enero 19, 2014

Discurso de Fidel Castro en la clausura de la 1° Plenaria Nacional del Transporte (1964)

DISCURSO EN EL ACTO DE CLAUSURA DE LA PRIMERA PLENARIA NACIONAL DEL TRANSPORTE, CELEBRADA EN EL TEATRO DE LA CTC-REVOLUCIONARIA
Fidel Castro
[31 de Octubre de 1964]

― Departamento de versiones taquigráficas del Gobierno revolucionario ―

Señores invitados;
Compañeros trabajadores del transporte:
Con este acto de hoy culminan una serie de eventos que han tratado los problemas de la producción.
En días, o mejor dicho, en semanas sucesivas se reunieron los compañeros azucareros, es decir, todos los compañeros de la industria y de la agricultura que tienen que ver con el azúcar, los compañeros que tienen que ver con la medicina, los compañeros de obras públicas. Anteriormente se habían reunido también los compañeros del instituto hidráulico, y aunque creo que se me olvida todavía uno... Es que hubo dos azucareros: un Forum Nacional Azucarero y una reunión, un evento de la industria azucarera propiamente dicha, una plenaria. Y hoy esta plenaria de los trabajadores del transporte.
Lo que puede afirmarse como una característica común a todos estos eventos es un evidente progreso en el trabajo revolucionario, un superior espíritu de responsabilidad, una mucha mayor seriedad en el análisis de los problemas, y un indiscutible avance en todos los órdenes. Para todos los trabajadores y para todo el pueblo tiene que ser evidentemente satisfactorio ver que la Revolución marcha, ver los avances que a un ritmo creciente se van logrando. Y, desde luego, esto entraña un fortalecimiento de la confianza de las masas en la Revolución, un fortalecimiento de la fe en la Revolución.
Lo más importante de todo es que sepamos que no hay camino fácil; lo más importante es que sepamos que los avances en estos primeros tiempos de una revolución siempre son más lentos, siempre son más trabajosos, siempre son más difíciles. Es importante que sepamos que al vislumbrar estos éxitos, al vislumbrar los éxitos futuros, hayamos de olvidar, o vayamos a caer en la ilusión de que ya todo marchará fácilmente hacia adelante.
Y no marcharemos más fácilmente, pero sí marcharemos con una mayor seguridad. No marcharemos más fácilmente, pero sí marcharemos con una mejor organización. Marcharemos con una mayor experiencia; y, desde luego, por supuesto, con un mayor esfuerzo por parte de todos, porque necesariamente necesitamos del esfuerzo. Y marcharemos también con una mayor disciplina que hasta hoy; y marcharemos también con más seriedad en nuestro trabajo que hasta hoy, y marcharemos con más conocimientos que hasta hoy.
Y es evidente que en todos los aspectos, en todos los frentes de trabajo de la Revolución, se puede apreciar un mayor conocimiento, una mayor capacidad. Es evidente que vamos comprendiendo mejor qué es una revolución; vamos comprendiendo mejor en qué consiste una revolución; y acabamos de comprender —acabamos de comprender— que una revolución es una tarea mucho más difícil de lo que muchos se imaginaban, que una revolución es un cambio mucho más profundo de lo que muchos se imaginaban, que una revolución es algo mucho más serio de lo que muchos se imaginaban. Y, entre otras cosas, aquella verdad de que nada enseña tanto a los pueblos como una revolución. Porque muchas veces los hechos contradecían la fe, muchas veces los hechos contradecían el entusiasmo, muchas veces los hechos contradecían las palabras, y muchas veces los hechos contradecían las aspiraciones, muchas veces los hechos contradecían las promesas.
Porque la realidad era así, y las causas no eran causas fáciles de comprender, las causas eran difíciles de comprender.
Y cuando los hechos van contradiciendo las aspiraciones, los objetivos, los deseos, las promesas y las palabras, incuestionablemente que pueden dañar el entusiasmo y pueden dañar la fe de las masas en la revolución.
Y había causas de orden objetivo que estaban fuera del alcance de todos nosotros, pero había causas de orden subjetivo que estaban al alcance de todos superarlas. A veces se confundían las causas, a veces se echaba la culpa a una sola causa. Y es mala la confusión de causas, porque existe la tendencia o a echarle la culpa a una sola causa o echarle la culpa a otra causa. Y así, muchas veces se le echaba toda la culpa al imperialismo y se le echaba toda la culpa al bloqueo imperialista. Y no es que vayamos a subestimar la importancia de esa causa, no es que vayamos a subestimar la importancia de las agresiones imperialistas y la importancia del bloqueo imperialista; es incuestionable que eso ha constituido un obstáculo grande, es indiscutible que eso ha sido causa de muchas de nuestras dificultades, pero también es indiscutible que la inexperiencia, la incapacidad, la superficialidad y la irresponsabilidad han sido también causas de muchas de nuestras dificultades.
Y así, el bloqueo no debe servir de pretexto sino que debe servir de acicate, el bloqueo no debe servir de excusa sino que debe servir de estímulo. Porque frente a la acción del enemigo, la actitud de los combatientes revolucionarios; frente a la acción del enemigo para destruirnos, no vale la queja, ni vale el lamento, ni vale la protesta; frente a la acción del enemigo para destruirnos, vale nuestra acción para evitar que el enemigo nos destruya; frente a la acción del enemigo, el esfuerzo redoblado, la pasión multiplicada hacia la causa, el honor de los revolucionarios, la decisión de vencer.
Claro está que no puedo pensar de ninguna forma que un proceso revolucionario, que un pueblo que se abre paso a marchas forzadas hacia el porvenir, pueda inevitablemente dejar de vivir ese proceso de aprendizaje, que pueda inevitablemente dejar de pasar por todas las experiencias. Nosotros creemos, sinceramente, que todo era necesario y que todo era inevitable. Pero lo que importa dentro de una revolución es la prontitud, la eficacia, con que los problemas inevitables, los errores inevitables, la desorganización inevitable, se superen.
Y esa es la lucha de hoy, esa es la batalla de hoy. No tengo la menor duda de que cuando — en años venideros— volvamos la vista hacia atrás, no solo nos admiremos de lo que se haya hecho sino, incluso, nos admiremos todavía más de todo lo que se haya hecho partiendo prácticamente de cero y cómo se haya podido hacer cuando prácticamente nadie sabía de nada, cuando prácticamente todo tuvo que aprenderse sobre la marcha, cuando prácticamente todo hubo de hacerse nuevo.
Sin embargo, ningún revolucionario estaría satisfecho, ningún revolucionario estaría tranquilo, si comprendiera que lo que pudo resolverse en cinco años se resolvió en 10, y lo que pudo resolverse en 10 años se resolvió en 20.
Al principio de este año, cuando hacíamos un recuento de los éxitos logrados, decía — ese día en que se cumplía el quinto aniversario de la Revolución— que en los próximos cinco años se haría dos veces o tres veces más de lo que se había hecho en esos primeros cinco años. No tiene el mismo valor un año, un mes, un día, una hora, en los primeros tiempos de la Revolución, que el valor que tiene un año, un mes, un día y una hora cuando ya han transcurrido algunos años de Revolución. Y creo que estamos en lo cierto si pensamos que en estos segundos cinco años de Revolución, habremos de marchar mucho mejor y habremos de progresar extraordinariamente más. Que las circunstancias que se presentan hoy, son mucho mejores que las de los primeros años. Que muchos problemas han debido ser superados, muchos problemas, desde el mismo día del triunfo de la Revolución, hasta hoy.
Y no es que se esté marchando mucho en un solo frente; es que en realidad se está marchando de una manera más o menos similar, de una manera más o menos pareja en todos los frentes. Podría decirse que en los primeros años de la Revolución, algunas cosas avanzaron más que otras; podría decirse que algunos de esos avances nos fueron impuestos por las necesidades mismas.
Y así, la necesidad de defender la patria frente a las agresiones enemigas, promovió un avance extraordinario en nuestras fuerzas armadas. Así mismo, la necesidad de crear conciencia, la necesidad de comprender la batalla ideológica frente a los enemigos, promovió un avance extraordinario de la educación y del estudio.
Sin embargo, hoy, sin que ese avance se detenga, puede decirse que marcha parejo con un gran esfuerzo en todos los demás órdenes; con un gran esfuerzo en la agricultura, por ejemplo, con un gran esfuerzo en las construcciones; con un gran esfuerzo en el transporte; con un gran esfuerzo en el deporte; con un gran esfuerzo de organización, tanto en el aparato administrativo, como en la organización de nuestro Partido, y en nuestras organizaciones de masas; y un número considerable de esfuerzos en distintas direcciones se está realizando. Una serie de industrias ya comienzan a ser realidades.
Ya no será fácil que nuestros enemigos hagan aquel chiste de que se estaban limpiando el hombro del polvo de las industrias que les caía encima, porque ya tendrán seriamente que limpiarse el polvo de algunas industrias no imaginarias, el polvo que les caerá de nuestras gigantescas plantas termoeléctricas, por ejemplo , que prácticamente duplican toda nuestra anterior capacidad instalada.
Hace apenas un año, sufrió nuestro país uno de los más fuertes azotes de la naturaleza, ocasionando incontables pérdidas en vidas y en bienes materiales, y ya se están construyendo numerosas represas en la provincia de Oriente, y si no han alcanzado todavía un ritmo mayor, es simplemente, por el tiempo inevitable que se llevan determinados estudios. Y ya han estado llegando en cantidades considerables, los equipos que para la realización de esas obras se adquirieron con la contribución generosa del pueblo. Los años críticos de nuestra producción azucarera, cuyas cifras, como ustedes saben, no se han publicado y todavía por algún tiempo no se publicarán, como todos ustedes saben, van quedando atrás y van cada año a ir quedando cada vez más atrás.
Se recupera el país, prácticamente, en todos los frentes de trabajo. Se trabaja intensamente en la elevación de esa producción azucarera, a fin de alcanzar la cifra de 10 millones de toneladas. Y los 10 millones de toneladas, se alcanzarán. Y no solo eso, lo interesante es, que será muy probable que cuando hayamos alcanzado esa cifra, nos veamos en la necesidad de tener que promover otra más alta. ¿Por qué? Porque prácticamente, en virtud de los convenios suscritos con numerosos países, los 10 millones de toneladas de azúcar están vendidas. El programa de incremento, o las exportaciones programadas año por año, las exportaciones programadas y conveniadas año por año, absorben la totalidad de nuestro incremento azucarero.
Y nuestro problema, el problema de nuestro pueblo hoy, no es aquel tremendo problema de ayer para saber qué demonios hacíamos con unas toneladas de azúcar que nos sobraban todos los años, y que constituía la tragedia del país, el dolor de cabeza del país, la inseguridad y la angustia de los trabajadores, la inseguridad y la angustia de los agricultores, sino que nuestro problema es hoy el producir mucha más azúcar de la que producimos y el producir todo el azúcar que hemos vendido. Y pensar ya que aún esas cifras máximas se encuentran con la realidad de que no van a ser suficientes. Porque si ya desde el año 1964 tenemos vendidas hasta el azúcar de 1970,  tiempo tenemos de aquí a 1970 para vender el azúcar de 1975. Y no solo eso, sino que la inmensa mayoría de ese azúcar está vendida a precios superiores a los precios que recibíamos antes.
Esa es la perspectiva mirando un solo año. Pero es que no será solo el azúcar lo que se desarrolle de nuestra agricultura, sino que nuestra agricultura, por ejemplo la agricultura ganadera, el sector agropecuario, alcanzará en los próximos 10 años un valor superior dos veces a lo que valgan los 10 millones de toneladas de azúcar.
Es decir que en nuestro país el trabajo productivo, el trabajo creador de bienes materiales, está adquiriendo un auge verdaderamente increíble.
Si a eso le unimos el hecho de que el país prácticamente todo se ha convertido en una escuela, en un inmenso campo de estudios; si el número de los trabajadores que están estudiando alcanza la cifra increíble de 600 000, si el número de los niños matriculados en la escuela alcanza aproximadamente la cifra de 1300 000, lo que significa que el conocimiento, la técnica, la ciencia, van a acompañar —como su mejor sostén— ese gigantesco esfuerzo productivo del pueblo, ¿a quién le pueden quedar dudas del porvenir que espera a nuestra patria? Si el trabajo mejora en todos los frentes, es indiscutible que tenemos el derecho a sentirnos optimistas.
Y creo que esas perspectivas deben estimular nuestro esfuerzo de hoy, nuestro esfuerzo de ahora, de estos años. Y el ejemplo de lo que se ha realizado en el sector del transporte en menos de un año, es una buena prueba de lo que puede hacerse. Es una buena prueba de los frutos del trabajo entusiasta e inteligente, es una prueba buena de los frutos de una organización adecuada, es una buena prueba de los resultados que da emplear la cabeza, es una buena prueba de los frutos que da el trabajo responsable y serio.
Y es muy digno de señalarse este ejemplo, porque puede decirse que hace un año el sector del transporte estaba realmente en la cola, hace un año la situación del transporte era pésima, la situación del transporte era bochornosa.
Creo que no han transcurrido sino 11 meses desde aquella ocasión, que se recordaba aquí hoy por el compañero Faure, en que nosotros nos referíamos a este problema. Y puede asegurarse que la situación ha cambiado considerablemente, y puede asegurarse que el sector del transporte marchará parejamente con los demás sectores, y que por su importancia, por la enorme y vital importancia que tiene para la economía de nuestro país, deberá situarse entre los primeros.
El análisis del avance logrado tiene de significativo que se ha logrado prácticamente con los mismos recursos que había el año pasado, con menos fuerza de trabajo de la que existía hace un año y a un menor costo de producción del que había hace un año.
El hecho de que se hayan elevado los aportes a la nación de las empresas de transporte, de 11 millones a 33 millones en ocho meses, indica que el incremento del aporte en este año será aproximadamente 30 millones de pesos más que el año pasado.
Es posible que todavía haya personas que no sepan lo que 30 millones de pesos significan: aquellos para quienes los pesos son simples papeles que se reciben del banco y se botan.
Y, desde luego, que quien suda duramente esos papeles no los bota, pero hay quienes no los sudan y los botan. Esos son los papeles con los que el trabajador recibe su remuneración y esos son los papeles con que el trabajador va en busca de los servicios y de los bienes a que lo hace acreedor su aporte a la sociedad. Y papeles demás que se lanzan a la calle, son papeles de menos para los trabajadores; papeles demás que se lanzan a la calle, son bienes y servicios menos para los trabajadores; papeles que se botan en trabajos improductivos, significa menor remuneración para el trabajo creador y productivo.
Esa es la importancia que tienen las cifras, esa es la importancia que tienen los millones. Y para citar un ejemplo más concreto que nos ayude a comprender lo que valen 30 millones, baste decir que con 30 millones en un año, se sufragan todos los gastos de 50 000 becados de escuelas tecnológicas o institutos tecnológicos.
Y esto significa que si aspiramos a tener 100 000 jóvenes becados, si aspiramos a crear una generación nueva con un elevadísimo nivel técnico que coloque a nuestro país entre los más avanzados del mundo actual, no podemos botar dinero, no podemos malgastar el dinero. Porque en la misma medida en que no aprendamos a ahorrar, en la misma medida en que no superemos ese absurdo hábito, estaremos limitando nuestras posibilidades de hacer más y más por el porvenir, de hacer más y más por el pueblo. ¿Y este hábito de botar dinero es acaso un hábito capitalista? En cierto sentido sí y en cierto sentido no.
El capitalista botaba dinero en ocios, en lujos, en diversiones, pero no botaba dinero en el centro de producción, no administraba mal su dinero. El capitalista despilfarraba dinero en virtud de la anarquía en la producción, malgastaba dinero con el uso irracional de ese dinero; así malgastaban y despilfarraban el dinero, el fruto del trabajo, los capitalistas, pero no lo malgastaban en el centro de producción; empleaban el mínimo de personas necesarias en determinados tipos de trabajo, el máximo de personas necesarias en otros tipos de trabajos.
¿Y es que nosotros, socialistas, vamos a suprimir el despilfarro de los capitalistas, lo que los capitalistas gastaban en ocios y en lujos y en vicios, lo que malgastaban en virtud de la anarquía y del uso irracional del dinero, y vamos a botar por otras vías el fruto del trabajo del pueblo? (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”)
Y eso es lo que debe tener presente cada funcionario, cada revolucionario, cuando en sus manos está la función de administrar dinero. Y es que no gana nada absolutamente el pueblo, si el dinero que gastaban de una forma los capitalistas, lo botamos los socialistas de otra forma. Es cierto que el funcionario revolucionario no trabaja por el afán de hacerse rico; es cierto que el funcionario revolucionario trabaja por una remuneración o recibe — no trabaja propiamente por una remuneración—, sino recibe una remuneración relacionada con el valor de su esfuerzo y de su capacidad. No trabaja por hacerse rico, y eso es lógico.
El capitalista trabajaba por hacerse rico, trataba de administrar bien por hacerse rico; pero cuando un peso se perdía a él le dolía y procuraba no malgastar, no despilfarrar. Sin embargo, ¿por qué no ha de dolerle a un revolucionario el peso que malgaste? ¿Por qué no ha de dolerle a un revolucionario el derroche del dinero que en nombre del pueblo administra? Porque, ¿qué diferencia podría haber entre un rico tacaño y un revolucionario despilfarrador? Aquel podría decirse que, al menos, empobrecía a unos para enriquecerse él. ¿Pero a quién enriquece el revolucionario que malgasta el dinero? Empobrece a todos sin enriquecer a nadie.
Y la función del revolucionario que administra es no empobrecer a nadie y enriquecer a todos. Administrar bien significa trabajar para el enriquecimiento de todos. Y no siempre se comportan así los revolucionarios, o los mal llamados revolucionarios, o los que, creyéndose de buena fe que son revolucionarios, van empedrando el camino de la ruina.
Conversando ayer con un compañero, y haciendo algunos comentarios sobre algunos problemas propios de la inexperiencia de estos tiempos y algunos de los problemas de la burocracia, decía: “Mira, la verdad es que a veces yo llamo por teléfono a un compañero que no tiene un cargo muy importante, un trabajo de muy alto nivel, y me sale la secretaria (RISAS); me dice: 'Ah, sí, espere un momento que lo voy a llamar; espere un minuto'.” Y me decía: “Prácticamente todo el mundo tiene una secretaria”.
La verdad es que a mí me da pena, a mí me da pena por las compañeras secretarias, porque hay muchas compañeras y muy valiosas; y, en definitiva, porque la culpa no la tienen las secretarias. Cuando uno tiene que tratar de estos problemas está incurriendo siempre en el riesgo doloroso de herir a algunos compañeros de algunos sectores del trabajo. Pero es que ellos no son los que tienen la culpa; si nosotros somos los que llenamos los edificios de oficinistas, ¿por qué les vamos a echar la culpa a los oficinistas y no a nosotros? Que yo sepa, nadie adquirió aquí un empleo a punta de pistola en ninguna parte.
Y cuando nosotros nos referimos a estos problemas, nos referimos a los defectos, a los errores nuestros.
Y cuando ese compañero me decía eso, yo pensaba en el caso de algunos compañeros que trabajan de una manera increíble, que hacen tal cantidad de trabajo al día, que prácticamente puede hacer diez veces más que algunas de esas gentes que cuando los llaman no pueden salir al teléfono, tiene alguien para que le tome el teléfono, ¡caballeros!
Yo sé que gran parte de ese mal no obedece al hecho premeditado o la indolencia —aunque haya parte de indolencia—; muchas veces obedece a concepciones erróneas de organización.
En cierta ocasión discutía con un compañero que trabajaba en un organismo del Estado sobre el problema de los organogramas (RISAS), y él me decía: “Pero es que son necesarios los organogramas. “ Y yo no niego que son necesarios los organogramas; pero yo estaría más satisfecho, más convencido, si esos organogramas salieran de las necesidades reales, salieran de la vida, y no que traten de hacer que la vida salga de los organogramas.
Y entonces ese compañero me confesó algo, me dice: “Te voy a contar una anécdota: nosotros teníamos dos tipos de empresa, una era empresa de servicios y otra era empresa —creo que le llamaban—...” No me acuerdo cuál era la clasificación, no sé si era una de producción y otra de servicios —aunque el servicio también es una forma de producción— pero creo que estaba clasificada así. La de servicios tenía tal organograma, y la de producción tenía otro. En la de producción había una de las ramas del organograma que no estaba en la empresa de servicios. Pero al organizar tal empresa, que es de servicios, se comete un error y ponen el organograma de la otra (RISAS). Y entonces resultó que, ya organizada, con todo el organograma, de repente descubrieron que toda aquella gente que estaban trabajando allí, con las cuales había llenado esa parte del organograma, no correspondía a ese tipo de empresa, y fue cuando descubrieron entonces que se habían equivocado, y que habían puesto una de las ramas de una empresa de producción en la empresa de servicios (RISAS). Y eso no hizo más que confirmar esa sospecha de que muchos organismos aquí han salido de la cabeza de la gente, de una manera idealista, y no han salido de las realidades de la vida. Y han confundido una cosa con la otra, y han convertido el organograma en un objeto casi en sí mismo, en un objetivo, en vez de un instrumento, pero un instrumento que responda a realidades.
De esa manera, de esa manera, se ha ido cayendo en un mal que es necesario que comprendamos, se ha caído en un tremendo vicio que es el burocratismo. Claro que ese vicio del burocratismo no se combate fácilmente. La lucha contra el burocratismo es una lucha compleja y difícil, porque hay que evitar que la lucha contra ese mal se convierta en un desconocimiento de la necesidad y de la importancia de la organización; hay que evitar que al crear una conciencia contra eso no se vaya a crear una conciencia contra la organización, que es necesaria. Pero la lucha contra el burocratismo, decíamos nosotros que era una manifestación del espíritu pequeño burgués en la revolución proletaria. Y eso es una verdad.
Y nosotros tenemos que tratar de enseñar al pueblo, de educar al pueblo. No enseñamos ni educamos al pueblo cuando incurrimos en esos vicios.
¿Cómo podremos superar las dificultades que tenemos en una serie de aspectos? ¿Cómo lograremos formar todos los técnicos que necesitamos para el desarrollo de nuestro transporte, por ejemplo? ¿Cómo lograremos formar todos los maquinistas, oficiales, que necesitamos para nuestra marina mercante? ¿Cómo lograremos formar los ingenieros que por cientos necesitamos no solo para la industria y para la agricultura, sino también para el transporte? ¿Cómo lograremos encontrar la fuerza de trabajo que se necesita hoy para resolver una serie de problemas urgentes, para resolver los problemas de nuestros abastecimientos, para liquidar la libreta en una serie de renglones lo antes posible, tal como el renglón de las viandas, por ejemplo , para disponer de leche suficiente no solo para darle a los niños hasta los siete años, sino después de los siete años e, incluso, a cualquier ciudadano hasta los 70 años ? ¿Cómo vamos a resolver todos los problemas de vivienda que tenemos todavía, todas las necesidades de trabajo en construcciones para nuestras industrias y demás necesidades públicas? ¿Cómo vamos a resolver los problemas de nuestra industria azucarera y los cultivos de nuestros campos de caña y el corte de la caña? ¿Cómo vamos a resolver todos esos problemas si nosotros realmente no vamos incrementando el espíritu de trabajo, el espíritu de trabajo productivo, si no vamos haciendo conciencia a cada ciudadano de la necesidad de trabajar y de producir?
Si necesitamos decenas de miles de maestros, de enfermeras, de médicos, de toda una serie de trabajos, ya de tipo pudiera decirse intelectual, no podemos hipertrofiar toda una serie de funciones innecesarias e improductivas.
Y ayer, cuando nos reuníamos con los alumnos que acaban de recibir un curso, es decir, con los administradores de las granjas cañeras, les citábamos un ejemplo: que en un recorrido reciente que hicimos al interior del país y que llegamos hasta las fincas de Oriente, viendo cómo marchaban algunos trabajos agrícolas, llegamos a un lugar ya de noche —habían caído grandes aguaceros, los ríos estaban crecidos, había una gran humedad, un rebaño de más de 500 vacas— y allí conversábamos con tres compañeros que estaban luchando por amansar esas vacas, y nos estaban explicando todos aquellos problemas, los problemas que tenían, el esfuerzo tremendo que tenían que hacer luchando con aquellos animales que eran fieras. Y les decíamos: “Necesitan más personal aquí para poder llegar a amansarlas todas, a ordeñarlas todas.” Y me explicaban: “Bueno, es que por aquí han pasado por lo menos 10 y todos se han ido, ¡han pasado diez y todos se han ido!”
Y meditaba yo en aquellos instantes viendo el trabajo heroico de aquellos hombres, trabajo verdaderamente heroico, remunerado de una manera modestísima, aquel trabajo heroico de aquellos hombres por tratar de resolver problemas del pueblo, y realmente aquello hacía que uno pensara cuán poca gente conoce los esfuerzos que se están haciendo, cuánta gente habrá ignorante del esfuerzo que algunos hombres de carne y hueso como ellos están haciendo en apartados rincones de la patria , y cuántos hombres como esos necesitamos, y qué necesidad tenemos de crear ese sentido del deber, esa conciencia de la necesidad de trabajar, esa comprensión del honor y el mérito que significa hacer ese trabajo.
Y ciertamente que no puede haber pueblo más fecundo, más fértil a la comprensión; no puede haber inteligencia más abierta a los problemas y a los modos de solucionar los problemas que nuestro pueblo, como no hay pueblo más entusiasta, como no hay pueblo más sensible, como no hay pueblo más rápido a cualquier llamado que se le haga en cualquier sentido . ¡Y qué lucha, qué dura lucha!, porque hay que comprender cuántas necesidades tiene que satisfacer nuestro pueblo, hay que comprender cuántos hombres jóvenes, cuántas inteligencias vigorosas nosotros tenemos que tener sobre las armas, cuánta fuerza y cuánto recurso humano tenemos que dedicar ya a la tarea de defender el país, y cómo a la vez que satisfacemos esta necesidad — la primera y esencial porque es vital para la nación— tenemos, al mismo tiempo, que resolver toda otra serie de tareas de todo tipo para las cuales se necesitan fuerzas, se necesitan brazos, se necesita trabajo.
Y entonces, cuando tenemos por delante las tareas de incrementar nuestra producción en todos los órdenes, sobre todo la tarea de incrementar la producción azucarera, sobre todo en estos próximos años en que no tendremos todavía las máquinas suficientes, y que será un incremento por año enorme, ¿cómo podemos despreocuparnos del hecho de que haya hombres que salgan del campo hacia la ciudad, éxodo y más éxodo del campo hacia la ciudad, hombres y más hombres para tipos de trabajo no esenciales? Si tenemos regiones de grandes posibilidades agrícolas con una población escasa, es necesario que todos meditemos y nos preocupemos por estas cosas, es necesario que nosotros le pongamos un freno definitivo y total a toda tendencia que vaya contra esos intereses vitales de nuestro pueblo.
No es esa la única práctica. Ayer también teníamos nosotros ocasión de conocer otro tipo de práctica, una especie de piratería de otro orden — no la clásica—, y se refería a algunos alumnos de los que se graduaban de bachiller en el instituto preuniversitario de Tarará, hoy Ciudad Escolar “Ciro Redondo “.
De allí se había logrado enrolar 50 jóvenes para estudiar agronomía pero que, a la vez, no iban a estudiar agronomía matriculados en la universidad, iban a ingresar en institutos tecnológicos para obreros, institutos tecnológicos agrícolas, allí iban a ser maestros de los obreros, de matemática, de física, de química y, a la vez, serían estudiantes de agronomía, e iban a recibir un modesto sueldo en los primeros años y paulatinamente se les iría aumentando.
Y el compañero que estaba al frente de esos trabajos me trae un papel que de la Universidad de Las villas habían regado allí, en que solicitaban estudiantes para un curso de instructores-profesores, que los matricularían en agronomía, que al cabo del primer año ganarían, como profesores-instructores, 171 pesos, que al cabo del segundo año ganarían 238 pesos. ¡Ahí tienen al indolente, ahí tienen a los botadinero, ahí tienen a los despilfarradores, ahí tienen a los corruptores!
Y lo cierto es que algunos de aquellos muchachos que ya habían decidido ingresar en aquellos cursos, de acuerdo con la proposición que se les hizo, habían abandonado la idea atraídos por aquella oferta, por aquella jugosa oferta.
Le hube de pedir al compañero que enviara alguien a la Universidad de Las Villas, investigara quién era el responsable de esa fechoría (EXCLAMACIONES), y le dijera que quedaba cancelada esa convocatoria por inconsulta y, además, por inmoral.
Hace apenas unos días, hablábamos en la Universidad de Las Villas contra esa piratería de estudiantes, que ahora ya no es ni piratería de estudiantes, ya no es piratear al estudiante para que trabaje, sino tratar de que en vez de que estudie esto, estudie esto otro por soborno. Y eso implica la necesidad de que hagamos un control todavía mayor y mejor de los estudiantes, porque se ha convertido en una práctica los llamamientos, y llamamientos, y más llamamientos que de hecho están aquí suprimiendo la enseñanza preuniversitaria, porque ya desde la secundaria los están llamando.
Y eso puede hacerse en una actividad esencial, o en dos, o en las que sean necesarias, bajo un estricto control; pero el llamar, y el llamar, y el llamar, impelidos por necesidades urgentes, puede dar como resultado que prácticamente terminando la secundaria esté ingresando en esto y en lo otro. Y tiene que haber un control, y el Ministerio de Educación debe ser responsable de ese control. Y que se establezca un rígido control, y que no se pida ningún estudiante si no es con autorización y con discusión con el Ministerio de Educación. Porque proliferan las necesidades, proliferan las necesidades de técnicos altamente calificados.
En los informes de los compañeros subsecretarios del Ministerio del Transporte no hay uno solo que no plantee, de una manera firme, vigorosa y acertada, la necesidad tremenda de personal altamente calificado para satisfacer las exigencias crecientes de nuestro transporte. Luego esto implica que nosotros tenemos que establecer un orden de prioridades; implica que debemos establecer un gran control para evitar la piratería del estudiante, para evitar el prorrateo ese, para evitar esa concurrencia anárquica en busca de los estudiantes, sin control de ninguna índole, y quieran satisfacer esas exigencias apremiantes sacrificando las posibilidades del futuro. Recordamos perfectamente que al principio en los planes de formación de maestros se había hablado de graduar unos maestros de primer ciclo, después enviarlos a trabajar, después llamarlos otra vez para que hicieran el segundo ciclo. Nosotros pensábamos que muchos de esos que harían el primer ciclo nunca más harían el segundo ciclo, y que nunca íbamos a tener de una vez maestros perfectamente formados. Y planteamos que no, que se tuviera paciencia y que terminara no solo el primer ciclo, sino el segundo, y ya dentro de algunos meses salen 1 000 alumnos, aproximadamente, graduados de maestros, con los dos ciclos. Y serán maestros de mucha más calidad de lo que habrían sido si salen a trabajar con el primer ciclo.
Hubo paciencia, fue necesario un poco de paciencia; y eso permite que algún tiempo más adelante salgan ya técnicos mucho más preparados, maestros mucho más formados, con mucha más experiencia. Y así nosotros debemos aprender a tener paciencia muchas veces para no destruir con los pies —como se dice vulgarmente— lo que se está haciendo con la cabeza.
Y así, tenemos que siempre ser muy conscientes de que el avance de la Revolución requiere un esfuerzo muy coordinado, requiere que todos nos apoyemos en todos, y sobre todo nos apoyemos en el esfuerzo de todos, que de otra forma podríamos estar cometiendo errores que después nos costasen muy caros.
Y decía que las necesidades son muy grandes: de fuerza de trabajo, de personal técnico calificado. A veces se abre una empresa nueva, una fábrica nueva, no es correcto traer personal a hacer las tareas administrativas que hay que hacer allí de la calle, si están sobrando en otro sitio. El problema de los excesos de personal no es fácil de resolver; porque si lo resolvemos sacándolo aquí y llevándolo allá estaremos sobrecargando el otro lugar, estaríamos transfiriendo el mal de un sitio para otro. No puede ser esa la solución, porque eso sería castigar a los que no son culpables.
Yo pienso que, entre otras cosas, la Revolución le tiene que dar una seguridad a cada trabajador, cualquiera que sea el trabajo que haga, incluso si es un trabajo improductivo tiene que darle la seguridad de que no lo van a lanzar a la calle. Porque por grave que sea ese mal, hay que combatirlo sin incurrir en un mal peor.
Lo que creo es que nosotros tenemos que meditar sobre esos problemas. Y nos parece que una de las formas de resolver el problema es organizar los estudios con todo el personal excedente, porque si en la agricultura estamos trayendo obreros agrícolas a estudiar tres y cuatro años — desde luego, para enviarlos otra vez a la agricultura—, por qué en la administración no habremos de organizar escuelas también. Si vamos a convertir un obrero agrícola que muchas veces está en 3er grado, y estamos dos años para nivelarlo y llevarlo a un 8vo grado — o más tiempo si es necesario—, más otros dos años haciendo estudios tecnológicos, y al final ya se puede matricular en la universidad e ir a trabajar para venir a examinarse, ¿por qué no emplear un método similar con los excedentes de personal en trabajos determinados? Digamos, ¿qué no se puede hacer con cualquier joven que tiene ya un nivel de 6to, 7mo u 8vo grados, si constantemente se oye la queja de que está tan mal capacitado el personal que por eso tiene que emplear 10 en vez de cinco? ¿Por qué entonces no se hace un esfuerzo serio hacia la preparación de todo el personal administrativo? Primero elevar los niveles de escolaridad, aprender cuestiones de contabilidad, cuestiones de administración, y de esta manera ir elevando la calificación técnica de toda esa parte de los trabajadores que están en ese tipo de actividades.
La fórmula sería cerrar el circuito, congelar el actual número de trabajadores en oficinas administrativas por lo menos por 10 años. De manera que un número igual o menor, dentro de 10 años, cuando la economía esté mucho más desarrollada y la producción sea incomparablemente mayor, todas esas funciones las realice un número igual o un número menor de personas, con mucha más calificación técnica. Cerrar el circuito por 10 años, y no dar ingreso sino a técnicos de alta calificación.
Yo pienso que esta es una buena tarea para los compañeros del Sindicato de Administración Pública y para los compañeros del Ministerio del Trabajo, que acaben de saber cuántos empleados de oficina tenemos en toda la isla, en cada provincia, en cada ministerio, en cada empresa consolidada, en cada regional, en todas partes, que seamos capaces, que empleemos un poco de esos empleados de oficina en llevar un buen archivo y un buen cálculo estadístico, una buena contabilidad del actual número de personas que trabajan en esas actividades. ¡Y cerrar el circuito!
Y entonces, cada vez que se abra una fábrica nueva... Ahora mismo, dentro de algunos meses, se tendrá que abrir el puerto de La Habana; ahí se requerirá un número de empleados administrativos. Pues bien: que cada vez que un nuevo centro se abra, y que necesite un trabajo de esa índole, se vayan empleando, y así iremos distribuyendo y racionalizando más y más, e iremos elevando el nivel de producción y de productividad de esos trabajadores.
Claro que es mucho más fácil meter miles de gentes que botar miles de gentes; y no sería correcto, no sería justo, no sería humano. Pero sencillamente tenemos que plantearnos seriamente, pero muy seriamente este problema, y es un deber nuestro como revolucionarios plantearnos ese problema y ganar esa batalla.
Y que se sepa que hay miles de actividades, miles de campos para los hombres y las mujeres de este país, para los jóvenes de este país, ¡miles de campos!; y que no estamos viviendo en el capitalismo, señores, que preparaban a la niña “un poquito de esto y un poquito de esto otro “ para un trabajo de ese tipo, ¡que lo que necesitamos son técnicos!
Necesitamos muchos técnicos, de muy distintas especialidades, de diversos niveles. Y tenemos que seguir preocupándonos por esas cosas, y tenemos que estudiar las causas de esos problemas. Y estudiar qué es lo que debemos hacer hacia el interior de la república, sobre todo, que hemos heredado, hemos recibido una herencia tremenda: una nación macrocefálica, con una capital mucho más grande que ella. Y lo que tenemos es que ahora poblar el interior del país, preparar muchos técnicos y mandarlos para el interior, y crear en el interior del país condiciones de vida.
Es necesario que nos preocupemos por las condiciones de vida del interior del país. Eso es lo más inteligente que podemos hacer, lo más correcto. Y es increíble la desproporción que hay entre el tamaño de la república y el tamaño de la capital. Y en las cifras de cómo las mercancías se desembarcan por aquí, las dos terceras partes de las mercancías de importación se desembarcan por el puerto de La Habana que es, además, uno de los más chiquitos.
Y acerca de todos esos problemas generales debemos meditar y debemos hacer conciencia. Desde luego, la batalla contra ese vicio hay que librarla haciendo conciencia y hay que librarla con la fuerza organizada de nuestro Partido , porque solo los cuadros del Partido, los hombres que tienen vocación política y revolucionaria, son capaces de sentir profunda preocupación por estas cosas, son capaces de sentir pasión por estos problemas. El cuadro político que está allí defendiendo su causa, que está allí luchando, comprende la incidencia de cualquier problema, la incidencia política de cualquier problema, a él se le acercan explicándole qué falta, qué necesidad hay de esto, de lo otro, de lo otro, y siente la preocupación por esos problemas.
Nosotros hemos planteado, por eso, la necesidad de que los cuadros nuestros adquieran una profunda capacidad tecnológica, que se dediquen a estudiar muy seriamente, porque es más fácil hacer un técnico de un apasionado político, que hacer un apasionado político de un técnico.
Y la necesidad de estudiar aquí es una cosa general y cada vez más evidente; y entre otros los cuadros políticos, y digo lo mismo de los cuadros sindicales: tienen que estudiar ¡y mucho! , porque realmente el que no estudia aquí va a perder la consideración general. Porque se ha creado un movimiento educacional que posiblemente no tenga paralelo, de una magnitud, que los hombres que van delante tienen que apurarse mucho para que no les pasen por arriba (RISAS); porque viene una masa avanzando... (UN COMPAÑERO LE DICE: “A muchos les van a pasar por arriba “).
¡Y les pasarán inexorablemente por arriba! No quedará nadie al que no le pasen por arriba si no se apura, si no estudia. Y cada vez los problemas se analizan en dondequiera con mucha más profundidad y mucha más seriedad.
Al llegar aquí yo le decía al compañero Faure y a otros compañeros: antes un acto no era un trabajo tan serio; hoy para venir a un acto hay que pasarse un día entero leyendo más de 100 páginas. Y ya en cada acto están discutiéndose problemas técnicos, con una gran sistematización, con una gran seriedad, con una gran profundidad, que requieren un estudio, un análisis, una información previa, una cosa tremenda. Y nosotros sabemos lo que es eso, porque constantemente tenemos que estar hablando en un acto, que un día trata de caña, otro día de otra cosa, otro día industria azucarera, otro día del transporte, otro día de medicina, otro día de obras públicas, y es un trabajo agobiante. Y en realidad esto no demuestra sino que las cosas están adquiriendo un nivel cada vez más alto, cada vez más serio, cada vez más técnico, cada vez más científico, y exige de todos los hombres que están al frente de cualquier actividad administrativa o de masas la necesidad de estudiar. Y una de las fórmulas que yo he propuesto es: ¡menos reuniones y más estudio!
Y no tengo la menor duda de que a más tardar dentro de dos años, al ritmo que sigue la revolución educacional y la revolución técnica que está en marcha en el país, habrá decenas y posiblemente cientos de miles de personas estudiando matemática, física, química, y cosas por el estilo. Y que esos estudios que antes pertenecían a una reducidísima minoría se van a convertir en estudios de masa, y nos obliga a nosotros a buscar fórmulas prácticas. Pero pienso que hay muchas fórmulas, y entre ellas usar un poco nuestra prensa con esos fines. Esto no quiere decir que mañana mismo tengamos que empezar a publicar un libro, ¡no! (RISAS) Que discutamos, que discutamos lo que vamos a publicar, cuándo y cómo.
Ayer nosotros les regalamos unos libros a los administradores de granjas cañeras. Esos libros los imprimieron los compañeros del Ministerio de Industrias en un tiempo récord; no estaba planificado, desde luego, pero la necesidad surgió y nosotros se lo planteamos a los compañeros del Ministerio de Industrias, al compañero Guevara, y me dice: “Ese libro lo imprimimos nosotros en un tiempo récord.” Digo: “Bueno.” Le dimos el libro, y realmente lo imprimieron en un tiempo récord, quedó bien impreso, se hicieron 5 000 ejemplares. Pero a nosotros no nos alcanzan; de esa materia pueden alcanzarnos 5 000, pero de otra cosa podemos necesitar cientos de miles. Y ese es un problema que hay con las ediciones de libros para las escuelas, para todas partes.
Y nosotros, hablando con el compañero BIas Roca, director del periódico “Hoy”, le decíamos en ocasión de un análisis de la forma en que se están distribuyendo los periódicos, dónde llegan, y él me explicaba cómo se distribuían, más o menos, los distintos periódicos y los esfuerzos que hacían para llevar el periódico al campo. Otras veces yo había visto en algunas páginas de los periódicos algunas secciones dedicadas a la agricultura. Muchas veces, algunos de nuestros periodistas, muchos de los cuales no saben absolutamente nada de las materias sobre las cuales tratan, y esto lo digo sin ánimo de herir a los periodistas, lo digo de verdad; creo que tenemos magníficos compañeros revolucionarios trabajando en el periodismo, y que también tienen que superarse, que tienen también que superarse, porque a un pueblo que cada día sabe más, a un pueblo que cada día lee más, hay que presentarle cada día artículos de más calidad. Le exponía la conveniencia de utilizar la prensa para hacer algunas divulgaciones técnicas. Yo pienso discutir este problema con los compañeros directores de periódicos, próximamente. La idea es, esencialmente, cierto tipo de libros de esos que hoy ya están teniendo mucha demanda, por ejemplo, sobre cuestiones agrícolas. Así fue como surgió la idea, después esto se puede desarrollar y extenderse mucho más. Explicaba la posibilidad, por ejemplo, en una de las páginas interiores del periódico, una sección, de ir publicando, por ejemplo, un capítulo, o medio capítulo todos los días, de uno de los libros que nos interese divulgar, y algunos de ellos de indiscutible utilidad. Eso significa que si se imprimen 270 000 periódicos diariamente, todos los días se estarían imprimiendo 270 000 capítulos, o medios capítulos, y cada dos meses, prácticamente, imprimirse un libro; y que los lectores que tengan afición por la lectura, o por las cuestiones, lo recorten y vayan haciendo su libro en la casa . Eso con una pequeña sección de pintores, porque a veces hay que hacer grabados, algunas figuras; una fotografía es más difícil, la fotografía puede tener algún valor, pero por ejemplo, en un libro de química todo se podría hacer a base de pintura. Y claro, no empezar por aquellas cosas un poco más difíciles, hay que darle a cada cosa su oportunidad.
Nosotros estamos esperando, próximamente, un eminente científico francés, experto, muy experto en cuestiones de ganadería, que nos visitará el próximo mes y va a dar 10 conferencias. Por supuesto, esas conferencias ya se podrán publicar y podrán recortarse; tiene alguna de sus obras, respecto a las cuales nosotros le vamos a pedir autorización para publicar algunas de ellas.
Extendiendo esta idea. Nosotros sabemos que en muchas ocasiones, en muchas de las decenas de miles, de los cientos de miles de obreros que están estudiando, se resienten de la falta de un texto; que si no hay un texto de gramática, si no hay un texto de matemática, si no hay un texto de algunas de las materias. Eso naturalmente requeriría un gigantesco trabajo de impresión de libros. Pero si usamos los periódicos que imprimimos todos los días, con el mismo papel y con la misma fuerza de trabajo podemos ir publicando algunos de esos libros de texto, algunos libros de gramática, de matemática, de las distintas asignaturas que estén estudiando los obreros, y con respecto a las cuales carecen de materiales, y prácticamente por esa vía podríamos imprimir millones de libros. Es decir, esa sería una tercera dimensión de la prensa; la de editar libros para un país que está todo estudiando, prácticamente sin ningún gasto adicional y utilizando una parte pequeñísima de la superficie de cualquiera de nuestros periódicos (UN COMPAÑERO LE DICE: “Están anunciando el cine en dos páginas “).
Sí, pudiéramos anunciarlo en una. Es decir, no tenemos que quitarle al periódico algunos de los servicios que presta, pero posiblemente hay espacios subutilizados de los periódicos. Y pienso que en ninguna cosa se pueden utilizar mejor; un espacio de un periódico, sin exageraciones, con orden, con un control, para que precisamente utilicemos los distintos periódicos, en distintas cosas, en distintas materias, según la distribución. Y, en realidad, tenemos que ver cómo se apoya con toda energía el enorme esfuerzo de los trabajadores y del pueblo todo por estudiar.
Y por eso, yo llamaba la atención aquí y advertí a todos los compañeros de la necesidad de marchar con ese mismo ritmo, y cómo es un deber de todos, y cómo cada vez se tratan con más seriedad los temas.
Y esos mismos informes que los compañeros del Ministerio del Transporte han hecho, y que discutieron aquí en la plenaria, vale la pena que se impriman, que se distribuyan, porque hay análisis muy serios, y muy interesantes, y proposiciones muy inteligentes, y cosas en que tal vez, muchas veces no se piensan, no hemos pensado. Y cómo un enfoque certero y correcto de cualquier problema es esencial. Y los compañeros del ministerio han analizado una serie de problemas muy bien, han ido a lo esencial. La política de prestarle atención al mantenimiento, como cuestión primordial, es indiscutible. De ahí que, incluso con un aumento del 17% de producción, los gastos fueron, creo, del 6%, de los cuales el salario era 1%, aproximadamente. Pero casi todo el incremento del costo fue en materiales, sencillamente por la atención al mantenimiento.
Y así, unido a esa política de prestarle toda la atención que requería el mantenimiento, la política de echar a andar muchas locomotoras que se daban, prácticamente, por inservibles; de reconstruir muchos ómnibus, de adaptarles motores nuevos, de echar a andar muchos de nuestros carros que estaban paralizados porque faltaba una pieza, problemas de distinta índole. Y en realidad, se han encontrado soluciones. Se ha incrementado considerablemente la producción, aún antes de que estén en servicio los equipos nuevos que se han adquirido, porque solo hay cincuenta y tantos ómnibus Leyland, de los cerca de 1 000 ómnibus adquiridos. Todavía no ha llegado ninguna de las locomotoras que se han adquirido también.
Pero es realmente muy alentador saber que cuando todos esos equipos, que cuestan recursos, que cuestan divisas, lleguen aquí, van a tener una duración mucho mayor, van a tener una productividad mucho mayor, van a tener una atención muy superior. Eso realmente es para el pueblo una buena noticia, eso realmente es una magnifica noticia. Y estoy seguro de que también es una pésima noticia para los imperialistas, una muy mala noticia para nuestros enemigos, puesto que precisamente ellos tenían cierta información del estado, de nuestro transporte; ellos veían que se iba así (SEÑALA CON LA MANO HACIA ABAJO), y estaban esperando el día en que se paralizara completamente. Y ahora se encuentran que iba así (SEÑALA CON LA MANO HACIA ABAJO), y de repente ha hecho así (SEÑALA CON LA MANO HACIA ARRIBA), vertical hacia arriba.
Si muchos de los ómnibus que estaban parados se echan a andar, se reconstruyen, se cuidan mejor, y se les incorporaran los novecientos y tantos que vienen. Si lo mismo se hace con nuestro parque de locomotoras, si lo mismo se hace con nuestros barcos... Porque hay que tener en cuenta que ya para el año que viene nuestra flota mercante será tres veces mayor de lo que era al principio de la Revolución. Si cada vez que se va incorporando ese nuevo equipo tenemos la garantía que se van a atender mejor, y se van a utilizar mejor, y van a producir más, eso es una magnífica señal de que se marcha por un camino correcto, y es una garantía de avance, es una garantía de progreso, es una garantía de desarrollo económico.
Y realmente hay numerosos detalles muy interesantes en esos informes que se refieren a todos los sectores del transporte. El análisis, por ejemplo, de los ferrocarriles, la historia de los ferrocarriles; el desarrollo, como fue nuestro país el primer país de América que tuvo un ferrocarril prácticamente, y cómo eso se estancó durante muchos años; cómo otros países han alcanzado en el sistema ferroviario un desarrollo enorme, mientras que el nuestro estaba completamente paralizado. Todos los problemas que hay sobre las vías, sobre el empleo de los equipos electrónicos en las vías, la automatización en las operaciones de los equipos de ferrocarril, el problema de la construcción de las vías; toda una serie de cuestiones que son necesarias que se conozcan, una serie de planteamientos que vale la pena que se estudien, y que ya reflejan indiscutiblemente que estamos abordando los problemas con un sentido técnico, con un sentido científico. Y que todas esas cosas tienen una profundidad mucho mayor de la que parece a simple vista.
Y que todos esos problemas en muchas partes del mundo han llegado a un grado de desarrollo que ni nosotros soñamos, de donde nuestro problema era igual: en la caña, el país de más bajo rendimiento del mundo, de los países productores cañeros, con las mejores condiciones del mundo; en la ganadería, igual; en todos los cultivos, prácticamente con algunas excepciones, la misma cosa. En los servicios hospitalarios, igual; en los ferrocarriles, en el transporte, igual; en la industria, igual; en las minas igual. El caso de nuestro país era un penoso caso de un país estancado completamente desde hacía decenas de años, y un país que se quedó a la cola de los demás países; de un país cuya población crecía y, sin embargo, no se desarrollaba ni económicamente, ni técnicamente en ningún sentido.
Ese era el caso de nuestro país. Y de ello es una buena prueba el millón y tantos de adultos analfabetos que había en Cuba.
Y hoy se hace un esfuerzo grande y serio, que tiende a reincorporar al país hacia la ciencia, hacia la técnica, hacia el desarrollo económico, hacia el desarrollo educacional, hacia el desarrollo cultural. Un país que tiene que recuperar muchos años perdidos y que, por lo tanto, tiene que avanzar muy rápidamente si queremos en el menor tiempo posible hallarle solución a nuestros problemas fundamentales, si queremos en el menor tiempo posible situarnos en los primeros lugares entre los países desarrollados, entre los países avanzados.
Y ya todos estos esfuerzos que se hacen, cuando apenas empezamos, la seriedad y la profundidad de este esfuerzo, constituyen algo realmente alentador. Y realmente con ese ánimo, sin olvidar en ningún instante todas las cosas que tenemos que superar todavía, con esa impresión, es que hemos venido a la clausura de esta plenaria.
Y creo que no debemos limitarnos a los análisis, sino que —como decía el compañero Faure— darnos a la tarea de cumplir con los acuerdos de la plenaria. El compañero Faure hacía referencia a que todavía subsisten vicios, e incuestionablemente es así. Pero no tengo la menor duda, por el espíritu de los trabajadores, por el espíritu que se ha manifestado aquí, no tengo la
menor duda de que hacia la superación de esos vicios contribuirán con su mayor esfuerzo los compañeros de los sindicatos y los compañeros del Partido.
En el problema sindical hubo también un enorme cambio. Hábitos inveterados, reflejos condicionados por largos años de lucha contra el capitalismo, dejaron hábitos, dejaron reflejos, dejaron costumbres que no eran fáciles de superar, e incluso muchas veces no eran fáciles de comprender para las masas de trabajadores.
Es evidente que en el sector del transporte se aflojaron mucho los resortes de la disciplina, se aflojaron mucho los resortes de la administración; prácticamente cada cual hacía lo que le daba la gana en cada empresa y en cada sitio. Los resultados no fueron buenos. Fue necesario comprender eso, fue necesario promover una vigorosa reacción contra eso. Y a la larga, ¿qué trabajador no comprende que todo lo que se haga bien hecho dondequiera va en su propio beneficio? Y que aquí tenemos que erradicar un vicio, allí otro y allí otro, y en el otro sector, otro. Pero la erradicación de los vicios en todos los sectores ayuda a todos, y que es ese el único camino, es que no hay otro camino; si queremos hacer que perduren esos vicios o esas debilidades en nuestro sector, no podemos aspirar a que se superen en el otro ni en el otro, y el resultado sería desventajoso para todos. 
¿Que otra cosa puede querer la Revolución? ¿Qué otra cosa puede querer la administración? ¿Qué otra cosa quiere decir un gobierno revolucionario sino la preocupación por el bienestar de las masas, la preocupación por el bienestar del pueblo? Cuando decimos: ¡A mejorar el transporte!, no estamos pensando en los ricos, no estamos pensando ni siquiera en los que viajamos en automóviles; estamos pensando en los que tienen que tomar un ómnibus, en los que tienen que usar ese servicio para ir a su trabajo, para ir a pasear, en todos los demás trabajadores. De la misma manera que cuando exhortamos a los que están en la agricultura a producir viandas, estamos pensando en los demás trabajadores; si los exhortamos a producir leche, estamos pensando en los trabajadores; dondequiera, cuando hablamos con los estudiantes de medicina, con los estudiantes de cualquier sector, estamos pensando solamente en los beneficios que eso va a aportar a la masa de trabajadores. ¿Qué trabajador no comprende, y qué trabajador no se ha de sentir satisfecho cuando sabe que su sector avanza, que mejora, que progresa?
Y eso se ha visto y el público ya empieza a reconocerlo; ya el público empieza a reconocer el esfuerzo que están haciendo los trabajadores del transporte. Eso no pasa desapercibido. Y el público, que es el resto del pueblo trabajador, empieza ya a sentir su reconocimiento, su gratitud hacia los trabajadores del transporte.
Y van adquiriendo, van mejorando su concepto, va elevándose cada vez más en el concepto del pueblo el trabajador del transporte, porque el pueblo es sensible a todo eso.
Luego no tenemos por eso la menor duda de que con el apoyo de las masas trabajadoras, los dirigentes sindicales, ayudarán con el máximo de su esfuerzo y han estado ayudando. Y en días recientes nosotros leímos una comunicación en que expresaban ya antes de este evento los avances que se habían logrado, los éxitos que se habían logrado.
Hoy día, y en medio de una revolución, los viejos conceptos van quedando atrás, los viejos conceptos acerca de administración, los viejos conceptos acerca de gobierno, los viejos conceptos acerca de funcionarios, los viejos conceptos acerca de dirigencias, van cambiándose por conceptos enteramente nuevos. Y las funciones cambian. Si la función de los funcionarios ayer era enriquecerse, la función hoy de los revolucionarios es trabajar incansablemente por el pueblo; si la función de los dirigentes sindicales era ayer luchar a brazo partido contra los explotadores, contra los explotadores de los trabajadores, la función de los dirigentes es hoy luchar a brazo partido por el desarrollo económico del país, es luchar a brazo partido por el progreso y por el bienestar de los trabajadores por caminos distintos.
Porque ayer era en antagonismos con los explotadores, hoy es en función del esfuerzo de todos los trabajadores del país. Hoy ya tenemos un concepto distinto; ya no es aquel concepto sectorial, hoy tenemos un concepto nacional, hoy tenemos un concepto ya no del sector, sino de toda la clase, de todos los trabajadores; ya no luchamos por un centavo para el sector, luchamos por un centavo para todos los trabajadores; ya no luchamos de una manera, en cierto modo, reducida por las reivindicaciones de un grupo de trabajadores, sino que luchamos por el bienestar de todos los trabajadores.
Y quienes como ustedes han podido ver los resultados de un buen trabajo, quienes como ustedes han podido participar de esta plenaria y han visto cómo se mejora, han de sentir una gran satisfacción como sentimos nosotros esta noche, cuando vemos los datos, cuando vemos las cifras, cuando vemos el esfuerzo que estamos haciendo. Ya podemos decirnos: los capitalistas no eran capaces de hacer eso. Muchas veces hemos sentido esa pena y ese dolor de ver que algunas cosas los capitalistas las hacían mejor que nosotros: en la agricultura algunas cosas las hacían mejor.
Por eso los imperialistas dicen que en la agricultura, el régimen capitalista, la libre concurrencia, el estímulo, es decir, el afán de hacerse millonarios era el sistema mejor. Sin embargo, nosotros tenemos hoy la seguridad de que podemos mostrar con los hechos que es insuperable el socialismo, que es insuperable el método de producción socialista en la agricultura, como en la industria, como en cualquier otro sector; lo hemos demostrado en la asistencia médica, lo hemos demostrado en la educación, se empieza a demostrar ya en la economía, se demostrará de una manera que muchos no creerán, que muchos se sorprenderán, en nuestra agricultura, se está demostrando ya en el transporte.
Y no es tan fácil manejar una empresita de ómnibus, manejar una ruta de ómnibus, como manejar el transporte del país en su conjunto, como manejar la política del transporte de todo el país. Es una tarea difícil. Ya los administradores capitalistas no daban para tanto; tiene que ser un tipo de técnico nuevo, tiene que ser un tipo de administrador nuevo. La profundización acerca de los problemas del transporte nunca la hicieron los administradores capitalistas, nunca se preocuparon por formar técnicos para el transporte, jamás hablaron de una carrera de ingeniero de transporte. ¡Jamás!
Ya hoy la preocupación es mucho más elevada, los problemas mucho más difíciles y se están resolviendo. Ya se plantean problemas para toda la nación, ya se plantea una política para toda la nación, y ya estamos haciendo cosas que los capitalistas jamás habían hecho, que los capitalistas jamás habrían podido hacer.
Y esa es nuestra tarea: demostrar lo que se puede hacer con el esfuerzo de todos, demostrar lo que se puede hacer con una economía planificada, demostrar lo que se puede hacer con el uso racional de todos los recursos. Y eso no es fácil; el trabajo es muy grande, se necesitan muchos conocimientos, se necesita mucho esfuerzo, se necesita mucho tesón. Y ya ese esfuerzo, ese tesón, esos conocimientos se van evidenciando, y ya estamos realmente realizando algo que no se habría podido soñar antes.
Y esa impresión la hemos recibido hoy, y estoy seguro de que esa misma impresión la tienen ustedes, y estoy seguro de que la misma satisfacción que nos causa a nosotros ha de causarles a ustedes, hay un salto verdadero de calidad, una enorme diferencia. Y de los problemas que discutíamos hace dos años a los que discutimos hoy hay una gran diferencia. Y del momento aquel en que se hizo una crítica pública a este momento, hay una gran diferencia.
Y lo demás ahora corresponde al trabajo. Como decía el compañero Faure, la conciencia de la responsabilidad se irá imponiendo sobre las debilidades que quedan, sobre las lacras que quedan. Y así la conciencia de la importancia que tiene el transporte para nuestra economía, del papel que ha de desempeñar el transporte en nuestra economía, la conciencia de que nuestra economía crece y con ella es indispensable que crezca el transporte. La satisfacción de los éxitos que se han logrado hasta ahora habrán de servir de estímulo a todos ustedes: a los compañeros de la administración y a los compañeros de las secciones sindicales, a los compañeros de los demás organismos que de una manera o de otra tienen que colaborar y tienen que cooperar con el Ministerio de Transporte, y sobre todo los compañeros del Partido que tan merecido y justo reconocimiento han recibido por su participación en el éxito que se ha logrado hasta ahora.
No tenemos por tanto la menor duda de que se ha encarrilado el transporte, de que marcha bien el transporte, y que el transporte se desarrollará a la par con el resto de la economía del país, y que el transporte estará a la altura de los ambiciosos planes de desarrollo que vamos a realizar. Así que hace apenas un año nos veíamos en la necesidad de hacer una crítica, y hoy nos sentimos en el deber de hacer una felicitación.
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
FIDEL CASTRO RUZ

Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos

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