octubre 28, 2009

Discurso de Ricardo Balbin sobre expresiones en el Parlamento Uruguayo (1949)

DISCURSOS PARLAMENTARIOS
SOBRE EXPRESIONES EN EL PARLAMENTO URUGUAYO
Ricardo Balbin
Diario de Sesiones HCD - 15 de Junio de 1949

Tomo I - Págs. 841 a 844


Sr. Presidente (Cámpora). - Tiene la palabra el señor diputado por Bue­nos Aires.
Sr. Balbín. - Cuando en el Parlamento de un país se plantean asuntos de este carácter, es prudente que cada legislador diga plenamente su pensamiento, porque las afirmaciones, como se está probando en este instante, trascienden los límites del propio país.
Quiero fijar con serenidad mi pensamiento, que define una auténtica posi­ción democrática, pero deseo ubicarlo dentro de los límites precisos en que debe ser examinada la cuestión.
Las exposiciones que acabamos de oír juzgan intrépidamente a los hombres ya la historia de otro pueblo. Haré abstracción de ellos, porque me colocaré es­trictamente en el terreno de las definiciones.
Este episodio tiene un principio: la expulsión arbitraria de un parlamenta­rio. Para quienes defendieron la permanencia del diputado en su banca, como para quienes bregaron por que ese diputado fuera excluido del Parlamento, lógi­camente resultan dos criterios distintos en cuanto a lo que debe ser la interpreta­ción democrática y el juego regular de los poderes.
En ese episodio se definieron a plena responsabilidad dos temperamentos: la mayoría, expulsando a un diputado, definió su fisonomía política; nosotros, defendiendo los fueros del Parlamento, mostramos nuestra fisonomía política.
Sr. Miel Asquía. - Es una opinión personal.
Sr. Balbín. - Es una opinión personal que respet1las posiciones que fren­te al episodio adoptó cada uno de los sectores.
Para los que votaron la expulsión, existieron razones que hacen a su política o a la necesidad de eliminar un combatiente adversario. Para nosotros, el episodio significó atacar las bases democráticas y atentar contra el principio de la libertad.
Pero la mayoría, sobre la base de afirmaciones y acusaciones hechas públi­cas por el diputado expulsado, condiciona su despacho al pasar los antecedentes a la justicia federal. En consecuencia, la cuestión presenta dos aspectos: uno re­lativo al castigo del osado que hace la oposición al gobierno; y el otro, el pase al juzgado, como continuación, de una política de intimidación. En todos los aspec­tos de la vida argentina el proceso y el episodio de la intimidación ya tiene ejem­plos: está dentro del ambiente de los hombres del trabajo, penetra en las escue­las primarias, se sacude en la enseñanza secundaria, está en la universidad, se aplica a la vida política, y ahora llega, como culminación del proceso, al Parla­mento de la República.
El señor diputado Rodríguez Araya era expulsado de la Cámara y, pese a los desmentidos oficiales de la actualidad, iba a ser privado de su libertad. Es de­cir, se iba a dar este raro episodio: el acusador preso y los acusados en libertad.
Con lo que queda dicho que el proceso de intimidación tiene ese rumbo: ad­vertir a los denunciadores que ese puede ser el destino o el camino de su colabo­ración patriótica.
Producido el episodio, este diputado expulsado del Parlamento argentino toma asilo. Ejerce un derecho. Y es protegido por un país que hace honor a sus tradiciones democráticas. El episodio parlamentario parece que allí ha termina­do, que no puede tener lógicamente otra trascendencia: pero ocurre que una Cámara popular analiza el hecho. lo juzga y lo critica severamente. Eso mueve, lógicamente, la preocupación del sector responsable de la expulsión y pareciera, entonces, que en esta Cámara, porque fue atacado el sector de la mayoría por sus medidas, a nuestro juicio arbitrarias, se sienta alcanzado por la crítica; pare­ciera, como lógica consecuencia, que nosotros defendemos la posición como agradecidos al país que prestó asilo a un hermano nuestro.
Declaro que mi palabra no la mueve el agradecimiento. Antes de ahora, mucho antes de ahora, cuando se ventilaba un proceso de tipo internacional se­mejante a éste, el bloque de la Unión Civica Radical definió su conducta; frente al proceso de Belice fijó claramente su posición americana y el concepto que te­nía de la libertad y de la soberanía.
Más tarde, cuando se agitaban dictaduras en otros países: cuando se come­tían arbitrariedades, persecuciones y crímenes en nombre de la dictadura, noso­tros promovimos la inquietud de la Cámara reclamando el cese de esos episodios en aquellos países amigos. No teníamos el propósito de inmiscuirnos en la vida interna de un país, pero teníamos el lógico derecho de proclamar, como hom­bres libres, el deseo de que imperara la libertad en todas partes.
Ahora hago total abstracción del episodio de la Cámara que echó al diputa­do; hago total abstracción del país que ha hecho definiciones contrarias a estas expulsiones; no hago argumento de que en la Cámara de ese país amigo todos' los representantes y todos los sectores de opinión condenaron el episodio argentino. Pienso, y lo digo con lealtad, que el pronunciamiento de esa Cámara no va dirigido a criticar específicamente a un gobierno, no va dirigido a inmiscuirse en su vida política; no tiende a modificar sistemas, no penetra para hacer rever si­tuaciones, sino que está sumado a un propósito mundial, en el que chocan dos pasiones: una, que brega por la dictadura. y otra que defiende la libertad.
Quiero decirles a los señores diputados que el mundo tiene noticia y experiencia de estos episodios.
En otros tiempos, no hace muchos años, se decidían otras dictaduras por la no intervención, y las democracias pasivas y quietas, porque vivían, plenamente sus preceptos fundamentales, contemplaban cómo se iban desarrollando en esos países situaciones de fuerza, sin comprender que su pasividad permitiría desembocar en la tragedia de la última guerra del mundo. Mientras tanto los dictadores de todos aquellos países, en todos los momentos y a cada instante, levantaban falsamente la gran bandera de la no intervención. Querían silenciar y silencia­ban así el reclamo y la postura de las democracias, porque ellos iban a invadir después a las propias democracias. En esa situación de los dos temperamentos en lucha, que tiene vieja data en el mundo, el de la libertad con el exagerado respeto a la lealtad, permitió el auge de las fuerzas totalitarias, distintas en sus métodos e ideologías de las democracias.
Costó mucha sangre y muchas desgracias, tuvo muchas consecuencias para la humanidad aquella tolerancia, porque en definitiva no comprendieron sino tardíamente que cuando se hablaba de no intervención por los dictadores, éstos se preparaban para la guerra.
Pero luego de ese episodio, ¿desaparecen las fuerzas totalitarias o se tras­plantan? Todo hace suponer que se trasplantan, que viven. De modo que todos los países y todos los hombres deben examinar con cuidado cada episodio, para no caer en la trampa de las falsas definiciones y estar haciendo caldo propicio a la derrota del concepto de la libertad que puede morir definitivamente.
En consecuencia, un país como el nuestro, que tiene el derecho al respeto de todo el mundo por sus viejas tradiciones, ¿qué tiene que hacer, qué debe ha­cer para que estos episodios no se produzcan? Vivir clara y lealmente la vida de­mocrática. Vivir claramente y exhibir con verdad sus conceptos y sus consignas republicanas. Verán entonces, los señores diputados, que nadie se atreverá a en­juiciar nuestra conducta o nuestros procedimientos. Pero es que los hechos no pueden ocultarse. Al servicio de estas grandes consignas democráticas de la li­bertad se mueven los pueblos, realizan conferencias generales, luchan en el campo de la discusión de las ideas, deliberan cómo debe hacerse una legislación internacional que asegure la libertad en todos los órdenes; y de esta manera ad­vertimos conferencias internacionales que reglamentan y articulan la libertad de prensa; vemos y advertimos conferencias internacionales que hablan de la libertad de expresión del pensamiento por intermedio de la radio; vemos y advertimos con­ferencias internacionales que hablan de la libertad dentro de los pueblos para afianzar la libertad dentro de la humanidad. Y entonces surge una obligación y un derecho en cada uno de los hombres que intervienen en esa conferencia de tipo internacional, al servicio de una idea que exponen para bien de la humani­dad, cual es la de denunciar dónde se está poniendo en falencia aquella defini­ción de la libertad que se prometió firmar con honor. (¡Muy bien! ¡Muy bien!)
En esas condiciones, señor presidente, un país cualquiera de América, que cumple las consignas internacionales en cuanto a la libertad de expresión, en cuanto a la libertad de prensa, a la libertad de difusión de las ideas por medio de la radio. a la libertad de crítica política, que tiene tribuna libre, Parlamento so­berano, ¿tiene o no derecho a dudar que están en falencia esas conquistas de la vida democrática en un país como éste en que todos sabemos que no existe liber­tad de prensa, que la radio está monopolizada, que se expulsa del país a los hombres que se rebelan, que de su Parlamento se echa a un diputado por hacer denuncias graves contra la administración del Estado...
-Varios señores diputados hablan a la vez, y suena la campana.
Sr. Presidente (Cámpora). - Continúa en el uso de la palabra el señor diputado por Buenos Aires.
Sr. Balbín. - ¿Cómo no se puede hacer el análisis de un país en su vida in­ternacional, cuando todos saben que un ejército de taquígrafos y de policías si­gue a los hombres de la oposición en todas las tribunas? ¿Cómo no se ha de creer que no se vive en plena libertad en un pueblo, cuando un sector de la po­blación se irrita y se levanta enérgicamente cuando a uno de sus diputados lo al­canza una contingencia, y no surge una sola palabra de protesta, cuando se balea a un diputado de la oposición por la espalda, a Rodríguez Araya, en Rosario; o a González Funes, en Salta? Todo esto, señor presidente, crea un clima argentino.
Lógicamente. a las afirmaciones del oficialismo y dé sus hombres no se pue­de responder en ninguna parte, porque no hay un solo diario que pueda recoger la palabra de la oposición. Este es un hecho que no puede negarse, porque inclu­so en este sector se han hecho denuncias de compras y de adquisiciones de dia­rios por gente que está vinculada directamente al oficialismo o a sus parientes.
Cómo se puede negar que no existe censura a la opinión, si la Argentina tie­ne representación en un congreso de radiotelefonía, y después resulta que la ra­diotelefonía, que nosotros afirmamos ponerla al servicio de la libertad e institu­yendo el derecho de todos los ciudadanos para el acceso a la misma, la ejercita únicamente el gobierno o el sector que le es adicto. .
Surge así una preocupación de tipo continental, que también entraña una preocupación de tipo mundial. ¿Estos aspectos de la vida argentina están vincu­lados exclusivamente a nuestra vida. o esta nueva organización del país tiene otras finalidades? Yo quiero creer que no debe tenerlas: así resulta lógico pen­sando patrióticamente. Pero fuera de los límites de la República existen otros países que examinan este desenvolvimiento argentino, este auge extraordinario de las fuerzas del país al servicio de lo material de la República, y cómo se va tejiendo en todo el territorio nacional una trama de cuarteles. Los países ameri­canos no oyen la voz de la oposición; no sienten la crítica al gobierno, porque un silencio de muerte impera dentro del país. Entonces, yo pregunto si por sobre los límites nacionales no pueden tener derecho esos países a emitir anhelos de paz o voz de alerta.
El Parlamento de ese país hermano no ha mostrado en su reclamo solidari­dad a un amigo, exclusivamente, sino que ha encontrado en ese exilado argenti­no la posibilidad de decir su reclamo dentro del país y, más que protegerlo indi­vidualmente, plantear dónde está la libertad de prensa que nosotros queríamos y firmamos: dónde está la libertad de radio que el país firmó al servicio de la civilización del mundo: dónde están las definiciones auténticas de un país que firma y no cumple dentro de los límites de la República las convenciones inter­nacionales.
Aparece naturalmente, el viejo fantasma del pasado. Otros gobiernos den­tro de su país tuvieron esta técnica y estos procedimientos, y en ellos estuvo en crisis la libertad y pudo estar derrotada la democracia. Eso ha costado enormes sacrificios a la humanidad, y nosotros estamos solidarizados no con este país que reclama, sino con todos los que se encuentran incondicionalmente al servicio de la civilización. Esa actitud pudo venir de cualquier parte y ser un grito de aten­ción. No existe el propósito de intervenir: si existiera. si ello estuviera indicado en procedimientos materiales, yo sería el primero en sumarme a la protesta. Pero soy un hombre al servicio de la democracia, que la aspiro y reclamo para mí y la pretendo para todos los países hermanos.
Sr. Miel Asquía. - Pero están insultando, señor presidente.
Sr. Balbín. - No he usado un solo calificativo, no he personalizado una sola vez: estoy definiendo ideas que defiendo con calor. ¿Qué me puede hablar...
-Hablan varios señores diputados simultáneamente, y suena la campana.
Sr. Miel Asquía. - No le admito al señor diputado...
-Suena la campana.
Sr. Presidente (Cámpora). - Continúa con la palabra el señor diputado por Buenos Aires.
Sr. Balbín. – Pienso, señor presidente, que estos episodios hacen bien a la salud de los pueblos; creo que el debate de estas cosas hace bien al país. No se­ría leal conmigo mismo si no tuviera una línea de conducta permanente en estas cuestiones. Cuando otros países hermanos sufrían la técnica de gobierno simi­lar, cuando la persecución era una costumbre, cuando la cárcel era el sitio obli­gado de todos los hombres libres, nosotros protestamos contra el Paraguay vigo­rosamente.
Cuando en España se fusilaba arbitrariamente a los hombres trabajadores, sirviendo una dictadura, nosotros reclamamos sin pretender que se entendiera que penetrábamos en la solución de los problemas de ese país. Únicamente for­mulábamos nuestra protesta como una contribución a una causa que por ser de­mocrática no es únicamente argentina, sino que pertenece y la queremos para todos los pueblos. Cuando nosotros reclamábamos en esta Cámara, con nues­tros pedidos y declaraciones, frente a situaciones similares para otros hombres del continente de América, no estaba en nuestro propósito intervenir en los pro­blemas de los distintos países; sólo hacíamos una definición de hermanos dentro de la conformación de la humanidad, conferíamos una convicción de demócra­tas al servicio de la democracia de todos los países.
Mal podemos, entonces, hoy, al servicio de un falso patriotismo, fustigar un hecho que para nosotros tiene una definición clara. El Uruguay no pretende in­tervenir, ni intervendrá -porque no habremos de tolerarlo- en la solución de los problemas argentinos, pero le hago el honor de reconocer que tiene el dere­cho, frente al mundo, de reclamar el cumplimiento de las disposiciones interna­cionales que hacen a la libertad y a la decencia democrática. (¡Muy bien! ¡Muy bien! Aplausos).

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