LOS FUNDAMENTOS VITALES [1]
Manuel Baldomero Ugarte
[Noviembre de 1950]
Al referirnos al proceso de formación y a la independencia, hemos insinuado la parte esencial que tuvieron las ambiciones de otros pueblos. Después de los desembarcos fracasados en el Río de la Plata, Inglaterra continuó su tarea de captación en forma de propaganda separatista. Los Estados Unidos, que se habían adelantado un cuarto de siglo, a nuestra emancipación, creyeron poder aspirar a regir la marcha general del Continente. Si ambas naciones favorecieron nuestra autonomía, fue, como después se hizo en Cuba, para usufructuarla. Una concepción libresca de esa "libertad" que nunca supimos definir, consagró el salto virtual de un colonialismo a otro.
Dos grandes ingenuidades se han dicho en el curso de nuestra evolución. La primera "gobernar es poblar". ¡Como si se pudieran reclutar figurantes de la nacionalidad! La segunda, "necesitamos capitales". ¡Como si la riqueza no fuera capital!
Las regiones ubérrimas, el subsuelo rebosante de metales y combustibles, los bosques y los ríos, constituyen fabulosos veneros de abundancia y prosperidad. En vez de valorizar en provecho nuestra tan inaudita reserva, la hemos entregado gradualmente a especuladores extranjeros que sólo dejan en el país, cuando lo dejan, un pobre impuesto a la exportación y el vago residuo de salarios miserables.
Claro está que para hacer fructificar los dones de la naturaleza falta la técnica, la maquinaria y la movilización. Pero esta circunstancia no justifica el abandono. Con los empréstitos que nuestras repúblicas contrajeron y dilapidaron durante un siglo, se hubieran podido pagar cien veces los barcos, los ferrocarriles, las máquinas y los especialistas necesarios para poner en marcha la producción.
Y si eso no hubiera sido posible, nada se opuso, por lo menos, a que el Estado, obrando como un particular en caso análogo, se reservase su parte, asociándose al negocio de las compañías concesionarias.
Nuestros dirigentes cedieron, en cambio, minas, bosques, yacimientos, cuanto brindaba la tierra pródiga, sin contrapeso alguno, llegando hasta considerar las enajenaciones como factores de progreso y de civilización. Cuando contemplamos en conjunto el desastre, nos agarramos la cabeza y nos preguntamos cómo pudo ser posible que por canales secretos huyera a otras naciones el patrimonio nacional.



















