestras gloriosas Fuerzas Armadas Revolucionarias junto a los familiares de nuestros heroicos caídos en los combates , junto al pueblo trabajador, junto al Gobierno Revolucionario, junto a la dirigencia revolucionaria (APLAUSOS PROLONGADOS) como expresión de lo que es nuestra Revolución: el obrero que trabaja y que produce junto a su herramienta, y el obrero que monta guardia con su fusil, y que defiende la integridad de la patria.
¡Obreros que producen, obreros que montan guardia, soldados dispuestos a producir, productores dispuestos a convertirse en soldados y a ser todos soldados si la patria los necesita, o a ser todos productores cuando la patria no necesita soldados!
Eso es nuestro pueblo, esa es nuestra Revolución. Contra esa Revolución y contra ese pueblo vinieron a chocar los invasores del imperialismo; contra ese pueblo tendrán que estrellarse todas las agresiones, porque decíamos “pocos, viejos y destartalados aviones”, hablando de Girón, ¡pues si repiten la triste hazaña no se encontrarán ni con pocos, ni con viejos, ni con destartalados aviones! (APLAUSOS PROLONGADOS Y GRITOS DE: “¡Fidel, seguro, a los yanquis dales duro!”)
Ya cuando Girón, ya cuando Girón nuestras fuerzas estaban listas para combatir, no solo contra una fuerza como aquella, sino contra varias fuerzas como aquella, porque nadie piense que se emplearon en el combate todos nuestros efectivos de infantería y de artillería — y eso era entonces. Y ya no serían las unidades bisoñas, apresuradamente entrenadas, ¡ya tendrían que chocar contra una organización mucho más eficiente, mucho mejor entrenada y más completamente equipada!
Nuestra fuerza ha crecido considerablemente desde entonces. ¡Y lo advertimos!, lo advertimos porque más vale que escarmienten nuestros enemigos. Hay leyes ya más severas, hay disposiciones más drásticas; ¡a partir del asesinato del brigadista Manuel Ascunce, la Revolución es implacable con sus enemigos!
Y ya por una vez basta, y no ha quedado por nosotros la lección; tiempo de sobra para escarmentar; porque si vuelven a atacar a nuestro país, ¡es conveniente que los agresores dejen hecho el testamento antes de partir! (APLAUSOS PROLONGADOS), sea cual fuere la forma de ataque: filtración, ataque directo, fuerzas mercenarias, infantería de marina, lo que sea; porque junto a las fuerzas de operaciones, van los Tribunales Revolucionarios.
La organización de la Revolución, no solo en el campo militar progresa, y no solo en el campo militar debemos hacerla progresar, debemos hacerla progresar en todos los frentes: en la agricultura, en la industria, en la administración pública, en todos los frentes. Debemos perfeccionar nuestro trabajo, y continuar perfeccionando nuestra defensa; continuar adelante con nuestros planes educacionales, las unidades siempre alertas, los aviones siempre listos, y siempre bien cuidados, de manera que nunca el enemigo los pueda destruir en un ataque sorpresivo. Las unidades siempre alertas, siempre, ¡siempre!, ¡nunca bajar la guardia!, ¡nunca pensar que el peligro desaparece!, ¡siempre alertas, siempre listas! y, ¡listas para vencer, además!
Todos los oficiales, todos los instructores revolucionarios, todos, deben tener siempre este pensamiento, todos los hombres de las unidades de combate, siempre presente ese pensamiento: que el enemigo es artero, que el enemigo es criminal, que el enemigo es cobarde, que el enemigo ataca por sorpresa; y siempre listo cualquier soldado, cualquier unidad en cualquier punto. ¡La defensa nunca se rompe! ¡El soldado revolucionario nunca se rinde!, y cuando queda aislado pelea él solo como si estuviese con él todo un ejército; siempre con la mente preparada, siempre con el ánimo dispuesto, siempre con el pensamiento firme, y siempre presente el deber del combatiente revolucionario, frente a todas las contingencias, frente a todas las vicisitudes; reaccionar rápidamente, como se reaccionó contra el ataque artero hace un año; siempre, cualquiera que sea el enemigo, cualquiera que sea su fuerza, siempre, como los centinelas de Playa Larga y Playa Girón, con el grito de: ¡Patria o Muerte! en los labios. Siempre como nuestros pilotos, como nuestros artilleros, como nuestros tanquistas, como nuestros soldados de infantería; siempre, siempre como aquellos jóvenes heroicos que con sus antiaéreas se batieron: muchachos de 14 y de 15 años; siempre como aquel marinero que al sur de la Ciénaga de Zapata quedó solitario en un cayo, y durante tres días cumplió su deber, informando en la retaguardia todo el movimiento de las fuerzas enemigas.
Con ese espíritu, con esa decisión, con ese fervor, con esa firmeza es que debemos conmemorar este 19 de abril, con ese tributo de recuerdo leal, firme, a nuestros muertos, a los que cayeron en esos combates, con ese sentimiento de solidaridad hacia ellos, hacia sus hijos, ¡que son los hijos de todo el pueblo! ; hacia sus esposas, hacia sus padres, hacia sus seres queridos, que en el cariño del pueblo encuentran, al menos, alguna compensación a su dolor, que en la felicidad del pueblo encuentran la recompensa de sus sacrificios, que en el porvenir de la patria verán siempre, en el avance de la Revolución, que el sacrificio no fue inútil, que su dolor —aunque dolor duro, aunque dolor entrañable— tiene, en cambio, la compensación de toda la felicidad que han hecho posible, de todo el bien que han hecho posible a la patria.
Cuando nosotros nos reunimos con los familiares, les hablaba de la infinita gratitud que todo el pueblo tenía que sentir hacia aquellos caídos, porque, como les explicaba, por la valentía con que combatieron, por la decisión con que se lanzaron a aplastar al enemigo, impidieron que los planes enemigos se llevaran adelante, impidieron que la patria se cubriera de luto; porque si el enemigo hubiese ocupado efectivamente, y consolidado un pedazo del territorio nacional, no cabrían en este teatro, ¡no cabrían siquiera en la Plaza Cívica los dolientes que habrían tenido que llorar la pérdida de sus hijos o de sus padres, o de sus esposos, o de sus hermanos!
La gratitud infinita de la patria por los que cayeron, ahorrándonos tanto dolor, por lo que puede decirse que nunca tantas vidas se salvaron por las vidas que se perdieron, y que por eso nuestro país, nuestra patria estaría siempre agradecida, y que nuestra consideración hacia sus seres queridos no era privilegio para esos seres queridos, sino respeto al recuerdo de los compañeros caídos. Porque cualquier combatiente, cualquier padre, cualquier hijo, cualquier esposo, en la hora del combate es lógico, es inevitable, en presencia de la posibilidad de la muerte, que tenga en ese momento el pensamiento de los suyos, de los que ampara y sostiene con su trabajo, y que para que ese pensamiento de los que van a morir, o de los que se enfrentan a la muerte tenga todo el respeto y toda la consideración nuestra, por eso nosotros, hacia ellos, hacia los seres queridos de nuestros compañeros caídos, todas nuestras consideraciones, toda nuestra ayuda, todo nuestro respeto.
Y les decía también a ellos que nuestros Tribunales Revolucionarios han exigido una indemnización material de los daños ocasionados; que esa indemnización nunca podrá satisfacer el daño en vidas humanas que nos hicieron. Pero que por eso mismo, aunque lo material era lo secundario, que lo importante era el aspecto moral, que lo importante era que los que organizaron esa invasión le paguen al pueblo de Cuba los daños materiales que le causaron; que lo importante era que los invasores hayan tenido que regresar, o tengan que regresar, no con las palabras de Julio César: “llegué, vi, vencí”; sino, llegué, vi y nos aplastaron.
Y que junto a los vencidos tengan que doblar la cabeza los principales culpables, que junto a los vencidos tengan que pagar con ellos los principales responsables. Y que lo que importa de esa reparación en lo que tiene de reparación moral, que el país todopoderoso, que el país imperialista, que no midió su poderío cuando fraguó sus planes criminales contra nuestra nación pacífica, contra nuestro pueblo trabajador, contra nuestro pequeño país tenga que reparar de manera directa o indirecta, por sobre cuerda o por bajo cuerda, tenga que reparar el daño material. Y aunque con reparaciones materiales no se pueden compensar vidas humanas, esas reparaciones las vamos a invertir en salvar vidas, en comprar medicinas, material quirúrgico, medios de producción de alimentos para niños; es decir que sirvan para salvar muchas vidas, para traer salud a nuestro pueblo, y, sobre todo, a nuestros niños, y para que eso sirva de alguna forma de reparación al daño irreparable que nos hicieron.
Compañeros y compañeras:
Nuestros muertos mandan, mas no los llamemos muertos, digamos como el poeta Nicolás Guillén: que viven más que nunca, que vivirán eternamente en el latido de cada corazón de cubano, que viven en nuestra sangre, en nuestra devoción, en nuestro esfuerzo; que viven en cada estudiante que marcha con sus libros a la universidad, que viven en cada niño que juega en nuestros parques infantiles, en cada pionero que marcha a la escuela; que viven en cada soldado de la patria, en cada centro obrero, en cada batallón, en cada unidad, en cada división; que viven en cada ciudadano de la patria, y que nos mandan a cumplir el deber.
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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