julio 10, 2012

Discurso de Fidel Castro en la apertura del X Congreso de la CTC (1959)

DISCURSO EN LA APERTURA DEL X CONGRESO DE LA CTC
Fidel Castro
[18 de Noviembre de 1959]

― Versión taquigráfica de las oficinas del Primer Ministro ―

 Señores delegados de los movimientos obreros de otros países que nos visitan;
Compañeros delegados al Congreso de la CTC-Revolucionaria:
Hace días que estábamos esperando este momento. No puede dejar de ser profundamente emocionante para nosotros esta magna concentración de los representantes de todos los trabajadores de Cuba.  Por eso, aunque muchas veces hemos estado aquí en este escenario desde el día primero de enero, y siempre en cada una de las ocasiones con esa satisfacción y esa identificación que existen entre los trabajadores y su Gobierno Revolucionario, en esta ocasión no podemos menos que sentirnos, más que en ninguna otra, viviendo uno de esos minutos que considero más simbólicos de esta época.
¿Por qué?  Primero, por lo que tiene de significación para los trabajadores este hecho en sí mismo.  Es decir, por lo que significa para los trabajadores este primer congreso en una Cuba revolucionaria, esta primera oportunidad después de tantos y tantos años de lucha, después de tantas y tantas batallas, y después de tantos y tantos sacrificios.
No ha sido fácil llegar hasta aquí.  Para que los trabajadores se pudieran reunir hoy en un congreso enteramente libre, ha sido necesario luchar mucho, ha sido necesario que incontables compatriotas cayesen en la lucha, ha sido necesario que otro número igualmente grande haya tenido que padecer todo género de humillaciones y de torturas físicas.  Ha sido necesario la sangre y el sudor de nuestro pueblo durante una larga lucha, para que hoy los obreros pudieran efectuar este congreso, una de cuyas características —puede afirmarse sin vacilación alguna— consiste en que es un congreso donde acuden no delegados señalados de dedo, no simples muñecos que alguien pueda manejar a su antojo; porque lo que no podría negar ni el más contumaz de nuestros enemigos es que los delegados presentes aquí fueron designados por los trabajadores , que la opinión que se expresa aquí es la opinión libre de los trabajadores, y que los acuerdos que se tomen aquí serán producto única y exclusivamente de la voluntad libre de los trabajadores cubanos, y eso ya tiene que ser necesariamente un motivo de orgullo y de profunda satisfacción para todos nosotros.
Durante siete años la clase obrera estuvo virtualmente anulada, durante siete años les fueron impuestas las direcciones a los trabajadores, durante siete años la clase obrera estuvo atada de pies y manos por las medidas de terror de la tiranía en vergonzosa complicidad con dirigentes amaestrados que estaban al servicio de los peores enemigos del pueblo , durante siete años le fue impedido a la clase obrera desfilar el día tradicional del Primero de Mayo, durante siete años le fue impedido a la clase obrera toda manifestación de vida política, durante siete años la clase obrera fue totalmente anulada por la tiranía y sus servidores.
Años tristes pasados para siempre, años tristes que no volverán, porque los que crean que nos olvidaremos del pasado, ¡se equivocan!   Los que crean que con mentiras o con calumnias o con prédica confusionista de cualquier tipo van a hacer olvidar al pueblo de Cuba —y en el pueblo de Cuba a los trabajadores y a los campesinos— aquellos días pasados, ¡se equivocan!  Porque no es posible que una colectividad humana que ha visto tan claro la diferencia entre el pasado y el presente, que ha sido capaz de concebir para el mañana las mayores ilusiones, pueda cometer el suicidio de olvidarse del pasado.
La clase obrera ha visto lo que es el primer año de Revolución. Y esa misma clase obrera relegada, esa misma clase obrera maniatada, que ni siquiera pudo desfilar durante siete años el Primero de Mayo, se ha convertido, en virtud de su esfuerzo, en virtud de su triunfo desde el primero de enero, en factor preponderante y decisivo de la vida política del país, porque fue la clase obrera la que dio, con la huelga general que promovió con el Ejército Rebelde, el puntillazo final a aquellos planes de escamotearle al pueblo la victoria a última hora, como se había hecho otras veces. Fue aquella huelga —y podemos afirmarlo con toda la autoridad que nos da el haber sido actores en aquellas horas decisivas—, fue la huelga general la que destruyó la última maniobra de los enemigos del pueblo, fue la huelga general la que nos entregó las fortalezas de la capital de la república y fue la huelga general la que le dio todo el poder a la Revolución.
Y ha sido la clase obrera la que, en cada uno de los momentos necesarios en estos 10 meses de Revolución, ha sido llamada a primera línea, como lo fue aquel primer acto gigantesco de un millón de cubanos en defensa de la Revolución, como lo fue aquel desfile apoteósico del Primero de Mayo, como lo fue su participación en la hospitalidad que les brindaron a los campesinos a raíz de la concentración del 26 de Julio.  Como fue decisiva su participación en aquellos días de crisis institucional, cuando fue necesario conjurar una traición más; como fue imponente e inolvidable aquella presencia valerosa y dinámica, aquella presencia conmovedora de los trabajadores cubanos para protestar contra el cobarde y criminal ataque al territorio nacional por aviones procedentes del extranjero. Hasta que, por último, fueron los trabajadores los que organizaron la extraordinaria concentración del último 26 de octubre.
Así, desde aquel día en que querían escamotearle el triunfo a la Revolución hasta hoy, en cada instante en que se ha llamado a los trabajadores han acudido con incomparable entusiasmo, han acudido con incomparable cohesión, han acudido con incomparable unanimidad. No han fallado una sola vez, porque son como un ejército disciplinado que responde siempre presente y en la primera fila; porque han sido los trabajadores, además, los que más generosamente han contribuido para comprar tractores cuando se trató de tractores, para dar su día de haber cuando se trató de un día de haber para la reforma agraria , para dar su contribución en defensa de la soberanía del país para comprar armas con que defender la Revolución y defender el territorio nacional; porque ni una sola vez que haya surgido una consigna generosa, ha dejado de ser atendida generosamente por los trabajadores; porque han sido también aquellos a los que nosotros les hemos podido pedir los sacrificios necesarios en cada oportunidad en que, por conveniencia de la Revolución —que quiere decir para conveniencia de los intereses definitivos de la clase obrera—, les hemos pedido sacrificios a los trabajadores , y porque sabemos que hoy, cuando llega la hora posible de tener que defender la Revolución con las armas en la mano, nos dirigimos a los trabajadores .  Es decir que contamos, en primer término, con el pueblo humilde que integran fundamentalmente los trabajadores y los campesinos.
¿Qué quiere decir esta realidad?  Quiere decir, sencillamente, el papel de la clase obrera, el rol de la clase obrera.  Y ustedes tienen que estar muy conscientes de ello, el papel de la clase obrera se ha convertido para la patria y para la Revolución en un papel decisivo.  Es decir que los destinos de la patria y de la Revolución están en manos de la clase obrera, porque de la claridad y de la firmeza con que la clase obrera sepa comprender este papel, dependerá fundamentalmente el triunfo o el fracaso.
Es de importancia vital que la clase obrera comprenda que tiene en sus manos el porvenir de la patria.  Y yo me pregunto si puede estar en mejores manos el destino de Cuba, si tiene por celosos defensores a los trabajadores del país.
¿Es porque sea solamente la clase obrera? ¡No! Porque contamos además, afortunadamente también, con otra clase revolucionaria, con otro sector del país extraordinariamente revolucionario: los campesinos cubanos.
Pero así como podemos preguntarnos qué habría sido de la clase obrera sin el apoyo de los campesinos, ¿qué sería el destino de nuestros campesinos si no tuviesen el apoyo de la clase obrera?   Es decir que no es la lucha de los trabajadores solos, no es la lucha de los campesinos solos, ¡es la lucha de los trabajadores y de los campesinos juntos! (APLAUSOS.)
Y yo me pregunto, y todos debemos preguntarnos:  frente a las amenazas, frente a las maniobras, frente a las elucubraciones de los que quieren volver a poner sobre los cuellos de los campesinos y los obreros el yugo de los abusos, de las injusticias y de los privilegios; frente a esas maniobras, frente a esos planes, nos preguntamos qué podrán contra los obreros y los campesinos juntos, qué posibilidades de triunfo tienen frente a los obreros y los campesinos juntos, qué esperanza de volver a tomar algún día el poder para imponer sus repugnantes y vergonzosos intereses frente a los obreros y los campesinos juntos.  Y no solo frente a los obreros y campesinos juntos, ¡sino frente a los obreros y campesinos empuñando las armas!  
Aquí es obligatorio ver claro, es obligatorio comprender la entraña del problema.  El que se equivoque en esta hora, el que no vea claro en esta hora, o es un irresponsable ciego o es un estúpido.  Los que no vean claro en esta hora, los que en esta hora no entiendan, los que en esta hora no sean siquiera capaces de explicarse el porqué de nuestros males, el porqué de nuestro pasado; el que no sea capaz de comprender sus propios intereses, el que no sea capaz de comprender los intereses de los enemigos del país, ese es un pobre ciego.  Y ser ciego en esta hora, en esta hora en que se le habla tan claro al pueblo, en esta hora en que el pueblo por primera vez es dueño de sus propios destinos, ser ciego en esta hora es casi un crimen.
Tenemos que ver claro, porque de la claridad con que analicemos estos problemas, de la claridad con que incluso les digamos a los enemigos de la Revolución que estamos viendo estos problemas, le ahorraremos al pueblo los terribles sufrimientos de un pueblo vencido, porque no hay nada tan espantoso como el espectáculo de un pueblo derrotado.  Porque si a nuestro pueblo, después de la bravura con que ha emprendido esta obra, después del valor con que ha emprendido esta Revolución profunda lo derrotasen un día, le harían pagar con un rigor extraordinario el precio de su osadía al querer liberarse de los males centenarios que lo agobiaban.
Ver claro es salvar la nación, ver claro es salvar al pueblo, y de ahí nuestra obligación de ver claro y —repito— que nuestros enemigos vean que estamos viendo claro.
¿Y a quién se le ocultan los intereses que se oponen a nuestra Revolución? ¿A quién se le ocultan los elementos y los factores nacionales o extranjeros que se oponen a nuestra Revolución?  ¿Quién no conoce quiénes y el porqué se oponen a nuestra Revolución? ¿Es que acaso alguien ignora ese por qué?  ¿Es que acaso uno solo de ustedes, o uno solo de los obreros o de los campesinos de Cuba ignoran el porqué tiene enemigos la Revolución?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”) ¿Y es que acaso, además, están solos los obreros y los campesinos?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”)  ¡No!  Además, el Ejército Rebelde, además las Fuerzas Armadas Revolucionarias, porque no en balde están representados aquí por sus jefes el Ejército Rebelde, la Policía y la Marina Revolucionaria .
¿Y cuándo se vio un congreso obrero como este, con la presencia fraternal y solidaria de los jefes militares?  (EXCLAMACIONES DE: “¡Nunca!”)  Es decir que no solo tenemos a los militares revolucionarios, que en definitiva son parte de los campesinos y los obreros, sino que con la Revolución estarán también la mayor parte de los intelectuales, de los trabajadores intelectuales.  Con la Revolución estará una parte muy considerable de aquellos sectores del país que, sin ser obreros y sin ser campesinos, estarán con los obreros y los campesinos sencillamente por una razón: porque los obreros y los campesinos están defendiendo a Cuba, los obreros y los campesinos están defendiendo los intereses del pueblo de Cuba .  Y como defender los intereses del pueblo de Cuba es defender los intereses de la mayor parte de los cubanos, la mayor parte de los cubanos está y estará con la Revolución.
¿Quiénes están y quiénes estarán contra la Revolución? (EXCLAMACIONES DE: “¡Los latifundistas!”) Aquellos cuyos intereses no son los intereses de Cuba, aquellos cuyos intereses no son los intereses del pueblo de Cuba. Esos estarán contra la Revolución. ¿Y quiénes más estarán también contra la Revolución?  Los resentidos, los frustrados, los que se venden, los que se aflojan, los que traicionan.  Estarán contra la Revolución todos aquellos que concibieron la Revolución como una ambición personal, no como una empresa de pueblo; todos aquellos que soñaron que esto era un continuar del pasado; todos aquellos que pensaron hacer fortuna o satisfacer vanidades personales; aquellos que soñaron un día con ser timoneles de la nave revolucionaria y se quedaron en la mitad del camino; aquellos que se llenaron de ambiciones y no tuvieron el valor o la capacidad de llegar lejos, y hoy se dedican a recordar sus frustradas y estériles acciones que no condujeron a ningún resultado positivo.
Cuando ustedes analicen, verán que son aquellos intereses afectados por las leyes revolucionarias, intereses nacionales o extranjeros, los primeros que están contra la Revolución.  Cuando ustedes analicen las plumas que están contra la Revolución, verán que son plumas al servicio de los grandes intereses enemigos de la Revolución.  Cuando ustedes analicen la prensa que está contra la Revolución, comprenderán como cosa lógica que una prensa que se desarrolló al amparo de esos intereses, que se desarrolló en la ubre generosa del presupuesto público o de las campañas pagadas, esté contra la Revolución.
Y entre esa prensa, ¿cuál es la peor?  La peor y los peores que escriben contra la Revolución no son tal vez aquellos harto definidos: los peores son los solapados, los peores son los que tiran la piedrecita y esconden la mano, los peores son algunos que simulan defender la Revolución.
¿Quién no lo sabía? ¿Quién no conoce aquí a casi todo el mundo? ¿Quién no conoce aquí cómo piensa casi todo el mundo? ¿Quién no conoce aquí el estilo de casi todo el mundo, las tácticas de casi todo el mundo?
Y esos, esos que a veces defienden la Revolución con las peores intenciones, esos quieren erigirse en intérpretes de los ideales de la Revolución, y lo que es peor aún: tienen la osadía y tienen el atrevimiento de querer convertirse en intérpretes del pensamiento de nuestros muertos ilustres.  Esos, esos han pretendido conocer mejor a nuestros compañeros que estuvieron con nosotros en la cárcel, o estuvieron en el exilio, o cruzaron mares borrascosos en frágiles naves, o escalaron montañas y se enfrentaron a horas difíciles. Hay todavía atrevidos e insolentes bebedores de champán que pretenden erigirse en intérpretes de los hombres que estaban muriendo mientras ellos tal vez se divertían.
Y en cuanto a cosas asombrosas, por muchas que hemos visto, no deja de causar asombro el que haya actitudes semejantes, el que haya atrevimientos semejantes.  Y cuando uno se pregunta el porqué, el porqué está claro, el porqué lo entiende el pueblo, que es lo único que nos interesa a nosotros, que el pueblo lo entienda. Y el porqué lo explican las medidas del Gobierno Revolucionario, lo explica la Revolución en sí misma, que ha perturbado intereses espurios, que ha destruido privilegios, y hace que hoy se vayan asociando los representativos de esos grandes privilegios, las plumas amaestradas que los sirven, los resentidos que se quedaron en la mitad del camino, los desertores, los frustrados, los que, cuando no ven satisfechas sus apetencias, prefieren incluso el hundimiento de la patria a resignarse a la consecuencia de su falta de ideales.
El pueblo comprende el porqué.  ¡Ah!, porque estos son tiempos de ver claro, y estos son tiempos de hablar claro, y nadie se tiene que asombrar de que algunos señores se junten, nadie se tiene que admirar de que algunos personajes se junten.  Eso es tan lógico como que ustedes y nosotros nos juntemos.  Cada cual se junta a sus iguales.  Los hombres idealistas, los ciudadanos honestos, los hombres de sensibilidad humana, los verdaderos patriotas, los hombres que tienen algo noble por lo cual luchar, los hombres que tienen grandes obras que realizar, los hombres que tienen grandes empeños que llevar adelante se juntan, como se juntan los enemigos de los pueblos, como se juntan los que no tienen otra misión que defender vergonzosos y repugnantes intereses, como se junta la pluma mercenaria al amo que la paga, como se junta el resentido al enemigo de toda causa justa , como se juntan los enemigos internos y los enemigos externos, como se juntan todos los que en definitiva tienen que juntarse.
Tal vez en aquellos días primeros de la Revolución, en que todo era euforia en mucha gente, es decir, en algunos que no tenían razón para estar eufóricos ; en aquellos días de muchos letreritos de “Gracias, Fidel” ; en aquellos días de mucha gente “fista” en pose de revolucionaria; en aquellos días en que todo eran elogios; en aquellos días subsiguientes a la aurora del primero de enero, cuando nadie disentía pero en que ya había unos cuantos preparando el expediente para empezar a llevar adelante su tarea contrarrevolucionaria —no hay que olvidar algunos escriticos que se hicieron en aquellos días promoviendo una reforma de marabú y de Ciénaga de Zapata, es decir, una reformita de tomadura de pelo al pueblo; no hay que olvidar algunos de aquellos escriticos que ya desde entonces señalaban la “postura verdadera”, que no era de respaldo a la Revolución sino de irle poniendo frenos a la Revolución—, tal vez en aquellos días, cuando nosotros dijimos que no íbamos a tardar en ver juntarse a latifundistas, garrotero s y explotadores de toda laya con los criminales de guerra, con los trujillistas y con todos los enemigos del país, habría quien pensaba que nosotros exagerábamos; habría quien le costara trabajo concebir, en medio de aquella euforia, cuando tan vivo estaba el recuerdo de los hechos ocurridos, de la sangre derramada, cuando tan vivo estaba el odio del pueblo hacia aquellos criminales que acababan de fugarse, que algunos de aquellos que tenían un letrerito o escribían algunos articulitos a favor de la Revolución, cuando triunfó, se fuesen a reunir algún día con aquellos elementos.
No habían transcurrido todavía apenas unos meses cuando ya nos encontramos un grupito de latifundistas —de aquellos mismos que estaban combatiendo la reforma agraria, asociados nada menos, no ya solo con los criminales de guerra y los “casquitos”, que con un tirano extranjero que lleva unos 30 años ensangrentando el suelo de su país— que habían pasado por encima de todos los escrúpulos y habían ido a asociarse nada menos que a Trujillo.  Y eso cuando no habían pasado ni siquiera seis meses del triunfo de la Revolución.
Nosotros sí sabíamos que iban a terminar juntos.  Como es evidente hoy, el contubernio y la sospechosa coincidencia entre las acusaciones que nos hacen los trujillistas, los criminales de guerra, los trusts y la prensa reaccionaria extranjera, y algunos que por un lado dicen que no hay libertad de prensa, y que incluso reciben honores sospechosos y premios asombrosos de determinados organismos internacionales por defensores de esa libertad de prensa, de ese derecho que fue el fruto del sacrificio no precisamente de los que lo están usando contra su patria y contra la Revolución, sino de los que cayeron por la Revolución y por la patria.  Esos que escriben día a día el veneno más insolente, esos coinciden sospechosamente —están coincidiendo puede decirse que descaradamente— con los trujillistas y los criminales de guerra en sus campañas contra la Revolución.  Y ayer no más, uno de estos facinerosos, uno de estos desvergonzados, tiene la osadía de escribir un articulito titulado “Lenin y Cuba”.
Es decir que todos coinciden en la misma patraña y todos coinciden en el mismo tenebroso plan de lanzar contra el Gobierno Revolucionario las mismas imputaciones.  Y hay que oír a estos descarados, hay que oír a estos desvergonzados cómo quieren insinuar que esta es una revolución rara, que esta es una revolución extranjerizante —¡los muy impúdicos, los muy cínicos!—, cuando son ellos los verdaderos extranjerizantes porque están defendiendo los monopolios extranjeros, porque están defendiendo los latifundios extranjeros, porque están defendiendo la supeditación colonial de la patria cubana a intereses extranjeros.
Y los muy desvergonzados, son ellos los que vienen a pregonar aquí los cables que se hacen en el extranjero, los “clisés” que se fabrican en el extranjero contra nuestra Revolución, las mentiras que se inventan en el extranjero contra nuestra Revolución, los que pregonan la prédica de los enemigos foráneos de la patria y del pueblo cubano. Esos combaten a esta Revolución, pretendiendo insinuar que no sea una obra nuestra, que no surja de nuestras realidades, como si tuvieran argumentos para demostrar que no fuesen ellos los que están defendiendo los peores intereses extranjeros.
¿Es que acaso las medidas que ha tomado el Gobierno Revolucionario defienden algún interés extranjero?  ¿Es que acaso la reforma agraria, que va a recuperar más de 80 000 caballerías que están en manos de un grupo de compañías extranjeras para entregárselas a esos campesinos que viven hambrientos en las guardarrayas de nuestros cañaverales, es servir intereses extranjeros?  ¿Es que acaso defender al pueblo de un monopolio exaccionista que el mismo día 13 de marzo sobre la sangre derramada de los estudiantes obtuvo, como ave de rapiña sin escrúpulos, la concesión onerosa de manos del tirano para cobrarle al pueblo más, para cobrarle al pueblo el doble; es que acaso defender al pueblo de esos intereses extranjeros es servir intereses extranjeros?
¿Es que acaso llevar adelante una medida como es rebajar los costos de otro servicio público, el de la electricidad, que ha sido un verdadero pulpo gravitando sobre la economía del país, significa defender intereses extranjeros? ¿Es que haber acabado el juego aquí de tahúres internacionales que explotaban la economía del pueblo es defender intereses extranjeros? ¿Es que acaso abrir las playas, que eran privilegio de unos cuantos, y ponerlas al servicio de todo el pueblo —porque un pueblo que vive en una isla a lo menos que tiene derecho es a bañarse en el mar —, poner fin a ese vergonzoso privilegio para brindarle al pueblo la oportunidad que antes no era sino de una minoría privilegiada es defender intereses extranjeros? ¿Es que acaso convertir aquella sentina que era la lotería en una institución de ahorro, en una fuente de trabajo y en una organización creadora que les permitirá a las familias humildes librarse para siempre de una renta onerosa que tiene que pagar por vivir bajo techo, constituye una defensa de intereses extranjeros?
¿Es que rebajar los alquileres, o producir aquí arroz, dándoles trabajo a los cientos de miles que están sin trabajo; es que acaso poner a producir nuestra tierra cubana y poner a trabajar nuestros brazos cubanos para producir aquí lo que no tenemos razón de importar —porque es criminal y solo consecuencia de un sistema absurdo importar del extranjero los alimentos que nosotros podemos producir aquí con los brazos que hoy están desempleados sobre una tierra que hasta hoy ha estado ociosa— es defender intereses extranjeros?  
¿Defender nuestras divisas para que no se nos vayan al extranjero y para convertirlas no en Cadillac ni en objetos de lujos, ni en perfumes de París, sino en tractores y en maquinarias para elevar la riqueza y la producción y con ello el standard de vida de nuestro pueblo, es defender intereses extranjeros?  ¿Defender nuestras industrias mediante aranceles adecuados, crear 10 000 nuevas aulas, convertir los cuarteles en escuelas, establecer aquí la más absoluta pulcritud administrativa, invertir el dinero del pueblo en obras y beneficios para el pueblo en vez de trasladarlo a bancos neoyorquinos o bancos suizos o bancos de cualquier país extranjero, es acaso defender intereses extranjeros?
¿Ponerle fin para siempre al abuso en nuestros campos, al pillaje, a la explotación y a la humillación en que vivían nuestros ciudadanos —ciudadanos cubanos nacidos en esta tierra, en la que nunca habían visto justicia—, establecer la justicia en esta tierra nuestra y defender a nuestro pueblo, es acaso defender intereses extranjeros? ¿De dónde han inventado, pues, los muy desvergonzados, que nuestra Revolución defienda intereses extranjeros?
¿Quiénes son los que combaten a la más patriótica de las revoluciones? ¿Quiénes son los que sirven intereses extranjeros sino aquellos que no descansan un solo minuto del día y de la noche en elucubrar planes contra una revolución que todo lo que ha hecho es defender los intereses de su pueblo, es defender los intereses de la nación cubana? ¿Quiénes son los que defienden intereses extranjeros sino ellos?
¿Por qué no escribieron nunca una palabra contra el latifundio extranjero?  ¿Por qué no escribieron nunca una palabra contra las compañías extranjeras que explotaban a nuestro pueblo?  ¿Por qué no escribieron nunca una palabra contra las misiones militares extranjeras que entrenaban a nuestro ejército?  ¿Por qué no promovieron nunca una sola medida como la que acaba de tomar el Gobierno Revolucionario estableciendo un impuesto del 25% para que se quede algo aquí de los minerales de nuestra tierra, para que no queden aquí solamente los hoyos y la tierra arrasada, de cuya entraña extraen el mineral?  ¿Por qué no escribieron nunca una palabra a favor de una medida como la que acabó de tomar el Gobierno Revolucionario, ocupando en una mañana toda la información obtenida por las empresas petroleras para acabar de saber de una vez si hay o no petróleo en Cuba y si lo tienen o no escondido?  
Jamás escribieron una palabra a favor de su patria, jamás escribieron una palabra a favor de los intereses de la nacionalidad, jamás escribieron una palabra ni tan siquiera para destruir complejos, ideas fatalistas y mentiras históricas acerca de que nuestro pueblo era independiente no por su esfuerzo, no por la sangre de sus hijos derramada generosamente durante 30 años, sino por obra y gracia del favor extraño, porque hasta en la propia historia de la patria eran cómplices de mentiras extrañas; y, sin embargo, hoy todos coinciden en hacerle al Gobierno Revolucionario la misma imputación.
Y yo le pregunto al pueblo, yo les pregunto a los trabajadores si son o no justas las medidas que ha tomado el Gobierno Revolucionario.  Entonces, si por haber tomado medidas justas nos van a combatir, que nos combatan; si por haber tomado medidas justas nos quieren invadir, que nos invadan ; si por hacer una revolución justa, si por cumplir aquí con el anhelo de nuestro pueblo, manifestado durante tantos años...  Porque cualquiera que iba por la calle en otros tiempos no veía sino decepción, no veía sino pesimismo, no veía sino al ciudadano indignado y descreído, convencido de que los gobernantes no hacían más que defender intereses espurios, enriquecerse; convencido de que los que gobernaban o dominaban el país estaban sirviendo intereses extraños al pueblo.  Y vivía nuestro pueblo anhelando precisamente lo que hoy se está haciendo, vivía nuestro pueblo demandando lo que hoy se está cumpliendo, y no otra cosa hace nuestra Revolución sino cumplir la aspiración histórica de la nación cubana.
¿De qué nos pueden acusar? ¿Es que acaso pueden decir, después de 10 meses de Gobierno Revolucionario, que haya habido un solo ministro, un solo funcionario que se haya enriquecido en el cargo? (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”) ¿Es que pueden acusar al Gobierno Revolucionario de asesinar?  ¿Es que pueden acusar al Gobierno Revolucionario de promover el vicio, de promover el contrabando, de promover el juego, el tráfico de drogas?  ¿Es que pueden acusar al Gobierno Revolucionario de uno solo de aquellos males, que eran males tradicionales en nuestro país?(EXCLAMACIONES DE: “¡No!”) ¡No pueden acusar al Gobierno Revolucionario de aquellos vicios del pasado, de aquellos errores, y más que errores, porque no podían ser calificados de errores, de aquellas lacras del pasado!  No tienen de qué acusar al Gobierno Revolucionario, y se valen de las peores armas, de las peores intrigas para tratar de debilitarlo, para tratar de dividirlo y para tratar de destruirlo.
No hay más que leer, por ejemplo, cualquier cable como el que recibí estando aquí en la CTC, y que es expresión elocuente de cómo conspiran los enemigos de nuestra patria.  Este cable dice así:
“Washington, 18.  Hay evidencias de que en Cuba se preparan plataformas para lanzamientos de cohetes que pudieran destruir la base de Cabo Cañaveral y el propio Pentágono de Washington” , “afirma el exprimer ministro del gobierno cubano en época del régimen de Batista, Emilio Núñez Portuondo” , “en el boletín semanal titulado 'Latinoamerican Ever', que nuevamente ha comenzado a circular aquí.
“Las cuatro pequeñas hojas de la publicación, editadas por Núñez Portuondo, están casi por entero dedicadas a combatir el actual gobierno de Cuba.
“En uno de sus comentarios dice el exembajador cubano en la ONU: el gobierno de Washington, aduciendo el principio de no intervención en los asuntos internos de otros países, nos está desamparando cada vez más del peligro comunista.  Estoy convencido —añade— que la América Latina se está convirtiendo hoy en una zona de tanto peligro para la seguridad de los Estados Unidos como cualquiera de los países cautivos de la Europa Oriental.”
Es decir que predican y promueven abiertamente una política de intervención extranjera en el país.  Y para justificar eso —¡y para justificar eso!— inventan patrañas como esta de que se preparan plataformas para lanzamientos de cohetes que pudieran destruir Cabo Cañaveral y el propio Pentágono de Washington.
Toda esta patraña y toda esta acusación, ¿a qué obedecen?  ¿A qué obedecen las acusaciones que nos hace la prensa reaccionaria? ¿A qué obedecen las insinuaciones? ¿A qué propósitos obedecen artículos como el de ayer “Lenin y Cuba”?  Sencillamente a promover intervenciones extranjeras en el suelo cubano.  Es decir, ¿quién lo duda? ¿Quién no comprende estas cosas?  ¿Y quiénes son los que aspiran a que el extranjero les saque las castañas del fuego? ¿Quiénes son sino esos intereses que se cebaron contra nuestro pueblo al amparo de gobiernos que estaban al servicio de aquellos intereses y olvidados del pueblo?
En el siglo pasado, ¿quiénes eran los anexionistas?  ¿Quiénes eran los que querían anexar a Cuba a los Estados Unidos?  (DEL PUBLICO LE DICEN: “¡Los vendepatrias!”)  Los dueños de los esclavos.  Los dueños de los esclavos eran los anexionistas porque oían hablar de la liberación de los esclavos, tenían miedo de que los esclavos se sublevaran, y para poder mantener sus haciendas repletas de esclavos eran partidarios de anexarse a un país grande.  No les importaba el sacrificio de la nacionalidad, no les importaba la desaparición de la comunidad nacional; les interesaba conservar sus esclavos, y por eso renunciaban a toda idea de patria.  Los esclavistas eran ayer los partidarios de la anexión, como hoy las compañías latifundistas, los grandes intereses de los latifundistas, los grandes intereses que no quieren sacrificarse, que no se resignan al sacrificio que les impone la Revolución, son —como ayer los esclavistas— los que invocan y los que claman la solución extranjera, la intervención extranjera en los asuntos de su patria.
Esas son las ideas que los mueven, esos son los proyectos que albergan.  Y es que no lo pueden disimular, porque de tanto han perdido el pudor, de tanto han perdido ya hace tiempo la vergüenza, que ni siquiera se ocultan para predicarlo abiertamente, o como lo predicaba en aquella carta recientemente leída aquel senador que era abogado de la Compañía de Electricidad.
Así, no gasta tinta ni papel la prensa reaccionaria para combatir esas tendencias antipatrióticas y entreguistas, ¡no!  Gasta la tinta contra la Revolución que redime a la patria de la explotación de intereses extranjeros, que redime a la patria del yugo económico extranjero y que redime al pueblo de los privilegios que lo han mantenido en la miseria desde tiempos inmemoriales.
Estas son las cosas que tienen que tener claras los obreros, que tienen que tener claras los campesinos, los estudiantes y los hombres y mujeres de la clase media que comprendan la hora gloriosa de su patria y el esfuerzo patriótico que se está realizando; esas son las cosas que tienen que ver claras ustedes, porque aquí el problema es ver claro y comprender —¡y comprender!— que hay que pensar como obreros por encima de todo, que hay que pensar como campesinos por encima de todo, que hay que pensar como cubanos por encima de todo .
La verdad más honesta que les puedo decir aquí —la verdad más honesta— es que nuestra fuerza está en eso.  Yo tengo la seguridad de que ustedes lo comprenden. ¿Caben otras consideraciones en esta hora?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”)  ¿Importa ninguna otra cosa en esta hora?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”) ¿Podemos dejar que nos confundan las campañas de los reaccionarios y de los enemigos de las leyes revolucionarias?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”)  ¡No!
Pues aquí hay una cosa clara.  Yo comprendo que pueda haber cuestiones locales, yo comprendo que pueda haber problemas personales, yo comprendo que pueda haber pasiones, algunos resquemores producto de las luchas.  Eso yo lo comprendo.  Pero hay una cosa que es clara, tan evidente que cuando la analizamos serenamente, sin pasión, la vemos clarísima, porque con lo que no podemos comulgar —y eso lo hemos tenido que ir aprendiendo día a día— es con las conveniencias o con las tácticas del enemigo.
¿En qué consiste nuestra fuerza?  ¿No es en nuestra identificación con el proceso revolucionario, en nuestra identificación con las medidas revolucionarias?  ¿Es que hay un solo obrero que no esté de acuerdo con cada una de esas medidas?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”)  ¿Hay un solo obrero que no las aplauda y no esté dispuesto a defenderlas? (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE:  “¡No!”)
Luego, ¿qué nos une por encima de todo? La Revolución, los intereses del país, las medidas revolucionarias. Ahí es donde está la identificación completa de todos nosotros, ahí es donde está el común denominador de todos nosotros.  Ese es el partido de todos nosotros, el partido de la patria, el partido de las medidas revolucionarias.
Es la justicia lo que nos une, compañeros; es el ideal patriótico lo que nos une, es la defensa de la soberanía del país, es la defensa del pueblo, es la defensa de nuestros hogares, la defensa de nuestros familiares, la defensa de nuestros hijos; porque cuando viene una bomba homicida y criminal, cuando cae sobre una de las casas de un barrio de Cuba, en un central azucarero o en un pueblo, o cuando los terroristas, o cuando las pandillas llevan a cabo un acto de ignominia, no discriminan, no preguntan sobre qué casa va a caer aquella bomba ni a qué cubano va a asesinar aquella metralla.  Es simplemente, o puede ser, a cualquiera de ustedes, a las esposas o las hijas o las hermanas o los hijos o los padres de cualquiera de ustedes.  En eso es en lo que debemos estar todos muy claros y hemos estado claros, pero debemos estar todos los días más claros.
Es que ese común denominador nos une y nos obliga a todos.  El enemigo, que se agrupa, nos obliga a agruparnos, porque esa es nuestra fuerza verdadera.  Y cuando es la justicia, cuando es la patria, cuando es la Revolución lo que está de por medio, ¿qué otra cosa puede unir más a los obreros, a los campesinos y al pueblo?  Es una verdad tan evidente, una cosa que se explica por sí sola tan claramente, que solo se explica que en los primeros instantes —y también en esa pasión que se origina en toda lucha humana— no se haya visto con más claridad.
Así que nuestra fuerza consiste en eso.  Eso es tan evidente que el espectáculo que más alegraría a nuestros enemigos es el de cualquier división en este congreso obrero, cualquier pugna en este congreso.  ¿Por qué?  Porque ellos ven la tremenda fuerza de la clase, ellos temen la tremenda fuerza de la clase, ellos saben que es invencible, y lo que más podría alentarlos es la menor división, porque estoy seguro de que van a estar con ojos atentos al congreso, van a estar con ojos atentos para ver si hay problemas, para ver si hay dificultades.  Es decir que tenemos un deber todos —la dirigencia, los delegados, la masa—: este congreso tiene que ser un ejemplo de armonía, de espíritu revolucionario, de superación de males, de selección, por tácito acuerdo de todos.
¿Por qué? Porque en eso está nuestra fuerza, ¡en eso está nuestra fuerza! Como nuestra debilidad estaría en que mañana empezaran a publicar...  Porque a eso sí le darían publicidad, y mucho más con esta actitud valiente que ha tenido el congreso obrero hoy. No vayan a creer que les van a dedicar muchas flores ni muchos elogios.  No sé de lo que los van a acusar, no sé.  Pero me imagino que los acusarán de las cosas más inverosímiles, que dirán las cosas más raras de todos ustedes: dirán que son títeres manejados por hilos tal vez extraños; dirán que no los designó nadie, que los designamos nosotros, que son designados de dedo; que ustedes no representan la voluntad de los trabajadores, o que ustedes eran un grupo de hipnotizados; que toditos, sin excepción, estaban equivocados, porque como nadie disintió pues entonces todos estaban equivocados.  Es decir que no vayan a creer que en estos momentos nos podemos gastar el lujo de sacrificar un átomo de nuestras fuerzas, porque debemos ser avaros en conservar nuestras fuerzas.
Sabemos los desprendimientos naturales que tiene que tener la Revolución.  Ya dijimos de los ratones que van a dar el gran salto al agua, creyendo que el océano es más seguro que la nave de la Revolución en medio de la tempestad, porque esa es conducta de ratones: los que se tiran al agua para ahogarse por miedo de que la nave se hunda.  Ya sabemos de los desprendimientos:  de los que se cansan de ser patriotas, de los que se ablandan, de los que se dejan penetrar y perforar por las campañas reaccionarias.  Ya lo sabemos.  Ya sabemos los planes y las maniobras que se gestan para lanzar núcleos sociales contra nosotros, es decir, para poner a un sector del país, algo así como lo que ya están haciendo con las pandillitas... No, no.  Esas pandillitas de niños “fistos”  que vienen a dejar caer una mancha sobre una revolución, que fue hecha por hombres jóvenes principalmente, una revolución que tiene tantos niños héroes y mártires que escribieron páginas de increíble valor.  Y ahora la quieren manchar grupitos de pepillos que realizan fechorías en Cadillacs, como para parangonarse con esos niños de las Patrullas Juveniles que, a pesar de su juventud, a pesar de su vida, de que no han podido ir a escuelas muchos de ellos, son modelo de disciplina, modelo de educación.
Esas pandillitas que en Cadillacs realizan fechorías, no son más que un ejemplo de lo que tratarán de hacer; lo que hoy tratan de hacer con esos jóvenes descarriados, es lo que van a tratar de hacer con sus padres.  Hoy lanzan a las pandillitas de menores, y después lanzarán a las pandillitas de mayores.  Hoy lanzan a las pandillitas de menores contra la humilde obrera de un Ten Cents o de una tienda, contra la muchacha modesta que va a montar una guagua, o contra las niñas que van a salir de una escuela, y mañana lanzarán a los mayores contra los obreros, contra los campesinos y contra los sectores humildes del pueblo , porque se ve a las claras —¡se ve a las claras!— que quieren promover la lucha social, se ve a las claras que quieren lanzar unos sectores contra otros, se ve a las claras que quieren agrupar a todos esos que andan con la siquitrilla destruida por una u otra medida revolucionaria, para lanzarlos contra los obreros y contra los campesinos y contra los sectores humildes del país.
Se ve a las claras que quieren organizar a los elementos desafectos a la Revolución, contra los elementos que más firmemente defienden a la Revolución; se ve a las claras el propósito de agrupar fuerzas, y hoy están gastando el mayor número de cartuchos posibles en un intento de reblandecer la moral, porque cualquiera que leyera esos libelos, cualquiera que siga las plumas mercenarias que en estos tiempos cómodos en que no hay represión se toman el lujo de escribir las peores insolencias contra la Revolución, ve a las claras que persiguen el propósito de hacer creer que esto anda mal.
Las calenturas que padecen por allá en determinados clubs, que tienen hasta nombres extranjeros y donde se practican costumbres extranjerizantes —desde el “high ball” hasta la canasta y el “picnic” , y una serie de nombres que nosotros los revolucionarios no sabríamos pronunciar porque son nombres extranjeros y extranjerizantes—, son producto de caballerías más o caballerías menos, edificios más y edificios menos, bienes recuperados más y bienes menos, privilegios y sinecuras más y menos.  Y esas calenturas que ellos están sufriendo allá creen que son las calenturas de la Ciénaga de Zapata, y los muy ingenuos no se dan cuenta de que mientras ellos padecen allá, en aquellos clubs de nombres extraños, calenturas contrarrevolucionarias, los guajiros de la Ciénaga de Zapata —que han visto cruzar aquellas ciénagas por carreteras, que han visto extenderse allá las cooperativas que hoy implican el doble o el triple de ingresos, las tiendas del pueblo, las escuelas y todas esas medidas allí, en el lugar que cito por ejemplo, pero que no es más que ejemplo de lo que está ocurriendo en todo el país— ...  Los muy ingenuos, que sufren calenturas contrarrevolucionarias en los “clubs”, se olvidan de las calenturas revolucionarias que están viviendo hoy los campesinos y los obreros cubanos.
Es que creen que el dolor del que dejó de percibir 4 000 pesos mensuales para percibir 2 000 por concepto de alquiler, es el dolor de los que pagaban 100 y ahora pagan nada más que 50 de alquiler.  Creen que el dolor del que perdió 800 caballerías, es el dolor del guajiro que vivía en una guardarraya y ahora tiene allí tractores y arados, y tiene semillas y tiene créditos, y tiene escuelas y tiene ayuda .  Y creen que el dolor del que perdió el privilegio de comprar toda una cosecha para encarecerla cuando se le vendía al pueblo, es el dolor del campesino que recibe la totalidad del valor de esa cosecha, o el pescador que recibe el barco y recibe un precio mejor por sus productos, o del obrero azucarero que vio incrementado sus ingresos, que recibió el diferencial completo.
Creen que sus calenturas —porque son las calenturas de ellos— son las calenturas del pueblo.  Y ahí el error, porque como se agrupan, se agrupan en la fiebre contrarrevolucionaria y se agrupan en el chisme contrarrevolucionario. Van a los mismos restaurantes, van a los mismos clubs, visitan a los mismos amigos, leen la misma revista extranjera. Ellos siembran, cosechan y consumen sus propias mentiras y sus propias ilusiones; pero cometen el error de creer que esas sean las preocupaciones del pueblo. No son capaces de ver que dos mundos distintos viven ellos y nosotros.  No son capaces de ver que Cuba no es el grupo ridículo y minúsculo que toma “high ball” los sábados por la tarde. ¡No!  Son incapaces de ver lo que es Cuba, son incapaces de ver que las medidas que han afectado privilegios son las mismas que han servido para llevar esperanza, para llevar alegría y para llevar felicidad a la inmensa mayoría de nuestro pueblo.
Pero a pesar de lo injusto de los privilegios que defienden, a pesar de la sinrazón que los anima, son todavía poderosos.  ¿Por qué son poderosos?  Porque es la lucha de los que lo poseen todo frente a los que no poseen nada; es la lucha de los que tienen el monopolio de las riquezas contra los que han tenido el monopolio del hambre y de la pobreza; es la lucha de los que tenían el monopolio de la cultura frente a los que no tenían otro monopolio que el monopolio de la ignorancia, porque mientras 300 000 niños campesinos estaban sin escuelas, ningún niño de esas familias acomodadas dejó de ir a la escuela; y si dejó de adquirir un título o una profesión, fue por falta de interés o por falta de capacidad, mas no por falta de recursos.
Ellos tuvieron el privilegio de los mejores colegios nacionales o extranjeros, tienen el monopolio de la cultura, y tenían el monopolio de la publicidad.  Jamás se escribía una línea —por lo general— en esos órganos dedicados a las propagandas de las grandes casas, de las grandes industrias, de los productos de mucha venta; en esas páginas no escribían a favor del infeliz olvidado que vivía y moría en el fango, o vivía y moría en un bohío, abandonado por completo de la civilización.
El monopolio de la publicidad, el monopolio de la información, estaba en manos de ese mismo grupo que tenía el monopolio de las riquezas.  Y adquirieron los recursos y las armas con que hoy se defienden, la prensa con que hoy se defienden, la intriga con que hoy se defienden, porque adquirieron ese arte de hablar al oído, el arte de dejar caer una insinuación pérfida y venenosa, el arte de engañar, que no es el arte del obrero, que no es el arte del noble campesino.
Ellos poseen todas esas armas seductoras.  Son los que tienen teléfonos en cómodas habitaciones de aire acondicionado para pasarse todo el día regando infundios y elaborando bolas.  Son los que tienen todo el tiempo de vagos, o de vagas, para conspirar mientras cocina la infeliz criadita a la que le pagan 25 o 30 pesos, porque tienen tiempo para conspirar mientras lava la infeliz criadita a la que le pagan 15 o 20 pesos.  Y en eso no reparan.  No reparan en el egoísmo con que gastan para ellos en una hora o en un día tal vez, lo mismo que les pagan en un mes a quienes les realizan las tareas que les permita el ocio necesario con que pasarse todo el día llamando por teléfono y conspirando o chismeando contra la Revolución.
Tienen máquinas con que visitarse unos a otros, teléfonos, recursos, dinero con que sentarse hasta la madrugada a conversar y a conspirar en los mejores restaurantes.  De ahí su fuerza, no por su número sino por sus recursos, por su habilidad, por sus mañas, por su arte; porque así como muchos campesinos nuestros todavía no saben leer ni escribir, como muchos niños no saben todavía leer y escribir, en cambio no hay uno solo de ellos que no sepa leer ni escribir y que no sepa fraguar por todos los medios las campañas contra la Revolución, y por eso son poderosos.
Estas verdades hay que decirlas, y hay que decirlas porque nunca se decían, como hay que decir otras como para arrancarles la hojita de parra con que cubren aquí su impudicia, su avaricia y su egoísmo determinados sectores enemigos de la Revolución.  Porque cuando se investiga y se analiza sobre quién caen los males que sufre el pueblo, sobre quién caen las grandes lacras sociales; cuando se investiga, por ejemplo, la prostitución —esa lacra tan dolorosa, esa lacra tan terrible de las sociedades— y se pregunta uno de dónde vienen, de qué fuente surgen esas mujeres que se ven arrastradas por la lacra de la prostitución, vemos que ninguna de esas infelices mujeres provienen de los barrios aristocráticos de los ricachones, sino que provienen de las familias humildes, de las guajiritas que tienen que venir a la ciudad para colocarse de criadas —¡para colocarse de criadas!—, donde empiezan a ser seducidas por los señoritos que hoy organizan esas pandillas para terminar trabajando en un bar, para terminar corrompidas o sobornadas por los que viajan en Cadillacs o en carros lujosos, y disponen de ocio y de recursos para ello.
Estúdiese el proceso y verán la tremenda injusticia que implica esa lacra que se nutre de la miseria de las clases humildes de nuestro pueblo, y ese es el porqué quieren crucificar a los revolucionarios.  Porque nos hemos propuesto crear condiciones de vida que cambien el destino de las familias necesitadas del país, para que no tengan que pasar por la ignominia de ver a sus seres queridos expuestos a esos y a otros muchos males.  ¡Y por eso las familias humildes están con la Revolución!  ¡Por eso los campesinos están con la Revolución!  ¡Por eso los obreros están con la Revolución!  , porque desde todo punto de vista que se analice, esta Revolución está defendiéndolos.
Frente al enemigo que se agrupa, frente al enemigo que se organiza, frente al enemigo que clama por la intervención del extranjero solo cabe una táctica correcta: ¡Agruparnos los obreros, agruparnos los campesinos; agruparse el pueblo para defender a la Revolución, organizarse el pueblo!, porque si nos vamos a organizar en escuadras, en pelotones, en compañías y en batallones, no caben divisiones, porque no se concibe que una compañía esté contra un pelotón, o un pelotón contra una compañía y un batallón contra otro batallón.
En el ejército de los trabajadores, tiene que haber disciplina, tiene que haber compañerismo, tiene que haber unión.  Ustedes son los oficiales de ese ejército, ustedes son los líderes, y este es un momento en que no tenemos que pensar sino en ser fuertes, en mantener la fuerza, en contar con la fuerza que se necesita para defender esta Revolución, porque la Revolución seguirá adelante y cumplirá sus objetivos si sabemos defenderla y si tenemos con qué defenderla.  Y cuando cada fábrica sea una fortaleza, cuando cada sindicato sea un baluarte de la Revolución, cuando cada esquina, cada calle, cada barrio, cada loma, cada camino, cada árbol tenga un hombre que lo defienda; cuando cada uno de los sitios donde trabajan los 3 000 delegados de este congreso sean fortalezas de la Revolución y los obreros tengan disciplina y los obreros estén unidos y los obreros tengan entrenamiento y los obreros sepan combatir; y cuando al lado de esa fuerza tremenda e invencible esté la fuerza de los campesinos en cada cooperativa, en cada pedazo de tierra —cuyos títulos les ha entregado la Revolución—, en cada montaña, en cada río, en cada valle, en cada piedra, ¿quién podrá vencer esta Revolución?  (EXCLAMACIONES DE: “¡Nadie!”)
Y si de algo tenemos que estar conscientes es que hay que defenderla; si de algo debemos estar conscientes de que nos van a atacar, más tarde o más temprano; si de algo debemos estar conscientes es de que el enemigo no duerme ni descansa.  Por eso, tanto en el campo como en la ciudad, hay que tener la disciplina de ejército y el compañerismo de ejército, porque por encima de todo tenemos un deber, por encima de todo tenemos un deber indiscutible:  el deber de defender la Revolución, para que no se pueda decir el día de mañana que nuestros obreros no supieron defenderla, para que no se pueda decir el día de mañana que nuestros campesinos no supieron defenderla, para que no se les pueda echar en cara esa tremenda responsabilidad histórica; porque si grande es la gloria en este momento, si grande es la satisfacción de ver la solidaridad de los obreros de otros pueblos, si grande es el honor de tener aquí a sus representaciones, si grande es el estímulo de recibir esas cartas que nos escriben los pueblos hermanos, grande también es nuestra responsabilidad. Ellos se entusiasman con nosotros porque creen en nosotros, porque solo esperan oír de nosotros que sabemos cómo hacer las cosas, que sabemos cómo comportarnos en cada momento.
Y esa disciplina que han tenido los obreros cuando se ha llamado a desfilar el Primero de Mayo, cuando se ha llamado a la concentración del 26 de octubre, cuando se ha llamado a un paro de cinco minutos, o cuando se ha llamado a una contribución para la reforma agraria, o para armas, o para cualquier otra movilización, es la movilización que deben tener los obreros cuando se llame a defender a la patria, es la disciplina que deben tener los obreros cuando se llame a defender a la patria, porque entonces todos nosotros estaremos seguros de la victoria.  No estaríamos seguros de la victoria si esa disciplina no existiera, si esa entereza y esa firmeza no existieran.
Ningún obrero puede en esta hora olvidar —y mucho menos los líderes obreros, los líderes que fueron elegidos en asambleas libres y democráticas, que ostentan la confianza de sus compañeros — la responsabilidad que le corresponde para que la Revolución pueda contar con ustedes.  Debo decirles esto, porque nuestro deber es defender la Revolución, nuestro deber es lograr que la Revolución marche adelante.
Ya una vez tuvimos que enfrentarnos al enemigo en las montañas, tuvimos que enfrentarnos a un enemigo poderoso.  Nuestros hombres eran los campesinos armados.  Nuestro ejército tenía aquella compenetración y aquel idealismo que hizo posible la victoria. El papel del Ejército Rebelde fue decisivo en la guerra.  Pues así como el papel del Ejército Rebelde era decisivo en la guerra, el papel de los trabajadores es decisivo en esta etapa de la Revolución, y será cada vez más decisivo en los días venideros de la Revolución.
Ustedes son el Ejército Rebelde en esta etapa de la Revolución, ustedes son la parte más importante del pueblo y del Ejército Rebelde en cualquier lucha futura que tengamos que sostener para defender a la Revolución.  Y esa es la conciencia que tienen que hacerse.  Es lo que les digo y les repito con la convicción más absoluta de que esa conciencia es necesaria si ustedes quieren seguir teniendo las satisfacciones morales, las satisfacciones patrióticas y las satisfacciones materiales, aunque lo material en momentos como estos es lo último, porque hoy lo primero es defender la Revolución para mañana poder disfrutar nosotros o nuestros hijos del fruto de nuestros sacrificios.  Así que, si queremos seguir teniendo estos momentos históricos que está viviendo el pueblo de Cuba, tenemos que defenderlos.
No subestimemos al enemigo.  El enemigo es poderoso no por su número pero sí por su dinero, sí por su cultura, sí por sus recursos materiales de toda índole.  El enemigo es poderoso.  Tiene el monopolio de la riqueza, tiene el monopolio de la cultura, frente a los monopolios del hambre y de la ignorancia; pero también es cierto que tenemos a nuestro favor, con los obreros y con los campesinos y con los cubanos que piensen como nosotros en esta hora, un monopolio:  el monopolio de la dignidad nacional, el monopolio del espíritu revolucionario, el monopolio del entusiasmo , que hace que desde tan remotos lugares vengan ustedes a reunirse aquí, y que no importe el frío, no importe la lluvia, no importe los nortes, no importe la hora, porque solo cuando se tiene ese espíritu de lucha, cuando se tiene ese ideal, se puede triunfar.  Y eso es lo que más a nosotros nos anima: saber que contamos con el pueblo, saber que contamos con esa parte inmensamente mayoritaria del pueblo, donde se encuentran todas las virtudes patrióticas, donde se pueden encontrar muchos héroes.
Lo he dicho en otras ocasiones: nuestros comandantes salieron del pueblo.  Camilo salió del pueblo.  Era un hombre como ustedes.  ¡Entre ustedes puede haber uno o puede haber muchos Camilos! Lo que necesitó él fue la oportunidad, fue la ocasión de poder demostrar sus magníficas y extraordinarias virtudes.  Y así, si se presentara la ocasión de tener que defender la patria de nuevo, ¡héroes surgirán de todos los rincones de la patria, héroes surgirán de todos los campos de la patria, héroes surgirán de todas las fábricas de la patria, héroes surgirán de todos los institutos, de todas las universidades y de todas las escuelas de la patria, héroes surgirán de todos los pueblos y de todas las aldeas y de todas las esquinas de la patria para defenderla!, porque para eso no hace falta sino tener la razón de nuestra parte. Y eso es lo que importa.
Los campesinos que ganaron la guerra muchos de ellos no sabían leer ni escribir. Hace unas noches visité un campamento rebelde y me encontré allí a un grupo de maestros voluntarios dándoles clases, en horas de la noche, a aquel grupo de combatientes rebeldes, veteranos de la guerra de Oriente, que estaban allí, a los varios meses del triunfo de la Revolución, aprendiendo a leer y a escribir los que no sabían, mejorando sus conocimientos los que tenían algunos.  Y era verdaderamente conmovedor aquel espectáculo de ver aquellos hombres que tuvieron el valor y el idealismo necesarios para soportar los sacrificios de la guerra, vencer al enemigo combatiendo, preparándose allí, aprovechando la oportunidad que no tuvieron cuando eran niños, cuando debieron ir a la escuela.  Y hoy, después de soldados veteranos y victoriosos, sentados en aquellos pupitres, aprendiendo los conocimientos que en otra ocasión no habían tenido. Y meditaba sobre la realidad de nuestra Revolución, que tuvo muchos hombres dispuestos a morir, muchos hombres que pudieron empuñar las armas y que fueron decisivos en la victoria militar, y que, sin embargo, cuando llegó el triunfo no pudimos servirnos de ellos para realizar las tareas de gobierno.
Muchas cosas no salen como debieran salir, muchas cosas no marchan como debieran marchar.  ¿Por qué? Por falta de revolucionarios de conciencia. ¿Por qué? ¡Ah!, porque aquellos muchachos que escalaron las montañas, que bajaron a los llanos, que cruzaron los ríos, que batieron al enemigo, no tenían el monopolio de la cultura, no fueron a las universidades, no fueron a las escuelas.  Lógico y legítimo habría sido que aquellos hombres que hicieron la guerra hubiesen pasado a ocupar todos los cargos responsables del Estado. Mas no pudieron, no pudieron porque no sabían muchos ni leer ni escribir. Algún día podrán prestar, en la obra creadora de la Revolución, el servicio que la injusticia de un pueblo, donde unos tenían todo y otros no tenían ni la oportunidad de aprender las primeras letras, les negó.  Algún día podrán hacer muchas tareas que hoy no podrían hacer.
¿Y hemos tenido que acudir a quiénes en muchas ocasiones?  A aquellos que tuvieron el privilegio de estudiar, y en muchas ocasiones no del todo con espíritu revolucionario.  Y eso explica por qué hay fallas y por qué hay errores, porque unos hicieron la Revolución, unos llevaron la peor carga en la guerra, y otros han tenido que asumir las responsabilidades sin haber pasado por aquellas pruebas que pasaron los soldados en la lucha.  Y esto demuestra las dificultades con que tenemos que enfrentarnos, pero demuestra también lo que puede el pueblo, y demuestra que a la larga la victoria tiene que ser nuestra.
He insistido en este punto porque dos tareas tienen hoy los trabajadores: Una, la tarea de defender la Revolución, que es la más importante; dos, la tarea de impulsar económicamente el país.  La más importante es defender la Revolución, porque sin el Gobierno Revolucionario no puede haber programa revolucionario.  Por eso lo esencial frente a las amenazas y los peligros es defender la Revolución.  Segundo: el impulso creador de la Revolución.  Solo vaya decir sobre esto que me produjo extraordinaria admiración ese acuerdo tomado por los trabajadores de dar su aporte a la industrialización del país. ¡Qué admirable pueblo trabajador es este que se pone de pie para apoyar una moción que consiste en contribuir con el cuatro por ciento de sus ingresos a la industrialización del país!  
Eso indica lo que han aprendido los obreros, eso indica lo que han aprendido los obreros. Los obreros saben que los problemas de hoy no son los problemas de antes. Los obreros saben que los problemas de hoy no son aquellos problemas que consistían en gobiernos al servicio de patronos y obreros desamparados de toda protección.  Los obreros saben hoy que tienen en sus manos el gobierno de la nación.  Los obreros saben que este es su gobierno, que los conflictos que nosotros no resolvemos es sencillamente porque no podemos resolverlos, que los beneficios que nosotros no les damos es sencillamente porque no podemos materialmente dárselos.  Han aprendido en menos de un año que los problemas de hoy no son los problemas de ayer; que nuestros límites, los límites de los trabajadores, no son —como ayer— el interés con que los gobiernos defendían los privilegios; que el límite a las ansias de mejoramiento de la clase obrera está en nuestra pobreza de desarrollo económico, en nuestra incapacidad de producción, en nuestra falta de fábricas, en nuestra falta de técnica; que el límite al mejoramiento de las condiciones de vida está, sencillamente, en nuestra actual capacidad de producción.
Los obreros comprenden que la tarea principal de su gobierno revolucionario es el desarrollo económico de la nación.  Los obreros han aprendido a comprender estas cuestiones de divisas, estos problemas de exportación y de importación. Los obreros han aprendido nuestras realidades económicas:  la situación en que dejó la tiranía al país, los derroches que se habían hecho con sus reservas monetarias.  Saben el tremendo problema de que no produciendo siquiera aquí muchos de los artículos alimenticios, esos artículos tenemos que importarlos; y saben que la razón fundamental de nuestro interés en la reforma agraria es porque sabemos que es precisamente el renglón de la economía donde podemos avanzar con rapidez, como lo demuestra el hecho de que ya este año vamos a producir un millón y medio más de quintales de arroz , un millón más de quintales de maíz, que ya vamos a producir muchas caballerías de algodón.  Es decir que en el primer año de reforma agraria la Revolución va a lograr lo que no se logró en ningún otro lugar del mundo: un aumento en la producción agrícola. Así empezaremos por producir, primero, lo que importábamos.
¿Pero es que el límite nuestro está en producir lo que importábamos?  ¡No!  Porque el país está consumiendo hoy más que ayer. Así que tenemos, primera meta: producir aquí lo que importábamos; segunda meta: alcanzar el nivel actual de consumo; tercera meta: alcanzar los niveles futuros de consumo.
Cualquiera sabe que muchos artículos se han vendido el doble, sencillamente porque en el campo hay recursos, sencillamente porque más de 70 000 hombres han estado trabajando en obras; que el Gobierno Revolucionario en seis meses ha invertido cerca de 100 millones en obras, que equivalen a 100 millones de pesos que se han puesto en circulación, que han ido a parar a las tiendas de víveres.  De ahí nuestra necesidad desesperada de aumentar la producción agrícola, porque no hacemos nada con poner un peso en circulación, si ese peso no tiene el equivalente en arroz o en grasas o en carnes o en tejidos o en zapatos; es decir, en aquellos artículos en que se gaste el peso del obrero.  Porque lo primero que tenemos que saber es en qué se gasta el peso del obrero, en qué gasta el obrero su salario, y si queremos aumentar ese consumo del obrero, es necesario producir; y si queremos llevar a la mesa de cada familia que hoy pasa hambre o que hoy no tiene trabajo lo que ya está recibiendo la mesa de cada obrero, eso sencillamente hay que producirlo.
Así, de muchos artículos se ha estado vendiendo el doble, y desgraciadamente muchos de esos artículos hay que importarlos, porque en 10 meses no se puede producir ese déficit.
Sin embargo, la reforma agraria avanza a toda marcha para satisfacer esas necesidades.  Más carne, más leche, más huevo, más tejidos, más zapatos, más alimentos, más casas, más playas públicas, más medicinas que produzcamos, significará más standard de vida para el pueblo.  Porque cada casa del INAV significará una familia que va a abandonar una casa pobre, una casa que no es de ella, donde paga una renta, para comprar aquella casa con lo que pagaba de alquiler, una casa en las magníficas condiciones en que la está haciendo el INAV.  Cada centro de recreo, cada playa que organicemos, irá a mejorar el standar de vida de familias que hoy tendrán la oportunidad que no tenían antes, es decir, la oportunidad de ir con sus hijos 15 días o un mes a las playas. Cada libra de alimentos o de tejidos o de zapatos que nosotros aumentemos, serán cantidades de tejidos o cantidades de zapatos que irán a vestir niños que han estado semidesnudos, que irán a calzar pies que han estado descalzos.  En fin, permitir satisfacción de necesidades que antes no se satisfacían.
Eso lo sabe el obrero, que el problema nuestro es incrementar la producción de bienes de consumo y servicios, porque no hay otra fórmula de elevar el standard de vida.  Y que nuestro problema no es un problema de superproducción, sino de subproducción. No estamos produciendo ni los alimentos ni los tejidos ni los zapatos ni las casas que necesitamos.  Luego se nos plantea el problema de producirlos.  Tenemos un recurso:  los cientos de miles de pares de brazos que están sin trabajar.  Dos brazos constituyen una riqueza, porque los bienes surgen del trabajo.  Son las manos del hombre las que cosecha, son las manos del hombre las que crean.  Cuando pongamos las manos de esos 400 000 o 500 000 compatriotas que no tienen trabajo, cuando las pongamos a producir sembrando, o en un taller o en cualquier punto donde puedan prestar un servicio —construyendo una casa, construyendo una playa—, estaremos sencillamente creando bienes para el pueblo, bienes que hoy no se crean, porque esos brazos están ociosos. Los obreros comprenden que tenemos que poner esa gran riqueza de brazos a producir.
Hoy el campo amplio donde podemos avanzar más es la tierra.  Después y paralelamente, aunque en un ritmo menor porque requiere de más técnica, de más inversión, porque requiere de gastos en divisas, iremos desarrollando nuestra industria.  Pero nuestra estrategia tiene que ser sencillamente poner a trabajar todos los brazos; no descansar hasta que el último desempleado esté haciendo algo, algo útil, y tengo la seguridad de que alcanzaremos pronto esa meta con la contribución de los trabajadores. ¿Qué quiere decir esa contribución para la industria?  Quiere decir que no van a gastar ese 4% —es decir, que tal vez lo iban a gastar en algo que venía de afuera o en algo que se produjera—, porque como tenemos un déficit de producción ese ahorro no se va a consumir.  No van a consumir ustedes ese 4%, sino que ese 4% lo va a invertir el Gobierno Revolucionario en la agricultura o en la creación de nuevas riquezas; lo va a invertir sobre todo en industrias.  Es decir que lo vamos a invertir en fuente de trabajo y de riquezas.  No lo van a consumir, porque nuestro problema ahora es invertir lo más posible, no consumir lo más posible.  Es decir, que ese 4% de cada peso lo vamos a invertir, pero los obreros van a recibir su premio con creces.
¿Qué es lo que va a recibir el obrero a cambio de ese 4% que da para la industria?  Como ya les dije una vez, a nosotros no nos importan mayormente hoy las ganancias de una empresa, porque no se pueden llevar el dinero del país, ¡no se pueden llevar el dinero del país!  Y dinero con que cuente el país, es decir, divisas con que cuente el país, es divisas que invertiremos en la industria, ¡que invertiremos en la industria sin la menor vacilación!  Es decir que esas divisas que están ahí las invertiremos en industrias.
Esas ganancias forman parte del ahorro nacional, esas ganancias no entorpecen, porque es necesario comprender que el problema es un problema en este momento de ahorro.  Es un problema que tenemos más capacidad de gastos que capacidad de producción.  Ese es el problema, analizado en sentido general, tomando el conjunto de todos los gastos de todas las familias y de la capacidad de gastos.  Por eso tenemos que, incluso, ahorrar una parte de eso.  Si obtenemos mejoras en el salario, pues ahorraremos más; si obtenemos mejoras en el ingreso, ahorraremos más.  El problema es comprender que no se trata de disfrutar ahora del fruto de la Revolución, sino que del fruto de la Revolución vamos a disfrutar después.  Cada peso que de el obrero hoy ya no será como el peso que da para la reforma agraria o el peso para armas.
Ese 4% equivaldría a un ahorro que el obrero recibirá más tarde con creces, y les voy a explicar cómo.  Vamos a hacer unas emisiones de certificados de ahorro del pueblo, ya que se trata de que el pueblo va a asumir la tarea de industrializar.  El 4% de ingreso, digamos, durante cinco años son 200 millones de pesos.  ¿Significa que el obrero pierde esa contribución?  No.  El obrero puede llegar a recibir el doble de lo que entregó, si lo guarda.  Esos bonos no podrán cambiarse por dinero otra vez hasta dentro de cinco años.  Pueden venderse.  Valen.  Conservarán su valor.  Quien los tenga, podrá venderlos; pero su conveniencia será conservarlos, porque al cabo de cinco años, quien haya invertido 100 pesos, podrá recibir 141 pesos; al cabo de 6 años, quien haya invertido 100 pesos, podrá recibir 151; al cabo de 10 años —vamos a suponer un obrero joven que guarde esos valores— recibiría 200 pesos; y al cabo de 20 años —quien los conservara durante 20 años— recibiría 400 pesos.  Es decir que se le cuadruplicaría ese ahorro.  Ese ahorro se entregará en certificados de ahorro del pueblo, que van a conservar su valor.
Es un sistema que implica una serie de ventajas.  ¿Por qué?  Porque nosotros queremos que los sacrificios que hoy hagan los obreros los perciban en el futuro.  ¿Se van a beneficiar solo porque se cuadruplique o se duplique su ahorro?  ¡No!  Porque el obrero va a recibir el beneficio del aumento de standard de vida, porque parejamente con el desarrollo económico de la nación irá elevándose el standard de vida por familia, ya que el obrero empezará a recibir los frutos con la elevación de su standard de vida. Al mismo tiempo, se duplicarán o cuadruplicarán sus ahorros.
¿Por qué podemos hacerlo así?  Porque así como el problema hoy es un déficit en la producción, dentro de 5, de 10, de 15, de 20 años —es decir, año por año—, utilizando las máquinas, utilizando maquinarias modernas y las técnicas modernas, el pueblo de Cuba, trabajando, estará en condiciones de duplicar, de triplicar y de cuadruplicar su producción.  Es decir que nosotros el peso de hoy podemos convertirlo en 4 pesos en bienes dentro de 20 años, o 2 pesos en bienes dentro de 10 años.  Así podemos, en la misma medida en que aumentemos la producción, retribuir ese sacrificio en el doble, en el triple o en el cuádruplo.
Este es el plan que se va a aprobar.  Es decir, recogiendo esa iniciativa que comenzó por los obreros azucareros, establecer ese Certificado de Ahorro del Pueblo para entregarlo a cambio de esa contribución.
Pero el mérito que tiene esto es que los obreros sean capaces de comprender eso, que los obreros asuman esa iniciativa.  Es decir que frente a los augurios de los que promuevan, de los que dicen que guardan su dinero —que su dinero lo guarden, no importa, que guarden su  dinero—, los otros van a invertir.  Ellos pueden guardar, lo que no se lo pueden es llevar. Es decir que papeles más, papeles menos, no afecta. Lo que importa son las divisas que obtenemos vendiendo nuestros productos, porque de esas divisas tenemos que comprar combustible para echar a andar nuestras fábricas mientras no tengamos aquí producción nacional; tenemos que comprar la materia prima para echar a andar otras muchas fábricas; tenemos que comprar maquinarias; sobre todo ahora tenemos que comprar alimentos porque no los producimos aquí.  Lo que importa es que nosotros dispongamos de divisas para comprar ese combustible, materia prima, alimento, y para comprar las maquinarias, porque las maquinarias no nos las van a regalar, ni las podemos fabricar aquí; luego tenemos que comprarlas fuera —eso lo comprende todo el mundo— y hay que pagarlas con lo que nos paguen por nuestro azúcar, por nuestro tabaco, por nuestros minerales.
De ahí esa necesidad de ahorrar.  De ahí esas medidas que hemos tomado restringiendo las importaciones de lujo; porque, naturalmente, si hay que comprar hoy maquinarias agrícolas o fábricas no podemos estar comprando Cadillacs. Esa es una verdad que ya la entiende aquí todo el mundo, hasta los mismos que montan Cadillacs.
Nosotros tenemos que atender qué consume el guajiro, qué consume el obrero.  Pues está consumiendo no Cadillacs precisamente, ni está gastando mucha gasolina porque no tiene automóvil, ni está gastando muchos perfumes de lujo, ni come bizcochitos venidos de Europa, ni caramelos venidos de 1 000 kilómetros de distancia, porque cuando va a comprar caramelos, compra un caramelo que se produce aquí, o un bizcocho que se produce aquí y que está al alcance de sus recursos.  Luego el obrero, el campesino, la familia humilde, no está gastando en lujos, no está gastando divisas.
Luego, nosotros, si tenemos que defender la divisa y tenemos que sacrificar los lujos, los sacrificamos, porque no estaremos sacrificando al pueblo. Los lujos que tengamos que sacrificarle a la gente aquí que ha tenido el privilegio de disfrutar de muchos lujos, los sacrificamos sencillamente.  Así que desde el Banco Nacional tomaremos las medidas que sean necesarias. Y si hacen falta medidas más enérgicas, las tomaremos para defender la divisa, porque necesitamos las divisas que no se pueden estar gastando en lujos.
Naturalmente que esto implica algunos problemas: la parte del pueblo que trabaja en esos artículos. Tenemos que acordarnos de los obreros, pero para esos obreros buscaremos soluciones. En la misma medida en que llevemos adelante esos planes, buscaremos soluciones para los obreros que han estado dependiendo de esos artículos de importación. Porque incluso preferible sería cualquier ayuda —preferible sería mientras no se le pueda establecer en otro trabajo remunerativo como aquel—, al gasto que implican las divisas, más el gasto que implica lo que se paga, porque una compañía que importe 5 millones en automóviles, gasta 5 millones de divisas; si gana medio millón de utilidades, se lleva otro medio millón de divisas; y si paga un millón de sueldos, pues entonces una tercera parte de esos sueldos también se van en divisas, porque el promedio es que de cada peso gastamos 30 centavos en artículos de afuera.  Así que por ese millón que se pagaba en sueldos, se perdían otras 300 000 divisas. Preferible sería perder esas 300 000 divisas, y no las ganancias de la compañía y los 5 millones de dólares en automóviles.  Tengan presente que aquí se importaban en automóviles 35 millones de pesos todos los años.
Así que yo quería hablarles de esta cuestión, aprovechar este congreso, porque considero que es una cuestión importantísima, ya que cuando todos se conjuran y cuando todos maniobran contra la Revolución, es precisamente del pueblo humilde de donde nosotros tenemos que esperar toda la colaboración y toda la ayuda.  De lo que los obreros pueden estar seguros es que sus problemas de hoy no son los problemas de ayer, y que nosotros vamos a la elevación del standard de vida verdadero, no con el engaño, no con la política de duplicar salarios y que parejamente se dupliquen o se tripliquen los precios; porque, por lo general, en esos casos los precios aumentan más rápidamente de lo que aumentan los salarios, porque están los especuladores de por medio tratando por dondequiera de estar escamoteándole el salario al obrero.  Es decir que nosotros no vamos a la demagogia —como ha ocurrido en otros lugares— de aumentar ingresos y parejamente aumentar precios.  Porque cuando hay un déficit en la producción no se puede dar un equivalente a ese aumento, y lo que se produce son aumentos de precios y trastornos dondequiera.
Estas son las cosas que tenemos que ver. Y el pueblo tener la seguridad de que estamos atentamente velando sus intereses, que estamos haciendo lo más que podemos hacer y que necesitamos la mayor colaboración del pueblo, conscientes de que estamos luchando solo por el pueblo.
Nosotros no luchamos por intereses particulares de nadie, ni luchamos por privilegios de nadie.  ¡Nosotros aquí, desde el primer minuto, hemos estado y estaremos luchando por el pueblo exclusivamente!  
Así que son esas dos tareas: la tarea política de los trabajadores y la tarea económica de los trabajadores.
En el ministerio está un compañero que se esmerará por resolver cuanto antes todos los problemas que se puedan resolver.
No nos importa que tiemblen los que tengan que temblar.  ¡Que tiemblen!, porque ellos tienen la culpa de que tengamos que acudir a organizar a los trabajadores.  No nos importa que tiemblen, no nos importa que se preocupen; en definitiva, esta es una medida que ellos, con su inconsecuencia y con sus campañas contrarrevolucionarias, nos obligan a tomar.
Ahora, ¿por qué podemos nosotros entrenar y preparar a los obreros y a los campesinos?  ¿Por qué podemos darles armas?  ¿Y por qué ningún otro gobierno podía hacer eso?  Por una razón bien sencilla:  los otros gobiernos necesitaban un ejército bien entrenado y pagado, divorciado del pueblo, para poder defender los latifundios, para poder defender los intereses y defender los privilegios.
¿Quién les iba a dar armas a los guajiros con tantos latifundios?  Nadie.  Lo que se necesitaba eran soldados para defender los latifundios de los latifundistas y darle planazos al guajiro.  Y si al guajiro incluso se le soltaba un caballito y se metía en un cañaveral, se llevaban preso al caballo y después se llevaban preso al guajiro.  Claro, toda esa organización militar era para defender esos intereses.
Hoy es al revés:  nosotros les hemos dado los latifundios a los guajiros y les tenemos que dar entrenamiento y armas a los guajiros para que defiendan los latifundios. Y lo mismo con los obreros.  Nosotros hemos reivindicado los derechos de los trabajadores. Nosotros hemos llevado a la clase trabajadora al nivel que hoy ocupa de orden político, con el destino del país en sus manos.  Hemos convertido el sector trabajador en el sector decisivo y preponderante de la vida política del país, y esos derechos tienen que defenderlos los trabajadores.
¿Quién les daba antes entrenamiento a los trabajadores?  Nadie les hubiera dado entrenamiento, porque lo que necesitaban era tener un ejército, tener una policía represiva y tener muchos esbirros para mantener a los trabajadores en el terror.  Y nosotros, que hemos reivindicado y hemos liberado a la clase trabajadora, lo que tenemos es que darle fusiles para que se defienda de los esbirros y se defienda de los que quieren arrebatarle sus derechos.
Es decir que el hecho en sí mismo define esta Revolución y explica el porqué nosotros sí...  Ahora, ¿por qué no quieren los privilegiados que les demos fusiles a los trabajadores ni entrenamiento? ¿Por qué protestan? ¿Por qué murmuran? ¿Por qué se roen las entrañas?  Porque saben lo que significa contar con los campesinos y los obreros entrenados para defender la Revolución, porque eso significa un abur a todas las esperanzas de volver aquí a establecer el imperio de sus privilegios.
¿Qué quieren ellos?  Ejércitos como el de antes. ¿Para qué? Para ver si encuentran un traidorzuelo como el de Camagüey, para ver si logran virar un cuartel contra la Revolución.
Ahora, ¿qué será el obrero? No será un soldado profesional.  Tendrá al soldado rebelde, con plena conciencia revolucionaria, como la parte técnica, en el manejo de armas especiales; pero la defensa esencial de la Revolución, la defensa medular, estará en lo obreros y en los campesinos.  Ese obrero no cobra: cobra su trabajo, vive de su trabajo, no es profesional. Sencillamente, cuando hace falta defenderla y se le llama, marcha al frente, o marcha donde tenga que marchar a defender la Revolución.  Es decir que es algo gratuito; es la defensa espontánea, por el pueblo, del gobierno.  Antes confiaban esas tareas a minorías armadas, amaestradas, corrompidas, para que fueran defensoras de los privilegios, de los latifundios y de los grandes intereses frente al pueblo.  Ahora es al revés: si el gobierno es del pueblo, pues sencillamente el pueblo es quien tiene que defender al gobierno.
Claro, ese obrero será el mejor soldado, como ese campesino en su cooperativa: vive de su trabajo, no tiene aspiraciones de vivir quitándoles a los demás, sino de vivir de su trabajo y defiende ese derecho, porque no quiere que le quiten su tierra, no quiere que le quiten sus tractores. El obrero no quiere que le quiten sus derechos, no quiere que le quiten sus reivindicaciones, no quiere que le quiten el papel preponderante que hoy desempeña en la vida pública del país.  Por eso tiemblan.
A ver, ¿cuántos escritorzuelitos de esos han escrito a favor de que entrenemos a los obreros?  ¡Ninguno! ¿Por qué?  Porque saben que ese es el abur de las esperanzas de volver aquí a mantener sus privilegios.
¿Qué significa eso?  Pues significa sencillamente que tendrán que pelear muy duro, y es sencillamente lo que les decimos aquí con toda serenidad. Ellos vienen con sus artes y sus mañas a dañar la Revolución, a tratar de debilitarla, a tratar de derrocarla; invocan, nos acusan de las mismas acusaciones que nos hacen los trujillistas y los criminales de guerra; tratan de que el extranjero intervenga.  Y nosotros les decimos: Bueno, pero lo que se van a encontrar aquí es al pueblo armado, lo que se van a encontrar aquí es que cada casa y cada rincón de Cuba va a ser una trinchera y una fortaleza, y que detrás de cada árbol se va a combatir.  Es lo único que les advertimos: Sigan jugando a la contrarrevolución, sigan fraguando y sigan planeando. Que no crean que va a ser esto ningún merengue, que no crean que esto va a ser ningún paseo. Que sepan que van a tener que recoger el polvo de su suelo anegado en sangre, como decía Maceo.
Y eso es bueno que lo sepan, ¡que lo sepan! Lo decimos muy serenamente y sin exaltarnos y sin apasionarnos y sin perder los estribos. Ellos saben que están haciendo uso y hasta abuso de la paciencia de todos nosotros; pero nosotros dijimos que cuando se nos acabara la paciencia, buscábamos más paciencia, y cuando se nos volviera a acabar la paciencia, buscábamos más paciencia.
Así que el problema es que ellos están por la libre dedicados a provocar, dedicados a crear...  Hay quienes afirman por ahí que van a estar fastidiando hasta que les clausuren el periódico.  ¡Bueno, ya veremos si los periódicos se les clausuran solos! Porque puede ser que pierdan anuncios, puede ser que llegue un momento dado incluso aquí en que nosotros digamos que no compramos los productos que están sosteniendo los periódicos de la contrarrevolución.  Dicen que hasta que los clausuren en eso están.  Así, conscientes, provocadoramente.
Ellos saben que han cometido verdaderos actos delictivos.  Con el caso del compañero Camilo Cienfuegos lo que cometieron no fue un abuso ya, fue un crimen lo que hicieron; fue no solo un delito, fue una desvergüenza, porque llegaron aquí a publicarse insinuaciones de los cables internacionales, llegaron a insinuar el veneno, llegaron a querer sugerir imputaciones que son algo más que un crimen, compañeros.  Y esas cosas ustedes las saben, porque ustedes las han leído, y tienen que comprender lo doloroso que tiene que haber sido para todos nosotros que se haya estado así, tan criminalmente, tratando de tergiversar el pensamiento y la conducta de nuestro compañero y nuestro hermano Camilo Cienfuegos, que lo hayan tratado de usar para insinuar acusaciones contra otro compañero. Lo han estado haciendo desfachatadamente dentro y fuera.
Pero nosotros aquí, sencillamente con la verdad en la mano, podemos enfrentarnos. ¿Por qué?  ¡Porque no podrá nada ni nadie venir a chantajear al gobierno de la verdad y de la Revolución!    ¡El chantaje quedó atrás, el chantaje quedó atrás!  Y si insisten en provocar, ¡que provoquen!  Si insisten en injuriar, ¡que injurien!  Si insisten en alentar campañas contrarrevolucionarias, ¡que las alienten!  ¡Eso no nos importa! Ellos sabrán dónde está el límite.  Ellos sabrán hacia dónde los conducen sus descabelladas actitudes, porque si conducen a un sector del país a pelear contra los obreros y los campesinos, ¡se estrellarán contra los obreros y los campesinos!  Si conducen al extranjero a atacarnos, ¡se estrellarán contra la resistencia del pueblo cubano!  
Así que solo ellos determinarán las consecuencias de sus actos. Nosotros lo único que podemos decir es que actuaremos con ecuanimidad, con calma, con toda la paciencia que sea necesario.  Pero eso sí: con la seguridad más completa de que vamos a defender la Revolución —¡completa!—, y de que la vamos a defender bien defendida. Y en cada momento como sea necesario defenderla, la defenderemos.
Esa es la duda que nuestros enemigos no pueden tener.  Por su propio engaño y hasta por su propio bien, que no alberguen la duda de que nosotros la Revolución la defenderemos; que no llegarán a ninguna parte; que, sencillamente, mientras más intriguen, más alerta tendremos al pueblo y más le predicaremos al pueblo para que comprenda estas verdades que son elementales, y esté claro y sepa por dónde viene cada uno de estos descarados cuando viene aquí insinuando su veneno contrarrevolucionario y hablando de mentiras y mentirijillas de todas clases.
¡Y hasta se llaman demócratas! ¡Democracia es esto! ¡Democracia es este congreso obrero, estampa viva de la democracia, representación de los obreros!  
La democracia que defienden ellos son sus privilegios, la democracia que defienden ellos son sus monopolios, la democracia que defienden son sus sinecuras.
¿Cómo no escribían ayer contra esos dirigentes impuestos en los sindicatos?  Porque a ellos les convenía ese dirigente impuesto que servía para defender intereses y privilegios. ¡Ah!, combaten esta Revolución que adopta una verdadera política democrática en los sindicatos, que practica la política de liberar al pueblo, que practica la política democrática de llevarle cultura a nuestro pueblo, que libera a nuestro pueblo, que lo lleva a una vida superior de cultura sin la cual no puede haber libertad.  Defienden la mentira de una democracia que no es democracia sino el imperio de los latifundistas sobre los guajiros hambrientos que vivían en las guardarrayas; el imperio de un ejército mercenario, el imperio de un ejército mercenario y abusador, corrompido, alquilado a los grandes intereses, alquilado a los centrales, alquilado a las grandes fincas; un ejército perseguidor de obreros, un ejército perseguidor de campesinos.  Esa es la democracia que ellos defendían, y no esta democracia de un ejército del pueblo que no persigue a su hermano campesino, que no persigue al obrero, que no comete una injusticia.
Lo que ocurre es que ellos entienden una cosa por democracia, y nosotros entendemos por democracia otra cosa.  Ellos entienden por libertad el derecho al chantaje, el derecho a venderse al mejor postor.  Llaman incluso libertad de prensa a un sistema donde trabajan 300 y nada más puede escribir uno, porque la verdadera libertad sería que todos los periodistas recibieran el salario que merecen por trabajar en los periódicos, y además tuvieran derecho a escribir libremente en los periódicos.  Porque es una censura la que les imponen a los periodistas que quieren emitir su opinión, y cuando no es la opinión del señor dueño del periódico, entonces ese periodista no tiene libertad de expresión.  Se pasan hablando en los editoriales de libertad de expresión, mientras les niegan a los periodistas el derecho a emitir libremente su opinión en un órgano donde trabajan muchos, donde trabajan 200 y trabajan 300 y solamente uno tiene derecho a escribir y hablar.  A eso le llaman democracia.
Así que estos señores extranjerizantes que defienden consignas extranjeras, que se aferran a mentiras extranjeras, que defienden monopolios extranjeros, que defienden privilegios extranjeros, que defienden mentiras extranjeras, que están combatiendo a una Revolución que está precisamente liberando al pueblo, defendiendo la patria cubana, esos señores son cualquier cosa menos demócratas, aunque ellos agarren banderolas de seudodemocracia para pintarse puros.
Dígase la verdad al pueblo.  Basta de mentiras y de mentirijillas, basta de truquitos y de palabrería hueca y de palabrería barata.  ¡Democracia sin pan no es democracia!  ¡Democracia sin libros y sin maestros no es democracia!  ¡Démosles libros a los campesinos, démosle pan al pueblo!  
Bastantes responsabilidades tienen ya en haber mantenido al pueblo en la ignorancia de las cuestiones más importantes de la economía.  Y mantenían al pueblo en la ignorancia de las cuestiones de la economía, porque les convenía que el pueblo fuese ignorante de esas cuestiones para poder mantener sus privilegios.
Bastante responsabilidad tienen en lo que han engañado al pueblo.  Si al fin y al cabo, habían campeado por sus respetos siempre, si al fin y al cabo se habían salido con la suya, si al fin y al cabo las lágrimas de los cocodrilos y los golpes hipócritas de pecho y la palabrería barata les había servido para medrar en un medio confuso, no van a medrar en medio de un pueblo al que se le dice la verdad sin miedo a nada ni a nadie.  Porque, entre otras cosas, los revolucionarios no son solo los que dicen que son revolucionarios, sino los que tienen una actitud mental frente a la vida, los que tienen una actitud mental revolucionaria frente a las mentiras tradicionales que se les predican a los pueblos.  Ser revolucionario es tener una actitud mental frente a esas realidades, y tener además el valor de enfrentarse a ellas.
Han lidiado con hombres inmorales a los que no se les podían enfrentar, porque como ladrones o como malversadores o como viciosos no tenían moral para discutir con esos descarados.  Pero aquí ha llegado la hora en que tendrán que enfrentarse a un pueblo con conciencia revolucionaria y a líderes que llevan por delante su conducta limpia, su moral, sus principios y sus ideales ; porque si hemos empeñado nuestras vidas en esta obra revolucionaria, la hemos empeñado de verdad, y la hemos empeñado todos nosotros.  Y cuando cualquier compañero habla, se le ve que está hablando sencillamente con esa convicción absoluta de que ha empeñado su vida, y que nosotros todos podemos decir aquella Canción del Pirata:
Y si caigo, ¿qué es la vida?por perdida ya la di,cuando el yugo del esclavocomo un bravo sacudí” .
En definitiva, no han sido en balde los esfuerzos que ha hecho el pueblo ni los sacrificios que ha hecho el pueblo, y si los hizo una vez para conquistar el poder revolucionario, lo hará cuantas veces sea necesario para defenderlo.  Esa es la disposición de todos nosotros.  En esto estamos y aquí sabremos cumplir con nuestro deber hasta el día en que el destino nos señale que tengamos que cumplirlo, sin arredrarnos ante las dificultades.
A cada mal le iremos aplicando su remedio, y si surgen pandillas de niños “fistos”, les aplicaremos el trabajito en la Ciénaga de Zapata, o en Cayo Largo , para que aprendan a respetar a las mujeres, para que aprendan a respetar el pudor y el decoro de las mujeres, para que aprendan que la vida es algo más duro y la vida es algo distinto a tener que estar de holgazanes recibiéndolo todo de sus papacitos, incluso los malos ejemplos; para que aprendan en el trabajo que en la vida todo hombre tiene obligación de contribuir con los demás con su esfuerzo y tiene la obligación de ser útil.  Y si los ricos se ponen a conspirar; es decir, si estos señores que están contra las medidas revolucionarias, por lo que sea, se ponen a conspirar, dictaremos —como vamos a dictar— una ley que establezca la confiscación de los bienes a los que resulten condenados por delitos contrarrevolucionarios, para que sepan que no es tarea tan fácil destruir el poder revolucionario como se imaginan.
Y cuando quieran juntarse todos, los resentidos, los rezagados, los que se quedaron en la mitad del camino, los traidores; cuando se quieran juntar, que se junten de una vez, nuestras líneas de batalla están desplegadas y en ellas están alineados los obreros, los campesinos, las Fuerzas Armadas Revolucionarias y todos los cubanos que sepan entender los intereses de la patria por encima de privilegios o intereses particulares.
Así que esa es nuestra posición, y mientras más definan ellos sus campos, más definiremos nosotros los nuestros; y mientras más se agrupen ellos, más nos agruparemos nosotros; y mientras más entrenen a sus huestes en la mentira, más entrenaremos nosotros al pueblo en el modo de defender su Revolución.  En definitiva, ese es nuestro destino y es el destino de nuestra patria, y tenemos que velar por él y tenemos que saber defenderla y tenemos que tener conciencia de este minuto histórico y estar claros, porque los errores de hoy tendríamos que pagarlos mañana muy caro, las vacilaciones de hoy tendríamos que pagarlas muy caro mañana.
Y por eso, serenamente y sin vacilaciones y sin miedo a nadie —porque quien predica el miedo es un contrarrevolucionario, quien predica el miedo está predicando la perdición del pueblo—; serenamente y con una clara conciencia revolucionaria, firmemente unidos en la defensa de un interés y un ideal común, estaremos prestos a librar todas las batallas que sean necesarias.
Y con esa misma serenidad podemos decir que ninguna maniobra extranjera podrá prosperar aquí.  Con la misma tranquilidad podemos decir que a nadie le debe caber duda de lo que el mundo sabe:  ¡Que nosotros sabremos defender nuestra patria, y con ella nuestra Revolución, y con la Revolución a nuestro pueblo, hasta la última gota de sangre de todos los hombres que tengan vergüenza en nuestra tierra!  
Y con estas palabras, con la seguridad de que este será un congreso ejemplar, con la seguridad de que todos los problemas serán resueltos con espíritu de fraternidad revolucionaria; que será electa una firme dirigencia de los trabajadores, que los líderes —que son los oficiales del ejército de los obreros— se irán más firmes aún en su decisión de defender la Revolución, marchar de acuerdo con ella y trasmitir ese sentimiento a todos los trabajadores, que se irán convencidos de la gran tarea y de la gran responsabilidad que tienen por delante; seguros de que este congreso será un congreso digno de los sacrificios que ha costado, finalizamos con aquella consigna que fueron las palabras finales del compañero Camilo Cienfuegos: “No nos arrodillaremos ante nadie, y si nos arrodillamos alguna vez será solo ante nuestros 20 000 muertos para decirles:  ¡La Revolución se ha hecho!”
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada