junio 27, 2013

Sermón de Fray Mamerto Esquiú con motivo de la instalación de las autoridades federales de la Nación (1854)

SERMÓN PRONUNCIADO EN LA IGLESIA MATRIZ DE CATAMARCA CON MOTIVO DE LA INSTALACION DE LAS AUTORIDADES FEDERALES DE LA NACION ARGENTINA
Fray Mamerto Esquiú
[28 de Marzo de 1854]

Señores:
Ni las grandes calamidades, ni los grandes bienes son jamás apreciados bastantemente por la mirada tan reducida de nuestro entendimiento: sólo es una base, cerrada por el tiempo y el espacio, la que descubrimos, quedando el fondo de la cosa, y sus efectos, y su encadenamiento con los demás seres abismados en la elevada cima que encierra los misterios de la naturaleza, y en que se preparan las realidades del porvenir.
¿Quién jamás ha abarcado, ha podido valuar la grandez y el número de los males que trae una guerra? ¿Quién conocerá los desastres que producen en todo sentido, y tendrá bastante fuerza para seguir los horribles y prolongadísimos canales por donde vierte hasta un dilatado y remotísimo porvenir sus horrores y sus calamidades, y esa fuerza de destrucción y de muerte? Por esa misma ley de impotencia, es, señores, que no podemos tampoco apreciar debidamente la grandeza de ciertos beneficios, que concede a los hombres la Providencia conservadora y reparadora del humano orden: a más de los bienes que en semejantes casos se derraman en los individuos de la muchedumbre y que se transmiten a los de la posteridad, debían tenerse en cuenta los males de que ellos y los presentes se libran, los males, señores, en que es tan horriblemente fecundo el género humano. Yo considero que estamos en posesión de uno de esos beneficios incalculables en su profundidad y en su extensión: si nosotros que hemos pasado por las más grandes angustias, que hemos vivido uncidos al carro de los tiranos, que no hemos sentido más que alegrías frenéticas, ni más placer que los placeres feroces de la venganza y de la ira, nosotros estamos bajo la influencia de uno de esos acontecimientos de grandor inmenso, de inapreciable beneficencia. Mi vista recorre los tres siglos de nuestra vida de civilización y desde que aparecíamos encadenados al ibérico, cuando rompimos sus cadenas, y cantábamos nobles y heroicos triunfos, y el mundo entero resonaba del grito que daban los libres de América, destrozando innobles cetros y quebrando la dura lanza de nuestros opresores, sacudiendo sucesivamente la doble ignominia de colonos y de siervos, jamás hemos sido tan grandes, jamás nos rodeará un hecho que reúne tantos bienes, que arroje una gloria más positiva, y nos prometa más dichas, que el que hoy motiva nuestra alegría, y nos hace postrar agradecidos ante el Dios de las naciones. Un Gobierno, que en vez de cetro, tiene en la mano la Carta de nuestros derechos y cuya persona se anonada ante la ley y sus deberes, cuya única base es la justicia.
He aquí, señores, este inmenso beneficio de que hablo, y que me propongo explanarlo en la manera que pueda. Lo haré, señores, para que lo apreciéis y apreciándolo se conserve: estadme atentos.
La existencia de los Gobiernos, de la autoridad que anuda como quiera que sea los lazos sociales, es un hecho inevitable, que ni los sacudimientos más recios, ni la fuerza disolvente de la demagogia, en la altura de la civilización, y en la abyección del estado salvaje, nada lo destruye, ni puede alejarlo siquiera, en el hombre hay sumisión, y hay autoridad, porque es esencialmente social; y como quiera que al hombre le sea concedida la tremenda facultad de extraviarse, pero no le ha sido dada la de aniquilarse en su nobilísima naturaleza, de un ser con amor y con conocimiento, su libertad tiene términos en el orden moral, y también en el orden físico: si se quiere en la historia de la humanidad no se ofrece un fenómeno más constante, que el de una fuerza que tiende a la destrucción de ese poder, como hay en lo subterráneo, esa pujanza que conmueve nuestros continentes: por los embates del orgullo individual contra la liga nacional en un solo poder, ¡cuántos afectos no ofrece la vida de la humanidad en la extensión del globo y en la prolongación de los tiempos! Dividida en un millón de fracciones que varían hasta lo infinito, por el temperamento, por su situación, por el predominio del espíritu o de la materia en una escala inmensa, por la explosión múltiple de variadísimas combinaciones, circunstancias, necesidades, variedad de latitudes, de civilizaciones, de formas en todos los aspectos, un abismo, señores, de variedades... Y sin embargo, no hay situación, no hay estado, jamás están juntos tres hombres, en cualquier punto de la tierra, que no descuelle entre ellos el poder, la autoridad que manda; toca el hombre degradándose los términos que lo separan del bruto..., ni ciencia, ni costumbres, ni habitación que lo defienda de las destempladas estaciones, sus pocas necesidades satisfechas por un puro instinto animal, y no obstante allí veréis gobiernos: las hordas del desierto, ora vaguen por los bosques, oran estén de acecho en nuestros caminos, las preside su cacique, que manda y que gobierna como cualquiera otra autoridad: el asiático se diferencia del demócrata europeo, como se opone una afirmación a la negación, y ambos engendran por rumbos opuestos ese poder público que los conserva. Si en un momento de inexplicable frenesí se aúnan los hombres para conculcar todo gobierno y se presentan las masas, sin más guía, ni cabeza que su furor individual, en el momento mismo saltan como un rayo las convenciones, las dictaduras, que con la irresponsabilidad del más fiero déspota, guillotina, despedaza, impone un yugo que aterroriza con horrible espanto, y consultando nuestra historia contemporánea, el momento de las agonías de nuestros Gobiernos, no era sino el síntoma de un cambio en que por una horrible transformación, el poder sería la dictadura de un hombre sin conciencia y astuto que nos chupa la sangre y nuestros derechos sin piedad. Es decir, señores, que la existencia del poder público es un hecho inevitable, que se destaca de todos los puntos en que se coloque el hombre, que va con él a todas las latitudes, y que sube y se perfecciona con la virtud y la civilización, y va a buscar en sus abismos al salvaje degradado: es la sombra de la sociedad que la sigue en todas partes.
Ahora bien, si es esto una ley irrecusable, un hecho invencible, ¿qué hay de nuevo, señores, en que el 5 de marzo se inaugure un presidente en la República Argentina? ¿Y que este hecho lo califiquemos como el más venturoso, que registraremos en nuestra historia de colonos y de libres, para que lo reputemos un beneficio de valor y trascendencia incalculables? Oíd, cuando erais colonos, erais sociales, y por lo tanto había sobre vosotros el poder público; pero un poder público, que había absorto al nacional, y que en vez de ser un sostén, un protector, el fundamento de vuestros bienes, era el explotador de toda nuestra nacionalidad en beneficio propio. Debiendo surgir y estar en el seno de vosotros, como que erais verdadera y cumplida sociedad, fuisteis arrebatados de vuestras propiedades más caras, llevados de tristísima transmigración a formar los escalones de un trono a quien no sirvieron nuestros padres, y cuyos actos gubernativos en la travesía de todo el Océano, se convertían en resortes de provecho individual; erais la presa de la ambición y de la codicia, que explotaban vuestro territorio, vuestras riquezas, vuestras personas, mientras que vuestros derechos yacían aherrojados y condenados a eterno silencio: es decir, señores, que el Gobierno español era para nosotros una verdadera calamidad, y tan tremenda, que sólo por una calamidad mayor podía destruirse: tal es la que comenzamos a arrostrar con pecho de bronce el año de 1810. ¡De qué horrores no ha sido testigo el Sol de Mayo! ¡Cuánta sangre, y cuántos crímenes no han brotado nuestros corazones! La patria quedó tendida en el suelo, plagada de hondas heridas, que maleficiadas con el calor de la anarquía y de la rebelión se han convertido en un cáncer pestilente que hacía caer a pedazos el cuerpo de la sociedad argentina; nos quedó por único resultado la feroz manía de destruir, sin más política, que la de pulverizar toda entidad política, y crearnos con nuestras mismas manos, un poder horrible, a más de déspota, un tirano que había socavado todo nuestro republicanismo: cuarenta años después de trescientos más se han dividido entre la anarquía y el despotismo, entre la acción contra los Gobiernos y la reacción de un abuso de poder. Un justo medio, señores, una transacción equitativa y honrosa entre las grandes necesidades y los grandes derechos, y los intereses más vitales, he aquí el hecho por el que nos cumple hoy felicitarnos cordialísimamente.
Un Gobierno que se establece sobre el establecimiento inconcuso de nuestros derechos en la Constitución fundamental del país y un Gobierno que recae en la persona de nuestras mayores obligaciones, tal es lo singularmente plausible de este hecho.
Para los argentinos que hemos probado en tan horrible manera el amargor del absolutismo, nada difícil debe sernos presentir las ventajas de un Gobierno, que no es meramente un hecho necesario, sino una emanación de la ley y de la justicia; pero semejante maravilla, reduciéndome a nuestra actualidad, no podría verificarse sino bajo la influencia de un héroe de virtud y patriotismo.
Cuando la divina Providencia concede este beneficio a los pueblos, ved el aspecto que ellos ofrecen en su política; mas para que lo percibáis, contrastémoslo con el de un pueblo que soporta su Gobierno con antelación a la Constitución y garantía de sus derechos; en este caso la persona en quien se expresa el poder público, tiene tan vasto campo al poder de su autoridad, cuanto él mismo se quiere señalar en el horizonte de sus dominios, y esto lo hace o con perpetua arbitrariedad, o dictaminando a la vez leyes estables, pero que siempre asientan sobre una palanca que los vuelca a discreción del príncipe: en el primer caso tenemos un déspota en todo el rigor de la palabra, en el segundo está él mismo en embrión que paulatinamente va desarrollándose, engrandeciéndose hasta tanto que desaparece todo su aspecto de autoridad social, y queda nada más, que un grandísimo personaje, en cuyo alrededor vienen a condensarse para bien de él y de sus hijos todos los bienes que brotan de la sociedad: el labrador suda para los reyes, el militar sirve a su ambición y conquistas el literato se afana en mantener siempre embalsamada su atmósfera, y a una seña de ojos van gratuitamente a la muerte los malhadados ciudadanos, que en vida no salieran de la arca que ocupaban sus cuerpos.
La historia, señores, y la revelación nos avisan de consuno, que los reyes son una calamidad de los pueblos. Como un castigo de su dureza de corazón, concedió el Señor, un rey al pueblo de Israel, que se lo pedía con impía tenacidad. “Haz lo que ellos dicen, ordenaba Dios a Samuel, pero diles primero el derecho del rey que los ha de mandar; tomará vuestros hijos, y los pondrá para que gobiernen sus carros, los hará labradores de sus campos, y segadores de sus mieses, se apropiará lo mejor de vuestras viñas y olivares, y diezmará el producto de vuestras mieses, vosotros seréis sus siervos, y clamaréis aquel día a causa de vuestro rey”. Consultad ahora lo que enseña la historia, y vuestro corazón gemirá a la contemplación de las ruinas que hacen en la humanidad esos gobiernos absolutos: aquí levantan pirámides, que en su mole imitan la naturaleza, allá inmensos palacios, que hacen ventaja a las ciudades, sin más trabajo de su parte, que el querer; aquéllos llevan la guerra a todo lo conocido, emprendiendo conquistas, que cuestan millones de vidas, sin más fruto, que el que el conquistador sentado en un altísimo trono, vea de hinojos a los hombres allá hasta donde el horizonte los oculta; los otros pueblan desiertos horrorosísimos de millares de familias sacrificadas a su política suspicaz. ¿Y qué queréis, señores? Si el pueblo cayó en un letargo de muerte por efecto de su disolución y este advenedizo llena cruelmente esa ley de la existencia de los Gobiernos; pueblo ha venido a ser una propiedad suya, sin más recurso para esto que la paciencia, nada más que el duro recurso del sufrimiento: porque si se me señala la rebelión como un remedio de ese mal, ved que esta es una calamidad mayor que todos los tiranos y que con ella no se haría más que tocar someramente la desgracia, quedando íntegra cuando no aumentada para que la ponga en juego un sucesor cualquiera; a más de que si los pueblos, han de caminar por la noble senda de lo justo y de lo recto, jamás podrán tocar esa persona que, abusa de su poder, sin poner manos sacrílegas a la autoridad que se funda en el derecho natural, y que importa romper el nudo que liga en un manojo toda la sociedad; sería un crimen de lesa patria. Ved ahí, señores, la tremenda situación de un pueblo prevenido por el hecho –Gobierno–; la horrible expiación de sus desórdenes anárquicos, el duro y prolongado martirio a que se halla condenado; pero que en justo homenaje a la divina Providencia, se soporta con valor su padecimiento bajo la influencia de la religión, es cierto a la luz filosófica e histórica, que ese pueblo mejoraría, y poco a poco entraría en el deseadísimo punto, en que se concilian los grandes derechos y las grandes necesidades, combinando en la mejor proporción posible la balanza del poder, y la inviolabilidad de otros derechos igualmente sagrados. Cuando un pueblo se coloca en esa situación, es entonces que yo he dicho, que sus legítimos intereses, y su noble libertad han prevenido al Gobierno, y ya la sociedad comienza a irradiar en todo sentido las clarísimas preciosidades con que la dotara la Providencia. Se asemeja al sol que atraviesa los cielos con rápida y ordenada carrera, derramando la luz, la fecundidad, el bienestar por todas partes, y disolviendo de paso las nubecillas que levantan desquiciados vapores.
¡Argentinos! ¿Veis esa luz tenue pero tranquila, que se levanta sobre vuestro magnífico Plata, y que va a reflectarse en las nieves de los Andes? ¿oís ese rumor que viene desde el santuario de vuestros legisladores, suave, melodioso, como los gorjeos de los pajarillos en la madrugada? ¡Os anuncio que eso es la aurora del bellísimo día, que os preparó la Providencia en galardón de vuestros inefables padecimientos! Dios había verificado en el fondo de la República Argentina un solemne reposo, como quiera que su faz haya conservado las huellas de la turbación, así como algunas olas rugen en la superficie de las aguas después de pasada la tempestad, y al favor de esa calma dichosa, protegida por un héroe de patriotismo se han consagrado en el augusto templo de la razón, nuestras leyes y nuestros derechos. Removidos los escombros de la tiranía, se han puesto los fundamentos inmobles de nuestra sociedad regenerada: esta es la ley, esto es lo justo hemos dicho, y han venido las cosas y las personas a amoldarse en ese molde sagrado. Las bases del Gobierno no son el apiñamiento de todas las personas, de todas las vidas, de todos los intereses, que haría el trono de un dictador, sino las mismas garantías del ejercicio de nuestras facultades, el uso libre y cumplido de todos nuestros derechos ese es el único camino de llegar al recinto de la autoridad; este derecho existe, porque existen los nuestros; aquél se desenvolverá en una vasta órbita, cual necesite, pero sin menoscabar la en que se desarrollan los nuestros, y del movimiento libre de aquél y de los nuestros, resulta ese todo regular y armonioso, que hace la magnífica ilusión de los pueblos modernos, que contienen más bellezas y encantos que cuanto hay en la naturaleza; esta es la gran realidad, es la que con valor incontrastable buscaban los héroes de la Independencia, el que habla en nombre de ella, habla en nombre de la patria y de la única verdadera libertad, por quien suspirábamos tantos años, y en cuyos altares inmolaban sus vidas nuestros mayores: cuando ésta existe aparece todo lo bueno de que es capaz el hombre en la tierra; cuando ella desaparece, se desquicia, se rompo y cae con espantoso ruido el edificio social.
Ved ahí la grandiosa perspectiva de vuestra organización, que esencialmente consta de sus leyes y del poder público que las hace ejecutar, respetad uno y otro, sofocando pasiones mezquinas de antipatías personales, y espíritu de partido. Sed justos, y Dios que es la vida de todas las cosas, la dará muy larga y gloriosa a nuestra amada patria. Dios bendiga la República Argentina y a su dignísimo presidente y vicepresidente constitucional(es)
  

Fuente: Esquiú, Mamerto. «Tres sermones patrióticos de Fray Mamerto Esquiú», Edic. ordenada por la Cámara de Diputados de Diputados de la Nación - Biblioteca del Congreso de la Nación. Buenos Aires - 1947,  págs. 19 y sgtes.

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