junio 16, 2014

Resolución General del Punto I de la Agenda de la Primera Conferencia de la OLAS (1967)

Primera conferencia Latinoamericana de Solidaridad –OLAS-
RESOLUCION GENERAL DEL PUNTO I DE LA AGENDA:
I. ― LA LUCHA REVOLUCIONARIA ANTIMPERIALISTA EN AMERICA LATINA
[1967]

“PARA NOSOTROS LA PATRIA ES AMERICA”. BOLIVAR
A principios del siglo pasado, después de la liberación de Haití del colonialismo francés, se desarrolló en América Latina la lucha liberadora de los pueblos cuyos territorios habían sido convertidos en colonias europeas, se inició el combate independentista que habría de prolongarse basta nuestros días. Durante esos años, nuestra América legó a la historia, el ejemplo de que cuando los pueblos se determinan a tomar las armas para reclamar el respeto de sus derechos, no hay fuerza capaz de impedir les la victoria. La lucha armada contra la opresión colonial conmovió toda nuestra América desde el Río Grande hasta la Tierra del Fuego.
Los combates victoriosos por la emancipación del continente, fueron librados bajo la dirección de hombres que tenían una comprensión cabal de sus deberes como revolucionarios latinoamericanos, sabían que la lucha para liberar a los pueblos del continente, era una sola, y -entendieron que si no había fronteras capaces de contener la explotación y la opresión colonial, tampoco debía haberlas para detener la marcha de los ejércitos libertadores y evitar con ello que territorios de nuestra América sirvieran de base a la concentración de ejércitos colonialistas, que pudieran más tarde atacar a los pueblos que hubiesen alcanzado su independencia.
Los conductores ideológicos de la gesta emancipadora comprendieron la necesidad de asumir también la dirección militar de la epopeya. La vanguardia marchó siempre en los ejércitos organizando y guiando a los pueblos por el único camino que los conduciría a la victoria. 
El objetivo de los luchadores de entonces era claro: Obtener la total independencia.
Fue un objetivo que determinó el carácter obligado de sus acciones: la guerra revolucionaria.
Había que conquistar por la violencia la libertad que, con la violencia negaba la metrópoli.
Los ejércitos integrados por hijos auténticos de los distintos pueblos de nuestra América quebraron el dominio colonial de las potencias europeas en la mayoría de los territorios del continente.
Completada la liberación del sur de América, Bolívar al convocar "La Conferencia de Panamá" proclama la decisión solidaria de contribuir con su esfuerzo a la liberación de Cuba y Puerto Rico, las últimas colonias españolas en el continente, y entonces el gobierno de los Estados Unidos manifiesta una vez más, con la oposición a ese propósito, sus intenciones de dominio sobre las tierras de América.
Al concluir en lo fundamental el proceso independentista, desaparecidos o desplazados los jefes del movimiento liberador, las instituciones políticas pasaron a manos de la casta de terratenientes. 
No se produjo, por lo tanto, un cambio en el régimen de propiedad de la tierra, sino que se mantuvo y se ensanchó el latifundio subsistiendo las relaciones de trabajo de carácter semifeudal y pre-capitalista.
El comercio fue denominado por las potencias burguesas de la época. No tuvo debida expansión el mercado interno, ni se dio protección a la producción manufacturera nacional y, por tanto, no pudo formarse una fuerte burguesía nacional.
No hubo pues, el triunfo de una revolución burguesa.
Así, la posibilidad que abrió la liberación para un desarrollo capitalista independiente se frustra desde sus inicios.
En primer lugar, por la existencia de una oligarquía terrateniente y una burguesía comercial en cuyas manos se hallaba el poder político. En segundo término, porque cuando el desarrollo crea condiciones para un crecimiento burgués fuerte e independiente, éste es paralizado por guerras locales, desviado y deformado por la irrupción en el continente del capitalismo inglés, alemán y de otros países europeos, y más tarde del imperialismo norteamericano.
Al mismo tiempo que en el sur culminaba la lucha por la independencia, el gobierno de los Estados Unidos proclamaba la llamada Doctrina Monroe "América para los americanos". Sus objetivos de apoderarse del continente quedarían más tarde demostrados con la cadena de intervenciones y agresiones de todo tipo contra nuestros pueblos sometiéndolos al régimen colonial y neocolonial de explotación.
No sólo los Estados Unidos estarían presentes en América para desplazar el colonialismo español e implantar el dominio imperialista. También el imperialismo europeo penetró en los jóvenes territorios manteniendo el régimen colonial de sus primeras conquistas, o aplicando en época más reciente, los sutiles métodos del neocolonialismo.
Una relación pormenorizada haría casi interminable la lista de intervenciones militares y agresiones económicas y de todo tipo, respaldadas siempre por el único argumento que conocen: la fuerza.
En la etapa imperialista, que se inicia a partir de los finales del siglo XIX, se desencadena sobre los pueblos toda la rapacidad y el intervencionismo de los imperialistas yanquis. El primer ejemplo de ello ocurrió en 1898, cuando el esfuerzo de los libertadores cubanos había derrotado ya, prácticamente, el dominio colonial español. El gobierno de los Estados Unidos dispuso la intervención de sus fuerzas en la guerra independentista del pueblo cubano, y logró apoderarse de Cuba y Puerto Rico en América y de Filipinas en Asia.
Esta fue, la primera guerra imperialista de los Estados Unidos.
En este siglo la política del "gran garrote" y de la diplomacia del dólar se aplican contra nuestros pueblos, como lo demuestran las reiteradas y descaradas intervenciones en Panamá, Centro América, México, Cuba, Santo Domingo y otros países de América Latina.
Frente a ello, los pueblos han sabido enfrentar su heroica resistencia. Sandino es la expresión más alta de ello. 
A los opresores colonialistas franceses, ingleses, holandeses, se agregaron desde comienzos del siglo, los norteamericanos al reemplazar a España en Puerto Rico y a Dinamarca en las Islas Vírgenes. 
Hoy los territorios de esas colonias siguen siendo aprovechados por las metrópolis como mercado seguro para sus productos, fuentes de materia prima, reservas de mano de obra barata como trampolín para la explotación neocolonial de otros pueblos desde sus refinerías, sus puertos con zonas francas, sus bases para flotas pesquera, etc., y como bases militares con fines agresivos contra lo movimientos revolucionarios.
Cuando la lucha de los pueblos los obliga a renunciar su dominio directo sobre los territorios coloniales, los colonialistas pretenden convertir el dominio directo en indirecto, pasar de la explotación colonial a la neocolonial manteniendo el control económico y político del Estado, pero los pueblos saben que sólo la verdadera independencia puede satisfacer sus ansias de libertad, y que la lucha por la liquidación de los restos del dominio colonial aún mantenido en América, forma parte de la gran lucha común de los pueblos de todo el continente contra el imperialismo, y por la verdadera liberación.
La lucha contra la dominación colonial no puede burlarse con formas encubiertas de colonialismo directo, con la creación de un "estado libre asociado" como en Puerto Rico, o como el sistema de gobierno de "self-government" otorgado a Surinam por los holandeses y la independencia otorgada a Guyana por los británicos. Los pueblos de estos territorios sometidos al dominio colonial luchan por su independencia completa y están concientes de que no será lograda hasta tanto sea erradicada la dominación neocolonial del imperialismo norteamericano sobre todo el continente.
La Primera Conferencia Latinoamericana de Solidaridad, que es expresión genuina de los pueblos y los revolucionarios de este continente, decididos a hacer la Revolución, se realiza precisamente en una situación histórica en que la lucha por la liberación del yugo imperialista se hace necesaria, inevitable e inaplazable.
Nos encontramos ante una coyuntura histórica favorable para las fuerzas revolucionarias y negativa a la política imperialista, tanto interna como externamente, preparada por todo el curso de la historia continental, y que se alcanza por el poder catalizador de la Revolución Cubana. 
Durante las últimas décadas se han producido grandes acontecimientos revolucionarios: la Revolución de Octubre, la Revolución China, el desplome del sistema colonial en África y Asia, la derrota de la agresión yanqui en Corea, la victoria de Dien Bien Phu y el surgimiento de la RDV, la Revolución Argelina y en nuestro continente la Revolución Cubana.
Estos hechos demuestran que cuando los pueblos utilizan el camino, las formas y los métodos correctos y cuentan con una vanguardia aguerrida, la Revolución es posible.
Con la Revolución Cubana se ha iniciado el proceso que culminará con la derrota del imperialismo en esta parte del mundo. El mito en cuanto a la inmutabilidad del dominio yanqui, el mito del fatalismo geográfico, la ideología reaccionaria de las clases dominantes, todo lo que negaba la posibilidad de la victoria popular, se desplomó con la Revolución Cubana que ha resuelto acertadamente el problema de cómo alcanzar el poder en las condiciones de América Latina y cuáles son los métodos y las formas de lucha más efectivas.
Como consecuencia de la Revolución Cubana, en el transcurso de unos breves años, los pueblos y los revolucionarios de América Latina, han madurado y desarrollado sus ideas revolucionarias en forma extraordinariamente acelerada.
Estos años de lucha revolucionaria han brindado a los pueblos latinoamericanos una experiencia muy superior a la que se hubiera conseguido con décadas y décadas de simple prédica teórica. 
Las ideas reformistas y seudorevolucionarias también han caído en completa y absoluta crisis con el avance de la revolución por las tierras de nuestra América.
De esa forma la realidad latinoamericana de hoy se resume y expresa en un solo problema: para los pueblos consiste en cómo liberarse de la opresión y para el, imperialismo y las oligarquías en como mantenerlas.
El imperialismo yanqui en su papel contrarrevolucionario internacional lleva a cabo una política orientada a evitar por todos los medios que se repita otra Cuba.
Para lograrlo cuenta con el servilismo incondicional de las oligarquías sometidas por entero a sus posiciones políticas, habiendo organizado los ejércitos centroamericanos, sus policías políticas y sus fuerzas aéreas que trabajan a nivel regional bajo un solo comando y asesorado por ellos mismos, y maniobran para continentalizar los ejércitos latinoamericanos e integrar la titulada fuerza interamericana, unifican el entrenamiento de tropas contra insurgentes y coordinan bajo sus designios los planes represivos a través de espurios tratados con los gobiernos títeres. 
Esta situación convulsa del Continente se produce precisamente por la imposibilidad de mantener durante más tiempo el estancamiento económico y el servilismo político, en un momento en que los pueblos despiertan, luchan y en el Continente estalla por varios puntos la violencia revolucionaria; cuando los revolucionarios de los distintos países revaloran su estrategia, sus métodos de lucha y en definitiva, las contradicciones de los pueblos con el imperialismo alcanzan un grado mucho más alto.
El cuadro que ofrece América Latina hoy es enteramente distinto al de hace algunos años. La América Latina de hoy es el Continente de la Revolución en marcha. Eso lo saben bien los imperialistas. 
Los problemas que durante décadas se plantearon teóricamente, son ya para muchos países una alternativa inmediata. Son esos factores los que determinan que los representantes de los pueblos de América, de sus organizaciones revolucionarias, se planteen hoy con toda su crudeza, en toda su magnitud y su extensión, los problemas de la estrategia y la táctica revolucionaria.
Este examen plantea la necesidad de esclarecer los objetivos de la lucha, el carácter y las formas que adopta; la función y el papel de las vanguardias así como también, la exacta valoración del enemigo.
La política imperialista ha sido claramente expresada en los últimos años, no es otra que la de ejercer el papel de gendarme internacional para reprimir el movimiento revolucionario en escala mundial.
Esta línea fundamental de la política imperialista se ha reforzado a partir del ascenso revolucionario en el continente latinoamericano, que fue antes su traspatio seguro y ahora presenta una perspectiva de lucha de imprevisibles dimensiones.
Por un lado, las frecuentes agresiones contra Cuba, por otro, la brutal intervención en Santo Domingo, y hoy la presencia de los ''boinas verdes" en varios países latinoamericanos y en especial en aquellos donde se lucha con las armas en la mano, son suficientes ejemplos que permiten constar el carácter agresivo y brutal del imperialismo.
No enfrentamos el poder que el desarrollo económico y tecnológico alcanzado en los Estados Unidos da al imperialismo. 
Sin embargo, ya hoy es posible apreciar su incapacidad para aplastar la lucha de los pueblos; empantanado en la agresión al pequeño y heroico pueblo de Vietnam, en una guerra que pierde día a día y donde ha comprometido una buena parte de sus fuerzas, cuya acción -si descontamos el dolor que causa, la destrucción y muerte que producen con la represión y el crimen carece de efectividad contra el movimiento liberador y cuyo costo material comienza a resentir la economía imperialista.
Debilitado por contradicciones internas que arrastra su sistema explotador que han provocado y provocan movimientos de protesta del propio pueblo norteamericano, en un nivel sin precedentes dentro de los Estados.
Si se une a ello la creciente lucha del pueblo afronorteamericano por sus derechos que representa una verdadera lucha de liberación en la sede misma del imperio, se comprenderá cabalmente por qué afirmamos que es posible combatir y vencer al imperialismo yanqui.
Esta posibilidad adquiere perspectivas mucho más precisas si analizamos la importancia de la existencia de los países socialistas, el ascenso del movimiento de liberación nacional en Asia, África y América Latina y la combatividad del movimiento obrero y las contradicciones existentes dentro de la economía capitalista mundial.
En los últimos tiempos se ha evidenciado cómo algunos países capitalistas de Europa se apartan de la jefatura del imperialismo yanqui y adoptan posiciones independientes que pueden tener gran importancia.
Conocido el enemigo y valoradas sus fuerzas, es preciso examinar el enorme potencial revolucionario que poseen los pueblos de nuestro continente. Este potencial revolucionario se evidencia por la presencia de un proletariado fuerte y combativo en las grandes ciudades; la existencia en el campo de una inmensa masa formada por millones de hombres y mujeres que viven bajo el régimen de explotación inaudito sometidos a condiciones de vida semifeudal e incluso esclavistas en algunas regiones; masa que integran los campesinos que habitan una tierra que no les pertenece y pagan por ellas elevadas rentas de humillantes trabajos de servidumbre; los que poseen una minúscula parcela y son víctimas también de las peores formas de explotación; y las amplísimas capas desposeídas de todo; carentes de trabajo o que se ven obligadas a sobrevivir con salarios miserables.
Dentro de esa masa inmensa, en los límites mismos donde la explotación casi niega la vida, se encuentra el indio, millones y millones de hombres y mujeres sometidos a condiciones infrahumanas de trabajo y existencia. Y, junto a todos ellos, una nueva y joven intelectualidad, un estudiantado con hermosas tradiciones de lucha, sectores inconformes y patrióticos de las capas medias que sufren también en cierta medida la explotación y que, en muchos casos, tienen conciencia de lo que representa la opresión extranjera, la falta de soberanía nacional, el robo de las riquezas naturales y la penetración cultural imperialista.
Capas medias que, en la particular composición de clases de América Latina, se encuentran más cerca de los intereses de todo el pueblo explotado que de los intereses de la oligarquía y el imperialismo.
La llamada burguesía latinoamericana, por su origen, por su vinculación económica e incluso por sus relaciones familiares con terratenientes, forma parte de las oligarquías que gobiernan en nuestra America y, resulta por tanto, incapaz de obrar con independencia.
Su inconformidad no se materializa más allá de los límites que le impone el imperialismo: una demagogia reformista que como el caso de la democracia cristiana chilena ha fracasado estruendosamente.
Sólo en determinados países, ciertos sectores de la burguesía pueden desempeñar, por excepción, un papel positivo si se unen a los movimientos de liberación nacional.
Es así como las explosivas contradicciones de clase, la imposibilidad de cambios estructurales, el estancamiento e incluso retroceso de las economías latinoamericanas, la creciente explotación a que son sometidos nuestros pueblos, la limitación o supresión de las libertades democráticas y la creciente subordinación de los ejércitos profesionales y mercenarios al imperialismo, determinan contradicciones que exigen una solución revolucionaria.
En la misma medida en que se va radicalizando el proceso revolucionario se produce el agrupamiento de los sectores de la oligarquía en torno al imperialismo.
En igual forma que los sectores oligárquicos atenúan sus contradicciones, sirven a la estrategia continental contrarrevolucionaria del imperialismo y constituyen "la Santa Alianza" de la reacción; los objetivos y las ideas de las diferentes clases y capas populares deben integrarse para luchar contra el imperialismo y sus aliados.
En última instancia las contradicciones de clase, lucha que consecuentemente por una parte los obreros, los trabajadores agrícolas, los campesinos pobres, las capas medias empobrecidas, los sectores fundamentales de la intelectualidad progresista y del estudiantado, y por otra la oligarquía nativa: burgueses y dueños de la tierra. De esta forma se desarrolla en el continente latinoamericano la compleja trama de la lucha de clases, lucha que consecuentemente ha de resol verse a favor de los oprimidos, siempre que éstos sean conducidos a la lucha por una vanguardia consecuente, surgida de su seno.
Los imperialistas saben bien que esta correlación favorece a los pueblos que al unirse y emprender las acciones más violentas no habrá fuerza en el mundo capaz de detenerla. Por eso tratan de impedir la unión y la solidaridad revolucionaria de los pueblos y aprestan todos los medios que abarcan desde la demagogia hasta la represión abierta, para combatirlos por separado. Frente a eso, la respuesta es la unión combatiente, la coordinación de todos los esfuerzos y la unidad revolucionaria en base al gran objetivo histórico: la destrucción del imperialismo norteamericano.
Los explotadores saben que marchan contra la historia, no pudiendo detenerla se aprestan a intentar demorarla. 
No dudan entre contemporizar y reprimir, para ellos no hay dudas en el camino a elegir y hacen lo que han hecho todos los explotadores a lo largo de la historia: ejercer la violencia.
Eso impone a los pueblos de este Continente el deber de seguir la única alternativa que dejan los enemigos de clase, responder al reto de los imperialistas y oponer a la violencia de la reacción, la violencia revolucionaria.
Somos así consecuentes con la situación que se nos plantea y con la enseñanza de la historia que no ofrece experiencia de otra vía para alcanzar el triunfo de la revolución.
La burguesía de América Latina, que se ha mantenido subordinada a los intereses imperialistas, no podrá jamás situarse al frente de la revolución. Esta revolución la hará el pueblo, los revolucionarios de cada país, la dirigirán los hombres más firmes y decididos.
El primer objetivo de la revolución popular en el Continente es la toma del poder mediante la destrucción del aparato burocrático y militar del Estado y su reemplazo por el pueblo armado para cambiar c1 régimen social y económico existente y este objetivo sólo es alcanzable a través de la lucha armada que será feroz y sin cuartel contra los ejércitos y las oligarquías y aún contra las propias fuerzas armadas del imperialismo que están dispuestas a intervenir como lo demuestra la experiencia dominicana.
Estas condiciones determinan el contenido que debemos dar a las tareas de movimiento revolucionario en todo el continente. En conjunto y como dirección fundamental, todas ellas deben responder a una estrategia política de carácter común: la de alcanzar las formas más agudas de la lucha de clase; mediante ellas, la liberación. En unos países se traduce en el desarrollo e impulso de la guerra revolucionaria, ya iniciada, en otros darse a la organización y trabajar por su propio inicio, y en otros casos minoritarios, lo que se plantea en forma inmediata es la ayuda consecuente, irrestricta, firme y decidida en favor de los que luchan ya, que es también una manera de incorporarse a las formas fundamentales de luchas: la violencia armada y preparar el movimiento revolucionario en el propio país para adoptar, de acuerdo con el desarrollo de los acontecimientos, el paso a la lucha armada como consecuencia inevitable de su desarrollo en el resto de los países.
La Conferencia ha dejado esclarecido que siendo la lucha armada la vía fundamental es igualmente necesario emplear otras formas de lucha, siempre que se encuentren subordinadas o tengan por objetivo ayudar a desarrollar la que se estima principal.
Las formas de lucha no armada tendrán un valor revolucionario en la medida en que contribuyan al desarrollo hacia las formas más altas de la lucha de clase, y estén dirigidas a crear conciencia acerca de la inevitable confrontación revolucionaria en todo el continente.
No basta que una fuerza política se autotitule vanguardia para que lo sea. La condición de vanguardia es el resultado de la decisión de lucha y del hecho mismo de encabezar y llevar hasta sus últimas consecuencias la acción revolucionaria.
Esto es, destruir el poder de la oligarquía y la dominación del imperialismo y abrir vías a la revolución socialista.
Vanguardias serán, en última instancia, quienes señalen y desarrollen los caminos verdaderos de la revolución. A las organizaciones políticas que defienden las ideas revolucionarias, a los hombres más firmes y alertados corresponde actuar, consecuentemente, y constituir las vanguardias o integrarse a ellas en sus respectivos países si éstas ya existen. 
La revolución es un fenómeno dinámico, complejo y violento, en definitiva será la lucha misma la que seleccionará a los hombres más capaces y los pondrá al frente.
La experiencia histórica ha demostrado la gran importancia de una dirección eficaz, valiente, decidida, tenaz e inteligente. 
Esa dirección recaerá en los revolucionarios capaces de concebir el camino adecuado de la revolución, emprender lo y perseverar en el mismo hasta vencer o morir.
En la mayoría de los países del continente, por su extensión geográfica y sus características topográficas y dado el hecho de existir una gran población campesina explotada, hemos llegado a la conclusión que es el campo el escenario fundamental de la lucha y el ambiente en que es posible desarrollar las más importantes batallas de clase.
Otra razón para esta afirmación la derivamos del hecho de que en la guerra moderna, los medios a disposición de los ejércitos profesionales y las experiencias acumuladas en la represión de los movimientos populares urbanos hacen muy difícil en muchos países, el desarrollo de un movimiento revolucionario capaz de alcanzar el poder exclusivamente a través de las luchas de masas en las ciudades.
Esto no quiere decir que la población urbana y, muy especialmente, la clase obrera, no deban cumplir un papel de enorme importancia.
Es necesario que entendamos que en esos países el papel de la clase obrera está en llevar la ideología del proletariado a la lucha de liberación en el campo.
La guerra no será una guerra campesina, será una guerra revolucionaria en el campo orientada por la ideología del proletariado.
La guerrilla, como destacamento popular, como tropa de choque del movimiento revolucionario crece y se desarrolla en las condiciones de lucha que ofrece el escenario del campo donde una topografía favorable, la existencia de una masa superexplotada potencialmente revolucionaria le permite nuclear a su alrededor un ejército guerrillero, germen del ejército de todo el pueblo. La guerrilla, como punta de lanza, a medida que combate e inflige derrotas al enemigo crece y se desarrolla mientras el aparato militar mercenario se debilita pierde prestigio y esto permite que las fuerzas de la guerrilla aumente.
En este proceso, con el crecimiento de la experiencia y del número de combatientes, se produce la transformación en ejército popular, en pueblo armado.
En fin, la fuerza capaz de destruir la máquina burocrática militar del Estado, alcanzar el poder y mantenerlo. 
En los países donde el camino de la lucha armada se inicia a través de la guerrilla, germen del ejército del pueblo la unificación del mando político y militar se convierte en una necesidad del movimiento revolucionario y se producirá como consecuencia de que la vanguardia en tales países, a la vez de poseer la más alta conciencia revolucionaria, propia de cualquier vanguardia, adquiere la capacidad necesaria para cumplir las tareas de la guerra, alcanzar los objetivos y ganarse, asimismo, el respeto y la estimación de las masas.
Esta vanguardia, expresada en la guerrilla debe realizar un intenso trabajo político con la población rural. Ha de defender y facilitar al mismo tiempo la unidad de todos los trabajadores alrededor de los objetivos fundamentales de la guerra de liberación, ha de tener capacidad política y militar para dirigir la revolución, conocer los aspectos teóricos y políticos de la lucha. Estos hombres despojados de toda estrechez sectaria, capacitados para unir a todos los que estén dispuestos a luchar por las grandes tareas revolucionarias y comprender el carácter agrario, antifeudal y antimperialista de la revolución y la necesidad de que ésta, como consecuencia inevitable del desarrollo, devengue en revolución socialista.
Esto lo demuestra el caso concreto de la Primera Revolución Socialista del Continente, donde esa vanguardia la constituyó el núcleo guerrillero, que asumiendo la dirección política y militar de la guerra, fue capaz de unir a las fuerzas revolucionarias surgidas del pueblo, y en medio de la lucha, supo organizar y desarrollar un ejercito revolucionario que derrotó a las fuerzas armadas profesionales al servicio de la tiranía y el imperialismo, alcanzó el poder, cumplió con las tareas inmediatas de la revolución, e inició la construcción socialista.
Esa es la enseñanza de la Revolución Cubana, que demuestra que la Revolución es posible, que los pueblos pueden hacerla, que en el mundo contemporáneo no hay fuerzas capaces de impedir el triunfo del movimiento de liberación de los pueblos.
"Ningún pueblo de América Latina es débil porque forma parte de una familia de 200 millones de hermanos que padecen las mismas miserias, albergan los mismos sentimientos, tienen el mismo enemigo, sueñan todos con un mismo mejor destino y cuentan con la solidaridad de los hombres y mujeres honrados de todo el mundo".
Nosotros, revolucionarios de nuestra América, de la América al sur del Río Grande, representante de nuestros pueblos sucesores de los hombres que nos dieron la primera independencia, inspirados en el ejemplo glorioso de Bolívar, Hidalgo, O'Higgins, Sucre, Artigas, San Martín, Dessaline, Morazán; armados de la voluntad de lucha sin más que perder, junto con nuestros pueblos, que las cadenas que nos oprimen, aseguramos que en América Latina existe una situación que permite impulsar la lucha armada, especialmente en su forma principal, la guerra de guerrilla, la organización de un ejército popular que desarrolle una guerra de esta naturaleza, que provoque la destrucción del aparato burocrático militar, de las oligarquías y los gobiernos títeres como consecuencia de acciones comunes y victorias en el terreno militar, creando y fortaleciendo en fin, un ejército popular, que pueda asegurar la instauración y preservación de un poder revolucionario.
Nosotros, representantes de los pueblos de América, hijos de las mejores tradiciones patrias, concientes de las condiciones que existen en el continente, sabedores de la existencia de una estrategia común contrarrevolucionaria que dirige el imperialismo, proclamamos el derecho y deber de todos los pueblos de América Latina de hacer la revolución contra los gobiernos títeres, las oligarquías y el imperialismo.
Frente a la estrategia continental del imperialismo y la reacción, esta Conferencia proclama la estrategia común revolucionaria y la solidaridad militante de todos nuestros pueblos en la lucha común por derrocar la dominación imperialista.
Por todas estas razones, los pueblos de nuestra América se disponen a desarrollar, impulsar y llevar hasta su término victorioso la guerra revolucionaria por la segunda independencia.

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