julio 15, 2012

Discurso de Fidel Castro en la claudura del acto del VI Aniversario del asalto al Palacio Presidencial (1963)

DISCURSO EN LA CLAUSURA DEL ACTO PARA CONMEMORAR EL VI ANIVERSARIO DEL ASALTO AL PALACIO PRESIDENCIAL, CELEBRADO EN LA ESCALINATA DE LA UNIVERSIDAD DE LA HABANA
Fidel Castro
[13 de Marzo de 1963]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Compañeros estudiantes:
Esta fecha que marca el momento de más alto heroísmo en la historia de nuestra universidad, y que es por eso un día que habrá de culminar siempre en un acto como el de hoy, con los estudiantes fundamentalmente, será una fecha de mayor importancia cada año.
No ocurrirá como en el pasado, en que las fechas gloriosas iban perdiendo emoción, iban perdiendo fuerza, en el vacío donde todo el esfuerzo de los que lucharon y de los que cayeron parecía perderse.
Esta fecha tendrá cada vez más y más fuerza, esencialmente porque aquel esfuerzo y aquel sacrificio no cayeron en el vacío, sino porque los frutos se verán florecer cada vez más y más. Y el futuro se encargará de demostrarnos esta verdad, porque el futuro será, cada vez más visiblemente, el futuro de nuestra juventud, el futuro de nuestros estudiantes. Y porque la patria será cada vez más y más una inmensa escuela, una inmensa universidad.
Y este espacio, este espacio que hoy se colma de jóvenes, no será ya bastante para dar cabida a nuestros estudiantes. Y por eso, será necesario hacer como se hizo. ¿Quiénes van al acto de la escalinata? ¿Cuáles becados van al acto de la escalinata, de nuestros becados no universitarios? Pues los mejores estudiantes, los de mejor comportamiento, los de mejor expediente. Si alguno que no pertenece a esa categoría se coló por ahí, es bajo su responsabilidad exclusivamente.
Pero así fue como se resolvió el problema, porque ya es un problema el decidir quiénes pueden venir, porque todos no caben en esta escalinata. Y, entonces, se seleccionaron, por eso, a aquellos que tenían más méritos.
Y así, año por año, en que serán más y más los estudiantes, se reunirán en esta escalinata los más estudiosos y los de más méritos. Y un puesto aquí, aunque sea un puesto de pie, para conmemorar este día, para poder venir aquí, para tener el honor de estar aquí, habrá que ganarlo durante el año.
Nosotros, medio en broma, al comenzar este acto les decíamos a algunos compañeros: en nuestros tiempos no había tanto público en la escalinata; en nuestros tiempos de estudiantes, la escalinata muy pocas veces se llenaba.
Estas son las diferencias, las profundas y las visibles diferencias entre el pasado y el presente. Pero, sobre todo, hay que pensar y hay que mirar hacia el mañana. Nosotros, los revolucionarios, siempre pensamos en el mañana.
En ocasión reciente de hacer un recorrido por las áreas escolares de nuestra capital, comenzando por la escuela de enseñanza primaria de becados también, de Santa María del Mar, continuando por la ciudad escolar situada en el antiguo centro de Tarará — que parece que tienen su representación aquí en este acto, por lo que oigo—, y continuando después por distintos sitios, horas prácticamente recorriendo calles, observando los cambios en el comportamiento, en la disciplina, en la actitud, y hasta en la presencia física de nuestros estudiantes, le decía a un compañero que eso era como un recorrido por el futuro.
Un día como hoy, en un acto como este, hay que pensar sobre todo en el futuro, mirar hacia el futuro. Nosotros a veces nos preguntamos cuál será la visión panorámica de nuestros jóvenes; cuáles serán sus sentimientos un día como hoy; qué pensarán.
Recordando aquel respeto con que nosotros pensábamos siempre en nuestros mártires, en los hombres que dieron su vida por una causa, por la causa de nuestro país, de nuestro pueblo; recordando la historia, la historia desde las luchas por la independencia y las luchas en la república; y recordando aquel respeto que nos inspiraban a nosotros nuestros antecesores, nos hemos preguntado cuál será el sentimiento de nuestros jóvenes.
¿Es que acaso tendrán los jóvenes el sentimiento de que aquella lucha concluyó? ¿Es que acaso tendrán el sentimiento de que las páginas más brillantes fueron ya escritas? ¿De que lo más heroico y lo más meritorio ha sido ya realizado, y que no habrá para nuestros jóvenes el escenario, el combate donde probar su espíritu, donde probar sus cualidades de revolucionarios y de patriotas? A veces nos preguntamos esto. Y, sin embargo, quien creyera que ya está escrita la historia, quien creyera que no quedan por delante muchas páginas brillantes por escribir, estaría equivocado. Porque quedan por delante de todos, y sobre todo quedan por delante de ustedes, muchas páginas que escribir todavía, mucho que luchar todavía, mucho que hacer todavía y mucho que crear todavía.
Se han librado unas cuantas batallas. Pero las batallas que se libraron contra Batista y su camarilla, las batallas que se libraron contra sus esbirros y criminales, no eran todavía sino el comienzo de la Revolución. Y no eran las batallas más difíciles; las batallas que se libran contra el imperialismo son más difíciles todavía.
Pero hay aun otra batalla todavía más difícil que esas batallas contra el imperialismo — y algunos se preguntarán qué batallas pueden ser esas—, y esa batalla es la batalla contra el pasado, contra el pasado y sus ideas reaccionarias, contra el pasado y sus hábitos nefastos, contra el pasado y sus vicios, contra el pasado y su sistema de privilegio, de explotación del hombre por el hombre, contra el pasado y las ideas, las ideas —repito—, las ideas que nos dejó; la manera de mirar las cosas, de mirar la vida, los conceptos egoístas; aquel nacer y crecer diferenciando siempre entre lo mío y lo tuyo, y el concepto de lo mío, lo mío, por encima de todos los demás; las ideas que se fueron asentando durante siglos prácticamente.
En las revoluciones las ideas tienen mucha importancia, porque luchan las clases y luchan las ideas de las clases. Y los reaccionarios tratan de atraer a sus ideas el mayor número de personas posible; aprovechan, se valen de la influencia de las viejas ideas en las personas. Y desde luego que son precisamente nuestros estudiantes universitarios y los de nuestras escuelas superiores de enseñanza, los que han de constituir la vanguardia en la técnica y también en la cultura y en las ideas.
Porque claro está que no se forjan aquí ya parásitos para la sociedad, sino trabajadores para la sociedad, servidores de la sociedad; no explotadores, sino trabajadores. Y han de ser en cada centro de trabajo los de mente más amplia, cultura más vasta y comprensión más amplia y profunda. Porque de la ignorancia se vale el enemigo, la ignorancia forma parte del pasado.
Cuando hablo de pasado y sus vicios pienso, sobre todo, entre tantos vicios, en la ignorancia. Y esos son grandes aliados de los reaccionarios y de los imperialistas.
El año pasado, en esta fecha, se presentaron las circunstancias que me obligaron a hacer una crítica por la supresión de una invocación a Dios en el Testamento de Echeverría. Con toda honradez, con toda sinceridad, que debe ser la honradez y la sinceridad de los revolucionarios, hice aquella crítica, juzgando erróneo y no revolucionario aquel acto. Los compañeros comprendieron la crítica y reconocieron el error.
Hoy voy a hablar de otros que, invocando a Dios, quieren hacer contrarrevolución.
Y esto está relacionado con lo que hablábamos de la batalla más difícil de todas, que era la batalla contra el pasado, y cómo ese pasado trata de gravitar por todos los medios posibles, y cómo los reaccionarios se valen de todos los medios posibles, y cómo los imperialistas, esos monstruos sin entrañas, porque no les interesa más que la cantidad de oro que puedan acumular día a día, mes a mes y año por año; porque a ningún imperialista, a ningún capitalista, a ningún explotador le interesa otra cosa — y esto lo comprende quien llegue a tener un mínimo de raciocinio— no le interesa ni le interesará jamás otra cosa que su provecho, su propio beneficio.
Claro está que tratan de hacer creer al mundo que al luchar por sus beneficios personales luchan por el progreso de la humanidad. Nosotros sabemos bien cuan triviales eran muchos de esos creyentes, que llegaban a la iglesia por la mañana, todavía con los vapores del ron que habían ingerido en sus aristocráticos y privilegiados clubes. Sabemos cuán “piadosa “ era esa gente, tan “piadosa “, que en unas Navidades sangrientas, como aquellas de Cowley, que en una noche asesinó a más de 20 luchadores proletarios. Eso era muy poca cosa para ellos, que no habría de interrumpir las fiestas de fin de año, ni se sintieron jamás sensibilizados por los cientos y miles de muertos de aquella lucha, y que aun en los días postreros de Batista, el propio 31 de diciembre, día de la fuga, los sorprendió en medio de sus fiestas y francachelas.
Claro está que por la mañana dicen que se sentían muy contentos porque se había ido el señor Batista. Pero es que, indiscutiblemente, creían que iban a tener manos más sueltas para explotar aun más a nuestro pueblo. Conocemos, pues, la piedad de aquellos señores. No tenemos ninguna duda.
Y recordamos cómo algunos señores que nunca habían ido a la iglesia, apenas vino la ley de Reforma Agraria, comenzaron a ir a la iglesia prácticamente todos los días. Pero, bien: el pueblo los conocía.
El imperialismo trató de enfrentar la iglesia católica a la Revolución y el imperialismo fue desenmascarado. Algunos sectores reaccionarios de la iglesia trataron de utilizar las iglesias contra la Revolución, pero fueron también desenmascarados. Las aguas fueron tomando sus niveles y los imperialistas empezaron a perder la esperanza de poder utilizar la iglesia católica como instrumento de su contrarrevolución.
La Revolución se mantuvo firme en sus principios de respeto a las creencias religiosas de cualquier ciudadano, su respeto al culto. No ocupó iglesias, no cerró iglesias, no obstaculizó las actividades de ningún sacerdote dispuesto a desempeñar sus funciones propiamente religiosas, e incluso puede decirse que comenzaron a desaparecer los conflictos entre la Revolución y la iglesia católica.
De manera que, si en los primeros meses de la Revolución se oía hablar de muchos casos de actividades contrarrevolucionarias relacionadas con la iglesia católica, después ya no se oían más y, prácticamente, apenas se oyen. Y los hechos han servido para demostrar cómo es posible que una revolución respete las creencias, cómo una revolución proletaria mantenga ese principio en el poder, y cómo la Revolución respeta los sentimientos religiosos de cualquier ciudadano; que no es lo mismo que respetar las actividades contrarrevolucionarias de cualquier reaccionario, encubiertas bajo el manto de la religiosidad.
¿Qué hicieron los imperialistas? ¿Se conformaron? No, cambiaron de táctica, y hasta cambiaron de iglesia.
Y eso lo veremos muchas veces. Veremos al enemigo de clase cambiar de táctica muchas veces, porque esta lucha será larga y tiene que ser, necesariamente, larga. Porque esta lucha de clases, esta lucha de ideas no se liquida en 24 horas. La batalla más difícil, la batalla más larga no era la batalla contra Batista; la batalla contra los imperialistas, la batalla contra los reaccionarios, la batalla contra los explotadores, la batalla contra el pasado, como decía hace unos minutos. Y veremos muchas veces al enemigo cambiar de táctica. Y eso hizo el imperialismo: cómo cambió de táctica cuando se vio aplastado en las ciudades por los Comités de Defensa de la Revolución. De tal manera se le estrechó el cerco, que se mudaron de las ciudades para el campo, donde la dispersión de la población hace más difícil la vigilancia que en la ciudad.
Y, de un tiempo acá, las actividades de dos o tres sectas religiosas, fundadas, precisamente, en Estados Unidos, y que han sido utilizadas como vanguardia de penetración en América Latina, sectas fundadas y subsidiadas por los imperialistas Porque a los tiburones del imperialismo, señores, no les importa Dios, ni religión, ni nadie, porque no tienen más Dios que su oro y sus ganancias.
Pero, además, como los tiburones del imperialismo tienen una posición moral e ideológica muy débil frente a la realidad de la explotación, como a los tiburones del imperialismo se les hace muy difícil justificarle a nadie la existencia de millones de analfabetos y de explotados y de gentes hambrientas, y las muertes prematuras, y el promedio de vida que apenas rebasa los 30 años en muchos países de este continente, y como eso es muy difícil de defender con lógica y con argumentos, y como tienen muy poco que ofrecerle al hambriento y al explotado, muy poco que ofrecerle en esta vida, vida que para las masas es más breve que para los explotadores, entonces, se valen de un magnífico expediente: el de ofrecerles maravillas en la otra vida. Tal vez las maravillas que los pobres de este mundo ven en las casas de los ricos.
Imagino cómo verá un pobre el cielo, y tal vez se imagine el cielo con un gran automóvil, vajillas de plata, un palacio y una pierna de cerdo o de res asada en la mesa de su casa. Es decir, se imaginarán que saben, se imaginarán cultos, se imaginarán saludables, se imaginarán esas maravillas que los ricos explotadores disfrutan en este mundo y no quieren dejar para el otro .
Pues, bien: donde pensaban penetrar las compañías petroleras, mandaban por delante misioneros de algunas de esas sectas. Y quienes han estado en algunos de esos sitios se horrorizan de los resultados de la superstición y el engaño en las mentes ignorantes. Y cómo había, por ejemplo, una familia de leprosos, convertidos ya a esa secta, y que, cuando les decían de mandar sus hijos al hospital, decían: “No, porque ese hospital es católico, y es preferible que se mueran, porque a esta vida se viene a sufrir y a morir para ganar la otra vida.”
Ya no era, naturalmente, como hoy, choque de ideas religiosas contra ideas políticas. Cuando no se enfrentaban las ideas políticas, eran choques, incluso, de fanatismos religiosos. Y la humanidad vivió mucho el choque de esos fanatismos. Millones y millones de seres humanos cayeron en esas luchas de fanáticos, pero, detrás de las cuales se encubrían determinados intereses, bien nacionales, bien de clases.
Y, de un tiempo a acá, comenzamos a observar una actividad inusitada en nuestro país — actividad que no habían tenido nunca— de esas sectas que son dirigidas directamente desde Estados Unidos, porque a esas no las dirigen desde Roma. A esas las dirigen directamente de Estados Unidos y las utilizan como agentes de la Agencia Central de Inteligencia, del Departamento de Estado y de la política yanqui.
Naturalmente que trabajan con métodos muy sutiles, naturalmente que van a explotar la ignorancia, van a explotar la superstición, van a engañar al más ignorante, al campesino más humilde. Y así, mientras la Revolución organizaba su campaña de alfabetización y movilizaba decenas de miles de jóvenes para erradicar el analfabetismo, los imperialistas movilizaban a sus sectas religiosas, las subvencionaban y las lanzaban por los campos, aprovechándose de la tolerancia de la Revolución, para realizar actividades no con fines religiosos sino con fines eminentemente y esencialmente políticos y contrarrevolucionarios.
Y entonces comenzaron a llegar las noticias y los informes, sobre todo en las zonas donde trabajaba la contrarrevolución más activamente, de la presencia de elementos de esas sectas. ¿Cómo trabajan? ¿Qué hacen? Trabajan de una manera muy sutil, van a explotar la superstición. Todo el mundo sabe cuán supersticiosos suelen ser nuestros campos. ¿Quién no ha vivido en el campo? ¿Quién no recuerda que, incluso, las cosas más absurdas que nos contaban y que se convertían en creencias: que si una lechuza pasaba y había que decirle “solavaya “ (RISAS), que si un gallo cantaba tres veces y nadie le contestaba al gallo, que si una gallina cantaba como gallo? Y así por el estilo cosas que cualquiera leyendo “La Historia de Roma “, de Tito Livio, no encontraría grandes diferencias entre aquellas supersticiones fenomenales del mundo antiguo, en que todos los problemas iban a decidirse primeramente ante un hechicero: cuál era el día bueno de la batalla y cuál era el día malo, si la suerte iba a ser favorable o adversa, y eran continuos sacrificios de aves y de animales en general, incesante vivir en medio de la superstición y del engaño, producto de la ignorancia de aquellos tiempos, en que muchos fenómenos de la naturaleza no podían explicarse siquiera.
Y esa ignorancia es la que van a explotar esos agentes de los imperialistas. Y claro está que muy sutilmente, no de manera abierta; pero se van a una zona donde puedan haber agentes de la contrarrevolución, donde la Agencia Central de Inteligencia ha tratado de crear bandas, donde se han cometido asesinatos como el del maestro Conrado Benítez o del brigadista Manuel Ascunce Domenech , y entonces allí se van a predicar, allí precisamente donde jóvenes son asesinados, donde campesinos son asesinados, donde obreros son asesinados y donde tienen que defenderse de las bandas y de los asesinos, allá se aparecen estos agentes del imperialismo a decir que no debe haber lucha, que no deben emplearse las armas y a hacer una tarea de reblandecimiento. Y, bajo pretexto de la religión, decir: “no uses armas, no te defiendas, no seas miliciano “; o cuando hay que hacer una recogida de algodón, o de café, o de caña, o un trabajo especial, y las masas se movilizan un domingo, o un sábado, o cualquier día, entonces llegan ellos y dicen: “no trabajes el séptimo día “. Y entonces empiezan bajo el pretexto religioso a predicar contra el trabajo voluntario.
Pero, además, predican que la bandera no debe jurarse, y les dicen a los padres: “no mandes a los niños a las escuelas el viernes para que no juren la bandera “. ¿Y es que nuestra patria — patria que ha tenido que luchar tanto por su independencia y por su bandera, patria que ha dejado tantos héroes en el camino, patria que por su destino ha dado la vida de tantos jóvenes, de tantos trabajadores, de tantos campesinos, de tantos hombres y mujeres dignos— puede tolerar que nadie predique esa irreverencia contra la patria, esa irreverencia contra la bandera? (EXCLAMACIONES DE: “¡Paredón, paredón!”)
¿Es que la patria, que tiene que defenderse de un enemigo poderoso a 90 millas, que incesantemente nos amenaza con atacarnos con todas sus fuerzas, puede tolerar que nadie predique esa falta de patriotismo, ese abandonar el combate, ese no empuñar las armas, y de tal forma contradiga el himno de una nación que dice: “Al combate corred, a las armas valientes corred,” desde los días de Céspedes?
¿Es que una patria, una patria que necesita producir para vencer las enormes dificultades que nos trae el bloqueo económico de la más poderosa y reaccionaria nación de la Tierra; es que la patria que tiene que trabajar para hacer su futuro, puede permitir que se prediquen esas supercherías contra el trabajo?
¿Y qué tiene que ver eso con la religión? ¿Qué tiene que ver eso con los sentimientos religiosos de nadie?
Y por eso es que les decía que hay que luchar, y luchar duro. Difícil es que vengan a esta universidad a predicar idioteces, porque no encontrarán caldo de cultivo favorable; difícil es que le vengan a decir aquí a nadie que no vaya al médico y que rece una oración para curarse; difícil es. ¡Pero aquí no vienen!, van allá donde está la ignorancia, la ignorancia que dejaron en nuestra patria 60 años de explotación imperialista.
¡Y a esos enemigos hay que desenmascararlos ante las masas, hay que ponerlos en evidencia ante las masas! Y las masas proletarias, y las masas campesinas, y los estudiantes, y los trabajadores intelectuales, que han tenido la oportunidad de adquirir una mayor cultura, una actitud más científica, deben combatir la mentira, la superstición, la superchería y, por encima de todo, la farsa contrarrevolucionaria que pretende ocultarse bajo el velo del sentimiento religioso. Porque son enemigos de la Revolución, son enemigos del proletariado, son enemigos de los campesinos, son enemigos de la patria y son instrumentos de los imperialistas.
Y nuestro pueblo los conoce bien, sobre todo en los campos, a esos pseudo-religiosos. Y, como dice un compañero, son conocidos uno de esos grupos con el nombre de los batiblancos por nuestros campesinos y nuestros milicianos — batiblancos con “B”—, porque han aparecido en muchos de esos sitios.
Y son tres, principalmente, esas sectas, los principales instrumentos hoy del imperialismo, y son: los testigos de Jehová, el bando evangélico de Gedeón y la Iglesia Pentecostal.
Es curioso, y es una prueba de la tolerancia de la Revolución, una prueba extraordinaria de la tolerancia de la Revolución, que este último grupo tiene en la provincia de Las Villas, cerca del pueblo de Santo Domingo, una escuela llamada Instituto Bíblico Pentecostal, donde preparan sus cuadros, y que lo dirige un norteamericano; un yanqui es el director de esa escuela (EXCLAMACIONES Y ABUCHEOS). ¡Hasta dónde llega la tolerancia de la Revolución, hasta dónde llega!
En días recientes, por gestiones de la embajada suiza, se autorizó, como es conforme a nuestra política, la salida de una serie de señores que decían ser ciudadanos norteamericanos, o que tenían algún pariente norteamericano, o que les había nacido una hijita en la Florida (RISAS) y por lo tanto se acogían a ese beneficio de partir del país.
Y qué curioso, no se llevaron a ninguno de esos señores que están al frente de esas sectas; qué curioso, a esos no. ¿Cómo llevarse a esos que están trabajando por la libre, que tienen escuelas y preparan sus cuadros para espiar, para observar el territorio nacional, hacer campaña contrarrevolucionaria entre los campesinos y combatir a la Revolución?
Pero véase hasta dónde llega la tolerancia de la Revolución, que tenemos a todo un director yanqui de una escuela de cuadros de la contrarrevolución (EXCLAMACIONES DE: “¡Fuera!”), disfrazado todo bajo el velo religioso.
¿Es que tiene nuestra patria la obligación de permitir eso? (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”) ¿O es que creen los imperialistas que somos idiotas?
Claro está, compañeros estudiantes, que las condiciones de ignorancia derivadas del pasado, donde estos medios pueden pretender determinados fines, no se cambian en un día. Nosotros hemos puesto mucho énfasis y muy especial interés en la formación de maestros. ¡Ah, cuanto más avanza la Revolución tanto más nos convencemos de cuánta razón teníamos en eso! Gracias a los maestros que se promovieron en los primeros meses, el primero y el segundo año de la Revolución, contamos con escuelas en todo el país.
Ustedes saben qué esfuerzo fue necesario hacer; venir aquí a la universidad para encontrar profesores para los nuevos centros de enseñanza secundaria y preuniversitaria. Y muchos jóvenes, compañeros de la universidad, se han destacado como magníficos profesores en esas escuelas y algunos de ellos han sido, incluso, designados directores.
Sin embargo, cuánto nos falta y cuánto esfuerzo hay que realizar para satisfacer cabalmente nuestras necesidades.
Estos señores pentecostales tienen una escuela donde instruyen a sus agentes durante ocho meses; mas, sin embargo, nuestros maestros, que comienzan por las Minas del Frío, tienen que estudiar cinco años y aun después tendrán que seguir cursos de distintos tipos de superación. En topes de Collantes, escuela del primer ciclo, hay en este momento unos 3 000 jóvenes, de los cuales el primer contingente este año terminará el primer ciclo y después irá a estudiar dos años en un instituto pedagógico.
Y en este año se hizo el esfuerzo por ingresar un número determinado de maestros, se pidieron los certificados de sexto grado y —como ya dije en una ocasión— casi el 50% tenían escolaridad de tercero y cuarto grado y a veces menos, lo que nos ha enseñado que habrá que hacer una movilización mucho mayor en el próximo curso para llenar el cupo de 5 000 a 6 000 que deben comenzar a estudiar.
Es que como todo era un fraude prácticamente en nuestra patria, no solo había un millón de analfabetos, sino muchos que teniendo un certificado de sexto grado, tenían una escolaridad de segundo o de tercero. ¡Así andaba nuestra enseñanza!
Y esos maestros que estamos formando serán los nuevos contingentes que ingresen en nuestro magisterio — y de los cuales, dentro de algunos años tendremos muchos miles graduados—, serán los encargados de ir allí a la escuela a enseñar de veras, a llevar hasta el nivel que corresponda a los jóvenes, a inculcarles desde temprano hábitos de vida social, hábitos sociales correctos. Porque si bien es verdad que no todos los seres humanos son de la misma condición, del mismo temperamento, y del mismo carácter, la educación tiene una influencia decisiva, y es la educación lo único capaz de desarrollar las inclinaciones positivas del ser humano y de combatir desde muy temprano sus inclinaciones negativas.
Pero para eso necesitamos el técnico, el maestro, el experto, el que conozca cómo se educa un niño, cuál es la psicología de un niño, el carácter de un niño y cómo se enseña y se forma un niño.
Tenemos muchos maestros revolucionarios, porque en aquella sociedad de privilegios y de explotación y de incultura, sin embargo, a pesar de las condiciones adversas, se desarrollaron muchos talentos que descollaron en las distintas ramas, o de la medicina, o de la ingeniería, o como profesores, o como maestros; aunque, desde luego, no eran las condiciones de hoy en que vamos en serio a formar maestros.
¿Podía una campesina estudiar para maestra, o la hija de un obrero de un central azucarero? ¡No, porque las escuelas normales estaban en las ciudades, principalmente en las capitales y no había becas; y hoy todos los alumnos de magisterio, todos, son becados y comienzan por las montañas.
Claro está que así llegaremos a tener formidables maestros, sobre todo si seguimos preocupándonos en ese sentido; si seguimos poniendo todos los medios, medios revolucionarios, medios nuevos, como los medios aplicados en una escuela de maestros funcionando en nuestra capital y de la que he hablado en alguna otra ocasión y que hoy tiene a su cargo cerca de 10 000 campesinas.
Muchachas de 15 y 16 años, realizando una labor impresionante, con extraordinaria responsabilidad, enseñando por la mañana, estudiando por la tarde y por la noche, regresando a la casa de las campesinas para fiscalizar cómo funciona todo, y lo que demuestra lo que puede lograrse, lo que puede hacerse con los jóvenes.
Y una de las cosas que ha tenido nuestra Revolución es saber calibrar el valor moral, humano y la dinámica y la actividad y la capacidad de los jóvenes. Y hemos obtenido fantásticos resultados, impresionantes éxitos, de lo cual la campaña de alfabetización fue una elocuentísima prueba.
Hay que centrar la atención en la formación de los maestros y de los profesores, porque serán los soldados de la vanguardia en la lucha contra la ignorancia y contra el pasado. Y en el futuro nadie tendrá que contar estas cosas, estas cosas increíbles de cómo los imperialistas preparan sus agentes y realizan sus actividades, primero porque las vamos a combatir, las masas se les van a encarar a los farsantes; sabrán distinguir entre el hombre y la mujer de buena fe; no olvidar, no olvidarse de los miles y miles de creyentes de buena fe engañados, imbuidos de toda una serie de ideas sembradas sobre su ignorancia, su desconocimiento del mundo, gente buena.
Lo que hay que combatir es a los responsables de ese fraude, lo que hay que combatir es las facilidades con que están contando y someterlos al fuero de las leyes del país. Y, sobre todo, salirle al paso dondequiera que se encuentren, desenmascararlos como agentes del imperialismo enemigo de la patria; salirle al campo en nuestras granjas, en nuestras asociaciones campesinas; salirle al campo con nuestras organizaciones de masas y con nuestro Partido Unido de la Revolución Socialista.
Y en la medida que nos organicemos, y avancemos en todos los frentes, y superemos nuestras deficiencias, le iremos ganando la batalla en ese frente y en todos los frentes.
Y esto les da a ustedes una idea de lo que tienen por delante, de la tarea que tienen por delante. ¿Es acaso ese el único mal que se manifiesta? No, surgen otra serie de males que son consecuencia directa del pasado, la herencia que nos dejó el capitalismo. ¿Cuál de ellas por ejemplo?, el delincuente antisocial, el ladrón, el ratero. Nuestra Revolución, en la lucha contra el imperialismo y los agentes del imperialismo, y centrando en ello todo su esfuerzo no ha tomado suficientes medidas contra otro tipo de mal que es herencia del capitalismo, y es la delincuencia común. De tal manera que hay parásitos, crecidos bajo aquella sociedad, que no se resignan a trabajar de ninguna manera, que antes de querer ganarse el pan honradamente, trabajando en el campo o trabajando en las obras públicas, si no saben hacer otra cosa, prefieren ganarse en 15 minutos lo que de otra manera se tendrían que ganar en un mes o, dos meses de trabajo honrado. Y robarse un televisor, o robarse un radio, o asaltar una casa (ALGUIEN DEL PUBLICO LE INTERRUMPE).
Sí, hay jueces que los sueltan, hay jueces que no colaboran con la policía. Y, desde luego, eso obedece a otras razones, eso obedece a otras razones: en algunos señores de estos jueces el deseo de crearle problemas a la Revolución. Pero, además, en una legislación anacrónica, en que el señor que se roba un automóvil, o un radio, o un aparato eléctrico a cualquier familia (UNO DEL PUBLICO LE DICE: “¡Guanahacabibes!”) ¡Qué Guanahacabibes!, Guanahacabibes es para el que se equivoca de buena fe, no para el delincuente. De manera que se ha dado el caso de que la policía ha arrestado dos veces, el mismo día, al mismo ladrón.
Claro está que no vamos a exonerar a nuestro cuerpo de orden público de responsabilidad. Es que tienen que prestarle especial atención al problema y adoptar medidas efectivas y enérgicas, y hacerse conciencia de que hay que luchar seriamente contra ese vicio que nos dejó la sociedad capitalista.
Hubo, incluso, algún compañero que creyó que a través de métodos absolutamente filantrópicos iba a combatir ese mal social, esa lacra, y que con un buen consejo podría volver a la vida ordenada y a la convivencia social a un delincuente; esas son ilusiones, resultado: con las leyes anacrónicas, la actitud de algunos jueces, la falta de conciencia social para combatir ese mal; que siembran el terror entre las familias, que hay familias aterrorizadas por la actividad de ese tipo de elemento antisocial, temiendo que le roben, temiendo sufrir cualquier accidente, ser víctimas de cualquier agresión por parte de ladrones.
Hay barrios, como el barrio por ejemplo de Altahabana, donde viven numerosos médicos, en que ellos nos han informado el estado de inquietud en que viven sus familias con motivo de esas actividades. Y otros muchos barrios, pues, ¿por qué? Porque andan “por la libre “ los rateros (DEL PUBLICO LE DICEN: “¡Que se vayan a trabajar!”), y sencillamente se impone como un deber de la Revolución el combatir de manera eficaz ese mal y adoptar medidas severas.
Mientras puedan salir a la calle con una fiancita de 100 pesos, esos negocios organizados, porque ellos tienen su red de distribución y de comercialización de los productos que obtienen con el robo, no les cuesta ningún trabajo obtener los 100 o los 200 pesos a los ladrones.
A veces emplean niños, lo cual es peor, emplean menores de edad para penetrar en las casas y abrirlas. Resultado: la necesidad de tomar medidas severas. En primer lugar exclusión de fianza; pero eso no es suficiente, quien roba en un domicilio donde se encuentra una familia, es decir que robe con el peligro para la familia de ser víctima de la agresión física, es decir robo con violencia en el domicilio y en las personas, pena capital (APLAUSOS PROLONGADOS). Quien robe haciéndose pasar por un agente de la autoridad, pena capital; y quien robe empleando menores de edad, con tanta más razón pena capital (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Fidel, paredón para el ladrón!”).
Nosotros sabemos, nosotros sabemos que el delincuente es un producto de la sociedad, que el delincuente es un producto de esa sociedad abolida; pero no por eso podemos dejar de tomar medidas para proteger a las familias, para proteger a la sociedad de ellos, para proteger al pueblo de sus actividades. No podemos dejar de tomar medidas drásticas, porque de otra manera quedaría la sociedad expuesta al libre albedrío de estos elementos antisociales. Y hay que combatirlo como se combate una enfermedad, como se combate una plaga, como se combate una epidemia.
(ALGUIEN DEL PUBLICO HACE REFERENCIA A LOS BILLARES). ¡Bien dicho!, el de ese compañero que nos ha recordado los billares (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES). Nosotros no hemos discutido ese problema, pero muchos compañeros se nos han acercado para hablarnos de él, de la cantidad de vagos y de lumpen que se reúnen en muchos de esos sitios.
Yo les decía, compañeros, que nos quedaba mucho por hacer, pero mucho, porque queda todavía una cantidad de focos infecciosos de delincuencia y de vagancia, y sobre todo quedan las clases sociales que sostienen y alimentan esos focos, los vicios que los originan. Porque, ¿qué es ese ladrón si no el producto de una sociedad que deshonra el trabajo, y que anatematiza el trabajo: el capitalismo? ¿Qué son esos vagos? Porque no son solo los ladrones: hay otros subproductos del capitalismo y de los reaccionarios y de los explotadores, subproductos que hemos recibido en abundancia, porque si bien no nos dejaron fábricas, nos dejaron vicios de todas clases en este país.
El imperialismo es pródigo en crear todos esos vicios. Todo el mundo recuerda lo que ocurría en Guantánamo cuando los “marinos ‘andaban’ por la libre “; y todo el mundo sabe lo que ocurre donde se encuentran las fuerzas yanquis, cuánta corrupción, cuánto vicio introducen, porque ellos necesitan “entretener “ a su soldadesca.
El producto a que me estoy refiriendo no es precisamente la prostitución ahora, mal y vicio, lacra contra la que luchamos pacientemente, cautelosamente, cuidadosamente, y con métodos adecuados; porque esas son las víctimas, ese es otro subproducto de la sociedad capitalista, que de tal manera degradaba a la mujer, que de tal manera la privaba de medios de vida, de medios decorosos para vivir, que de tal manera arrastraba a decenas y decenas de miles a esos repugnantes oficios.
No, no estaban abiertas las puertas de las profesiones técnicas, o de muchas profesiones técnicas, a las mujeres; no ingresaba prácticamente un 50% de muchachas en la escuela de medicina para hacerse médicos, o para hacerse enfermeras, o para hacerse maestras; no se convertían en administradoras de miles y miles de tiendas, como con la última ley de nacionalización decretada.
No. El panorama de la vida para la mujer era otro muy distinto, y muy distinto al honroso porvenir y al porvenir digno que cualquier mujer hoy tiene aquí en nuestra patria. Porque algunos de esos que han sacado a sus hijitas del país, las han sacado del país donde la mujer empieza a tener plenos derechos, todas las oportunidades, y donde la prostitución en sus mil formas está siendo abolida, para llevarlas al país que es el vivero ideal de todos los vicios.
Porque no en balde, y no es casualidad, que los contrarrevolucionarios se llevaran para Miami sus garitos, su bolita, y sus actividades ilícitas; no es casualidad que fundaran muchos prostíbulos allá en Miami y en otros muchos sitios de América donde han ido a parar. Hay otros males a los que iba a referirme, y que es el del vago, el lumpen; lumpen, incluso, de altos ingresos, hijos de burgueses, que ni estudian ni trabajan. ¿Qué esperarán? ¿Que vuelva el capitalismo para vivir de vagos? ¿Que sueñan? ¡No sé qué soñarán, porque ahora los imperialistas parece que no los quieren recibir, no quieren recibir a los burgueses en Miami ni en Estados Unidos! ¡Qué curioso! La Revolución resistió el drenaje, la campaña colosal por llevarnos a los técnicos del país, haciendo campañas contra la Revolución de la emigración que salía.
Claro está que ellos se cuidaban muy bien de presentar el problema de la emigración de Cuba como un problema relacionado con la Revolución, y la Revolución lo único que había hecho era cambiar el carácter de esa emigración, y la composición de esa emigración, porque antes emigraban muchos infelices, muchos que no tenían dónde trabajar.
Y ustedes recordarán, antes de la Revolución, en las décadas del 40 y del 50, las inmensas colas frente a la embajada yanqui pidiendo visa. Y lo difícil que era conseguir una visa. Cuando vino
la Revolución, les abrieron las puertas de par en par a los que quisieran irse; ¡y la Revolución las abrió también de par en par para los que quisieran irse!
Pero, ¿qué ha ocurrido? Los imperialistas cerraron sus puertas; perdieron la batalla frente a la Revolución, perdieron la batalla. Y así, la gusanera no dirá que nosotros tenemos la culpa. No; ¡porque nuestras puertas, están abiertas para los que deseen abandonar el país!
Ellos dieron decenas de miles de visas y ahora suspendieron el transporte. Como ustedes saben, el Gobierno permitió la salida en los barcos que traían el pago de la indemnización, y así salieron tres barcos. Pero en el cuarto barco, ¿qué inventaron los imperialistas? Pues inventaron un barco alemán, que llegaba aquí y de aquí se iba para Alemania, para no darle chance a salir a nadie.
Suspendieron las líneas; alegaron que era incosteable. Se discutió la posibilidad de que de los dólares que pagaran los que salían, la mitad quedase en Cuba y la mitad lo recibiese la compañía —dólares que, por supuesto, tenían que mandarles de afuera. Es decir, que el Gobierno cubano no ha puesto obstáculo alguno; las agencias imperialistas tratan de ocultar la verdad, porque evidentemente no quieren problemas allá con la gusanera — ¡qué tienen bastantes ya, al parecer!
Y, ¿qué ocurrió? Que les dieron permiso a decenas de miles de personas para ir a residir; muchas de ellas renunciaron a sus trabajos, en muchos casos magníficos y suculentos empleos a la sombra; muchos que no eran burgueses y pertenecían a la aristocracia, o a la pequeña burguesía, y ahora los embarcaron; los embarcaron una vez más.
¿Se van a quedar? ¡Pues que no piensen recuperar el empleíto cómodo! Porque nosotros entendemos que deben ir a realizar trabajo físico, que es el que hace más falta en este momento, y que se vayan a trabajar en la agricultura. ¡Les damos trabajo a todos, si quieren, en la agricultura! Y con perdón de los campesinos, que no sería más que un refuercito, ¡y no de mucha monta! (RISAS.) Pero, si quieren, que empiecen por el campo.
Y sería bueno recomendar a nuestros administradores, a esos a veces magnánimos, y excesivamente magnánimos empleadores, que sin revisar los cálculos de gastos en las empresas son demasiado generosos en aumentar las nóminas, les recomendaría que se fijaran bien no fuesen a darles cabida otra vez a esos señores que tenían su visa y todo listo, hasta que los yanquis vinieron y les cortaron la salida.
¡El país “libre “! Norteamérica; el país del “mundo libre “, el país “libre “, que no deja venir a nadie aquí; que se atemorizó y se asustó ante la posibilidad de que a Cuba pudiera venirse libremente, y prohibió el venir al país; e incluso condenó a elevadas sumas de multa a un valeroso periodista negro que se atrevió a venir a Cuba. ¡Qué ridículo ha quedado ante nuestro país y nuestra Revolución el país “libre “! ¡Qué ridículo, que no deja salir a nadie para visitar a Cuba! ¡Frente al país que deja salir al que quiera y permite entrar al visitante de cualquier país del mundo que quiera! ¡Que permite venir a los norteamericanos que quieran! ¡Que no cierra sus fronteras a nadie!
¡Qué posición tan ridícula tienen frente a nuestra patria, frente a nuestro país! ¡Y los que han quedado en una posición más ridícula aun son los últimos “embarcados “, los que se iban para el “mundo libre “ y el “mundo libre “ les tiró las puertas en las narices!
Ahora, claro está, si quieren vivir aquí, no puede ser de vago, no puede ser de vago. Aquí hay que trabajar. Que no le anden buscando — no sé cómo dice el refrán— “la pata al gato “,”los cuatro pies al gato “, ustedes me entienden bien lo que yo quiero decir. Que la Revolución no tiene ninguna obligación de tolerar vagos, no tiene ninguna obligación de tolerar parásitos; la Revolución sostiene al joven, al enfermo, al inválido, al viejo, todo para ellos; son los únicos que tienen derecho a vivir del trabajo de los demás: los niños, los enfermos, los inválidos y los ancianos. ¿Pero vagos, vagos viviendo de los demás? (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”) ¿Por qué? ¿Creen acaso que nuestro proletariado va a estar dispuesto a romperse la vida trabajando en nuestras fábricas y en nuestros campos produciendo para ellos? ¿Qué derecho tienen? ¡Ningún derecho! Y que se despabilen, y que anden derecho, y que sepan que aquí tienen que trabajar para vivir.
Claro, por ahí anda un espécimen, otro subproducto que nosotros debemos de combatir. Es ese joven que tiene 16, 17, 15 años, y ni estudia, ni trabaja; entonces, andan de lumpen, en esquinas, en bares, van a algunos teatros, y se toman algunas libertades y realizan algunos libertinajes. Un joven que ni trabaje, ni estudie, ¿qué piensa de la vida? ¿Piensa vivir de parásito? ¿Piensa vivir de vago? ¿Piensa vivir de los demás? Si los imperialistas no los reciben allá en su “mundo libre “, que se preparen también a trabajar.
Ese subproducto del capitalismo tampoco lo toleramos. Porque hay algunos burgueses que han dicho: “no mando mis hijos a la escuela “. Entonces, ni estudian ni trabajan. Y a veces ni a las hijas. ¿Qué porvenir les van a deparar a esas niñas? ¿Tanto las quieren, que no las quieren ver convertidas en una estudiante o en una trabajadora? ¿En qué las quieren ver convertidas? (DEL PUBLICO LE DICEN ALGO AL DOCTOR CASTRO)
Vamos a atender lo esencial, no desviarnos ahora en los detalles.
¿Y qué ocurre? Que ese tipo existe, y los hay por ahí con responsabilidad de sus familiares, con responsabilidad de sus familiares, aprendiendo a lumpen, aprendiendo a vagos, aprendiendo a delincuentes.
Claro que no chocan contra la Revolución como sistema, pero chocan contra la ley, y de carambola se vuelven contrarrevolucionarios (RISAS). Porque en la Revolución ven la ley, y ven el orden, son contrarrevolucionarios, y lo que son unos... Bueno, lo que son todos los contrarrevolucionarios (EXCLAMACIONES Y APLAUSOS). Porque son unos descarados, tan descarados como todos los contrarrevolucionarios.
Porque, señores, no se olviden de esto, sobre todo ustedes, jóvenes; no se olviden de esto, ténganlo siempre presente: que al igual que la Revolución une lo mejor, lo más firme, lo más entusiasta, lo más valioso; la contrarrevolución aglutina a lo peor, desde el burgués hasta el mariguanero, desde el esbirro hasta el ratero, desde el dueño de central hasta el vago profesional, el vicioso; y todo ese elemento se junta para dar batalla a la ley, y a la Revolución, a la sociedad, para vivir de vagos, para estorbar. Todo, lo peor, se junta. No lo olviden nunca, no lo olviden nunca.
Entonces, mucha de esa gente están en esos sitios: en los billares, en las esquinas, en los bares; quedan muchas cosas. Pero hay que estudiarlas, hay que estudiarlas. Lo importante es el principio, el principio de que no podemos permitirles aspirar a vagos.
(DEL PUBLICO LE DICEN: “¡Los flojos de pierna, Fidel!”, “¡los homosexuales!”)
¡Un momento! Es que ustedes no me han dejado completar la idea (RISAS Y APLAUSOS). Muchos de esos pepillos vagos, hijos de burgueses, andan por ahí con unos pantaloncitos demasiado estrechos (RISAS); algunos de ellos con una guitarrita en actitudes “elvispreslianas “, y que han llevado su libertinaje a extremos de querer ir a algunos sitios de concurrencia pública a organizar sus shows feminoides por la libre.
Que no confundan la serenidad de la Revolución y la ecuanimidad de la Revolución con debilidades de la Revolución. Porque nuestra sociedad no puede darles cabida a esas degeneraciones. La sociedad socialista no puede permitir ese tipo de degeneraciones. ¿Jovencitos aspirantes a eso? ¡No! “Árbol que creció torcido...”, ya el remedio no es tan fácil. No voy a decir que vayamos a aplicar medidas drásticas contra esos árboles torcidos, pero jovencitos aspirantes, ¡no!
Hay unas cuantas teorías, yo no soy científico, no soy un técnico en esa materia (RISAS), pero sí observé siempre una cosa: que el campo no daba ese subproducto. Siempre observé eso, y siempre lo tengo muy presente.
Estoy seguro de que independientemente de cualquier teoría y de las investigaciones de la medicina, entiendo que hay mucho de ambiente, mucho de ambiente y de reblandecimiento en ese problema. Pero todos son parientes: el lumpencito, el vago, el elvispresliano, el “pitusa “ (RISAS).
¿Y qué opinan ustedes, compañeros y compañeras? ¿Qué opina nuestra juventud fuerte, entusiasta, enérgica, optimista, que lucha por un porvenir, dispuesta a trabajar por ese porvenir y a morir por ese porvenir? ¿Qué opina de todas esas lacras? (EXCLAMACIONES.) Entonces, consideramos que nuestra agricultura necesita brazos (EXCLAMACIONES DE: “¡Sí!”); y que esa gusanera lumpeniana, y la otra gusanera, no confundan La Habana con Miami. Parece que no han adquirido conciencia clara del país que están viviendo, y parece que pretenden ignorar que el proletariado tiene la mano dura, porque trabaja duro, con hierros. Y el proletariado tiene la mano dura cuando hay que tenerla. Serenamente sabe tener su mano dura cuando hay que tenerla, sin extremismos. Somos enemigos de los extremismos, somos enemigos de los métodos incorrectos, somos enemigos de la chapucería; pero eso no quiere decir que la Revolución no tenga la mano dura y que nuestros trabajadores no tengan la mano dura, porque nuestros trabajadores saben que el enemigo imperialista la tenía dura, y muy dura. Y los trabajadores que conocen la historia de la Comuna de París, nuestros trabajadores que conocen la historia de España, nuestros trabajadores que conocen la historia en aquellas ocasiones en que el proletariado ha tenido que sufrir la mano de la reacción, sabe lo que pretende para él la contrarrevolución, lo que pretende para nuestro pueblo, para nuestros jóvenes, para nuestras mujeres, para nuestros campesinos, para nuestros obreros, para nuestros soldados, para nuestros milicianos.
Hay veces que me pregunto qué se imaginarán esos señores. Cuando cualquiera cruza por la Sta. Avenida y ve tantas y tantas casas que albergan decenas y decenas de miles de jóvenes, tantas escuelas, tantos programas en acción, pensamos: “¿Qué se creen estos señores? ¿Pensarán recobrar esto, pensarán recuperar sus casitas y echar a las calles a los hijos de nuestros obreros y de nuestros campesinos, echarlos de nuestras escuelas preuniversitarias y tecnológicas, echarlos de nuestras universidades, echar a los niños de las granjas infantiles establecidas en muchas de esas fincas de recreo? ¿Qué pensarán? ¿Soñarán con esos sueños dantescos? ¿En qué mundo viven? ¿Qué se imaginan de nuestro pueblo, qué se imaginan de nuestros jóvenes, qué se imaginan de nuestros proletarios, qué se imaginan de nuestros campesinos, qué se imaginan de los hombres y mujeres dignos que en tan elevado número ha dado esta tierra?”
¡Que no sueñen siquiera que van a encontrar una piedra en pie! ¡Ni una piedra en pie en este país, yanquis insolentes, imperialistas desbocados, promotores de guerras, azuzadores de guerra, charlatanes! ¿Qué se imaginan, politiqueros de baja ley, que han convertido a nuestra patria en cabeza de turco de sus campañas políticas, de sus aspiraciones inconfesables, monopolistas de uno y otro partido, que son iguales? ¿Qué se imaginan y qué se creen? ¡Ilusos! Que no ven el mundo de hoy tal como es, y cierran los ojos como el avestruz, que pretenden ignorar un continente en ebullición, que pretenden curar los males de América con recetas de mercuro cromo, el hambre y la espantosa miseria.
Y, en la medida en que se desesperan con su fracaso en América, en la medida en que la ola revolucionaria crece en América, crece su histeria y crece su odio. ¡Y deben saber que de este país no podrán recoger ni el polvo, o — en todo caso— el polvo de que hablaba Maceo, amasado con nuestra sangre! Por las armas que tenemos y las armas que están pasando a nuestras manos, y que son adecuadas para recibir, como se merece, a cualquier agresor.
Porque, ahora mismo, estamos reclutando el personal para nuestras armas más modernas. Y necesitamos técnicos, necesitamos estudiantes de la facultad de tecnología, necesitamos personal con alto nivel. Y lo que hemos acordado es, primero, seleccionarlo en las Fuerzas Armadas, después en los centros de trabajo. Porque hay muchos centros de trabajo donde hay jóvenes buenos, jóvenes revolucionarios, que están trabajando, realizando una tarea que no es de mayor importancia, cuya plaza, incluso, pudiera amortizarse. Porque lo que nosotros hemos pedido en los ministerios es que la plaza de cualquier joven que pase a prestar este servicio se amortice para hacer economías. Y, en último término, algunos estudiantes, dado que necesitamos personal con un elevado nivel de cultura y conocimientos técnicos para saber utilizar las armas modernas que están a nuestra disposición.
Y tenemos que prepararnos, tenemos que prepararnos en todos los frentes, en todos los frentes: en el de la producción, en el del estudio, con todas las medidas de reorganización que se están haciendo, y en la defensa. No descuidar de ningún frente. Poder contar con magníficas unidades de combate para que los imperialistas no sueñen siquiera que van a coger mangos bajitos en nuestro país.
Ellos saben que Cuba pelea, lo aprendieron en Girón, lo saben requetebien. Todavía están discutiendo qué pasó, qué pasó y cómo pasó. Discuten y discuten, pero pasó lo que pasó porque tenía que pasar, porque les dimos su merecido, porque los recibimos, naturalmente, no como ellos lo esperaban. Ya podremos otra vez hablar de eso, porque los oímos discutir y no saben de la misa la mitad. Que si bombardearon, que si no bombardearon, que si tenían que hacer otro bombardeo y no lo hicieron. Y creían que nosotros estábamos de bobos aquí, con los brazos cruzados. Y nunca estaremos de bobos, nunca estaremos con los brazos cruzados. ¡La Revolución no se cruzará nunca de brazos!
Y la Revolución tomará siempre todas las medidas, de orden nacional y de orden internacional. Y dará todos los pasos para defenderse, para resistir.
Ellos cuentan, sueñan, acusan al señor Kennedy de que no tiene una política determinada, clara, que obtenga resultado. Pero, ¿dónde está esa política, dónde puede estar esa política?
Es que no existe esa política ni puede existir. Y la otra, la que proponen los guerreristas, lleva a su propio desastre.
Porque nosotros hemos hecho nuestros cálculos también. El Pentágono calcula, y nosotros calculamos. Ellos se imaginan, y nosotros nos imaginamos también. Ellos dan ciertos pasos, y nosotros damos también ciertos pasos.
Así pasó cuando Girón. Calcularon y volvieron a calcular, y se equivocaron. Pues bien: la próxima vez, la próxima vez, también se van a equivocar. Y con la Revolución van a estar equivocados siempre hasta que aprendan la lección, y hasta que comprendan que el único camino que les queda es respetar la soberanía de este país, la dignidad de este país, el derecho
de este país, la autodeterminación de este país, la independencia de este país . Y todo otro camino estará equivocado.
¡A prepararnos, pues, en todos los frentes! ¡A trabajar con entusiasmo siempre, no importan los obstáculos, no importa la acción del enemigo, no importan los ignorantes! ¡La razón la tenemos nosotros, el derecho lo tenemos nosotros, la energía la tenemos nosotros, la iniciativa la tenemos nosotros, la historia la tenemos con nosotros!
Compañeras y compañeros estudiantes, futuros técnicos de la patria, vanguardia intelectual y revolucionaria de nuestro pueblo: ¡A luchar, a trabajar, a organizarnos! ¡A organizar nuestro Partido, a desarrollar nuestras organizaciones de masa, a combatir al enemigo en todos los frentes, a dar la batalla dondequiera que tengamos que darla, y a prepararnos para todas las contingencias! ¡Las contingencias no nos asustan¡ ¡Los imperialistas tienen mucho más que perder que nosotros! Nosotros aquí, hoy, podemos decir aquello que dijeron Marx y Engels en su Manifiesto Comunista: “¡Los proletarios no tienen otra cosa que perder que sus cadenas!”
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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