julio 09, 2012

Discurso de Fidel Castro en la clausura del Primer Foro Nacional de la Reforma Agraria (1959)

DISCURSO EN EL ACTO DE CLAUSURA DEL PRIMER FORO NACIONAL DE LA REFORMA AGRARIA, EFECTUADO EN EL CAPITOLIO NACIONAL
Fidel Castro
[12 de Julio de 1959]

― Versión taquigráfica de las oficinas del Primer Ministro ―

Compañeros organizadores del Primer Foro Nacional de la Reforma Agraria;
Distinguidas delegaciones de países hermanos y cubanas que nos visitan;
Señoras y señores:
El Comité Organizador de este foro ha tenido la gentileza de encomendarme la clausura de este magnífico evento.
No me han permitido las ocupaciones bastante arduas de las últimas semanas el privilegio de estar presente en cada una de las reuniones.  Sé, sin embargo, que compañeros muy competentes y bien documentados que me han precedido en los días anteriores, han hecho el mayor esfuerzo por orientar a nuestros visitantes y al pueblo sobre los objetivos y los pormenores de la reforma agraria.  Esos trabajos he podido simplemente hojearlos, y, aunque no todos, sin embargo, sé del esfuerzo que han realizado y, sobre todo, comprendo el éxito que han tenido después de escuchar a cada uno de los oradores en esta noche.
La reforma agraria es un tema muy familiar para nosotros; de la reforma agraria venimos hablando hace ya algunos meses.  Para el pueblo de Cuba nuestros argumentos son bastante familiares, y hablar de la reforma agraria casi quiere decir hablar de nuestra Revolución.   Y esta noche me interesa, sobre todo, hablarles a las delegaciones de países hermanos que nos visitan.
En Cuba todos sabemos lo que se está haciendo y cómo se está haciendo. En Cuba no hay ciudadano, por apartado que parezca de las actividades públicas, que no esté perfectamente informado de los problemas de nuestro país.  Por eso tenemos en estos instantes un respaldo casi absoluto del pueblo de Cuba.
Cuba conoce sus penas, sus dolores, sus causas y sus remedios; Cuba conoce su historia; Cuba conoce su pasado remoto y reciente, conoce su presente y sabe lo que busca y lo que quiere.  No es desgraciadamente esa la situación con respecto a nuestros pueblos hermanos de América, y cada uno de los delegados aquí presentes, por su propia experiencia personal, podría atestiguar la triste realidad de lo que se está haciendo en el extranjero con nuestra Revolución.
Hay delegados aquí presentes que, según cuentan ellos mismos, llegaron a La Habana pensando que poco más o menos se estaba combatiendo en las calles de la capital; hay delegados que llegaron aquí casi bajando la cabeza por temor a las balas.  Y cuando digo temor no me refiero a miedo, sino que quiero decir esa impresión de que se iban a aproximar a un país convulsionado, dividido y a punto de dirimir sus cuestiones en medio de una guerra civil, de que se iban a encontrar aquí cosas horribles.  Quién sabe las impresiones que muchos de ellos trajeron consigo, no porque fuesen indiferentes a nuestros problemas —si fuesen indiferentes no habrían venido a Cuba—, no porque fuesen opuestos a nuestra Revolución, tal vez sí, muy por el contrario, preocupados grandemente del triunfo de nuestra Revolución y con la idea de que la misma, por sus errores o por su falta de fuerza, pudiese fracasar.
Para los que reciben información de nuestro país “made in” determinados cables internacionales, la idea que han de tener de nuestra patria es de que aquí horribles cosas están pasando, que poco menos que un pueblo bárbaro es el que habita en esta isla, que gobernantes brutales están rigiendo sus destinos.
Cualquiera diría —como afirmábamos anoche ante el conjunto de instituciones cívicas— que una feroz censura está implantada por el gobierno de Cuba, que docenas de cadáveres aparecen todas las mañanas en nuestras calles, que 53 campesinos eran asesinados en una sola tarde, que las estaciones de policía eran centros de terror y de tortura, que hombres desalmados e incivilizados eran aquí dueños de vidas y haciendas, y que posiblemente los seres más perturbadores del mundo se habían instaurado en el poder revolucionario de Cuba, puesto que de todas las cosas que están pasando en este continente, los cubanos, el Gobierno Revolucionario cubano tenía la culpa.  Como si en definitiva esta renovación no fuese consecuencia de otras culpas, y como si las cosas que están ocurriendo hoy en nuestra América no fuesen consecuencia de culpas de todos conocidas.
Pues bien, cuando posiblemente en América no se conocía una palabra de censura feroz, de docenas de jóvenes asesinados en las calles de nuestras ciudades, de hombres mutilados y golpeados hasta arrancarles la vida, de 53 campesinos asesinados en una sola tarde —para no citar más que una de las tantas masacres—, eso estaba ocurriendo en Cuba.  De Santo Domingo, de Nicaragua y de Estados Unidos venían barcos cargados de armas y de bombas y, sin embargo, no había “agitación” en el Caribe, no había convocatoria de cancilleres, no había solicitudes de órganos de consulta. Y como prueba de que lo que estoy diciendo es absolutamente cierto, véase con qué armas están armados los rebeldes, que fueron hechas en Santo Domingo y en Estados Unidos.  No las fabricamos nosotros, ¡se las arrebatamos a los criminales que gobernaban este país!  
Y por ahí hay tanques que vinieron de Nicaragua, y armas en número tal que son las únicas que tenemos nosotros, y con ellas nos basta para defender hoy nuestra Revolución.
Eso es lo único que hemos hecho nosotros: liberar a nuestra patria.  Esa es la única falta cometida por los cubanos: liberar a su tierra de aquellos torturadores y criminales y luchar denodadamente para convertir esta isla en la tierra de un pueblo feliz.
Lo único que hicimos fue liberarnos de los criminales que nos gobernaban, y lo único que queremos es desarrollar la riqueza de nuestra tierra con el esfuerzo de sus hijos y vivir de los frutos de ella y de los frutos de nuestro esfuerzo sin quitarle nada a otro pueblo.  ¡Queremos vivir de la explotación de nuestra riqueza y no de la explotación de las riquezas de otros pueblos!  ¡Queremos vivir de nuestro trabajo y no de la explotación del trabajo de otros pueblos!  
Esas son las faltas cometidas por Cuba: librarse de los criminales armados por intereses poderosos que nos gobernaban y querer vivir de la riqueza y del trabajo de nuestra patria.  Esas son las faltas por las cuales se quiere sumir a un pueblo en la infamia y en la ignominia, esas son las faltas por las que se quiere tejer esa leyenda terrible contra la Revolución Cubana.
De ahí el valor de este acto, de ahí el mérito de haber reunido a un número representativo de sectores periodísticos, campesinos y obreros de otros pueblos de la América Latina, porque lo único que nosotros tenemos para exhibir frente a la calumnia, frente a toda la intriga internacional, frente a todas las maniobras y frente a todas las mentiras interesadas, es nuestra verdad.
¡Ah!, si cada uno de los ciudadanos de los pueblos hermanos de América pudiera visitarnos, pudiera estar aquí 15 días, recorrer la isla y ver con sus propios ojos lo que aquí está ocurriendo, sin aparato de propaganda, sin escenarios montados, sin hablar con nadie para que nos defienda o nos deje de atacar, sin preparar a un solo ciudadano, ¡qué fácil sería destruir el velo de mentiras y de calumnias malvadas que tejen poderosos intereses internacionales contra nuestra Revolución!  Porque quien contemple lo que está ocurriendo en Cuba, quien vea lo que se está haciendo en Cuba, quien hable con los cubanos, aunque no sepa lo que era Cuba hace siete meses, aunque no haya vivido aquí bajo el terror, aunque ignore que nuestro pueblo era un pueblo sistemáticamente opuesto a todo lo que tuviera carácter oficial; aunque todo eso lo ignorara, es imposible que quien haga contacto con nuestro pueblo no disipe para siempre las dudas que esos intereses han querido sembrar en todo el continente por varias razones. Una, por ejemplo, es que los pueblos se desalienten en su lucha por las mismas cosas que estamos luchando nosotros ahora, para que el ejemplo no cunda y para que si algún día fuese necesario exterminarnos, que la opinión de todo el continente dijera:  “¡Bien hecho; había que acabar con esas alimañas!”
¿Qué otro objetivo pueden perseguir las campañas que se hacen contra nosotros? ¿Acaso satisfacer un anhelo del pueblo cubano? ¿Acaso librar al pueblo de Cuba de algún mal?  ¿Acaso librar a los cubanos del terror, de la opresión, de la injusticia? ¿Acaso representar siquiera el deseo de una parte del país?
¿Qué es lo que se busca aquí si todo el pueblo está con la Revolución? ¿Qué es lo que se busca aquí si todos los sectores del país están con las medidas del Gobierno Revolucionario? ¿Qué es lo que se pretende aquí sino difamar del prestigio de una nación entera? ¿Qué es lo que se pretende sino impedir el deseo y la aspiración de una nación entera? ¿Qué es lo que se pretende aquí sino menoscabar la soberanía de nuestro país, impedir nuestro derecho a la libre determinación que tienen o deben tener todos los pueblos del mundo?  
¿Dónde está la ignominia de la Revolución Cubana? ¿Dónde está el crimen de la Revolución Cubana? ¿Dónde están los excesos de la Revolución Cubana? ¿Dónde están las faltas de la Revolución Cubana?, que lo que quiere es sencillamente realizar en nuestra patria el ideal por el cual hace más de un siglo que se ha estado sacrificando este pueblo nuestro; si lo que quiere es lo más justo y lo más humano a que pueda aspirar ninguna Revolución, y lo hace no por medio del terror o de la fuerza, lo hace por medio de la persuasión y de la razón, lo hace con el respaldo absolutamente mayoritario de todo el pueblo, como no lo ha tenido quizás ningún movimiento revolucionario en el mundo .
¿Dónde está la falta de una revolución que está haciendo la justicia en un país?, y todos los sectores —y quizás esto sea lo más admirable que hayan presenciado las delegaciones que nos visitan—, todos los sectores respaldan una ley tan radical y tan revolucionaria como es la Ley de Reforma Agraria, porque lo que hemos hecho es crear conciencia en nuestro pueblo.
Antes que las medidas revolucionarias llegó la conciencia de la necesidad de esas medidas.  No era posible que un cambio tan brusco del pasado al presente se hubiese logrado en los primeros instantes sin divergencia alguna de criterio; pero hay un hecho cierto, y eso lo puede comprobar cualquiera, y es que se ha estado haciendo cada día más conciencia revolucionaria y patriótica en nuestro pueblo.  Y aquí hemos tenido las pruebas, hemos tenido las pruebas de que esa conciencia existe de una manera impresionante en el corazón y en la mente de los cubanos, porque bastaron las interferencias, las maniobras y las amenazas a nuestra soberanía, para que se olvidaran todos los intereses y todos los sectores del país unánimemente respaldasen esta Revolución.
Pero no es que fuese necesaria la amenaza.  La amenaza solo ha servido quizás para darle más entusiasmo a esa adhesión, porque mucho antes de las amenazas la justicia de la Ley de Reforma Agraria se había abierto paso en la inmensa mayoría de todos los sectores que han hablado aquí esta noche.  Porque las dudas, el confusionismo, sembrados interesadamente, principalmente, desde el extranjero, desde hace muchos días se venían disipando, porque —como ha expresado aquí el delegado de los colonos y han expresado las representaciones de otros sectores— se ha hecho cada vez más evidente que la Ley de Reforma Agraria entraña un inmenso beneficio para el país, lo que quiere decir un beneficio para todos los cubanos.
Y ese es el mérito principal de la obra revolucionaria: haber logrado poner los intereses de Cuba por encima de los intereses particulares, hacer que nuestros compatriotas se preocupen primero por Cuba que por sus intereses particulares.
El hecho de que en este foro se haya podido contar con la adhesión de los representantes de aquellos sectores donde algunos de sus miembros fueron perjudicados por la Ley de Reforma Agraria, demuestra la actitud mental en que está toda nuestra ciudadanía, de modo tal que lejos de dejar resquemores y odios, actitudes hostiles a nuestra Revolución, están respaldando la Ley de Reforma Agraria, y esa es quizás una de las circunstancias que caracteriza a nuestra Revolución.
Estamos haciendo una revolución profunda. Esta Revolución tiene por objetivo llevar a los sectores más humildes y necesitados del país los beneficios de las medidas revolucionarias, y aun cuando esas medidas perjudiquen algunos intereses nacionales toda la nación marcha detrás de las medidas revolucionarias, y marcha más unida tras las medidas del Gobierno Revolucionario mientras más evidente se hace la actitud de los intereses extranjeros lesionados por nuestra Revolución; porque, en definitiva, ¿qué problemas tenemos en Cuba y qué problemas tiene nuestra Revolución que no sean problemas con intereses extranjeros? ¿Y qué tienen que ver los intereses extranjeros con nuestra Revolución?  
Todo el mundo ha llegado aquí a una conclusión: que las medidas revolucionarias son justas, que tienden a satisfacer una aspiración hondamente sentida, y desde largo tiempo atrás, por todo el pueblo, y que además son necesarias, y que además son inevitables.  Y son inevitables no porque nosotros queramos caprichosamente que sean inevitables; son inevitables porque lo demanda el interés de la nación, y de ello están conscientes todos los cubanos.
En un pueblo inteligente como este, con una Revolución que está procediendo enteramente de acuerdo con las aspiraciones y la idiosincrasia del país, era lógico que se diera el fenómeno que se está dando en Cuba de un respaldo masivo tan extraordinario, que los que tienen conocimiento de estos problemas de opinión pública consideran que no se ha dado nunca un caso igual en el mundo contemporáneo.
Luego, en Cuba no hay problemas. Todo el mundo sabe que aquí hay que perder lo que sea necesario perder y que nosotros no le haremos perder a nadie sino lo necesario para que todos los cubanos puedan vivir decorosamente y, si es posible, para que a todos los cubanos les sobre.
Esa es sencillamente la regla de nuestra Revolución y eso es lo que ha prendido en la conciencia de toda la ciudadanía, que ni nos inspira el deseo consciente o deliberado de amargar aquí a nadie, de mortificar aquí a nadie ni de lesionar aquí a nadie, sino que nos inspira el propósito noble y justísimo de liberar a la patria económicamente y de liberar al pueblo de la miseria en que ha estado viviendo; que lo queremos hacer no basándonos en la ilusión de que los problemas materiales y morales de nuestra ciudadanía los vamos a resolver de la noche a la mañana ni por obra de milagro, sino sencillamente como consecuencia del esfuerzo que nos proponemos hacer y que estamos haciendo; no con demagogia, no con palabrería hueca, no con promesas falsas, sino abriendo la inteligencia de cada uno de nuestros compatriotas a la verdad de que el porvenir que aspiramos a disfrutar no nos lo va a forjar nadie a nosotros, no lo va a construir nadie para nosotros, sino que lo tenemos que construir nosotros solos y sin ayuda de nadie. Y que si queremos ser un pueblo enteramente libre y enteramente independiente, tenemos que lograrlo con mucho trabajo y con mucho sacrificio.
Es decir que no partimos de ficciones, partimos de realidades.  Y si para obtener esas realidades hay que sacrificar intereses de algunos, hay que sacrificar intereses de una minoría muy pequeña, a la larga, si no ellos, sus hijos o sus nietos o sus bisnietos, nos lo agradecerán, porque hay un refrán que dice:  “padre bodeguero, hijo millonario y nieto pordiosero”.  Y, en definitiva, algún día las generaciones venideras serán, sobre todo, las que recibirán los frutos de esta obra que nosotros no tuvimos la fortuna de recibir, porque nuestros antepasados no tuvieron la fortuna que tenemos nosotros hoy de que vamos a ver realizada esta obra.
Las generaciones venideras nos lo reconocerán, porque si hoy el 90% o el 95% del pueblo lo reconoce, y puede haber un 2%, o un 3%, o un 4% indiferente, y un 1,38% en contra —que era lo que había, porque me parece que tenemos ahora menos del 1,38 —, en el futuro, las generaciones que vengan después de nosotros, cuando sepan con cuántos sacrificios y con cuántos obstáculos delante estamos haciendo esta obra justa, nos lo reconocerán un ciento por ciento, como hoy la generación actual reconoce un ciento por ciento a la generación que luchó por nuestra independencia .  Y nadie debe olvidarse de que en aquellos tiempos había una parte, y a veces una parte considerable, que era monárquica, o era españolista, o españolizante, o que tenía grandes intereses y era contraria a aquella revolución; y hoy los hijos, o los nietos o los bisnietos de aquellos que combatieron contra Maceo, o contra Máximo Gómez, o criticaban al Apóstol de nuestra independencia, hoy los hijos de todos aquellos que se oponían posiblemente a la liberación de la esclavitud, hoy están aquí luchando por la reforma agraria y hoy reconocen el servicio que le prestaron aquellos a la patria .
Así pues, cabe una pregunta: ¿Cuáles son los problemas que tenemos en Cuba?  ¡Ninguno!  Es decir, problemas con los cubanos: ¿acaso los criminales de guerra?  ¡No, esos no son cubanos, esos no son ni siquiera seres humanos!  
Y esos, ¡esos están lejos de aquí, de agentes de dictaduras o de intereses extranjeros, hablando como celestinas al oído del extranjero poderoso para ver si el extranjero poderoso extermina a este pueblo y los pone a ellos de nuevo aquí para defender unas cuantas caballerías de tierra!  
Esos, con los que pudiera tener problemas la Revolución, esos por mucho que los alienten sus amos, trabajo costará que desembarquen aquí.  ¡Y si desembarcan aquí poco tiempo van a tener para reflexionar!  
Al servicio del extranjero contra su patria:  ¡Eso es lo que hacen los Judas, y los traidores!  Al servicio del extranjero contra su patria, y creer que alguien les va a hacer caso:  ¡Eso es lo que hacen los estúpidos, además!  
Claro que todavía los intereses enemigos de nuestra Revolución cosechan alguna fruta podrida de la semillita que venían sembrando aquí desde hacía mucho tiempo;  todavía cosechan algún traidor, o traidorzuelo, o traidorzote; todavía cosechan algo, ¡pero mientras más cosechen más limpia nos va a quedar la tierra cubana!  
Ojala los cosecharan todos de una vez, pero que se fuesen a vivir allá, allá lejos de esta tierra, porque esta no es su patria; que se fueran para siempre a vivir con el extranjero en el extranjero, pero no aspirar a venir con el extranjero a oprimir este pedazo de tierra que es nuestra patria .
Estos hechos son evidentes, tan evidentes que no se concibe que se hagan tan evidentes, como no sea evidente la falta de respeto más elemental a la dignidad y a la soberanía de nuestro pueblo, o a la falta más elemental de sentido común, para comprender que el sentimiento de un pueblo no es cuestión de dólares, ni de barras de oro, ni de fusiles, ni de bombas; que el sentimiento de un pueblo es algo demasiado delicado para que se pueda herir impunemente.  Porque si algo hay que proclamar aquí es que debe de saberse de una vez que somos seres humanos, que somos seres sensibles, que tenemos sentimientos, ¡y que los sentimientos de los hombres y de los pueblos no se pueden pisotear impunemente! 
Lo que se ha conseguido con eso es fortalecer todavía más la Revolución.  Lo que se va a conseguir con cada uno de esos errores garrafales, producto de la inconsciencia o de la estupidez, es fortalecer más a la Revolución. Y ahora que han fortalecido más a la Revolución, lo que cabe preguntarse es qué piensan sobre esta Revolución y cómo creen que pueda frenarse o destruirse esta Revolución; porque cada ataque la hace más fuerte, porque hay que estar ciegos absolutamente para no ver que aquí prácticamente no hay nadie —cualquiera que sea el grupo social al que pertenezca— que no esté decidido a defender con su vida a Cuba y a la Revolución.
Y si eso es así, entonces ¿qué deben hacer sino dejar tranquila a nuestra Revolución?  Quieren abrir brechas de todas maneras, ensayan todos los medios posibles para ver cómo destruyen la fe del pueblo; buscan y rebuscan la manera de encontrar aliados, de tentar o el interés o el personalismo o la pasión de cualquier cubano, en el afán de debilitar aunque sea un átomo la fe del pueblo.  Y el mecanismo mediante el cual está operando la mentalidad de nuestro pueblo es que a cada nuevo golpe del enemigo reacciona con más respaldo; a cada traición, reacciona el pueblo, que es nuestro amigo, nuestro compañero, nuestro compañero más leal, porque hombres puede haber traidores, ¡pero pueblos no puede haber traidores!  
Aquí hay, por ejemplo, una forma de chantaje que han puesto de moda, un chantaje burdo que se ha puesto de moda.  Todo el mundo sabe lo que es esta Revolución.  Esta Revolución es única en sus métodos, es única en sus procedimientos; esta Revolución busca, como todas las revoluciones que ha habido en el mundo, la justicia; esta Revolución busca lo que han buscado todos los pueblos cuando se han visto oprimidos o cuando se han visto explotados; esta Revolución busca sencillamente la justicia, y la busca por sus caminos y sus métodos propios.  Esta Revolución es inconfundible como lo han sido todas las revoluciones  y, sin embargo, se ha puesto de moda, han puesto de moda el chantaje de hacer imputaciones a nuestra Revolución, de decir que es esto o es lo otro; es decir, calificarla de la manera que más les interese para ver si mueven al extranjero a agredir a nuestra patria.  Así han puesto de moda que cuando a algún equivocado, o a algún descarado o a algún farsante, o a algún desvergonzado no se le deja hacer lo que le da la gana, o no se le deja robar, o no se le deja practicar el nepotismo, o no se le deja campear por su respeto, acude al chantaje de la deserción.  Y como el que deserta de esta Revolución es un héroe en Estados Unidos —no para el pueblo de Estados Unidos, por supuesto, que no tiene la culpa de los errores inconmensurables que están cometiendo algunos políticos norteamericanos —, han puesto de moda convertir en un héroe de televisión de costa a costa, aunque no sepa articular cuatro palabras, en recibir con todos los honores, y, cosa insólita, violar las leyes del propio país, recibir misteriosamente a desertores —en plural, porque son dos o tres—, violando las reglas de las propias leyes de inmigración del país.  Los reciben en silencio, mantienen la noticia en secreto, los trasladan en secreto ante un comité de seguridad interna, como si nosotros estuviésemos amenazando la seguridad interna de Estados Unidos, y se los llevan allá en secreto y misteriosamente, y allí los confiesan y allí les piden cuentas de las cosas de nuestro país.  ¡Como si a alguien le importaran fuera de aquí los asuntos de nuestro país!  
Y resulta ser que el Presidente de ese comité es nada menos que un senador que hace algún tiempo se presentó en el congreso —¡congreso, sí, de Santo Domingo!—, el Congreso de Santo Domingo, y allí se presentó a hacer el panegírico del dictador Rafael Leónidas Trujillo. ¡Qué casualidad!  ¡Cuántas casualidades!
¿Y qué se pretende con eso sino señalar el camino de la traición, estimular la traición, premiar la traición —si es posible— con lo único que puede premiarse la traición, que es con el oro miserable o con la palmada con que los amos les demuestran el afecto a los traidores y a los espías a los que desprecian?, porque siempre ha sido una verdad en el mundo aquello que está inscripto en Roma: “Roma paga a los traidores, pero los desprecia” .
Estimulan la deserción y la traición, para ver si se pone de moda aquí, para ver cómo logran poner de moda aquí que cada vez que a un descarado, a un cínico, a un farsante, o a un desvergonzado que aparezca, no se le deje hacer lo que nosotros por ningún concepto permitiremos que se haga —es decir, todos los vicios del pasado—; para que cada vez que alguien aquí se sienta herido por intereses personales o de cualquier índole, se vaya de Celestina y de traidor a hablarle al oído del amo extranjero que lo homenajea y le paga con el oro miserable.
Esa es una cosa tan evidente y tan clara para todo el pueblo, que lo único que puede producirse es que por cada puñal que le claven a la Revolución más fuerte será la Revolución, y por cada puñal que le claven al pueblo los traidores, los traidores que puedan cosechar, más firmemente estará el pueblo junto al Gobierno Revolucionario.
Equivocados están, equivocados están si menoscaban a nuestro pueblo, equivocados están si menosprecian a nuestro pueblo, equivocados están si creen que al pueblo de Cuba en estos instantes lo pueden desalentar por ningún medio o lo pueden confundir por ningún medio, porque el pueblo de Cuba está preparado, como no lo ha estado nunca, para soportar a pie firme todos los obstáculos que le pongan delante, todos los puñales que quieran clavarle y todas las mellas que quieran hacerle.  Porque no en balde lleva el pueblo un siglo luchando por su destino y sufriendo caídas y recaídas, sufriendo fracasos por culpa principalmente de intereses extraños, para que puedan arrebatarle hoy la meta codiciada que está viendo más cerca que nunca, para que puedan arrebatarle el ideal que ya tiene virtualmente en sus manos.
Mucha sangre costó, mucho sacrificio, mucho dolor y mucho luto, arrebatar las armas que servían para oprimirlo, derrotar las fuerzas poderosas en que se ha basado siempre a última hora la traición de los intereses nacionales, para tener hoy a un pueblo entero unido, unas fuerzas revolucionarias enteramente suyas, donde cada hombre que viste el uniforme y tiene un arma está irremisiblemente e incondicionalmente al servicio del país.
Ya no podrán los intereses foráneos contar con ejércitos traidores que se pongan a sus órdenes, porque —repito— ­hombres puede haber traidores, pero no pueblos.  Ya no podrán contar con el recurso de hablarle al oído al que, teniendo un control importante de los institutos armados, le vayan a hablar de salvar la patria, de salvar la patria de la justicia, de salvar la patria de la liberación, de salvar la patria de la felicidad, que ese es el sentido que tienen esas palabras cuando viene el extranjero a hablar a los oídos de los generales, ¡porque afortunadamente ya en Cuba no hay generales!  Y por si no bastara, ¡no hay ni siquiera coroneles! Así que aquel recurso de levantar las fuerzas armadas, bien armadas, cuidadosamente armadas, e interponerlas entre los intereses y los ideales del pueblo y el pueblo, para convertir en meta inalcanzada siempre las aspiraciones de los pueblos, ese recurso hoy no se puede contar con él.
Y si eso es así, si todo el pueblo está tras un propósito, si todos los hombres armados están tras ese mismo propósito, si todos los sectores sociales del país hermanados van tras ese propósito, ¿qué sentido tiene estar alentando traidores y traiciones? ¿Qué sentido tiene estar maniobrando?  Si cuando un pueblo por pequeño que sea defiende una idea con esa firmeza y con esa unanimidad de pensamiento, es sencillamente un pueblo indoblegable.
¿Qué sentido tiene, pues, sembrar de obstáculos el camino de un pueblo tan luchador y sufrido como este para no lograr el propósito de impedir que ese pueblo alcance su propósito? ¿Qué sentido tiene estorbar una Revolución que es invencible por la fuerza propia que tiene, por la justicia de la causa que representa, por la inconmovible firmeza de sus hombres, por la clara inteligencia de todos los ciudadanos?  ¿Qué sentido tiene sembrarle el camino de obstáculos si no van a conseguir doblegarlo?  ¿Qué sentido tiene hacerle daño a nuestro pueblo si no van a conseguir doblegarlo?  ¿Qué sentido tiene inmiscuirse en los asuntos de nuestro pueblo si no van a conseguir doblegarlo?
Luego, ¿cuál es la única conclusión que se puede sacar de estas verdades, sino que aquí se acabó para siempre el señorío extraño, y que nuestro pueblo es definitivamente dueño de sus propios destinos y que nuestro pueblo no quiere otra cosa que vivir de su esfuerzo y de su riqueza y no del esfuerzo y de la riqueza de otros pueblos?
Y esta verdad es la que Cuba necesita que conozcan nuestros hermanos del continente, esta verdad es la que Cuba necesita que ustedes les trasmitan a todos sus compatriotas, y que les digan que Cuba es un país de puertas abiertas, que Cuba le abre sus brazos y le abre sus puertas a todo el que quiera venir a visitarla, porque está tan convencida y tan segura de la moral que posee y de la verdad que entraña esta lucha como para tener la seguridad de que cuanto hombre justo venga a visitarnos no podrá dejar de tener simpatía por el esfuerzo que nuestro pueblo está realizando.  ¡Esa verdad por encima de cualquier otra!
Este es el foro de la reforma agraria.  Me habría gustado extenderme ampliamente en la reforma agraria.  Es quizás el tema más predilecto de nuestros hombres públicos en este instante; sin embargo, hay otra verdad: ¡Sin Revolución no hay reforma agraria! Por eso lo que atañe a la seguridad de nuestra Revolución está por encima de las medidas legislativas, de todos los cálculos estadísticos y de todos los  razonamientos que se hagan en favor de la reforma agraria.
La reforma agraria juntamente con otras muchas medidas que la Revolución Cubana ha tomado, eran necesidades reconocidas desde hace mucho tiempo.  Los beneficios de la reforma agraria eran beneficios conocidos al menos por todos los que tenían una cultura política en nuestro país y en cualquier país de América.  No era cuestión de teorías, era una cuestión de realidades.  En la teoría todos estaban de acuerdo; la dificultad consistía en convertir la teoría en realidad.
La reforma agraria, como medida básica para nuestros pueblos, si queríamos dejar de ser pueblos subdesarrollados, es una medida cuya necesidad reconocen todos los hombres que sean capaces de ver las cosas claras.  Y en Cuba, si no todo el pueblo como hoy, porque hoy todo el pueblo ha aprendido sobre estos temas económicos, que se ignoraban no por lo incomprensible, sino por el interés en mantener al pueblo en la ignorancia, la reforma agraria no solo como medida de elemental  justicia, no solo como medida de profundo contenido humano, porque iba a llevar el bienestar hacia aquel sector del país más sufrido, más olvidado y más abandonado, sino como medida económicamente elemental si los pueblos quieren librarse del subdesarrollo y alcanzar niveles de vida superiores y justos, era algo que todo el mundo reconocía, como hoy ustedes reconocen necesario en los demás pueblos de América Latina.  Aquí el problema consistía en que la reforma agraria no se hacía ni podía hacerse sin una revolución.
La reforma agraria, como propósito o como necesidad teórica, fue consagrada incluso en nuestra Constitución de 1940, donde textualmente se decía que se proscribía el latifundio y que a los efectos de su desaparición la ley señalaría el máximo de extensión de tierra para cada tipo de cultivo.  ¡Y hacía diecinueve años que la reforma agraria, como necesidad, estaba establecida en nuestra Constitución!
Aquí mismo, aquí en este salón donde están sentados ustedes, y con un pueblo como ese en las galerías, debió aprobarse la reforma agraria cualquier día en los 19 años que llevaba señalada o más bien ordenada en la Constitución de nuestro país.  Aquí en este salón debió de aprobarse la ley agraria que hoy estamos analizando y discutiendo aquí.  Coincidentemente, si no se aprobó, por lo menos se analiza en este salón, si cabe, como una reivindicación del sentido, de la idea de lo que debe ser un parlamento.
Pero transcurrieron 19 años y algunos cientos de representantes y de senadores se pasaron 19 años cobrando 3 000 o 4 000 pesos todos los meses, y en 19 años no se acordaron de aprobar la Ley de Reforma Agraria, en 19 años no se acordaron, ¡o se acordaron demasiado bien de no aprobar la Ley de Reforma Agraria!  
La Constitución ordenaba que la ley emanada de los cuerpos legislativos establecería un límite máximo de la extensión de tierra para cada cultivo.  Es decir que no es una invención nuestra, es una invención de la Constitución de 1940 lo de establecer un límite máximo.  Eso lo decía la Constitución, pero no decía el límite, y el problema estaba en el límite, porque si se hubiese establecido un límite de 500 caballerías, todavía quedaba mucha tierra para repartir; si se hubiese establecido un límite de 1 000 caballerías, todavía quedaba mucha tierra para repartir; si se hubiese establecido un límite de 5 000 caballerías, todavía habrían quedado unas cuantas decenas de miles de caballerías para repartir, y si se hubiese establecido un límite de 10 000 caballerías, todavía quedaba tierra para repartir.
Luego, no se puso ni de 500, ni de 1 000, ni de 5 000, ni de 10 000, porque aquí ese Parlamento no estaba dispuesto a pelearse con una sola de cualesquiera de esas compañías que pudiera tener, por ejemplo, más de 5 000 caballerías de tierra.
El problema estaba en el límite, y no había quien se atreviera a señalar un límite.  Desde luego que si hubiésemos hecho la Ley de Reforma Agraria cumpliendo lo ordenado por la Constitución de la República, pero estableciendo un límite de 20 000 caballerías, con seguridad que habríamos tenido algunas críticas, pero no grandes problemas con los intereses extranjeros afectados por la Ley de Reforma Agraria; la crítica porque hubiese puesto un límite a la posibilidad de adquirir 20 000 caballerías más, pero no habríamos tenido grandes problemas porque ninguna compañía habría perdido una sola caballería de tierra.
Así que no hemos hecho, en cuanto al punto esencial de discusión, el problema del límite, más que establecer límites, porque hemos puesto límites de acuerdo con determinadas circunstancias de intensidad de la producción, los límites que entendíamos que eran correctos si queríamos hacer una reforma agraria capaz de satisfacer los propósitos que se ha planteado nuestra Revolución.
No hicimos sino cumplir un precepto de la Constitución de la República y establecer límites justos, porque son los que permiten desarrollar el plan de la Revolución Cubana, y ese límite es tal que, si bien es cierto que afecta determinados intereses poderosos, numéricamente solo afecta a menos del 1% de los propietarios de fincas rústicas.
De ahí que sea cierto rigurosamente que los beneficios de la ley agraria llegan a la inmensa mayoría de los propietarios de fincas rústicas; no ya a los precaristas, no ya a los pequeños arrendatarios, a los 88 000 aproximadamente, posiblemente más, posiblemente a 89 000 de los 90 000 ganaderos.  Porque la reforma agraria no va solo a constituir una medida de beneficio al precarista o al arrendatario o al que no tiene tierra; la reforma agraria, como parte de un plan, todo un plan económico-social, aporta beneficios a todos los sectores de la producción.  Aporta beneficios al ganadero desde el momento que viabiliza la concesión de créditos a la mitad del interés o a la tercera parte del interés que le concedían antes, desde el momento en que garantiza los precios y pone fin a la angustia anual y a la especulación mediante la cual los grandes ganaderos extorsionaban al pequeño ganadero; les aporta un beneficio desde el momento que se adoptan medidas para propiciar y abrir mercados exteriores de carne, y los beneficia, en fin, en cuanto garantiza el aumento del consumo nacional, de manera que por mucho que se desarrolle la producción siempre tendrán venta segura a precio seguro todos los productores.
Y cito el caso de los ganaderos por citar un ejemplo que es extensivo a todos los demás sectores de la producción.
Y no hay que decir los beneficios que la reforma agraria aporta a la industria, porque sin capacidad de consumo, sin pueblo que compre, no puede haber industria, sobre todo las industrias que nosotros podemos desarrollar primero que nada, las industrias que tienen asegurado un mercado de consumo nacional, ya que nosotros no estamos en condiciones técnicas ni económicas de ir a competir en el extranjero por medio de industrias altamente especializadas.
Las ventajas de la reforma agraria para la industria del país son axiomáticas, ya que los millones de pesos que antes se nos escapaban del país comprando arroz, que podemos producir perfectamente aquí; comprando granos, que podemos producir perfectamente aquí; tejidos, que podemos producir perfectamente aquí; grasas, que podemos producir perfectamente aquí; piensos, que podemos producir perfectamente aquí y que constituyen un volumen que se aproxima a los 150 millones de dólares todos los años...  ¿Dónde se van a gastar esos 150 millones de dólares, sino en productos del país?  ¿Dónde se van a gastar los aumentos de ingresos o ingresos que perciban los centenares de miles de campesinos que hoy no tienen ni trabajo ni tierra, sino aquí en el país?  Van a encontrar trabajo aquí, produciendo en tierra propia, es decir, percibiendo el producto de su esfuerzo, lo que antes se producía en el extranjero, y van a gastar aquí no solo los 150 millones que hoy importamos, sino los 200 o 250 millones que sería el consumo dentro de 4 o 5 años cuando aumentara la capacidad adquisitiva del pueblo; y van a consumir aquí ese producto de la tierra que antes iba a parar al extranjero por concepto de dividendos o que se iba a gastar en el extranjero en excursiones o viajes turísticos, o a depositarse en los bancos de otro país.
Así que no solamente podrá gastarse aquí lo que compramos fuera, porque lo ganaremos aquí, sino que gastaremos aquí todos los cientos de millones de pesos que la reforma agraria va a significar de aumento en el ingreso de las familias campesinas, con lo que vamos a garantizar el desarrollo de nuestra industria.
Esos cientos de millones de pesos, con el poder multiplicador del dinero, del dinero que se gana produciendo, significará un aumento también extraordinario de ingreso en las ciudades, significará un aumento extraordinario de trabajo en las ciudades, porque, sencillamente, estarán produciendo para el gran mercado de consumo nacional que propiciará la reforma agraria.
Y aquí vale la pena destacar un hecho importante: lo primero que hicimos nosotros después del triunfo de la Revolución no fue dictar la ley agraria; lo primero que hicimos fue convencer a todo el pueblo de que la ley agraria era necesaria, porque en la ciudad por lo general no se tenía una conciencia clara de lo que era la reforma agraria y de la conveniencia de la reforma agraria.  Relacionaban la reforma agraria con el campo, y muchos creían sanamente que era cuestión de campesinos; simpatizaban con ella, porque aquí todo el mundo simpatiza con los campesinos, pero no sabían con entera claridad los beneficios que la reforma agraria iba a aportar también a la ciudad.
La estrategia política que se siguió con la Ley de Reforma Agraria fue, primero, persuadir a todo el pueblo, crear en la ciudad una conciencia de la necesidad de la reforma agraria.  Y una de las causas del triunfo de la reforma agraria se debe al hecho de que primero se persuadió a todo el pueblo, y cuando todo el pueblo unánimemente estaba de acuerdo con la ley agraria, se dictó la ley agraria.
Esto vale la pena destacarlo, porque uno de los problemas que pudieran confrontar otros pueblos hermanos de América Latina con respecto a la reforma agraria es la falta de conciencia en las ciudades, en la industria, en los sectores industriales, en el pueblo, sobre todo en los sectores obreros de las ciudades, la falta de conciencia de la necesidad y de la conveniencia de la reforma agraria, que no es asunto que interese solo a los campesinos, sino que interesa tanto a los obreros industriales, a la industria y a los ciudadanos de la ciudad como a los campesinos.
No quiere decir esto que los remedios que nosotros encontremos en Cuba o las fórmulas que nosotros encontremos en Cuba para hacer nuestra reforma agraria sea la fórmula aplicable a otros países, porque, existiendo condiciones distintas, no puede ser necesariamente igual la fórmula ideal de desarrollar una reforma agraria en otros países.  Pero sí es una verdad que puede aplicarse por igual a todas las naciones de América Latina, que si quieren asegurar el triunfo de cualquier reforma agraria —no voy a aconsejar precisamente la fórmula de que sin revolución no hay reforma agraria, para que no nos echen la culpa de las revoluciones que puedan suscitarse en otros países —, sí voy a decir que sin conciencia clara en las ciudades, que es donde el sector del pueblo está políticamente más adelantado, si no hay en la ciudad conciencia de la necesidad de la reforma agraria... Porque a nosotros nos ha valido extraordinariamente, tanto en el orden político como en el orden económico.
Es preciso resaltar que la reforma agraria se ha estado haciendo durante estos meses con la contribución espontánea del pueblo, principalmente de la ciudad.  Y no es que hayamos tenido que pedirle al pueblo después que tuvo conciencia de la necesidad de la reforma agraria; es que paran a los revolucionarios en la calle para darles dinero para la reforma agraria.  En las playas, por ejemplo, de visita, en cualquier sitio, los ciudadanos espontáneamente se presentan a traer su contribución.  Ha sido extraordinaria y amplísima la contribución que la ciudad ha hecho.
Si ustedes hubiesen llegado a La Habana hace dos meses, por ejemplo, se habrían encontrado a La Habana llena de tractores. Quedan algunos todavía, pero la mayor parte ya está produciendo en los campos.  Fue una verdadera fiebre de tractores la que se apoderó de las ciudades, y una contribución tan generosa que en algunos sectores obreros pasaba de 100 000 pesos; es decir que cualquier sector obrero daba más para la reforma agraria de lo que aquí nunca se había recaudado en todo el país espontáneamente para cualquier otro propósito.
Y naturalmente que ello produjo el efecto de crear un sólido respaldo a la medida y una fuerza tal que ha contribuido extraordinariamente a su éxito, porque ese respaldo mayoritario y decidido del 90% del pueblo a la medida, ha sido factor esencial para asegurar el éxito de la reforma agraria.
Se dice que en otros países ha fracasado, se dice.  Podrán haber tenido mayor o menor éxito los empeños; nunca puede decirse que hayan fracasado.  Sin embargo, nosotros tenemos la seguridad de que esta reforma agraria no solo va, sino que triunfará también plenamente. Esta seguridad parte, incluso, de la experiencia lograda, parte del hecho de que todos los sectores del país están contribuyendo a su triunfo.
Iremos más o menos rápido, pero marchamos sobre pasos muy firmes en los planes de desarrollo de la reforma agraria.  Y lo que se ha logrado en estos seis meses es suficiente para estimular nuestro entusiasmo, porque es el caso de que se recorre la isla y ya se encuentran numerosas zonas que están siendo desarrolladas en las distintas provincias.  Viaja usted de aquí a Oriente y se puede encontrar varias cooperativas en plena producción.
Y sorpresas tales hemos tenido, tan agradables como la de una tarde en que dirigiéndonos al norte de la provincia de Las Villas hacia un punto determinado, nos llamó la atención un grupo numeroso de obreros agrícolas regando abono en una extensión de aproximadamente 10 caballerías de tierra.  Al detenernos allí para preguntar qué cultivo era aquel y quiénes eran ellos, descubrimos que era una de las cuatro cooperativas productoras de tomate, de unos cultivos cuyos dueños, en vista de la Revolución, los habían abandonado y se habían marchado, y que, sin embargo, nosotros habíamos organizado: les habíamos indicado las zonas donde debían buscar tierras cada una de las cuatro cooperativas, una extensión de 40 caballerías para cultivar el tomate en rotación. Y, como no habíamos ido directamente a la zona, estábamos pasando precisamente por uno de aquellos puntos donde nosotros, de las tierras disponibles para la reforma agraria, les habíamos señalado que comenzasen a producir y les habíamos dado los créditos correspondientes. Pues nos encontramos a un grupo numerosísimo de obreros cultivando uno de aquellos campos en las mejores condiciones económicas y técnicas, garantizando un producto de exportación de los que más rinde por unidad de extensión de tierra, ya que 10 caballerías de tomate pueden constituir el sustento de 1 000 personas.
Y así, en otros tres puntos había otras tantas cooperativas como aquella, trabajando, con el terreno asegurado para rotar los cultivos, mientras el terreno que dejaban descansar —porque de acuerdo con los métodos de esa producción es necesario variar todos los años al efecto de evitar las epidemias y las plagas...  Ya había cuatro cooperativas, que significaban el sustento de 4 000 familias, con el terreno y la producción asegurada.
Naturalmente que aquello no era más que el principio.  Cada una de esas cooperativas tendrá también su cooperativa de consumo y tendrá su pueblo, porque teniendo como base la producción a la que están dedicados, tendrán allí radicadas también sus viviendas.  Y naturalmente que una cooperativa nos permite la ventaja de hacerlo en una zona determinada, y allí establecer las escuelas, los campos deportivos, los dispensarios médicos y, en fin, todas las demás medidas que acompañan a la reforma agraria; porque si la reforma agraria fuera repartir un pedacito de tierra a cada campesino para que produjera frutos menores y se alimentara, eso no sería una reforma agraria.  Comerían, pero no significaría nada para la industria del país, no significaría nada para el desarrollo económico del país, y tendrían razón los que dicen que es un disparate destruir las unidades de producción y repartir en pequeñas fracciones la tierra.
Donde la tierra está repartida, queda repartida, y al que tiene una caballería, una y media o dos caballerías, al que tiene una extensión determinada, lo convertimos en dueño de aquella tierra y queda repartida porque es el sistema de producción establecido, y procuramos brindarle la ayuda de los créditos a bajo interés, el precio de garantía asegurado, por lo tanto, la venta asegurada de sus productos, el consumo de los artículos que necesita adquirir, a bajo precio, las vías de comunicación, las escuelas, en fin, todas las ventajas.
Donde podemos contar con una extensión muy pequeña, donde no se puede llevar adelante una empresa grande de cultivo, la repartimos también, allí donde las circunstancias lo aconsejen; pero dondequiera que se pueda establecer un cultivo grande como el de arroz, por ejemplo, o de los granos, o de la caña, o de los pastos, no incurrimos en el error de repartir en pequeñas fracciones aquella tierra.
En primer lugar, un cultivo como el del arroz, por ejemplo, significaría que cada cual tendría su casa en su parcela, significaría que una buena parte de aquella extensión de tierra no podría ser dedicada al cultivo, que cuando se estuviese cultivando aquel arroz y se anegase el arroz, las familias quedarían cercadas por el agua, y en fin, que aquello no sería una explotación racional de la tierra, ya que resulta mucho más lógico establecer las casas en el lugar más adecuado, de acuerdo con toda una serie de circunstancias: del agua, el lugar, la altura, y dedicar las mejores extensiones de tierra al cultivo del arroz y las demás a otros cultivos necesarios para el consumo de la cooperativa.
Es decir que nosotros no destruimos las unidades de producción; por el contrario, mantenemos las unidades de producción donde existan, las hacemos producir en cooperativas, y establecemos unidades de producción donde no existan.
Y así, la extensión de tierra que señalamos por familia depende del valor de la calidad de aquella tierra y del producto a que esté dedicada, porque el rendimiento de una caballería dedicada al cultivo del tomate no es el mismo que el de una caballería dedicada a pastos.  Y no es lo mismo tampoco la rentabilidad o el valor de la cosecha que se logra en una caballería de tomate a la de una caballería de arroz o de caña.  El valor de los productos varía de acuerdo con la calidad de la tierra, o principalmente de acuerdo con el cultivo de que se trate.
Y nosotros, por ejemplo, en 80 caballerías de arroz podemos establecer 100 familias que pueden obtener el mínimum vital, que nosotros hemos calculado aproximadamente en 2 000 pesos al año; pero no podríamos establecer 100 familias en 80 caballerías dedicadas a pastos, porque el valor del producto de la extensión de la tierra por unidad dedicada a pastos es muy inferior a la tierra que se dedica al arroz.
Y así nosotros hemos tenido mucho cuidado de atender el aspecto técnico de la producción.  Los que decían que la reforma agraria iba a ser un fracaso porque creían que íbamos a repartir las unidades de producción en pequeñas fracciones, estaban equivocados.  Los que creían que iba a disminuir la productividad, estaban equivocados, porque antes el campesino araba, por ejemplo, con bueyes y con arados de palo, y hoy va a arar con tractores.
Pero para no confundir, ya que me estoy refiriendo a las cooperativas, cada cooperativa será puesta en producción con las máquinas más modernas y la mejor asistencia técnica.  De lo que nosotros podemos estar seguros es de que aumentaremos la productividad del trabajo y de la tierra mediante las máquinas, mediante la asistencia técnica, mediante los fertilizantes, mediante los mejores tipos de semilla, mediante la calidad de los cultivos, y, en fin, que tenemos por delante una extraordinaria posibilidad de desarrollo aquí donde, por ejemplo, el rendimiento promedio de caña por caballería es uno de los más bajos del mundo sencillamente por la falta de aplicación de los métodos correctos para la producción.
Así que nosotros las unidades de producción no solo las mantendremos, sino que las incrementaremos.  Y en aquellos sitios donde el campesino tiene, por ejemplo, producción de maíz o de otros granos en pequeñas parcelas de una caballería, media caballería, tres cuartos de caballería, allí donde no podamos contar con tierras para redistribuir, allí aportamos por ejemplo los equipos, y en las zonas adecuadas establecemos centros de maquinarias que van a sustituir al buey y al arado de palo, procedimientos primitivísimos del tiempo de Noé, los vamos a sustituir por los tractores y los arados, los fertilizantes y los métodos de cultivo adecuados.
Por ejemplo, el campesino que cultivaba media caballería o una caballería de maíz con métodos primitivos, tendrá en primer término la ventaja de un centro de maquinarias que le ara aquella tierra; es decir, ya no tendrá ni que ararla, tendrá solo la obligación de pagar el valor de la aradura con el producto de su cosecha al precio de costo, quiere decir, al precio de aquel equipo y del mantenimiento de aquel equipo y de la reposición de aquel equipo.
Un campesino, que antes cultivaba una caballería con mucho esfuerzo, sembraba una semilla corriente, obtenía 400 quintales por caballería, obtenía un precio problemático que podía ser de dos pesos, dos pesos ochenta centavos, tres pesos, a veces un poco más, a ese campesino le aseguramos la aradura de la tierra y la rotación de la tierra, en fin, que él no tendrá que hacerlo, no tendrá sino que sembrarla, cuidarla y recogerla.  Y si en vez de semilla corriente le brindamos semilla híbrida y le damos la experiencia para poder producirla, duplicará su cosecha.
¿Qué hacemos nosotros con el campesino?  Le decimos: Le garantizamos este precio por su producto.  Pongo de ejemplo el maíz.  El maíz se vende a cuatro pesos cincuenta centavos, o a cinco pesos, o a seis pesos el quintal generalmente; al campesino se le pagaba a menos de tres pesos y siempre era cuestión de discusión entre los que le refaccionaban —refaccionar era llevar mercancías—, cargar un 20%, un 30%, o un 40% sobre el valor de aquella mercancía, recogerle los productos por un precio bajísimo, y aquel maíz por el cual el campesino recibía dos pesos cincuenta centavos, se vendía a cinco pesos.
¿Qué hace la reforma agraria?  Establece allí un centro de maquinarias, le ara por un precio estipulado —que pagará con su cosecha—, le facilita créditos al más bajo interés que se haya facilitado nunca en Cuba, al 4%, le asegura un precio de tres pesos, la venta asegurada de sus cosechas.  Desde que siembra la semilla sabe ya lo que va a recibir por su trabajo.  Y le decimos entonces que si quiere aumentar sus ingresos no piense en aumentar el precio, que tiene que tener pendiente el valor de aquella materia prima para el pienso, para la industria; que si quiere aumentar sus ingresos no piense en más precio, sino en más producción, que su meta debe ser lograr mayores ingresos con la calidad y con el aumento de la producción por unidad, con el mismo trabajo.
Es decir que después de asegurar el ingreso que nunca ha tenido, muy superior a los que ha tenido siempre, le ponemos por delante el estímulo de aumentar la productividad y le damos todas las facilidades necesarias para lograrlo.  Y aquel producto al que nosotros le garantizamos un precio de tres pesos, se venderá en las ciudades, mediante la eliminación de los intermediarios, sencillamente ese producto por el cual le vamos a pagar más al campesino se va a distribuir en las fábricas de piensos o en los establecimientos comerciales por el precio de costo más los gastos de transporte.  Y así el maíz, por el cual el campesino recibirá más precio que nunca, se venderá en las ciudades más barato que nunca.  ¡Eso es lo que hace la reforma agraria!  
Es lo mismo que hacemos con el ganado: exhortamos al productor no a pensar en los aumentos de los precios, sino en producir más y en producir de calidad, y le facilitamos los créditos, le abrimos los mercados y adoptamos todas las medidas para desarrollar ese sector de la economía.
Ese es el porqué la reforma agraria ha logrado captar el respaldo de la inmensa mayoría de los productores, en la misma medida en que convierte en propietarios a todos aquellos que vivían como precaristas o como simples posesionarios —por algún concepto— de la tierra, y les da tierra a los que no tienen tierra.
El hecho de que se establezca como mínimo vital un promedio de dos caballerías, no quiere decir que se necesiten dos caballerías por cada familia.  Si se trata de tomate, un quinto o un sexto de caballería, o menos aún, puede servir de sustento.  Es decir que una centésima parte de caballería en algún producto puede permitir la satisfacción de las necesidades vitales de una familia.  Si se trata de tabaco tostado, por ejemplo, el valor de la producción es una cantidad asombrosa.  Así que dependerá del producto a que esté dedicado.  De ahí que nosotros, disponiendo de las tierras comprendidas en la medida, pensamos establecer un aproximado de 200 000 familias campesinas de las que hoy no tienen tierra; y no conformes con eso, desecamos cuantas marismas y ciénagas pueda haber en el país, para disponer de más tierra.
Tal será el auge de la producción y del trabajo en el campo, que nosotros estimamos que para el próximo año habrá desaparecido completamente el desempleo en el campo.
Nosotros nos hemos trazado como meta, primeramente, producir todos los artículos que hoy importamos.  Si bien es cierto que en materia de azúcar, de tabaco y de café tenemos límites establecidos por las posibilidades del mercado exterior, en una serie de renglones de la agricultura; en algunos no tenemos límite, como en la ganadería, ya que nuestro ganado, como cría, es solicitado, por ejemplo, por Venezuela, y, como carne, es solicitado por otros países.  Nosotros en la producción de carne tenemos posibilidades de mercado ilimitadas.  En la producción de arroz tenemos posibilidades hasta 12 000 caballerías de arroz.  Y así, sucesivamente, en distintos productos de la agricultura tenemos asegurado, con el mercado interno solamente, su desarrollo.  Luego, nuestro esfuerzo se encamina de inmediato hacia la producción de todo lo que estamos importando, escogiendo para ellos las mejores tierras de las que disponemos.
En cuanto a la caña, la meta será todo lo contrario:  no sembrar más caballerías, sino producir la misma cantidad de caña en la mitad de la extensión que hoy le dedicamos, abonándolas y limpiándolas, de manera que podamos disponer de un 50% de la tierra que hoy se dedica a caña, para dedicarla a pastos o a otros cultivos.  Y en cada zona agrícola, en cada cooperativa, por ejemplo, en las de caña no solamente se producirá caña: las tierras que podamos disponer se dedicarán a pastos, se establecerán crianzas allí de ganado de leche y de carne para la alimentación de aquellas familias y para la venta de aquella carne.
Y organizaremos en todas las cooperativas —puesto que en algunas no pueden estar todo el tiempo trabajando, ya que son cultivos estacionarios, y en cierto momento requieren más empleo del personal que en otros—, estableceremos en todas cultivos de frutos menores, vegetales en general. Porque debe saberse que aquí una de las cosas inauditas de nuestros campos es que los campesinos apenas conocen lo que es una lechuga, ni lo que es una berenjena, ni lo que son la mayor parte de los vegetales; no tienen frutas, se alimentan muy mal; carecen de semillas, carecen de conocimientos, porque nunca se les han facilitado.
En cualquier cooperativa cañera, o arrocera, o ganadera, nosotros estableceremos un cultivo por administración de la cooperativa, donde en los ratos de ocio trabajarán por un jornal muy inferior al jornal promedio, porque trabajarán para producir a bajo costo, a fin de comprar a un precio ínfimo —un centavo por libra, por ejemplo— aquellos productos y tener asegurada la alimentación durante todo el año;  a pagar en el momento de la cosecha.  Es decir, ¡que el hambre desaparecerá para siempre de nuestros campos!  
Y todo eso lo haremos técnicamente, siempre utilizando el mejor fertilizante, la mejor semilla.  ¿Cómo garantizamos eso en las cooperativas nacientes?  Pues lo garantizamos mediante una administración capacitada.  En la primera etapa de las cooperativas, donde los campesinos van a recibir allí el producto íntegro de su trabajo, el Instituto Nacional de la Reforma Agraria solo interviene en la designación de los administradores, sencillamente para garantizar la producción.  Llegará el momento en que puedan tener una autonomía mayor o una autonomía plena; pero nosotros garantizamos la inversión correcta de todos los recursos de que se disponga, y el resultado ha sido tal que, por ejemplo, la cooperativa número uno que hicimos, de 180 caballerías de arroz, fue la primera que terminó todos los trabajos en la zona.  En otra cooperativa, en la provincia de Camagüey, donde había 200 caballerías —tengo entendido que algunos de ustedes la visitaron—, este año hemos fomentado 250 más.
Así, la experiencia está demostrando que ha sido un éxito y que tiene posibilidades ilimitadas, porque todo lo que se ha estado promoviendo y desarrollando ha superado los cálculos más optimistas.  Luego nosotros, a través de escuelas de capacitación de administradores de cooperativas, estamos organizando el personal idóneo para garantizar su éxito.
Y es tal la iniciativa del campesino, es tal la inteligencia del campesino, que en muchos lugares las han estado organizando motu propio, y solo hemos facilitado equipos y recursos, y las están desarrollando en magníficas condiciones, con su propia administración y su propia cuenta .
Es más, algunos criterios eran pesimistas, pensaban que el campesino no iba a entender otra cosa que el que le dieran su pedazo de tierra.  Aquello hubiera significado una reforma agraria desastrosa, el fraccionar toda la tierra, encarecería los productos y podría dar lugar a una producción anárquica y descontrolada, sin posibilidad de garantizar precios, cuando mediante este procedimiento orientamos la producción, dedicamos cada paño de tierra al cultivo ideal dentro de los que tienen mercado asegurado, les damos una extensión determinada por el valor que van a tener aquellos productos de la agricultura, y evitamos los excesos de producción.  Orientamos la producción, que es esencial si se quiere hacer una cosa que tenga sentido programático.
Algunos pensaban que iba a ser muy difícil; sin embargo, la realidad ha demostrado lo contrario.  Hay casos de grupos que tienen pequeñas parcelas, de tres cuartos de caballería, una caballería, media caballería, que han estado organizando cooperativas por su cuenta, convencidos de que es mucho mejor el sistema de producción en gran escala, el sistema de producción de gran empresa al sistema aislado, que es más costoso. Y, además, porque tienen una garantía mayor, porque podrán asegurar mejor las cosechas contra todos los incidentes y todos los imponderables; se sienten más seguros, producen con menos trabajo, obtienen mayor rendimiento.  Se han estado produciendo movimientos tendientes a organizarse en cooperativas, se han organizado los pescadores, se están organizando los carboneros, en fin, hay un gran movimiento tendiente a la organización de las cooperativas, por sus ventajas, tanto de producción como de crédito como de consumo.
Y eso nos facilitará a nosotros, en vez del campesino aislado —que si usted pone una escuela en un sector tienen que venir desde muchos kilómetros sus hijos—, en vez del dispensario aislado, hacer los pueblos con los centros escolares, los campos deportivos, los dispensarios, los almacenes, y, en fin, la vida distinta en un pueblo con una base económica firme, que la vida aislada; porque nosotros en cada una de las cooperativas organizaremos un pueblo, que será un modelo de viviendas con facilidades para pagar en 20 años sin interés, porque en la vivienda no cobramos interés al campesino.  Y no solo eso, sino que las vamos a producir al más bajo costo.
Debemos advertir que cada día se obtiene una experiencia nueva.  En las primeras cooperativas se pagaban los salarios de fomento corriente; en el futuro, al objeto de poder invertir más y desarrollar más, como el dinero que se invierte en el fomento de las cooperativas deben pagarlo, pues con ese dinero que se invierte en el fomento vamos a tratar de producir el máximo de fomento con el mínimo de gastos, para poder con los recursos de que disponemos hacer un desarrollo mayor, ya que esos campesinos que están trabajando en el desarrollo de una cooperativa es su cooperativa.  Si cobran salarios altos, tendrán que pagar más cuando tengan que pagar el valor del fomento de aquellas siembras.
Y con las casas vamos a hacer lo mismo: hacer que ellos mismos construyan las casas, facilitándoles los obreros calificados y facilitándoles el material para que con su esfuerzo, en los instantes en que no estén dedicados a la agricultura, produzcan las casas, pero las produzcan a un costo muy inferior al que tendrían si se organiza un equipo de construcción y se va pagando el costo de cada casa.
Así que nosotros no solamente estamos desarrollando los cultivos, sino que estamos preparando las condiciones de vivienda ideal, de escuela ideal, de asistencia ideal a sus necesidades de salubridad; en fin, que cada cooperativa será un modelo.
En los demás sectores donde está aparcelada la tierra, trataremos de llevar también todos los beneficios, aunque sin las facilidades y sin la economía que implica cuando se hace como una gran producción.
Estas son ideas que posiblemente algunas hayan sido expresadas aquí, pero que son el producto de la experiencia.  De lo que más podemos hablar aquí no es de lo que vamos a hacer; de lo que preferimos hablar es de lo que hemos hecho y de la experiencia adquirida.
No nos sentiríamos enteramente satisfechos simplemente expresando estas opiniones, queremos que ustedes, antes de regresar, visiten determinadas zonas, como son las zonas de Oriente, la zona de Manzanillo, para que vean qué se ha hecho y cómo se están desarrollando las zonas aquellas de desarrollo agrícola, o sea que vean la reforma agraria sobre la realidad:  cómo los marabuzales desaparecen; cómo en aquellos lugares que eran improductivos están estableciéndose hoy centros agrícolas de gran valor; cómo hemos organizado en cooperativas a los carboneros, los carboneros que producían el carbón y un intermediario se lo compraba por un precio irrisorio, el carbonero que producía su horno solo en medio del monte y tenía que trabajar 20 horas porque tenía que cuidarlo de día y de noche, y no descansaba y obtenía un promedio de 30 pesos al mes, que va a obtener ahora un promedio de 90 o 100, o 120 pesos —depende del aumento que obtengan en la producción con su trabajo—, produciendo, en vez de en hornos aislados, por zonas, trabajando en conjunto, con lo cual 20 hombres podrán cuidar 300 hornos, que anteriormente requerían 300 hombres para cuidarlos de noche, cuando eran uno o dos haciendo hornos de carbón aislados.  Sin intermediario, porque les damos los camiones para transportarlo y les damos los medios para que adquieran un depósito en la ciudad, y lo vendan a los distribuidores.  Con lo cual, si descontamos los 25 centavos por saco que le daban antes al sargento o al capitán, los 30 centavos que pagaban por el pie de monte, el precio que recibían que era de un peso o un peso veinte centavos, más estos descuentos, y para venderse en la ciudad a dos pesos cincuenta, a dos pesos sesenta centavos, comprenderán cómo esos carboneros, trabajando ocho horas, ganarán cuatro y cinco veces más de lo que ganaban antes.
Esas experiencias reales creo que enseñan más que todos los discursos y todos los argumentos.
Nosotros, con muchísimo gusto —y sin que andemos en afán de exhibir, pero ya que ustedes vinieron desde tan lejos hasta nuestro país—, con muchísimo gusto les facilitamos los medios para que vean lo poco que hemos hecho.
Es muy poco, pero lo podemos exhibir.  Y es lo único que podemos exhibir porque es nuestra verdad, la verdad de lo que estamos haciendo y la verdad de lo que había aquí en Cuba, porque la inmensa mayoría de los pueblos están sin hospitales, sin acueductos, sin calles, sin alcantarillado, sin campos deportivos, sin centros escolares, sin corriente eléctrica; la mayor parte de nuestros campesinos no han visto un bombillo, porque la electricidad no llegó hasta allí.  Y nosotros tenemos por delante la tarea de construir aquí lo que no se construyó en 50 años, de construir todas esas escuelas y hospitales y calles, porque, por ejemplo, las mismas condiciones de salud del pueblo están determinadas por los acueductos, los filtros, los alcantarillados.  En fin que el índice de enfermedades aumenta considerablemente cuando no se tienen esos medios elementales de higiene en las ciudades, las epidemias multiplican el número, triplican, cuadruplican el número de enfermos.
Y tenemos que atender todo eso con los recursos de un país subdesarrollado, saqueado, al que le dejaron 70 millones de reserva solamente, menos del mínimo que debía existir, después de agotar todas sus reservas, que fueron a parar al extranjero.  Y fueron a parar al extranjero porque la balanza comercial nuestra con Estados Unidos es desfavorable en 40 millones de dólares todos los años; porque el dinero que se robaban aquí lo convertían en dólares y se lo llevaban para fuera; porque el contrabando era una institución organizada en nuestro país, y era incalculable, no se podía hacer estadísticas del dinero que se escapaba por concepto del contrabando.  Y baste decir que a pesar de que este año coincidió el triunfo de la Revolución con la cosecha más alta de remolacha de Europa y los precios más bajos de azúcar, que significa un ingreso de 100 a 130 millones de dólares menos, a pesar de ese inconveniente desfavorable, el estado de nuestras divisas en este mes del año es igual al que era el año pasado; lo que significa que mediante nuestra campaña de consumir productos nacionales, el ahorro que antes se nos iba por contrabando, el fin de la deshonestidad administrativa, que era un drenaje constante de divisas al extranjero, tienen un equivalente de lo ahorrado hasta aquí, de 100 a 130 millones de dólares este año.
Este año, a pesar de la Revolución, a pesar de que ni las reparaciones de los centrales, ni los cultivos y, en fin, de que la república tenía virtualmente destruidas sus comunicaciones, sus puentes, sus carreteras, sus líneas de ferrocarril, se hizo la zafra.
Ahora dicen que la reforma va a producir la ruina, que va a producir una disminución en la producción. Al principio de la Revolución decían que no iba a haber zafra aquí, y que no íbamos a producir la zafra, y, sin embargo, nos propusimos 5 800 000 toneladas largas, y hemos producido 5 800 000 toneladas largas. Tal vez más largas de la cuenta, puesto que coincidieron —infortunadamente— con una cosecha grande, una producción muy grande de azúcar de remolacha; pero que demuestra en qué condiciones nosotros hemos tenido que hacer todo esto.
Pero hay algo más: ¿Con qué se ha estado haciendo la reforma agraria y con qué se va a hacer?  En primer lugar, con la contribución espontánea del pueblo, que es con lo que se inició, porque en las tierras recuperadas a los malversadores se empezó a hacer la reforma agraria antes de que se hiciera la Ley de Reforma Agraria. La primera cooperativa se organizó en una finca recuperada, donde se produjeron las 180 caballerías de arroz.  La segunda, en otra finca recuperada, de 1 300 caballerías, de la provincia de Camagüey.  ¿Y con qué recursos, si no estaba hecha la ley?  ¡Pues sencillamente con los recursos que el pueblo aportaba mediante cuestación espontánea y pública!  
Pero esos no eran nuestros únicos recursos.  Nosotros hemos tenido una magnífica fuente de ingresos, nosotros hemos tenido una extraordinaria fuente de ingresos:  el ingreso logrado mediante la recuperación del dinero que se habían robado los malversadores aquí en Cuba .  Y a tal efecto, por concepto de los billetes de 1 000 Y de 500 pesos que se llevaron a última hora, o se habían llevado poco antes y no fueron muy previsores porque creyeron que aquello podía durar un poco más y que fueron sorprendidos en el extranjero, con la simple medida de anular los billetes de 1 000 y de 500 pesos...  Porque como esos no circulan, esos siempre están guardados en los bancos, no afectaban.  Los de 100, los de 20 y los de 10 pues era más difícil anularlos, había que sustituirlos y llevaba muchos meses el cambio completo de la moneda; pero no así lo de los billetes de 500 y 1 000 que con un simple decreto del Consejo de Ministros se les anuló su valor a los que dentro de un plazo determinado no los fueran a cambiar.  Y, naturalmente, los que los tenían en el extranjero no tuvieron mucho tiempo de cambiarlos; además de que algunos que trataron de cambiarlos fueron sorprendidos en los aeropuertos.  No podemos decir cuánto lograron cambiar, pero sí podemos decir que hasta este momento asciende a 17 millones y medio de pesos lo que hemos obtenido mediante los billetes de 500 y 1 000 pesos.
Por concepto del dinero que les sorprendimos en las cajas bancarias, en las bóvedas de los bancos, tenemos hasta estos momentos un aproximado de 20 millones de pesos para la reforma agraria.
Por concepto del dinero que percibían ellos cuando disponían de las cuotas del arroz que se está importando... Porque nosotros le hemos puesto al arroz que se está importando un límite de tiempo, ya que lo vamos a producir aquí, pero cuando se distribuían las cuotas por las autoridades administrativas encargadas de ello, solicitaban un plus para ellos del arroz de importación, y ese plus, que por ley hoy se abona para una cuenta especial de maquinaria agrícola, ese dinero que antes se llevaban, significará 15 millones de pesos más en año y medio para la reforma agraria.
No vamos a contar el valor de la tierra recuperada; baste decir que son varios cientos de fincas, porque de lo ahorrativos que eran estos señores, que hicieron una verdadera y especial reforma agraria para ellos, tenían una gran cantidad de latifundios y de fincas de distintos tipos, y hemos recuperado miles de caballerías de tierra, que ya están incluidas, por supuesto, en la reforma agraria.  Esto, sin contar los edificios de apartamentos y las casas, porque solamente en Varadero, lugar exclusivo que tenían aquí de veraneo, hay 75 residencias recuperadas.  Así, todo eso va a pasar al Instituto Nacional de Reforma Agraria, lo cual ennoblece más todavía esta reforma agraria y la hace más interesante y la hace digna de todo ese entusiasmo y respaldo que el pueblo le brinda.  Y es que estamos haciendo la reforma agraria con el dinero que les hemos quitado a los malversadores, sencillamente. Lo que pudimos quitarles, lo que pudimos quitarles, lo que de alguna manera, mediante medios legales, como fue la anulación de los billetes y la sorpresa que no les dio tiempo de abrir las cajas en los bancos cuando se marcharon precipitadamente el primero de enero.
Con lo poco que les hemos podido quitar estamos haciendo la reforma agraria.  ¡Qué no se hubiera podido hacer en Cuba con todo lo que se han robado, desgraciadamente, en nuestro país, con todo lo que se llevó la dictadura! ¡Qué no habríamos podido hacer en esta patria nuestra, con todos los intereses que se oponen a la Revolución, si ese dinero no se lo hubiesen robado al pueblo!
Y lo que quieren ahora es que precisamente esos señores, que nos saquearon tan miserablemente, vuelvan aquí.  ¡No me explico cómo van a poder desenraizar de la tierra a cada campesino que vamos a sembrar en cada caballería de tierra!  
Simples razonamientos demuestran por qué Cuba está entusiasmada con lo que se está haciendo. No se trata en sí de la reforma agraria; la reforma agraria es una de las tantas medidas, quizás sí la más emocionante por la satisfacción que le brinda a una parte del pueblo, que era la más sufrida, y por lo prometedora que resulta para el futuro del país.  Es que se le ha puesto fin desde el día primero de enero a una serie de vicios que no es que venían desde hace 10 años, sino que venían desde que Cristóbal Colón puso pie en nuestra isla.  Porque el juego, vicio ancestral de estos pueblos nuestros; la botella —yo no sé cómo le llamarán ustedes, botellero aquí es el que tenía un sueldo porque tenía un amigo político y no trabajaba—, la corrupción administrativa viene de la época de los reyes católicos de España, de Isabel y Don Fernando, que fueron los que facilitaron las naves para descubrir este continente; la corrupción administrativa, el juego, el contrabando y una serie de vicios tienen cuatro siglos en este continente, y todo eso ha sido erradicado completa y totalmente.
Tal es aquí el espíritu con que la Revolución ha introducido una moralización de las costumbres públicas del país, que aquí no hay quien se atreva ni a pensar en esas cosas.  Y sin coacción, sin uso de la fuerza, se está en los ciudadanos creando una conciencia de pagar los impuestos, de cumplir con sus deberes, de ser honrados, que nunca se había visto en nuestra patria.
Todos esos vicios eran vicios contra los cuales parecía que ya se había perdido la esperanza de poder vencerlos, y todos esos males han desaparecido de nuestro país definitivamente, porque no permitiremos que los vuelva a implantar aquí nadie.  Toda una serie de procedimientos contrarios, de métodos, de sistemas y de vicios contrarios a los intereses del pueblo, han desaparecido.
Si, por ejemplo, los compañeros que organizaron este foro tuvieran tiempo de invitarlos a ustedes un domingo a que fuesen a las playas que en unos meses solamente hemos construido y donde ha desaparecido la discriminación, porque van los cubanos como hermanos, sin sombra siquiera de segregación racial; allí donde se van a divertir sin beber, donde el alcohol ha sido desterrado, donde los ciudadanos van en número nunca visto ni sospechado a esos centros donde estamos empezando, donde todavía no hay nada virtualmente y donde es el principio, es lo que hemos tenido para este verano; y cómo se están creando las condiciones mediante las cuales todo ese turismo que en Cuba iba al extranjero, donde malbaratábamos otros 50 o 60 millones de pesos todos los años y que hoy se van a invertir aquí y van a servir para financiar todo un programa que vamos a hacer para crear atracciones turísticas en nuestro país...
Porque las cosas más absurdas del mundo pasaban aquí, donde el cubano cuando compraba algo...  De tal manera teníamos una mentalidad desconsiderada con nuestras propias cosas, tal era el complejo de inferioridad que nos habían inculcado, que quien ponía aquí una industria empezaba por ponerle un nombre inglés a la marca —¡y ahora anda apurado cambiándole el nombre del inglés al español!—, porque si el nombre era cubano ya la gente no quería comprar.
Y un día, en un acto como este y como tantos otros, que ha organizado el entusiasmo y el fervor de nuestros jóvenes revolucionarios, cuando en la Universidad de La Habana, en la escuela de medicina —nada menos que en la escuela de medicina—, un grupo de estudiantes organiza una exposición de productos industriales cubanos, el pueblo de Cuba supo la cantidad de productos de magníficas calidades que se estaban haciendo aquí, pero creían que eran extranjeros porque tenían un nombre inglés o francés, o de otro país.  El cubano no tenía noción de que cuando estaba adquiriendo un producto de afuera quizás estaba privando de trabajo a un compatriota suyo y él indirectamente se estaba perjudicando también, porque vivía de un trabajo, vivía de producir artículos nacionales.
Tal es la conciencia que se está creando, que nosotros tenemos razones sobradas para creer que vamos, con el esfuerzo de nuestro pueblo y la explotación de nuestras riquezas, y sin ayuda de nadie —porque una de las cosas que nos hemos propuesto, aunque no nos la hubiésemos propuesto tenía que ser, necesariamente, si queremos de veras ser libres económicamente— a desarrollar nuestra economía con nuestros propios recursos y con nuestro propio esfuerzo, porque nadie lo va a venir a hacer por nosotros, ni nadie nos lo va a dar.
Se está cambiando la mentalidad y con la mentalidad se está cambiando toda la vida económica de nuestro pueblo, porque esas cosas absurdas de ir a gastar en el extranjero el dinero del país...  Nosotros, en vez de ser importadores de turismo, éramos exportadores de turismo; en vez de traer maquinarias, traíamos Cadillacs lujosísimos, y el país donde más Cadillacs había por población, relativamente el país del mundo donde más Cadillacs había era en este país subdesarrollado; y en vez de producir aquí esos artículos y darles trabajo a los cientos de miles de personas que estaban sin trabajo, comprábamos 40 millones de dólares en arroz todos los años, que se puede producir aquí en magníficas condiciones, en esos latifundios abandonados y con esos brazos que no tienen trabajo.
Así está transformando la Revolución la vida del país, y está garantizando un futuro verdaderamente tranquilo y feliz para nuestro pueblo, como premio merecido a tantas generaciones que se han sacrificado. Eso es lo que nuestra Revolución está haciendo conscientemente, planeadamente.  No sueños pueriles e imposibles, sino realidades, donde las ideas al convertirse en hechos superan a los cálculos más optimistas; porque al revés de lo que suele ocurrir en el mundo, Cuba está viviendo un momento en que sus realidades superan a sus sueños.  Y esa es sencillamente la falta que los cubanos están cometiendo, que no quieren perdonarles; eso, y estar haciéndolo en un clima de libertades, en un medio donde todo el mundo opina, donde cada cubano no tiene más límite a sus libertades que el sentido de la responsabilidad con su patria, el no hacerles el juego a los enemigos, a los criminales que quieren volver, o a los extranjeros que quieren imponer aquí las mafias que servían a sus intereses.
Estamos haciendo todo esto dentro de un clima de seguridad, de tranquilidad, donde en los rostros de cada ciudadano se refleja la alegría de estar disfrutando una paz, una tranquilidad y una seguridad que no conoció; un pueblo que está viviendo de una esperanza que había perdido casi, y un pueblo que siente confianza en sí mismo, seguridad en sí mismo, fe en su porvenir.
Si todo eso lo estamos haciendo sin emplear otra cosa que la razón, sin emplear otra cosa que la persuasión, sin contar con otros recursos que el entusiasmo y la dignidad de nuestros ciudadanos; si aquí es este posiblemente uno de los pueblos en que menos se observa la existencia de una fuerza pública, donde no hay un policía que vaya a un restaurante o a una tiendecita a que le den una cajetilla de cigarros porque es policía —costumbre desterrada también aquí—; si no se observa ninguna manifestación de fuerza o de violencia; si el orden y la disciplina que reina en nuestro pueblo es puro espíritu civilizado y de convivencia patriótica, es puro espíritu de colaboración de nuestro pueblo; si eso lo palpa el que viene y nos visita, ¿por qué no ha de tener nuestro pueblo derecho a realizar esta obra?, que no le quita nada a ningún pueblo del mundo, que no aspira a exprimir a otros pueblos del mundo, que no aspira a impedir la felicidad de otros pueblos, que cumple el destino de los seres humanos sobre este planeta, que es vivir de la explotación inteligente de las riquezas del medio donde hemos nacido, destino que han tratado de cumplir los pueblos desde que existen seres pensantes sobre la Tierra.
Si nosotros, por querer hacer esto, a nadie obligamos a sacrificar nada; si, por el contrario, estamos quizás con la experiencia nuestra enseñando esa experiencia a otros pueblos; si estamos sirviendo de ensayo, que algún día podrá también servir de estímulo y de conocimientos sociales, políticos y económicos a otros pueblos hermanos de nuestro continente, ¿a qué ese empeño de cubrirnos de oprobio, de pintarnos como los seres más bárbaros de la Tierra y de tratar de restarnos la simpatía instintiva con que otros pueblos están viendo a nuestra Revolución?  ¿Qué derecho hay a valerse de todos los medios y recursos con que cuentan esos intereses para tratar de aislarnos a nosotros de los demás pueblos hermanos de este continente?
Así, nos interesa que nuestros hermanos de América Latina sepan lo que estamos haciendo, nos interesa contar con su solidaridad y con su ayuda ; nos interesa que se sepa la verdad de Cuba y que se diga que aquí se vieron cosas increíble, que una reforma agraria que establece un límite de extensión a la tierra, que es una medida revolucionaria verdadera, tiene el respaldo de todos los sectores del país; y que en este foro se levantó la representación de los hacendados, de los colonos, de los ganaderos, de las instituciones cívicas, de los abogados de la capital, de los industriales y, en fin, de todos los sectores, se levantaron aquí y, poniendo los intereses de la patria por encima del interés afectado de algunos miembros de esos organismos, declararon su adhesión espontánea.
Lo que decía el delegado de los industriales es muy cierto: nadie los incitó ni les pidió ni les exigió que vinieran. Aquí, si se peca de algo, se peca de no pedir y de una completa indiferencia, si se quiere. No indiferencia, pero una actitud de absoluto respeto a la libre determinación de todos los ciudadanos, a la libre opinión de todos los ciudadanos.  Sin embargo, esa medida radical y revolucionaria tenía el respaldo de todos los sectores del país.  Admirable, si se tiene en cuenta que no era la única, que antes que la reforma agraria vino la rebaja de los alquileres, en algunos casos hasta un 50% ; que vino la reforma urbana, que puso un precio tope al valor de las tierras en la ciudad; que todas las playas privadas se abrieron, declarándose públicas las playas , y que se han dictado una serie de medidas que pueden haber afectado a un número determinado de personas; porque desde luego que no tiene la culpa el que vivía en una playa que alguien cercó porque algún gobierno se lo permitió y allí vendieron las parcelas a precios elevados, no tenía la culpa de que esas cosas se permitieran; pero al abrir la Revolución todas las playas, porque son bienes a los que tiene derecho a disfrutar todo el pueblo, resultaban necesariamente afectados en algún sentido.
Es decir que la Ley de Reforma Agraria se dicta después que se habían dictado otras muchas medidas revolucionarias que podían afectar distintos intereses, y, sin embargo, puede decirse aquí que el entusiasmo, por ejemplo, de las instituciones cívicas, representativas de la clase media, los profesionales, es tan grande como el entusiasmo de los campesinos, de los obreros y de los estudiantes, lo cual garantiza el éxito de esta Revolución.
Los criminales de guerra y los enemigos de la patria, los intereses que quieren seguir perpetrando los métodos que hemos decidido abolir para siempre, no podrán contar con aliados en nuestro país; se estrellarán todos los intentos de despertar egoísmos de sectores, porque todos los sectores han dicho unánimemente que por encima de todo está la patria , todos los sectores han dicho que la Revolución es justa.  Y es evidentísimo que los que resultan resentidos o incapaces de adaptarse a estas realidades revolucionarias son una minoría insignificante de los inadaptables de todas formas.
Resulta igualmente evidente que aun aquellas familias que por un concepto o por otro han visto disminuidos sus ingresos, sin embargo, sus sentimientos de cubanos, o sus sentimientos humanos en relación con el hecho cierto de que aquí en nuestra patria ni se respetó nunca a nadie, ni se respetaba la dignidad del ciudadano y cada ciudadano podía ser víctima de cualquier exacción oficial; como era igualmente cierto que la politiquería infestaba nuestro ambiente, que la corrupción y el vicio infestaba nuestro ambiente, y que, además, nadie se sentía seguro, nadie sabía si su hijo podría regresar esa noche a la casa o no regresaría nunca más; ninguna madre, cualquiera que fuese el sector social a que perteneciera, podía afirmar si entre los muertos que se decían aparecidos en cualquier esquina estaba su hijo, o si aún podía tener la fortuna de saber dónde estaba el cadáver de su hijo desaparecido, o de su esposo, o de su hermano...
El hecho cierto de que aquí se acabaron todas las exacciones, todos los abusos, todos los crímenes, ha hecho que la inmensa mayoría de aquellas personas que, a pesar de haber sido afectadas en sus recursos, tienen sensibilidad humana para reaccionar, inteligencia honesta para reconocer lo que se ha hecho para beneficio del país, generosidad suficientemente para comprender que si somos cubanos, si todos los cubanos somos seres humanos, y si todos tenemos necesidades y si todos tenemos nobles aspiraciones en el mundo, es egoísta el olvidarse de los demás para pensar solo en disfrutar de manera privilegiada de los recursos, que nuestra tierra puede dar de sobra para todos si hacemos las cosas como debemos hacerlas.
Y así, los beneficios que la Revolución ha aportado, aun a aquellas familias lesionadas económicamente, son tan palpables, que no tiene otra explicación sino este hecho cierto y el espíritu sensible y digno del cubano, el amor a su tierra.  La conciencia que se ha creado en los hijos de esta tierra es la explicación del respaldo tan unánime que tiene la Revolución Cubana.
Al decir esto, al demostrar que estamos haciendo una revolución profunda y que la estamos haciendo con el apoyo de todo el pueblo;  al decir que nosotros podemos retar a cualquier régimen que se llame democrático a que pruebe si en algún país hay más democracia y más libertad de la que hay en Cuba , no me quedaría sino añadir que otra de las características de esta Revolución es que nosotros podemos someter a la voluntad del pueblo y a la consideración del pueblo las medidas que estamos tomando y la política que está siguiendo el Gobierno Revolucionario, que la inmensa mayoría del pueblo nos daría su respaldo ; que en cualquier hora, en cualquier circunstancia, en cualquier día, cualquier mes y cualquier año podemos consultar al pueblo para demostrar que somos más demócratas que nadie.
¿Y vamos a desarmar cuando el trabajo que hoy inicialmente tenemos que hacer...?  Porque no vamos a perder el tiempo, como quieren algunos de esos intereses que perdamos el tiempo hoy y que en vez de organizar la producción, organizar las cooperativas y hacer el trabajo que estamos haciendo, que no nos deja tiempo libre ni para respirar, nos pongamos a hacer comités de barrio, y política, y buscar votos y esas cosas.  Parece que quieren eso, como si pudiéramos en estos momentos enfrascarnos en cuestiones y contiendas de partidos políticos, cuando tenemos tantos obstáculos que vencer y tanto trabajo que realizar.
Pero tranquilamente, cuando ya hayamos adelantado esta obra, donde cada día se gana un tanto, y no es que los queramos ganar para ganar pueblos, sino que estamos ganando esos tantos gracias a todo el pueblo que tenemos ; porque aquí es al revés:  no es que queremos ganar tantos para ganar pueblos ni hacer medidas para ganar pueblos.  Es todo lo contrario:  estamos haciendo las medidas por ser leales a ese pueblo, estamos haciendo esta obra sencillamente para que el pueblo reciba lo que aspira recibir y aspiraba a recibir el día que este país se gobernara y se organizara como debía organizarse.  Es todo lo contrario, lo contrario de lo que han hecho siempre los politiqueros, lo contrario de lo que han hecho siempre los demagogos.  Estamos simplemente trabajando porque es el deber de esta hora, pero con un respaldo de pueblo enorme, con la seguridad de que lo mantendremos, y no solo de que lo mantendremos, sino de que lo haremos más firme.
Podremos someter nuestras medidas a la consulta del pueblo, que no hay más que tener un poco de sentido de lo que es la opinión pública para saber que el día que todas esas medidas —no los personajes aquí, porque los personajes no importan, lo que importa son las obras—, el día que estas medidas, todo lo que está haciendo Cuba, lo ponga a la consideración del pueblo, sin género de dudas que la respuesta del pueblo será de entero respaldo a la obra que estamos haciendo.
Por lo tanto, para desarmar todavía más a los farsantes y para destruir todavía más las mentiras y destruir más los argumentos interesados de los que quieren pintarnos como debieron haber pintado a los que antaño cometieron tantos crímenes y tantos horrores con nuestro pueblo para servir intereses extraños; para destruir esas mentiras, para destruir ya la última que podría quedarles —si no le bastara la libertad de opinión, la seguridad y todo género de libertades que hoy disfruta nuestro pueblo—, cuando hayamos encauzado a nuestro país por los senderos por los que hoy tenemos el deber de encauzarlo, cuando tengamos adelantada la obra revolucionaria, someteremos todo esto a la consulta de nuestro pueblo, y lo someteremos cuantas veces sea necesario, porque si de algo tenemos la más completa seguridad es de que la respuesta del pueblo será casi unánime a favor de lo que se está haciendo hoy aquí .
Con esto, los delegados que nos visitan podrán llevarse una idea de lo que estamos haciendo.  Esta es una obra de interesantes facetas sociales, políticas y económicas; nuestra obra, el aporte de Cuba a su bienestar, la contribución de Cuba a la experiencia política y social de los demás pueblos, el modesto aporte de Cuba a nuestros hermanos de América Latina.
No es que seamos egoístas y pensemos solo en nosotros; cuando cumplimos nuestro deber aquí, sabemos que estamos cumpliendo nuestro deber con los demás pueblos de América Latina.  Y cuando sabemos que Cuba hoy es objeto de la consideración y de la atención de los pueblos hermanos de América Latina, sentimos el orgullo de saber que, aunque muy modestamente, estamos también sirviendo de ejemplo y de aliento.
Nosotros sí que no aspiramos a dominar a nadie, nosotros sí que no aspiramos a explotar a nadie, nosotros sí que no aspiramos a imponer nuestra ley.
Hay una fuerza muy superior a cualquier otra fuerza en el mundo y es la fuerza de la razón, la fuerza de la idea, la fuerza del ejemplo, el estar actuando de acuerdo con el espíritu de justicia de los hombres.  Que aquí, como en cualquier sitio de América y del mundo, estarán todos los hombres que sientan la justicia; que por un instinto, o por un sentido ético, o por una concepción racional, tengan una noción de los hombres y del papel de los hombres, del papel de ser humano, más digna que la de vivir oprimidos, la de vivir explotados, la de vivir maltratados, la de vivir angustiados, la de vivir arrastrados.
Todos los que tengan una idea limpia del destino del hombre y un sentido elevado del hombre; los que no vean al hombre como un ser miserable y lo vean digno de que por él se hagan los mayores esfuerzos; los que tengan fe en los pueblos; los que tengan fe en la humanidad; los hombres que crean en que avanza la humanidad por encima de todos los obstáculos, por encima de todas las dificultades; los que crean que existe la solidaridad humana; los que crean que pueda sentirse el ser humano más feliz cuando le hace bien al hombre, al semejante, que cuando lo maltrata o cuando lo esquilma; todos los que aquí, como en cualquier parte de América o del mundo, sean capaces de sentir esas verdades, ¡esos estarán de acuerdo con lo que nuestra Revolución está haciendo!
Y no es cuestión de teorías, no es cuestión de que unos piensen de un color o de otro, de una forma o de otra; lo que hay que pensar es si estamos haciendo lo que debemos hacer, si estamos cumpliendo un ideal de justicia para el hombre, y si lo estamos cumpliendo bien y lo estamos cumpliendo a nuestra manera, porque cada pueblo tiene sus necesidades, cada pueblo tiene su medio, cada pueblo tiene sus peculiaridades y cada pueblo tiene su estilo de llevar adelante un ideal, ¡y eso es lo que importa!
Muchas gracias.
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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