enero 16, 2014

Discurso del Deán, D. Gregorio Funes, a la Junta Superior del Gobierno, sobre la libertad de la prensa, el 22 de Abril de 1811

EPOCA PRIMERA
La Revolución de Mayo y la Independencia
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Discurso del Deán, D. Gregorio Funes, a la Junta Superior del Gobierno, sobre la libertad de la prensa, el 22 de Abril de 1811

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Es cosa averiguada, que sin la libertan de la prensa no puede haber libertad en pensar, y que las costumbres y conocimientos siempre padecen notable atraso.
La sagrada ley de propiedad, de que el hombre es tan celoso, igualmente se extiende a la plena posesión de su persona, de sus facultades físicas, de sus talentos, y de sus bienes. Entonces se dirá que es propiamente dueño de estos dones, y que goza de una seguridad perfecta, cuando con entera libertad puede usar de ellos, sin otros límites que los que le prescribe la justicia.
En el ejercicio de los derechos que corresponden a cada individuo, su persona, sus facultades físicas y sus bienes, puede haber grandes abusos; pero las acciones a que se termina ese ejercicio no caen bajo la inspección de la ley hasta que llegan a ser delitos: por consiguiente, si a pretexto de precaverlos se adelantase el magistrado a coartar ese ejercicio, cometería un atentado contra la propiedad individual de cada ciudadano. ¿Qué vendría a ser aquel estado donde para moverse y disponer de bienes, fuese necesario consultar siempre la voluntad de un superior? Este sería sin duda el de un déspota homicida cuyo aliento hubiese esparcido el frío de la muerte. El hombre puede abusar también de las facultades de su espíritu, y provocar contra sí la severidad de la ley; pero no es menos acreedor a que se respete su libertad de pensar, ni sería menos funesta su muerte, con una razón aprisionada por la arbitrariedad de un magistrado. Por su facultad de pensar, él hace esfuerzos a salir de los estrechos límites a que parece hallarse condenado. Más difícilmente llegaría a conseguirla bajo un magistrado que con la cuerda en la mano, mide a su antojo la distancia de su vuelo.
A la verdad, jamás se vio más socorrido el espíritu literario, que cuando vino en su auxilio la inmortal invención de la prensa. Este utilísimo descubrimiento que hace honor a su siglo, fue el que dio un impulso rápido al curso lento y tardío de las letras; por cuanto abriendo un camino fácil de comunicación, hizo al hombre ciudadano de todo el mundo, contemporáneo de los tiempos más remotos, y depositario de todas las riquezas literarias que acumularon los siglos.
Es cosa clara que si el uso de imprenta se sujeta a trabas arbitrarias, vendrá a causarse tanto atraso a las ciencias, cuanto causa al comercio el sistema reglamentario de las aduanas. Esto es precisamente lo que sucede cuando el ejercicio de la prensa cae bajo la autoridad del Gobierno, sin cuyo previo permiso nada puede darse a la estampa.
Pero la libertad a que tiene derecho la prensa, no es a favor del libertinaje de pensar: es sí a favor de la ilustración, y de aquel albedrío que debe gozar el hombre sobre el más privilegiado de sus bienes. Es para que tenga el mérito de haber pensado bien, y no para que halle un indulto a sus errores. Semejante condescendencia con el vicio, jamás se ha tenido en ninguna nación culta, donde la prensa ha gozado la libertad. Solo ha sido para que su ejercicio no sufra la servidumbre de un déspota, que dando o negando su consentimiento se haga árbitro de las luces, y de los derechos del hombre. Por lo demás, como éste siempre experimenta en sí la debilidad de la razón, y la fuerza de las pasiones, preciso es que se halle subordinado a una ley que, castigando el delito, preserve de la corrupción al Estado. Reducida, pues, la cosa a términos mas precisos, debemos decir, que es debida la libertad de imprimir bajo la responsabilidad de la ley, y que no debe hallarse sometida a una licencia anticipada del Gobierno. Pero en un tiempo en que va a un congreso nacional para que decida sobre los derechos más preciosos del hombre, ¿no es usurpar sus facultades entrar en esta discusión? A la verdad, sin que el congreso continental haya sancionado los principios que deben servir de base a su política, y creado un consejo que sea su palladium, no deja de ser arriesgada la libertad de la prensa. ¡Cuántos habrá que, o vacilantes en sus opiniones, o corrompidos en sus ideas, o, por fin, hechos juguetes de la ignorancia, de n sus sueños y delirios por principios de la sociedad! Si esto sucede, por más que se esfuerce la verdad, acaso vendremos a caer en mil inconsecuencias de doctrina, o en una duda universal. Con todo, somos de sentir, que por lo mismo que va a verse sellado el ultimátum de la suerte común, debe escucharse la voz pública. No hay duda que el interés, las pasiones, y el error harán muy bien su papel; pero todo debe disimularse y corregirse por las luces de los demás. Nos tocan muy de cerca, dice cierto papel, los grandes intereses del día para que el público se deje ilusionar con sofismas y quimeras, si hay quien le haga ver que lo son. Para salvar los derechos del congreso, basta que esta libertad sea momentánea, dejando a su decisión pronunciarse definitivamente.
Nadie debe extrañar que cuando entramos a producir las pruebas que favorecen la libertad de la prensa, empecemos por una excepción de la regla. Esta es de los escritos que tratan de religión.
Aunque a la prensa deban las letras un adelantamiento prodigioso, también es ella la que ha inundado al mundo en errores sobre materia de religión. « ¿El paganismo ,entregado a todos los descarriamientos de la razón humana, ha dejado a la posteridad nada que pueda compararse a los monumentos vergonzosos que le ha preparado la imprenta bajo el reino del Evangelio?» Así se explica el abad Sauri en su moral del ciudadano. Nos hallamos muy distantes de querer envilecer a nuestros contemporáneos; pero, ¿qué cotejo entre esos tiempos puros del cristianismo, donde sin prensa, la sumisión religiosa contenía los espíritus, fijaba los sentimientos, reglaba las costumbres; y los presentes de vértigo (por lo que respecta a la Europa) donde todo es permitido? Nos hallamos más ilustrados, se nos dice, desde que todo se ha sometido a la filosofía, bajo el auxilio de la prensa; pero estas pretendidas luces ¿no son comparables a las llamas de un incendio, las que no hieren la vista sino para descubrir mejor sus destrozos? Pretendiendo los filósofos libertar a los hombres de sus preocupaciones, han desalojado al alma de sus sentimientos mas enérgicos; queriendo consolarlos de sus miserias, sólo han consolado a corazones depravados. Siempre hubo vicios y crímenes, pero nunca más mal multiplicados, que en nuestros días, y en ningún tiempo tuvieron un carácter más odioso.
Sed humanos, nos dicen, bienhechores, caritativos, (este es el pasaporte para introducir sus errores); después de esto, podéis tomar la creencia que os agrade: practicad el culto que hallareis más a propósito, o no practiquéis ninguno; esto es indiferente: sed católico en Roma, calvinista en Ginebra, mahometano en Constantinopla, pagano en el Japón; nada de esto impedirá que os salvéis. Temed únicamente las leyes civiles. Dios es un señor indulgente que no usa de sus derechos para imponer preceptos: todas las acciones son indiferentes en sí mismas: contentad, pues, vuestras pasiones, y de cualquier modo que obréis, mirad el infierno como una fábula. Los ateos dicen más: no hay Dios alguno en el universo; el alma humana es mortal: el hombre es un instrumento pasivo entre las manos de la necesidad; el rico como el pobre, el súbdito como el soberano, el malvado como el hombre de bien, se hallan por igual destinados a la nada: el bien y el mal moral son cosas quiméricas; con todo, como este sistema es odioso al pueblo, es prudencia conservar los hombres de virtud y celo, reservándose mofarse de ellos en secreto. Véanse aquí los grandes progresos de la filosofía hechos por el vehículo de la prensa.
Pero reflexiónese aquí, donde la prensa ha causado principalmente estos estragos con semejantes doctrinas, es donde como en la Francia que se hallaba bajo un tiránico monopolio, y le era preciso el fraude para dar a luz sus producciones; donde sus antiguos reyes tenían un interés muy vivo en proscribirlas para que no vacilase su trono, y donde, en fin, tuve la religión mil plumas sabias, que la vengaron en sus dogmas y su doctrina. Sería preciso contar demasiado con la indulgencia y la credulidad de los hombres para hacernos creer, que desembarazada la prensa de esas trabas, y puesta en plena libertad, hubiese sido más respetada en Francia la religión y menos universal el contagio. Esto es tan absurdo como decir, que se desboca menos un potro a quien se le ata una rienda al cuello, que el que se halla sujeto del todo al freno. La prensa en tiempo de los reyes de Francia tenía dos riendas, la del previo permiso para la impresión, y la del castigo de las leyes: y si todas las rompió, el espíritu de impiedad, ¿qué hubiera sucedido si fuesen menos? No se infiera de aquí que atacamos el uso de la imprenta en materias de religión, sino el que más puede ofenderla sin perjuicio de su utilidad.
Tampoco se diga, como el autor del papel citado, que prohibir la impresión antes de ser revisto el escrito, es dar a entender que nuestra religión teme las luces, y recurre a la «oscuridad, a semejanza del paganismo, cuyos emperadores emplearon el rigor del senado para que prohibiese los escritos en que se probaba la verdad del cristianismo». Dos reflexiones ofrece este lugar: primera, que erradamente se califica por un aborrecimiento de la luz, el examen anticipado a la impresión. Después que la religión cristiana ha fijado su trono en un estado, ninguna precaución está de sobra para que se conserve inalterable. Es muy cierto que ella pueda sostener los embates más fieros del error, y que sus llagas, por profundas que sean, siempre contribuyen a su gloria.
¿Qué puede temer una obra del cielo que triunfó del paganismo armado con todo el poder de los Césares; que se halla rubricada con la preciosa sangre de los mártires a, quien sirve de gala la flor de los ingenios de la santidad y la sabiduría; que ha sido consolidada por esos mismos sacudimientos de la herejía que tantas veces conmovieron el edificio de la iglesia; que aquellas mismas que fueron destrozadas entre las manos de los Justinos, los Tertulianos, los Orígenes y Agustinos, en fin, que tiene a su favor el sufragio de dieciocho siglos trasmitido por la tradición más pura, y publicado en las más augustas asambleas de que pudieron ser testigos los cielos y la tierra? Con todo, siempre son hombres los que la profesan, sujetos unos a pasiones injustas, ciegas, inconstantes, caprichosas, y otros a las sorpresas, de los que abusan de su ignorancia. Ellas trastornaron en los estados mas católicos la religión nacional y desfiguraron la moral evangélica con todas las invenciones de que es capaz el espíritu de secta. No sucedió esto porque la religión no estuviese bastantemente demostrada: al contrario, ella, como hemos visto, se veía apoyada sobre todas las pruebas y caracteres de que se deja ver acompañada la verdad en los días solemnes de su triunfo ¿Es porque en la América aún no se han visto esas épocas desoladoras en que el error cubrió la tierra de sangre, y la iglesia de luto, que desearíamos una libertad a la prensa capaz de producirlas? No. ¿Qué se sigue de aquí, pues? sino que una vez asegurada la certidumbre de la religión del país, supuesto que su verdad, por evidente que sea, no la preserva de innovaciones, debe velar el Gobierno a fin de que no se introduzcan opiniones peligrosas, que puedan adulterar su doctrina, no solo recogiendo los impresos, y castigando a los delincuentes, sino también impidiendo el uso de la prensa.
La otra reflexión nos la sugiere el expresado autor en la comparación que hace con los emperadores paganos, que propendieron a que se prohibiesen los escritos en que se probaba la verdad del cristianismo: sino nos engañamos aquí, el autor se olvida de sí mismo. En fuerza de su raciocinio, también debe decir, que es huir de la luz prohibir los escritos que corren, supuesta la verdad de que en aquellos tiempos aún no era conocida la imprenta. Pero esto está en contradicción manifiesta con lo que nos había dicho antes, que la libertad de la prensa siempre debe ser con responsabilidad de la ley; y con lo que dice poco después, celebrando haya en España «graves penas para los que le impugnasen de cualquier modo, ya en sus dogmas, ya en su moral». Es necesario optar de dos cosas una: o estas leyes hacen que le religión rehúse la luz, o no; si lo primero, ¿porqué las aplaude?
Si lo segundo, estando en un caso igual las de los emperadores romanos, ¿por qué las censura como inductivas de la coacción y oscuridad?
Pero dejando esto a un lado, no concebimos que sea una injuria hecha a los derechos del hombre, poner algún límite a su libertad en obsequio de una causa de un orden superior, como es la religión y su doctrina. Este fié el concepto que hicieron, con respecto a su religión y su enseñanza, aun aquellas repúblicas del paganismo, que hasta ahora merecen nuestra estimación. Ellas desconfiaban de la debilidad del espíritu humano: sabían con cuánta facilidad la mentira establece su imperio sobre los hombres, y conocían las fuerzas con que las pasiones agitan la multitud. De aquí esa atención en dirigirlas, o reprimirlas en todo lo que podían ofender la religión y las costumbres. No es ni probable, que si la imprenta les hubiese sido conocida, hubieran permitido que escritores temerarios publicasen paradojas peligrosas para hacer ruido y sublevar a los hombres incapaces de pensar contra aquellos a quienes las leyes confiaban el gobierno y el bien público. Esparta arrojó de sus territorios a un poeta porque aplaudía unos placeres que ella despreciaba, y no permitió añadir una nueva cuerda a la lira que hubiese hecho sus sonidos tiernos y afeminados. Roma miraba los versos de las sibilas como un libro sagrado a quien recurrían en las circunstancias más difíciles; pero ella lo confiaba a magistrados particulares, y comprendió que sería peligroso dejarlo entre las manos de un populacho incapaz de penetrar su sentido, y acomodarlo a las máximas de la república.
Por no haber Roma en tiempos más bajos impedido la entrada a los libros de Epicuro, fue que se corrompieron sus costumbres. Oigamos al elocuente Cicerón: «la tranquilidad que se gozaba en Italia, y principalmente en Roma, hizo que se entregasen al estudio de la filosofía de los griegos, y sobre todo a las doctrinas perniciosas, que ya entre ellos habían trastornado las opiniones, y las costumbres. La sabiduría de los griegos había tenido esas peligrosas invasiones, porque preveía que los espíritus corrompidos por estudios y doctrinas perversas, causarían la ruina de todas las ciudades...» En medio de este silencio, Amaphinio puso por escrito «la filosofía de Epicuro». A pesar de la barbarie de su estilo, esta doctrina nueva dio mucho gusto... Entonces desapareció la antigua severidad de las costumbres. Apenas se encontraban algunos vestigios en los libros destinados a conservar su memoria. Los que quisieron sostener que no se puede llegar a la gloria sino por un trabajo sostenido, vieron desiertas sus escuelas».
Hubiera sido mengua del cristianismo que los depositarios de la autoridad, fuesen más negligentes que los gentiles en preservar su religión y sus costumbres de los extravíos a que la expone el anhelo de dogmatizar, y de romper el freno del Evangelio. Una triste experiencia había demostrado que, a pesar de toda la evidencia con que se dejaban ver a los hombres las verdades reveladas, ellas no levantaban sino una voz tímida a presencia de unas pasiones irritadas, que como unos tiranos, se indignan contra los obstáculos que encuentran.
Por eso fue que la iglesia en los concilios Lateranense, y de Trento, prohibió la libertad de la imprenta sin previa revisión. Por pocas luces que les hayan quedado aún a aquellos mismos que ha sojuzgado el error con sus insidiosas declaraciones, les será fácil de conocer que en los estados donde la prensa no ha tenido esta sujeción, se hallan más correspondidas la religión y la moral. En ellos son donde se encuentran escritores blasfemos, inmorales, de mala fe, que las persiguen con el mayor descaro: en ellos donde casi todos los sentimientos que anuncian, participan de los últimos grados de la corrupción humana: en ellos, por fin, donde se pretende que los vicios no tengan preservativo, ni freno los errores.
Confesemos de buena fe, que en los gobiernos despóticos se ha hecho servir la religión para dar un carácter de santidad a las pretensiones más injustas; que ha sido interés de los tiranos inflamar la superstición y tomarla por instrumento de su avaricia, de su ambición, y de sus violencias, y en fin, que el fanatismo religioso ha tenido un libre curso para regar e inundar la tierra en sangre en obsequio del Creador. La libertad de la prensa pudiera haber desengañado al mundo, y vengado la religión, si, como fuera fácil la publicación de un libro, no le hubiese sido al déspota en igual grado echar al mismo tiempo en una hoguera al escritor. La prensa, por libre que ella fuese, siempre dejaba la responsabilidad a la ley; pero como un déspota no conoce más ley que sus antojos, en ella debía hallarse la sentencia de la condenación.
¿De qué auxilio servía entonces la libertad de la prensa? Si se nos dice que a la larga los ejemplares escapados del incendio vendrían a formar la opinión pública, respondemos lo primero, que mil plumas venales levantarían su vuelo para cohonestar la proscripción por un principio de conciencia y siempre vendría a quedar dogmatizado el vicio. Lo segundo, que si este medio facilita un triunfo a la religión, ¿por qué se desconoce su eficacia para que triunfe el error, y a cuyo favor hablan las pasiones más elocuentes que la verdad?
En todo lo demás el ejercicio de la prensa debe ser libre. Las verdades que pertenecen a la política, y a las demás ciencias naturales, se hallan más a los alcances de la razón humana; no es exclusivamente una sola forma de gobierno, que puede hacer dichosos a los hombres, como es única la religión; las pasiones no tienen tanto interés en seducir para maquinar contra el Estado como tienen para amotinarse contra un Evangelio con el que nunca pueden capitular.
El pueblo tiene derecho a ser feliz del modo que quiera serlo. Véanse aquí otros tantos títulos, sobre que la prensa puede reclamar su libertad.
«En el pueblo es en el que reside originariamente el poder, soberano, discurre un sabio político: él es el único autor del gobierno político, y distributor de los poderes confiados en masa, o en diferentes partes a sus respectivos magistrados. Por sabio que haya sido el acto constitutivo de sus leyes fundamentales, él puede anularlo, y hacer otro repartimiento del poder efectivo por el plan que hubiese adoptado.
La prueba es bien sencilla. El verdadero carácter de la soberanía; su atributo esencial, es la independencia absoluta, o la facultad de mudar las leyes, según lo exija la necesidad del Estado. En efecto, nada sería más insensato como el decir que el soberano puede atarse irrevocablemente las manos por sus propias leyes, y derogar hoy día las que creería necesario establecer mañana». 
¿Qué se sigue de aquí sino que el tribunal de la opinión pública, debe estar siempre abierto, para que se haga notoria la voluntad general? Este tribunal es la prensa, y la señal de que sus puertas están francas, es la libertad. A favor de ella sabrán los comisionados del poder la voluntad de su comitente, que es la nación, y sabrán cómo interpretar su contrato social: modifica sus cláusulas, las anula, revoca sus dones, establece un nuevo orden de cosas, y en fin, rectifica las ideas del gobierno, y lo dirige.
Pero quítese esa libertad de la prensa, y en tal caso, ni habrá cómo formarse una opinión general, por cuanto se halla obstruido el conducto que comunica las ideas, ni cómo manifestarla aun después de formada. El gobierno caminará a ciegas, pues ignora cuál es la opinión pública, única soberana del Estado, y el poder arbitrario inventará sofismas para fascinar a los incautos.
Este fundamento obra con la doble fuerza en el estado de nuestra situación política, en que la América, por una feliz resolución, ha entrado en todos sus derechos, y se halla próxima a levantar el edificio de su constitución. Nunca más que al presente conviene que no se estanquen los conocimientos, ni se sofoque la voz de los pueblos, sino que se le de un libre curso para que así puedan desenvolverse las luces, saberse lo que la nación desea, y fijarse los principios. Esto se consigue con la libertad de la prensa, y sin ella caerán los incautos en la red, y ciego, cada cual seguirá el rumbo que le señalen sus antojos. Pero por ventura, se nos dirá ¿los bienes que se consiguen por la libertad de la prensa, no tienen por vecinos muchos males? Se busca la opinión pública, y si ésta la ha de formar la multitud, ¿no es de temer que ella no sea la suma de la sabiduría y del consejo, sino de una impulsión ciega y temeraria? No hay que buscar en el vulgo, decía Cicerón, ni alcance, ni razón, ni prudencia, mas débil, ni discernimiento: nada hay más inconstante, más variable, más flexible, que su voluntad y su opinión. No se debe ni desear la fama que él concede, ni de temer el olvido a que condena. Todo esto es cierto, pero por fortuna le prensa es un santuario, que el vulgo respeta desde lejos. Su concurrencia no es parecida a la que se hacía en las plazas de Roma y Atenas, donde unos furiosos aturdidos parecían asistir a celebrar los funerales de la república. Es sí, donde por lo común, hombres de ilustración y (con menos frecuencia) de sabiduría dan a la luz pública sus producciones. Ellos hablan al público, y el público habla por ellos. Su voz hace la opinión general, la que el Gobierno debe consultar. Cierto es que hombres malignos pueden abusar de la libertad de la prensa, y carcomer por sus escritos las bases del Estado; pero no es el Gobierno solo quien vela contra ellos, sino tantos cuantos la libertad de la prensa puso a su derredor de centinela. Su grito advertirá a todos, que hay enemigos en el campo, y despertará, al mismo Gobierno, si se duerme. Un papel de Europa hace ver, que la falta de la libre comunicación de los pensamientos, ha dado armas a Napoleón para la perdición de España; que la Inglaterra, conociendo las mañosas astucias de los que intentaban oprimirla, dejó correr la pluma, dio libertad a la imprenta, y que con esto se descubrieron las tramas, se refutaron las falsedades, se desvanecieron las cavilaciones, se instruyó el pueblo, y no se dejó alucinar.
Nos engañaríamos enormemente si creyésemos que son más de temer los excesos del pueblo con la libertad de la prensa, que lo son sin ella los del mismo Gobierno. Todo gobierno, sea el que se fuese, encierra en sí el principio de su destrucción. Esta es una máxima reconocida por todos los políticos. Mientras sean hombres aquellos e quienes se confía la administración de un Estado, las pasiones han tener parte en sus consejos. Tanto más emprendedoras, cuanto más asistida del poder, será su principal destino valerse del que tienen para adquirir el que les falta. Un atentado contra los derechos del pueblo sirve de título para cometer otro, y de usurpación se viene por fin a poseerlo todo. No hay duda que para disfrutar tranquilamente estas usurpaciones, conviene mucho que no haya libertad de prensa. La ignorancia que le es consiguiente, siempre es muy apropósito cuando, como a un vil rebaño, se quiere gobernar el pueblo a discreción; cuando se pretende engrosarse con sus trabajos sin que su estado cause inquietud, y cuando en lugar de desear, y merecer su adhesión, no se le pide sino una obediencia ciega a la voluntad del último subalterno. Contra el progreso de estos males no hay remedio más eficaz que la libertad de la prensa. Su principal fruto es ilustrar la opinión pública para que sirva de freno a cualquiera que se atreva a, sustituir su voluntad arbitraria a los principios del orden. ¿Cómo podrá asomarse el despotismo entre unos ciudadanos a quienes la libertad de la prensa ha desenvuelto las nociones inmutables de la Justicia, y ha hecho ver que ninguna voluntad humana puede derogarlas?
Pero, por ventura, ¿no caímos aquí en otro escollo de los más terribles? La Instrucción hace a los pueblos más indóciles, más impacientes y más dispuestos a las revoluciones: por consiguiente, la libertad de la prensa que la propaga, propaga también el germen de la discordia, y amenaza la tranquilidad del Estado.
Respondemos atrevidamente que no hay tranquilidad apetecible sino aquella que está fundada en la observancia del orden. Toda tranquilidad que para gozarse necesita unos hombres pacientes, insensibles a los ultrajes, en fin, petrificados, no es la que buscaron los hombres al entrar en sociedad. Mantenida siempre a expensas de sus derechos, debe mirársele como un síntoma seguro de su última degradación, y de la decadencia de la República. La agitación que de temer los excesos del pueblo con la libertad de la prensa, que lo son sin ella los del mismo Gobierno. Todo gobierno, sea el que se fuese, encierra en si el principio de su destrucción. Esta es una máxima reconocida por todos los políticos. Mientras sean hombres aquellos e quienes se confía la administración de un Estado, las pasiones han tener parte en sus consejos. Tanto más emprendedoras, cuanto más asistida del poder, será su principal destino valerse del que tienen para adquirir el que les falta. Un atentado contra los derechos del pueblo sirve de título para cometer otro, y de usurpación se viene por fin a poseerlo todo. No hay duda que para disfrutar tranquilamente estas usurpaciones, conviene mucho que no haya libertad de prensa. La ignorancia que le es consiguiente, siempre es muy apropósito cuando, como a un vil rebaño, se quiere gobernar el pueblo a discreción; cuando se pretende engrosarse con sus trabajos sin que su estado cause inquietud, y cuando en lugar de desear, y merecer su adhesión, no se le pide sino una obediencia ciega a la voluntad del último subalterno. Contra el progreso de estos males no hay remedio más eficaz que la libertad de la prensa. Su principal fruto es ilustrar la opinión pública para que sirva de freno a cualquiera que se atreva a sustituir su voluntad arbitraria a los principios del orden. ¿Cómo podrá asomarse el despotismo entre unos ciudadanos a quienes la libertad de la prensa ha desenvuelto las nociones inmutables de la Justicia, y ha hecho ver que ninguna voluntad humana puede derogarlas?
Pero, por ventura, ¿no caímos aquí en otro escollo de los más terribles? La Instrucción hace a los pueblos más indóciles, más impacientes y más dispuestos a las revoluciones: por consiguiente, la libertad de la prensa que la propaga, propaga también el germen de la discordia, y amenaza la tranquilidad del Estado.
Respondemos atrevidamente que no hay tranquilidad apetecible sino aquella que está funda da en la observancia del orden. Toda tranquilidad que para gozarse necesita unos hombres pacientes, insensibles a los ultrajes, en fin, petrificados, no es la que buscaron los hombres al entrar en sociedad. Mantenida siempre a expensas de sus derechos, debe mirársele como un síntoma seguro de su última degradación, y de la decadencia de la República. La agitación que causase la libertad de la prensa para salir de este mal estado, debería bendecirse como una señal que anunciaba el restablecimiento de la razón a beneficio de las luces esparcidas en su socorro. ¿Qué sería de nosotros mismos sino hubiésemos dado lugar a una conmoción suscitada por el amor de la patria contra los tiranos que la oprimían? Y por servirme de la expresión de un gran sabio, ¿hay más razón para disputar una ciudad a un enemigo extraño, que para disputar a un doméstico aquel gobierno en que el ciudadano goce de sus derechos? Concluyese, pues, que no es un mal, si estando siempre a la mira la libertad de la prensa sobre las operaciones del Gobierno, nos excitase a salir de una desventurada tranquilidad.
De cualquier modo que se mire, la prensa debe gozar de libertad. La facultad de expresar los sentimientos con el auxilio de la palabra es un don que viene del cielo, y con que fue privilegiado el hombre entre todos los animales. Por consiguiente, expresarlos con la pluma, o con caracteres permanentes, no es más que una extensión de la misma prerrogativa.
Como de este último modo los bienes y los males se hacen más duraderos, no es difícil encontrar razones que limiten el uso de ese privilegio, cuando se temen daños irreparables.
Por lo demás, tan libre debe ser el hombre para hacer que hable su lengua, como para que hable la pluma, o la parlera prensa. Hemos visto los males que pueden amenazar la seguridad individual del ciudadano, y los que le corresponden.
No hay duda que la calumnia, un atrevimiento temerario, una altivez desenfrenada pueden hacer servir a la prensa para sus deseos depravados; pero, ¿cuántas veces se ve todos los días sacudirse el importuno yugo del respeto, de la discreción, de la modestia, para dañar con la palabra, y con la pluma la reputación más bien establecida? ¿Diremos por eso que es necesario aprisionar la lengua, y hacer que los hombres enmudezcan? La difamación es mayor cuando interviene la prensa; convenimos: pero convéngase también que son mayores los medios de repararla. La ley, celosa del honor y la virtud del ciudadano como de la guarda de sus bienes, se armará contra el agresor, y haciendo ver que esa fama vulnerada es un bien que la justicia mira como propio y que ella consagra a su gloria, castigará al difamador según la gravedad de la ofensa, como castiga al ladrón según la naturaleza del hurto, y hará que la misma prensa lo publique. Acaso habrá quien desee ser ofendido, por lograr tan gloriosa reparación. Pero aún hay más; se le preguntó un día a Solón, legislador de los atenienses, ¿qué ciudad le parecía más feliz y mejor cultivada? Será aquélla, respondió él, donde cada ciudadano mirase la injuria hecha a su conciudadano como la suya propia. La virtud que Solón deseaba en los atenienses, es la que debe reinar entre nosotros, después que desterramos ese despotismo cruel, que aislaba a los hombres en sí mismos. Sepan, pues, todos los detractores de una inocencia perseguida, que la libertad de la prensa arma contra ellos, no sólo a los deudos del ofendido, y a sus amigos, sino también a todo ciudadano que, indemnizando la fama de otro, espere ver a su vez indemnizada la suya propia.
Las pruebas hasta aquí producidas a favor de la libertad de la prensa parece que convencen lo bastante de su utilidad. ¿Qué nos resta, pues, sino que, aprovechándonos de ella, trabajemos en combatir con franqueza aquellas opiniones exóticas, que ha connaturalizado con nosotros la educación y la costumbre, y que no son menos nocivas porque las veamos autorizadas por el ejemplo, y pertrechadas con el sello de la antigüedad? Procuremos que el último de los hombres conozca su dignidad, .y que ciudadanos instruidos en sus derechos y obligaciones, impongan respeto a todo gobierno, para que no viole las leyes, que hubiese sancionado la nación.
DEÁN D. GREGORIO FUNES

Fuente: Neptalí Carranza, Oratoria Argentina, T° I, pág. 47 y sgtes., Sesé y Larrañaga, Editores – 1905. Ortografía modernizada.

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