julio 10, 2012

Discurso de Fidel Castro en la Avenida Garzon de Santiago de Cuba (1959)

DISCURSO PRONUNCIADO EN LA AVENIDA GARZON DE SANTIAGO DE CUBA
Fidel Castro
[30 de Noviembre de 1959]

― Versión taquigráfica de las oficinas del Primer Ministro ―

Comprendo que me enfrento a un esfuerzo sobrehumano al tratar de hablarle a una concentración tan gigantesca, en medio de las dificultades técnicas, pero espero, espero de parte de todos la mayor cooperación.
Quiero antes que nada, quiero antes que nada que el pueblo me excuse la tardanza. Me fue absolutamente imposible estar a la hora señalada para el acto, con motivo del tiempo. Con motivo de no haber podido aterrizar nuestro transporte en el aeropuerto de Santiago de Cuba, nos vimos en la necesidad de regresar hacia otro punto donde, en medio de la densa neblina, poder descender y transportarnos por carretera hacia la ciudad de Santiago de Cuba.  Por eso les pido a todos que, en consideración a esa causa involuntaria, nos excusen la tardanza.
Nos ha ocurrido este 30 de noviembre lo mismo que nos ocurrió el 30 de Noviembre de 1956.  Recordamos perfectamente aquel día de tanto significado para nosotros.  Habíamos calculado que llegaríamos a Cuba el 30 de noviembre de 1956. Teníamos, de acuerdo con nuestros cálculos...
¿No se oye?...  Realmente, este es uno de los problemas que la Revolución no ha podido superar: el problema de las concentraciones, el problema de los altoparlantes y el problema técnico de que el pueblo pueda oír aquí los actos y los discursos. En realidad, pasamos un trabajo tremendo.  Nosotros sufrimos enormemente cuando tratamos de hablarle al pueblo y no es posible que el pueblo nos pueda escuchar. Prácticamente es imposible hablar en estas condiciones, pero siempre nos pasa lo mismo. Nunca alcanza el número de altoparlantes para estas concentraciones, y posiblemente también todavía no tengan mucha experiencia los compañeros que hacen estas instalaciones y, en consecuencia, hace el pueblo un esfuerzo enorme, hacemos nosotros un esfuerzo enorme, y nosotros podemos hablar y el pueblo puede escuchar. Vamos a ver si hacemos entre todos un gran esfuerzo, vamos a ver si hacemos un gran esfuerzo entre todos para poderles hablar y para que nos puedan escuchar.
¡No!  Nadie es contrarrevolucionario aquí. ¡Es que son muchos, y el menor movimiento provoca esa ola humana, compañeros!
¡Miren ese niño! Tráiganlo para acá.
El 30 de noviembre de 1956 veníamos nosotros cruzando las aguas del Caribe en nuestra pequeña embarcación, cuando en horas del mediodía escuchábamos por radio las primeras noticias de los combates en Santiago de Cuba. Los dirigentes del Movimiento 26 de Julio en Santiago de Cuba, a cuya cabeza figuraba nuestro inolvidable compañero Frank País, esperaban nuestro desembarco en esa misma fecha. El Movimiento tenía instrucciones de esperar nuestro desembarco para iniciar la acción revolucionaria en la ciudad de Santiago de Cuba. Nosotros desembarcaríamos por la zona de Niquero y el Movimiento tendría la tarea de respaldar nuestro desembarco. Ciertamente las instrucciones eran esperar primero nuestra llegada; sin embargo, la impaciencia y el ardor de los compañeros de Santiago de Cuba...
Compañeros orientales: es virtualmente imposible pronunciar un discurso en estas condiciones.
Bueno, compañeros, una parte oye y una parte no oye. Ahora, la parte que oye es muy considerable.  Sobre todo la parte del pueblo que está más lejos, está oyendo bien. La dificultad está en las proximidades de la tribuna con algunos altoparlantes que no están funcionando.  Por eso yo le voy a pedir a todo este público que está delante de mí, a todo este público, que aunque no oiga se esté tranquilo, que ese problema casi no tiene solución. Ya ustedes saben que lo que voy a decir aquí es en favor del pueblo de todas maneras, aunque ustedes no lo puedan oír, una parte no lo pueda oír.
Y por lo demás, estén todos muy atentos, porque no sería extraño que pudiera haber algún saboteador, que con un empujoncito chiquito, en una multitud tan grande, produce inmediatamente el tumulto. ¡Estén muy atentos!, no vaya a ser que se haya colocado algún “casquito” por ahí, algún esbirro... Puede haber algún “casquito” que se porte bien. El haber sido “casquito” no le impide que esté aquí, si se porta bien.  Yo me refería a algún “casquito” batistiano, de esos que todavía no han aprendido lo que es la revolución, que en Cuba hay una revolución.  Porque no tendría nada de extraño que hubiera por ahí algún chivato, algún esbirro, o algún contrarrevolucionario.
Así que los guajiros y los santiagueros todos deben estar atentos para ver quién es el que empuja, para ver quién es el que pueda dar el menor empujón ahí; que ese es el que puede estar creando dificultades. Y ustedes hagan lo posible por no moverse. ¿Saben por qué? ¿Saben por qué es muy necesario que se pueda proseguir el acto? ¿Saben por qué? Porque si no podemos proseguir el acto, si no se le puede hablar al pueblo, la reacción se va a dar un gran baño de rosas, de “Rosa Blanca”.
Ustedes no querrán que mañana los contrarrevolucionarios estén de fiesta.  Ustedes no querrán que mañana los contrarrevolucionarios se sientan envalentonados porque no se haya podido…   Ustedes no querrán que mañana tengamos todos que volver entristecidos a nuestro trabajo porque no se hubiese podido conmemorar dignamente los compañeros que cayeron el 30 de noviembre y los compañeros que cayeron en esta lucha por darles tierra a los campesinos, por darle trabajo y pan a nuestro pueblo, por darle libertad y soberanía a la nación cubana.
Precisamente nos hemos reunido aquí por una razón, nos hemos reunido aquí por una razón que ustedes conocen.  ¿Qué quiso decir el pueblo cuando se reunió en número tan gigantesco en el día de hoy, en Santiago de Cuba? ¿Qué quiso decirle el pueblo a la reacción? ¿Qué quiso decirles el pueblo a los trujillistas, a los criminales de guerra? ¿Qué quiso decir el pueblo a los intereses extranjeros que conspiran por volver a someter a nuestro pueblo a la odiosa explotación? ¿Qué quiso decir el pueblo a los enemigos de nuestra soberanía, a los que no quieren una patria libre sino una patria sometida a los designios extraños?  ¿Qué quiso decir el pueblo del castigo que merecen los traidores? ¿Qué quiso decir el pueblo a los enemigos de la reforma agraria?¿Qué quiso decirles el pueblo a los resentidos, a los politiqueros, a los envidiosos que envidian la felicidad y la libertad que nuestro pueblo está disfrutando hoy? 
¿Qué quiso decirles el pueblo a los enemigos de una revolución que está haciendo la reforma agraria, que les está dando tierras a nuestros campesinos, que está convirtiendo los cuarteles en ciudades escolares, que ha creado 10 000 escuelas que estarán establecidas en el presente curso escolar y que son dos veces más escuelas en un año que todas las escuelas que habían llevado al campo en 50 años de república? ¿Qué quiso decirles el pueblo a los enemigos de una revolución que acabó con el vicio, que acabó con el juego, que acabó con el contrabando, que acabó con el plan de machete, que acabó con el abuso, que acabó con las opresiones que había estado sufriendo nuestro pueblo? ¿Qué quiere decirles el pueblo a los enemigos de una revolución que restableció los derechos de los trabajadores, que ha defendido al pueblo incesante y tenazmente; que ha defendido los derechos de la parte más humilde, la más sufrida, la más sacrificada y la más olvidada del pueblo? ¿Qué quiere decirles el pueblo a los enemigos de una revolución que ha sabido reivindicar el nombre de la patria, y que ha sabido elevar el nombre de Cuba a la altura que hoy ocupa en la consideración de todos los pueblos del mundo, y que ha sabido defender dignamente la soberanía del país frente a todo tipo de injerencia extraña?
¿Qué vino a decirles el pueblo a los enemigos de una revolución que por primera vez implantó la justicia en nuestra patria, que por primera vez castigó severamente a los que daban plan de machete en nuestros campos, a los que asesinaban a los jóvenes en las ciudades, a los obreros, y en el campo a nuestros campesinos; la revolución que tuvo el valor de castigar ejemplarmente, fusilando a los criminales de guerra que habían segado la vida de 20 000 compatriotas?  
¿Qué vino a decirles el pueblo a los enemigos de una revolución que ha recuperado todos los bienes que le robaron los usurpadores al país; que ha recuperado decenas y decenas de millones de pesos robados al pueblo, para aplicarlos a la reforma agraria?  
¿Qué vino a decirles el pueblo a los enemigos de una revolución que ha abierto todas las playas al pueblo, adonde pueden ir por igual los blancos y los negros sin discriminación de ninguna clase?  
¿Que vino a decirles el pueblo a los enemigos de una revolución que lucha por ponerles fin a todas las injusticias y a todas las lacras sociales, que ha elevado en más de 100 millones de pesos el ingreso de los trabajadores, que ha rebajado el costo de la vivienda, que está haciendo casas para las familias humildes, que ha rebajado el costo de la electricidad, que ha rebajado el costo de los teléfonos, que está haciendo calles, que está haciendo carreteras, que está haciendo caminos, que está haciendo acueductos; que ha llevado la ayuda a los rincones más apartados de Cuba, desde la Península de Guanahacabibes hasta Baracoa, pasando por la Ciénaga de Zapata, por Bélic, por Yateras y por todos los rincones más olvidados de Cuba, de los cuales nunca se habían acordado los gobiernos?  
¿Qué vino a decirles el pueblo a los enemigos de la revolución que acabó para siempre con el robo en nuestra patria, que ha implantado por primera vez en nuestra historia la más absoluta y cabal honradez administrativa y que está invirtiendo los recursos del pueblo en ayudar al pueblo?
¿Qué vino a decirles el pueblo a los enemigos de una revolución que está dando trabajo, a los enemigos de una revolución que se propone darles empleo a todos los cubanos para que no haya un solo cubano sin trabajo, para que no haya un solo niño sin escuela; para que no haya una sola ciudad sin hospitales, sin calles, sin acueductos; para que no haya una sola aldea o pueblo sin caminos; para que no haya sobre todo guajiros sin tierra?
¿Por qué están aquí los campesinos?  ¿Por qué hay tantos sombreros de yarey?  ¿Por qué hay tantos sombreros de yarey como esos que se levantan?  
¡Que se levanten todos los sombreros de yarey del pueblo y los machetes! (EL PUEBLO LEVANTA SUS SOMBREROS Y MACHETES.)
¡Que se levanten bien alto los sombreros de yarey y los machetes! ¡Que se levanten los sombreros de yarey y los machetes para que se vea qué grandioso espectáculo, qué grandioso espectáculo de machetes y de sombreros guajiros, y se nos diga si es que puede derrotarse a esta Revolución!  
¡Que se nos diga si una revolución que cuenta con tanto respaldo de sombreros de yarey, de machetes; con tanto respaldo de pueblo, con tanto respaldo de obreros, con tanto respaldo de jóvenes, con tanto respaldo de estudiantes y con tanto respaldo de personas decentes —es decir, de patriotas; es decir, de todo aquel que independientemente de su condición social respalde a esta Revolución—, que se nos diga si la Revolución puede ser derrotada! 
¡Que se me diga si la Revolución puede ser vencida! 
¡Que se me diga si a los guajiros les pueden quitar otra vez la tierra!  
¡Que se me diga si a los guajiros les pueden dar otra vez plan de machete! 
¡Que se me diga si a los guajiros les pueden arrancar otra vez los bohíos durante la noche!  
¡Que se me diga si los niños se van a quedar otra vez sin escuela! 
¡Que se me diga si el terror, la opresión y el crimen; si la explotación de nuestro pueblo se puede volver a implantar alguna vez en Cuba!  
¿Y por qué no puede implantarse? ¿Por qué? Sencillamente porque tenemos al pueblo para defenderla. Porque por mucho que se empeñen en no acabarlo de comprender, lo que deben comprender de una vez los reaccionarios y los contrarrevolucionarios es que no podrán derrotar la Revolución, porque el pueblo sabe bien, los obreros saben bien, los estudiantes saben bien y los campesinos saben bien, los estudiantes saben bien y los campesinos saben bien, como lo saben también los maestros, los profesionales y las familias cubanas, saben bien lo que significa la derrota de la Revolución.
Y es bueno...  ¿Oyen? ¿Oyen ustedes?...  ¿No oyen? ¿Oyen allí?...
Que levanten los sombreros los que oyen...  Sigue el problema en el área aquella.
Bueno, compañeros, si ustedes quieren oír tienen que alejarse un poco de la tribuna.
Compañeros, hagan un esfuerzo los que están más próximos, mientras se arregla ese altoparlante.
Bueno, es imposible. Tienen que esperar a que se arregle ese altoparlante, compañeros.
Que vuelvan a levantar los sombreros los que están oyendo.
Bueno, estos están oyendo. Todos los que han levantado los sombreros son los que están oyendo.  Es decir que todos están oyendo, menos ese sector. Ese sector es el único que no oye.  Contribuyan con nosotros.
¿Ahora oyen? ¿Ustedes oyen ahora?  
¿Todos? Bueno, pues ustedes son los culpables de la mayor parte de los problemas que hemos tenido hasta ahora, porque ustedes eran los únicos que no oían, y estaban muy intranquilos.  ¿Pero ustedes ahora van a estar tranquilos? 
¿Sí? ¿Y si se rompe el altoparlante y no oyen, van a estar tranquilos?  
Bueno, ¡acuérdense de que me lo prometieron!
Todo el pueblo está oyendo, menos ese sector; que deben ser unas 300 o 400 personas, pero que han estado muy intranquilos con motivo de no poder oír nada.
Ahora están oyendo, ¿verdad? 
Está bien.
Yo quería analizar con ustedes algunos problemas, y si me oyen los podemos analizar.
Vinimos aquí a recordar a nuestros mártires. Pero a los mártires hay que recordarlos de una manera útil, que es combatiendo a los contrarrevolucionarios y a los reaccionarios.
Venimos a recordar a nuestros mártires, y en nombre de nuestros mártires tenemos que hacer ustedes y nosotros algunos análisis sobre la Revolución.
En primer lugar, qué pasaría en nuestra patria si la Revolución fuese derrotada.
Vamos a empezar por los guajiros. Yo siempre empiezo por los guajiros, porque ustedes saben que los guajiros han sido los que han llevado siempre la peor parte en nuestra patria, los más olvidados y los más sufridos. Y por eso siempre empiezo por los guajiros.
¿Qué les pasaría a los guajiros si la Revolución fuera derrotada?  
¿Qué les harían a los guajiros, a quienes nosotros les estamos dando la tierra, si otra vez aquí los esbirros volvieran a tener fusil y volvieran a tener plan de machete, y la tiranía volviera a imperar en nuestra patria?  
¿Qué les harían a los guajiros? Les harían lo que les hicieron en Oro de Guisa, que en una tarde asesinaron, ¡en una sola tarde! asesinaron a 47 campesinos. Como ustedes saben, hubo una familia —la familia Argote— a la que le mataron al padre y a todos los hijos, y dejaron a la viuda completamente trastornada, enloquecida, por aquel acto de barbarie. Ustedes todos saben lo que hicieron en Ojo del Agua, que asesinaron a 30 campesinos en una tarde. Ustedes saben lo que hicieron en Peladero.  Ustedes saben lo que hicieron allá cerca de las márgenes del Cauto: esos 13 campesinos que asesinaron en una tarde y que recientemente nosotros fuimos a enterrar.  Ustedes saben la cantidad de horrores que cometieron con los campesinos. Ustedes saben que muchas familias campesinas todavía no saben dónde están los huesos de sus hijos. Ustedes saben que hubo campesinos a los que ataron a una piedra y los lanzaron al mar y no aparecieron nunca más. Ustedes saben que a un niño campesino que llevaba la leche al pueblo por la mañana lo asesinaron los masferreristas y lo enterraron con la bicicleta y con el cántaro de leche a la entrada de Manzanillo, para quitarle 30 pesos.
Yo no tengo que hablarles de esos problemas.  Tal vez sí tenga que recordarles y pedirles que siempre tengan presente lo que era nuestra patria.  Porque todos ustedes lo sufrieron en sus propias carnes.  Todos ustedes tuvieron que vivir mucho tiempo y muchos años humillados, sufriendo todos aquellos atropellos, sufriendo todos aquellos actos de barbarie.  ¡Ustedes mejor que nadie saben lo que les volvería a ocurrir a nuestros campesinos si la reacción y la contrarrevolución triunfaran alguna vez en nuestra patria!  
Así que, ¿qué les pasaría a los campesinos? ¿Qué les pasaría a los obreros, a los obreros que fueron víctimas semejantes a las masacres de los campesinos, como aquella masacre de Navidades hace tres años; aquella masacre sangrienta en la zona de Holguín, en que numerosos obreros —cerca de 30 obreros— fueron asesinados en una madrugada por los esbirros de Cowley? Ustedes conocen que a los obreros se les privó de todos sus derechos: el derecho a elegir a sus dirigentes, el derecho a desfilar, el derecho a organizarse; se les privó de numerosos derechos sociales. Se les impuso a Eusebio Mujal durante siete años, que vendió a los obreros, los vendió miserablemente, para hacerse millonario a costa del sudor y de la sangre de los trabajadores.
¿Qué les pasaría a los trabajadores si la contrarrevolución triunfara? Qué les pasaría a los estudiantes? Ustedes recordarán nuestros institutos, nuestras universidades. Ustedes recordarán los estudiantes asesinados, los estudiantes torturados, los estudiantes golpeados en las manifestaciones.  Ustedes recordarán a la fuerza pública golpeando a los estudiantes. Ustedes recordarán aquellos jóvenes de 15 y 16 años que amanecían triturados a golpes, que aparecían con 20 y con 30 balazos, en las calles y en los lugares solitarios de los alrededores de Santiago de Cuba, de Bayamo, de Manzanillo, de Holguín, de Guantánamo, de Victoria de las Tunas y de todos los pueblos de Cuba, aunque en mayor grado que en ninguna otra provincia en la provincia de Oriente.
Ustedes recordarán lo que sufrieron nuestras familias, todas las familias sin excepción, porque sufría tanto la familia del pobre como la familia del rico, a los que no les valían muchas veces sus influencias y a los que no les valía muchas veces su dinero para que no les asesinaran a los hijos en las calles.
Es decir que tiene que estar muy presente en nuestra memoria lo que ocurrió.
Y yo pregunto: ¿qué les pasaría a los estudiantes si la contrarrevolución triunfara? ¿Qué les pasaría a las familias si la contrarrevolución triunfara? ¿Qué volvería a pasar en Santiago, en Bayamo, en Manzanillo, en Holguín, en Guantánamo, en Victoria de las Tunas y en todas las ciudades y pueblos de Cuba si la contrarrevolución triunfara?
¿Cómo se vería la provincia de Oriente si un Merob Sosa; si un Sánchez Mosquera, que asesinó 400 campesinos en las minas de Bueycito; si un Alberto del Río Chaviano, que asesinó a más de 70 combatientes del Moncada en una sola semana y los santiagueros son testigos excepcionales de eso...? ¿Qué ocurriría si Chaviano volviese a ser el amo de la provincia de Oriente, el amo de Santiago de Cuba? ¿Qué le ocurriría a la familia santiaguera si los masferreristas, si los chivatos, si los gangsters, si los criminales de guerra, si los esbirros, si los ladrones, si los torturadores volviesen a gobernar en nuestra patria? 
Si todos estamos conscientes de eso, si todos estamos conscientes de eso, ¿qué hacen unas cuantas familias de latifundistas y de ricachones haciendo campañas contrarrevolucionarias?  ¿Qué es lo que hacen unas cuantas familias de ricachones, de latifundistas y de señorones afortunados y privilegiados, haciendo campaña contrarrevolucionaria, sembrando intrigas contrarrevolucionarias y tratando de confundir a la opinión pública? ¿Qué hacen unas cuantas familias de ricachones y de latifundistas tratando de sembrar el espíritu regionalista, tratando de despertar el localismo y el egoísmo regional? ¿Qué hacen unas cuantas familias de ricachones y de latifundistas tratando de presentar a Santiago de Cuba, nada menos que la ciudad revolucionaria y heroica de Santiago de Cuba, la ciudad del 26 de Julio, la ciudad del 30 de Noviembre, la ciudad heroica que en mayor proporción dio mártires a la patria, la ciudad rebelde, la ciudad cívica, la ciudad donde nosotros hemos escrito las páginas más sentidas de nuestras vidas, los actos más generosos e idealistas de nuestras vidas; qué hacen unos cuantos ricachones hipócritas y egoístas, intolerantes e incapaces de acabar de comprender toda la justicia de la Revolución, tratando de presentar esta ciudad heroica de Santiago de Cuba como descontenta con el Gobierno Revolucionario? Yo espero que a unos cuantos reaccionarios intrigantes no se les ocurra negar que aquí está el pueblo de Santiago de Cuba y con el pueblo de Santiago de Cuba, los guajiros de la provincia de Oriente.
Yo le pregunto al pueblo de Santiago de Cuba, a este pueblo donde no en balde vinimos a iniciar la lucha contra la tiranía el 26 de Julio de 1953; a esta provincia de Oriente donde un día llegamos, cumpliendo nuestra palabra, para iniciar la guerra por la liberación de nuestro pueblo y por la Revolución que erradicara todas las injusticias; yo les pregunto a los santiagueros y les pregunto a los orientales, le pregunto a esta inmensa muchedumbre, si está o no está con el Gobierno Revolucionario.
Yo les pregunto también —porque seguramente algunos nos están escuchando—, yo les pregunto a unos cuantos hipócritas, yo les pregunto a unos cuantos privilegiados que han estado haciendo campaña contrarrevolucionaria aquí en Santiago de Cuba, que han estado intrigando contra la Revolución, yo les pregunto qué ganan con eso.
Yo les pregunto a unos cuantos señorones privilegiados si es que acaso su grupito de resentidos, de egoístas y de ambiciosos, constituyen el pueblo de Santiago de Cuba; que si no se dan cuenta que el pueblo es otra cosa distinta de la minoría insignificante de privilegiados que han vivido en nuestra patria de espaldas al dolor del pueblo, de espaldas a la desdicha de la nación, de espaldas al honor de la patria. Yo les pregunto si acaso ellos creen que constituyen el pueblo de Santiago de Cuba.
Porque deben los santiagueros saber que hay aquí algunos, un grupito de familias, un grupito de farsantes, un grupito de resentidos que están contra la Revolución porque la Revolución hace leyes justas, que han estado haciendo campañas contrarrevolucionarias, que han estado tratando de sembrar el confusionismo y han estado tratando de intrigar por todos los medios.
Ustedes saben bien que hay gente que no tiene que trabajar. Ustedes saben bien que hay gente que en su vida ha derramado una sola gota de sudor. Ustedes saben que hay gente que vive muy bien y sin embargo no trabaja, y que, sin embargo, tiene tiempo de sobra para murmurar, para regar “bolas” y para hacer campañas contrarrevolucionarias. Como están de holgazanes todo el día, como no trabajan... Y no trabajan porque tienen a una infeliz campesina allí, o a una infeliz muchachita del pueblo, trabajándoles por 15 pesos , y la hacen planchar y la hacen trabajar 10 y 12 horas, y la desprecian, y el día que se rompe una taza en la casa la quieren desollar , y le pagan una miseria, mientras van a las tiendas de lujo y se gastan 30 y 40 pesos en un perfume de París, y se gastan 200 y 300 pesos en un vestido o en una joya; es decir que se gastan en una mañana cualquiera lo que no le pagan a esa infeliz empleada durante un año entero. Hay de esa gente, tanto aquí en Santiago de Cuba como en la capital de la república y en otras ciudades, que como no trabajan, como tienen una manejadora para que les cuide el bebé, para que les lave y les planche y les cocine y les limpie la casa...
Y no me refiero, por cierto, a las familias de modesta condición que muchas veces necesitan de alguien que les ayude en la casa para atender ellas sus obligaciones en el trabajo; no me refiero al caso de las modestas familias.  Ustedes saben muy bien a quiénes me estoy refiriendo, ustedes saben bien a los vecinos a los que me estoy refiriendo , que como tienen todo el tiempo libre, no hacen más que estar pensando en cómo le hacen daño a la Revolución. Tienen todo el tiempo libre para estar llamando por teléfono, para estar chismeando todo el día y para estar de “party” en “party”, de “picnic” en “picnic” y de “canasta” en “canasta” haciendo campaña contrarrevolucionaria y lanzando “bolas” contrarrevolucionarias.  No trabajan, tienen dinero de sobra. Los infelices trabajan por ellos, y a ellos les sobra el tiempo para hacer campaña contrarrevolucionaria contra un gobierno que defiende a los infelices.
Hay unas cuantas verdades. ¿Ustedes saben quiénes son esa gente? ¿Ustedes saben quiénes son esa gente?  Pues les voy a decir: son los mismos que en el siglo pasado tenían esclavos.
¿Ustedes se acordaban de los que estábamos hablando?  ¿Se acuerdan?  ¿Se acuerdan de los que estábamos hablando? Bueno. Estábamos hablando de cierta gentecita que aquí en Santiago de Cuba como en otras partes de la república, disponen de mucho tiempo para intrigar y para hacer campaña contrarrevolucionaria.
Pero, ¿qué es lo que pasa en Santiago de Cuba?  Yo voy a decir lo que pasa en Santiago de Cuba.  En Santiago de Cuba era tanta la barbarie, era tanto el asesinato, era tanto el terror y el miedo implantado por la tiranía, que en Santiago de Cuba todo el mundo, todos los sectores sociales, ayudaron de una manera o de otra a luchar contra la dictadura. ¿Y cuál ha sido la consecuencia de esa circunstancia en los meses posteriores a la Revolución?  Pues que aquí hubo alguna gente rica que ayudaron a la Revolución; vivían bajo el terror de Chaviano, vivían bajo el terror de ver a sus hijos y a sus esposos asesinados, y sencillamente daban cualquier cosa por ver desaparecer aquel estado de oprobio y de sangre. Era tanto el espanto y el crimen, que todos los sectores sociales ricos y pobres ayudaron.  ¡Muy bien!  Nosotros reconocemos eso.
Ahora bien, yo pregunto lo siguiente: ¿Qué creían que era una revolución?  ¿Es que acaso creían que la Revolución era quítate tú para ponerme yo?  ¿Es que acaso creían que la Revolución era para dejar las cosas como estaban en Cuba?  ¿Es que acaso creían que Batista era una causa y no una consecuencia de la injusticia social?
¿Qué era Batista y qué era el ejército de Batista sino un cuerpo de guardajurados? Era un cuerpo de guardajurados al servicio de los grandes latifundios, de los grandes monopolios extranjeros, de las grandes compañías, de los grandes intereses. ¿Para qué existían los soldados sino para meterle miedo al pueblo? ¿Para qué existían las fortalezas sino para meterle miedo al pueblo?  ¿Para qué existían las parejas de la guardia rural y los puestos de la guardia rural sino para que el pueblo viviera asustado? ¿Qué hacía un soldado cuando llegaba el 4 de septiembre? Iba a la casa del guajiro, ¿y qué le pedía? ¿Qué hacía el soldado y el sargento y el teniente y el capitán y todo el mundo cuando llegaba el  10 de marzo?  Iban a las casas de los guajiros. ¿Qué hacía el soldado, el sargento y toda aquella gente cuando venía la Nochebuena y el Año Nuevo?  Iban a la casa del guajiro a llevarse el “machito” y la gallina. ¿Y por qué el guajiro les tenía que dar el “machito” y la gallina a los soldados?  Porque si no se los quitaba, porque si no se lo llevaba preso, porque si no le guardaba rencor y el día que tuviera una oportunidad lo metía en la cárcel.
¿Cuándo se llevaron preso a ningún latifundista?  
¿Cuándo se llevaron a ningún gran especulador, que le cobraba la mercancía al doble de lo que valía al pueblo? 
¿A quién se llevaban preso?  Al infeliz. ¿Y qué hacían la pareja de la guardia rural y el sargento sino tratar de humillar al campesino, faltarle el respeto a su familia? ¿Qué hacían con sus polainas y sus machetes y sus fusiles sino querer humillar el honor de los campesinos y de las familias campesinas?  
¿Y para qué existía un ejército aquí sino para defender los grandes intereses? ¿Quién tiene la culpa de que hubiera “casquitos” y de que hubiera esbirros y de que hubiera un ejército mercenario sino las compañías extranjeras, los grandes monopolios y los grandes intereses?  ¿Quién tenía la culpa de la dictadura sino los grandes intereses? Ahora no me va a negar ningún contrarrevolucionario intrigante que el ejército existía en Cuba para abusar del obrero, para abusar del campesino y para abusar del infeliz. ¿Por cuánto les hubieran dado entrenamiento a los guajiros y a los obreros en aquel tiempo, y a los estudiantes? ¿Por cuánto les hubieran dado fusiles a los guajiros?  ¿Y por qué no les podían dar fusiles a los guajiros?
Luego, había dictadura porque había ejército mercenario al servicio de los grandes intereses.  Los grandes intereses tenían la culpa de la dictadura. Los grandes intereses tenían la culpa de los Chavianos, de los Merob Sosas, de los Mosqueras, de los Venturas, y de todos los criminales.
Entonces nosotros le preguntamos a la reacción: ¿Qué querían los ricos que ayudaron a la Revolución? ¿Ayudaron a la Revolución para que no tocáramos los latifundios? ¿Ayudaron a la Revolución para que no tocara los grandes intereses?
La Revolución libró el país de la tiranía, la Revolución libró al país de los criminales de guerra y de los esbirros, la Revolución libró al país de esos asesinos que mataban a los muchachos de 15, 16 años, en las calles de la ciudad. Pero la Revolución, igual que libró al país de los asesinos, tiene que librar al pueblo de las injusticias también, tiene que librar al pueblo de la explotación, tiene que librar al pueblo de los latifundios, tiene que ayudar al pueblo a que pueda vivir decorosamente, tiene que darles tierras a los guajiros y tiene que sacrificar los intereses que sea necesario con tal de ayudar al pueblo, porque si no, no sería revolución.
Aquí hay unos cuantos ricos —y afortunadamente no todos, porque siempre hay alguna que otra excepción—, hay un buen número de ricachones aquí, sobre todo en Santiago de Cuba, que como dieron unos cuantos pesos para la Revolución y ayudaron en algo durante la Revolución, ahora se creen que ellos son dueños de la Revolución, ahora se creen que ellos son los que hicieron la Revolución. Y andan por ahí de lo más ofendidos, de lo más disgustados, porque la Revolución ha hecho reforma agraria, porque la Revolución rebajó los alquileres, porque la Revolución abre playas para el pueblo y porque la Revolución está haciendo medidas justas en beneficio del pueblo.
Eran revolucionarios nada más que para que la Revolución no fuera revolución, y se daban muchos golpes de pecho de revolucionarios. Y ahora, como hicieron algo durante la Revolución, como efectivamente hicieron algo, pues ahora son los primeros que se pintan de revolucionarios descontentos, haciendo campañas contrarrevolucionarias.
Ustedes saben que yo siempre les he dicho la verdad. Ustedes saben que yo siempre le diré la verdad al pueblo.  Ustedes saben que yo siempre he hablado claro. Ustedes recuerdan incluso cuál fue siempre mi proceder antes del 10 de Marzo. Ustedes saben las veces que vine a Santiago de Cuba, ustedes saben las veces que le hablé a Santiago de Cuba. Ustedes recordarán aquella ocasión en que dije que, si algún día nuestra patria volviera a caer en manos de la tiranía, tomaríamos los fusiles para resolver los problemas de Cuba revolucionariamente. Ustedes saben que siempre cumplí mi palabra. Ustedes saben que siempre he sido leal con el pueblo. Ustedes saben que nunca he andado con hipocresías ni nunca he andado con mentiras, y siempre me he esforzado por explicarle al pueblo y enseñarle al pueblo lo poco que dentro de mis posibilidades esté enseñarle, para quitarle la venda y abrirle al pueblo los ojos a las realidades de su patria.
Y lo que pasa en Santiago de Cuba es que, siendo la ciudad rebelde por excelencia, revolucionaria por excelencia, tenemos la desgracia de que unos cuantos ricachones ayudaron aquí a la Revolución, porque ahora es una desgracia.  Más valía —y lo digo sinceramente—, más valía que no nos hubieran ayudado, porque lo curioso es que estos señores ni ganaron la guerra ni ayudaron a ganarla; ellos hicieron lo poquito que les pareció conveniente hacer.
¿Saben estos señores quiénes ganaron la guerra?  
¡El pueblo! La guerra no la hicieron unos cuantos ricachones. Lo que nosotros pudimos contar de ayuda económica, durante todo el tiempo que duró la Revolución hasta el final, de lo que dieron los ricos, fue muy poca cosa.  La Revolución pudo contar con fondos suficientes... 
Compañeros: no traten de sacar, no van a poder sacar esos letreros por ahí, compañeros. Bueno: de mano en mano únicamente.
Ustedes conocen perfectamente bien la historia de la Revolución. Ustedes conocen perfectamente bien la historia del 26 de Julio. Ustedes recordarán cómo un gran número de compañeros nuestros fueron asesinados después de la derrota, y cómo el resto tuvo que ir al exilio o tuvimos que pasarnos cerca de dos años en la cárcel. Ustedes recuerdan la historia del exilio, cómo se recogió el dinero de la Revolución: centavito a centavito entre los exiliados se recogió el primer dinero de la Revolución y centavito a centavito se recogieron en el pueblo los primeros fondos de la Revolución.
Ustedes saben lo que ocurrió el 30 de noviembre. Ustedes saben el esfuerzo heroico que hicieron aquí los compañeros de Santiago de Cuba al mando de Frank País. Ustedes saben el sacrificio heroico de Tey, de Parellada, de Alomá y de los demás compañeros que murieron por esos días.
Ustedes recordarán que éramos nosotros un grupo solamente. Ustedes recordarán los meses que estuvimos en la Sierra Maestra solos, sin recursos, sin armas apenas, con muy pocas balas.  Ustedes saben el tiempo que duró esa lucha, y nosotros, en definitiva, vinimos a tener grandes recursos cuando ocupábamos un área grande del territorio nacional y establecimos impuestos a los centrales azucareros y a los grandes cultivos agrícolas. Cuando nosotros pudimos establecer impuestos fue cuando logramos recaudar fondos suficientes.
Los ricos ayudaron, pero ayudaron con bastante poca cosa: ayudaron con algún dinero y ayudaron con algunas casas, y ayudaron incluso chismeando un poco, ayudaron chismeando un poco, regando “bolas”, etcétera, que es lo que ahora quieren hacer contra la Revolución los muy equivocados, los muy tontos, los muy infelices. Los muy infelices que no se dan cuenta que no es lo mismo estar luchando contra una tiranía, que no es lo mismo estar luchando contra aquel régimen de robo, de latrocinio, de crimen, de injusticia, que estar luchando contra una Revolución que tiene a todo el pueblo.
Y entonces, ¿qué ocurrió? Ocurrió que muchos de esos ricos decían que nosotros, los que estábamos en la Sierra, éramos unos muchachos muy jóvenes, que no sabíamos de gobierno, que nosotros sí estábamos buenos para pelear en la Sierra, para morir; que aquellos guajiritos infelices que engrosaron las filas del Ejército Rebelde, y todos esos muchachos valerosos que luchaban en las calles de Santiago de Cuba y en las ciudades de la república en la lucha clandestina, eran unos muchachos nuevos, muy inexpertos, muy irresponsables. Que lo que teníamos que hacer era, desde luego, pasar mucho trabajo, pasar mucho frío, pasar mucha hambre; resistir muchos bombardeos, resistir muchos esfuerzos, resistir muchas privaciones y estar 95 meses allá, luchando contra un ejército que tenía cañones, y tenía aviones, y tenía tanques, y tenía armas automáticas, y tenía comida, y tenía dinero, y tenía vías de comunicación y lo tenía todo, mientras nosotros no teníamos apenas ni una capa de agua con que guarecernos de las lluvias, mientras nosotros pasábamos todo género de frío y de hambre. Porque pasamos tres inviernos, pasamos tres inviernos en las montañas, que ustedes saben el frío que hace en las montañas.
Y ellos creían que, como ellos eran los que habían podido ir a las universidades, como ellos eran los de la “high life”, como ellos eran los que sabían jugar “póker” y sabían jugar “bridge”, y usaban perfumes de París y veían revistas extranjeras y sabían de modas y sabían de todas esas ridiculeces; como sabían de la última moda de “Christian Dior” y como sabían del último pasodoble o del último “cha-cha-cha”, o del último “rock and roll” que bailaban en tierras extranjeras; como sabían ser adulones cuando querían ser adulones, como sabían ser intrigantes cuando querían ser intrigantes, como tenían más preparación cultural —aunque no tenían preparación de la vida... Porque sabían de muchas de esas cosas, pero no tenían idea de las miserias del guajiro ni tenían ideas de las miserias del pobre. Desde luego que sabían mucho de todo aquello, pero no sabían nada de la realidad de la vida.  Entonces ellos creían que, cuando la Revolución triunfara, nosotros íbamos a tocar a las puertas de sus casas a pedirles que nos perdonaran por haber tenido la osadía de intentar hacer una revolución, y entonces ir allí a pedir consejitos.  ¡Querían que nosotros les pidiéramos consejitos!
Desde luego, el consejito que querían darnos era el consejito de que no debíamos hacer la reforma agraria así y así que acabara con el latifundio. Los consejitos que querían darnos eran que no tocáramos las tierras de las grandes compañías extranjeras.  Los consejitos que querían darnos eran de que “guataquéaramos” mucho a los norteamericanos y siguiéramos la política de sumisión de siempre. Los consejitos que querían darnos eran que no hiciéramos medidas radicales, porque, claro, todas las leyes revolucionarias iban a afectar al latifundista, al especulador, al garrotero, al extorsionista, a los intereses extranjeros, y a los privilegios de unas cuantas familias que han sido aquí las que han tenido de todo, mientras el pueblo no tenía ni escuelas ni tenía hospitales ni tenía caminos ni tenía casas ni tenía ropa ni tenía zapatos ni tenía una medicina cuando los hijos o la familia se enfermaran.
Entonces ese grupito de familias privilegiadas que ayudaron con unas cuantas limosnas a la Revolución, esperaban que al acabarse la Revolución nosotros los llamaríamos a ellos para que nos dijeran lo que teníamos que hacer.  Pero realmente ellos no tenían que enseñarnos a nosotros cómo hacer una revolución, ellos no tenían que enseñarnos a nosotros qué eran las cosas que le convenían al pueblo y cuáles eran las medidas de justicia que debíamos dictar en favor del pueblo. Ellos no tenían que enseñarnos a nosotros nada sobre leyes revolucionarias, como no nos enseñaron nada de cómo se hacía la guerra. Porque la guerra no vinieron ellos a enseñárnosla, la guerra la tuvimos que aprender solos, y la tuvimos que aprender pasando mucho trabajo. Y si ellos de verdad hubieran estado con la Revolución, no se habrían ido a pasear durante la Revolución ni se habrían dedicado a vivir opíparamente como vivieron. ¡Se habrían ido también a la Sierra Maestra a pasar trabajos con nosotros, a sufrir bombardeos igual que nosotros, a sufrir privaciones igual que nosotros, y a morir igual que estaban muriendo los combatientes, principalmente campesinos, la mayor parte del Ejército Rebelde!  
Y eso es sencillamente lo que ha ocurrido aquí en Santiago de Cuba.
Y entonces, ¿a qué se dedican? ¿A qué se dedican ahora? ¿Cómo empezaron? Empezaron despertando el egoísmo localista, empezaron despertando la vanidad local, es decir que empezaron hablando de Oriente Federal.  Y yo dije: ¿Y eso? ¡Qué raro está eso! ¿Cómo es que cuando nosotros necesitamos la unión de todos los cubanos, cómo es que cuando nosotros necesitamos estrechar filas —porque solamente estrechando filas y siendo una nación unida podemos defendernos de las amenazas de Trujillo, de las amenazas de los criminales de guerra, de las amenazas de los monopolios extranjeros— se aparecía un grupito de gente hablando de Oriente Federal? Y cuando una vez vine a Santiago de Cuba, a una asamblea de campesinos, vi aquello y dije: “¡Uf!, esto huele a queso contrarrevolucionario.  Esto está raro.” Y era el grupito de aristócratas, era el grupito de resentidos, era el grupito que mandaba quinina a la Sierra Maestra, era el grupito que mandó unas cuantas frazadas y unas cuantas boberías a la Sierra Maestra, y después quería que la Revolución le entregara en sus manos los destinos del país.
Sencillamente ellos no podían trazarle pautas a seguir al Gobierno Revolucionario, y empezaban con esas campañas.
¿Quieren que les diga otra campaña? Empezaron a decir que Oriente estaba olvidado, empezaron a decir que aquí no se hacía nada.  Si cualquier obra se retrasaba por causa de un funcionario que no fuera eficiente, si cualquier obra se retrasaba porque en los primeros momentos no había organización suficiente para atender todos los problemas, y si además no se podían resolver todos los problemas en un año —porque la República tiene problemas muy viejos y hay muchas obras que hacer, porque durante 50 años se hizo muy poco—, empezaban a decir que nosotros teníamos abandonado a Oriente, que teníamos olvidado a Oriente. Y empezaban a intrigar, empezaban a hacer campañas tratando de despertar el orgullo de los orientales.
Es decir que desde el Primero de Enero no cesaron un momento en estar tratando de hacerle daño a la Revolución. El Gobierno Revolucionario, si no ha hecho más, habrá sido porque no ha podido. ¡Pero el Gobierno Revolucionario ha hecho todo lo que ha podido!  
Que si quieren nos acusen de que hemos acabado con los latifundios, que si quieren nos acusen de que hemos acabado con los privilegios, que si quieren nos acusen de lo que les de la gana de acusarnos. Pero de lo único que no nos pueden acusar es de habernos olvidado de Oriente ni de habernos olvidado de ninguna provincia; de lo único que no nos pueden acusar es de que no hayamos hecho algo que haya estado en nuestras manos hacer. ¡Porque en once meses de Gobierno Revolucionario se ha hecho más que lo que se hizo en cincuenta años de república! Y si no, que lo digan las calles de los pueblos, que lo digan los caminos que se están haciendo, que lo digan las playas públicas que se están haciendo, que lo digan los acueductos que se están haciendo, y sobre todo que lo digan los guajiros, que lo diga la reforma agraria. Lo que no podamos hacer lo haremos en el año en que el pueblo quiera que lo terminemos de hacer.
Es decir que será el pueblo quien deberá juzgar la obra del Gobierno Revolucionario. ¿Y la Revolución estará en el poder saben cuánto tiempo? ¿Saben cuánto tiempo? ¡Hasta que el pueblo quiera que la Revolución esté en el poder! No hasta que quieran los contrarrevolucionarios, no hasta que quiera Trujillo, no hasta que quieran los criminales de guerra, no hasta que quieran los latifundistas reaccionarios, no hasta que quieran los enemigos del país, no hasta que quieran las compañías extranjeras, no hasta que quieran los grandes privilegios. ¡La Revolución estará en el poder el tiempo que el pueblo quiera sencillamente!  
Y eso es lo que quieren. Quieren sembrar el descontento diciendo que no se ha hecho. ¿Por qué quieren sembrar el descontento diciendo que no se ha hecho?  Pues para ver cómo empiezan a debilitar la Revolución, porque lo que quieren es que la Revolución se debilite.  Pícaros que son, ¡pícaros que son!, que lo que quieren es ir debilitando poco a poco la Revolución, ¿para qué?  Para volver a ponerle el yugo al guajiro, para volver a ponerle el yugo al obrero, para querer ponerle otra vez la bota encima al pueblo.  ¿Y cómo responde el pueblo frente a esa maniobra?  ¿Cómo responde? ¿Debilitando la Revolución, haciéndoles caso a los contrarrevolucionarios?  ¿Negándole su simpatía y su respaldo? ¡No! El pueblo sabe más que ellos, el pueblo es más vivo que ellos.
El pueblo no habrá podido ir a la universidad en su mayor parte, el pueblo no habrá podido ir al instituto en su mayor parte, una gran parte del pueblo no habrá podido aprender incluso a leer y a escribir, pero sabe más que ellos. ¿Y por qué sabe más que ellos? Sabe más que ellos, porque sabe lo que es el hambre, sabe más que ellos porque sabe lo que es la miseria, porque sabe lo que es la humillación, porque sabe lo que es que traten a los hombres como se trata a los animales, como se trata a los perros.
Ustedes saben que en nuestra patria trataban al hombre humilde del pueblo como si fuera un perro. Todavía, todavía trataban mejor a los perritos, porque había familias ricas de estas que eran capaces de gastarse 40 y 50 pesos todos los meses alimentando un perrito de esos de raza, muy lanudo y muy fino, y eran incapaces de pagarle 20 pesos a una empleada; que eran capaces de gastarse el dinero en perro, en veterinarios, en filete para el perro, y eran incapaces de ayudar a una familia humilde a mitigar el hambre.
¿Saben por qué el pueblo sabe más que ellos? Porque sabe lo que es la opresión, porque sabe lo que es el plan de machete, porque sabe lo que es el abuso, porque lo ha tenido que sufrir.  Por eso el pueblo sabe más que ellos. Ellos no saben nada de eso. Ellos no han sabido más que de la buena vida, ellos no han sabido más que vivir cómodos, ellos no saben más que vestirse bien.  ¡Ninguno sabe lo que es pasar frío! ¡Ninguno sabe lo que es tener un solo vestidito, como tienen muchas campesinas y muchas hijas de obreros, muchas hijas de obreros y muchas hijas de campesinos, que cuando quieren lavar su ropa tienen que quitársela para lavarla y tienen que secársela en el cuerpo! ¡Ellos no saben lo que es haber estado descalzo nunca! ¡Ellos saben lo que es tener veinte pares de zapatos, ellos saben lo que es tener un armario o un closet lleno de ropas de seda y de encajes, que todo viene de fuera, porque ni siquiera consumen productos del país!    Ellos saben lo que es tener mucha medicina y mucho ungüento y mucho creyón de labios y mucho perfume y mucha pomada y mucha crema allí, y no saben —como el guajiro— lo que es tener la mujer próxima a dar a luz y no tener ni un medio.
Muchos de ellos se dan golpes de pecho, muchos de estos señores ricachones se dan golpes de pecho haciéndose pasar por los grandes cristianos, y lo que son es unos descarados. Porque más cristiano es el guajirito, que nace casi en un pesebre como nació Jesucristo. Más noble, más bueno y más cristiano es ese campesino, que sabe lo que es la vida de pobre, mientras que esos señores egoístas, que nunca en su vida han andado descalzos, que nunca en su vida han pasado miseria y han pasado trabajo, esos, no pueden tener sentimientos cristianos ni de ninguna índole, porque no tienen sentimientos más que para su egoísmo, y lo que son es unos verdaderos hipócritas.
Y así, así, ellos no saben lo que es estar enfermo y no tener una medicina. Ellos no saben lo que es estar enfermo en el campo y no tener ni un caballo con qué ir a ver a un médico. Ellos no saben lo que es la vida del campesino, que está criando una gallinita durante el año entero, que está criando un cochinito durante el año entero, y se le enferma la mujer, se le enferma el hijo, y tiene que ir a vender por cinco pesos el cochinito para comprar una medicina. Ellos no saben lo que es eso.
Y por eso no saben como sabe el guajiro.  El guajiro y el hombre de pueblo saben más que ellos, porque saben lo que es el dolor, saben lo que es la privación, saben lo que es la miseria.  ¿Es o no es verdad eso?  
¿Y quién sabe más sino el que sabe lo que es la miseria? ¿Quién sabe más sino el que sabe lo que es el dolor? ¿Quién sabe más sino quien sabe lo que es la humillación? ¿Quién sabe más sino quien sabe lo que es la injusticia porque la ha sufrido, sino quien sabe lo que es el abuso porque lo ha sufrido; quien sabe lo que es perder un hijo, perder un hermano, perder la madre, porque no pudo salvarla, porque no tenía nada, porque no tenía ayuda ni nadie lo ayudó? ¿Quién sabe más que quien ha tenido que padecer esos dolores? ¿Quién sabe más que el que ha tenido que sufrir el dolor de que no sabe leer ni escribir? ¿Quién no ha visto lo que sufre el hombre que no sabe leer ni escribir?  Se siente infeliz, se siente adolorido. Y sencillamente él no tiene la culpa, porque él no tiene la culpa de que no haya tenido escuela, él no tiene la culpa de que su “papacito” no haya sido rico, él no tiene la culpa de que ningún gobierno le haya ido a llevar allí un maestro.
Sencillamente yo lo digo por mi experiencia personal. Yo pude ir a una universidad sencillamente porque pertenecía a una familia que contaba con esos recursos abundantes para poderme mandar a la universidad. Yo fui un privilegiado. Es decir que yo tuve esa oportunidad; pero la oportunidad que yo tuve de ir al instituto y de ir a la universidad no la tuvieron los hijos de los carreteros de aquella finca, no la tuvieron los hijos de los obreros de aquella finca. Y en una finca donde había cientos de obreros, ningún hijo de aquellos obreros, de aquellos campesinos, pudo ir a la universidad. ¡Ni un solo hijo, de aquellos cientos de niños que yo conocí cuando era muchacho, pudo ir a los institutos! Ni uno solo de ellos, si acaso, pudo pasar de quinto grado, y posiblemente el 60% de ellos no aprendieron ni a leer ni a escribir.
Yo creo que ese dato es demasiado elocuente para que se comprenda que es verdad: que el poder estudiar, que el poder tener una medicina, que el poder ir a una universidad, eso solo ha sido cosa de privilegiados y nunca del pueblo pobre y humilde.
Y sencillamente me puedo sentir satisfecho, puedo darles las gracias a los guajiros, porque los guajiros me pagaron la universidad y me pagaron el instituto, porque los guajiros me pagaron la educación, porque ellos trabajando allí hicieron posible con su trabajo que sencillamente yo pudiera estudiar. Y el poder estudiar me dio luz suficiente, y me dio luz suficiente para comprender las injusticias sociales.  Y me siento muy orgulloso y me siento muy honrado en no ser un latifundista, en no ser un reaccionario, sino en ser un revolucionario, un defensor del pueblo. Me siento muy orgulloso de serlo y de sentirlo hasta en la fibra más profunda de mi corazón y de mis sentimientos.
Me siento orgulloso de lo poco que he podido hacer por el pueblo y por los campesinos. Me siento orgulloso de haber firmado como Primer Ministro del Gobierno Revolucionario la Ley de Reforma Agraria.  Me siento orgulloso de que dentro de dos años —si es que no la terminamos antes, porque al paso que vamos creo que acabamos antes la reforma agraria—, me siento orgulloso de pensar que, gracias a ese esfuerzo, dentro de dos años 300 000 familias campesinas por lo menos habrán resuelto definitivamente sus problemas; que se habrá acabado el hambre en los campos; que se habrá acabado ese guajirito viviendo en una guardarraya, que una compañía extranjera —que tiene 10 000 o 15 000 caballerías de tierra ­no le dejaba sembrar ni un boniato, ni un grano de maíz allí, y tenía que vivir en la guardarraya. Y me siento orgulloso de que, de alguna manera, le pueda devolver al pueblo y les pueda devolver a los campesinos, y hacer por ellos lo que nadie pudo hacer, lo que otros gobernantes no quisieron o no pudieron hacer.
Es decir que el que ha pasado hambre sabe, y sabe más que esos señores que se creen unos “bichos”. Pero de lo mucho que creían que sabían, se creían que el Gobierno Revolucionario estaba perdiendo fuerza.  Y miren este acto: ¡Miren qué cantidad de pueblo, miren qué cantidad de sombreros de yarey, miren qué cantidad de machetes! Así que esos vivos han resultado ser unos bobos. ¡Esos vivos han resultado ser unos bobos!
Los que saben son los guajiros, los que saben son los obreros, los que saben son la gente humilde del pueblo. Saben más que nadie porque saben, en primer lugar, que son la mayoría del pueblo; en segundo lugar, que son invencibles.  Porque al grado que ha llegado la Revolución, con la fuerza que tiene hoy la Revolución, con la emoción que tiene hoy la Revolución, y con un Gobierno Revolucionario que no se va a detener, con un Gobierno Revolucionario que va a seguir haciendo leyes y tomando medidas en beneficio del país, en esas condiciones la Revolución es invencible.
¡La Revolución es invencible! Y eso es lo que debiera de saber ese grupito que ha estado haciendo campaña contrarrevolucionaria a título de que ayudó a la Revolución.
Que levanten la mano todos los que están oyendo. Todos los que oyen que levanten la mano.  ¿Ustedes oyen?  ¿Ustedes oyen? 
Bien. Quiero decirles lo siguiente y es que la Revolución considero que es invencible, y que pueden estar ustedes tranquilos, que los “casquitos” no volverán, que los criminales de guerra no volverán, que los esbirros no volverán, que los masferreristas no volverán, que los “chivatos” no volverán, que los ladrones no volverán, que los latifundios no volverán, que los monopolios extranjeros no volverán aquí.
Cuando vengan los intrigantes contrarrevolucionarios a decir que Oriente está olvidado, ustedes les dicen: “¡Mentira!” Cuando vengan los intrigantes contrarrevolucionarios y les digan que en Oriente no se están haciendo obras, digan: “¡Mentira, descarados!” Cuando vengan los intrigantes contrarrevolucionarios, primero averigüen quién es, por qué está hablando contra el Gobierno Revolucionario, qué latifundio tenía, qué edificio de apartamentos tenía, qué negocio de garrote tenía, qué pariente ladrón tenía, qué máquina le recuperaron, qué casa tuvo que devolver, qué dinero le congelaron en el banco por ladrón, a qué cargo estaba aspirando en el Gobierno Revolucionario, qué triquiñuela quiso hacer y no se la permitimos. Cuando ustedes vean que llega un intrigante contrarrevolucionario a hablar contra la Revolución, contra la Revolución que no ha hecho más que dictar leyes en favor del pueblo y en favor de los humildes, porque son los que más necesitaban de la ayuda porque eran los más olvidados...
Porque la verdad es que de la Revolución no necesitaba gran cosa un millonario que tenía cuatro Cadillacs y cinco casas. ¿Qué podía necesitar de la Revolución un millonario con cuatro Cadillacs y cinco casas? ¡Nada!  Todavía la Revolución, el pueblo, le hizo el favor de quitarle los criminales de guerra que le podían matar a los hijos, el pueblo le hizo el favor de quitarle los ladrones, que muchas veces le robaban hasta su dinero allí. Todavía a muchos el pueblo les hizo el favor de que hay muchas fábricas que están vendiendo más que nunca y muchas tiendas que están vendiendo más que nunca. ¡Uno no acaba de comprender de qué se están quejando unos cuantos señores aquí!
Pero lo que ocurre es que si han recibido por un lado un beneficio, pero por otro lado recibieron el menor perjuicio, ya son contrarrevolucionarios y quisieran que estuviera Batista aquí otra vez para defender sus privilegios.
Pero lo que uno se pregunta es: ¿quiénes necesitaban de la Revolución? Los que no tenían nada: esos niños que no tenían ni zapatos que ponerse, esas familias que no tenían trabajo, esos obreros que no tenían empleo, esos campesinos que no tenían tierras, esos enfermos que no tenían hospitales, esos analfabetos que no tenían escuelas ni maestros; esos pueblecitos que no tenían calles, que no tenían caminos, que no tenían comunicación, que no tenían vida.  Esos sí necesitaban de nosotros, y a esos es a los que nosotros hemos ayudado.
Luego, cuando venga un intrigante contrarrevolucionario y se acerque a un ciudadano a hablar mal del gobierno, hay que averiguar quién era y qué tenía, y por qué está hablando contra el Gobierno Revolucionario, porque ese, ese no se trae nada bueno; ese no está contra la Revolución por gusto.  Porque por algo está el pueblo con la Revolución; porque ha sido buena con el pueblo.
Por algo el pueblo no estaba con la dictadura, por algo el pueblo no estaba con los gobiernos ladrones, por algo el pueblo no estaba con los gobiernos inmorales. ¿Por qué? Porque habían sido malos con el pueblo. Y si el pueblo viene, si los guajiros caminan millas y millas y leguas y leguas a caballo; si los hombres salieron desde hace días y han pasado hasta hambre —porque eran demasiados aquí en la ciudad—; si han venido en camiones desde las 6:00, las 5:00 y las 4:00 de la mañana desde los más apartados rincones de la provincia; si han estado de pie horas enteras, porque yo no pude venir aquí a causa del mal tiempo —porque fue imposible aterrizar— y me han tenido que esperar cinco horas; y si no se ha ido nadie, si han estado ahí, ¿por qué es?  Porque saben que la Revolución los está ayudando, porque saben que el gobierno los está ayudando, porque saben que no andamos con politiquería.
El guajiro y el obrero y el pueblo saben que antes venían los políticos a los mítines. ¿Y a qué venían?  A hacer promesas. Venían a pedir el voto, venían a alabar al pueblo para que el pueblo les diera algo. Y nosotros no hemos estado en política. No hemos estado viniendo a ver al pueblo para decirle: “dénos el voto”, ni nada de eso. Hemos estado haciendo por el pueblo, luchando por el pueblo. Y cuando reunimos al pueblo, es para decirle que despierte; es para decirle que observe, que analice, que aclare su conciencia revolucionaria cada vez más y que esté claro, que esté claro para poder seguir llevando adelante esta Revolución. Cuando hemos reunido a todo el pueblo es para defender al pueblo, es para defender las leyes revolucionarias, es para rendir homenaje a nuestros mártires; es para mantener encendida la fe y la llama de la Revolución, es para mantener encendido el entusiasmo, es para mantener encendido el espíritu de lucha; es para darles la batalla a los reaccionarios, a los intrigantes, a los contrarrevolucionarios, a los trujillistas, a los defensores de los grandes intereses y de los grandes privilegios en nuestra patria.
Así que el pueblo sabe eso.  Por eso viene, por eso se está horas aquí parado.  Sabe que no se le va a pedir nada. Y cuando se le pide algo, es para la reforma agraria o para comprar aviones.       Y no se le pide, ¡mentira! ¡No se le pide! ¡Ha sido el pueblo siempre el que ha ido espontáneamente a ofrecer!  
Es decir que el pueblo es sobradamente inteligente, y lo mismo que sabía distinguir entre los gobernantes inmorales, sabe distinguir entre los hombres que quieren servirlo. Porque ninguno de nosotros estamos aquí por ningún interés: ni nos interesa el dinero, ni nos interesa nada. Nos interesa, sencillamente, cumplir con nuestro deber, con nuestro deber de ayudar a la nación, con un deber para con nuestros semejantes, con un deber para con nuestra patria, como ya lo han hecho muchos hombres. Como lo hicieron los que murieron, como lo hicieron los apóstoles de nuestra independencia, como lo hizo Maceo, como lo hizo Máximo Gómez, como lo hizo Martí; como lo hicieron aquellos hombres: Céspedes, Agramonte, y todos los que iniciaron la lucha por la independencia de nuestra patria .
Nosotros nos sentimos obligados con nuestros muertos, nosotros nos sentimos obligados con nuestros mártires. Ellos cayeron por hacer estas mismas cosas. Ellos dieron su vida, nosotros tenemos, pues, que realizar esta obra.  Tenemos que seguir adelante; tenemos que cumplir con los que cayeron en la guerra, los que cayeron antes de la guerra, los que cayeron en los campos de batallas, los que están enterrados en las montañas de la Sierra Maestra y los que están enterrados en el cementerio de Santa Ifigenia, y los que nadie sabe dónde están enterrados, porque los desaparecieron en el mar o los desaparecieron en algún lugar solitario. Ellos cayeron por esos ideales y nosotros tenemos un deber de hermanos para con ellos, como tenemos un deber de hermanos para con los que hemos tenido la desgracia, hemos tenido el infortunio tremendo de perder a lo largo de todo este proceso.
Porque tenemos un deber humano con los compañeros caídos, porque tenemos un deber humano con nuestro pueblo, porque tenemos un deber con nuestra conciencia, es por lo que nos esforzamos, es por lo que trabajamos.
Sabemos que tardará quizás en verse la obra, aunque la Revolución ha hecho mucho.  No serán los presentes, serán sobre todo las generaciones venideras las que puedan comparar, las que puedan ver lo que no se había hecho nunca por nuestro pueblo, lo que era nuestra patria.  Nuestra patria era una colonia, nuestra patria era una colonia sometida a toda clase de intereses extranjeros, sometida a toda clase de privilegios nacionales.
Nuestro pueblo era un pobre pueblo, un infeliz pueblo, un pueblo explotado, un pueblo olvidado, un pueblo engañado, un pueblo esquilmado, un pueblo al que se le robaba, un pueblo al que se le golpeaba, un pueblo al que se le maltrataba, al que se le humillaba, al que se le tomaba el pelo, al que se le hacía todo género de horrores. Y de ese pueblo, en los momentos más difíciles de su existencia, cuando tenía enfrente a una dictadura militar, cuando tenía enfrente a un ejército armado estando ese pueblo desarmado, ese pueblo sin líderes, ese pueblo sin nadie que lo pudiera ayudar, un grupo de hombres jóvenes nos dimos a la tarea de hacer esta obra, de iniciar esta Revolución, de persistir en ella, de llevarla adelante. Y en los momentos que parecían más difíciles pudo esta Revolución traer la esperanza que ha traído a nuestro pueblo.
Nuestra Revolución no es lo que haya traído sino lo que va a seguir trayendo y lo que traerá en el futuro de felicidad y de bienestar, y de dignidad y de grandeza, y de gloria y eterno prestigio a nuestra patria y a nuestro pueblo.
La Revolución, sobre todo, vale por lo que significa de esperanza para los que nunca tuvieron esperanza, por lo que significa de atención y de recuerdo para los que siempre fueron olvidados; por lo que significa para el hombre, que lo ha redimido, que permite que hoy cualquier hombre humilde del pueblo no se sienta avergonzado de ser pobre, no se sienta avergonzado de ser humilde; que ningún compatriota porque sea pobre o porque sea negro tenga que sentirse avergonzado, porque eso no es falta ni mucho menos y es sencillamente un honor ser pobre y un honor ser del color que se sea, con tal de ser hombre de sentimientos y ser hombre patriota.
Nadie tendrá que sufrir eso de que va a una playa y le dicen que no puede pasar, y que no puede pasar sencillamente porque no es de tal color. Y no ocurrirá nunca más eso de que un muchacho quiera ir a una escuela y no lo dejen pasar, que quiera ir a un trabajo y no le den el trabajo. Ni volverá a ocurrir aquello de que el hombre se sintiera infeliz, de que el hombre se sintiera desgraciado porque era humilde, porque era pobre, porque aquí no tenían valor más que los que tenían mucho dinero y mucho perfume y sabían hablar inglés y sabían vestirse muy bien con vestidos muy elegantes, mientras la guajirita tenía que estar allá quitándose la ropa para lavarla y volvérsela a poner porque no tenía nada más que un solo vestido.
¿Y cuál es la falta de nosotros? ¿Cuál es el daño que nosotros podemos haber hecho? ¿Cuál es el mal que nosotros hayamos podido traer a nuestra patria sino precisamente todas estas cosas, todo este bien que le hemos hecho al hombre? Porque aun aquel hombre al que no le hayamos podido dar todavía tierra, aun aquel hombre al que no le hayamos podido hacer llegar los beneficios de la Revolución, por lo menos le hemos dado una esperanza, por lo menos lo hemos dignificado; por lo menos el más humilde hombre del pueblo se va para su casa y sabe que vale, sabe que su pueblo lo considera, sabe que su patria lo considera, sabe que el Gobierno Revolucionario lo considera, sabe que vale. Porque ya no es un paria, porque ya no es un olvidado, porque ya no es un despreciado por esta “sociedad”; porque ellos dicen que son “la sociedad”.  ¡Son cuatro gatos y dicen que son la sociedad!
¡La sociedad es el pueblo! La sociedad son los guajiros, la sociedad son los obreros: ¡La sociedad son los hombres humildes del pueblo!; el pueblo que no tiene ínfulas de aristócrata; el pueblo que no mira con orgullo a sus semejantes; el hombre humilde del pueblo que no le echa en cara a nadie que sea pobre, que sea humilde o que tenga cualquier condición social; el pueblo que es generoso; el pueblo que se da un abrazo con sus semejantes; el pueblo que habla con sus compañeros del pueblo, que es amigo de sus compañeros del pueblo. ¡Esa, esa es la amistad que me interesa a mí!, porque ese pueblo es noble.
La amistad de los que desprecian a su compatriota porque sea pobre o porque tenga tal o más cual color, esa amistad no me interesa.  La amistad de los egoístas, que lo quieren tener todo para sí mientras los otros carecen de lo más elemental para vivir, esa amistad no me interesa.  La amistad del que quiere tener cuatro Cadillacs y cinco casas, y playas exclusivas y clubes exclusivos y universidades para ellos nada más, mientras el guajiro no tiene ni una escuelita, esa amistad de ese egoísta no me interesa.
Si quieren ser contrarrevolucionarios, pues que sean contrarrevolucionarios. Si quieren pelear contra el pueblo, allá ellos. ¡Allá ellos!  
La verdad es que si no se fueron a la Sierra Maestra a luchar contra los criminales de guerra, si no se fueron a la Sierra Maestra a luchar contra los esbirros, si no se fueron a la Sierra Maestra a luchar contra aquellos ladrones y aquellos criminales que asesinaron 47 campesinos en una sola hora, entonces, ¿qué razón ni qué moral tienen para estar ahora luchando contra la Revolución que precisamente fue la Revolución la que castigó con el fusilamiento a esos criminales de guerra, que puso fin al robo, a la opresión y a todas aquellas formas denigrantes y humillantes de gobierno que estaba padeciendo nuestra patria?
¿Qué moral tienen para venir a combatir a la Revolución, si ellos no combatieron a los ladrones, si ellos no combatieron nunca a los malversadores, si ellos no combatieron nunca al vicio, si ellos no combatieron nunca el latifundio, si ellos no combatieron nunca los intereses extranjeros?  ¿Qué moral tienen ahora para estar intrigando y para estar combatiendo? ¿El hecho de haber dado cuatro quilos a la Revolución, con los cuales por supuesto no se ganó la guerra?  ¡Porque la guerra la ganaron los guajiros, la guerra la ganó la juventud peleando y muriendo, la guerra la ganaron los hombres del pueblo que cayeron! Sáquese una estadística y vamos a ver cuántos millonarios murieron en la lucha por la Revolución, y verán, en cambio, cuánto hombre humilde y pobre murió.
Que no digan después que estoy excitando las luchas sociales, porque no hemos sido nosotros: son ellos los que han estado en esta provocación, son ellos los que han estado en esta intriga contrarrevolucionaria. Y cuando le apareció un traidor a la Revolución, un traidor más; cuando el señor traidor Hubert Matos se puso allá a conspirar en Camagüey y cuando la Revolución usó la mano dura, usó la mano dura contra quien quiso conspirar, contra quien quiso llevar incluso a un grupo de oficiales a una postura contrarrevolucionaria, contra quien quiso aliarse a los latifundistas; cuando la Revolución usa la mano dura y encarcela, sale el grupito de pajuatos y de contrarrevolucionarios aquí a intrigar contra la Revolución, sencillamente porque la Revolución está dispuesta aquí a destruir todas las conjuras contrarrevolucionarias que se formen.
Claro está que al grupito de contrarrevolucionarios y reaccionarios les interesa ese tipo de traidores. ¿Por qué? ¡Ah! Porque no quisieran ver a un soldado rebelde junto al campesino, porque no quisieran ver a un soldado rebelde junto al obrero. Quieren a un soldado rebelde como el de antes.  Es decir, quieren que el hombre que traiga un fusil sea como el esbirro: al lado de los latifundistas; quieren que el soldado sea un adulón de los latifundistas y un vendido a los latifundistas y un mercenario de los latifundistas. Quieren un ejército como antes. No quieren que armemos al pueblo, ¡no quieren que armemos al pueblo!
Así que, como ven que no pueden salirse con la suya, siempre están intrigando, siempre están conspirando.
Aquí, por ejemplo, yo recuerdo bien en Santiago de Cuba los primeros días de la Revolución.  Había muchos reclutas nuevos que no habían estado en la guerra porque estaban entrenándose en esa época. Cuando se acaba la guerra vinieron muchos para Santiago de Cuba, donde pusimos una escuela.  No había organización en esos días, no había recursos. Nosotros teníamos que atender muchas necesidades inmediatas.  Resulta que muchos de esos muchachos reclutas no tenían ropa o no estaban bien atendidos, es decir, no tenían recursos, porque eran cosas naturales de aquellos días, y entonces ese mismo grupito histérico, de reaccionarios ricachones contrarrevolucionarios se dedicó a hacer una campaña de que teníamos abandonados a los soldados, que “los pobrecitos soldaditos”, que “lo mucho que se habían sacrificado y que estaban olvidados”. Eran los reclutas muchos de los cuales realmente no habían tirado ni un tiro. Vamos a decir la verdad.  Eran muchachos valientes, que hubieran peleado igual que pelearon los demás, pero eran nuevos. Y entonces estaban: “¡los pobrecitos!  Míralos, con el trabajo que pasaron”.
Así que en todas las oportunidades que han tenido, un grupito aquí de reaccionarios, de ricachones que dieron cuatro quilos para la Revolución y ahora se los quieren cobrar al precio incluso de la traición, han estado desde el primer momento intrigando. Y cuando no se puede arreglar un bachecito —atiendan esto bien, que es muy importante, porque el pueblo tiene que saber todas las formas de contrarrevolución—, cuando no se puede arreglar un bachecito por hache o por be —porque nadie lo vio o porque surgió, o porque los hombres están dedicados a otro trabajo—, agarran un bachecito para armar un escándalo y para decir que tal bachecito, en tal esquinita, frente a tal casita, no lo han arreglado; que qué barbaridad, que qué olvido, que qué falta de consideración con el pueblo.  Y el menor bachecito —atiendan bien— lo utilizan para hacer campaña contrarrevolucionaria. Hay que estar claros, ¡hay que estar claros! El menor bachecito lo aprovechan para sembrar la duda, la duda y la inconformidad. Eso es lo que quieren.
¿Para qué quieren sembrar la duda y la inconformidad?  Para debilitar la Revolución. ¿Y para qué quieren debilitar la Revolución? La quieren debilitar para, en contubernio con Trujillo, con los criminales de guerra y con los monopolios extranjeros, tocar a degüello aquí contra los obreros, contra los campesinos y contra el pueblo de Cuba.  Eso es lo que quieren: ¡Tocar a degüello contra los guajiros, contra los obreros y contra el pueblo!  Por eso es necesario que en cada central azucarero, en cada pueblo de Cuba, en cada rincón de nuestra patria, el obrero, el guajiro, el hombre del pueblo esté muy consciente, muy consciente de las maniobras y de los trucos, porque quieren debilitar la fe en la Revolución, quieren debilitar la confianza en la Revolución, para tocar a degüello contra el pueblo. Así que en estas cosas hay que estar muy claros.
Y era necesario que al conmemorarse el tercer aniversario del 30 de Noviembre estas cosas se dijeran así, y se dijeran en una concentración como esta y en un acto como este.
No se vayan a creer que van a descansar. Van a seguir intrigando y van a seguir haciendo campañas contrarrevolucionarias. Pero el pueblo está advertido. No crea el pueblo que sus únicos enemigos son los trujillistas, los criminales de guerra y los monopolios; sus enemigos también son esta gente que están haciendo campañas contrarrevolucionarias. Y son los peores, porque están aquí, ¡están aquí!  
Y eso es lo más importante. Que se sepa esto: que el Gobierno Revolucionario no descansa un minuto, y su única tarea y su única misión es ayudar al pueblo y defender al pueblo. Que el Gobierno Revolucionario no pretende que haya resuelto todos los problemas, pero sí aspira a resolver los problemas fundamentales y a resolver en lo futuro lo que hasta el momento no haya podido la capacidad económica, técnica y de organización de la nación resolver. Que el pueblo tiene que estar alerta frente a los contrarrevolucionarios.
Cuando por fin nuestra patria es feliz, cuando por fin nuestro pueblo tiene lo que tiene hoy, parece como si no pudieran resistir que el pueblo fuera feliz; parece como si no pudieran soportar que el pueblo fuera libre. Y cuando más libre, y cuando más feliz, y cuando más esperanzado está nuestro pueblo; cuando precisamente debieran ayudar, entre otras razones porque no hacen nada combatiendo esto, porque combatiendo esto se van a estrellar... Y se van a estrellar de mala manera, ¡porque combatiendo a la Revolución se van a tener que estrellar contra los machetes de los guajiros!  
El Gobierno Revolucionario, que les ha dado tierras a los guajiros, va a seguir haciendo reforma agraria y les va a seguir dando tierras a los guajiros.  Así que no se hagan ilusiones, porque les vamos a seguir dando tierras a los guajiros. Y cada día tendremos más guajiros, y cada día tendremos más entusiastas a los guajiros, y cada día tendremos más machetes aquí en las concentraciones revolucionarias.
El Gobierno Revolucionario sabe que puede contar con los guajiros, con sus machetes, y que cuando llegue la hora de llamar a los guajiros, llamará a los guajiros, como sabe que puede contar con los trabajadores, y cuando llegue la hora de llamar a los trabajadores, llamará a los trabajadores. El Gobierno Revolucionario sabe que cuenta con todas las clases humildes del país y con una parte considerable de la clase media. El Gobierno Revolucionario sabe que tiene en contra solamente a un grupo de egoístas, a un grupo de privilegiados, que no han sido capaces de comprender que su patria está viviendo una revolución, que no han sido capaces de saber lo que es una revolución, y que no han sido capaces de vivir junto con el pueblo las horas más gloriosas y más prometedoras de nuestra patria.
Son ellos los que se han privado de la dicha que hoy disfruta el pueblo, son ellos los que se han privado de la felicidad de que hoy disfruta un hombre pobre. Los pobres no tienen nada y, sin embargo, son felices.  ¿Por qué?  Porque tienen esperanzas. ¿Por qué?  Porque están contentos de saber que su destino va a cambiar. Esa felicidad, que ha sido posible en los que no tenían nada, pudo ser posible en todos los demás.
Nosotros no hemos perseguido a nadie, nosotros no hemos arrinconado a nadie, nosotros no hemos acorralado a nadie. Pero resulta difícil comprender cómo es que todavía, frente a la fuerza de la Revolución, frente a la actitud generosa del Gobierno Revolucionario, unos cuantos hayan tenido aquí la osadía de empezar a conspirar contra el pueblo y contra la Revolución.
Así que lo que importa que ustedes sepan y que nosotros sepamos es esto:  que la Revolución sigue adelante, que la Revolución es invencible, que la Revolución tiene más fuerza al cabo de 11 meses que la que tenía el Primero de Enero. Porque si bien es cierto que hoy hay algunos que simpatizaban y que ya no simpatizan, es decir, unos cuantos señores muy privilegiados, sin embargo, hoy, todos los que están aquí en esta concentración ya se sabe que podremos contar con ellos siempre, porque están con ella.
Están con ella después de 11 meses de Gobierno Revolucionario. Están con el gobierno después de todas las leyes. Se han ido, están contra el gobierno, los que están contra las leyes revolucionarias; pero los que están aquí, se puede contar con ellos porque no vacilaron ni vacilarán nunca, porque son los que están aquí después de 11 meses de Gobierno Revolucionario.
Y así los dos actos, el acto de Camagüey y el acto de Santiago de Cuba, han sido los dos actos más potentes que ha dado la Revolución en el interior de la república, como prueba inequívoca de que la Revolución crece en fuerza, crece en la conciencia del pueblo y se afianza.  Y quieren decir estos dos actos algo muy importante: que la Revolución cuenta y seguirá contando siempre con estas dos provincias, la de Oriente y la de Camagüey, que fueron provincias revolucionarias.
Con los orientales, con los camagüeyanos, con los villareños, con los matanceros, con los habaneros y con los pinareños, seguirá la Revolución adelante.  Porque la gran verdad es que desde la Punta de Maisí hasta el Cabo de San Antonio el pueblo está con la Revolución, el campesino está con la Revolución, el obrero está con la Revolución, el estudiante está con la Revolución, el maestro, el profesional, el hombre de clase media —que es numeroso—, el hombre de clase media que aspira a que sus compatriotas puedan recibir los mismos beneficios de la cultura y de la civilización que él recibe. El pueblo, es decir, la inmensa mayoría, está con la Revolución.  ¡Esa es la gran verdad!
Y yo voy a ver cómo se la quitan, yo voy a ver cómo le quitan al pueblo la Revolución.  Voy a ver qué inventan, voy a ver qué se les ocurre.  Y vamos a ver si los politiqueros después que se pasaron 50 años ofreciendo y no hicieron nada, van a venir aquí ahora con promesas, van a venir con promesas ahora. Yo voy a ver qué van a prometer ahora, cuando todo se está haciendo.  Yo voy a ver si ahora van a prometer reforma agraria, etcétera, etcétera.  Si van a prometer que van a hacer escuelas, si van a prometer que van a hacer caminos.  Vamos a ver si van a prometer que van a defender los intereses del país frente a los intereses extranjeros, la dignidad del país. Vamos a ver qué prometen. Vamos a ver si prometen que van a acabar con el robo, cuando ya hemos acabado con el robo, con el vicio y con todas las inmoralidades públicas.  Voy a ver con qué cuento van a venir los politiqueros y qué le van a decir al pueblo. Y si el pueblo no creía en los politiqueros en la época de la política, ¡cómo va a creer en los politiqueros en la época de la Revolución!  
¿Quién se atreve a pararse ahora por ahí por una guardarraya con un pasquín electoral allí, y a poner un pasquincito que diga: “Vote por fulanito o por menganito”?  
Vamos a ver qué les van a decir a los campesinos en las cooperativas. Vamos a ver si se van a aparecer a una cooperativa con un pasquincito electoral. Vamos a ver si se van a aparecer en la Sierra Maestra, donde los campesinos ya tienen la posesión de sus tierras y muy pronto tendrán los títulos, donde están asegurados para siempre contra el desalojo de los grandes latifundios.  Yo voy a ver si se van a aparecer por allí con un pasquincito electoral. Yo voy a ver si se van a aparecer a un central azucarero con un pasquincito electoral.  Voy a ver si se van a aparecer aquí en ninguna parte de Cuba con un pasquincito electoral los politiqueros. Y voy a ver qué le van a ofrecer al pueblo los contrarrevolucionarios, como no sea arrancarles la cabeza a los campesinos, arrancarles la cabeza a los obreros y a los hombres del pueblo.
Yo voy a ver qué van a ofrecer estos facinerosos, como no sea crimen; qué van a ofrecer, como no sea robo; qué van a ofrecer, como no sea privilegios: los privilegios de ellos frente al hambre y la miseria del pueblo.
Consciente pues del papel que nos ha correspondido desempeñar en nuestra patria, consciente pues del deber en que estamos de llevar adelante una revolución justiciera, una revolución que redima al hombre de la miseria, de la incultura, de la humillación, del abuso y de la injusticia; consciente de la gran época histórica que está viviendo nuestra patria, aquí, frente a mis orientales, a mi pueblo de Oriente, a la provincia donde luché , a la provincia donde vinimos una madrugada y con un grupo de hombres intentamos derrocar al tirano, a la provincia donde desembarqué el 2 de diciembre de 1956 cumpliendo la promesa de ser libres o ser mártires ; en las montañas donde libramos una guerra de 25 meses; en los llanos que nuestras fuerzas conquistaron luchando a brazo partido contra un enemigo superior; en el Oriente donde se empezó la guerra; en el Oriente donde se libraron las últimas batallas de la guerra; en el Oriente donde surgió la chispa; en el Oriente donde sigue encendida la chispa —que ya no es chispa sino llamarada inapagable —; en el Oriente de los Maceo, de los Rabí, de los Calixto García y de toda aquella legión inolvidable de héroes; en el Oriente donde empezó la guerra emancipadora; en el Oriente donde empezó la guerra libertadora, la última guerra libertadora, la que nos dio al fin la libertad; en este Oriente donde dije un día —cuando tal vez nadie sospechaba lo que iba a ocurrir en nuestra patria— que, si alguna vez aquel ejército se apoderaba del poder por la fuerza para oprimir al pueblo, cambiaríamos nuestras escobas por nuestros fusiles para librar a la patria definitivamente; en el Oriente donde hice y cumplí siempre mis promesas; en el Oriente en quien confío ciegamente; en el Oriente donde he vivido desde mi infancia los momentos más emocionantes de mi vida; en el Oriente donde siempre he tenido la inspiración de los ideales más sinceros y más profundos; en el Oriente donde surgieron y se hicieron realidad nuestros sueños; en nuestro Oriente, en el Oriente que nunca olvidaremos, en el Oriente por el cual seguiremos luchando siempre con redoblado cariño; en el Oriente que crecerá parejo con la Cuba de todos; en el Oriente que verá la justicia junto con todas las demás provincias de mi patria, aquí, en este lugar querido, ratifico mi fe en el destino de la patria, ratifico la promesa de que la Revolución seguirá adelante, ¡ratifico la promesa de vencer o morir!    ¡Ratifico la fe en mi patria, ratifico la fe en mi pueblo y, sobre todo, en los hombres humildes de mi pueblo!  
Reafirmo mi convicción de que Cuba marchará adelante, de que Cuba tiene un gran destino y tiene un gran pueblo que se merece las glorias que se está ganando con su heroísmo en la guerra, con su virtud en la paz, y con el valor que volverá a demostrar mil veces si mil veces necesario fuera empuñar las armas de nuevo.
Reafirmo mi convicción de que la patria es invencible, de que la patria está en condiciones de afrontar todos los obstáculos y reafirmo la convicción y la fe que tuve, no hoy, cuando veo un mar de cabezas en torno a esta tribuna:  la fe que tuve cuando éramos solo un puñado de hombres, la fe que tuve en las celdas solitarias de las cárceles, la fe que tuve en los momentos difíciles, sobre este mar de cabezas orientales, sobre este mar de sombreros guajiros, sobre este mar de cabezas negras y blancas, sobre este mar de machetes, sobre este mar de pueblo .
Y reafirmo mi sentimiento y mi entusiasmo.  Y por ese mismo sentimiento de reconocimiento, por esa misma alegría interna, por esa inmensa satisfacción de los que —como nosotros— no aspiramos a otra cosa que a la satisfacción de cumplir con el deber; con esa infinita satisfacción de ver cómo ha respondido Santiago de Cuba y cómo ha respondido Oriente; y al ver esta prueba de respaldo, al ver este premio de reconocimiento y de solidaridad, al ver este recuerdo devoto por los gloriosos caídos, al ver este reconocimiento de nuestro pueblo hacia sus mártires, al ver este entusiasmo y al ver este respaldo, solo me resta expresar una palabra, una palabra para los orientales, que es la misma palabra que yo he escuchado muchas veces de boca del pueblo:  ¡Gracias, santiagueros!  ¡Gracias, orientales!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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