Mostrando entradas con la etiqueta Discursos Históricos: Marco Tulio Cicerón - Catilinarias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Discursos Históricos: Marco Tulio Cicerón - Catilinarias. Mostrar todas las entradas

febrero 12, 2010

Cuarta Catilinaria (Cicerón)

Discurso contra Lucio Sergio Catilina ante el Senado
CUARTA CATILINARIA
[1]
ORATIO IN L. CATILINAM QVARTA HABITA IN SENATV
Marco Tulio Cicerón

[5 de Diciembre del año 63]

1. Veo, padres conscriptos, que todos tenéis vueltos hacia mí el rostro y los ojos: os veo cuidado­sos, no sólo de vuestros peligros y de los de la repú­blica, sino, conjurados éstos, de los míos. El interés que me mostráis es consuelo de mis males y paliativo de mis dolores; pero ¡por los dioses inmortales! os rue­go olvidéis lo que atañe a mi propia seguridad, pen­sando sólo en la vuestra y en la de vuestros hijos. Si se me dio este consulado con la condición de que su­friese todas las amarguras, todos los dolores y tormen­tos, sufrirélos no sólo con valor, sino también de buen grado, con tal que mis trabajos aseguren vuestra dig­nidad y la salvación del pueblo romano.
Soy un cón­sul, padres conscriptos, que ni en el foro, donde se practica la justicia y la equidad, ni en el Campo de Marte, consagrado a los auspicios consulares; ni en el Senado, donde encuentran auxilio todas las nacio­nes; ni en la propia casa, el asilo para todos inviola­ble; ni en mi lecho, destinado al descanso; ni, fi­nalmente, en esta silla curul jamás me vi libre de asechanzas y de peligros de muerte.[2] Muchas cosas callé, muchas sufrí, muchas concedí, muchas con al­gún dolor mío remedié para evitaros temores. Ahora bien; si los dioses inmortales han querido que la con­clusión de mi consulado consista en libraros a voso­tros, padres conscriptos, y al pueblo romano de terri­ble mortandad, a vuestras mujeres e hijos y a las vírgenes vestales de acerbísimos ultrajes, a los tem­plos y oratorios, y a nuestra hermosa patria común de horrorosas llamas, a toda Italia de guerra y devas­tación, sufriré resignado la suerte que la fortuna me depare. Porque si P. Léntulo, persuadido por los adi­vinos, creyó destinado su nombre fatalmente a la rui­na de la república,[3] ¿por qué no he de alegrarme de que los hados destinen mi consulado también fatal­mente a su salvación?
2. Así pues, padres conscriptos, pensad en voso­tros, mirad por la patria, salvad vuestras personas, las de vuestras mujeres e hijos y vuestros bienes; de­fended el nombre y la existencia del pueblo romano; no os compadezcáis de mí ni penséis en mis peligros; porque en primer lugar, debo esperar que todos los dioses protectores de esta ciudad me darán la recom­pensa que merezca: y si acaeciese algún percance, mo­riré con valor y sin disgusto, porque la muerte nunca puede ser deshonrosa para el varón fuerte, ni prema­tura para el consular, ni desgraciada para el sabio. No soy, sin embargo, tan duro de corazón, que no me conmuevan la amargura de mi querido y amantísimo hermano aquí presente,[4] y las lágrimas de todos es­tos de quienes me veis rodeado; ni dejo de pensar en mi casa, en mi afligida esposa, en mi hija abatida por el miedo, en mi pequeño hijo, prenda que en mi sentir responde a la república de los actos de mi consulado, y en el yerno mío que ante mí espera ansioso el resul­tado de este día.[5] Duélenme todas estas cosas, pero en el sentido de que prefiero salvarlos a todos con vo­sotros, aun a riesgo de mi vida, a que ellos y nosotros perezcamos en esta común calamidad de la repúbli­ca.
Así pues, padres conscriptos, desvelaos por salvar a la patria; mirad en torno a vosotros las tempestades que os amenazan si no las conjuráis a tiempo. Los acu­sados traídos ante vosotros para oír la sentencia que vuestra severidad dicte no son un Tiberio Graco, que quiso ser dos veces tribuno de la plebe; ni un Cayo Graco, que procuró con la ley agraria perturbacio­nes;[6] ni un L. Saturnino, que mató a C. Memmio;[7] te­néis en vuestro poder a los que quedaron en Roma para quemarla, para asesinaros a todos y recibir por caudillo a Catilina; tenéis sus cartas, su sello, su es­critura, y, finalmente, la confesión de cada uno. Ellos solicitan a los alóbroges, sublevan a los esclavos; lla­man a Catilina; su designio es que, muertos todos, no quede un solo ciudadano para deplorar el nombre del pueblo romano, ni para lamentar la caída de tan gran­de imperio.
3. Todo esto os ha sido denunciado por testigos; confesos están los reos; vosotros mismos habéis juz­gado su conducta con vuestros decretos; primero al darme gracias en términos muy honrosos y al decla­rar que por mi valor y diligencia se había descubierto la conjuración de estos hombres perversos: después, porque forzasteis a P. Léntulo a que renunciara la pre­tura; además, porque ordenasteis que tanto él como sus cómplices fueran puestos bajo vigilancia, y espe­cialmente porque decretasteis en mi nombre acciones de gracias a los dioses inmortales, honor no concedido antes que a mí a ningún hombre de toga, y en fin, porque ayer mismo disteis magníficas recompensas a los legados de los alóbroges y a Tito Volturcio: todo lo cual hace que aparezcan sin ninguna duda como condenados aquellos que habéis puesto nominalmen­te bajo custodia.
Pero yo, padres conscriptos, he determinado pre­sentar de nuevo este asunto a vuestra deliberación, para que juzguéis del hecho y decretéis respecto del castigo. Yo os hablaré como debe hacerlo un cónsul. Ha días observé que perturbaba la república una es­pecie de vértigo y furor extraordinario y se agitaban en su seno nuevas disensiones y perniciosos designios, pero nunca creí que hubiera ciudadanos capaces de tomar parte en una conjuración tan perniciosa y abo­minable. Ahora, sea lo que sea, cualquiera que sea el partido a que vuestros ánimos se inclinen, preciso es que resolváis antes de llegar la noche. Ya veis cuán terrible maldad os ha sido denunciada. Si creéis que fueron pocos los que en ella tomaron parte, os equi­vocáis grandemente. El mal ha corrido mucho más de lo que se piensa; no se extiende sólo por Italia, ha pa­sado los Alpes, y como negra serpiente ocupa muchas provincias. Combatirlo con paliativos y dilaciones no es ya posible. El castigo que determinéis se ha de eje­cutar inmediatamente.
4. Hasta ahora sólo veo dos opiniones: la de D. Silano,[8] quien considera merecedores de la pena capital a los que han intentado arrasar la patria, y la de C. César,[9] que no quiere que mueran, pero sí que se les apliquen todos los más crueles tormentos. Cada cual de ellos, conforme a su dignidad y a la suma im­portancia del asunto, muéstrase severísimo. Cree el primero que los que han intentado privar de la vida a todos nosotros, asolar el imperio, extinguir el nom­bre del pueblo romano, no deben gozar más de la exis­tencia ni del aire que todos respiramos, y recuerda al efecto las muchas veces que en esta república se ha aplicado dicho castigo a ciudadanos criminales: éste entiende que los dioses inmortales no instituyeron la muerte para castigo de los hombres, sino como condi­ción de la naturaleza o como descanso de nuestros tra­bajos y miserias. Por ello el sabio la recibió siempre sin pena y el valeroso no pocas veces con placer; pero las prisiones, sobre todo las perpetuas, se han inven­tado para castigo adecuado a los crímenes más nefandos, y pide que los culpados sean distribuidos entre varios municipios; cosa que no parece muy justa si ordenamos a éstos recibirlos, ni muy fácil si se lo ro­gamos.
Resolved, sin embargo, lo que os agrade: yo buscaré y espero hallar municipios que consideren im­propio de su dignidad negarse a cumplir lo que por la salvación de todos ordenéis. Añade César graves cas­tigos para los municipios que diesen libertad a los pre­sos; rodea a éstos de terribles guardias, por merecer­lo así la maldad de unos hombres tan perdidos; ordena que nadie pueda, ni el Senado ni el pueblo, perdonar­les la pena que para ellos pide; quítales hasta la espe­ranza, lo único que consuela al hombre en sus desdi­chas; confíscales todos sus bienes, y a hombres tan malvados sólo les deja la vida, la cual, si se les quita­se, los libraría con un solo dolor de muchos dolores de alma y cuerpo y de todos los castigos que por sus crímenes merecen. De igual manera, con propósito de atemorizar en esta vida a los malos, declararon los antiguos que en los infiernos había suplicios idénti­cos para castigar a los impíos, comprendiendo que sin este remoto temor, ni la misma muerte sería temible.
5. Veo ahora, padres conscriptos, de qué lado está lo que me interesa. Si adoptáis la opinión de César, como en su vida pública ha seguido siempre el parti­do más popular, acaso me exponga menos a los ata­ques de la plebe en sus conmociones; y si seguís el parecer de Silano, no sé si me expondré a mayores riesgos; pero mis peligros personales deben ceder a la utilidad de la república. Tenemos el dictamen de C. César conforme a lo que exigía su alta dignidad e ilustre nacimiento, como prenda de su constante amor a la república. Compréndese la distancia que media entre los aduladores del pueblo y las almas verdade­ramente populares que aspiran a la salvación de to­dos.
Veo que entre los que se las dan de populares se han abstenido de venir algunos, sin duda por no tener que opinar sobre la vida de ciudadanos romanos; sin embargo, ellos mismos entregaron anteayer a algunos ciudadanos para que fuesen custodiados, ordenaron que se celebrasen en mi nombre grandes fiestas a los dioses y todavía ayer proponían que se recompensara espléndidamente a los denunciadores. No cabe, pues, duda del juicio que ha formado de este grave negocio y de toda esta causa el que decretó la prisión del reo, las acciones de gracias a quien descubrió el delito y las recompensas a los denunciadores.
En cuanto a César, comprende él que la ley Sempronia[10] fue establecida en favor de los ciudadanos romanos; pero que al enemigo de la república no se le debe considerar como ciudadano, y hasta el mismo promulgador de la ley Sempronia fue al fin castigado sin consentimiento del pueblo a causa de sus atentados contra la república. Tampoco cree César que pueda llamarse popular a Léntulo, aunque haya sido tan liberal y pródigo con la plebe, cuando con tan acerba crueldad ha procurado la destrucción del pueblo romano y la ruina de esta ciudad; por ello, aunque es hombre apacible y bondadoso, no duda en castigar a Léntulo con perpetua y tenebrosa prisión y en ordenar que en lo venidero nadie pueda jactarse de haberle librado del castigo y hacerse así popular con daño del pueblo romano. Pide además la confiscación de los bienes, para que todos los tormentos de alma y cuerpo vayan acompañados de la miseria.
6. Si os conformáis con esta opinión, me daréis, ante la asamblea, un compañero a quien el pueblo es­tima y quiere; si seguís el parecer de Silano, fácilmente nos libraremos vosotros y yo del cargo de crueldad, y aun demostraré que este parecer es el más benigno. Aunque para castigar tan horrible maldad, ¿habrá, pa­dres conscriptos, algo que sea excesivamente cruel? Yo por mí juzgo. Porque así pueda gozar con vosotros de ver salvada y tranquila a la república, como es cier­to que si soy algo enérgico en esta causa, no es por dureza de alma (¿quién la tiene más benigna que yo?), sino por pura humanidad y misericordia. Paréceme estar viendo a esta ciudad, lumbrera del mundo y fortaleza de todas las gentes, ser devorada repentinamente por el incendio: me figuro arruinada la patria, y sobre sus ruinas los insepultos cuerpos de desdichadísimos ciudadanos; tengo ante mis ojos la figura de Cetego satisfaciendo su furor y gozando con vuestra muerte, y cuando imagino que Léntulo reina, como confesó que se lo habían prometido los oráculos; que Gabinio anda vestido de púrpura; que Catilina ha llegado con su ejér­cito; que las madres de familia gritan desconsoladas y huyen despavoridos niños y doncellas; que las vírge­nes vestales son ultrajadas, me estremezco de horror, y por parecerme este espectáculo digno de lástima y compasión, tengo que mostrarme severo y riguroso contra los que han intentado realizarlo. Porque, en efec­to, yo pregunto: si un padre de familia viera a sus hi­jos muertos por un esclavo, asesinada a su esposa, in­cendiada su casa, y no aplicara al esclavo cruelísimo suplicio, ¿sería tenido por clemente y misericordioso, o por el más cruel e inhumano de todos los hombres? A mí, en verdad, me parece de corazón de pedernal quien no procura en el tormento y dolor del culpado lenitivo a su propio dolor y tormento. Así pues, si no­sotros contra esos hombres que nos han querido ase­sinar juntamente con nuestras mujeres y nuestros hijos; que intentaron destruir nuestras casas y esta ciu­dad, domicilio común del gran pueblo romano; que tra­bajaron para que los alóbroges vinieran a acampar so­bre las ruinas de Roma y las humeantes cenizas del imperio, fuésemos severísimos, se nos tendría por misericordiosos, y si quisiéramos ser indulgentes resulta­ríamos sumamente crueles, con grave daño de la pa­tria y de nuestros conciudadanos.
A no ser que alguno tuviese anteayer por cruelísimo a L. César, varón esfor­zado y muy amante de la república, cuando dijo que se debía quitar la vida al marido de su hermana, mujer meritísima, estando aquél presente y escuchándole[11] cuando recordó que por orden de un cónsul había sido muerto merecidamente su abuelo, y que al hijo de este abuelo, siendo aún muy joven y enviado por su padre como legado, le degollaron en la cárcel[12] ¿Qué hicie­ron ellos comparable a lo que éstos han hecho? ¿Qué conspiración tramaron para la ruina de la república? Cundía ya entonces en la república la ambición de dá­divas y las luchas de los partidos turbaban la paz. En aquel tiempo el abuelo de este Léntulo, esclarecido varón, persiguió con las armas en la mano a Graco y hasta recibió una grave herida para que no se ami­norase la dignidad de la república.[13] Ahora, para des­truirla hasta en sus fundamentos, excita su nieto a los galos, subleva a los esclavos, llama a Catilina, encar­ga a Cetego matar a todos nosotros, a Gabinio quitar la vida a los demás ciudadanos, a Casio incendiar la ciudad, a Catilina, en fin, la devastación y ruina de toda Italia. Paréceme que no temeréis se estime seve­ro el castigo que impongáis a tan atroz y bárbaro de­lito; mucho más es de temer, al ser benignos en la pena, resultar crueles contra la patria, que rigurosos, por la severidad del castigo, con tan implacables ene­migos.
7. Pero yo no puedo disimular, padres conscrip­tos, lo que oigo. Llegan a mis oídos las voces de los que, al parecer, temen que no tenga fuerza para eje­cutar lo que vosotros decretéis ahora. Todo está pre­visto, dispuesto y arreglado, padres conscriptos, no sólo por mi cuidado y diligencia, sino también y mu­cho más por el celo del pueblo romano, que quiere conservar la grandeza de su imperio y la posesión de sus bienes. Presentes están ciudadanos de todas eda­des y condiciones; lleno de ellos el foro; llenos los tem­plos que lo rodean; llenas las puertas de este sagrado recinto. Desde la fundación de Roma, ésta es, en ver­dad, la primera causa en que todos piensan lo mismo, a excepción de aquellos que, viéndose en peligro de muerte, antes que solos quisieran morir juntamente con todos nosotros.
Exceptúo a esos hombres, y de buen grado los aparto por no creer que se les debe contar entre los malos ciudadanos, sino en el número de los más perversos enemigos. Pero los otros, ¡oh dioses inmortales! ¡Cuán gran concurso! ¡Cuánto celo! ¡Qué valor! ¡Qué consentimiento tan unánime para de­fender la dignidad y la salud de todos! ¿Y para qué he de mencionar aquí a los caballeros romanos? Si os ceden la supremacía en dignidad y gobierno, com­piten con vosotros en amor a la república. Reconcilia­do el orden a que pertenecen con el vuestro, después de muchos años de disensiones,[14] esta causa estrecha­rá aún más los lazos de amistad y alianza con voso­tros, y se afirma la unión durante mi consulado y la perpetuamos en la república, os aseguro que no vol­verán a agitarla más guerras intestinas. Con igual celo por defender la república veo aquí a los tribunos del tesoro, dignísimos ciudadanos, y a todos los secreta­rios públicos, que reunidos por acaso hoy mismo en el tesoro, en vez de esperar el sorteo, acuden a contri­buir a la salvación común.[15]
Todos los hombres li­bres, hasta los de las ínfimas clases, están aquí; por­que ¿qué romano hay para quien la vista de estos templos, el aspecto de esta ciudad, la posesión de la libertad, esta misma luz, en fin, que nos alumbra y este suelo común de la patria no sean bienes precio­sos y extremadamente dulces y agradables?
8. Preciso es, padres conscriptos, que conozcáis los deseos de los libertos, de estos hombres que por su mérito han alcanzado los derechos de ciudadanía, y tienen por patria suya esta ciudad, a la cual preten­den tratar algunos de los nacidos en ella y de clarísi­mo linaje como ciudad de enemigos. Pero ¿a qué he de recordar los hombres de esta clase, a quienes exci­tan para la defensa de la patria el cuidado de su for­tuna, los derechos civiles que gozan, la libertad, en fin, que es el más dulce de todos los bienes? No hay esclavo alguno, por poco tolerable que sea su servi­dumbre, que no deteste la audacia de estos ciudada­nos perdidos; que no procure la estabilidad de la re­pública; que no contribuya con cuanto puede, con sus deseos al menos, a la salvación común.
Así pues, si alguno de vosotros estuviera alarmado por haber oído decir que un emisario de Léntulo andaba recorriendo las tiendas y talleres para granjearse por precio la vo­luntad de los necesitados e ignorantes, sepa que se co­menzó, en efecto, esta tentativa, pero no se halló nin­guno tan privado de recursos o tan depravado, que no quisiera conservar su estado y ocupaciones y el co­tidiano provecho de éstas, y el aposento y lecho en que descansa, y, en fin, la vida quieta y sosegada a que está habituado. La mayoría de estos artesanos, o más bien (porque así debe decirse) todos ellos son muy amantes del reposo y la tranquilidad, porque sus in­dustrias, trabajos y utilidades se mantienen con la pa­cífica concurrencia de ciudadanos, y si, cerrándose los talleres y tiendas disminuyen sus beneficios, ¿cuánto no perderían si fueran quemadas?
Siendo todo esto así, padres conscriptos, no han de faltaros los auxilios del pueblo romano. Procurad no parezca que le faltáis a él vosotros.
9. Tenéis un cónsul que, en medio de las asechan­zas y peligros y amenazado de muerte, no atiende a su propia vida, sino a vuestra salvación. Unidas todas las clases, aplican su pensamiento, voluntad y pala­bra a la conservación de la república. Amenazada la patria por las teas y las armas de una conspiración impía, a vosotros tiende sus manos suplicantes; a vo­sotros recomienda su salvación y la vida de todos sus ciudadanos; a vosotros la fortaleza y el Capitolio; a vosotros los altares de los dioses penates, el fuego per­petuo y sempiterno de Vesta; a vosotros todos los templos y santuarios de los dioses; a vosotros los muros y edificios de esta ciudad. Finalmente, de lo que vais a juzgar hoy es de vuestras vidas, de las de vuestras mujeres e hijos, de la seguridad de vuestros bienes, de vuestras moradas y hogares.
Tenéis un caudillo que, olvidado de sí, sólo piensa en vosotros, y esto no siem­pre acontece; tenéis lo que hoy por primera vez vemos en una causa política, a todas las clases, todos los hom­bres, el pueblo romano entero de un mismo y solo pa­recer. Pensad con cuánto trabajo se ha fundado este imperio; con cuánto valor se ha afianzado la libertad; cuánta fue la benignidad de los dioses para asegurar y acrecentar nuestros bienes, y que todo esto ha podi­do perderse en una noche. Vuestra decisión de hoy ha de servir para que en adelante no pueda cometer ni aun proyectar ningún ciudadano tan execrable maldad. Os hablo así, no por excitar vuestro celo, que casi sobrepuja al mío, sino para que mi voz, que debe ser la primera, cumpla su deber consular ante vosotros.
10. Ahora, padres conscriptos, antes de volver al asunto, diré algo de mí. Bien veo que me he granjea­do tantos enemigos cuantos son los conjurados, y ya sabéis cuán crecido es su número; pero a todos los tengo por abyectos, viles y despreciables. Mas si algu­na vez, excitados por el furor y la maldad de alguien, prevaleciesen sobre vuestra autoridad y la de la repú­blica, no por ello me arrepentiré jamás, padres cons­criptos, de mis actos y consejos. La muerte con que acaso me amenacen dispuesta está para todos; pero la gloria con que vuestros decretos han honrado mi vida, ninguno la alcanzó. Para otros decretasteis gra­cias por haber servido a la república; para mí, por ha­berla salvado.
Hónrese al preclaro Escipión, que con su genio y valor obligó a Aníbal a salir de Italia y vol­ver a África;[16] hónrese con grandes alabanzas al Es­cipión Africano, que destruyó dos ciudades muy ene­migas de nuestro poder, Cartago y Numancia. Ténga­se por egregio varón a L. Paulo, que honró su carro triunfal con la presencia del, un tiempo, poderoso y esclarecido rey Perseo.[17] Sea eterna la gloria de Ma­rio, que libró a Italia dos veces de la invasión y del miedo a la servidumbre.[18] Antepóngase a todos ellos Pompeyo, cuyas virtudes y hazañas abarcan las regio­nes y los términos que el sol alumbra. Entre todas es­tas alabanzas, espacio quedará para nuestra gloria, a no ser que se estime mayor servicio descubrir provin­cias por donde podamos transitar, que cuidar de que los ausentes tengan patria donde volver victoriosos.
Sé que la victoria conseguida contra extranjeros es de mejor condición que la alcanzada en luchas intes­tinas, porque los extranjeros vencidos quedan en ser­vidumbre, y si se les perdona, obligados por este be­neficio; pero a los ciudadanos que, arrastrados por ciega demencia, declaran alguna vez guerra a la pa­tria, si se les impide dañar a la república, ni los con­tiene la fuerza ni los aplacan los beneficios. Veo, pues, la guerra perpetua que habré de sostener contra los malos ciudadanos: confío en poder, ayudado por vo­sotros y por todos los hombres de bien, con la memo­ria de tantos peligros, memoria que permanecerá siem­pre en este pueblo por mí salvado y en el alma y discursos de todos, alejarla fácilmente de mí y de los míos. Porque no habrá nunca fuerza capaz de quebran­tar y destruir vuestra unión con los caballeros roma­nos ni la liga de todos los buenos.
11. Así pues, padres conscriptos, por el mando del ejército y de la provincia a los que renuncié,[19] por el triunfo y demás insignes honores cuya esperanza de­seché para consagrarme a vuestra salvación y la de Roma, por indemnizarme de los beneficios de cliente­la y hospitalidad que hubiese adquirido en la provin­cia, beneficios que en la misma Roma no me cuesta menos trabajo conservarlos que adquirirlos, por to­das estas cosas, en recompensa del singular cuidado que tuve siempre en serviros y por la diligencia con que, según veis, atiendo a la conservación de la repú­blica, sólo os pido que recordéis siempre este día y todo mi consulado, pues mientras el recuerdo esté fijo en vuestra memoria me consideraré rodeado de un muro inexpugnable. Pero si mis esperanzas se frus­trasen por triunfar las fuerzas de los malvados, os re­comiendo a mi tierno hijo, el cual encontrará segura­mente en vosotros bastante amparo, no sólo para la vida, sino para alcanzar dignidades, si recordáis que es hijo de quien se expuso solo al peligro por la salva­ción de todos.
Por tanto, padres conscriptos, tratándose de vues­tra existencia, de la del pueblo romano, de la de vuestras mujeres e hijos, de la conservación de vues­tros altares y vuestros hogares, de vuestros sagrarios y templos, de la ciudad entera, de su poderío, de la libertad, de la salvación de Italia, finalmente, de la de toda la república, resolved con la prontitud y fir­meza que mostrasteis en vuestras primeras determi­naciones. Tenéis un cónsul que no vacilará en la aplicación de vuestros decretos, que defenderá mientras viva lo que resolváis y que por sí mismo podrá ejecu­tarlo.
MARCO TULIO CICERÓN
[1] Con el nombre de Catilinarias o Discursos contra Ca­tilina conocemos las cuatro alocuciones pronunciadas por Cicerón entre el 8 de noviembre y el 5 de diciem­bre del año 63, cuando en su condición de cónsul des­cubrió y desbarató un intento revolucionario encabe­zado por Lucio Sergio Catilina que tenía como objetivo final la subversión total de las estructuras del Estado romano e incluso la destrucción de Roma y el asesina­to de los ciudadanos más representativos del partido aristocrático. Este cuarto discursos se da en circunstancias en que convictos y confesos los principales participantes en la conjura a raíz de la reunión del Senado del día 3, en esta reunión trataba de decidir el Senado la con­dena a la que tendrían que enfrentarse. La interven­ción de Cicerón tiene dos partes claramente diferen­ciadas: en la primera, aparte de insistir en la conveniencia de una rápida decisión, valora y calibra las dos propuestas presentadas, la de Silano, que abo­gaba por la imposición de la pena de muerte, y la de Julio César que abogaba por la de cadena perpetua, y acaba inclinándose por la primera. En la segunda par­te de su intervención manifiesta Cicerón su decidida disposición a ejecutar, sea lo que sea, la condena que se determine, ya que manifiesta que cuenta con el apo­yo de todas las clases de la sociedad y que además está dispuesto a afrontar personalmente cualquier peligro al que pueda verse abocado. No hace falta decir que la decisión que se impuso fue la condena a muerte, cosa que suponía el triunfo de las tesis de Cicerón y, sin duda, el momento más alto de su prestigio político.
[2] Véase Cat. I, 4, 5, 6 y 13. La silla curul era uno de los distintivos de la magistratura consular.
[3] Véase Cat. III, 4.
[4] Quinto Tulio Cicerón; era en estos momentos pretor electo.
[5] Cayo Calpurnio Pisón, primer marido de Tulia, la hija de Cicerón.
[6] Véase Cat. I, notas 3 y 6.
[7] Véase Cat. I, nota 9. C. Memmio, rival de C. Servilio Glau­cia en su aspiración al consulado, fue muerto en una revuelta callejera y se hizo responsable de su muerte al tribuno de la plebe C. Apuleyo Saturnino.
[8] Como cónsul electo tenía preferencia a la hora de emitir una opinión.
[9] Cayo Julio César, en su calidad de pretor electo, tenía derecho preferente de opinión después del de los cónsules electos.
[10] La ley Sempronia, propuesta por C. Sempronio Graco en el 123, prohibía la condena a muerte de un ciudadano sin autorización del pueblo.
[11] P. Cornelio Léntulo Sura, uno de los implicados en la conjura, estaba casado con Julia, hermana de Lucio Julio César.
[12] El abuelo materno de L. César era Marco Fulvio Flaco, muerto en las revueltas contra C. Graco. Véase Cat. I, nota 8.
[13] Véase Cat. III, nota 16.
[14] Las disputas entre el orden ecuestre y senatorial se re­montaban a la época de Cayo Graco, cuando éste concedió a los caballeros el derecho a formar parte de los tribunales de justicia; este derecho les fue quitado luego por Sila.
[15] Estos funcionarios subalternos debían reunirse ese día para sortear entre ellos los magistrados a cuyas órdenes ser­virían.
[16] Publio Cornelio Escipión Africano derrotó a Aníbal en Zama poniendo fin a la segunda guerra púnica.
[17] Lucio Emilio Paulo Macedónico, vencedor del rey de Macedonia Perseo, al que hizo desfilar el día de su triunfo en Roma (168 a.d.C.)
[18] Se refiere a la victoria de Mario sobre los teutones y los cimbrios.
[19] Cicerón cedió a su colega C. Antonio Híbrida el gobier­no de la provincia de Macedonia que le había correspondido en suerte a él.

Tercera Catilinaria (Cicerón)

Discurso contra Lucio Sergio Catilina ante el Senado
TERCERA CATILINARIA
[1]
ORATIO IN L. CATILINAM TERTIA HABITA AD POPVLVM
Marco Tulio Cicerón

[3 de Diciembre del año 63]

1. La república, ciudadanos romanos, la vida de to­dos vosotros, vuestras fortunas y bienes, vues­tras mujeres e hijos, esta capital del gloriosísimo im­perio, esta hermosísima y por todo extremo afortuna­da ciudad, ha sido en el día de hoy, por el sumo amor que os tienen los dioses inmortales, y gracias a mis es­fuerzos, vigilancia y peligros, salvados del incendio y la matanza, librándoos de las garras de un hado adver­so y siéndoos restituida y conservada la patria.
Puede decirse que el día en que se nos salva la vida no es me­nos feliz y solemne que aquel en que nacemos, porque la salvación es un goce positivo y cierto, y el nacimien­to principio de incierta vida, y porque nacemos sin co­nocimiento y nos salvamos con plena satisfacción. Por ello, si la gratitud de nuestros antepasados puso entre los dioses inmortales a Rómulo, el fundador de esta ciu­dad, vosotros y vuestros descendientes deberéis hon­rar la memoria del magistrado que, encontrándola fun­dada y engrandecida, la salvó de su ruina. Porque toda la ciudad, templos, oratorios, casas y murallas estaban a punto de ser cercados por el fuego que supimos apa­gar, como también embotamos las espadas levantadas contra la república y apartamos de vuestras gargantas los puñales que las amenazaban.
Y puesto que ya lo he expuesto, aclarado y desvelado todo en el Senado, os daré brevemente cuenta de ello. Ignoráis aún cuán gran­de y evidente era la conspiración y los medios emplea­dos para descubrirla y dominarla. Vais a saberlo, satisfaciendo yo vuestra justa impaciencia. Primeramente, desde que hace pocos días salió Ca­tilina de Roma,[2] dejando aquí sus infames cómplices y los jefes más acérrimos de la malvada guerra con­tra la patria, aumenté mi vigilancia y las precaucio­nes para quedar a salvo de sus ocultos intentos.
2. Cuando arrojaba a Catilina de la ciudad (no temo pronunciar esta palabra;[3] más bien temo que se me acuse de haberle dejado con vida), cuando quería exterminarle, creí que con él partirían sus cómplices, o que, quedando aquí sin él, serían impotentes para realizar sus malvados proyectos; pero al ver que aque­llos a los que sabía inflamados por la mayor audacia y maldad continuaban en Roma y permanecían a nues­tro lado, dediqué por completo los días y las noches a observar sus actos, a penetrar sus designios, pues, sabiendo, dada la magnitud del crimen, que vuestros oídos no darían crédito a mi discurso si no vieseis con vuestros propios ojos las pruebas manifiestas, debía amarrar perfectamente el caso a fin de que atendie­rais a vuestra salvación. Para sublevar a los galos y encender la guerra más allá de los Alpes, solicitó P. Léntulo[4] a los comisionados de los alóbroges,[5] quie­nes iban ya a ponerse en camino y a dar cuenta a sus compatriotas, llevando cartas para entenderse, al paso, con Catilina. Acompañábalos Volturcio, portador tam­bién de otra carta para Catilina. Sabedor de estos he­chos, creí haber conseguido, en fin, lo que, dada su dificultad, con tanta ansia pedía a los dioses inmorta­les, que la conspiración quedara descubierta, no sólo para mí, sino también para el Senado y para vosotros.
Llamé ayer[6] a mi casa a L. Flaco y C. Pontinio, pretores valerosos y de probado amor a la república. Diles cuenta de todo y les manifesté lo que habían de hacer. Su fidelidad a la preclara y egregia república no les consintió rehusar ni retardar la ejecución: al anochecer fueron en secreto al puente Mulvio y se apostaron separadamente en dos casas de campo en­tre las cuales corre el Tíber y está el puente.[7] Los acompañaban muchos hombres valerosos reunidos también sin que las gentes lo advirtieran, y yo mismo les envié bastantes jóvenes de la prefectura de Rieti,[8] escogidos y armados con espadas, cuyos servicios utilizo para la tranquilidad de la república. Hacia las tres de la madrugada empezaron a pasar sobre el puen­te Mulvio con numeroso acompañamiento los legados de los alóbroges, y con ellos Volturcio. Acometióseles con ímpetu. Ellos y los nuestros empuñaron las espa­das. Sólo los pretores estaban enterados; los demás todo lo ignoraban.
3. Al llegar Pontinio y Flaco hicieron cesar el com­bate empeñado. Todas las cartas, bien cerradas y se­lladas que los comisionados llevaban, se las entrega­ron a los pretores, y los legados y sus acompañantes fueron presos y traídos a mi casa al amanecer. Orde­né en seguida que me llevaran al más perverso autor de estas criminales maquinaciones, Gabinio Cimber, el cual nada sabía de lo ocurrido. Hice también con­ducir a mi presencia a Estatilio y después a Cetego. El que más tardó fue Léntulo. Sin duda el escribir las cartas entregadas a los embajadores de los alóbroges le hizo velar aquella noche más de lo que acostum­bra.[9]
Al saberse estos sucesos acudieron a mi casa multitud de ciudadanos distinguidos, los cuales desea­ban que abriese las cartas antes de presentarlas en el Senado, para que, si no contenían ninguna cosa gra­ve, no pareciera que por temor mío alarmaba a la po­blación. Me negué a ello, porque, tratándose de un pe­ligro de carácter público, quien primero debía conocer las pruebas era el Consejo público. En efecto, ciu­dadanos, aunque las cartas no dijeran lo que se me había referido, no temes que se censurara como ex­cesiva mi prudencia cuando en tan gran peligro se encontraba la república.
Entonces, como habéis vis­to, reuní con amplia concurrencia el Senado, y al mis­mo tiempo envié un hombre seguro y valeroso, el pre­tor C. Sulpicio, a casa de Cetego para apoderarse de las armas que, según aviso de los alóbroges, había en ella; cogieron, en efecto, gran cantidad de espadas y puñales.
4. Hice entrar a Volturcio sin los galos. Por or­den del Senado, y a nombre de la república, le garan­ticé la impunidad, excitándole a que sin temor ningu­no dijera cuanto supiese. Cuando se repuso del gran terror que le dominaba, declaró que P. Léntulo le ha­bía dado para Catilina una carta e instrucciones, a fin de que se valiese del servicio de los esclavos y se acer­cara pronto con su ejército a Roma. Según el plan con­venido, debía llegar a las puertas de la ciudad al mis­mo tiempo que los conjurados incendiaban todos los barrios y asesinaban multitud de ciudadanos. Catili­na detendría a los que intentaran huir, uniéndose en seguida dentro de Roma a los cabecillas de su facción.
Introducidos después los galos, declararon haber recibido de Léntulo, Cetego y Estatilio juramentos y cartas para sus compatriotas; que éstos y L. Casio les habían recomendado enviar cuanto antes a Italia fuer­zas de caballería, porque de infantería no había de fal­tarles. Léntulo, además, les había asegurado que, según las profecías de los libros sibilinos[10] y las res­puestas de los arúspices, él era el tercer Cornelio, a quien los hados destinaban por necesidad a reinar en Roma con poder absoluto, como los dos Cornelios an­teriores, Cinna y Sila.[11] Díjoles, además, que este año, el décimo, desde la absolución de las vestales,[12] y el vigésimo desde el incendio del Capitolio,[13] era el fa­talmente destinado a la destrucción de Roma y de su imperio.
También declararon los galos que Cetego no estaba de acuerdo con los demás conjurados respecto al día en que debía producirse la matanza y el incen­dio de Roma, pues mientras Léntulo y otros querían que fuese en las fiestas Saturnales,[14] le parecía a aquél demasiado lejano dicho plazo.
5. Pero abreviemos este relato. Hago presentar a los conjurados las cartas que se les atribuyen. El pri­mero a quien enseño su sello es Cetego, que lo reco­noce. Corto el hilo, y abro la carta.[15] Escribía de su puño y letra al Senado y al pueblo de los alóbroges, asegurándoles que cumpliría lo que a sus legados ha­bía prometido y rogándoles hicieran ellos lo que és­tos ofrecían. Cetego, que había explicado la captura en su casa de gran número de espadas y puñales di­ciendo que siempre fue aficionado a buenas armas, a la lectura de su carta quedó aterrado y confundido, y el testimonio de su propia conciencia le hizo enmu­decer.
Hízose entrar después a Estatilio, quien reconoció también su letra y su sello. Leída la carta, resultó es­crita en el mismo sentido y confesó su culpa. Enton­ces se le enseña la suya a Léntulo y le pido reconozca su sello, como lo hizo. «En efecto -le dije-, este se­llo es fácil de reconocer, porque contiene la imagen de tu abuelo, varón insigne que sólo amó a su patria y a sus conciudadanos;[16] aunque muda, debió apar­tarte esta imagen de tanta maldad. »
Su carta al Sena­do y al pueblo de los alóbroges fue leída como las pre­cedentes. Le permito hablar si tiene algo que decir. Empieza negando; pero habiéndosele mostrado todas las pruebas, se levanta y pregunta a los galos qué ne­gocio tenía con ellos y por qué motivo habían ido a su casa. Igual pregunta hizo a Volturcio. Respondie­ron éstos breve y serenamente, citando las veces que fueron a verle y quién los había llevado, y preguntán­dole a su vez si no era cierto que les había hablado de los libros sibilinos. Entonces la maldad le enloque­ce y se revela toda la fuerza de la conciencia, pues, pudiendo haber negado el hecho, de repente, contra la opinión de todos, lo confiesa. Y no mostró el inge­nio y práctica en el decir que le son peculiares para excusar su manifiesta y evidente maldad, ni tampoco el descaro y la insolencia en que supera a todos.
Vol­turcio pidió en seguida fuese abierta la carta que Lén­tulo le había dado para Catilina. Aunque muy pertur­bado ya Léntulo, reconoció también su letra y su sello. La carta no tenía firma y decía: «Por el que te envío sabrás quién soy. Procura mostrarte hombre; piensa en el paso que has dado y mira lo que te es preciso hacer. Busca auxiliares en todas partes, aun entre los ínfimos.»[17] Introducido después Gabinio, comenzó por negar descaradamente y acabó por convenir en cuanto los galos le imputaban.
He aquí, pues, ciudadanos, las pruebas ciertísimas y los testimonios irrecusables del crimen: cartas, se­llos, letra y la confesión de cada uno de los culpados; aun tenía a la vista otros más ciertos: su palidez, sus miradas, la alteración de su semblante, su silen­cio. Al verlos tan consternados, mirando al suelo, lan­zándose mutuamente furtivas ojeadas, parecían, no acusados por otros, sino reos que mutuamente se de­nuncian.
6. Expuestas las pruebas y oídas las declaracio­nes, consulté al Senado, a fin de saber lo que quería que se hiciese para la salvación de la república. Los más ilustres senadores han propuesto determinacio­nes duras y enérgicas, aprobadas por unanimidad. Como el senadoconsulto no está aún escrito, os refe­riré de memoria, ciudadanos, lo que dispone.
En pri­mer lugar, se me muestra el mayor agradecimiento por haber librado a la república con mi valor, solici­tud y previsión de los mayores peligros. Después los pretores L. Flaco y C. Pontinio son elogiados con ra­zón y justicia por el celo y abnegación con que me han secundado; también se alaba a mi colega en el consu­lado por haberse apartado en su conducta pública y privada de los comprometidos en esta conjuración.[18] Se ordena que P. Léntulo renuncie a la pretura y sea después encarcelado;[19] también se manda prender a C. Cetego, L. Estatilio, P. Gabinio, todos los cuales es­taban presentes. Se decreta igualmente la prisión de L. Casio, que había tomado a su cargo la misión de in­cendiar la ciudad; de M. Cepario, designado para su­blevar los pastores de la Apulia; de P. Furio, uno de los colonos establecidos por Sila en Fiesole; de Q. Amnio Quilón, que intervino en todas las intrigas de Furio para seducir a los alóbroges; por último, del liberto P. Umbreno, por constar que fue quien llevó a los galos a casa de Gabinio. Y la clemencia del Senado es tan grande, ciudadanos, que a pesar de la importancia de la conjuración, de la fuerza y multitud de los enemi­gos interiores, considera salvada la república castigan­do a nueve de los más criminales y dejando a los de­más que se arrepientan de su extravío. Ordénanse actos de gracias a los dioses por su singular protección, y esto se hará en mi nombre, ciudadanos, siendo yo el prime­ro de los que visten toga que en esta ciudad ve procla­mada en su nombre tal solemnidad. Las palabras del decreto son: «Porque yo he librado a la ciudad del in­cendio, a los ciudadanos de la muerte y a Italia de la guerra.» Lo que distingue esta acción de gracias, si se la compara con otras, es que este honor se ha concedi­do a otros muchos por servicios prestados a la repú­blica, a mí se me otorga por el singular mérito de ha­berla salvado. Después se ha hecho lo que debió hacerse desde el principio. P. Léntulo, cuya culpabilidad está demostrada por tantas pruebas y por sus propias de­claraciones, había perdido, sin duda, en concepto del Senado, no sólo la dignidad de pretor, sino también la condición de ciudadano romano; sin embargo, ha renunciado el cargo, y del escrúpulo que no impidió al eminente varón C. Mario castigar con pena de muerte al pretor C. Glaucia, contra el cual no se había dado ningún decreto,[20] nos veremos libres al castigar a P. Léntulo, una vez convertido en simple ciudadano.
7. Ahora que tenéis, ciudadanos, cogidos y pre­sos a los más peligrosos y malvados jefes de esta cri­minal conspiración, debéis considerar vencidas todas las huestes de Catilina, todas sus esperanzas y traba­jos, y libre a Roma de peligros. Cuando eché de la ciu­dad a Catilina, tuve en cuenta que lejos él de nosotros nada debía temer de la somnolencia de P. Léntulo, de la obesidad de L. Casio, ni de la furiosa temeridad de Cetego. Sólo Catilina era temible, y lo era únicamente dentro de Roma, porque de todo entendía, en todas partes tenía entrada; él era quien podía llamar, son­dear, solicitar, y se atrevía a hacerlo; tenía aptitudes para el crimen y no le faltaban la elocuencia ni la fuer­za. En cada cosa de las que habían de hacerse tenía ya elegidos y dispuestos los que debieran intervenir, y a pesar de ello, no creía cumplidas sus órdenes por el hecho de darlas. Todo lo inspeccionaba, acudiendo a todas partes, vigilando, trabajando, arrostrando el frío, la sed y el hambre.
Si yo no hubiese obligado a un hombre tan fuerte, tan dispuesto, tan audaz, tan astuto, tan vigilante para el crimen, tan diligente para ordenar las cosas más depravadas, a cambiar en bandolerismo público las ocultas asechanzas (lo diré como lo siento, ciudadanos), no hubiera podido desviar fá­cilmente de vuestras cabezas tan grande calamidad. Catilina no hubiese dilatado vuestro infortunio hasta las Saturnales;[21] ni anunciado con tanta anticipación el momento en que debía perecer la república; ni se hubiera expuesto a que su sello y sus cartas cayesen en vuestras manos, convirtiéndose en testigos irrecu­sables de sus crímenes. A su ausencia debemos que jamás haya sido tan evidente el delito de un ladrón cogido in fraganti dentro de una casa, como el crimen de la tremenda conjuración descubierta y sofocada en el seno de la república. Verdad es que mientras Cati­lina estuvo en Roma, previne y reprimí constantemen­te sus intentos; pero si hubiera estado hasta hoy, lo menos que puedo decir es que habríamos necesitado luchar contra él, y jamás, teniendo tal enemigo den­tro de Roma, pudiera yo librar a la república de tan grandes peligros, con tanta paz, tanto sosiego y tan calladamente.
8. Aunque todo esto lo he ordenado y dirigido yo, parece dispuesto por la voluntad y consejo de los dio­ses inmortales, cosa que podemos conjeturar por ser la gobernación de tan grandes negocios superior al consejo humano; como también porque en estos tiem­pos fue su auxilio tan claro, que casi podíamos verlo con nuestros propios ojos. Porque prescindiendo de los rojizos resplandores que durante la noche iluminaban por occidente el cielo, de los rayos que han caí­do, de los terremotos y de otros muchos prodigios ocu­rridos durante nuestro consulado, con los cuales anunciaban, al parecer, los dioses lo que ahora suce­de, lo que voy a deciros, ciudadanos, no se debe pasar en silencio, ni debe caer en el olvido.
Durante el con­sulado de Torcuato y Cota[22] fueron muchos los obje­tos alcanzados por el rayo en el Capitolio: las imáge­nes de los dioses inmortales se movieron de su sitio, las estatuas de los héroes cayeron abatidas y se fun­dieron las tablas de bronce donde estaban escritas las leyes. Lisiado fue también el Rómulo, fundador de esta ciudad, que recordaréis haber visto en un grupo do­rado y en forma de niño mamando de las tetas de una loba. Vinieron entonces los arúspices de toda la Etru­ria y anunciaron que se verían pronto mortandad e incendios, desprecio de las leyes, guerras civiles e in­testinas y el fin de esta ciudad y de su imperio si no lográbamos aplacar por todos los medios a los dioses inmortales para que ante su poder cediera el de los hados.
Conforme a sus respuestas hiciéronse juegos públicos durante diez días, sin olvidar nada de lo que pudiera aplacar a los dioses. También ordenaron los arúspices que se erigiera a Júpiter una estatua mayor que la anterior, colocándola sobre alto pedestal y con la cara vuelta en sentido contrario, es decir, hacia oriente, pues esperaban, según dijeron, que cuando la imagen que ahora veis mirase a la vez la aurora, el foro y la Curia, serían descubiertas todas las conspi­raciones tramadas contra Roma y su imperio, pudien­do enterarse de ellas el Senado y el pueblo romano. Los cónsules trataron inmediatamente la colocación de la estatua, pero se hizo la obra con tanta lentitud, que no terminó en tiempo de nuestros predecesores, ni pudimos nosotros colocarla hasta hoy.
9. ¿Habrá alguno tan enemigo de la verdad, ciudadanos, tan arrebatado, tan insensato, que desconoz­ca el poder directivo de los dioses inmortales en to­das las cosas y principalmente en lo que a esta ciudad atañe? Cuando las respuestas de los arúspices anun­ciaban asesinatos, incendios y el próximo fin de la re­pública por mano de algunos ciudadanos perdidos, tales crímenes los consideraban muchos, por su enor­midad, increíbles: y viendo estáis cómo los malvados los meditaban, y hasta cómo han puesto mano en su ejecución. ¿Cómo no ver la intervención de Júpiter Óp­timo Máximo en lo ocurrido hoy a presencia vuestra; la coincidencia de que al mismo tiempo de ser condu­cidos por orden mía los conjurados y sus denunciado­res a través del foro al templo de la Concordia era colocada la estatua en el Capitolio? Apenas puesta so­bre el pedestal y vuelto el rostro hacia vosotros y el Senado, lo mismo el Senado que todos vosotros vis­teis claro y manifiesto cuanto se tramaba contra vues­tra vida.
Motivo es éste para que merezcan mayor odio y se imponga más duro castigo a los que proyectaban el horrendo crimen de consumir con el incendio, no sólo vuestras casas, sino también los templos de los dioses inmortales, a los cuales, si digo que yo he re­sistido, atribuiréme un mérito que no se me recono­cerá. Júpiter, el mismo Júpiter es quien los resistió. Él ha querido salvar el Capitolio y estos templos y esta ciudad y a todos vosotros. Los dioses inmortales son los que han guiado mi mente y mi voluntad, ciudadanos, para hacer tan graves descubrimientos. Y esas tentativas de seducción a los alóbroges, y el secreto tan neciamente confiado por Léntulo y los demás ene­migos interiores a desconocidos y bárbaros, y las car­tas puestas en sus manos, ¿no prueba todo ello que los dioses inmortales quitaron a su audacia el juicio y el consejo? ¿Qué más? Los galos, representantes de una nación no bien sometida todavía, la única que que­da con fuerza y acaso voluntad de hacer la guerra al pueblo romano, han desdeñado grandes esperanzas de aumentar su imperio y obtener otros muchos benefi­cios que les ofrecían algunos patricios, prefiriendo vuestra salvación a su provecho. ¿No juzgáis esto nue­vo prodigio, cuando sin pelear y sólo callando pudie­ron vencernos?
10. Así pues, ciudadanos, ordenadas solemnes fiestas religiosas para dar gracias a los dioses inmor­tales, tomad parte en ellas con vuestras mujeres y vuestros hijos. Muchas veces los honores tributados a los dioses inmortales han sido justos y debidos, pero nunca tanto como ahora. Habéis escapado de grandí­simo y terrible peligro y sois vencedores sin muertes, sin derramamiento de sangre, sin ejército, sin lucha, sin dejar vuestras togas y mandados y dirigidos por quien tampoco ha abandonado este traje de paz.
Re­cordad, ciudadanos, todas nuestras luchas intestinas, las que habéis oído referir y las que presenciasteis. Lucio Sila hizo morir a P. Sulpicio y expulsó de Roma a C. Mario, el salvador de esta ciudad, desterrando o matando a muchos varones ilustres.[23] El cónsul Gneo Octavio echó de Roma por fuerza a su colega en el consulado;[24] todo este sitio que ocupamos estu­vo lleno de cuerpos muertos y cubierto de sangre de romanos. Vinieron después Mario y Cinna, y la muer­te de los más preclaros ciudadanos extinguió lo que más resplandecía en Roma;[25] crueldades que vengó la posterior victoria de Sila, y bien sabéis lo que tales lu­chas disminuyeron el número de ciudadanos y aumen­taron las calamidades de la república.[26] Estalló la dis­cordia entre Marco Lépido y el preclaro y fortísimo varón Quinto Cátulo y murió Lépido, no sintiendo la república su muerte tanto como la de los otros.[27]
Todas estas disensiones no se encaminaban, ciu­dadanos, a destruir el Estado, sino a cambiar su for­ma. No pretendían los facciosos acabar con la repú­blica, sino dominar en ella; no querían que Roma ardiera, sino florecer en esta ciudad; y, sin embargo, todos estos disturbios, aunque sin afectar a la exis­tencia de la república, terminaban, no por la reconci­liación y la concordia, sino por la matanza de ciuda­danos. Pero en esta guerra, la más grande y terrible de que hay memoria humana; guerra que jamás hicie­ron a ninguna nación bárbara sus feroces hijos; gue­rra en la cual Léntulo, Catilina, Casio, Cetego se han impuesto como ley considerar enemigos a cuantos, al salvar la ciudad, fueran salvados, de tal modo me con­duje, que todos estáis a salvo, y cuando vuestros ene­migos creían reducido el número de romanos a los que se librasen de la matanza y la misma ciudad limitada a lo que no pudieran devorar las llamas, yo he conser­vado íntegra la ciudad e intactos los ciudadanos.
11. Por tales servicios no os pido, romanos, re­compensa alguna, ningún honor insigne, ningún lau­datorio monumento, sino que guardéis de este día me­moria sempiterna. En vuestra alma es donde yo quiero triunfar; en ella donde deseo tener mis títulos honorí­ficos, mis timbres de gloria, los trofeos de mi victo­ria. Nada me importan esos silenciosos y mudos mo­numentos que puede a veces conseguir el menos digno. En vuestra memoria, ciudadanos, vivirán mis servi­cios, aumentaránlos vuestros relatos, y vuestras obras literarias les asegurarán la inmortalidad. Espero, pues, que la misma duración, que confío que será eterna, establecida para la existencia de la república sea la que alcance el recuerdo de mi consulado, pudiéndose decir que en esta época hubo dos ciudadanos en la república, uno que llevaba los límites del imperio, no a los de la tierra, sino hasta las regiones del cielo,[28] y otro que salvaba la capital de este imperio, la base de su poder.
12. Pero de todas estas cosas, las hechas por mí no son de igual condición ni tienen la misma fortuna que las realizadas en el exterior. Yo tengo que seguir viviendo entre los que vencí y subyugué, mientras el general deja a los enemigos, o muertos o prisioneros. Procurad, pues, ciudadanos, que cuando éste recoja el premio de sus servicios, no sea yo castigado por los míos. Os he salvado de los intentos perversos y criminales de los hombres más audaces; a vosotros toca ponerme al abrigo de su venganza, aunque en ver­dad ningún perjuicio pueden causarme: cuento con el gran apoyo de los hombres de bien, que me lo he ase­gurado para siempre; con la gran majestad de, la república; cuya constante y silenciosa protección no ha de faltarme; con la fuerza de la conciencia, que de­nunciaría a los que, prescindiendo de ella, intentaran atacarme.
Hay en mí, además, valor bastante para no ceder a los audaces y aun para atacar cara a cara a esos malvados. Pero si todos los ímpetus de nuestros enemigos domésticos, rechazados por vosotros, se di­rigen contra mí, a vosotros, ciudadanos, tocará deter­minar en qué condición queréis que queden los que, por salvaros, arrostran todos los odios y todos los pe­ligros.
Por lo que personalmente me atañe, ¿queda algo en el mundo que pueda halagarme, cuando ni de los honores que vosotros concedéis, ni de la gloria que proporcionan las virtudes hay nada más alto de lo que ya he obtenido?
Cuanto ambiciono, ciudadanos, es de­fender y ensalzar en la vida privada los hechos de mi consulado. De esta suerte los odios y envidias que haya suscitado al salvar la república dañarán a los envi­diosos y contribuirán a mi gloria. Finalmente, obraré siempre con la república de modo que recuerde mis hechos y cuidados, demostrando con mi vida entera que aquéllos fueron producto de la virtud y no hijos del acaso. Vosotros, ciudadanos, puesto que ya se acer­ca la noche, haced actos de veneración a Júpiter, cus­todio vuestro y de la ciudad; retiraos después a vues­tras casas y, aunque el peligro haya pasado, no dejéis de velar por vuestra defensa, como lo hicisteis ano­che. Yo os libraré pronto de este cuidado, y podréis gozar de perpetua paz.
MARCO TULIO CICERÓN
[1] Con el nombre de Catilinarias o Discursos contra Ca­tilina conocemos las cuatro alocuciones pronunciadas por Cicerón entre el 8 de noviembre y el 5 de diciem­bre del año 63, cuando en su condición de cónsul des­cubrió y desbarató un intento revolucionario encabe­zado por Lucio Sergio Catilina que tenía como objetivo final la subversión total de las estructuras del Estado romano e incluso la destrucción de Roma y el asesina­to de los ciudadanos más representativos del partido aristocrático. La finalidad primordial de esta tercer Catilinaria era dar cuenta al pueblo de lo acaecido el día anterior y de la sesión del Senado habida en la mañana de este mis­mo día 3. Justamente el día 2 de diciembre habían sido detenidos en los alrededores de Roma unos emisarios de los alóbroges con cartas de presentación ante Cati­lina y con otras en que se instigaba a la asamblea de este pueblo a secundar la revuelta. Estos documentos constituían la prueba decisiva que necesitaba Cicerón, por lo que se apresuró a detener a los implicados y a convocar el Senado en la mañana del día 3. En esta sesión se vieron las declaraciones de los alóbroges, se examinaron las pruebas documentales y se presentaron estas evidencias ante los inculpados, que, incapaces de rebatirlas, acabaron por confesar sus culpas. Consecuentemente, se emitió un senadoconsulto por el que, aparte de las acciones de gracias a Cicerón y a los pre­tores por su vigilancia y diligencia, se ponía a los acu­sados bajo custodia a la espera de decidir cuál iba a ser su condena. En la parte final de su discurso, Cicerón se extiende en consideraciones sobre lo singular de la acción de gracias formulada en su nombre, hace hincapié en la decisiva intervención de los dioses, destaca las diferencias entre esta conjura y otras contien­das civiles anteriores y muy particularmente realza las divergencias entre las victorias logradas en el exterior y ésta, habida sobre un enemigo interior.
[2] En realidad algo más que unos pocos días; este discurso se pronuncia el 3 de diciembre y Catilina había salido de Roma el día 8 de noviembre.
[3] En la primera Catilinaria se esfuerza Cicerón en dejar claro que él no expulsa a Catilina sino que se limita a recomen­darle la salida de Roma. Véase Cat. I, nota 17.
[4] Publio Cornelio Léntulo Sura, pretor en el 74 y cónsul en el 71, fue expulsado del Senado por los censores al año si­guiente a causa de la depravación de sus costumbres; en el 63 pudo acceder de nuevo a la pretura, magistratura desde la que apoyó a Catilina.
[5] Pueblo de la Galia Narbonense sometido en el año 121 a.d.C. por Q. Fabio Máximo. Los legados de este pueblo se en­contraban en Roma para protestar por los abusos de algunos gobernadores romanos.
[6] El 2 de diciembre.
[7] El puente Milvio o Mulvio, hoy ponte Molle, sobre el Tí­ber, estaba situado al norte de Roma; por él pasaba la vía Fla­minia.
[8] Las prefecturas eran municipios italianos regidos por un magistrado designado cada año por Roma. Cicerón era patrono y protector de esta prefectura.
[9] Alusión irónica a la pereza de Léntulo.
[10] Los libros sibilinos contenían supuestamente una reco­pilación de las profecías de la Sibila de Cumas. Se custodiaban en el Capitolio y su interpretación estaba reservada a un cole­gio de quince miembros, los quindecimuiri sacris faciundis.
[11] Lucio Cornelio Cinna desempeñó consecutivamente cua­tro veces el consulado (87-84), coincidiendo con el regreso a Roma de Mario, a cuyas masacres indiscriminadas se vio inca­paz de oponerse. Para Sila, véase Cat. II, nota 12.
[12] En el año 73 unas sacerdotisas vestales fueron acusa­das de haber faltado a su voto de castidad y, aunque fueron absueltas, semejante hecho se consideraba de mal agüero.
[13] También era una mala premonición el incendio del Ca­pitolio del año 83 en que se quemaron los libros sibilinos. De éstos se hizo una nueva recopilación a partir de tradiciones orales.
[14] Las Saturnales, las fiestas del solsticio de invierno, te­nían una duración de siete días y se iniciaban el 17 de diciembre. Su carácter popular y lúdico -había intercambio de pape­les entre amos y esclavos- las hacía particularmente propicias para provocar alteraciones del orden.
[15] Las diversas tablillas de cera en que se escribían las cartas iban sujetas por un hilo anudado; sobre el nudo se depositaban unas gotas de cera en las que se imprimía el sello del emisor.
[16] Publio Cornelio Léntulo, cónsul en el 162 a.d.C., prínci­pe del Senado desde el año 125, fue herido de gravedad en el 121 mientras perseguía a los partidarios de Cayo Graco.
[17] En referencia a los esclavos, recurso al que Catilina se mostraba reticente.
[18] El colega de Cicerón en el consulado, Cayo Antonio Hí­brida, se había aliado con Catilina para esta elección consular. Cicerón logró atraérselo a su causa cediéndole el gobierno de Macedonia.
[19] Los magistrados mientras estaban en ejercicio no po­dían ser juzgados ni condenados, y al no contemplarse la destitución en caso de delito flagrante se les instaba a renunciar a su cargo para poder proceder después contra ellos sin nin­gún escrúpulo religioso.
[20] Véase Cat. I, nota 9.
[21] Véase nota 14.
[22] Año 65 a.d.C.
[23] En el año 88 el tribuno de la plebe y partidario de Ma­rio, P. Sulpicio Rufo, hizo aprobar varias leyes contra Sila; en­tre ellas la que le quitaba el mando de la guerra contra Mitrí­dates y se lo daba a Mario. Al regresar, Sila expulsó de Roma a Mario e hizo ejecutar a Sulpicio.
[24] En el año 87 el cónsul Gneo Octavio destituyó a su co­lega L. Cornelio Cinna, porque éste quería extender el derecho de voto a los italianos, y desterró y mató a muchos de sus parti­darios.
[25] Después de su expulsión, Cinna reunió un ejército con la ayuda de Mario, Carbón y Sertorio, y puso cerco a Roma; tras diversas vicisitudes, el Senado entregó la ciudad y Gneo Octavio fue ejecutado. Del 87 al 84, Cinna fue consecutivamente cónsul en cuatro ocasiones, tiempo en el que Mario realizó masacres indiscriminadas de ciudadanos hasta su muerte en el 86.
[26] En el año 83, al regresar Sila de Oriente, se impuso por las armas a Mario el Joven y a C. Papirio Carbón, se proclamó dictador e instauró un terrible régimen de proscripciones con­tra sus adversarios.
[27] Marco Emilio Lépido, padre del triunviro, fue elegido cónsul en el 78, coincidiendo con la muerte de Sila, cuyas leyes intentó derogar. Ante la oposición de Quinto Cátulo se vio obli­gado a huir a Cerdeña, donde murió.
[28] Nueva muestra de adulación hacia Pompeyo. Cf. Cat. II, nota 10.

Segunda Catilinaria (Cicerón)

Discurso contra Lucio Sergio Catilina ante el Senado
SEGUNDA CATILINARIA
[1]
ORATIO IN L. CATILINAM SECVUNDA HABITA AD POPVLVM
Marco Tulio Cicerón

[9 de Noviembre del año 63]

1. Por fin, ciudadanos romanos, hemos arrojado de la ciudad, o hecho salir de ella, o acompaña­do hasta despedirle cuando se iba, a Lucio Catilina, desatada furia anhelosa de maldades, infame conspi­rador contra la salud de la patria, que a vosotros y a esta ciudad amenazaba con el hierro y el fuego. Sa­lió, partió, huyó, escapó. Ya no fraguará aquel mons­truo, prodigio de perversidad, dentro de estos muros ninguna desolación para Roma; ya no cabe duda de que hemos vencido al caudillo de esta guerra intesti­na; ya no removerá su puñal junto a nuestros pechos; ya estaremos sin temor en el Campo de Marte, en el foro, en el Senado y hasta en nuestras casas.[2] Expul­sado de Roma, Catilina abandonó su posición y ya no es sino un enemigo declarado, al cual, sin que nadie lo impida, haremos justísima guerra. Sin duda está perdido y hemos logrado contra él magnífica victoria al obligarle a dejar la emboscada para pelear en cam­po raso.
Pero, ¡juzgad cuán grande será su desesperación y abatimiento al ver que no lleva, como quería, la espada ensangrentada; que salió de aquí dejándo­nos vivos; que le arrancamos el puñal de las manos; que los ciudadanos quedan a salvo y la ciudad en pie! Caído está, ciudadanos romanos; siente el golpe que le ha postrado y abatido, y de seguro vuelve repetidas veces los ojos hacia esta ciudad, derramando lágrimas porque escapó de sus garras, mientras Roma creo que se regocija de haber vomitado y arrojado de sí tanta pestilencia.
2. Mas si alguno de vosotros, por ser tan celoso patriota como todos debieran serlo, me censura con vehemencia a causa de lo que yo considero un triunfo de mi discurso, acusándome de haber dejado escapar tan temible enemigo a quien debí prender, contestaré que no es mía la culpa, ciudadanos romanos, sino de las circunstancias. Ha tiempo que debió morir y ser castigado Catilina con gravísimo suplicio; así me lo pedían las costumbres de nuestros antepasados, la severidad de sus leyes y el interés de la república Referencia a los intentos de asesinato reseñados en la primera Catilinaria: Cat. I, 4, 5, 6 y 13[3] ¿Pero cuántos pensáis que no daban crédito a lo que yo denunciaba? ¿Cuántos, por insensatez, lo conside­raban quimera? ¿Cuántos procuraban defender al mal­vado? ¿Cuántos, por perversidad, le favorecían? Y aun si juzgara que, muerto Catilina, quedabais libres de todo peligro, ha tiempo le hubiese hecho matar, no sólo exponiéndome al odio de sus partidarios, sino has­ta con peligro de mi vida.
Pero al ver que no para to­dos vosotros resultaba probada la conspiración, si le hubiese dado la merecida muerte, la animadversión que hubiera suscitado contra mí este hecho me habría impedido perseguir a sus cómplices. Por ello he pues­to las cosas en términos de que, al verle enemigo de­clarado, le hagáis públicamente la guerra. Juzgad, ciu­dadanos, cuánto temeré a este enemigo fuera de la ciudad, al deciros que mi único pesar es que haya sa­lido de ella tan poco acompañado. ¡Ojalá hubiese lle­vado consigo a todos sus partidarios! Sacó con él a Tongilio, a quien comenzó a amar desde que llevaba la toga pretexta;[4] a Publicio y Minucio,[5] cuyas deudas en las tabernas ninguna perturbación podían causar al Estado. ¡Y qué sujetos dejó! ¡Qué entrampados! ¡Qué poderosos! ¡Qué nobles!
3. Por mi parte, contando con nuestras veteranas legiones de la Galia, las que Metelo tiene en los cam­pos Piceno y Galicano, con las fuerzas que día por día voy yo reuniendo, desprecio profundamente un ejér­cito compuesto de viejos desesperados,[6] de rústicos disolutos, de aldeanos malgastadores, de hombres que han preferido faltar a su obligación de comparecer en juicio a faltar a la rebelión; de gentes, en fin, a quie­nes podría anonadar, no digo presentándoles nuestro ejército, sino un edicto del pretor.[7] A estos que veo revolotear por el foro, estacionarse a las puertas del Senado y aun penetrar en esta asamblea, perfumados con olorosos ungüentos, fulgurando con sus trajes de púrpura, a estos partidarios suyos hubiese yo prefe­rido que llevara consigo Catilina, porque os anuncio que la permanencia aquí de tales desertores del ejér­cito rebelde es más temible que el mismo ejército. Y aun son más de temer, porque saben que conozco sus designios y no se asustan.
Viendo estoy a quien, en la distribución hecha, le ha correspondido la Apulia; a quien la Etruria; a quien el territorio de Piceno; a quien el Galicano; quien pidió se le encargase de la matanza y el incendio en esta ciudad. Saben que es­toy informado de todos sus acuerdos de antes de ano­che, acuerdos que ayer declaré en el Senado. El mis­mo Catilina tembló y huyó. ¿Qué aguardan éstos? ¡Ah, cuánto se equivocan si esperan que haya de ser per­petua mi anterior indulgencia!
4. Logré al fin lo que me proponía; poner de ma­nifiesto a todos vosotros la existencia de una conjura­ción contra la república; porque no habrá quien su­ponga que los parecidos a Catilina dejan de obrar como él. Ya no cabe la indulgencia. Los mismos he­chos reclaman el castigo. Concedo, sin embargo, a los cómplices que salgan de esta ciudad, que se ausenten; no hagan que al mísero Catilina impaciente del de­seo de verles. Les diré el camino: se fue por la vía Aurelia[8] y, si van de prisa, les alcanzarán al anoche­cer.
¡Oh afortunada república si Roma logra arrojar de sí esta canalla! En verdad, con sólo haber expulsa­do a Catilina, paréceme ya liberada y restablecida; por­que, ¿cuál maldad o infamia podrá imaginarse que él no concibiera? ¿Qué envenenador, qué gladiador, qué ladrón, qué asesino, qué parricida, qué falsificador de testamentos, qué autor de fraudes, qué disoluto, qué perdido, qué adúltero, qué mujer infame, qué corrup­tor de la juventud, qué depravado y deshonrado pue­de encontrarse en toda Italia que no confiese haber tenido familiarísimo trato con Catilina? ¿Qué homici­dio se ha cometido en estos últimos años sin que él intervenga? ¿Qué abominable estupro sin su media­ción?
Nadie tuvo como él la habilidad de seducir a los jóvenes, amando a unos con amor torpísimo; pres­tándose a los impúdicos deseos de otros; prometien­do a unos el goce de sus liviandades, a otros la muer­te de sus padres y no sólo induciéndoles, sino ayudándoles a realizarla. Así ha reclutado con tanta rapidez, no sólo en la ciudad, sino en los campos, tan numerosa turba de perdidos. Ni en Roma, ni hasta en el último rincón de Italia, hay ningún acribillado de deudas[9] a quien no haya hecho entrar en la asocia­ción para esta increíble maldad.
5. Y a fin de que podáis conocer sus varias afi­ciones en los más diversos asuntos, diré que cuantos en la escuela de los gladiadores se distinguen algo por la audacia de sus hechos, confiesan ser íntimos ami­gos de Catilina y no hay en el teatro ninguno que so­bresalga por liviano y tunante, que no se precie de ha­ber sido su asiduo compañero. Y este mismo hombre, habituado en el ejercicio de estupros y maldades, a pasar frío, hambre, sed y falta de sueño, tenía entre tales hombres fama de bravo, mientras malgastaba en liviandades y atropellos los recursos de su ingenio y sus condiciones de valeroso y esforzado.
Si tras de él se fueran todos sus partidarios; si saliera de la ciu­dad esa turba de hombres desesperados y perversos, ¡oh dichosos de nosotros! ¡Oh afortunada república! ¡Oh glorioso consulado el mío! Porque los deseos y atrevimientos de esos hombres ni tienen límites, ni pueden ser humanamente tolerados. No piensan sino en muertes, incendios y robos; malgastaron su patri­monio, devoraron su fortuna, se les acabó el caudal ha tiempo y empieza a faltarles el crédito, pero per­manecen en ellos los gustos dispendiosos de la opu­lencia. Si en el vino y en el juego sólo buscaran el pla­cer de la gula y la lujuria, aun desesperando de ellos, podrían ser tolerados. Pero, ¿quién ha de sufrir las asechanzas de los cobardes contra los esforzados, de los necios contra los sensatos, de los borrachos con­tra los sobrios, de los perezosos contra los activos? Paréceme estarles viendo en sus orgías recostados lán­guidamente, abrazando mujeres impúdicas, debilita­dos por la embriaguez, hartos de manjares, corona­dos de guirnaldas, inundados de perfumes, enervados por los placeres, eructando amenazas de matar a los buenos y de incendiar Roma.
Pero confío en que les arrastra un sino adverso y que tienen, si no encima, muy cerca el merecido cas­tigo de su improbidad, maldades, vicios y crímenes. Si durante mi consulado extirpo estos miembros gan­grenados de imposible curación, no por breve tiem­po, sino por muchos siglos quedará tranquila la repú­blica, pues no hay nación alguna a quien debamos temer, ni ningún rey que pueda hacer la guerra al pue­blo romano. En el exterior, por mar y tierra, todo lo mantiene en paz el valor de uno.[10] Sólo nos quedan las guerras intestinas; dentro tenemos las asechanzas, dentro el peligro, dentro los enemigos. Contra el vi­cio, la demencia y la maldad, hemos de combatir. En esta guerra, ciudadanos, yo prometo ser vuestro jefe y echar sobre mí la malevolencia de todos los perdi­dos. Cuanto pueda curarse, a cualquier costa lo cura­ré; pero lo que sea preciso extirpar, no permitiré que continúe para daño de Roma. Así pues, o váyanse, o esténse quietos, y si continúan en Roma y persisten en sus intentos, esperen lo que merecen.
6. Pero hay quienes aseguran, ciudadanos, que yo he lanzado al destierro a Catilina. Si pudiera hacer esto con mis palabras, también desterraría a los que tal dicen. Como el hombre es tan tímido y pusiláni­me, no pudo resistir las frases del cónsul, y cuando le dijo que se fuera al destierro, obedeció y se fue. Ayer, después de estar en riesgo de ser asesinado en mi propia casa,[11] convoqué al Senado en el templo de Júpiter Estátor y descubrí a los senadores cuanto se tramaba. Cuando llegó Catilina, ¿qué senador le diri­gió la palabra? ¿Quién le saludó? ¿Quién, finalmente, dejó de mirarle, no como mal ciudadano, sino como mortal enemigo? Los principales senadores abando­naron y dejaron vacíos los asientos del lado al que él se acercó.
Entonces fue cuando yo, el cónsul, cuyas frases se supone que bastan para desterrar a los ciu­dadanos, pregunté a Catilina si había estado o no en la reunión habida la noche anterior en casa de Leca. Convencido por el testimonio de su conciencia, aquel hombre audaz empezó por callar, y entonces hice pa­tente todo lo demás, explicando lo que había tratado dicha noche, dónde estuvo, lo que dispuso para la no­che inmediata y el plan de guerra que había adopta­do. Viéndole vacilante y sin saber qué decir, le pre­gunté por qué titubeaba en ir adonde desde tiempo antes tenía dispuesto, sabiendo yo que ya había en­viado las armas, las segures, las fasces, las trompe­tas, las banderas y hasta aquella águila de plata a la que tributaba en su casa culto criminal e infame.[12]
¿Echaba yo a destierro al que veía ya metido en la guerra? ¿Será preciso creer que el centurión Manlio, acampado en el territorio Fesulano, ha declarado por sí y ante sí la guerra al pueblo romano, que esas tro­pas no esperan como general a Catilina y que, deste­rrado éste, irá a Marsella, según se dice, y no al cam­pamento de Manlio?
7. ¡Oh cuán difícil es esta situación, no sólo para gobernar, sino para salvar la república! Si ahora Lu­cio Catilina cercado y debilitado en fuerza de mis pro­videncias y a costa de mi trabajo y riesgo se amedren­tara de pronto, mudara de propósito, abandonara a los suyos, desistiese de todo intento belicoso y, dejan­do el camino de la maldad y de la guerra, tomase el de la fuga y el destierro, no se diría que quité a su audacia las armas, que le intimidé y aterré con mi ac­tividad, que frustré sus esperanzas y sus intentos, sino que el cónsul, empleando la fuerza y las amenazas, le obligó a salir para el destierro sin oírle y siendo inocente; y si esto hiciera Catilina, no faltaría quien le creyera, no perverso, sino desdichado, y a mí, no cónsul vigilante, sino cruelísimo tirano.
Pero dispues­to estoy, ciudadanos, a sufrir la tempestad de inicuos e injustificados odios, con tal de alejar de vosotros el peligro de esta horrible y criminal guerra. Dígase que yo le eché, con tal de que se vaya al destierro; pero creedme, no irá. Nunca pediré a los dioses inmorta­les, para librarme del odio, que llegue a vuestros oídos la noticia de estar Catilina al frente del ejército enemigo, y de que acude con las armas en la mano; pero no transcurrirán tres días sin que lo oigáis, y mucho más temo hacerme odioso por haberle dejado ir libre que por echarle. Pero cuando yéndose voluntariamente Catilina algunos hombres dicen que fue desterrado, ¿qué dirían si le hubieran visto muerto?
Verdad es que al asegurar que va a Marsella, más bien lo temen que lo lamentan. Ninguno de ellos es tan compasivo que no desee verle dirigirse al campamento de Manlio en vez de ir a Marsella; y seguramente él, aun cuando antes no hubiera meditado lo que hace, preferiría vivir en sus criminales empeños a morir desterrado. Pero como hasta ahora todo le ha salido a medida de sus deseos, excepto el dejarme con vida, al irse de Roma, mejor será desearles destierro que lamentarlo.
8. ¿Mas por qué hablamos tanto de un solo ene­migo, de un enemigo que ya se ha declarado por tal y a quien no temo desde que, como deseé siempre, hay un muro entre él y nosotros, y nada decimos de los que disimulan y permanecen en Roma y viven a nues­tro lado? A éstos quisiera en verdad, si fuera posible, en vez de castigarlos, convencerlos y reconciliarlos con la república, y entiendo que esto podrá ser si quieren escucharme. Porque os voy a decir, ciudadanos, de qué clases de hombres se compone ese partido, y después aplicaré a cada uno de ellos, si puedo, la medicina de mi consejo y amonestación.
Forman una clase los que teniendo grandes deudas poseen, sin embargo, bienes de más valía, pero no queriendo desprenderse de ellos, tampoco pueden pagar las deudas. Las riquezas ha­cen a éstos parecer respetables, pero su conducta y su causa son indecorosas. ¿Tú has de ser rico en tie­rras, en casas, en plata, en esclavos y en todas las de­más cosas, y dudas en perder algo de tu riqueza para ganarlo en crédito? ¿Qué aguardas? ¿La guerra? ¿Aca­so piensas que de la general devastación se libraran tus bienes? ¿La abolición de las deudas? ¡Cómo se equivocan los que tal cosa aguardan de Catilina! Yo seré quien acabe con las deudas, pero obligando a los deudores a vender sus bienes; pues no hay otro cami­no para que éstos dejen a salvo su responsabilidad. Y si lo hubieran querido seguir antes, no comprome­tiendo las rentas de sus bienes en lucha con la usura (lo cual es necedad grandísima), tendríamos en ellos ciudadanos más ricos y mejores. No creo, sin embar­go, a los que en tal caso se encuentran muy temibles, porque se les puede convencer, y si persisten en sus opiniones, paréceme que harán más votos que armas contra la república.
9. Forman otra clase los acribillados de deudas que esperan lograr el poder y lo desean para conseguir por la perturbación de la república los cargos y honores que no lograrían en circunstancias normales. Daré a éstos un consejo que hago extensivo a todos los demás, y es que desesperen de conseguir lo que desean. El primer obstáculo soy yo, que vigilo y acu­do a la defensa de la república, y además es mucho el ánimo y aliento de los buenos ciudadanos, grande su número, estrecha su unión y grueso el ejército con .que cuentan. Finalmente, los dioses inmortales prote­gerán contra tan violenta maldad a este invicto pue­blo, a este preclaro imperio, a esta hermosa ciudad. Y aunque lograran realizar sus furiosos deseos, ¿es­peran ser cónsules, dictadores o reyes en una ciudad reducida a cenizas e inundada de sangre de ciudada­nos, que es lo que su mente malvada y criminal ima­gina? ¿No ven que el poder que desean tendrían que darlo, si lo obtuviesen, a algún esclavo fugitivo o a algún gladiador?
Viene después otra clase de hombres de avanzada edad, pero robustecidos por el ejercicio. A dicha cla­se pertenece Manlio, a quien Catilina sucede ahora en el mando. Son éstos de las colonias que Sila[13] fundó, las cuales, consideradas en conjunto, parécenme com­puestas de excelentes y fortísimos ciudadanos; pero hay entre ellos muchos que malgastaron en vanida­des y locuras las riquezas con que de repente e ines­peradamente se vieron. Por construir casas como los grandes señores, tener tierras, muchos esclavos y dar suntuosos banquetes, contrajeron tantas deudas que, para salvarlos, sería preciso resucitar a Sila. Han aso­ciado a sus criminales intentos algunas gentes del cam­po, personas pobres e indigentes, impulsadas por la esperanza de la repetición de las antiguas rapiñas. A unos y otros los pongo, ciudadanos, en la misma cla­se de ladrones y salteadores. Adviértoles, sin embar­go, que se dejen de locuras y no piensen en proscrip­ciones y dictaduras. Tan a lo vivo le llegó a la ciudad el dolor de lo que pasó entonces, que creo no hayan de sufrirlo nuevamente, no ya los hombres, sino ni si­quiera los brutos.
10. En la cuarta clase hay una mezcla confusa y turbulenta de hombres que desde hace tiempo se ven abrumados de deudas, que nunca levantarán la cabe­za, que parte por holgazanería, parte por hacer malos negocios, parte por derrochadores, hace ya tiempo que andan de pie quebrado en punto a deudas; los cuales dicen que, aburridos por tantas citaciones, juicios y venta de bienes, se van, lo mismo de la ciudad que del campo, al ejército enemigo. Estos me parecen más a propósito para dilatar el pago de sus deudas que para luchar con valor. Si no pueden permanecer en pie, déjense caer, pero de tal modo, que ni la ciudad ni los vecinos más inmediatos lo sientan. Y en verdad no entiendo por qué, si no pueden vivir honrados, quie­ren morir con deshonra, o por qué creen que es me­nos doloroso morir acompañados que morir solos.
En quinto lugar están los parricidas, los asesinos y todos los demás criminales. No pretendo apartarlos de Catilina. Imposible sería separarlos de él, y deben perecer como malvados, porque no hay cárcel bastan­te capaz para encerrar a tantos como son. La última clase de esta gente, por su número como por sus condiciones y costumbres, es la de los más amigos de Catilina, la de sus escogidos, mejor dicho, la de sus íntimos. Los reconoceréis en lo bien peina­dos, elegantes, unos sin barba, otros con la barba muy cuidada; con túnicas talares y con mangas, que gas­tan velos en vez de togas,[14] cuyas ocupaciones y asi­duo trabajo son prolongar los festines hasta el ama­necer.
En este rebaño figuran todos los jugadores, todos los adúlteros, todos los que carecen de pudor y vergüenza. Estos mozalbetes tan pulidos y delica­dos no sólo saben enamorar y ser amados, cantar y bailar, sino también clavar un puñal y verter un vene­no; y si no se van, si no perecen, tened entendido que, aun cuando se acabe con Catilina, serán para la repú­blica un semillero de Catilinas. Y, sin embargo, ¿qué desean esos desdichados? ¿Querrán llevarse al cam­pamento sus mujerzuelas? ¿Cómo han de pasar sin ellas estas largas noches de invierno? ¿Cómo han de poder sufrir las escarchas y nieves del Apenino? Aca­so crean que, por saber bailar desnudos en los festi­nes, les será más fácil soportar el frío.
11. ¡Oh temible guerra en la cual tales hombres serán la cohorte pretoriana, la escolta de Catilina! Or­denad ahora, ciudadanos, contra las brillantes tropas de Catilina vuestras fuerzas y vuestros ejércitos, y em­pezad oponiendo a ese gladiador medio vencido vues­tros cónsules y vuestros generales, y después llevad contra ese montón de náufragos de la fortuna, contra esa extenuada muchedumbre la flor y la fuerza de toda Italia. Nuestras colonias y municipios valen más que los cerros y bosques que a Catilina servirán de forta­lezas, y no debo comparar las demás tropas, pertre­chos y fuerzas vuestras con la escasez de recursos de aquel ladrón.
Aun prescindiendo de lo que tenemos y él carece, el Senado, los caballeros romanos, el pueblo, la ciu­dad, el tesoro público, los tributos, toda Italia, todas las provincias, las naciones extranjeras; aun prescin­diendo, repito, de todo esto, y comparando solamente las dos causas rivales, podremos comprender el aba­timiento de nuestros contrarios; porque de esta parte pelea la dignidad, de aquélla la petulancia; de ésta la honestidad, de aquélla las liviandades, de ésta la leal­tad, de aquélla el fraude; de ésta la piedad, de aquélla la perversión; de ésta la firmeza, de aquélla el furor; de ésta la virtud, de aquélla el vicio; de ésta la conti­nencia, de aquélla la lujuria; finalmente, la equidad, la templanza, la fortaleza, la prudencia, todas las vir­tudes combaten con la iniquidad, la destemplanza, la pereza, la temeridad, todos los vicios. Por último, lu­chan aquí la abundancia con la escasez; la razón con la sinrazón; la sensatez con la locura, y la esperanza bien fundada con Ja total desesperación. En tal com­bate, aunque falte el favor de los hombres, ¿han de permitir los dioses que tan preclaras virtudes sean ven­cidas por tantos y tales vicios?
12. Siendo esto así, lo que a vosotros toca, ciuda­danos, es defender vuestras casas, como antes dije, con guardas y vigilantes, que en cuanto a la ciudad, ya he tomado las medidas y dado las órdenes necesa­rias para que, sin turbar vuestro reposo y sin alboro­to alguno, esté bien guardada. Todas vuestras colo­nias y municipios, a quienes ya he dado cuenta de la correría de Catilina, defenderán fácilmente sus pobla­ciones y territorios. Los gladiadores, con quienes Catilina proyectaba formar el cuerpo más numeroso y seguro, aunque mejor intencionados que algunos pa­tricios, serán contenidos en nuestro poder. Quinto Me­telo, a quien, en previsión de lo que pasa, envié al Pi­ceno y a la Galia, o vencerá a ese hombre o le atajará en sus movimientos y designios. Respecto a lo que falta ordenar, apresurar o precaver, daré cuenta al Senado que, como veis, acabo de convocar.
En cuanto a los que permanecen en la ciudad y dejó en ella Catilina para la ruina de Roma y de todos vo­sotros que habitáis en ella, aunque son enemigos, como nacieron conciudadanos nuestros, quiero hacerles y repetirles una advertencia: mi lenidad, que acaso haya parecido excesiva, ha esperado hasta que saliera a luz lo que estaba encubierto. En lo sucesivo no puedo ol­vidar que ésta es mi patria; que soy cónsul de éstos, y que con ellos he de vivir o morir por ellos. Nadie guarda las puertas de la ciudad, nadie les acecha en el camino; si alguno quiere salir, yo puedo tolerarlo. Pero el que se proponga alterar el orden en Roma, el que yo sepa que ha hecho o proyecta hacer o intenta algo en daño de la patria, conocerá a costa suya que esta ciudad tiene unos cónsules vigilantes, excelentes magistrados, un Senado fuerte y valeroso, armas y, finalmente, cárcel, que para el castigo de estos gran­des y manifiestos crímenes la establecieron nuestros antepasados.
13. Y todo esto se realizará, ciudadanos, hacien­do las más grandes cosas con el menor ruido, evitan­do los mayores peligros sin alboroto alguno y termi­nando una guerra intestina y doméstica, la mayor y más cruel de que los hombres tienen memoria, sin más general ni jefe que yo, un hombre de toga.[15] Y me he de gobernar en esta guerra de tal modo, ciudadanos, que, si es posible, ni uno solo de los perversos sufra en esta ciudad el castigo de sus crímenes. Pero si la audacia, acudiendo públicamente a la fuerza, o el pe­ligro inminente de la patria me impiden continuar en la vía de clemencia a que mi corazón se inclina, haré, al menos, una cosa que en tan grande y traidora gue­rra apenas parece que se puede desear, y es que no muera ninguno de los buenos y que con el castigo de unos pocos se logre al fin salvar a todos vosotros.
Y lo que os prometo, ciudadanos, no es fiado en mi pru­dencia ni en los consejos de la humana sabiduría: me han hecho formar este juicio y concebir esta esperan­za las muchas y claras muestras que de su favor han dado los dioses inmortales, quienes ya no sólo nos pro­tegen, como solían hacerlo, de los enemigos exterio­res y lejanos, sino que también demuestran su poder defendiendo sus templos y los edificios de Roma. A ellos debéis, ciudadanos, pedir, rogar y suplicar que esta ciudad, hecha por su voluntad hermosísima, flo­reciente y muy poderosa, vencidos en mar y tierra to­dos sus numerosos enemigos, la defiendan de la mal­dad de algunos perdidos y criminales ciudadanos.
MARCO TULIO CICERÓN
[1] Con el nombre de Catilinarias o Discursos contra Ca­tilina conocemos las cuatro alocuciones pronunciadas por Cicerón entre el 8 de noviembre y el 5 de diciem­bre del año 63, cuando en su condición de cónsul des­cubrió y desbarató un intento revolucionario encabe­zado por Lucio Sergio Catilina que tenía como objetivo final la subversión total de las estructuras del Estado romano e incluso la destrucción de Roma y el asesina­to de los ciudadanos más representativos del partido aristocrático. En este segundo discurso Cicerón se muestra orgulloso de haber puesto al descubierto la conjuración y de haber conseguido forzar la huida de Catilina con su discurso de la víspera. Luego, al tiempo que alerta sobre los pe­ligros que acechan desde el interior de la ciudad, pues son muchos los partidarios de Catilina que se han que­dado, intenta calmar los ánimos de todos al prometer­les su protección y vigilancia. En la línea de atajar la confusión informativa desmiente que Catilina se diri­ja a Marsella para autoexiliarse. A continuación, tras una rápida y viva contraposición de las cualidades mo­rales de los dos bandos, hace parodia de la distribu­ción de los ciudadanos en cinco clases según el censo que aplica a los insurgentes, a los que clasifica tam­bién en cinco clases, pero atendiendo a su catadura mo­ral. Termina la alocución concediendo un plazo a par­tir de cuya extinción asegura que no habrá ningún tipo de clemencia para los que atenten contra el Estado.
[2] Referencia a los intentos de asesinato reseñados en la primera Catilinaria: Cat. I, 4, 5, 6 y 13.
[3] Desde el 21 de octubre en virtud del senadoconsulto úl­timo Cicerón gozaba de poderes dictatoriales que le permitían condenar a muerte a cualquier ciudadano.
[4] Los muchachos llevaban la toga pretexta (con una banda de color púrpura) hasta los diecisiete años, edad en que la cambiaban por la toga viril, totalmente blanca.
[5] No se tienen más referencias de estos tres compañeros de Catilina.
[6] Los veteranos del ejército de Sila.
[7] Los pretores al comienzo de su magistratura publicaban un edicto con las orientaciones jurídicas que tomarían en con­sideración a la hora de juzgar; entre estas directrices solía fi­gurar una referente a los deudores insolventes.
[8] Al tomar este camino para dirigirse a Etruria, en lugar de optar por la vía Casia, que era el camino más directo, Catili­na pretendía dar argumentos a los que difundían la idea de que se dirigía a Marsella para autoexiliarse.
[9] Catilina había, prometido la anulación de las deudas.
[10] Alusión encomiástica a Pompeyo.
[11] Véase Cat. I, 4.
[12] Las segures y las fasces son lo símbolos del poder con­sular a los que Catilina no tenía derecho en ningún caso. Sobre el águila de plata, véase Cat. I, 10.
[13] Lucio Cornelio Sila (138-78 a.d.C.), líder del partido aris­tocrático y protagonista frente a Mario de una sangrienta gue­rra civil. Nombrado dictador en el 82, abandonó el poder en el 79 para retirarse a la vida privada. Apoyó su poder en el ejército y de aquí que repartiera tierras de Etruria y Campania en­tre sus veteranos ya que así se aseguraba su apoyo incondicional.
[14] Todos estos toques personales eran en Roma un indi­cio de afeminamiento.
[15] La toga era el símbolo del poder civil.