DISCURSO ANTE LAS NACIONES UNIDAS
Haile Selassie I, Emperador de Etiopia
[6 de Octubre de 1963]
Sr. Presidente, distinguidos delegados: hace veintisiete años, como Emperador de Etiopia, subí a la tribuna en Ginebra, Suiza, para dirigirme a la Liga de Naciones y solicitar una ayuda para la destrucción que había sido desenlazada, por el invasor fascista, contra mi nación indefensa.
Entonces hablé a y para la conciencia del mundo. Mis palabras no fueron escuchadas, pero la historia es testimonio de la exactitud de la advertencia que diese en 1936.
Hoy me encuentro ante la organización mundial que ha tenido éxito por la fachada abandonada dejada por su predecesor desacreditado. En este organismo se encuentra protegido el principio de la seguridad colectiva que en vano invoque en Ginebra. Aquí, en esta Asamblea, descansa la mejor -tal vez la última- esperanza para la supervivencia pacifica de la humanidad.
En 1936, declaré que no era la Alianza de la Liga lo que se encontraba en juego, sino la moralidad internacional. Promesas, dije entonces, son de poco valor si se carece de la voluntad para mantenerlas.
La Carta de las Naciones Unidas proclama las aspiraciones más nobles del hombre: la renuncia a usar la fuerza para solucionar las diferencias entre estados; la garantía de los Derechos Humanos y Libertades Fundamentales para todos sin distinción de raza, sexo, idioma o religión; la protección de la paz y seguridad internacional.
Pero estas, también, como eran las frases de la Alianza, eran solo palabras; su valor dependía totalmente de nuestra voluntad para cumplirlas y honrarlas y darles contenido y significado.

