agosto 04, 2011

"El problema de las razas en la América Latina" José Carlos Mariátegui (1929)

EL PROBLEMA DE LAS RAZAS EN LA AMÉRICA LATINA [1]
José Carlos Mariátegui
[1929]

I. PLANTEAMIENTO DE LA CUESTIÓN
El problema de las razas sirve en la América Latina, en la especulación intelectual burguesa, entre otras cosas, para encubrir o ignorar los verdaderos problemas del continente. La critica marxista tiene la obligación impostergable de plantearlo en sus términos reales, desprendiéndolo de toda tergiversación casuista o pedante. Económica, social y políticamente, el problema de las razas, como el de la tierra, es, en su base, el de la liquidación de la feudalidad.
Las razas indígenas se encuentran en la América Latina en un estado clamoroso de atraso y de ignorancia, por la servidumbre que pesa sobre ellas, desde la conquista española. El interés de la clase explotadora, -española primero, criolla después-, ha tendido invariablemente, bajo diversos disfraces, a explicar la condición de las razas indígenas con el argumento de su inferioridad o primitivismo. Con esto, esa clase no ha hecho otra cosa que reproducir, en esta cuestión nacional interna, las razones de la raza blanca en la cuestión del tratamiento y tutela de los pueblos coloniales.
El sociólogo Vilfredo Pareto, que reduce la raza a sólo uno de los varios factores que determinan las formas del desenvolvimiento de una sociedad, ha enjuiciado la hipocresía de la idea de la raza en la política imperialista y esclavizadora de los pueblos blancos en los siguientes términos: “La teoría de Aristóteles sobre la esclavitud natural es también la de los pueblos civiles modernos para justificar sus conquistas y su dominio sobre pueblos y llamados por ellos de raza inferior. Y como Aristóteles decía que existen hombres naturalmente esclavos y otros patrones, que es conveniente que aquellos sirvan y éstos manden, lo que es además justo y provechoso pata todos; perecidamente los pueblos modernos, que se gratifican ellos mismos con el epíteto de civilizados, dicen existir pueblos que deben naturalmente dominar, y son ellos, y otros pueblos que no menos naturalmente deben obedecer y son aquellos que quieren explotar; siendo justo, conveniente y a todos provechoso que aquellos manden, éstos sirvan. De esto resulta que un inglés, un alemán, un francés, un belga, un italiano, si lucha y muere por la patria es un héroe; pero un africano si osa defender su patria contra esas naciones, es un vil rebelde y un traidor. Y los europeos cumplen el sacrosanto deber de destruir a los africanos, como por ejemplo en el Congo, para enseñarles a ser civilizados. No falta luego quien beatamente admira esta obra “de paz, de progreso, de civilidad”. Es necesario agregar que, con hipocresía verdaderamente admirable, los buenos pueblos civiles pretenden hacer el bien de los pueblos a ellos sujetos, cuando los oprimen y aun los destruyen; y tanto amor les dedican que los quieren “libres” por la fuerza. Así los ingleses liberaron a los indios de la “tiranía” de los raía, los alemanes liberaron a los africanos de la “tiranía” de los reyes negros, los franceses liberaron a los habitantes de Madagascar y, para hacerlos más libres, mataron a muchos reduciendo a los otros a un estado que sólo en el nombre no es de esclavitud; así los italianos liberaron a los árabes de la opresión de los turcos. Todo esto es dicho seriamente y hay hasta quien lo cree. El gato atrapa al ratón y se lo come, pero no dice que hace esto por el bien del ratón, no proclama el dogma de la igualdad de todos los animales y no alza hipócritamente los ojos al cielo para adorar al “Padre común” (“Trattato di Sociologia Generale”, Vol. II).
La explotación de los indígenas en la América Latina trata también de justificarse con el pretexto de que sirve a la redención cultural y moral de las razas oprimidas.
La colonización de la América Latina por la raza blanca no ha tenido, en tanto, como es fácil probarlo, sino efectos retardatarios y deprimentes en la vida de las razas indígenas. La evolución natural de éstas ha sido interrumpida por la opresión envilecedora del blanco y del mestizo. Pueblos como el quechua y el azteca, que habían llegado a un grado avanzado de organización social, retrogradaron, bajo el régimen colonial, a la condición de dispersas tribus agrícolas. Lo que en las comunidades indígenas del Perú subsiste de elementos de civilización es, sobre todo, lo que sobrevive de la antigua organización autóctona. En el agro feudalizado, la civilización blanca no ha creado focos de vida urbana, no ha significado siempre siquiera industrialización y maquinismo: en el latifundio serrano, con excepción de ciertas estancias ganaderas, el dominio del blanco no representa, ni aún tecnológicamente, ningún progreso respecto de la cultura aborigen.
Llamamos problema indígena a la explotación feudal de los nativos en la gran propiedad agraria. El indio, en el 90 por ciento de los casos, no es un proletario sino un siervo. El capitalismo, como sistema económico y político, se manifiesta incapaz, en la América Latina, de edificación de una economía emancipada de las taras feudales. El prejuicio de la inferioridad de la raza indígena, le consiente una explotación máxima de los trabajos de esta raza; y no está dispuesto a renunciar a esta ventaja, de la que tantos provechos obtiene. En la agricultura, el establecimiento del salariado, la adopción de la máquina, no borran el carácter feudal, de la gran propiedad. Perfeccionan, simplemente, el sistema de explotación de la, tierra y de las masas campesinas. Buena parte de nuestros burgueses y “gamonales” sostiene calurosamente la tesis de la inferioridad del indio: el problema indígena es, a su juicio, un problema étnico cuya solución depende del cruzamiento de la raza indígena con razas superiores extranjeras. La subsistencia de una economía de bases feudales se presenta, empero, en inconciliable oposición con un movimiento inmigratorio suficiente para producir esa transformación por el cruzamiento. Los salarios que se pagan en las haciendas de la costa y de la sierra (cuando en estas últimas se adopta el salario) descartan la posibilidad de emplear inmigrantes europeos en la agricultura. Los inmigrantes campesinos no se avendrían jamás a trabajar en las condiciones de los indios; sólo se les podría atraer haciéndolos pequeños propietarios. El indio no ha podido ser nunca reemplazado en las faenas agrícolas de las haciendas costeñas sino con el esclavo negro o el “cooli” chino. Los planes de colonización con inmigrantes europeos tienen, por ahora, como campo exclusivo, la región boscosa del Oriente, conocida con el nombre de Montaña. La tesis de que el problema indígena es un problema étnico no merece siquiera ser discutida; pero conviene anotar hasta qué punto la solución que propone está en desacuerdo con los intereses y las posibilidades de la burguesía y del gamonalismo, en cuyo seno encuentra sus adherentes.
Para el imperialismo yanqui o inglés, el valor económico de estas tierras sería mucho menor si con sus riquezas naturales no poseyesen una población indígena atrasada y miserable a la que, con el concurso de las burguesías nacionales, es posible explotar extremamente. La historia de la industria azucarera peruana, actualmente en crisis, demuestra que sus utilidades han reposado, ante todo, en la baratura de la mano de obra, esto es en la miseria de los braceros. Técnicamente, esta industria no ha estado en ninguna época en condiciones de concurrir con la de otros países en el mercado mundial. La distancia de los mercados de consumo, gravaba con elevados fletes su exportación. Pero todas estas desventajas eran compensadas largamente por la baratura de la mano de obra. El trabajo de esclavizadas masas campesinas, albergadas en repugnantes “rancherías”, privadas de toda libertad y derecho, sometidas a una jornada abrumadora, colocaba a los azucareros peruanos en condiciones de competir con los que, en otros países, cultivaban mejor sus tierras o estaban protegidos por una tarifa proteccionista o más ventajosamente situados desde el punto de vista geográfico. El capitalismo extranjero se sirve de la clase feudal para explotar en su provecho estas masas campesinas. Mas a veces, la incapacidad de estos latifundistas (herederos de los prejuicios, soberbia y arbitrariedad medioevales) para llenar la función de jefes de empresa capitalista, es tal que aquel se ve obligado a tomar en sus propias manos la administración de latifundios y centrales. Esto es lo que ocurre, particularmente, en la industria azucarera, monopolizada casi completamente en el valle de Chicama por una empresa inglesa y una empresa alemana.
La raza tiene, ante todo, esta importancia en la cuestión del imperialismo. Pero tiene también otro rol, que impide asimilar el problema de la lucha por la independencia nacional en los países de la América con fuerte porcentaje de población indígena, al mismo problema en el Asia o el África. Los elementos feudales o burgueses, en nuestros países, sienten por los indios, como por los negros y mulatos, el mismo desprecio que los imperialistas blancos. El sentimiento racial actúa en esta clase dominante en un sentido absolutamente favorable a la penetración imperialista. Entre el señor o el burgués criollo y sus peones de color, no hay nada de común. La solidaridad de clase, se suma a la solidaridad de raza o de prejuicio, para hacer de las burguesías nacionales instrumentos dóciles del imperialismo yanqui o británico. Y este sentimiento se extiende a gran parte de las clases medias, que imitan a la aristocracia y a la burguesía en el desdén por la plebe de color, aunque su propio mestizaje sea demasiado evidente.
La raza negra, importada a la América Latina por los colonizadores para aumentar su poder sobre la raza indígena americana, llenó pasivamente su función colonialista. Explotada ella misma duramente, reforzó la opresión de la raza indígena por los conquistadores españoles. Un mayor grado de mezcla, de familiaridad y de convivencia con éstos en las ciudades coloniales, la convirtió en auxiliar del dominio blanco, pese a cualquier ráfaga de humor turbulento o levantisco. El negro o mulato, en sus servicios de artesano o doméstico, compuso la plebe de que dispuso siempre más o menos incondicionalmente la casta feudal. La industria, la fábrica, el sindicato, redimen al negro de esta domesticidad. Borrando entre los proletarios la frontera de la raza; la conciencia de clase eleva moral, históricamente, al negro. El sindicato significa la ruptura definitiva de los hábitos serviles que mantienen, en cambio, en él la condición de artesano o criado.
El indio por sus facultades de asimilación al progreso, a la técnica de la producción moderna, no es absolutamente inferior al mestizo. Por el contrario, es, generalmente, superior. La idea de su inferioridad racial esta demasiado desacreditada para que merezca, en este tiempo, los honores de una refutación El prejuicio del blanco, que ha sido también el del criollo, respecto a la inferioridad del indio, no reposa en ningún hecho digno de ser tomado en cuánta en el estudio científico de la cuestión; La cocamanía y el alcoholismo de la raza indígena, muy exagerados por sus comentadores, no son otra cosa que consecuencias, resultados de la opresión blanca. El gamonalismo fomenta y explota estos vicios, que bajo cierto aspecto se alimentan de los impulsos de la lucha contra el dolor, particularmente vivos y operantes en un pueblo subyugado. El indio en la antigüedad no bebió nunca sino “chicha”, bebida fermentada de maíz, mientras que desde que el blanco implantó en el continente el cultivo de la caña, bebe alcohol. La producción del alcohol de caña es uno de los más “saneados” y seguros negocios del latifundismo, en cuyas manos se encuentra también la producción de coca en los valles cálidos de la montaña.
Hace tiempo que la experiencia japonesa demostró la facilidad con que pueblos de raza y tradición distintas de las europeas, se apropian de la ciencia occidental y se adaptan al uso de su técnica de producción. En las minas y en las fabricas de la Sierra del Perú, el indio campesino confirma esta experiencia.
Y ya la sociología marxista ha hecho justicia sumaria a las ideas racistas, producto todas del espíritu imperialista. Bukharin escribe en “La théorie du materialisme historique”: “La teoría de las raras es ante todo contraria a los hechos. Se considera a la raza negra como una raza “inferior”, incapaz de desarrollarse por su naturaleza misma. Sin embargo, está probado que los antiguos representantes de esta raza negra, los kushitas, habían creado una civilización muy alta en las Indias (antes que los Hindúes) y en Egipto. La raza amarilla, que no goza tampoco de un gran favor, ha creado en la persona de los chinos una cultura que era infinitamente más elevada que las de sus contemporáneos blancos; los blancos no eran entonces sino unos niños en comparación con los chinos. Sabemos muy bien ahora todo lo que los griegos antiguos tomaron a los asirio-babilonios y a los egipcios. Estos hechos bastan para probar que las explicaciones sacadas del argumento de las razas no sirven para nada. Sin embargo, se nos puede decir: Quizás tenéis razón; pero, ¿podéis afirmar que un negro medio iguale por sus cualidades a un europeo medio? No se puede responder a esta cuestión con una salida como la de ciertos profesores liberales: todos los hombres son iguales; según Kant la personalidad humana constituye un fin en si misma; Jesucristo enseñaba que no había ni Helenos ni Judíos, etc. (ver, por ejemplo, en Khvestov: “es muy probable que la verdad esté de lado de los defensores de la igualdad de los hombres”... “La Théorie du processus historique”).Pues, tender a la igualdad de los hombres, no quiere decir reconocer la igualdad de sus cualidades, y, de otra parte, se tiende siempre hacia lo que existe todavía, porque otra cosa seria forzar una puerta abierta. Nosotros no tratamos por el momento de saber hacia qué se debe tender. Lo que nos interesa es saber si existe una diferencia entre el nivel de cultura de los blancos y de los negros en general. Ciertamente, esta diferencia existe. Actualmente los “blancos” son superiores a los otros. ¿Pero, qué prueba esto? Prueba que actualmente las razas han cambiado de lugar. Y esto contradice la teoría de las razas. En efecto, esta teoría reduce todo a las cualidades de las razas, a su “naturaleza eterna” Si fuera así esta “naturaleza” se habría hecho sentir en todos los periodos de la historia. ¿Que se puede deducir de aquí? Que la “naturaleza” misma cambia constantemente, en relación con las condiciones de existencia de una raza dada. Estas condiciones están determinadas por las relaciones entre la sociedad y la naturaleza, es decir por el estado de las fuerzas productivas. Por tanto, la teoría de las razas no explica absolutamente las condiciones de la evolución social. Aparece aquí claramente que hay que comenzar su análisis por el estudio del movimiento de las fuerzas productivas” (La theorie du materialisme historique” p. 129 a 130).
Del prejuicio de la inferioridad de la raza indígena empieza a pasarse al extremo opuesto: el que la creación de una nueva cultura americana: será esencialmente obra de las fuerzas raciales autóctonas. Suscribir esta tesis es caer en el más ingenuo y absurdo misticismo. Al racismo de los que desprecian al indio, porque creen en la superioridad absoluta y permanente de la raza blanca, sería insensato y peligroso oponer el racismo de los que superestiman al indio, con fe mesiánica en su misión como raza en el renacimiento americano.
Las posibilidades de que el indio se eleve material e intelectualmente dependen del cambio de las condiciones económico-sociales. No están determinadas por la raza sino por la economía y la política. La raza, por si sola, no ha despertado ni despertaría al entendimiento de una idea emancipadora. Sobre todo, no adquiriría nunca el poder de imponerla y realizarla. Lo que asegura su emancipación es el dinamismo de una economía y una cultura que portan en su entraña el germen del socialismo. La raza india no fue vencida, en la guerra de la conquista, por una raza superior étnica o cualitativamente; pero si fue vencida por su técnica que estaba muy por encima de la técnica de los aborígenes. La pólvora, el hierro, la caballería, no eran ventajas raciales; eran ventajas técnicas. Los españoles arribaron a estas lejanas comarcas porque disponían de medios de navegación que les consentían atravesar los océanos. La navegación y el comercio les permitieron más tarde la explotación de algunos recursos naturales de sus colonias. El feudalismo español se superpuso al agrarismo indígena respetando en parte sus formas comunitarias: pero esta misma adaptación creaba un orden extático, un sistema económico cuyos factores de estagnación eran la mejor garantía de la servidumbre indígena. La industria capitalista rompe este equilibrio, interrumpe este estancamiento, creando nuevas fuerzas productoras y nuevas relaciones de producción. El proletariado crece gradualmente a expensas del artesanado y la servidumbre. La evolución económica y social de la nación entra en una era de actividad y contradicciones que, en el plano ideológico, causa la aparición y desarrollo del pensamiento socialista.
En todo esto, la influencia del factor raza se acusa evidentemente insignificante al lado de la influencia del factor economía, -producción, técnica, ciencia, etc.-. Sin los elementos materiales que crea la industria moderna, o si se quiére el capitalismo, ¿habría posibilidad de que se esbozase el plan, la intención siquiera de un Estado socialista, basado en las reivindicaciones, en la emancipación de las masas indígenas? El dinamismo de esta economía, de este régimen, que torna inestables todas las relaciones, y que con las clases opone las ideologías, es sin duda lo que hace factible la resurrección indígena, hecho decidido por el juego de fuerzas económicas, políticas, culturales, ideológicas, no de fuerzas raciales. El mayor cargo contra la clase dominante de la república es el que cabe formularle por no haber sabido acelerar, con una inteligencia más liberal, más burguesa, más capitalista de su misión, el proceso de transformación de la economía colonial en economía capitalista. La feudalidad opone a la emancipación, al despertar indígena su estagnación y su inercia; el capitalismo, con sus conflictos, con sus instrumentos mismos de explotación, empuja a las masas por la vía de sus reivindicaciones, la conmina a una lucha en la que se capacitan material y mentalmente para presidir un orden nuevo.
El problema de las razas no es común a todos los países de la América Latina ni presenta en todos los que lo sufren las mismas proporciones y caracteres. En algunos países latinoamericanos tiene una localización regional y no influye apreciablemente en el proceso social y económico. Pero en países como el Perú y Bolivia, y algo menos el Ecuador, donde la mayor parte de la población es indígena, la reivindicación del indio es la reivindicación popular y social dominante.
En estos países el factor raza se complica con el factor clase en forma que una política revolucionaria no puede dejar de tener en cuenta. El indio quechua o aymara ve su opresor en el “misti”, en el blanco. Y en el mestizo, únicamente la conciencia de clase, es capaz de destruir el hábito del desprecio, de la repugnancia por el indio. No es raro encontrar en los propios elementos de la ciudad que se proclaman revolucionarios, el prejuicio de la inferioridad del indio, y la resistencia a reconocer este prejuicio como una simple herencia o contagio mental del ambiente.
La barrera del idioma se interpone entre las masas campesinas indias y los núcleos obreros revolucionarios de raza blanca o mestiza.
Pero, a través de propagandistas indios, la doctrina socialista, por la naturaleza de sus reivindicaciones, arraigará prontamente en las masas indígenas. Lo que hasta ahora ha faltado es la preparación sistemática de estos propagandistas. El indio alfabeto, al que la ciudad corrompe, se convierte regularmente en un auxiliar de los explotadores de su raza. Pero en la ciudad, en el ambiente obrero revolucionario, el indio empieza ya a asimilar la idea revolucionaria, a apropiarse de ella, a entender su valor como instrumento de emancipación de esta raza, oprimida por la misma clase que explota en la fábrica al obrero, en el que descubre un hermano de clase.
El realismo de una política socialista segura y precisa en la apreciación y utilización de los hechos sobre los cuales le toca actuar en estos países puede y debe convertir el factor raza en factor revolucionario. El Estado actual en estos países reposa en la alianza de la clase feudal terrateniente y la burguesía mercantil. Abatida la feudalidad latifundista, el capitalismo urbano carecerá de fuerzas para resistir a la creciente obrera. Lo representa una burguesía mediocre, débil, formada en el privilegio, sin espíritu combativo y organizado que pierde cada día más su ascendiente sobre la fluctuante capa intelectual.
La crítica socialista ha iniciado en el Perú el nuevo planteamiento del problema indígena, con la denuncia y el repudio inexorables de todas las tendencias burguesas o filantrópicas a considerarlo como problema administrativo, jurídico, moral, religioso o educativo (“7 Ensayos de interpretación de la Realidad Peruana”: El problema indígena; por J. C. Mariátegui). Las conclusiones sobre los términos económicos y políticos en que se plantea en el Perú, y por analogía en otros países latinoamericanos de numerosa población indígena, esta cuestión y la lucha proletaria por resolverla, son las siguientes en nuestra opinión:
1. Situación económico-social de la población Indígena del Perú
No existe un censo reciente que permita saber exactamente la proporción actual de la población indígena. Se acepta generalmente la afirmación de que la raza indígena compone las cuatro quintas partes de una población total calculada en un mínimo de 5,000,000. Esta apreciación no tiene en cuenta estrictamente la raza, sino más bien la condición económico-social de las masas que constituyen dichas cuatro quintas partes. Existen provincias donde el tipo indígena acusa un extenso mestizaje. Pero en estos sectores la sangre blanca ha sido completamente asimilada por el medio indígena y la vida de los “cholos” producidos por este mestizaje no difiere de la vida de los indios propiamente dichos.
No menos del 90 por ciento de la población indígena así considerada, trabaja en la agricultura. El desarrollo de la industria minera ha traído como consecuencia, en los últimos tiempos, un empleo creciente de la mano de obra indígena en la minería. Pero una parte de los obreros mineros continúan siendo agricultores. Son Indios de “comunidades” que pasan la mayor parte del año en las minas; pero que en la época de las labores agrícolas retoman a sus pequeñas parcelas, insuficientes para su subsistencia.
En la agricultura subsiste hasta hoy un régimen de trabajo feudal o semi-feudal. En las haciendas de la sierra, el salariado, cuando existe, se presenta tan incipiente y deformado que apenas si altera los rasgos del régimen feudal. Ordinariamente los indios no obtienen por su trabajo sino una mezquina parte de los frutos. (V. en “7 Ensayos de la Realidad Peruana”, en el capitulo sobre el Problema de la Tierra, los diferentes sistemas de trabajo empleados en la Sierra). El suelo es trabajado en casi todas las tierras de latifundio en forma primitiva; y no obstante que los. latifundistas se reservan siempre las mejores, sus rendimientos, en muchos casos, son inferiores a los de las tierras “comunitarias”. En algunas regiones las “comunidades” indígenas conservan una parte de las tierras; pero en proporción exigua para sus necesidades, de modo que sus miembros estén obligados a trabajar para los latifundistas. Los propietarios de los latifundios, dueños de enormes extensiones de tierras, en gran parte incultivadas, no han tenido en muchos casos interés en despojar a las “comunidades” de sus propiedades tradicionales, en razón de que la comunidad anexa a la hacienda le ha permitido a ésta contar con mano de obra segura y “propia”. El valor de un latifundio no se calcula sólo por su extensión territorial, sino por su población indígena propia. Cuando una hacienda no cuenta con esta población, el propietario, de acuerdo con las autoridades, apela al reclutamiento forzoso de peones a quienes se remunera miserablemente. Los indios de ambos sexos, sin exceptuar a los niños, están obligados a la prestación de servicios gratuitos a los propietarios y a sus familias, lo mismo que a las autoridades. Hombres, mujeres y niños se turnan en el servicio de os gamonales y autoridades, no sólo en las casas- hacienda, sino en los pueblos o ciudades en que residen estos. La prestación de servicios gratuitos ha sido varias veces prohibida legalmente; pero en la práctica subsiste hasta hoy, a causa de que ninguna ley puede contrariar la mecánica de un orden feudal, si la estructura de éste se mantiene intacta. La ley de conscripción vial ha venido a acentuar en estos últimos tiempos la fisonomía feudal de la sierra. Esta ley obliga a todos los individuos a trabajar semestralmente seis días en la apertura o conservación de caminos o a “redimirse” mediante el pago de los salarios conforme al tipo fijado de cada región. Los Indios son, en muchos casos, obligados a trabajar a gran distancia de su residencia; lo que los obliga a sacrificar mayor número de días. Son objeto de innumerables expoliaciones por parte de las autoridades, con el pretexto del servicio vial, que tiene para las masas indígenas el carácter de las antiguas mitas coloniales. .
En la minería rige el salariado. En las minas de Junin y de La Libertad, donde tienen su asiento las dos grandes empresas mineras que explotan el cobre, la “Cerro de Pasco Copper Corporation” y la “Northern”, respectivamente, los trabajadores ganan salarios de S/. 2.50 a S/. 3.00. Estos salarios son, sin duda, elevados respecto a los inverosímilmente ínfimos (veinte o treinta centavos) que se acostumbran en las haciendas de la sierra. Pero las empresas se aprovechan en todas las formas de la atrasada condición de los indígenas. La legislación social vigente es casi nula en las minas, donde no se observan las leyes de accidentes de trabajo y jornadas de ocho horas, ni se reconoce a los obreros el derecho de asociación. Todo obrero acusado de intento de organización de los trabajadores, aunque sólo sea con fines culturales o mutuales, es inmediatamente despedido por la empresa. Las empresas para el trabajo de las galerías, emplean generalmente a “contratistas”, quienes con el objeto de efectuar las labores al menor costo actúan como un instrumento de explotación de los braceros. Los “contratistas”, sin embargo, viven ordinariamente en condición estrecha, abrumados por las obligaciones de sus adelantos qué hacen de ellos deudores permanentes de las empresas. Cuando se produce un accidente del trabajo, las empresas burlan, por medio de sus abogados, abusando de la miseria e ignorancia de los indígenas, los derechos de éstos, indemnizándolos arbitraria y míseramente. La catástrofe de Morococha, que costó la vida de algunas docenas de obreros, ha venido últimamente a denunciar la inseguridad en que trabajan los mineros. Por el mal estado de algunas galerías y por la ejecución de trabajos que tocaban casi al fondo de una laguna, se produjo un hundimiento que dejó sepultados a muchos trabajadores. El número oficial de las victimas es 27; pero hay fundada noticia de que el número es mayor. Las denuncias de algunos periódicos, influyeron esta ves para que la Compañía se mostrase más respetuosa de la ley de lo que acostumbra, en cuanto a las indemnizaciones a los deudos de las víctimas. Últimamente, con el objeto de evitar mayor descontento, la Cerro de Pasco Copper Corporation, ha concedido a sus empleados y obreros un aumento del 10 por ciento, mientras dure la actual cotización del cobre. En provincias apartadas como Cotabambas, la situación de los mineros es mucho más atrasada y penosa. Los “gamonales” de la región se encargan del reclutamiento forzoso de los indios, y los salarios son miserables.
La industria ha penetrado muy escasamente en la Sierra. Está representada principalmente por las fábricas de tejidos del Cuzco, donde la producción de excelentes calidades de lana es el mayor factor de su desarrollo. El personal de estas fábricas es indígena, salvo la dirección y los jefes. El indio se ha asimilado perfectamente al maquinismo. Es un operario atento y sobrio, que el capitalista explota diestramente. El ambiente feudal de la agricultura se prolonga a estas fábricas, donde cierto patriarcalismo que usa a los protegidos y ahijados del amo como instrumentos de sujeción de sus compañeros, se opone a la formación de conciencia clasista.
En los últimos años, al estímulo de los precios de las lanas peruanas en los mercados extranjeros, se ha iniciado un proceso de industrialización de las haciendas agropecuarias del Sur. Varios hacendados han introducido una técnica moderna, importando reproductores extranjeros, que han mejorado el volumen y la calidad de la producción, sacudiéndose del yugo de los comerciantes intermediarios, estableciendo anexamente en sus estancias molinos y otras pequeñas plantas industriales. Por lo demás, en la Sierra, no hay más plantas y cultivos industriales, que los destinados a la producción de azúcar, chancaca y aguardiente para el consumo regional.
Para la explotación de las haciendas de la Costa, donde la población es insuficiente, se recurre a la mano de obra Indígena serrana en considerable escala. Por medio de “enganchadores” las grandes haciendas azucareras y algodoneras, se proveen de los braceros necesarios para sus labores agrícolas. Estos braceros ganan jornales, aunque ínfimos siempre, muy: superiores a los que se acostumbran en la Sierra feudal. Pero, en cambio, sufren las consecuencias de un trabajo extenuante, en un clima cálido, de una alimentación insuficiente en relación con este trabajo y del paludismo endémico en los valles de la Costa. El peón serrano difícilmente escapa al paludismo, que lo obliga a regresar a su región, muchas veces tuberculoso e incurable. Aunque la agricultura, en esas haciendas está Industrializada (se trabaja la tierra con métodos y máquinas modernas y se benefician los productos en “ingenios” o centrales bien equipados), su ambiente no es el del capitalismo y el salariado en la industria urbana El hacendado conserva su espíritu y práctica feudales en el tratamiento de sus trabajadores. No les reconoce los derechos que la legislación del trabajo establece. En la hacienda no hay más ley que la del propietario. No se tolera ni sombra de asociación obrera. Los empleados niegan la entrada a los individuos de quienes, por algún motivo, desconfía el propietario o el administrador. Durante el coloniaje, estas haciendas fueron trabajadas con negros esclavos. Abolida la esclavitud, se trajo coolíes chinos. Y el hacendado clásico no ha perdido sus hábitos de negrero o de señor feudal.
En la Montaña o floresta, la agricultura es todavía muy incipiente. Se emplea los mismos sistemas de “enganche” de braceros de la Sierra; y en cierta medida se usa los servicios de las tribus salvajes familiarizadas con los blancos. Pero la Montaña tiene, en cuanto a régimen de trabajo, una tradición mucho más sombría. En la explotación del caucho, cuando este producto tenía alto precio, se aplicaron los más bárbaros y criminales procedimientos esclavistas. Los crímenes del Putumayo, sensacionalmente denunciados por la prensa extranjera, constituyen la página más negra de la historia de los “caucheros”. Se alega que mucho se exageró y fantaseó en el extranjero alrededor de estos crímenes, y aunque medió en el origen del escándalo una tentativa de chantase, pero la ver- dad está perfectamente documentada por las investigaciones y testimonios de funcionarios de la justicia peruana como el juez Valcárcel y el fiscal Paredes que comprobaron los métodos esclavistas y sanguinarios de los capataces de la casa Araos. Y no hace tres años; un funcionario ejemplar, el doctor Chuquihuanca Ayulo gran defensor de la raza indígena -indígena él mismo- fue exonerado de sus funciones de fiscal del departamento de Madre de Dios a consecuencia de su denuncia dedos métodos esclavistas de la más poderosa empresa de esa región.
Esta sumaria descripción de las condiciones económico-sociales de la población indígena del Perú, establece que al lado de un reducido número de asalariados mineros y un salariado agrícola aún incipiente, un régimen de servidumbre; y que en las lejanas regiones de la montaña, se somete, en frecuentes casos, a los aborígenes a un sistema esclavista.
2. La lucha indígena contra el gamonalismo
Cuando se habla de la actitud del indio ante sus explotadores, se suscribe generalmente la impresión de que, envilecido, deprimido, el indio es incapaz de toda lucha, de toda resistencia. La larga historia de insurrecciones y asonadas indígenas y de las masacres y represiones consiguientes, basta por sí sola para desmentir esta impresión. En la mayoría de los casos las sublevaciones de indios han tenido como origen una violencia que los ha forzado incidentalmente a la revuelta contra una autoridad o un hacendado; pero en otros casos no ha tenido este carácter de motín local. La rebelión ha seguido a una agitación menos incidental y se ha propagado a una región más o menos extensa. Para reprimirla, ha habido que apelar a fuerzas considerables y a verdaderas matanzas. Miles de indios rebeldes han sembrado el pavor en los “gamonales” de una o más provincias. Una de las sublevaciones que, en los últimos tiempos, asumió proporciones extraordinarias, fue la acaudillada por el mayor de ejército Teodomiro Gutiérrez, serrano mestizo, de fuerte porcentaje de sangre indígena, que se hacia llamar Rumimaqui y se presentaba como el redentor de su raza. El mayor Gutiérrez había sido enviado por el gobierno de Billinghurst al departamento Puno, donde el gamonalismo extremaba sus exacciones, para efectuar una investigación respecto a las denuncias indígenas e informar al gobierno. Gutiérrez entró entonces en íntimo contacto con los indios. Derrocado el Gobierno Billinghurst pensó que toda perspectiva de reivindicaciones legales había desaparecido y se lanzó a la revuelta. Lo seguían varios millares de indios, pero, como siempre, desarmados e indefensos ante las tropas, condenados a la dispersión o a la muerte. A esta sublevación han seguido las de La Mar y Huancané en 1923 y otras menores, sangrientamente reprimidas todas.
En 1921 se reunió, con auspicio gubernamental un congreso indígena al que concurrieron delegaciones de varios grupos de comunidades. El objeto de estos congresos era formular las reivindicaciones de la raza indígena. Los delegados pronunciaban, en quechua, enérgicas acusaciones contra los “gamonales”, las autoridades, los curas. Se constituyó un comité “Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo”. Se realizó un congreso por año hasta 1924, en que el gobierno persiguió a los elementos revolucionarios indígenas, intimidó a las delegaciones y desvirtuó el espíritu y objeto de la asamblea. El congreso de 1923, en el que se votaron conclusiones inquietantes par el gamonalismo como las que pedían la separación de la iglesia y el Estado y la derogación de la ley de conscripción vial, había revelado el peligro de estas conferencias, eh las que dos grupos de comunidades indígenas de diversas regiones entraban en contacto y coordinaban su acción. Ese mismo año se había constituido la Federación Obrera Regional Indígena que pretendía aplicar a la organización de los indios los principios y métodos del anarco-sindicalismo y que estaba, por tanto, destinada a no pasar de un ensayo; pero que representaba de todos modos un franco orientamiento revolucionario de la vanguardia indígena Desterrados dos de los líderes indios de este movimiento, intimidados otros, la Federación Obrera Regional Indígena quedó pronto reducida a solo un nombre. Y en 1927 el gobierno declaró disuelto el propio Comité Pro-Derecho Indígena Tahuantisuyo, con el pretexto de que sus dirigentes eran unos meros explotadores de la raza cuya defensa se atribuían. Este comité no había tenido nunca mas importancia que la anexa a su participación en los congresos indígenas y estaba compuesto por elementos que carecían de valor ideológico y personal, y que en no pocas ocasiones habían hecho protestas de adhesión a la política gubernamental, considerándola pro-indigenista; pero para algunos “gamonales” era todavía un instrumento de agitación, un residuo de los congresos indígenas. El gobierno, por otra parte, orientaba su política en el sentido de asociar a las declaraciones pro-indigenistas, a las promesas de reparto de tierras, etc. una acción resuelta contra toda agitación de los indios por grupos revolucionarios o susceptibles de influencia revolucionaria.
La penetración de ideas socialistas, la expresión de reivindicaciones revolucionarias, entre los indígenas, han continuado a pesar de esas vicisitudes. En 1927 se constituyó en el Cuzco un grupo de acción pro-indígena llamado “Grupo Resurgimiento”. Lo componían algunos intelectuales y artistas, junto con algunos obreros cuzqueños. Este grupo publicó un manifiesto que denunciaba los crímenes del gamonalismo. (Véase Amauta Nº 6). A poco de su constitución uno de sus principales dirigentes, el doctor Luis E. Valcárcel, fue apresado en Arequipa. Su prisión no duró sino algunos días; pero, en tanto, el Grupo Resurgimiento era definitivamente disuelto por las autoridades del Cuzco.
3. Conclusiones sobre el problema indígena y las tareas que impone
El problema indígena se identifica con el problema de la tierra. La ignorancia, el atraso y la miseria de los indígenas no son, repetimos, sino la consecuencia de su servidumbre. El latifundio feudal mantiene la explotación y la dominación absolutas de las masas indígenas por la clase propietaria. La lucha de los indios contra los “gamonales” ha estribado invariablemente en la defensa de sus tierras contra la absorción y el despojo. Existe, por tanto, una instintiva y profunda reivindicación indígena: la reivindicación de la tierra. Dar un carácter organizado, sistemático, definido, a esta reivindicación es la tarea que tenemos el deber de realizar activamente.
Las “comunidades” que han demostrado bajo la opresión más dura condiciones de resistencia y persistencia realmente asombrosas, representan en el Perú un factor natural de socialización de la tierra. El indio tiene arraigados hábitos de cooperación: Aún cuando de la propiedad comunitaria se pasa a la apropiación individual y no sólo en la Sierra sino también en la Costa, donde un mayor mestizaje actúa contra las costumbres indígenas; la cooperación se mantiene; las labores pesadas se hacen en común. La “comunidad” puede transformarse en cooperativa, con mínimo esfuerzo. La adjudicación a las “comunidades” de las tierras de los latifundios, es en la Sierra la solución que reclama el problema agrario. En la Costa, donde la propiedad es igualmente omnipotente, pero donde la propiedad comunitaria ha desaparecido, se tiende inevitablemente a la individualización de la propiedad del suelo. Los “yanaconas”, especie de aparceros duramente explotados, deben ser ayudados en sus luchas contra los propietarios. La reivindicación natural de estos “yanaconas” es la del suelo que trabajan. En las haciendas explotadas directamente por sus propietarios, por medio de peonadas, reclutadas en parte en la Sierra, y a las que en esta parte falta vinculo con el suelo; los términos de la lucha son distintos. Las reivindicaciones por las que hay que trabajar son: libertad de organización, supresión del “enganche”, aumento de los salarios, jornada de ocho horas, cumplimiento de las leyes de protección del trabajo. Sólo cuando el peón de hacienda haya conquistado estas cosas, estará en la vía de su emancipación definitiva.
Es muy difícil que la propaganda sindical penetre en las haciendas. Cada hacienda es, en la Costa, como en la Sierra; un feudo. Ninguna asociación que no acepte el patronato y tutela de los propietarios y de la administración, es tolerada; y en este caso sólo se encuentran las asociaciones de deporte o recreo. Pero con el aumento del trafico automovilístico se abre poco a poco una brecha en las barreras que cerraban antes la hacienda a toda propaganda. De ahí la importancia que la organización y movilización activa de los obreros del transporte tiene en el desarrollo del movimiento clasista en el Perú.
Cuando las peonadas de las haciendas, sepan que cuentan con la solidaridad fraternal de los sindicatos y comprendan el valor de éstos, fácilmente se despertará en ellas la voluntad de lucha que hoy les falta y de que han dado pruebas más de una vez. Los núcleos de adherentes al trabajo sindical que se constituyan gradualmente en las haciendas, tendrán la función de explicar a las masas sus derechos, de defender sus intereses, de representarlos de hecho en cualquier reclamación y de aprovechar la primera oportunidad de dar forma a su organización, dentro de lo que las circunstancias consientan.
Para la progresiva educación ideológica de las masas indígenas, la vanguardia obrera dispone de aquellos elementos militantes de raza india que, en las minas o los centros urbanos, particularmente en los últimos, entran en contacto con el movimiento sindical y político. Se asimilan sus principios y se capacitan para jugar un rol en la emancipación de su raza. Es frecuente que obreros procedentes del medio indígena, regresen temporal o definitivamente a éste. El idioma les permite cumplir eficazmente una misión de instructores de sus hermanos de raza y de clase. Los indios campesinos no entenderán de veras sino a individuos de su seno que les hablen su propio idioma. Del blanco, del mestizo, desconfiarán siempre; y el blanco y el mestizo a su vez, muy, difícilmente se impondrán el arduo trabajo de llegar al medio indígena y de llevar a él la propaganda clasista.
Los métodos de autoeducación, la lectura regular de los órganos del movimiento sindical y revolucionario de América Latina, de sus opúsculos, etc., la correspondencia con los compañeros de los centros urbanos, serán los medios de que estos elementos llenen con éxito su misión educadora.
La coordinación de las comunidades de indígenas por regiones, el socorro de los que sufren persecuciones de la justicia o la policía (los “gamonales” procesan por delitos comunes a los indígenas que les resisten o a quienes quieren despojar), la defensa de la propiedad comunitaria, la organización de pequeñas bibliotecas y centros de estudios, son actividades en las que los adherentes indígenas a nuestro movimiento deben tener siempre actuación principal y dirigente, con el doble objeto de, dar a la orientación y educación clasista de los indígenas directivas serias y de evitar la influencia de elementos desorientadores (anarquistas, demagogos, reformistas, etc.).
En el Perú, la organización y educación del proletariado minero es con la del proletariado agrícola una de las cuestiones que inmediatamente se plantean. Los centros mineros, el principal de los cuales (La Oroya) está en vías de convertirse en la más importante central de beneficio en Sud-América, constituyen puntos donde ventajosamente puede operar la propaganda clasista. Aparte de representar en si mismos importantes concentraciones proletarias con las condiciones anexas al salariado, acercan a los braceros indígenas a obreros industriales, a trabajadores procedentes de las ciudades, que llevan a esos centros su espíritu y principios clasistas. Los indígenas de las minas, en buena parte continúan siendo campesinos, de modo que el adherente que se gane entre ellos es un elemento ganado también en la clase campesina.
La labor, en todos sus aspectos, será difícil; pero su progreso dependerá fundamentalmente de la capacidad de los elementos que la realicen y de su apreciación precisa y concreta de las condiciones objetivas de la cuestión indígena. El problema no es racial, sino social y económico; pero la raza tiene su rol en él y en los medios de afrontarlo. Por ejemplo, en cuanto sólo militantes salidos del medio indígena pueden, por la mentalidad y el idioma, conseguir un ascendiente eficaz e inmediato sobre sus compañeros.
Una conciencia revolucionaria indígena tardará quizás en formarse; pero una vez que el indio haya hecho suya la idea socialista, le servirá con una disciplina, una tenacidad y una fuerza, en la que pocos proletarios de otros medios podrán aventajarlo.
El realismo de una política revolucionaria, segura y precisa, en la apreciación y utilización de los hechos sobre los cuales toca actuar en estos países, en que la población indígena o negra tiene proporciones y rol importantes, puede y debe convertir el factor raza en un factor revolucionario. Es imprescindible dar al movimiento del proletariado indígena o negro, agrícola e industrial, un carácter neto de lucha de clases. Hay que dar a las poblaciones indígenas o negras esclavizadas -dijo un compañero del Brasil- la certidumbre de que solamente un gobierno de obreros y campesinos de todas las razas que habitan el territorio, los emancipará verdaderamente, ya que éste solamente podrá extinguir el régimen de los latifundios y el régimen industrial capitalista y librarlos definitivamente de la opresión imperialista”.
II. IMPORTANCIA DEL PROBLEMA RACIAL
El problema de las razas no es común a todos los países de América Latina, ni presenta en todos los que lo sufren, las mismas proporciones y caracteres..
Mientras en algunos países tiene reducida importancia o una localización regional que hacen que no influya apreciablemente en el proceso social económico, en otros países e problema racial se plantea en forma terminante.
Veamos la distribución geográfica y las principales características de los tres grandes grupos raciales de América Latina.
1. Indios incásicos y aztecas
Los indios “incásicos” ocupan, casi sin solución de continuidad, formando conglomerados bastante compactos, un vasto territorio que se extiende en varios estados.
Estos indios, en su mayoría “serranos”, ocupan principalmente regiones andinas en la “sierra” o en las grandes mesetas, extendiéndose en la sierra del Perú, del Ecuador, del Norte de Chile, en Bolivia, en algunos territorios del Norte de la Argentina.
La economía de estos indios está prevalentamente ligada a la tierra que ellos cultivan desde tiempos inmemoriales.
Viven en un clima frío y son prolíficos: las destrucciones intensas de la época colonial y el extenso mestizaje que había mermado enormemente su número, no han podido impedir que se volviera a producir un considerable aumento de la población, que sigue boy día a pesar de la explotación a que están sometidas.
Hablan idiomas propios, ricos y matizados, afines entre ellos, siendo los principales el Quechua y el Aymara.
Su civilización tuvo épocas de esplendor notables. Hoy día conserva residuos importantes de aptitudes pictóricas, plásticas y musicales.
Estos indios, principalmente en el Perú y Bolivia donde constituyen del 60 al 70 por ciento de la población, en Ecuador y en Chile, donde también forman masas importantes, están en la base de la producción y de la explotación capitalista y dan lugar, por lo tanto, a un problema de fundamental importancia.
En Perú, Ecuador y. Chile y parte de Bolivia, donde están ligados a la agricultura y ganadería, sus reivindicaciones son principalmente de carácter agrario.
En Bolivia y algunas regiones de la sierra del Perú, donde son principalmente explotados en las minas, tienen derecho a la conquista de las reivindicaciones proletarias.
En todos los países de este grupo, el factor raza se complica con el factor clase, en forma que una política revolucionaria no puede dejar de tener en cuenta. El indio Quechua y Aymará, ve su opresor en el “'misti”, en el blanco. Y en el mestizo, únicamente la conciencia de clase es capaz de destruir el hábito del desprecio, de la repugnancia por el indio. No es raro encontrar entre los propios elementos de la ciudad que se proclaman revolucionarios, el prejuicio de la inferioridad del indio y la resistencia a reconocer este prejuicio como una simple herencia o contagio mental del ambiente.
La barrera del idioma se interpone entre las masas campesinas indias y los núcleos obreros revolucionarios de raza blanca o mestiza. El soldado es, generalmente, indio y una parte de la confianza que tiene la clase explotadora en el ejército, como sostén en la lucha social, nace de que sabe al soldado indio más o menos insensible al llamado de la solidaridad de clase, cuando se le emplea contra las muchedumbres mestizas y urbanas.
Pero, a través de propagandistas indios, la doctrina socialista, por la naturaleza de sus reivindicaciones, arraigará prontamente en las masas indígenas.
Un escritor pseudo pacifista burgués, Luis Guilaine, que considera al estrato indio en la América Latina como las masas de las que nacerá el impulso que podrá derrocar al imperialismo yanqui, agrega: “La propaganda bolchevista, presente en todas partes, los ha más o menos alcanzado y ellos les son accesibles por una propensión atávica, ya que el principio comunista principalmente ha sido la base de la organización social del imperio de los Incas” (L'Amerique Latine et I'imperialisme americain, pág. 206, Paris, 1928). La miopía intelectual que caracteriza a los nacionalistas franceses, cuando tratan de imponer su propio imperialismo al norteamericano, parece disiparse basta permitirles divisar un hecho tan evidente, ¿Seria posible que nosotros dejáramos de reconocer el rol que los factores raciales indios han de representar en la próxima etapa revolucionaria de América Latina?
Lo que hasta ahora ha faltado es la preparación sistemática de propagandistas indios. El indio alfabeto, al que la ciudad corrompe, se convierte regularmente en un auxiliar de los explotadores de su raza. Pero en la ciudad, en el ambiente obrero revolucionario, el indio empieza ya a asimilar la idea revolucionaria, a apto piarse de ella, a entender su valor como instrumento de emancipación de esta rara oprimida por la misma clase que explota en-la fábrica al obrero, en el que descubre un hermano de clase.
Los indios del “Grupo Azteca” ocupan gran parte de México y de Guatemala, donde constituyen gran mayoría de la población. Su evolución histórica y su alta civilización son bastante conocidas. Su economía y sus características, así como su importancia social y su rol actual, son análogos a las de los indios “incásicos”. Su importancia en un sentido “puramente racial” es negada por el delegado de México, quien afirma “no existir un problema del indio en México (salvo en el Estado de Yucatán), sino existir la lucha de clases”.
2. Indígenas (selvícolas)
Estos indígenas, que reciben frecuentemente el nombre de “salvajes”, son étnicamente muy diferentes de los que anteceden.
Están distribuidos casi exclusivamente en las regiones forestales y fluviales del continente, de clima cálido, particularmente en algunos estados de Centro América, en Colombia (Chibchas) y Venezuela (Muyscas). En las Guayanas, en la región amazónica del. Perú llamada “Montaña” (Campa), en el Brasil y Paraguay (Guaraní, en Argentina y Uruguay (Charrúas).
Su diseminación, por pequeños grupos, en las inmensa regiones selvosas, y en su nomadismo ligado a las necesidades de la caza y de la pesca, desconociendo casi la agricultura, son caracteres netamente opuestos a los de los indios incásicos.
Su civilización antigua no alcanzó probablemente, sino un nivel muy bajo, Sus idiomas y dialectos numerosos; en general pobres en términos abstractos, su tendencia a la destrucción numérica de la raza; también son caracteres opuestos a los de los indios Incásicos.
Su identidad con respecto a la población es, en general, de reducida importancia; sus contactos con la “civilización” y su rol en la estructura económica de cada país muy escaso cuando no inexistente Donde la colonización Ibérica no los a destruido directamente, la raza en estado puro ha sufrido reducciones decisivas por obra del mestizaje intenso, como especialmente sucedió en. Colombia, donde se cuenta el 2 por ciento de indígena puros y el 89 por ciento de mestizos; como sucedió en el Brasil, donde los indígenas “selvícolas” constituyen poco más del 1 por ciento al lado de un 60 por ciento de “mamelucos” o mestizos.
En el Brasil, los términos actuales del problema indio y su importancia han sido evaluados y expuestos, por el delegado de ese país, en los siguientes términos: “En el Brasil el Indio no soportó la esclavitud a la que los colonizadores quisieron someterlo y no se adaptó a las labores agrícolas. Hubiera vivido siempre de la caza y de la pesca. Sus nociones de agricultura eran reducidísimas. Le era imposible fijarse en un solo punto de la tierra de un día a otro, desde que el nomadismo fuera hasta entonces el rasgo predominante de su carácter. Los jefes de las “bandeiras” comprendieron esto y pasaron a atacar de preferencia, en el siglo XVII, las “reducciones” de los jesuitas, la que se componían de indios mansos, aclimatados hasta cierto punto a los trabajos de la minería y de la agricultura bajo el influjo de métodos diferentes como la sugestión religiosa. Pero las luchas eran encarnizadas por demás y la travesía de los “sertones” con los indios reclutados a la faena resultaba dificilísima y penosa, lo que acarreaba casi siempre el desperdicio de la mayor parte de la carga humana arrastrada por los “bandeirantes”. Los que llegaban vivos al Litoral, caían en poco tiempo bajo el peso de los arduos trabajos a que los sometían. Los que escapaban de las garras del conquistador, se internaban en las florestas lejanas.
“No hay cálculos exactos, o siquiera aproximados, dignos de fe, sobre la población Indígena del Brasil, sobre la época del descubrimiento. Se puede afirmar, mientras, sin temor a errar, que por lo menos dos tercios de la población ha desaparecido hasta llegar a nuestros días, ya sea por el cruzamiento con los blancos, ya sea por la mortandad que hacían entre nativos los colonizadores, en su afán de conquistar esclavos y abrir caminos para las minas del interior. Según una apreciación optimista del General Cándido Rondón, Jefe del Servicio de Protección a los Indios, existen actualmente en el país cerca de 500,000 selvícolas (Indios). Estos viven en tribus poca numerosas, enteramente segregados de la civilización del Litoral y penetran cada vez más en la floresta, a medida que los latifundistas van extendiendo sus dominios hasta las tierras ocupadas por aquéllas.
“Hay una institución oficial que protege teóricamente a los Indígenas. Pero es en vano que se trate de encontrar en la repartición central algún informe sobre trabajos prácticos realizados por dicho Instituto. Este no ha publicado, hasta hoy, un solo informe concreto sobre sus actividades.
“En el Brasil, los pocos millares de indios que conservan sus costumbres y tradiciones, viven aislados del proletariado urbano, siendo imposible su contacto en nuestros días con la vanguardia proletaria y su consecuente incorporación al movimiento revolucionario de las masas proletarias”
Creo que para muchos de los países de América Latina que incluyen escasos grupos de indios “selvícolas”, el problema presenta, aproximadamente, el mismo aspecto que en el Brasil.
Para otros países, en los que los indígenas “selvícolas” constituyen un porcentaje más elevado dentro de la población, y, sobre todo, están incluidos en el proceso de la economía nacional, generalmente agrícola, como en Paraguay, en las Guayanas y otros, el problema presenta los mismos aspectos que ofrecen los indios aztecas o los incásicos en México, en el Perú, y en los otros países o regiones del mismo grupo, aspectos ya apuntados en su entidad y rasgos especiales.
3. Los negros
Además de las dos razas indígenas, se encuentra en proporciones notables en la América Latina, la raza negra.
Los países donde predomina son: Cuba, grupo antillano y Brasil.
Mientras la mayoría de los indios está ligada a la agricultura, los negros en general se encuentran trabajando preferentemente en las industrias. En cualquier caso, están en la base de la producción y de la explotación.
El negro, importado por los colonizadores, no tiene arraigo a la tierra como el indio, casi no posee tradiciones propias, le falta idioma propio, hablando el castellano o el portugués o el francés o el inglés.
En Cuba, los negros constituyen porcentaje sumamente elevado de la población, así como en muchos de los países antillanos, están con frecuencia distribuidos en todas las clases sociales, e integran también, aunque en número escaso, las clases explotadoras; esto se observa más acentuadamente en Haití y Santo Domingo, cuyas burguesías son casi exclusivamente negras, especialmente en el primer país.
En el Brasil, el negro puro es relativamente escaso, pero los negro-mulatos, que constituyen un 30 por ciento de la población, son numerosos en todo el litoral y se encuentran especialmente concentrados en algunas regiones, como en Pará. Los mulatos “claros” también son muy numerosos. He aquí lo que refiere al respecto el compañero delegado del Brasil:
“Gran parte de la población del litoral brasileño, está compuesta por mulatos; el tipo del negro puro, es, hoy, muy raro. El cruzamiento se hace cada día más intensamente, produciendo tipos cada vez más claros desde que no vienen al país desde cerca de medie siglo inmigrantes negros.
“El preconcepto contra el negro asume reducidas proporciones. En el seno del proletariado, éste no existe. En la burguesía, en ciertas capas de la pequeña burguesía, este mal se deja percibir. Se traduce en el hecho de que, en esas esferas, se ve con simpatía la influencia del indio en las costumbres del país, y con cierta mala voluntad, la influencia del negro. Tal actitud no proviene, entre tanto, de un verdadero odio de razas, como en los Estados Unidos, sino del hecho de que, en el extranjero, muchas veces se refieren al país llamándolo con una evidente intención peyorativa, “país de negros”. Esto viene a excitar la vanidad patriótica del pequeño burgués, que protesta, esforzándose en demostrar lo contrario. Pero es común ver a ese mismo pequeño burgués, en fiestas nacionales, exaltando el valor de sus ascendientes africanos.
“Se debe anotar aún, que hay innumerables negros y mulatos ocupando cargos de relieve en el seno de la burguesía nacional.
“Se deduce de allí que no se podrá hablar en rigor, en el Brasil, de preconceptos de razas. Es claro que el Partido debe combatirlo en cualquier circunstancia siempre que él aparezca. Pero es necesaria una acción permanente y sistemática por cuanto muy raramente se manifiesta.
“La situación de los negros, en el Brasil, no es de naturaleza tal como para exigir que nuestro Partido organice campañas reivindicatorias para los negros, con palabras de orden especiales”.
En general, para los países en que influyen grandes masas de negros, su situación es un factor social y económico importante. En su rol de explotados, nunca están aislados, sino que se encuentran al lado de los explotados de otros colores. Para todos se plantean las reivindicaciones propias de su clase.
4. Conclusiones
En la América Latina, que encierra más de 100 millones de habitantes, la mayoría de la población está constituida por indígenas y negros. Pero hay más: ¿Cuál es la categoría social y económica de éstos? Los indígenas y negros están en su gran mayoría, incluidos en la clase de obreros y campesinos explotados, y forman la casi totalidad de la misma.
Esta última circunstancia sería suficiente para poner en plena luz toda la importancia de las razas en la América latina, como factor revolucionario. Pero hay otras particularidades que se imponen frente a nuestra consideración.
Las razas aludidas se encuentran presentes en todos los Estados y constituyen una inmensa capa que con su doble carácter común, racial y de explotados, está extendida en toda América Latina, sin tener en cuenta las fronteras artificiales mantenidas por las burguesías nacionales y los imperialistas.
Los negros, que son afines entre sí por la raza; los indios, que son afines entre sí por la raza, la cultura y el idioma, el apego a la tierra común; los indios y negros que son en común, y por igual, objeto, de la explotación más intensa, constituyen por estas múltiples razones, masas inmensas que, unidas a los proletarios y campesinos explotados, mestizos y blancos, tendrán por necesidad que insurgir revolucionariamente contra sus exiguas burguesías nacionales y el imperialismo monstruosamente parasitario, para arrollarlos, cimentando la conciencia de clase, y establecer en la América Latina el gobierno de obreros y campesinos.
III. POLÍTICA COLONIAL BURGUESA E IMPERIALISTA FRENTE A LAS RAZAS
Para el imperialismo yanqui e inglés, el valor económico de estas tierras sería mucho menor si con sus riquezas naturales, no poseyesen una población indígena atrasada y miserable, a la que con el concurso de las burguesías nacionales, es posible explotar extremadamente. La historia de la industria azucarera peruana, actualmente en crisis, demuestra qué sus utilidades han reposado, ante todo, en la baratura de la mano de obra, esto es, en la miseria de los braceros. Técnicamente esta industria no ha estado en época alguna en condiciones de competir con los otros países en el mercado mundial. La distancia de los mercados de consumo gravaba con elevados fletes su exportación. Pero todas estas desventajas eran compensadas largamente por la baratura de la mano de obra. El trabajo de esclavizadas masas campesinas, albergadas en repugnantes “rancherías”, privadas de toda libertad y derecho, sometidas a una jornada abrumadora, colocaba a los azucareros peruanos en condiciones de competir con los que, en otros países, cultivaban mejor sus tierras o estaban protegidos por una tarifa proteccionista o más ventajosamente situados desde el punto de vista geográfico. El capitalismo extranjero se sirve de la clase feudal para explotar en su provecho estas masas campesinas; mas, a veces, la incapacidad de estos latifundistas herederos de los prejuicios, soberbia y arbitrariedad medievales, para llenar la función de jefes de empresas capitalistas, es tal, que aquél se ve obligado a tomar en sus propias manos la administración de latifundios y centrales. Esto es lo que ocurre, particularmente en la industria azucarera, monopolizada casi completamente en el valle Chicama por una empresa inglesa y una empresa alemana.
Partiendo del concepto de la “inferioridad” de la raza, para llevar a cabo una explotación intensa, los poderes coloniales han buscado una serie de pretextos jurídicos y religiosos para legitimar su actitud.
Demasiado conocida es la tesis del Papa Alejandro VI, quien, como representante de Dios en la tierra, dividía entre los reyes católicos de España y Portugal, el poderío de la América Latina, con la condición de que se erigieran en tutores de la raza indígena. Estos indígenas, en su calidad de “idólatras”, no podían gozar de los mismos derechos que los leales súbditos de las majestades católicas. Por otro lado, no era posible sancionar “de derecho” la fórmula anticristiana de la esclavitud. Surgió entonces la fórmula hipócrita del tutelaje con una de sus expresiones económicas, entre las más representativas, que fue la “encomienda”. Los españoles más aptos fueron elegidos “encomenderos” de distintos territorios que comprendían numerosa población india. Su misión era doble. En el orden espiritual, debían convertir de todos modos los indios a la fe católica; los medios de persuasión le eran facilitados cada vez que fuera necesarios, por los doctrineros. En el orden temporal, la tarea era más sencilla todavía; cada “encomienda” debía proporcionar a la corona un tributo correspondiente, sin perjuicio de que el encomendero sacara también para sí la cantidad que creyera conveniente. Mas adelante veremos las características específicas de las “encomiendas” y el proceso por el que constituyeron un método legal de expoliación de las tierras de los indígenas, echando los fundamentos de la propiedad colonial y semi-feudal que subsiste hasta la actualidad.
Es necesario subrayar aquí, en este mismo proceso, un factor importante de sometimiento de las poblaciones aborígenes al poderío económico y político de los invasores. La raza invasora que apareció protegida por armadura casi invulnerable, montada de manera maravillosa sobre animales desconocidos, los caballos, combatiendo con armas que arrojaban fuego; esta raza que derribó, en pocas decenas de años, y luego sometió rápidamente, un inmenso imperio como el incaico o numerosas tribus como la de los indios selvícolas brasileños; uruguayos, paraguayos, tenía lógicamente un gran ascendiente para imponer sus dioses y su culto sobre las ruinas de los templos incaicos, sobre los vencidos mitos de la religión del sol y del fetichismo antropomórfico de los demás indios.
No descuidaron los invasores el desprestigio que las armas habían dado a la cruz y rápidamente procedieron a encadenar las conciencias, al mismo tiempo que esclavizaban los cuerpos. Esto facilitaba enormemente el sometimiento económico, objeto primordial de los súbditos católicos. En este proceso es interesante apuntar los resultados obtenidos por los invasores. Donde el dominio ciego y brutal no lograba sino diezmar a los aborígenes en forma alarmante para la producción, bajaba el rendimiento de ésta, hasta el punto de requerir la importación de la raza africana, especialmente para el trabajo de las minas, raza que, por otra parte, resultó inepta para esa labor. Donde la penetración llevada a cabo en forma más sagaz y fomenta por la decidida protección de la corona, miraba en adueñarse de las conciencias, las congregaciones religiosas lograron establecer plantaciones florecientes hasta en el corazón de las selvas, donde, si el indio no dejaba de ser explotado igualmente en beneficio de los invasores, la producción se elevaba y acrecentaba cada vez más el monto de los beneficios. El ejemplo histórico de las colonias jesuitas en el Brasil, Paraguay, así como de las colonias que otras congregaciones religiosas establecieron en las selvas del Perú, es bastante demostrativo a este respecto. Hoy día, el influjo religioso no deja de ser un factor importante de sometimiento de los indios a las “autoridades” civiles y religiosas con la diferencia de que la torpeza de éstas, habiéndola hoy día elevado al campo del robo descarado, de las puniciones corporales, de los comercios más vergonzosos, ha logrado dar inicio a un sentimiento de repulsión para el cura, además que para el juez, sentimiento que se hace cada día más evidente y que ha estallado más de une vez en revuelta sangrientas.
Un gran sector de los curas, aliados a las burguesías nacionales, sigue empleando sus armas, basado en el fanatismo religioso que varios siglos de propaganda han logrado hacer arraigar en los espíritus sencillos de los indios. Sólo una conciencia de clase, sólo el “mito” revolucionario con su profunda raigambre económica, y no una infecunda propaganda anticlerical, lograrán substituir los mitos artificiales impuestos por la “civilización” de los invasores y mantenidos por las clases burguesas, herederas de su poder.
El imperialismo inicia a su vez, en la América Latina, una tentativa para dar también en este sentido una base sólida y más amplia a su poderlo nefasto. Las misiones metodistas y anglicanas, los centros deportivos moralizadores de la Y.M.C.A., han logrado penetrar hasta en las sierras del Perú y de Bolivia, pero con éxito absolutamente despreciable y sin posibilidad de extender su acción. Un enemigo encarnizado que esa penetración encuentra, es el mismo cura de aldea; quien ve de manera peligrosa mermar su influencia espiritual y los consecuentes réditos pecuniarios. Hubo casos en que el cura aldeano logró obtener el apoyo de las autoridades civiles y desterrar definitivamente a la misión protestante “anti-católica”.
Otros factores ligados al carácter Social de los explotados han sido empleados por el coloniaje y continuados por un gran sector de la burguesía y el imperialismo. El desprecio pata el indio y el negro ha sido inoculado por el blanco, con todos los medios, al mestizo. No es infrecuente notar esta misma actitud en mestizos cuyo origen indio es demasiado evidente y cuyo porcentaje de sangre blanca se hace difícil reconocer. Este desprecio que se ha tratado de fomentar dentro de la misma-clase trabajadora, crece considerablemente a medida que el mestizo ocupa grados más elevados respecto a las últimas capas del proletariado explotado, sin que por eso disminuya la honda barrera que los separa del patrón blanco.
Con iguales fines, la feudalidad y la burguesía han alimentado entre los negros un sentimiento de honda animadversión para los indios, facilitado, como ya hemos dicho, por el rol que pasó a llenar el negro en los países de escasa población india; de artesano, de doméstico, de vigilante, siempre al lado de los patrones, gozando de cierta familiaridad que le confería el “derecho” a despreciar todo lo que su patrón despreciaba.
Otra ocasión que los explotadores nunca han despreciado, es la de crear rivalidades entre grupos de una misma raza. El imperialismo americano nos da un durísimo ejemplo de esta táctica, en la rivalidad que logró crear entre los negros residentes en Cuba y los que allí vienen periódicamente de Haití y de Jamaica para trabajar, impelidos por las duras condiciones de su país de procedencia.
Tampoco algunos sectores intelectuales identificados con la burguesía, han dejado de buscar más armas para denigrar a los indios hasta negando veracidad a los caracteres más salientes de su proceso histórico.
No faltando quien se dedicara a escribir trabajos pseudo-históricos, para tratar de demostrar que no se puede hablar de estructuras comunitarias entre los indios incaicos. Esta gente, desde luego, desmentida en forma probativa por la gran mayoría de análogos sectores burgueses, pretendía cerrar los ojos a la existencia de millares de comunidades en Perú, Bolivia, Chile, en las que siguen viviendo millones de indios, después del derrumbamiento del orden público, dentro del que estaban encuadradas, después de tres siglos de coloniaje, después de un siglo de expoliación feudal burguesa y eclesiástica. La tarea de pulverizar estas tesis absurdas, llenada en gran parte por la misma crítica burguesa, será tomada a su cargo por la naciente crítica marxista de este problema, de cuyos estudios históricos ya tenemos luminosos signas en la América latina.
Más adelante detallaré los principales caracteres que tuvo y tiene el colectivismo primitivo en los indios incásicos.
Mas es mi deber señalar aquí, que una de las tareas más urgentes de nuestros Partidos, es la de la revisión inmediata de todos los datos históricos actuales acumulados por la crítica feudal y burguesa, elaborados en su provecho por los departamentos de estadística de los estados capitalistas, y ofrecidos a nuestra consideración en toda su deformación impidiendo considerar exactamente los valores que encierran las razas aborígenes primitivas.
Sólo el conocimiento de la realidad concreta, adquirido a través de la labor y de la elaboración de todos los Partidos Comunistas, puede darnos una base sólida para sentar condiciones sobre lo existente, permitiendo trazar las directivas de acuerdo con lo real. Nuestra investigación de carácter histórico es útil, pero más que todo debemos controlar el estado actual y sentimental, sondear la orientación de su pensamiento colectivo, evaluar sus fuerzas de expansión y de resistencia; todo esto, lo sabemos, está condicionado por los antecedentes históricos, por un lado, pero, principalmente, por sus condiciones económicas actuales. Estas son las que debemos conocer en todos sus detalles. La vida del indio, las condiciones de su explotación, las posibilidades de lucha por su parte, los medios más prácticos para la penetración entre ellos de la vanguardia del proletariado, la forma más apta en que ellos puedan constituir su organización; he aquí los puntos fundamentales, cuyo conocimiento debemos perseguir para llenar acertadamente el cometido histórico que cada Partido debe desenvolver.
La lucha de clases, realidad primordial que reconocen nuestros partidos, reviste indudablemente características especiales cuando la inmensa mayoría de los explotados está constituida por una raza, y los explotadores pertenecen casi exclusivamente a otra.
He tratado de demostrar algunos de los problemas esencialmente raciales que el capitalismo y el imperialismo agudizan, algunas de las debilidades, también, debido al atraso cultural de las razas, que el capitalismo explota en su exclusivo beneficio.
Cuando sobre los hombros de una clase productora, pesa la más dura opresión económica, se agrega aún el desprecio y el odio de que es víctima como raza, no falta más que una comprensión sencilla y clara de la situación, para que esta masa se levante como un solo hombre y arroje todas las formas de explotación.
IV. DESARROLLO ECONOMICO POLITICO INDIGENA DESDE LA EPOCA INCAICA HASTA LA ACTUALIDAD
Las comunidades
Antes de examinar cuál es el estado económico social de las poblaciones indígenas y en qué forma existe la institución más caracterizada de su civilización, las “comunidades”, creo útil trazar un breve bosquejo de su formación y de su desarrollo histórico y tratar de investigar las causas de su subsistencia y persistencia dentro y contra estructuras económicas sociales antagónicas.
Anteriormente a la vasta organización del Imperio Incaico, existió entre las poblaciones aborígenes que ocupaban el inmenso territorio, un régimen de comunismo agrario.
Desde que las tribus primitivas pasaron del nomadismo a la residencia fija, en la tierra, dando origen a la agricultura, se constituyó un régimen de propiedad y usufructo colectivos de la tierra, organizado por grupos que constituyeron las primeras “comunidades”, estableciéndose la costumbre del reparto de la tierra según las necesidades de la labranza.
El imperio incaico de los quechuas, al formarse y extenderse progresivamente, ya sea por intermedio de la guerra, ya sea por anexiones pacíficas, encontró en todas partes este orden económico existente. Sólo necesidades administrativas y políticas, tendientes a reforzar el poder del control central en el vasto imperio, impulsaron al gobierno de los Incas a organizar en forma especial ese régimen comunista que funcionaba desde un tiempo muy lejano en todo el territorio del imperio.
El poder económico y político del Estado, en el imperio incaico, residía en el Inca, pues su régimen de gobierno era centralista Todas las riquezas, como las minas, las tierras, el ganado, le pertenecían. La propiedad privada era desconocida. Las tierras se dividían en tres partes: una al Sol, una al Inca y una al Pueblo. Todas las tierras eran cultivadas por el Pueblo. De preferencia se atendía a las tierras del Sol. Luego la de los ancianos, viudas, huérfanos y de los soldados que se hallaban en servicio activo. Después es el pueblo que cultivaba sus propias tierras, y tenía la obligación de ayudar al vecino.
Tras esto se cultivaban las tierras del Inca. Así como fue repartida la tierra, se repartió toda clase de riquezas, minas, ganados, etc. Es de advertir que el estado incaico no conocía el dinero. Una disposición muy sabia determinaba que todo déficit en las contribuciones del Inca se pudiese cubrir con lo que encerraba el granero del Sol. La economía del gobierno producía sobrantes. Estos se destinaban a los almacenes, que en la época de escasez, eran proporcionados a los individuos sumidos en la miseria por sus enfermedades o por sus desgracias. Así se establece que gran parte de las rentas del Inca, volvían después, por uno u otro concepto, a las manos del pueblo. Las tierras eran repartidas en lotes que se entregaban anualmente: por cada miembro de familia de ambos sexos se agregaba una porción igual. Nadie podía enajenar las tierras ni aumentar sus posesiones. Cuando alguien moría, la tierra volvía al inca. Estos repartos se hacían todos los años, a fin de tener siempre presente, a la vista del pueblo, que aquellas tierras pertenecían únicamente al Inca, el cual podía entregarlas al pueblo en la forma indicada.
Hay quien sostiene que anteriormente al imperio, en algunas regiones, se iban manifestando en las reparticiones periódicas, una insistencia a persistir en la atribución del mismo lote de terreno a la misma familia, tendencia cuya propagación fue impedida por la autoridad teocrática del Inca, pero que logró desaparecer durante el imperio, dando lugar hasta a la división del lote a la muerte del padre, entre los hijos, sin que esto significara propiedad individual (puesto que falta el derecho de testar libremente y la facultad de enajenar), pero sí, propiedad familiar, germen de la propiedad individual: a esto, según historiadores ecuatorianos, ya hubieron llegado algunos indios de ese territorio, en la época de la conquista.
Asimismo, se quiere acentuar por parte de algunos escritores el carácter de la naciente feudalidad, paralelo a la tendencia hacia la propiedad individual que hubiera tenido el poder de los jefes militares, curacas o reyezuelos, caciques, etc., que no formaban parte de la comunidad, poseían la tierra en propiedad familiar y sólo la autoridad del Inca refrenaba su desarrollo hacia la propiedad individual.
También se quiso ver en “la guerra de sucesión entre Huáscar y Atahualpa, el anuncio de grandes querellas y conflictos: la lucha u oposición de la monarquía con la nobleza”.
Todas estas observaciones, algunas de las cuales, las referentes al feudalismo, fueron aplicadas también a México, tenderían a trazar un cuadro de la evolución histórica indoamericana, muy análogo al que corresponde al mismo período de la historia europea y asiática. Por otro lado, también afirmarían que la evolución natural del colectivismo indígena, hubiera conducido, a través de dos grandes fenómenos paralelos -transformación de la propiedad colectiva en familiar e individual, formación del feudalismo- a instituciones análogas a los burgos y municipios, de no haber sido por la influencia del Imperio teocrático que impidió ese libre desenvolvimiento, a diferencia de análogos poderes en Europa. La conquista había precipitado y acelerado la cristalización del feudo, pasado al español, y de la propiedad privada indígena residual dentro de la comunidad o dentro de la familia en formas coexistentes.
Evidentemente, es sugestiva toda esta serie de hipótesis; hay hechos que parecen confirmarlas. Pero ¿cómo podemos extender a todas las colectividades incásicas estas conclusiones? ¿Cómo podemos explicar, dentro del violento proceso de la conquista, de la formación de “reducciones”, de los cambios vastos y profundos realizados por las “composiciones”, la persistencia, de las comunidades? ¿Cuál momento más propicio tuvieron éstas, después, para evolucionar en el sentido indicado, que los decretos de las nuevas repúblicas, tendientes todos, directamente a la formación de la propiedad privada? Verdaderamente, no creo que se pueda afirmar que el carácter del colectivismo primitivo ha sido el de evolucionar a la propiedad privada, cuando las comunidades, que han seguido siendo atacadas y fragmentadas por todas partes, por un siglo más de explotación burguesa republicana, subsisten en un numero tan grande y asoman su cuerpo vigoroso y siempre joven a los albores de una nueva etapa colectivista.
Mas volvamos a seguir el desarrollo de las comunidades que formaban el substratum de la colectividad incaica a fines del siglo XV.
La llegada de los españoles
Rompe la armonía política y económica del Imperio. El régimen colonial que se estableció luego, desorganizó y aniquiló la economía agraria incaica, siendo reemplazada por una economía de mayores rendimientos. Bajo una aristocracia indígena, los nativos componían una nación de 10 millones de hombres, con un estado eficiente y orgánico, cuya acción arribaba a todos los ámbitos de su soberanía. Bajo el régimen colonial, los nativos se redujeron a una dispersa y anárquica masa de 1 millón de hombres caídos en la servidumbre y el 'feudalismo”, La: ambición de los conquistadores y sobre todo de la corona por el metal precioso, envió al mortífero trabajo de las minas, grandes masas habituadas a las labores de la agricultura, tan rápidamente que en tres siglos se redujeron a la décima parte.
Las comunidades indígenas, durante este período, sufrieron una modificación, dejando: el gobierno, que antes residía en el Inca, confiado a personeros integrantes de cada “ayllu”. Las “Leyes de indias” amparaban a la propiedad indígena y reconocían su organización comunista. A pesar de esto, se establecieron las encomiendas, las mitas, el ponguaje. Los encomenderos que recibieron tierras, indios, etc., con la obligación de instruirlos, se convirtieron con el tiempo en grandes propietarios semi-feudales.
El advenimiento de la República no transforma substancialmente la economía del país. Se produce un simple cambio de clases: al gobierno cortesano de la nobleza española, sucedió el gobierno de los terratenientes, encomenderos y profesionales criollos. La aristocracia mestiza empuña el poder, sin ningún concepto económico, sin ninguna visión política. Para los cuatro millones de indios, el movimiento de emancipación de la metrópoli pasa desapercibido. Su estado de servidumbre persiste desde la conquista basta nuestros días no obstante las leyes dictadas para “protegerlos” y que no podían ser aplicadas mientras la estructura económica de supervivencia feudo-terrateniente persista en nuestro mecanismo social.
La nueva clase gobernante, ávida y sedienta de riquezas, se dedica a agrandar sus latifundios a costa de las tierras pertenecientes a la comunidad indígena, hasta llegar a hacerlas desaparecer en algunos departamentos. Habiéndoseles arrebatado la tierra que poseían en común todas las familias integrantes del ayllu, éstas han sido obligadas, a buscar trabajo, dedicándose al yanaconazgo (parceleros) y a peones de los latifundistas que violentamente los despojaron.
Del ayllu antiguo no queda sino uno que otro rasgo fisonómico, étnico, costumbres, prácticas religiosas y sociales, que con algunas pequeñas variaciones, se les encuentra en un sinnúmero de comunidades que anteriormente constituyeron el pequeño reino o “curacazgo”. Pero si de esta organización, que entre nosotros ha sido la institución política intermediaria entre el ayllu y el imperio, han desaparecido todos sus elementos coactivos y de solidaridad, el ayllu o comunidad, en cambio, en algunas zonas poco desarrolladas, ha conservado su natural idiosincrasia, su carácter de institución casi familiar, en cuyo seno continuaron subsistiendo después de la Conquista los principales factores constitutivos.
Las comunidades reposan sobre la base de la propiedad en común de las tierras en que viven y cultivan y conservan, por pactos y por lazos de consanguinidad que unen entre sí a las diversas familias que forman el ayllu. Las tierras de cultivos y pastos pertenecientes a la comunidad, forman el patrimonio de dicha colectividad. En ella viven, de su cultivo se mantienen, y los continuos cuidados que sus miembros ponen, a fin de que no les sean arrebatadas por los poderosos vecinos u otras comunidades, les sirven de suficiente incentivo para estar siempre organizados, constituyendo un solo cuerpo. Por hoy, las tierras comunales pertenecen a todo el ayllu o sea al conjunto de familias que forman la comunidad. Unas están repartidas y otras continúan en calidad de bien raíz común, cuya administración se efectúa por los agentes de la comunidad. Cada familia posee un trozo de tierra que cultiva, pero que no puede enajenar porque no le pertenece: es de la comunidad.
Por lo general, hay dos clases de tierras, unas que se cultivan en común para algún “santo” o comunidad y las que cultiva cada familia por separado.
Pero no sólo en la existencia de las comunidades se revela el espíritu colectivista del indígena. La costumbre secular de la “Minka” subsiste en los territorios del Perú, de Bolivia, del Ecuador y Chile; el trabajo que un parcelero, aunque no sea comunero, no puede realizar por falta de ayudantes, por enfermedad u otro motivo análogo, es realizado merced a la cooperación y auxilio de los parceleros confinantes, quienes a su vez reciben parte del producto de la cosecha, cuando su cantidad lo consiente, u otro auxilio manual en una próxima época.
Este espíritu de cooperación que existe fuera de las comunidades, se manifiesta en formas especiales en Bolivia donde se establecen mutuos acuerdos entre indígenas pequeños propietarios pobres; para labrar en común el total de las tierras y repartir en común el producto. Otra forma de cooperación que también se observa en Bolivia es la que se realiza entre un indio pequeño propietario en los alrededores de la ciudad, sin nada mas que su tierra, y otro indio que vive en la ciudad, en calidad de pequeño artesano o asalariado relativamente bien remunerado; este último no dispone de tiempo, pero puede en una u otra forma conseguir las semillas y los instrumentos de labranza que faltan; el primero aporta la tierra y su labor personal; en la época de la cosecha se reparte el producto según la proporción establecida de antemano.
Estas y otras formas de cooperación extra comunitaria junto con la existencia de numerosas comunidades, (en el Perú cerca de 1,500 comunidades con 30 millones de hectáreas, cultivadas aproximadamente por l'500,000 comuneros; en Bolivia un número aproximadamente igual de comunidades, con menos comuneros, siendo arrancados muchos de ellos a la tierra para las minas), comunidades que en algunas regiones dan un rédito agrícola superior a la de los latifundios, atestiguan la vitalidad del colectivismo incaico primitivo, capaz mañana de multiplicar sus fuerzas, aplicadas a latifundios industrializados y con los medios de cultivo necesarios.
El VI Congreso da la I. C. ha señalado una vez más la posibilidad, para pueblos de economía rudimentaria, de iniciar directamente una organización económica colectiva, sin sufrir la larga evolución por la que han pasado otros pueblos. Nosotros creemos que entre las poblaciones “atrasadas”, ninguna como la población indígena incásica, reúne las condiciones tan favorables para que el comunismo agrario primitivo, subsistente en estructuras concretas y en un hondo espíritu colectivista, se transforme, bajo la hegemonía de la clase proletaria, en una de las bases más sólidas de la sociedad colectivista preconizada por el comunismo marxista.
V. SITUACION ECONOMICOSOCIAL DE LA POBLACION INDIGENA DEL PERÚ [2]
[…]
VI. SITUACION ECONOMICO-SOCIAL DE LA POBLACION INDIGENA DE LOS DEMÁS PAISES
Para las poblaciones indígenas de tipo “incásico” o “azteca”, que viven en grandes masas en los estados que he señalada y que forman parte integrante y básica de la economía de las respectivas naciones que las Influyen, el rol económico y la condición social en todos sus aspectos son análogos a los que ya hemos visto existir en el Perú.
Caben, sin embargo, algunas observaciones particulares sobre cada país, requiriéndolo diferencias especificas propias de ellos.
En Bolivia, cuyo porcentaje de población indígena es sensiblemente igual al del Perú, el indígena sufre, no sólo la misma explotación, sino también el mismo desprecio de parte del blanco y del mestizo (casi no existen negros en Bolivia -el 0.2 por ciento- para solidarizase en esto con el blanco). Esto provoca, como en el Perú, el mismo sentimiento por parte del indígena hacia todo lo que no sea de su raza y la desconfianza para el blanco, más fuerte aun si se le nota algún carácter “oficial”, relacionado con el poder gubernamental o administrativo. Pero en Bolivia es importante señalar un carácter fundamental, de orden económico, que señala una diferencia respecto al Perú. Mientras en el Perú, el número de los indios mineros no alcanza al 2 por ciento sobre el total de los indígenas, en Bolivia, es mucho más elevado, constituyendo ellos un fuerte proletariado indio, que no sólo llegará a sentir más fuertemente su conciencia de clase, sino que permitirá en la actualidad levar a cabo una propaganda mucho más eficiente que en medio de los demás indios agrícolas.
En Chile, a este respecto también existen condiciones, más favorables que en el Perú. En Ecuador, la masa indígena es esencialmente agrícola. Asimismo en las provincias del norte de la Argentina.
En México, contrariamente a los países arriba mencionados, no existe animadversión hacia el indio. El porcentaje de indios puros es tan fuerte y sobre todo el mestizaje tan extenso que las características raciales indias son características nacionales. Hubo presidentes de la República, generales y estadistas de pura cepa indígena, y el indio no encuentra las resistencias espirituales o burdas que pesan sobre él, de otras naciones.
En Guatemala y en algunos otros estados centroamericanos, el problema racial se aproxima, por las mismas razones, mas a las condiciones de México, que al de las naciones del grupo incásico. En esos estados, como en México, no existe el problema indígena en el sentido “racial” de la palabra.
Examinemos ahora las condiciones económicas sociales de las poblaciones indígenas de tipo, “selvícola”. Una vez más, subrayo que, el hecho de que el sector “civilizado” de América Latina no tenga amplios conocimientos al respecto, no justifica de ninguna manera nuestra despreocupación hacia esas poblaciones: al contrario, plantea el deber de estudiar suficientemente sus condiciones para poder formular con algún acierto, las constataciones objetivas que nos permitan formular una táctica adecuada.
He señalado a grandes rasgos las regiones que habitan y los caracteres específicos que las diferencian profundamente, en la actualidad, de los grupos incásicos o azteca.
Es interesante apuntar un hecho. Estas razas, en algunos casos importantes, son las que más han contribuido a la formación étnica de las naciones que se han formado en su territorio, habiendo dado lugar a un mestizaje intensísimo con los invasores, reduciéndose a grupos sumamente escasos y al mismo tiempo segregados del litoral y de su economía y cultura. Esto se observa de la manera mas manifiesta en Colombia, donde representa menos de un 2 por ciento a un 86 por ciento aproximadamente de mestizos; en Brasil, donde alcanzan poco mas de 1 por ciento frente a un 66 por ciento de “mamelucos” (sin comprender a los mulatos). Toda esta cooperación biológica les ha valido la absorción casi completa de su raza y la reducción de los núcleos “puros” al estado de “salvajes”.
En otras naciones, sus contactos con los invasores han sido breves y violentos. Los indios selvícolas, en su mayoría, se han retirado al interior y no han contribuido sino con cantidades ínfimas al mestizaje, como sucedió en Ecuador, en el Perú, en el Uruguay y en otros estados.
En ambos casos, el resultado para los grupos “puros” ha sido auténtico. En economía y cultura han quedado aislados, limitados a un territorio cada vez menor y cada día más reducido, por obra de los invasores o de los mismo mestizos, desde la conquista, con ritmo incesante, hasta nuestros días.
La economía de estos indios, en la mayoría de los casos nómadas, está circunscrita a la caza y a la pesca. Pero hay grupos de indios, los que han podido encontrar terrenos aptos para labranza, que están dedicados a la agricultura y sienten duramente la falta de tierra, especialmente cuando en nuestros días se les sigue arrebatando terrenos en las zonas limítrofes con la “civilización” litoral.
Es lógico afirmar que sus reivindicaciones naturales consisten en exigir la devolución de toda la tierra que puedan cultivar.
Otras tribus de indios, en la cuenca fluvial del Amazonas, han sido alcanzados por la garra famélica de los explotadores blancos o mestizos y esclavizados para los trabajos de recolección de la madera o extracción del “caucho”. He referido, hablando de la región de la Montaña del Perú, los abusos ignominiosos allí cometidos, que llegaron a trascender los límites de los bosques y tuvieron resonancia mundial, sin lograr producir el castigo de los culpables, sino, al contrario, la punición de los defensores del indio.
Estos casos, en una u otra forma, subsisten en el Perú, en Colombia, en el Brasil, en las Guayanas y llegara el día en que el proletariado ayude a estos indios a redimirse definitivamente del régimen esclavista.
VII. SITUACIÓN ECONÓMICO-POLÍTICA DE LA POBLACIÓN NEGRA
Al hablar de la importancia de la raza negra en el continente; he señalado su distribución geográfica y sus características principales.
El rol económico del negro esta en general prevalentemente ligado a la industria y dentro de ésta, principalmente a la industria de la elaboración de los productos agrícolas. En Cuba, la cantidad de los negros asalariados agrícolas, no difiere mucho a la de los asalariados industriales.
El negro, en América Latina, no sufre el mismo desprecio que en Estados Unidos; donde siempre hay resistencia de parte de las otras razas para establecer contacto con él, lo que no se traduce en disposiciones o, costumbres de aislamiento limitadoras, bajo este concepto, de su libertad. Tampoco encuentra arraigo el prejuicio de inferioridad o incapacidad para ciertas ocupaciones, ya que la constatación de todos los días demuestra que el negro puede llenar muy bien todas las funciones sociales toda vez que no se le impide prepararse para ellas. En el Brasil, el preconcepto para el negro casi no existe, debido a que su porcentaje de mulatos llega a cerca del 40 por ciento.
De la constatación de su rol económico y de sus condiciones sociales, se desprende el hecho de que en la América latina, en general, el problema negro no asume un acentuado aspecto racial.
Su rol económico de productor, al lado del trabajador mestizo y blanco, lo hace asimilarse a él en la explotación que sufre y en la lucha que libra para su emancipación de la opresión capitalista.
VIII. SITUACION ECONOMICA Y SOCIAL DE LOS MESTIZOS Y MULATOS
Aunque los mestizos y mulatos no constituyen una raza propiamente dicha, creo que integran el problema étnico, por las diferencias raciales que los separan de los negros, indios y blancas.
El mestizaje, en un sentido amplio de la palabra, reviste aspectos diferentes en cada país.
Hay países, como en Colombia, donde se ha realizado entre dos razas, la blanca y la indígena, produciendo la casi desaparición de esta última y dando lugar a la formación de un mestizaje intenso y extenso (cerca del 85 por ciento de la población).
En otros países, como el Brasil, también hubo un mestizaje intenso de los invasores con los aborígenes que condujo a la casi desaparición de la raza indígena “pura”, pero en él intervino además un tercer factor, la raza negra importada. Es sumamente difícil en el Brasil dividir a los mestizos en tres categorías como se ha pretendido: indios-blancos, negros-blancos, indios-negros. Lo cierto es que estos tipos se han fundido repetidamente, dando lugar a una gama de tipos raciales que va desde el negro puro, a través del mulato y del mameluco, hasta el blanco.
Sin embargo, el negro y el blanco puro se encuentran en acentuada minoría frente a la población de mulatos y a la de los “mamelucos” que la aventaja algo en el número, entre los cuales es posible establecer una diferencia manifiesta.
En el Perú, el mestizaje entre dos razas, abarca también una escala de individuos bastante rica en tipos mestizos. En. Chile, Argentina, Uruguay, el mestizaje es mucho menos acentuado.
La población mestiza y mulata en la América Latina se encuentra repartida en todas las capas sociales, dejando siempre, sin embargo, a la raza blanca el predominio dentro de la clase explotadora.
Después del indio y del negro, ocupa un puesto bastante importante dentro de la clase proletaria. No tiene absolutamente reivindicaciones sociales propias, salvo el libertarse del desprecio que el blanco hace pesar sobre él. Sus reivindicaciones económicas se confunden con las de la clase a que pertenece.
En las naciones donde constituyen la casi totalidad de la población, su existencia como proletariado y campesinado numeroso les depara un rol importante en la lucha revolucionaria.
IX. CARÁCTER DE LA LUCHA SOSTENIDA POR LOS INDÍGENAS Y LOS NEGROS
La lucha que los indígenas desde los días de la conquista han sostenido contra los invasores, ha tenido varias fases ligadas a sus condiciones económicas, a los sistemas de explotación y a la fuerza política de los poderes opresores. Ha tenido sus épocas de remisión y sus períodos de intensificación violenta.
Los indios mexicanos, mayas, toltecas, yaquis, etc., siempre se han distinguido por su espíritu de combatividad y han constituido elementos de inseguridad para todos los gobiernos que los oprimían o prescindían de ellos. Todos conocen el rol importantísimo que jugaron en la revolución mexicana, logrando, con su triunfo, obtener, aunque en forma limitada, algunas tierras y la satisfacción de algunas reivindicaciones peculiares de ellos. Hoy día mismo, sin gozar de las posibilidades de expansión que les competen, con importantes aspiraciones insatisfechas, constituyen un factor revolucionario considerable.
En el Perú, los indios, según una estadística de 1920, han realizado el 98 por ciento de sus levantamientos por motivos ligados a la tierra.
Pasaré a detallar el movimiento indio contra el “gamonalismo” o feudalismo en el Perú, lo que podrá dar una idea bastante aproximada de la lucha que ellos sostienen en Bolivia, Ecuador y otros países.
Cuando se habla de la actitud del indio frente a sus explotadores se suscribe generalmente la impresión de que, envilecido, deprimido, el indio es incapaz de toda lucha, de toda resistencia. La larga historia de insurrecciones y aso- nadas indígenas y de las masacres y represiones consiguientes, basta, por sí sola, para des- mentir esta impresión. En la mayoría de los casos, las sublevaciones de indios han tenido como origen una violencia que los ha impulsado incidentalmente ala revuelta contra una autoridad o un hacendado; pero, en otros casos, han tenido un carácter de motín local. La rebelión he seguido a una agitación menos incidental y se ha propagado a una región más o menos extensa. Para reprimirla, ha habido que apelar a fuerzas considerables y a verdaderas matanzas. Miles de indios rebeldes han sembrado el pavor en los gamonales de una o más provincias. Una de las sublevaciones que en los últimos tiempos asumió proporciones extraordinarias, fue la acaudillada por el mayor de ejército Teodomiro Gutiérrez, serrano mestizo, de fuerte porcentaje de sangre indígena, que se hacía llamar Rumimaqui y se presentaba como un redentor de su raza. El mayor Gutiérrez había sido enviado por el gobierno de Billinghurst al departamento de Puno donde el gamonalismo extremaba sus exaciones, para efectuar una investigación respecto a las denuncias indígenas e informar al gobierno. Gutiérrez entró entonces en íntimo contacto con los indios. Derrocado el gobierno de Billinghurst, pensó que toda perspectiva de reivindicaciones legales había desaparecido y se lanzó a la revuelta. Lo seguían varios millares de indios, pero, como siempre, desarmados e indefensos ante las tropas, condenados a la dispersión o a la muerte. A esta sublevación han seguido las de La Mar y Huancané en 1923 y otras menores, sangrientamente reprimidas todas.
En 1921 se reunió, con el auspicio gubernamental, un congreso indígena, al que concurrieron delegaciones de varios grupos de comunidades. El objeto de este congreso era formular las reivindicaciones de la raza indígena. Los delegados pronunciaban en quechua enérgicas acusaciones contra los gamonales, las autoridades, los curas. Se constituyó un comité “Pro Derecho Indígena Tahuantinsuyo”. Se realizó un congreso por año hasta 1924, en que el gobierno persiguió a los elementos revolucionarios indígenas, intimidó a las delegaciones y desvirtuó el espíritu y objeto de la asamblea. El Congreso de 1923, en que se votaron conclusiones inquietantes para el gamonalismo como las que pedía la separación de la iglesia y el Estado, y la derogación de la ley de conscripción vial, había revelado el peligro de estas conferencias, en las que los grupos de comunidades indígenas de diversas regiones entraban en contacto y coordinaban su acción. Ese mismo año se había constituido la Confederación Regional Indígena que pretendía aplicar a la organización de los Indios los principios y métodos del anarcosindicalismo y que estaba condenada, por tanto, a no pasar de un ensayo, peto que presentaba de todos modos una franca orientación revolucionaría de la vanguardia indígena. Desterrados dos de los líderes indios de este movimiento, intimidados otros, la Federación Obrera Indígena quedó pronto reducida a solo un nombre. Y en 1927, el Gobierno declaró disuelta el propio Comité Pro Derecho Indígena Tahuantinsuyo, con el pretexto de que sus dirigentes, eran unos meros explotadores de la raza cuya defensa se atribuían. Este Comité no había tenido nunca más importancia que la anexa a su participación en los Congresos indígenas y estaba compuesto por elementos que carecían de valor ideológico y personal y que en no pocas ocasiones había hecho protestas de adhesión a la política gubernamental, considerándola pro-indigenista, pero para algunos gamonales, era todavía un instrumento de agitación, un residuo de los congresos indígenas. El gobierno, por otra parte, orientaba su política en el sentido de asociar a las declaraciones pro-indígenas, a las promesas de reparto de tierras, etc., una acción resuelta contra toda agitación de los indios por grupos revolucionarios o susceptibles de influencia revolucionaria.
La penetración de Ideales socialistas, la expresión de reivindicaciones revolucionarias entre los indígenas, han continuado a pesar de esas vicisitudes.
En 1927 se constituyó en el Cuzco un grupo de acción pro-indígena llamado “Grupo Resurgimiento”. Lo componían algunos intelectuales y artistas, junto con algunos obreros cuzqueños. Este grupo publicó un manifiesto que denunciaba los crímenes del gamonalismo. A poco de su constitución, uno de sus principales dirigentes, el doctor Luis E. Valcárcel, fue apresado en Arequipa. Su prisión no duró sino algunos días; pero, en tanto, el grupo. Resurgimiento era definitivamente disuelto por las autoridades de Cuzco.
Las luchas llevadas a cabo por los negros en la América Latina; nunca han tenido ni podrán tener un carácter de lucha nacional. Raramente dentro de sus reivindicaciones ha habido algunas de carácter puramente racial.
Sus luchas, en el Brasil, en Cuba, en las Antillas, han sido llevadas a cabo para suprimir las puniciones corporales, para elevar sus condiciones de vida, para mejorar su jornal. En los últimos tiempos han luchado también para defender sus derechos de organización.
En las regiones del Brasil en las que el Fordismo ha abandonado su careta filantrópica, para revelar, una vez más, en forma distinta su carácter de feroz explotación, los proletarios negros luchan junto con los demás proletarios para defenderse contra la opresión brutal que nivela bajo su yugo esclavista a los trabajadores de distinto color.
En todos los países los negros tienen que luchar por sus reivindicaciones de carácter proletario más fuertemente que contra los prejuicios y los abusos de que son víctimas como negros.
Es ese el carácter que se destaca cada día con más precisión en la lucha llevada a cabo pon los trabajadores negros contra la opresión capitalista e imperialista.
X. CONCLUSIONES Y TAREAS FUNDAMENTALES
El informe que antecede ha tratado de señalar a grandes rasgos los aspectos generales que presenta el “problema de las rezas” en la América Latina, la importancia que las razas tienen en la demografía y en la producción y sus principales características raciales, las condiciones económicas y sociales en que se encuentran las poblaciones de raza indígena o negra, y esbozado su desarrollo histórico y económico y sus relaciones con el imperialismo; los mestizos o mulatos, el nivel político que dichas razas: han alcanzado en el carácter de las luchas que sostuvieron; así como las reivindicaciones que han perseguido en el curso de las mismas.
Con todos estos elementos, aunque apuntados en forma sucinta e incompleta es posible tratar de encarar las soluciones que el problema de las razas requiere, y establecer, en consecuencia, las tareas que incumben a los Partidos Comunistas de la América latina.
Este problema presenta un aspecto social innegable, en cuanto la gran mayoría, de la clase productora está integrada por indios o negros; por otro lado, este carácter está muy desvirtuado, ponlo que se refiere a la raza negra. Esta ha perdido contacto con su civilización tradicional y su idioma propios; adoptando íntegramente la civilización y el idioma del explotador; esta raza tampoco tiene arraigo histórico profundo en la tierra en que vive, por haber sido importado de África. Por lo que se refiere a la raza india, el carácter social Conserva en mayor medida su fisonomía, por la tradición ligada a la tierra, la sobrevivencia de parte importante de la estructura y de su civilización, la conservación del idioma y muchas costumbres y tradiciones, aunque no de la religión.
El aspecto puramente racial del problema, por lo que a ambas razas se refiere, se encuentra también fuertemente disminuido por la proporción del mestizaje y por la presencia de estas mismas capas mestizas y hasta de elementos blancos, en unión con los elementos indios y negros, dentro de la clase proletaria, dentro de la clase de los campesinos pobres, dentro de las clases que se encuentran en la base de la producción y son mayormente explotadas.
He señalado todos los casos en que el indio y el negro que pasan a llenar una función mas privilegiada en la producción, pierden completamente el contacto con su raza, tendiendo, cada vez más, a llenar una función explotadora; he señalado todos los casos en que el indio; sin elevar su nivel económico, sólo por el hecho de haber abandonado forzosamente su terruño (por haber sido expulsado de sus tierras o por el servicio militar) y haber entrado en contacto con la civilización blanca, queda desconectado para siempre de su propia raza, pugna por borrar todos los rasgos que a ella lo ligan, y tiende a confundirse con el blanco o mestizo; primero en los hábitos y costumbres, y más tarde, si le es posible, en la explotación de sus hermanos de raza.
Todos los factores señalados, si no quitan por entero el carácter “racial” al problema de la situación de la mayoría de los negros o indios oprimidos, nos demuestran que actualmente el aspecto principal de la cuestión, es “económico y social” y tiende a serlo cada día más, dentro de la clase básicamente explotada de elementos de todas las razas. Las luchas desarrolladas por los indios y negros confirman este punto de vista.
Habiendo llegado a este punto las constataciones, se plantea con toda claridad el carácter fundamentalmente económico y social del problema de las razas en la América Latina y el deber que todos los Partidos Comunistas tienen de impedir las desviaciones interesadas que las burguesías pretenden imprimir a la solución de este problema, orientándolo en un sentido exclusivamente racial, asimismo como tienen el deber de acentuar el carácter económico social de las luchas de las masas indígenas o negras explotadas, destruyendo los prejuicios raciales, dando a estas mismas masas una clara conciencia de clase, orientándolas a sus reivindicaciones concretas y revolucionarias, alejándolas de soluciones utópicas y evidenciando su identidad con los proletarios mestizos y blancos, como elementos de una misma clase productora y explotada.
Queda así clarificado, una vez más, el pensamiento revolucionario frente a las campañas por la pretendida política actual de los indios y negros.
La I. C. combatió, por lo que a la raza negra se refiere, estas campañas que tendían a la formación del “sionismo negro” en la América Latina.
Del mismo modo, la constitución de la raza india en un estado autónomo, no conduciría en el momento actual a la dictadura del proletariado indio ni mucho menos a la formación de un estado indio sin clase, como alguien ha pretendido afirmar, sino a la constitución de un Estado indio burgués con todas las contradicciones internas y externas de los Estados burgueses.
Sólo el movimiento revolucionario clasista de las masas indígenas explotadas podrá permitirles dar un sentido real a la liberación de su raza, de la explotación, favoreciendo las posibilidades de su auto-determinación política.
El problema indígena, en la mayoría de los casos, se identifica con el problema de la tierra. La ignorancia, el atraso y la miseria de los indígenas, no son sino la consecuencia de su servidumbre. El latifundio feudal mantiene la explotación y la dominación absoluta de las masas indígenas por la clase propietaria. La lucha de los indios contra los gamonales, ha estribado invariablemente en la defensa de sus tierras contra la absorción y el despojo. Existe, por tanto, una instintiva y profunda reivindicación indígena: la reivindicación de la tierra. Dar un carácter organizado, sistemático, definido, a esta reivindicación, es la tarea en que la propaganda política y el movimiento sindical tiene el deber de cooperar activamente.
Las “comunidades”, que han demostrado bajo la opresión más dura condiciones de resistencia y persistencia realmente asombrosas, representan un factor natural de socialización de la tierra. El indio tiene arraigados hábitos de cooperación. Aún cuando de la propiedad comunitaria se pasa a la propiedad individual, y no sólo en la sierra sino también en la costa, donde un mayor mestizaje actúa contra las costumbres indígenas, la cooperación se mantiene, las labores pesadas se hacen en común. La “comunidad” puede transformarse en cooperativa, con mínimo es fuerzo. La adjudicación a las “comunidades” de la tierra de los latifundios, es, en la sierra, la solución que reclama el problema agrícola. En la costa, donde la gran propiedad es también omnipotente, pero donde la propiedad comunitaria ha desaparecido, se tiende inevitablemente a la individualización de la propiedad del suelo. Los “yanaconas”, especie de aparceros duramente explotados, deben ser ayudados en su lucha contra los propietarios. La reivindicación natural de estos “yanaconas” es la del suelo que trabajan. En las haciendas explotadas directamente por sus propietarios, por medio de peonadas, reclutadas en parte en la sierra, y a las que en esta parte falta vinculo con la tierra, los términos de la lucha son distintos. Las reivindicaciones por las que hay que trabajar son: libertad de organización, supresión de “enganche”, aumento de salarios, jornada de ocho horas, cumplimiento de las leyes de protección del trabajo. Sólo cuando el peón de hacienda haya conquistado esas cosas, estará en la vía de su emancipación definitiva.
Es muy difícil que la propaganda sindical o política penetre en las haciendas. Cada hacienda es en la costa un feudo. Ninguna asociación, que no acepte el patronato y la tutela de los propietarios y la administración, es tolerada, y en este caso, sólo se encuentran las asociaciones de deporte o recreo. Pero con el aumento del tráfico automovilístico se abre poco a poco una brecha en las barreras que cerraban antes las haciendas a toda propaganda. De ahí la importancia que la organización y movilización activa de los obreros del transporte tiene en el desarrollo de la movilización clasista.
Cuando las peonadas de las haciendas sepan que cuentan con la solidaridad fraternal de los sindicatos y comprendan el valor de éstos, fácilmente despertará en ellas la voluntad de lucha que hoy les falta. Los núcleos de adherentes al trabajo sindical que se constituyen, gradualmente, en las haciendas, tendrán la función de explicar en cualquiera reclamación y de aprovechar la primera oportunidad de dar forma a su organización, dentro de lo que las circunstancias consientan.
Para la progresiva educación ideológica de las masas indígenas, la vanguardia obrera dispone de aquellos elementos militantes de la raza india que en las minas o en los centros urbanos, particularmente en los últimos, entran en contacto con el movimiento sindical, se asimilan a sus principios y se capacitan para jugar un rol en la emancipación de su raza. Es frecuente que obreros procedentes del medio indígena, regresen temporal o definitivamente a éste. El idioma les permite cumplir eficazmente una misión de instructores de sus hermanos de raza y de clase. Los indios campesinos no entenderán de veras sino a individuos de su seno, que les hablen en su propio idioma. Del blanco, del mestizo, desconfiarán siempre; y el blanco y el mestizo, a su vez, muy difícilmente se impondrán el difícil trabajo de llegar al medio indígena y de llevar a él la propaganda clasista.
Los métodos de auto-educación, la lectura regular de los órganos del movimiento sindical y revolucionario de América Latina, de sus opúsculos, etc., la correspondencia con los compañeros militantes, serán los medios de que estos elementos llenen con éxito su misión educadora.
La coordinación de las comunidades indígenas por regiones, el socorro de los que sufren persecuciones de la justicia o policía (los gamonales procesan por delitos comunes a los indígenas que se resisten o a quienes quieren despojar), la defensa de la propiedad comunitaria, la organización de pequeñas bibliotecas y centros de estudios, son actividades en las que los adherentes indígenas al movimiento sindical, deben tener siempre actuación principal y dirigente, con el doble objeto de dar a la orientación y educación clasistas de los indígenas, directivas serias y de evitar la influencia de elementos desorientadores (anarquistas, etc.).
En el Perú, en Bolivia, la organización y educación del proletariado minero; es una de las cuestiones que inmediatamente se plantean. Los centros mineros constituyen puntos donde ventajosamente puede dejar sentir su ascendiente la propaganda sindical. Aparte de representar en sí mismos importantes concentraciones proletarias, con las condiciones anejas al salariado, acercan los braceros indígenas a los obreros industriales, a trabajadores procedentes de las ciudades, que llevan en esos centros, su espíritu y principios clasistas. Los indígenas de las minas, en buena parte, continúan siendo campesinos; de modo que el adherente que se gane entre ellos, es un elemento ganado de la clase campesina.
La publicación de periódicos para los campesinos indígenas y de periódicos para los mineros, es una de las necesidades de la propaganda sindical en ambos sectores. Aunque la raza indígena es analfabeta en su gran mayoría, estos periódicos, a través de los indígenas alfabetos, ejercitarían una influencie creciente sobre el proletariado de las minas y del campo.
La labor, en todos sus aspectos, será difícil, pero su progreso dependerá fundamentalmente de la capacidad de los elementos que la realicen y de su apreciación precisa y concreta de las condiciones objetivas de la cuestión indígena. El problema no es racial, sino social y económico; pero la raza tiene su rol en él y en los medios de afrontarlo. Por ejemplo, en cuanto sólo militantes salidos del medio indígena pueden, por la mentalidad y el idioma, conseguir un ascendiente eficaz e inmediato sobre sus compañeros.
Una conciencia revolucionaria indígena tardará quizás en formarse, pero una vez que el indio haya hecho suya la idea socialista, la servirá con una disciplina, una tenacidad y una fuerza, en la que pocos proletarios de otras medios podrán aventajarlo.
Del mismo modo puede afirmarse que a medida que el proletariado negro adquiera conciencia de clase, a través de la lucha sostenida para conseguir sus reivindicaciones naturales de clase explotada, realizándolas con la acción revolucionaria en unión del proletariado de otras razas, en esa misma medida los trabajadores negros se habrán librado efectivamente de los factores que los oprimen como razas “inferiores”.
Encarado en esta forma el problema y planteada así su solución, creo que las razas en la América Latina tendrán un rol sumamente importante en el movimiento revolucionario que, encabezado por el proletariado, llegará a constituir en toda la América Latina, el gobierno obrero y campesino, cooperando con el proletariado ruso en la obra de emancipación del proletariado de la opresión burguesa mundial.
En base de estas conclusiones, creo que se pueden y deben plantear en la siguiente forma o en otra análoga elaborada por el Congreso las reivindicaciones de los trabajadores indios o negros explotados:
I.- Lucha por la tierra para los que la trabajan, expropiada sin indemnización.
a) Latifundios de tipo primitivo: fragmentación y ocupación por parte de las comunidades colindantes y por los peones agrícolas que las cultivan, posiblemente organizados en forma comunitaria o colectiva.
b) Latifundios de tipo industrializado: ocupación por parte de los obreros agrícolas que los trabajan, organizados en forma colectiva.
c) Los parceleros propietarios que cultivan su tierra, quedarán en posesión de las mismas.
II.-Formación de organismos específicos:
Sindicatos, ligas campesinas, bloques obreros y campesinos, ligazón de estos mismos por encima de los prejuicios raciales, con las organizaciones urbanas.
Lucha del proletariado y del campesinado indígena o negro, para las mismas reivindicaciones que constituyen el objetivo de sus hermanos de clase pertenecientes a otras razas.
Armamento de obreros y campesinos para conquistar y defender sus reivindicaciones.
III.-Derogación de leyes onerosas para el indio o el negro: sistemas feudales esclavistas, conscripción vial, reclutamiento militar, etc.
Únicamente la lucha de los indios, proletarios y campesinos, en estrecha alianza con el proletariado mestizo y blanco contra el régimen feudal y capitalista, pueden permitir el libre desenvolvimiento de las características raciales indias (y especialmente de las instituciones de tendencias colectivistas) y podrá crear la ligazón entre los indios de diferentes países, por encima de las fronteras actuales que dividen antiguas entidades raciales, conduciéndolas a la autonomía política de su raza.

NOTAS:
[1] “El problema de las razas en la América Latina” comprende dos partes, claramente diferenciables: la primera, “I. Planteamiento de la cuestión”, escrita totalmente por José Carlos Mariátegui; y la segunda, desde la introducción a “II. Importancia del problema racial” hasta el fin de la tesis, en cuya redacción, sobre el esquema básico de Mariátegui, el doctor Hugo Pesca aporta la mayor parte del texto.
La tesis, en conjunto, fue presentada y discutida en la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana realizada en Buenos Aires en junio de 1929, y reproducida en el libro «El Movimiento Revolucionario Latino Americano.» Versiones de la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana, editado por le Reviste “La Correspondencia Sudamericana” de Buenos Aires, publicación oficial del Secretariado Sudamericano de la Internacional Comunista. Esta presentación en conjunto de la tesis reproduce solo un texto de la primera parte (I. Planteamiento de la cuestión), interpola en la segunda (II. Importancia del problema racial), los dos tercios restantes, ensamblados a las secciones escritas por Hugo Pesca quien, a su vez, incorporó algunos párrafos de trabajos afines llevados por delegados de otros países a la Conferencia. Para mantener la unidad de conjunto de la segunda parte, conservamos en la recopilación esta forma de presentación, que repite parte de la primera en el contexto refundido por Hugo Pesce (con excepción del cap. V. Situación económico-social de la población indígena del Perú, que reproduce textualmente la sección respectiva de la Primer parte, como se señala en el lugar correspondiente y que por lo tanto se omite).
La primera parte de la tesis, que se refiere casi exclusivamente al problema indígena peruano, fue llevada en su integridad al congreso Constituyente de la Confederación Sindical latino Americana efectuada en Montevideo en mayo de 1929, y reproducida en el libro Bajo la Bandera de la C.S.L.A. (Imprenta La Linotipo, Montevideo; 1929, págs. 117 a 159) con el titulo “El Problema Indígena”. Esta misma primer parte apareció reproducida en AMAUTA, Nº 25 (Julio-Agosto de 1929) con el titulo “El Problema Indígena” en la sección “Panorama Móvil” De esta última fuente hemos tomado la primera parte (I. Planteamiento de la cuestión), considerando que es la única que alcanzó a revisar el autor. La segunda parte (desde II. Importancia del problema racial), de la mencionada versión de la Primer Conferencia Comunista latinoamericana. Ricardo Martínez de la Torre, en su importante revisión documentaria contenida en los 4 tomos de “Apuntes para la Interpretación Marxista de Historia Social del Perú” (Empresa Editora Peruana, Lima, 1947-1919), reproduce la tesis completa en el Capitulo Octavo del Toma II (“Como organizamos el partido”, págs. 434 a 466); y la primera parte en “La Confederación General de Trabajadores del Perú”, (Tono III, págs. 16 a 29).
La tesis sobre “El problema de las razas en la América Latina” fue discutida en la sesión del 8 de junio. El doctor Hugo Pesce, a nombre del grupo socialista peruano y representante personal de José Carlos Mariátegui, abrió la reunión con las siguientes palabras: “Compañeros: Es la primer vez que un Congreso Internacional de los Partidos Comunistas dedica su atención en forma tan amplia y especifica al problema racial en la América Latina.
La tarea de nuestro congreso, por lo que este punto se refiere, consiste en estudiar objetivamente la realidad y enfocar según los métodos marxistas, los problemas que ella encierra, para poder llegar a su solución revolucionaria a través de una táctica clara y eficiente, establecida por este caso particular de acuerdo con la línea general de la Internacional Comunista.
“Los elementos que nos permiten conocer la realidad en todos los aspectos de la cuestión racial, son principalmente de orden histórico y de orden estadístico. Ambos han sido insuficientemente estudiados y dolosamente adulterados por la crítica burguesa de todas las épocas y por la criminal despreocupación de los gobiernos capitalista.
“Sólo en estos últimos años asistimos a la aparición de estudios diligentes e imparciales destinados a revelarnos en su auténtico aspecto los elementos que constituyen entre nosotros el problema recial. Recién han comenzado a aparecer los trabajos serios de crítica marxista que realizan un estudio concienzudo de la realidad de estos países, analizan su proceso económico, político, histórico, étnico, prescindiendo de los moldes escolásticos y académicos y plantean los problemas actuales en relación con el hecho fundamental, la lucha de clases. Pero esta labor recién se ha iniciado y se refiere tan sólo a algunos países. Para la mayoría de los países de la América latina, los compañeros delegados de los respectivos Partidos se han encontrado con material insuficiente o falsificado: así se explica cómo los aportes informativos a esta Conferencia hayan evidenciado necesariamente un contenido escaso y, en algunos casos, un carácter confuso en la orientación con respecto al problema de las razas.
“Este informe, destinada a proporcionar material y orientación para la discusión en el Congreso, ha sido elaborado utilizando los aportes de los compañeros de todas las delegaciones; creo que, por lo tanto, reflejará en distinta medida, las adquisiciones y las deficiencias señaladas, proporcionalmente al grado de su entidad en cada país de la América Latina”. Nota de los Editores.
[2] Este capítulo aparece íntegramente en: 1. situación económico social de la población indígena del Perú.

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