julio 14, 2012

Discurso de Fidel Castro en la graduación de las primeras 800 campesinas en corte y costura (1961)

DISCURSO PRONUNCIADO EN LA GRADUACIÓN DE LAS PRIMERAS 800 CAMPESINAS EN CORTE Y COSTURA, EFECTUADA EN EL COLISEO DE LA CIUDAD DEPORTIVA
Fidel Castro
[31 de Julio de 1961]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Distinguidas visitantes; Compañeras de la Federación de Mujeres Cubanas; Maestras; Graduadas;
Alumnas campesinas:
Para muchas personas que trabajaron en toda esta ardua tarea de organizar las escuelas donde están estudiando en estos momentos 12 500 campesinas, la noche de hoy constituye como un premio a todo su esfuerzo. Es de una infinita satisfacción para todos, el poder graduar hoy las primeras 800 alumnas como capacitadas en corte y costura.
La tarea no era sencilla. En primer lugar, para albergar un número tan grande de estudiantes, era necesario contar con las instalaciones necesarias. Pero, además, era necesario adaptar todas esas instalaciones con los medios indispensables para que pudieran convertirse en escuelas; además, posiblemente más difícil todavía era organizar las escuelas en sí mismas, con sus profesoras y administradoras. Otra tarea difícil, era el hecho en sí de seleccionar a las alumnas, de manera que estuviesen representados todos los sitios de Cuba, de nuestros campos, en las montañas y en los llanos.
Para las compañeras de la federación cuando se les encomendó esta tarea, al tiempo que ellas mismas estaban organizándose, estaban organizando su federación, que ya de por sí era un trabajo abrumador, se les pidió que echasen sobre sus hombros esta nueva tarea.
Con el sentido de responsabilidad que las caracteriza, a ellas les preocupaba si realmente en tan breve curso de tiempo podían desempeñar una tarea tan vasta, cuando realmente la federación todavía no estaba enteramente organizada.
Se puede decir fácilmente, se puede pronunciar la cifra de 10 000, 12 000, 14 000 alumnas, pero organizarlas, ocuparse de ellas a cabalidad, atender a todas sus necesidades en todos los órdenes, capacitarlas, prepararlas en todos los aspectos, realizar un plan tan ambicioso, era algo capaz de impresionar a las personas más animosas. Y es que en realidad con las escuelas ha ocurrido lo que con otras muchas cosas de la Revolución, y es que las realidades han ido superando las más ambiciosas aspiraciones.
Cuando se organizó la primera escuela no se pensaba en tan alto número de alumnas, no se pensaba en una movilización tan gigantesca. Pero fue el éxito que tuvo la primera escuela, la experiencia que fue adquiriéndose, lo que abrió las posibilidades a un esfuerzo todavía mayor. Las primeras alumnas, las que se gradúan precisamente hoy, procedían de todas las cooperativas cañeras de Cuba, pero las cooperativas cañeras constituyen solo un sector de nuestros campos. Quedaba todavía la mayor parte de los campos de Cuba, respecto a los cuales nos sentíamos en la necesidad de llevar un plan similar. Estaban las montañas de Oriente y de Las Villas; estaban las granjas del pueblo y estaban las asociaciones campesinas del llano. El propósito era preparar jóvenes que a su vez pudiesen después enseñar a las demás campesinas. Reunir una representación de cada una de las 600 cooperativas cañeras, era, por otra parte, más fácil debido a su organización, y debido a que se encuentran enclavadas alrededor de los centrales azucareros. Era, por eso, más fácil que reunir las alumnas de los otros sectores de nuestros campos.
Pensábamos que cada una de ellas regresaría a sus respectivas cooperativas, donde enseñarían a las mujeres y a las jóvenes del campo a coser.
Cuando se conocieron los primeros resultados, decidimos extender el plan al resto del país. Había una especie de conflicto entre nuestras ambiciones y nuestras posibilidades; un conflicto entre el espíritu de responsabilidad de la Federación de Mujeres, y un poco de tozudez por parte nuestra. Ellas alegaban que si realmente sería posible realizar con eficiencia tan vasto trabajo. Yo comprendía que tenían razón, pero no me resignaba frente a los obstáculos, tal vez por cuestión de actitudes ante los problemas, quizás porque no tuviera tan elevado espíritu de responsabilidad como ellas.
Pero, en fin, ellas se decidieron a afrontar la tarea, y comenzaron a llegar miles y miles y miles de campesinas. Muchas veces nos encontrábamos con que los sitios destinados a ellas no estaban totalmente provistos de todos los equipos que se necesitaban, porque hay que ver la cantidad de camas, sábanas, colchones, equipos de cocina, y, en fin, todas las cosas que se necesitan, y que naturalmente nuestra industria no estaba produciendo, ante una demanda nueva como esa, en el volumen necesario.
Primeramente, el trabajo de escoger todos esos sitios, todos las casas que quedaban a nuestra disposición por haberlas abandonado sus antiguos dueños. En muchos casos no se sabía qué casas eran; en otros casos habían dejado algún amigo para tratar de burlar las disposiciones del Gobierno Revolucionario; luego equiparlas. A veces, ese trabajo se retrasaba algo, y la llegada de las campesinas se adelantaba, se llenaban los hoteles, ¡suerte que teníamos los hoteles!, que servían de espera, en algunos casos, mientras se acondicionaban todos los locales.
Pero sobre la marcha todo se fue haciendo. Se fueron seleccionando las maestras, se fueron seleccionando los planes de estudios, y el hecho ha sido este: que hay ya 12 500 campesinas estudiando perfectamente.
¿Por qué nos apurábamos? Nos apurábamos porque hay otros planes de estudios también; nos apurábamos, porque cuando se inicie el próximo curso escolar, necesitamos albergar a decenas de miles de estudiantes de la secundaria básica, la preuniversitaria, las escuelas técnicas y la universidad. Si no aprovechábamos este año, si no aprovechábamos estos seis meses que median antes del inicio de ese curso, no podíamos resolver, es decir, no podíamos realizar el plan en todo el campo; tendríamos que habernos resignado solamente a una parte del campo. Por eso nos apuramos. Queríamos aprovechar todos esos locales para preparar profesoras para todos los rincones del país, en número suficiente, para que a su vez pudiesen enseñar a todas las campesinas a coser.
Ahora están representadas ya las cooperativas cañeras, en primer lugar con las 800 que se gradúan, y con 2 000 más que están estudiando; las granjas del pueblo con 4 000 estudiantes. Y de las montañas y de los llanos, procedentes de las asociaciones campesinas, hay en este momento más de 5 000.
Con esto tenemos representados todos los lugares de Cuba; con esto podemos asegurar que para fines de este año, añadiendo a las 12 500 unas 1500 o 2 000 que están por llegar, y que elevarán el número total a más de 14 000 jóvenes campesinas, que la Revolución contará con más de 14 000 muchachas capacitadas para enseñar a las demás campesinas.
Cada una de estas muchachas marchará hacia el sitio de donde partió, con su título de capacitación y una máquina de escribir... No, la máquina de escribir la llevan en la mano todas aquellas que aprendieron a leer y escribir aquí en estas escuelas, debía haber dicho una máquina de coser... .
En cada uno de esos sitios ellas organizarán una pequeña escuelita. ¿Cómo van a retribuir ellas lo que han recibido de la nación, lo que el pueblo ha hecho por ellas, lo que la nación ha gastado en la organización de estas escuelas, en los equipos, en el personal docente y en la atención de estas jóvenes? Ellas han recibido los beneficios del trabajo del pueblo, ellas han recibido los beneficios del esfuerzo de la nación, pero ellas, a su vez, van a retribuir ese esfuerzo.
No podíamos traer a todas las campesinas de la república a estudiar aquí, ¡ojala eso hubiese sido materialmente posible! Ellas van a retribuir lo que han recibido de la nación enseñando a las demás campesinas. Con 10 campesinas que cada una de ellas enseña a coser, lo cual pueden realizar perfectamente en el curso de seis a ocho meses, tendremos el resultado de que en un año y seis meses habrán aprendido a coser 150 000 campesinas en nuestro país.
Así van a pagar ellas, enseñando en nuestros campos, lo que ellas han recibido de la nación. Serán maestras que enseñarán por lo menos a 10 campesinas, es decir, enseñarán durante seis, ocho meses, o un año, gratuitamente, a las campesinas. Después ya muchas de ellas podrán ganarse la vida, con los conocimientos que han adquirido, en las cooperativas enseñando, o en las granjas del pueblo, o en las asociaciones campesinas.
Tal vez algunas personas de las que hayan estado presenciando este acto, al contemplar el magnífico e impresionante desfile de las alumnas que se gradúan hoy, exhibiendo los modelos de vestir que ellas mismas han elaborado, se pregunten si nosotros aspiramos a vestir de fiesta, a vestir tan elegantemente a nuestros campos, si nosotros vamos a llevar esos modelos a los campos.
Indiscutiblemente que esa exhibición sirve para probar todo lo que es capaz de hacer nuestro pueblo; sirve para probar la viva y profunda inteligencia de cada una de estas jóvenes escogidas de nuestros campos; sirve para demostrar que ellas eran capaces de hacer lo que antes era privilegio solo de una minoría insignificante de nuestro pueblo, y que no solo son capaces de hacerlo, sino que son capaces de superarlo, son capaces de vestirse con más gracia todavía de lo que vestían las más encumbradas damas de la alta sociedad explotadora de nuestro país, y que son capaces de exhibir sus vestidos con más arte que nadie, y que, además, son capaces de exhibir una belleza superior a toda la que habíamos visto también en nuestro país, puesto que se trata de la belleza natural de nuestras mujeres, de nuestras mujeres humildes y sencillas, sin todos los afeites con que acostumbraba adornarse aquella clase privilegiada.
Es decir que nuestras mujeres humildes podían vestirse perfectamente bien. Eso se ha probado aquí esta noche, pero al probar que son capaces de elaborar los vestidos más difíciles y más refinados, están probando también que pueden, con mucha más razón, llenar la tremenda necesidad de vestidos que ha tenido nuestro pueblo; demuestran que sabrán hacer también los vestidos sencillos de nuestros campos; y, sobre todo, demuestran que podrán vestir a todas las niñas, y a todos los niños y a todas las mujeres de nuestros campos.
Y que los niños de nuestros campos vestirán bien, y que las jóvenes de nuestros campos vestirán bien, y que las madres de nuestros campos vestirán bien. Y que nuestros campos se adornarán también con los coloridos de las ropas de sus niños, de sus jóvenes y de sus madres; de que nuestros campos tendrán la alegría que antes casi era exclusivamente, en cuanto al vestir, alegría de las ciudades; y que en los campos se vestirán las campesinas y los niños tan bien como en las ciudades.
Y que con muy poca cosa, con lo que cuesta una vara de tela, una madre podrá vestir a un niño; y que con muy poca cosa, las madres campesinas, aprendiendo a coser, podrán vestir perfectamente bien a sus hijos, y podrán vestirse ellas.
Eso es lo que significa el esfuerzo que se ha hecho en este sentido. Pero es que no solamente van a volver a sus casas convertidas en maestras capacitadas. Estas jóvenes han tenido la oportunidad de aprender muchas cosas más.
La compañera que habló aquí en nombre de ellas expresaba sus primeros sentimientos cuando llegaron a la capital, aquellos días primeros, duros para ellas, en que traían muy presente el recuerdo de sus seres queridos que dejaban lejos en el interior de la república.
Claro está que, poco a poco, el esfuerzo de las compañeras de la federación logró inculcar en todas ellas el entusiasmo por el trabajo, la ilusión de lo que estaban haciendo, e inmediatamente se comenzó a notar el resultado.
De más está decir que la contrarrevolución trataba de obstaculizar el trabajo. A las familias campesinas les decían que íbamos a enviar a sus hijas para la Unión Soviética. Era por aquellos días en que los contrarrevolucionarios se habían dado a la tarea de echar a rodar las cosas más absurdas y estúpidas.
Cuando la Revolución decidió proponerle al Komsomol soviético un intercambio de tipo cultural, de manera que ellos nos enviasen un grupo de campesinos y a su vez enviar nosotros un grupo de campesinos a la Unión Soviética, y en virtud de ese acuerdo se decidió enviar a la Unión Soviética 1 000 jóvenes campesinos, el Gobierno Revolucionario se dirigió a las cooperativas y les planteó que escogieran 1 000 jóvenes dispuestos a ir a estudiar agricultura, durante un año, a aquel país, e inmediatamente se presentaron un sinnúmero de solicitudes para ir a viajar a la Unión Soviética.
Quiere decir que el día que hizo falta seleccionar jóvenes para enviar al extranjero, la Revolución no tenía por qué ocultar su propósito, la Revolución no tenía por qué engañar a nadie; la Revolución jamás, por ningún concepto, ha hecho víctima al pueblo del menor engaño. Mientras la contrarrevolución trata inútilmente de confundir, de engañar y de obstaculizar con sus mentiras.
Pero la presencia de tan alto número de jóvenes demostró la fe de las familias campesinas en el Gobierno Revolucionario. Desde luego, el número de jóvenes que quiere ir a estudiar al extranjero es tan extraordinario que jamás podremos complacer a todos los que quisieran realizar esos estudios.
Ya hay varios miles de jóvenes realizando estudios técnicos en el extranjero, pero por cada uno de los que hay en el extranjero, hay por lo menos 10 o 20 que quieren salir también a estudiar. Con esto quiero decir que el día que el Gobierno Revolucionario quisiera mandar a estudiar 10 000 o 20 000 jóvenes al extranjero, ¡con seguridad que se sobran los que quieren ir a estudiar!
Pero el envío de jóvenes al extranjero obedece, sencillamente, a las necesidades de esta etapa, a la necesidad de aprovechar la experiencia adquirida por otros pueblos revolucionarios. Pero que, parejamente con esto, estamos haciendo un gran esfuerzo en la creación de condiciones para preparar aquí la gran masa de nuestros técnicos; porque, desde luego, nuestras universidades tenemos que llevarlas al máximo de capacidad, así como nuestras escuelas técnicas, para preparar el extraordinario número de hombres y mujeres que necesitamos para afrontar las tareas del futuro.
Ahora ya regresan a nuestros campos las primeras 800 jóvenes. Nosotros sabemos que muchas de ellas, al llegar a conocer las oportunidades de estudiar y al llegar a conocer los extraordinarios beneficios que significan para ellas y para el pueblo, han expresado el deseo de estudiar, muchas de ellas. Naturalmente que una parte de las campesinas que fueron seleccionadas no habían cursado siquiera los primeros estudios.
Es sabido que en nuestros campos faltaban escuelas, es sabido que en nuestros campos solo por excepción, solo quizás una o dos de cada 100 o de cada 1000, podían llegar al 5to o al 6to grado. Por lo tanto, sus niveles de estudios eran muy inferiores, y una parte no sabía siquiera leer y escribir.
Eso significa que el esfuerzo y el tiempo necesarios para preparar una de esas inteligencias es mayor que en el caso, por ejemplo, de los estudiantes que ya han alcanzado los niveles de la enseñanza secundaria o preuniversitaria. Pero, de todas formas, la experiencia ha demostrado una inteligencia tan elevada, una inteligencia natural tan desarrollada en las jóvenes de nuestros campos, y algunas de ellas han descollado de manera tal, que creemos realmente que sería un crimen perder la oportunidad de prepararlas.
Por eso, hemos decidido hacer el esfuerzo, a fin de brindarles de nuevo oportunidades ya de realizar estudios especiales a aquellas jóvenes que habiéndose graduado en estas escuelas regresen, desempeñen la tarea que se espera de ellas y deseen regresar a estudiar . Naturalmente, no es fácil precisar el número de las que optarán por esa oportunidad. Es evidente que no serán todas, es evidente que, siguiendo el curso natural de la vida, una parte de ellas tengan contraídos compromisos o los contraigan en estos meses, se casen, funden un hogar y, naturalmente, no estén en condiciones de regresar a estudiar.
Esperamos que para aquella parte que expresen ese deseo y se lo hayan ganado con su conducta y disciplina en las escuelas, y se lo hayan ganado en el desempeño de las funciones que se espera de ellas, sean beneficiadas con la oportunidad de realizar otros estudios, y de parte del Gobierno Revolucionario quedará el compromiso de hacer el esfuerzo necesario a fin de encontrar y acondicionar locales para ellas, para que puedan comenzar esos estudios en el curso 1962-1963.
Algunas gentes no han sido capaces de comprender todo lo que significa en el orden social, en el orden moral y en el orden revolucionario este esfuerzo. Naturalmente que la contrarrevolución suele recibir golpes muy duros frente a cada éxito de la Revolución, naturalmente que en las filas de la contrarrevolución cunde el desaliento cuando presencian los avances abrumadores de la obra revolucionaria, naturalmente que estas cosas desganan y desmoralizan a los contrarrevolucionarios; naturalmente que los contrarrevolucionarios se preocupan muy seriamente de cuanto éxito alcanza la Revolución, ¡porque saben que con esto la Revolución está construyendo sobre cimientos indestructibles su obra!
La contrarrevolución sabe que esos avances alejan más y más cada día sus efímeras esperanzas de aplastar a la Revolución, porque la Revolución necesitaba tiempo, y la Revolución ha sabido aprovechar el tiempo, ¡y la Revolución sabrá seguir aprovechando el tiempo, para trabajar y para crear!
Pero, ¿qué decir ante este hecho inusitado, de un plan de educación masiva en proporciones que posiblemente nunca se había visto en ningún otro sitio del mundo, en tan breve período de tiempo? Pues, tenían que encontrar alguna crítica, y decían que eso de traer a las campesinas a la capital era un error, y que después esas campesinas no querrían volver al campo.
Claro está que esa manera de pensar es propia de la estructura mental de un contrarrevolucionario. Es lógico que ellos piensen así, porque el mundo donde ellos viven es el mundo del pasado, el mundo podrido del pasado, el mundo egoísta del pasado, ¡el mundo explotador e inmoral del pasado!
Antes sí, antes era un error; antes no traía a la ciudad a las campesinas, la clase explotadora, para estudiar; antes las traía para trabajar para ellas; antes las traía para fines más inicuos todavía; ¡antes las traía para corromperlas en las ciudades! La clase explotadora tenía reservados muy tristes destinos para nuestras campesinas.
La Revolución no ha cometido ningún error al traer a las campesinas a estudiar a la capital de la república, porque, en primer lugar, no ha traído a las campesinas, ha traído a una parte de las campesinas, que ojala hubiese sido mayor, para que vayan ellas a enseñar a los campos ; en segundo lugar, la Revolución no tenía la culpa de que las grandes edificaciones, los grandes hoteles, los grandes centros de veraneo y las grandes y principescas residencias donde residía la clase explotadora, hubiesen sido construidas casi exclusivamente en la capital de nuestra república .
Si los señores explotadores hubiesen construido sus palacetes al pie del Pico Turquino, en el medio de nuestros campos, ¡magnífico!, no habríamos tenido que traer a las campesinas a la capital a residir en esos palacetes, nos habríamos ahorrado el viaje. Pero es que mientras ellos construían verdaderas maravillas en la capital donde residían, en nuestros campos no construían siquiera una humildísima escuela para enseñar a aquellos campesinos, en nuestros campos no construían un solo dispensario, a nuestros campos ni siquiera enviaban maestros ni médicos, en nuestros campos no construían siquiera caminos. Concentraron en la capital de la república todas las construcciones, todas las ventajas, todos los medios de confort; lo concentraron, naturalmente, donde ellos vivían, donde ellos distraían sus ocios.
Y cuando la clase explotadora fue desalojada del poder, y cuando esa clase explotadora, por su propia cuenta, decidió abandonar el país, e irse al país de las“maravillas”, de las maravillas imperialistas y explotadoras, entonces nos dejaron sus palacetes, nos dejaron sus quintas, nos dejaron sus fincas de recreo, nos dejaron sus centros de vacaciones; y, además, nos dejaron sus clubes, nos dejaron sus hoteles.
Y así, por ejemplo, cuando el imperialismo decidió prohibir la visita a Cuba de los ciudadanos norteamericanos, y se solazaban los enemigos de la Revolución con la idea de que esos hoteles quedarían vacíos, nosotros nos sonreíamos. Si no vienen los turistas, los hoteles no se quedarán vacíos, ¡los hoteles se convertirán en escuelas y en centros de residencia de técnicos! Pero claro está, los hoteles nunca han estado más llenos. Es que cada vez que se reúnen los dirigentes de las federaciones, los dirigentes de las mujeres, los dirigentes de los jóvenes, los cooperativistas, los hombres de las granjas del pueblo, cada vez que tiene lugar un congreso, cada vez que tiene lugar una conmemoración, los hoteles, cuando no están llenos de estudiantes, están llenos de visitantes amigos de nuestra Revolución o están llenos de obreros, de campesinos, de mujeres, de jóvenes, de revolucionarios, que ahora sí pueden usar esos hoteles. Antes ni siquiera podían reunirse, es decir, no existía ni siquiera la posibilidad de realizar esos congresos y esas reuniones; aparte de que hoy cualquier cubano puede albergarse, por un precio médico, en cualquiera de esos sitios donde antes se albergaban los millonarios.
Por eso, en la capital de la república disponíamos de una capacidad de albergue extraordinaria, superior a cualquier otro sitio del país, y esa capacidad, que constituye recursos de la nación invertidos en años anteriores, la estamos aprovechando hasta el máximo. Así que esa es la primera razón, o una de las razones por las cuales hemos traído a la capital nuestras alumnas campesinas.
Pero, desde luego que eso no tiene nada que ver con la teoría de los contrarrevolucionarios, de que las campesinas al venir a la capital y conocer la capital y todas las comodidades de la capital, no desearían regresar al campo. En primer lugar, cuando afirman tal cosa están confesando el abandono en que estaban nuestros campos, están confesando que mientras una minoría privilegiada disfrutaba de todas las comodidades que había creado en la ciudad, nuestros campos estaban absolutamente abandonados. Pero, desde luego, eso de las confortables ventajas de la capital es también una falsedad, porque había dos capitales: la capital donde vivían los terratenientes, la capital donde vivían los millonarios, lugares, sí, muy floridos, lugares, sí, muy amplios, lugares, sí, muy cómodos y muy higiénicos, con muchos aparatos eléctricos y con muchas ventajas de todo tipo; y las cuarterías donde estaban viviendo los hombres y mujeres humildes del pueblo , los solares donde, en las peores condiciones de salud y de vida, moraban cientos de miles de hombres y mujeres humildes de nuestro pueblo.
La capital de que ellos hablan es la capital de los ricos, no la capital de los hombres humildes y de los trabajadores de nuestro pueblo. Pero, la razón fundamental por la cual están equivocados, es que ellos no son capaces de comprender el espíritu revolucionario que alienta a nuestro país, el espíritu de sacrificio y de abnegación que alienta a nuestro pueblo.
No es que se encuentren en la capital, en este momento, entre campesinas que están estudiando en las escuelas, y jóvenes que están estudiando en otras escuelas, un número aproximado de 25 000 campesinos. Eso no es lo extraordinario, no. De nuestros campos han venido a la capital 25 000 jóvenes, pero lo extraordinario, repito, no es eso, ¡lo extraordinario es que haya cien mil jóvenes de las ciudades enseñando en nuestros campos! , ¡lo extraordinario es que por cada campesino que ha venido del campo a la ciudad a aprender, hayan salido cuatro jóvenes de la ciudad al campo a enseñar!
Esos jóvenes que nunca habían estado en los campos, que nunca habían residido en un bohío, que nunca habían dejado de ver las luces eléctricas de la ciudad, que nunca habían dejado de estar cerca de los cines, de los parques, y de todos los centros de diversión de la ciudad, se han marchado a los campos, están residiendo en las casas más humildes de los campesinos; están, algunos de ellos, desde hace meses, en los rincones más apartados del país. Y los hechos demuestran que esos jóvenes se han adaptado tan perfectamente bien a las condiciones de vida de los campesinos y están tan enamorados de su trabajo, que realmente es increíble el porcentaje tan alto de jóvenes que realizan esa tarea sin vacilación y sin pensar un instante en abandonar su trabajo.
Y las familias que tienen a sus hijos enseñando en los campos, saben cómo se ha ido templando el espíritu de esos jóvenes, saben cómo se ha ido forjando y desarrollando su conciencia revolucionaria, y saben con qué tesón, con qué entusiasmo y con qué valor y espíritu revolucionario están desarrollando esa extraordinaria tarea.
Y cuando ellos escriben, no escriben a sus casas diciendo que quieren regresar, no escriben diciendo que echan de menos la luz eléctrica, o la cama que dejaron en la ciudad, o el agua fría, o el cine. Para ellos hay cosas más duras que esas, como es el haberse tenido que separar de sus hermanos y de sus padres, más duras que tener que dejar de tomar agua fría, o tener que dejar de ir al cine, o tener que dejar de dormir en una cama. Y, sin embargo, aun eso que es duro para ellos, mucho más duro que todas las ventajas de tipo material, lo soportan llenos de orgullo, llenos de entusiasmo y escriben enamorados de lo que están haciendo, escriben expresando su entusiasmo. Y si de algo estamos seguros es de que en los años venideros muchas veces muchos de esos jóvenes desearán volver hacia aquellos sitios y muchos de ellos volverán o a enseñar o a visitar aquellos lugares. Y estamos seguros de que contarán esta etapa entre las etapas más felices de sus vidas.
Pero es el hecho de que se han adaptado a aquella vida, y si los jóvenes de la ciudad que siempre vivieron en la ciudad y que aquí tienen a sus familiares han partido hacia los campos a cumplir con el deber que les indica la patria y les indica su conciencia revolucionaria , ¡cómo dudar de que estas jóvenes que vivieron siempre en el campo, que han tenido que pasar por la dura prueba de separarse de sus hermanos también y de sus padres para venir a estudiar aquí a la capital, no han de ir jubilosas y llenas de orgullo, y llenas de amor al campo, y llenas con el deseo de trabajar y de enseñar allí, en aquellos campos!
Eso lo puede pensar un miserable contrarrevolucionario o cualquier persona acostumbrada a analizar las cosas simplemente. Es cierto lo que decía la joven que habló aquí que ellas se sentían alegres y tristes. Pero como dijo ella, alegres porque regresan al seno de los suyos, al seno de su cooperativa, al seno de su familia, al seno de su hogar. Y tristes, no porque abandonen la ciudad de La Habana, tristes, como dijera ella, porque abandonan sus escuelas. Tristes porque abandonan las compañeras con las cuales han estado conviviendo largos meses; tristes por eso, no tristes porque regresen a los campos.
Porque los campos tienen bellezas que no las tienen las ciudades. El campo tiene también su belleza, pero sobre todo el campo tiene la belleza del trabajo que ellas van a realizar a su regreso.
Pero además hay algo en este mismo esfuerzo que está indicando una cosa: que esas diferencias entre los bienes materiales, entre el estándar de vida de la ciudad y del campo, irá desapareciendo. Llegará el día en que cada cooperativa tenga también su pueblo, en que cada granja del pueblo, en que cada zona campesina tenga sus casas, tan cómodas y quizás más cómodas que en la ciudad, porque en el campo hay el espacio para áreas verdes y para jardines que muchas veces no tenemos en la ciudad.
El campo tendrá también su luz eléctrica, el campo tendrá también sus círculos sociales, el campo tendrá también las ventajas y el confort de la ciudad. En el campo también tendremos los centros de diversión, los centros culturales, los grupos artísticos, y para eso también aquí están estudiando miles de jóvenes que irán a enseñar al campo la música, la danza, el teatro, que conjuntamente con los maestros contribuirán a crear el ambiente cultural de nuestros campos, que llegará a estar a un nivel de vida tan alto como el de nuestras ciudades.
Es decir que ese campo, del cual los contrarrevolucionarios siempre tienen su idea del pasado, es muy distinto del campo que la Revolución tiene en su futuro: el campo del mañana que será muy diferente al campo de hoy, y el campo de hoy es ya muy diferente al campo de ayer, ¡pero el campo de mañana será mucho mas diferente todavía que el de hoy y el de ayer!
Y eso es lo que la Revolución está llevando adelante. En este momento se están construyendo más de 100 pueblos y en realidad no creo que ninguna ciudad ofrezca los alicientes que uno de esos pueblos ofrecerá a sus habitantes. Y el pueblo los ha visto. Quienes acostumbran a recorrer nuestros campos ven cómo un sinnúmero de pueblos se está edificando. Naturalmente que no podemos edificarlos todos en un año. Naturalmente que solo estamos empezando, pero nosotros sabemos que lo que se empieza se termina algún día. Nosotros sabemos, como saben todos ustedes, que también este curso tuvo un comienzo, y que sin embargo, hoy vemos su feliz culminación, y la Revolución sabe que los años pasarán rápido y que en el curso de 10, 12 o 15 años, prácticamente no quedara un solo bohío en nuestros campos.
Naturalmente que los enemigos de nuestra Revolución hacen lo posible por retrasar y obstaculizar ese esfuerzo; hacen incluso todo lo posible por destruir su obra, y no sabemos siquiera cuántas cosas de las que estamos haciendo hoy nos las pueden destruir en un momento de agresión, pero si en 15 años no lo lográramos, lo lograríamos en 20, lo lograríamos en 25 o lo lograríamos en 30, pero de todas maneras nuestro pueblo lo logrará años más o años menos.
Nuestro pueblo, que fue obligado a vivir bajo el imperialismo y su explotación despiadada en las más horribles condiciones de vida durante 60 años, sabe que le bastan unos cuantos años para poder hacer ahora el sueño de su destino, todo lo que no pudo hacer durante 60 años. Y nuestro pueblo tiene fe de que todo ese programa hermoso se llevará adelante, ahora, y cada día, con más ventajas, porque cada día serán más a trabajar por este programa y por la Revolución.
Ochocientas más tendremos trabajando por la Revolución, tan pronto cada una de estas jóvenes que hoy se gradúan regresen a su cooperativa, y ellas ya llevan una idea más cabal de lo que es la Revolución, llevan una idea clara de que el esfuerzo que se está realizando es el esfuerzo de todo el pueblo. Ellas volverán con su espíritu revolucionario más desarrollado; ellas volverán a ayudar a los suyos; ellas volverán a ayudar a la Revolución en el sitio en que se encuentren, a organizar a las mujeres de la federación, a organizar a los jóvenes, a organizar a los niños, a organizar también y a participar y a formar parte de los Comités de Defensa de la Revolución y a trabajar por la Revolución en todos los campos, en todas las oportunidades que se les presenten, e irán allí también a despertar la conciencia revolucionaria de los campesinos donde ellas vivan.
Trabajo por delante tienen bastante, y nosotros sabemos que van a trabajar mucho por la Revolución. Nosotros sabemos todo de lo que son capaces estas jóvenes; nosotros sabemos su extraordinario espíritu de superación. Todas las maestras que han trabajado con ellas, todas las compañeras de la federación que han trabajado con ellas, tienen en ellas una fe inusitada, tienen en ellas una fe extraordinaria, ¡y el Gobierno Revolucionario también tiene en ellas una gran fe!
Nosotros sabemos que no hemos arado en el mar; nosotros sabemos que este esfuerzo no ha sido en vano; nosotros sabemos todo lo que ellas han sido capaces de comprender, lo que con ellas está realizando la Revolución. Y nosotros sabemos que entre las mejores ciudadanas, entre las mejores revolucionarias de nuestro país estarán esas jóvenes y estarán todas estas jóvenes cuando regresen al campo, y la Revolución estará siempre orgullosa de ellas. Y la Revolución estará siempre satisfecha de todo lo que está haciendo por ellas y de todo lo que ellas van a hacer por los demás.
Ellas llevan ya los conocimientos que adquirieron, pero llevan sobre todo los sentimientos que adquirieron, llevan consigo todo el cariño y todo el interés con que nuestro pueblo las ha tratado; llevan consigo todas las pruebas de afecto que les ha dado nuestro pueblo; llevan consigo todo el recuerdo de estos meses que han estado viviendo de cerca, y participando de la Revolución; llevan el recuerdo de nuestros desfiles: del 1ro de Mayo, de nuestro desfile deportivo del 25 y de nuestra concentración gigantesca del 26 de Julio , de todos esos actos donde ellas participaron y a cuyos éxitos ellas contribuyeron.
Porque cada vez que hacía falta jóvenes, cada vez que hacía falta grupos entusiastas para organizar algún evento deportivo, para organizar un desfile, cada vez que el INDER necesitaba jóvenes para sus planes, acudía inmediatamente a las escuelas de campesinas, y sabía que ahí en esas escuelas iba a encontrar el mejor personal para asegurar el éxito de todos los eventos.
Y ellas no deslucieron esas esperanzas que puso nuestro Instituto Nacional de Educación Física, Recreo y Deportes, en ellas. Y nuestra capital las vio desfilar, nuestra capital las vio bailar, nuestra capital y nuestros visitantes extranjeros; y no solo en Cuba, sino en muchos pueblos del mundo, en todos aquellos pueblos que mantienen relaciones amistosas con nosotros, las han visto también a través de la televisión y a través del cine.
Y ellas han sido parte del esfuerzo de la Revolución, y ellas han contribuido a crear y a aumentar la fe en la Revolución; ellas han contribuido al entusiasmo y al espíritu combativo de nuestro pueblo; ellas son frutos de la Revolución, y además parte de la Revolución y además constructoras de la Revolución ; ellas han ayudado a los éxitos de nuestros desfiles; ellas han ayudado a la magnitud de nuestras concentraciones; ellas, con su comportamiento, con su interés por el estudio, con su inteligencia, han ayudado a acrecentar el prestigio de nuestra Revolución.
Volverán ahora al seno de su familia, al seno de sus cooperativas, y llevarán, además de todo lo que se ha dicho aquí, llevarán en su corazón algo para ellas extraordinariamente valioso también: llevarán el recuerdo de sus compañeras, llevarán el recuerdo de todas y cada una de las jóvenes que aquí han conocido. Y así, cada una de estas 800 jóvenes tendrá 799 amigas y compañeras, una amiga en cada una de las 600 cooperativas cañeras de nuestro país; tendrán un sinnúmero de compañeras y de amigas con las que mantendrán comunicación, con las que permanecerán siempre prestos los lazos de compañerismo y de afecto creados en estos meses inolvidables para ellas. Y sabrán que en cada rincón de Cuba tienen una joven amiga, y tendrán el día de mañana una familia amiga, y sabrán que tendrán, en la casa de cada una de sus compañeras, su propia casa.
Su mundo es hoy más ancho. Ayer, en medio de la explotación, su mundo era el pequeño y sufrido mundo de la colonia cañera, donde se trabajaba tres o cuatro meses al año, donde muchas veces no se encendían los fogones de las cocinas, y donde ellas han sido testigos excepcionales de todas las miserias y de todos los abusos que se cometieron contra nuestros campesinos; el mundo pequeño de ayer, el mundo de la guardia rural, de la compañía extranjera, ha ido quedando atrás. El mundo pequeño de ayer, es el mundo de la cooperativa de hoy, y es el mundo ya más ancho para ellas de todas las cooperativas del país.
Ya ellas saben que hay 600 sitios en todo el país como aquellos donde ellas viven. Y tantas veces habrán oído los nombres de cada una de las cooperativas, que es posible que ellas conozcan los nombres de cientos de ellas, de casi todas ellas, y entonces ya su mundo no es el mundo estrecho de la colonia, ¡es el mundo ancho de la patria, es el mundo ancho de todos los pueblos amigos de nuestro pueblo! ¡Con sus conocimientos han crecido sus perspectivas en todos los órdenes de la vida!
Y eso, al considerarlo hoy, es para todos nosotros un motivo de profunda emoción, un motivo de profunda satisfacción al ver los frutos ya logrados de este empeño.
Ahora regresarán ustedes a sus hogares, como regresará cada una de estas jóvenes que también se graduarán, como se han graduado ustedes hoy. Ustedes les han estado enseñando el camino a los demás; ustedes nos han enseñado, además, cómo resolver estos problemas, nos han dejado una gran experiencia por la cual todos estamos también agradecidos.
Nuestra felicitación calurosa a las compañeras de la Federación de Mujeres Cubanas, que de manera tan brillante y de manera tan exitosa organizaron e hicieron funcionar estas escuelas, que para ellas han significado días y meses interminables de trabajo y de desvelos. Nosotros sabemos lo satisfechas que ellas se han de sentir al ver que culmina este que ha sido el primer gran esfuerzo de la Federación de Mujeres Cubanas, que lo han realizado tan felizmente, que de tal forma han respondido a la fe y a la confianza depositadas en ellas.
Su directora, la compañera Elsa Gutiérrez, ha de sentirse hoy doblemente feliz. Y, en realidad, ha sido felicísima la circunstancia de que en el mismo día y a la misma hora en que se estaban graduando sus alumnas, vino al mundo —como decía Vilma— una compañera más de la federación.
Cuando alguien me contaba hace un rato que algunas personas al ver los maravillosos trabajos que se exhibían en Fin de Siglo, elaborados por las jóvenes que hoy se gradúan, decían que no, que eso no era posible, que esos vestidos no los habían hecho las campesinas, que esos se los habíamos hecho y los habíamos puesto allí para decir que eran las campesinas; cuando recibimos la noticia del acontecimiento del nacimiento de la niña de Elsa, nosotros nos preguntábamos: ¿Y no dirá la contrarrevolución que también hemos preparado esto? (RISAS Y APLAUSOS.)
Y, en realidad, estas cosas no las prepara la Revolución, es que a la Revolución todo le sale bien, porque la Revolución actúa bien, y la Revolución trabaja para el bien. Y por eso todas las cosas de la Revolución y todos los éxitos de la Revolución son felices y por eso todos nos sentimos hoy felices.
Nosotros pensábamos, como nos ocurre casi siempre cuando vemos estos espectáculos, vemos estas cosas que parecen increíbles que el pueblo va realizando, pensábamos en aquellas jóvenes de épocas pasadas que no tuvieron la oportunidad de venir a estudiar, que no tuvieron la oportunidad de vivir estas cosas que están viviendo ustedes y estamos viviendo nosotros.
Esas jóvenes de ayer son las madres campesinas de hoy. Ellas no pudieron venir a estas escuelas, donde, sin embargo, afortunadamente han venido sus hijas. Ellas no tuvieron la suerte de tener todo esto, sin embargo, tienen la suerte de verlas a ustedes viviendo esta etapa de la Revolución, estudiando y preparándose.
Por eso ellas también se van a sentir muy felices, y ya que ellas no pudieron estudiar, ya que ellas no han tenido la oportunidad de tener lo que han tenido ustedes, nosotros queremos pedirles una cosa, una cosa que no hay que pedirles, una cosa que seguramente han pensado y han decidido todas ustedes y que, simplemente, a nosotros también nos ha venido a la mente, y es que el primer vestido que ustedes cosan sea para las madres de cada una de ustedes.
Y que les lleven ese presente en prenda de cariño, y para tener la satisfacción de que ellas van a ser las primeras que van a poder ver todo lo que ustedes han aprendido, y van a ser las primeras en recibir en los campos los beneficios del esfuerzo que aquí se ha hecho.
Eso concluye lo que nosotros queríamos decir esta noche. En realidad, ha sido una gran noche para todos nosotros. Yo no sé si ustedes estarán infinitamente contentas, ¡nosotros lo estamos! ¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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