DISCURSO CON MOTIVO DE CONCLUIR LAS SESIONES DE LA CONVENCIÓN CONSTITUYENTE QUE SANCIONARA LA CONSTITUCION DE 1845, EN LA CIUDAD DE CUENCA, ECUADOR [1]Vicente Rocafuerte [2]
[1846]
Honorables Representantes:
La Convención cierra hoy sus sesiones; si no ha dado las mejores leyes son a lo menos las mas adecuadas a las tristes circunstancias de un país, que no ha gozado hasta ahora de las ventajas de su nacionalidad. En Agosto de 1809 el Ecuador empezó a despertar de su letargo colonial y estuvo luchando contra el poder peninsular, ya con prospera o adversa fortuna, hasta que en 1820 los habitantes de Guayas proclamaron el triunfo de la emancipación. Después de tan memorable acontecimiento vivieron al auxilio de nuestra causa unos guerreros, que la victoria condujo desde el Apore y Puerto Cabello hasta las orillas del Guayas, pero desgraciadamente con el tiempo ellos se convirtieron de auxiliares de nuestra Independencia, en opresores de nuestra libertad. Cansados los pueblos del despotismo de estos usurpadores, lanzaron contra ellos un grito de indignación, y el “Seis de Marzo” del año pasado anunció el exterminio de la dominación extranjera. Sobre las trincheras de Elvira, el valor y el patriotismo estamparon con caracteres de sangre, los victoriosos títulos de nuestra nacionalidad, y sobre tan nobles trofeos se ha levantado el nuevo pabellón del honor y gloria que tremola a orillas del Guayas, y que ostenta su gallardía bajo el hermoso cielo de Pichincha y de Imbabura. En su regeneración los pueblos han querido nueva Constitución, nuevas leyes, nuevas instituciones patrias, y una nueva asamblea nacional, que siendo el órgano de la opinión pública, haga olvidar las calamidades del tiempo pasado, satisfaga las exigencias del presente, y abra las esperanzas del porvenir. Para calmar la incertidumbre de los ánimos y satisfacer el voto general, se ha reunido esta Convención. Ella es el vivo reflejo de las varias y heterogéneas opiniones que fermentan en el seno de una sociedad que ha pasado de la condición de colonia al estado de independencia, de la esclavitud a la libertad, del goticismo al liberalismo; y de este conflicto de ideas antiguas y modernas resulta que nuestra legislación esta envuelta en cierto claro-oscuro, que caracteriza bien esta época de transición en que nos hayamos. Los mismos defectos de la Constitución y leyes que se acaban de publicar, servirán de punto de partida, para mejor graduar, en lo sucesivo, los progresos que vaya haciendo el país en la carrera de la civilización. La Constitución que se ha jurado, no es ciertamente la más liberal que puede darse pero es quizás la mas adecuada a nuestras circunstancias y bajo este punto de vista está conforme con la máxima de Solon, que no dio a los Atenienses las mejores leyes, sino las que mas le convenían. Una “Constitución, dice Sismondo de Sismondi, no se contrae únicamente a algunas reglas que norman a los ciudadanos, y a ciertos principios que regulen el ejercicio del poder social; ella comprende todos los hábitos de una Nación, sus afecciones, sus recuerdos, las necesidades de su imaginación, y también de sus leyes, y así es, que jamás puede escribirse sino la parte más pequeña de ella”.

