enero 16, 2014

Discurso pronunciado por el Doctor Don Julián Alvarez, el 23 de Marzo de 1811, en la Sociedad Patriótica.

EPOCA PRIMERA
La Revolución de Mayo y la Independencia
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Discurso pronunciado por el Doctor Don Julián Alvarez, el 23 de Marzo de 1811, en la Sociedad Patriótica.

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Paisanos y Señores:
Marcar con un carácter inmortal una obra, que por sus augustos principios tiene presagios de eterna, es un intento no menos noble que importante a sus autores, y a la misma obra que se emprende.
Dar una idea del genio, de la moralidad, y de los sentimientos de los que componen esta asamblea, es interés propio nuestro, es una satisfacción para el pueblo, y un garante para nuestras operaciones ante el Gobierno: reunidos a pensar en los medios de ser felices, y no convertir nuestros ojos a las desgracias de nuestros cohabitantes; ver sin conmovernos las lágrimas de nuestros hermanos desprendidas hasta el suelo, cuya felicidad promovemos, sin enjugarlas; mirar sus dolores sin dolor; poder nosotros darles el alivio y excusarlo; yo miro mi corazón, y no comprendo quepa en el de los americanos, una tan degradante apatía, una insensibilidad tan chocante con su genio, con sus sentimientos, y por decirlo de una vez, con sus virtudes.
Americanos: volved los ojos a los que os rodean, mirad con cuidado esos semblantes, que se os han presentado tantas veces en las plazas, en los paseos, en los templos, en vuestras concurrencias familiares, en vuestras propias casas: miradlos bien, y conoceréis unos hombres que no ha mucho tiempo eran vuestros amigos, vuestros compañeros, unidos con vosotros por relaciones del giro, del afecto y de la sangre: una misma religión, un mismo idioma, una misma patria: no examinemos en esta hora si sucesos los más extraordinarios han disuelto, o a lo menos debilitado tan estrechos vínculos, sino preguntemos unos a otros: ¿cómo ha ocurrido tan grande mudanza?
Si hubiéramos de romper de pronto, y dejar obrar a nuestra sangre ferviente, el espíritu resentido de acciones poco dignas con que nos miran ciertos hombres más inadvertidos, que mal intencionados; ni guardaríamos el decoro que se debe a este lugar, y tan honorable concurrencia, ni yo creo que haya un derecho para cortar mi discurso antes de haber concluido.
Desde que se ve agobiada la península con el duro yugo del francés, parece que han sido estos dominios, que ocupamos, no solamente objeto de disputas entre todas las naciones, sino también teatro de ellas entre los habitantes de este suelo. La injusticia con que habíamos sido tratados por el espacio de tres siglos, nos habían dispuesto a reclamarla en el mismo acto que pudieran haber producido algún efecto nuestras quejas: llegó cuando menos lo pensábamos el momento en que nosotros mismos nos hiciéramos la justicia, que podemos reclamar, y nuestro objeto no era otro, que colocarnos en aquel predicamento, a que aspiraron siempre con derecho todas las naciones: pero la costumbre de mirarnos abatidos, y el hábito que habían adquirido de oprimirnos los mandones, hizo que se levantase contra nosotros un partido que en varias ocasiones, ya individual, ya colectivamente ha atentado contra nuestro derechos.
Generosidad nuestra fue, intentar todos los arbitrios que han estado a nuestros alcances, para reunir esos ánimos discordes e injustos, y hacerlos entrar por los senderos de la razón, y de su propio bien: o ya sea que nuestro espíritu celoso no ha acertado a emplear estos medios con la discreción que era precisa, o ya que nuestros contrarios no han tenido tiempo suficiente para resignarse al dolor que debía causarle el despojo de unos derechos que desde tiempo inmemorial nos había usurpado la Excma. Junta, para evitar mayores males y extrañar a todos los españoles Europeos solteros, intimándoles salir dentro del tercer día para las provincias interiores.
Extrañar de un solo golpe tres mil o cuatro mil personas de una ciudad, es un suceso tan de bulto, que sería preciso mucho aturdimiento para no inferir cuan graves causas impulsaron a esa resolución: un gobierno por carácter compasivo, lo es aún en el mismo acto que ejercía su justicia: de modo que la expulsión de los españoles europeos, no es tanto una pena de los delitos en que muchos no habían incurrido, cuanto una medida de política y buen gobierno, que asegure a los mismos extrañados, del desastre consecuente a cualquiera convulsión originada de sus oposiciones.
A pesar de esta reflexión, que no pocas veces ha cortado los vuelos de mi pluma, yo no se qué presagio siento sobre mi corazón, de que ha amanecido hoy el día más glorioso para los habitantes de Buenos Aires. Ayer decíamos, que nos tachaban de inconstantes, prometimos trabajar para no serlo, probemos hoy que no lo somos; se han cumplido diez meses, que estamos convidando a nuestros hermanos, los españoles europeos a la unión, a la concordia, y a la amistad, sin que hayamos hecho otra cosa que adelantar muy poco; nuestro gobierno contemplando ser infructuoso tanto sufrimiento, levantó hace dos días su brazo armado de un rigor sensible, consultando nuestra seguridad: paisanos, apreciemos desde luego este sacrificio que ha hecho nuestro gobierno de sus sentimientos generosos, en prueba del amor que profesa a los que son adictos al sistema que sostiene; pero nosotros estamos empeñados en dar testimonio de nuestra constancia, y a los españoles de que los amamos, y que no miramos sin conmovernos los males en que quieren envolverlos algunos de sus tercos paisanos; antepongamos hoy nuestras súplicas ante el gobierno a que se sirva suspender la orden de extrañamiento, que seguramente con el mayor dolor ha pronunciado: llamemos a nuestros hermanos los españoles europeos, extendámosles nuestros brazos, juremos amarnos como nos amábamos antes de estos desgraciados sucesos, hagámosles conocer la parte igual que tienen con nosotros en todos los intereses de la patria, si ellos van de acuerdo con nuestros sentimientos: esta escena, la más tierna de las que habrán tocado las almas sensibles, producirá en nosotros una satisfacción, que servirá de anuncio de nuestras futuras glorias: plumas valientes eternizaron nuestros nombres; y yo tengo el honor de asegurar con mi cabeza, que nuestro amado gobierno celebrará tener esta ocasión de conocer nuestros genios, y que entre los habitantes de Buenos Aires, el que menos es un héroe de los que merecen ser honrados con los monumentos que trasmitan su memoria a la posteridad; las naciones se llenarán de asombro al leer la historia de este suceso: nosotros quedaremos airosos para los españoles europeos, suplicándoles lo que pudiéramos exigirles, y ellos lo quedarán para con nosotros en el acto de conceder lo que podrían negar. Los días más felices nacerán sobre nuestro suelo: derramará el cielo mil bendiciones sobre sus habitantes: la paz, la alegría, y todos los bienes serán el premio de nuestra resolución. ¿Pero que digo yo? Nosotros no necesitamos más premios de la virtud, que la virtud misma.
Yo continuaría haciendo una demostración de la conveniencia e importancia de esta reconciliación para los americanos, y conveniencia e importancia para los verdaderos intereses de los españoles europeos; pero ni la ocasión ni el tiempo están de acuerdo con mis deseos, ni he podido hacer otra cosa que indicar en globo lo que debemos de hacer, cuando yo haría un agravio a Vds. Si no viviera persuadido, que en todo lo que he dicho no he hecho más que trasladar los votos de Vds. mismos: prevenida esta representación que debemos elevar esta misma noche a la Excma. Junta, yo mismo, acompañado de los que Vds. eligieren para el efecto, iré a presentarla ante el gobierno, y vuelvo asegurar que se llenará de júbilo en el momento que sea informado de nuestros votos, y que jamás habrá suspendido autoridad alguna con más placer sus determinaciones. Paisanos, compatriotas míos; abierto está el camino que nos conduce a la inmortalidad.
JULIAN ALVAREZ

Fuente: Neptalí Carranza, Oratoria Argentina, T° I, pág. 43 y sgtes., Sesé y Larrañaga, Editores – 1905. Ortografía modernizada.

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