enero 18, 2014

Carta escrita a la Corte del Brasil por la Junta en 5 de Junio de 1811

EPOCA PRIMERA

La Revolución de Mayo y la Independencia
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Carta escrita a la Corte del Brasil por la Junta en 5 de Junio de 1811

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Excmo. señor:
Los sucesos acaecidos posteriormente a la que con fecha 16 de Mayo dirigió esta Junta a V. E., le han parecido dignos de trasmitirlos a su alta consideración. En ellos encontrará V. E. los mismos asuntos bajo un aspecto nuevo, pero siempre conforme a las sanas intenciones de esta Junta.
El 25 del mismo mes acaeció la novedad de presentarse a esta Junta un parlamentario del general Elío en solicitud de un acomodamiento entre Montevideo y esta Capital, pero por unos medios indefinidos. A formar juicio de sus expresiones, solo lo movía el amor de la humanidad y el deseo de que terminasen las calamidades de una guerra devastadora, entre miembros de una misma familia. A V. E. como a todos, deberán serle sospechosas estas protestas de sensibilidad, reflexionando que quien las hace es el autor de tantos males en el momento mismo que advierte su impotencia. En efecto, el general Ello esperó a mostrarse compasivo dos días después que mil hombres de sus mejores tropas fueran muertos, dispersos, y rendidos a discreción en el lugar de las Piedras por otros tantos de nuestros soldados, que aunque mal armados, y en situación menos ventajosa, tenían de su parte la buena causa, y la superioridad del valor. Hacía algunos meses, que este déspota fogoso, nos trataba con tanto rigor como desprecio, bloqueaba nuestros puertos, se apoderaba de nuestros bastimentos, desolaba nuestras costas marítimas, quemaba nuestras poblaciones, y en fin, no perdonaba daños que estuviesen a su alcance. De un instante a otro baja de tono, y proclama su amor y su fraternidad en obsequio de aquellos mismos que se complacía en insultar. Ya advierte V. E. que esta mudanza no puede nacer sino de que, encerrado en los muros de Montevideo, ve la triste perspectiva que le ofrece el estado de las cosas, y escucha las maldiciones de un pueblo a quien ha precipitado en mil desdichas.
Sin embargo de todo esto, la Junta, cuyo sistema tiene por base otros principios, hizo de su autoridad en esta ocasión todo aquel uso sobrio y moderado que le prescribían las circunstancias. Entretanto que preparaba una contestación coherente a las proposiciones del parlamentario, cuya audiencia dio con el mayor agrado, dispensó a su favor todas las leyes de la guerra, permitiéndole se retirase libre por toda una noche y un día a su antiguo asilo, tratase a sus amigos, y recibiese la hospitalidad de un pueblo generoso, y benévolo aun con sus mismos agresores.
Aunque nuestras ventajas sobre el enemigo nos daban derecho para imponerle la ley, nos contentábamos con que el general Ello se retirase a España según prometió su parlamentario, y que la ciudad de Montevideo destinase dos sujetos de su confianza con quienes trataríamos de un amigable convenio. Esta era, en sumario, la contestación que había preparado esta Junta, cuando un accidente inesperado le hizo ver que convenía otra más perentoria. Por una posta de Corrientes supo de cierto, que aquella ciudad se hallaba libre de sus opresores europeos; y que, despreciando toda la provincia del Paraguay sus clamores interesados para adherirse a los principios de la justicia y del honor, hacía esfuerzos decisivos a fin de abatir su preponderancia, y seguir el curso que el destino abría a las demás. La Junta creyó que esta unanimidad de sentimientos dirigidos a consolidar el acto de nuestra asociación política no le dejaba otro recurso a un pequeño pueblo como Montevideo, aislado en el recinto de sus murallas, que el de unirse a esta gran familia de quien es miembro. En esta virtud, concibió la Junta en tales términos su respuesta, que, exigiendo su reconocimiento a este gobierno, le dejaba todo entero el capital de sus derechos y prerrogativas.
Si anteriormente tuvo motivos esta Junta para persuadirse, que Montevideo no estaba en el caso de merecer la protección de S. A. R. el señor príncipe regente, ella es de sentir que en el día no haría más esa protección, que sepultar a todos en un abismo de males, acaso irreparables para los intereses de esa Corte. Para pensar así, tiene presente esta Junta, que, hallándose conmovida la Banda Oriental de este río y con fuerzas respetables, por cualquier parte que se declarase la victoria, ella debía ser el fruto de una guerra carnicera.
A estas provincias no les sería difícil reparar sus descalabros; pero la gloria estéril que recogiese la Corte del Brasil en el caso dudoso de una victoria, nunca podría resarcirle las pérdidas a que expondría su Estado. Al paso que Fernando VII tiene bien establecido su trono en el corazón de los americanos, el germen del descontento con el antiguo sistema se halla muy propagado en todos ellos. Por consiguiente, toda empresa en la Banda Oriental, inútil para juzgar esta América, no haría más que encender una hoguera, cuyas chispas desprendidas es probable produzcan un incendio en que arda esa misma capital, y abrasen la mano que la incendie. La América ha levantado el grito, y habla con todos los que nacieron en su suelo. Dígnese V. E. reflexionar ahora, si por complacer un puñado de díscolos que encierra Montevideo, es justo hacer que corran arroyos de sangre, e introducir una guerra funesta en el seno de esos estados.
No serían éstos los únicos males que traería consigo la ruptura de esta Capital con la Corte del Brasil. A fin de no caminar sin una guía segura en el seno de las convulsiones, siempre inseparables de las crisis políticas, que hacen los Estados en una situación nueva, desean con eficacia estas provincias la celebración de su congreso indicado. En la sabiduría de sus consejos, es donde esperan encontrar el medio de afirmar el pie tímido y vacilante con que ahora caminan, y poner a cubierto estos dominios de las usurpaciones que hacen gemir al viejo mundo. Para la consecución de estos fines tan importantes, sería su primer paso discurrir el secreto que pudiese conciliar sólidamente los ánimos harto ulcerados de los españoles patricios y europeos. Pero ya advierte V. E. que esto sería inasequible entre una guerra, cuyas operaciones no harían más que atizar el fuego de la discordia.
El último resultado que debíamos esperar de aquí, es que el común enemigo se aprovechase de nuestras disensiones, para apoderarse de un suelo que hace tiempo ambiciona.
Por estos antecedentes deberá concluir V. E. que, cuando todas estas provincias han naturalizado, por decirlo así, el deseo de reunirse bajo de una gobernación, y ajustar los medios de conservarse, es una pretensión muy ridícula la de un pequeño pueblo como Montevideo, quererse conservar independiente, y erigirse rival de los demás. Siendo esto así, la Junta cree, que nunca se halla más en su lugar, que cuando exige de S. A. R. el señor príncipe regente, cumplir su poderoso influjo, no ya para promover un armisticio injurioso a esta Capital, y perjudicial a la causa pública, sino la entera sujeción de ese pueblo. Ella tiene el honor de poner en manos de V. E. los papeles públicos relativos a este importante asunto, para que, informado con ellos y esta carta, el real ánimo de S A. R. se digne deliberar como siempre, lo mejor.
Dios guarde a V. E. muchos años. — Buenos Aires, 5 de Junio de 1811. — CORNELIO DE SAAVEDRA. — DOMINGO MATHEU. — ATANASIO GUTIÉRREZ. — JUAN ALAGÓN. — DR. GREGORIO FUNES. — JUAN FRANCISCO TARRAGONA. — JOSÉ ANTONIO OLMOS. — DR. MANUEL FELIPE DE MOLINA. — MANUEL IGNACIO MOLINA. — DR. JUAN IGNACIO DE GORRITI. — DR. JOSÉ JULIÁN PÉREZ. — MARCELINO POBLET. —  JOSÉ IGNACIO MARADONA. — FRANCISCO ANTONIO ORTIZ DE OCAMPO. — DR. JOSÉ GARCÍA DE COSSIO. —  DN. JOAQUÍN CAMPANA, secretario.

Excmo. señor Conde de Linares.

Fuente: Neptalí Carranza, Oratoria Argentina, T° I, pág. 66 y sgtes., Sesé y Larrañaga, Editores – 1905. Ortografía modernizada.

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