julio 10, 2012

Discurso de Fidel Castro en la clausura del X Congreso de la CTC (1959)

DISCURSO EN LA CLAUSURA DEL X CONGRESO DE LA CTC, CELEBRADA EN EL TEATRO DE LA CTC
Fidel Castro
[21 de Noviembre de 1959]

― Versión taquigráfica de las oficinas del Primer Ministro ―

Señores delegados:
Yo estaba invitado esta noche a la clausura del congreso obrero.  Cuando se aproximaba la hora en la cual teníamos que asistir a este acto de clausura, noticias un poco desalentadoras llegaron a nosotros, de que las tareas estaban retrasadas, de que una atmósfera de tensión reinaba en el congreso.
“Eso está mal”, me decían todos los compañeros que me hablaban.  Me dijeron más todavía, me dijeron que no debía venir al congreso; me dijeron todos que yo no podía venir al congreso en las condiciones en que se encontraba, que yo no podía estar corriendo riesgos.
No nos referimos, o no se referían, compañeros... (EXCLAMACIONES DE: “¡Unidad!, ¡Unidad!”)
Compañeros, compañeros: espero que tengan al menos la amabilidad de callarse todos.
Ustedes, en acto de solidaridad, se han puesto de pie y aplaudieron cuando hablé de riesgos; es posible que nadie se refiera a riesgos de tipo físico.  Además, no hay por qué pensar en esos riesgos, ya que, en definitiva, esos riesgos no deben de preocupar en esta hora a ningún cubano.  Se referían a riesgos de tipo moral, se referían al riesgo de una asamblea convulsionada, se referían a un riesgo real: al riesgo de este espectáculo vergonzoso que estén dando ustedes aquí esta noche.
Yo no he venido aquí, compañeros, a hacer demagogia. Yo creo que sería indigno de la confianza mayor o menor que pueda tener en nosotros el pueblo de Cuba si yo fuese un hombre capaz de venir aquí o a ninguna parte a hacer demagogia.
Lo que los compañeros decían era el riesgo que significaba para la Revolución cualquier revés de orden moral, lo que en mi condición de Primer Ministro del Gobierno Revolucionario y de dirigente de esta Revolución podía significar cualquier revés aquí de tipo moral, cualquier discrepancia con la asamblea, o cualquier problema de otra índole.
Porque se decía que había grupos frente a grupos —no voy a analizar la dimensión de grupos—, pero que había gritos, que en ocasiones había incluso insultos, que voces irresponsables —que no pueden ser voces revolucionarias, y que solo pueden ser eco de voces contrarrevolucionarias, provenientes quizás del coro de criminales de guerra y de las pandillas que purgan en la fuga sus crímenes contra Cuba—, gritos incluso contra ministros del Gobierno Revolucionario , y no faltó hasta la insinuación de que se habían dado gritos contra el Primer Ministro .
Desde luego que mi actitud no podía ser más que una sola. Compañeros, les dije: A mí no me importan las jerarquías, a mí no me importan los cargos, a mí no me importa mi situación personal.  ¡A mí me importa solo la Revolución! Cualquier revés personal no me importa. ¿Por qué me ha de importar mi persona, si no puedo ser siquiera útil para ayudar a la Revolución?  
Venir a esta asamblea era cosa que quizás otros líderes, en otros tiempos, hubiesen pensado más de una vez, era por supuesto lógico. Es cierto que tenemos grandes responsabilidades sobre nuestros hombros. Es cierto que los daños morales que nosotros podamos sufrir, son daños para la Revolución.
Es cierto que todas estas cuestiones son cuestiones que pueden preocupar a los líderes políticos o revolucionarios, excepto cuando no se desempeña un papel por un motivo de tipo personal, cuando no se es líder por ser líder, o porque su nombre figure, o por vanidad, o por ambición. Y yo estoy muy consciente de que no pertenezco a ninguno de esos tipos de líderes. Y estoy muy consciente de que aquí no estoy más que desempeñando una función que desempeñaré mientras lo quieran los cubanos y de algo le pueda ser útil a nuestra patria.
Era difícil aceptar siquiera la idea de que fuese una situación dura asistir a un congreso de trabajadores a quienes han hecho lo que hemos hecho nosotros por los trabajadores, porque, en definitiva, no se trataba de una reunión de hacendados, no se trataba de una reunión de la asociación de grandes ganaderos.  Se trataba de una reunión de trabajadores, ¡de trabajadores, sí!  Porque, ¿qué no podremos nosotros discutir con los trabajadores?  ¿En qué circunstancia no podremos nosotros hablar con los trabajadores?
Digo trabajadores, porque estoy seguro de que un verdadero trabajador siempre me comprenderá. No me comprenderá un pillo, no me comprenderá un farsante, no me comprenderá un descarado simulador; pero un trabajador verdadero, un hombre que viva del sudor de su frente, un hombre que haya sentido la pena de la miseria y de la pobreza en la carne de sus hijos, un hombre que haya tenido que soportar todo lo que en Cuba habían tenido que soportar los trabajadores, ese nos comprenderá siempre, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia que le hablemos.
Algo más: He oído pronunciar el nombre del 26 de Julio muchas veces. ¿Qué relación tenemos con el 26 de Julio? Creo que alguna relación tenemos con el 26 de Julio; creo que alguna vinculación tenemos con esa fecha.  Creo que fue un día muy grande y muy glorioso, por el esfuerzo y el sacrificio de los hombres que cayeron en aquella acción, que dio nombre a nuestro Movimiento. Creo que alguna vinculación tenemos con la creación de ese aparato revolucionario. Es forzoso, aunque no queramos, recordar aquel inicio. Es forzoso recordar —cuando se escucha esa palabra— aquellos días tristes y sin esperanza en que, por segunda vez, plantaba sus garras sobre el suelo de la patria un tirano, que durante 11 años la mantuvo invicto en sus manos.  Es preciso recordar aquellos tiempos sin esperanza cuando, por segunda vez, las manos del mismo hombre volvieron a apoderarse de ella en condiciones tales, que parecía más difícil todavía deshacerse de ellas, porque era todavía más sólido aquel mito de que los ejércitos modernos eran invencibles, de que se podía hacer una revolución con el ejército o sin el ejército, pero nunca contra el ejército. Y aquel mito, como otros muchos mitos, tenía una fuerza tremenda en la mente de la ciudadanía.
Es preciso recordar con cuánta impotencia caíamos en manos, por segunda vez, del mismo tirano; con cuánta impotencia, porque no hubo siquiera manera de defender al país, porque —más vergonzoso todavía— no hubo ni siquiera resistencia.
Y los trabajadores, ¿qué pudieron hacer? ¿Es que acaso una clase obrera organizada es impotente? Los trabajadores, ¿qué pudieron hacer? Bien recordarán a aquellos “líderes”, que eran líderes del partido de gobierno; bien recordarán a aquellos líderes, que se llamaban líderes gubernamentales; y bien recordarán, cada uno de ustedes, qué había hecho la inmensa mayoría de aquellos líderes a las 24 horas del golpe criminal. ¡Se habían pasado vergonzosamente, con armas y bagajes, con sindicatos y federaciones, a las filas de los opresores! Y si miento, si digo algo que no se ajuste a la verdad, si es históricamente falsa esta afirmación, yo quiero que me lo digan (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”) .
Es decir que la clase obrera fue traicionada miserablemente; es decir que la clase obrera no pudo hacer resistencia al golpe reaccionario.  Y no solo eso, sino que aquel grupo, apoderado de los mandos, los fortaleció, en vergonzoso e impúdico contubernio con la tiranía, y mantuvo doblegada durante siete años a la clase obrera.
Creo que afirmo algo tan rigurosamente cierto que ningún hombre honesto, ningún trabajador honesto podría negar la certeza de esta afirmación. Pero más importante que reconocer el hecho en sí es analizar el porqué de los hechos. Y es que, sencillamente, aquellos líderes, aquel proceso, aquel movimiento, habían sido totalmente corrompidos. Es que aquellos líderes eran líderes de las horas fáciles, eran líderes para figurar, ¡no para pelear!  
Es forzoso, pues, que recordemos aquellos días en que ni siquiera existía la fecha del 26 de Julio.  Es preciso que recordemos el trabajo con que aquellos pocos jóvenes, obreros todos, se fueron organizando para emprender en aquellas condiciones tan difíciles la lucha contra la tiranía, frente al mito de la invencibilidad de un ejército, en medio de un pueblo descreído y con una clase obrera maniatada hasta la impotencia total o casi total. Es preciso que recordemos esa fecha, porque esa fecha no se puede recordar sino con profunda devoción y respeto por los hombres que murieron ese día.
Es preciso recordar que éramos pocos; éramos muy pocos. Es preciso recordar los años sucesivos, los días de cárcel, ese himno que allí en aquellas prisiones desoladoras cantábamos nosotros con la firme esperanza y la ilusión de poderlo cantar algún día en la patria libre; ese mismo himno que entonamos en el rostro del tirano y por lo cual tuvimos que soportar meses interminables de reclusión solitaria, sin luz, sin compañía, sin visitas. ¿Cómo no vamos a recordarlo? ¿Cómo no vamos a recordar aquellos días de exilio en que seguíamos siendo muy pocos? ¿Cómo no recordar esa fecha que se convirtió en el nombre de nuestro Movimiento? ¿Y cómo no recordar las notas de ese himno, que son las mismas que entonamos aquella madrugada?
Casi está al cumplirse un aniversario más en que salimos del puerto de Tuxpan para cruzar un golfo en medio de la tempestad. ¿Cómo no recordar ese nombre que está unido al de los ochenta y dos que cumplimos la palabra de ser libres o ser mártires? ¿Cómo no recordar lo siempre, si nos acompañó en los días difíciles, cuando éramos pocos, cuando éramos verdaderamente pocos y que es realmente cuando los símbolos valen, cuando a los símbolos se les rinde tributo?  Cuando realmente no eran muchos todavía los convencidos, cuando no eran muchos los que creían, porque durante muchos meses fuimos como un grupo de soñadores ilusos, carne de cañón más tarde o más temprano de las armas de aquel ejército moderno e invencible, según el mito.  Pocos eran los que creían y más bien muchos los que pensaban que estábamos equivocados, y como equivocados nos miraban con una mezcla de simpatía y de lástima, mas no nos seguían.  Luego, ese nombre está vinculado a nosotros.
Si había una mayoría vinculada también a ese nombre, ¿cómo explicarse, qué sentido darle a ese temor por la presencia del Primer Ministro en el congreso obrero, donde los vinculados a ese nombre formaban mayoría? Ese temor, ¿por qué? Ese temor, ¿por qué? ¿Es que acaso, en nombre de una fecha que está tan íntimamente vinculada a nosotros, en nombre de símbolos que tan profundamente están asociados a nosotros, se iba a repetir otra vez la historia vergonzosa de los tiempos solitarios, se iba a repetir otra vez la historia de que pocos fuesen los que creían y muchos los que no creían? ¿Era posible que de nuevo, después de ocho años de batallar en pos de lo poco que hemos hecho, de nuevo se repitiese la historia, y los que fueron creyendo poco a poco, o creyeron tarde, de nuevo nos mirasen a nosotros como los equivocados de las montañas? ¿Era posible que en nombre del 26 de Julio se fuese a propinar el golpe al prestigio del fundador de ese Movimiento y Primer Ministro del Gobierno Revolucionario?  
Porque si así fuera, naturalmente que nosotros sabríamos afrontar situaciones como esas, porque no son nuevas para nosotros.  Naturalmente que el día que eso ocurriera, el 26 de Julio dejaría de ser 26 de Julio, dejaría de ser una fecha de honra y de gloria, dejaría de ser un símbolo de la patria para ser un símbolo de tradición.
El cubano que está hablando aquí es el mismo hombre, exactamente igual, sin haber cambiado absolutamente nada en sus convicciones, en sus principios morales y revolucionarios, el cubano que les está hablando en este minuto; porque el cubano que les habla aquí es el mismo cubano del juicio del Moncada y de “La historia me absolverá”, y sus hechos, su conducta y las medidas revolucionarias que ha propugnado son exactamente las mismas. Y si nosotros no hemos cambiado, si nosotros somos exactamente los mismos, si somos los mismos del 26 de Julio y del 2 de Diciembre, del Moncada y del “Granma”, de la Sierra Maestra y de las leyes revolucionarias, si nosotros no hemos cambiado, ¡nosotros tenemos derecho a hablar en nombre del 26 de Julio!  
Esa ha sido la única fuerza moral que nos ha alentado siempre y que nos ha estimulado siempre en cada uno de los momentos buenos y malos, fáciles y difíciles de todo este proceso, porque esa convicción íntima, esa sensación íntima de estar cumpliendo con un gran deber, de estar cumpliendo con un gran ideal, es la que no nos ha abandonado en ningún instante.
Por eso, por eso vine. Y si venir aquí había de ser para perjuicio de la Revolución sería porque esta Revolución estaría muy mal, porque este pueblo estaría muy mal, porque esta clase obrera estaría muy mal. Sencillamente habría que sacar la conclusión de que no somos capaces, ni tenemos empuje suficiente, ni tenemos traje suficiente —el pueblo de Cuba— para hacer esta Revolución.
Si ello iba a ser así, mejor que fuese cuanto antes. Mejor. Porque si no somos capaces, si no somos idóneos, si no somos un pueblo con virtudes suficientes para realizar una empresa semejante, cuanto antes se supiera, mejor, porque habría llegado la hora de ir pensando que los tiempos aquellos del pasado, tan trágicos y desesperados, no tardarían mucho en regresar (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”, “¡No!”).
El mero hecho, compañeros, de que los dirigentes principales de los trabajadores hayan tenido preocupación por la presencia del Primer Ministro en el seno del congreso es ya casi un motivo de vergüenza. Porque el día en que el Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, en plena etapa revolucionaria, en los momentos duros de la revolución, cuando los enemigos son más y más atrevidos cada vez, cuando las maniobras contra Cuba son más y más intensas cada vez, cuando la campaña en todo el mundo contra Cuba es más y más contumaz, cuando todavía están frescas las huellas de los ataques a nuestro territorio, cuando muchas de las víctimas no están todavía restablecidas, si en esos minutos y en esas circunstancias quien ha confiado tanto en la clase obrera tiene que correr riesgos morales para asistir a un congreso, es porque habría llegado la hora de ir pensando en la necesidad de un Eusebio Mujal. ¡Por paradójico que parezca, por paradójico que parezca!  Pero es que en las etapas históricas entre los extremos de máxima acción y de máxima reacción, apenas hay distancia, y ustedes habrán oído decir muchas veces que los extremos se tocan. Y a lo mejor pudiera ocurrir que mientras más se acerca la Revolución al minuto de extrema fuerza revolucionaria, también se acerca al minuto de extrema fuerza contrarrevolucionaria.
Es necesario saber que una revolución no es un juego de mesa, que una revolución no es una fiesta, que una revolución no es una obra teatral. Es preciso saber, y recordar, y conocer —aquellos que no hayan tenido tiempo de pensar en ello— que una revolución es un proceso muy serio y muy trascendental en la vida de los pueblos, y que con un proceso revolucionario no se juega; que en un proceso revolucionario no se pueden cometer grandes errores, que en un proceso revolucionario no se puede ni pestañear, porque los que pestañean pierden.
Para mí, para los que hemos tenido que meditar sobre las revoluciones y sobre las historias de las revoluciones, un proceso revolucionario está muy por encima de los accidentes menores, está muy por encima de las pasiones personales, está, incluso, muy por encima de los individuos y está por encima de las cosas mezquinas que muchas veces constituyen el ingrediente de la vida diaria. Y de esta Revolución hemos vivido algunos años.  De sus características tenemos derecho a conocer algo, de su historia tenemos derecho a conocer algo. No sabremos con precisión los acontecimientos que pueden ocurrir en el futuro, pero sí conocemos con precisión todos los minutos de su pasado y alguna autoridad tenemos para hablar de ella. Y una revolución —repito— no es un juego; sin embargo, vamos a razonar, vamos a razonar.
Yo creo que ustedes son los mismos delegados a quienes les hablé hace tres días, yo creo que son las mismas personas, yo creo que ustedes no pueden ser distintos de tres días hacia acá.  Bien puede haber quien cambie de camisa, puede haber quien cambie de opinión como quien cambia de camisa; pero la masa de los delegados aquí reunidos entiendo que son los mismos hombres a quienes les hablé hace tres días, los mismos hombres a quienes les habló incluso el compañero Camilo Cienfuegos, porque yo viví aquel día las mismas emociones que seguramente vivieron todos ustedes. Y, sin embargo, ¿por qué ha ocurrido esa cosa extraña?
Al llegar aquí debo decir que no traigo planes de persuadir a nadie, que si a alguno en su mente le da vuelta alguna ideilla de qué es lo que yo querré y qué es lo que yo me propongo, digo solamente que lo que me propongo es hablar aquí como debo hablar.
¿Qué cosa extraña ha sido eso que al entrar aquí hoy —si ustedes eran los mismos de aquella noche solemne—, qué cosa extraña ha habido que esto parecía algo así como un manicomio? Y hasta un momento hubo en que creía ya que no iba a poder proseguir hablando, porque oía unos gritos por acá y unos gritos por allá, y yo tuve la impresión de que ustedes estaban jugando con una revolución en sus manos. Tuve la sensación, esa sensación dura y desagradable como de una masa de hombres, nada menos que de líderes...  Y así como les hablo yo a ustedes aquí, ustedes tienen que ir a sus sindicatos y hablarles también...  
Así como tenemos que esforzarnos porque nos comprendan, muchas veces se ven ustedes en situaciones de tener que esforzarse porque los comprendan, y más de una vez ustedes habrán tenido la sensación de esas asambleas en los sindicatos en que parece que la gente se ha vuelto loca.  Y si no conocen esas sensaciones, siga esta asamblea por el camino que llevaba y bien pronto van a saber en los sindicatos lo que es una masa vuelta loca, porque no va a haber quien lo entienda.
Y porque como no queremos hacernos necesariamente copartícipes de estados de locura, quiero hacer una pregunta: ¿Se imaginan ustedes todos armados aquí? Yo quisiera que honestamente, honestamente —y esto tenemos que planteárnoslo con honestidad, ya que hay cosas por el medio de suma importancia, ya que ustedes mismos aquí puestos de pie han recibido, con más calor que ninguna otra iniciativa, la iniciativa de entrenar a los trabajadores —, yo me pregunto, yo les pregunto a ustedes, que son testigos excepcionales, cuál habría sido aquí la situación en este congreso si los que gritaban por acá y los que gritaban por allá hubiesen tenido, cada uno, una ametralladora en la mano.  Me dirán que no, que no pasaba nada. Y yo les diría que por lo menos yo no me hago responsable de entregarles esa ametralladora.
Como quiera que, compañeros, nosotros actuamos por encima de pasiones, nosotros actuamos por encima de ocultas intenciones ; como quiera que nosotros estamos preocupados por aquellas cuestiones referentes a la Revolución por las que entendemos que es deber nuestro preocuparnos; como en este momento nuestra idea fundamental es la idea de la defensa de la Revolución, porque yo les aseguro que tendremos que defender esta Revolución y tendremos que defenderla muy duramente, y sobre todo, ¡sobre todo!, tenemos que defenderla muy inteligentemente; les aseguro que si algo debe preocuparnos —si es que no estamos en las nubes, si es que sabemos todos nosotros, si es que sabe la clase obrera y si es que saben los representantes de la clase obrera dónde están parados —, lo más importante de que hay que preocuparse, y aquello que ocupa hoy nuestra preocupación fundamental, es la defensa de la Revolución.
Si no fuera así, si no comprendieran ustedes y nosotros que puede acercarse el momento de tener que defender la Revolución hasta con las armas en la mano, no se habría hablado de entrenar a los trabajadores, porque no se les entrena para hacerles perder el tiempo, sino que se les habla de entrenarlos para algo.  No se les habla de entrenarlos como un hobby; no se trata de entrenarlos para satisfacer aquí ansias guerreras, sino simple y sencillamente como una necesidad.  Y si los trabajadores no se cansaron de pedir que se les entrenara, es sencillamente porque se ha pensado en la necesidad de defender la Revolución. Ese es nuestro pensamiento fundamental.
No puedo sino sentir verdadera tristeza cuando veo que se está invalidando a la clase obrera para poder defenderse y defender a la Revolución.  Porque esto que yo vi esta noche aquí, este espectáculo de esta noche aquí, no es el espectáculo de una clase obrera a la que se le puedan entregar fusiles; porque si los fusiles se les dan a los que gritan de un lado, estarían a merced de ellos los que gritaban del otro, y si los fusiles los reciben los que estaban del otro lado, estarían a merced de ellos los del lado opuesto.  Y si los fusiles se les entregan a los dos que gritan, se matan.
Entonces pienso que hay algo que hemos olvidado, y no hago más que razonar. Y si hay un sabio, si hay un genio por estos mundos, si hay entre nosotros ese rey Salomón que me pueda dar o me pueda decir el remedio de una situación semejante, que me lo diga; que se suba aquí ese Salomón, ese rey sabio, y de una respuesta. Porque a propósito del rey Salomón, aquí cabe aquel ejemplo —tan conveniente de traer a mano—, aquí cabe aquel caso que dice la Biblia que llevaron ante el rey Salomón dos madres que se discutían una criatura. Y puesto el sabio rey en situación de tener que resolver aquel problema, propuso una solución que ustedes saben: Vamos a dividir en dos partes la criatura, y que cada una se lleve una parte. La madre verdadera no aceptó aquella solución; la madre falsa la aceptó.  La verdadera dijo: no, no lo dividan.  Que se lo lleve entero.  Prefiero perderlo antes que lo asesinen.
Y aquí, ante el espectáculo de una asamblea dividida en grupos que gritan unos de un lado y otros del otro; ante la idea de que esto no es más que el comienzo; ante la idea de que la Revolución en sus momentos duros no pueda contar con uno de esos baluartes porque esté inutilizado para la lucha; ante la idea de que este no es más que el inicio y que esperan a los trabajadores largos años de guerra sin cuartel en cada sindicato, de pugnas interminables en cada sindicato, de competencias estériles en cada sindicato, por quién ofrece más para contar con más respaldo, y quién despierta más deseo de satisfacción de necesidades que espíritu de sacrificio en la masa de los trabajadores para dar al traste con todos los planes de esta Revolución, para que tengamos que volver a vivir los primeros días —que fueron días de competencia entre los que no vacilaban, en medio de las pasiones, en apelar a los recursos necesarios para ganarse el respaldo de una masa a la que hay que predicarle el sacrificio en momentos y circunstancias como esta y no el apetito—, ante el cuadro futuro de una guerra de esa índole; ante esa realidad, aquí cabría decir lo mismo:  preferible es que se lo lleve otro, pero que se lleven entera a la clase trabajadora antes que repartir en pedazos la clase trabajadora.
Yo no hablo aquí sino con razones.
Cómo no ha de ser difícil esta comparecencia en relación con las campañas que se hacen contra la Revolución, en relación con las campañas que hacen nuestros enemigos, en relación con las campañas internacionales que se hacen contra Cuba, de efectos tremendos contra el prestigio de nuestra Revolución; ante el barraje de miles de periódicos y agencias que manejan desde máquinas de escribir los cintillos que publican millares de rotativos en el mundo...
(UN HOMBRE DEL PUBLICO LE GRITA ALGO AL COMANDANTE FIDEL CASTRO.)
Entiendo que a alguien por allá se le ha descompuesto algún tornillo, porque, ¿qué tiene que ver lo que estamos hablando y lo que estamos razonando, ustedes y nosotros, con ese señor, con lo que ha gritado por allá ese señor?
Lo que decía es que tiene que ser difícil por la situación en que precisamente han querido colocar este congreso, porque precisamente el Primer Ministro había hablado aquí. Y dije claro que nosotros no podíamos hacernos eco de las campañas de la reacción, porque en la misma medida en que nosotros nos dejásemos penetrar por esas campañas estaríamos dando un paso atrás. Se ha querido hacer ver el planteamiento del Primer Ministro... Y con todo el goce del mundo, los periódicos que combaten a la Revolución —sin que haya faltado por supuesto todo el arte y toda la maña de algunos reporteros de las secciones obreras de algunos periódicos— han hecho un esfuerzo inaudito por sembrar, algunos, toda la cizaña posible, todas las pugnas posibles, toda la pasión posible.
Y digo realmente que hubimos de entrar en algunas contradicciones con esta asamblea, cuando un día toma un acuerdo respaldando determinado planteamiento de orden periodístico y a los pocos días, en esos mismos órganos que fueron objeto del acuerdo de la asamblea, hubo el baño de rosas, destacado en cintillos, como prueba inequívoca de que no andábamos bien, presentando un cuadro de pugnas en el seno del congreso; y lo que es peor, que se presentaba a la asamblea en contradicción con el líder de la CTC y, por ende, incluso, en oposición al Gobierno Revolucionario.  Es decir, el baño completo de rosas y de “Rosa Blanca”.
Es decir que aquí no hay misterios, aquí no hay misterios de ninguna clase, aquí en la posición nuestra hay mucha claridad. Nosotros dijimos lo que entendíamos que era conveniente a los trabajadores; dijimos la situación que se presentaba a la Revolución, que requería virtualmente organizar a los trabajadores como un ejército; dije, además, el terror que inspiraba a la reacción el hecho de que los obreros se organizaran y se prepararan, lo dije bien claro, porque dije algo que no admite duda: la clase trabajadora quiere constituirse en ejército para defender la Revolución. Y es absurdo pensar que un ejército esté constituido por facciones.  ¡No cabe!  Como no cabe la idea de que un círculo y un cuadrado sean dos cosas iguales, no cabe la idea de un ejército armado y dividido en facciones.  Expliqué bien claro el minuto que vivía la Revolución, dije claro que había que agruparse.  ¡No hablé de pactos!  
Yo ruego que me oigan, porque veo a algunos que aplauden cuando les conviene, y cuando no les conviene, no aplauden.
Hablé bien claro. Dije que había que agruparse, que había que resolver armónicamente, que tenía que ser un modelo de congreso, ¡que tenía que ser un modelo de congreso!  Hablé claro. Y quiero que me diga alguien si plantear esas cosas es incorrecto (EXCLAMACIONES DE:    “¡No!”).  (UNA PERSONA DEL PUBLICO INTENTA HABLAR.)
Un momento, compañero: Yo le dejo hablar todo lo que quiera, cuando quiera.
Yo quiero que me digan si hablar de armonía, de solución armónica, decir que si el enemigo se agrupa —porque hay que estar ciegos para no ver que el enemigo se agrupa— teníamos nosotros que agruparnos...  Como sentido táctico y como sentido estratégico de una revolución, en un momento en que los campos se deslindan, en que frente a nosotros se agrupa la reacción, los enemigos de la clase obrera, los enemigos de los campesinos, los enemigos del pueblo, ¿no es correcto plantear que nos agrupemos? ¿Es que aquí no estamos agrupados?  ¿Es que cuando se viene al congreso no hay una agrupación, no integran un organismo?  Es decir que hay aquí una agrupación de hombres, ¿para qué? Para aprobar las medidas que sean buenas. ¿Y si una medida es buena para los obreros, la aprueban todos?  Se supone que todos digan sí cuando una medida es buena.
Cuando hay una moción, una proposición, cualquier cuestión de interés, están agrupados y están diciendo algo, están promoviendo algo y apoyando algo, y al otro día sale la reacción planteando la cosa como una cuestión de pactos. Y lo sale planteando así para hacer difícil la posición del Gobierno Revolucionario, para poder contar con las ventajas amañadas de poder situarse en una cómoda posición de anticomunista, a fin de presentar como procomunistas los planteamientos del Gobierno Revolucionario.
Dije de solucionar armónicamente. ¿Qué quería eso decir, sino discutir aquí? Nadie puede decir: Yo no discutí correctamente, porque los otros no quisieron, porque esa no es razón. Porque cuando otro haga una cosa que entendamos que está mal, no nos da eso derecho a hacerla también nosotros mal.
Dije de discutir armónicamente, y eso es correcto, porque creo honradamente que solo quienes sean enemigos de la clase obrera, enemigos de la Revolución, partidarios de los enemigos de la Revolución, pueden promover aquí cuestiones que no sean armónicas entre los trabajadores.  Porque lo que hay que preguntarse es quiénes son los que ganan.  ¡Lo que hay que preguntarse es quiénes son los que ganan!
Planteaba agruparse, planteaba discusión armónica y planteaba que no podían estar —en el momento en que se habla de entrenar a los trabajadores— en una guerra de perro y gato dentro de la clase obrera.  Esos fueron nuestros planteamientos. Y por parte de la reacción se trató de presentar en otra forma el problema. De ahí que surgieran, incluso, manifestaciones que decían que iba a ser integrado el ejecutivo por hombres de una sola de las partes del congreso o de uno solo de los movimientos u organizaciones.  Bien, eso sería lo de menos.  Aquí no se trata de si se sienta uno, y no es ejecutivo, al lado del otro o no, por más que ahí están sentados uno al lado del otro en las mismas butacas del congreso. No se trata de eso. Eso no es lo que importa, y lo digo aquí bien claramente, como voy a decir también muy claramente otra cosa: lo que importa es que haya dirigentes verdaderamente revolucionarios; lo que importa es que no haya dirigentes que en momentos difíciles hagan como aquellos dirigentes de aquella otra CTC que, en 24 horas, se pasaron a las filas del enemigo.
Como revolucionarios, como hombres conscientes de las dificultades que tiene por delante la Revolución, como hombres que nos esforzamos por ver claro, lo que importa es que cuando llegue la hora de defender la Revolución no pase como pasó con ese dirigente de Camagüey que, en la hora de decir presente los trabajadores, estaba confundido con el grupo de conspiradores .  Eso es lo que importa, compañeros, eso es lo que nos importa, lo único que nos importa, ¡y es que no haya dirigentes traidores!  (APLAUSOS.) No sea, compañeros, que un día vuelvan contra la Revolución las armas que la Revolución haya puesto en sus manos.
Y creo que es un derecho nuestro, ¡un derecho!, el derecho a aspirar a contar con hombres que no puedan ser traidores, a contar con hombres que estén claros , a contar con hombres que no se presten a hacerle el juego a la reacción , ni a darles la oportunidad del baño de rosa, de “Rosa Blanca”, a los órganos enemigos de la Revolución , hasta el extremo grave de permitir que se presente a la clase obrera y al congreso obrero en pugna con los planteamientos de la dirección de la CTC y del Gobierno Revolucionario .  Porque no faltan incluso quienes, por recibir un gramo de publicidad, son capaces de vender su alma hasta al mismísimo diablo.  Y es claro que, diciendo las cosas como deben decirse, debamos nosotros —en representación del Gobierno Revolucionario— decir cuáles son las cosas que perjudican a la Revolución y que perjudican a los trabajadores.
Luego, que se haga una dirección de una agrupación, eso no importa. ¡Pero que sean revolucionarios de verdad!  Que sean revolucionarios de verdad, no sea que pueda ocurrir que hasta algún “chivato” se nos cuele por ahí esgrimiendo el nombre del 26 de Julio.
Esa es la cuestión medular, esa es la cuestión medular. Y si creía que valía la pena venir aquí era para decir sencillamente que tenemos que sacudir, tenemos que sacudir... (DEL PUBLICO LE DICEN ALGO.) Alguien habló de melones, y yo recuerdo una cosa, compañeros, recuerdo que esa misma frasecita la vi en el periódico de Masferrer  y tiene todo el sabor de masferreristas, mujalistas y rosablanquistas, compañeros, síntoma inequívoco de que esos aires, esos airecitos todavía flotan algo en esta atmósfera densa, compañeros.
Decía que hay que sacudir no solo la mata, sino hasta las raíces de la mata. Y si por plantear esa sacudida, compañeros, tuviese el Gobierno Revolucionario que crearse incluso una situación de minorías, tengan la seguridad, compañeros, de que no nos daría ni frío ni calor que nos dijeran mañana que, por una mayoría, un grupo de gente rara, y alguno muy raro, ha logrado sacar un ejecutivo de una CTC contrarrevolucionaria. Porque, en definitiva, compañeros, estamos en la lucha frente a la contrarrevolución, y frente a la contrarrevolución vamos a luchar, aunque sean muchos los de la contrarrevolución o sean pocos, y aunque nosotros seamos muchos o seamos pocos, compañeros.
Además, compañeros, porque sabemos lo que es luchar cuando somos pocos, porque están frescos todavía aquellos tiempos en que éramos pocos, ¡pero buenos!  
Con esto quiero decir —y estas cosas las está oyendo todo el mundo: periodistas, reporteros; reporteros de los que quieren ayudarnos y de los que quieren hundirnos, y mañana tendrán ya salsa para el arroz con mango y para tratar de presentar las cosas como mejor les convenga, y ya veremos a “Pepinillo”, etcétera, etcétera, haciéndose las delicias con estas cosas. ¡Pero como las guerras avisadas no matan soldados!...
Es bueno que se sepa desde nuestra posición de revolucionarios, desde nuestra posición de combatientes, qué es lo que opinamos: preferible es pocos buenos que muchos malos; preferible es pocos, pero seguros, que muchos, pero entre los cuales haya quienes sean capaces de esgrimir la misma bandera del 26 de Julio para clavarle una estocada en el corazón a la Revolución.
Así que es bueno aclarar estos conceptos, para que no vaya a haber alguno que otro chantajista por ahí que se crea que va a hacer temblar a la Revolución ni va a hacer vacilar a la Revolución, porque más allá están las masas, y estas palabras y todas las que sean necesarias, las diremos; como si es necesario ir a todas y cada una de las fábricas y sindicatos de Cuba con la verdad en la mano, iremos, compañeros.
Entonces ya veremos, ya veremos cómo tiene tribuna fácil todo el que se oponga a la Revolución, ya veremos cómo tiene tribuna fácil, porque aquí saben hasta los niños en qué lugar le van a publicar todo lo que constituya el menor daño contra la Revolución.  Eso lo saben hasta los niños, y lo sabe, además, y muy bien, alguno que otro grandulón. Y saben a quién tienen que dirigirse, a qué reportero, y qué tienen que decirle, para ganar cintillo de una manera fácil, pero de una manera vergonzosa.
Puestas las cosas en su lugar, creo que a nadie le debe quedar duda sobre las cuestiones que nos interesan, porque yo sí he tenido una costumbre muy invariable desde el primer momento, y es hablar claro. Y no soy hombre que ande con ambiguas intenciones. A mí no me interesan tendencias de ninguna índole, ¡a mí me interesan los trabajadores!   
Compañeros: Lo importante es que razonemos, no lo que aplaudamos, porque no hacemos nada con aplaudir ahora y que mañana no quede ni siquiera el eco de las palabras.  Lo que importa es que razonemos. Y es bueno razonar, compañeros, que los trabajadores tienen que defenderse como clase, y que si la Revolución fracasara los que van a sufrir las consecuencias —entre las más terribles— son los trabajadores como clase.  Todo lo demás es tempestad en vaso de agua, al lado de los grandes intereses de los trabajadores como clase. Y tengan la seguridad de que el Primer Ministro del Gobierno Revolucionario sería un estúpido si no viniera aquí a decirles a los trabajadores lo que cree honradamente —en las circunstancias actuales por las que atraviesan el país y la Revolución— que les conviene.
Sería indigno de ostentar la representación de la Revolución si viniera aquí a hablar con medias tintas, o a querer llevarme un batallón o diez batallones, cuando entendemos que la Revolución necesita a todos los trabajadores: ¡los trabajadores de verdad, los que sudan la camisa, los que se tienen que ganar el pan con el sudor de su frente y los que piensan sencillamente como trabajadores!
Ya el tiempo de los bobos, compañeros, ha pasado, para que estemos bobeando, y no se puede andar creyendo en cuentos de caminos y en los inventos que se han hecho para mantener privilegios, para debilitar las revoluciones. Y que aquí, por encima de cualquier tendencia partidarista y de cualquier cuestión partidarista, están los intereses de los trabajadores como clase. ¡Y el líder obrero que no sepa eso, está incapacitado para ser líder obrero!  
Hay que estar conscientes del papel político de la clase, y que no ocurra que la clase vaya a terminar como ya terminó una vez.  Y aquí cabría decir aquello: ¡Recordad el 10 de marzo!  ¡Recordad el 10 de marzo! ¡Recordad el 9 de abril! ¡Es preciso recordar, para que no se nos suban los humos a la cabeza, y tengamos presente lo débiles que éramos y lo impotentes que éramos para hacer algo por el país!
Luego las pasiones aquí, sean de quienes sean, lo mismo quien grite de un lado que quien grite de otro —y no estoy ni mucho menos en plan de reproches aquí, sino simplemente que me veo en la necesidad de decir la verdad aquí—, las pasiones están de más.
Y les digo honestamente, como corresponde a las tareas que todos tenemos, como corresponde a nuestros deberes, que una clase obrera así, en las condiciones en que la vimos esta noche, en esa especie de arrebato y de locura que se respiraba en este congreso, es una clase impotente, es una clase que no puede armarse, es una clase que no puede colaborar con la Revolución.  Luego, quien quiera eso, ¿puede ser un amigo de la Revolución? (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”)  Quien quiera eso, ¿puede estar preocupado de verdad por la Revolución? (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”), ¿puede estar preocupado con que se entrene a los obreros y se arme a los obreros?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”) Y eso es lo que me pregunto: si puede llegar la pasión o la ceguera a producir estos espectáculos.
Y desde luego que de aquí nos iremos con una impresión de si podemos contar con los trabajadores o no podemos contar con los trabajadores (EXCLAMACIONES DE: “¡Sí!” Y APLAUSOS). Y esa es la cuestión fundamental.
Dije hace tres noches que el destino del país estaba en manos de la clase obrera. Expliqué el papel que había jugado la clase obrera, que estaba jugando la clase obrera y que estaba llamado a desempeñar la clase obrera. Y estoy muy consciente de ese papel, como estoy consciente del daño tremendo que le harían los enemigos a la Revolución si logran anular la clase obrera. Y estoy muy consciente de la alegría y de la fiesta en la casa de los reaccionarios si logran anular la clase obrera, es decir, si lograran tan siquiera debilitarla, si obligaran a la Revolución a luchar sindicato por sindicato para reconquistar el mando revolucionario.  Porque la clase obrera podrá ser traicionada, pero no podrá ser definitivamente anulada.
Estoy consciente de la parte de prestigio que el Gobierno Revolucionario se juega. Estoy consciente de la parte de prestigio que el Primer Ministro del Gobierno Revolucionario se juega, tranquilo absolutamente, porque no me importan posiciones personales, porque no me importan preeminencias; porque lo mismo estoy aquí que en cualquier otro lugar, que en la Sierra Maestra, en el llano, en la montaña, en la ciudad, en el lugar que tenga que estar; como a mí sí no me importan, sinceramente, en lo personal, los cargos, ya que estoy dispuesto a hacer lo mismo ahora exactamente como lo hice cuando no era más que uno de los tantos jóvenes deseosos de hacer algo por su patria. Es decir que si tuviera que asaltar un cuartel ahora, lo haría exactamente igual; si tuviera que irme para las montañas, me iría exactamente igual. Y, en definitiva, no me ocurre como a otros que son capaces de hundir a la república por un cargo.
Así que estoy consciente de todo eso.  Por eso vine, por eso he hablado. Estoy consciente, porque lo que no soy es un iluso.  Y sé naturalmente con lo que cuenta el enemigo en estos momentos —el enemigo de la Revolución—, los recursos con que cuenta, la fuerza con que cuenta, las propagandas con que cuenta, los periódicos con que cuenta, los aliados con que cuenta.  Y eso lo ven ustedes fácilmente. Vean cómo van lloviendo algunas adhesioncitas sospechosas por ahí, adhesiones sospechosas que indican que se agrupan.  Y sé perfectamente la fuerza con que cuentan, los recursos que movilizan, los planes que tienen y los aliados con quienes puedan contar.
Así que estamos hablando con perfecto conocimiento de las realidades. Y entre las realidades está que a estas horas la reacción pueda presentar el congreso obrero como un puñal clavado en el corazón de la Revolución Cubana (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Nunca!”).
Así que lo demás, compañeros, está en manos de ustedes.  No me hago grandes ilusiones, porque conozco la fuerza de las pasiones pequeñas, porque conozco la influencia de la ceguera y porque comprendo lo que puede en circunstancias como esta alguno que otro pillo habilidoso.  No me hago grandes ilusiones.
Es decir que ustedes tienen en sus manos el problema.  Lo difícil es que todos, absolutamente todos, estén a la altura de la responsabilidad que la hora reclama; que todos, absolutamente todos, estén en disposición de condenar el primer grito histérico que surja de cualquier esquina; y que todos, absolutamente todos, sean capaces de pensar con sentido de responsabilidad, sin que las rencillas, los rencores, los problemas —vengan de donde vengan—, puedan en esta hora más que la responsabilidad que debe existir en cada uno de ustedes, que por algo han venido aquí en representación de los obreros, ¡y tendrán que darles cuenta a los obreros!
Luego hay algo —para ir concluyendo— en que debemos estar de acuerdo y creo que estamos casi todos de acuerdo y es que hay que barrer hasta con el último vestigio de mujalismo en el  seno de la clase obrera. ¡Que hay que sacudir hasta las raíces! Que el problema no es el problema como lo quiso presentar la reacción, sino que hay que escoger una dirigencia, si es necesario ir y buscar en los hombres más anónimos, ¡pero que sean de verdad revolucionarios! Que sean de verdad revolucionarios, que sean leales y que no hagan como el de Camagüey. Y que esa sacudida se lleve luego a todas las federaciones de industrias. Y el que tenga motivo para ser dirigente, pero no tenga moral para ser un dirigente obrero... ¿Cuál es el obrero que se opone aquí, o el líder que se oponga aquí a que la barrida de los inmorales sea completa?  (EXCLAMACIONES DE: “¡Nadie!”)
Es decir que si quieren que la Revolución, el Gobierno Revolucionario tenga confianza en la organización de los trabajadores, la barrida tiene que ser completa.  Sí, creo que estamos todos perfectamente de acuerdo (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡De acuerdo!”).  ¿No es hacia ahí, hacia donde debemos dirigir nuestro esfuerzo? (EXCLAMACIONES DE: “¡Sí!”) ¿Entonces por qué distraerlo en el interés que les conviene a los enemigos de la Revolución y no en barrer?  ¡Una escoba es lo que hace falta esgrimir aquí!  Escojamos todos una escoba. ¡Sea la escoba el símbolo de este congreso, para limpiar! Y entonces no tendremos los riesgos, compañeros, de que les pase a la clase obrera y al pueblo lo que les pasó el 10 de marzo de 1952, porque aquellos polvos trajeron esos lodos y aquella tolerancia y aquellas faltas que se permitieron y se perdonaron, aquellas cosas fueron llevando a una dirigencia amañada, fueron conduciendo a una dirigencia sospechosa, que cuando llegó la hora de hacer uso del aparato obrero lo que hicieron fue hundir a los trabajadores y traicionar a los trabajadores. De ahí la importancia del aparato, porque si el aparato no fuera importante no habría ocurrido lo que ocurrió en estos siete años, que en los obreros había una tremenda inconformidad y, sin embargo, los obreros no podían hacer absolutamente nada porque el aparato estaba al servicio de la tiranía.
La experiencia histórica y la responsabilidad que tenemos todos nosotros —que no es pequeña— de ganar esta batalla por la Revolución, es decir, de ganarle la batalla a la reacción, de llevar adelante esta empresa libertadora de la patria, reivindicadora de nuestro pueblo y finalizadora de todas las injusticias —porque, como dijo Maceo, la revolución tenía que estar en marcha mientras hubiera una injusticia por reparar—, ahora que tanto se aproxima nuestro pueblo a esa posibilidad, la responsabilidad de todos nosotros es muy grande, no sea que después tengamos que llorar lo que no hayamos sabido defender hoy como verdaderos revolucionarios ; no sea que mañana tengamos que lamentarnos de nuestras debilidades de hoy.  ¿Que algunos tienen que sacrificar posiciones o pretensiones? ¡Pues que las sacrifiquen! ¿Quién le ha dicho aquí a nadie que vale más que la república?  
Solo así, compañeros, habremos dado un paso adelante en este congreso. Solo así será este congreso revolucionario.  Es una vergüenza que a estas horas estén todavía los hombres de base esperando.  Es una vergüenza, y es un problema que hay que tramitar. Y, si ustedes me lo permiten, les puedo hasta proponer, sencillamente, les puedo hasta proponer, si quieren viabilizar, que se escojan los hombres y se busque el requisito de que sean verdaderos revolucionarios. Y si hay pugnas...
Comprendo que no es eso una tarea fácil en este ambiente, comprendo que no es esto una tarea fácil, comprendo que no es una tarea fácil. Yo reitero aquí que no voy a permitir que se sitúe al Gobierno Revolucionario como consecuencia de las maniobras de la reacción, que presenten mañana al Gobierno Revolucionario, con toda la mala fe del mundo, defendiendo posiciones para sectores determinados, porque a eso han querido conducir. Por eso he insistido en lo que nos interesa. Y, en definitiva, estoy seguro de que todos los obreros, todos, por encima de cuestiones de tendencia, no andarían mirando si fuera efectivamente la organización que tuviera una mayoría. Yo estoy seguro de que a todos los sectores del congreso lo que les interesa es que sea una dirigencia revolucionaria y que la política sea de limpiar.
Cargos aquí no importan.  Lo que importa es que se pueda confiar, y lo que importa es que haya una línea de verdadera depuración en el movimiento sindical y en los cuadros del aparato sindical, porque no queremos exponernos a que cuando necesitemos a los trabajadores pase lo del 10 de marzo de 1952.
Así que solo queda una cuestión de tramitar.  Yo no voy a proponer nombres, porque esa es una tarea de ustedes; o puede ser la tarea de quienes ustedes designen. Ustedes designan. Que se proponga.  Y si quieren, pues pueden discutir con nosotros, o pueden discutir con quienes estimen que deben discutir (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Con usted!”). (DEL PUBLICO LE DICEN ALGO.)
Yo creo que solución...  Porque no crean que en un día se va a limpiar esto, ¡no! No se haga ilusiones nadie en eso.  Pero hay que dar el primer paso: hay que escoger una dirigencia, que esa dirigencia la apoye el congreso, la apoyen todos los delegados del congreso. Entonces se habrá conseguido el propósito de que hablábamos: la agrupación revolucionaria de todos los trabajadores, cosa muy distinta de la que trató de presentar la prensa reaccionaria. Y es una manera de salir, porque si quieren resolver ahora aquí todos los problemas el congreso dura 15 días; en un día no van a resolver. Hay que empezar, ¡hay que empezar! Hay que resolver el problema de la mesa ejecutiva.
Y vean qué distintas las cosas cuando pasan los tiempos: en los primeros días del mes de enero mucha gente calladita, no hacía mucha actividad, y cuando los meses iban pasando, la gente calladita se iba volviendo más y más atrevida. Así que es importante ahora, porque este es el paso, que se proponga una mesa ejecutiva a la asamblea; que alguien se de a esa tarea.
Creo que ese compañero debe —el que designen— actuar con sentido práctico, espíritu de agrupación, para oír, es decir, tiene que escoger a aquellos compañeros que satisfagan las cosas planteadas aquí.
El problema es que es la parte difícil inicialmente, es la parte difícil inicialmente, porque se requiere que ese voto de confianza sea un verdadero voto de confianza y la responsabilidad sea de la persona a quien se le otorgue esa confianza; la responsabilidad ante los trabajadores y ante nosotros (EXCLAMACIONES DE: “¡Usted!”). Debe ser una responsabilidad ante los trabajadores y ante nosotros... Yo no podría, porque si me dijeran en el ambiente en que estuvimos, en las personas más conocidas...; pero es que no poseo los conocimientos concretos y específicos de los compañeros.
Creo que es bastante grande la responsabilidad de la persona que ustedes señalen, sea el compañero David Salvador o quien sea.  Creo que el voto de confianza tiene que ser amplio, y la responsabilidad que se le exija se le exija con la conducta de esos hombres. Un voto de confianza pleno y amplio.  Es decir que se acepta la decisión que tome como un medio que sea, en definitiva, el que evite aquí caldeamientos y nuevas fisuras y nuevos motivos de preocupación para la Revolución. Pero que también implica esa confianza una gran responsabilidad para el compañero que se señale, porque será responsable ante la clase obrera y ante el Gobierno Revolucionario, ante el pueblo, de la tarea que se le asigne.
Yo lo que sí propongo la política de erradicación total, como acuerdo del congreso, de los últimos vestigios de mujalismo y de inmoralidad en la clase obrera ; como acuerdo, como acuerdo que es mandato de esta asamblea y que será tarea del ejecutivo que se proponga. El cumplimiento del mandato de sacudir hasta la raíz es una orden del congreso al ejecutivo que, por proposición de un compañero, se señale.
Yo sugiero, puesto que otro procedimiento sería enfrascarse tal vez en largas luchas, que se les de tiempo —si se quiere de hoy a mañana, si quieren esta misma madrugada. Yo entiendo que el compañero está extraordinariamente agotado; los compañeros, quiero decir—, pero que se finalice cuanto antes.
Que ese voto de confianza, compañeros, sea amplio. Es decir, se le da un amplio voto, como se le da toda la responsabilidad también de los resultados y se le da la responsabilidad de que ese ejecutivo cumpla o no el mandato de este congreso de erradicar hasta los últimos vestigios de inmoralidad o mujalismo en el seno de la clase obrera. Que se acepten las proposiciones que haga quien decida la asamblea  (EXCLAMACIONES DE: “¡David!”).
Los que estén de acuerdo conque sea el compañero David Salvador (LOS COMPAÑEROS LEVANTAN LAS MANOS).
Yo quisiera que se compruebe si es por unanimidad el acuerdo o es por mayoría.
―― Compañeros:   Hay la proposición del voto de confianza a David Salvador.
Un momento, compañeros.  Siéntense todos.
Que levanten la mano los que estén de acuerdo con el voto de confianza, levantando la tarjeta azul (LOS COMPAÑEROS LEVANTAN LAS MANOS).
Los que estén en contra del voto de confianza (NADIE LEVANTA LAS MANOS).
¡Por unanimidad, compañeros, el voto de confianza!  
Compañeros: aquí hay una proposición.
“Honorable Primer Ministro de la nación...”
¿Usted la puede leer?  ¿Que si usted la puede leer porque es que usted ha escrito aquí que...?  Léala usted, porque es que yo no le entiendo la letra, compañero.
―― “Honorable Primer Ministro de la nación y líder máximo de nuestra Revolución, compañero Fidel Castro Ruz; delegados extranjeros de distintas organizaciones obreras presentes; compañeros miembros de la mesa presidencial; compañeras y compañeros delegados asistentes que nos honran en este primer Congreso Revolucionario Obrero.
“Como delegado obrero electo a este histórico congreso, traigo una proposición para someterla al criterio de todos ustedes, y es la siguiente:
“Que en este congreso se apruebe un voto de confianza al máximo guía de nuestra Revolución, compañero Fidel Castro Ruz, para que en definitiva sea el que arranque de raíz las raíces de mujalato que aún perduran y tanto daño hacen a nuestra clase trabajadora y al mismo tiempo a nuestra Revolución”.
――  Los que estén de acuerdo, compañeros.
Bajen la mano...
Si Fidel no va a aceptar eso.  Eso tiene que aceptarlo —él lo ha dicho— el ejecutivo, es el ejecutivo quien tiene que hacer eso.
CMDTE. FIDEL CASTRO.-  Yo quiero, respecto a esa proposición, decir lo siguiente: que en parte estamos dando esa batalla, y que eso es una batalla que debemos dar desde cualquier posición en que estemos.  Igual que le hemos dado una batalla al vicio del juego, una batalla a la deshonestidad administrativa, una batalla al nepotismo, tenemos que darle una batalla al mujalismo y a la corrupción dondequiera que se encuentre, compañeros.
Yo creo que esa es la tarea.  Es una tarea que debe ser viabilizada por los propios trabajadores.  Pero entiendo que el ejecutivo de la CTC debe tener facultades para sancionar cualquier caso de deslealtad, cualquier caso de deslealtad o no cumplimiento de estos principios.  Es decir que si se equivocan en la selección de algún miembro...
(UN COMPAÑERO LE DICE ALGO AL COMANDANTE FIDEL CASTRO).
Entiendo que sí, que se ha hecho selección.  Lo que yo me pregunto es en qué tiempo.  Decía que si ustedes van a confiar en una comisión que trabaje 24 horas, erradicará muy poco, y corremos el riesgo de que, si vamos a depurar en medio del congreso, eso sea una tarea demasiado precipitada.
(UN COMPAÑERO LE DICE ALGO AL COMANDANTE FIDEL CASTRO).
Tengan la seguridad que hay que cumplir el mandato.  Aquí lo importante es el mandato del congreso.  La política aceptada, la línea adoptada por el congreso es la erradicación total.  ¡Un bisturí a la mano, un bisturí! Y ese es un mandato, ese es un mandato del cual tiene responsabilidad muy grande ante la clase obrera y ante la Revolución el compañero David Salvador.
Tiempo habrá tenido en estos meses de razonar y de analizar.  Si errores puede haber cometido, tiempo tendrá de rectificarlos, porque si a cada uno de nosotros se nos diese la oportunidad en muchas cosas de volver a empezar, con seguridad que la segunda vez lo hacemos mejor que la primera.
Este es un mandato de la asamblea, que tendrá vigencia porque, además, tenemos experiencia, y aquí la línea no puede ser otra que moralizar, purificar y fortalecer un verdadero aparato revolucionario, que la Revolución pueda contar con él, para poder contar con la clase obrera en la lucha que se avecina contra los enemigos de la Revolución.  Eso es lo que importa.  Y todo el mundo sabe que nuestra posición es firmemente revolucionaria, que es una posición sin vacilaciones, y que la Revolución —y con ello la clase obrera— tiene que prepararse a dar la batalla para que la Revolución triunfe, porque nadie se crea que esto está hecho.
Hemos oído muchas veces a alguno lamentándose de que no se fue para la Sierra, o de que no empezó antes, o de que no colaboró. ¡Pues ahora tiene la oportunidad, porque estamos empezando! ¡Ahora tiene la oportunidad, porque estamos empezando y la lucha es larga!  Porque esta es una Revolución verdadera y que tiene que luchar contra enemigos verdaderos.  Y las consecuencias de la derrota ya se sabe qué clase la pagaría más que ninguna: la clase obrera, que le harían pagar bien caro esta Revolución.
Así que bien saben ustedes que las peores represiones que puedan producirse son las que se producen contra una revolución vencida.  Y todos recordarán aquella revolución de los esclavos de Roma que, cuando fue vencida, alumbraron las vías que conducían a Roma con los cadáveres de decenas de miles de sublevados ardiendo como antorchas.  La historia demuestra que las revoluciones vencidas producen tan tremenda represión que no puede compararse con nada; porque también es conocido que las revoluciones en el triunfo son generosas, como ha sido esta Revolución, frente a la barbarie que se ensañó contra el pueblo ha sido una revolución generosa.  Pero, ¡ay de las revoluciones vencidas, cuando esos mismos criminales y esos mismos bárbaros, por efecto de la derrota de la revolución, vuelven a tomar el poder!  Porque no debe haber nadie tan ingenuo para creer que aquí caben términos medios.  En procesos como estos se va de la extrema revolución a la extrema reacción.  Esos que esgrimen terceras posiciones y cosas por el estilo, le están haciendo el caldo gordo a la extrema reacción, porque si el poder un día no estuviera en manos revolucionarias, pararía en las peores manos de los peores criminales, porque en estos procesos los términos medios no existen, y la historia lo enseña.
Esas ventajas que tiene la Revolución Cubana, esa ventaja de tener un apoyo tan grande de pueblo, de tener el ejército, de tener las Fuerzas Armadas Revolucionarias, los campesinos, los trabajadores, una parte considerable, muy considerable de la clase media, esas ventajas no pueden desperdiciarse, esas ventajas no pueden tirarse por la borda.  Porque toda la energía que tenemos la necesitamos para defendernos, porque los enemigos de las revoluciones son muy poderosos.  Y recuerden esto, recuerden esto que nos enseña la historia: que estos procesos revolucionarios no tienen término medio, y que o triunfan plenamente o son derrotados, que la historia enseña que se pasa de la extrema revolución a la extrema reacción. Y que, desde luego, entre los derrotados tengan la seguridad de que a nosotros no nos contarán.  ¡Nos podrán contar entre los muertos, pero nunca entre los derrotados!  
Con esto, compañeros, creo haber cumplido con el deber que se me imponía.
Les agradezco todas las atenciones y el respeto con que me han recibido.
Mi reconocimiento porque vine y no sufrió daño el prestigio de la Revolución ni sufrió daño la moral del Primer Ministro. Mi reconocimiento porque una vez más —frente, incluso, a los compañeros pesimistas—, una vez más he tenido la oportunidad de comprobar que la fe en los pueblos y, sobre todo, la fe en los hombres humildes del pueblo jamás es traicionada.
Muchas gracias.
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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