octubre 30, 2009

Discurso de Ricardo Balbin en homenaje a Roberto Parry (1949)

 DISCURSO EN HOMENAJE A ROBERTO PARRY
Ricardo Balbin
DIARIO DE SESIONES HCD - T° IV - pág. 3100 a 3101
[2 de septiembre de 1949]

Sr. Presidente (Cámpora). - Tiene la palabra el señor diputado por Buenos Aires.
Sr. Balbín. - La solicito para rendir homenaje al eminente argentino motivo del decreto de honores que acaba de leerse. .
Declaro que debo hacer un extraordinario esfuerzo para rendir este home­naje. Tal es la congoja que nos aflige, talla pena que nos conturba profunda­mente.
Yo sé, señor presidente, que no tengo derecho de exhibirla así, como dolor de compañeros, porque evidentemente la jerarquía del hombre público a quien rendimos homenaje determina la trascendencia de este episodio argentino.
Roberto Parry fue la expresión viva de la argentinidad. Valiente, vigoroso, noble, leal y modesto. Esas fueron las formas de su exhibición en el ámbito de su vida.
Costará mucho trabajo mostrar en el futuro -cuando se enerve esta sensi­bilidad contemporánea- tan vigorosa personalidad como la suya, porque Ro­berto Parry parecía que vivía ocultando o disimulando sus extraordinarias cali­dades. Era sencillo en la expresión y nunca quiso exhibirse en doctoral. Nunca aspiró al honor y se complacía, con sobria palabra, en dar a conocer su pensa­miento y, sin advertirlo, su sabiduría, en las modestas tertulias que concitaba. Era tan intensa su personalidad que no obstante todo ello, no obstante su propósito de ocultación, aparece en el escenario argentino como un vigoroso ejemplar humano al servicio de las cosas grandes del país.
Pierde la Honorable Cámara un gran diputado; un gran diputado a la vieja manera porque Parry no lució en estos últimos tiempos de la Cámara toda la re­ciedumbre de su personalidad y el esplendor de su sabiduría. Pero este recinto, de tiempos viejos, conocía cuánto valía este hombre y cuánto trabajaba por las cosas útiles a la República.
No puedo, señor presidente, limitar el homenaje al diputado desaparecido, porque el tenía para nosotros una más alta jerarquía; la de presidir nuestra orga­nización política. Así que yo, a riesgo de una imprudencia, debo decir con lealtad que nosotros rendimos dentro del Congreso el homenaje al diputado falleci­do, pero rendimos también, emocionadamente, nuestro homenaje al presidente de la Unión Civica Radical. Como la Unión Civica Radical nació, vive y vivirá al servicio de las cosas grandes del país, es honor del Congreso argentino comprender la intensidad y la intención de este homenaje.
Parry vivió para dos cosas; lo que puede comprobarse a poco de recorrer su biografía: para la política y para la justicia. Esas fueron sus dos grandes pasio­nes, las preocupaciones mayores de su vida. De joven, brillante abogado y bri­llante diputado, vigoroso ciudadano dentro de la Unión Civica Radical.
Cuando debe concretar su labor, siempre exhibe la inquietud de la justicia. Si los señores diputados y los que tengan que hacer para la historia la reconstruc­ción de su vivir, recorren las páginas de los Diarios de Sesiones y de su obra de publicista, verán que vive siempre para el perfeccionamiento de la justicia, para la dignificación del magistrado, para levantar en el orden moral su alta persona­lidad. Entendía seguramente en lo íntimo de su conciencia que, justicia y hom­bre corrían aparejados en medida tal que, en un destino ideal, el hombre se ele­vará en el pensamiento y en la acción para ser exponente de lo que él considera­ba la justicia; de tal modo y en tal proporción que sus primeras preocupaciones legislativas en la provincia de Buenos Aires fueron dirigidas a dar jerarquía al tribunal que enjuicia a los magistrados, buscando las normas que permitieran con facilidad exhibir la buena conducta y la posibilidad de sancionar la irregularidad.
Se perfiló en todos los aspectos de la vida vigoroso, fuerte, tenaz, casi terco. Cualquiera podría suponer o pensar que había en su espíritu una ruda personali­dad insensible a las cosas magníficas de la vida. Sin embargo, Parry, señor presi­dente y señores diputados, era sensible, bueno, humano, con una intensa ternu­ra, que dejaba caer, traicionando lo que el pensaba ocultar, en las palabras lige­ras y profundas que decía entre sus amigos. No creo, señor presidente, que este hombre haya recatado estos aspectos de su vida por jactancia, por modestia o por cobardía: lo hacía por sentido ético y estético de la vida, por elegancia, por esa extraordinaria elegancia que puso espontáneamente en sus cosas y en sus manifestaciones.
Era rudo y tenaz, en la apreciación cuando debía juzgar hombres y hechos y, sin embargo, era profundamente tierno y profundamente justificador de los errores y de los tropiezos de los hombres. Es que, acaso, comprendía, que había que conducirse así, con rudeza, para evitar en el futuro la posibilidad de otros errores. Ocultó la ternura de su alma, con espíritu creador y docente, para exigir conducta a las generaciones que habían de sucederle y a las que él educaba con la decisión de su ejemplo.
Nuestro partido, señor presidente pierde un gran luchador, que tiene este mérito extraordinario que define la potencialidad de su envergadura: hace tiem­po que se estaba muriendo; estaba unido a la vida por un hilito insignificante. Si hubiera sido menos generoso, si hubiera sido menos lúcido de pensamiento, si no hubiera sido un levantado argentino, se habría encerrado en el egoísmo y ha­bría querido vivir sus últimos días intensa, profundamente pina sí, acaso estirán­dolos un poco. Y, sin embargo, señor presidente, 'sabiéndolo mejor que sus pro­pios médicos, sabiéndolo mejor que sus propios amigos, que estaba prendido a la vida por un hilo insignificante, por ese hilo viajaba su esfuerzo, heroicamente, tenazmente, al servicio de las cosas argentinas. Este será el gran mérito, la gran lección y el gran ejemplo.
Otros hombres seguirán escribiendo sobre las cosas de la justicia; otros hombres seguirán dedicándose a las cosas actuales del país; otros hombres se­guirán atendiendo en magnífica forja de la argentinidad, pero habrá de com­prenderse y valorarse esta dedicación de un extraordinario argentino a las cosas nobles y santas del país. Y cuando se perfecciona el justo homenaje a Roberto Parry como un ejemplo para el futuro, hay que decir que lo dio todo, todo en absoluto al servicio de su pueblo, y que los últimos instantes los prodigó abnega­do, como enseñando que todos y cada uno de nosotros tenemos que ser así, dar­lo todo, cuando en el andar y en la obra estamos seguros que defendemos los grandes intereses de la República.
Presidiendo la Unión Civica Radical así debió, comprenderlo el doctor Pa­rry, porque recogió una herencia partidaria, vivía la realidad argentina y sabía cuál era el destino del país. Por eso enseñó con el silencio de sus grandes ejem­plos, con el vigor de sus grandes lecciones morales, con la estoica serenidad de su conducta en épocas difíciles. Se prodigó con dulzura magnífica como dicién­donos a todos, los unos y los otros, que así hay que vivir la vida de un pueblo donde se ama y donde se quiere prosperar.
No haré su biografía. Me parece que sería disminuir este homenaje si qui­siera concretar sus obras, sus cargos, sus cátedras; si quisiera exhibir cómo dejó documentadas en el periodismo la inquietud y la profundidad de su pensamien­to. No es necesario exhibir su obra material para fundar este homenaje a un gran argentino al servicio de las cosas útiles de la República, a una personalidad modesta y genial -las dos cosas a un tiempo-, plena de ejemplos y virtudes. Cuando la Cámara se ponga de pie, come he de proponerlo, yo cerraré mis ojos, seguro de que estaré rindiendo homenaje a uno de los hombres que vivie­ron consagrados al bien de la República.

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