julio 10, 2012

Discurso de Fidel Castro en la Universidad de la Habana (1959)

DISCURSO EN LA UNIVERSIDAD DE LA HABANA
 Fidel Castro
[27 de Noviembre de 1959]

― Versión taquigráfica de las oficinas del Primer Ministro ―

Compañeros universitarios;
Señoras y señores:
Quiero aclarar, primero que nada, por qué traigo el uniforme de la Milicia Universitaria: primero, porque soy estudiante todavía; segundo, porque me honraron obsequiándomelo los compañeros del Batallón Universitario, y, además, porque tenemos la seguridad de que sabremos honrarlo.
Ha sido este 27 de noviembre... (DEL PUBLICO LE DICEN ALGO). Un momento. Si hay algún contrarrevolucionario por ahí, déjenlo ahí; no estorba.  Muchos más hay por ahí por la calle y no estorban tampoco gran cosa; además, entiendo que aquí cualquier contrarrevolucionario no vendría más que a mortificarse.
Decía que este 27 de noviembre había sido para nosotros uno de los días más extraordinariamente ocupados. Como tal vez saben algunos de ustedes, nos encontrábamos en la provincia de Camagüey y nos vimos en la necesidad de hacer un gran esfuerzo por estar aunque fuesen unos minutos en la escalinata universitaria. No quería dejar de asistir al acto de esta noche por lo que tiene de simbólico para nosotros, por lo que esa fecha y esta escalinata representan y recuerdan. No se trataba del número de los asistentes, sino del significado moral de este acto, por eso hicimos el esfuerzo.
Todavía traemos con nosotros, en nuestras pupilas, la impresión inolvidable de los actos de hoy.  Creo que nuestro pueblo ha honrado dignamente a los mártires de 1871, y con ellos a todos los mártires universitarios.
El espectáculo aquel, presenciado por nosotros esta mañana, de decenas de miles de niños en un polígono militar agitando banderas cubanas... Fue imposible hablarles a aquellos niños. Era muy difícil hacerlo al mezclarse el pueblo en general con los niños y hacer demasiado tumultuosa aquella asamblea infantil. Me quedé ciertamente con deseos de hablarles a los niños.
Pensaba que por la mañana les hablaríamos a los niños de la enseñanza primaria elemental, por la tarde a los guajiros y al pueblo en general, y por la noche a los estudiantes. Virtualmente no he podido hacer ninguna de las tres cosas por distintas razones: con los niños por las que expliqué, con el pueblo por el público tan extraordinariamente grande, las dificultades de los altoparlantes, y esta noche por cansancio.
Sin embargo, quiero recalcar al menos esa impresión imborrable de llegar a una fortaleza militar. ¿Y quién no ha pasado aquí por las fortalezas militares? ¿Quién no pasó una y muchas veces en años anteriores aunque sea por el lado de una fortaleza militar? Es posible que cada uno de nosotros, al menos cada uno de los que somos susceptibles a despreciar la fuerza y la opresión, susceptibles de comprender en todo su significado para qué servían aquellas fortalezas, hayamos sentido ese dolor, esa impotencia, ese sentimiento de tristeza cuando pasábamos por una de esas fortalezas militares enclavadas en el centro de la ciudad, que sirvieron de campamentos a cientos o a miles de soldados en una república donde cientos de miles de niños no tenían ni escuelas, ni maestros, ni libros, ni lápices, ni esperanzas de tenerlos algún día.
Es preciso recordar no los tiempos de hoy, en que se pasa junto a una fortaleza como quien pasa junto al recuerdo de un mal que ha dejado atrás; es preciso recordarla, en lo que fueron para nosotros hasta muy recientemente, para comprender la impresión de llegar a un lugar donde había una fortaleza y no reconocerla; verse de repente entre una serie de edificios que dicen:  Escuela de enseñaza número tal, escuela de enseñanza número tal, biblioteca, escuela de artes tal; en fin, llegar a un lugar donde se ha estado en ocasiones anteriores y no reconocerlo, porque en lugar de barracas, en lugar de aspilleras, en lugar de soldados, de ametralladoras, de postas y de fusiles, nos encontramos un centro de enseñanza, nos encontramos pupitres, libros, pizarras, y sobre todo niños.
Era ciertamente el homenaje más justo que se les podía rendir a todos los estudiantes que han caído en esta larga lucha. Y es ese, en medio de las amarguras que todos los revolucionarios tenemos que sufrir, el único premio, el premio de esos minutos que en sí mismos compensan todo lo agrio que pueda tener —en medio de la incomprensión, en medio de las pasiones y en medio de intereses que se debaten— la vida de un revolucionario.
¿Por qué podíamos nosotros convertir aquella fortaleza en una ciudad escolar, donde más de 3 000 niños —sin exagerar, porque es posible que ascienda a un número mayor— van a recibir enseñanza, van a tener campos deportivos, van a tener los beneficios que hasta hoy no cabían en la imaginación de los hijos de las familias humildes de nuestras ciudades? ¿Por qué, desentendiéndonos de toda consideración tradicional de carácter militar, lejos de ponernos a construir fortalezas, podemos estar derribando fortalezas para convertirlas en escuelas? ¿Es que acaso la Revolución no corre riesgos? ¿Es que acaso nuestra Revolución no tiene enemigos? ¿Es que acaso no se conspira contra ella? ¿Es que acaso no estamos conscientes todos nosotros de que tenemos días de lucha por delante?
Ciertamente la Revolución tiene enemigos y enemigos cada vez más atrevidos, cada vez más insolentes, y es posible que cada vez más equivocados. Sin embargo, ¿por qué pudimos demoler aquella odiosa fortaleza, conocida por el nombre de Columbia? ¿Por qué pudimos demoler esta segunda fortaleza?  ¿Y por qué vamos a demoler todas las fortalezas? ¿Cómo se explica que el Gobierno Revolucionario, frente a la amenaza creciente de sus enemigos, de las pandillas internacionales que en una complicidad cada vez más estrecha de la reacción nacional conspiran contra el país, sin embargo, una por una va a ir desarmando las fortalezas? ¿Por qué? Porque aquí lo primero que hacían siempre los gobiernos —lo primero que hizo la tiranía, por supuesto, a medida que crecía la oposición revolucionaria—, era comprar o construir más fortalezas, enrolar más soldados y prepararse militarmente de esa forma para defenderse.
¿Por qué en cambio el Gobierno Revolucionario hace todo lo contrario?  Y buena lección, por supuesto, para los intrigantes y para los confusionistas que andan por ahí rumiando su impotencia y su odio, ese odio que, como decía Martí, “era el más bajo porque eran como los odios que nacían del vientre del hombre”.  Buena lección para los que andan tan despistados que creen que pueden estar aplicándonos los trasnochados procedimientos, las etiquetillas y las intriguillas que pudieron prosperar en otros lugares, en otros países, e incluso en Cuba en otras circunstancias.
Bueno sería que analizaran por qué podemos destruir —y vamos a destruir— todas las fortalezas para convertirlas en escuelas, como prueba elocuente de que la Revolución marcha con pasos firmes y de que la Revolución tiene confianza en lo que está haciendo. ¿Qué eran las fortalezas en nuestra patria, sino refugio de un ejército profesional cuya única función era la defensa de los intereses creados, la defensa de los grandes privilegios? ¿Era acaso siquiera un ejército nacional? (DEL PUBLICO LE DICEN: “¡No!”) ¡No! No era un ejército nacional porque defendía intereses extranjeros, no era un ejército nacional porque tenía instructores extranjeros, no era un ejército nacional porque allí ciertamente no mandaban los intereses del país. Y aquello era perfectamente posible porque aquel ejército profesional no entraría nunca en conflicto con los intereses que representaban sus instructores y maestros.  Aquel tenía que ser un pequeño ejército bien entrenado, automatizado y perfectamente equipado como único sistema capaz de mantener sobre un pueblo desarmado e impotente el imperio de grandes intereses, de grandes privilegios y de grandes injusticias.
Se decía que estaban para defender la soberanía del país, y lo que hacían era pisotear la soberanía del país.  Se erigían en defensores de la nación, en presuntos defensores de la nación, y era ciertamente el peor cáncer que padecía la nación. Aquel ejército tenía que ser lo que era: un instrumento contra el pueblo, y estaba basado en toda aquella idiosincrasia que caracterizó la política del país.
¿No han visto ustedes cómo hay muchos que refunfuñan cuando se habla de entrenar a los guajiros, cuando se habla de entrenar a los obreros y cuando se habla de entrenar a los estudiantes? ¿Por qué refunfuñan? ¿Por qué no quieren que se entrene al pueblo? ¿Por qué no quieren que se prepare al pueblo para defenderse? Pues porque siempre albergan la esperanza de volver al pasado, albergan la esperanza de que la república adopte el sistema tradicional.  Saben que hoy tenemos un ejército de hombres honestos, de rebeldes combatientes, pero ellos no se preocupan de lo que individualmente sean los hombres.  Lo que les interesa es el sistema, el sistema nefasto de divorciar al pueblo de las tareas de su propia defensa y dejar la defensa de la nación en manos de ejércitos profesionales, que hoy podrán ser los hombres que son, pero como los hombres pasan y mañana pueden venir otros hombres, el sistema del ejército profesional, ante un pueblo divorciado de su propia defensa, ante un pueblo desarmado, es el sistema más nefasto que han padecido los pueblos de América Latina. Ejércitos con instructores extranjeros, que raras veces pueden coincidir con los intereses del pueblo.
La reacción refunfuña —y es la palabrita correcta:  no hacen más que refunfuñar — cuando ve a los estudiantes entrenándose, cuando ve a los estudiantes marchar armados por las calles de la capital. Y mucho más va a refunfuñar todavía cuando vea a los obreros y cuando vea a los guajiros marchando también.
Es que sencillamente no pueden coincidir con la idea de que el pueblo pueda defenderse, porque viven apegados indisolublemente a la idea de que lo que conviene a sus intereses son pueblos desarmados e impotentes. De ahí que nosotros como revolucionarios tengamos el deber de sentar sobre bases sólidas la seguridad del destino del pueblo. Y es lógico que nosotros pensemos que en el propio pueblo debe estar su defensa, porque es muy triste, profundamente triste, recordar aquellos días que siguieron al 10 de marzo, en que una pandilla armada se apoderó de los mandos del país, y frente a ella, un pueblo desarmado e impotente.
¿Quién no recuerda aquellos días? Es posible que muchos de los aquí presentes en el día de hoy —descontando la ausencia obligada de muchos que por haber caído no están presentes aquí en el día de hoy—; es posible que muchos de los aquí presentes hayan estado también en los actos que convocó la Federación Estudiantil Universitaria para denunciar a la dictadura y sus atrocidades.  Y tienen que recordar necesariamente cómo, al igual que hoy, el pueblo se reunía, porque el pueblo nunca falla y está a las verdes y a las maduras. Y esta escalinata se llenaba también cuando la universidad estaba rodeada de perseguidoras, cuando las calles estaban repletas de esbirros y ningún ciudadano sabía al salir de aquí a qué mazmorra del Buró o del SIM o del BRAC, o de cualquier otro cuerpo, o la Quinta o la Cuarta, o la Tercera, o cualquiera de las 700 estaciones de policía, iba a parar.
¿Cuál era el sentimiento del pueblo en aquellos días? ¿Cuál era el dolor del pueblo en aquellos días? ¿Cuál era el dolor de todos nosotros en aquellos días, sino aquel no poder explicarse cómo era posible que un pueblo hubiese caído en tal estado de indefensión? ¿Cómo era posible que la mayoría de una nación, su juventud, sus estudiantes, sus hombres de pueblo llenos de valor, llenos de ideales y dispuestos a sacrificarse, hubiesen caído en tan espantosa desventaja que aquí, durante largos meses y años, al pueblo no le correspondió otra función que recibir golpes, recibir fustazos, recibir palos, recibir humillaciones —hombres y mujeres por igual—, sin saber cuándo concluiría aquella tragedia y sin poder explicarse siquiera cabalmente cómo era posible que la ciudadanía de un país llegase a verse tan humillantemente víctima del sadismo y del desenfreno de un puñado de mercenarios que de la noche a la mañana, en una hora infausta para la patria, se convirtieron en amos y señores de nuestras vidas?
Aquellos momentos que vivió nuestro pueblo eran consecuencia del sistema implantado en nuestra patria desde los inicios de aquella semicolonia o colonia y media que se dieron en llamarle con eufemismo República de Cuba; de aquel sistema que no implantamos, sino que nos implantaron las consecuencias de aquella política que nos impusieron, de los intereses que nos impusieron y que, desde luego, son o fueron las únicas raíces de los dolores que tuvo que sufrir nuestro pueblo.
Desde luego que no fuimos unos pocos los que pasamos por aquella amarga historia. Fue la inmensa mayoría del pueblo:  los que se decidieron y los que no se decidieron a luchar contra ello, los que fueron combatientes activos y los que fueron luchadores pasivos, y los que fueron suficientemente insensibles como para resignarse a todo aquello. Pero el dolor fue el dolor de todo un pueblo que en horas como estas tenemos que proponernos no volverlo a sufrir jamás, ya que cualquier cosa podemos ser en esta hora menos ingenuos, cualquier cosa podemos ser en esta hora menos imprevisores, cualquier cosa menos estúpidos.
Los que crean que una revolución es tarea fácil, los que crean que una revolución es camino fácil, los que quieran engañarse, pueden dejar de comprender lo que este minuto significa para Cuba y pueden dejar de ver la celada que nos están haciendo, la trampa que nos están haciendo, las redes que están tejiendo para tratar de perdernos. Podrían dejar de comprender lo que es un pueblo como el nuestro, pequeño, económicamente retrasado, es decir, subdesarrollado, dependiente de mercados casi únicos a merced de todo tipo de maniobras políticas, propagandísticas y económicas; un pueblo que se yergue solitario en defensa de un gran ideal, que es su ideal —es decir, el ideal de todos los hombres que han luchado desde hace más de un siglo por el destino de la nación cubana—, y que ese pueblo se yergue solitario y que no tiene más recursos que sus propios recursos; que tiene por enemigos poderosísimos intereses, y que tiene una buena quinta columna dentro, integrada por las castas afectadas por la Revolución y toda la escoria que a mediados del siglo pasado se llamaron anexionistas; a fines de siglo —mientras los cubanos luchaban por la independencia— se llamaron voluntarios; que a principios de este siglo se llamaron intervencionistas, y que al final de esta etapa se llamaron esbirros, politiqueros y cómplices de la tiranía.  Y esa quinta columna existe, y cada día se hace más patente, más atrevida y más insolente.
Nuestros enemigos de fuera cuentan con el apoyo de esa quinta columna. Nosotros podemos aspirar al respaldo de la conciencia de otros pueblos, de la opinión de otros pueblos; pero frente a eso —necesario es reconocerlo porque no podemos hacer como las avestruces que meten la cabeza en el hoyo para no ver los peligros—, preciso es reconocer que la opinión internacionalmente es moldeada por esas agencias de noticias que trazan pautas y escriben los cintillos de millares de periódicos en el mundo entero, y que la mentalidad de los lectores en todo el mundo está hecha por la costumbre de saber lo que ocurre en otras partes a través de esos cables y esas noticias.  Por ejemplo, cualquier hecho histórico: el ataque a Pearl Harbor lo lee el pueblo a través de una agencia y no lo duda; hecho efectivamente ocurrido.  Y así por el estilo, oímos de un terremoto, oímos de un accidente, leemos que ha ocurrido un descarrilamiento en Europa, en Asia, en cualquier país, y lo damos por hecho. Así la mentalidad de los lectores se ha hecho a base de informarse por ese mecanismo y dar por hechos ciertos las noticias y las informaciones que de este modo se reciben.
Luego, en manos de esas agencias está el instrumento que se ha usado para cubrir de fango el prestigio de la Revolución Cubana.  Y así, un día se recibe la noticia, por ejemplo, de que un cardenal dijo tales y más cuales cosas de esta Revolución, y al otro día se recibe la noticia de que no era cierto, que no había dicho tal cosa de la Revolución Cubana.  Lógicamente que todo eso coincide con el intento de tratar de crearle problemas a la Revolución que realmente no existen.  Tratar de ponerle zancadillas a la Revolución sin otra base que el interés de alguna gente privilegiada que, creyendo que nuestro pueblo es bobo, trata de tergiversarlo todo y de enredarlo todo.  Pero que, ciertamente, van a tener que oírnos decir tres o cuatro verdades, como son las verdades de fondo.  Y aquí va a llegar la ocasión —si se empeñan— de desenmascarar a más de un descarado latifundista, a más de una señorona de la high life, que son incapaces de comprender el profundo sentido humano y justo del pensamiento cristiano, sobre todo por lo que entrañó de prédica a favor de los pobres y de los humildes , y que, por lo tanto, no pueden ser de la devoción de los egoístas y de los avaros, y que pueden caber dentro de una revolución justa y de un pueblo justo, pero jamás en las mentalidades inescrupulosas de los explotadores de los humildes y de los pobres, para que puedan estarles rondando la idea de enfrentar el sentimiento religioso al sentimiento revolucionario de una manera inescrupulosa —¡de una manera inescrupulosa!—, porque con los sentimientos religiosos del hombre no se comercia ni se juega.
Lamentable es que tengamos que salirles al paso a las maniobritas, y que sentemos bien claro que son elementos latifundistas y garroteros y especuladores de toda laya, elementos sin escrúpulos, incapaces de comprender el sentido revolucionario de las prédicas de Cristo , elementos inescrupulosos que quieren herir el tradicional sentimiento religioso y la devoción de nuestro pueblo noble hacia la propia Virgen de la Caridad  —porque esa imagen es de todos los cubanos; es, incluso, de la Sierra Maestra —, que surgió en la fe de los cubanos cuando salvaba la vida de tres humildes pescadores, no de tres magnates ricachones; tres humildes y pobrecitos pescadores, entre los cuales había, por cierto, un negro , y que debiera servir de ejemplar lección a esas hipócritas y farsantes que, desde los clubs aristocráticos o desde su posición privilegiada, han estado discriminando al negro mientras se dan beatíficos golpes de pecho.
Y esto porque ciertamente entendemos que no es justa ni es honesta la maniobra de querer aprovechar el congreso —que es un acto legítimo de los creyentes cubanos, como es un acto legítimo y respetado para las demás religiones —, de haber querido aprovechar esa fe de nuestro pueblo, las decenas y los cientos de miles de devotos de nuestro pueblo que van a ir allí a rezar por Cuba y por la gente revolucionaria (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Fidel, Fidel!”).  Porque estamos en la calle y son miles las personas que en estos meses y durante la guerra se nos han acercado para darnos alguna estampa, para exclamar algún deseo cristiano, para expresarnos alguna bendición, porque eso forma parte de la naturaleza espiritual de nuestro pueblo que está con la Revolución porque es justa, porque es humana y porque en ella caben todos los sentimientos nobles del hombre; y lo que no cabrá jamás en ella son los sentimientos egoístas e inhumanos.
Bueno es que no se ande tratando nadie de alzar, por la fe sana y la devoción honesta de nuestro pueblo, porque ese sentimiento no servirá jamás para encubrir actos que van contra la caridad cristiana y que van contra los sentimientos humanos del hombre, porque es bueno recordar que cuando Cristo buscó hombres para predicar su doctrina, no buscó 12 latifundistas de Palestina, sino que buscó 12 ignorantes y humildes pescadores.
Y a esos, a los hombres humildes, a los hombres que han sido víctimas de la injusticia y del olvido, que han sido víctimas de la explotación, que no han tenido oportunidad de adquirir una cultura; a esos hombres humildes y pobres de nuestra patria —como aquellos 12 apóstoles—, son los hombres a los que la Revolución ayuda. Y los combatientes del Ejército Rebelde eran también hombres humildes, y muchos de ellos sin saber leer ni escribir siquiera, a los cuales, sin embargo, la patria agradece que la librara de aquella noche horrible que concluyó el primero de enero.
Viene esto al caso, porque hablábamos de las armas de los enemigos de nuestra Revolución, hablábamos de las supuestas declaraciones de un cardenal norteamericano cuando explicábamos las armas con que los enemigos cuentan, y, por lo tanto, no debemos hacernos ilusiones de los riesgos con que la Revolución tiene que contar, de las armas que tienen nuestros enemigos; hay que ser ingenuos para no verlos, para no comprender las luchas que tenemos por delante.
De ahí la relación entre el hecho de que nosotros convirtamos una fortaleza en escuela y estas ideas que estábamos razonando. ¿Por qué podíamos hacerlo? Y es que la Revolución pone su destino en manos del pueblo. La Revolución tiene a los combatientes del Ejército Rebelde que manejan las armas especiales y que entrenan al pueblo, pero la defensa de la Revolución, la defensa fundamental de la Revolución está en el pueblo.
Ningún gobierno podía entrenar a los campesinos, ni mucho menos entregarles armas a los campesinos, porque entonces los desalojos se habrían acabado para siempre y aquellas familias viviendo en las guardarrayas habrían dejado de soportar la tremenda injusticia.  Ningún gobierno pudo darles armas a los obreros y ningún gobierno pudo entrenar ni darles armas a los estudiantes.  ¿Qué habría ocurrido aquí si los estudiantes hubiesen estado entrenados alguna vez y hubiesen recibido armas?  
Luego podemos convertir las fortalezas en escuelas porque nuestra defensa no se basa en el concepto tradicional de la defensa divorciada del pueblo, porque tenemos una concepción absolutamente distinta: porque entendemos que gobierno y pueblo deben estar absolutamente identificados, porque gobierno que no esté identificado con el pueblo no tiene razón de ser gobierno, ya que los gobiernos existen o deben de existir para servir al pueblo, y gobierno que no sirva al pueblo no tiene razón de existir .
El Gobierno Revolucionario existe por su absoluta identificación con el pueblo, y el Gobierno Revolucionario existirá mientras sea expresión de la voluntad legítima del pueblo.  El Gobierno Revolucionario no necesita fortalezas, cobija de ejércitos profesionales, sino que basa su defensa en el apoyo del pueblo y en la capacidad del pueblo para combatir en defensa de la soberanía nacional y de la Revolución.
Es esta, pues, la idea que debe resaltarse hoy cuando por primera vez en nuestra patria los estudiantes marcharon armados por las calles de La Habana.
Y ya se están entrenando también los primeros batallones de campesinos y continuarán entrenándose los batallones de trabajadores, porque la Revolución marcha con pasos firmes y la Revolución sabe lo que hace, como el pueblo debe también saber el papel que le corresponde desempeñar.
Es posible que Cuba tenga que afrontar momentos de lucha. Es posible que nuestro pueblo tenga que erguirse solitario como bastión de dignidad en medio del mar de calumnias y de campañas interesadas que se hacen contra Cuba; sin embargo, eso no debe desalentarnos.  Sabemos por qué nos combaten.  No nos combaten porque hayamos hecho mal; nos combaten porque hemos hecho bien.
Antes se venía a esta tribuna universitaria a condenar el robo, a condenar el crimen, a condenar el entreguismo, a condenar la politiquería y el vicio. Todo eso desapareció de nuestra patria. Lo que fue clamor de la nación es hoy realidad.
¿Por qué se combate entonces a una Revolución que no roba? ¿Por qué se combate a una Revolución que no entrega la patria a intereses extranjeros? ¿Por qué se combate a la Revolución? Se combate a una Revolución que ha sido tan humana, tan tolerante, tan respetuosa de los demás; a una Revolución que a los 11 meses de gobierno, en medio de una etapa convulsionada como son las etapas que siguen a las épocas de crisis políticas e institucionales en las naciones, con una economía depauperada y subdesarrollada, con miríadas de detractores, con intereses poderosos enfrente, con descaradas campañas contrarrevolucionarias, no le ha dado un golpe a nadie, no ha cometido un solo acto de violencia contra nadie; ha respetado y ha permitido que incluso se le ataque con groserías que ya quisiéramos haber visto en boca de estos hipócritas cuando a la patria la gobernaban los criminales y los entreguistas.
¿Por qué se combate una Revolución que está estableciendo 10 000 escuelas? ¿Por qué se combate una Revolución que convierte las fortalezas odiosas en ciudades escolares? ¿Por qué se combate una Revolución que acabó el vicio, que acabó el peculado, que acabó con todas las inmoralidades de orden administrativo, que recupera para la patria las tierras que están en manos extranjeras, que recupera la parte que le corresponde a la nación en los centros mineros, que promueve la defensa de los intereses del pueblo frente a los trusts y monopolios extorsionadores, que lleva caminos hasta los rincones más apartados de Cuba, y que redime al campesinado de la miseria en que vivió hasta hoy?
¿Por qué se combate a la Revolución sino por lo que ha hecho de bueno hasta hoy, por lo que ha hecho en beneficio del pueblo?  ¿Por qué tiene enemigos dentro y enemigos fuera sino por lo que ha hecho en defensa del pueblo y el país?  Se nos combate por el bien que hemos hecho a la patria, y se nos combate con la saña con que jamás combatieron ni condenaron a los que perpetraron o permitieron todos los oprobios contra el pueblo y contra Cuba.
¿Por qué, sin embargo, no nos desalentamos frente a los obstáculos? ¡Porque el pueblo responde, porque el pueblo está claro, porque el pueblo está clarísimo!  
Hoy nosotros hemos tenido una prueba más que alentadora: hoy tuvimos oportunidad de presenciar una de las muchedumbres más grandes y enardecidas de las que hayamos visto hasta hoy. Más de un kilómetro de pueblo en una avenida ancha. Hombres que se apretujaban en la muchedumbre que parecía perderse en lo infinito. Un respaldo tan sólido, tan decidido y tan extraordinario que para nosotros, los que estamos viviendo esta experiencia —ya que nadie debe olvidarse que estamos viviendo una experiencia que, por aguda que pueda ser la perspicacia de cualquiera de los revolucionarios, no debe olvidarse que estamos viviendo un momento singular y único—, lógicamente, tienen que despertar nuestra curiosidad y nuestra atención estos fenómenos políticos y sociales.
Como para nosotros una multitud que nos aplauda no es, ni mucho menos, un motivo de vanagloria o de placer personal, porque nosotros observamos las reacciones del pueblo, por cuanto el pueblo es nuestro ejército, el pueblo es nuestra fuerza, y nos estamos debatiendo contra una serie de intereses que tienen influencia, nos estamos debatiendo contra una parte considerable de la prensa que está totalmente entregada a una campaña de confusionismo y de sabotaje a la Revolución, es lógico que mientras nosotros observamos estas maniobras raras, mientras observamos gente que no se ha caracterizado, ni mucho menos, por su creencia o su fe, que nunca han estado en una iglesia y que se han tomado en algunos lugares del interior, como lo sabe todo el mundo, especial empeño con manifiestas intenciones políticas; mientras observamos todas esas cosas raras, es lógico que nos interesemos por las reacciones del pueblo.
Pocas personas con más motivos que nosotros para creer en el pueblo, porque creíamos en el pueblo cuando muy pocos creían en él. Cuando ese pueblo era impotente, sin embargo nosotros creíamos que podía sacar fuerzas de sí mismo para liberarse. Pocas personas con más fe en el pueblo, ni más interesadas en comprender al pueblo y en examinar las virtudes y las características de nuestro pueblo, porque nuestro pueblo es la razón de ser de nuestra Revolución y nuestra Revolución marchará adelante en la misma medida en que el pueblo marche adelante .
En el acto de hoy me llamaba profundamente la atención las características de aquella multitud, la fuerza de aquella multitud, la proporción extraordinaria que allí se había reunido de acuerdo con el número total de habitantes de aquella provincia. Y el hecho de que en ningún momento anterior habíamos visto un espectáculo semejante, nos hacía meditar cómo era posible que la Revolución tuviese algunos menos con ella, y era lógico, porque al principio parecía unánime; desde luego, entre esa unanimidad había que contar aquellos que estaban esperanzados en que esta no fuese una verdadera revolución, sino un juego a la revolución.
Pero frente a la realidad de que la Revolución tenga algunos menos con ella, la militancia y el espíritu de combate de la mayoría que está con la Revolución es realmente increíble.  Y nosotros nos tratábamos de explicar el porqué de aquel hecho. Cómo era posible que al cabo de 11 meses fuese más ferviente y más encendida la fe del pueblo, cuando podía pensarse en el natural desgaste del poder, en el natural tedio que luego se apodera de los pueblos, transcurridos momentos de emoción extraordinaria y de vida agitada, y cómo, sin embargo, era al revés.  Y cuando más recia es la campaña de la contrarrevolución, más audaces, insolentes y atrevidos los actos de la contrarrevolución, en la misma medida en que se hace más patente el acercamiento entre la reacción nacional, los intereses afectados por las leyes revolucionarias y por las medidas moralizadoras del gobierno, el acercamiento entre esa reacción y los criminales de guerra, la prensa internacional que nos ataca, las pandillas trujillistas y todos los gángsteres que pululan en este continente, cómo a medida que se hace más patente ese acercamiento, es más fuerte y más patente el respaldo del pueblo.
Nosotros tratábamos de darnos una explicación, y la encontramos en la creencia de que el pueblo ha comprendido, de que el pueblo ha visto claramente que estamos de su parte, que el pueblo ha visto que los problemas que la Revolución se ha echado encima se debe sencillamente a que la Revolución ha sido honesta, a que la Revolución ha sido justa, a que la Revolución ha sido valiente. El pueblo ha visto eso y nuestro pueblo es capaz de comprender. Y no se actúa en vano cuando se actúa con honestidad y con justicia; no se actúa en vano cuando se sirve al pueblo, cuando se dictan leyes revolucionarias a favor del pueblo, porque es un hecho cierto, es un hecho evidente hasta lo increíble, que el pueblo no falla, que el pueblo responde.
Yo no sé si convendría para el bien de Cuba, y para su propio bien y hasta para sus propios bienes, que más de un intrigante que pulula por acá por la capital se diera su vueltecita por el interior de la república , y se llegara, por ejemplo, a cualquiera de las cientos de cooperativas que hemos organizado, o se llegara a la Ciénaga de Zapata, o se llegara a esos apartados rincones de pescadores o de carboneros, donde ni siquiera se pensó que llegaría nunca la ayuda del gobierno.
No sé si sería bueno... O, mejor dicho, creo que sería bueno, para su propio bien y para sus propios bienes, que algunos ilusos visitaran el interior de la república, allá donde el pueblo ha recibido los beneficios a manos llenas, y adonde no llegan los teléfonos ni las llamaditas de esa gente ociosa, que como nunca en su vida han trabajado  y tienen criadas a las que les pagan una miseria —porque son miserables esas gentes—, a las que les pagan una miseria para que planchen, para que laven, para que cocinen, para que cuiden a los niños, a fin de poderse dedicar al ocio y a todas las consecuencias negativas que del ocio se derivan, porque dicen que el ocio es causa de muchos de los pecados capitales y, entre otras cosas, de que alguna gente tenga tiempo para intrigar y hablar y ejercer todo ese arte que privilegiadamente han adquirido, a fin de ponerlo en juego contra la Revolución, que lesiona sus intereses y sus privilegios...  Bueno sería que visitaran aquellos lugares donde ni la bolita ni el chismecito llegan, ni la intriguilla alcanza; donde no se leen a tres o cuatro mentecatos que escriben aquí para engañar todavía más a los que quieren engañarse y para placer de cierta gente que, tapándose los ojos a la realidad, se complacen en engañarse a sí mismos creyendo en lo que ellos creen que ocurre o quisieran que ocurriera; creyendo que sus calenturas son las calenturas de los demás.
Ciertamente, para qué vamos a andar con hipocresía, por aquí por la capital es donde más pulula el chisme  y donde la gente es más víctima de esas secciones de intrigas y de mentirillas que, para no dejar de mencionar, aunque sencillas, algunas se pueden referir como ejemplo:  la aparecida en un periódico —cualquiera de tantos— en que decía que el Primer Ministro, al revés de lo que acostumbraba a hacer siempre, había pasado a toda velocidad por no sé qué calle y había doblado por no sé qué otra calle. De donde era un chismecito más, porque ni siquiera había ocurrido eso, sino que se trataba de otro automóvil. En fin, la gente de nuestra capital, aunque es verdad que está más preparada, tiene más conocimientos, es menor el índice de analfabetos, también es cierto que en la capital se refugian una gran cantidad de sujetos de toda laya: desde chivatos, esbirros, politiqueros, garroteros, malversadores, especuladores, negociantes de toda laya, pillos de toda clase, y, sobre todo, en nuestra capital se reúnen los grandes privilegiados:  esos que tienen allá una gran finca, un gran negocio y su “humilde chocita” en los “pobrecitos” repartos aristocráticos, por donde “nunca” ningún gobierno trazó una avenida ni sembró una flor, por donde “nunca” ningún gobierno pavimentó una calle. Es decir esa “pobre” gente que ha pasado “tanto trabajo” y que viene este “gobierno abusador” a amargarles la vida. Como si en definitiva nosotros hiciéramos nada por amargarle la vida a nadie. ¡Ojala los problemas de nuestra patria se pudieran resolver sin que nadie se afectara!  ¡Ojala! Pero eso no es así, porque la realidad impone otra cosa. Y la realidad, en nuestra patria como en todos los pueblos que han intentado reparar las injusticias humanas, es que, cuando esas injusticias se reparan, muchos privilegios resultan lesionados.
Pero es lo cierto que en nuestra capital se reúne en número mayor el burócrata desplazado, el político que vino aquí a traer, a parar... Y en fin, existe la mayor circulación posible de los órganos de la contrarrevolución; es decir, de ciertos periódicos que se publican legalmente y hacen descaradamente campañas contrarrevolucionarias, porque no se trata de órganos clandestinos, lo curioso es oírlo decir, y hablan como si de verdad no hubiera libertad de expresión, como si a alguno de esos señoritos lo hubieran llevado nunca a ninguna estación de policía.
Es decir que cualquiera que los ve escribir, parece que fueran unos héroes, cuando en realidad son unos descarados. ¿Y saben por qué? Porque es muy cómodo estar haciendo campañas contrarrevolucionarias. Como nosotros dijimos que cuando se nos acabara la paciencia íbamos a buscar más paciencia, y si se nos volviera a acabar, íbamos a buscar más. Y estamos en el plan de buscar toda la paciencia del mundo...
 (DEL PUBLICO LE DICEN: “¡Mándalo para la Ciénaga de Zapata, Fidel!”)
Yo sé que el pueblo incluso se queja. Yo sé que el pueblo dice: paredón (EXCLAMACIONES DE:  “¡Paredón, paredón!”). Yo sé que los guajiros se reúnen y afilan sus machetes y agitan sus machetes. Yo sé que el pueblo quiere medidas contra esos señores. Y si algo se nos puede reprochar —si algo se nos puede reprochar—, es que los enemigos de la Revolución escriben, hacen y planean todo lo que les da la gana; y si de algo se puede reprochar al gobierno es de que, sencillamente, ha tenido paciencia, y sigue teniendo paciencia y seguirá teniendo paciencia.
Naturalmente que para nosotros es una responsabilidad grande, puesto que es cuestión de intuir hasta qué punto pueden hacer daño y hasta qué punto pueden llegar verdaderamente a perjudicar en el frente interno de la nación con sus campañas contumaces e incesantes. Y para nosotros es una verdadera responsabilidad medir y volver a medir qué daño es el que pueden hacerle a la Revolución. Mas es lo cierto que nos esforzamos hasta el máximo para ganarles la batalla aun en medio del libertinaje que han tratado de implantar.
Es decir que para ellos la postura es cómoda: no les pasa nada por combatir la Revolución. Por ejemplo, a Pepinillo  no le pasa nada por escribir esos editoriales que escribe contra la Revolución, que escribe en pose de héroe. Cuando llega al Yacht o a un club de esos, por allá se levantan y lo aplauden como a un héroe. El hombre es incluso héroe. Allí los suyos lo aplauden como si fuera una proeza escribir un mamotreto insolente y calumnioso por el que no le pasa nada, ni le ocurre nada.
Yo quiero que ustedes piensen en la cómoda posición de esos señores que escriben mamotretos, que realizan sus campañas impunemente contra la Revolución, y aquí todo el mundo sabe lo que pasaría si la Revolución fuera aplastada; todo el mundo sabe lo que les pasaría a los estudiantes y a las milicias estudiantiles, por ejemplo. Todo el mundo sabe lo que les ocurriría a todos los ministros, a todos los revolucionarios, a todos los líderes obreros, a todos los líderes campesinos.  Todo el mundo sabe lo que le ocurriría al pueblo.  Es decir que si la otra vez los muertos fueron 20 000...
Es evidente que la Revolución, los hombres de la Revolución, se juegan la vida. Y que si la Revolución un día fuera aplastada por asociación de intereses nacionales e internacionales, por participación de fuerzas extranjeras contra el país, todo el mundo sabe qué ocurriría con los revolucionarios, como todo el mundo sabe que todos estos señores que nos están atacando posarían en plan de héroes para los contrarrevolucionarios. Es decir que para nosotros es una pelea de vida o muerte, y, sin embargo, para los Pepinillos la cosa no es de vida o muerte, sino la cuestión para ellos es entre aplausos del Yacht Club, mientras combaten la Revolución, y medallas de los contrarrevolucionarios si la Revolución fuera vencida. Cómoda postura la de estos “héroes”, que no les pasa nada por escribir.  Sin embargo, hay que ver que los criminales de guerra desde Miami ya no mandan los periodiquitos que mandaban, ya mandan las páginas reproducidas de algunos periódicos que desde aquí hacen descaradamente campaña contrarrevolucionaria. Ya no se molestan en escribir libelos, si ya tienen “La Marina” y además periódicos ahí, que están escribiendo.
Yo lo digo en cuanto llegue su oportunidad, yo no me apuro mucho... Yo lo digo. Lo que interesa es el milagro, no el santo.
Es decir que lo que interesa es que el pueblo comprenda el juego que se traen. Claro está que nosotros para librarnos de eso tendríamos dos medios.  El de antes: sobornar. Y ese no lo practicaremos jamás; no compraremos plumas mercenarias para que nos defiendan. La otra fórmula sería la fórmula de callarnos la boca. Y, sin embargo, todo el mundo sabe, todo el mundo comprende el esfuerzo que la Revolución hace por ganar la batalla en medio de ese libertinaje de prensa. Es decir, cómo desafiamos diariamente la mentira y cómo desafiamos diariamente la intriga.
Pero es evidente que el esfuerzo lo dirigen principalmente para que los clausuren, porque eso es lo que quieren, para ir luego a llorar no como lloronas egipcias, sino como Magdalenas. Ir al extranjero, ir a senados extranjeros, ir a organizaciones de mentirosos internacionales a darse golpes de pecho y rasgarse el pelo, anatematizando nuestra Revolución, que si algo se le puede reprochar es la generosidad que ha tenido.
Valdría la pena buscar el periodiquillo “Avance”, “La Marina” y otros —sobre todo valdría la pena en aquellos días tristes en que el pueblo era golpeado diariamente, en aquellos días horribles en que la nación era desfalcada permanentemente, y contra el pueblo se ensañaban todos los abusos—, a ver si eran como hoy, que publican cuatro cintillos y los cuatro son contra la Revolución (EXCLAMACIONES DE: “¡Cobardes!”). Y siguen esa política. La noticia siempre presentándola como les conviene, siempre desfigurándola, siempre tratando de hacer daño, como si tuvieran derecho a hacerle daño a la patria en sus momentos de lucha y en el momento en que se enfrenta contra todo género de enemigos externos. Esa es la tarea a la que se dedican.  Y es bueno que el pueblo la comprenda, como sería bueno que ellos comprendieran también que están en un error, que están dando pasos equivocados, que sus campañas confusionistas, queriendo ponernos etiquetas determinadas, solo pueden conducir a que el país se pueda ver envuelto en convulsiones, donde por cierto la peor parte la van a llevar los privilegiados que se atrevan a enfrentarse al pueblo.
Sería bueno que visitaran la república para que se desintoxicaran, porque dan la impresión de estar intoxicados en su propio caldo. Se están cocinando en sus propias mentiras y se están engañando.  Por eso no dejaba el pueblo de recibir con agrado las palabras de Raúl, cuando decía que el pueblo no va a caer solo, que no se hicieran ilusiones.
Todo el mundo sabe, desde luego, que, como dije una vez, estos señores han podido contar conmigo. Han podido contar conmigo para apaciguar al pueblo, para tener toda la paciencia que hemos tenido, y hasta para seguirla teniendo. Yo no me arrepiento de tener paciencia. Ese es un deber nuestro: tener paciencia.
Así que han tenido la suerte de contar conmigo que, al fin y al cabo, soy el que les doy mejores consejos, soy el que los protejo.  Soy un protector de la reacción.  Soy casi casi —¡casi casi!— el que le tiro la toalla a la reacción (EXCLAMACIONES DE:  “¡Toallas no!”), porque, en definitiva, todo el mundo sabe —no desde ahora, sino desde que estábamos en la guerra— que yo le decía siempre al pueblo:  cuando se acabe la guerra, nadie asalte una casa, nadie arrastre un esbirro, porque los vamos a castigar ejemplarmente.  Y el pueblo creyó.
Todo el mundo sabe que nosotros siempre hemos exhortado al pueblo a actuar con orden. Todo el mundo sabe que incluso a los campesinos, cuando empezaron a repartirse algunas fincas, los exhorté a que no hicieran eso, porque ese desorden iba a dar al traste con la producción, y que tenían que esperar que lo hiciéramos ordenadamente. Todo el mundo sabe que en mi función de Primer Ministro —y antes de llegar al poder la Revolución— siempre exhorté al pueblo a tener calma y a no tomarse justicia por sus propias manos.  Y no me arrepiento de eso, creo que hemos hecho bien. Creo, además, que mientras más generosos hayamos sido nosotros, mientras más pacientes seamos nosotros, más derecho tendremos a adoptar las medidas que sean necesarias cuando el caso las requiera.
Preferible el gobernante que no haga uso de la atribución y de los recursos con que cuenta para combatir a los enemigos de la Revolución; es decir, preferible el gobernante que no se excede, aunque el pueblo le pida que aplique medidas severas, al gobernante que se excede sin que el pueblo se lo pida.
Nosotros no queremos ser de los gobernantes que, aun cuando el pueblo se lo pida, sean partidarios de abusar de la dureza.  Es decir, preferimos pecar por defecto que pecar por exceso.  Y yo sé que ese sentimiento lo comprende el pueblo, porque el pueblo sabe que los hombres en la situación nuestra tienen que ser muy serenos y muy ecuánimes, porque cuanta más confianza nos haya otorgado el pueblo, cuanto más poder y fuerza haya puesto en manos del Gobierno Revolucionario, más medido y cuidadoso tiene que ser el gobierno del uso que haga de esas atribuciones.
El pueblo comprende que el traidor lo que necesita es el castigo severo, que el contrarrevolucionario lo que se merece es la destrucción (EXCLAMACIONES DE:  “¡Paredón!”), sin embargo, nosotros, no por sentimentalismo —cuando llegó la hora de fusilar a los criminales de guerra, no hubo sentimentalismo —, sino porque soy cubano, mi idiosincrasia es la idiosincrasia del cubano, y tengo una función de máxima responsabilidad que debo ejercerla para satisfacción de todos los cubanos, que sepan que nosotros no somos partidarios de excedernos, que nosotros estamos revestidos de toda la calma y de toda la serenidad que las circunstancias requieran, y que a nadie le debe quedar dudas de que el día que la Revolución requiera las medidas más severas, el día que la defensa de la Revolución las requiera, el día que los enemigos de nuestra Revolución hayan llevado tan lejos sus planes o hayan tirado tanto de la cuerda que la cuerda se rompa, ¡ese día el Gobierno Revolucionario aplicará las medidas que sean necesarias!  
Que le agradezcan al pueblo los favores que reciben, porque es el pueblo, con esa claridad de conciencia; es el pueblo, con esa firmeza de convicciones; es el pueblo, con esa entereza que respalda la Revolución, el que los libra a ellos de que la Revolución tome medidas.  Las medidas se toman para conjurar males, y, a decir verdad, es tan tremenda la fuerza popular del Gobierno Revolucionario, es tan sólido el respaldo de la Revolución, han hecho tan poca mella todavía en la fortaleza de la Revolución, que la Revolución se puede permitir el lujo de recibir los peores ataques con una sonrisa en los labios .
Preparémonos por si nos atacan. Entrenemos a los guajiros, a los obreros, a los estudiantes.  Tengamos las armas listas y engrasadas, no porque tengamos deseos de usarlas. Como dijo Raúl, nadie tiene deseos aquí de estar usando las armas (DEL PUBLICO LE DICEN: “¡Los aviones!”). Los aviones y los fusiles ametralladoras también. Porque, a última hora, lo que se necesita, más que aviones todavía, son fusiles para nuestra infantería, que es la mejor del mundo. Nosotros en aviones es difícil que podamos nunca competir con nadie, ¡pero en hombres revolucionarios y valientes podemos competir con cualquiera! Así que compraremos aviones. Pero, sobre todo, además de aviones, necesitamos fusiles (DEL PUBLICO LE DICEN:  “Cuando ellos vengan, se los quitamos”). Esos son aparte, los que nosotros le quitemos a cualquier enemigo.
Preparémonos por si nos atacan. Y cuando nos declaren guerra abierta o nos ataquen, vengan las pandillas esas, o venga quien venga, entonces arreglaremos cuentas con los invasores. Hasta ahora no han hecho más que papelazos, dan pena. Luego, además, se rinden enseguida porque saben que no tienen problemas.  Son unos “héroes” como Pepinillo.
Recuerden bien que todo lo que hayamos sabido tener de calma y de paciencia frente a las provocaciones, será de fuerza moral si llega cualquier día la necesidad de rendir cuentas como consecuencia de la conducta de estos señores.  Es decir que mientras más paciencia sepamos tener, si la Revolución es fuerte, si es sólida, si no tenemos nada que temer; mientras más paciencia sepamos tener, más moral —¿no creen ustedes?— cuando llegue la hora de rendir cuentas .
¿Por qué apurarnos si somos fuertes? ¿Por qué preocuparnos si somos invencibles?, como dice un ciudadano.  Claro está, ellos consideran justo lo que Raúl dice (DEL PUBLICO LE DICEN: “Dale un chance”). No, porque ellos le han querido hacer fama a Raúl de mano dura y de mano fuerte.  Eso forma parte de la campaña por deformar el carácter y los sentimientos de Raúl.  Raúl opina igual que yo. Lo que pasa es que Raúl, como no está en la responsabilidad mía, pues no está obligado a callarse o a hablar igual que hablo yo. Lo que quieren es deformar el carácter de Raúl, como quieren deformar el carácter del Che y de otros compañeros, y los quieren presentar...  Es que aquí somos todos uno en el carácter y en la manera de pensar.
Lo que sí hemos dicho nosotros es: Bueno, la Revolución aplicará en cada momento las tácticas que tenga que aplicar y las medidas.  Y, desde luego, nosotros les hemos dicho bien claro: A mí no me preocupa que me hagan nada.  Sinceramente lo digo.  Yo creo que aquí cualquier cosa le puede pasar a cualquiera hasta de cansancio.  Así que yo digo que no me preocupa; porque, desde luego, lo dije bien claro: Cualquier agresión, bueno, allá ellos. Nosotros ninguno vamos a quedar para semilla, ni nada de eso.  Pero yo estoy tranquilo porque sé que este no es el cuentecito aquel que mataban a uno, o a dos; no. Aquí, aquí tenemos una larga serie de jefes para ponerlos ahí uno detrás de otro sin problema, lo que en esos casos el pueblo tiene que mantenerse muy unido, siempre respaldando.  Lo que importa es que todos respalden al líder, sea quien sea.  ¿Comprenden?  (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Fidel, Fidel!”)
Tenemos un largo trecho por delante, es bueno saber que contamos con reservas. Tenemos una larga lucha por delante, y es bueno saber que esa lucha no depende de hombres sino de pueblo.  Así que para tranquilidad de ustedes y de nosotros, todo lo que importa es la perdurabilidad no de los hombres, sino de la obra revolucionaria que hemos empezado. Y que el pueblo es eterno, porque el pueblo sí perdura.  Los hombres pasan, pero los pueblos perduran. ¡Que perdure la obra con el pueblo!  (DEL PUBLICO LE DICEN: “¡Sí, pero cuídate!”)
Así que lo único que hemos dicho es que los hombres no preocupan. Lo que preocupa a los hombres es que son ellos ejes o piedras angulares. La Revolución tiene muchas piedras angulares, y ya hemos visto cómo vamos sobrellevando todos los obstáculos. Así que lo que decía es que nosotros no tenemos que apurarnos y que siempre es mejor, cuando se está en el gobierno, pecar por defecto que pecar por exceso. Que siempre es mejor que el pueblo tenga la razón, que el pueblo tenga la generosidad y que el pueblo tenga la nobleza, porque eso es lo que le da al pueblo derecho a ser severo.
Vean cómo esta Revolución es distinta a otras revoluciones. En otras revoluciones el pueblo ha aplicado su mano dura. En otras revoluciones a muchos señores que andan haciendo abiertamente su campaña contra el pueblo, ya los habrían fusilado o los habrían llevado a la guillotina, como los llevaban en la Revolución Francesa. Sin embargo, el pueblo tiene que saber cuándo haya de necesitar una medida severa, porque realmente lo exijan los intereses de la nación y de la colectividad, y cuándo no son necesarias, porque no debe ser una cuestión de pasiones de los hombres.
Ya sabemos qué opinamos de todos los que le hacen daño al pueblo, de todos los que quieren destruir a la Revolución. Opinamos que deben ser destruidos, que lo que merecen es ser destruidos.  Mas la Revolución no destruye. Que opinen que sea lo que se merecen. La Revolución destruye a sus enemigos cuando estima que sea necesario destruirlos, no porque se lo merezcan, sino porque sea necesario, de acuerdo con el daño que le hayan hecho al pueblo (DEL PUBLICO LE DICEN: “Hubert
Matos”).  Ese señor que lo juzguen los tribunales, que los juzguen los tribunales para que las lloronas egipcias de que hablaba Raúl  no hagan el papel de escandalizadas, ni digan que lo hemos juzgado aquí.  Por más que yo tuve buen cuidado en decir que el pueblo opinara, independientemente de lo que dijeran los tribunales revolucionarios.
Ya ustedes han oído los chismecitos de la UPI y AP, de que si está incomunicado. No señor, todo el mundo sabe que nosotros somos incapaces de incomunicar a nadie, señores. Están jugando el jueguito de hacer víctimas; están jugando a la maniobrita de pintar a los lobeznillos como ovejitas. Pero nosotros no les damos ese chance de que anden sacando víctimas, porque entendemos bien ese juego y porque nosotros, que hemos padecido en la prisión todo género de humillaciones, somos incapaces de humillar a nadie, ni perpetrar actos contra nadie. No faltaron por ahí desmoralizados, desvergonzados de estos que reciben paga descarada de los enemigos de la Revolución que hasta llegaron a hacerse eco y decían que a ese señor lo habían asesinado.  ¡Nosotros asesinar a nadie! Cuando hasta allá mismo, en la provincia de Camagüey, tuve el cuidado de no permitir que el pueblo llegara hasta donde estaba, nada más que para que no se hiciera justicia por su propia mano.
La Revolución, que puede fusilar cuando sea necesario fusilar; la Revolución, a la que el pueblo incluso le pide que fusile; la Revolución, a la que el pueblo le pide que fusile, ¿qué necesidad tendría de asesinar a nadie?  Ese método nunca lo hemos aplicado.  (DEL PUBLICO LE DICEN ALGO SOBRE CAMILO.)
Es cierto que es culpable de lo de Camilo.  Es cierto, porque aunque es imposible escrutar en los designios del hombre, es evidente que hay una relación directa entre los hechos de Camagüey, la traición de Camagüey, y la pérdida del compañero Camilo Cienfuegos. En la urgencia de atender todas sus obligaciones, en la premura con que tenía que estar de un lado para otro, se lanzó a viajar de noche en aquellas circunstancias. No era la primera vez que realizaba actos temerarios como ese; pero tuvo que llegar la ocasión en que no lo pudiera hacer sin la dolorosa consecuencia que ocasionó. Y es cierto también que al compañero Camilo no podrá jamás medírsele su extraordinario valor, comparándolo con la miseria moral de un simple traidor.  (DEL PUBLICO LE DICEN: “Que pague con su vida.  ¡Paredón!”)
Así que lo que le explicaba al pueblo era el porqué de la forma de proceder del Gobierno Revolucionario. Es decir que nosotros le advertimos al pueblo, le aclaramos al pueblo, le queremos despertar la conciencia al pueblo sobre los peligros que nos amenacen, sobre las tácticas que debemos seguir, para que el pueblo comprenda todo esto. A nosotros más que nada nos interesa la conciencia del pueblo, porque es ahí, en el grado en que nosotros lleguemos a despertar esa conciencia, que la Revolución estará más segura o menos segura. En la medida en que la Revolución se haga conciencia en la mente de cada ciudadano, la Revolución será más fuerte y más invencible.
Nosotros no tenemos razones para sentirnos escépticos, para quejarnos del grado de comprensión del pueblo, porque ciertamente la comprensión del pueblo ha sido superior a los cálculos más optimistas. Y ese orden que el pueblo ha mantenido aquí en cada momento, esa mesura, esa serenidad, esa conciencia, es lo que hace que nos sintamos tan orgullosos del pueblo cubano, tengamos tanta admiración por el pueblo cubano, porque es un pueblo actuando al unísono, con un solo pensamiento, con una sola actitud, con una sola conducta, y es la misma conducta de un extremo a otro de la isla, y eso nos hace sentirnos confiados, eso nos hace sentirnos seguros del destino de la Revolución.
Nuestro deber es crear conciencia.  Mientras más conciencia creemos en nuestros compatriotas, más fuerte será la Revolución y menos necesidad tendremos de usar medidas drásticas. Porque la intriga vale tanto cuanto sea capaz de confundir; las campañas contrarrevolucionarias importan tanto cuanto sean capaz de confundir y desorientar. Y mientras mayor sea la conciencia del pueblo, menos vale una mentira.  ¡Qué importan las mentiras que escriban, si el pueblo no les presta atención, si el pueblo ni las lee siquiera! ¡Qué importa la tinta que desbarren, si al pueblo no llegan!
(DEL PUBLICO LE DICEN: “¡Gastan divisa en papel!”) Eso es, desde luego, triste: que gasten tanta divisa en papel.  Mucho más valdría que todo ese papel se dedicara a imprimir millones de libros de las mejores obras de la literatura y el pensamiento universal, y que nuestro pueblo, en vez de esos libelos con montones de anuncios que se acumulan, pudiera acumular libros que tan caros han sido hasta hoy.  Porque da vergüenza que en un país donde ha habido periódicos que se han vendido tan fácilmente, en cambio los libros para el pueblo hayan sido tan caros y tan difíciles.  Da vergüenza que nuestros estudiantes y nuestros jóvenes y nuestros ciudadanos no tengan manera de adquirir libros que les abran los horizontes del pensamiento y de la inteligencia, y le aporten al hombre esa riqueza intelectual que la humanidad, que el pensamiento humano, ha ido produciendo durante siglos.
Es triste que el papel que cuesta divisa se gaste en campañas contrarrevolucionarias. Y, desde luego, mucho más útil sería que ese papel se dedicara a imprimir libros, y que el trabajo de esos obreros se dedicara a imprimir libros. Eso es cierto. Analizado objetivamente es cierto, y analizado a la luz de la razón es cierto; pero no solo debemos analizar estos problemas a la luz de la razón:  hay que analizarlos a la luz de los procesos históricos, hay que analizarlos a la luz de la evolución del pensamiento humano y de la organización social y política de los pueblos.
Se tiene entendido que estamos librando una batalla contra esos males. Se tiene entendido que queremos hacer una revolución —quizás de las pocas, o la única en el mundo— que ha ido hacia delante con sus leyes revolucionarias, manteniendo el derecho de los privilegios a esgrimir las armas de la protesta y del ataque a la propia Revolución. Porque si al fin y al cabo nuestro pueblo gana la batalla —y nuestro pueblo va a ganar la batalla de una manera o de otra— sin dejarnos provocar, si la ganamos haciendo conciencia, si la ganamos logrando que nuestra obra creadora supere el efecto deteriorador de las campañas contrarrevolucionarias, tanto mejor y tanto más sólida será la satisfacción de nuestro pueblo.
No hacemos esto porque digan o no digan en el extranjero, porque ya sabemos que las peores cosas las van a decir de todas formas, las peores cosas las van a decir de todas formas. Pero, en definitiva, por una cuestión de idiosincrasia, por una cuestión de esa innata magnanimidad y generosidad de nuestro pueblo, por ese carácter de nuestro pueblo, que nosotros tratamos de interpretar, es por lo que tenemos que cargar con las consecuencias de algunas cosas que nos lucen incluso irracionales.  Y, además, porque tiempo tenemos por delante para observar y para sacar conclusiones.
En definitiva, lo que nosotros sostenemos es que la Revolución no tiene que apurarse en tomar medidas, porque es fuerte. Ya se han tomado las disposiciones legales —la creación de los tribunales revolucionarios que están ahí—, las medidas que sancionan con la pena capital a determinados actos contrarrevolucionarios. En fin, vamos a dictar otra ley —vamos a ir preparando sencillamente las medidas que en un momento las circunstancias exijan—: vamos a dictar una ley sancionando a la pena de confiscación de todos sus bienes, ¡confiscación de todos sus bienes!, a los que se hagan reos de culpa de delitos contrarrevolucionarios.
Vamos a ver si se les quitan las ganas de conspirar a unos cuantos “señoritos” aquí. Vamos a ver si la idea de que puedan perder las 30 caballerías que les quedan a algunos los apacigua, porque de lo que pueden estar seguros es de que pueden perder, si se ponen en el jueguito de la conspiración, lo que más les duele:  es decir, el dinero, los bienes materiales .
Así que la Revolución va tomando las medidas necesarias para ir apaciguando, o, mejor dicho, más que apaciguando, ir calmando, ir calmando los ímpetus de los contrarrevolucionarios poco a poco, sin apurarnos.  Porque la Revolución es fuerte y tiene por delante todo el tiempo necesario para observar y analizar; incluso para soportar algunos males, como ese mismo de que estén gastando la divisa en lo que la están gastando.
Pero es que sencillamente nuestro pueblo tiene todavía mucho que adelantar, tiene mucho que aprender sobre la marcha, y nosotros nunca impondremos fórmulas que no surjan de la conciencia del pueblo. Por eso, todo lo que la Revolución haga, tiene que ser realidad primero en la conciencia del pueblo.  Ese es nuestro principio: todo lo que la Revolución realice, tiene que ser realidad primero en la conciencia del pueblo.  Eso es lo verdaderamente democrático, ya que esta es una Revolución de mayorías, y por eso es una revolución democrática. No porque “Periquito de los Palotes” pueda comprar más votos que su vecino; no porque los del partidito tal tengan más plata que los del otro partidito y puedan comprar más sargentos políticos.  Eso es lo que llaman democracia estos descarados. Nosotros llamamos democracia a lo que es en esencia democrático:  una revolución de mayorías, y una revolución donde todo lo que hace nada lo impone, sino que lo hace realidad primero en la conciencia de los ciudadanos; y, cuando es realidad en la conciencia de los ciudadanos, se vuelve ley, se vuelve medida revolucionaria, y el pueblo mayoritariamente lo respalda.
Por eso es esta una Revolución verdaderamente democrática, y no esa mentira infame que es la que quieren volver a establecer aquí. Y el día que incluso el pueblo la quisiera restablecer, pues bastaría con que fuera realidad en la conciencia del pueblo, porque significaría que nosotros no hemos sido capaces de despertar en el pueblo una conciencia que esté al alcance de verdades superiores, ya que nosotros, como parte de la humanidad, tenemos que trazarnos el problema de buscar soluciones mejores y más inteligentes y más justas a los tremendos problemas políticos y sociales del hombre.
Es decir, no comulgar con la mentira del pasado, porque no era más que una vergonzosa y descarada mentira, como mentira gran parte de lo que aquí se escribía, porque eran palabras compradas, porque eran escritos tarifados, y porque aquí se convirtió o se confundió la libertad de prensa con el derecho a venderse al mejor postor, con las naturales excepciones —¡con las naturales excepciones!— en los órganos y en las plumas honestas, que siempre ha habido en Cuba. ¡Con las naturales excepciones!, ya que no sería justo generalizar.  Pero esto ha sido una verdad.
Por lo pronto, debe el pueblo tener muy presente que la guerra contra los esbirros terminó el primero de enero, pero comenzó la guerra contra los intereses creados y contra los privilegios.  ¡Y esta guerra es más difícil! Cayó la tiranía, pero quedaron intactas las causas que originaron la tiranía. Cayó la tiranía, pero quedaron intactos los intereses y los privilegios que un día auparon aquella tiranía.
Por eso, tras la victoria militar comenzó la guerra difícil, la lucha dura y sorda entre la Revolución y los privilegios, entre la Revolución y los grandes intereses. Ustedes saben —como lo sabía el pueblo de Camagüey hoy reunido en tan extraordinario número— que estamos librando la batalla contra los intereses y la batalla contra los privilegios. Y que esa es una lucha dura, para la cual debemos estar preparados.
¿Que la Revolución pueda adquirir nuevamente el carácter de lucha armada?  Sí. Es posible que en cualquier momento tenga el pueblo de Cuba que combatir de nuevo. ¡Ojala que no! Pero hay que considerarlo como posible. Entonces de nuevo la Revolución asumiría la forma de lucha armada. Y de nuevo, después de cada lucha armada, volvería a asumir la forma de lucha contra los intereses y los privilegios.
Los ignorantes, o los que quisieron ignorar lo que era una revolución, creyeron que esto era quitar a uno para poner a otro; creyeron que era el jueguito de siempre: la formulita de mercuro cromo sobre el cáncer de los males sociales de la república. Y se encontraron que ha sido verdadera terapéutica, verdadera fórmula de bisturí lo que la Revolución está aplicando.
Naturalmente, esos señores no pueden entender la Revolución. Están incapacitados de comprenderla. Buscan aliados fuera, tratan de buscar incluso al extranjero para que agreda a la patria y sus intereses. Y frente a una Revolución que no ha hecho sino defender lo cubano, los intereses de la nación, vienen los intereses de los extranjerizantes, los intereses de los defensores de los monopolios extranjeros, de las compañías extranjeras, de los trusts extranjeros y de las consignas extranjeras; vienen los extranjerizantes a idear todos los medios de traer al extranjero a la patria, de mover los intereses del extranjero, la prensa del extranjero, las campañas monopolizadoras de noticias del extranjero contra la Revolución.
Por eso la Revolución en cualquier instante puede asumir de nuevo la forma de lucha armada, y de nuevo la forma de una lucha contra los intereses y los privilegios.  Y no olviden que los privilegios tienen en su haber no solo una parte considerable de la prensa, no solo el dinero, no solo poderosos aliados internacionales:  tienen en su haber las ideas que han sembrado (DEL PUBLICO LE DICEN: “¡Pero no tienen pueblo!”), tienen en su haber las mentiras que han sembrado. Y manejan esas ideas y esas mentiras, porque han estado durante muchos años cosechándolas, porque han sido los medios y los instrumentos, junto con los ejércitos profesionales, que han usado para mantener a los pueblos con la venda en los ojos, para mantener a los pueblos en la mentira, para mantener a los pueblos en el engaño y en la sumisión.
Estas cosas son las que el pueblo debe saber y la importancia que tienen.  ¡Porque cada cubano y cada cubana debe saber que donde la Revolución debe ser fuerte es no solo en la simpatía, no solo en la emoción, sino sobre todo en la conciencia de cada cubano!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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