julio 15, 2012

Discurso de Fidel Castro en la clausura del chequeo final de la III Zafra del Pueblo (1963)

DISCURSO EN LA CLAUSURA DEL CHEQUEO FINAL DE LA TERCERA ZAFRA DEL PUEBLO, CELEBRADA EN EL TEATRO “CHAPLIN”
Fidel Castro
[27 de Junio de 1963]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Compañeros azucareros:
Ya la tercera zafra pasó. Fue la zafra de menor producción en los años de la Revolución, la más baja y la última más baja.
Nuestros detractores, sobre todo en el exterior, han utilizado nuestras dificultades en la producción de azúcar como argumento importante contra nuestra Revolución. En el futuro ya no podrán contar con esos argumentos.
Y es cierto que es, en parte importante, consecuencia de nuestra inexperiencia, de nuestras deficiencias y de nuestros errores; que no vinieron solos, sino que se juntaron con los peores años de sequía en los últimos 60 años. Y, además, coincidieron también con los años más difíciles y duros de la Revolución, con los años de la embestida contrarrevolucionaria, con los años de los ataques mercenarios, del bloqueo económico y de la contrarrevolución promovida desde el exterior por todos los medios.
Corresponde, puede decirse, a los peores años por los cuales la Revolución debía atravesar. ¿Cómo nos sentimos hoy? No es este acto de hoy como cualquier acto de los primeros tiempos de la Revolución, del primer año o del segundo año de la Revolución, cuando las cuestiones que nos preocupaban no eran estas; cuando los obreros azucareros no se reunían para esto. Han ocurrido muy sensibles cambios desde entonces. Ya no es aquella reunión en que los representantes de los trabajadores desesperadamente demandaban medidas para resolver el tremendo azote del desempleo, demanda que encontró calor entre los trabajadores porque era en esos instantes su necesidad más sentida; y cuando todavía los centrales azucareros no eran propiedad del pueblo.
Los obreros que en aquellos días solicitaban la aplicación de cuatro turnos en la industria azucarera, lo hacían pensando arrebatar a los propietarios privados de aquellos centrales el fruto de la explotación a los obreros. Todavía no eran del pueblo aquellas empresas, pero nosotros sabíamos que en un día no lejano aquellas empresas serían del pueblo.
Hoy los obreros saben mucho más que entonces, comprenden mucho mejor que entonces. ¿Y qué obrero, con lo que ha aprendido en estos casi cinco años de Revolución, no sabe cuán gran disparate habría sido aquel, si se hubiese implantado la medida? Con los problemas que tenemos hoy de trabajo y de mano de obra, ¿qué habría ocurrido si varios miles de trabajadores azucareros más hubiesen ido a cubrir ese cuarto turno?
Los trabajadores hoy ven las cosas de distinta forma; hoy no es el esfuerzo desesperado, hoy no es la lucha desesperada contra los explotadores; hoy tenemos otra lucha muy distinta; hoy comprendemos estas cuestiones mucho mejor; hoy sabemos cuáles son nuestros verdaderos problemas; y hoy, si hay que librar alguna lucha desesperada, es contra nosotros mismos, contra nuestra desorganización, contra nuestras deficiencias.
Porque, ¿cuál es el caso nuestro ahora? Esas chimeneas que a lo largo y ancho de la isla vemos de trecho en trecho, ya no son el símbolo de la propiedad extranjera, ya no son el símbolo de las propiedades personales de los poderosos magnates de la industria azucarera. Hoy esas chimeneas y esas máquinas, y esas tierras cubiertas de caña, esos mares de caña, no son ya el símbolo del latifundio, del tiempo muerto, del desempleo, de la explotación inicua. Hoy los mares de caña son, como las chimeneas, símbolos de la propiedad del pueblo, símbolo del poder de los trabajadores.
Y eso significa que hoy son nuestras esas empresas, que nosotros somos sus trabajadores y sus administradores.
Antes la tarea del trabajador era saber qué le ordenaba el capataz, qué le ordenaba el mayoral, qué le ordenaba el representante del propietario de aquel ingenio; era más sencillo entonces. El obrero recibía órdenes de los capataces y de los dueños; y, sin embargo, el obrero tiene ante sí hoy un problema nuevo, que es el de administrar esas riquezas, el de organizar la explotación de esas riquezas, porque ya no están aquí los que le daban órdenes, los que le señalaban la tarea.
Y hoy son los propios trabajadores los que tienen que organizar y dirigir la producción, y producir.
Por eso estamos reunidos aquí, por eso nos hemos reunido tantas veces — tal vez un poco más de la cuenta—, porque tenemos delante muy importantes tareas. Y lo que cabe preguntarse es si los trabajadores se sienten o no capaces de organizar y dirigir la producción mejor que sus antiguos capataces, mejor que los antiguos propietarios.
Es cierto que aquellos tenían la cultura; es cierto que aquellos habían tenido más escuela, más relaciones, más mundología, más picardía; es cierto que desde que nacían en cuna de oro los niños de aquellas ricas familias ya estaban predestinados a ser administradores.
Ninguno de ustedes, compañeros, ninguno de los trabajadores aquí presentes nació predestinado desde la cuna a administrar un central azucarero, un departamento de ese central, o una granja cañera, o una organización cualquiera de la producción. Y aquellos ya desde pequeños iban siendo preparados y educados e iniciados en la tarea de mandar, organizar y dirigir aquellas empresas. Eso es cierto.
Y para nosotros debe significar, para los trabajadores que no nacieron con esa predestinación, es decir, con esa predestinación familiar, pero que sí nacieron a la sociedad moderna con la predestinación histórica de ser un día los administradores de las riquezas de la nación, que tienen que aprender, que tienen que saber y que tienen que vencer las dificultades que entrañan su propia inexperiencia, su falta de hábitos como organizadores. Y nadie duda, nadie duda que los predestinados históricos sabrán cumplir esa tarea mucho mejor que los capataces de ayer, que los dueños de ayer.
Reunirse con los trabajadores azucareros, con los que tienen en sus manos la producción de azúcar, significa realmente reunirse con la parte más vital de nuestros trabajadores. Pudiera decirse que históricamente, dentro de nuestro país, tanto antes como ahora, la economía se elevaba o se sostenía sobre los hombros de alguien, sobre los hombros de un sector del pueblo. Y los hombros que sostuvieron y sostienen la economía de este país son los hombros de los trabajadores azucareros, de uno de los trabajos más duros. Y es que la economía de Cuba fundamentalmente depende del azúcar; y el sector del pueblo trabajador y abnegado que lleva sobre sí el peso principal de la economía son los trabajadores azucareros.
Es posible que en nuestro país mucha gente no tenga todavía conciencia de eso; no sepan de dónde vienen esos recursos; muchos que, incluso, tienen un trabajo más cómodo, un estándar de vida más alto, ignoran, o viven como si ignoraran esta verdad, como si ignoraran quiénes son en realidad los héroes de la economía del país y los principales sostenedores de la economía del país.
Y nuestra azúcar tiene una historia sufrida. Porque fue instrumento de progreso, pero también instrumento de explotación; fuente principal de los ingresos del país a lo largo de la historia republicana, y fuente principal también de las injusticias contra el país.
Desde luego que llegó un momento en que nuestra industria azucarera se estancó. Y así ocurrió que cuando la población de Cuba había aumentado al doble, seguía viviendo prácticamente de la misma cantidad de azúcar que cuando era la mitad en número de habitantes. En consecuencia nuestra economía se estancó, y nuestra azúcar sufría los vaivenes de los mercados.
Esto aparte de que una gran parte y los mejores centrales y las mejores tierras eran propiedades extranjeras. Y era siempre incierta la historia del azúcar.
Y, además, como producto agrícola que exportaba nuestro país, era un medio de enriquecimiento para los imperialistas exportadores de productos industriales, que cada vez tenían un precio mayor mientras los precios de nuestro producto disminuían.
Y nosotros en ese sentido hemos sufrido la misma tragedia de toda la América Latina. ¿Por qué de la pobreza de América Latina?, ¿por qué su empobrecimiento progresivo?, ¿por qué? Porque les ha ocurrido igual que a nosotros: que cada año exportaban un mayor volumen de productos agrícolas e importaban un menor volumen de productos industriales. Y los productos industriales sí aumentaban de precio.
Así, por ejemplo, yo le preguntaba a un compañero de la Empresa Consolidada del Azúcar acerca de los precios en el año 1925, y decía: “Eran alrededor de cuatro centavos.” Tuvo sus altibajos, como ustedes saben. Pero: cuatro centavos de lo que valía un dólar en el año 1925. Y el dólar del año 1950 o del año 1960 valía tres veces menos que el dólar del año 1925. Y, sin embargo, el precio del azúcar no era el precio de 12 centavos; el precio era de cinco y tantos centavos. Es decir, que prácticamente nos estaban pagando el mismo precio con un dólar que valía tres veces menos.
Y ese es un claro ejemplo que ilustra el por qué de la situación económica de nuestro país. ¿Por qué el desempleo — se podrá preguntar cualquiera— si en aquellos años hubo una inmigración de población procedente de Jamaica, de Haití y de otros países para cortar la caña; y, sin embargo, cuando la Revolución triunfa, había decenas y cientos de miles de personas sin trabajo en el país? Y estos ejemplos ilustran no solo nuestro caso, sino el caso de toda la América Latina. Y con esos problemas se encontró la Revolución al llegar al poder.
Mas no solo con esos problemas. Cuando la Revolución quiso resolver esos problemas, liberarse de esa coyunda, mejorar la situación de las masas del país, se encontró entonces con problemas aun mayores. Porque aquellos que eran los dueños de nuestras tierras y de nuestros centrales y que mantenían con nosotros un comercio de tal forma beneficioso para ellos, y una explotación de nuestra economía, nos privaron súbitamente de los mercados e implantaron contra nuestro país un férreo bloqueo económico.
Aquellas medidas agresivas del imperialismo más la historia amarga del azúcar contribuyeron, en mayor o en menor grado, a crear una conciencia adversa al azúcar. Por aquellos días nadie absolutamente en nuestro país preveía la posibilidad de encontrar mercado para toda aquella azúcar que repentinamente era rechazada del mercado norteamericano. Y recordarán ustedes que había en el mundo un sobrante de azúcar, de tal manera que las últimas zafras habían sido zafras restringidas. Y cuando viene la supresión de la cuota se toma la decisión de cortar toda aquella caña y reducir la producción azucarera.
Pero las reducciones fueron más allá de lo necesario. Todos aquellos hechos crearon una conciencia pesimista respecto al azúcar, un abandono hacia el azúcar. Y ese factor contribuyó de manera importante a la reducción de nuestra producción.
Nuevas perspectivas surgieron de nuestro comercio con el campo socialista, y hoy es absolutamente claro para todos nosotros la importancia vital que el azúcar tiene para nuestro país y para nuestro progreso. Es que solo ahora ya es una cuestión sin género de duda alguna, de que en el azúcar está la base de nuestra economía y de nuestro desarrollo, y que es imprescindible, de la misma manera que se creó una conciencia pesimista, crear una conciencia optimista, basada en posibilidades reales, con relación al azúcar.
Y para todos los compañeros de la dirección revolucionaria y del gobierno es un hecho incuestionable que hay que impulsar, por todos los medios posibles, el desarrollo de la industria azucarera.
Y es que la industria azucarera cubana no solo tiene mercados asegurados para todo cuanto sea capaz de producir y que, por tanto, nunca más volveremos a encontrarnos con ese problema clásico de los países latinoamericanos bajo el capitalismo y el imperialismo, que es encontrar mercados para sus productos, sino que nuestro país bajo el socialismo, y en virtud de las relaciones con el campo socialista, tiene mercados aun superiores a lo más que nosotros seamos capaces de producir , independientemente del mercado con que contamos en el campo no socialista, y las posibilidades de comercio con numerosos países en todos los continentes, que necesitan azúcar y que, a su vez, producen artículos que necesitamos nosotros.
El problema antes era dónde vender lo que se produce y, por tanto, no producir más de lo que se pudiera vender. Resultado: zafras restringidas. Porque durante la mayor parte de la historia del país las zafras fueron restringidas. Y nuestro problema ahora es cómo producir todo lo que podemos vender. Como comprende cualquiera, son circunstancias muy distintas.
Igual que nuestro problema antes era cómo encontrar empleo, y hoy nuestro problema es cómo encontrar mano de obra; igual que el problema de los trabajadores ayer era luchar contra las máquinas, porque los desalojaban, y su problema es hoy tener muchas máquinas para que los ayuden.
Son resultantes de los cambios que han ocurrido en los últimos años. Y es que antes la máquina era una enemiga, instrumento de los capitalistas para lucrar, desalojadora de los trabajadores. Y, sin embargo, la máquina es la gran liberadora del hombre en las condiciones de producción del socialismo.
¡Y qué triste situación la del ser humano aquella de tener que luchar contra las máquinas y decir: “No al azúcar a granel, no a las máquinas que fabricaban tabaco! Y quien hubiese hablado de fabricar una máquina de cortar caña es posible que lo hubiesen linchado.
Y, sin embargo, ¿qué es una máquina de cortar caña? El instrumento que libera al hombre de uno de los trabajos más duros que hay, tal como cortar caña en las condiciones de sol y de humedad del trópico.
Y aquella era la democracia, aquel era el mundo libre en que el hombre hambriento tenía que luchar contra la máquina que lo liberara de aquel trabajo duro. Esas son las libertades de que les hablan a las masas por el mundo los farsantes del imperialismo y del capitalismo. Y cuando se piensa que en las condiciones del socialismo el hombre clama por la máquina, y esas máquinas van a liberar a cientos de miles de obreros de ese trabajo tan duro, es cuando se empieza a tener un concepto realmente distinto y verdadero de lo que es la liberación del hombre.
Todo es distinto hoy de lo que era ayer, todo ha cambiado. Y hoy es homenajeado por el pueblo, y admirado por el pueblo el obrero que se aparece con una sembradora. Y todo el mundo agradece a ese obrero que haya inventado una sembradora.
¡No lo linchan, no! , ¡no lo maldicen, no!, porque no significa hambre para los hijos de ningún trabajador. Y cada trabajador comprende, ve, siente que esa máquina significa más alimentos y más bienes para los hijos de cada trabajador.
Antes un obrero no podía inventar, porque emplear su inteligencia de hombre era perjudicar a sus compañeros de clase, la inteligencia perecía en la inacción. Y hoy cuando el obrero es capaz de inventar algo, una pieza, una máquina, un procedimiento, recibe el reconocimiento y los honores de todo el pueblo.
¿Por qué? ¿Por qué ahora es así y antes no era así? Y estas son las lecciones que la vida nos da, y las clases de marxismo- leninismo que esa gran maestra que es la vida nos explica. Y nosotros debemos aprender, debemos ser buenos discípulos de la experiencia y de la vida. Esos son nuestros problemas, porque estamos ante problemas nuevos y ante situaciones nuevas. ¿Y no seremos capaces de resolverlos, no seremos capaces de enfrentarnos con éxito a esas situaciones, no seremos capaces de administrar y desarrollar esas riquezas que hoy están en nuestras manos? Delante de nosotros se abren magníficas perspectivas en el campo de la industria azucarera, pero sobre todo en un terreno donde no existen los límites naturales que tenemos para producir azúcar, en el terreno de los derivados del azúcar, de la química del azúcar. Ahí es donde está el campo de las perspectivas ilimitadas y que prometen a nuestro país magníficos frutos si trabajamos de manera consecuente en ese sentido. Porque es posible que en el futuro lo más importante no sea el azúcar, y el azúcar tenga menos importancia que infinidad de productos que — del azúcar, de la miel, del bagazo, de la cachaza— podemos nosotros producir.
Ahora bien, para eso es necesario que trabajemos, para eso es necesario que se impulsen trabajos que ya se han iniciado. Primero, para producir mucha azúcar y, segundo, para desarrollar todas las posibilidades de la industria sucroquímica.
Hay una organización dedicada a la investigación de la caña de azúcar, y hay un instituto dedicado a la investigación de los derivados del azúcar; y se han hecho una serie de trabajos, y en los laboratorios se han encontrado una serie de productos valiosísimos.
Pero ¿qué hay que hacer? Debemos desarrollar esas investigaciones hasta el máximo, debemos brindarles recursos, y algo más: debemos contratar de los mejores técnicos de todas partes del mundo para impulsar esas investigaciones. .
Sin duda de ninguna clase que el azúcar constituye el producto natural básico, el producto del medio donde vivimos, y al igual que otros países tienen otros productos, la naturaleza favoreció nuestra tierra con el privilegio y con las condiciones de poder producir azúcar, más azúcar, a más bajo costo que en ningún otro sitio; al igual que nos favoreció con determinados terrenos propios para determinados tipos de tabaco.
Y como ese es el producto más favorecido por nuestras condiciones naturales, es el producto que nosotros podremos desarrollar en mejores condiciones que nadie, a más bajo costo que nadie. Y, por eso, partiendo de esa realidad, partiendo de ese producto, nosotros debemos agotar todas las posibilidades. No será, desde luego, el único producto, no será la única rama de la economía que se desarrolle, puesto que nosotros tenemos condiciones óptimas para el desarrollo de otras ramas como, por ejemplo, la ganadería, y que también debemos desarrollarla hasta el máximo; incluso en la medida que tecnifiquemos nuestra producción ganadera dispondremos de más tierra para nuestra producción azucarera.
Y en ese sentido tenemos que orientar nuestro esfuerzo, y darnos inmediatamente a la tarea de desarrollar esas investigaciones, cuyos resultados son inmediatos. Porque, por ejemplo, en Cuba se sembraban indistintamente cerca de 50 variedades de caña, y, sin embargo, gracias al esfuerzo de la organización destinada a las investigaciones cañeras, hoy se siembra solo de 10 clases; es decir, de las 10 mejores variedades. Porque hay cañas que resisten más la seca, hay cañas que producen un porcentaje más alto de azúcar por unidad de terreno; hay cañas que producen su azúcar más tarde o más temprano. Una buena selección de las variedades nos permitiría sembrar las cañas que dan mayor cantidad de azúcar por unidad de tierra, nos permitiría — en aquellas zonas donde suele llover menos— sembrar las variedades más resistentes a la seca, y nos permitiría sembrar distintos tipos de esas cañas mejores, que unas maduran más temprano que otras, y empezar la zafra más temprano y poder disponer de más tiempo para hacer la zafra.
Desde luego, esto se dice fácil, pero esto requiere una enorme organización.
En las granjas cañeras, e incluso en la producción privada de caña — es, desde luego, mucho más fácil en las granjas cañeras—, cada vez que se vaya reponiendo la caña, o fomentando nuevas cañas, guiarse por esas normas que traza la organización por el mejoramiento de la producción azucarera.
Es más difícil en la caña privada, en el minifundio cañero; la organización encuentra lógicamente obstáculos mayores. Pero se puede ir avanzando mucho en ese sentido en la agricultura de la caña. Desde luego, hace falta una organización muy superior y, además, una disciplina en la cosecha, y que cada caña se corte, no como a veces ocurre, porque es la más bonita, sino que se corte de acuerdo con el grado de madurez de la caña.
Solamente con el desarrollo de variedades, o con la selección de las variedades que existen, se puede elevar extraordinariamente la producción de azúcar por unidad de tierra.
Y nosotros tenemos todas esas perspectivas por delante: tierras para sembrar la caña, posibilidades del desarrollo de nuevas variedades, selección de las mejores variedades, distribución de las cañas de acuerdo con las características del terreno, desarrollo de planes hidráulicos para aumentar la extensión de caña con regadío. Tendremos las máquinas, porque hoy mismo llegó a nuestro país una comisión de técnicos de la Unión Soviética para trabajar en la solución de la mecanización de la cosecha de caña.
Y eso era fundamental. Desde el momento en que nosotros hayamos resuelto el problema de la mecanización, hemos vencido el obstáculo más importante para poder tener grandes zafras. Y así podremos tener una industria azucarera basada en cañas de la mejor calidad, del más alto rendimiento y de una cosecha y un cultivo absolutamente mecanizado.
¿Cuánta caña podemos producir? ¿Cuánta azúcar podemos producir? Prácticamente la que queramos —hablando en lenguaje figurado—; lógicamente que tiene un límite determinado por la naturaleza. Pero podemos proponernos metas de producción muy altas, y tener una industria azucarera en condiciones incomparablemente superiores a la industria azucarera que había en nuestro país bajo el capitalismo.
En nuestras manos está lograr estas metas. Podemos hacerlo, y es claro para todos nosotros que debemos hacerlo. Desde luego, hay factores con los cuales tenemos que contar. No toda la caña se produce en granjas cañeras del pueblo; una parte importante de la caña es producida todavía por los pequeños agricultores, y en algunos casos por agricultores medios. Nos encontramos el problema de agricultores medios privados que sabotean la producción azucarera, que no cultivan. Desde luego, a todos esos señores que no cultiven les vamos a aplicar las cláusulas de la reforma agraria sobre el particular.
Hay también infinidad de pequeños agricultores, la pequeña empresa agrícola, el minifundio, que es ineficiente; pero los campesinos son nuestros aliados, y debemos tener una política con los pequeños agricultores, y debemos lograr que los pequeños agricultores se esfuercen en producir. Desde luego, hay ciertas circunstancias, tales como la derivada de los distintos precios que tienen los productos, y en virtud de lo cual es más remunerativo el sembrar otras cosas que caña; debemos tener en cuenta esas realidades.
Cuando se habló de los nuevos precios que había adquirido en el mercado mundial el azúcar, y de los nuevos precios que iba a pagar el campo socialista por nuestra azúcar, se produjeron ciertos —pudiéramos llamar— reflejos condicionados, derivados de la costumbre de que el precio de los productos dentro del país se determinaba por los precios del mercado mundial. Eso pertenecía a la época en que no existía una economía nacional, sino muchas economías. Y así, cuando subía el precio del tabaco, se beneficiaba un sector, el de los tabaqueros; cuando subía el precio del café, se beneficiaba el sector de los cafeteros; si subía el precio del azúcar, se beneficiaba otro sector.
Y nuestra economía bajo el socialismo no puede ser una economía de sectores, porque la economía es una, y que debe velar por los intereses de todo el pueblo, porque bien puede ocurrir que necesitemos un producto que tiene en el mercado mundial un precio muy por debajo del precio que se paga dentro del país por ese producto; luego, no deben ser los precios del mercado mundial, deben ser los intereses de la economía del país lo que determine el precio que se debe pagar dentro del país por cada producto.
Y nosotros planteábamos que estábamos en una situación inflacionaria, que el problema no era lanzar más dinero a la calle, sino más bienes de consumo.
Sin embargo, hay una situación especial con el pequeño agricultor, derivada del hecho de que los precios — de acuerdo con las normas de antes— estaban fijados en 3,75. Este año fue una zafra de una gran sequía, y es apretada la situación de esos pequeños agricultores. ¿Qué debemos hacer? Debemos mejorar ese precio; es decir, darles una ayuda, un estímulo. Y eso es a lo que nosotros nos referíamos cuando hablábamos del uso racional de nuestros recursos, y por eso se ha tomado la decisión de elevar de 3,75 a 4 centavos la liquidación este año de la caña de los pequeños agricultores. Y al efecto de que no estén sometidos a los altibajos del mercado, se estudiará una política de precios y se le señalará un precio, por ejemplo, para los próximos cuatro años, de manera que se sientan alentados a limpiar y a cultivar sus cañas; puesto que siendo una parte importante de las cañas de procedencia de la agricultura privada y, sobre todo, de pequeños agricultores, es necesario contar con esa caña, y es necesario contar con el esfuerzo de ese sector de la producción.
Les decía que la tercera zafra del pueblo pasó, y que en realidad lo que tiene que preocuparnos ahora y desde ahora no es la zafra que pasó, sino la zafra que viene. Y ya este año hemos acumulado mucha experiencia de todos los puntos fallos, tanto en la agricultura como en la industria, como en la cosecha de la caña. No vamos a enumerar ahora todos esos puntos, ustedes los conocen de una forma o de otra; pero sí debe la comisión azucarera reunir todos esos informes, reunir todos los detalles, y comenzar desde ahora mismo un trabajo, un trabajo con las masas y con las organizaciones de base, para resolver los problemas de la próxima zafra desde ahora; ¡y que no falte ni una piedra de amolar, ni una lima, ni un machete!; y que se hagan todos los esfuerzos por resolver todos los problemas de abastecimiento en primer lugar, para el trabajo ; y resolver todos los problemas de organización, y superar todas las fallas de organización ; y especificar y delimitar perfectamente bien el trabajo de cada cual, evitar esas dualidades de funciones; y tratar de prever hasta el más mínimo detalle, desde la distribución de la fuerza de trabajo ¡hasta el orden en que debe cortarse cada caña! Y, desde luego, que a la consigna de que no quede una sola caña en pie, habrá que añadir la consigna de que no quede ninguna caña acostada, de que no quede ni una caña en el suelo; y, además, de que no se quede más de 24 horas en el suelo y se recoja inmediatamente. Y todos los problemas de carretas, y de camiones, y de gomas, y de sogas, resolverlos.
Es decir que como sabemos bien de qué pie podemos cojear, como sabemos bien cuáles son todas nuestras deficiencias, podemos emprender una batalla contra todo eso, y superarlo. Ahora tenemos otras tareas. La tarea ahora, sobre todo, le corresponde a la agricultura; y la industria debe apoyar al sector agrícola en el cumplimiento de sus tareas, porque si queremos caña en la próxima zafra, ¡ahora hay que cultivar esa caña y preparar esa caña!
Y hay que lanzar la consigna para el 26 de julio de que todas las cañas, todas, tengan la primera limpia, y que todo el abono esté regado para esa fecha. Es decir, que la caña esté cultivada. Debemos trazarnos y cumplir esa consigna, y no de limpiar solo la orilla, por supuesto, y no solo limpiar sino reponer cada cepa que falte; y limpiar, cultivar la caña, atender todas las normas de cultivo que se han dado, y centrar en eso toda la atención.
Pero desde ahora mismo tenemos que dar el gran empuje en favor de la industria azucarera y proclamar, desde luego, que es la tarea más importante del país el cultivo de la caña, la preparación de la zafra y el desarrollo de la industria azucarera. Hacer conciencia de eso, porque no basta que la tengan los trabajadores del azúcar, sino todos los demás trabajadores que, de una manera o de otra, impulsan y contribuyen a la producción azucarera, como es el caso — por ejemplo— de los obreros del calzado, que si cumplen la meta de producir en el mes de julio un millón de pares de zapatos estarán ayudando también a la zafra, y estarán ayudando al cultivo de la caña, porque hay necesidades de zapatos en los campos, hay necesidades de zapatos para las tareas agrícolas y para las cosechas, para toda la agricultura en general. Y por eso, debemos esforzarnos en todos los frentes; y debe ser conciencia de todos los trabajadores, y cuanto más se esté sentado debajo de una oficina, o en una oficina, delante de una mesa, tanto más conciencia, porque ese trabajo es un trabajo mucho más cómodo que el de cultivar caña y el de cortar caña.
Y todo el mundo debe hacer un esfuerzo proporcional a sus fuerzas, dondequiera que esté situado, en favor de la economía, porque hoy la economía no es patrimonio privado; es patrimonio de todo el pueblo, y los bienes que se producen no son bienes para una clase, son bienes para todo el pueblo. Y quien todavía tiene el privilegio de recibir más — tal vez por un trabajo mucho más ligero—, que por lo menos se esmere, que por lo menos se esfuerce en nombre de los que hacen los trabajos más duros y ganan menos (EXCLAMACIONES Y APLAUSOS).
Nadie tiene derecho a matar el tiempo. Porque el que mata el tiempo, de algo vive, y está viviendo del tiempo que trabajan los demás; porque el que come, calza y viste, y duerme bajo techo, de algo vive. Y todo ciudadano que tiene derecho al pan, tiene el deber también de producir, de trabajar; y tenemos que ir luchando hasta erradicar el último vestigio de conciencia parasitaria. Porque del capitalismo hemos heredado conciencia parasitaria; ese capitalismo ¡cuántos males nos dejó, cuántos vicios, y cuántas costumbres perniciosas! Pero entre otras, la conciencia parasitaria, porque el parásito era el héroe del capitalismo y queda, quedan muchas reminiscencias de esa conciencia, y que se traduce en la idea de vivir cómodos y no hacer nada; ganar un buen sueldo y no hacer nada.
Y, desde luego, ¡que sepan los parásitos que los no parásitos son más que ellos! Y que, desde luego, sepan los parásitos que los no parásitos son más fuertes que ellos (EXCLAMACIONES Y APLAUSOS). Y no tenemos ninguna obligación de tolerar el parasitismo.
Y debemos persuadirnos de que estos son tiempos de esfuerzos, son tiempos de hacer y de emplear el tiempo debidamente, y no de perderlo miserable y parasitariamente.
Porque hoy los héroes, los verdaderos héroes, son los que trabajan y son los que producen; y nosotros hemos visto algunos de esos héroes aquí esta noche. Porque nos presentaron a dos obreros azucareros de la zona de Guantánamo que después que trabajaban sus ocho horas se iban a cortar caña, y cortaban un promedio de cerca de 15 000 arrobas. Uno de estos obreros trabajaba en el turno desde las 7:00 de la noche a las 3:00 de la mañana, y cuando terminaba su turno se iba a los cañaverales a cortar caña. Y, ¿eso no les da vergüenza a los vagos, y no les da vergüenza a los parásitos? ¿Y es posible que aquí haya quienes se paseen en un Cadillac con la gasolina que se compra con el sudor de ese trabajador? (EXCLAMACIONES Y APLAUSOS)
Injusticias, injusticias que todavía existen, desgraciadamente; y uno se pone a pensar cuánto ganó ese obrero, ese verdadero héroe anónimo, y sumarán unos pesos, y quizás se encuentren un chofer de alquiler — que me perdonen los choferes de alquiler, porque muy frecuentemente los pongo de ejemplo— que se ganan 50 pesos en un solo día. ¡Injusticias!, y luego son contrarrevolucionarios muchos además (EXCLAMACIONES). Injusticias que prevalecen y, sin embargo, pagan a 34 centavos una gasolina que hay que traerla de 10 000 kilómetros de distancia, y pagarla con el azúcar que produce ese obrero cañero.
Y así, muchas cosas. Algún día tendremos que tomar medidas niveladoras para que nuestra economía salga de la inflación, esa inflación que beneficia al que tiene mucho y perjudica al que tiene poco. Porque luego, el de la máquina de alquiler encuentra la gallina, que la paga a 10 pesos que el obrero azucarero no la puede encontrar. Porque tenemos situaciones como esas de un pequeño agricultor que vende la gallina a tres pesos y luego va a pelear a la carnicería para que la Revolución, el pueblo, el Estado le venda una carne a 43 centavos. Y esos son los problemas, venden la gallina, el puerco y todo a dos y tres pesos, y después quieren comprar la carne a 43 centavos, carne que se vende por debajo de los costos. Porque nosotros tenemos todo el problema de los precios que nos dejaron los capitalistas, cuando el consumo no era de las masas, sino de minorías privilegiadas. Y nosotros un día tenemos que plantearnos conscientemente un estudio de todos estos problemas; porque si no, no se acaba más nunca el racionamiento en un mar de dinero.
Y para que nosotros tengamos la legítima esperanza de que en la medida que aumentemos la producción, llegar al punto en que nos libremos del problema de las libretas de racionamiento. Y un día, por eso, tenemos que hacer un estudio serio del conjunto de todos los problemas de los precios y los salarios, que sería siempre en beneficio de los de menos ingresos. Ahora estamos adelantando en la cuestión de las normas, en la cuestión de las escalas, y todos esos problemas; puesto que la economía es del pueblo, hoy el pueblo tiene que administrar su economía con un criterio científico, con un criterio técnico, con un criterio correcto, y no con una mentalidad de bodegueros (RISAS); aunque, desde luego, hay bodegueros que tienen un magnífico criterio económico y su economía funciona perfectamente bien; hay otros que le deben a todo el mundo, y no le pagan a nadie (RISAS). Y así, el MINCIN ha tenido que exigirles cuentas a algunos bodegueros que no le pagaban.
Así que los problemas de nuestra economía, de la economía del pueblo, esos problemas el pueblo tiene que afrontarlos con criterios correctos; algún día tendremos que ir entrando por todos estos caminos.
Pero hablando de este problema mismo de la gasolina, nosotros le sugeríamos a algunos compañeros del gobierno y a los compañeros del JUCEPLAN que ¿por qué a 34 centavos esa gasolina? Porque, en definitiva, muchos que tienen camiones privados trabajan unas horitas nada más, no necesitan trabajar más, y la gasolina, baratísima. Y yo les proponía: ¿Por qué no ponemos la gasolina a 60 centavos? (EXCLAMACIONES Y APLAUSOS) Esa gasolina que viene desde 10 000 kilómetros y que la pagamos en azúcar, ¿por qué no captamos esos fondos para el pueblo, para fortalecer nuestra economía, para disminuir la inflación, y les quitamos un poco de ganancia a esos señores que están ganando 30 y 40 pesos todos los días? Y en definitiva, es un poquito más al que tiene máquina, pero por lo general, el que tiene máquina tiene un poquito más de ingresos. Es probable que la mayor parte de ustedes no tenga máquina (EXCLAMACIONES).
Si hacemos la cuenta, observamos lo siguiente: aquí en Cuba había muchas, muchas máquinas; esas máquinas se compraban todas con azúcar; pero los que producían azúcar, ninguno tenía máquina (EXCLAMACIONES Y APLAUSOS). ¿Es o no es verdad eso? (EXCLAMACIONES DE: “¡Sí! “) ¿Qué obrero cortador de caña, ni obrero del central, tenía máquina, como no se sacara el premio en la lotería, el día que a la lotería no le pusieran un premio que iba a parar a los bolsillos de uno de los politiqueros que aquí hacían trampa hasta con la lotería?
Y así era, mucha máquina en la capital, porque la capital tiene de todo; mucha máquina en la capital: no se podía transitar. Y, ¿en los campos, qué?, alpargatas, ¡cuando habían! (RISAS.) En la capital, máquina; en el campo, alpargatas. Y los que producían el azúcar con que se compraban las máquinas, eran los que andaban en alpargatas. De la máquina le tocaba algo: ¿qué?, la suela de las alpargatas (RISAS).
Porque de las gomas viejas, hacían suelas de alpargatas. Y estas son verdades, grandes verdades. Los imperialistas, los reaccionarios, por ahí se ponían a contar cuántas máquinas; y el problema de nosotros no es de muchas máquinas, porque eso era una gran injusticia, máquinas para cortar cañas, esas son las máquinas que nosotros necesitamos; primero máquinas para cortar cañas, instrumentos de trabajo, satisfacción de las necesidades de las masas; y después esas cosas.
¿Qué cañero va a tener una máquina pronto? Reinaldo Castro. Porque nosotros habíamos leído en una entrevista, que él había dicho, que él un día pensaba comprarse un automóvil para llevar a su mamá a la playa o a pasear, algo de eso. Y yo le pregunté: ¿Ya compraste la máquina? Y me dijo: No, todavía no.
Y pensé, de verdad me acordé que el Ministerio de Industrias había ensamblado unos automóviles que llegaron de Checoslovaquia (RISAS), y entonces me acuerdo que el primer automóvil, el compañero Ministro de Industrias lo mandó para que lo viéramos y lo probáramos, y yo dije: ¿Andará por ahí ese automóvil todavía? Porque si está por ahí, ese automóvil, ¿a quién le debemos dar el primero? Como premio al primer machetero. Y entonces, mandamos a buscar el automóvil que apareció, y está ahí, y cuando salgamos, ya él se irá con su automóvil, y podrá un día cumplir ese sueño que decía de llevar un día, a su madre, un domingo a la playa.
Y yo quiero decirles que a mí me impresionó mucho, a mí me impresionó mucho el compañero Reinaldo Castro cuando lo conocí esta noche —pues yo estaba de viaje cuando él logró el primer lugar como cortador de caña. Y me impresionó mucho, no solo ya por todo lo que impresiona a cualquiera saber que un hombre ha cortado en un día 25 toneladas de caña, que es una verdadera proeza desde cualquier punto de vista, sino por su modestia, por su sencillez, por las palabras que dijo; porque estábamos hablando de eso, y dice: “Pero yo no pido máquina” — dijo él—, “yo no pido máquina”. Y de verdad que lo decía, que no pedía; y decía: “Mire, toda mi vida lo que he hecho es trabajar, tengo 23 años, y a los 21 no había ido al cine; desde los siete años trabajo y estoy enamorado del trabajo; y para vivir no necesito más que cuatro pesos; eso es lo que necesito.” Me parecía estar viendo la estampa de un hombre, no de hoy, sino de dentro de 30 o 40 años; estábamos viendo un hombre del futuro, estábamos viendo un comunista de cuerpo y alma.
Porque él dice: “Necesito solo cuatro pesos.” Y a la hora de cortar, corta 1000, más de 1000, como promedio por día. ¿Es o no acaso un modelo de ciudadano, un ejemplo de ciudadano? ¿Cuántos son los que pueden medirse moralmente con él, cuántos? Con esa característica, con esa sencillez; y ese es el tipo de ciudadano que la patria aspira a tener, y aspira así a formar las nuevas generaciones. Y eso demuestra que nuestra tierra rica y fértil, produce silvestre al hombre comunista.
Porque ese hombre que a los 21 años no había ido al cine, no aprendió a revolucionario en una escuela, lo dio la naturaleza, lo dio la vida y vino con esas cualidades.
Y así, el caso de una compañera que cortó 1 400 arrobas de caña en un día. ¿Son o no este tipo de ciudadanos quienes merecen la admiración de nuestro pueblo, el respeto, el cariño y el agradecimiento de nuestro pueblo? ¿Son o no los verdaderos héroes de nuestra sociedad y de nuestra patria?
Y es alentador; porque en estas batallas de la producción, en estas batallas contra la desorganización y contra nuestras deficiencias, y a pesar de ellas, se han producido muchos héroes; hombres y mujeres de este temple. Y debemos sentirnos orgullosos, de que nuestro pueblo, de hombres y mujeres de ese temple.
Y es la Revolución la que abre el surco, la que cultiva las posibilidades de que hombres y mujeres así, surjan y se formen por encima de nuestras deficiencias e inexperiencias y errores. Se ve surgir una conciencia de responsabilidad; hay cambios cualitativos en la mente de nuestro pueblo, de nuestros hombres, de nuestros cuadros. Y quienes se resistan a cumplir el deber, la tarea que les toca, esa conciencia que despierta, los aplastará y los apartará del camino de la Revolución y del pueblo. Y es algo que tiene el filo de un machete que corta, y es una tremenda fuerza.
Y esa conciencia tiene que irse haciendo en todos y cada uno de nosotros en la batalla grande que tenemos por delante; porque nos hemos ganado este derecho, no es poco el trabajo ni las luchas que nos ha costado. Pero la Revolución vence; ¿quién no lo ve?, sus enemigos interiores están aplastados, y hasta los más enconados enemigos exteriores tienen que admitir como realidad incontrovertible a la Revolución Cubana, hasta los propios imperialistas van abandonando sus esperanzas y sus ilusiones de destruir a la Revolución Cubana.
Porque ha resultado una realidad más poderosa que sus fuerzas, que sus mañas, que sus trucos, que sus agresiones, en la realidad del mundo de hoy. Han recibido la gran lección de la época en que están viviendo, y del cambio que tiene lugar en el mundo; la fuerza del pueblo organizada, la fuerza de los trabajadores, la fuerza de los patriotas; los espíritus fuertes y templados han ido venciendo al pusilánime, al pesimista, y han ido aplastando al contrarrevolucionario, a los que se pusieron contra la patria, a los que se pusieron del lado de los enemigos de la patria; desde los días en que asesinaron obreros con sus actos de sabotaje, y creían que podían campear por su respeto, ayudado desde el exterior con armas extranjeras y explosivos extranjeros; desde los días en que creyeron que podían campear a su antojo por nuestros campos, hasta hoy, han ido siendo cada vez más y más aplastados.
Porque en la ciudad, la fuerza de las masas, organizadas en los Comités de Defensa de la Revolución y la acción efectiva de nuestros organismos de Seguridad , le fueron reduciendo cada vez más y más el círculo, de manera que abandonaron las acciones en la ciudad y se lanzaron hacia los campos a perpetrar allá sus fechorías; pero surgieron otras organizaciones, surgieron los batallones de lucha contra bandidos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, que los han ido limpiando paulatinamente de nuestros campos, que los barrieron literalmente en Matanzas, los redujeron al 50% en Las Villas, y ahora emprenderán la barrida final contra ese 50% que queda, y no quedará una sola banda, no quedará un solo bandido, porque está llegándole ya sus últimos días; al esfuerzo del imperialismo, que durante casi cuatro años hostigó la Revolución, infiltrando contrarrevolucionarios, lanzando armas y promoviendo el bandolerismo que asesinaba maestros, que asesinaba brigadistas alfabetizadores, que asesinaba trabajadores, que asesinaba campesinos.
Y a todos les fue llegando su hora. Solos y olvidados ya, abandonados a su suerte, los que un día creyeron que el imperio vendría a imponer su ley, los que un día empuñaron las armas, no para combatir, porque nunca han librado batalla, sino para asesinar, para sembrar el terror en nuestros campos y hacer méritos para el día que llegara la invasión, les tocó lo único que podía tocarles a los traidores, a los mercenarios, a los ilusos, que quedaron abandonados a su suerte, y se enfrentan ahora, los últimos que quedan, a la justicia de la Revolución y al plomo de nuestros combatientes.
Así, limpia quedará la isla de bandidos, aplastada la contrarrevolución, abandonada de los propios que los impulsaron en esas aventuras, desmoralizada frente a la realidad triunfante de la Revolución, a la fuerza pujante de la Revolución, con más organización, con más experiencia, con más dominio de la técnica, porque los imperialistas acudieron a esas tácticas de lucha irregular y la Revolución ha desarrollado sus tácticas de lucha contra esos ataques irregulares. Mientras desarrolló también sus fuerzas armadas, listas para defender al país contra cualquier ataque del enemigo. Y así frente a cada acción del imperialismo, el resultado fue el fortalecimiento de nuestras fuerzas, y así estamos llegando al V aniversario de la Revolución. La Revolución cumplirá cinco años, y cuando la criatura tiene cinco años se dice que está lograda. Y esa es la realidad.
Tenemos derecho a sentirnos optimistas, a sentirnos satisfechos. Nos hemos ganado el derecho a luchar ahora en el campo de batalla principal, que es en el campo de la economía, en el campo de la producción. Ahora tenemos que ganarles la batalla a las escaseces, tenemos que crear y producir las cosas que necesitamos y entregarnos a esa lucha con todas nuestras energías, con todas nuestras fuerzas, porque a lo largo de la historia de la Revolución, cuando el enemigo avanzaba en la guerra los revolucionarios se preparaban a librar los combates y salían victoriosos; cuando la patria amanecía amenazada, en los momentos de mayor peligro y en los momentos más críticos, todo el mundo se presentaba a empuñar el fusil y a librar la batalla contra los imperialistas.
Y así hoy, la llamada no es a las armas, es al trabajo. ¡El grito de Patria o Muerte no es un grito de las trincheras, es hoy un grito de las fábricas, es hoy un grito de los campos y de los centros de producción ante los problemas de la producción, ante los problemas de la economía! ¡Sepamos ser, como hemos sabido ser en las horas de peligro, en las horas de mortal peligro, sepamos serlo también en el frente de la producción, sepamos ser trabajadores de Patria o Muerte!
¡Venceremos!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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