Polémica con Sarmiento
Juan Bautista Alberdi
[1853]
CARTAS SOBRE LA PRENSA Y LA POLITICA MILITANTE DE LA REPUBLICA ARGENTINA
PRIMERA CARTA
“Advertencia” y Dedicatoria de Sarmiento a Alberdi en - Motivos y tendencias conservadoras de esta publicación - Prensa argentina - La nueva situación reclama nueva prensa - Caracteres de ambas - La Prensa de guerra ha concluido su misión liberal - Conatos de restauración - El caudillaje en la prensa.
Advertencia
Bueno será que el lector
empiece por instruirse de la siguiente carta,
que ha motivado la presente publicación:
Dedicatoria de la Campaña en el Ejército Grande
Yungay, noviembre 12 de 1852.
Mi querido Alberdi:
Conságrole a usted estas páginas, en que hallará detallado lo que en abstracto le dije a mi llegada de Río de Janeiro, en tres días de conferencias, cuyo resultado fue quedar usted de acuerdo conmigo en la conveniencia de no mezclarnos en este período de transición
pasajera, en que el caudillaje iba a agotarse en esfuerzos inútiles por prologar un orden de cosas de hoy más imposible en la República Argentina.
Esta convicción se la he repetido en veinte cartas, por lo menos, rogándole, por el interés de la patria y el suyo propio que no se precipitase, aconsejándole atenerse al bello rol que “sus Bases” le daban en la regeneración argentina. Si antes de conocer al general Urquiza, dije desde Chile “su nombre es la gloria más alta de la Confederación (en cuanto a instrumento de guerra para voltear a Rosas)”, lo hice, sin embargo, con estas prudentes reservas: “¿será el único hombre que habiendo sabido elevarse por su energía y talento, llegado a cierta altura (el caudillo) no ha alcanzado a medir el nuevo horizonte sometido a sus miradas, ni comprender que cada situación tiene sus deberes, que cada escalón de la vida conduce a otro más alto? “La historia, por desgracia, está llena de ejemplos, y de esta pasta está amasada la generalidad de los hombres”... ¿Y después?... Después la historia olvidará que era gobernador de Entre Ríos un cierto general que dio batallas y murió de nulidad, oscuro y obscurecido por la posición de su pobre provincia”. Ya está en su provincia. La agonía ha comenzado, y poco han de hacer los cordiales que desde aquí le envían y le llegan fiambres, para mejorarlo.
Óigame, pues, ahora que habiendo ido a tocar de cerca aquel hombre y amasado en parte el barro de los acontecimientos históricos, vuelvo a este mismo Yungai, donde escribí “Argirópolis”, a explicar las causas del descalabro que ese hombre ha experimentado.
Como se lo dije a usted en una carta, así comprendo la democracia: ilustrar la opinión y no dejarla extraviarse por ignorar la verdad y no saber medir las consecuencias de sus desaciertos; usted, que tanto habla de política “práctica” para justificar enormidades que repugnan al buen sentido, escuche primero la narración de los hechos “prácticos”, y después de leídas estas páginas llámeme detractor y lo que guste. Su con tenido, el tiempo y los sucesos probarán la justicia del cargo o la sinceridad de mis aserciones “motivadas”.
¡Ojalá que usted pueda darle este epíteto a “las suyas”! Con estos antecedentes, mi querido Alberdi, usted me dispensará que no descienda a la polémica que bajo el trasparente anónimo del “Diario” me suscita. No puedo seguirlo en los extravíos de una lógica de posición “semi oficial”, y que no se apoya en los hechos por no conocerlos. No es usted el primer escritor invencible en esas alturas, y sin querer establecer comparaciones de talento y de moralidad política, que no existen, Emilio Girardin, en la prensa de París, logró probar victoriosamente que el pronunciamiento de Urquiza contra Rosas era un cuento inventado por los especuladores de la Bolsa, y la Europa entera estuvo por un mes en esta persuasión, que la embajada de Montevideo apenas pudo desmentir ante los tribunales. Mi ánimo, pues, no es persuadirlo ni combatirlo; usted desempeña una misión, y no han de ser argumentos los que le hagan desistir de ella.
El público argentino, allá y no aquí, los que sufren y no usted, decidirán de la justicia. No será el timbre menor de su talento y sagacidad el haber provocado y hecho necesaria esta publicación, pues cónstele a usted, a todos mis amigos aquí, y al señor Lamas en Río de Janeiro, que era mi ánimo no publicar mi campaña hasta pasados algunos años. Los diarios de Buenos Aires han reproducido el “ad memorandum” que le precede, el prólogo y una carta con que se lo acompañé al “Diario de los Debates”. Véalas usted en “El Nacional” y observe si hay consistencia con mis antecedentes políticos, nuestras conferencias en Valparaíso y los hechos que voy a referir. He visto con mis propios ojos degollar el último hombre que ha sufrido esta pena, inventada y aplicada con profusión horrible por los caudillos, y me han bañado la cara los sesos de los soldados que creí las últimas víctimas de la guerra civil. Buenos Aires está libre de los caudillos, y las provincias si no las extravían, pueden librarse del último que sólo ellas con su cooperación levantarían. En la prensa y en la guerra, usted sabe en qué filas se me ha de encontrar siempre, y hace bien en llamarme el amigo de Buenos Aires, a mí que apenas conocí sus calles, usted que se crió allí, fue educado en sus aulas y vivió relacionado con toda la juventud.
Háblole de la prensa y de la guerra, porque las palabras que se lanzan en la primera se hacen redondas al cruzar la atmósfera y las reciben en los campos de batalla otros que los que las dirigieron. Y usted sabe, según consta de los registros del sitio de Montevideo,
quién fue el primer desertor argentino de las murallas al acercarse Oribe. El otro es el que decían en la Cámara: “¡Es preciso tener el corazón en la cabeza!” Los “idealistas” le contestaron lo que todo hombre inocente y candoroso piensa: “Dejemos el corazón donde Dios lo ha puesto”.
Es esta la tercera vez que estamos en desacuerdo de opiniones, Alberdi. Una vez disentimos sobre el “Congreso Americano”, que en despecho de sus lúcidas frases, le salió una solemne patarata. Otra sobre lo que era “honesto y permitido” en un extranjero en América, y “sus Bases” le han servido de respuesta. Hoy, sobre el Pacto y Urquiza, y como el tiempo no se para donde lo deseamos, Urquiza y su pacto serán refutados, lo espero, por su propia nulidad: y al día siguiente quedaremos usted y yo tan amigos como cuando el “Congreso Americano”, y lo que era “honesto” para un extranjero. Para entonces, y desde ahora, me suscribo su amigo.
SARMIENTO