julio 14, 2012

Discurso de Fidel Castro en la graduación de 3.000 campesinas becadas para estudiar corte y costura (1961)

DISCURSO EN LA GRADUACION DE 3 000 CAMPESINAS BECADAS PARA ESTUDIAR CORTE Y COSTURA, EN EL TEATRO “CHAPLIN”
Fidel Castro
[23 de Noviembre de 1961]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Compañeras campesinas:
No menos de lo que significa para ustedes esta graduación, significa para nosotros. Ustedes, porque ven el resultado del estudio; ven el diploma que han recibido, después de meses de intenso aprendizaje; ven la oportunidad de regresar a sus hogares, de reunirse nuevamente con sus familiares, de volver a ver a los hermanos y a las amistades. Aunque, por otra parte, también nosotros sabemos que tiene siempre, en medio de la alegría, su parte triste también al separarse de las compañeras y al separarse de las maestras.
Para nosotros significa ver también el fruto del esfuerzo revolucionario, el fruto del trabajo de la federación de mujeres, de los profesores y de los maestros, que con tanto interés han trabajado en esta escuela; significa, también, que vemos cómo marchan los planes de la educación; significa que 3 000 muchachas más han recibido la preparación necesaria para servir a su país y para servir a su familia: significa que la obra de la Revolución, en todos los frentes, avanza, y que el porvenir que esperamos alcanzar algún día se acerca con cada meta que se cumple, con cada día de trabajo que pasa.
Entendemos que este esfuerzo de la Revolución en favor de los campesinos, era muy necesario y muy justo.
No ha sido fácil obtener estos éxitos y obtener estos frutos. Ha sido necesario trabajar, organizar, resolver muchos problemas, pero antes fue necesario que la Revolución llegara al poder. Cuando se convocó a las muchachas campesinas para asistir a estos cursos de corte y costura, como parte de todo el plan, de un plan amplio de enseñanza masiva, en este propio Año de la Educación, recordamos algunas de las intrigas de los contrarrevolucionarios. En algunos sitios comenzaban a decir que no mandaran a las muchachas, que las iban a enviar al extranjero, que iban a perder la patria potestad, y todas esas idioteces con que siempre han tratado de obstruccionar todo el trabajo de la Revolución. Desde luego que los hechos y el tiempo se han encargado de darles la mejor respuesta. Es posible que a algunos padres los hubiesen intimidado; es posible que algunas jóvenes no hayan recibido la oportunidad que ustedes tuvieron, como consecuencia de las intrigas de los enemigos de la patria y, sobre todo, de los enemigos de los campesinos. Porque quienes difunden todas esas mentiras, quienes tratan de hacer ese daño, son, precisamente, los que no se resignan a que la explotación haya desaparecido; son los mismos que les cobraban a los campesinos la tercera parte o la cuarta parte de su cosecha de café, o de su cosecha de cacao; los que les cobraban grandes rentas; los que les explotaban, comprándoles barato y vendiéndoles caro; los que desalojaban a los campesinos de las tierras; los que servían a los intereses de los explotadores.
Esos, que fueron los enemigos encarnizados de nuestros campos; esos, que mantuvieron a nuestros campos en la mayor miseria; esos, que son los culpables de que no hubiera caminos, ni hubiera maestros, ni hubiera escuelas; esos que son los culpables de la falta de hospitales que había en nuestro país, de la falta de viviendas, de la falta de oportunidades para los hijos de nuestros campos; esos, que eran los culpables de que el campesino tuviese que abandonar el campo para venir a la ciudad; esos, que eran los culpables de que las jóvenes campesinas, en el pasado, en vez de la oportunidad de venir a estudiar, de venir a superarse, de venir a progresar, se veían en la triste necesidad de venir a trabajar, como empleadas maltratadas y mal pagadas, en las casas de los ricos explotadores. Esos son, precisamente, los que más sufren, los que más se irritan por lo que la Revolución ha significado para los campesinos, y esos son los que regaban intrigas y mentiras.
Algunas muchachas encontraron que era difícil soportar la ausencia de sus familiares durante meses, y regresaron. Como explicó la directora de la escuela, muchas de ellas, después, deseaban otra vez regresar.
Ustedes, es decir, la inmensa mayoría de las campesinas que vinieron y que perseveraron, hoy reciben el merecido premio de haber tenido voluntad, de haber tenido entereza, de haber tenido interés.
Al regresar ahora, a pesar de que han estado aproximadamente medio año en la capital, se encontrarán, seguramente, algunos cambios; se encontrarán infinidad de personas que no sabían tampoco leer ni escribir — al igual que las 815 jóvenes que recibieron instrucción primaria en la escuela—, se encontrarán muchos adultos que no sabían leer ni escribir y que, sin embargo, ahora saben leer y escribir ya, como consecuencia del trabajo abnegado de los brigadistas y de los alfabetizadores; se encontrarán que, en esos seis meses breves, cambia la vida en el campo, como consecuencia del trabajo revolucionario; se encontrarán muchos hospitales funcionando en las montañas; se encontrarán ya a los maestros permanentemente en todos los sitios poblados del campo; se encontrarán con que no falta un maestro en ningún lugar apartado de nuestro país, se encontrarán también los progresos económicos, como consecuencia de los planes de fomento promovidos por la Revolución, a través de la ayuda de créditos para inversión a los campesinos.
Cuando ustedes llegaron a la capital, como expresaba la joven que habló en nombre de ustedes, como ella decía gráficamente,“todo les parecía gigantesco, todo les parecía impresionante”. Es posible que muchas de ustedes hayan llegado a la ciudad con la timidez con que llegan las personas del campo... como llegaban antes, porque ya esa mentalidad ha cambiado. Antes se decía la palabra guajiro como una ofensa; a las personas del campo se les llamaba montunos, y a costa de las personas del campo los explotadores hacían chistes y hacían cuentos. Los hombres y las mujeres del campo llegaban a la ciudad realmente cohibidos, apenados, atemorizados.
Hoy los campesinos no llegan así a la ciudad. Hoy los campesinos llegan confiados, seguros, y saben que ya no son objeto de la burla de nadie, sino que son tratados por todo el pueblo con la mayor consideración. Pero, a pesar de todo, siempre impresiona el cambio de vida, siempre impresiona el traslado del campo a la ciudad. Los primeros días aquellos, el impacto de la escuela, con las dificultades de los primeros tiempos, ya han quedado muy atrás en el recuerdo de todas ustedes.
Y este acto de hoy, con la participación de las alumnas, acto sencillo, pero profundamente emotivo, profundamente humano, nos enseña a todos una cosa — a ustedes, a nosotros y al pueblo—: los valores que hay en el pueblo, las inteligencias que hay en el pueblo, lo rápidamente que avanza y progresa nuestro pueblo, de lo que son capaces los hijos de nuestro pueblo.
La escuela ha funcionado durante algunos meses, seis meses para la mayor parte de ustedes, y, sin embargo, aquí durante dos horas han actuado las alumnas de la escuela, durante dos horas han hecho aquí de todo; han exhibido los vestidos que han hecho ustedes mismas, sirviendo además como modelos, y haciéndolo bien.
Esto nos recuerda un comentario que nos hacía un compañero cuando la otra graduación. Cuando la otra graduación de 1 000 alumnas de las cooperativas cañeras, también hubo una exhibición de vestidos hechos por las muchachas. Parece ser que el ICAIC había tomado una
película de la graduación y entonces se exhibía en un cine. Era uno de esos cines donde todavía va alguno que otro siquitrillado contrarrevolucionario. Y había un señor siquitrillado con la señora al lado, y cuando en la pantalla aparecía el noticiario con la película de las muchachas exhibiendo sus modas, cuenta el compañero que la señora, no pudiendo resistir aquello, enfadada, decía:“¡Mira qué ridículo, mira qué ridículo!” Y no hacía más que criticar a las muchachas cuando aparecían.
Nosotros nos imaginamos el estado de ánimo de aquella señora. Posiblemente tenía criada y ya no tiene; pero no tiene porque posiblemente la muchacha se ha ido a estudiar a alguna escuela. Con seguridad que era una señora que se vestía en El Encanto, o en cualquier otra tienda y se vestía elegante; posiblemente fuera una de esas señoras que no quería que nadie tuviera un traje como ella, que quería vestir de manera exclusiva, y que necesariamente tenía que sufrir grandemente al ver a las jóvenes campesinas tan bien vestidas, y que desempeñaban un papel tan natural y tan perfecto cuando exhibían los vestidos que ellas hacían y aquellas cosas se le hiciesen duro de soportar. Y es posible que se le hiciese duro soportar, también, el hecho de que esas muchachas del campo lucían verdaderamente elegantes y lucían verdaderamente bonitas, porque naturalmente nuestro pueblo no podía vestirse bien.
En nuestros campos muchas familias se alimentaban deficientemente, y es incuestionable que las condiciones de vida del pueblo van cambiando. Las estadísticas sobre el consumo de alimentos demuestran el gran aumento de consumo de productos que hay en nuestro país después del triunfo de la Revolución. Y eso, naturalmente, se refleja en la fisonomía y en la salud de las personas.
Como aquellas muchachas habían recibido una buena alimentación, estaban bien peinadas y estaban bien vestidas, se había demostrado, además, toda la belleza que había en las mujeres del campo, y eso irritase a aquella señora que le parecía ridículo ver a las muchachas exhibiendo sus vestidos. Posiblemente esa señora no sabía ni poner un botón.
Y hoy las muchachas no solamente han exhibido sus vestidos, con gracia, con elegancia. Y no resulta fácil cuando por primera vez una muchacha tiene que presentarse ante miles de personas en un escenario. Y no solo han hecho eso, sino que, además, han bailado, han cantado, han representado aquí números artísticos, y fue para todos nosotros impresionante escuchar las voces de esas dos jóvenes campesinas del Escambray, Caridad y Paula, que se ganaron el aplauso... — una de Oriente, estaba representando a Oriente también—, se ganaron el aplauso de todos nosotros, y, además, evidenciaron poseer magníficas cualidades.
Cuando nosotros le preguntábamos a Dulce si esas jóvenes iban a seguir estudiando en alguna escuela de arte, decía que, por ejemplo, Paula, el padre no quería que estudiara, porque decía que no quería que su hija fuera artista.
Eso como consecuencia del concepto falso que existe sobre las artistas; concepto que ya no tiene razón de ser, que en realidad nunca lo tuvo, porque hay gran número de personas que se dedican a las actividades artísticas, y que ese es un trabajo tan decoroso y tan honroso como cualquier otro trabajo, y que son personas también acreedoras de la mayor estimación social, porque trabajan también para el pueblo. Pero es consecuencia todavía de las supersticiones de nuestros campos y de los falsos conceptos que existen en los campos.
Esa joven posee magníficas cualidades, puede desarrollarlas en una buena escuela, y puede llegar a ser una artista brillante para representar a nuestro país.
Y le decía a la directora de la escuela que tenían que convencer a “Tata”, que es como se llama al padre de Paula y que vive en el Escambray, y que es miembro de una cooperativa, creo que una cooperativa cañera. Había que convencerlo. No es posible que por un criterio equivocado esa joven desperdicie las magníficas cualidades que posee.
¿Y cómo se descubrió eso? Pues sencillamente con la oportunidad. Entre 1 000 muchachas, y entre 3 000 muchachas cuántos valores de distintos tipos: la joven que habló aquí con tanta desenvoltura, la niña recién alfabetizada que habló aquí con tanta serenidad y gracia; jóvenes que poseen inteligencias privilegiadas, inteligencias que antes se perdían sin oportunidad de desarrollarse.
Y así, nosotros sabemos que en el pueblo hay infinitos valores que solo necesitaban su oportunidad. Las muchachas del coro, las muchachas que representaron a distintos países latinoamericanos; en fin, quién les iba a decir a esas jóvenes que en tan poco tiempo podrían desempeñar ese papel: alfabetizarse, adquirir un oficio, venir aquí al teatro, no impresionarse por el tamaño del teatro, no impresionarse por el número de miles de personas que aquí se encuentran, y actuar. ¿Quién les puede decir ya que sean tímidas? ¿Quién les puede decir que se apenen o se avergüencen de la ciudad, o del público, o del teatro? ¡Cómo han cambiado! ¡Cómo han avanzado!
Y fue verdaderamente acertado organizar el acto con las propias muchachas de la escuela. ¡Vean lo que se ha logrado en tan pocos meses!
Nosotros le decíamos al compañero Ministro de Educación, que esta era una enseñanza más. ¿Por qué? Pronto, al comenzar el próximo año, en esa misma escuela, habrá 4 000 becados de secundaria básica; jóvenes también humildes que reciben la oportunidad de estudiar. Esos jóvenes no van a estar meses, van a estar años.
Y los instructores artísticos de las muchachas, son también alumnos de un curso especial que se preparó para la enseñanza secundaria. Piensen lo que significará, qué frutos arrojará el trabajo de los instructores de arte en esa escuela, el trabajo de los instructores de educación física, cuando trabajarán con miles de jóvenes, no durante unos meses, sino con la oportunidad de trabajar durante años; ¡cuántos coros podrán organizarse solo allí, cuántos grupos de teatro, cuántos grupos de baile, cuántos magníficos atletas, cuántos magníficos gimnastas!
Es decir que lo que se ha logrado en tan breve tiempo con ustedes, nos enseña a nosotros las extraordinarias posibilidades que hay con los jóvenes que ingresan en esas escuelas. Y nos demuestra, nos enseña, nos permite ver cómo será la vida futura de nuestra juventud, cómo estará organizada nuestra enseñanza, cómo cada centro de enseñanza no será ya un lugar donde las jóvenes se reúnen, estudian con desgano y se aprenden de memoria los libros, sino que serán centros de vida cultural amplia y sana; no solo centros de instrucción, sino centros de formación física, centros de preparación revolucionaria, centros de formación de conciencia en el espíritu creador y de trabajo de la Revolución. Porque un problema nos faltaba resolver con respecto a esos jóvenes; son jóvenes humildes además; jóvenes que de otra manera jamás habrían podido estudiar en una de esas escuelas. Antes estudiaban, en las pocas escuelas que había, hijos de familias ricas, jóvenes que no tenían idea, siquiera, de lo que era pasar trabajo, jóvenes desganados, jóvenes sin incentivo para luchar. Y, en cambio, esos jóvenes que llenarán las incontables y gigantescas escuelas de la Revolución, serán jóvenes humildes, con un gran incentivo y un gran interés, cada uno de los cuales sabrá justipreciar la gran oportunidad que se le presenta ante su vida, cada uno de los cuales traerá a la escuela el recuerdo de sus hermanitos, el recuerdo de sus padres humildes y pobres. Cada uno traerá en su mente la necesidad de aprovechar el tiempo para ayudar a su país y para ayudar a los suyos.
Esos jóvenes van a vivir en condiciones decorosas, en magníficas casas, que si son tan buenas, la culpa no la tenemos nosotros, la culpa la tienen aquellos señores que gastaban tantos millones de pesos en hacer palacetes, pero las casas son magníficas, cómodas. En todas habrá las condiciones necesarias, recibirán una buena alimentación, recibirán ropa también, asistencia médica, vivirán confortable y saludablemente, estudiarán, realizarán actividades artísticas, lo que contribuirá extraordinariamente a la alegría, al espíritu sano, al espíritu libre y fraternal de nuestra juventud.
Pero nos preocupaba algo. ¿Y si después que estos jóvenes de familias humildes cambian de condiciones de vida y se pasan largos años en las escuelas sin contacto con el trabajo, sin contacto con el medio social, no se acostumbrarán a vivir bien?; ¿qué hacer? Había que encontrar una solución, había que idear algo, algún trabajo, como se hace en las granjas infantiles. Sí, pero no había tierra, en esos repartos no hay tierra para realizar trabajos agrícolas. ¿Qué hacer? Y entonces surgió una idea, y es la idea de que todos los años, durante dos meses, los estudiantes becados realicen trabajos manuales. ¿Dónde? En las fábricas, en distintos centros, si son, por ejemplo, estudiantes de ingeniería, estudiantes técnicos, en las fábricas. ¿Y si son estudiantes secundarios? ¿Dónde encontrar trabajo útil? Y entonces surgió una idea, una idea que, además de ser útil a la juventud, de hacerles entrar en contacto con el trabajo todos los años para que no se fuesen a educar demasiado cómodos, para que no se fuesen a olvidar del esfuerzo y del deber del trabajo... ¿Qué trabajo? Pues surgió también una idea útil.
Ya empezábamos a tener problemas en nuestros campos con la recogida de café todos los años. Ustedes, que son de las montañas de Oriente y de las montañas del Escambray, saben que hay que recoger el café todos los años; saben, además, que los que iban a recoger el café eran los obreros de los centrales azucareros, de las colonias cañeras, que trabajaban en la zafra tres o cuatro meses, que después hacían algunas limpias, pero que después permanecían meses y meses sin trabajar, y entonces tenían que caminar leguas y leguas hacia las montañas, llevar con ellos a sus mujeres y a sus hijos pequeños, hacerlos también caminar, alojarse en cualquier sitio, y trabajar dos o tres meses recogiendo café.
Pero ya hoy no hay ese obrero desempleado, ya hoy no hay ese obrero de las colonias y latifundios azucareros que trabajaban tres o cuatro meses solamente; hoy los 120 000 obreros que trabajaban en los latifundios cañeros, trabajan durante todo el año en las cooperativas, y ya no hay en nuestros campos desempleados, porque los que no trabajan en las cooperativas trabajan
en las granjas, y ya no tienen necesidad de caminar leguas y leguas, días y días, con sus familiares a rastro, para ir a ganarse la vida recogiendo café en las montañas. ¿Y qué hacer entonces? ¿Cómo recoger el café?
Pues bien, ahí está la solución: que esos jóvenes becados, después que pase el curso, después que tengan sus vacaciones también, entonces se vayan dos meses a las montañas a recoger el café. Irán también en brigadas, como fueron los alfabetizadores, bien organizados, bien disciplinados, y matarán dos pájaros de un tiro; recogerán el café y al mismo tiempo todos los años tendrán contacto con el campo, tendrán contacto con el trabajo; trabajarán, y sabrán apreciar las diferencias entre la residencia cómoda y el sitio donde tengan que acampar en las montañas. Nosotros sabemos, desde luego, que eso —para la gente joven— es casi también unas vacaciones, pero contribuirá a educar a la juventud en el espíritu del estudio, en el espíritu del trabajo, y en el espíritu de confraternidad con el pueblo.
Desde luego, a los jóvenes estudiantes tenemos que organizarlos; es necesario que los jóvenes más destacados de todos los centros secundarios, aunque no sean becados, los jóvenes de vanguardia, los más conscientes, los más revolucionarios, organicen también sus brigadas en las vacaciones, para realizar determinados trabajos, y con eso resolvemos un problema, sobre todo el problema de las montañas, movilizando la juventud, y esa será una tarea importante que tendrá la Asociación de Jóvenes Rebeldes.
Pues bien, el acto de esta noche nos permite tener una idea de cómo se va a educar nuestra juventud. Ahora bien, ustedes van a regresar a los campos; ustedes regresan con los conocimientos adquiridos en estos meses; cada una de ustedes recibirá, también, una máquina de coser. Ahora ustedes tienen también una tarea que realizar, y, ¿están preparadas para realizar esa tarea? (EXCLAMACIONES DE: “¡Sí!”) ¿La van a cumplir? (EXCLAMACIONES DE: “¡Sí!”) ¿Cuál es esa tarea? (EXCLAMACIONES DE: “¡Enseñar!”) Enseñar, ¿enseñar a quiénes? A las campesinas que no pudieron venir a estudiar.
Lo que ustedes aprendieron lo pueden enseñar con los métodos que han aprendido, con la máquina de coser que van a recibir. Dondequiera que lleguen, tienen que organizar, inmediatamente, un grupo de campesinas, y enseñarles también a coser, para que se hagan la ropa, para que hagan la ropa de sus hijos, para que se puedan vestir mejor, ya que no hay nada más hermoso que ver a los niños en el campo bien vestidos, y ustedes han aprendido con qué poca cosa se hace un bonito vestido; con qué poca cosa se hace una ropita de niño, con qué poca cosa se puede ayudar a mejorar la vida en nuestros campos.
Ustedes son 3 000. Si cada una de ustedes pudiera enseñar a diez, serían 30 000. Ustedes, desde luego, no son las únicas, ya se graduaron cerca de 1 000 la primera vez. Hoy son 3 000, y en el mes de diciembre se van a graduar 8 000, 8 000 más en el próximo mes, lo que significa que si cada una de las 12 000 enseña a 10, serán 120 000 campesinas que aprenderán también a coser.
Es así como debemos trabajar; es así como debemos ayudar a preparar a nuestro pueblo; es así como se puede avanzar; es así como se pueden ir mejorando las condiciones de vida de toda la nación; es así como tenemos que luchar por nuestros campos.
Desde luego que ya en el futuro no habrá analfabetos en los campos, ya no habrá niños sin escuelas. Esas 815 jóvenes que se alfabetizaron son una prueba de algo. ¿Qué prueba eso? Prueba que no había escuelas en nuestros campos; prueba que esas 815 jóvenes jamás habrían aprendido a leer ni a escribir sin la Revolución; prueba la falta de maestros. Mas, en el futuro no será así. ¡Ya no hay ni habrá jamás niños sin escuelas!; y no solo aprenderán a leer y escribir, sino que también aprenderán el 1er grado, el 2do grado, el 3er grado, y tendrán oportunidad de llegar al 6to grado.
¿Y qué puede ocurrir con uno de los hermanitos de ustedes que llegue al 6to grado y viva en las montañas, donde no hay escuelas superiores, donde no hay institutos? Pues bien, a eso se refería Pepe. Pepe dice que en su visita por los campos todas las familias le pedían becas y Pepe les decía:“Imposible poder trasladar a todos los muchachos a estudiar a La Habana, tengan calma; hay que estudiar en la escuelita con el maestro, y después que estén en 6to grado, el que tenga cualidades y desee seguir estudiando, pues entonces recibirá una beca.” Y no sería extraño que algunos hermanitos de ustedes, dentro de algunos años, vayan a estudiar donde mismo han estado estudiando ustedes, vayan a Tarará convertida en ciudad escolar — de secundaria básica en los próximos años y más adelante en escuela de maestros primarios, de acuerdo con los planes—; y que algunos hermanitos de ustedes, si se aplican en la escuela, y ustedes ahora que han tenido la oportunidad de ver y de comprender estas cosas, deben estimular a los niños a que estudien, a los amigos y a los hermanitos, para que ellos tengan oportunidad de estudiar también el día de mañana en esos magníficos centros escolares de que hablábamos.
Pero, en un futuro más lejano ni siquiera eso, ni siquiera tendrán que venir a la capital. Avanza ya y se convierte en gigantesco e impresionante centro nuevo y moderno la Ciudad Escolar “Camilo Cienfuegos” de la Sierra Maestra. Cientos de niños estudian ya allí; miles de niños ya comenzarán a estudiar el próximo año. Los mejores alumnos de las escuelas rurales irán a las ciudades escolares. Aquella es la primera, aquella es el plan piloto, y todo parece indicar que será una formidable institución. Y entonces, los mejores alumnos de las escuelitas rurales irán a la ciudad escolar. Y entonces allí recibirán distintas enseñanzas, de acuerdo con su vocación, estudiarán y producirán, se autoabastecerán de todo lo que necesiten, y así se lleva adelante la aspiración de organizar y levantar aquel centro con capacidad para 20 000 niños.
Es decir que muchas de ustedes, que son de las montañas de Oriente, quizás también algún día vean a un hermano o a un primo de los más pequeños hoy que lleguen también a alcanzar la oportunidad de distinguirse en la escuelita rural y recibir como premio una beca para la Ciudad Escolar“Camilo Cienfuegos”.
Sobre esas bases firmes se está edificando el futuro de la patria. Pero, se preguntarán ustedes, ¿y nosotras, nosotras qué oportunidad tendremos?; se preguntarán ustedes, ¿podremos estudiar?, ¿habrá para nosotras nuevas oportunidades, o será tan solo esta oportunidad? ¿Será esta la única oportunidad que la Revolución nos dé a las que queramos seguir estudiando? ¡No, no es la única oportunidad! Desde luego que, en el próximo año, los cursos de corte y costura no serán tan masivos, en primer lugar porque ya este año se han graduado enormes contingentes; en segundo lugar, porque nuevos planes de educación ocuparán los espacios que este año ocuparon las campesinas. Pero siempre se mantendrá un número, se mantendrán centros para continuar estos planes de educación de las campesinas, similares a los planes que ustedes han recibido. Pero, además, ustedes tendrán nuevas oportunidades.
Ahora regresan y cumplen el compromiso de trabajar durante seis, ocho o diez meses; y después, aquellas que deseen seguir estudiando, entonces recibirán también la oportunidad de seguir estudiando. Por lo pronto, en la Escuela de Instructores de Arte ingresarán de 200 a 300 de ustedes, ya que de cada 1 000 se seleccionan de 80 a 100 jóvenes, las que tengan mayores facilidades para ingresar en la escuela de arte de un curso de dos años, para que después vayan al campo también a enseñar a cantar, a bailar y a hacer alegre la vida en nuestros campos.
Para todos hay una oportunidad en la Revolución, para todos; todos tienen su oportunidad. Y la Revolución es precisamente eso: la oportunidad para todos por igual. Y la Revolución va alcanzando su ambicioso propósito de dar a todos las oportunidades de estudiar, de prepararse, de superarse, de desarrollar su inteligencia, su salud, de forjar un porvenir donde se unen los supremos intereses de la patria con las aspiraciones naturales de todo ser humano.
Y si aun no hubiese oportunidad para todos, para todos absolutamente; si aun quedan núcleos de jóvenes o niños sin la oportunidad, la Revolución no descansará hasta que haya esa oportunidad para todos, absolutamente para todos.
Esa es la Revolución; esa es la Revolución que ustedes han tenido la oportunidad de ir comprendiendo cada día con la experiencia de la propia vida; esa es la Revolución que trabaja creando la patria del futuro; esa es la Revolución que crea un porvenir para nuestro pueblo. Ustedes no solo han aprendido a coser y han aprendido a leer y escribir las que no sabían; han vivido meses en nuestra capital, han participado de numerosos actos, de grandes desfiles, desfiles atléticos, grandes actos multitudinarios; han tenido oportunidad de ver muchos espectáculos en el teatro, en el cine; han tenido oportunidad de ampliar el conocimiento de cada una de ustedes, y vuelven al campo, vuelven a donde miles y miles de personas, cientos de miles de personas no han tenido esas oportunidades de ampliar su mente y su experiencia, no han tenido esas oportunidades de ver, de ver todo lo que ustedes han visto, de ver todo lo que ustedes han aprendido.
Y donde ustedes regresen no deberán limitarse solo a enseñar a coser; tienen que hacer todo lo que puedan a favor del pueblo, tienen que hacer todo lo que puedan a favor de la escuela. Y si alguna familia no manda a su hijo a la escuela, luchar y luchar hasta persuadirla de que no cometa con el niño el crimen de dejarlo sin escuela; explicar lo que sepan, organizar al pueblo, ayudar a las organizaciones, a los pioneros, a los jóvenes rebeldes, a la federación de mujeres, a los Comités de Defensa de la Revolución, a las asociaciones campesinas, a las organizaciones revolucionarias, a las milicias, a la escuela. Tienen que sumarse a las organizaciones y trabajar en ellas.
Ustedes viven en las montañas, la mayor parte; allí viven los pequeños agricultores, allí deben ser fuertes las asociaciones campesinas. Allí irán también los contrarrevolucionarios, si es que
alguno se embulla, o los parlanchines y los intrigantes, a regar mentiras. Y al igual que antes les decían a los familiares de ustedes que las iban a llevar para el extranjero, dirán otras cosas; dirán que les van a quitar las tierras a los campesinos, dirán que los van a cooperativizar. Y es, en todos esos casos, donde ustedes deben salirles al paso y decirles:“Miren: nosotros somos hijas de pequeños agricultores; nuestros padres pagaban renta y la Revolución libró a nuestros padres de la explotación de la renta que pagaban a los latifundistas ; y si no pagaban renta, vivían amenazados de desalojos por los latifundistas y hoy tienen la tranquilidad de poder trabajar sin miedo en su tierra.”
Y ustedes les dirán: “Miren: antes no teníamos dinero para trabajar; nuestros padres tuvieron que iniciar los cultivos de estas tierras con miles de trabajos.”
Las habrá entre ustedes que puedan decir, además que cuando niñas tuvieron que caminar leguas y leguas, vivir semanas enteras comiendo vianda sin grasa. Las habrá entre ustedes que puedan recordarles que cuando niñas tuvieron que ir con los padres a ganarse un sustento, un jornal de un peso en los llanos, para comprar sal y para comprar viandas, e ir a trabajar otra vez en las montañas, para así ir fomentando un cultivo de café o de cacao. Tan cierto estoy de eso, como nos lo probaba el hecho de la niña vestida de pionero, niña campesina; hija de Prieto, pequeño agricultor de la Sierra Maestra, en cuya casa más de una vez, en los días difíciles de la guerra, recibimos generosa acogida. Y esa niña, que hoy tiene 10 años, tenía seis años; y Prieto cultivó así su pedacito de tierra, y así casi todos los campesinos de las montañas: pasando miles de trabajos, porque nadie los ayudó, y muchas veces así, con miles de trabajos, fundaban su centro, creaban su medio de vida, y siempre oían decir que venía tal compañía o más cual compañía y los iba a desalojar, o que iba a ir la Guardia Rural, y no tenían crédito, porque el crédito se lo daban a los que tenían mucho; a los que tenían poco, a los que no tenían papeles de dueño, a los que no tenían todavía producción, no les daban crédito, y a los que les daban crédito se lo cobraban a un alto interés, y los productos se los compraban barato, y los artículos de consumo se los vendían caro a los campesinos.
Y por eso habrá quien les pueda decir: “No solo libró la Revolución del pago de rentas a mis padres, sino que además les ha dado créditos para que siembren, y para que trabajen; les ha dado créditos para que lo pague, cuando es para sembrar café, o cacao, o fomentar algo, para que lo pague en tres, en cuatro, en cinco o en diez años. Y le podrá decir al intrigante:“Hoy mi familia tiene asegurado el pago de la cosecha, y el precio bueno.” Y le podrá decir:“Antes aquí no había maestros, y hoy hay maestros; antes aquí nadie sabía leer ni escribir, y hoy todo el mundo sabe leer y escribir; antes por aquí no venía nunca un médico, y hoy tenemos un hospital a pocos kilómetros de aquí; antes no teníamos caminos, y hoy tenemos caminos, y los que no tenemos todavía caminos, sabemos que la Revolución seguirá trabajando, para ayudarnos.”
Y le podrán decir cómo ya no hay miedo al explotador, ni miedo al desalojador, ni miedo al esbirro, ni miedo al extorsionista, ni miedo a nadie; y cómo hoy suyas son las montañas, cómo hoy la nación lo ayuda, y cómo eso ha hecho la Revolución; y que la Revolución nunca obligará a ningún campesino a entrar en una cooperativa. La Revolución respetará el derecho del pequeño agricultor, todo el tiempo que quiera trabajar, toda la vida si lo desea, como pequeño agricultor.
Y les podrán decir ustedes a los intrigantes:“No, no venga aquí con chismes ni con mentiras, que la Revolución es amiga del pequeño agricultor campesino, que la Revolución ayuda al pequeño agricultor campesino, que la Revolución garantiza un porvenir extraordinario a mis hermanitos, que la Revolución garantiza un porvenir mucho más feliz a los niños de nuestros campos.
Y le podrá decir cada una de ustedes al intrigante y al charlatán que se presente por los campos: “¡No hable usted tonterías, que el obrero de la ciudad es mi hermano, que el obrero de la ciudad es mi aliado!, y mi padre, pequeño agricultor, miembro de la asociación campesina, es aliado del obrero que trabaja en el central azucarero, o en la metalúrgica, o en las fábricas textiles, o en cualquier fábrica; que el obrero que trabaja en la granja del pueblo es su aliado, que el cooperativista que trabaja en la cooperativa es su aliado.” Porque la Revolución es eso: ¡La hermandad, y la alianza estrecha en defensa de sus intereses, de los campesinos y de los obreros! El pequeño agricultor trabaja, produce, contribuye a aumentar la cantidad de café, de tabaco o de cacao que podemos consumir, o que podemos exportar; o frutos, o viandas. Con su esfuerzo y con el esfuerzo de su familia, ayuda al país, ayuda a la Revolución.
Estas cosas son cosas que ustedes deben saber, para que ustedes tengan la respuesta pronta, inteligente y enérgica, para los calumniadores, para los intrigantes contrarrevolucionarios, para los regadores de bolas y de mentiras; hacerle frente siempre al enemigo de la patria, al enemigo
de la patria que a veces la puede combatir con una bomba, o con un arma homicida, ¡pero que a veces también pretende clavarle a la espalda de la patria el puñal de su lengua traicionera! Combatir, combatir a los gusanos de lengua, salirles al paso, discutirles, explicarles; y cuando vengan con sus intrigas porque falte algo, díganles:“¡Sí, puede ser que hoy falte algo, porque antes eran pocos los que comían, pocos los que vestían y pocos los que calzaban! ; muchos los que no trabajaban, muchos los que no encendían el fogón, muchos los que nunca les podían poner un par de zapatos a sus hijos; y hoy todos trabajan, hoy todos comen, así que si algo falta, falta ahora, no faltará mañana; no faltará mañana, cuando las nuevas fábricas estén en producción, no faltará mañana, en la misma medida en que crezca vertiginosamente nuestra economía; y si falta hoy algo, ¡no importa que falte hoy, cuando lo que hay tienen derecho a disfrutarlo todos y no unos cuantos, como ayer! Y no importa que falte algo, cuando ya no hay analfabetos en nuestra patria; no importa que falte algo, cuando cualquier niño tiene derecho a su escuela, cuando cualquier joven tiene derecho a su instituto, cuando cualquier joven tiene derecho a su universidad, y cuando hoy cualquier niño puede estar llamado a ser un gran ingeniero, un gran técnico, o un gran conductor de su pueblo, un gran médico, un gran maestro, un gran artista.”
Hoy, cuando esa oportunidad existe para todos los niños de nuestro país, bien se le puede decir: “No importa que en estos años tengamos que hacer algunos sacrificios; y si más sacrificios tenemos que hacer, ¡más sacrificios haremos!”
Ustedes bien podrán decirles:“Somos de las montañas, y en las montañas se luchó; somos de las montañas, y en las montañas pudimos presenciar el sacrificio; somos de las montañas, y durante meses, años, la tiranía nos bloqueó y no nos dejaba pasar alimentos, y muchas veces vimos a los combatientes hambrientos, y a los combatientes descalzos, y vimos cómo los pueblos, en los momentos de lucha heroica, se olvidan de las comodidades, y, olvidados de las comodidades son capaces de vivir años enteros, con tal de lograr el futuro; porque el futuro pertenece, no a los que se resignan, sino a los que luchan por ese futuro, a los que combaten, ¡a los que están dispuestos a pagar por un mañana mejor el precio que el presente les exija!
Y ustedes les podrán decir que vivieron en las montañas, y que en las montañas quedó la tradición de lucha.
Y así actuar, así luchar. En muchos sitios encontrarán todavía que hay muchas cosas por hacer, muchos puntos donde avanzar todavía. En muchos sitios podrán encontrarse muchas cosas que no son las ideales, podrán encontrarse incluso errores, deficiencias. Contra los errores hay que luchar, contra las deficiencias hay que luchar.
No, nuestra patria no es todavía, ni mucho menos, un paraíso. Por eso, para hacer un paraíso de la patria, hay que luchar, y no desalentarse nunca cuando vea o le parezca que marcha lento, no desalentarse nunca cuando algunas cosas tarden, no desalentarse nunca cuando vemos a gente indiferente, a gente sin conciencia. No, ¡contra eso también hay que luchar! Hay que inyectar ánimo, hay que inyectar entusiasmo, hay que enfrentarse a las dificultades.
Y eso tienen que hacer ustedes: las que vayan con intención de volver a estudiar, o las que vayan con intención ya de quedarse trabajando, o las que vayan y hagan como la joven de hoy, que se casó aquí esta noche, para darle más emotividad todavía a este acto. Esa joven también cumplirá su compromiso de enseñar corte y costura. Y si se queda a vivir aquí con el esposo, en la capital, en la capital tiene que cumplir su compromiso de enseñar 10 mujeres a coser.
Y ese es el trabajo que ustedes deben hacer: luchar en todo, en todo lo que vean mal, en todo lo que vean deficiente, luchar por mejorarlo, luchar por superarlo. Ya que al regresar ustedes, no pensamos solamente que regresan 3 000 maestras de corte y costura, sino que regresan, también, 3 000 jóvenes revolucionarias a nuestros campos. Y como revolucionarias habrán de comportarse siempre, siempre presente que hay que luchar, que hay que trabajar; siempre presente que queda mucho por hacer, y que al igual que ustedes ya han recibido algunos de los beneficios de la Revolución, hay que trabajar generosamente para que cada cubano llegue a recibir iguales y mayores beneficios, para que cada cubano tenga iguales y mayores oportunidades de aprender, de educarse, de capacitarse, de superarse, de luchar —hombro con hombro— por el progreso de su patria; siempre presente que nuestro pueblo ha tenido que pagar un precio alto por sus triunfos, que nuestro pueblo ha tenido que pagar un alto precio por conquistar este derecho a crear el porvenir. Que antes fue necesario destruir las barreras, fue necesario aniquilar la tiranía, fue necesario erradicar el vicio y la politiquería, la corrupción y la explotación de nuestra vida; fue necesario instaurar un régimen revolucionario, un gobierno revolucionario del pueblo, donde el ciudadano humilde de la patria pudiera pronunciar el verso que nos leyó el Indio Naborí:“El Estado ahora soy yo. ” Y poder decir así cada ciudadano, como expresión de que la patria y sus riquezas son suyas; la patria, y las oportunidades grandes que la patria tiene, son suyas. Y que para eso tuvieron que luchar los cubanos, que para eso tuvieron que morir muchos cubanos, no solamente para conquistar un triunfo un día 1ro de enero, sino para defender ese triunfo un 17, un 18 y un 19 de abril, en las costas de Playa Girón. Siempre presente que para tener el derecho a seguir marchando hacia adelante, tenemos que estar dispuestos, cuantas veces sea necesario, a pagar el precio de sacrificio y de heroísmo que la patria nos exija.
Pero cada día estaremos mejor preparados en todos los órdenes, cada día estaremos más instruidos, cada día tendremos más conciencia revolucionaria. Y así, cada una de ustedes será, en cada sitio, en cada hogar, como una inyección de entusiasmo, una inyección de espíritu revolucionario.
Por eso nos sentimos hoy contentos, nos sentimos felices; por eso, nos sentimos contentos de pensar que pronto recibirán los campos otro refuerzo, de otras 8 000 jóvenes como ustedes. Así, con esa impresión, nos despedimos de ustedes. Sabemos que muchas volverán a estudiar, que otras muchas veces nos seguiremos ayudando, todos mutuamente: la Revolución, los dirigentes de la Revolución y el pueblo.
Siempre podrán cumplir con su deber, dondequiera que estén: en la escuela o en el campo. Y nosotros sabemos que no trabajamos en vano, nosotros sabemos que estos cimientos son sólidos, y nosotros sabemos lo que decía la joven: que ustedes nunca olvidarán — no a mí— , nunca olvidarán a la Revolución, nunca olvidarán a la patria, nunca olvidarán el deber, y que sabrán cumplir la consigna de la Revolución de:
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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