noviembre 01, 2009

Discurso apertura de la Reunión del "Grupo de los 24" - Raúl Alfonsín

DISCURSO APERTURA DE LA REUNIÓN DE “GRUPO DE LOS 24”
"La lucha por la libertad y la justicia es una lucha constante, de permanente vigencia y de resultados aún lejanos"

Raúl Alfonsín
[6 de Marzo de 1986]

Señores ministros, señores delegados, señoras, señores:
La República Argentina les da la bienvenida y se honra en ser la sede de esta reunión extraordinaria del Grupo de los 24.
Queremos hacerles llegar nuestros mayores sentimientos de hospitalidad y la gran satisfacción que nos embarga al ver los frutos de la cooperación sembrados en mi país hace ya más de veinte años. En la reunión de Alta Gracia, realizada en 1964, se dio un paso decisivo en la constitución del Grupo de los 77, como prólogo a la Primera Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo, en cuyo éxito tuvo participación destacada uno de nuestros más ilustres compatriotas: el doctor Raúl Prebisch.
Confío en que el mismo espíritu de entonces, fortalecido por el trabajo en común a lo largo de los anos, ponga de manifiesto la firme unidad de criterio de los países en desarrollo frente a algunos de los difíciles problemas que hoy afectan al mundo.
Estoy seguro de que una vez más daremos a luí nuevas propuestas que, en esta ocasión, han de servir a la búsqueda de soluciones para el endeudamiento externo, la transferencia de recursos hacia las naciones más pobres y, más en general, a la necesaria reforma del sistema monetario internacional.
La República Argentina atraviesa hoy una experiencia singular y apasionante de la que quisiera hacerles partícipes. Después de años de imperio de la fuerza, nuestro pueblo ha sabido liberarse del peso del autoritarismo para reinstaurar los principios de una convivencia democrática. En este proceso los argentinos estamos recuperando la capacidad de resolver nuestros problemas sobre la base de la solidaridad y la erradicación de la violencia.
Con estos principios la República Argentina conduce asimismo sus relaciones internacionales, en procura de un orden más justo y solidario, asentado sobre la resolución pacífica de los conflictos.
Sabemos que no estamos solos en este empeño, y que estos principios son los que guían la acción de los países en desarrollo dentro de la sociedad de las naciones.
Nuestros pueblos reclaman progreso y bienestar para compartir con los países desarrollados las posibilidades materiales y espirituales que el ingenio humano abre a todos en los umbrales del siglo XXI.
Nuestros pueblos también reclaman la paz y la cooperación para dirimir las diferencias entre las naciones. Sin embargo, no habrá paz si las relaciones internacionales siguen dominadas por un orden injusto.
Tampoco habrá espacio para la cooperación si está ausente la voluntad de reformar los sistemas perimidos, que no dan cabida a las legítimas aspiraciones de la gran mayoría de los pueblos.
A esta altura del desarrollo de la humanidad, el egoísmo en la relación entre las naciones y la falta de previsión frente a los conflictos constituyen una verdadera regresión histórica. La madurez de la comunidad internacional radica, precisamente, en su capacidad para pensarse como un orden interdependiente y en su habilidad para enfrentar las crisis que amenaza su existencia misma.
La voluntad de cooperar entre naciones logró en el pasado éxitos brillantes en la resolución de problemas que, en su momento, parecían insuperables.
Así vimos a los países más avanzados levantarse por sobre la destrucción causada por la última guerra mundial, mediante una cooperación que, si bien implicaba una inicial transferencia de medies de una nación hacia otras, demostró a la larga ser de interés mutuo para todas las naciones involucradas. Así también hemos visto crecer en el Viejo Continente una cooperación con la que se pretende sepultar en forma definitiva siglos de conflictos y de guerras, aunque lamentablemente se lo haya hecho en ciertos aspectos a costa del bienestar de otras regiones.
Si algo faltaba a ese espíritu de cooperación imbuido de la dura experiencia de la violencia bélica, era hacerlo extensivo a los problemas del mundo en desarrollo. Pero en la década del sesenta la comunidad internacional fue gestando y concretando también, progresivamente, lazos de cooperación para erradicar las formas más flagrantes del atraso y propiciar que los países en desarrollo tuvieran un lugar más equitativo en el contexto universal.
En este proceso cumplieron un papel fundamental los organismos internacionales gestados a fines de la última guerra mundial. Ellos supieron adaptar sus mecanismos para abordar los nuevos problemas que se fueron presentando al engrosarse las voces de los pueblos con el surgimiento de más naciones independientes en la escena política mundial.
A pesar de las limitaciones de estas iniciativas, su contraste con lo que hemos vivido en los últimos años no podría ser más marcado. La lista de los retrocesos es extensa.
Hemos asistido a la reducción en los flujos de Asistencia Oficial al Desarrollo (AOD), con sus secuelas de hambre, enfermedad y pobreza en numerosas regiones. Es palmaria la insuficiente dotación de recursos para los organismos financieros internacionales, incluidos los bancos multilaterales de desarrollo. Se han acentuado las medidas proteccionistas arancelarias y no arancelarias, que castigan con particular vigor a los países en desarrollo y son una burla a los esfuerzos largamente propiciados para estimular nuevos y tradicionales renglones de exportación. Y, por último, pero de la mayor importancia para estas deliberaciones, vemos que se persiste en una política de altas tasas de interés, que no repara en sus consecuencias para los países en vías de desarrollo, muchos de ellos altamente endeudados.
El desenlace final de este proceso es la paradójica situación actual, en la que numerosas regiones del mundo en desarrollo se han convertido en exportadoras de capital hacia los países industrializados, lo que constituye una reversión de las naturales corrientes de recursos desde los países más ricos hacia los más pobres.
Simultáneamente, el efecto combinado de políticas deflacionistas y de fuertes desequilibrios entre los países industrializados ha redundado en una vertical caída de los precios de los productos básicos de nuestros países, que han descendido hasta niveles sin parangón en los últimos cuarenta anos.
Todo este muestrario de calamidades pone en evidencia las dificultades que se oponen a nuestro crecimiento y modernización, y los peligros que corre la democracia tan costosamente recuperada por muchos de nuestros países. Es que la libertad misma está en peligro allí donde se multiplican las tensiones generadas por la escasez, la miseria, el hambre.
Un contexto semejante constituye la más seria amenaza a nuestra independencia nacional, a nuestra viabilidad como naciones independientes desde que rompimos con el vínculo colonial, en el siglo pasado, en el caso de la mayoría de las naciones americanas, o en este siglo como ha ocurrido con numerosos Estados africanos y asiáticos.
Sin embargo, por fortuna han comenzado a percibirse algunos signos alentadores. Ciertos principios doctrinarios, considerados en el Norte como verdades reveladas, están perdiendo su aura de infalibilidad y ciertas posiciones irreductibles van amoldándose, poco a poco, a la crítica realidad que enfrentan todos los países. La mejor disposición a tratar la reforma del sistema monetario internacional y a aceptar el carácter político del problema del endeudamiento externo de los países en desarrollo, son dos ejemplos del promisorio potencial de cambio que se ha manifestado en los últimos tiempos.
En un mundo interdependiente -en el que las aspiraciones de las diferentes naciones ya no pueden ser postergadas en función de los intereses de una o algunas potencias dominantes- la cooperación se torna imprescindible. No sólo para los países ubicados en los peldaños inferiores, los más vulnerables, de la escala del poder mundial, sino incluso para los más poderosos. En realidad, hoy en día todas las naciones somos naciones dependientes, esto es, dependemos de un sistema internacional que de no ser domesticado amenaza destruir aun a los más fuertes, aun a aquellos que creyeron que su poderío les permitía dar rienda suelta a las fuerzas ciegas de la rivalidad entre países.
En materia monetaria, no debemos descartar la posibilidad de que un proceso que comenzó con objetivos limitados y enfocados contra las fuentes de presión proteccionista, se convierta en un movimiento de mayor trascendencia. La reforma del sistema monetario internacional podría llegar a ser, así, un jalón en el afán por recuperar el espíritu de cooperación de otros tiempos, para encarar los problemas de estos últimos quince anos del siglo.
Claro está que, como corresponde también a los nuevos tiempos, la tarea de determinar las pautas de esa reforma no puede quedar en manos de uno, ni de cinco, ni de siete, ni siquiera de once países. Los países del mundo en desarrollo -reunidos en el Grupo de los 77, del que este Grupo de los 24 es una expresión de las más significativas- deberán participar con pleno derecho en la formulación de esta reforma. La labor de elaboración propia efectuada hasta el momento, volcada en documentos rigurosos y responsables, revela cabalmente nuestra voluntad y capacidad de participar en un pie de igualdad con todos los otros países, sin discriminación alguna, en la reforma del sistema. Sabemos, por otra parte que, aun entre los países industrializados, hay posiciones divergentes en cuanto a los mejores medios para llevarla a cabo. Confiamos, pues, en que se dejen de lado inútiles enfrentamientos, engendrados por actitudes excluyentes, que impiden un diálogo profundo y fructífero en pos de un mayor y mutuo beneficio.
Para los países jaqueados por la crisis del endeudamiento externo, parecería inoportuno empeñar esfuerzo alguno en una cuestión tan general como es la del sistema monetario internacional, al parecer tan alejada de nuestras preocupaciones más inmediatas. Sin embargo, no hacerlo constituiría el mayor error de nuestra parte. Víctimas principales del unilateralismo imperante, sobre todo en los asuntos monetarios y financieros, cometeríamos nosotros mismos un nuevo pecado de unilateralismo si abandonáramos la lucha por resolver mediante la cooperación en nuestros problemas, ya que éstos se originan precisamente en el mal funcionamiento del sistema internacional.
En efecto, se repite sin cesar en más de un foro, y en publicaciones de amplia difusión mundial, que la responsabilidad de la crisis del endeudamiento externo les cabe a los países deudores, por sus errores de política económica y su falta de disciplina en la gestión del gasto público y privado. Pero hay un hecho incontrastable, corroborado por los análisis de organismos internacionales de la mayor solvencia intelectual y política. La crisis de la deuda no se origina, en lo fundamental, en acontecimientos internos, sino en el impacto que las políticas discriminatorias y deflacionistas aplicadas por una mayoría de países industrializados ejercen sobre el balance de pagos de los países endeudados. En particular, la alta tasa de interés y los bajos precios de los productos básicos han sido los mecanismos esenciales por los cuales esas políticas de lucha contra la inflación fueron transmitidas, sin medida y sin previsión, a los países en desarrollo.
En realidad, la crisis del endeudamiento externo de los países en desarrollo forma parte de una crisis mayúscula de la cooperación internacional, que se manifiesta en la proliferación de políticas unilaterales de lucha contra la inflación. Tales políticas divergentes, aunque tuvieran éxito en su objetivo central, nos han dejado como herencia un conjunto de agudos desequilibrios en la economía internacional, entre los cuales se cuenta la pesada carga de la deuda externa. No habrá solución de fondo para la crisis actual sin un reequilibrio de estos valores; las tasas reales de interés deben regresar a sus valores históricos y los precios de los productos básicos deben recuperar los niveles que les corresponden, conforme a las tendencias estructurales de la oferta y la demanda en condiciones no recesivas.
La lucha contra la deflación mundial, esto es la lucha por una economía en expansión es, por lo tanto, la solución de fondo para el problema del endeudamiento. Esta lucha sólo puede concebirse en un contexto de cooperación.
Sin esa cooperación entre las grandes naciones, sin la plena participación de los países en desarrollo, sin un "diálogo político" amplio, la economía mundial no se reactivará en forma decisiva, los precios de nuestros productos de exportación seguirán perdiendo posiciones y las tasas de interés continuarán en los inusitados niveles de los últimos años. Y todo esto impedirá lograr una solución duradera para la actual crisis de la deuda y para el futuro financiamiento del desarrollo.
La crisis de la deuda ha puesto también sobre el tapete, con mayor fuerza que en aros anteriores, la necesidad de revitalizar los Organismos públicos de cooperación monetaria y financiera internacionales. La pujante expansión de la banca comercial durante la década del setenta y su acrecentada participación en la creación de liquidez y en el financiamiento del desarrollo redujeron el papel de dichos organismos. Hoy en día la menor disponibilidad de fondos de la banca comercial hace imprescindible revertir dicha tendencia. De lo contrario, los países en desarrollo se quedarán sólo con deudas, pero sin nuevo financiamiento. La acumulación de deudas a altas tasas de interés puso fin a un sistema financiero internacional de facto: el basado en la banca comercial.
En consecuencia, los organismos financieros internacionales y los bancos multilaterales de desarrollo deben ser dotados de los recursos indispensables para retomar su función, postergada en los últimos tiempos. Desde luego que a tal fin deberán adecuar sus procedimientos. La llamada "condicionalidad" que aplican dichos organismos debe ser discutida a la luz de los problemas del presente y del futuro. Por otra parte, el respeto por la soberanía de los Estados indica que sería imprudente intentar imponer, a través de esa condicionalidad, una fórmula única de política económica para generar estabilidad y desarrollo.
La deuda y la reforma del sistema monetario internacional, por lo tanto, se encuentran íntimamente unidas en la batalla por recrear un espíritu de cooperación que nos encamine hacia la solución de los problemas de todos, deudores y acreedores.
Quizás algunos nos tachen de utópicos, de faltos de realismo. ¿Acaso es realista creer que los países deudores persistirán en fórmulas que les cierran progresivamente la salida para su crecimiento y el bienestar de sus pueblos? ¿Acaso es realista insistir en políticas unilaterales, que bordean el precipicio de la crisis una y otra vez, hasta que nos veamos todos arrojados al vacío del crac financiero internacional?
En realidad, lo verdaderamente utópico en estos momentos es pretender salir de una crisis inédita por los caminos conocidos.
Hemos demostrado al mundo entero ser miembros responsables de una comunidad internacional que nos interesa mantener activa y solidaria. Así, hemos encarado con rigor la estabilización de nuestras economías. Hemos cumplido con nuestros compromisos externos. Hemos formulado propuestas innovadoras para hacer frente a la emergencia con un diálogo constructivo.
Esperamos que esa misma responsabilidad sea asumida por los países desarrollados. Si se persiste, por un equivocado pragmatismo, en postergar las soluciones de fondo, la crisis habrá de profundizarse. Y con ello se verá afectada la cooperación internacional, condenando a nuestros países a buscar salidas que se volverán contra la propia estabilidad del sistema que todos tenernos la obligación de preservar.
En momentos como los actuales, en los que a nuestro llamado sereno pero firme en favor del diálogo se suma también la opinión pública de vastos sectores del mundo desarrollado, permítaseme aprovechar la ocasión para rendir un homenaje que seguramente será compartido por todos ustedes.
El reciente asesinato de Olof Palme es una nueva demostración de que la lucha por la libertad y la justicia es una lucha constante, de permanente vigencia y de resultados aún lejanos.
Una lucha que aun en las sociedades que parecen haber alcanzado casi todos sus objetivos no puede llevarse a cabo sin que entrañe un profundo compromiso vital y concretos riesgos personales.
Toda la vida de Palme describe la casi perfecta parábola de una ética política integral que se resiste a separar la búsqueda de una sociedad justa dentro de las propias fronteras del establecimiento de un orden internacional respetuoso de esos mismos valores.
Con Palme se ha ido de entre nosotros un hombre que supo demostrar a su sociedad y al mundo que no es posible concebir la igualdad entre los hombres y los pueblos sobre bases meramente declarativas y que para que ésta sea realmente efectiva es imprescindible asegurar las bases materiales de un trato igualitario que ponga fin a las diferencias profundas entre las sociedades. Con esa misma óptica Palme supo demostrar a través de una actividad internacional constante y permanente que para la batalla por la justicia y la libertad no hay cuestiones pequeñas ni abstractas. Que no tiene sentido la tarea de combatir las barreras raciales y culturales si se mantienen los regímenes de discriminación económica. Que no se puede propiciar el apaciguamiento de los conflictos y las guerras locales si no se contribuye en forma efectiva a la distensión y el desarme de los factores reales que generan esos conflictos.
La justicia de estos conceptos que Palme dejó sembrados a lo largo de su vida con actitudes concretas tendrá su más plena ratificación en la continuidad que nosotros, sus amigos de su país y de otras naciones, sepamos darle de aquí en más.
Nuestra actividad habrá de demostrar la inutilidad y la irracionalidad de los que creen que segando cobardemente una vida puede interrumpirse el desarrollo de lo mejor que tiene el género humano.
Con estas palabras de recordación quiero dejar inauguradas las sesiones de los ministros convocados por el Grupo de los 24.
Muchas gracias.
RAÚL RICARDO ALFONSÍN

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